viernes, 10 de abril de 2015

4.7. Creo que encontré la novia que buscábamos



   Otro problema de pareja, pero de distinta índole al que acaban de protagonizar José Vicente Gimeno y Pepita Arnau es el que preocupa a Maruja, señora de Blanquer como a ella le gusta que la llamen. Sigue empeñada en casar a su hijo Rafael antes de que vuelva a las andadas y preñe a cualquier jovencita, que a lo peor no tiene un padre tan interesado como el de Esperanza, la muchacha a la que el cabeza loca de Rafa ha dejado encinta. El problema es que todas las muchachas casaderas en las que pone los ojos le parecen poca cosa para su hijo. En algún momento llega a pensar en Lolita. Es una buena chica y tiene el carácter que le falta a su chico, pero fue ella la que rompió la relación y reiniciar ese noviazgo sería tragarse un sapo. Si su hijo no era bueno para ella hace unos años, tampoco lo va a ser ahora. En todas esas cavilaciones anda cuando aparece su hermana Lidón que ha ido a verla. Mientras charlan en la cocina, Maruja prepara la cena.
- Cuéntame los últimos rumores, Lidón.
- Poca cosa. El boticario joven, el sobrino de don José, parece que le tira los tejos a la que iba para nuera tuya, aunque por lo que cuentan parece que ella no le hace demasiado caso.
- Esa noticia es vieja. Si eso se confirma será el mejor partido que va a encontrar Lolita. Espero que esta vez no lo eche todo a rodar – y casi  está por decir: como hizo con mi hijo.
- Lo último con sustancia es la ruptura del noviazgo de la chica de los Arnau y del secretario de la cooperativa.
- Ya me lo contaste. ¿Has oído algo de si Camila Tena está esperando otra vez?
- No, pero tampoco me extrañaría. Con lo beata que es, esa parirá todos los críos que Dios quiera enviarle. Y hablando de cosas de iglesia, ¿sabes lo que se dice del nuevo cura?
- Que es capaz de encontrar cuartos hasta debajo de las piedras.
- Además de eso, cuentan que si le da al coñac a modo. Parece que más de uno le ha visto más que contento.

   Hay algo de la charla con su hermana que a Maruja se le ha quedado enredado en el caletre, pero no consigue recordar qué. Está poniendo un vaso de leche en la mesita de noche cuando de pronto encuentra lo que se le quedó en el subconsciente. Se da una palmada en la frente y exclama:
- ¡La chica de los Arnau!
- ¿Qué chica? – pregunta su marido.
- Me parece, Antonio, que acabo de encontrar la novia que buscábamos para nuestro hijo.
- ¿Y quién es? – se interesa el marido.
- Lo acabo de decir, la niña de Braulio el del duro.
- ¿Piensas hablar con el Braulio?
- ¡Quita por Dios!, ese ni pincha ni corta, en esa casa quien lleva los pantalones es Águeda, al fin y al cabo no deja de ser una Arbós.

   Al día siguiente Maruja se pone en marcha. Como si se tratara de un general planificando la estrategia de una acción militar: fija los objetivos, programa los medios y activa las pertinentes maniobras. La operación: casar a su retoño con la hija de los Arnau. Como se fía poco de su Rafael, decide que hará las cosas al modo tradicional: el noviazgo lo cocinarán los padres y se lo darán hecho a los hijos, éstos siempre podrán negarse, pero si se les presenta adecuadamente lo más probable es que lo acepten. Tiene que aprovecharse de que Rafa está viviendo horas bajas y puede estar más predispuesto a decir amén a lo que ellos propongan. En cuanto a la joven, sabe que tiene fama de caprichosa y de ser la que ordena y manda en su casa, pero todo será cuestión de trabajársela bien, porque al fin y al cabo no es más que una chiquilla y, por lo que sabe, tampoco es una lumbrera. Lo primero que hay que hacer es buscar una buena casamentera. En cuanto hace el repaso mental de los árboles genealógicos del matrimonio Arnau-Gasulla, rápidamente encuentra la persona más idónea para iniciar los primeros contactos exploratorios con la Águeda. Le pedirá la mediación a Elisa, la mujer de Antonino Arbós, con la que le une una vieja amistad. Águeda es sobrina de los Arbós y seguro que Elisa tendrá ascendiente sobre ella. Si no para decir amén a todo lo que le proponga, sí para escucharla. Y si atienden su propuesta, Maruja intuye que ya tiene mucho ganado.

    Ni corta ni perezosa, Maruja se presenta en casa de Elisa.
- Que bien estás Elisa. Ya me dirás qué haces para conservarte así.
- Tú sí que estás bien. Cada día se te ve más joven.
   Tras unos minutos de charla insustancial, Maruja entra en materia:
- Vengo a pedirte que me hagas un gran favor.
- Si está en mi mano…
- Lo está. Es más, eres de las poquitas personas en el pueblo que puede lograrlo. ¿Te sigues haciendo mucho con Águeda la de Braulio?
- Claro. Es sobrina de mi marido y ya sabes que para los Arbós la familia es siempre lo primero.
- Bueno. Te voy a hablar con el corazón en la mano. Lo que te voy a pedir no es para mí, es para mi hijo. Y como madre que eres lo entenderás mejor que nadie.
   Maruja le hace a Elisa un resumen edulcorado de los últimos malos tragos por los que les ha hecho pasar su chico, sin decir una palabra del episodio sobre la preñez de la Esperanza. Temen que, como les ha salido enamoradizo, se tropiece con alguna buscavidas que se le abra de piernas, le haga un crío y se tenga que casar con ella. La única salida que ven para salvar a su hijo de una boda no deseada es encontrarle una buena chica, a ser posible del pueblo, y de una familia como Dios manda. Su Rafael, no es por qué sea hijo suyo, pero es una joya: joven, guapo, con el título de bachiller y además están gestionando ponerle un negocio, un almacén de materiales de construcción con el que seguramente ganará sus buenos duros ahora que tantas casas se están construyendo en el pueblo.
- … y pensamos que Pepita, la hija de Águeda, es la mejor chica que nuestro Rafael puede encontrar en el pueblo y en toda la provincia. Las dos familias somos de aquí y nos conocemos de siempre, los chicos hacen una estupenda pareja y seguro que cuando se traten harán buenas migas. Y todos estamos al cabo de la calle de que los Arnau tienen muchos cuartos, pero nosotros, aunque esté mal decirlo, tampoco estamos descalzos. En ese terreno, los chicos poco tendrán que echarse en cara el uno al otro.
   Elisa ha oído rumores sobre las andanzas no muy santas del chico de la Maruja y que lo que ésta teme que le pueda pasar a su hijo es algo que, según cuentan las correveidiles bien enteradas, posiblemente ha estado a punto de sucederle. De todas formas, piensa, lo pasado, pasado está y la tontorrona de su sobrina no haría mala boda con el chico de los Blanquer. Si consigue que el arreglo prospere mataría dos pájaros de un tiro: tendría a la Maruja comiéndole de la mano y a los Arnau-Gasulla agradecidos por llevarles a casa un buen partido. Resuelve entrar en el juego.
- ¿Qué quieres, que lo hable con Águeda?
- Si me hicieras ese favor siempre te estaré agradecida. Tú sabes lo que sufrimos las madres cuando un hijo se nos tuerce. No es que mi Rafael se haya torcido, pero antes de que pueda ocurrir algo irremediable estamos dispuestos a hacer lo que haga falta. Por eso me he atrevido a pedirte que intervengas.
- Maruja, hoy por ti, mañana por mí. Nunca se sabe lo que nos aguarda. Y a lo mejor dentro de un tiempo soy yo la que tengo que pedirte un favor. Cuenta con mi ayuda. Hablaré con la Águeda.
- Si no te importa, cuando hables insístele en que la mujer que se case con mi Rafael será toda una señorona. Tendrán su propia casa y, si falta hace, criada y lo que sea menester.
- Oye, Maruja, y si esto va para delante qué tenéis pensado ¿un noviazgo largo o corto?
- Lo que le parezca mejor a Águeda, pero si he de serte sincera preferiría que fuera corto. Unos meses de noviazgo para que los chicos se conozcan mejor y evitar las habladurías, y a pasar por la sacristía que como mejor están las parejas son casadas. 
- Bueno, pues déjalo de mi mano. No sé si lograré algo, pero te prometo que haré todo lo posible. De entrada, una cosa si es segura: Águeda me escuchará, otra cuestión es lo que vaya a decidir. Por cierto, me decías antes que pensáis montarle al chico un almacén de materiales. Dame más detalles, ya sabes lo interesados que son esa pareja.
- Te cuento más. Se trata de un almacén de materiales de construcción. Antonio ha conseguido la concesión de una fábrica de cementos de Buñol y el chico va a ser el único representante para toda esta zona de la provincia. Desde aquí hasta Gandía el que necesite cemento de esa marca, que no me acuerdo como se llama, tendrá que pasar por el almacén de mi hijo. Mi marido dice que se va a ganar muy bien la vida y que, por tanto, la que sea su mujer llevará una vida muy regalada. Eso también se lo puedes decir.

martes, 7 de abril de 2015

4.6. O dentro o fuera



   En su retorno de Valencia al pueblo, la charla entre José Vicente y Lolita discurre por sendas aparentemente intrascendentes, pero el tono ha variado radicalmente, hay un trasfondo de sinceridad en lo que dicen, hablan sin tapujos como si fueran amigos íntimos de toda la vida. Algo ha cambiado en su relación, tanto que en un determinado momento Gimeno se sorprende a sí mismo contando a Lolita los problemas con su novia. No es propio de él semejante actitud, es muy celoso de su intimidad y de hecho no le ha contado a nadie sus dificultades y dudas. Lolita le escucha atentamente. No le extraña lo que está oyendo, conoce muy bien la pasta de la que están hechas las jovencitas del pueblo, de las que Pepita Arnau es un buen exponente. Por momentos siente la tentación de dar algún consejo a su camarada, pero se contiene. ¿Quién es ella para ir impartiendo consejos sobre problemas sentimentales cuando es incapaz de desatar el nudo que mantiene prisioneros sus sentimientos? Se calla y sigue escuchando. De pronto se da cuenta de un detalle importante: en todo cuanto le relata José Vicente no le ha oído referirse al amor, a la pasión, al cariño. Acaba de descubrir que su compañero y jefe tiene novia, pero no está enamorado de ella.

   Al volver al pueblo, Gimeno se apresura a explicar a Pepita que el domingo de Pascua tiene que ir a Castellón a la exhibición deportiva y folclórica que se celebra para conmemorar el Día de la Victoria que cae justamente en esa fecha, es un compromiso del que no puede zafarse. La joven se coge un teatral enfado.
- Me prometiste que iríamos a comer la mona con mis amigas. Ya lo tenemos todo preparado. No puedes dejarme mal delante de ellas. ¿Qué van a decir? Lo que tengas que hacer en Castellón seguro que lo puedes dejar para otro día.
- Es verdad que te lo prometí, pero cuando lo hice no había caído en la coincidencia de fechas. Y no puedo ir otro día. Ese domingo es cuando se celebra la exhibición.
- Todo eso son excusas de mal cumplidor. Entiendo que vayan las chicas de las danzas, pero tú no bailas, por lo tanto no pintas nada. Si vas es para hacerte el chulito delante de todas esas bobaliconas de la Sección Femenina con la estirada de Lolita al frente.
- Pepita, entiéndelo. Tengo que ir. No es por mí, es porque soy el responsable del grupo de camaradas que van a bailar. Se han ganado el viaje a pulso y no les puedo fallar.
- A unas muertas de hambre que bailan porque no tienen nada mejor que hacer no les puedes fallar, pero a tu novia que la zurzan. Nunca te creí capaz de hacerme un feo tan gordo, irte con las demás y dejarme plantada. Te…, te odio.
- Que no, cariño, que no pretendo hacerte ningún feo. Es un viaje oficial.
- No me vengas con excusas. Entre reunirte con tus amigotes, y Dios sabe con quién, y pasar la tarde con tu novia eliges a los primeros. ¡Pues vaya novio que tengo! Si lo sé a buena hora te hago caso.
- Pepita, soy el primero en lamentar esta desgraciada coincidencia, pero piensa que la demostración seguramente no volverá a repetirse, en cambio el año que viene será otra vez Pascua y podremos ir a comernos la mona con quien quieras.
- No desvíes la conversación, que eso se te da muy bien. Para mí la cosa está clara, o te vienes conmigo a comer la mona o te vas con esa pandilla de desarrapadas.
- No me gusta que te pongas en ese plan. No admito que me des un ultimátum.
- No te doy nada de eso que dices. Lo que te digo es que o dentro o fuera.
- Ahora el que no te entiende soy yo. ¿Qué es eso de o dentro o fuera?
- Te crees muy listo, pero si no lo entiendes es que no lo eres tanto. Te lo diré de otro modo: o el domingo de Pascua estás conmigo o no es necesario que vuelvas más a esta casa.
   No hay manera de que Gimeno convenza a su novia. Pepita está acostumbrada a imponer su santa voluntad y no admite que se le lleve la contraria ni atiende a ningún tipo de razones. José Vicente da por terminada la discusión cuando se da cuenta de que quizá el calendario le haya brindado la oportunidad que buscaba para que sea la joven quien rompa el noviazgo. Al día siguiente, en una de las reuniones que tiene con Lolita para la preparación de la exhibición, le cuenta la bronca que ha tenido con su novia.
- José Vicente, no es necesario que vengas. Comprendo que Pepita prefiera que la lleves de sarao. Posiblemente ya tenga organizada la fiesta de la mona con sus amigas. Yo no tengo esa clase de compromisos y puedo apañármelas perfectamente. No se va a notar tu ausencia, no te preocupes.
- Muchas gracias, Lolita, pero no debo dejarte sola. Ya sé que eres perfectamente capaz de llevarlo todo adelante. Eso ni se me ocurre ponerlo en duda, pero no quiero que los de la provincial puedan pensar que no respaldo tu gestión si no me ven a tu lado. Por eso he de estar junto a ti y tus chiquitas. A Pepita ya se le pasará el enfado y si no se le pasa…

   Gimeno no está en la merienda de la mona y a su regreso de la ciudad, como si no hubiese pasado nada, se presenta en casa de los Arnau como todas las noches. Está expectante por ver lo que pasa. ¿Mantendrá la jovencita el órdago que le lanzó o se echará atrás? Cuando ve que no es Pepita quién le está esperando sino su madre sospecha que su secreto deseo lleva camino de cumplirse.
- Buenas noches, ¿qué tal señora Águeda?, ¿dónde está Pepita?
- Mi hija – contesta Águeda con gesto avinagrado – dice que te dé esto de su parte - y  le entrega un atadijo en el que Gimeno reconoce algunas de las chucherías que le ha ido regalando a la joven durante los meses del noviazgo.
- Y esto, ¿qué quiere decir? – José Vicente se hace de nuevas y trata de contener su impulso de gritar de alegría.
- Ya lo sabes. Cuando se es novio de una persona como mi hija y se quiere entrar en una familia como la nuestra no se le puede hacer de menos, a ella y a nosotros. Pepita me ha dicho que te lo dejó muy claro el otro día y que sabes a qué se refiere.
- Señora Águeda, quiero dejar patente que siempre traté a su hija con el mayor de los respetos y que nunca le falté ni hice nada que pudiera ofenderla y, por supuesto, jamás se me pasó por la cabeza faltarles el respeto a ustedes – Gimeno es consciente de que se está arriesgando a que sus palabras puedan forzar una vuelta a la normalidad, pero tiene gran interés en que quede nítidamente claro que quien rompe la relación es Pepita.
- José Vicente no tengo nada más que decirte.
- ¿Podría hablar con Pepita? – Todavía echa un último y peligroso envite. Ojalá le salga bien.
- Ni quiere verte ni saber de ti.
   Gimeno no insiste, no sea que termine echando por tierra su oculto deseo. Al día siguiente la comidilla local es el rumor de que Pepita, la del tío Braulio el del duro, ha roto su relación con José Vicente el de San Isidro. Que la cosa parece que va en serio. Hasta se han devuelto los regalos y todo. Alguna comadre se ofrece a Gimeno para hacer de correveidile y hablar con Pepita y con sus padres para reparar los lazos rotos, José Vicente les da las gracias y les dice que se las puede apañar solo. Con el paso de los días el rumor pasa a ser noticia: la ruptura de Pepita Arnau y de José Vicente Gimeno es un hecho consumado.

   Lolita es una de las primeras en conocer la noticia del fin del noviazgo porque el propio José Vicente se la cuenta. No es ninguna sorpresa para ella. No le pregunta nada sobre la separación, se limita a musitar una frase convencional:
- Lo siento, José Vicente.
- Pues yo, no. Tengo la sensación de que me he liberado de una relación que no debí empezar nunca. Reconozco que al principio Pepita me atraía, pero desde que se negó a aprender todo cuanto intentaste enseñarle algo empezó a cambiar en mis sentimientos. Desde entonces el final estaba cantado.
- ¿Estás diciendo que mi fracaso como enseñante fue la causa de que se torciera lo vuestro? – inquiere Lolita un tanto sorprendida y hasta un pelín molesta.
- No, de ninguna manera. Tú no has tenido nada que ver con la ruptura. Al contrario, siempre he estado y te estaré agradecido por tu ayuda, independientemente de que Pepita no la aceptara.
   Lolita calla, pero la confesión de su jefe y amigo no le ha gustado. Piensa que no es muy caballeroso hacer leña del árbol caído.

viernes, 3 de abril de 2015

4.5. Día de la Victoria




   Pepita está más irritable cada día. Su novio le ha defraudado, no es lo que ella creía. Lo encuentra demasiado sabelotodo, emperrado en que aprenda una serie de bobadas que no sirven para nada. Solo sabe hablar de cursilerías y, por si faltaba algo, se lleva fatal con su madre. No sé qué se habrá creído, piensa, al fin y al cabo la rica es ella, él no es más que un empleado. Y no es nada divertido, en vez de llevarla de fiestas y guateques se empeña en que la acompañe a reuniones donde no se habla más que de política y de asuntos que ni entiende ni le importan. El noviazgo ni siquiera la deja satisfecha en su aspecto más íntimo: la sexualidad. En las conversaciones de las jóvenes del pueblo que mantienen relaciones más o menos serias se cuentan en voz baja, sazonadas de risitas maliciosas, las picardías que los novios se gastan. José Vicente ni siquiera eso, no ha ido más allá de acariciarle los pechos y de besarla, pero de forma tan tenue y fugaz que no le da tiempo a sentir nada. Ya no está tan segura de que ennoviarse con el secretario de la cooperativa haya sido su mejor decisión.
   El otro factor del dueto, José Vicente, no está irritado, pero si aburrido y cansado. Hastiado del egoísmo y los caprichos de su novia. Cansado de que se niegue obstinadamente a aprender una sola de las habilidades sociales que la que sea su mujer tendrá que manejar. Comienza a creer que aquel adagio del que le habló Lapuerta: de que no te cases por dinero, puedes conseguirlo prestado a mucho menor interés, pueda ser real. Casarse con la niña de los Arnau puede convertirse más pronto en un castigo que en un premio. Cuanto más lo piensa más se reafirma en que se equivocó en la elección. Y con la misma frialdad con la que resolvió lanzarse al noviazgo, toma la decisión de romperlo. En un primer momento piensa en actuar de frente y plantear sinceramente a Pepita que su relación se ha vuelto insostenible, pero tras valorar detenidamente los pros y los contras, especialmente los políticos, considera que no es la mejor opción. No le interesa que ante los ojos de los demás parezca que la ruptura parta de él. Al clan de los Arbós no les podría gustar que rompiera con su sobrina y mucho menos si es él quien la deja. Aunque su amor propio sufra, ha de maniobrar para que sea ella quien ponga fin a la relación. Tomada la decisión, solo le falta encontrar la mecha que encienda el polvorín en que se ha convertido su noviazgo y la incendiaria ha de ser la propia Pepita. Busca un motivo que tenga el suficiente calado para que la jovencita se encalabrine, pero no lo encuentra, es más difícil de lo que creía.

   Este año de mil novecientos cuarenta y siete el calendario ha hecho coincidir en el uno de abril dos destacadas celebraciones: una religiosa, el domingo de Pascua de Resurrección, y otra patriótica, el Día de la Victoria. En el pueblo existe la añeja costumbre de que ese domingo es el día en el que las pandillas de gente joven se van al campo a comer o a celebrar una merienda en la que la vianda estrella es el dulce de la Mona de Pascua. El bollo, de forma elíptica, está guarnecido con huevos duros y frutas confitadas y solo se come el domingo de Resurrección. Es una de las tradiciones locales que los jóvenes esperan con mayor ilusión. También el uno de abril es la fecha en la que se conmemora el último parte de guerra que dio el Generalísimo Franco anunciando el victorioso final de La Cruzada, a lo que ahora se añade el inicio del X Año Triunfal, como enumera la propaganda oficial a los años transcurridos desde mil novecientos treinta y siete. Con tal fausto motivo se ha organizado una exhibición deportiva y folclórica en el ámbito regional, a celebrar en Castellón, a la par que también se llevara a cabo la inauguración del Estadio Castalia, obra emblemática del Régimen. En dicha muestra participará el grupo de coros y danzas del pueblo. Al frente de la expedición estarán Lolita, auténtica artífice de la sección, y José Vicente como jefe local y último responsable.
   Varios días antes del uno de abril, hay una reunión en Valencia para concretar los últimos preparativos y dar las instrucciones finales a las delegaciones que van a participar en el evento. En la reunión, Lolita encuentra a su jefe sorprendentemente contento, hasta diría que parece feliz, hacía mucho tiempo que no le veía así. Gimeno ha estado magnífico en las dos intervenciones que ha tenido: expresivo, con las palabras justas, sin retóricas huecas tan al uso, con pinceladas de humor y hasta de fina ironía; en una palabra, brillante. Lolita también ha intervenido una vez y, aunque no tiene la elocuencia de su jefe, tampoco lo hace nada mal y además cuenta con una baza importante de cara al otro sexo: la sensual feminidad que irradia su persona acentúa el atractivo de cualquier cosa que diga. Mientras están tomando café, en una de las pausas,  comentan el desarrollo de la reunión.
- Jefe, no te felicité antes porque tenías mucha gente a tu alrededor, pero estuviste sembrado. Tus intervenciones, especialmente la última, han sido de largo las más elocuentes que se han escuchado en la sala.
- Gracias, Lolita. Te devuelvo el cumplido, tú también te has lucido. Has sido la delegada a la que la gente prestó más atención. Y si me permites el cumplido, la más encantadora y con más clase de todas las asistentes.
- Hay que ver cómo estamos de aduladores. Una curiosidad: ¿qué quería el jefe de Algemesí que no hacía más que mirarme cuándo hablaba contigo?
- Está empeñado en conocerte y quería que te lo presentara. Creo que lo suyo ha sido un flechazo.
- Menos mal que no me lo presentaste, porque si en privado habla igual de premioso que en público debe de ser un plasta de abrigo.
- Pues no creas que ha sido el único. El de Silla me ha pedido que si puedes ir un día a explicarle a su gente como montar lo de los grupos de coros y danzas. Pero me da en la nariz que sus intenciones son muy otras.
- Vaya, como siga asistiendo mucho a estas reuniones igual acabo encontrando novio.
- Hablando del rey de Roma, por ahí viene Adolfo.
   A Lolita ni le da tiempo de preguntar quién es el tal Adolfo, que resulta ser el jefe local de Silla, joven y bien plantado aunque comienza a echar barriga. José Vicente les presenta y, durante la breve charla que mantienen, Adolfo invita formalmente a la joven a visitar su pueblo el día que quiera para hablar a las afiliadas de la Sección Femenina sobre cómo organizar un grupo de coros y danzas. No quedan en nada concreto. Ya se llamarán.
- Reconozco que no es lo mejor hacer juicios a priori – confiesa Lolita después de que el del Silla se haya ido -. Creí que éste sería otro pesado más pero, como nobleza obliga, tengo que decir que me equivoqué. Es correcto y simpático. El pero que puede ponérsele es que, como no vigile su dieta, va a tener problemas con la báscula. Razón tenía en lo que decía antes – añade la joven risueña -: como venga más veces a estos saraos igual encuentro novio.
- No es por meterme en lo que no me importa, pero estoy absolutamente convencido de que si no tienes novio es porque no quieres. No conozco en el pueblo una sola chica que tenga tu estilo, tu talento y… tu clase – Hasta el momento la charla ha transcurrido en un clima de amable ironía, pero ahora José Vicente se ha puesto serio y se ha tenido que contener para no excederse al enumerar los encantos de la muchacha.
- ¡Cómo estás hoy de lanzado, jefe! – Lolita, en cambio, sigue con su tono irónico -. Debe de ser el efecto del próximo domingo de Pascua.
- ¡El domingo de Pascua! ¡La hice buena! No había caído hasta este momento que el uno de abril también es la Pascua. Y le prometí a Pepita ir con ella y sus amigas a comernos la mona a una de sus fincas. No sé cómo le voy a decir que no podré cumplir mi promesa.
- Se lo explicas sin más. Pepita es más lista de lo que parece y lo entenderá perfectamente. No lo dudes, jefe.
- ¿Te puedo pedir un favor? – Gimeno se ha puesto serio -. No me llames jefe. Nunca sé si lo dices en serio o me estás tomando el pelo. Me gustaría que me llamases por mi nombre o si lo prefieres por mi apellido, como quieras.
- ¿Cómo prefieres que te llame? – la joven también ha adoptado un registro más grave.
- Ya te he dicho que me da igual, de cualquier manera menos jefe, me suena como si mantuviéramos una relación jerárquica y ese no es el caso, para mí eres mi igual y en algunos aspectos hasta superior.
- ¿Cómo te llama la persona que más te quiere? – es la sorprendente pregunta de Lolita.
- ¿La persona que más me quiere? – Repite Gimeno un tanto sorprendido –. Supongo que quién más me quiere es mi madre y me ha llamado desde niño por mi nombre.
- Entonces voy a  hacer como tu madre y desde este momento ya no eres el jefe, sino José Vicente – afirma Lolita con una sonrisa complaciente.
   Gimeno se pregunta: ¿será este cambio el inicio de otros más profundos?