viernes, 17 de julio de 2015

6.7. De cómo Lolita pasa a ser Lola



   Lolita terminó haciendo caso a su madre y a su amiga Fina, que no a sus sentimientos, y le dijo que sí a José Vicente, que sería su novia y, pasado un tiempo prudencial y si todo iba bien, se convertiría en su esposa. Muchos cambios han ocurrido en su vida desde ese momento. Uno de ellos, hasta cierto punto anecdótico pero que marca la transformación sufrida, es su mudanza de nombre: ahora se llama Lola. Recuerda como fue lo de la desaparición del diminutivo. Estuvo dudando mucho si debía de contarle o no su pasado. Ella no era lo que se entiende por una mujer de pasado, salvo algunos episodios con Rafael que no le gustaba recordar pero que habían sucedido. Tras muchas vacilaciones resolvió que debía de contárselo todo. No se podía iniciar una relación como aquella, abocada a un emparejamiento para toda la vida, con mentiras o sin desvelar toda la verdad por desagradable que fuese. Una tarde en que ambos habían estado especialmente cariñosos, derivó la conversación hacia el tiempo transcurrido antes de conocerse y lo qué habían hecho o dejado de hacer. Gimeno le contó que había salido con varias chicas, pero salvo una novia que tuvo en Las Alquerías, cuando era poco más que un adolescente, ninguna relación tuvo un tinte muy serio, hasta llegar a Senillar dónde tuvo la segunda novia, Pepita Arnau, pero esa historia Lolita ya la conocía. En cuanto a lo de Merceditas la Estanquera fue una relación que realmente murió antes de nacer. Ella, a su vez, le contó que solo tuvo un novio, Rafael Blanquer, y que también comenzaron a salir cuando los dos eran unos críos. Luego él se marchó fuera a estudiar y ya fue un noviazgo más por correspondencia que otra cosa, aun así tuvo tiempo suficiente para portarse mal y hacer cosas que una mujer…
- Lolita, perdóname que te interrumpa – le corta José Vicente -. Mira, no tengo ningún interés en saber qué hiciste o dejaste de hacer antes de conocerte. Lo que sí me interesa, y mucho, es saber lo que vas a hacer a partir de ahora. Para mí eres una mujer absolutamente nueva. Solo va a contar el pasado desde que te conocí. Es decir – esboza una sonrisa para quitarle dramatismo a su declaración -, desde el famoso día de las corbatas. Por eso voy a pedirte algo: si no te importa a partir de ahora no voy a seguir llamándote Lolita. Ese nombre pertenece a tu pasado de niña y de adolescente, a quiénes yo no conocí. De quien me enamoré es de toda una mujer y prefiero llamarte por un nombre de mujer, no de jovencita. Me he dado cuenta de que tu madre te suele llamar María Dolores, también he notado que no te gusta demasiado que te llamen así. Por todo eso, y si no tienes inconveniente, desde hoy para mí dejas de ser Lolita y te voy a llamar Lola.
- ¡Por fin, ya me hice mayor! – exclama Lolita por toda respuesta.
- ¿Qué significa eso, no te gusta que te llame Lola? – inquiere un tanto sorprendido José Vicente.
- Al contrario, me encanta. Te voy a contar uno de mis secretos mejor guardados. Desde que dejé de ser una adolescente, me reventaba que siguieran llamándome Lolita, pero es complicado modificar las costumbres. A una abuela mía la llamaron Carmencita hasta que murió con más de ochenta años. Yo me veía igual que mi abuela, hecha un carcamal y todavía teniendo que responder por el diminutivo familiar. El que tú me llames Lola espero que sirva para que el resto de la gente se olvide de lo de Lolita. Ah, y te felicito, has atinado: me gusta lo de Lola, lo prefiero a María Dolores, resulta como más llano y natural.
   Luego, en los meses que ya llevan de pareja, resulta que cuando están solos la suele llamar más veces cariño, cielo y vida mía que Lola. A ella le sigue costando llamarle de otra forma que no sea por su nombre. Los apelativos cariñosos no le salen con naturalidad. Curiosamente, el hecho de que José Vicente haya empezado a llamarla Lola ha sido el detonante de que el apelativo sea compartido por la mayoría de la gente. Solo algunas personas mayores que la siguen viendo como la niña que fue siguen diciéndole Lolita, salvo su madre que continúa llamándola María Dolores.
   Lola recuerda a menudo la etapa de su noviazgo con José Vicente, las imágenes se le han quedado impresas en la mente como si se tratara de una película en blanco y negro. Tras vencer el plazo que él dio para pronunciarse, ella le dijo que sí, que aceptaba ser su novia, pero quiso jugar limpio: le repitió que no le amaba, pero que desde ese mismo momento tenía todo su respeto, amistad, cariño y lealtad. Era lo mejor que podía ofrecerle sin estar enamorada. Recuerda que él se emocionó y le juró que nunca se arrepentiría de la decisión tomada. Acordaron que el noviazgo durara lo imprescindible para que se publicaran las amonestaciones sin excesivas prisas y poder tomar las previsiones que una boda comporta. Todo transcurrió con relativa normalidad. Eso sí, tuvo que soportar la felicitación de medio pueblo por su próximo matrimonio, y le contaron que en los lavaderos públicos y en los corrillos de las comadres hubo el natural chismorreo sobre su compromiso y, especialmente, del porqué de un noviazgo tan corto. Ambos novios resolvieron no dar pábulo a los cotilleos e hicieron oídos sordos a cuantos dimes y diretes circularon aquellos días por los mentideros.
   El día de la boda fue emocionante, quizá más para las personas del entorno de la pareja que para los propios contrayentes. Por fin, su madre pudo verla vestida de blanco y cogida del brazo de su tío Ricardo que fue el padrino. La madrina fue la madre de José Vicente que, con el resto de su familia, vinieron de Las Alquerías del Niño Perdido para no perderse el acontecimiento. Todos los miembros de su futura familia política rivalizaron en amabilidad y simpatía. Le causaron una excelente impresión, incluida quién iba a ser su suegra. La que más emocionada y nerviosa estaba era la señora Leo. Se cumplía uno de sus sueños: ver a su hija camino del altar y salir del templo convertida en una respetable esposa. Fue también quien más lloró, algo tendrían que ver también las lágrimas con el hecho de que a la madre le molestó profundamente que decidieran no vivir con ella. Realmente el decirlo en plural era inexacto, puesto que la determinación la tomó Lola, su marido no se pronunció. Tuvo que recordarle a su madre el dicho que tantas veces le había oído, siempre referido a otras parejas: que el casado casa quiere. Piensa que el enfado se le terminará pasando.
   Tras la boda una de las mayores sorpresas que se ha llevado Lola ha sido la pasión y el deseo que provoca en su marido. Sorpresa que en su fuero más íntimo, donde anidan los sentimientos más indelebles, la conmueve y… le gusta. Lo último ha tardado en admitirlo, pero al final se ha rendido. Su marido muestra tal grado de pasión que, ante su sorpresa inicial, su cuerpo la devuelve en la misma medida. Quizá haya sido en las relaciones íntimas dónde mayor impacto le ha causado José Vicente. Nunca imaginó que conjugase una virilidad tan recia con una inagotable capacidad para la ternura y la delicadeza. Es una de las facetas de su personalidad para la que no estaba preparada y que tuvo que descubrir la misma noche de bodas, porque antes de la misma, su novio por aquel entonces, solo se atrevió a besarla, eso sí con una pasión que le recordó otros tiempos y otros besos. Y eso que ella estuvo dispuesta a entregársele durante el noviazgo, pero él no hizo jamás el menor asomo de buscar algo más que sus besos y alguna que otra caricia furtiva. Rememorando lo que habían sido sus anteriores experiencias amorosas, llegó a la noche de bodas con una enorme incertidumbre sobre lo que podía esperar en la cama. De ahí su estupor y, al tiempo, su agradabilísima sorpresa. Incluso hay días en que ha de ser ella quien refrene las caricias de su esposo para no terminar en la cama. Pero, con todo, está orgullosa del varonil ímpetu que muestra su marido. Así se lo trasluce a Fina cuando su amiga pregunta:
- ¿Qué tal tu pariente?, ¿se porta como Dios manda o es un carámbano como aparenta?
   Lola sonríe y por toda respuesta se quita el fular que lleva en el cuello, las huellas de unos mordiscos recientes son más elocuentes que mil palabras. Fina tampoco dice nada, pero su boca se distiende con una maliciosa sonrisa.

martes, 14 de julio de 2015

6.6. La respuesta de Lolita



   La controversia local sobre la necesidad de la construcción de algún tipo de obra costera que resguarde el poblado de la Marina ante futuros temporales genera opiniones para todos los gustos. Uno de los hombres con más prestigio en el pueblo, Manuel Lapuerta, opina que en la controversia suscitada será Gimeno quien le gane por la mano a Vives, opinión que no es compartida por todos. Son muchos los que apuestan a favor del alcalde. Paco, que es inculto pero no tonto, no está tan seguro de ganar el envite. Es el primero en darse cuenta de que su estrella política va declinando y que si no echa un órdago la partida la va a terminar ganando su oponente. Uno de los pocos proyectos que le quedan en cartera para llevar el agua a su molino es la petición de la construcción de un puerto o, en su defecto, un refugio pesquero o una escollera en la Marina. La correspondiente solicitud ya fue enviada a Madrid hace casi un año, pero hasta el momento no se ha recibido ninguna noticia sobre la misma. Vives decide convocar una reunión de sus amigos políticos para tomar la decisión sobre qué resolver con la petición de las obras en el barrio marítimo.
- ... y tenemos que hacer algo porque de Madrid no dicen ni pío.
- Ya se sabe, las cosas de palacio van despacio.
- Cuando quieren no es así. Mismamente el Ministerio de Obras Públicas acaba de aprobar la construcción de un nuevo espigón para el puerto de Denia, y me han dicho que esa solicitud fue posterior a la nuestra – se lamenta Vives.
- Es que yo creo que no concretamos lo que queríamos. Si mal no recuerdo pedíamos la construcción de un puerto, un refugio pesquero o una escollera. Igual en Madrid se han armado un lío y no saben muy bien lo que queremos, porque no me negaréis que no es lo mismo construir un puerto que una escollera. Yo no soy ingeniero y no entiendo de construcciones, pero se me alcanza que entre esas obras las diferencias han ser grandes – apunta uno de los asistentes.
- A mí me parece que has dado en el blanco. No tendríamos que haber pedido tres cosas sino una sola. Si lo hubiésemos hecho, a lo mejor a estas horas ya nos habrían dicho que sí – remacha otro.
   Los reunidos se enzarzan en una estéril discusión sobre qué debían de haber solicitado a la administración central, hasta que Vives da un puñetazo en la mesa y trata de encauzar el debate.
- Así no vamos a ninguna parte. Lo que está hecho, hecho está. Ahora lo que tenemos que decidir es qué vamos a hacer ante la callada por respuesta que nos están dando. Lo he pensado bien y creo que tenéis razón los que opináis que deberíamos haber hecho una sola petición. La madre del cordero es saber cuál de las tres obras que solicitamos tendría que ser la que deberíamos volver a pedir. Yo tengo hecha mi composición de lugar, pero me gustaría escuchar que opináis los demás.
   Se produce una pausa en la discusión. Da la impresión de que nadie quiere recoger el guante que ha lanzado el alcalde, hasta que uno de los asistentes, un tal Nicolás, después de carraspear, toma la palabra:
- Como nadie dice ni mu, voy a deciros lo que pienso. Yo soy partidario de que deberíamos de solicitar la obra más barata de las tres, que supongo que debe de ser la escollera. Me imagino que, como se ha dicho, entre construir un puerto y una especie de muro para resguardar las casas de los temporales tiene que haber una gran diferencia de presupuesto. Aunque construyeran un puerto no creo que los pescadores que se fueron al Grao de Valencia vayan a volver y hacer una obra de ese calado tiene que costar un riñón. En cambio, si construyen un espigón o algún tipo de defensa salvaremos la Marina y esa obra puede costar, tirando por alto, unos cientos de miles de duros. Y además, si lo conseguimos, cosa que veo posible, le habremos ganado por la mano a Gimeno y Paco se habrá apuntado un tanto.
   El resto de contertulios, que habían estado silentes hasta el momento, se muestran de acuerdo con la propuesta de Nicolás, les parece una buena idea que puede salir adelante por su bajo coste.
- Pues yo no estoy de acuerdo con esa propuesta – rebate de manera tajante Vives -. Os voy a explicar por qué. Si pedimos la escollera, en Madrid se van a preguntar ¿y para qué quiere esa gente un rompeolas?, ¿para salvar un centenar de casuchas que todas juntas no valen un real? En eso le doy la razón a Gimeno, sería más barato construir casas nuevas para los marineros que un dique costero. Creo que en esto no podemos ir de pobres y lo de la escollera es solo una solución para ir tirando, pero en el fondo no arregla nada. Hay que ir, como en el guiñote, a por las cuarenta y las diez de últimas.
- Entonces, ¿qué propones?
- Que nos olvidemos de la escollera, del refugio costero y de todas esas gaitas, hay que ir por el premio gordo, a por el puerto. Si conseguimos que lo construyan, imaginaos lo que puede ser para el pueblo. Dice Nicolás que los que se han ido al Grao no volverán, eso habría que verlo, pero si no vuelven esos vendrán otros porque esta zona tiene los mejores caladeros del golfo de Valencia, la prueba es que muchas de las barcas del Grao, de Gandía y de Denia vienen a pescar aquí. Si la Marina sube también prosperará Senillar, porque si hay muchas capturas podrían montarse fábricas de conservas, de harina de pescado, y que sé yo..., de otras muchas cosas que ahora no se me ocurren. Y si lo conseguimos, y todo es ponerse a ello, no es que le ganaremos a Gimeno, es que de una jodida vez nos lo cargaremos, a él y a todos los Arbós que son el verdadero peligro. Aunque a estos últimos pienso pasarles la mano por el lomo a ver cómo respiran.
   Los que unos minutos antes habían apoyado la propuesta de Nicolás se decantan ahora por la de Vives. Volverán a rehacer la documentación de la solicitud enviada al Ministerio y pedirán la construcción de un puerto.
   Cuanto se ha referido en la reunión se lo cuenta Severino Borrás a Gimeno con pelos y señales. El conocimiento inmediato de los planes del antagonista le permiten al jefe local ir siempre unos pasos por delante. En este caso, la jugada que piensa ejecutar es informar nuevamente al Gobernador Civil del proyecto del primer edil. Al poncio provincial no tiene que gustarle nada que un alcalde de tres al cuarto se permita puentearlo reiteradamente. Otro de los movimientos que también le sopla su chivato es que Paco, en una jugada tan audaz como peligrosa, piensa invitar a los Arbós a que se unan a su causa. Como esa acción puede producirse en cualquier momento, José Vicente decide anticiparse, pero antes piensa que debería consultarlo y… ¡a quién mejor que a la que pronto será su esposa! Porque ese es el hecho que ha conmocionado su presente: el que Lolita, tras muchas cábalas y vacilaciones, le haya respondido. Y en su respuesta no ha podido ser más franca.
- Quiero ser muy sincera contigo, José Vicente. Le he dado mil y una vueltas a tu proposición. Verás: me pareces una bellísima persona, encantador, ocurrente y alguien de quien una se puede fiar; vamos, lo que se dice un tío majo de verdad. Siento por ti respeto, simpatía y hasta admiración, pero hay un pero, un pero capital: no estoy enamorada de ti. Y eso es lo que me ha hecho dudar tanto. Si sabiendo esto mantienes tu propuesta, te voy a responder que sí, que acepto ser tu novia y, si tras el noviazgo todo va bien, también estoy dispuesta a ser tu esposa. Y al igual que te digo que no estoy enamorada, también quiero que sepas que, llegado el momento, seré una buena esposa, solícita, respetuosa y que siempre, siempre, te seré fiel.
   Desde los primeros días del noviazgo Gimeno intuye que no conquistará a Lolita poniéndose romántico ni siquiera siendo detallista. Lo único que a Lolita le pone y le atrae, de una manera irresistible, es la controversia política. Cuando debaten algún tema político en el que hay que posicionarse, la mujer piensa, razona, discute y casi siempre suele terminar emitiendo una opinión plena de sensatez, unas veces, de originalidad, otras, y siempre es una opinión trufada de astucia y sutileza. Piensa que, al menos, en ese plano la hace feliz. Algo es algo, porque en el terreno de los sentimientos sigue sin estar muy convencido que los de Lolita sean tan apasionados como los suyos. Bueno, se dice Gimeno, como suelen repetir los campesinos de secano: el que en julio no trilla, en agosto no agavilla. Vamos, que lo que peor le puede ocurrir es lo de otro refrán: verdes las han segado. No se ha de precipitar. Si Lolita todavía no está madura para quererle como él la quiere, habrá que tener paciencia y seguir tratándola con mucho mimo y cuidado. Ya llegará el día en que pueda segar, trillar y agavillar de una tacada. Por el momento tendrá que conformarse con verla como se excita al debatir sobre política.

viernes, 10 de julio de 2015

6.5. Ser incoherente no es una opción válida



   La política nacional no es precisamente, en estos días, el debate estrella en los mentideros locales, sino el plan del alcalde sobre las obras que deberían realizarse para salvar el poblado costero de la Marina de los embates de las olas. El proyecto de que se construya un puerto en el caserío marítimo y su posible impacto en la vida local pronto es motivo de comentarios y opiniones de toda índole. Aunque en la controversia se da una paradoja: los senillenses viven más bien de espaldas al mar pese a que solo dista tres kilómetros del pueblo. De hecho, lo visitan solo en ciertas festividades a lo largo del año: el día de San Juan, el de San Pedro, cuando la Virgen del Carmen o la Asunción, y para de contar. Lo de tomar baños de mar se considera una rareza propia de los señoritos de la ciudad y son contados los que tienen afición a la pesca. Quizá por eso, a la mayoría de los vecinos lo de que se pueda construir en la mar, como suelen denominar al Mediterráneo, es algo que les resulta un tanto distante y ajeno a su vida cotidiana. En la tertulia del café de Alejandro el Pipa las opiniones parecen mayormente hostiles a la idea de construir alguna obra que resguarde la costa.
- A mí me parece que construir un puerto en la Marina supone tirar el dinero.
- Estoy de acuerdo con Blay, un puerto… ¿para qué? Si no quedan más que tres o cuatro barcas de mala muerte.
- Si lo hacen a lo mejor vienen más – apunta el optimista de turno.
- No seas iluso, ¿de dónde van a venir? ¿Tú crees que los que se fueron al Grao de Valencia o a Denia van a volver? Ni hartos de vino, vamos. Por no venir no vendrán ni los de Gandía.
- Pero si hay un puerto –insiste, terco, el optimista – podrán también atracar barcos de carga.
- ¿Barcos de carga? ¿Y qué cojones van a cargar aquí?, ¿algarrobas, almendras, naranjas, cagarrutas…? No digas chorradas. En vez de gastarse la millonada que debe costar construir un puerto mejor harían en utilizarla para traer el canal del Ebro. Eso sí que sería una riqueza para el pueblo.
- Y a todo esto, ¿qué opinan los Arbós?
- Lo que les parezca a los Arbós me da la impresión de que ya pesa poco. Yo creo que ahora la opinión importante es la de Gimeno. Ese pájaro cada día tiene más fuerza y, según me han dicho de buena fuente, en Valencia lo valoran mucho.
- Suponiendo que eso sea así, ¿alguien ha oído decir algo al de la cooperativa?
   El silencio que sigue a la pregunta parece confirmar que nadie tiene ni idea de la opinión del jefe de Falange que apunta, cada vez más, maneras de cacique.
- Ese punto es muy zorro y a buen seguro que no abrirá el pico hasta que vea de donde soplan los vientos dominantes.
- Pues yo me atrevo a anticipar que seguro que no ve con buenos ojos la idea. ¿Qué de dónde lo saco? Fácil, como el plan es de Vives estoy convencido de que no lo va a apoyar. Sería la primera vez que José Vicente coincidiera en algo con Paco.
- Por una vez, os voy a llevar la contraria, yo creo que sería buena cosa para el pueblo que se construyera un puerto.
- No digas gilipolleces. Ya lo ha dicho Blay, cualquier cosa que se haga en la mar será como tirar el dinero.
- Sin faltar, eh, que yo no me he metido con nadie. Y no me apeo del burro. Si se hace el puerto será mucho mejor que si no se hace nada. Y teniendo en cuenta que eso lo patrocina Vives, un tipo que no da puntada sin hilo, ¿vosotros creéis que no tendrá previsto qué hacer con el puerto? Amos, anda.
   En cambio, en el café de El Porvenir, que suele acoger a lo más granado de la sociedad local, las discusiones sobre el plan son apasionadas y las opiniones están más repartidas.
- ¿Y qué les parece lo del puerto? – Esteller lanza la pregunta como quien suelta un globo sonda.
- ¿Pero no iban a hacer una escollera? – Siempre hay alguien fuera de onda.
- Parece que han pedido varias soluciones, una de ellas una escollera, efectivamente, pero Vives prefiere que hagan un puerto. Lo sé de buena fuente – responde el barbero.
- Dudo mucho que se construya un puerto. Sería demasiado arroz para tan poco pollo – afirma sentencioso Grau, el veterinario.
- ¿A qué viene eso del pollo, don Alfonso? – inquiere el barbero.
- Es una forma de hablar. En este caso el pollo serían la media docena de barcas de pescadores que restan.
- Cabe suponer que si se hace no será pensando en las que ahora hay, sino en las que puedan venir – apunta Bonet, el ferroviario.
- Sigo creyendo que construir un puerto, un refugio pesquero o lo que coño sea, por pequeño que fuera, sería una inversión ruinosa. Este es un pueblo que vive del campo y lo que hay que potenciar es la agricultura. Ahí es donde hay que invertir y no en la mar – remacha uno de los agricultores presente.
- Sois todos unos antiguos – Sanchís, el boticario tercia en la discusión -. Cualquier mejora que se haga en la Marina, sea la que fuere, tiene que repercutir favorablemente en la economía local. Y que pueda haber un puerto no supondrá ninguna rémora para la agricultura, antes bien todo lo contrario. Cuantos más y mejores medios de comunicación haya más y mejores salidas tendrán las cosechas. Lo que no tengo claro es a qué juega Gimeno en todo este tinglado.
- Yo se lo diré, don José – Esteller, bajando la voz para que no le oigan en las mesas contiguas, susurra -. Una persona, y me perdonarán pero no puedo decir el nombre, me ha soplado que José Vicente está como una pantera con lo del puerto y que va a mover todos los hilos habidos y por haber para cargarse el proyeto…
- Proyecto, Martín, proyecto – le corrige el boticario.
- Bueno, como se llame, pero parece cierto que el de San Isidro está que echa los bofes.
   Esa misma noche, en la tertulia privada en torno a la radio de Lapuerta, la primera pregunta que formula Bonet al médico es sobre el debate del hipotético puerto.
- ¿Qué opina usted de lo de la Marina?
- Pienso lo mismo que ha dicho Sanchís. Yo no lo hubiese explicado mejor. Estamos ante una situación idéntica a la del desvío de la carretera. Todo cuanto sea potenciar las comunicaciones es intrínsecamente bueno para el pueblo.
- ¿Y qué le parece que Gimeno se oponga?
- Que es malo para él y dramático para el pueblo. En este país, la estrategia de la mayor parte de los políticos de campanario que padecemos consiste en oponerse por sistema a lo que propongan sus rivales. Les importa un higo si lo propuesto es bueno para la comunidad, lo que vale es cargarse las ideas de los otros. Y así nos luce el pelo. La verdad es que José Vicente me está defraudando, le hacía más generoso y con mayor visión de futuro, pero si es verdad lo que nos ha contado Esteller, que lo que le mueve es darle en el plexo solar a Paco Vives sin importarle el bien del pueblo me hace desmerecerle mucho. Con políticos así, estamos condenados a la mediocridad durante décadas pues mucho me temo que la partida la ganará Gimeno.
   La controversia sobre la bondad de la construcción de alguna clase de defensa marítima en la costa de la Marina también llega a la trastienda de la Moda de París.
- ¿Qué os parece lo que se dice de hacer un puerto en la Marina? – pregunta Consuelo.
- ¿Un puerto? Lo que me ha llegado es que si van a construir una especie de escollera para que las casas queden resguardadas de las tempestades – comenta Fina.
- Sea un puerto, una escollera o lo que fuere, creo que será algo bueno para el pueblo, pues de esa forma la Marina quedará a salvo de las olas y la playa se regenerará más rápidamente. ¿No opinas lo mismo, Lolita? – inquiere Beatriz.
    La interpelada calla. De pronto se da cuenta de que está atrapada en una pura contradicción. Es consciente de que Beatriz tiene razón: la bondad de la obra, sea de la clase que fuere, parece indiscutible, pero ella está ayudando, de alguna manera, a que no se haga nada. La falta de coherencia que esa discordancia supone le produce una honda melancolía. Tendrá que replantearse si su apoyo a los planes políticos de Gimeno debería seguir adelante o no. Como suele repetir su madre: ser incoherente no es una opción válida.