Antes de que Julia mande llamar a Zaca para preguntarle porqué llama Sisca a su nieta, aparece la pubilla en el cuarto de estar.
-Hola, abuela, ¿cómo estás?
-Cabreada.
-¿Por qué?
-¿Me puedes explicar qué es eso de que el Bachiller te llame Sisca?
-Dice que es más bonito que Francisca y me lo llama cuando estamos a solas. Y no sé porque te molesta, a mí me chifla.
-Pues a mí, no. Y voy a pedirle que deje de ponerte sobrenombres que no vienen a cuento.
-Hay que ver cómo eres, abuela. Le das importancia a algo que no la tiene. ¿Qué más te da que me llame de una u otra forma? ¿A quién hace daño que me llame Sisca? A nadie. Podría molestarme a mí, que soy a la que concierne pero, como te he dicho, me encanta. Y te pido, te ruego, que no le digas nada sobre el particular. Zaca es muy sensible y, si le echas en cara lo de que me llame Sisca, se va a llevar un disgusto de muerte. Y de ninguna manera se lo merece. Con todo lo que ha hecho para ayudarnos en lo de Los Masos de la Plana Alta.
-No mezcles el tocino con las berenjenas. Encima, defiendes a ese tontolaba.
-Abuela, por favor, no llames así a Zaca. No es ningún tontolaba. No solo es el mejor maestro que he tenido, también es el chico más amable que he conocido. Si le riñes, y aunque te quiero mucho, me voy a enfadar contigo. Te lo pido por favor, abuela. No lo hagas.
Julia, al ver la encendida defensa que hace su nieta del deslenguado torreblanquí, comienza a replegar velas. Que recuerde, nunca ha visto a Paqui tomar partido por alguien de manera tan apasionada. Y empieza a sospechar que, detrás de la exculpación que hace su nieta del Bachiller, puede haber algo más que un cierto compañerismo entre chavales de la misma edad y que trabajan juntos en la enseñanza de los masoverets. Y ese algo, al que todavía no es capaz de ponerle nombre, puede ser más peligroso para el futuro de su nieta y, de rebote, para el porvenir del Canònge, que el hecho de llamar Sisca a Paqui. Por lo que opta por cambiar de táctica.
-Bueno, hija. Tampoco es cuestión de hacer un drama de todo esto. No le voy a reñir, pero le vas a pedir al Bachiller que se olvide de lo de Sisca y que como mucho solo te lo diga cuando estéis a solas. Y otra cosa. Creo que pasas demasiado tiempo enseñándoles costura a las masoveretas y has descuidado tus otras obligaciones. A partir de ahora, debes dedicar menos tiempo a dar escuela y más a ayudar a tu madre, que se me ha quejado de lo abandonada que la tienes.
Sisca sabe muy bien que cuando su abuela se pone en modo de ordeno y mando lo más inteligente es no llevarle la contraria y decir amén, aunque luego se haga lo que uno crea que deba hacer. Esa es la táctica que emplea Valerio y que le suele dar buenos resultados. Y es lo que piensa hacer ella: decir que de acuerdo, pero luego hacer de su capa un sayo. Solo tiene una duda: de si contarle o no lo sucedido a Zaca. Mientras valora qué hace, resulta que el muchacho se ha enterado de que Julia está más que molesta con él por lo de llamar Sisca a su nieta. Se lo ha contado la señora Concha que todavía siente remordimientos por haberse ido de la lengua. Y que ha pedido al chico que no cuente que sabe el ridículo suceso para no dar más motivos a la abuela de que siga irritada. Zaca da las gracias a Concha y le promete que no dirá ni palabra, pero se queda preocupado. Es la primera ocasión en que ha hecho algo que ha molestado a la patrona del Canònge, y de la forma más pueril. Se plantea un dilema: “¿Cuento a Sisca lo de su abuela o no?” La cabeza le dice que no. El corazón le dice que sí. ¿A quién hace caso? Su forma de ser le insta a hacer caso de su mente. Su intuición le lleva a secundar sus sentimientos. Y en esa pelea se debate, cuando la muchacha se le acerca.
-Zaca, tenemos que hablar. He de contarte lo que me acaba de pasar con la abuela.
Al muchacho le da un vuelco el corazón. Presiente que de lo que quiere hablarle Sisca es, precisamente, del enfado de Julia por el nuevo mote que ha puesto a su nieta. Y decide abrirse a la muchacha.
-Yo también tengo algo que contarte sobre la abuela pero, por favor, tú, primero. Cuéntame.
Sisca le cuenta el diálogo mantenido con su abuela y como, al final, ha acabado dándole la razón para que no siguiera con su matraca, pero que no piensa hacerle caso y que puede seguir llamándola Sisca cuantas veces quiera, pues es un nombre que la chifla y que, además, solamente lo manejan los dos. Únicamente, deberán andarse con tiento cuando la abuela esté presente, entonces nada de Sisca, Paquita arriba, Paquita abajo, o Paqui si quiere, que el diminutivo lo acepta Julia, a quien quiere mucho, pero que siga con sus manías de cuando reinaba Carolo. Que ellos viven en el siglo veinte.
-Sisca, carita de ángel, no sabes cuánto me emociona oírte. Justo de eso es de lo que quería hablarte. Me das un alegrón que pienses así, pues es lo mismo que pienso yo. Y he tomado buena nota, a partir de ahora nada de Sisca delante de Julia –Y Zaca le tiende la mano. El apretón sella el acuerdo entre los muchachos. Acuerdo que va más allá de haber solucionado el extraño rifirrafe con la abuela.
Desde ese instante, la relación entre los adolescentes se estrecha más si cabe. Dan un salto cualitativo a su amistad que se traduce en diálogos en los que los sentimientos pesan más que las razones. Y urden planes, a espaldas de Julia, para reforzar sus contactos. Uno de ellos ha sido hablar con Hortensia la Beltrana, del Mas de Roures, para que se queje a la abuela de que las dos masoveretas, a las que Sisca daba clase de costura, se han lamentado de que ya no se la da, y la echan mucho de menos. La Beltrana, en un alarde de mano izquierda, además de contárselo a Julia, le pide que sí sería posible que su nieta retomara la enseñanza de la costura. Que ella y la madre de la otra muchacha se lo iban a agradecer eternamente. La primera reacción de Julia es negarse pero, tras pensarlo, valora que el Mas de Roures –que en realidad son tres masos juntos- es uno de los asociados que más aporta a Los Masos de la Plana Alta y que no le conviene enemistarse con ellos. Por lo que, aunque a regañadientes, accede a que su nieta vuelva a dar costura a las masoveretas. Está lejos de sospechar que la petición de Hortensia ha sido un montaje urdido al alimón por Sisca y Zaca. Si se hubiera tratado de un torneo de fútbol el resultado habría sido: Adolescentes 1. Abuela 0.
Ambos muchachos celebran el éxito de su añagaza organizando, por primera vez, un picnic junto a la pequeña balsa que hay junto al viejo molino de viento que un día descubrió Zaca y que está a un trecho del Mas. En la merienda campera no falta detalle, Sisca se ha cuidado de ello. Ha desempolvado una antigua banasta de mimbre que contiene media vajilla y los correspondientes cubiertos. Y, bajo la supervisión de Concha, ha preparado una merienda realmente exquisita: combina una base de cereal con fruta fresca y frutos secos, y una pequeña cantidad de mantequilla para dar saciedad. La clave es el equilibrio entre texturas crujientes y suaves y sabores dulces y salados. Y para ello, el tentempié consta de requesón, unas lonchas de cecina, un puñado de frutos secos y dos huevos duros; más unas tortitas de arroz y tortillas de maíz. Lo implementa con manzana en trozos, rodajas de pepino, zanahoria y tomatitos de penjar. Y Zaca ha puesto el toque romántico recolectando un ramillete de flores silvestres que, ceremoniosamente, ha ofrecido a la muchacha. Sorprendentemente, al recibir el ramo Sisca se emociona y le explica el por qué.
-¿Te lo puedes creer? Me han regalado muchas cosas en la vida, pero es la primera vez que un chico me regala flores.
-Me habría gustado ofrecerte unas rosas, pero no he encontrado.
-Me chiflan estas flores. Secaré una de ellas y la guardaré como recuerdo de una de las mejores tardes de mi vida.
Los adolescentes cruzan sus miradas y algo etéreo, y difícilmente calificable, fluye entre ambos. El silencio es atronador, tanto que se oye como el tic-tac de sus corazones se acelera por momentos. Con ese cúmulo de sentimientos encontrados se vuelven a la masía tras terminar el picnic. Cuando la pareja llega al Mas se encuentran con que hay un visitante con el que no contaban, aunque sí Concha que es quien le ha llamado. Sisca cuenta al novel maestro que el visitante es el cirerer o ciriero que surte de velas al Mas. Zaca es la primera vez que oye tal vocablo y, como suele, pregunta sobre él. Sisca le explica que el ciriero es el profesional que se ocupa de fabricar cirios o velas y que, generalmente, una vez al año se pasa por las masías para elaborar in situ los cirios, candelas, bujías, velas y hachas que los masoveros, ante la ausencia de luz eléctrica, utilizan para alumbrarse. Suscitada su infatigable curiosidad, el muchacho pide al ciriero si puede ver como realiza su trabajo, a lo que el profesional responde que faltaría más. El cirerer –como se les llama en valenciano-, comienza por hacerle una síntesis de su trabajo, y le cuenta que los cirios artesanales se elaboran mediante la técnica de inmersión, sumergiendo repetidamente un pabilo o mecha de algodón en cera de abeja fundida. Tras cada inmersión, la capa se enfría y solidifica, repitiendo el proceso muchas veces para aumentar el grosor. Finalmente, se pulen, se cortan a la medida deseada y se enderezan, logrando velas densas y de combustión lenta. A preguntas de Zaca, Carmelo –ese es su nombre- añade que él aporta las mechas y el trabajo, pero que la cera la proporciona cada masía.
-¿Y qué pasa si el mas no tiene cera?
-Eso es algo que ocurre raras veces porque todos los masos tienen colmenas.
-¿Y cuáles son los pasos concretos para la fabricación artesanal de los cirios?
-Lo primero es la preparación de la mecha: se prepara, a menudo, con contrapesos de hierro en el fondo para mantenerla recta durante la inmersión. Luego se funde la cera de abeja, seleccionada por su calidad, que se limpia y se derrite en grandes tanques llamados "noques". Después, las mechas se sumergen consecutivamente en la cera caliente. Se necesitan múltiples inmersiones para lograr un determinado grosor. A lo que sigue su calibrado y enfriamiento, para lo que se utilizan plantillas que aseguran que el grosor sea uniforme en toda la longitud del cirio. La cera se solidifica al aire entre inmersiones. Y por último, una vez alcanzado el tamaño deseado, los cirios se cortan, se cepillan o se pasan por una terraja para eliminar irregularidades y se les da el acabado final. Este proceso permite crear velas de alta calidad que pueden medir desde diez centímetros hasta dos metros.
-¿Y cobra mucho por ese trabajo?
-Cobro en función del volumen de velas que elaboro.
-Como hay tantos masos no le faltará el trabajo.
-De momento, no, pero a medida que la electricidad llegue a las masías, cada vez tendré menos tajo. De hecho, tenía un aprendiz y me deshice de él. Le dije que aprendiera otro oficio porque el mío tiene los días contados. Posiblemente, seré uno de los últimos cireros de la provincia.
Zaca nunca se había encontrado ante un oficio que está en trance de extinguirse, lo que le hace plantearse que, afortunadamente, la profesión a la que parece abocado –la de maestro- no va a tener ese problema. Mientras haya niños en la tierra alguien, aparte de los padres, tendrá que enseñarles. Como maestro ganará más o menos, pero trabajo nunca le va a faltar. No todo va a ser malo.
Con la excusa de que el calor aprieta cada día más, Zaca vuelve a proponerle a Sisca ir a la balsa del molino de viento, quizá podrían bañarse.
-¿Sabes que en la balsa hay ranas? El día que la descubrí no llegué a verlas, pero las oí croar.
-Con la calorina que hace, debe de ser una gozada meterse en el agua para refrescarse. ¿Nos metemos? –Ha sido Sisca la que se ha atrevido a proponerlo.
-No llevo traje de baño –es la púdica respuesta del muchacho.
-Yo tampoco, pero llevo la combinación. Y tú, supongo que llevarás calzones. No necesitamos maillots. Anda, no me seas cobardica. Anímate.
Y sin esperar respuesta, Sisca se despoja de blusa y falda, se queda con el viso y las braguitas y se zambulle en la balsa. La muchacha no sabe nadar, pero no lo necesita, pues el nivel del agua solo llega a la altura de algo más arriba de la cintura. Zaca se lo piensa pero, ante el ejemplo de Sisca, se siente obligado a quedarse en calzoncillos y meterse en el agua. La escena podría parecer un tanto concupiscente, pero nada más lejos de la realidad. Los dos semidesnudos adolescentes no se han rozado y ni siquiera se atreven a mirarse. La vez que Zaca ha lanzado una fugaz mirada a Sisca, su rostro se ha puesto de color bermellón al ver que la combinación se le ha pegado al cuerpo y sus redondos senos, ya no tan chiquitos, resaltan en demasía, y las areolas que rodea los oscuros pezones son descaradamente visibles a través del viso. Zaca no vuelve a mirarla, pues intuye que si lo hace tendrá una erección ya que su pilila –como la llaman los niños- está mostrando signos de que ha despertado. Y lo último que quisiera es montar un espectáculo bochornoso y malograr una tarde tan maravillosa como la que están pasando. Cuando salen de la balsa buscan, pudorosos, lugares distantes para vestirse y, sin mediar palabra, retornan al Mas. En la vuelta apenas si se miran hasta que, mediado el trayecto, Sisca tiende la mano que Zaca aprieta con la suya. Es la primera vez que van de la mano. ¿Será la primera y última? Ellos no lo saben, los lectores tampoco y el autor duda. Habrá que citar a Pascal: El corazón tiene razones que la razón no comprende. Hay momentos en los que la lógica sobra, son los sentimientos los que cuentan. Y eso es lo que parece que les está pasando a los adolescentes, que se han olvidado de la cabeza y han dado rienda suelta al corazón. El sentimiento que fluye entre ambas manos unidas es un cóctel en el que se mezclan la amistad, el cariño, la comprensión, la ternura y unas gotas de deseo. Un cóctel que, con el tiempo, quizá pueda convertirse en algo más apasionadamente intenso.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 78 de la novela “El masover” titulado: Las cuentas de la lechera
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