martes, 17 de marzo de 2026

“El masover”. 63. ¿Y eso es bueno o malo?

 

   El viernes, 7 de julio, tras desayunar, Zaca mantiene un agradable coloquio con la señora Concha, pues en el repaso que el día anterior hizo a la cocina como el auténtico “corazón” del Canònge hubo algo que pasó por alto: el horno existente en el pequeño patio al aire libre pegado a la  cocina. El muchacho recuerda que Concha le contó que ese horno exterior lo usan, sobre todo, para cocer el pan, las cocas y los platos que no caben en la cocina económica, pero quiere saber más.

   -Y el horno de fuera, ¿cómo es y cómo funciona?

   -Es de media bóveda y de piedra. El fuego se hace dentro calentando el interior con ramas encendidas que rápidamente hay que quitar cuando se convierten en ceniza y limpiarlo todo para cocer el pan y las tortas.

   -En casa, madre amasa pan unas tres veces al mes, pero para cocerlo lo lleva al horno de la tía Galla porque nosotros no tenemos.

   -Aquí tenemos un cuarto, el amasador, donde se encuentra la artesa de madera donde amaso el pan.

También guardamos allí la paleta de madera para cortar la pasta, un cántaro con agua, un par de sacos de harina y algo de sal.

   -Como le dije, en casa madre amasa pan varias veces al mes, pero lo cierto es que nunca he observado como lo hace. Como no es un trabajo de hombres…

   -No hay trabajos de hombres o de mujeres, hay trabajos sin más, y que pueden hacer los unos o las otras. Pero vuelvo al pan. Te cuento como lo hago yo. Primero activo la levadura seca disolviéndola en agua tibia con azúcar y una pizca de harina, dejándola reposar de diez a quince minutos hasta que espume…

   -Perdone que la corte, señora Concha, ¿para que usa la levadura?

    -Para que la masa crezca y quede esponjosa. Luego la mezclo con la harina y la amaso con agua tibia. Después la dejo reposar para que la levadura actúe y comience el proceso de fermentación. Una vez fermentada la masa, hago bolas con la pasta y les doy la forma que tendrá el pan, y que puede ser una hogaza, una barra, un panecillo, depende. Tras ello, viene la maduración. Cuando la masa ha madurado, corto el pan y lo meto en el horno para su cocción. Y c'est ça, el proceso de elaboración ha concluido.

   -Hay algo que no he entendido, ¿qué es eso de cortar el pan?

   -Cortar el pan antes de hornearlo, también conocido como greñado, permite controlar la expansión de la masa en el horno. Al hacer cortes en la superficie, se crea una vía de escape para los gases que se expanden, evitando que la masa reviente sin control por otras partes.

   -Gracias, señora Concha. Explica usted tan bien las cosas que da gusto oírla. La nombro mi maestra culinaria.

   -¡Adulador!

   Tras abandonar la cocina, el novel maestro prepara la clase de la tarde. Para el pequeño Mito elige un bloc de páginas en blanco para que haga rayas o dibuje lo que quiera. Y una caja de colores para que coloree dibujos, amén de un par de libros con muchas imágenes para que se entretenga. Para Julita y Juanito, dos blocs pautados para que sigan haciendo palotes, círculos y semicírculos y al final letras. También un silabario para iniciarlos en la lectura. Para Sisca una redacción sobre lo que hizo el pasado domingo, un problema en el que para resolverlo ha de operar con las cuatro reglas y una lectura comprensiva para cuando los hermanos Ariza estén trabajando por su cuenta. Todo eso en el orden individual, en el colectivo piensa comenzar a impartirles la segunda clase de urbanidad, después de la de los saludos. Cuando después de casi cuatro horas de trabajo individual con cada uno de sus alumnos, especialmente con los tres mayores, Zaca decide que ya es momento de hablar de buenos modales. Hoy les hablará de cómo comportarse educadamente en la mesa. 

   -¿Sabéis lo que es un refrán? -Sisca levanta la mano.

   -Sé lo qué es, pues la abuela los usa mucho, pero no sé cómo explicarlo.

   -Un refrán es un dicho o una frase que expresa una enseñanza, un pensamiento o una moraleja. Se caracteriza por ser de origen popular y por transmitirse de forma oral, de generación en generación. Como los refranes provienen del conocimiento popular, son anónimos; es decir, que no tienen autor. ¿Lo habéis entendido? -Sisca dice que sí, pero Julita mueve la cabeza cómo si tuviera alguna duda.

   -Juli, ¿qué no has entendido de mi explicación?

   -No sé qué es una moraleja.

   -Una moraleja es una lección o enseñanza que se deduce de un cuento, una fábula, un ejemplo o una anécdota. Y una fábula es un escrito breve en el que los personajes principales suelen ser animales o cosas inanimadas. Bien, pues volviendo a los buenos modales en la mesa, hay un refrán que dice: Quien come y canta, loco se levanta. ¿Qué es lo quiere decir ese refrán?

   -¿Qué no se debe cantar en la mesa? –responde Sisca.

   -Ese refrán es una tontería, yo no conozco a nadie que cante en la mesa –dice la descarada Julita.

   -Vale. Y además de no cantar, ¿qué otras cosas no se deben hacer en la mesa? –Zaca no ha querido entrar a la provocación de Julita.

   -La abuela dice que no hay que eructar –recuerda Sisca.

   -Ni ponerse a bailar –añade Juli, no se sabe si en serio o en broma.

   -Muy bien, ¿y qué más?

   -Dejarse comida en el plato –añade Juanito.

   -¿Algo más?

   Visto que no hay más respuestas, Zaca explica a sus alumnos las principales reglas de urbanidad a tener en cuenta en la mesa. Algunas de las cuales no acaban de ser comprendidas por Juanito, como la de esperar al resto de comensales para empezar a comer.

   -Si tienes el plato lleno, ¿por qué hay que esperar a nadie?

   -Porque es una manera de mostrar respeto a las otras personas sentadas en la mesa, especialmente si esas personas son mayores que uno. Y también para esperar a los que aún no han llegado, pero se les aguarda.  

   -¿Y si mientras esperas, se te enfría la comida? –apunta Juli.

   -En un breve lapso de tiempo no es probable que se enfríe la comida, pero si ocurriera, pues te aguantas. Otra cosa que no debe hacerse es discutir y levantarse de la mesa con malos modos -Sisca acusa esta regla.

   -¿Dices eso por mi pelea del domingo con la abuela? –parece que Sisca se ha picado.

   -Sí y no. No tanto porque discutiste con tu abuela sino porque, sin ni siquiera haber acabado de comer, te fuiste dando un portazo.

   -Es que la abuela a veces me pone de los nervios. Siempre quiere tener razón y no soporta que alguien le lleve la contraria.

   -Es verdad que tu abuela es muy mandona y siempre quiere decir la última palabra, pero a los viejos hay que respetarlos aunque no se esté de acuerdo con lo que digan. El catecismo dice que hay que respetar a la gente mayor en edad, dignidad y gobierno. Y está más claro que el agua clara que la abuela Julia tiene más edad, más dignidad y mayor gobierno que cualquiera de nosotros.

   -Entonces, ¿qué hago? ¿Callarme o decirle a todo que sí? -pregunta una cariacontecida Sisca.

   -No, necesariamente. Cuando la abuela diga algo con lo que no estés de acuerdo, puedes y hasta debes decírselo, pero de forma educada y razonable. Sin gritar, ni poner mala cara, ni enfadarse. Ten en cuenta que casi siempre es mejor callarse que hablar. Hay una máxima que dice: Eres esclavo de tus palabras, pero señor de tus silencios.

   -Huy, no sé, no sé si podré hacerlo. No es fácil estar siempre de acuerdo con lo que a veces dice la abuela. Como has reconocido, es muy mandona y los que son así no admiten que se les lleve la contraria. Buena prueba es que en el Mas, solo Valerio es capaz de discutir con ella y no siempre. Las más de las veces se calla y, eso sí, luego hace lo que cree que debe hacer. Además discutir con la abuela es muy cansino. Recuerdo que cuando padre estaba sano discutía con ella con frecuencia. Se ponía de mal humor y lo pagábamos los demás. Por eso, madre no discute con la abuela. Le dice a todo que amén. ¿Tú te ves discutiendo con la abuela?

   -Procuraré no hacerlo, pero si en un momento pensara que debo hacerlo, no lo dudes, lo haría. Y ya está bien por hoy. Otro día seguiremos con el tema. La clase se acabó. Mañana más. ¿Qué vas a hacer hasta la hora de la cena? –pregunta a Sisca.

   -Echar el pienso a los animales del corral y luego ver como la señora Concha prepara la cena. Quiero aprender a cocinar.

   -¿Quieres que te acompañe a lo del pienso? No tengo nada que hacer.

   -Me gustaría, pero lo de dar el pienso a las gallinas no es tarea para hombres.

   -Entonces, ¿voy a ser menos hombre si te ayudo?

   -Creo que no. Vamos, estoy convencida de que no, pero hay gente que puede pensar lo contrario.

   -Y que otros piensen lo contrario, ¿te molesta?

   -No, nada, todo lo que… No me molesta, aunque según quien sea la persona que me lleva la contraria, a veces me da rabia. Por ejemplo: me fastidia que alguien que sepa menos que yo me discuta algo que yo haya dicho. Y eso les pasa a casi todos. Por un suponer, ¿a ti no te chincharía que Mito te llevara la contraria? ¿A que sí? Pues es lo que me pasa.

   -Hablando de otros que te lleven la contraria, te voy a enseñar otro refrán. Bueno, no sé si es un refrán o un proverbio: Cuanto más caso haces de la opinión de los demás, menos caso hacen los demás de la tuya.

   -No acabo de entenderlo, pero me gusta. Y vamos al corral, ya que no te importa.

   Antes de ir al corral, pasan por el granero y Sisca llena unos botes de latón con maíz, cebada y avena. Otros con salvado de centeno y de trigo. Luego pasan por el henar y cogen una brazada de hierba. El grano y parte del heno lo reparten por el corral. Las gallinas, los pavos y las ocas se arremolinan a sus pies picoteando con ansia la comida. Parte del grano, del heno y el salvado, mezclado con agua, lo han puesto en el comedero de los gorrinos. Después, han vuelto a coger hierba del henar y la han ido distribuyendo en el patio con suelo de cemento que hace de conejera. Las conejas que tienen gazapos están recluidas en jaulas de madera y tela metálica, y también a ellas les proporcionan hierba y algo de alfalfa.

   -¿Sabes que nosotros también cultivamos alfalfa en un marjal?

   -Sí. Me lo contó madre. Como también lo del negocio de los conejos. Y lo de la cabra murciana, y tu trabajo de escrivent, y… -Sisca está en un tris de decir que de él sabe mucho, pero se contiene a tiempo. Mejor se calla, no vaya a meter la pata.

   -¿Esto lo haces todas las tardes?

   -Y también por las mañanas, como ya sabes.

   -Tengo entendido que sois muy ricos, no tendrías por qué trabajar. Tu madre y tu abuela tampoco, ¿por qué lo hacéis?

   -Porque siempre ha sido así. Estar todo el santo día mano sobre mano debe de ser lo más aburrido del mundo. Y la abuela dice que el trabajo no es una maldición, sino una bendición. Tú, si pudieras,  ¿trabajarías?

   -Si puedo, trabajaré, pero en lo que me gusta.

   -¿Y qué es lo que te gusta?

   -Leer, estudiar, viajar, a lo mejor escribir. Lo que no me gustaría es trabajar en labores que me desagraden. Por ejemplo, no me gustaría ser labrador o marinero o albañil o… Bueno hay muchos oficios en los que no me gustaría trabajar.

   -Y ser masover, ¿te gustaría?

   -Pues no lo sé, pero creo que no. Aunque masover no es un oficio, sino… No sé, es como una forma de vida. ¿A ti te gusta ser masovera?

   -No conozco otra forma de vida, pero creo; vamos, estoy segura, que no me gustaría vivir en un pueblo. Estar en todo momento pendiente de lo que digan  u opinen los demás, y juntarte con gente que ni te va ni te viene debe de ser una pesadez… ¿Sabes?, nunca había hablado de todas estas cosas con nadie. Ni siquiera con mi madre o mi abuela.

   -¿Ni con tu padre?

   -Con padre nunca hablé mucho. Cuando estaba bien, apenas hablábamos porque yo era niña y él andaba siempre atareado con el trabajo del Mas. Y desde que está enfermo es que casi no habla con nadie. Tiene problemas con la voz... No sé que hora debe ser, pero creo que la señora Concha ya estará preparando la cena. Tengo que ir a ayudarla.

   -¿Te importa que te acompañe?

   -¡¿A la cocina?! –la exclamación ha ido acompañada de un gesto de rotunda sorpresa.

   -¿Por qué no? ¿Es que aquí los hombres no entran en la cocina para echar una mano si hiciera falta?

   -¡¡Pero qué dices!! ¡Estás como una cabra! Cocinar es trabajo de mujeres. Los hombres no guisan, ni aquí, ni en ninguna parte. Tienen otros trabajos que hacer.

   -Te equivocas, Sisca. Yo ayudo a madre a cocinar y hasta soy capaz de hacer algunos guisos sencillos. Y no por eso soy menos hombre.

   -¡Que raro eres Zaquita! No te imagino con un delantal y pelando patatas o cortando tomates…

   -Pues lo hago. Aunque es cierto que en el pueblo no conozco a ningún otro chico que haga lo que yo. Si la señora Concha me deja, verás que se manejarme en la cocina, al menos en los aspectos más básicos.

   -Desde luego, Zaca, eres de lo que no hay. Si te digo que nunca conocí a un chico cómo tú, ¿me creerás?

   -¿Y por qué no iba a creerte? Y una pregunta, ¿eso es bueno o malo? Me refiero a lo de no haber conocido nunca un chico como yo.

   Sisca no responde con palabras, lo hace con una sonrisa con la que se le achinan los ojos y unos hoyuelos tentadores se le dibujan en las mejillas. El muchacho no sabe cómo leer el gesto, no lo sabe, pero le gusta. “Esta chica es un misterio -se dice-. Tan pronto se le ocurren simplezas, y las dice sin inmutarse, como piensa con agudeza y habla como si fuera mayor de lo que es. No es fácil abarcarla, tiene demasiadas aristas, y las chicas con tantos ángulos siempre me han parecido unos bichos raros. Aunque, la verdad, Sisca es cualquier cosa menos un bicho raro. Creo que me estoy armando un lío. Mejor será dejarlo para otra ocasión. Pero no ha respondido a mi pregunta de si es bueno o malo lo de no haber conocido nunca a un chico como yo. Aunque como, salvo las dos temporadas que vivió en Torreblanca, siempre ha vivido aquí, no creo que conozca demasiados chicos para hacer comparaciones. Pero he de reconocer que cada vez me gusta más hablar con ella. Es la única con la que puedo mantener charlas interesantes. Creía que siendo pubilla sería más desangelada y más orgullosa, pero no lo es. Más bien es amable, gentil y simpática. A veces me recuerda a la China, aunque afortunadamente no es tan alta”. Y continúa con su soliloquio sobre la pubilla del Canònge, algo que unas semanas antes hubiese sido impensable. La vida, el tiempo, el entorno, las circunstancias, cuantas cosas cambian.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 64 de la novela “El masover” titulado: Lía