martes, 12 de agosto de 2025

32. “El masover”. De Paqui a Sisca

   La asiduidad de las visitas de las masoveras a casa de los Clavijo ha hecho que la relación entre ambas familias se haya estrechado, especialmente la de Rosario y Paca, que han terminado haciéndose amigas. En muchas ocasiones, Paquita –a la que suelen llamar Paqui- acompaña a su madre en las visitas a la Fábrica, aunque como es muy tímida apenas si abre la boca. La niña es de mediana talla y constitución fibrosa. Tiene el pelo castaño que usualmente peina con trenzas rematadas por lazos de colores. La carita ovalada y la frente despejada, cejas bien trazadas y ojos del color de la miel que se corta en otoño. Nariz recta y boca bien dibujada que alberga unos dientes parejos. En los pómulos tiene un racimo de pecas que le hacen la cara más aniñada de lo que realmente es, pues tiene solo unos meses menos que Zaca. Su rostro lo remata una barbilla voluntariosa. En cuanto a su tez es de un blanco marfileño con tornasoles dorados. No es una beldad, pero tiene su aquel. Su carácter es contradictorio, y en ocasiones hasta espinoso, pues unas veces se muestra como una pubilla ególatra, caprichosa y malcriada y, en otras, como una muchachita gentil, tímida y tierna.

   Zaca considera a la masovereta –así la llaman en el pueblo- un muermo a la que no hay manera de sacarle una palabra, y cuando se dirige a ella lo único que consigue es que se ponga colorada como un tomate y que balbucee palabras ininteligibles. Por lo que hace tiempo que desistió de mantener cualquier tipo de relación con la chiquilla.

   La construcción de la casa de los dueños del Mas del Canònge va concluyendo, y en el momento en que los albañiles colocan una bandera en el tejado, indicio de que la construcción ha terminado, a las pocas semanas los dueños dan una modesta fiesta para celebrar el hecho. Del pueblo solo hay tres familias invitadas: la de don Eulogio, pues de soltero estuvo de médico en Benlloch, y conoce a los Villalonga, su hermana Sole y los Clavijo, sus vecinos más cercanos. Es la ocasión en la que Paqui se ha soltado la lengua, quizás animada por el moscatel que ha acompañado a las pastas caseras. Y en la charla que ambos chicuelos mantienen, la muchacha hasta se atreve a preguntar.

   -¿Y tú que quieres ser de mayor?

   -Probablemente, seré maestro de escuela, como mi tía Emilia y mi tío Paco.

   -Mal oficio es ese. Hace unos meses, la abuela echó a un peón por mal trabajador y al despedirlo le dijo que con lo vago que era iba a pasar más hambre que un maestro de escuela.

   -Y qué sabrá tu abuela de los maestros. La tía Emilia es maestra y nunca ha pasado hambre. Y el tío Paco también ha sido maestro y es rico –es patente que a Zaca le ha molestado lo de que pasas más hambre que un maestro de escuela.

   -Mi abuela sabe de todo. Es capaz de contar hasta más de mil y se conoce la tabla de multiplicar de memoria.

   -También la conozco yo y no voy diciendo que los masoveros pasen hambre –el chico decide cambiar de conversación y le formula la misma pregunta que le hizo la muchacha-: ¿Y tú que piensas ser de mayor?

   -Masovera, como mi madre y mi abuela.

   -Pero masovera no es un oficio.

   -¡Anda que sí!, claro que lo es, y si tienes un mas como el nuestro buenos duros que te sacas.

   Esta niña, además de tonta del culo, es más ignorante que un carbonero, piensa Zaca. Vaya mamarrachadas que dice. Y decide fastidiarla[CM1]  por donde a él le duele.

   -¿Y a ti por qué te llaman Paqui? Nombre más vulgar no hay.

   -Para que no me confundan con mi madre.

   -Pero, ¿quién va a confundirse entre una mujer mayor y una cría como tú?

   -No soy ninguna cría, tengo once años –protesta, airada, la muchacha, que añade-: Paqui no es un nombre feo, a mí me gusta.

   El muchacho pretende chinchar a la chicuela y se pone en plan doctoral.

   -Vamos a ver, Paca es un hipocorístico, o forma diminutiva y familiar, del nombre propio femenino Francisca. Es decir, Paca es una alternativa cariñosa e informal de Francisca. Por consiguiente, en lugar de Paquita deberías llamarte Francisquita, nombre que es más cursi que un repollo con lazo, tanto que hasta los tontos se reirían de la chica que lo llevara. Deberías tener un nombre que suene a más moderno, más chic. Déjame pensar y buscar un nombre que te cuadre porque lo de Paquita o Paqui espanta hasta los mosquitos. Veamos, Francisquita… Te podrías llamar Francis o, más corto aún, Fran…, pero también pueden ser nombres de chicos, y lo que te faltaba, que te confundieran con un mozo. Otro nombre podría ser Quita, pero el cachondeo que se armaría al llamarte así sería morrocotudo ¿Sabes qué…? Ya sé cómo te llamaré, al hijo de Pepa la de Amparo, que ayuda a madre, le llamamos Sisco. Así te voy a llamar,  Sisca que suena a nombre moderno y hasta extranjero. Lo de Paqui se ha terminado. Y no es necesario que me des las gracias. No lo hago por ti, sino por tu madre, que se ha hecho amiga de la mía.

   Y ahí termina el esperpéntico diálogo entre ambos chiquillos con resultados muy diferentes. Zaca se reafirma en su opinión de que la niña es tonta del culo y una ignorante como la copa de un pino. Paquita, en cambio, y tras el enfado con el muchacho por haberla llamado cría, queda encantada con el nuevo nombre. Lo de Sisca le ha gustado, no conoce a ninguna chica masovera, ni siquiera del pueblo, que se llame así. Y si el hijo de la señora Rosario, que va para bachiller, le ha puesto ese nombre por algo será. Y piensa que, aunque se cree un sabelotodo, en el fondo es majo y tiene un no sé qué que le hace diferente de los chicos que conoce.

   Llega septiembre y Paqui, que así continúan llamándola todos, pues solo es Sisca para Zaca, es escolarizada. Le toca la clase de doña Visentica, una maestra natural de Villanueva de Alcolea, pero que hace muchos años que ejerce en el pueblo. La masovereta  choca pronto con su maestra, que  es extremadamente religiosa y la chiquilla muy poco. De hecho, ni siquiera ha hecho la primera comunión, algo que, cuando se entera, escandaliza a la docente que se empeña en que tiene que ir al catecismo a prepararse para recibir el sacramento de la eucaristía. Como la niña se niega, doña Visentica llama a la señora Paca y le pide que obligue a su hija a acudir al rebañito parroquial para recibir el adoctrinamiento necesario. Se topa con la sorpresa de que la madre sostiene que eso lo tiene que decidir la xiqueta y que ella no la va a obligar a ir a la iglesia si no le apetece. Consecuencia del enfrentamiento es que la maestra la posterga y las alumnas la acosan y le hacen el vacío bautizándola como la masovera atea. Todo lo cual redunda en que asistir a la escuela se convierte para la niña en un calvario. Hasta que llega un momento en que no puede más y dice a su madre que no piensa volver al colegio ni aunque la lleven a rastras. Ni la madre ni el padre, que también ha intervenido en el asunto, consiguen que la chiquilla cambie de opinión. Al final, es la abuela Julia la que zanja la cuestión.

   -Si la xiqueta se empeña en no volver a la escuela porque su maestra quiere convertirla en una meapilas, estoy de acuerdo con ella. Ya le enseñaré yo las cuentas necesarias para que, cuando le toque, sepa llevar el Mas como Dios manda -Cuando las tensiones llegan al límite, no importa el asunto que sea, en casa de los Villalonga la palabra de la abuela es la última.

   La señora Rosario, enterada de las contrariedades de la masovereta pregunta a Zaca qué se cuenta en la escuela sobre los problemas de la chica.

   -Murmuran que se ha trabado de cuernos con Sor Vicenta por no querer hacer la primera comunión.

   -¿Quién es Sor Vicenta?

   -Doña Visentica, que más que una maestra parece una monja.

   -Pobrecita, que mala suerte ha tenido. No me he atrevido a preguntar a la señora Paca qué piensan hacer.

   Días después del diálogo entre madre e hijo, la señora Paca visita a los Clavijo para despedirse, se vuelven a la masía. La marcha de los Villalonga es un mazazo para los Clavijo, pues además de perder a unos buenos amigos se quedan sin las dádivas que tan bien les venían. La llumera se despide de los masoveros, lamentando su partida y deseándoles lo mejor en el futuro. Zaca no tiene ocasión de decirles adiós, pues estaba ausente cuando les visitó Paca. Rosario saca la impresión de que los masoveros del Mas del Canònge se van para no volver. Se equivoca.

   Unas semanas después vuelven los Villalonga al pueblo para tramitar unas gestiones en el ayuntamiento, y ante la sorpresa y la gratitud de Rosario les llevan una vez más una muestra de sus cosechas y ganados. Preguntada la masovera sobre qué van a hacer con la educación de la xiqueta, la respuesta es que la abuela Julia será la encargada de que prosiga con su formación académica, que bastará con que sepa leer y escribir de corrido y, sobre todo, que sepa manejarse con las cuentas, lo demás importa poco. Pasan los días, transcurren las semanas y meses después una tarde, desde el inicio del pasillo que hace las veces de recibidor, una voz conocida dice la fórmula habitual en el pueblo al entrar en una casa:

   -Ave María Purísima.

   Rosario, que ha reconocido la voz, grita desde la cocina:

   -Sin pecado concebida. Pasa, pasa, Paca, sin miramientos.

   La masovera entra en el comedor acompañada de su hija. Trae una cesta que deposita en manos de Rosario.

   -Como sé que a veces vas estreñida te he traído unas espinacas que son mano de santo para el estreñimiento. Y además, una docena de huevos y un queso de cabra, curado en aceite, que ya verás que bueno es.

   -Que detalle, Paca, cuanto te lo agradezco. No sé qué puedo darte para corresponderte, no se me ocurre nada.

   -Quita, quita, Rosario, no tienes que darme nada. Es solo un pequeño detalle de buena vecindad. Y ya me das tu amistad que eso es algo que no se paga con dinero.

   -No sabes cuánto me alegro de verte, Paca. Te encuentro muy bien, incluso más joven. Y tú, Paquita, estás hecha toda una moza, hay que ver lo que has crecido y lo guapa que te has puesto.

   Lo que ha conseguido Rosario con sus elogios es que el arrebol de las mejillas de la muchacha se coloree más intensamente y que apriete fuertemente los labios en señal de que no piensa decir ni pío. Sigue siendo tan vergonzosa como siempre, piensa Rosario.

   -¿Y se puede saber a santo de qué estáis en el pueblo?

   -Estamos para quedarnos otra vez porque a Paquita, por mediación de don Eulogio, le va a dar repaso –así llaman en el pueblo a las clases particulares- la maestra doña Carlota, al menos durante este curso, el próximo ya veremos.

   -Cuanto me alegro de volver a teneros de vecinos. Y cualquier cosa que necesitéis ya sabéis, nos tenéis a vuestra disposición, los amigos estamos para eso.

   Pasado un rato de charla trivial, la señora Paca envía su hija a casa, pues quiere hablar sin su presencia. Lo que cuenta a Rosario es una historia propia de adolescentes, acentuada al tratarse de una hija y nieta única, de una pubilla que heredará una saneada fortuna.

   -Estamos muy disgustados, Rosario. La xiqueta se ha hecho una adolescente insoportable, respondona y malcriada, hace lo que le da la gana y no hay quien le aguante. Ni siquiera la abuela, y mira que tiene genio, ha sido capaz de hacerse con ella. Precisamente, ha sido la abuela la que ha pensado que quizás una nueva maestra la pueda domar. Como ya no tiene edad de ser escolarizada hemos recurrido a las clases particulares. A ver si  doña Carlota, además de intentar domarla, consigue que lea y escriba de corrido y maneje bien las cuatro reglas…  Porque si no, ¿cómo se va a manejar por el mundo? Algún día será su responsabilidad gobernar el patrimonio familiar y no lo va a poder hacer teniendo una formación tan pobre como la que tiene.

   No creo que nadie la dome, piensa Rosario. Se equivoca y el domador será la persona más imprevista. Pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que la trama fluya a su propio ritmo, y démosle tiempo a Paqui para que vaya asumiendo, entre otras cuestiones, que tiene un nuevo apelativo, Sisca, al menos para el mayor de los Clavijo. ¿Los nombres cambian a las personas o son éstas las que influyen en los nombres? ¿Ese cambio, mínimo en apariencia, tendrá consecuencias? Está por ver si las hay y, si ocurre, cuáles serán. En cualquier caso, de Paqui a Sisca, hay todo un mundo de diferencias o, al menos, eso parece.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 33 de la novela “El masover”, titulado: Les festes de Sant Antoni i Santa Llúcia

 [CM1]

martes, 5 de agosto de 2025

31. “El masover”. Fiestas patronales

 

   Las primeras elecciones generales convocadas por la II República en junio del 31, han coincidido con los exámenes de primero de bachillerato del mayor de los Clavijo, por lo que el muchacho no les ha prestado ninguna atención; su cabeza y su interés están en lo que deben de estar: en los exámenes. No les ocurre lo mismo a los asistentes a la terraza del Pincho que, desde la llegada de la República, más que jugadores de ajedrez se han convertido en tertulianos y lo que está ocurriendo en el país es su leitmotiv más recurrente. Las noticias políticas discurren para el chaval sin que les preste la menor atención, pues el verano le brinda la posibilidad de estar mayor tiempo con sus amigos y eso es lo que cuenta para él. Sin embargo, en el plano político el primer Gobierno republicano continúa tomando medidas de un sesgo claramente izquierdista, y una de las que causa mayor impacto, no tanto en la sociedad civil pero sí en el ejército, es la de clausurar la Academia General Militar de Zaragoza, desatando el enfado de la mayoría de la oficialidad, pues en ella se fragua el espíritu de compañerismo, una de las virtudes castrenses más acrisoladas.

   Agosto es un mes en el que un buen número de pueblos de la vieja piel de toro celebran sus fiestas patronales. En el calendario agrícola del levante español, agosto es, en cierto modo, un mes de transición: los cereales se segaron ha tiempo, es pronto para las siembras de los cultivos de invierno y la plantación de hortalizas y verduras no es una cuestión crucial. Debido a eso, es un mes magnífico para tener unas jornadas de holganza, y qué mejor que descansar disfrutando de unos días de alborozo y festejos. En ese supuesto está el pueblo de Torreblanca, del que es santo patrón San Bartolomé, uno de los doce apóstoles de Jesús, y cuya festividad se celebra el día 24. En esa fecha, o a veces un día antes, comienzan las fiestas patronales que la juventud local espera con ansia, dado que en unos días se concentran más festejos que en el resto del año. Hasta ahora, al chico de los Clavijo las fiestas de agosto le decían poco, pero este año, por primera vez, participa en la algazara que mete la chiquillería. Acompaña a la charanga que, de madrugada, toma parte en la despertà. Acude a ver pasar la entrada de los toros y vacas cerriles a las doce de la mañana. Contempla, desde lo alto de uno de los carros –llamados cadafales-, que conforman el coso, la prova de los toros que se correrán por la tarde. Es un mirón en la subasta de los emplazamientos del rudimentario coso que formarán los carros de los labradores y sobre los cuales, con unas tablas de madera, se monta la plataforma en la que parientes y amigos tomarán asiento para ver los toros. En esa subasta, las pandillas de amigos y familiares pujan por las mejores ubicaciones de la futura plaza y cuando dos postores se pican por una concreta posición la subasta alcanza cifras impensables. Y alguna noche asiste, junto a sus padres, a la representación de una zarzuela o de una compañía de varietés en la plaza de toros, reconvertida en foro teatral y en las que las vicetiples son las artistas más aplaudidas. Representaciones en las que, al ser gratuitas, el aforo de la plaza se llena de un público bullanguero.

   Las fiestas patronales tienen dos partes nítidamente diferenciadas: la religiosa, que se celebra el 24, festividad de San Bartolomé, y el 25, celebración del Santísimo Sacramento. Días dedicados, principalmente, a los actos religiosos: misas cantadas, sermones por un orador sagrado de cierta fama y procesiones encabezadas por las autoridades locales y en las que abunda más la participación femenina que la masculina. En la procesión del Santísimo Sacramento participan los niños que ese año o el anterior tomaron la primera comunión. Por ese motivo, madre desempolva el traje de marinerito con el que Zaquita tomó su primera eucaristía. Lo del trajecito para que, vestido de tal  guisa, el chico participe en la procesión repatea al chaval, pero no es capaz de negarse. Cuando madre abre la caja en la que guarda el traje de marras se topa con que las polillas han hecho de las suyas y el traje no está presentable. Con lo que, para contento del chico, va a la procesión con chaqueta y pantalón largo. El que se lleva un disgusto es Pedrito que contaba hacer la primera comunión vestido de marinerito.

   La segunda parte de las fiestas patronales se destina a los festejos laicos. El día comienza con la despertà, y los años que el ayuntamiento tiene las arcas repletas, monta una enorme parrilla en el Rivet del Raval donde se ofrece a los vecinos sardinas asadas y un vaso de vino. Como todo lo que es gratis tiene el público asegurado, se establece una larga cola de gente portando un plato y un vaso. Pero el evento que más esperan los torreblanquinos son los toros o exhibición de reses cerriles, como dice la prosa administrativa que los autoriza, o bous al carrer como se denominan en valenciano. Y que constituyen el núcleo esencial de las fiestas, pues los torreblanquinos no conciben las fiestas sin toros. Pese a que algunos pocos, como Zaca, opinan que son monótonos y aburridos hasta decir basta. A las doce en punto –la única vez que la puntualidad aparece en las fiestas- se dispara el cohete que anuncia la salida de la torada, la llamada eixida y que es un patético remedo de los Sanfermines. A quien primero sacan es al manso, un toro castrado que sirve de guía al resto de animales, al cual un pastor lleva atado con una soga. Minutos después sale el grupo de cornúpetas –con más vacas que toros- que recorre los setecientos metros de la calle San Antonio, desde el corral al coso, en grupo y sin embestir al público pegado a las casas, puesto que recorridos así los animales los han hecho en más de la mitad de pueblos de la región y tienen la lección sabida. La carrera no tiene nada que ver con la de las calles pamplonicas, pues los participantes corren a prudente distancia de la torada. Luego viene la prova, en la que se exhiben algunos de los bichos que se torearan por la tarde. Y a las cinco –como manda la tradición- comienzan los toros en los que no hay el menor atisbo de tauromaquia ni de valentía. Los mozos se limitan a gritarle y azuzar al animal y cuando éste arranca corren a refugiarse. El público prorrumpe en gritos cuando algún cornúpeta está a punto de coger a un mozo que, en última instancia, logra esquivar al animal resguardándose en lo alto de los carros o en el banc, un armatoste de robusta madera sito en medio de la plaza. Y así, durante algo más de tres horas bajo un sol inclemente, con una pausa a media tarde para merendar. Lo más divertido ocurre cuando sueltan una vaquilla –la llamada vaca confitera- con los cuernos aserrados que cuando se acerca al cadafal del ayuntamiento el concejal de fiestas lanza al ruedo peladillas y caramelos que recogen los mozos procurando que el animal no los pille. Otro punto culminante de los festejos taurinos es cuando al anochecer se corre un bou embolat. El toro embolado o toro de fuego porta sobre sus astas un herraje, sobre los cuales se colocan estopas engrasadas a las que se prende fuego. El espectáculo lo da el toro con sus bramidos de terror al sentir las llamas tan cerca, mientras los mozos tiran de la cuerda en la que va ensogado. Un espectáculo bárbaro ayuno de arte y emoción. Y la presencia de los toros acaba al atardecer cuando los animales salen en grupo del corral instalado en la calle en la que nacieron los chicos Clavijo, la calle Horno, produciéndose la llamada eixida con las mismas características que la entrà. Pese a todo, la mayoría de torreblanquinos siguen pensando que sin toros no hay fiestas. Tan es así, que el postrer día de toros, y al acabar de torear el último animal, la juventud se agolpa ante el cadafal del ayuntamiento voceando bous, bous, bous y, ante el silencio del alcalde o del edil de fiestas, irrumpe en abucheos por no complacerlos; en cambio, cuando algún año el concejal saca un pañuelo blanco, señal de que da el sí a la petición, los aplausos se oyen hasta en Torrenostra.

   Las fiestas han sido el colofón del verano, pues entre incontables lecturas, charlas y juegos con sus amigos, algún que otro baño en Torrenostra, y aquellos contados días en los que ha echado una mano a padre en la lectura de contadores, cuando Zaca ha querido darse cuenta, ha llegado el nuevo curso 1931-32. A principios de septiembre, don José, el tutor de Zaca, se reúne con don Domingo y mosén Florencio para acordar la programación del nuevo año académico.

   -Este curso, sé cómo lo vamos a comenzar, pero no cómo lo terminaremos. La República parece que tiene intención de meter mano en la educación y todavía no se sabe de qué manera afectará al bachillerato. Domingo, tú, que estás más al día, ¿sabes que cambios piensa introducir el flamante Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes?

   -Las últimas declaraciones de Marcelino Domingo apuntan que eliminarán la separación por sexos y fomentarán la coeducación, las actividades al aire libre, las clases de música y educación física, y el abandono de los castigos físicos. Pero, del bachillerato en concreto aún no han dicho nada.

   Días después, el panorama del bachillerato se clarifica al publicar el Ministerio de Instrucción un decreto disponiendo que en los Institutos de segunda enseñanza –desaparece la denominación de Institutos Generales y Técnicos- se establezcan, durante el curso 1931-1932, los estudios correspondientes a los cuatro primeros cursos del plan de adaptación vigente. Conocido el decreto, los profesores se vuelven a reunir para repartirse las asignaturas de segundo. Don José dará Preceptiva y composición de la Lengua castellana, Geografía especial de España y Caligrafía. Don Domingo Aritmética, Dibujo y Gimnasia.

   -Mosén Florencio, usted seguirá dando Religión, pero no sé por cuanto tiempo, pues en un régimen que se declara laico, la religión no tiene mucho futuro. Una cosa más –agrega don José-: este curso vamos a tener dos nuevos alumnos que comienzan el bachillerato por libre. Como veis, estamos sentando escuela. Se trata de dos chicos; mejor dicho, de un chico y una chica que han sido becados por el ayuntamiento para cursar la segunda enseñanza. Sus nombres son Consuelo Betoret y Joaquín López, hijos de dos familias de las conocidas como de izquierdas de toda la vida. Al chico no le conozco, pero a la niña sí, porque ha sido alumna de mi esposa y que, según me cuenta, es lista y responsable. A ver si los sacamos adelante como a Zacarías.

   -El chico creo que es alumno de Paco, le pediré que me informe -avisa don Domingo.

   Y comienzan otra vez los preparativos para el  año académico. Padre ha comprado los textos de las asignaturas que componen el segundo curso de bachillerato en la librería de  Ballester, donde gracias al tío Paco le hacen una sustanciosa rebaja. Madre ha forrado los libros y el chico comienza a familiarizarse con ellos. Esta vez, lo hace con menos temor que en el pasado. Zaca vuelve a la rutina del curso anterior: estudia en casa la mayor parte del día, hasta que sobre las cinco y cuarto de la tarde se dirige al grupo escolar a recitar la diaria lección al maestro de turno. Esa tarea la alterna con la de sacar las cabras a pastar y la de escrivent. Como sigue siendo vergonzoso y retraído, ha encontrado el medio de no ir saludando a la gente, ahora va a la escuela por un callejón, paralelo a la calle San Antonio, al que dan las puertas traseras de las casas del Raval y que apenas tiene tránsito. A la vuelta hace el mismo recorrido, pero a la inversa. Detalles como este generan que la timidez y la ausencia de socialización se enraícen todavía más en el carácter del muchacho. Y no parece que vaya a cambiar, aunque desde el negociejo de los tebeos algo se ha espabilado. Y eso se ha notado en su mayor participación en las fiestas patronales, aunque como sus amigos forman una pandilla atípica su implicación en los festejos ha sido muy tangencial. Quizás sea más intensa en años venideros pero, dados los rasgos de los integrantes de la pandilla de Zaca, eso está por ver.

 

  PD.- El próximo martes publicaré el episodio 32, de la novela “El masover”, titulado: De Paquita a Sisca

martes, 29 de julio de 2025

30. “El masover”. ¿Te vale un tirachinas y un cencerro?

  El transporte de la hierba, que necesitan las cabras y los conejos, del Prat a la Fábrica parece no tener fácil solución. Los Clavijo son conscientes de que el chico puede traer al hombro un costal de forraje, pero siempre serán cantidades modestas. El problema lo resuelve quien menos se podía pensar, la LUTE, la compañía de padre. La empresa manda una nueva bicicleta al llumero para sustituir la vieja que tenía asignada y que deberá ser dada de baja. En vez de desguazarla, como fue su primera intención, el señor Zacarías, que siempre ha sido un manitas, convierte la bici en un triciclo cuya estructura básica incluye una rueda delantera, encargada de la dirección, y dos traseras, que le proporcionan estabilidad, y entre las cuales instala un cajón de madera liviana para usarlo como contenedor. El primogénito ya tiene la máquina adecuada para traer la hierba a casa. Y no solo sirve para eso, sino que padre le manda pasear por el pueblo para que la gente admire el triciclo, único en la localidad, y quizás pueda recibir algún encargo de convertir viejas bicis en triciclos y así ganarse unas pesetas.

   Antes del primer viaje a por hierba, el primo de madre, Silvestret, da a Zaca unas lecciones prácticas sobre cómo manejar la hoz, herramienta que el chico nunca ha utilizado y que le recuerda que es uno de los emblemas del partido comunista ruso que, según algunos tertulianos del Pincho, es más malo que la tiña porque niega la propiedad privada. Sisvestret le lleva también al Prat para enseñarle sobre el terreno que yerba es mejor para los conejos y las cabras y que otras no debe recolectar. Al menos tres días a la semana, el muchacho coge el triciclo y se va a la marjalería o al Prat a segar hierba que luego carga en la máquina y la transporta a casa. Al principio, cuando el cajón del triciclo estaba repleto, pedalear se le hacía duro, pero en cuanto sus piernas se acostumbraron hacía el viaje de un tirón, solo se bajaba del triciclo para subir la rampa existente en el paso a nivel del Camí de les Marjals del ferrocarril. Y como le pasó con el pastoreo de la cabra murciana, pronto le cogió el gusto a recoger las frutas de temporada que abundaban en la marjalería y que, para no ser acusado de furtivismo, escondía entre el pastizal del día.

   De la cría de conejos, otra de las sugerencias de la abuela Julia, en cantidad relativamente grande –padre empieza el cálculo sobre un centenar-, el llumero hace números de cuanto le costaría la madera, la tela metálica, las bisagras y demás materiales para construir jaulas; así como de las obras necesarias para instalarlas en el corral de la Fábrica. Una vez hechas las cuentas, constata que le cuadran. Aunque cauto que es, antes de meterse en gastos, consulta a otro familiar de su esposa sobre la posibilidad de vender los conejos sobrantes, si ello llegara a ocurrir. El consultado es el tío Paco Traver, uno de los dos transportistas del pueblo que hacen de recaderos. Traver le cuenta que conoce a un comerciante que vende conejos en el mercado de Castellón de los lunes y que puede ponerle en contacto con él. Animado por las opiniones favorables, y siendo consciente de que los negocios tanto pueden salir bien como mal, el señor Zacarías decide poner ambos proyectos en marcha, dándole prioridad al cultivo de la alfalfa, dado que es la inversión más modesta y el negocio que parece más seguro. Y aunque tiene muy arraigado el criterio de que los negocios son cosa privativa del varón de la casa, resuelve contarlo a la familia. Lo de la alfalfa lo refiere un día en la sobremesa y, además, hace algo que en él no es habitual, pregunta a su esposa.

   -Rosario me gustaría conocer tu opinión, ¿qué piensas del asunto?

   -Lo de plantar alfalfa me parece bien. A más a más, si Silvestret se encarga de su cultivo es otro tanto a favor de la hierba, porque mi primo es muy trabajador y honrado y sé que se encargará de su cultivo a conciencia.

   Tras unos comienzos un tanto inciertos, el cultivo de la alfalfa se ha ido consolidado. El primo Silvestret ha logrado que en el marjal de la Sort de Monet de d´Alt se críe muy bien la hierba, con lo que ya no es necesario que Zaca saque a pacer las cabras todos los días. Les va tan bien que el señor Zacarías ha arrendado un marjal en la Carrassa de Les Piteres, por cuarenta duros al año, para cultivar más alfalfa. Con tal abundancia de forraje tampoco es necesario que el primogénito vaya a segar hierba al Prat, algo de lo que ahora también se encarga Silvestret, por lo que el triciclo queda arrumbado, pues el primo de Rosario tiene mula y carro y no necesita la máquina. Paradójicamente, Zaca, que al principio de usar el triciclo lo había maldecido, ahora lo echa de menos. Le causaba una enorme satisfacción ver la cara de envidia con que le miraban los otros chicos cuando pasaba montado en el cacharro de tres ruedas, pues solo él podía hacerlo, dado que no había ningún otro en el pueblo.

   Los cambios –la alfalfa, los conejos…- en la familia Clavijo comienzan a sucederse a un ritmo rápido, algo que antes no ocurría. Da la impresión de que sus aspiraciones han mutado. Ya no esperan a que ocurran cambios, sino que son ellos los que actúan para que sucedan. Este cambio de actitud se contagia a los niños, especialmente a Zaca ya que, como es el mayor, es más receptivo a la nueva escala de valores de sus padres. Y esa mutación actitudinal se materializa en un hecho que habría sido impensable en el Sacarietes de hace solo unos meses: el muchacho inicia un negocio por su cuenta, pequeño, casi irrelevante, con ganancias irrisorias, pero el emprendimiento lo ha llevado a cabo fuera del paraguas familiar, ha sido estrictamente obra suya. La idea surgió a raíz de un comentario de su amigo Manolo Pitarch. Estaban ojeando unos tebeos en el patio delantero de la casa de Manolo y, en la charla, Pitarch comentó:

   -Debes de ser uno de los que más tebeos tiene del pueblo. Si yo tuviera la mitad de los que tienes tú, me hincharía a ganar perras alquilándolos.

   -¿Los tebeos se pueden alquilar? –Pregunta, sorprendido, Zaca, que agrega-: Lo que sí hago es cambiar los míos por otros que no he leído, ¿pero alquilarlos…?

  -Con los cambios no ganas nada. En cambio, si los alquilas…

   El comentario se le debió quedar a Zaca enredado en alguna neurona porque aquella noche, antes de dormirse, estuvo dándole vueltas. ¿Quién puede querer alquilar un tebeo? Menuda tontería. Al día siguiente, mientras pastoreaba las cabras, la tontería se le volvió a colar en el magín. Tenía montones de tebeos y novelitas guardados en cajas en un altillo de la Fábrica, algunos de los cuales ni los recordaba, pues hacía mucho que los había leído. ¿Qué le costaba probar con alquilarlos, incluso revenderlos? Lentamente, como casi todo lo que hacía, fue dándole forma a la idea. Piensa que podía seleccionar algunos de los tebeos y novelitas leídos y que no fueran de los mejores, meterlos en una caja y llevarlos a la plaza o, mejor, a su antigua calle donde se encontraría más cómodo. Y esperar a ver que diablos pasa. Puede alquilarlos, venderlos o cambiarlos por otros tebeos o por otras cosas. Pero pasar de la teoría a la praxis, como les ocurre a los indecisos, le cuesta un imperio. En principio, se ve incapaz de hacer nada al respecto, pero luego recapacita y se dice que si ha sido capaz de convertirse en escrivent, de hacer de pastor, de segar hierba y de manejar un triciclo, ¿por qué no va a tener capacidad para alquilar o vender tebeos? Y en esta ocasión no va a tratar con adultos, va a hacerlo con chicos –nunca se llama niño a sí mismo- como él. El siguiente domingo, Zaquita –como le llama madre- se ha decidido y, después de la concurrida misa de doce, se planta en la esquina de la plaza Ramón y Cajal con la calle Horno, justo al lado del café del Pincho. Lleva una caja de novelas y tebeos, varios de los cuales, los más aparentes, los pone rodeando la caja como si fueran un muestrario. Y, ante su sorpresa, pronto tiene más potenciales clientes de los que podía imaginar, aunque la mayoría solo son mirones. Hasta que uno de ellos, Pèp el Tirijà -cuya familia llegó al pueblo desde Tirig, de ahí su apodo- señalando un concreto ejemplar, pregunta:

   -¿Me lo dejas?

   -No, pero si quieres te lo vendo o te lo alquilo.

   -¿Qué quiere decir eso de que me lo alquilas? –pregunta, perplejo, el Tirijà.

   -Te lo alquilo por unos días, pongamos que tres, lo lees y luego me lo devuelves.

   -Desde luego, Sacaríes, eres raro de collons. Sólo a ti se te podía ocurrir una chorrada así. Con tanto como estudias se te ha ablandado la chola.

   Pese al despectivo comentario de el Tirijà, al poco rato los mirones que pululan alrededor de la caja de tebeos se han multiplicado. A las dos horas y algo se ha cansado y recoge los ejemplares a la venta. No ha alquilado ninguno, pero ha vendido tres de ellos por dos chavos cada uno, ha cambiado otro por un cromo de Luis Regueiro -figura de la selección española de fútbol- y una novelita por dos lápices de color. Ha hecho un negocio de niño que no concuerda con la madurez que muestra en sus otras actividades, pero es que en el fondo sigue siendo un niño, a quien las circunstancias y necesidades familiares le han llevado a realizar actividades más propias de un adulto que de un muchacho. Con todo, vuelve a casa más feliz que si hubiera marcado un gol en los partidillos del recreo escolar. Y lo más importante: lo que ha hecho lo ha llevado a cabo solo. Por una vez, ha sido capaz de actuar por su cuenta. Cuando guarda los sesenta céntimos en la caja de puros, que es su hucha casera, pega el cromo del futbolista en el correspondiente álbum y mete los lápices de color en su plumier se siente como si fuera don Juan March, un ricachón como la copa de un pino.

   Zaca le coge gusto al trapicheo y, dos veces a la semana, monta su puesto de tebeos, revistas y novelas, ya leídos, en una esquina de la plaza Ramón y Cajal. Cuenta con un público que no tiene un gran poder adquisitivo, pero sí muchos objetos y cachivaches que pueden convertirse en moneda de cambio. Es lo que esta tarde ocurre. Al parecer, Bernard el Gasolinero, delgado como una caña y con una cara algo caballuna, se ha encaprichado de una novelita de amor de Corín Tellado, la reina de la literatura romántica barata, por la que Zaca pide dos perras gordas, pero el comprador parece que no tiene un céntimo.

   -Es muy cara, pero… te la cambio por esto -y echando mano al bolsillo saca un tirachinas artesanal, pero bien labrado.

  -¿Y para qué quiero un tirachinas?

  -Para cazar pájaros. 

  -Con la puntería que tengo, todos los pájaros que pueda matar pesarán menos que una perra chica. La novela vale mucho más que eso.

   El Gasolinero vuelve a coger la novelita, la hojea, lee la contracubierta y mete otra vez la mano en el bolsillo.

   -¿Te vale un tirachinas y un cencerro? –Y abriendo el puño muestra una diminuta esquila en forma de campana.

   En cuanto ve el cencerro, Zaca piensa en su cabritilla, le podría valer, pero se hace el duro, está aprendiendo a negociar.

   -A otro no le cambiaría una novela tan chula por una mierda de tirachinas y una esquila que no vale nada. Te la cambio porque eres tú y porque nuestras madres son amigas –la referencia no es del todo cierta, pero algo hay que argüir.

   Quien lo hubiera dicho del tímido e introvertido muchachito, ha aprendido a negociar. Lo que para un apocado como él es todo un paso adelante. ¿Influirá eso en la modificación de su carácter? Solo el tiempo lo dirá.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 31 de la novela “El masover”, titulado: Fiestas patronales

martes, 22 de julio de 2025

29. “El masover”. La abuela Julia

    

   Una tarde de junio, la señora Paca visita la Fábrica acompañada de alguien de quien los Clavijo han oído hablar mucho, pero que aún no conocen: su madre, la abuela Julia. La masovera hace las presentaciones formales.

   -Rosario –ambas amigas ya han llegado al tuteo-, te presento a mi madre. Y ésta es la señora Rosario, de quien tanto me ha oído hablar, y la persona del pueblo a la que más favores debemos.

   Ambas mujeres dudan un momento, parece que no saben si darse la mano o besarse. Es la abuela Julia quien se adelanta y le planta un par de besos a la llumera.

   -Es usted más joven de lo que me ha contado mi hija. Y, desde luego, mucho más guapa –la piropea la abuela.

   -Usted que me ve con buenos ojos. Y déjeme decirle que se conserva muy bien para sus años. Se llama Julia, ¿verdad?

   -Sí señora. Julia Arrufat, para servir a Dios y a usted. Arrufat es el apellido que tenía el propietario  que construyó el Mas del Canònge que, cuando se casó Paca, pasó también a ser llamado el Mas de Villalonga y en unos años, cuando se case mi nieta, Dios sabe a nombre de quien pasará.

   -Es ley de vida –asiente Rosario.

   -Y usted que lo diga.

   La anfitriona invita a sus visitantes al consabido café de puchero y sus galletas caseras. Con más calma, tiene tiempo para escudriñar mejor a Julia. Calcula que debe tener alrededor de sesenta años, es de carnes abundantes lo que provoca que se mueva con cierta torpeza, el semblante lo mantiene relativamente terso y lo que más destaca de su rostro es la viveza de sus ojos y su penetrante mirada detrás de unas gafas redondas de delgado metal. Debió ser una buena moza en su juventud, pues aún conserva cierta prestancia. Viste rigurosamente de negro, a la antigua usanza, con enagua y saya que le llegan más abajo de los tobillos. Sus únicas muestras de coquetería son un colgante del que pende un relojito, unos diminutos zarcillos y dos alianzas matrimoniales en el anular de la mano derecha –como es costumbre en la región valenciana- que pregonan su condición de viuda. Realmente, piensa Rosario, no da el tipo de masovera, más bien tiene el empaque de la matrona de una casa rica de pueblo. La llumera sabe, pues se lo contó Paca, que Julia es una mujer peculiar, bastante ilustrada para haberse criado en un mas, muy firme en sus convicciones que sostiene con denuedo y que, desde que el marido de Paca comenzó a sufrir graves problemas de salud, es la que dirige con mano firme la actividad de la masía, aunque a veces se mete en demasiados charcos por su afán de controlarlo todo. La charla entre las tres mujeres se generaliza y hablan de mil y un temas. Uno de ellos es cómo les va con la cabra murciana y si la cabritilla todavía mama. Rosario les cuenta que es su hijo mayor quien cuida de ella y los problemas que tienen en cuanto a la suficiente alimentación del animal para que dé la leche que precisan, pues además del pasto le dan alfalfa y, a veces, mondas de patatas y otros desperdicios de las comidas caseras.

   Al día siguiente vuelven Paca y su madre, pues han quedado que van a enseñarle a Julia el recinto de la Fábrica y, además, quieren que la abuela conozca al señor Zacarías que el día anterior no estaba. Julia se muestra interesada por cuanto hay en la Fábrica y plantea continúas preguntas, bastantes ciertamente indiscretas y algunas rayando en la impertinencia.

   -En los bancales, ¿qué es lo que suelen plantar?

   -Pues cosas muy variadas, sobre todo hortalizas, y en el más grande cereal.

   -Usted estará pensando: que abuela más preguntona y metomentodo, y tiene razón, pero… ¿qué sabe de la alfalfa? –la pregunta va dirigida al anfitrión, que también les acompaña.

   Al llumero le sorprende una pregunta tan directa, pero su esposa le ha puesto en guardia respecto a que la abuela es una mujer peculiar y muy suya, por lo que se limita a responder.

   -Algo sé, sobre todo que es una yerba que es un buen forraje para el ganado. Ah, y también para los conejos.

   -Pues podrían hacer una cosa: plantar alfalfa en vez de cereal. Una vez sembrada, la plantación dura entre cinco y doce años, y es especialmente resistente a la sequía. Se puede segar cada treinta días en primavera y verano, y cada cuarenta en otoño e invierno. En regadío, como es el caso de aquí, se pueden alcanzar hasta los siete cortes anuales. Con lo cual tendrán alfalfa asegurada para la cabra, al menos, para medio año. Vamos, es lo que opino –El señor Zacarías va a responder a la indiscreta masovera, cuando la vieja ya está formulando una nueva pregunta-: Y, perdonen si pregunto demasiado, ¿además de estos bancales tienen ustedes otras fincas?

   El llumero se apresta a contestar a la metomentodo de la  vieja y cortar de raíz sus impertinentes preguntas, cuando la cándida de su esposa se le adelanta.

   -Heredé de mis padres un huerto de naranjos, un pequeño campo de almendros y un marjal.

   -Pues si en el marjal siembran alfalfa un mes, más o menos, antes o después que en uno de estos bancales, pueden tener cosechas buena parte del año. Con lo cual habrán resuelto en gran medida el problema del forraje de la cabra.

   -Muchas gracias, señora Julia. Suele decirse que la experiencia es la madre de la ciencia. En su caso también es la madre de la sabiduría. Habla usted como uno de los siete sabios de… -Rosario no recuerda de donde eran los sabios de la conocida expresión popular por lo que dice lo primero que se le ocurre- París.

   Al llumero no le ha gustado un pelo la imprudente suficiencia de la vieja y no acepta tan pasivamente como su mujer la propuesta sobre la alfalfa. Por lo que le pone peros.

   -Lo de la alfalfa está bien traído, pero tiene algunas pegas. En primer lugar, los cortes de la yerba dependen de varios factores, algunos de los cuales no podemos controlar, como que haga mejor o peor tiempo. En cuanto al riego, en estos bancales no hay problema, el pozo de la antigua central tiene agua más que suficiente, pero en el marjal es otro cantar. ¿Cómo regamos, con un carabassí[CM1] ? No sé si sabe qué es.

   -Lo sé. Heredé dos marjales en la Sort de Monet de Baix que tenemos abandonados porque no podemos atenderlos. Y más de una vez he manejado el calabacín ahuecado atravesado en el borde superior por un palo y con el que se saca agua de las acequias. Y también sé que ahora se fabrican carabassís de hojalata que son más prácticos y eficaces que los antiguos.

   Zacarías, pese a sus reservas iniciales, se ha enredado con las formulaciones de la abuela, pues le parecen inteligentes, aunque siguen siendo indiscretas.

   -Me perdonará señora Julia, pero los problemas reales siguen persistiendo. Suponiendo que usemos un carabassí, sea el clásico o el de hojalata, yo no tengo tiempo para regar, tendría que contratar a un peón y no está el horno de mis dineros para eso.

   -Tienen un chico que es casi medio mozo, podría regar él.

   -Dudo mucho que tenga la fuerza necesaria para regar un marjal entero –el llumero no da su brazo a torcer, pero la abuela es terca.

   -Lo podría hacer en varios días y quizás usted podría ayudarle los domingos –insiste Julia, que agrega-: Y en todo caso, si lo de la alfalfa no les viene a mano hacerlo, tienen una partida en la que hay todo el año hierba en abundancia y es una propiedad comunal. Me refiero al Prat.

   -Supongamos que envío al chico a recoger yerba al Prat, ¿y cómo la transporta hasta aquí? Tenga en cuenta que no tenemos acémila ni carro –replica el llumero.

   -Me han dicho que es usted hombre de recursos, algo se le ocurriría.

   Cuando le enseñan el corral, la abuela vuelve a mostrar algunos de los rasgos de carácter que le atribuyen: el de ser una mujer peculiar y bastante metomentodo.

   -Tienen un corral magnífico, lástima que lo tengan tan desaprovechado.

   -Bueno, no tan desaprovechado –se apresura a replicarle el llumero, que no piensa pasarle una más a la deslenguada masovera-. Tenemos gallinas, un par de pavos y bastantes conejos que, cuando llegamos, los dejamos acampar en el suelo, pero hacían madrigueras por debajo del muro y escaparon casi todos. Ahora los tenemos en cuatro jaulas que yo mismo he construido con madera y malla de alambre.

   -Además de hombre de recursos es usted un manitas –le adula la vieja, que añade-: ¿Y por qué solo tienen cuatro jaulas?

   -No podemos tener más porque nos pasa como con la cabra, que hay que darles de comer todos los días y la yerba hay que buscarla.

   -Si hicieran lo que le he sugerido sobre la alfalfa y la siega de hierba en el Prat, en lugar de cuatro jaulas podrían tener cuarenta o más y tendrían un suministro asegurado de carne y hasta podrían vender algunos ejemplares o cambiarlos por otros alimentos.

   El llumero se ha cansado de que la abuela siga con sus impertinencias y, como parece que no vaya a remitir en su afán de indicarles lo que deberían hacer, da por terminada la charla y, alegando que tiene trabajo, deja a las mujeres. A pesar de un final más bien abrupto, el señor Zacarías no ha echado en saco roto algunas de las sugerencias de la masovera. Tendrá que echarles un pensament, como dicen en el pueblo, y ¡vaya si se lo ha echado! Dos de las propuestas: la de plantar alfalfa y criar conejos, son a las que más vueltas ha dado, y comienza a considerarlas factibles.

   Plantar alfalfa en uno de los bancales de la Fábrica y en el marjal podría ser posible, y probablemente resultaría más eficaz que los cultivos que ahora tienen. Además, la alfalfa es una planta que no requiere demasiados cuidados. Y piensa que al tener más forraje, su primogénito no tendría necesidad de sacar la cabra a pacer todos los días y le quedaría más tiempo para estudiar, que es lo primordial. De todas formas, como la agricultura no es su fuerte, antes de meterse en un tema del que no tiene grandes conocimientos, habla con uno de los primos de su mujer, Silvestret -pequeño propietario agrícola- para que le dé su opinión. Lo que le cuenta el primo es muy favorable al cultivo de la alfalfa.

   -Aunque no la utilices para la manutención de la cabra o de una supuesta camada de conejos, siempre podrías venderla, dado que la demanda, en un pueblo con incontables caballerías, está asegurada. Incluso, por unas pocas pesetas me puedo hacer cargo de todas las operaciones referentes al cultivo de la hierba, así no tendrás que preocuparte en buscar peones.

   Cauto como es, y antes de meterse en el asunto de la alfalfa, el señor Zacarías decide, que el primogénito vaya al Prat a segar yerba. Que padre quiera mandarlo a segar para la maldita cabra, a Zaca le ha sentado como un par de banderillas de fuego. Lo considera una humillación y una tarea impropia de un estudiante de bachillerato. Pese al enfado, sus protestas han sido débiles y poco consistentes, pues tiene un reverencial temor a padre. Aunque al principio tuvo la esperanza de que la resolución paterna no se llevaría a cabo porque enseguida surgió un problema: puesto que no tenían ni acémila ni carro, ¿cómo traer la hierba a la Fábrica?, dado que donde más abundancia de forraje hay es en la marjalería y el Prat, a algo más de dos kilómetros de casa y eso supone un largo camino. Ese es el resquicio por el que el muchacho piensa que puede[CM2]  escaquearse de la siega de la puñetera hierba. Como si no tuviera ya suficientes ocupaciones. ¡Maldita sea la cabra, la hierba y la vieja masovera que ha acabado de liarlo todo! Y yo que creía, se dice, que los masoveros eran más bien cautos, recelosos y que solo hablaban lo justo, y esta abuela cada vez que abre la boca es para organizar un tinglado de no te menees. ¿Por qué no se irá la puñetera de la abuela Julia a dónde crían los langostinos?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 30 de la novela “El masover”, titulado: ¿Te vale un tirachinas y un cencerro?

 [CM1]

 [CM2]