Paco
Vives ha empezado a preocuparse al ver que por segundo día consecutivo su hija
Amparín ni se ha sentado en la mesa para comer junto a sus padres y hermano ni ha
aparecido por el almacén de la familia. Pregunta a su mujer:
- ¿Qué le pasa a la niña?
- ¿Y tú lo preguntas?, pues que le diste un
disgusto de muerte por prohibirle ir al baile de los estudiantes con Carlitos
Villangómez y lleva casi cuarenta y ocho horas sin probar bocado. Así no puede
seguir.
- No te preocupes, ya se le pasará. Esto no
es más que la rabieta de una niña malcriada. La culpa es tuya por consentirla
demasiado.
- Vaya, ya encontraste a quien echarle la
culpa. Desde luego, eres de lo que no hay. ¿Qué importancia puede tener que
vaya al dichoso baile con un chico o con otro? Deja que tu hija vaya con quién
le apetezca y si quién le gusta es el hijo de esos maestros pues, ¡bendito sea
Dios!, que vaya con él.
- Y por qué ha de ir con un mequetrefe que no
es nadie y que nunca lo será, ¿se puede saber? Un chiquilicuatro hijo de unos
maestros. Y todavía si su familia tuviera dinero o fincas..., pues me he
preocupado por informarme y no tienen donde caerse muertos. ¿Eso es lo que
quieres para tu hija, que termine casándose con un don nadie? A ti te parecerá
bien, pero yo no estoy dispuesto a que la niña no tenga un futuro como el que
tenía pensado para ella.
- Paco, estás desbarrando. ¿Quién habló de
casamiento? De lo que discutimos es de ir a un baile con un chico que conoce y
que le gusta. Y solo tienen dieciséis años. Hasta es posible que estén
enamoriscados, pero ¿quién no lo ha estado a esa edad?
- No me vengas con cuentos, Asunción. Se
empieza tonteando y no se sabe cómo se puede acabar. Y ya te he explicado que
ese zascandil tiene menos futuro que un buscador de caracoles. ¿Ese es el
porvenir que pretendes para nuestra hija?
- ¿Y qué futuro quieres para ella? ¿Crees que
será más feliz casándose con alguien que tenga dinero, pero al que no quiera?
Para ser medianamente dichoso lo verdaderamente importante es querer a la
persona con la que te unes o, al menos, que te guste, que te encuentres cómodo
con ella. Y por lo que me ha contado estos días, antes no me había hecho
ninguna confidencia, a nuestra hija no solo le gusta ese muchacho, está muy
enamorada. Y, por lo que dice, él también. Yo también me he preocupado en
informarme de él y su familia, no de sus bienes sino de cómo son. Sus padres
tienen la reputación de ser, además de los mejores maestros del pueblo,
amables, honrados y buena gente. Su hermana mayor, Beatriz, también tiene fama
de encantadora, estudiosa y simpática. Y del chaval dicen que es buen
estudiante y mejor hijo. Con todo eso, ¿qué importancia puede tener que no
tengan fortuna? El dinero no hace la felicidad, pero las buenas cualidades sí.
Y además, vuelvo a insistir, no estamos discutiendo con quién vaya a casarse la
niña, solo con quién va a ir a un baile. Si lo piensas, marido, sacarás la
conclusión de que te has pasado veinte pueblos. No estamos ante un asunto de
vida o muerte, algo que sea irreparable. Se trata de la ilusión de una
chiquilla de dieciséis años ante su primer baile de postín.
- No solo me jode que nos haya ocultado con
quién salía, todavía me encampana más que se haya puesto tan chulita y que no
sea capaz de reconocer que ha metido la pata.
- ¿Acaso te ha faltado al respeto?
- Pues... no, pero no hay manera de que se
apee del burro.
- Tiene a quién parecerse, al fin y al cabo
es hija tuya, pero vayamos al grano: hay que resolver este problema, no estoy
dispuesta a soportar esta situación ni un día más. Tienes que hablar con ella.
A ti que tan bien se te dan los tratos, seguro que podrás alcanzar algún tipo
de acuerdo en el que tú prestigio y tú autoridad queden a salvo y ella pueda ir
al baile con ese muchacho. Después ya veremos qué se hace.
- Hombre, lo que me faltaba por ver, que mi
mujer me esté dando órdenes sobre lo que tengo que hacer.
- Paco, no me malinterpretes, no te doy
ninguna orden, lo que digo es que no podemos seguir así.
- Haz el favor de no replicarme. En mi casa
se hace lo que yo diga.
- Esta también es mi casa y siempre he
acatado que la tuya sea la última palabra, pero estamos hablando de nuestra
hija y no estoy dispuesta a que le amargues la vida por un orgullo mal
entendido.
- Asunción, ya me tienes hasta los huevos, no
me repliques más o... – y levanta la mano amenazadoramente.
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? Te juro por la
salud de mis hijos que como me pongas la mano encima me voy al cuartelillo y te
denuncio a la Guardia Civil. Igual no servirá para nada, pero del escándalo que
se va a montar no te librarás. Siempre habrá algún soplagaitas que dirá lo de
sí le ha pegado motivos le habrá dado, pero para otros muchos tu prestigio, del
que tanto presumes, quedará por los suelos. El anterior alcalde calentando a su
mujer. Pues no se iban a reír de ti tus enemigos con Gimeno y sus amigotes a la
cabeza.
- ¡Mujer, eres imposible, no sé qué voy a
hacer contigo!
- Yo te diré lo que vas a hacer: aguantarme,
como yo te aguanto, y hacerte a la idea de que este problema o lo solucionas tú
o lo hago yo.
Los problemas de la familia Vives no inquietan a Martín Esteller, el barbero, entre otros motivos porque los desconoce, pero aunque así fuera probablemente le tendrían igualmente sin cuidado porque en lo que está centrado a estas horas de la mañana es en acudir, puntual como un ejecutivo de la City, a la pensión donde vive Alfonso Grau con los útiles propios de su profesión, dispuesto a dejarle la cara tersa cual la de un bebé. Como le avisó Gimeno, el barbero descoloca frecuentemente al joven veterinario con su peculiar léxico, casi tanto como con su inagotable caudal informativo. Esta mañana le vuelve a contar sucedidos sobre el baile de los estudiantes. De tal forma pinta las entretelas de la fiesta y cuenta unas historias, tan divertidas como rocambolescas, que suscita la curiosidad del albéitar.
Los problemas de la familia Vives no inquietan a Martín Esteller, el barbero, entre otros motivos porque los desconoce, pero aunque así fuera probablemente le tendrían igualmente sin cuidado porque en lo que está centrado a estas horas de la mañana es en acudir, puntual como un ejecutivo de la City, a la pensión donde vive Alfonso Grau con los útiles propios de su profesión, dispuesto a dejarle la cara tersa cual la de un bebé. Como le avisó Gimeno, el barbero descoloca frecuentemente al joven veterinario con su peculiar léxico, casi tanto como con su inagotable caudal informativo. Esta mañana le vuelve a contar sucedidos sobre el baile de los estudiantes. De tal forma pinta las entretelas de la fiesta y cuenta unas historias, tan divertidas como rocambolescas, que suscita la curiosidad del albéitar.
- ¿De verdad pasan todas esas cosas? –
pregunta, un tanto asombrado, Grau.
- Y muchas más. No se lo puede imaginar – El
rapabarbas es feliz con un nuevo cliente de esa categoría y saca a relucir toda
su panoplia informativa -. Para empezar, el baile es importante porque es el
lugar en el que se costata quién es quién en el pueblo. Si no estás es que no
eres nadie. Algo así como aparecer en el Nodo. Quien no sale en el Nodo no es
nadie en España. Además, hay algo que la gente no comprende y es que realmente
hay dos bailes: el que se ve y el que no se ve.
- A ver, Martín, explíquese, que parece usted
la Sibila.
El
fígaro está en un tris de preguntar qué quiere decir eso de la Sibila, pero
piensa que debe ser alguna palabreja propia de los veterinarios. Mejor
continuar con lo suyo ahora que tiene a don Alfonso entregado.
- Verá. El baile, del que la gente lo sabe
casi todo, es el que se celebra en el local de la calle Sichar. Bueno, este año
tendrá que ser en otro lugar porque ese local lo han vendido. De esa parte del
baile es mejor que no le cuente mucho porque lo que le aconsejo es que vaya a verlo,
y perdone mi atrevimiento; aunque solo sea para tomarse una copa y luego se va.
Pero hay otro baile, el que no se ve, del que la mayoría de la gente no sabe ni
papa.
- ¿Y qué pasa con ese baile que no se ve y
del que, según usted, casi nadie sabe nada? – pregunta Grau, cada vez más
divertido.
- De ese es del que le hablaré mañana cuando
venga a afeitarle. ¿A la hora de siempre, don Alfonso?