La clase del martes con los masoveros se desarrolla con la habitual normalidad. Sisca continúa siendo una alumna ejemplar: atenta, colaboradora e interesada en aprender. Lía y Juanito también han hecho notables progresos y están comenzando a silabear. El único que desentona es Mito, el crío solo piensa en jugar, dormitar y, como mucho, entretenerse mirando las estampas de algún libro. Pese a la actitud del pequeñajo, Zaca empieza a sentirse satisfecho con su trabajo de docente, se siente a gusto y está comprobando que, pese a que sus conocimientos son los de tercero de bachillerato, sabe lo suficiente como para enseñar a sus circunstanciales alumnos.
. El miércoles, en el desayuno, la abuela manda recado a Zaca de que a las doce le espera en el cuarto de estar, que quiere hablar con él. El chico llega puntual a la cita y se encuentra que, acompañando a Julia, están Paca, Valerio y Sisca.
-Siéntate, Bachiller. He querido que estén presentes mi hija, mi nieta y Valerio, por los motivos que te explico enseguida. Quiero que hablemos sobre tu sugerencia de que en el mercat del dilluns podríamos vender, además de nuestras cosechas, las de otros masos con los que estamos relacionados. Le he dado muchas vueltas a la idea y creo que es posible, aunque organizarlo no va a ser fácil. ¿Has seguido pensando en la cuestión? ¿Se te ha ocurrido algo más? –pregunta la abuela.
-Sí, señora Julia –Zaca sabe que lo de señora repatea a la abuela, pero está tan acostumbrado a anteponer el término de respeto que es incapaz de no hacerlo-. He seguido pensando en ello y se me ha ocurrido algo más –y explica el análisis de los seis servidores sin citar a su autor, pues duda que los masoveros sepan quien fue Kipling- pero, como no he terminado dicho análisis, creo que es más prudente que lo cuente cuando lo haya finalizado. También he pensado lo referido a la propaganda que debería hacerse, pero eso es algo que, en principio, no afecta a la estructura de la idea, por lo que creo que de momento es mejor dejarlo apartado.
-Me parece bien. Vayamos por partes. ¿Has pensado que productos de otros masos podríamos vender en el mercat? –pregunta Julia.
-Sí y no, abuela. He pensado en el aceite, que es una mercancía de la que, dada su demanda, pueden vender más del que tienen y lo mismo puede decirse de pollos y conejos. Respecto a otros productos no he pensado nada en concreto. Creo que de eso saben más ustedes. Solo precisar que supongo que deberían ser las mercancías más demandadas por los clientes y de las que el Mas no tiene suficiente cantidad para abastecer la demanda.
-Bien. Te informo que Valerio ha dado una vuelta por buen número de los masos de La Plana Alta y han sido bastantes los masoveros que el proyecto les ha interesado y se han ofrecido a colaborar en vender sus excedentes por medio de nuestro puesto en el mercat del dilluns. Siempre y cuando cerremos los correspondientes tratos. Unos nos venderían la mercancía y otros participarían con sus productos en la venta dándonos un porcentaje de la ganancia. Todo eso a expensas de negociarlo en detalle, claro está. Valerio, cuenta tus gestiones al respecto –pide Julia.
-Poco tengo que añadir a lo que ha explicado Julia. En Sierra Engarcerán he visitado las masías de Perdigana, Montino, Vidal, Collet, Vilarets, San Miguel y Cervelló. En Villanueva de Alcolea los masos de L'estela, de Calaf, Pascualets y de El Señor. En Las Cuevas de Vinromá: La Bosseta, Torre Ebrí, La LLoma, Sierra Irta, La Solera, Les Casetes y Els Vilás. Me faltan por visitar masadas de Cabanes, Torreblanca y Vall d´Alba. De forma global, los resultados de esas visitas se contabilizan en loa siguientes grupos: unos, casi la mitad con los que he hablado, no les interesa participar; en un segundo grupo, como la nitad del mismo nos venderán sus cosechas si llegamos a un acuerdo sobre precios y porcentajes; dentro de ese segundo grupo el resto, aproximadamente, están dispuestos a participar en el negocio siempre que acepten el tanto por ciento que nos llevaremos por vender sus cosechas. Solo con ese cincuenta por ciento que parecen dispuestos a participar, el monto de la mercancía a vender aumenta considerablemente. Aunque para decirlo todo me pregunto si seremos capaces de vender tanto género –tras esa última reflexión, Valerio da por cerrada su intervención.
-Gracias, Valerio. Otra cuestión relacionada con lo que acaba de contar Valerio es el transporte. He hablado con el tío Visènt el Tonellaes. Está dispuesto a encargarse de recoger la mercancía de los masos que participen en el negocio. A unas masías iría a recoger la mercancía y a las más alejadas convendríamos unos puntos de encuentro a medio camino para recoger sus productos. Y otra cuestión: la segunda vez que les recojamos la mercancía se les pagaría lo vendido en la semana anterior. No hemos hablado de los saldos que hacemos al final de los lunes, pero si lo hemos hecho sobre los productos que no vendamos: nos los quedaríamos y asumiríamos las pérdidas en caso de haberlas –La abuela hace una pausa, bebe un buche de agua y prosigue-. Valerio ya ha apuntado un posible punto débil del negocio: ¿seremos capaces de vender tantas existencias? Por ahora no tengo respuesta. Tendremos que arriesgarnos. Y para aumentar la capacidad de venta una cuestión imprescindible es que habrá que incrementar el número de vendedores y el tamaño del puesto. Respecto a la gente que vaya a vender, pienso hablar con dos de mis sobrinas de Villanueva de Alcolea y con unas primas de Manuel que viven en Cabanes, para enrolarlas como vendedoras, si veo que tienen cualidades para ello. También es posible que alguna de las mujeres de los masos que irán a porcentaje quiera venir a vender. Todo esto habrá que concretarlo, pero en un segundo momento. ¿Alguna pregunta, alguna sugerencia?
-Abuela, para lograr unas ventas mayores creo que sería pertinente hacer propaganda del puesto y de lo que vende. –Zaca ha encontrado un portillo para meter lo de la publicidad.
-Eso, Bachiller, es una pérdida de tiempo. ¿No conoces el refrán que dice que el buen paño en el arca se vende?
-Perdone, abuela, pero ese refrán ha quedado obso…, viejo. Si usted oyera la radio, comprobaría que la mayoría de emisoras intercalan anuncios en sus programas. Si lo hacen es porque la gente escucha esos programas y los anunciantes pagan por ponerlos.
-Abuela –tercia Paquita-, creo que Zaca lleva razón. Mira si no el Diario de Castellón, está lleno de anuncios. Y si lo está será por algo.
-¿Y vosotros creéis que si anunciamos nuestro puesto vamos a vender más? –La pregunta de Julia está cargada de reticencia, y agrega-: Tenemos una clientela muy leal que no necesita oír o leer un anuncio para saber dónde estamos y qué vendemos.
-Pero de lo que se trata, Julia, -ahora quien habla es Valerio- es de encontrar clientes nuevos y esos posiblemente no saben ni que existimos. Por ejemplo, toda esa gente que nos compra y queveranea en Las Villas de Benicásim, y que son de Valencia y de más al sur, es más que posible que muchos de ellos nunca hayan oído hablar del Mas del Canònge. Y como son gente de dinero, seguro que todos tienen arradios y leen los diarios.
-¡Vaya, hombre! ¿Tú, también, Valerio? Lo que me faltaba. Bueno, si estáis de acuerdo en lo de la propaganda, habrá que estudiarlo, porque lo de poner anuncios no lo he hecho nunca. ¿Tú sabes algo de eso, Bachiller?
Zaca enrojece. Le acaban de pillar en un renuncio. Aparte de haberse leído el librito sobre publicidad, no sabe más sobre el tema y, por supuesto, nunca ha puesto un anuncio. Así lo reconoce.
-O sea, Bachiller, que estás tocando de oído. Rediez, eres más atrevido que un sargento legionario. Dejemos aparte lo de la propaganda y centrémonos en como conseguiremos vender lo que los posibles socios vayan a aportar. Otra cosa, en lugar de ir al mercat un par de veces al mes tendríamos que ir todos los lunes. Esa será una forma segura de poder hacer más ventas. Y según como vaya, quizá tengamos que buscar nuevos mercados –Parece como si la abuela se hubiese adueñado de la idea de Zaca, pues va un paso por delante de todos.
-Se me ocurre, madre, que si tenemos más mercancía y el número de vendedores aumenta, habrá que encargar nuevos tableros y caballetes para ensamblar un puesto de mayores dimensiones –sugiere Paca en la que es su primera intervención.
-Yo conozco un carpintero en Torreblanca que lo podría hacer y no es caro –ofrece Zaca pensando en Vicente Llombart.
-Muy bien, pero lo primero es amarrar las propuestas de los masoveros que han decidido colaborar. Mañana mismo, Valerio, te encargas de visitarlos y cerrar los acuerdos.
-Julia, sin ánimo de llevarle la contraria –el mayoral siempre se anda con pies de plomo en su relación con la abuela-, creo que por ahora ese viaje es precipitado. Antes, hemos de tener clara la cuestión de la mercancía que les vamos a comprar o a tomar en fiado, los precios que vamos a pagarles y los porcentajes que nos vamos a llevar, en su caso. Y eso requiere pensarlo bien y hacer números, no sea que nos pillemos los dedos.
-Tienes más razón que un santo, Valerio. Quiero ir tan deprisa que se me pasan cuestiones que son elementales. Debo de estar haciéndome vieja -admite Julia.
Zaca, que ha ido tomando notas de lo hablado hasta el momento, se da cuenta que el debate ha sido vivaz y fructífero, pero bastante caótico. Falta ordenarlo y sistematizarlo. Y aprovechando una pausa que el grupo ha hecho para tomar café escribe lo que podría ser una cronología ordenada de las cuestiones a especificar: Qué vender. A quien comprar. A quien asociar al nuevo puesto. Porcentajes sobre las ventas a dilucidar. Transporte de mercancías. Personal de ventas. Publicidad del nuevo puesto. Pagos y cobros. Otras cuestiones. Tendrán que repensarlo todo y analizar virtualidades y posibles fallos. Se dice que lo que está pensando no es el momento de hacerlo público, por lo que lo guarda en la recámara. Tras la pausa del café, Julia da por concluida la reunión.
-Bueno, gracias a todos. Paquita y tú, Bachiller, podéis iros, y si se os ocurre algo sobre lo que hemos hablado no dudéis en hacérmelo saber. Valerio y Paca, quedaos, tenemos que echar cuentas y hacer un inventario de los excedentes que podemos vender.
Al salir, Sisca cuchichea a Zaca:
-¿Sabes por qué estaba en la reunión? -y sin esperar respuesta, explica-: La abuela me dijo que debía estar en una reunión en la que se podía ventilar el futuro del Mas. Y que, como pubilla que algún día tendré que gobernarlo, tenía que saber cómo se discutían los asuntos que le afectaban.
-O sea, que la abuela está preparando a la heredera. Lo que me ha extrañado es que tu madre apenas si ha intervenido.
-Mi madre es así. La abuela dice que le falta carácter. Antes todo lo hacía mi padre, era el que discutía con la abuela y quien tomaba las decisiones hasta que se puso malo. Ahora, ya lo ves, es la abuela quien lleva el timón y al único que consulta es a Valerio. Hasta ahora, porque hoy también lo ha hecho contigo, a pesar de que solo tienes trece años. Yo creo que lo hace porque eres casi bachiller y eso le impone. Como ella no pudo serlo…
-Entonces, ¿qué estudió en los años que estuvo interna con las monjas de la Consolación?
-Cultura general y un curso de contabilidad. Ella hubiese preferido estudiar bachillerato, pero su padre, mi abuelo, se negó. Y la abuela siempre ha lamentado esa negativa. Y como tú si lo estudias, de ahí que te profese una especie de…, no sé cómo decirlo. Pero lo más importante es que, por primera vez desde que recuerdo, acepta una idea de alguien que no es del Mas. No sé cómo lo has hecho pero, como ayer dijo Valerio, te la has ganado. Bueno, tengo que dejarte, he de ayudar a madre a limpiar las habitaciones. Nos vemos en la comida.
-Es más correcto llamarle almuerzo.
-Pues almuerzo, señor maestro – se burla Lía que ha llegado en el último tramo de la charla.
En su dormitorio, Zaca sigue repasando cuanto se ha dicho en la reunión. Está más que contento por cómo se ha desarrollado, y aún es más feliz puesto que, según dicen Valerio y Sisca, se ha ganado el respeto de la abuela. Piensa que ha de procurar esforzarse en aportar más ideas y sugerencias para que el nuevo planteamiento del mercat del dilluns salga lo mejor posible. Y dándole vueltas al magín se le ocurre algo: una forma simple y barata de propaganda sería poner una especie de cartel diciendo que el nuevo puesto del mercat es del Mas del Canònge. “Bueno -se rectifica-, y ahora de las otras masías que se van a asociar”. Piensa en un título: Puesto del Mas del Canònge. No, lo rechaza, es feo, no dice nada nuevo y además no habla de los otros masos. Masías del Maestrazgo, Eso sería una falsedad, el Canònge y los demás masos asociados son de la comarca de La Plana Alta. ¿Y por qué no Los Masos de La Plana Alta? “Tendré que pensarlo más detenidamente –se dice-.Y habría que añadir algún dibujo en colores. ¿Cuál? Ya está, un mas… o varios, con sus nombres. Y quizá una relación de los principales productos que venden”. La cabeza del muchacho es un hervidero, de ideas –unas prácticas, otras quiméricas-. Desconoce el concepto, pero lo que está llevando a cabo es una auténtica tormenta de ideas. Esas ocurrencias, se dice, ¿servirán de algo?, ¿podrán ponerse en práctica?, ¿sus resultados serán buenos? Desconoce las respuestas, pues está haciendo algo que nunca hizo: pasar de la teoría a la praxis. Y comienza a sospechar que convertir los pensamientos en hechos concretos y tangibles no va a ser fácil, porque como dice el refrán: una cosa es predicar y otra dar trigo. Evidentemente, resulta más fácil dar consejos que practicar lo que se aconseja. Y es consciente de que en el terreno de la praxis no se maneja con la misma soltura y eficacia que en el campo de la teoría. Pero será cuestión de probar y, en su caso, de rectificar si la teoría no funciona en la vida real. Como suele decir madre: “Por probar, nada se pierde. Bueno –piensa-, se pierde tiempo, pero por el momento el factor temporal no es acuciante. Veremos”. Nunca ha sido tan feliz.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 68 de la novela “El masover” titulado: Los Masos de La Plana Alta