domingo, 16 de junio de 2013

Verano. Comentarios


    Se acerca la mágica noche de San Juan y, como siempre, me voy a mi Senillar particular, a cambiar el tórrido clima mesetario por el suave de su costa; a gozar de sus limpias aguas, de su genuino codolar, de su paz y sosiego. Ni atascos en las calles ni multitudes en las playas. Un pequeño e ignoto paraíso.
  
   Aprovecho este post para informar que, pese a las tentaciones estivales, mantendré las entregas. Y para recordar a aquellos que siguen este blog que sus comentarios no sólo son bienvenidos sino muy apreciados, ya sean sugerencias, peticiones o, por supuesto, críticas. Como edito a medida que escribo no sé hasta qué punto las opiniones podrían influir en el desarrollo de la novela.

   Al final de cada episodio hay un rectángulo azulado en el que pone No hay comentarios o equis Comentarios. Pinchar. Se abre otra página en la que hay un recuadro para comentarios. Una vez escrito el texto pinchar en: Publicar.

   Para poder publicar hay que elegir la identidad con la que se publica (casilla “publicar como”). Hay varias opciones que aparecen en una lista: con alguno de los distintos tipos de cuentas, como anónimo o poniendo un nombre (el que se quiera) sin necesidad de tener ninguna cuenta (“opción: nombre/url”, no hace falta poner nada en url)

Feliz verano y gracias por estar ahí.

viernes, 14 de junio de 2013

1.8. Mañana queda muy lejos



   El ruido de la puerta al abrirse desvía la atención de Lorena puesta en la serie que están poniendo en la televisión. El semblante de Sergio lo dice todo. Da la impresión de ser alguien a quien la vida ha corneado una y otra vez. Sin embargo intenta mantener el tipo y procura dar a su voz un tono distendido:
- ¿A qué no sabes, churri, con quién me he vuelto a cruzar? Con el señor Francisco, me ha preguntado por ti
- Mira, Sergio, al Francisco que le vayan dando morcilla que bien te puso de patitas en la puta calle, lo que tenías que haber hecho es pedirle un curro.
- Ya lo hice y, de momento, no sabe de nada pero dice que algo se le ocurrirá - miente con tal de apaciguar a la mujer y, con tal de no tener la enésima bronca, cambia de tercio -. A lo mejor, las elecciones que se van a celebrar acaban con la crisis y vuelve a haber trabajo - especula.
- Eres más cándido que una ursulina, no sé cuándo te caerás del guindo. ¿Tú has visto alguna vez que los políticos arreglen algo?
- También es cierto. Esos sólo piensan en tener el culo pegado a la poltrona.
- O sea, hermoso, que habrá que hacer algo. ¿Te has pensado lo de mover hierba?

   Sergio no contesta, mira a un punto indefinido de la pared. Ante la falta de respuesta, Lorena cambia de tema:
 ¿Qué te han dicho los del carro?
- Que tenemos un marrón encima que te cagas. Si el próximo mes devolvemos otra vez la letra, la financiera se llevará el coche. Dicen que ya no pueden admitir más retrasos. O sea que la cosa está chunga.
- Entonces, ¿qué piensas hacer? - La pregunta suena un tanto innecesaria en labios de la mujer.
- ¿Qué pienso hacer? - repite Sergio para añadir en tono irritado - Querrás decir qué pensamos hacer ¿O, acaso, el coche es sólo mío?
- No sé por qué flipas, está a tu nombre - precisa ella.
- Que cacao tienes, Lorena, no me rayes que bastante tengo con lo que llevo encima. Si esto no cambia, y tal como está el panorama, nos vamos a quedar sin coche como tú te quedaste sin abuela.
- Pero, Sergio, si nos quedamos sin avío va a resultar más difícil encontrar curro, porque aquí está todo muy chungo, pero en Albalat y en Benialcaide todavía se puede encontrar faena. Y para eso necesitamos el carro, ese u otro, eso es lo de menos. Oye - Parece que a Lorena se le acaba de ocurrir algo -, ¿y no podrían quedarse con el coche y a cambio darnos otro menos fardón?
- Los de la financiera se dedican a cualquier cosa menos a hacer caridad. Se llevarán el coche y, lo que es peor, como se les vaya la olla ya veremos qué hacen con las letras que nos faltan pagar.
- Pues la hemos cagado - Y tras una pequeña indecisión pregunta - ¿No podríamos volver a pedir a tus viejos?
- Mis viejos, como los tuyos, están hasta las pelotas de prestarnos pasta. No les vamos a sacar ni un euro más. La última vez ya fueron bien claritos al respecto, de darnos money por la cara nanay. Bastante tienen con pagarnos esta mierda de piso y, tal como los tratas, cualquier día ni eso.

   La mujer no se da por aludida y cambia de asunto:
- La Jénnifer me tiene dicho que, cuando me pete, puedo currar en el bar donde trabaja. Casi no les pagan nada, pero se sacan buenas propis.
- Ni hablar, churri. ¿Qué iban a decir los colegas si consintiese que mi chica fuese por ahí enseñando pechuga y moviendo el trasero? Eso si no terminabas poniéndome los cuernos con algún tío.
- Se te va la olla, Sergio. Yo nunca te pondré los tochos, pero no dejo de pensar qué va a ser de nosotros – se lamenta Lorena con tono apesadumbrado.
- No te preocupes, cariño, algo se me ocurrirá - dice el joven mientras acoge entre sus brazos a la mujer, a la que estrecha fuertemente -. Si te sirve de consuelo esto no nos pasa sólo a nosotros. A todos los colegas que trabajaban en la obra los pusieron en la calle hace tiempo. Al último que se han cargado ha sido al Iván. Creía que por currar de segurata no le iban a tocar un pelo, pues esta mañana estaba en la cola del INEM.
- No es bueno alegrarse del mal de otros colegas, pero a la Yoli se le habrá quitado el careto de chula que lucía, que parecía que estaba montada en el dólar y sólo porque su rollete mantenía el curro.
 - Sí, claro... - Da la impresión de que el hombre no atiende demasiado la cháchara de su compañera -. Si quieres que te sea sincero, lo del coche ya es lo que menos me preocupa, lo que de verdad me raya es que a este paso no sé de qué vamos a vivir.
- Tendremos que ir adónde mis viejos. Mi madre dejó clarito que pavo ni uno, pero que a comer podíamos ir cuando quisiéramos.
- Bueno, olvidemos este rollo. Por el momento ve arreglándote que esta noche nos vamos de bares a ver si cogemos un pedo de la hostia. Así nos olvidaremos de lo chungo que lo tenemos.      
- ¿De bares dices? Si no tenemos ni pa pipas.
- Al venir para acá me he tropezado con el Jonathan. Venía de cobrar el finiquito. Dice que por cuatro talegos que le han soltado, lo mejor es que nos vayamos toda la basca de marcha y nos pongamos hasta las orejas de alpiste.
- Algo bueno tenía que pasarnos. A lo mejor incluso podemos pillar un poco de perico.
- De eso no hemos hablado.

   La mujer vacila, parece que algo sigue atormentándola.
 - No quiero ser una agonías, churri, pero sigo teniendo un cacao de la leche. ¿Qué vamos a hacer mañana?
    El hombre mira a su pareja y se encoge de hombros. Da la impresión de que esa es toda su respuesta, pero ante el gesto suplicante de ella contesta:
- ¿Sabes qué, reina mora? No estés de bajón, ni te comas el tarro. ¿Qué está la cosa chunga? Pues me la suda. De momento nos iremos de marcha y mañana…. Mañana queda muy lejos.

martes, 11 de junio de 2013

1.7. Se vende, se alquila



   Al tiempo que Francisco, el contratista que ofreció a Sergio su primer trabajo, cuenta a su colega Lisardo como conoció al joven, Pascual Tormo y los periodistas que le acompañan siguen su paseo por la costa de Senillar.  Además de los edificios a medio construir, suscita igualmente su atención la profusión de carteles colgados en terrazas y ventanas con idénticos contenidos: se alquila, se vende, se alquila con opción a compra…
- Como comprobaréis, más de media playa está en venta - ironiza Tormo.
- Igual que ocurre en todas las costas - corrobora el reportero.
- Sí pero aquí ese hecho es especialmente sangrante - se lamenta Tormo -. Y lo es porque Senillar descubrió el filón del ladrillo veinte años tarde y, por tanto, la crisis inmobiliaria le alcanzó cuando apenas comenzaba su despegue. Y no es lo mismo que le llegue la sequía a un árbol desarrollado que está firmemente enraizado que a uno cuyas raíces apenas han arraigado.    
- ¿Y por qué comenzó aquí el boom de la construcción tan tarde?
- Se nota que eres periodista en lo preguntón. Es muy largo de contar. A ver si esta tarde os presento a mi primo Julián que lo cuenta como nadie y os lo explicará con todo lujo de detalles.

   El fotógrafo señala la fachada del edificio que tienen enfrente al tiempo que comenta:
- Son curiosos algunos de esos carteles hechos a mano, da la impresión como si sus propietarios no se fiasen mucho de las agencias inmobiliarias.
- En algún caso no me extrañaría nada. Muchos de ellos son de gente del pueblo y  mis paisanos se fían poco de los intermediarios. Por cierto, que bien satisfechos estaban cuando los adquirieron. Aquí, como en todo el país, hasta hace cuatro días el negocio más saneado que podías hacer era comprar un piso en plano y venderlo cuando te daban las llaves, e incluso antes. Invertir en la construcción era como ver crecer la hierba; bueno, en este caso el dinero. Senillar puede ser un ejemplo de cómo la especulación inmobiliaria y la codicia llevaron a los individuos, incluso a los más sensatos, a cometer disparates increíbles.
- ¿Podrías darnos en un par de pinceladas una imagen de cuál es el estado actual del pueblo? Lo más sintético posible, por favor.
- De forma telegráfica: Senillar, localidad costera valenciana casi en el límite con Alicante. Algo más de cinco mil habitantes con casi un quinto de extranjeros, algunos ilegales. Durante el verano la población aumenta un ochenta por ciento. Economía estacional basada en el turismo y los subsidios. Con un paro cercano al veintinueve por ciento. Se creyeron millonarios durante el boom y, hoy, se sienten deprimidos con la crisis. ¿Algo más?
- Envidiable capacidad de síntesis. Los extranjeros, ¿de dónde proceden?
- Un poco de todas partes. Los residentes son en su mayoría europeos, sobre todo ingleses, alemanes y franceses. De los que llegaron buscando trabajo y se quedaron los que más abundan son magrebíes y rumanos. Había muchos ilegales, pero cuando pararon las obras se fueron bastantes.
- Y los que quedan, ¿qué hacen?
- Ya os lo podéis imaginar, malvivir. De vez en cuando encuentran algún trabajo temporero en el que les suelen pagar un salario de hambre y, por supuesto, sin ninguna clase de contrato ni seguridad social. Pese a ello muchos prefieren quedarse porque en sus países están mucho peor.   

      Tras tomar unas notas en su moleskine, el periodista pregunta:
- Pascual, has dicho que la economía es estacional y se basa en el turismo y los subsidios, danos una explicación algo más amplia.
- Éste era un pueblo que, básicamente, vivía de la agricultura. Cuando comenzó el boom inmobiliario su economía pasó a depender del ladrillo. Al pincharse la burbuja inmobiliaria, hoy la única fuente de ingresos son los veraneantes, pero eso sólo ocurre durante la canícula. El resto del año el dinero que entra procede de los subsidios públicos: pensiones, desempleo, etcétera. La gente sobrevive gracias a las relaciones familiares, todavía sólidas, y a las pensiones de los jubilados. Sin las subvenciones, muchas familias no tendrían ni para comer. Esa es una más de las pesadillas sobrevenidas con la crisis.
- Y que nadie sabe cuándo va a terminar.
- Esa es otra. De momento, ni brotes verdes, ni se ve la luz al final del túnel, ni ninguna de esas frases hechas que tanto gustan a los políticos y que van soltando a voleo pensando que los ciudadanos son tontos.
- Ah, pero... ¿acaso no lo son?

viernes, 7 de junio de 2013

1.6. ¿Por qué cayó Sergio?



   Mientras Tormo cuenta a los dos reporteros las circunstancias en las que se construyeron algunos de los edificios de la costa, en el bar del pueblo, donde siguen sentados Sergio y la pareja de jubilados, se ha instalado el silencio. El camarero tarda en llegar y el mutismo comienza a resultar incómodo. Lo rompe Francisco:
- ¿Y qué hicisteis con aquel piso tan majo que comprasteis en los Arrayanes? Todavía me acuerdo de lo contento que te pusiste cuando te dije que podías distribuir la instalación como te petase - Francisco está al cabo de la calle de lo que pasó con el apartamento, pero es una manera de romper el silencio y ayudar al joven a que se sienta menos violento mientras traen la comanda.
- Terminaron desahuciándonos y se lo quedó la caja, todavía les debo un montón de pasta que, tal como está el patio, la van a cobrar cuando las ranas críen pelo - Sergio termina la frase con una ronca carcajada que suena más a desesperanza que a burla.
- Bueno, Dios aprieta pero no ahoga, como suele decirse. Eso de los desahucios está muy de moda. No hay día que no se vea a los del juzgado en compañía de los municipales llamando a alguna puerta. Es como una epidemia, llega a todas partes. Mira, esa es una de las pocas ventajas que tenemos los viejos, como nuestras hipotecas terminamos de pagarlas hace un porrón de años ya no pueden desahuciarnos, pero la gente joven la verdad es que lo tenéis jodido.

   Inopinadamente, interviene Lisardo que, con gesto agrio y voz un tanto áspera, exclama:
- A quienes tenían que echar de sus casas y desahuciarles hasta los calzones es a los cabrones usureros de los bancos y de las cajas que son los que tienen la culpa de todo. ¡Me caguen sus muertos! - apostrofa airadamente.
- Es que Lisardo es uno de los que han timado con la estafa esa de las preferentes - justifica Francisco -, de ahí su cabreo. Y tiene toda la razón del mundo para quejarse – El antiguo patrón de Sergio prefiere dar un giro al sesgo que ha tomado la conversación y pregunta -. Oye, ¿y dónde vivís ahora? 
- En un piso de los del barrio viejo. Mejor que un piso habría que decir que es un tabuco, pequeño, mal ventilado, sin luz…; en fin, un antro, pero es lo único que podemos pagar y gracias a que mis padres nos ayudan, que si no ni eso.
- Tu abuelo era Andrés el Punchent, ¿verdad? - interroga Lisardo que, ante el mudo asentimiento del joven, añade -. Una gran persona tu abuelo, muy trabajador y un hombre cabal.
- Oye, hablando de tu abuelo que en gloria esté, ¿y por qué no te has ido a vivir a su casa? Es vieja pero espaciosa - afirma Francisco.
- Ya no es de la familia. A mi abuelo lo convencieron para que hiciera una hipoteca inversa sobre la casa y cuando murió se la quedó la aseguradora. Ni mi madre ni sus hermanos reunieron dinero suficiente para rescatarla.

   A todo eso, llega el camarero con la comanda. Sergio, despreciando de momento el vino, devora el bocadillo en un santiamén. Tal es su ansia que hasta se atraganta un poco. El señor Francisco mira de reojo a Lisardo quien parece leer el mensaje que hay en sus ojos y hace un gesto de asentimiento.
- Pepe - vuelve a llamar al camarero -, tráenos unas almendras y otro bocata.
- Los calamares se han terminado, señor Francisco, tendrá que ser de chóped o de panceta.
- De lo que sea, pero no que no racaneen en la medida.
- Gracias, señor Francisco - la mirada vidriosa de Sergio parece que se ha vuelto un tanto húmeda.
   En cuanto termina el segundo bocadillo, Sergio se despide de la pareja de jubilados, no sin antes volver a pedir:
- ¿Me dan otro cigarrito?
  
   Nada más alejarse Sergio, Lisardo pregunta:
- Oye, Paco, y si ese chico era tan bueno como dices, ¿por qué  lo despediste?
- Verás, durante unos años fue de lo mejorcito que tuve, cumplidor, honrado, servicial, con iniciativa; con decirte que con poco más de veinte años lo hice capataz está dicho todo. Todo eso desapareció cuando empezó a empinar el codo más de lo debido. Luego llegaron los porros, las pastillas, la coca y, según me contaron, al final se metía todo lo que pillaba. Total, que comenzó a llegar tarde y alguna vez ni siquiera apareció por el tajo. Encima los días que venía o estaba con resaca o medio zumbado por la droga. La cuadrilla que dirigía se le fue de las manos y tuve que rebajarlo a peón. Hasta que Dimas, pese a que le caía muy bien, dijo que hasta aquí hemos llegado. No me quedó otra que darle el finiquito. Ah, y un detalle, podría haberme llevado a la magistratura de trabajo por despido improcedente, pero no lo hizo. Al final tuvo la suficiente vergüenza torera. Por eso me sigue pareciendo buena gente.
- ¿Sigue enganchado?
- Mi sobrina Verónica me contó que sus padres le pagaron, y también a su chica, una cura de desintoxicación, pero ya sabes que hablar de rehabilitación total de un drogadicto es mucho decir. Y lo más curioso es que ahí donde lo ves, con esa pinta de drogata que echa pa tras, iba para ingeniero y mira como ha terminado.
- La droga es terrible. Convierte a un hombre cabal en una piltrafa.
- Antes que la droga, la culpa la tuvo el putón verbenero con la que se juntó. Una chica de los Vercher, los debes de conocer. Le sorbió el seso, que el chico lo tenía y con mucho fundamento, y cambió los estudios por un trabajo de instalador. Era competente y por eso ganó sus buenos dineros, pero entre la moza, que es de las que tienen un agujero en cada mano, y las malas compañías con las que se juntaron ya ves cómo ha terminado: sin estudios, sin trabajo, sin piso y medio colgado del canuto o no sé si de algo peor.
- ¡La puta crisis! - acusa rotundamente Lisardo.
- ¡Qué coño, es muy fácil echarle la culpa de todo a la crisis! - se revuelve Francisco -. Cierto es que ha ayudado mucho al desastre, pero no es la única causa de que el Sergio se echara a la mala vida. Al menos en este caso hay otra culpable, ya te lo he dicho, la pájara con la que se encoñó. Una moza con mucha pechuga y poca cabeza, esa es la que lo ha llevado a la ruina. Cuando un tío se junta con una mala mujer casi siempre acaba jodido y bien jodido.
- Me has hablado de la vida del Sergio a cachos, un día me la has de contar entera – pide Lisardo.
- Es una historia más larga que un día sin pan y más triste que la Dolorosa. Verás, la primera persona que me habló de Sergio Martín fue…

martes, 4 de junio de 2013

1.5. Tente mientras cobro


   Pascual Tormo señala a la pareja de periodistas que le acompañan lo que, en su opinión, es la causa de que en Senillar se haya abandonado la agricultura. Apunta a un paisaje de construcciones residenciales que contraponen su estampa a la brillante lámina añil del Mediterráneo; bloques anaranjados en los que domina el ladrillo, grisáceos cuando lo que predomina es el hormigón y de colores chillones en otros casos.

   Es un panorama parecido al de otros muchos parajes de la masificada costa mediterránea, sin embargo, a los periodistas lo que les llama la atención son los edificios sin terminar por el aire de desaliño y hasta de abandono que prestan al paisaje. Aquellos en las que sólo se ve la estructura parecen esqueletos de viviendas, conatos de construcciones, osamentas de futuros apartamentos veraniegos, promesas de segundas residencias como las sigue denominando la prosa publicitaria. En muchos de esos bloques todavía se yergue alguna grúa que parece la guardiana de la obra y que es mudo testigo de lo que promotores, constructores y políticos aseguraron en los primeros meses del dos mil ocho, cuando se produjo la inopinada y repentina interrupción de las obras: esto no es más que un parón transitorio, cuando los bancos y cajas vuelvan a abrir el grifo del crédito las obras se terminarán.

   Han transcurrido cerca de cuatro años y las grúas siguen allí, inmóviles, silenciosas, sin vida. En algunas una carretilla, colgada de la pluma, oscila como un péndulo cuando el viento sopla con algo de fuerza. Cerca de los bloques inacabados se levantan otros terminados; muchos de ellos son construcciones en las que sus promotores no han sido demasiado exigentes con la estética y la calidad. Lo que proclama la razón de ser de todos aquellos edificios lo marca claramente su orientación: casi todos miran hacia el mar, que se puede ver desde la terracita con que cuentan la mayoría de los apartamentos. Ver el mar desde el salón de casa era uno de los mejores ganchos de los promotores de las urbanizaciones costeras.  Apartamento con vistas al mar, como rezaba la propaganda que inundaba los medios. También se ven algunas hileras de viviendas unifamiliares adosadas que son como las guindas de adorno de los amazacotados flanes de ladrillo que conforman los bloques.

   Tormo sugiere a sus acompañantes:
- Supongo que querréis echarles un vistazo de cerca.
- A eso hemos venido, pero espera un momento que voy a sacar unas panorámicas desde esta posición - El fotógrafo saca del coche una cámara y cambia el objetivo por otro de mayor ángulo. El contorno de las construcciones, visto desde la distancia, parece uno de aquellos recortables que hacían las delicias de la infancia de los años cincuenta.
- Pararemos aquí - indica Tormo -. Os enseñaré más de cerca una colonia típica de esta zona y podrás seguir haciendo buenas fotos.
  
   La urbanización es un batiburrillo de construcciones en diferente estado de edificación: hay bloques terminados, otros a medio construir y, sobre todo, muchos solares acotados pero vacíos. De cerca se comprueba que no todas las edificaciones son iguales. Unas parecen de cartón piedra. Otras, son más aparentes y cuidadas. En cada bloque no suelen faltar dos piscinas, una para adultos y otra para niños, y algunas hasta tienen una pista de pádel o de tenis y un remedo de escuálido jardín.
- Oye, Pascual, ¿Por qué son tan horrorosamente feas algunas construcciones? - inquiere el reportero gráfico -. Hay edificaciones que no están mal pero, por ejemplo, esa de ahí parece uno de esos inmuebles que se construyeron en los años cuarenta y a los que se conocía como casas baratas.
- Porque algunos de ellos había que construirlos a toda prisa, con la menor inversión posible, venderlos lo más rápido que se pudiera y como consecuencia de todo ello los arquitectos no se rompieron demasiado los cuernos en su diseño. Algunos de esos edificios responden a ese españolísimo refrán de tente mientras cobro - contesta Tormo irónicamente.

viernes, 31 de mayo de 2013

1.4. Visitando Senillar

   En la misma mañana que Sergio se ha tropezado con su ex patrón, está saliendo de Senillar en dirección a la playa Pascual Tormo, profesor universitario natural de la localidad, que acompaña a dos periodistas cuyo objetivo es hacer acopio de información para unos reportajes sobre proyectos urbanísticos fallidos al pincharse la burbuja inmobiliaria.

   En el corto trayecto que hay desde el pueblo a la costa van dejando atrás lo que antaño eran feraces huertas de tierra campa y ahora parecen retales áridos plagados de hierbajos. Algunos huertos de naranjos tienen los árboles secos debido a la plaga de la tristeza y los que se han salvado de la epidemia se muestran descuidados y llenos de chupones.

   De vez en cuando algunos huertecillos divididos en eras con distintas clases de verduras son como pequeños oasis en un desierto de abandono. Los regueros de mampostería, que a menudo servían de límite entre los distintos campos, también se están desmoronando, no queda en ellos el menor vestigio del agua que había corrido por sus cauces. Hasta los caminos que serpentean para acceder a cada uno de los diminutos huertos están desdibujándose invadidos por la maleza.
- Supongo que estos campos no habrán estado siempre así - señala uno de los periodistas.
- Por supuesto. Habrías tenido que conocerlos cuando yo era niño. Daba gloria verlos, llenos de hortalizas, de frutales…  Estaban tan cuidados que más que huertos parecían jardines - En el tono de Tormo parece fluir todo un mar de añoranza.
- ¿Y por qué los dejaron yermos? - quiere saber el reportero.
-  Por el ladrillo y el turismo, pero su decadencia comenzó antes de la explosión turística, que aquí ocurrió muchos años después que en la mayoría de los municipios costeros. La agricultura es muy exigente y siempre tiene unas perspectivas económicas inciertas. El éxito de las cosechas depende del tiempo, de los mercados, de la competencia y, a veces, hasta de las modas alimentarias. Y hace ya bastantes años, los jóvenes comenzaron a desentenderse de la tierra y decidieron trabajar en la industria, el comercio, los servicios... Cualquier cosa menos el campo.
- No lo comprendo - se extraña el fotógrafo -. Por lo que nos has contado aquí la mayoría de la gente posee una o varias fincas. ¿No es mejor trabajar para uno, ser tu propio patrón, antes que rendir cuentas a otro?
- Por los resultados no parece que sea así - rebate Tormo -. Aquí, como en toda tierra de garbanzos, la gente prefiere trabajar bajo techado y, sobre todo, tener un salario seguro. Además, las fincas suelen ser más bien pequeñas y eso lo complica todo porque dificulta su mecanización, y con el alto coste de la mano de obra los gastos casi siempre superan a los ingresos. Si a ello le añades que el agua de riego es cada vez más cara y encima los pozos que están cerca de la costa comenzaron hace tiempo a presentar altas cotas de salinidad el resultado es que cada año la agricultura es menos competitiva. La consecuencia es la que ves, unos campos convertidos en eriales.
- Sé los múltiples problemas que actualmente tiene el campo, pero la economía es cíclica, unas veces sube y otras baja. Algún día terminará esta maldita crisis y volverá un ciclo positivo, por eso sigo sin entender por qué abandonaron la agricultura de forma tan concluyente.

   Tormo levanta la mano y extiende el índice apuntando hacia la franja azul que limita el horizonte de Senillar por el este.
- La abandonaron por eso.

martes, 28 de mayo de 2013

1.3 Sergio afronta el pasado


La sorpresa de Sergio al encontrarse con Francisco, el hombre que le ofreció su primer trabajo, resulta un tanto forzada.
- ¡Señor Francisco, qué sorpresa! La de tiempo que hace que no le veo – Miente. Le avergüenza confesar a su anterior patrón que le ha visto otras veces, pero ha eludido su encuentro. – Siento haberle molestado.
- Hombre, tampoco es eso. Una cosa es que tuviera que despedirte y otra que guarde mal recuerdo de ti, que no es el caso. Fuiste uno de mis operarios más solventes y, después de Dimas, el mejor capataz que tuve.
- ¿Cómo está Dimas, sigue en el tajo o también se jubiló?
- Ahora está prejubilado, el año próximo, que cumplirá los sesenta y cinco, se jubilará.
- Ya me enteré de que tuvo que cerrar la empresa.
- ¡No me quedó otra que echar el cierre por la puta crisis de los cojones! Hice un ERE y luego otro y otro hasta que nos quedamos solamente Dimas y yo. En ese momento vi que aquello no tenía remedio, pacté con él su prejubilación y cerré el chiringuito. Y ahora, ya me ves, de jubilata como aquí el amigo Lisardo. ¿Te acuerdas de él?, llevaba las subcontratas de los alicatados en los buenos tiempos.
- Claro que me acuerdo, ¿qué tal, señor Lisardo, cómo está?

   El viejo encoge los hombros en un ademán que puede significar cualquier cosa, pero no abre la boca.
- Bueno, Sergio, ¿y qué haces ahora, cómo te va?
- Como me ha de ir, señor Francisco, de pu… - El joven se corta - pena. No es que no haya trabajo es que por no haber no hay ni chapuzas.
- Sí que está la cosa jodida, sí, pero eres joven y tienes toda la vida por delante, algo te saldrá. Además, tú tenías estudios y eso siempre ayuda. Por cierto, la última vez que vi a mi sobrina Verónica y pregunté por vosotros me contó que Lorena estaba de camarera en un merendero de Benialcaide, ¿sigue allí?
- Echa horas allí los fines de semana, pero no tiene nada más. ¿No sabrá usted de algún curro?, estoy dispuesto a trabajar de lo que sea, lo mismo de instalador que en cualquier otra faena.
- Ya te digo que estoy de pensionista y todos los que conozco del oficio han cerrado y se han jubilado como yo, otros están en la lista del paro o han echado a todo el personal que tenían. El último que ha enviado al INEM al oficial y los dos peones que le quedaban ha sido el Salvador, ¿te acuerdas de Salvador?, el Millonario solíamos llamarle. Así está el patio.

   Lisardo, al fin, abre la boca para preguntar a Sergio:
- ¿Qué quieres tomar, una caña o un vino?
- Un vino me apetece más, pero voy a tener que decirle que no. Casi no he comido nada desde que me levanté y con el estómago vacío me puede sentar como un tiro.
- Hombre, eso tiene solución, al vino se le puede acompañar con un bocata de algo - apunta el señor Francisco que, sin pensárselo dos veces, llama al camarero y encarga otras dos cañas, un tinto y un bocadillo de calamares que allí los hacen muy ricos.

   Mientras llega el camarero con la comanda, los dos jubilados contemplan a hurtadillas a Sergio. Todavía es un hombre joven, pero los sinsabores y una vida desordenada comienzan a pasarle factura. Pese a todo, su cara conserva un aire como de buen chico, de alguien en quien se puede confiar, de ser una persona que, pese a que la vida lo haya corneado, todavía conserva una cierta aura de la ingenuidad y la nobleza de cuando era adolescente.