viernes, 13 de agosto de 2021

Libro II. Episodio 105. La merienda


   El sábado, Julia tiene por la tarde una visita inhabitual. Entra en la tienda una joven de porte distinguido a quien atiende Lupe, pues ella está con otra cliente.

   -Por favor, quiero que me atienda la señorita Manzano –pide la recién llegada.

   -Es que está atendiendo otra clienta –le indica Lupe.

   -No tengo prisa, esperaré.

   En cuanto Julia se acerca a la joven que le está esperando, recuerda su cara como cliente de la sección Pour la femme.

   -¿Podríamos hablar en privado?

   -Por supuesto, sígueme –y la lleva a la trastienda.

   -Ante todo, buenas tardes y perdona que te hable en privado, pero no quiero dar tres cuartos al pregonero. Soy María Isabel Quirós, Maribel para los amigos. Estaba en el grupo del baile del Círculo al que te presentó Juanluis Sotomayor –Julia hace un gesto negativo-. No me extraña que no me recuerdes pues apenas si cruzamos unas palabras. Estoy aquí por encargo de mi hermano Juan José, aunque todos le llaman Juanjo. Creo que bailó contigo varias veces. No sé si le recuerdas, es bastante más alto que yo, pelo castaño, patillas largas y tiene un bigotillo ridículo. Ah y es demasiado charlatán, pero muy simpático.

   La descripción de Maribel genera que Julia haga memoria.

   -Sí, le recuerdo y, en efecto, tienes un hermano que no deja de hablar. Como que estuvo haciéndome un montón de preguntas, más bien parecía un policía o un juez.

   -Es lo que pretende ser algún día, juez. De momento estudia Derecho en Madrid.

   -Bien, ¿y en qué puedo ayudarte María Isabel?

   -Maribel, por favor. Como te he dicho, Juanjo estudia en Madrid y en unos días se le acaban las vacaciones y tendrá que volverse a la capital. Y se ha empeñado en que no quiere irse sin tener la oportunidad de volver a charlar contigo; parece que le impresionaste. El domingo celebramos en casa una merienda y luego tendremos algo de música para bailar. Y vengo a invitarte. Algunos de los asistentes los recordarás cuando les veas porque también estuvieron en el cotillón.

   Julia, aunque no se esperaba la invitación, tiene clara la respuesta: no. El mundo de la gente del Círculo no es el suyo. Y como si le hubiese leído la mente, Maribel se le adelanta.

   -Si no te apetece no vengas, pero me vas a permitir que te pida un favor personal: di que sí porque, si vuelvo a casa con un no por respuesta, Juanjo me va a matar y recaerá sobre tu conciencia la muerte de una inocente. Y hablando en serio, no puedes imaginarte la perra que ha cogido. Te prometo que mi hermano y yo nos ocuparemos personalmente que nadie se ponga impertinente y que te encuentres cómoda. Palabra de honor. Te suplico que aceptes, me harás un gran favor. A los Quirós se nos achacan muchos defectos, algunos quizá sean ciertos, pero una virtud si tenemos: jamás olvidamos un favor.

   El tiempo que lleva tras el mostrador le ha enseñado a Julia a distinguir cuando alguien dice la verdad y cuando miente, y Maribel es de las primeras. Por eso, y aunque la idea de volver a mezclarse con la patulea de los burgueses y aristócratas del Círculo sigue sin hacerle ninguna gracia, accede.

   -Si una clienta como tú me pide algo y encima por favor no puedo negarme. Dile a tu hermano que asistiré. Un par de preguntas: dime a que hora, y si tengo que ponerme como un pincel o vale la ropa de los domingos.

   -Gracias, Julia. Te debo una. Sobre la hora no te preocupes, Juanjo, y uno de sus amigos, irán a tu casa a recogerte, si no te parece mal, para que vayas acompañada. En cuanto a la vestimenta, no te emperifolles demasiado, vale la ropa de los domingos, así es como iremos las demás.

   -¿Sabes dónde vivo?

   -Sí, en casa de doña Pilar Lahoz, la maestra. Bien, hasta el domingo y otra vez gracias.

   En cuanto la joven sale, Lupe pregunta:

   -Esa es una Quirós, ¿verdad? No sé si sabes que su familia es una de las más ricas de la ciudad. Tienen cuartos y orgullo pa dar y tomar. ¿Y qué quería decirte esa estirá que los demás no podamos oír?

   Julia no responde, está pensando que la invitación que acaba de hacerle Maribel tiene su aquél, y a decir verdad le ha sorprendido. No creía que su paso por el baile del Círculo hubiera dejado alguna huella, pero parece que sí. Evoca a Juanjo, pero no recuerda que dijese o hiciese algo que fuese especial. Sí recuerda, como ha comentado su hermana, que se mostró muy parlanchín y dicharachero y que bailaba francamente bien, pero poco más. Bueno, se dice, iré a la merienda, supongo que bailaré algunas piezas y colorín colorao este cuento se ha acabao, porque como Juanjo se vuelve a los Madriles no me va a dar más lata. Y se olvida del caso. En su lugar, dedica su atención a Julio al que no ha vuelto a ver desde aquella declaración tan sorprendente como atípica. Y salvo la nota que le envió posteriormente pidiéndole disculpas por lo del plazo, no ha vuelto a saber nada de él. ¿Qué hago, cómo le trato?, ¿cómo si no hubiese pasado nada y todo fuera como antes de declararse?, se pregunta. Y él, ¿qué hará, se pondrá en plan de pretendiente despechado, de enamorado apasionado o me tratará como siempre ha hecho? Como no tiene respuesta para ninguno de los interrogantes, decide lo que siempre le aconseja Pilar: esperar y ver, o paciencia y barajar, que es otro de los dichos que usa la maestra.

   El domingo, sobre poco antes de las doce, aparece Julio en casa de su madre. Lleva un ramo de flores para Pilar y un rosa blanca para Julia.

   -Buenos días, ¿cómo están las dos mujeres más encantadoras de la ciudad? –Les entrega las flores al tiempo que deposita un leve beso en la mejilla de cada una-. Vengo a acompañaros a misa y luego espero que aceptéis mi invitación para comer en el restorán de cocina francesa que tanto le gusta a Julia.

   Durante el almuerzo, Julio se comporta como si entre la joven y él nada hubiese pasado, conducta que la muchacha recibe complacida. Es mucho mejor así, menos violento, se dice ella. Como el mañego les ha estado contando su paso por Madrid y Barcelona y su estancia en Mallorca, la sobremesa se alarga hasta casi las cinco, hora en que vuelven a casa. Al poco llega Etelvina y, en cuanto aparece, Pilar saca el tablero y los cubiletes del parchís puesto que ya son cuatro.

   -Lo siento, Pilar, pero no cuenten conmigo, he quedado –les avisa Julia.

   -También yo tengo una reunión con unos amigos –la secunda Julio, aunque tal reunión no existe.

   En esas, suena la aldaba de la entrada y Julio se adelanta para ver quién llama. Ante su sorpresa, los que están ante el dintel son dos jóvenes bien trajeados.

   -Buenas tardes, soy Juanjo Quirós y me acompaña Manolo del Pino. Hemos venido a recoger a la señorita Julia Manzano. Por favor, dígale que la esperamos.

   -Pasar y esperar aquí, ahora se lo digo a Julia –El mañego está molesto porque los recién llegados le hablen de usted. Tampoco nos debemos llevar tantos años, se dice.

   -Julia, dos caballeretes preguntan por ti.

   Oír eso y ponerse del color de la escarlata es lo mismo.

   -Julio, por favor, diles que en un minuto estoy con ellos –tras lo cual la joven se sube a su habitación. Cuando pasados unos minutos baja, Pilar y Etelvina se dan cuenta de que se ha cambiado de vestido, se ha puesto unos zapatos de tacón, se ha empolvado la cara y se ha retocado los labios.

   -Pilar, voy a casa de los Quirós que me han invitado a merendar. No me espere para cenar, pero a las diez como muy tarde volveré. Hasta la noche.

   Tras la marcha de la joven, Julio no puede contenerse y pregunta:

   -¿Y estos son los nuevos amigos de Julia?, ¿es que ahora se codea con la flor y nata de la sociedad placentina? –Julio sabe que tanto los Quirós como los del Pino son dos de las familias de mayor abolengo de la ciudad.

   -No me había dicho nada –se lamenta Pilar-. ¿Tú conoces a esos chicos? –pregunta a su hijo.

   -Es la primera vez que hablo con ellos, son gente del Círculo y sabes, madre, que en el ambiente de las familias que son parte de la crema ciudadana; es decir, de los ricos de toda la vida no me muevo. El chico Quirós me suena que estudia fuera, en cuanto a del Pino no sé nada de él, solo que es de una familia de terratenientes, gente forrada.

   -Bueno –interviene Etelvina-, si el dicho que afirma que el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija es cierto, Julina ha tenido buen ojo al escoger.

   A Julio el comentario de la comadrona le ha sabido a cuerno quemado y salta como un muelle.

   -¿Julia ha escogido a ese par de lechuguinos?, ¿para merendar, y luego qué? ¿O pensáis que gente de esa casta se va a mezclar con una pueblerina que trabaja de dependienta?

   -Hijo, Julia tiene todo el derecho del mundo a escoger como amigos a quienes le apetezcan. Y según la ley, la de Dios y la de los hombres, todos somos iguales.

   -Sí, pero unos más que otros –y Julio, sin decir adiós, se marcha dando un portazo. Los celos son pésimos compañeros.

   Durante el paseo hasta casa de los Quirós, Juanjo no ha dejado de hablar contándole a Julia anécdotas de la vida estudiantil; en cambio, del Pino no ha despegado la boca. Cuando llegan, el resto de invitados saluda a Julia como si fuera uno de los suyos, pero la chinata cree notar en la mirada de alguna que otra de las chicas que continúan percibiéndola como lo que es, una empleada. No por eso se arruga a lo que le ayudan los hermanos Quirós, que no la dejan de su mano en los primeros instantes, ayudados por el tal Manolo que, aunque continúa sin hablar mucho, no se aparta de ella y está siempre al quite cuando alguien dice o hace algo que pueda molestarla.

   Tras la merienda, Maribel se pone al piano y el callado Manolo desenfunda un violín y, con más voluntad que arte, la música se esparce por el salón. Quien primero invita a bailar a Julia es el anfitrión que, después de la primera pieza, galantemente cede la vez al resto de invitados varones. La chinata baila con todo el que se lo pide y procura mostrarse amable con todos, aunque con unos le cuesta menos que con otros. La tarde discurre sin ninguna incidencia digna de reseñar hasta que…

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 106. ¿Estará de guasa o hablará en serio?

 

viernes, 6 de agosto de 2021

Libro II. Episodio 104. La gente de alcurnia es muy suya

 

   Pilar y Etelvina están desconcertadas por el indolente comportamiento del joven Granados con Julia. La muchacha les da más detalles.

   -Es poco hablador. Cuando llegó, me saludó, me dio la orquídea que me había traído y no volvió a despegar los labios hasta que me presentó a los Sotomayor y, después de bailar conmigo un par de piezas, no volví a saber de él hasta la toma de las uvas y cuando me recogió para regresar. Y para entonces ya estaba demasiado borracha… -Es decir borracha y Julia se corta y mira con recelo a la comadrona. Etelvina, que inmediatamente se ha dado cuenta del recelo de la jovencita, se apresura a tranquilizarla.

   -No tengas miedo, Julia, puedes hablar a calzón quitado. Soy como una tumba. Y nada de lo que cuentes lo repetirán mis labios.

   -Puedes hacerle caso, hija. No conozco a nadie tan discreto como Etel –confirma Pilar.

   Tranquilizada por estas palabras, Julia prosigue su relato.

   -Como les decía, me sentía muy mal para recordar si en la vuelta Antonio Jesús me dijo algo. Lo he pensado y me da la impresión de que no tenía mayor interés en mí, que parecía limitarse a cumplir un encargo. Desde luego no es el príncipe de La Cenicienta, lo mejor que puedo decir de él es que a pesar de que tiene unos quilos de más baila bastante bien.

   -Bueno, lo que sea, sonará –concede Pilar-. ¿Y la aristocracia placentina que tal se portó contigo?

   -Las pocas personas mayores con las que hablé fueron educadas, pero no podían evitar mirarme por encima del hombro. Y las chicas enseguida me ignoraron en cuanto alguna de las que me conocía de la tienda explicó quién era. Con quien tuve más éxito fue con los chicos, con decirles que a pesar del abandono de Antonio Jesús no me perdí ni un solo baile. En cuanto dejaba a uno ya tenía a otro esperando para sacarme a la pista. En mi vida había bailado tanto. Por cierto, Pilar, que bien me vinieron sus clases de baile, no di ni un paso en falso.

   -¿Y el vestido gustó? –quiere saber Etelvina.

   -Me parece que sí. Sin falsa modestia, creo que era uno de los más bonitos de la noche. Al menos, las señoras y también las jóvenes no me quitaron el ojo de encima.

   -Y supongo que tus parejas se portaron en todo momento educadamente.

   -No tengo quejas sobre eso. Todos los chicos fueron unos caballeros. Bueno, cuando ya estábamos todos medio piripis, hubo uno que intentó propasarse pero un taconazo a tiempo le quitó las ganas.

   Pilar y Etelvina ríen con ganas al oír la anécdota. La maestra mira con orgullo a su pupila, esta es la mujer fuerte que he ayudado a formar, se dice.

   -¿Hubo alguien que te hiciera de menos? –pregunta Etelvina.

   -Alguno hubo; mejor dicho, alguna que quiso molestarme aludiendo a que solo era una dependienta, pero se fue bien servida. En general, el trato que me dispensaron fue correcto…, pero una cosa me ha quedado clara: ese ambiente no es el mío, me divertí mucho, lo pasé muy bien, guardaré un recuerdo inolvidable del baile, pero ese mundo no está hecho para mí o yo no estoy hecha para él.

   -Lo que dices es sensato, pero ten en cuenta que no debes poner coto a tus expectativas, no debes autolimitarte. Creo que cualquier persona puede llegar a donde le lleve su voluntad y su talento y a ti no te falta ninguna de ambas virtudes –sentencia Pilar.

   -No dudo que sea así, Pilar, pero una persona debe estar en un ambiente en el que se sienta cómoda, valorada y en paz y, desde luego, el ambiente del Círculo no está hecho para mí… -y la última frase la acompaña con una sonrisa irónica.

   El dos de enero, Julia ha decidido no ir a la tienda. Tiene que poner en orden sus recuerdos del baile, analizar la conducta de Antonio Jesús y ha de contar cuanto le ocurrió como debutante a su madre y su hermana. Los recuerdos del baile los tiene grabados a fuego… hasta la última hora, cuando el alcohol trasegado le hizo perder un poco los papeles. Se lo pasó muy bien, se divirtió mucho y fue una experiencia única. Tiene que afianzar esos recuerdos en su memoria pues presiente que no van a volver a repetirse. En cuanto al comportamiento de Granados, comprende la sorpresa que ha causado a Pilar y Etelvina, también a ella ahora que lo analiza fríamente. Le choca el modo como la trató, casi mejor dicho de cómo no la trató. Su comportamiento fue correcto, pero distante, frío, desapegado, como si llevarla al baile fuera un compromiso que hubiese contraído con alguien, pero que a él ni le iba ni le venía. Hasta ha recordado, pese a lo mareada que estaba, que en la puerta de casa Pilar le besó, ¡qué vergüenza!, pero que él no le devolvió el beso ni intentó propasarse y eso que estaba indefensa. Sí, un comportamiento raro. No puede seguir analizando lo ocurrido porque oye que ha llegado su familia.

   -Hija mía, qué ganas teníamos de darte un abrazo. Ven aquí –le pide su madre que la estrecha entre sus brazos.

   -Bueno, Julina, supongo que descansaste. Tienes mucho que contarnos. ¿Cómo fue el baile?, ¿qué tal se portó Antonio Jesús?, ¿cómo es la gente del Círculo?, ¿les gustó tu vestido de noche?, ¿aguantó bien el maquillaje?...

   -No la aturulles, Consuelo, déjala que cuente las cosas a su aire –pide Soledad.

   Julia les da una versión edulcorada del baile de las doce uvas. El cotillón fue de lo más divertido, Antonio Jesús se portó como un caballero y estuvo toda la noche pendiente de ella, los asistentes también se portaron muy bien y estuvieron amables y educados -se les notaba la cuna-, su vestido causó sensación, más de una señora quiso saber dónde se lo habían confeccionado, les dijo que una modista de Cáceres sin entrar en más detalles. El maquillaje aguantó toda la noche; debió bailar con más de la mitad de los jóvenes asistentes pues completó su carné de baile… y continúa contando y contando lo que más parece un cuento de hadas que un baile real. Responde a cuantas preguntas le hacen Soledad y Consuelo, coloreando de rosa sus respuestas o inventándoselas llegado el caso.

   -¿Y cuándo volverá Antonio Jesús? –quiere saber Soledad.

   -No sé, al despedirnos me dijo que nos veríamos, pero no precisó una fecha concreta. Ya sabes, madre, que la gente de alcurnia no es como nosotros, prefieren dejar las cosas un poco en el aire.

   -Entonces, ¿no habló de cortejarte ni te pidió relaciones? –pregunta Consuelo.

   -Pues no, y creo que es natural, era nuestra primera salida.

   -¿Pero te pareció que estaba interesado en ti? –insiste la hermana.

   -Creo que sí, en caso contrario no me hubiese invitado al baile ni me hubiese regalado una orquídea, pero tengo la impresión de que es hombre que se toma la vida sin prisas, va a su aire.

   -Sí, la gente de alcurnia es muy suya, pero seguro que con lo guapa que estabas cualquier rato de estos lo tendrás llamándote a la puerta –vaticina la madre.

   -No me extrañaría, madre, no me extrañaría.    

   El día tres, Julia se reintegra a la tienda y tiene que volver a dar un montón de explicaciones sobre el baile, en este caso a Lupe e incluso a alguna clienta que se ha enterado de su debut y le pide que le cuente algo sobre el baile del Círculo. La joven sigue ofreciendo la misma versión rosa que dio a su familia, pero sin entrar en detalles sobre Granados.

   Ese mismo día llega Julio de su viaje a Palma. Cuando embarcó en Barcelona pensó que al regreso se quedaría unos días en la Ciudad Condal para conocerla mejor, pero han podido más sus ansias de volver a ver a Julia y ha seguido camino hacia Plasencia. En Palma visitó a otro especialista en enfermedades venéreas que le explicó que estaba casi curado de la blenorragia y le confirmó que dicha enfermedad habitualmente se contrae por trato sexual, por lo que podía llevar su vida acostumbrada sin problemas, pero evitando dicho trato hasta pasados dos o tres meses más. Siguiendo el consejo del galeno, el mañego decide que es hora de retomar la relación con las dos mujeres de su vida. Y tiene una excusa estupenda; mejor dicho, dos: contarles su estancia navideña en Mallorca y ofrecerles los regalos de Reyes que les ha traído. Antes que nada, y para saber cómo está Julia, visita a su madre cuando la joven está en la tienda.

   -¡Hijo, por fin llegaste, cuánto te he echado de menos! –y Pilar lo estrecha entre sus brazos.

   -También yo tenía muchas ganas de volver a verte. ¿Qué tal has pasado las Navidades?

   -Bien, Etelvina me ha hecho compañía porque Julia se fue al pueblo.

   -Hablando de Julia, ¿cómo está, ya ha vuelto?

   -Volvió el 28, y tengo que contarte la aventura tan maravillosa que vivió el fin de año.

   Es oír eso y Julio siente un ramalazo de celos: ¿qué es eso de que Julia vivió una aventura maravillosa?, ¿acaso se ha enamorado o alguien le pidió relaciones? No es capaz de reprimirse.

   -Cuéntame que aventura vivió Julia.

   Pilar le cuenta, sin entrar en demasiados detalles, la participación de Julia en el baile de las doce uvas y añade:

   -De lo que tenemos que hablar es de tu declaración y del plazo que le diste para que te respondiera.

   -Desde luego, madre, pero dame unos días porque primero he de fiscalizar como ha ido el negocio. Han sido muchos días sin mi presencia. Tendremos tiempo de hablar de lo de Julia con sosiego. Por cierto, ¿sabes si el día de Reyes comerá contigo?

   -En principio, no me ha dicho nada, por lo que supongo que sí.

   -Entonces, cuenta con un comensal más ese día y aprovecharé para entregaros unas cosillas que os he traído de Mallorca.

   -Ese día también estará Etelvina, ¿te importa?

   -En absoluto, madre, ya sabes que Etel es como una segunda madre para mí.

   -Bien, y has de contarnos como te lo has pasado en la isla. Tu amigo Chimo, ¿qué tal se portó?

   -Me lo he pasado fenomenal y Chimo se portó como lo que es: una gran persona y un entrañable amigo. Ya os contaré.

   Tras despedirse de su madre, Julio se queda algo más tranquilo que cuando entró. Parece que las cosas siguen igual que cuando se marchó, solo queda por averiguar si la maravillosa aventura que Julia vivió el fin de año le puede afectar y de que modo.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 105. La merienda

viernes, 30 de julio de 2021

Libro II. Episodio 103. Resaca

   A medida que transcurre la noche de fin de año, Julia se va sintiendo como si fuera la protagonista del cuento de La Cenicienta, está viviendo un sueño. Solo falta que llegue un príncipe y se enamore de ella. Y tiene claro que ese príncipe no es Antonio Jesús, que ha bailado varias piezas con ella pero, tras presentarla a los Sotomayor, la ha dejado en manos de los amigos de los chicos de la familia, que desde entonces revolotean a su alrededor y le piden un baile tras otro sin darle respiro. Llega un momento en que la jovencita no puede más, se sienta y pide que le traigan algo de beber. Uno le trae una copa de champán y otro un vaso de ponche al que ha añadido un buen chorro de anís dulce. La mezcla acaba subiéndosele a la cabeza y provoca que la joven se desinhiba y se convierta en la debutante más alegre, jaranera y divertida del cotillón. Pasa de unos brazos a otros y nadie es más feliz que la chinata. Pasadas las cuatro de la madrugada, Granados que, pese al número de jovencitas encantadoras que hay esperando que alguien las saque a bailar no se ha acercado a ninguna de ellas, le indica que es hora de recogerse.

   En el viaje de vuelta Julia, que está bastante piripi, se echa en brazos de su acompañante y tras unos arrumacos acaba besándole. Beso al que no responde Antonio Jesús que, delicadamente pero con firmeza, se la quita de encima. Cuando llegan a casa de doña Pilar y, mientras el joven abre la puerta pues Julia no ha atinado a meter la llave en la cerradura, la muchacha vuelve a abrazar a Granados y esta vez le planta un beso en la boca. En un segundo de lucidez, Julia se percata que el beso le ha sabido como si hubiese besado a un pez, ha sentido una sensación fría y húmeda. Pero como el alcohol sigue produciendo sus efectos despide a su caballero con una aparatosa reverencia. Pilar, que se ha despertado al oír el ruido del carruaje que los ha traído de vuelta, ha seguido la escena desde la ventana de su dormitorio. Vaya con Julina, se dice, o se ha prendado del mozo o ha cogido una pítima que no se la salta un galgo…, y si es lo primero es un afecto no correspondido, él no ha movido un músculo. En efecto, Antonio Jesús lo que ha hecho ha sido volver a quitarse de encima a la joven, empujarla suavemente hacia el interior de la casa y cerrar la puerta tras ella. Ni siquiera se ha despedido, ha vuelto a meterse en el carruaje y se ha ido.

   -Esto tiene toda la pinta de que ha sido flor de un día o, mejor, de una noche –dice en alta voz la maestra.

   Julia, apoyándose en las paredes para no caerse, llega a su dormitorio y tal como está, sin siquiera descalzarse, se echa encima de la cama y a los pocos segundos se queda dormida.

   A media mañana del día de Año Nuevo, llegan a casa de Pilar la señora Soledad, Consuelo y un poco más tarde Etelvina. Todas ansiosas por escuchar de labios de la joven como ha sido su debut en el baile de las doce uvas.

   -Julia está dormida –les informa Pilar-. Ha debido llegar de madrugada porque estuve esperándola hasta cerca de las tres y me quedé traspuesta sin llegar a verla. He entrado en su habitación hace poco y continúa durmiendo. Creo que ahora lo mejor es dejarla descansar y esta tarde volvéis y podrá contarnos como fue el baile –Las tres mujeres no pueden ocultar su decepción, pero hacen caso de la sugerencia de Pilar y abandonan la casa.

   Lo que realmente ha pretendido la maestra es que no vean despertar a su pupila con la resaca que a buen seguro lleva encima. Cerca de mediodía, Pilar oye rebullir a la joven en su habitación. Se acerca y da unos golpecitos en la puerta.

   -¿Se puede? –Ante la ausencia de respuesta, entreabre la puerta. Julia está sentada en la cama con la cabeza entre las manos. El maquillaje se le ha corrido y el traje parece una pasa.

   -¿Estás bien? –pregunta Pilar acercándose a la cama. En ese momento es cuando parece que Julia se da cuenta de su presencia.

   -Me duele la cabeza –De pronto la joven se pone en pie, sufre un espasmo y se tapa la boca. Pilar reacciona rápida y le pone la jofaina para que pueda vomitar sin mancharse. Luego la sienta en una silla y le limpia la cara con una toalla, después le hace beber un poco de agua.

   -¿Estás mejor?

   Julia asiente. A medida que se le pasan las vascas se va dando cuenta del numerito que está montando, aunque no sea esa su intención.

   -Que vergüenza, doña Pilar. Que vergüenza y que mal me siento.

   -No debes avergonzarte de nada. Es lo natural después de una noche de ajetreo y en la que supongo que habrás tomado una copa de más. Ahora lo que vas a hacer es quitarte el traje y la enagua, descalzarte y echarte en la cama hasta que te encuentres mejor. ¿Puedes hacerlo sola o quieres que te ayude?

   -Puedo, doña Pilar pero, por favor, no se lo cuente a mi madre ni a mi hermana. No sé qué pensarían de mí.

   -Tranquila, hija. Han estado aquí esta mañana y les he dicho que estabas durmiendo. Si vuelven les diré que sigues dormida. Antes de acostarte lávate un poco y ponte algo de colonia así no olerás a vómito. Y duerme todo lo que quieras, ya me encargo de las visitantes. Si necesitas algo dame una voz.

   Pilar se lleva la ropa de Julia y antes de ponerla en remojo la olisquea, huele a sudor y alcohol. Lo que se figuraba, su pupila estuvo bebiendo y parece que terminó el baile pasada de copas, lo que quizá explica la despedida que le montó a Granados. Poco después de acostarse la muchacha, aparece Etelvina a quien Pilar le cuenta lo que está ocurriendo.

   -… y te pido, por favor, que te quedes para que me eches una mano cuando vengan su madre y su hermana pues supongo que querrán verla. Voy a decirles que continúa durmiendo y que es mejor no molestarla. Que ha prometido que mañana nos lo contará todo.

   -No te preocupes, Pilar, yo me encargo de ayudarte a convencerlas.

   -Ah, y de esto ni una palabra.

   -Por favor.

   Poco después de mediodía vuelven Soledad y Consuelo, siguen ansiosas por saber cómo le ha ido a la debutante.

   -Lo siento. Julia se ha despertado, se ha puesto el camisón y se ha vuelto a meter en la cama. Solo me ha dicho que está tronzada y que se divirtió horrores. Ah, y que el joven Granados se portó como un caballero. Que mañana nos lo contará todo con pelos y señales.

   -¿Por qué no la despertamos? –apunta Soledad.

   -Es una mala idea –replica Etelvina-. Después de toda la noche bailando y alternando tiene que estar hecha polvo. Yo me muero de ganas de oírla y que nos cuente como es el baile de las doce uvas y que tal se lo pasó, pero creo que lo más prudente es hacerle caso y dejarlo para mañana. Pilar, ¿que hora será la más indicada para venir mañana?

   Tras la intervención de la comadrona, Soledad y Consuelo, aunque evidentemente frustradas, se despiden hasta el día siguiente. Cuando se van, Pilar cuenta a su amiga la escena de la madrugada cuando la pareja llegó a su puerta. El estado de embriaguez en el que estaba Julia y la reacción tan caballerosa de Antonio Jesús.

   -¡Vaya debut! Si se cogió una buena trompa espero que no haya montado ningún numerito en el baile –comenta Etelvina.

   -Tengo el mismo miedo. Ojalá no se haya propasado y a estas horas sea pasto de los cotilleos de todas las chafarderas de la ciudad.

   -Se me ocurre una cosa. Como aquí no hago nada, voy a acercarme adonde la tía Edelmira la González, que siempre está al tanto de todos los chismorreos que corren por los mentideros. Si tu pupila cometió en el baile algo incorrecto Edelmira lo sabrá. Vuelvo luego.

   Es bien avanzada la tarde cuando Pilar vuelve a oír ruidos en el dormitorio de la muchacha. Cuando se acerca, Julia ya está abriendo la puerta.

   -¿Cómo te encuentras, hija?

   -Mucho mejor, gracias, ya casi no me duele la cabeza. Lo que tengo es hambre.

   -Buena señal. Aséate un poco y mientras te preparo algo para matar el gusanillo.

    Julia baja con mejor cara a la cocina, donde Pilar le ha preparado una merienda-cena a base de un puchero de café bien cargado, un plato de panceta con huevos y mucha agua.

   -¿Y este menú tan raro?

   -Me lo enseñó Julio que lo aprendió cuando se iba de juerga en la Raya. Al parecer es un eficaz revulsivo contra el alcohol. Si no te gusta te preparo otra cosa.

   -Me comería un ternero vivo. ¿Y sabe, Pilar? –Julia ha apeado el doña, señal de que se va recomponiendo-, no me explico como he podido emborracharme. No bebí tanto. Me tomé un par de copas de champán cuando lo de las uvas y hasta mucho después no volví a beber, no sé si es que al mezclar bebidas o tomarlas con el estómago vacío me produjeron un efecto como si hubiese tomado unas botellas de pitarra.

   -No le des más vueltas, eso es agua pasada. Lo que importa es si te lo pasaste bien.

   Julia le cuenta con todo detalle su debut en el cotillón de las doce uvas. Cuando entró estaba nerviosísima porque todo el mundo, especialmente las mujeres, la observaba detenidamente, pero poco a poco se fue serenando. Antonio Jesús le presentó a la familia que los había invitado, los Sotomayor, que estuvieron amables con ella, pero guardando las distancias. En eso que llega Etelvina. Disimuladamente le hace un gesto negativo a Pilar, parece que no hay rumores de un comportamiento incorrecto de la muchacha.

   -¿Y bailaste mucho? –quiere sabe la partera.

   -Con Antonio Jesús las dos primeras piezas, pero luego me presentó a varios amigos de uno de los chicos Sotomayor y no volví a verle el pelo hasta que vino a por mí a tomar las uvas.

   -¡Qué raro!, es quien te lleva al baile y luego no se aprovecha de ello –apostilla Etelvina.

   -Tampoco le vi bailando con nadie. Bueno, una vez bailó con la señora de Sotomayor, pero el resto de la velada se la pasó fumando y charlando con varios chicos. A uno de ellos le conocía de la tienda pues encarga con frecuencia cremas y perfumes, es uno de los Ruiz de Alba y del que Lupe, que es una deslenguada, dice que tiene fama de mariquita.

   -¿Y Antonio Jesús no te dijo nada de por qué te había invitado? –inquiere Pilar, tan desconcertada como Etelvina por la conducta de Granados.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 104. La gente de alto copete suele ser mu suya

viernes, 23 de julio de 2021

Libro II. Episodio 102. El baile de las doce uvas

 

   En Palma de Mallorca, Julio está apurando sus últimos días de estancia en la isla. Chimo Puig ha mostrado ser un anfitrión magnífico y no ha regateado atenciones con su amigo. En los recorridos por los parajes isleños han mantenido largas conversaciones. Tres han sido los temas estrella de esas charlas: la angustiosa situación sentimental de Julio, la más plácida de Chimo y, finalmente, los negocios de ambos. El morellano, en la cuestión del mal de amores del mañego, insiste en lo que le aconsejó el primer día.

   -Debes de continuar peleando. No bajes los brazos, pase lo que pase. Hasta que Julia no se case has de considerar que mantienes tus opciones abiertas. Las personas damos muchas vueltas y no siempre pensamos de la misma forma. Y si hablamos de sentimientos los cambios son aún mayores. Cuando conocí a Laia me pareció una burguesita cargada de manías y de prejuicios y a ella debí parecerle un tipo que solo pensaba en los negocios. Y ahora, ya nos ves, en menos de doce meses pasaremos por la sacristía. Si te soy sincero lo que siento por ella no es un amor romántico y apasionado como el que pintan los novelistas, pero le tengo el suficiente cariño para hacerla feliz y también para ser un buen marido.

   -Te envidio, Chimo, pero yo no tengo tu suerte. No soy correspondido y eso es lo que me amarga la vida.

   -Parece mentira que seas tan poco realista. No sabes si eres correspondido, todavía no te ha contestado y tanto te puede decir que sí como que no. Lo que has de hacer, cuando llegues a Plasencia, es no agobiarla. Déjale que se tome su tiempo, ten en cuenta que es muy joven, aún no cumplió los veintiuno. Y trátala como hacías antes, pero afinando los detalles.

   -¿Qué quieres decir con lo de afinar los detalles?

   -Una media novia francesa que tuve; bueno, realmente fue un flirt de verano, solía repetir que para conquistar y retener a la persona amada hay que hacerle un regalo cada día. Vous devez lui donner un cadeau tous les jours, decía más o menos.

   -¿Y eso cómo se traduce?

   -No se refería a regalos materiales, sino a detalles, a gestos, a atenciones hacia la persona querida. En definitiva, tener el talante de darlo todo sin pedir nada a cambio. Demuéstrale que la quieres sin que te importe que ella, al menos por ahora, no te corresponda. Y si no funciona, pues que quieres que te diga. Las mujeres son como los tranvías, si pierdes uno a los pocos minutos llega otro -Los consejos de Chimo no acaban de convencer a Julio, pero se queda con la copla -Por cierto, se me olvidaba, estamos invitados por mis suegros a cenar con ellos en la Nochebuena y el fin de año. Habrá que ponerse de tiros largos porque estos burgueses mallorquines son muy dados a guardar la etiqueta.

    En Plasencia, la Nochevieja discurre por otros cauces. Una emocionada y nerviosa Julia, acompañada por su madre, recibe en el salón al joven Granados que espera pacientemente.

   -¡Caray, Julia, estás guapísima, vas a ser la sensación del baile! –El elogio del hombre parece tan espontáneo como sincero, pero enseguida se recompone-. Gracias por aceptar mi invitación. Buenas noches, señora Soledad.

   -Buenas noches don Antonio Jesús. Le entrego esta preciosidá, espero que me la devuelva como se la lleva –Soledad se ha puesto a la altura de las circunstancias.

   -No pase cuidado, señora. Soy un caballero y la trataré como lo que es, una damisela encantadora y bellísima –y dirigiéndose a Julia le entrega el pequeño envoltorio que lleva-. Me he permitido traerte una orquídea para que la prendas en tu vestido.

   -Gracias, Antonio Jesús. Mamá –Es la primera vez que Julia da ese tratamiento a su madre-, hazme el favor de traerme un imperdible para la orquídea.

   El resto de las mujeres que hay en la casa esperan impacientes que la joven pareja salga a la calle para atisbarlos desde una ventana. Solo pueden ver como el hombre abre galantemente la puerta del carruaje que está esperando y la joven desaparece dentro. Tras una breve charla, Soledad y Consuelo se despiden anunciando que volverán al día siguiente para que la benjamina de la familia les cuente que tal se lo pasó en el baile. Pilar y Etelvina se quedan charlando de lo que puede traer consigo la puesta de largo de la muchacha.

   -Nunca la había visto tan guapa –comenta Etelvina-. Hay que ver lo que hace un vestido de noche.

   -Y un maquillaje como el que le ha hecho su hermana, no lo olvides. Verdaderamente es un encanto de criatura y esta noche está radiante, parece una artista de las que salen en el Blanco y Negro.

   Algo en lo que ambas mujeres piensan, pero no se atreven a formular, es lo que habría sentido Julio si la hubiese visto. A buen seguro que se hubiera muerto de pena, ver una preciosidad así, tenerla tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

   La entrada de Julia en el Círculo, siempre escoltada por el joven Granados, es todo un boom. Todas las miradas, especialmente las de las mujeres, se centran en ella, la diseccionan de arriba abajo evaluando desde su tocado a sus zapatos. Las matronas con más experiencia enseguida califican el vestido de la muchacha como una medianía de prêt-à-porter, pero valoran en mucho su maquillaje. Lo que sienten las más jóvenes se lee en sus miradas: envidia. Y lo que sienten los varones, sin importar la edad: deseo.

   -¿Quién es ese pimpollo? –se pregunta uno -. Está cómo para hacerle un favor.

   -¿Un favor?, y una docena si se terciara –secunda otro.

   -¿De dónde la habrá sacado el vaina de Granados?

   Antonio Jesús, tras dejar el abrigo así como el echarpe de Julia en el guardarropa, presenta a la joven al clan de los Sotomayor que son quienes les han invitado. La joven en los primeros momentos está nerviosa e insegura, pero en cuanto recobra el aplomo da muestras de su desparpajo y su saber estar. Se comporta como le ha aconsejado doña Pilar.

   -Sé tú misma y no te arrugues. Si te preguntan quién eres, di la verdad sin avergonzarte. Si alguien se burla o ironiza porque trabajas no se lo tengas en cuenta. Pregunten lo que pregunten, contesta sin achicarte, pero sin falsos aires de superioridad. Cuando algo no lo sepas, dilo tranquilamente. Y que nadie te amargue la noche porque tú vales mucho más que la inmensa mayoría de ellos. Diviértete, es tu gran noche.

   Y así lo hace la joven. Las primeras piezas las baila con Antonio Jesús que, pese a su oronda figura, es un bailarín aceptable. Luego Granados la presenta a otros jóvenes y en un abrir y cerrar de ojos el carnet de baile de Julia se llena. La chinata pasa de unos brazos a otros con los ojos entrecerrados para no perder el ritmo mientras siente que su corazón late alocadamente. En el primer intermedio de la orquesta que ameniza el baile, una de las jóvenes Sotomayor presenta a Julia a un grupo de amigas.

   -… y esta es Julia Manzano, pareja esta noche de un amigo de casa, Antonio Jesús de los Granados de Mérida.

   -A ti te tengo vista, ¿no trabajas en la vieja droguería? –pregunta una de las jóvenes a quien la naturaleza no le concedió excesivas gracias.

   -Sí, trabajo en la droguería del señor Elías. Realmente soy la encargada.

   -¿Y no es muy pesado trabajar todos los días? –quiere saber otra.

   -Pues no, es menos pesado que maquillarse todos los días y, desde luego, más entretenido.

   -¿Y de qué conoces a los Granados?

   Las debutantes acribillan a la joven chinata a preguntas que, con suma paciencia, va contestando una tras otra. Alguna ha pretendido humillarla por no ser de su clase, pero se ha topado con una Julia que con voz suave pero tono firme la ha puesto en su sitio. Pronto las jóvenes burguesas se desentienden de ella cuando intuyen que la presencia de Julia en el Círculo es algo ocasional y que posiblemente no vuelvan a verla.

   En cuanto se reanuda el baile, Julia es inmediatamente reclamada por el caballerete a quien ha otorgado la pieza. Unos minutos antes de las doce de la noche, Antonio Jesús la recupera, deben ir a la mesa de los Sotomayor para tomar las uvas y festejar el Año Nuevo. El director de la orquesta anuncia que a medianoche un golpe de gong marcará cada una de las doce campanadas que supondrán el final de 1902. Como señala la tradición, a cada campanada hay que comerse una uva y así hasta completar las doce, lo que es sinónimo de buena fortuna para el nuevo año. Así lo hacen los asistentes entre risas y bromas cuando alguien se atraganta con las uvas. Julia ha tomado la precaución de pelarlas y quitarles las pepitas con lo que no ha tenido ningún problema. Tras las uvas se brinda con champaña francés como mandan los cánones. Julia piensa en los suyos que lo estarán haciendo con sidra, pero con la misma alegría que los encopetados asistentes al baile.

   Terminadas las doce uvas, el baile se anima pues se han abierto toda clase de aditamentos propios del cotillón: confeti, matasuegras, antifaces, gorros, serpentinas… Julia se ha puesto un gorro cónico de payaso y lleva por los hombros una madeja de serpentinas. Da igual, se ponga lo que se ponga sigue estando guapísima y prueba de ello es que los jóvenes se arremolinan a su vera como moscones ante un plato de miel. Alguno más audaz le ha pedido si puede pasearle la calle a lo que la muchacha ha contestado con una carcajada como si hubiese oído algo realmente gracioso, con lo que el osado caballerete se ha quedado sin saber si debía entender la carcajada como un sí o como un no. En cambio, Antonio Jesús se ha comportado durante toda la noche como un perfecto caballero sin decir ni hacer nada que pudiera molestarla. Algo que la muchacha ha sabido agradecerle estando mucho más amable y atenta con él que con los demás. Cerca de las dos de la madrugada, el joven que es pareja de Julia en ese momento, pasado de copas, ha deslizado su mano derecha más abajo de la cintura. Julia no se ha inmutado, ha clavado un tacón en el pie del insolente, le ha pedido disculpas y se ha deshecho de él.

   -Este lechuguino no vuelve a por uvas –se dice Julia al par que esboza una sonrisa irónica.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 103. Resaca