viernes, 26 de julio de 2013

1.20. El prodigio del metro cuadrado

   Pascual Tormo está cansado de narrar a los reporteros las vicisitudes por las que pasó el desarrollo urbanístico de Senillar. No obstante, hace de tripas corazón y prosigue con sus explicaciones:
- Bien, sigo con el boom del ladrillo y sus antecedentes. Para que tengáis una idea más precisa tengo que remontarme a la década de los sesenta. Después de la etapa de hambruna tras la guerra civil, la explotación naranjera se convirtió en un negocio floreciente. Luego llegaron los tiempos de las vacas flacas, la agricultura en general y la naranja en particular cayó en picado. Hasta que hace un par de décadas, hacia principios de  los noventa, algún despabilado se fijó en el pueblo y descubrió que, posiblemente, era de los pocos parajes costeros de Valencia que seguía virgen pues apenas había sido invadido por el ladrillo.
- ¿Antes de esa época no había edificios en la playa?
- En la playa siempre hubo viviendas, pero en general eran casas modestas de una o dos alturas, algún chalé de medio pelo y poco más. Hasta que, de la noche a la mañana, se desató la fiebre constructora en Senillar. El pueblo, del que nadie había oído hablar, comenzó a aparecer en los medios, y se llenó de promotores e inversores que creyeron que esto podría ser, en pequeño, un nuevo Benidorm. De repente los propietarios de fincas, todas ellas con la calificación de terreno rústico, descubrieron el prodigio del metro cuadrado.
- ¿Cómo que el prodigio del metro cuadrado? - inquiere sorprendido el periodista.
- Os explico. Aquí la superficie de las fincas se midió siempre por fanegas y esa era la medida con la que se vendían y compraban. Antes del inicio del boom, una fanega de tierra de secano venía a costar unas doscientas cincuenta mil pesetas, la de regadío algo más. De pronto comenzaron a pulular corredores y agentes de la propiedad inmobiliaria que, ante el maravillado asombro de los labradores, querían comprar sus campos no por fanegas sino a tanto el metro cuadrado. La consecuencia fue que el precio de la tierra se disparó. Fincas abandonadas, que no valían cuatro reales, de la noche a la mañana se convirtieron en terrenos que se cotizaban a precio de oro. Imaginad al propietario de una finquita de secano de cuatro fanegas, al que si antes le daban un millón de pesetas por ella se daba con un canto en los dientes, y de pronto aparecía alguien que le ofrecía mil pesetas por metro cuadrado, que fue el precio inicial con el que se comenzó la loca carrera de la especulación del suelo.

   El fotógrafo interviene en el diálogo entre Tormo y su compañero preguntando:
- Oye, Pascual, la fanega, ¿cuántos metros cuadrados son?
- Una fanega aquí tiene ochocientos treinta y tres metros con treinta y tres centímetros, cuadrados naturalmente. Multiplicad. La finca de cuatro fanegas se convertía en algo más de tres mil trescientos metros, lo que a mil pesetas el metro suponía más de tres millones, el triple que antes. Aquello no fue más que el principio de la locura porque de las mil se pasó diez, luego a veinte, después a treinta y siguieron subiendo los precios en una escalada que parecía no tener fin. ¿Ya me diréis si no se puede calificar al metro cuadrado de prodigioso?
- Desde luego, se merece el calificativo. Imagino que con esos precios la gente estaba loca por vender.
- En general, sí, pero con excepciones. Cuando se produce un fenómeno similar al que ocurrió aquí de que un bien, en este caso la tierra, se encarece más y más a medida que pasan los días, cada propietario ha de sostener una lucha interna entre el sentido común y la codicia.
- Explícate, Pascual – solicita el periodista.
- Os pongo un ejemplo: mis padres tenían una pequeña finca, aquí casi todas lo son, en la partida del Torreón. Desde el primer día se la quisieron comprar a mil pesetas el metro y el corredor afirmaba que era como robar el dinero. Yo mismo les aconsejé que no vendieran porque suponía que los precios se iban a disparar. Cuando otro agente inmobiliario llegó a casa con la oferta de diez mil el metro pensé que ya era un precio imbatible y les dije que era el momento de vender. Mi madre dudaba, pero mi padre vaticinó que el valor subiría, tenía razón. Los precios siguieron su escalada hasta que parecieron estabilizarse cuando alcanzaron la cota de las treinta mil pesetas metro, momento en que volvieron a querer comprárnosla.

   Tormo hace una pausa en su explicación que provoca la inmediata y concisa interpelación del reportero:
- ¿Y?
- Hubo una reunión familiar, la más tensa que recuerdo. Mi madre sostenía que jamás podíamos haber imaginado conseguir tanto dinero por un campo de secano plantado de almendros. En su opinión había que vender. En cambio mi padre mostró una faceta insospechada de su carácter, la codicia. Razonaba que, sí en algo más de tres años se había pasado de mil a treinta, si esperábamos, seguro que el precio llegaría a las sesenta. Por tanto, de vender, nada. Tuvieron una pelea de lo más penoso. Para dirimir la pugna pidieron mi opinión, pese a que ya la conocían. Volví a insistir que lo más sensato era aceptar la oferta.
- ¿No argumentaste tu opinión? – quiere saber el reportero.
- Por supuesto. Les hablé de que, como decía Antonio Machado, es de necios  confundir valor y precio. Eché mano del refranero con lo de que más vale un pájaro en mano que ciento volando. En fin, traté de apuntalar la opción de venta con todos los razonamientos que se me ocurrieron – remata el profesor su explicación.

   Como Tormo parece que no tiene más que decir, el periodista, con una sonrisa en la boca, pregunta:
- Pascual, eres un maestro del suspense, no dejes la narración sin final, dinos como terminó la historia.
- Pues que mi padre no dio su brazo a torcer hasta que mi madre se puso a llorar como una Magdalena. Fue demasiado para él. Accedió a vender. Por cierto que el tiempo le dio la razón, unos años después el precio subió hasta las sesenta mil pesetas metro. Estuvo todo ese tiempo repitiendo una y otra vez lo de ya lo dije y que por nuestra culpa habíamos perdido un dineral.
- Y tenía razón – comenta el periodista.
- Hasta cierto punto sí, exactamente la tuvo hasta el fatídico dos mil ocho. Entonces, de un día para otro los precios se desplomaron y es llegado el día en que siguen sin recuperarse. En este momento no sé a cómo está el metro, pero lo que sí sé es que ni siquiera debe haber mercado porque en los solares ya urbanizados los carteles con lo de se vende terminan cayéndose de viejos. Ahora sí que es el fin de la historia – concluye Tormo y agrega -. No sé si sería un buen titular el de: Los metros cuadrados siguen, pero el dinero ha volado.
- Como titular es demasiado largo, uno más periodístico sería: Fin del prodigio del metro cuadrado –remacha el reportero.

martes, 23 de julio de 2013

1.19. País de pícaros

   Sergio está desesperado, ya no sabe qué hacer para encontrar trabajo. Ha probado suerte en todos los anuncios que ha visto de se busca, ha preguntado en un montón de comercios, almacenes, bares, restaurantes… y la respuesta ha sido siempre la misma: no hay trabajo o, en el mejor de los casos, vuelva otro día.

   Uno de sus antiguos compañeros de tajo, Felipe, que es hombre tan ingenioso como quimérico le sugiere una de las actividades a la que podría aplicarse para ganar unos euros:
- El otro día oí una conversación que te podría interesar. Un tío, que por lo que decía deduje que era corredor de seguros, contaba que en su compañía están hasta las narices de la gente que pretende estafarles. Y que una de las estafas más corriente es la de quemar la casa para cobrar la correspondiente indemnización. Te lo cuento porque se me ocurre que podrías hacer lo mismo, le prendes fuego a la covacha en la que vives y, hala, a cobrar del seguro. No es que sea muy legal, pero tengo entendido que una aseguradora es como un banco, una cueva de ladrones y, ya sabes, el que roba a un ladrón…
- Me parece muy buena idea, Felipe, sólo hay una pega: ¿de dónde saco la pasta para pagar la prima del seguro?

   En otra ocasión, la sugerencia de Felipe es algo más cruenta, pero no precisa de ninguna clase de inversión.
- Me han dicho que puedes ganar una pequeña fortuna vendiendo un riñón. Como te queda otro puedes seguir viviendo sin ningún problema.
- ¿Estás seguro?
- Lo que te digo. ¿Te acuerdas de Santillana, un delantero centro muy bueno que tuvo el Madrid? Pues bien, descubrieron que sólo tenía un riñón, los médicos recomendaron que se retirara, se quedó en el equipo y saltaba más que ninguno. De hecho los remates de cabeza eran su especialidad. Y todavía hoy sigue jugando en los encuentros de veteranos como si fuera un chaval.
- Bueno, pues será cuestión de pensárselo.
   Cuando le cuenta a Lorena la proposición de Felipe, ésta se revuelve como una pantera en celo.
- Ni hablar. No sé quién está más chiflado, sí Felipe por proponerte majaderías como esa o tú por hacerle caso. La próxima vez que te vuelva a decir lo del riñón le contestas que por qué no se lo quitan a él. ¡No te amola el gilí!

   Otro día la propuesta de Felipe también entraña riesgo, pero puede ser económicamente provechosa.
- A un tío que conozco le atropellaron la suegra. El seguro le dio una buena indemnización. Eso le dio qué pensar. Un día se decidió y en un paso de cebra, cuando el semáforo estaba en naranja, se echó encima de un coche. Le rompieron una pierna, pero se llevó un montón de pasta.
- ¿Así de fácil? ¿El seguro le pagó a pesar de que fue él quien provocó el accidente? No sé si creérmelo, Felipe.
- Lo que yo te diga. Al principio, el seguro se negó a indemnizarle, pero se buscó un abogado y ganó el pleito. Y se llevó sus buenos euros.
- ¿Y si estaba tan pelado como para recurrir a ese método, de dónde sacó el dinero para pagar al abogado?
- Parece que hay picapleitos que sólo te cobran si ganan el caso. Entonces te facturan un porcentaje bastante alto de lo que ha pagado el seguro o el causante del accidente, pero con todo te queda un dinero curioso.
   Lorena se vuelve a pillar un rebote de cuidado cuando se lo cuenta.
- Sergio, no sé qué se ha hecho de tu sentido común. Antes todo lo razonabas, pero desde hace una temporada parece que piensas con el culo. Un coche no sólo te puede partir una pierna o un brazo, también te puede partir la crisma o dejarte inválido para los restos. El día que me eche en cara al gilipollas del Felipe le voy a cantar las cuarenta. Quita, quita.

   Sergio llega a la triste conclusión de que para los pobres no resulta tan fácil lo de ganar dinero sin doblar el espinazo. Tendrá que continuar buscando curro. Paradójicamente es Lorena quien ahora le propone una manera comodona de hacerse con algún dinerillo.
- Hoy me ha soplado Verónica una forma facilona de ganar algo de pasta. Vas a la Cruz Roja a que te saquen sangre. Te dan un bocadillo y diez euros. Y también me ha asegurado que hay una empresa catalana que por un litro de plasma llega a darte más de cincuenta.
- Oye, pues es algo que no se me había ocurrido.
- Y hay más, algo que tú puedes hacer y yo no, dar semen. Creo que pagan mejor que lo de la sangre.
- Eso me da repelús. Tú sabes el mal cuerpo que se te puede poner cada vez que pienses que un hijo tuyo va por ese mundo sin saber que tú eres su padre. Es como si yo te propusiera que hicieras de vientre de alquiler que eso sí que parece que lo pagan a precio de oro.
   La contrapropuesta de Sergio ha dejado a Lorena pensativa.
- Churri, ya que hablas de madres de alquiler pienso que se me está pasando el arroz, ¿por qué no tenemos un crío?
- Reina mora, eres la campeona del oportunismo. No quisiste tenerlo cuando todo nos iba de cara y ahora que estamos sin trabajo, sin casa, sin dinero y con un futuro más negro que el capacho de un carbonero sales con esas.

   Cuando Sergio les cuenta a sus amigos Francisco y Lisardo las diversas ocurrencias que le ha ido sugiriendo su amigo Felipe, ambos jubilados le aconsejan lo mismo que su pareja: que no se meta en esa clase de asuntos puesto que tiene más posibilidades de que le salga el tiro por la culata que de sacar provecho alguno. Al acabar la explicación de la sarta de salidas más o menos ingeniosas como medio de allegar algunos dineros, Francisco retrata la situación con una de sus proverbiales sentencias:
- ¡País de pícaros!

domingo, 21 de julio de 2013

1000



Supongo que para muchos blogs de personajes famosos la cifra de 1000 visitas debe ser una minucia. He leído que algunos lo consiguen en unos minutos. No es mi caso. Que este blog haya logrado ese número en mes y medio, teniendo en cuenta que sólo es el soporte de una novela por entregas de un autor desconocido, supone para mí un poderoso estímulo. Puesto que significa que hay un grupo de personas, cada vez más amplio, que siguen los episodios de Apartamento con vistas al mar con cierta asiduidad. A todos ellos mi entrañable gratitud y mi renovado voto de seguir escribiendo.

viernes, 19 de julio de 2013

1.18. ¡Cuán largo me lo fiáis!

   A los dos reporteros que acompañan a Tormo por los predios de Senillar les quedan todavía muchas preguntas en la recámara:
- ¿Queda todavía en activo alguno de los políticos que fueron imputados en la operación Tornasol? - se interesa el periodista.
- Creo que no. O salieron por la puerta de atrás o les dieron de baja en sus partidos. Tened en cuenta que parte de tres consistorios se pringaron hasta la coronilla y los cogieron con las manos en el carrito del helado. Y además de políticos de todos los colores, para que se vea que la mierda no hace distingos de ideologías.
- ¿Y todo esa cagada ha servido para algo?
- Está por ver. Personalmente, soy pesimista. De entrada, el proceso tardará años en sustanciarse. Todavía el juez instructor, el tercero por cierto, está buscando en diversos paraísos fiscales buena parte del dinero que se movió en sobornos. A esa pasta ya pueden echarle un galgo. Tengo yo más posibilidades de llegar a obispo que de que aparezca el dinero.
- Oye, y de los empresarios e intermediarios imputados ¿qué ha sido de ellos? – pregunta el fotógrafo.
- Hay de todo. Unos fueron encarcelados, pero pagaron la fianza y están en la calle. Otros están en busca y captura. De lo que no se sabe nada es de los millones que se movieron en sobornos y en dinero no declarado al fisco. Ya sabéis lo que ocurre en este desgraciado país, la gente no es tan renuente, como se suele creer, en asumir su responsabilidad, pero euro no se devuelve ni uno. Parece que la consigna es: si no hay más remedio iré a la cárcel, pero el dinero me lo quedo. Para allí, delante de ese bar, es al que suelo venir a tomar el aperitivo.

   En aquella hora de la media tarde el bar está prácticamente desierto. Mientras los periodistas se sientan, Tormo pasa por la barra a saludar al dueño y hacer la comanda. Aprovechando su ausencia, el fotógrafo comenta:
- Tomar el aperitivo. Yo creía que esa costumbre había pasado a la historia. Y otra cosa, vaya vocabulario que gasta el amigo Tormo, es más redicho que un académico. 
- Va de suyo. Da clases de lengua y literatura españolas en el CEU. En cuanto a tomar el aperitivo, ese lujo se lo permite por vivir en el pueblo.
- ¿Pero no has dicho que da clases en Valencia?
- Sí, pero donde vive es aquí. Ten en cuenta que por lo que le pagan si residiera en la ciudad no podría permitirse muchos caprichos. En cambio, viviendo aquí, no paga alquiler porque tiene casa propia y sólo ese ahorro le da para sus pequeños gastos. Los tres días que tiene clases coge el coche y en menos de una hora está en la facultad. Pascual es un tío más listo de lo que parece, ahí donde lo ves es doctor en filología  románica o como se llame ahora y se ha labrado toda una reputación como especialista en comunicación social.
- ¿Y tú qué crees, qué está a favor o en contra del pollo que se montó aquí? Lo digo porque parece tener una actitud ambivalente, a veces parece como que  detesta el urbanismo salvaje que se practicó durante aquellos años, en cambio hay momentos en que se diría que lo acepta.
- Es posible que ni siquiera lo tenga claro, puede ser el típico caso de que los árboles no te dejan ver el bosque.

   Tras volver Tormo retoman la conversación.
- Por cierto, y para tener una idea más clara de lo que habéis venido a buscar, ¿qué clase de reportaje pensáis hacer? – Es algo que siempre ha querido preguntar, pero que inexplicablemente no lo ha hecho hasta ahora.
   El periodista encargado de redactar el texto le cuenta que la revista para la que trabajan piensa publicar una serie de reportajes sobre las fastuosas obras de todo tipo que, debido a la crisis financiera y al estallido de la burbuja inmobiliaria, han quedado a medio construir o si se terminaron ahora son inservibles. Ya están preparándose sendos reportajes sobre la macro ampliación de Seseña, los aeropuertos de Ciudad Real, León, Lérida y Castellón y algún sonado despilfarro más como los del AVE o ciertas autopistas. También se han incluido en la serie proyectos menos conocidos como el fallido plan de la Marina de Senillar.
- Hombre, esto no tiene la magnitud de los ejemplos que has citado – precisa Tormo.
- Eso es evidente, pero en pequeño sí es que es un paradigma de la evolución de los últimos años del boom puesto que se dieron todas las connotaciones propias de lo que supuso el auge inmobiliario. Un urbanismo salvaje y descontrolado, una carrera sin freno para convertir suelo rústico en urbano, una escalada de precio de los terrenos que parecía no tener techo, una orgía en la adjudicación de hipotecas sin contar con ninguna clase de control y para rematar el pastel la guinda de un sonado proceso en el que la corrupción, el cohecho, los delitos fiscales y un largo etcétera han sido sonados.
- Aunque pueda aceptar muchas de las cosas que dices, el caso de Senillar sigue siendo diferente – Da la impresión de que a Tormo no le gusta que hablen mal de su pueblo. Es el primero en reconocer los desaguisados ocurridos en su patria chica, pero que los difundan otros no es plato de su agrado.
- ¿Y dónde está la diferencia? Yo no la veo.
- La diferencia está en el factor tiempo. Cuanto has dicho es cierto, pero también lo es que todo eso ya forma parte de la historia, es pasado. Y ahora miremos al futuro. Cuando la crisis termine, y algún día lo hará, puedes apostar que Senillar renacerá porque su potencial de crecimiento sigue ahí, quizá larvado, pero intacto. En cambio, algunos de los ejemplos que has mencionado no tienen presente, pero es que tampoco creo que tengan futuro.
- ¿Y tú crees que Senillar si lo tiene?
- Cuando el pueblo tenga políticos que miren por el interés público, no por el privado, y que sean conscientes de que el dinero no crece en los árboles sino que sale del bolsillo de los contribuyentes, ese día Senillar renacerá.
- Buf – resopla el periodista y, en un tono a medio camino entre el escepticismo y la ironía, sentencia - ¡Cuán largo me lo fiáis!

martes, 16 de julio de 2013

1.17. Papeles para todos

   Sergio está más contento que unas castañuelas. Por medio de Leo Blanquer, hijo de unos restauradores locales, ha encontrado faena y aunque es discontinua, sólo los fines de semana, es lo más parecido que ha tenido a un trabajo desde hace un montón de tiempo. Está de lavaplatos, una tarea agotadora y mal remunerada, pero no está en condiciones de decir que no. A Lorena le ocurre algo parecido, los fines de semana se desempeña de camarera en un chiringuito de Benialcaide en el que trabajó hace ya años. El problema está en encontrar ocupación de lunes a jueves.
  
   El viernes, al llegar Sergio a La Fuencisla, así se llama el restorán en el que está empleado, Constantino, el cabeza de familia de los Blanquer, le llama:
- Sergio, toma – le entrega un sobre -, ahí va una pequeña gratificación por el trabajo que has hecho. De momento, no te necesitamos más. Al llegar el verano ya sabes que la clientela baja y con la gente que tenemos en la cocina nos apañamos. Cuando llegue el otoño volveremos a hablar.
- Pero señor Constantino – Sergio está desconcertado -, yo creía que estaban contentos con mi trabajo y que si necesitan…
- Mira, Sergio, ya te lo he dicho, el problema no es como trabajas, que lo haces bien, sino que no necesitamos un lavaplatos. Vete a ver a Leo a la playa que a lo mejor te puede encontrar un hueco en la pizzería.

   Leo Blanquer, que conoce a Sergio desde hace años, se sincera:
- Supongo que a mi padre le ha dado corte decirte la verdad. Tu puesto lo ha cubierto con un rumano que hace más horas que tú y que cobra bastante menos. Es lo que hay. La crisis nos afecta a todos y hay que recortar los gastos de donde se pueda.
- ¿Y aquí no tienes nada para mí?
- Lamentablemente, no. Estoy en la misma situación que en La Fuencisla. Sorprendentemente el volumen de clientela no ha bajado de forma significativa, pero la recaudación se ha desplomado. Se ha acabado lo de pedir vino de marca, tomar unos aperitivos o lo de tarta de Santiago para todos. Ahora toman vino de la casa, si no es una botella de agua, lo de los aperitivos ha pasado a la historia y de los postres, suponiendo que sean cuatro lo mismo te piden una copa de helado y cuatro cucharillas. El resultado es que la recaudación ha bajado de un veinte a un treinta por ciento respecto a otros años. Por tanto, hemos de ajustar hasta el céntimo. Si sé de algo, no pases cuidado que te llamaré.

   La pareja de jubilados se ha convertido en una suerte de paño de lágrimas para Sergio. Les cuenta lo que le acaba de pasar con su trabajo en el restorán, lo que le lleva a formular una pregunta a su antiguo patrón:
- Señor Francisco, Bort no ha vuelto a llamarme desde el trabajo de Benialcaide y le doy mi palabra de … – piensa que quizá hablar de honor no sea lo más indicado y cambia la expresión -, le juro que hice un buen trabajo y así me lo reconoció al terminar, pero no ha vuelto a llamarme – se repite.
- Lo sé, hijo, lo sé. No te ha llamado ni creo que lo haga porque en tu lugar tiene a un moro, con unos papeles más falsos que un duro sevillano, que echa el tiempo que haga falta y al que le paga mucho menos. Así está el patio. No creas que Julio lo hace para ganarse unos duros de más. Le pasa lo que a tantos. Para encontrar encargos tiene que ajustar mucho los presupuestos y no le queda más remedio que bajar los costes todo lo que pueda, y el moro le resulta más económico. Y aun así me consta que en alguna chapuza se ha pillado los dedos al presentar un presupuesto demasiado ajustado.
- Hablando de trabajo – interviene Lisardo -, sé de uno, pero el problema es que buscan a una mujer. A la abuela de unos vecinos míos le ha dado un paralís y la han incluido en el programa de atención a enfermos crónicos dependientes. Visto ese panorama, están buscando una persona que la saque a pasear con el carrito que les va a facilitar la seguridad social. Salvo los días que haga malo podría ser un trabajo bastante seguro. Por supuesto, ni contrato ni papeles de ninguna clase, pero como he dicho ese puesto no te vale porque quieren una mujer.
- Le podría valer a Lorena, señor Lisardo. Le aseguro que lo haría muy bien. Es muy cariñosa con la gente mayor. Tendría que haber visto lo bien que trataba al abuelo Andrés.
- Si quieres lo hablo con ellos.

   La gestión de Lisardo ha fructificado y Lorena se ha puesto en contacto con la familia de la señora imposibilitada. Acuerdan un horario, ajustan el salario y precisan las demás condiciones. Empezará en cuanto llegue la silla de ruedas. Pasan los días y la esperada llamada no llega.
- ¿Churri, no te parece que el carrito ya ha tenido que llegarles?
- ¿Cuántos días hace desde que lo hablasteis?
- Hoy es…, pues mira, hace ya quince días.
- Desde luego, es tiempo más que suficiente para el envío de una silla de ruedas. Se lo comentaré al señor Lisardo, igual sabe algo.
- No se lo comentes a nadie, lo más rápido es ir a la fuente. Hablaré con la familia.
   Así lo hace Lorena. Su embajada es corta pues al poco tiempo vuelve a estar en casa con una cara mucho más mohína de la que tenía antes.
- ¿Qué ha pasado? – la interpela Sergio.
- Que ya no me necesitan. Han encontrado a una ecuatoriana, que a lo mejor ni tiene papeles ni nada que se le parezca, que hará el trabajo por casi la mitad de lo que iban a darme a mí. No veas como los he puesto, les he dicho de todo. ¡Cambiarme por una sudaca, menudos sinvergüenzas!

   Una vez más Sergio cuenta, a las únicas personas que le escuchan, el último revés sufrido.
- Ya sólo nos faltaba eso, que encima de que hay escaso trabajo y mal pagado, el poco que hay se lo llevan los inmigrantes que se contentan con lo que les den. A eso se le podría llamar competencia desleal.
- No creas que eso sólo ocurre ahora – comenta Francisco -, antes de cerrar mi empresilla, de gente del país sólo tenía al Dimas y a un par de peones de toda la vida, el resto eran moros y rumanos.
- Y a mí me pasó tres cuartos de lo mismo – asegura Lisardo -. Y la causa también era la misma. Cobraban menos, echaban más horas y no decían ni mú a ningún trabajo.
- Y luego se esponjan como un pavo real con lo de papeles para todos. ¡Éramos pocos y parió la abuela! – concluye Francisco echando mano de su inagotable repertorio de expresiones castizas.

viernes, 12 de julio de 2013

1.16. ¿Quién será el siguiente?

    José Ramón Arbós tiene abierto el periódico encima de la mesa camilla, pero no lo está leyendo, su mirada está perdida en el vacío.
   La mujer abre la puerta sin llamar. Es seca de carnes y tiene un gesto avinagrado.
- Bajo está Amador, dice que quiere verte, que es un asunto urgente.
- ¿Urgente para quién, para él o para mí? – El tono de sarcasmo del hombre es hiriente.
- ¿Qué le digo? – La voz de la mujer sigue siendo cortante como un cúter.
   Arbós duda unos instantes, al final accede:
- Dile que suba, pero añade… – Al darse cuenta del hosco gesto de la mujer decide mostrarse más cortés -, por favor, que tengo una jaqueca espantosa y que no estoy para mucho parloteo.

   Arbós sube las persianas de las dos ventanas del estudio, pero corre los visillos para que desde fuera no pueda verse el interior. Se abre la puerta y Amador Garcés se precipita a darle un abrazo.
- Las ganas que tenía de verte. Elvira me ha dicho que no estás muy allá, ¿qué te pasa?
- Nada que no pueda curarlo una gachí con un buen culo. Y hace unas semanas que no me como una rosca porque lo que tengo en casa no sirve ni para unas prisas.
- ¡Siempre serás un pichabrava, José Ramón! No sabes cómo envidio lo sietemachos que eres. A pesar de que somos de la misma quinta da la impresión como si tuvieras veinte tacos menos – La adulación de Garcés no parece afectar demasiado a Arbós.
- Hombre, tú es que tienes la suerte de tener en casa una buena jamona, lo digo con todo el respeto por Manolita. Si tuvieras la mojama que te ha abierto la puerta, ya veríamos.   
- Cuando quieras, cogemos el coche y nos vamos a un nuevo club que han abierto cerca de Albalat. Me han contado que hay material de primera. Dicen que han traído unas rusas que son la releche.
- Pero bueno, Amador, ¿qué me dices? ¿Tú de putas? Si no te conociera tan bien diría que te estás quedando conmigo. Cuéntame otra historia que esa no cuela. Pues buena es tu parienta como para consentirte que te vayas de picos pardos.

   Ambos prosiguen la conversación en el mismo tono de chanza durante unos minutos hasta que Arbós se cansa y, sin solución de continuidad, pregunta de manera tajante:
- ¿Y qué te trae por aquí? Supongo que no has venido a invitarme a echar unos casquetes.
- ¡Qué cosas dices! Vengo por el problema que te expliqué el otro día. Los de Cajaeuropa me han citado, tengo que ir a Valencia a verles. Si no encuentro la solución para seguir pagando los créditos temo que sea el final. Tienes que echarme un cable, José Ramón, por los viejos tiempos.
- Amador, no insistas, ya te dije que no puedo ayudarte. Y además tengo otro problema mucho más preocupante; mejor dicho, lo tenemos porque también te afecta. De hecho me has pillado leyendo la noticia. ¿Sabes a quién han estado a punto de cargarse? A Oriol Bricart.
- ¡No jodas!

   Arbós coge el ejemplar del ABC, en su edición valenciana, y lee la crónica de la redacción del periódico en Barcelona cuyo titular es elocuente: Un intento de asesinato termina con la víctima en la cárcel. El reportaje narra que Oriol Bricart, conocido empresario catalán de la construcción y antiguo consejero delegado de BACHSA, fue tiroteado al salir de su casa. Afortunadamente, sólo le alcanzó uno de los disparos y según el parte del hospital de Sant Pau su estado no reviste gravedad. Lo chusco vino cuando los mossos d´esquadra, al levantar el atestado, descubrieron que un juzgado valenciano había activado hacía tiempo una orden de busca y captura de Bricart, que hasta el momento no había sido localizado. Está acusado de cohecho, receptación y blanqueo de capitales, fraude fiscal y delito societario. En consecuencia, y tras la convalecencia, el constructor pasará de víctima a recluso. Sobre el autor o autores del tiroteo y sus posibles motivos la policía guarda silencio, aunque fuentes oficiosas afirman que podría tratarse de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, que acaso confundieron a Bricart con un importante distribuidor de estupefacientes que, al parecer, vive en el mismo barrio del empresario. Este extremo no ha sido confirmado por las fuerzas de seguridad. La crónica también hace un resumen de la vida sentimental, bastante ajetreada, del constructor, así como de sus aventuras empresariales coronadas por el éxito hasta que en el dos mil ocho, como un reguero de pólvora, se extendió por el mundo entero el fiasco de las hipotecas subprime y la consecuente crisis que lo acompañó. La periodista remata el reportaje relatando los devaneos del empresario con el mundo del fútbol en el que llegó a ser propietario de un conocido equipo.

   Tras la lectura, Arbós asegura:
- Esto sí que es un problema de órdago y no el tuyo.
- La información habla de la posible confusión con un narco – Garcés se agarra al dato más benévolo de la crónica.
- ¡Qué confusión ni qué leches! Puedes imaginar quienes se lo han querido cepillar. Sabían perfectamente quién era. Ya sabes cómo trabajan nuestros antiguos socios. Lo único que me extraña de todo esto es que fallaran, aunque pensándolo bien acaso lo hayan hecho aposta, como un aviso a navegantes.

   Garcés trata de quitar hierro al asunto:
- Tranquilo, José Ramón. Estoy convencido de que no se meterán con nosotros. No les debemos nada y si al final el negocio salió mal no fue por nuestra culpa.
- Pues no estoy tranquilo ni nada que se le parezca. Si el cerdo del juez instructor no me hubiese quitado el pasaporte me habría largado de España. Porque te recuerdo que Oriol no ha sido el único que ha estado a punto de palmarla. El año pasado un coche atropelló a Rodrigo Huguet y el conductor se dio a la fuga. Todavía lo están buscando. ¿Un accidente? No creo en las casualidades.
- Hombre, José Ramón, no somos tan importantes como para que los compinches de nuestros antiguos socios vengan a por nosotros. Además, que yo sepa, todavía siguen vivitos y coleando Cardona y Arechabaleta.
- Esos dos son punto y aparte. Cardona porque es más listo que el hambre. Hace mucho que nadie sabe de él. Y Arechabaleta, porque como está acostumbrado a dar esquinazo a los etarras, también se zafará de estos. A esos no va a ser fácil encontrarles, pero ya me dirás adónde vamos nosotros.

   Arbós hace una pausa, y luego afirma de manera rotunda:
- Ya han tocado a dos de las cabezas visibles del asunto de la Marina - Y tras un breve silencio, y en tono dramático, se pregunta -. ¿Quién será el siguiente?

martes, 9 de julio de 2013

1.15. Como el gallo de Morón

   Para Sergio se ha convertido en una costumbre, si no diaria sí bastante habitual, lo de pasarse por el bar donde paran cotidianamente Francisco y Lisardo. Les da un ratito de charleta a los jubilados y ellos, a su vez, le invitan a una consumición. Es una situación que le recuerda un episodio que le contó su abuelo Andrés un día que rememoraba escenas de la posguerra, cuando los años del hambre. Los niños de las familias pobres faltaban pocas veces a la escuela, no porque fuesen muy aplicados sino porque no ir suponía que se quedaban sin el cazo de leche y la porción de un grasiento y amarillo queso de extraño sabor, regalos ambos de organizaciones católicas norteamericanas. Ahora, para Sergio la organización de ayuda está encarnada en ambos pensionistas.

   Después de hacer la preceptiva llamada al camarero para encargarle una caña y un bocadillo, Francisco se interesa por el trabajillo que le buscó:
- ¿Qué tal te fue con mi colega?
- Muy bien, señor Francisco. Julio quedó satisfecho con mi trabajo. Me dijo que en cuanto le salga otro encargo contará conmigo.
- Me alegro de escuchar eso, es importante criar buena fama. Cambiando de tercio, el otro día estuvimos comentando sobre el escándalo de los sobornos a los del Ayuntamiento, ¿tú que tienes estudios y leerás lo que traen los diarios sabes algo más de todo ese follón?
- Hace  años que no compro un periódico, señor Francisco, qué más quisiera. Los únicos a los que echo una ojeada de vez en cuando son a los gratuitos y esos traen escasa información política. Lo último que recuerdo haber oído en la tele es que la instrucción de la operación Tornasol, que es el nombre dado por la policía al caso, se había suspendido temporalmente porque el juez instructor se había trasladado a otra plaza y aún no tenía sustituto.
- O sea, que cuando el juez se va las cosas se paran. Ahora comprendo porque dicen que la justicia es un cachondeo - comenta un escandalizado Lisardo.
- Pues hay más. El juez que llegue será el tercer instructor de la causa.
- Lo que yo te digo, un cachondeo - remacha Lisardo.
- Bueno, gracias por la invitación. Tengo que irme, he de seguir buscando curro.

   En cuanto Sergio desaparece, Lisardo comenta:
- Parece que el chaval está saliendo del pozo.
- De chaval, nada. Debe de tener treinta y cinco o treinta seis años - precisa Francisco -. Lo que pasa es que estos flacuchos y con mucho pelo siempre parecen más jóvenes de lo que son. Y lo de salir del pozo habrá que verlo, ya sabes lo que dicen los taurinos: hasta el rabo todo es toro - asegura sentencioso Francisco.

   Se produce una pausa en la charla, mientras los viejos ven pasar a los viandantes y toman pequeños sorbos de cerveza para estirarla al máximo. Rompe el silencio Lisardo que, tras echar una ojeada a la terraza, comenta:
- ¿Te has dado cuenta de una cosa? Todos los que estamos en el bar somos viejos. No hay nadie que tenga menos de cincuenta y muchos años.
- ¿Y qué esperas? Si ahora los únicos que tenemos dinero para vicios somos los jubilados. Si no fuera por las pensiones más de una familia y más de dos las pasarían más negras que Carracuca.
- ¿Me lo vas a decir a mí? Si no le echara una mano a mi hija la mayor no podría terminar el mes. Hablando de dinero, lo que sí te digo - comenta Lisardo - es que este es el momento para forrarse. Quien tenga pasta podría comprarse media playa. Me refiero a tener duros en cantidad suficiente para poder aguantar el tirón unos años.
- Me parece, socio, que apuntas torcido. Estos no son buenos tiempos para comprar nada y mucho menos para vender. Te voy a contar algo, y no lo comentes por ahí. Conrado el Torrentí, el primo de mi parienta, sabrás que vendió por una millonada una finquita que tenía en la partida del Torreón. Pues bien, por consejo del listo aquél que estaba de director en la caja, compró seis apartamentos para luego revenderlos y ganar otro porrón de millones. Luego llegó la crisis y de venderlos nada, pero el tío emperrado en que si es capaz de aguantar el tirón recuperará los dineros invertidos y, además, sacará alguna plusvalía. Y ahí tienes al Conrado tragando quina y viéndoselas canutas para hacer frente a los recibos de las hipotecas. Ya me ha comentado la Rosalía que cualquier día de estos tendrá que claudicar y poner los pisos a precio de mercado para poder quitárselos de encima.
- Pues el Torrentí es de los que tienen fama de afeitar un huevo y sacarle pelo.
- Admito que es de mucho palabreo, pero al final se quedará como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.