martes, 12 de mayo de 2026

El masover”. 72. Recordando a Calderón

    El lunes, 24 de julio, los masoveros del Canònge, más las nuevas vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta, parten hacia el mercat del dilluns de Castellón. Van todos con una mezcla de ilusión y temor, pues no saben cuál será el resultado del nuevo puesto. Esta vez la expedición cuenta con una presencia insólita: la abuela Julia, que quiere ver en vivo el proyecto en el que tantas esperanzas ha depositado. Dado su sobrepeso y los episodios de tromboflebitis que padece, lleva consigo una silla de tijera y un cojín para poder sentarse y así aguantar toda la mañana. Aunque trata de no mostrarlo, es la más nerviosa, quizá porque es la que mejor conoce cómo funciona el mercat. Su esperanza de que el negocio salga bien o, al menos, no demasiado mal, está depositada en el impacto sobre la población que haya podido causar Radio Castellón, emisora con la que ha contratado la publicidad del nuevo puesto. La emisora ha estado repitiendo todo el fin de semana la noticia publicitaria de la apertura del puesto de las masías y la buena calidad de los productos que vende. Así como la oferta de hasta cinco litros de aceite por persona a un precio sensiblemente inferior al del mercado. Para la oferta del aceite, Julia ha mandado fabricar unos envases de cerámica de uno, dos y cinco litros que se cierran con un tapón de corcho, por si los nuevos clientes no llevan recipientes. Zaca, que es de los que suele ver casi siempre la botella medio vacía, teme que el fracaso arruine el proyecto que siente como propio, aunque no haya invertido una sola peseta en el mismo. Esa sensación negativa le lleva a mal traer porque como padre –en buena medida- del proyecto está muy encariñado con el mismo.

   Cuando la camioneta del tío Tonellaes aparca en un lateral del Parque Ribalta, desde el centro del paseo les llega un runrún que no es habitual. Quien primero les avisa de la causa del rumor es uno de los guardias municipales al que tienen untado.

   -Ya era hora de que llegarais. Si tardáis más tendríamos que haber pedido refuerzos a la central. No podéis imaginaros la que habéis montado con tanta propaganda. La cola de gente, supongo que por lo del aceite, casi llega a la estación. Daos prisa en montar el chiringuito, no sea que el personal se canse de hacer cola y se monte un dos de mayo.

   El guardia no ha exagerado. Alrededor de donde se instala el puesto del Canònge hay un gentío que espera expectante a que se abra la venta. Los masoveros se apresuran a instalar los tableros y caballetes, así como el rótulo con la propaganda de Los Masos de la Plana Alta. Y, con la mayor rapidez posible, van depositando los productos a vender, dando prioridad a los garrafones de aceite, el producto estrella. Con la ayuda del municipal, que les ha advertido del gentío que les espera, y de Anselmo consiguen establecer un mínimo de orden en las colas, avisando a voces de en qué partes del puesto se venden las distintas mercancías. La venta del aceite se revela como un éxito desde el minuto uno. Tal es así que, tras la primera hora, Julia ordena vender solo un litro por cliente, pues al ritmo que lo expenden se van a quedar sin existencias. Lo más positivo del tirón del producto-cebo es que las demás mercancías del puesto se benefician del impulso del aceite y su venta marcha a buen ritmo. Todo va bien, hasta que, en un momento dado, ocurre lo que Zaca ya temió: Paca y Paquita no dan abasto al cobro y se está formando un cuello de botella que está ralentizando el ritmo de venta. Julia, que ha sido la primera en darse cuenta  –pues solo se dedica a observar- del tapón que se está formando, toma una solución sobre la marcha y llama al muchacho.

   -Bachiller, ponte un delantal de esos con bolsillos y ayuda a Paca y Paquita a cobrar. Y espabílate o se nos va a marchar la mitad de la clientela.

   El chico, aunque sorprendido, obedece la orden de la abuela, se enfunda el delantal y se pone junto al puesto de frutas y hortalizas, productos que también están muy demandados. Dada su habilidad en el cálculo mental es quien más rápidamente evalúa el precio de las compras, cobra y devuelve el cambio.  Lo que  le ha permitido, en momentos puntuales, echar una mano a Paca y a Sisca que con frecuencia se ven desbordadas. Pese a su timidez proverbial, se ha armado de valor y dialoga con las compradoras, a las que incluso llega a piropear en algún caso que ha venido hilado. En un receso de las compras, se da cuenta de que Julia lo está mirando al tiempo que le hace un gesto aprobatorio. La situación le recuerda cuando hacía de coniller o alquilaba y vendía tebeos, pero nada que ver con el torbellino en el que está metido.

   Hasta bien pasadas las doce de mediodía no comienza a disminuir el personal. A medida que la clientela va decreciendo, el muchacho tiene más tiempo para pensar y algo de lo que se da cuenta hace que se plantee una pregunta: “¿Por qué Julia me ha escogido para cobrar y no ha elegido a Pili o a Anselmo con quienes tiene mucha más confianza? Posiblemente -se contesta-, porque sé calcular mentalmente mucho mejor, pero… manejar dinero supone darme un margen de confianza que no me lo esperaba. Porque, vamos a ver: en este momento no hay nadie, ni siquiera yo, que sepa cuánto dinero guardo en los bolsillos del delantal. Podría meterme un fajo de billetes en el bolsillo y nadie se enteraría. Eso, ¿lo habrá pensado Julia o no se le ha ocurrido? Entonces, ¿es que tanto confía en mi honradez?” Y una oleada de orgullo le recorre el espinazo. “Creo que se fía de mí. Y si lo hace es porque le he demostrado que soy alguien en quien se puede confiar”. De pronto se le ocurre algo más, va a hacer la clásica prueba del nueve. Se acerca a dónde está sentada la abuela y la aborda.

   -Señora Julia, no lo he contado, pero tengo una montonera de dinero. ¿Se lo paso a Paca o se lo doy a usted?

   -Quédatelo y ya lo contarás cuando terminemos. Y que sepas que lo estás haciendo muy bien, como si nunca hubieras hecho otra cosa que cobrar en un mercado. Y esas palabritas que, de cuando en cuando, dices a las clientas, son mano de santo. Muchas de esas volverán el próximo lunes. Estás haciendo más clientes que las mozas de los masos. Algunas de ellas, como habías avisado, no dan la talla, tendremos que cambiarlas. Pero de todo eso ya hablaremos mañana que, por cierto estrenas tu nueva escuela. Si enseñar se te da tan bien como cobrar, ya te adelanto que será un éxito. Ahí hay una que quiere pagar, atiéndela. 

   La mañana termina y la satisfacción del trabajo bien hecho se refleja en los rostros de los integrantes del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Hasta aquellas masoveras metidas a vendedoras, que han sido un fiasco como tales, se las ve contentas, pues todos han puesto su mejor voluntad para que el proyecto del muevo puesto sea un éxito. Julia así lo confirma cuando, antes de recoger el puesto, se dirige a su gente.

   -Enhorabuena a todos. Habéis trabajado de firme y bien. Podéis estar satisfechos del resultado. Creo que hoy, gracias a la colaboración de todos, hemos dado un paso de gigante para que nuestras cosechas y productos tengan mejor salida de la que tenían. En mi nombre y en el de todos los masos asociados, os doy las gracias por vuestra colaboración. Y quiero destacar el trabajo de una persona que, por sus pocos años y por no ser masover, no debería estar aquí y, sin embargo, ha trabajado como un león. Bachiller, hoy te has ganado, y muy bien, el pan y algo más. Mi enhorabuena más sincera. Y ahora, a recoger que Mariantonia nos debe estar esperando para echar el arroz. Todos nos hemos ganado una buena paella.

   Un inesperado y caluroso aplauso es la respuesta a las palabras de Julia, que no puede ocultar la satisfacción que la embarga. Zaca es uno de los que se siente más orgulloso, pero sigue estando un tanto preocupado porque no sabe qué hacer con el dinero recaudado. Aprovecha la comida para acercarse a la abuela y volver a preguntarle qué hace con la recaudación.

   -No te preocupes por eso. Está en buenas manos. Cuando lleguemos al Mas, me lo darás. Mientras tanto, guárdalo en esta bolsa y ya lo cuentas cuando tengas un hueco. Ah, luego o mañana quiero que me cuentes tus impresiones sobre lo ocurrido esta mañana. Yo he sacado las mías, pero cuatro ojos ven más que dos y dos molleras piensan más que una -En esas que llega Sisca y, dirigiéndose a Zaca, le espeta:

   .Zaquita, no sabía que eres tan buen cobrador. Tu ayuda nos ha venido a madre y a mí como agua de mayo. Aunque no debía de extrañarme, pues lo haces bien casi todo.

   -He aprendido de vosotras. Sois mejores maestras que yo.  
   En el viaje de vuelta, Zaca se olvida del mercat y se centra en el mañana. Si hoy ha sido un día de estreno, mañana será otro. Estrenará una nueva faceta como es la de docente. Sigue preocupado por cómo organizar una clase con alumnos tan dispares en edad y conocimientos, hasta que recuerda que cuando se le juntaron las tareas de estudiante, escrivent, conductor del triciclo y coniller se agobió muchísimo, hasta que descubrió que organizar el tiempo era un método pragmático para encajar diferentes tareas de manera razonable. Y el recuerdo le lleva a la conclusión de que tiene que hacer lo mismo con el nuevo grupo de alumnos. Antes de empezar a enseñarles tiene que organizar la distribución de los tiempos, tanto los del alumnado como el suyo. Y lo que de ninguna manera puede hacer es emplear una metodología tan arcaica como la que emplean con él sus maestros del pueblo. Y también se le ocurre que una de las cosas que debe llevar a cabo antes de comenzar las clases es hacerles unas pruebas a los masoveros para conocer cuál es su grado de conocimientos y así poder agruparlos, no por su edad, sino por su grado de instrucción. Dándole vueltas a esas reflexiones llega al Mas con más optimismo del que salió. A media tarde Julia le ha llamado al cuarto de estar para contar el dinero de los cobros que sigue guardando en una bolsa. Cuando llega ya están allí Paca y Sisca. La recaudación ha sido más abultada de lo que calculaban y, algo inesperado: Zaca ha sido quien más ha recaudado. Cuando termina el conteo, Julia vuelve a sorprender al muchacho.

   -Bachiller, toma cuatro duros para que te compres tebeos o lo que quieras. Te los has ganado con creces.

   -De ninguna manera, señora Julia. No puedo aceptarlos. Les he ayudado con mucho gusto y voluntariamente. Bastante hacen ustedes por mí, como para que tengan que pagarme. Si padre llega a enterarse de que he aceptado una sola peseta de ustedes la bronca que me podría caer sería de órdago. Gracias, pero no.

   -Vamos a ver, Bachiller. Quien trabaja debe ser retribuido por ello pues, si no, el trabajo se convierte en esclavitud. O sea, que olvídate de un orgullo mal entendido y acepta el jornal que te has ganado a pulso. Y no te preocupes por lo que pueda pensar tu padre. Ya le daré todas las explicaciones que hagan falta. No me hagas perder más tiempo. Ah, y además de las veinte pesetas, te vuelvo a dar las gracias. Te guste o no, ya formas parte de la gente del Mas del Canònge. Ya eres un masover com Déu mane. Y ni una palabra de más. Coge tus cuatro duros que te los has ganado uno encima del otro.

   Al muchacho no le queda otra que coger las veinte pesetas y volver a dar las gracias a la abuela. Por un momento se dice: “¿Y qué voy a hacer con tanto dinero? No sé qué le va a parecer a padre, pero… algo de lo que ha dicho la señora Julia creo que es cierto: me las he ganado a pulso”. Y un ramalazo de orgullo sacude su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica. ¡Ganar veinte pesetas en una mañana! Eso no lo hace ni Pepe el Randero, el comerciante de Torreblanca del que dicen que de les pedres fa pans. Él no saca panes de las piedras, pero sí veinte pesetas como veinte soles en una sola mañana. Lo que, una vez más, le lleva a colegir que, tal como van las cosas, al final del verano podrá reunir una cantidad de dinero con el que ni su familia ni él contaban. Lo menos serán cien duros, que son muchos duros. Y otro ramalazo de orgullo lo invade. Ni en el mejor de los sueños pudo entrever su capacidad para generar ingresos. Y eso, como otros muchos aspectos, ha sido posible por su estancia en el Canònge y quizá, como dijo la abuela, porque ya es un masover como Dios manda.

   Al atardecer, y es una sorpresa para Zaca pero no para los masoveros, aparece por el Mas una pareja de la Guardia Civil. Visten su característico uniforme de color gris-verde -fruto de la reforma de 1932 que cambió el tradicional de color azul-, y lucen la guerrera de cinco botones y pantalones rectos, amén del emblemático tricornio; solo les falta el capote de paño que emplean durante el invierno, mostrando una estética sobria y funcional, muy adecuada para el servicio. Van armados, uno con un fusil Mauser de 7 mm, y el otro con un subfusil MP-28/II. Y ambos portan pistolas semiautomáticas STAR modelo 1922 de 9 mm de largo. La pareja no puede ser más diferente, pues uno –un guardia primero que es el jefe de la pareja- es de corta estatura y rechoncho, y luce un mostacho que le cubre parcialmente la boca; el otro es larguirucho y delgado cual una caña y muestra un bigotillo tan fino que más parece como si una fila de hormigas se hubiese posado sobre su labio superior. Sisca cuenta al muchacho que la visita de la pareja, pertenecientes a la dotación de Benlloch, es relativamente habitual, pues al menos una vez al mes suelen pasarse por el Canònge. Cuando presentan la pareja al chico, resulta que el retaco guardia del mostacho conoce a su padre, ya que estuvo de puesto en Cabanes, localidad a la que el señor Zacarías visita alguna que otra vez por motivos profesionales.

   -¿Así que tú eres hijo del encargado de la luz de Torreblanca? Y lo mismo te llamas como él, Zacarías.

   -Sí, señor, pero prefiero que me llamen Zaca.

   -Conque Zaca, eh. Mira, hijo, cada quisque tiene que apechugar con el nombre que le pusieron al cristianarlo, y de eso sé un rato largo. A mí, como era costumbre en mi aldea, me endosaron el nombre del santo del día, por eso me llamo Genebrando. Por tanto, confórmate y, cuando te rayes por lo de Zacarías, acuérdate de aquel fragmento de la “Vida es sueño” que comienza con: Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de las hierbas que cogía ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.” Tú eres el sabio que cogía las hierbas, yo el que las recoge. Con Zacarías vas bien servido, hasta aparece en la Biblia.

   El mayor de los Clavijo acaba de recibir la lección más contundente sobre la relatividad de la antroponimia.  De ahí que lo de llamarse Zacarías comienza a no parecerle tan mal, pues como el guardia primero acaba de demostrarle podría ser peor. El que no se consuela es porque no quiere.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 73 de la novela “El masover” titulado: Señor maestro