El fiasco de la venta de ropa de Los Masos de La Plana Alta ha causado un bajón en la moral de la gente del Canònge. Julia es la que más lo ha acusado, es natural, ha sido la autora del desaguisado y lo gestó sin consultarlo con los demás. Quizá eso es lo que más ha molestado al resto de los masoveros socios: que no les pidiera su opinión y que hiciera de su capa un sayo. Cuando Zaca, como contable, hace públicas las pérdidas del fallido negocio el descontento se convierte en indignación, pues que le toquen a uno el bolsillo es algo que a todo el mundo fastidia. La marejada sube y se convierte en tormenta cuando un grupo de masoveros descontentos piden –más bien exigen- una reunión de todos los socios para tratar sobre el malogrado negocio.
La junta se celebra en el Mas de Roures y acuden buena parte de los socios de Los Masos de La Plana Alta, señal de que el asunto preocupa y mucho a la mayoría. Germán el Rizos ha enviado un recado a Zaca diciéndole que también debe acudir a la reunión, por si en su desarrollo alguien preguntase por las cuentas del negocio y él, como contable, es el más indicado para explicarlas. Lo de participar de algún modo en el cónclave no le hace ni pizca de gracia al joven maestro, pues supone que el ambiente será más bien tenso y que Julia será la diana de la mayor parte de las reconvenciones, pero no se atreve a enfrentarse con los masoveros de los que recibe buena parte de sus ingresos.
Como presumía, el ambiente de la reunión es tirante y Julia es el blanco de todas las quejas de los asistentes. El único que intenta defenderla es Mauro el Forner, viejo amigo de la abuela y que no hace tanto le propuso casar a su nieto con Paquita, pero es una gota en un mar de recriminaciones. Tras la cascada de reprensiones, y más apaciguados los ánimos, un grupo de participantes presenta una moción de que en adelante todo cambio significativo que pretenda hacerse en el negocio de Los Masos de La Plana Alta requerirá la aprobación de, al menos, la mitad más uno de los socios del negocio. Con lo que se le quita a Julia la potestad de manejar el chiringuito de Los Masos como si fuera exclusivamente de su propiedad. Y aún le restan más capacidad de maniobra, pues también se presenta, y se aprueba, una segunda propuesta: que se nombren a tres socios que, en adelante, supervisarán todas las actividades de Los Masos, incluidas las cuentas, y que el contable –Zaca- las presentará a la terna antes que a nadie. Con Julia derrotada en parte y Zaca preocupado termina la reunión en la que definitivamente se entierra el fallido asunto de la venta de ropa femenina en el puesto del mercat del dilluns de la capital de la Plana.
El fiasco de la venta de ropa, le lleva a Zaca a pensar la de cambios y giros inesperados que la vida puede depararte cuando menos lo esperas, y de retruque le hace recordar los esparcimientos de los que disfrutaba en el pueblo y que no tiene en el Canònge. Hay algunos a los que echa de menos más acusadamente que a otros. Uno de ellos es el cine. Añora las pelis, dado que proporcionaban material nuevo a su ya rica imaginación. También recuerda a sus amigos, sobre todo a Pifa, y las interminables charlas que mantenían. Y, aunque en menor intensidad, echa asimismo de menos momentos como las paradas en el café del Pincho donde se enteraba de cómo iban los asuntos de la nación, algo que tampoco puede hacer en el Mas. Hasta que un día, se le ocurre que tiene una forma de suplir esa carencia de información: leer el Diario de Castellón que, aunque con 24 horas de retraso, se recibe en la masía pero que, salvo Julia, nadie se molesta en ojear.
-Señora Julia, ¿dónde guarda el Diario de Castellón de hoy?
-El de hoy llegará mañana. El que han traído es el de ayer y está donde los demás: en el armario bajo de la izquierda del cuarto de estar.
A través del rotativo de Castellón se entera Zaca de que en ese mes de septiembre cae el gobierno Azaña, sustituido por el de Lerroux -nombre que le suena a extranjero- y, en octubre, por el de un tal Martínez Barrio que, nada más tomar posesión, propone al presidente de la República, Alcalá-Zamora, la disolución del parlamento y la convocatoria de elecciones generales para el día 19 de noviembre en primera vuelta y el 3 de diciembre en segunda. Asimismo, descubre que en julio se aprobó una nueva ley electoral que introdujo algunos cambios respecto a la que se aplicó en las anteriores elecciones de junio del 31. Dicha ley, conforma un sistema electoral mayoritario de listas abiertas que premia las candidaturas que obtengan más votos. Zaca se dice que no podrá ver la nueva elección, pues no cree que nadie del Canònge, con capacidad de voto, se avenga a llevarle el día de la votación, como antaño hizo padre. En alguna de las sobremesas, el muchacho ha sacado el tema de la próxima elección a las Cortes generales, pero el eco que ha tenido su intento ha sido muy escaso. Solo Julia y Valerio han mostrado un mínimo interés, pero la conversación sobre los comicios ha tenido escaso recorrido.
-Lo de las elecciones sería positivo si luego los políticos cumpliesen aunque solo fuese la mitad de lo que prometen en las campañas electorales. Mientras no sea así, votar es una pérdida de tiempo –sentencia la abuela que poco a poco se va recuperando del palo recibido en el asunto de la venta de ropa femenina.
-Julia, por una vez estamos de acuerdo. Cuando tengamos unos políticos que cumplan lo que prometen será el día que me verán el poco pelo que me queda en un colegio electoral –remacha Valerio.
-Pero si las personas sensatas como ustedes no votan, entonces ¿en qué manos queda la elección? –les interpela Zaca.
-Yo te lo diré, mocete: en manos de los paniaguados, los estómagos agradecidos, los ingenuos y de los que no saben hacer ni la o con un canuto -explica el mayoral.
-Y así nos luce el pelo –recalca Julia.
-Y, por curiosidad, ¿alguna vez ha habido un partido o algún político que haya hecho alguna promesa referida a los masos? –pregunta Zaca.
-Que yo sepa, partido, ninguno, y político, no recuerdo, pero creo que tampoco –responde la abuela.
-A ti ¿es que te interesa la política?, mocete –quiere saber el mayoral.
-Realmente, no, señor Valerio. Es simple curiosidad. Y les diré que en casa no se habla nunca de política, pues mi padre tiene a los políticos en tan mal concepto como ustedes.
De todas formas, Zaca sigue el curso de los acontecimientos políticos de la nación leyendo el Diario, cuya información demuestra que mantiene una línea editorial cercana al periódico católico El Debate que apoya a la coalición conservadora de la Confederación Española de Derechas Autónomas, más conocida por su sigla CEDA. Tan es así que, hojeando números atrasados, descubre que el periódico llegó a sufrir una breve suspensión gubernamental en 1932 por sus informaciones y editoriales contrarios a la política de izquierdas. O sea, resume para sí Zaca, “que es un periódico de derechas. Y si la abuela es suscriptora es que también está de acuerdo con esa ideología. Bueno es saberlo”. Por eso no se extraña cuando Julia comenta a Valerio y a Zaca una noticia que se conoce a mediados de octubre.
-Vosotros dos, que sois los únicos que sentís alguna curiosidad por la política, os diré que, de cara a las próximas elecciones, las derechas no republicanas han formado una coalición electoral con el nombre de Unión de Derechas y Agrarios, en la que se han integrado la CEDA, como partido más importante, y además el Partido Agrario, los monárquicos de Renovación Española y los carlistas de la Comunión Tradicionalista, amén de algunos independientes católicos.
-¿Y gente de pelajes tan distintos van a ponerse de acuerdo en elaborar un programa común? –pregunta Valerio con aire escéptico.
-Tendrán que hacerlo obligados o la coalición se vendrá abajo. No tienen otra opción.
El tiempo da la razón a Julia. A pesar de sus diferencias ideológicas y tácticas, los partidos derechistas coaligados consiguen elaborar un programa mínimo que consta de tres puntos: revisión de la constitución de 1931 y de la legislación izquierdista del primer bienio republicano; abolir la Ley de Reforma Agraria, y declarar una amnistía por los delitos políticos. También en el Diario de Castellón, Zaca lee que el Partido Republicano Radical, de Lerroux, se presenta como una opción de centro, con su propuesta de “República, orden, libertad, justicia social”. En cambio, los republicanos de izquierda y los socialistas se presentan por separado. Y que la Central Nacional de Trabajadores, más conocida por su sigla de la CNT, de ideología anarquista, realiza una campaña sin precedentes a favor de la abstención y con descalificaciones a derecha e izquierda. No votar es su lema.
Desde la posición en que se encuentra ahora, Zaca observa la vida política y las peleas entre partidos como algo de otro planeta. Aunque, dada su innata curiosidad, le gustaría escuchar alguno de los debates sobre las inmediatas elecciones generales que, a buen seguro, supone que mantendrán los integrantes de la tertulia del Pincho. La pluralidad ideológica de los tertulianos de su pueblo se contrapone a la de la gente del Mas que parecen interesarse algo por la vida política, pues estos se decantan ostensiblemente por las derechas. Por ello piensa que, si en el Mas hubiese un debate le tocaría desempeñar el papel de izquierdista y no está muy seguro de sentirse cómodo en ese rol. Pero por pura casualidad descubre que hay alguien más en el Canònge que siente la política con bastante más pasión que Julia, Valerio y él.
-Bachiller –el remoquete que en su día le puso Julia se ha extendido a otros miembros de la masía-, me ha dicho Julita que necesitas cuadernos, lápices y tinta para la escuela. Si quieres, te los puedo traer de Benlloch –se ofrece Anselmo.
-Gracias, Anselmo. Me haces un favor porque, sobre todo, los cuadernos los estoy necesitando ya. ¿Cuándo vas al pueblo?
-Cuando tú quieras.
-¿Cómo que cuando yo quiera?
-Natural. Tienes que decirle a la señora Julia o a mi tío Valerio que me manden al pueblo a por esos cuadernos.
-No lo entiendo, Anselmo. ¿Es que no puedes ir por tu cuenta?
-Pues no. No puedo dejar mis obligaciones sin permiso de la abuela o de mi tío. Y para que me lo den he de manifestar un motivo concreto para ir al pueblo.
-Vamos a ver si lo he entendido bien. ¿Me estás contando que tengo que decir a la abuela o a tu tío que necesito un material escolar y así podrás ir al pueblo a por él? Pero que tú no se lo puedes pedir directamente. ¿Es así?
-Equilicuá.
-Y deduzco que si quieres ir al pueblo, no es tanto para traer ese material, sino que es por otro motivo.
-Te ha costado entenderlo, Bachiller. Con la fama de listo que tienes y a veces eres lento en comprender.
Zaca siente recelo ante la petición de Anselmo al recordar el affaire que tuvo con aquella masovera del primer grupo de vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta. “¿Tendrá Anselmo otro lío de faldas en Benlloch?”, se pregunta. Pregunta que le lleva a pedir más información al sobrino de Valerio.
-¿Y se puede saber cuál es ese motivo para ir a Benlloch?
-Es un asunto particular y no te lo puedo contar.
-Me parece bien, Anselmo, pero si no me lo cuentas no haré esa petición. Porque podría meterme en un berenjenal de tres pares de narices sin comerlo ni beberlo.
-Y a ti que más te da por lo qué quiero ir. Ni ganas ni pierdes nada.
-Ganar, seguro que no, pero puedo perder la confianza de la abuela y de tu tío. Porque ¿quién me asegura que no me meteré en un embrollo si vas a por el material y aprovechas el viaje para hacer Dios sabe qué? Te lo repito: o me dices porqué tienes tanto interés en ir a Benlloch o no hago la petición. Tú mismo.
Anselmo se muestra contrariado, aunque en el fondo reconoce que el muchacho algo de razón tiene. Como le da la impresión de que Zaca no va a ceder, se aviene a contarle su oculta razón, pero antes…
-Bueno. Te lo voy a contar, pero me has de jurar que lo que te diga no lo vas a repetir a nadie. Y cuando digo nadie, es nadie. ¿De acuerdo?
-Sí, pero no lo voy a jurar. Te lo voy a prometer que para mí es igual que si te lo jurase.
-Eso de la promesa no me vale. Lo has de jurar.
-Nanay. No haré ningún juramento. Tendrás que conformarte con la promesa formal o esta conversación se ha terminado.
-¡Joder, macho, eres más duro que el granito del Canchal Rojizo! Bueno, pues que sea una promesa, pero formal, eh.
-De acuerdo. Prometo que no se lo diré a nadie. Cuenta.
Anselmo no tiene un lío de faldas en Benlloch. Lo que tiene es un encargo del responsable de la Casa del Pueblo para repartir por los masos, bajo mano, unos panfletos contra la coalición derechista, encabezada por la CEDA, que se presenta a las próximas elecciones. Porque resulta –y esto si que es una sorpresa para el chico- que el bueno de Anselmo es un sindicalista de la Unión General de Trabajadores –el sindicato socialista- y, además, está afiliado al PSOE, y no quiere que, por ningún concepto, se enteren en el Mas, pues lo más probable es que si llega a saberse le puede costar su puesto. Ya que tanto la abuela como su tío, aborrecen a los socialistas. Es lo que menos podía imaginar Zaca, que el padre de Lía, Juanito y Mito fuera un rojo. El descubrimiento aviva su curiosidad.
-Y viviendo en el Mas y teniendo en cuenta lo conservadores que son los masoveros, ¿cómo te hiciste socialista?
-Fue en la mili… La hice en Madrid, en un regimiento de caballería. Un día, un compañero que era de un pueblo manchego y minero llamado Almadén, me llevó a un mitin de Pablo Iglesias, que fue un gallego que fundó el PSOE y la UGT, y me gustó cantidad lo que allí se dijo. Era la primera vez que oía hablar de la igualdad, la equidad y la justicia social. Después de aquel mitin, asistí a más reuniones y cuanto más oía que los valores más importantes son la libertad, la igualdad y la solidaridad más me gustaba aquella doctrina. Por lo que acabé haciéndome del partido. Soy de los contados que en Benlloch tienen el carnet. Pero, como te he dicho, si llegan a enterarse la abuela y mi tío, dos carcas de mucho cuidado, voy a durar menos en el Mas que un grano de alpiste en la jaula de un canario. ¿Comprendes por qué no te lo podía contar y por qué no se lo debes decir a nadie?
A Zaca le ha impresionado la confesión de Anselmo, pues es el primer socialista masovero que conoce personalmente. Y no es verdad que los rojos tengan cuernos y rabos como dice la gente de derechas. Anselmo es bastante normalito y más bien buena persona. Le queda claro que uno no puede fiarse de lo que dice la gente al buen tuntún. Anselmo, socialista. ¡Quién lo iba a decir! Pero representa una novedad en el monocolor ambiente político del Canònge. Al menos, y siempre que sean discretos, tendrá alguien con quien debatir los asuntos políticos de la nación, pues un socialista como Anselmo puede ser un buen yunque en el que martillear sobre la política republicana. Además, tiene otro motivo para alegrarse: al contrario de su pasivo papel de oyente en los debates de la terraza del Pincho, en el Mas al ser solo dos los polemistas, le tocará el rol activo de debatiente. Y en esta ocasión tendrá que representar a las derechas. Mira por dónde.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 85 de la novela “El masover” titulado: Una de Charlot