martes, 3 de febrero de 2015

3.2. Te vas a llevar una alhaja



   José Vicente, en su premeditado plan de encontrar novia, trata de conquistar a Pepita Arnau, y no tiene que hacer demasiados esfuerzos para conseguirlo. La jovencita ha aceptado que le haga la corte tras salvar las primeras e hipócritas reservas que imponen los pueblerinos usos sociales. Gimeno ha procurado enterarse de más datos de la vida de la muchacha, pero parece que tiene todavía poca historia y no le han contado muchas más cosas de las que sabía, que tiene fama de estar muy mimada que para eso es hija única y detalles por el estilo.
   Pepita tiene sus motivos para aceptar a José Vicente. El chico no tiene mala planta, es de trato agradable, un gran conversador, puede ser simpático si se lo propone y valora especialmente que si se casa con él no tendrá que ir al campo a ayudar en las faenas agrícolas como le ocurre a su madre. Además, se aburre miserablemente, en casa no hace nada, todas las tareas domésticas las efectúa su progenitora. Mata el tiempo hojeando revistas, leyendo alguna barata novelita de amor, paseando, yendo al cine y al baile con sus amigas o escuchando mucho la radio, le encantan los seriales radiofónicos. Piensa que tener novio puede suponer un giro divertido en su vida y si llega a casarse el cambio podría ser todavía más radical. Se convertiría en la señora de Gimeno, nadie se atrevería ya a llamarla Pepita la del duro en alusión al mote de su padre. Y si José Vicente sigue siendo el jefe de Falange pasaría a ser una de las casadas más distinguidas del pueblo. Ese pensamiento le pone porque Pepita, aunque no es muy inteligente sí es astuta y desconfiada como su madre, y tiene muy claro lo que quiere.

   Gimeno no ha tenido que pasar por el ritual acostumbrado en el pueblo en los primeros escarceos entre una joven pareja. Rápidamente sus medidos galanteos han sido acogidos favorablemente por la muchacha. José Vicente se pregunta si tan pronta aceptación será por su labia, sus buenas maneras o porque los padres le hayan podido dar algún consejo al respecto. Pasean juntos o van al cine y alguna que otra vez han ido al baile, que es el único momento en el que la pareja tiene algún tipo de roce físico, pero siempre acompañados por las amigas, siendo la más asidua de todas Encarnita Giner. Esa situación le obliga a buscar a alguien que le sirva de escudero y que acompañe y entretenga a las otras amigas para poder hablar más libremente con Pepita. Como tampoco tiene tantos amigos, Guillermo Bruñó ha sido su primera y única opción.
- Guillermo te voy a pedir que me eches una mano. Necesito que vengas conmigo para entretener a las amigas de Pepita, porque una cosa es hacerle la corte a una mujer y otra a toda una pandilla. La que más suele acompañarla es Encarnita, ¿te importa llevártela aparte cuándo vayamos los cuatro? Así me sentiré más cómodo y podremos hablar con más libertad.
- Dalo por hecho. Ojalá todos los favores que me pidas sean de ese calibre. Porque la Encarnita está francamente rica y además es muy divertida.
   Pepita y José Vicente lo que más hacen es hablar y quien lleva la voz cantante es Gimeno porque, como ha descubierto enseguida, Pepita es de pocas palabras. No sabe si es que la corta, que es tímida o, simplemente, que tiene poco que contar. Compensa los silencios con sus risas, ríe mucho y por cualquier motivo. Mejor así, piensa el joven, que no que ponga cara de palo. Lo malo es que la risa le produce a la muchacha una especie de tic en un ojo que se le queda por momentos ligeramente estrábico, aunque luego recobra su estado normal. Todos los días, antes de las diez de la noche cumple con la inveterada costumbre de dejarla en casa sin pasar adentro, ya que como suelen repetir las madres a sus hijas, tanto a las niñas como las que están en edad de merecer, a las diez en tu casa estés. Y así lo hacen. Ahora Pepita suele salir únicamente con Encarnita, pareja a la que se unen José Vicente y Guillermo. De ese modo, se cumple la tradicional costumbre de que una jovencita de buena fama no debe quedarse a solas con su pretendiente. Suelen pasear a lo largo del Rabal y cuando la calle termina lo habitual es que Encarnita y Guillermo se adelanten o se atrasen dejando a la pareja de novios libre.

   Guillermo, a veces, le toma el pelo a José Vicente por su noviazgo, al tiempo que aprovecha para darle algún consejo sobre las costumbres locales en lo referente a dicho estado:
- Bueno, ya veo que la conquista va viento en popa ¿Cuándo piensas hablarle al tío Braulio?
- Todavía no me lo he planteado. Estamos dándonos un poco de tiempo para conocernos mejor.
- Si me permites un consejo, no lo alargues mucho. Pepita no es chica como para hacerla perder el tiempo. Y su familia menos, ¡pues buena es la tía Águeda!, ten en cuenta que es una Arbós.
- Ya pude comprobar que en esa casa quién lleva los pantalones es la madre. Pepita siempre se refiere a ella. Apenas sí le he oído mencionar a su padre.
- Es que es así. Ahí quien corta el bacalao es la mujer. Será porque es medio Arbós y a esos les gusta mandar más que un regaliz a un niño. El tío Braulio es buena persona, muy trabajador, pero poco más. Aunque las malas lenguas aseguran que en esa casa la que de verdad marca el paso es Pepita.
- No me digas. Por cierto, al señor Braulio nunca se le ve, ni en el café ni en las tabernas ni siquiera por la calle. ¿Dónde se mete ese buen hombre cuándo no trabaja?
- En su casa. No debe de haber ido al café desde los tiempos de Carolo. Tu futuro suegro pertenece a la cofradía de la Virgen del Puño, es más agarrao que un chotis. Por eso tienen la pasta que tienen, porque no la gastan. En esa casa, peseta que entra, peseta que no vuelve a ver el sol. ¿De dónde crees que viene su apodo de Braulio el del duro?

   Aunque el noviazgo no se ha oficializado, son muchas las personas que felicitan a Gimeno.
- Enhorabuena, José Vicente. Te vas a llevar una alhaja.
- Has tenido buen ojo. Es una chica muy maja y de buena casa.
- Gimeno, vas a hacer buena boda. Ahí hay duros para parar un tren.
- Felicidades. Es una chavala estupenda y muy mona.
   Otro de los que le felicita calurosamente es Rodrigo Arbós:
- Me han dicho que estás saliendo con mi sobrina Pepita. Enhorabuena. Espero que todo termine bien. Esa relación, a buen seguro, te aportará más cosas positivas que negativas. La familia está contenta.
   La bisoña relación también es motivo de toda clase de dimes y diretes en los mentideros del pueblo, incluida la trastienda de la Moda de París.
- ¿Sabes que tu jefe está saliendo con Pepita Arnau? – pregunta Consuelo dirigiéndose a Lolita.
- Vivo en este pueblo, ¿cómo no iba a saberlo?
- ¿Le has felicitado? – quiere saber Fina.
- Lo he intentado un par de veces, pero no he llegado a hacerlo porque temía que se me notara demasiado la guasa – y ante la mirada interrogativa de Fina, añade Lolita -. Porque ya me dirás si no es para tomarse a cachondeo a esa pareja. Ella es tonta de capirote y él ha mostrado su verdadera cara: un pobre hombre que solo busca el dinero de los Arnau. Una tonta y un pesetero, ¡menuda pareja!
   Pese a todo, Lolita hace un esfuerzo y termina dando la enhorabuena a Gimeno, aunque por su tono podría ser una felicitación con retranca:
- Enhorabuena, jefe – desde que trabajan juntos siempre le suele llamar así, aunque Gimeno cree percibir un ligero tonillo sarcástico en el tratamiento -. Parece que vas a dejar de ser uno de los solteros de oro del pueblo. Has tenido buen ojo. Te deseo lo mejor.

  Todas las opiniones sobre su incipiente relación llevan a Gimeno a despejar sus dudas. Porque sigue sin tenerlo tan claro como parece que lo tienen los demás. No llega a sentirse plenamente identificado con la jovencita, le parece una buena muchacha, físicamente no está mal, pero se pregunta: ¿es eso suficiente para unirse a una mujer para toda la vida?, ¿no será necesario algo más?, ¿qué pasa con el amor? Sabe que no está enamorado, que ni siquiera siente nada especial cuando le dice estereotipadas frases galantes y la mozuela le mira con ojos encandilados. Porque esa es otra: le da la impresión de que Pepita, si no enamorada, sí se siente atraída por él. Tras muchas cavilaciones se dice que no puede estar en duda permanente, que así no va a ninguna parte, y decide dar el siguiente paso: declararse formalmente, porque hasta el momento no le ha dicho explícitamente a la jovencita que la quiere ni tampoco le habló de noviazgo. La declaración, pese a haberla ensayado previamente, resulta chapucera, ramplona y hasta un punto cómica. Al propio José Vicente le suena su parlamento como algo hueco y, sobre todo, carente de pasión y romanticismo, pero a la jovencita parece emocionarla y no duda un momento en responderle que ella también le quiere.

viernes, 30 de enero de 2015

Capítulo III. Tirar con pólvora del rey 3.1. Al gallego le quedan cuatro afeitados



   Manuel Lapuerta y Celestino Bonet tienen mucho que contarse, hace más de cuatro años que no se ven.
- ... y sigo teniendo el aparato de galena que usábamos durante la guerra y que me lo dejó Aurelio.
- Siempre fue amigo de sus amigos.
- Pues ya sabe, cuando quiera retomamos la costumbre de juntarnos para escucharla y así nos enteramos de lo qué está pasando de verdad y no las milongas que cuentan los periódicos y las radios nacionales.
- Me parece una buena idea, pero puedes guardar la galena. Me hice con una radio excelente. Es un modelo de la RCA de 1933. Lo repasaron en un taller de Valencia y lo han dejado como nuevo. Prefiero un aparato así porque con él puedo coger emisoras extranjeras y, en cambio, con los modelos que se construyen aquí, como tienen un dial tan corto, solo puedes sintonizar las nacionales. Y para saber lo que pasa los informativos que dan las cadenas de la España nacionalsindicalista de poco sirven, con decir que a las noticias le seguimos llamando el parte, como si aún estuviéramos en guerra, está dicho todo.
- Fenomenal, pero quiero pedirle un favor. Tengo un compañero de trabajo, se llama Alfredo Ballesta y es persona de toda confianza. También fue depurado y suele acompañarme a escuchar la galena. Si en adelante voy a oír su radio se va a quedar descolgado. Lo que quiero saber es si podría invitarle a ir a su casa. Como le digo, respondo de él, es reservado y no dirá una palabra de lo que oiga o hablemos.
- Si tú le avalas, por mí no hay inconveniente. Tráetelo el primer día que vengas.
  
   Bonet y Ballesta están saboreando el excelente café que les ha preparado doña Angustias, la esposa de Lapuerta.
- Es un rato bueno – asegura Alfredo olisqueando el aroma -. No es por hacerlas de menos, pero es mucho mejor que el que preparan nuestras costillas.
- ¡Anda, coño, ya podría!, como que esto es café-café y no el aguachirle que se gastan nuestras parientas – las defiende Celestino.
- Tampoco este cacharro tiene nada que ver con tu galena – dice Ballesta señalando el moderno aparato de radio, del tipo capilla, que hay en el centro de la mesa.
- Y ahora, una copita de coñac – anuncia el médico mientras escancia el licor en tres diminutas copas.
- Don Manuel, como nos siga tratando así nos va a tener aquí de invitados las mil y una noches.
   A Lapuerta no le da tiempo a encender la radio, se han quedado a oscuras.
- Se ha ido la luz – dice Ballesta y, para mitigar la obviedad, añade -. Es posible que sean los plomos.
- Vamos a esperar unos momentos a ver si vuelve – propone el anfitrión.
   Pasan los minutos sin que retorne la electricidad. Angustias llega con un quinqué que proyecta difusas sombras sobre las paredes del saloncito.
- Me parece que esta noche se quedaron sin audición.
- Voy a ver si han saltado los fusibles – Lapuerta hace intención de levantarse, pero su mujer le ataja:
- No te molestes en mirar, Manolo. Todo el pueblo está a oscuras.
   En ese momento los contertulios todavía no saben que han vuelto a implantarse las restricciones eléctricas en todo el país. El gobierno ha tenido nuevamente que adoptar tal medida como consecuencia de la pertinaz sequía y de la escasez de petróleo. Los Estados Unidos, debido a las exigencias que impone la guerra y a las escasas simpatías que sienten por el régimen franquista, han decretado el embargo al estado español de una serie de productos, entre ellos los hidrocarburos. Como consecuencia de ello se ha tenido que racionar la gasolina y los vehículos movidos por gasógeno ponen una nota tan arcaica como pintoresca en las carreteras y calles españolas.

   Otra de las visitas que ha recibido Lapuerta ha sido la de quien, al menos de manera parcial, fue su discípula durante la guerra: Lolita Sales.
- Don Manuel, que alegría me da volver a verle. No se lo puede figurar. Tampoco puede llegar a imaginar lo que le he echado de menos. Usted y el pobre don Domingo han sido de largo los mejores maestros que he tenido.
- Lolita, hija, me abrumas con tanto elogio. Y por cierto, ¿cómo sigue tu madre de sus migrañas?
- Mucho mejor desde que la sustituí en la tienda.
- Y el perillán de Rafael, ¿cómo está?, ¿qué ha terminado estudiando?
   El rictus que aparece en la boca de la joven le dice al médico que su pregunta no ha sido la más afortunada, pero ya está hecha.
- Lo dejamos, don Manuel. Un noviazgo por correspondencia es complicado de llevar y tras mucho discutirlo resolvimos que lo mejor era no continuar. En cuanto a qué estudia parece que ingeniería industrial, y digo lo de parece porque según su madre no  hace más que holgazanear.
- ¿Sabes qué te digo, niña? Que él se lo pierde. Siempre creí que formabais una ecuación en la que el miembro de más valía, con diferencia, eras tú. ¿Y ahora a qué te dedicas?
- Como le he dicho, llevo la tienda y en los ratos libres dirijo la Sección Femenina.
- Bueno, algo hay que hacer, aunque no sería honesto por mi parte si no te dijera que tu segunda ocupación no me parece una buena idea. De todas formas, no hagas demasiado caso de lo que piense un viejo liberal como yo. A mis ideas les ha pasado lo que a la República española: han sido barridas por el viento de la historia. Bueno, de la historia y de las divisiones musolinianas y la Luftwaffwe nazi.

   Pese a las restricciones, Lapuerta sigue reuniéndose con sus amigos ferroviarios en torno a su remozado aparato de radio, así se enteran de lo que está pasando en la guerra, porque periódicos y emisoras nacionales son bastante proclives a los países del Eje y aquellas noticias favorables a los Aliados las disfrazan o minimizan. El siete de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro todas las emisoras extranjeras emiten la misma noticia: el día anterior los ejércitos aliados culminaron exitosamente su desembarco en las playas de Normandía. Tras casi cinco años de cruentos enfrentamientos los Aliados han vuelto a poner los pies en la Europa continental.
- ¿Dónde está Normandía, don Manuel?
- En Francia, exactamente al oeste del país. Vamos a verlo en el atlas. Mirar, aquí.
- Eso parece que está cerca de Paris… y Berlín tampoco está tan lejos – y aunque están solos en la habitación y la puerta está cerrada, Bonet baja la voz y en un susurro comenta - ¿Saben qué me sopló el otro día un antiguo compañero de la CNT? Que es casi seguro que cuando los Aliados terminen con los nazis invadirán España y se cargarán a Franco.
- ¡No caerá esa breva! – exclama Alfredo.
- Lo que les cuento. Al gallego y sus compinches les quedan cuatro afeitados.
- Menos lobos, Celestino. Primero habrá que acabar con los alemanes y esos son un hueso duro de roer pese a lo de Normandía. Y suponiendo que los Aliados terminen con el tercer Reich, habrá que ver qué hacen después con regímenes como los de Franco – matiza Lapuerta.
- Si ganan la guerra lo que harán será cargárselo – afirma muy seguro Ballesta.
- Es posible, pero primero veremos que hacen con los rusos. Y además la política exterior es siempre complicada. Los propios británicos alardean de que su país no tiene política exterior, sino que más allá de sus fronteras solo tiene intereses. En ese sentido, Churchill ha dicho en la Cámara de los Comunes que los problemas internos de España son cosa de los españoles.
- Bueno, eso serán los ingleses, pero está por ver lo que hacen los americanos – apunta Ballesta.
- Por el momento se conforman con que el gobierno repatrie a la División Azul y reduzca o anule las exportaciones a Alemania de determinados productos como el wolframio.
- ¿Lo que está diciéndonos, don Manuel, es 
que los Aliados no harán nada?
- No digo eso. Lo que creo es que en estos momentos hay una gran incertidumbre sobre lo que ueda pasar al Régimen si los Aliados, como parece, ganan la guerra.
- ¡Pues me dio usted la noche! – exclama Ballesta medio en serio, medio en broma.

   Al terminar la audición, ya de camino a sus casas, Ballesta plantea a su compañero un interrogante que le tiene un tanto desconcertado:
- ¿No me dijiste que este médico era de los nuestros? Pues a veces parece que habla como si fuera un facha.
- Te lo juro, Alfredo, ni es carca ni cosa que se le parezca.
- Pues me da la impresión de que no le ha caído nada bien lo que dije sobre que los Aliados se cargarán a Franco.
- Esta misma conversación la tuve con mi amigo Aurelio hace años. Él me lo explicó con mucha claridad: decía que don Manuel no es rojo ni tampoco de estos, es liberal y anglófilo.
- Lo de liberal sé lo que es, pero lo otro ¿de qué coño va? 
- Que le caen bien los ingleses.