La única pista que por el
momento les queda por investigar al cuarteto de jubilados
metidos a detectives es la de averiguar si el furgón blindado, en el que se
transportaba el Tesoro Quimbaya, después del robo fue vendido por unos gitanos
al dueño de un desguace. Y para ello solo tienen un hilo del que tirar: el Tío
Josefo, patriarca del clan de los García Reyes, que es viejo conocido de Ponte
y la persona que podría saber si lo de los gitanos es cierto. Lo que ocurre es
que el cuarteto tiene un problema: desconoce el paradero del Tío Josefo, el
único medio de encontrarlo es a través de uno de sus nietos que está internado
en un centro hospitalario de Madrid; por eso, como afirma irónicamente Álvarez,
se han convertido en visitadores médicos. Ya han buscado en algunos de los
hospitales públicos más grandes y conocidos de la ciudad sin haber encontrado
rastro alguno del familiar del patriarca gitano. Han de seguir insistiendo.
El día doce prosiguen con su plan de visitas
a algunos de los centros hospitalarios que les restan por investigar. Por la
mañana, Álvarez y Grandal han visitado el Hospital Gregorio Marañón,
posiblemente el mayor centro sanitario de Madrid, sin resultado ninguno. Por la
tarde, recorren el Hospital Universitario 12 de Octubre, otro de los grandes
centros de la Seguridad Social madrileña, con el mismo resultado: ningún rastro
de los García Reyes.
A su vez, Ballarín y Ponte, por la mañana
visitan el Hospital Universitario de la Princesa que es uno de los
cuatro hospitales docentes de la Facultad de Medicina de la Universidad
Autónoma de Madrid. Como está emplazado en el barrio de Salamanca, cogen la
línea 4 del metro en la estación de Argüelles que les lleva hasta la estación
de Diego de León muy cerquita del hospital. La visita, como las
hechas a los demás centros, es decepcionante, ni rastro de los gitanos a los
que buscan. Por la tarde, acuden al Hospital Universitario Niño Jesús, sito en
la Avenida de Menéndez Pelayo. Cuando se dirigen paseando al centro
hospitalario pasan por delante del Estadio Santiago Bernabéu. La vista del mítico
estadio del Real Madrid le hace recordar a Ballarín las muchas tardes
memorables que pasó en el coliseo viendo jugar al equipo del que fue socio.
- No veas la de
partidos que he visto ahí dentro. Venía mucho, sobre todo con mi hijo Jaime que
era más merengue que yo, pero desde que se casó dejó de venir conmigo, su mujer
no soportaba quedarse sola en casa. Dejé de comprar el abono y al final también
me di de baja como socio. Hoy solo me quedan recuerdos.
- Yo no soy nada
futbolero – comenta Ponte -. Y bien que me tomáis el pelo por ello. En toda mi
vida solo he estado dos veces en el Bernabéu. Una, con mi hijo David, viendo un
entrenamiento del Madrid. La segunda recuerdo que fue un partido del Madrid
contra el Valencia y en el que acompañé a Joaquín Pifarré, un amigo valenciano
de Hidroeléctrica, que vino a ver el encuentro. Después de eso ya no volví a
pisar el estadio.,
Rememorando esos recuerdos llegan al Hospital
Niño Jesús. En uno de los pasillos de la segunda planta encuentran un numeroso
grupo de gitanos. Se paran a preguntarles cuando, antes de que la pareja de
veteranos pueda decir algo, uno de los cales dirigiéndose a Ponte le espeta:
- Usté es don Manué
Ponte, ¿a que sí?
- Sí señor, ¿y tú
quién eres?
- Mi menda es Enrique
el Gamba. Cuando currelé pa usté era un chavea y me decían el Quique.
- Entonces, tú
serás un García Reyes – en una afirmación que también es pregunta.
- Si señó, a mucha
honra.
Ponte y Ballarín dan un suspiro de alivio.
Al final, los han encontrado.
- ¿Tenéis a alguien
de la familia aquí? – inquiere Ponte.
- Si señó, al
churumbel más chico del Curro. Tuvo una neumonía que lo puso chungo. Ha
estao a punto de diñarla, aunque parese que ya va mejorando.
- Y de mi amigo, el Tío Josefo
¿qué me cuentas?
- Pues si hubiese venio usté esta
mañana se lo habría tropesao.
- Me gustaría echar una parrafada
con él, hace mucho que no nos vemos. Me das su móvil y le llamaré.
- No tiene. Dise que eso de estar
siempre localisao le da mal fario, pero ya le digo, pásese usté mañana y lo
encontrará aquí.
- Pues muchas gracias, Enrique, y
que Frasquito se ponga bien. Por cierto, su padre, el Curro, ¿está aquí? Me
gustaría darle un abrazo.
- Estaba. Ha salío
a haser una comanda y no sé cuándo volverá, pero no se apure, ya le diré que ha
preguntao usté por él. Seguro que también se llevara un alegrón.
En cuanto salen
del hospital, les falta tiempo a la pareja para llamar a Grandal:
- Jacinto, que hemos encontrado a los García Reyes.
Están en el Hospital del Niño Jesús.
- ¿El Niño Jesús? ¡Coño, si es que estoy perdiendo
facultades! – exclama Grandal -. Deberíamos haber empezado por los centros
especializados en chavales como el Niño Jesús. Nos habríamos evitado el patear tantos
hospitales. ¿Has hablado con el Tío Josefo?
Ponte le cuenta
a Grandal su diálogo con Enrique el Gamba. Tendrán que esperar a mañana para
hablar con el patriarca del clan.
Ponte duerme
mal esa noche, pese a la falta de sueño el miércoles trece madruga. Por fin
podrá charlar con su viejo amigo el Tío Josefo. Aunque lo de amigo, tratándose
de una relación entre un payo y un gitano, es siempre algo relativo. Recuerda
una copla del gitano Peret, el rey de la rumba catalana, que tenía una canción
que se titulaba Mig Amic en la que
rememoraba a su padre que vendía tejidos y al que la gente que le trataba le
llamaba Medio Amigo, y eso era porque un calé nunca entrega toda su amistad a
un payo. Sin embargo, Ponte espera que el patriarca de los García Reyes, en
recuerdo de los viejos tiempo, se sincere y le cuente cuando sepa, si es que
sabe algo, de esos gitanos que se supone que vendieron el furgón blindado.
Al despertar, y
siguiendo su inveterado hábito, abre el ordenador para ver que cuenta la
prensa, hoy le toca al ABC. En la primera portada aparece una fotografía a
cinco columnas con Pedro Sánchez y otros dos dirigentes del PSOE y un pie que
dice: PP y C´s permiten a Patxi López
presidir el Congreso mientras enfrentan a Podemos con el PSOE. Me parece
una prudente decisión que los distintos partidos se repartan los cargos más
importantes de la legislatura, se dice Ponte. En la segunda portada el titular
principal es: Puigdemont promete el cargo
sin mención a la Constitución ni al Rey. A estos secesionistas no les apean
del burro de la independencia ni haciéndoles carantoñas ni dándoles estacazos,
piensa el viejo. En el centro hay una composición fotográfica de pescados cuyo
pie dice: El consumo de pescado cae un
13,5 % en los últimos seis años. Más o menos tantos años como dura la
crisis, se dice. Y en el faldón otro titular: La banca española ha perdido desde las elecciones generales 21.500
millones en Bolsa. Hay un par de subtitulares más, pero no los mira, no
puede perder más tiempo.
Cierra el
ordenador, pues tiene que arreglarse para estar presentable en su visita al Tío
Josefo. Sobre la visita, el día anterior debatió el cuarteto si alguno de ellos
debería acompañar a Ponte en su visita al hospital. Ponte prefería que le
acompañase, al menos, otro de los compañeros y lo justificaba alegando:
- Así me sentiré más arropado y siempre tendré alguien
que me eche una mano si la entrevista con el Tío Josefo se tuerce. Concreto
más, prefiero que me acompañe Jacinto que es quien tiene más experiencia en
tratar con los gitanos y además conoce al patriarca.
- Sería un tremendo error que te acompañara – afirma,
tajante, Grandal -. Para el patriarca del clan no soy más que un madero y mi
mera presencia haría que se cerrara en banda y no soltaría prenda.
- Bueno, pues que me acompañe Amadeo o Luis – propone
Ponte.
- Mira, Manolo,
no insistas. Lo mejor es enemigo de lo bueno, y lo mejor es que vayas tú
solito. El Tío Josefo se sentirá más cómodo hablando con alguien a quien conoce
y en quien confía, en cambio la presencia de un desconocido le hará ser
renuente a la hora de contarte lo que sabe, suponiendo que sepa algo.
Vistos los
argumentos expuestos, Ponte acepta ir solo, aunque la soledad le haga estar
algo más nervioso que de costumbre.
- Ojalá siga teniendo buen recuerdo de mí y ojalá sepa
algo de los presuntos calés que
vendieron el furgón blindado – dice en voz alta para terminar añadiendo -. Dos
ojalás seguidos muchos son. Espero que suene la flauta aunque sea por
casualidad.