viernes, 23 de octubre de 2015

8.9. Buscando padrinos


    Nada más ver su gesto preocupado, Lola sabe que su marido tiene algún problema al que no le encuentra solución.
- A ver, José Vicente, ¿qué te preocupa? Igual puedo ayudarte.
- Ya me gustaría, Lola, que pudieses hacerlo, pero temo que mi preocupación no tiene fácil remedio. Se trata de la inundación que ha anegado los arrozales. Es una auténtica catástrofe.
- ¿No se ha podido salvar nada?
- Casi nada. Algunas gavillas que quedaron enganchadas en las ramas de árboles o que el mar ha devuelto, pero muy poca cosa. Es un desastre total. Y por si faltaba poco, muchos propietarios han tenido que pagar a las cuadrillas de segadores, que naturalmente no tienen ninguna culpa, con los últimos dineros que les quedaban en cuenta. Más de uno ha quedado completamente arruinado y, como no consigan algún préstamo, tendrán que vender sus fincas. Como te digo, una catástrofe.
- ¿Y en la cooperativa no podéis echarles una mano?
- No tenemos fondos para ello. Hay un seguro contra el granizo, pero nadie había previsto lo de la maldita gota fría.
   Durante semanas, los bous que pescan a la altura de Senillar han sacado en sus redes unos extraños peces: gavillas de arroz que, en muchos casos, ya empezaron a germinar. La riada, como se empeñan en llamarla en el pueblo, es el tema principal de conversación en todos los mentideros locales. En el café del Pipa, Arturo Rambla cuenta a los contertulios la odisea que tuvo que pasar la noche de la inundación un empleado de Hilaturas Gedosa, cuyo propietario es un empresario catalán que compró una gran finca de arroz en una de las partidas de la Marina. El patrón envió a uno de sus oficinistas de Barcelona a que vigilara la trilla porque temía que le sisaran en el pesaje. Al chupatintas, no se le ocurrió otra que, para ahorrarse las dietas, en vez de buscarse una pensión se quedaba a dormir en una caseta de campo que habían construido en la finca con materiales de fortuna.
-          … y el pobre hombre se pasó toda la noche subido a uno de los postes que formaban el armazón de la caseta, con el agua al cuello. Por la mañana cuando lo recogí estaba exhausto y no hacía más que repetir Mare de Déu, Mare de Déu, quina nit.
- Ese no se va a olvidar de la Marina.
- Ni del arroz. Jura que no volverá a probarlo ni en paella. Se pasó toda la noche, convencido de que había llegado su final, rezando y mirando la hora en su reloj de pulsera hasta que se agotaron las pilas de la linterna. Dice que no recuerda una noche más larga
- ¿Pues sabéis lo que me ha contado el Amadeo? Que todavía están sacando gavillas a la altura de Torrevieja. Imaginaos hasta donde llegó la riada.
- Si es que nadie en el pueblo recordaba una cosa como la ocurrida.
   Cuando el tema de la riada ya no da más de sí, Martín Esteller introduce un nuevo motivo de conversación:
- ¿Sabéis la última? Rafael, el chico de Antonio Blanquer ha cerrado su almacén de materiales de la construcción.
- Me gustaría saber cómo coño os arregláis los barberos para estar enterados de cuanto pasa.
- Lo del almacén se veía venir hace tiempo – afirma otro contertulio -. Ya dice el refrán que: hacienda, tu amo que te vea y, si no, que te venda. Y Rafael creo que solo aparecía por el almacén de Pascuas a Ramos.
- De todas maneras, independientemente de que a ese chico lo que le gusta es mojar, el negocio de la construcción ya no es lo que era. Desde que el boniato dejó de venderse a modo, la gente ya no gasta tan alegremente. ¿A qué ya no facturáis tantos vagones? – pregunta un contertulio dirigiéndose a Ballesta y Bonet, los dos ferroviarios de la partida.
- En efecto. La facturación cayó en picado. Ahora, aparte de los vagones de algarrobas y almendras, prácticamente no despachamos unidades – confirma Bonet.
- Pues, a pesar de todo, un almacén de materiales es un negocio que tiene que dejar pelas en cantidad.
- Seguro que sí, pero bien llevado, no dejándolo en manos de empleados que solo se preocupan por cobrar a fin de mes. Y si el empleado es un vaina como el Modesto, no te digo nada.
- Hablando del Modesto, ¿sabéis que lleva unos cuernos más grandes que un miura? – Más que una pregunta, el tono de Martín parece una afirmación.
- ¿Ahora te enteras? Eso dejó de ser noticia.
- Pero lo que igual no sabéis es a quién se tira ahora el pichabrava de Rafael Blanquer.
- Cuenta, coño.
- A la masovera que tienen en la finca del Fondo de Benialcaide. A una tal Genoveva.
- Pues la masovera está de toma pan y moja.
- El barbián no le da un palo al agua, pero hay que reconocer que para las mujeres tiene buen gusto.
- Espero que a ésta no la preñe como a la otra.
- Ah, pero ¿es que el crío que ha tenido Consuelo la de Modesto es suyo?
- Hombre, de esas cosas nunca puedes estar seguro al cien por cien, pero por lo que cuentan…
- ¿Y la mujer de Blanquer traga con tantos cuernos?
- Vete a saber. Unos dicen que no sabe nada. Otros, que pasa de todo. Y hasta se murmura que si duermen en camas separadas.
- ¡Cómo estarán el Braulio y la Águeda! Pensar que criaron a su hija como si fuera una reina y mira con quién la casaron. Mejor les habría valido como yerno el José Vicente.
- De todas formas, vaya sietemachos que está hecho el Rafa.
- Hasta que se tope con un marido que le parta la cara a hostias – vaticina uno con gesto de mala leche.
   Gotas frías e historias de cama aparte, en Senillar acaba de producirse un hecho que en otros lugares pasaría desapercibido, pero que para el pueblo, al menos para algunos vecinos, tiene su miga: se ha jubilado Leónidas Queralt, el viejo cartero del pueblo, y hay que cubrir su vacante. Es un puesto muy goloso, no porque el empleo de funcionario de correos tenga unos emolumentos considerables, más bien son escasos, sino porque es un trabajo de los de paga fija a fin de mes y en el que no hay que doblar el espinazo. Los aspirantes al mismo han de estar en posesión de los requisitos exigidos para optar a un puesto como el de la cartería: ser español, militante de FET y de la JONS, mayor de edad, carecer de antecedentes penales, no padecer enfermedad infecto-contagiosa, saber leer y escribir, ser informado favorablemente por la Guardia Civil y haber cumplido el servicio militar. Tendrán prioridad los mutilados de guerra, ex combatientes, ex cautivos, huérfanos de guerra y los que tengan algún familiar asesinado por los rojos. Más que el cumplimiento de dichos requisitos lo que realmente preocupa a los candidatos es buscarse padrinos. Cada aspirante intenta conseguir los mayores respaldos posibles, echando mano de familiares, amigos y conocidos. A las personas a las que se considera que puedan tener alguna clase de influencia les llegan, por los caminos más insospechados, peticiones de recomendación.
- Mosén Batiste, no sé si conoce a mi prima Loreto. Tiene un chico; bueno, ya es un hombre. Muy formal, religioso, serio..., buena persona. Quiere presentarse al puesto de cartero. Lo haría muy bien porque conoce a todo el mundo y es muy simpático. Venimos a pedirle el favor de si usted podría echarle una mano. Una recomendación suya sería muy importante.
- Hombre, Severino, ese asunto está muy lejos de mi ministerio. No sé qué puedo hacer.
- Somos sabedores de que no es usted quien ha de decir la última palabra, pero una indicación suya siempre será atendida.
- Bueno, no os prometo nada, pero haré lo que pueda. ¿Cómo se llama tu hijo?
- Sabino Planell, mosén Batiste. Y que Dios se lo pague.
   La mujer lo plantea con cierta dosis de dramatismo, como si en lo que demanda le fuera la vida:
- Vengo a pedirte un favor muy grande, Benjamín.
- Tú dirás, Magdalena.
- Se trata de mi Ismael. Ahora le ha dado en que quiere ser cartero. Dice que está cansado de trabajar en el campo y que prefiere otra clase de faena y como ha quedado vacante el puesto, pues que le gustaría probarlo a ver qué tal le va.
- Magdalena, explícale a tu hijo que no se puede aspirar a un puesto para probar a ver si le gusta o le deja de gustar. Que eso no es serio. Estamos hablando de un empleo del estado, no de una ocupación eventual de mala muerte.
- Su padre y yo se lo hemos dicho. Pero ya sabes cómo son los chicos de ahora. No se toman nada en serio.
- Ellos no, pero yo sí. Supongo que quieres que lo recomiende.
- Si no fuera pedir mucho...
- Lo siento mucho, Magdalena, pero no puedo. ¿Cómo voy a recomendar a una persona que ni siquiera está segura de sí quiere o no el puesto? Imagínate que lo respaldo, le dan el empleo y a los dos meses lo deja porque no le peta. Vaya papelón el mío.
- Verás. A lo mejor es que no he sabido explicarme. Lo de probar si le gusta no es del todo cierto. Lo que dice es que está harto del trabajo del campo y que sería preferible ser cartero que no darle a la azada.
- Haber empezado por ahí. De todas formas, envíame a Ismael y tendré una pequeña charla con él a ver qué es lo que realmente quiere.
   Los progenitores visitan al patriarca acompañando al aspirante a cartero. Tras dialogar con el joven, Benjamín no se queda muy convencido de la apetencia del aspirante ni de sus luces pero, como la familia es lo primero, promete recomendar a su sobrino Ismael.

martes, 20 de octubre de 2015

8.8. Un ménage à trois


    La gota fría también ha llegado para Lola en forma de noticia: Rafael y Pepita han tenido un hijo. Resguardada tras los visillos de la puerta de casa ve pasar el cortejo del bautizo. Maruja es la madrina de su nieto y va toda orgullosa, parece que en vez de portar al crío llevase el Santo Grial. Se fija en la nueva mamá, está algo desmejorada, pero ha tenido suerte, no debe de haber engordado ni un gramo; también ella rebosa satisfacción. El padre de la criatura va detrás de los padrinos, con las manos en los bolsillos, y charlando despreocupadamente con un amigo. Cuando al cabo de un rato vuelve a pasar el cortejo de vuelta de la iglesia solo puede ver al padrino, el tío Braulio, que lanza puñados de monedas de cinco y diez céntimos mezcladas con caramelos y peladillas a la chiquillería que se arremolina a su paso.
   Fina, que acaba de llegar, saca a Lola de su contemplación.
- Esa tripita comienza a marcar curva, eh. ¿Ya te da pataditas?
- Hace mucho. La otra noche mira si se movía que me despertó. Desperté a José Vicente para que lo comprobara.
- ¿Y no se enfadó?
- ¡Mujer! ¿Por qué iba a enfadarse? También es hijo suyo. Si está más chiflado con el crío que yo. No puedes imaginarte el mimo con el que apoyó su cabeza en mi vientre para oírlo.
- ¡Que suerte tienes! Tu marido es un santo. Si en alguno de mis embarazos hubiera despertado a mi Herminio a media noche para que escuchara las pataditas del crío, a la que le da la patada es a mí. ¿Y qué prefiere, niño o niña?
- Dice que lo que venga bienvenido será, pero ya sabes, los hombres, si por ellos fuera, se pedirían niño, sobre todo el primero. Está eso de perpetuar el apellido y todas esas historias. ¿Y te digo otra cosa? Si tenía alguna duda de cuanto me quiere José Vicente, se me disiparon hace unos días. Estábamos comentando asuntos del Ayuntamiento, cuando me referí, porque venía a cuento, a Rafa. No veas cómo se puso. Le cogió un ataque de cuernos que me dejó con la boca abierta. Nunca pude imaginarme que se pondría tan celoso.
- ¡No le habrás dado motivos!
- ¡Por Dios, Fina, qué cosas dices! Pues sí que estoy yo como para andar de picos pardos. Ni le he dado motivos ni se los daré nunca. Ya te digo que si cité a Rafa fue porque estábamos hablando del señor Benjamín y salió su nombre a relucir. Vaya mosqueo que se pilló.
- Ten cuidado que los celos son malos compañeros y llegan a cambiar el carácter de las personas. ¿Te acuerdas, cuando la guerra, de lo borde que te pusiste conmigo porque no te conté el lío de aquella refugiada madrileña con Rafael? Estuviste un montón de tiempo sin dirigirme la palabra, creí que no volveríamos a ser amigas. Mira de lo que son capaces los celos.
- Ya lo sé, ya. Bastante mal que lo pasé y bien que me arrepentí de haberme portado contigo como lo hice. Al fin y al cabo tú no tenías la culpa. Alguna vez he recordado aquel episodio y me he preguntado qué se habrá hecho de aquella pobre chica.
- A mí también me picaba la curiosidad. Recién llegado al pueblo, me crucé con Toni Caselles y le pregunté por Almudena. Ya sabes que se murmuraba que Toni tuvo que ver con ella. Me dijo que no había vuelto a saber nada desde que los nacionales liberaron el pueblo.
- Esas son viejas historias que mejor es no removerlas.
- No sé si te alegrarás tanto de lo que te voy a contar, pero creo que es mejor que lo sepas por mí para que no vuelva a pasar lo de aquella vez con la evacuada. ¿A qué no puedes imaginarte quién es la última conquista del siete machos de Rafa?
- Conociéndole seguro que, sea quien sea, no me va a sorprender nada.
- Creo que esta vez sí. Ni en un millón de años podrías suponer con quién le está poniendo los cuernos a su mujer..., con nuestra amiga Consuelo.
- ¿Con Consuelo?, ¡no es posible!
- Ves como sabía que te ibas a quedar de piedra. Pues sí, con Consuelito.
- No sé si creerlo. Igual son chismes de cotillas que no tienen nada más que hacer que darle a la sin hueso.
- Mujer, ya sabes que en estos casos nadie asegura que los ha visto encamados, pero lo que sí parece cierto es que han visto a Rafa entrar y salir de casa Consuelo cuando su marido no está. Conociendo lo catacaldos que es Rafa desde luego no va a pasar el rosario.
- Lo que es la vida. De todas vosotras, Consuelo fue la única que demostró envidia cuando salía con Rafa. Precisamente fue ella la que me contó lo que antes referíamos de la madrileña. Y ahora, al cabo de tantos años, resulta que también ha pasado por el aro ¡Qué poca vergüenza tiene, una mujer casada! Y el manta de su marido sin enterarse.
- Eso es lo mejor de la historia. Dicen que Modesto es consentidor.
- Pero bueno, ¿adónde vamos a llegar, a qué el marido consienta?
- El asunto no acaba ahí. Hay más. Como dice mi Herminio esto es para mear y no echar gota. Dicen las malas lenguas que es un, un..., a veces te he oído emplear una expresión francesa que creo que es la que viene al pelo en estos casos.
- ¿Un ménage à trois?
- Pues eso, esta es una historia de ménage. Parece que todos consienten porque todos salen ganando.
   La historia ha excitado la curiosidad de Lola.
- A ver, explícate, ¿quiénes son todos?
- Pues todos, las dos parejas, Rafael y Pepita y Consuelo y Modesto.
- ¿Pero Pepita también está liada con Modesto? Eso sí que no lo creo de ninguna manera.
- No, no está liada con ese vago. Lo que parece es que, según cuentan, en ese apaño del Rafa con Consuelo todos ganan, incluso los que llevan los cuernos.
- Ya me dirás cómo se guisa eso, porque de todo lo que me llevas contado es lo más sorprendente, que los cornudos también estén contentos.
- Tampoco será la primera vez. Mi padre nos contaba que cuando estuvo sirviendo al Rey en África había un sargento que decía que los cuernos son como los dientes, que al nacer duelen, pero que luego, según quien te los ha puesto, ayudan a comer.
- Cómo no te expliques mejor sigo en ayunas.
- Es que no es fácil. Verás, según parece Rafael ya le tenía echado el ojo a Consuelo, entonces para ganarse al holgazán del Modesto y saber cuándo tiene el patio libre de moros, le ofreció trabajo en su almacén de materiales. De esa forma, todos ganaban, Consuelo conseguía que su marido hiciese algo de provecho, Modesto encontraba quien le diese un sueldo y Rafa tenía al pajarito contento.
- Si fuera tal como lo cuentas sería en verdad un ménage à trois, pero sigo sin explicarme qué diablos pinta Pepita en ese vodevil.
- Esa parte es la enrevesada, y parece que la menos clara, de esta historia. Hay quien asegura que las relaciones de cama de Rafael y su mujer nunca han sido gran cosa y más aún después de tener el crío. Como ahora Rafa tiene la colita satisfecha pues no reclama sus derechos maritales o los exige mucho menos.
- ¿Quieres decir qué Pepita sabe que su marido la engaña?
- Casi seguro. El día que fui con mi suegra a conocer al niño, ya sabes que son parientes, me quedé a solas con Pepita mientras Águeda le enseñaba a mi suegra todos los regalos que le habían hecho al crío. Hablamos de los partos y de todo lo que viene después y cuando le comenté que tenía que pasar la cuarentena para volver a estar con su marido, ¿sabes qué me contestó? Que la cuarentena o la centena si hacía falta, que a Rafael no lo iba a echar de menos. Fíjate, y nosotras qué creíamos que era poco menos que tontita. Bueno, pues de eso nada, me parece que es tan ladina como su madre.
- Es que se me hacen los ojos chiribitas. ¿Pues sabes qué? Tenías razón, la historia que acabas de contarme es increíble. Aquí, el que no corre, vuela.
- Si ya lo dice mosén Batiste: este pueblo es como Sodoma y Garrama.
- Gomorra, Fina, Gomorra.