martes, 10 de marzo de 2026

62. “El masover”. El “corazón” del Mas

 

   La tarde del jueves, tras acabar la clase, Zaca cuenta a Sisca la conversación que ha mantenido con Julia en la que le ha expuesto su idea de que el Canònge puede vender en el mercat del dilluns de Castellón, además de sus productos, los de otros masos.

   -Me ha escuchado atentamente, me ha formulado varias preguntas, pero no ha dicho si va a hacer algo de lo que le he propuesto.

   -Eso es típico de mi abuela. Suele ser reacia a los cambios, pero le gusta repensárselo cuando alguien le propone uno. Como la conozco bien, te diré lo que, seguramente, va a hacer. Lo primero será hablarlo con Valerio. Es con quien discute los asuntos que considera importantes. Antes lo hacía con mi padre, pero desde que enfermó ha dejado de hacerlo, pues no está en condiciones de debatir nada. Luego, posiblemente, te llamará para que le amplíes y aclares tu idea que, a mi parecer, es tan atrevida como buena.

   -Lo dices porque eres amiga mía.  

   -No sabía que éramos amigos.

   -Yo me considero tu amigo. ¿Tú no te consideras amiga mía?

   -Claro que sí. Con todo mi corazón –Y sin venir a cuento la muchacha vuelve a ruborizarse como una colegiala, lo que en el fondo es.

   En la cena de la noche, Valerio cuenta a los demás el suceso del apresamiento del enjambre salvaje de abejas. Como Zaca fue, de algún modo, copartícipe de la captura, el relato le aburre y, pese a que ya ha estado en la cocina un montón de veces, fija su atención en los detalles en los que hasta ahora no ha prestado atención. Piensa que, comparada con la cocina de la Fábrica, ésta es algo así como veinte veces más grande, pues aparte de ser la dependencia donde se guisa, también hace de comedor y hasta de salón de reuniones, ya que es en las sobremesas donde se comentan y debaten la mayor parte de asuntos. De pronto se despierta su innata curiosidad y quiere saber más sobre cómo funciona una cocina en la que cabe un regimiento de caballería, y que, en cierto modo, es el “corazón” del Mas, pues parte de la vida de los masoveros se desarrolla allí. Al día siguiente aprovecha la hora del desayuno para preguntar a la señora Concha, que está sola, sobre su cocina, pero antes echa una atenta mirada a su alrededor.

   Las vigas de encina que sostienen el techo, ennegrecidas por el humo, confieren a la cocina una pátina de confortable antigüedad. En dos de los laterales una obra de mampostería conforma una larga encimera con la cubierta de granito. Es la superficie horizontal que forma el área de trabajo y en la que se elaboran los alimentos y se amontonan los platos y cubiertos antes de llevarlos a la mesa. Bajo la encimera hay alacenas, unas con cajones y otras solo con baldas. En la parte de arriba, y colgados de alcayatas, se ven toda clase de cacharros: cazos de cobre, jarras, sartenes de varios tamaños, ollas de hierro colado, una colección de pucheros de metal esmaltado, cacillos, espumaderas, un viejo tenedor de latón y una chocolatera de hierro con mango de madera.

   Hasta ahí llega Zaca en su inspección, pues en el umbral aparece Julita que, al ver que Concha tiene compañía, duda sí entrar.

   -Tía, ¿la molesto? Madre me ha dicho que me necesitaba, pero como está acompañada puedo venir en otro momento.

   -El que molesto soy yo –ataja Zaca-. Señora Concha seguiremos charlando en otro momento.

   -No molestas, niña, pasa. Estudiante, también puedes quedarte si quieres. La cocina es lo suficientemente grande para los tres. Julita, esta noche tenemos de segundo conejo a la brasa y quiero que hagas un poco de ajoaceite.

   -En mi pueblo solo lo hacen los mayores y no todos. A madre se le corta la mayor parte de veces.

   -A mí el alioli se me da muy bien. Que lo diga, si no, la tía -alardea la muchacha.

   -Sí, señor. Lo hace muy bien –confirma Concha-. Además, es fácil. El secreto del ajoaceite es hacerlo con paciencia, sobre todo en el momento de ligar los ingredientes.

   Mientras, Julita ha comenzado a reunir los ingredientes que necesitará para la emulsión: una aceitera, una cabeza de ajos, dos huevos, una vinagrera, un bote con sal gorda, y corta y estruja un limón hasta obtener algo de zumo. Luego busca en una alacena un robusto mortero de piedra con su correspondiente mazo. Comienza pelando los ajos y luego les quita el tallo del interior.

   -¿Por qué les quitas el tallo? -Pregunta Zaca.

   -Para evitar que el alioli repita y no sea tan fuerte.

   Es uno de los trucos que me ha enseñado la tía –responde Julita que se ha puesto a machacar los ajos en el mortero hasta quedar hechos una densa pasta. Añade una pizca de sal y un chorrito de vinagre, además de las dos yemas de huevos que previamente ha templado con las manos.

   -¿Para que los manoseas? –quiere saber Zaca que no recuerda haber visto que su madre haga tal operación con los huevos.

   -Para que no estén fríos en el momento de batir –la que contesta es Concha-, ya que es más fácil que el ajoaceite se corte si los ingredientes están a diferente temperatura.

   -Maestro, ¿puedes ayudarme echando el aceite? –le pide la chiquilla-. Tienes que hacerlo poquito a poco. Sabrás hacerlo, ¿no? -pregunta, burlona.

   -Hasta ahí llego –responde el chico un tanto mosca.

   La chicuela comienza a machacar y darle vueltas a la pasta de ajo con el mazo, mientras el chico, aceitera en mano, va dejando caer un delgado hilo aceitoso. Sin dejar de remover la pasta, Julia echa unas gotas de jugo de limón junto al aceite, al tiempo que explica:

   -El limón ayuda a que la salsa no se corte, pero lo va a terminar haciendo si continúas mirándome tan fijamente.

   -Perdona –Zaca sigue observando a la chiquilla, pero con el rabillo del ojo para no molestarla. Julita, absorta en su tarea, continúa dándole vigorosamente al mazo del almirez. Tiene un gesto de determinación que hace que le salgan dos pliegues en la frente. “Esta chiquilla –se dice Zaca- tiene un no sé qué especial. Lástima que sea tan borde y respondona. Y en cuanto crezca y le ponga a su cuerpo algo más de carne puede llegar a tener una bonita figura”. Se sorprende a sí mismo al oírse, pues que recuerde es la primera vez que piensa en Julita como futura mujer. De pronto, como si le hubiese leído el pensamiento, la chicuela levanta la cabeza, le mira y sonríe. Para pasmo del muchacho, la sonrisa le cambia la cara. Su gesto, habitualmente adusto y hasta duro, desaparece y en su lugar se convierte en una estampa amable y atractiva, algo así como cuando en un desierto aparece un oasis o en un pedregal un rosal. La sonrisa de Julita se vuelve más amplia, pues el mortero rebosa de alioli que ha acabado perfectamente emulsionado. Y, para probarlo, la chicuela invierte el almirez y no cae ni una pella.

   -Tía, ya está. ¿Quieres que haga algo más?

   -Gracias, Julita. Puedes irte cuando quieras.

   La chica, cuando va a salir, se vuelve de pronto y, dirigiéndose a Zaca, le dice:

   -Maestro, gracias por tu ayuda. Has sido mejor alumno de lo que soy yo. ¿Verdad, tía?

   Una vez ida Julita, Zaca continúa con el análisis de la cocina. Ahora fija su atención en el menaje y no puede menos que comparar la batería de útiles para cocinar allí existente con el pobre menaje que usa su madre. Piensa que con tanto cacharro se podría dar de comer a todo un regimiento de húsares. Extendiendo la mirada se fija que en un lateral, se ven unas estanterías de obra en las que se apila la vajilla. La mayoría de platos, tanto planos como hondos, así como las fuentes, ensaladeras, cuencos, platillos, tazas y tazones son de cerámica, y piensa que una pregunta para formular a la señora Concha, que sigue con sus tareas rutinarias, puede ser conocer el origen de tanta cerámica.

   -Señora Concha, ¿puede decirme de dónde proviene la vajilla y la cacharrería de cerámica?

   -Como sabrás, en la provincia hay una larga tradición de industria cerámica, y la mayor parte de los cacharros de loza que tenemos son de Villarreal de los Infantes, del propio Castellón y de Onda, pero las piezas más finas son las fabricadas en la Real Fábrica del Conde de Aranda de Alcora, y también tenemos algunos cacharros de Manises.

   El muchacho también constata la existencia de vasos y copas de grueso vidrio. Hasta hay unas hueveras que parecen desentonar en el batiburrillo del menaje. Lo que no ve son los cubiertos. Supone que estarán en alguno de los cajones que hay debajo de la encimera. Pero si se ven dos enormes tacos de madera de olivo donde se guarece una completa colección de cuchillos; los hay de todas clases: mondadores, cebolleros, deshuesadores, fileteadores, trinchadores, pequeños y grandes, de hoja fuerte, filo agudo, lisos, de punta roma, pero lo que más le llama la atención son unas gruesas tijeras con una de sus hojas con el filo aserrado.

   -Señora Concha, ¿para qué sirven esas tijeras? Nunca había visto unas así en una cocina.

   -Las tijeras de cocina son una solución rápida y segura para abrir bolsas, empaques de especias, carnes, aves, verduras y muchas cosas más, pues cortan de manera rápida, segura y evitando derrames. Si me apuras, las uso casi tanto como los cuchillos.  

   En un extremo, la encimera ha sido sustituida por dos piletas de cerámica destinadas al lavado de la vajilla, el menaje y, si preciso fuera, de algunos ingredientes. En medio de una de las paredes maestras se abre la enorme campana de la cocina, que tiene una repisa en la que solo campan dos motivos decorativos: una foto enmarcada de la fachada del Mas, frente a la cual posa media docena de personas. Debe de ser vieja, pues está muy amarillenta. Y junto a la fotografía hay un azulejo vidriado con un lema que dice: A la buena cocina todo quisque se arrima. En el lar, colgado de un gancho de hierro, hay un gran perol ahumado. Pegadas al lateral derecho del hogar, están emplazadas unas banquetas de madera de olivo. Y en el lateral izquierdo, hay un hueco dividido en dos partes por una rejilla de hierro, uno es un depósito de carbón que, por su traza, debe de ser vegetal, y la otra es el leñero. Está mediado de troncos partidos, ramas quebradas y piñas secas que deben servir para iniciar el fuego. Aunque no es un experto, Zaca distingue leños de varias clases de árboles: almendro, algarrobo y pino, aunque la madera que más abunda es la de carrasca, que es como en la zona denominan a la encina. En la parte superior de una de las esquinas se ve una fresquera, está hecha de madera y tela metálica muy fina para que el aire se cuele por todos lados. Pero lo que más llama la atención al muchacho es la cocina económica situada cerca de la leñera. Sabe de la existencia de ese tipo de cocinas, pero no ha visto ninguna, pues hay muy pocas ya que son bastante caras. Le pide a la señora Concha que le explique cómo funciona.

   -Las cocinas domésticas, también conocidas como bilbaínas o económicas, ofrecen una doble prestación, ya que no solo están pensadas para cocinar, sino que también sirven para mantener caliente el espacio en el que se ubican.

   -¿De que están hechas?

   -Esta concretamente está hecha de hierro. Tiene cuatro  quemadores, horno, y un depósito de agua caliente. Y junto a aquella puertecilla del rincón, pero por la parte de afuera, tenemos otro horno de ladrillos refractarios que usamos, sobre todo, para cocer el pan, las cocas y algunos platos que no caben en el horno de la cocina económica. Volviendo a ésta, has de saber que la mayoría utilizan carbón vegetal como combustible, aunque ésta también puede funcionar con leña, pero el humo de leña puede afectar a las personas con enfermedades pulmonares. Y como el señor Manuel no tiene los pulmones muy allá, la leña la usamos lo menos posible, salvo en el hogar. Eso sí, utilizamos siempre leña seca y curada. La dejamos secar al menos de seis meses a un año antes de usarla, almacenándola en la leñera que hay afuera.

   -Si viera la cocina de la Fábrica, que así se llama mi casa del pueblo, se reiría. Aquí cabrían, al menos, una veintena como ella.

   -Ten en cuenta que en el Mas trabajamos muchas personas y debe haber espacio para todas. Por otra parte, la cocina es sin duda una de las dependencias más importantes de las masadas. Me atrevería a decir que es el corazón, pues no solo es lugar para cocinar o comer, sino también en muchas ocasiones es el punto de reunión de la gente.

   -Pues será el corazón, pero hasta ahora solamente la he visto llena a la hora de cenar.

   -Es que en el estío, lo que busca el personal son lugares que sean frescos y, evidentemente, una cocina no lo es. Pero en cuanto refresca, la gente busca calor y entonces esto se llena. ¿Por qué crees que tenemos una mesa tan grande?

   La pregunta de Concha le sirve al muchacho para fijarse en la mesa que ocupa buena parte de la cocina, situada exactamente en la zona más alejada del llar. Es una robusta mesa de lo que parece ser madera de roble, rectangular y con los bordes curvos. A ojo de buen cubero, calcula que debe tener capacidad para unos dieciséis comensales sentados y sin apreturas.  Y, aunque ha comido en ella bastantes veces, se le ocurre preguntar algo en lo que no ha reparado.

   -Señora Concha, acabo de darme cuenta de algo en lo que no he caído hasta ahora. Los que habitualmente comen aquí, ¿tienen un lugar fijo en el que sentarse o lo hacen donde les pilla a mano?

   -Lugares fijos en la mesa solo hay dos, y son las cabeceras: en una se sienta la abuela y en la otra el señor Manuel. Paca, suele sentarse a la derecha de su marido y Paquita al lado de Julia. Mis sobrinos y sus chicos suelen hacerlo junto a sus padres. Mi marido generalmente se sitúa a la izquierda de la abuela. Y yo, en el sitio más cercano a los fogones. Los demás, como es tu caso, donde les pilla. Ese orden suele mantenerse en los almuerzos y, sobre todo, en las cenas. En los desayunos, como la gente llega a la cocina en cuanto termina sus ocupaciones de primera hora y llegan en diferentes momentos, la gente se sienta donde hay un hueco libre.

   -Gracias. Y otra pregunta, ¿solo cocina usted? Y perdone que haga tantas preguntas, es mi natural.

   -Ya me había dicho Paquita que eres muy preguntón, pero no tengo que perdonarte nada. Me gusta charlar y como hoy no está Pili no tengo con quien pegar la hebra. Por eso no me molesta ni pizca que me preguntes. Y sí, solo guiso yo, aunque a veces Pili me echa una mano y, como has visto, también Julita me ayuda cuando se lo pido.

   -Pues la felicito, porque guisa de maravilla.

   -Gracias, jovencico. De soltera fui pinche de una cocinera francesa en casa de los Torralba, una de las familias más ricas de Alcañiz. Y de la madama Clarnelle, así se llamaba, aprendí todo lo que sé. Hasta me enseñó algo de francés que me sirvió para leer un libro gabacho de cocina que me regaló cuando se fue.

   -¿Y la abuela Julia o la señora Paca nunca cocinan?

   -Nunca. Bueno, salvo si caigo enferma. Aunque en los más de veintitantos años que llevo aquí, solo ha ocurrido una vez, cuando tuve un ataque de apendicitis. La que viene a menudo es Julita, pues la estoy preparando para que el día de mañana me sustituya. Y a veces Paqui se mete entre los pucheros, pues también quiere aprender desde que me oyó decir que hay hombres a los que se les conquista por el estómago.

   -Con una maestra como usted aprenderán todo lo que hay que saber de cocina y mucho más. Gracias, señora Concha. La dejo en su salsa, nunca mejor dicho.

   -Más que en mi salsa, en el corazón del Más, no lo olvides.

   “Si el corazón del Más es la cocina, ¿cuál debe de ser el corazón de la Fábrica? -se pregunta el muchacho- porque lo que es la mini cocina de madre no creo que lo sea”.

  

PD. El próximo martes publicaré el episodio 63 de la novela “El masover” titulado: ¿Y eso es bueno o malo?

martes, 3 de marzo de 2026

61. “El masover”. Seis servidores honestos me enseñaron cuanto sé

 

   Como si el sueño le hubiese inyectado una energía de la que habitualmente carece, Zaca se levanta con la idea que se le ocurrió el día anterior nítidamente perfilada: no le va a dar largas contar a Julia lo que se le ha ocurrido sobre qué más podrían vender en el mercat del dilluns. Se lo dirá ya y lo que tenga que pasar, que pase. “Al fin y al cabo -se dice-, las ideas mientras no se lleven a la realidad no suelen generar problemas, se quedan agazapadas en la mente en espera de convertirse en hechos efectivos”.

   A primera hora, al igual que desde hace unos días, ayuda a Sisca a dar de comer a los animales del corral y, como la muchacha se ha empeñado en enseñarle a ordeñar las vacas, sentado en una pequeña banqueta intenta exprimir las ubres del animal, pero sus torpes dedos se niegan. Aunque se trata de realizar la misma operación que cuando ordeñaba la cabra murciana, el resultado es distinto, no consigue extraer ni un dedal de leche.

   -Desde luego, Zaca, menos mal que eres muy inteligente, porque si tuvieras que vivir de tus manos pasarías más hambre que un gitano –ironiza la muchacha, que ha estado a punto de meter el pinrel, pues iba a decir que un maestro de escuela, que es la expresión que generalmente suele usarse para hablar del hambre.

   -No se puede ser bueno en todo y tengo asumido, hace mucho tiempo, que soy un desmañado como la copa de un pino. Lo siento, Sisca.

   -No pasa nada, Zaca. Como dices, no se puede ser bueno en todo y queda claro que lo de ordeñar no es lo tuyo. Pero tienes un montón de habilidades que valen más que el oro molido. Y ayer descubrí la última, que me maravilló: sabes decir unos piropos preciosos.

   El chaval se ha quedado mirando a Sisca para discernir si está hablando en serio o le está tomando el pelo, pero ni por su rostro, ni por cómo lo ha dicho vislumbra indicios de que la muchacha esté ironizando. Tras terminar el ordeño, se van a desayunar. Entre los sentados alrededor de la mesa está la abuela, que echa un vistazo a Zaca, pero no le dice nada. En cuanto termina el desayuno, tan contundente como siempre, el chico sube a su habitación y pergeña unas notas que le sirvan de guion para la conversación que va a tener con Julia. Mientras piensa lo que va a escribir, una duda vuelve a colarse en su mente: la de que su idea sobre el mercat es demasiado esquemática. Tal es así que en cuanto la abuela le plantee la más mínima dificultad no tendrá ningún argumento que oponerle. Deja de escribir. La propuesta está muy verde, concluye, hay que madurarla. Nada de hablar con la abuela por el momento. Pero una conversación que se desarrolla durante la cena de esa noche vuelve a hacerle cambiar de opinión. Por lo que parece, Julia y Paca han estado conversando durante la tarde sobre la conveniencia de volver el siguiente lunes al mercadillo del Ribalta y rematan su charla durante la sobremesa de la cena.

   -Madre. ¿Está segura de que es una buena idea volver el próximo lunes al mercat? Valerio, ¿cuánto aceite nos queda por vender?  

   -Unos ocho garrafones, aproximadamente unos ciento cincuenta litros –precisa el mayoral.

   -Madre, eso significa que si lo vendemos todo o la mayor parte el próximo lunes, en el resto de los mercados del verano no podremos vender mucho más aceite, que es uno de nuestro puntos fuertes de venta –puntualiza Paca.

   -Y que más da que lo vendamos ahora o en agosto –replica la abuela.

   -Julia, no quiero malmeter, pero creo que ambas tienen parte de razón –mete baza Valerio-. Si pensamos en las cuentas, vender aceite antes o después no es algo determinante, pero si pensamos en los clientes, que no podamos ofrecerles aceite en todo el resto del verano si puede tener su aquel. Ya que pueden irse a otro puesto y quizá podríamos perderlos. Yo me lo volvería a pensar antes de adoptar una u otra postura.

   -Eso está bien traído Valerio -admite la abuela que, ante la sorpresa general, pregunta-: Y tú, Paquita, ¿qué opinas?

   -Abuela, ya sabes que no suelo llevarte la contraria porque tienes más experiencia que nadie y lo del nuevo puesto del mercat del dilluns fue, al alimón con Zaca, idea tuya, pero en este caso creo que lo que dicen madre y Valerio tendrías que considerarlo.

   -Considerado está –la abuela ha sido rápida en su decisión-, el lunes vender solo dos garrafones y el resto los iremos poniendo a la venta lo que resta de verano. Anselmo, ¿y de pollos y conejos, cómo andamos?

   -Justitos, señora Julia. Si queremos ofrecerlos todas las veces que vayamos al mercat este verano, tendremos que recortar el número a vender en cada ocasión.

   -Bueno, que le vamos a hacer. Lo que es bueno por una parte, puede ser malo por otra. Es una lástima que no tengamos más mercancía porque las cifras de venta del pasado lunes apuntan a que este verano el mercat puede ser muy rentable. Y la prueba es que vendimos por más de trescientos  duros. Bachiller, ¿de cuánto fue exactamente la venta del lunes? –La abuela utiliza cada vez más el nuevo mote que le ha puesto a Zaca.

   -De mil seiscientas treinta y siete pesetas con ochenta y cinco céntimos, abuela -concreta Zaca, aunque lo que piensa es que, mira por donde, la abuela acabará por popularizar otro apelativo: Bachiller. Éramos pocos y…

   -Qué os dije –remacha Julia dando por concluida la conversación sobre el mercadillo. 

   Lo hablado en la cena da nuevos argumentos a Zaca para reafirmarse en que su idea es correcta. Ahora tiene dos nuevas razones en las que apoyarse: los casos del aceite y de los pollos. Lo que le lleva, una vez más, a cambiar de criterio: mañana mismo, sin más dilación, hablará con la abuela. Pues dado lo dicho en la cena es bastante posible que sea receptiva a su propuesta o, al menos, que la tenga en cuenta y la estudie. Todavía en la cama sigue pensando en lo del mercat, cuando otra luz se enciende en su mente: propaganda. “¿Los masoveros hacen propaganda de sus productos?”, se pregunta. No lo sabe, pero no encuentra ningún indicio de que la hagan. “¿Sería rentable hacer propaganda?”. “¿Cómo podría hacerse?”, vuelve a preguntarse. No conoce a nadie que sepa de propaganda. Consulta un pequeño diccionario de sinónimos que se ha traído a la masía y encuentra que algunas de las voces equivalentes a propaganda son publicidad, difusión, divulgación, anuncio, publicación,  información y comunicación. La enumeración no le aporta gran cosa. Busca en el Sopena la definición de publicidad y hay dos acepciones de las que al menos una de ellas sí que le aporta información sensible: b) Divulgación de noticias o anuncios de carácter comercial para atraer a posibles compradores, espectadores, usuarios, etc. O sea, se dice, “Que no basta, como hacen en el pueblo,  con poner un cartel diciendo lo buena que es tal cosa o que Paco el alguacil haga un pregón ensalzando algo que se vaya a vender. Hay que ir más allá y eso supone que han de entrar en juego medios de comunicación con más audiencia como periódicos y radios”. Y como sigue dándole vueltas a lo de la propaganda –el término publicidad no acaba de asumirlo-, se le ocurre investigar otra posible fuente de saberes sobre la propaganda, de la que no sabe demasiado. El próximo lunes, que piensa volver a acompañar a los masoveros al mercadillo, se acercará a una librería y comprará algún librillo sobre propaganda. Dándole vueltas a lo que se ha convertido en una obsesión, le cuesta dormirse. Cuando despierta, el sol entra a raudales por la entreabierta ventana.  “Maldita sea. Me he dormido. Se me olvidó poner el despertador”. Baja a la cocina y solo encuentra a la señora Concha.

   -Hijico, ¿se te han pegado las sábanas? Paquita ha preguntado por ti.

   -Estuve hasta las tantas leyendo y se me olvidó poner el despertador. Que le vamos a hacer. ¿Sabe dónde está la abuela?

   -Donde siempre a estas horas de la mañana, echando cuentas en el cuarto de estar. Y si no la encuentras allí, en su habitación.

   En cuanto desayuna escribe unas notas para que le sirvan de guion y va a ver a Julia.

   -Buenos días, abuela.

   -Buenos días, Bachiller. Se te ha echado de menos en el desayuno. ¿Quieres algo?

   -Me he dormido. Mea culpa. Ya he repensado lo que le dije sobre que otros productos podrían vender en el mercat del dilluns y vengo a contárselo, si le parece bien.

   -Siéntate. Soy toda oídos. Tú dirás –Julia parece interesada en lo que pueda contarle el muchacho.

   Zaca, escogiendo con cuidado sus palabras para ser lo más diáfano posible, cuenta a Julia algunos de los productos que el Mas también podría vender en el mercadillo del lunes y así aumentar sus ingresos. Comienza hablando de las hierbas aromáticas y de las conservas. La abuela le escucha atentamente y, cuando el chaval termina esa parte de su exposición, emite su parecer. De las hierbas no dice nada, pero si se explaya sobre las conservas caseras.

   -¿Y crees que la gente nos comprará conservas que no saben cómo están hechas ni cuándo se enlataron ni cuánto pueden durar?

   -Creo que sí. Mi madre hace algunas conservas y hay gente que viene a casa expresamente a comprarlas.

   -¿Y qué clase de conservas hace?

   -Entre otras, melocotón en almíbar, compota de manzana y pera, dulce de membrillo, y conserva de tomates, pimientos, guisantes y corazones de alcachofas.

   -¿Las envasa al baño maría?

   -Sí, señora.

   -Y, por término medio, ¿cuánto duran las conservas de tu madre?

   -Pueden durar hasta un año en buen estado, siempre y cuando los frascos permanezcan cerrados y se guarden en un lugar fresco y oscuro.

   -¿Utiliza frascos de vidrio o de otros materiales?

   -Siempre de vidrio.

   -Bien, lo pensaré. Algunas de las conservas que has mencionado también las hacemos nosotros, pero para el consumo interno, nunca las hemos vendido. ¿Algo más? –da la impresión de que la abuela esperaba otra clase de propuesta y se la ve decepcionada.

   -Sí, señora Julia. He pensado algo más que posiblemente supondría un salto cualitativo en las ventas del Mas. Se trataría de que vendieran no solo lo que ustedes cultivan o crían, sino también lo que cosechan o crían otros masos, más o menos cercanos. El Canònge es rico y produce gran cantidad de alimentos, pero tiene sus límites. La conversación de anoche en la cena me lo confirmó. Tienen muchos olivos, pero la cosecha de aceitunas y su conversión en aceite no es ilimitada. De hecho, en este momento solo les quedan unas cuantas garrafas para vender. Y por lo que parece, lo mismo ocurre con los animales de corral. Llega un momento en que se les acaban. Y de ahí mi pregunta: ¿Y por qué no vender el aceite o los animales de otros masos? Ganarían sus vecinos y, naturalmente, ustedes se llevarían una parte de esas ganancias. Sé que organizar algo así no es fácil y que surgirán problemas, pero casi todas las dificultades tienen algún tipo de solución. Solo es cuestión de encontrarlas.

   Terminada la parrafada, Zaca queda como desfondado. No ha dicho todo cuanto ha estado pensando, pero cree que sí lo principal. La abuela, que en ningún momento lo ha interrumpido, sigue silente, como rumiando lo que ha escuchado. El silencio dura un tiempo que al chico se le hace interminable, y en el que Julia está absorta reflexionando sobre lo que acaba de escuchar. Hasta que formula una pregunta que da la impresión de que la exposición del chico le ha hecho plantearse nuevos caminos.

   -¿Y has pensado de que masos podríamos vender sus cosechas en el supuesto de que llegáramos a algún tipo de acuerdo?

   -Al principio, en los del término municipal de Benlloch, como la  Masía del Botiguer, la de Planchadell o el Cuartico. Luego, los que están próximos al Canònge y que son de las localidades que limitan con Benlloch que, según he visto en el atlas de España, son Alcalá de Chivert, Cabanes, Sierra Engarcerán, Torreblanca, Vall d´Alba y Villanueva de Alcolea -La abuela vuelve a quedar callada. Parece que Zaca le ha dado mucho en qué pensar. Bisbisea algo como hablando para sí y que el chico solo entiende cuando su voz se hace audible:

   -Eso sería… comerciar. Convertirnos en comerciantes. Dejar de ser solo masoveros y convertirnos en comerciantes, algo que no somos ni lo henos sido nunca, pero si vendemos nuestras cosechas, ¿por qué no vender también las de los demás? Y bien que les vendría a mis vecinos… -Y dejando el soliloquio, vuelve a dirigirse al muchacho-. Bachiller, tengo que pensar en todo lo que has dicho. Y me alegro un montón que lo hayas hecho, pues eso significa, entre otras cosas, que mi nieta está en buenas manos. Vas a poder enseñarle mucho y no solo cultura general. Te voy a decir algo que te sonará sorprendente: para los pocos años que tienes, eres capaz de pensar más y mejor que la mayoría de adultos. Tienes la cabeza muy bien amueblada. Te doy las gracias. Seguiremos hablando cuando haya digerido todo lo que has contado. Dejar de ser solo masoveros y ser también comerciantes. Esa idea no es precisamente el parto de los montes, sino que tiene un potencial extraordinario -Y termina su parrafada como hablando otra vez consigo misma-. Vaya, por Dios. Quien me lo iba a decir a mis años, convertirme en comerciante, aunque sin dejar de ser masovera. Jamás se me hubiera ocurrido.

   Tras la conversación con Julia, Zaca queda satisfecho del encuentro. “No es una idea genial, pero o mucho me equivoco o a la abuela le ha gustado lo de comerciar con los productos de otros masos. Lo que es sorprendente es que no se les haya ocurrido antes. Y no le he hablado de la propaganda. Lo haré en otro momento”. Y llevado de su entusiasmo por el aparente éxito conseguido decide profundizar en el proyecto. En cuanto llega a su habitación abre uno de sus blocs, traza un cuadro de doble entrada y en la primera columna escribe parte del poema de Rudyard Kipling en Cuentos en el tintero: “Seis servidores honestos/me enseñaron cuanto sé/. Sus nombres son:/ Qué, Quién, Cuándo,/ Dónde, Cómo y Por qué”. Son las preguntas fundamentales para el aprendizaje y la investigación sobre qué (cosa o acción), quién (persona), cuándo (tiempo), dónde (lugar), cómo (modo o manera) y por qué (finalidad u objetivo). En otro de sus textos encuentra que esos interrogantes también son conocidos como las 5 W del periodismo, derivando su nombre de las voces inglesas (Who, What, When, Where, Why). A él le salen seis pero, entre lo que escribe Kipling y el aforismo periodístico, se queda con lo dicho por el escritor angloindio de quien es un rendido admirador.

   Sobre el Qué lo tiene claro: vender en el mercat del dilluns productos de otros masos en el punto de venta del Canònge. Sobre el Quién o personas que se encargarán de la operación ya no lo tiene tan claro. Lo lógico es que sea la misma gente que ahora vende en el puesto del mercadillo del Canònge, pero piensa que si se vende más, también habrá que incrementar los vendedores. Además, alguien –uno o varios- tendrá que dirigir el proyecto, y también será necesario que alguien trate con los masos que colaboren en el proyecto y…, los interrogantes se amontonan, lo que provoca que el muchacho deje en blanco la columna del Quién. Llegado a este punto, una estentórea llamada le vuelve a la realidad:

   -¡La comida está en la mesa!

   Los seis servidores honestos de Kipling tendrán que esperar.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 62 de la novela “El masover” titulado: El corazón del Mas