martes, 30 de diciembre de 2025

52. “El masover”. ¿Y ahora, qué?

   Con el comienzo de las vacaciones veraniegas, desde San Mateo en el Bajo Maestrazgo donde ejerce de maestra, llega a Torreblanca la tía Emilia. Una de sus primeras visitas es a casa de los Clavijo a ver a su prima Rosario y a los sobrinos.

   -Rosario, dile a tu marido que tenemos que hablar sobre el futuro de Zaquita para cuando el próximo año acabe cuarto. Lo habéis ido demorando, pero ya no debíais retrasarlo más.

   Al día siguiente, el matrimonio Clavijo se presenta en casa de Emilia para dialogar sobre los futuros estudios de su primogénito. Eso ocurrió antes de que Zaca se fuera al Canònge, incluso antes de que surgiera la idea de que pudiese dar clase en verano a la pubilla de los Villalonga. El objeto de la reunión fue importante, pues que el primogénito acabase cuarto de bachillerato le colocaba en una encrucijada clave para su futuro. Como Emilia era la que más sabía de la cuestión, fue quien llevó la voz cantante. La reunión se desarrolló tal que así.

   -Hay que tomar una resolución con los estudios de Zaquita –afirma Emilia-. El plan previsto de que, tras cursar los cuatro años de bachillerato, luego hiciera magisterio ya no es posible. Como os conté cuando comenzó el segundo curso, el mismo año de su proclamación la República cambió el plan de estudios de Magisterio con el objetivo de dignificar la formación inicial del maestro. Desde ese cambio, hay que hacer una prueba de ingreso en la Escuela Normal para el que es necesario tener el bachillerato superior. El nuevo plan consta de tres cursos y un cuarto año de prácticas de enseñanza, pero éstas han sufrido varios cambios. Para no alargarme más, lo que hemos de resolver; mejor dicho, lo que debéis decidir es que hará el chico en cuanto acabe cuarto. En otras palabras, hay que responder a la pregunta: ¿Y ahora, qué?

   -Vuelve a contarnos lo que podría estudiar –pide padre-. Olvidé parte de tu explicación.

   -Las opciones que hay son las siguientes: la primera es completar el bachillerato; es decir, hacer quinto y sexto curso, con lo cual será bachiller superior.

   -Uff, dos años más –exclama madre en lo que suena a lamento.

   -La segunda opción, aprobado el cuarto, es estudiar alguna carrera de grado medio en la que para cursarla sea suficiente tener el bachillerato elemental. Ese es el caso de la carrera de Perito Mercantil que podría hacer en la Escuela de Comercio de Castellón.

   -De esos estudios nunca nos hablaste, Emilia. Necesitamos sabe más de ellos para tomar una decisión –apunta el señor Zacarías.

   -Luego os cuento, primero acabemos con las opciones. Finalmente, otra salida es que estudiase una profesión en la Escuela de Artes y Oficios de Castellón, para lo que le valen los cuatro años de bachillerato.

   -Yo me he perdido –confiesa madre-. Emilia, y tú que eres mucho más lista que nosotros, si tuvieras que tomar la decisión, ¿cuál sería?

  -Conociendo a Zaquita, opino que lo mejor para su futuro es que completase el bachillerato y luego hiciera la prueba para el ingreso en la Escuela Normal. No os lo oculto, el examen de ingreso es duro, pues en definitiva es una oposición ya que las plazas son limitadas, pero creo sinceramente que el chico puede aprobarlo y siempre contaríamos con la ayuda de Paco, que le podría echar un capote.

   -Pero eso supone cinco o seis años más de estudios –puntualiza padre.

   -Así es, pero la recompensa vale la pena. Con el nuevo plan¸ cuando terminas los estudios en la Normal, a los futuros maestros los destinan a escuelas nacionales por un curso escolar con el título de Alumnos-Maestros y les pagan el sueldo de entrada, que son nada menos que cuatro mil pesetas. Y al curso siguiente ya entran de pleno derecho en el Cuerpo Nacional del Magisterio, y tienen la vida solucionada.

   -Pues si para estudiar lo del peritaje vale con los cuatro años de bachillerato habrá que estudiar a fondo esa opción. ¿Y se puede hacer por libre?

   -Creo que sí, pero en principio no creo que sea la salida que más le ilusione, porque al chico le van mejor las letras que las ciencias.

   -Sí, y de hecho las peores notas que saca son en las asignaturas de ciencias –reconoce padre, que añade- Una pregunta importante que vale para todas las opciones y para ir descartando algunas: ¿qué carreras se pueden estudiar por libre?

   -Para hacer magisterio, en el plan de la República se recomienda la asistencia regular a la Normal. El peritaje mercantil se puede hacer por libre. Y en las Escuelas de Artes y Oficios, por las características de lo que se enseña, hay que asistir; es decir, no se puede estudiar por libre.

   -Y en concreto, ¿qué es lo que se aprende en las Escuelas de Artes y Oficios? –quiere sabe padre.

   -Pues oficios prácticos tales como carpintería, herrería, mecánica, fundición, y otras artes aplicadas a la decoración y el trabajo manual. Y, además, Artes Aplicadas: dibujo, pintura, modelado, y técnicas que combinan el arte con la utilidad.

   -Huy, esas enseñanzas no sé si le valdrán a mi Zaquita, pues  todo lo listo que es de cabeza lo tiene de torpe con las manos –apunta madre.

   -Bueno, vosotros sois los que debéis tomar la decisión, pero os aconsejo que antes de tomarla habléis con Paco Roca y con vuestro hijo. Es importante que el chico estudie algo que le guste. Si le obligáis a estudiar algo que no sea de su agrado el resultado puede ser un desastre. Tenedlo en cuenta.

   Ajeno al cambio de impresiones entre sus padres y su tía Emilia, Zaca, tras haber aprobado el tercer curso del bachillerato, se las promete muy felices ante el verano que le espera. Como sus amigos también tienen el verano libre piensan pasárselo de rechupete, pues tienen muchos planes que desarrollar en las vacaciones. Planes que la pandilla suele debatir cuando se reúnen. Sus puntos de reunión más frecuentes son dos: una de las colinas al oeste del pueblo llamada la Pedra de la Lliura, desde la que se divisa la llanura torreblanquina hasta el mar, así como el tráfico de la carretera nacional de Valencia a Barcelona y el paso de los trenes que unen ambas ciudades. En otras ocasiones, donde se apostan es en un altozano denominado la Montañeta de Matagats, situado al norte del pueblo, donde se divisa el mismo panorama que desde la Pedra de la Lliura, aunque es la ubicación que menos utilizan, pues muy cerca está el cementerio, cuya vista no les es demasiado grata. En ambos lugares, además de la visión del tráfico, debaten, discuten y planean los proyectos que podrían realizar durante el verano. Unos son posibles, otros no pasan de ser ensoñaciones adolescentes, como alguno de los que esta tarde proyectan.

   -Podemos ir muchos días a la playa a bañarnos y a mirar las chicas que también lo hagan, entre ellas supongo que habrá algunas de nuestras amigas de la pandilla de la Nevera –propone Queralt, que siempre tiene en mente al sexo opuesto.

   -Y a lo mejor podría haber alguna forastera con la que ligar –es Pifarré quien apoya la propuesta.

   -Pues yo tengo un plan mucho mejor. Ir a la marjalería a coger ranas, tortugas y anguilas.

   .¿Y eso cómo se hace? –pregunta Joaquinito Queralt que es, posiblemente, el que menos sabe del mundo rural. 

   -Para coger ranas, haces una especie de pequeña caña de pescar y al final del hilo…

   -Se llama sedal, no hilo –le corta Zaca, tan pedante como suele.

   -Pues al final del sedal pones una bolita de algodón y a esperar que las ranas piquen. Y luego, las freímos y nos las comemos.

   -No digas majaderías, Manolo. ¿Cómo vamos a comer ranas? ¡Qué asco! –exclama Joaquinito.

   -Yo las he comido varias veces y están buenas. Y no dan ningún asco –les informa Zaca.

   -¿Y las tortugas cómo se cazan? –pregunta Pifa.

   -Metiéndote en cualquiera de las acequias que hay entre los marjales y, como son lentas, puedes cogerlas con las manos –explica Manolo, que añade-: Y se las vendemos a la tía Adelia que las emplea para hacer una sopa que, según cuentan los parroquianos de su bar, está buenísima.

   -¿Y las anguilas también se cogen con las manos? –dice Queralt.

   -Hay que meterse en cualquier acequia de la marjalería y con una especie de horca, pero con solo tres púas, en cuanto ves una le clavas el pincho –explica Manolo.

    -Yo tengo un plan mucho mejor que todas esas chorradas de Manolo –cuenta Pifa-. Cuando lleguen las fiestas de agosto, en la subasta que hace el ayuntamiento para el ruedo de toros, podíamos comprar una plaza, hacer un cadafal e invitar a nuestras amigas a ver los toros.

   -¿Y qué íbamos a sacar con eso? –Pregunta Zaca.

   -Durante los toros, les haríamos beber moscatel y otras bebidas para emborracharlas o al menos que perdieran la vergüenza, y luego montaríamos un guateque en alguna de nuestras casas, y estando medio borrachas no veas lo que les podríamos hacer.

   -¡Ese plan sí que es cojonudo! –exclama Joaquinito.

   -Muy cojonudo, pero ¿y de dónde sacamos el dinero para comprar la plaza del ruedo? –a Manolo le toca poner los pies en el suelo y ser realista.

   Y así pasan los integrantes de la pandilla los últimos días de junio, imaginando planes cuya mayoría es más que dudosa que lleven a la práctica porque, salvo Pifarré, no son proclives a la acción y todo se les va en salvas de vanos coloquios. Lo que menos podía esperar Zaca es que esos bosquejos de planes quedaran en nada, pues el destino o la divina providencia le depara una sorpresa que puede dar al traste con los proyectos de la pandilla. Y algo de esa falla comienza a barruntarse cuando Joaquinito Queralt les anuncia un buen día:

   -No sé si voy a poder estar todo el verano con vosotros. Papá –es el único que llama así a su padre- ha dicho que mis abuelos están muy viejos y que debíamos ir a su pueblo, uno llamado Berga en la provincia de Barcelona, a pasar unos días con ellos.

   Una vez acabados los exámenes de junio, fue cuando el matrimonio Clavijo habló con su primogénito sobre el asunto de qué fuera a hacer después de que el próximo año apruebe el bachillerato elemental. Los padres no se anduvieron con paños calientes y explicaron al chiquillo la realidad de la situación familiar y como ello condicionaba las posibilidades de que el chico pudiera estudiar o no ciertas carreras.

   -Hijo, ante todo, debes saber que estamos muy orgullosos de ti. Hemos estado hablando con la tía Emilia sobre qué podrías estudiar después de que el próximo año acabes el cuarto, y queremos saber qué es lo que te gustaría hacer –el señor Zacarías, como cabeza de familia es el que ha tomado el timón del coloquio.

   -Yo haré lo que quieran ustedes –responde el chiquillo en plan de hijo estrictamente obediente.

   -Eso lo damos por descontado, pero lo que queremos saber es lo que te gustaría a ti. Te explico lo que nos ha contado la tía Emilia.

   Y el padre describe al chaval las distintas opciones que va a tener en cuanto sea bachiller elemental. Para lo que hay un condicionante fundamental: que vaya a estudiar lo que sea deberá hacerlo en el pueblo, pues no tienen el dinero necesario para poder pagar su estancia fuera de casa. Y, claro, ese condicionante restringe los estudios que podrá cursar. La información entristeció al chico, pues uno de sus anhelos era el de poder estudiar en plan oficial, lo que suponía tener que ir todos los días a clase de un centro docente, tener compañeros de clase, recibir las enseñanzas de unos profesores que supieran de su materia; en definitiva, llevar la vida de un estudiante normal. Y ello, porque uno de los secretos que el muchacho guardaba en lo más hondo era que estaba cansado de estudiar por libre. Estaba cansado de tener que aprendérselo todo de memoria. Estaba cansado de no tener con quien hablar de las pequeñas incidencias del día a día. Estaba cansado de tener que jugarse el esfuerzo de todo un curso en un examen de unos cuantos minutos. Pero tenía una idea aproximada de cuál era la situación económica de la familia y era consciente de que pedirle peras al olmo era pedir un imposible. Así que se resignó, y centró su atención en las posibilidades que padre iba desgranando.

   -… y al final, los únicos estudios que podrías hacer sin irte de casa son los de Perito Mercantil, pues te valdría ser bachiller elemental para matricularte cómo alumno libre en la Escuela de Comercio de Castellón –El muchacho, que era la primera vez que oía hablar de tal carrera, formuló una pregunta cargada de lógica.

   -Y para ser Perito Mercantil, ¿qué hay que estudiar?

   -Las materias fundamentales son–y padre, desplegando la nota que le dio Emilia, lee-:Contabilidad y Teneduría de Libros, Derecho Mercantil, Correspondencia Comercial, Mecanografía y Taquigrafía, Cálculo Mercantil y Álgebra, Economía y Legislación, y Geografía Comercial, –el chico puso un gesto compungido al oír la retahíla de materias, de las que solo le sonaba la de contabilidad y el cálculo, las demás le eran totalmente desconocidas.

   -Debe de ser una carrera muy difícil. Y no creo que de todo eso sepan ni don José ni don Domingo –apuntó el chiquillo, que agregó-: Y tampoco estoy seguro de que yo solo pueda llegar a aprenderme esas asignaturas, pero…

   -¿Pero qué? –le apremia padre.

   -Que a mí me gusta estudiar, y me gustaría más estudiar una carrera, la que fuese, como estudiante oficial.

   -Lo comprendo, hijo, pero como te hemos explicado no nos es posible pagarte la estancia en una pensión, por eso si quieres seguir estudiando ha de ser sin salir de casa. Entiendo que no es lo ideal, pero con esos bueyes tendrás que arar. Es lo que hay.

   -Ya. Lo que no me ha quedado claro es porque no puedo estudiar para maestro como era el plan que tenían cuando comencé el bachillerato. Hacer hasta cuarto y luego estudiar los tres años de magisterio también como alumno libre.

   Padre repitió al chiquillo lo que les contó la tía Emilia sobre el nuevo plan de la República para los estudios de magisterio, lo que suponía tener que asistir a la Escuela Normal y, por tanto, no poder estudiar por libre. Además de que también suponía cursar el bachillerato superior. Lo que significaba estudiar hasta los veinte años al menos. Al chico estudiar hasta esa edad le pareció un sueño maravilloso, incluso aunque fueran más años, porque metido entre libros era como se sentía más feliz y realizado, pero como todos los sueños al fin quedaron en nada. Al final, Zaca pidió a sus padres si podía decidirse después de acabar cuarto, y así lo resolvieron. ¿Y ahora, qué? se quedó sin respuesta.

   Así es como se marchó Zaca al Mas del Canònge, sin saber qué podrá estudiar cuando acabe cuarto, aunque como suelen decir los mayores en un año pueden ocurrir mil y un hecho que te cambia la vida, tampoco se preocupa demasiado. Ser fatalista a veces genera paz.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 53 de la novela “El masover” titulado: El Mas del Canònge