martes, 12 de mayo de 2026

El masover”. 72. Recordando a Calderón

    El lunes, 24 de julio, los masoveros del Canònge, más las nuevas vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta, parten hacia el mercat del dilluns de Castellón. Van todos con una mezcla de ilusión y temor, pues no saben cuál será el resultado del nuevo puesto. Esta vez la expedición cuenta con una presencia insólita: la abuela Julia, que quiere ver en vivo el proyecto en el que tantas esperanzas ha depositado. Dado su sobrepeso y los episodios de tromboflebitis que padece, lleva consigo una silla de tijera y un cojín para poder sentarse y así aguantar toda la mañana. Aunque trata de no mostrarlo, es la más nerviosa, quizá porque es la que mejor conoce cómo funciona el mercat. Su esperanza de que el negocio salga bien o, al menos, no demasiado mal, está depositada en el impacto sobre la población que haya podido causar Radio Castellón, emisora con la que ha contratado la publicidad del nuevo puesto. La emisora ha estado repitiendo todo el fin de semana la noticia publicitaria de la apertura del puesto de las masías y la buena calidad de los productos que vende. Así como la oferta de hasta cinco litros de aceite por persona a un precio sensiblemente inferior al del mercado. Para la oferta del aceite, Julia ha mandado fabricar unos envases de cerámica de uno, dos y cinco litros que se cierran con un tapón de corcho, por si los nuevos clientes no llevan recipientes. Zaca, que es de los que suele ver casi siempre la botella medio vacía, teme que el fracaso arruine el proyecto que siente como propio, aunque no haya invertido una sola peseta en el mismo. Esa sensación negativa le lleva a mal traer porque como padre –en buena medida- del proyecto está muy encariñado con el mismo.

   Cuando la camioneta del tío Tonellaes aparca en un lateral del Parque Ribalta, desde el centro del paseo les llega un runrún que no es habitual. Quien primero les avisa de la causa del rumor es uno de los guardias municipales al que tienen untado.

   -Ya era hora de que llegarais. Si tardáis más tendríamos que haber pedido refuerzos a la central. No podéis imaginaros la que habéis montado con tanta propaganda. La cola de gente, supongo que por lo del aceite, casi llega a la estación. Daos prisa en montar el chiringuito, no sea que el personal se canse de hacer cola y se monte un dos de mayo.

   El guardia no ha exagerado. Alrededor de donde se instala el puesto del Canònge hay un gentío que espera expectante a que se abra la venta. Los masoveros se apresuran a instalar los tableros y caballetes, así como el rótulo con la propaganda de Los Masos de la Plana Alta. Y, con la mayor rapidez posible, van depositando los productos a vender, dando prioridad a los garrafones de aceite, el producto estrella. Con la ayuda del municipal, que les ha advertido del gentío que les espera, y de Anselmo consiguen establecer un mínimo de orden en las colas, avisando a voces de en qué partes del puesto se venden las distintas mercancías. La venta del aceite se revela como un éxito desde el minuto uno. Tal es así que, tras la primera hora, Julia ordena vender solo un litro por cliente, pues al ritmo que lo expenden se van a quedar sin existencias. Lo más positivo del tirón del producto-cebo es que las demás mercancías del puesto se benefician del impulso del aceite y su venta marcha a buen ritmo. Todo va bien, hasta que, en un momento dado, ocurre lo que Zaca ya temió: Paca y Paquita no dan abasto al cobro y se está formando un cuello de botella que está ralentizando el ritmo de venta. Julia, que ha sido la primera en darse cuenta  –pues solo se dedica a observar- del tapón que se está formando, toma una solución sobre la marcha y llama al muchacho.

   -Bachiller, ponte un delantal de esos con bolsillos y ayuda a Paca y Paquita a cobrar. Y espabílate o se nos va a marchar la mitad de la clientela.

   El chico, aunque sorprendido, obedece la orden de la abuela, se enfunda el delantal y se pone junto al puesto de frutas y hortalizas, productos que también están muy demandados. Dada su habilidad en el cálculo mental es quien más rápidamente evalúa el precio de las compras, cobra y devuelve el cambio.  Lo que  le ha permitido, en momentos puntuales, echar una mano a Paca y a Sisca que con frecuencia se ven desbordadas. Pese a su timidez proverbial, se ha armado de valor y dialoga con las compradoras, a las que incluso llega a piropear en algún caso que ha venido hilado. En un receso de las compras, se da cuenta de que Julia lo está mirando al tiempo que le hace un gesto aprobatorio. La situación le recuerda cuando hacía de coniller o alquilaba y vendía tebeos, pero nada que ver con el torbellino en el que está metido.

   Hasta bien pasadas las doce de mediodía no comienza a disminuir el personal. A medida que la clientela va decreciendo, el muchacho tiene más tiempo para pensar y algo de lo que se da cuenta hace que se plantee una pregunta: “¿Por qué Julia me ha escogido para cobrar y no ha elegido a Pili o a Anselmo con quienes tiene mucha más confianza? Posiblemente -se contesta-, porque sé calcular mentalmente mucho mejor, pero… manejar dinero supone darme un margen de confianza que no me lo esperaba. Porque, vamos a ver: en este momento no hay nadie, ni siquiera yo, que sepa cuánto dinero guardo en los bolsillos del delantal. Podría meterme un fajo de billetes en el bolsillo y nadie se enteraría. Eso, ¿lo habrá pensado Julia o no se le ha ocurrido? Entonces, ¿es que tanto confía en mi honradez?” Y una oleada de orgullo le recorre el espinazo. “Creo que se fía de mí. Y si lo hace es porque le he demostrado que soy alguien en quien se puede confiar”. De pronto se le ocurre algo más, va a hacer la clásica prueba del nueve. Se acerca a dónde está sentada la abuela y la aborda.

   -Señora Julia, no lo he contado, pero tengo una montonera de dinero. ¿Se lo paso a Paca o se lo doy a usted?

   -Quédatelo y ya lo contarás cuando terminemos. Y que sepas que lo estás haciendo muy bien, como si nunca hubieras hecho otra cosa que cobrar en un mercado. Y esas palabritas que, de cuando en cuando, dices a las clientas, son mano de santo. Muchas de esas volverán el próximo lunes. Estás haciendo más clientes que las mozas de los masos. Algunas de ellas, como habías avisado, no dan la talla, tendremos que cambiarlas. Pero de todo eso ya hablaremos mañana que, por cierto estrenas tu nueva escuela. Si enseñar se te da tan bien como cobrar, ya te adelanto que será un éxito. Ahí hay una que quiere pagar, atiéndela. 

   La mañana termina y la satisfacción del trabajo bien hecho se refleja en los rostros de los integrantes del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Hasta aquellas masoveras metidas a vendedoras, que han sido un fiasco como tales, se las ve contentas, pues todos han puesto su mejor voluntad para que el proyecto del muevo puesto sea un éxito. Julia así lo confirma cuando, antes de recoger el puesto, se dirige a su gente.

   -Enhorabuena a todos. Habéis trabajado de firme y bien. Podéis estar satisfechos del resultado. Creo que hoy, gracias a la colaboración de todos, hemos dado un paso de gigante para que nuestras cosechas y productos tengan mejor salida de la que tenían. En mi nombre y en el de todos los masos asociados, os doy las gracias por vuestra colaboración. Y quiero destacar el trabajo de una persona que, por sus pocos años y por no ser masover, no debería estar aquí y, sin embargo, ha trabajado como un león. Bachiller, hoy te has ganado, y muy bien, el pan y algo más. Mi enhorabuena más sincera. Y ahora, a recoger que Mariantonia nos debe estar esperando para echar el arroz. Todos nos hemos ganado una buena paella.

   Un inesperado y caluroso aplauso es la respuesta a las palabras de Julia, que no puede ocultar la satisfacción que la embarga. Zaca es uno de los que se siente más orgulloso, pero sigue estando un tanto preocupado porque no sabe qué hacer con el dinero recaudado. Aprovecha la comida para acercarse a la abuela y volver a preguntarle qué hace con la recaudación.

   -No te preocupes por eso. Está en buenas manos. Cuando lleguemos al Mas, me lo darás. Mientras tanto, guárdalo en esta bolsa y ya lo cuentas cuando tengas un hueco. Ah, luego o mañana quiero que me cuentes tus impresiones sobre lo ocurrido esta mañana. Yo he sacado las mías, pero cuatro ojos ven más que dos y dos molleras piensan más que una -En esas que llega Sisca y, dirigiéndose a Zaca, le espeta:

   .Zaquita, no sabía que eres tan buen cobrador. Tu ayuda nos ha venido a madre y a mí como agua de mayo. Aunque no debía de extrañarme, pues lo haces bien casi todo.

   -He aprendido de vosotras. Sois mejores maestras que yo.  
   En el viaje de vuelta, Zaca se olvida del mercat y se centra en el mañana. Si hoy ha sido un día de estreno, mañana será otro. Estrenará una nueva faceta como es la de docente. Sigue preocupado por cómo organizar una clase con alumnos tan dispares en edad y conocimientos, hasta que recuerda que cuando se le juntaron las tareas de estudiante, escrivent, conductor del triciclo y coniller se agobió muchísimo, hasta que descubrió que organizar el tiempo era un método pragmático para encajar diferentes tareas de manera razonable. Y el recuerdo le lleva a la conclusión de que tiene que hacer lo mismo con el nuevo grupo de alumnos. Antes de empezar a enseñarles tiene que organizar la distribución de los tiempos, tanto los del alumnado como el suyo. Y lo que de ninguna manera puede hacer es emplear una metodología tan arcaica como la que emplean con él sus maestros del pueblo. Y también se le ocurre que una de las cosas que debe llevar a cabo antes de comenzar las clases es hacerles unas pruebas a los masoveros para conocer cuál es su grado de conocimientos y así poder agruparlos, no por su edad, sino por su grado de instrucción. Dándole vueltas a esas reflexiones llega al Mas con más optimismo del que salió. A media tarde Julia le ha llamado al cuarto de estar para contar el dinero de los cobros que sigue guardando en una bolsa. Cuando llega ya están allí Paca y Sisca. La recaudación ha sido más abultada de lo que calculaban y, algo inesperado: Zaca ha sido quien más ha recaudado. Cuando termina el conteo, Julia vuelve a sorprender al muchacho.

   -Bachiller, toma cuatro duros para que te compres tebeos o lo que quieras. Te los has ganado con creces.

   -De ninguna manera, señora Julia. No puedo aceptarlos. Les he ayudado con mucho gusto y voluntariamente. Bastante hacen ustedes por mí, como para que tengan que pagarme. Si padre llega a enterarse de que he aceptado una sola peseta de ustedes la bronca que me podría caer sería de órdago. Gracias, pero no.

   -Vamos a ver, Bachiller. Quien trabaja debe ser retribuido por ello pues, si no, el trabajo se convierte en esclavitud. O sea, que olvídate de un orgullo mal entendido y acepta el jornal que te has ganado a pulso. Y no te preocupes por lo que pueda pensar tu padre. Ya le daré todas las explicaciones que hagan falta. No me hagas perder más tiempo. Ah, y además de las veinte pesetas, te vuelvo a dar las gracias. Te guste o no, ya formas parte de la gente del Mas del Canònge. Ya eres un masover com Déu mane. Y ni una palabra de más. Coge tus cuatro duros que te los has ganado uno encima del otro.

   Al muchacho no le queda otra que coger las veinte pesetas y volver a dar las gracias a la abuela. Por un momento se dice: “¿Y qué voy a hacer con tanto dinero? No sé qué le va a parecer a padre, pero… algo de lo que ha dicho la señora Julia creo que es cierto: me las he ganado a pulso”. Y un ramalazo de orgullo sacude su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica. ¡Ganar veinte pesetas en una mañana! Eso no lo hace ni Pepe el Randero, el comerciante de Torreblanca del que dicen que de les pedres fa pans. Él no saca panes de las piedras, pero sí veinte pesetas como veinte soles en una sola mañana. Lo que, una vez más, le lleva a colegir que, tal como van las cosas, al final del verano podrá reunir una cantidad de dinero con el que ni su familia ni él contaban. Lo menos serán cien duros, que son muchos duros. Y otro ramalazo de orgullo lo invade. Ni en el mejor de los sueños pudo entrever su capacidad para generar ingresos. Y eso, como otros muchos aspectos, ha sido posible por su estancia en el Canònge y quizá, como dijo la abuela, porque ya es un masover como Dios manda.

   Al atardecer, y es una sorpresa para Zaca pero no para los masoveros, aparece por el Mas una pareja de la Guardia Civil. Visten su característico uniforme de color gris-verde -fruto de la reforma de 1932 que cambió el tradicional de color azul-, y lucen la guerrera de cinco botones y pantalones rectos, amén del emblemático tricornio; solo les falta el capote de paño que emplean durante el invierno, mostrando una estética sobria y funcional, muy adecuada para el servicio. Van armados, uno con un fusil Mauser de 7 mm, y el otro con un subfusil MP-28/II. Y ambos portan pistolas semiautomáticas STAR modelo 1922 de 9 mm de largo. La pareja no puede ser más diferente, pues uno –un guardia primero que es el jefe de la pareja- es de corta estatura y rechoncho, y luce un mostacho que le cubre parcialmente la boca; el otro es larguirucho y delgado cual una caña y muestra un bigotillo tan fino que más parece como si una fila de hormigas se hubiese posado sobre su labio superior. Sisca cuenta al muchacho que la visita de la pareja, pertenecientes a la dotación de Benlloch, es relativamente habitual, pues al menos una vez al mes suelen pasarse por el Canònge. Cuando presentan la pareja al chico, resulta que el retaco guardia del mostacho conoce a su padre, ya que estuvo de puesto en Cabanes, localidad a la que el señor Zacarías visita alguna que otra vez por motivos profesionales.

   -¿Así que tú eres hijo del encargado de la luz de Torreblanca? Y lo mismo te llamas como él, Zacarías.

   -Sí, señor, pero prefiero que me llamen Zaca.

   -Conque Zaca, eh. Mira, hijo, cada quisque tiene que apechugar con el nombre que le pusieron al cristianarlo, y de eso sé un rato largo. A mí, como era costumbre en mi aldea, me endosaron el nombre del santo del día, por eso me llamo Genebrando. Por tanto, confórmate y, cuando te rayes por lo de Zacarías, acuérdate de aquel fragmento de la “Vida es sueño” que comienza con: Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de las hierbas que cogía ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.” Tú eres el sabio que cogía las hierbas, yo el que las recoge. Con Zacarías vas bien servido, hasta aparece en la Biblia.

   El mayor de los Clavijo acaba de recibir la lección más contundente sobre la relatividad de la antroponimia.  De ahí que lo de llamarse Zacarías comienza a no parecerle tan mal, pues como el guardia primero acaba de demostrarle podría ser peor. El que no se consuela es porque no quiere.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 73 de la novela “El masover” titulado: Señor maestro


martes, 5 de mayo de 2026

“El masover”. 71. En boca cerrada no…

    El lunes, 17 de julio, la camioneta del tío Tonellaes va sobrecargada de personal pues, además de las personas del Mas del Canònge que usualmente van al mercat del dilluns, también viajan las futuras vendedoras del que será el nuevo puesto de Los Masos de la Plana Alta. Durante el fin de semana, Paca, Pili y Sisca las han estado asesorando para que se vayan familiarizando con el ambiente del mercado del lunes y, sobre todo, enseñándoles las reglas más elementales acerca de cómo han de comportarse como vendedoras: poner siempre buena cara, no discutir con los compradores, ser diligentes en despachar, no equivocarse en las cuentas, tratar con amabilidad a los clientes y si se les presenta algún problema que no saben o no pueden resolver llamar a Paca o, en su defecto, a Paquita. Nada de teoría, ha sido como un mini curso práctico sobre la venta y la clientela.

   Una vez puesto en funcionamiento el nuevo puesto y comenzado a despachar, como Zaca se temía, cuatro de las masoveras no dan la talla como vendedoras. Son vergonzosas, no hablan con fluidez, y se hacen un lío con las cuentas. En más de una ocasión hasta Lía ha tenido que ayudar a más de una. Tampoco saben tratar a las clientes y si alguna compradora se ha puesto algo impertinente –siempre hay gente que mea fuera del tiesto- le han contestado de malas maneras. El muchacho piensa que los del Canònge van a necesitar tiempo y paciencia para sacar algún provecho de alguna de las masoveras-vendedoras. Una de las cuales, por cierto de las más agraciadas, da la impresión de haberse prendado del bueno de Anselmo y, cuando no despacha, coquetea con él de forma descarada, ante la contenida irritación de Pili que se ha apercibido de los tejemanejes de la joven. Zaca, que sigue estando muy verde en lo que atañe al conocimiento de las féminas, no se ha dado cuenta, pero Sisca sí y se lo comenta.

   -¿Te has fijado como la tal Etelvina mira al pobre Anselmo?, se lo come con los ojos y coquetea con él con un descaro que es una vergüenza. Parecía una mosquita muerta y está resultando ser una calienta braguetas. Y Pili tiene un cabreo morrocotudo.

   -Sisca, eres una cotilla. Igual la pobre chica no ha   salido nunca del mas y se comporta así con toda la gente.

   -Zaca, eres más ingenuo que una novicia. Te digo que si la Etelvina no se controla, antes de que acabe el día tendremos bronca. Pili tiene mucho genio y no se va a callar.

   Durante la mañana, Zaca ha estado tomando notas sobre los aspectos que deberían mejorar en el nuevo puesto, así como lo que habría que enseñarles a las nuevas vendedoras para que tengan menos problemas al atender a los clientes. Entre sus observaciones figura que quizá fuera eficaz que las vendedoras llevarán una especie de chapa en la que figurara su nombre, lo que podría facilitar el acercamiento entre vendedoras y compradores. También anota el posible problema de que se arremolinen los clientes para comprar el producto-cebo y surjan disputas sobre el orden de prelación, cuestión que no se le ocurre como resolver. Y lo que le sigue preocupando, en el supuesto de que tengan muchos clientes, es como solucionar el cuello de botella que probablemente se formará si solo cobran Paca y Sisca. No toma más notas porque buena parte de la mañana lo que ocupa su mente es el asunto de la clase que va a dar a los alumnos masoveros de su flamante escuela. Piensa que no es lo mismo enseñar a tres personas, como es su tarea actual –pues Mito no cuenta-, que adoctrinar a un grupo de doce o catorce alumnos y de diferentes edades. Quizá podría ayudarle preguntar a sus maestros del pueblo como hacerlo. Casi hacia el final de la mañana se le ocurre que posiblemente haya libros que traten la cuestión y, tras pedir permiso a Paca, se dirige a la librería de Ballester a ver si encuentra algún manual sobre ello. Descubre un librito titulado La organización de la escuela primaria de la editorial Escuela Española, y lo compra. En su búsqueda se topa con un texto cuyo título es Manual del buen vendedor, de un autor norteamericano, que también adquiere. Se dice que quizá en ambos textos encuentre las soluciones a sus dudas, en un caso de cómo organizar el grupo de nuevos alumnos, y en el otro de qué hacer en la publicidad del nuevo puesto. En los siguientes días se entrega al estudio de ambos manuales. El de la organización de la escuela primaria le ofrece una solución en la que ya pensó tiempo atrás: la de la enseñanza cooperativa. Le parece que puede ser una alternativa eficaz. En cuanto al manual del buen vendedor extrae una serie de ideas que parecen prácticas. Cree que es pertinente informar de ello a Julia y, sin  pensárselo dos veces, el  martes se planta en el cuarto de estar en el que habitualmente suele estar la abuela.

   -Señora Julia, ¿tiene unos minutos para que le cuente lo que he descubierto sobre el arte de vender?

   -Bachiller, para ti tengo todo el tiempo del mundo. Cuéntame.

   Zaca le refiere lo del manual y como prueba lee un retazo del contenido del libro. Y empieza por una parte negativa titulada “Los 7 errores de un vndedor”: La improvisación. No escuchar al cliente. El descontrol del tiempo. La arrogancia. No saber empezar, ni saber terminar. Descuidar la comunicación no verbal. Déficit o exceso de pasión.

   -¿Qué le parece?

   -En principio parecen buenos consejos, pero algunos de ellas no acabo de comprenderlos. Uno es el descontrol del tiempo.

   -Se refiere a que el tiempo es oro y que hay que controlar el que se gasta en cada comprador. Ni poco, que puede darle al cliente la impresión de que no se le presta la atención debida. Ni mucho, pues si se emplea demasiado tiempo en un cliente, se resentirá el que podamos prestar a otros.

   -¿Y qué significa lo del déficit o exceso de pasión?

   -Pues que para vender hay que ponerle una miaja de entusiasmo, pero que es tan malo mostrar poco como excederse. En el término medio está la virtud como decía un sabio griego hace muchos siglos.

  -Hay que ver, Bachiller, con los pocos años que tienes y las cosas que sabes, hasta de los griegos. Ahora confirmo la cagada que hizo mi padre cuando me prohibió que me hiciera bachillera. La misma estupidez, por cierto, que mi hija y yo hemos cometido con nuestra nieta. Lástima que te vas a quedar tan poco tiempo entre nosotros, pues podrías enseñar a Paquita algo de lo mucho que conoces.

   -Gracias por sus elogios, señora Julia. Pero no es cierto que sepa tanto, por cada cosa que conozco hay trillones que desconozco. Y volviendo al manual del buen vendedor, ¿qué hacemos con los consejos que da?, ¿se los damos a conocer a las masoveras o qué?

   -Déjame echarle un pensament y ya te diré si hacemos algo.

   Julia solo necesita veinticuatro horas para pensarse lo que Zaca le ha planteado sobre los consejos del buen vendedor. Decide que el próximo fin de semana organizarán una especie de breve curso para enseñar a las masoveras algunas de las reglas del manual encontrado por el Bachiller, como siempre le llama. De momento, las envía a sus masías de las que faltan hace demasiado tiempo.

   A todo esto, los padres masoveros de la nueva escuela no han perdido el tiempo. Han limpiado a fondo y encalado la estancia contigua a la almazara que será el emplazamiento de la escuela y han instalado el mobiliario escolar de la unitaria de La Vall d´Alba, pizarra incluida. Han preguntado a Zaca si le parece bien comenzar a dar escuela el martes, 25, del mes en curso. Y le han informado que, al final, los críos asistentes van a ser trece, incluidas dos chicuelas, y le recuerdan que tres parejas de ellos son hermanos, como le habían adelantado, a los que solo les cobrará cuatro duros. Y agregan algo que no esperaba: por los cinco días que va a dar escuela en julio cada alumno pagará un duro más. Zaca echa enseguida las cuentas: 13 duros de julio, más en agosto siete críos por 5 duros serán 35 duros, más 6 –las tres parejas de hermanos- por 4 duros son 24 machacantes. Hace el correspondiente sumatorio y la cifra resultante es ¡360 pesetas, todo un capitalazo! Padre podrá pagar casi un cuatrimestre a sus maestros del pueblo. Cuando recuerda que pensó que en el Mas se iba a aburrir no puede por menos que esbozar una sonrisa. De aburrirse nada, lo que le va a pasar es que le va a faltar tiempo para todo lo que tiene que llevar a cabo.

   El sábado, 22, llegan las masoveras para realizar el mini curso que entre Julia, Paca, Sisca y Zaca han preparado para enseñarles técnicas modernas de venta, que así las define el manual del buen vendedor. Y han incluido en el curso a Lía para que vaya formándose como futura vendedora, algo que para la chiquilla supone una promoción respecto al papel auxiliar que desempeñaba en el antiguo puesto. Zaca será quien les explicará la teoría del asunto y Paca, con la ayuda de Pili y Sisca, les enseñarán los aspectos prácticos del arte de vender. Julia ha mandado confeccionar unas chapitas con el nombre de cada una de las masoveras, que ha acortado, según le ha parecido, para que suenen mejor: Asun, Tensia, Geno, Lola, Casi, Beni y Etel. También les han confeccionado unos delantales de un azulado claro con peto y grandes bolsillos y les han comprado unas bonitas alpargatas blancas.

   -La verdad es que van hechas unos pimpollos –reconoce Paca.

   -La carcasa no está mal, habrá que ver cómo anda el motor –puntualiza, un tanto escéptico, Valerio.

   El sábado, Zaca se estrena en el mini curso, siendo presentado por Julia como técnico de ventas. El chico piensa que es una exageración, pues de teoría de ventas solo sabe lo que ha leído en el manual y en cuanto a práctica solo atesora la escasa que pudo adquirir en su etapa como coniller. En cualquier caso, haciendo de tripas corazón, les explica que el decálogo del buen vendedor, a grandes rasgos, se centra en la importancia de conocer el producto, planificar el trabajo, ser cortés y amable, identificar las necesidades del cliente, orientarlo, respetarlo y cumplir los compromisos adquiridos. A lo que añade la importancia de saber comunicarse de manera clara y concisa y de no mentir nunca. De aceptar las objeciones del cliente y aprender de ellas. De escucharlo y crear relaciones que perduren en el tiempo. Y termina su explicación enfatizando esto último:

   -Tened en cuenta que la venta no termina cuando el cliente sale del puesto con el producto adquirido. Si tiene algún problema debéis poner todos los medios para ayudarle, no hay mejor forma de fidelizar a un cliente. ¿Alguna pregunta?

   -¿Qué quiere decir fidelizar?

   - Conseguir, de diferentes modos, que los clientes del puesto permanezcan fieles al mismo. En otras palabras: que vuelvan a comprar. Si no vuelven es que el producto no les ha gustado o que la vendedora no les ha tratado como debía.

   -Yo no he entendido que es lo de aceptar las objeciones del cliente y aprender de ellas.

   -A veces ocurre que un cliente le pone pegas o indica detalles negativos del artículo que quiere comprar. Entonces tienes dos opciones: o no aceptas sus objeciones y discutes con él, con lo que lo más probable es que no te compre el producto; o aceptas sus pegas y tratas de minimizar su importancia y al tiempo aprendes para la próxima ocasión. En uno de los libros sobre ventas que he leído resumen esa cuestión en la siguiente frase: El cliente siempre tiene razón. Y añado: y aunque no la tenga, hay que dársela, pues de lo que se trata es de vender y, además, de que vuelva a venir. Y ahí termina el papel del chico como especialista en ventas. El cercano lunes, 24, se verá si sus explicaciones han sido provechosas o todo ha quedado en fuegos de artificio.

   Ese domingo, Zaca está dando un breve paseo para tranquilizarse, pues son muchas las expectativas que la gente del Canònge tiene puestas en el nuevo puesto del mercat. Y él, como inductor de alguna manera de la idea original, se siente corresponsable de lo que pueda pasar. Un fracaso sería algo terrible y del que sería difícil rehacerse. Recuerda y vuelve a rezar la jaculatoria que tanto bien le hacía de pequeño: Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nos que recurrimos a vos. Anda en esas reflexiones cuando sin buscarlo descubre algo que le pone de mal cuerpo. Medio escondidos, junto al viejo molino de viento, están Anselmo y Etelvina estrechamente abrazados. Ella tiene la falda arremolinada a la altura de la cintura y gime. Él, con los pantalones por los tobillos, se mueve compulsivamente y jadea. Zaca no sabe de lances amatorios, pero no es tan inocente como para ignorar lo que está haciendo la pareja. Y enrojece como un colegial, lo que en el fondo es. Sin hacer el menor ruido se vuelve por donde venía y se aleja de los amantes que, cegados por el torbellino de su pasión, no lo han visto. “Tenía razón Sisca -se dice-, estos se han amancebado”, concepto que desconocía hasta que casualmente lo descubrió en el Sopena. En la vuelta piensa qué será más correcto: si contarlo o callarse. Dado que es lo más fácil y cómodo opta por no decir nada. Como diría Julia, tan aficionada a los refranes: en boca cerrada no entran moscas. Pese a ello, la escena le ha hecho pensar en que esa relación adulterina puede afectar de alguna manera al normal desarrollo de la actividad de Los Masos de La Plana Alta, pues Anselmo es un elemento importante en el Mas y lo mismo Pili, su esposa. Y sabe, porque lo ha oído en casa muchas veces, que los líos de faldas suelen terminar como el rosario de la aurora. Lo que le lleva a plantearse si, en última instancia, será mejor callarse o contar lo que ha visto, pero ¿y a quién chivarse? Además, chivarse es algo indigno y feo. Pero, ¿y si por mantener la boca cerrada lo del nuevo puesto se escaralla? Llega al caserón y todavía no ha resuelto el dilema. ¿Callar o contarlo?

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 72 de la novela “El masover” titulado: Recordando a Calderón

martes, 28 de abril de 2026

“El masover”. 70… Una propuesta inesperada


      Zaca acude a la llamada de Julia. Encuentra a la abuela y a los dos masoveros, de los que le ha hablado Sisca, que la acompañan sentados en la mesa camilla de la sala de estar que también hace las veces de despacho de la abuela. Los forasteros –vistiendo los consabidos trajes de pana y uno de ellos tocado con boina- lo reciben con mirada expectante. El muchacho saluda a los masoveros, con su habitual formalidad, y se queda en medio de la estancia en espera de lo que pueda decirle o pedirle Julia.

   -Usted dirá, abuela.

   -Bien, Bachiller. -y dirigiéndose s los visitantes les dice-: Amigos, aquí tenéis de cuerpo presente a nuestro sabihondo Sacaríes, quien le da escuela a mi nieta y a los chicos de Anselmo –y dirigiéndose de nuevo a Zaca-: Bachiller, estos buenos amigos son Germán, del Mas de Planchadell, y Demetrio, del Mas de Roures. Quieren plantearte algo de lo que, por lo que me compete, no tengo nada en contra. Os voy a dejar solos para que podáis hablar con total libertad –dicho lo cual abandona la sala.   

   La intervención de Julia ha provocado en Zaca una mezcla de perplejidad, desconcierto y curiosidad. “¿Qué querrán estos palurdos?”, se pregunta el chico. El llamado Germán –bajo, fornido y de semblante resuelto- es quien primero habla.

   -Siéntate, chico. Estarás más cómodo.

   -Gracias. Ustedes dirán.

   -Verás… -Germán, que parece ser quien va a llevar el timón de la charla, carraspea y, sin ninguna clase de exordio, algo raro en un masovero a los que les gustan dar algún que otro rodeo antes de entrar en harina, expone el motivo de por qué están allí-. Somos un grupo de padres con críos pequeños y no tan pequeños, digamos que entre los seis y los catorce años. Y vivimos en masos que están relativamente cercanos al Canònge. A lo largo del curso escolar nuestros hijos no pueden ir a la escuela todos los días por la lejanía de nuestras masías y en verano, con tanto tiempo sin estudiar, pierden lo poco que han aprendido en el invierno. Hemos sabido que… -Vacila, parece no estar muy seguro de qué tratamiento dar a Zaca- estás dando escuela a los niños del Canònge, aunque no eres maestro, pero que sabes mucho ya que, al decir de la señora Julia, eres medio bachiller. Pues bien, hemos pensado que si también querrías dar repaso a nuestros críos lo que resta de verano. Algo sencillo: que lean y escriban de corrido y practiquen las cuatro reglas. La escuela sería por las mañanas, pues Julia nos ha dicho que las tienes libres. Ah, y que por ella no hay ninguna pega en que puedas hacer lo que pedimos –El masovero se calla como si esperara alguna réplica por parte de Zaca, pero como éste no dice nada, prosigue-: Somos gente seria y te corresponderíamos. Estamos dispuestos a darte cinco duros al mes por cada chaval. Serán entre diez y catorce críos, pues aún no hemos hablado con todos los padres que podrían estar interesados. Y esa es la parte mollar de lo que queremos pedirte…

   Zaca ha estado escuchando lo que cuenta el masovero sin demasiado interés, hasta que éste ha mencionado la contraprestación que los padres de los hipotéticos alumnos están dispuestos a ofrecer. Su mente se dispara y, rápidamente, hace la cuenta: Suponiendo que sean doce alumnos, a cinco duros son sesenta duros, ¡trescientas pesetas! ¡Todo un dineral! Con eso padre podrá pagar tres meses a mis maestros del pueblo. Al darse cuenta de lo que le ofrecen le entra un temblor producto del impacto que el cálculo le ha provocado. Trata de serenarse, pero tal es su nerviosismo que no sabe qué responder. Intenta ganar tiempo.

   -Pues muchas gracias por su interés, pero no sé qué decirles.

  -Rediez, mozo, pues que sí o pues que no –precisa el llamado Demetrio, alto, seco y con cara de pocos amigos-.

   -Largo, no fuerces al chico, dale un respiro, es natural que tenga que pensárselo –amonesta Germán al llamado Demetrio y, dirigiéndose a Zaca, añade-: Una vez dicho lo que queríamos decirte, y antes de que nos contestes, haremos una cosa, nosotros vamos a la cocina donde la señora Concha nos ha preparado un tentempié y mientras te lo vas pensando. Pero que te quede claro que nos harías un gran favor si dijeras que sí. Los críos lo necesitan y, como he dicho, nosotros sabríamos corresponder. ¿Te parece que nos veamos aquí como en media horita? ¿Sí? Pues hasta luego.

   Zaca se va tranquilizando, pero sigue dándole vueltas a la parte dineraria de la propuesta. “¿Cómo voy a rechazarla? -se pregunta-. Más de una vez me he preguntado cómo podría ganar algún dinero para ayudar a padre a pagar mis clases y ahora, sin comerlo ni beberlo, la manera de lograrlo me ha llegado donde menos podía esperarlo, en el Canònge”. Pese a la increíble contraprestación que ofrecen los masoveros, y que hace tan tentadora la propuesta, el muchacho se plantea si lo de dar clase por la mañana a unos masoveritos no perjudicaría de algún modo su actividad docente de la tarde. Evidentemente, lo primero que no admite réplica es la prioridad de la enseñanza que da a Sisca, y a los niños Ariza, pero la mañana podría dedicarla a unos nuevos alumnos. Piensa en lo que suele hacer desde que se levanta hasta la clase de la tarde: ayuda a Sisca a dar el pienso a los animales de los corrales, luego desayuna, emplea un rato en preparar la clase de la tarde y el resto del tiempo, hasta que llaman a almorzar, lee alguno de los libros que ha traído, charla con Sisca y Lía y, a veces hasta se aburre.

   No le da más vueltas, ha de aceptar la propuesta, primero porque tiene tiempo para ello y segundo, y más importante, por los sesenta duros mensuales, Un chollo así no lo encontrará en Torreblanca ni aunque se lo pida al Cristo del Calvario que tiene fama de milagrero. Y luego está un matiz importante: la abuela Julia no se opone a ello, le da carta blanca. En esas reflexiones anda metido cuando Sisca asoma la carita por la entreabierta puerta.

   -¿Qué les vas a contestar?

   -¿Cómo sabes lo que me han propuesto? –se sorprende el muchacho.

   -Me lo ha contado la abuela. Y, por si no lo sabes, ya te adelanto que le gustaría que les dijeras que sí. Los dos masoveros, que ahora se están zampando una tortilla de escabeche que les ha hecho Concha, son uno del Mas de Planchadell y otro del Mas de Roures. Ambos participan en lo de Los Masos de La Plana Alta y la abuela quiere tenerlos contentos. Y, como ya sabes, tener contenta a la abuela es tener todo el Mas a tu disposición. Y luego, vas a ganar una pasta gansa que para sí querría más de uno.

   -¿Y tú qué opinas?

   -¿Y tú me lo preguntas? Lo que es bueno para ti, a mí me parece de perlas.

   -Pero es que hay aspectos que no me los han contado y no sé cómo podrán resolverse. ¿Dónde daré las clases? Porque en el cuarto de estar no caben tantas personas. ¿Y de dónde vamos a sacar sillas y mesas para sentar a doce o catorce críos? ¿Y cómo van a llegar al Canònge niños que viven en masos que están a varios kilómetros de aquí? Y que sé yo cuantas pegas más puede tener la propuesta.

   -A veces eres un agonías, Zaquita. No te preocupes ni le des más vueltas. Al tío del Roures no lo conozco, pero al Germán sí, y es de los que no da puntada sin hilo. A buen seguro que muchas de las dudas que te planteas, ya las tiene resueltas. Yo, en tu lugar, diría que sí sin pensarlo más y dejaría que fueran los masoveros los que se ocuparan de todo. Ten en cuenta que los que vivimos en los masos tenemos que ser previsores y cautos, el hecho de vivir aislados nos obliga a ello -Zaca piensa que Sisca habla como si fuera más mayor de lo que es, y que razona como si tuviera más años. Las reflexiones de su amiga le ayudan a resolver sus dudas. Dirá que sí y pelillos a la mar, que sesenta duros no pueden despreciarse así como así. Media hora después regresan los masoveros.

   -Bueno, ya estamos aquí. ¿Te lo has pensado?

   Cuando Zaca les anuncia que acepta, no hacen aspavientos, ni muestran gestos de alegría, reciben el sí del muchacho como si ya lo hubiesen previsto. El chico, a fuer de sincero, cuenta a los masoveros las dudas, que antes describió a Sisca, sobre aspectos prácticos que deberían resolverse para poder dar clase a doce o catorce nuevos alumnos. Pero, como había vaticinado Sisca, tienen atados, con la ayuda de Julia, la mayoría de elementos que harán falta para la escuela solicitada. El aula será una estancia que hay en el Canònge junto a la prensa para el aceite y donde se guardan las esteras de esparto que se usan para el prensado. El mobiliario procederá de una escuela unitaria que están reformándola, y lo prestará el ayuntamiento de la Vall d´Alba para lo que resta de verano. Y los chicuelos llegarán al Canònge por medio de un minibús que alquilarán a la compañía de La Hispano de Fuente En Segures de Benasal, con la que ya lo tienen medio hablado. En cuanto al resto de aspectos que faltan por concretar, tales como el horario, los materiales para la enseñanza y demás, solo esperan que Zaca les diga cuales va a necesitar.

   -Y una cosa importante, mozo –es Demetrio el Largo quien habla-, a los críos no les dejes pasar ni una. Los chicos van a venir avisados, pero por si alguno se desmanda, mano dura con ellos. Nada de pamplinas, como alguno se ponga chulito nos lo dices y un par de guantazos a tiempo lo dejará más suave que la seda. Recuerda lo que se dice: la letra con sangre entra.

   -Otra cosa, Bachiller –interviene Germán el Rizos, mote que es toda una ironía porque luce la clásica calva de herradura-. Hablamos de cinco duros por chavea y lo mantenemos, pero hay tres parejas de críos que son hermanos y creemos que es justo que sus padres paguen algo menos. Esos seis críos podrían pagar solo cuatro duros por cabeza y, aún si fuera así, sus familias tendrán que desembolsar ocho machacantes por sus dos hijos. Y eso, para una familia masovera es un dinero. ¿No te parece?

   -Señor Germán, lo justo, justo es –admite, generoso, Zaca, que piensa que a pesar de la rebaja seguirá ganando lo que, para él, es un pastizal.

   -Pues solo falta que nos digas el horario y la fecha que puedes empezar a darles escuela. Cuanto antes, mejor, pues agosto lo tenemos a las puertas.

   -El horario dependerá de a que hora lleguen los niños al Canònge.

   -Llegarán a la hora que marques. Están hechos a madrugar. ¿Qué te parece si los críos están aquí sobre las ocho y media, más o menos.

   Zaca supone que para comenzar la clase a las ocho y media muchos de los chavales tendrán que estar en pie a las seis de la madrugada, pero sabe que en los masos madrugar es el pan de cada día. Por lo que no muestra reparos a la propuesta.

   -Por mí, bien. Y podría darles clase hasta la una o una y media. Y en lo que respecta a los materiales didácticos -Por si no entienden el adjetivo precisa-; es decir, al material instructivo, les haré una lista con lo que necesitaré. ¿Cuándo calculan que lo tendrán todo listo para poder empezar?

   -En tres o cuatro días esperamos tener la antesala de la almazara lista y con los muebles en su sitio y al día siguiente podría comenzar la escuela.  Ah, me se olvidaba una cosa. La Julia nos ha puesto una condición: dice que te necesita los domingos y los lunes. Esos días, pues, no habrá escuela, la darás de martes a sábado. Por mi…, por nuestra parte nada más.

   -Germán, lo de las chicuelas –avisa Demetrio.

   -Ah, sí. Entre los críos que vendrán hay dos chiquillas. ¿Algún poblema por tu parte?

   -Por mí, ninguno. No hago distingos entre chicos y chicas.

   -Pues en tres o cuatro días tendrás los críos aquí. Una última cosa: como dije y lo mantengo, sabremos corresponderte, por eso los días de julio que les des escuela te los pagaremos aparte de los cinco duros de agosto. El tiempo que uno trabaja ha de ser correspondido.  

   Zaca queda más contento que un niño con juguete nuevo. Y se dice que tiene que darle las gracias a Julia por su favorable intervención en el asunto. De paso, y relativo al asunto de Los Masos de La Plana Alta, le contará su impresión sobre la capacidad de cálculo mental de las nuevas vendedoras del mercat que están desde el sábado en el Mas recibiendo las instrucciones de Paca y Pili sobre cómo han de    actuar en el nuevo puesto. Cuando le da las gracias a la abuela por su buena disposición en lo relativo a la escuela de los niños masoveros, ésta le corta.

   -No me des las gracias, Bachiller. Soy yo la que ha de agradecerte que hayas aceptado la propuesta de los que van a ser nuestros socios en el mercat. Y ahora que te tengo a tiro, ¿cómo andan de cuentas las nuevas vendedoras?

   -No tengo buenas noticias. Hay tres que se manejan relativamente bien con el cálculo, pero las otras cuatro son flojitas y dos de ellas, más que flojitas son incapaces de sumar y restar de memoria. Como no creo que vayan a aprender en unos días, habrá que buscar una alternativa y que sean otros los que manejen los números. No se me ocurre una solución mejor.

   -Bueno, menos la muerte todo tiene alguna forma de arreglo. Probaremos con ellas y a ver qué pasa.

   -Lo que usted diga, abuela –acepta el muchacho, aunque no está nada convencido de que las semianalfabetas masoveras vayan a servir. Y opta por no ahondar más en la cuestión. Su mente está ocupada en su imprevista y nueva tarea de maestro veraniego. “¡Maestro él, quien se lo iba a decir. Si ni siquiera es bachiller!” Y se dice que: “la propuesta de los masoveros realmente ha puesto su mundo patas arriba. Jamás pudo pensar que una disyuntiva de ese calibre se le podría presentar”. Y, aunque su religiosidad es muy superficial, se encomienda al Cristo del Calvario para que la nueva empresa le salga bien. Son sesenta duros como sesenta soles y estos no se encuentran debajo de las piedras. Cuando se lo cuente a sus padres no se lo van a creer. Más de pronto le asaltan dudas. Los masoveros han hablado de doce o catorce críos entre los seis y los catorce años. Eso supone una mescolanza de grados de formación muy heterogéneos lo que hará muy complejo el papel de maestro. El método cooperativo que, con tan buenos resultados, está aplicando en las sesiones vespertinas -pero con tres alumnos- no sabe si valdrá para más de diez. Y le siguen asaltando dudas –no puede remediarlo, es su forma de ser-, pero en cuanto piensa en el dineral que puede ganar en solo un mes, las dudas se disipan como las nubes en verano. ¡Bendita propuesta!

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 71 de la novela “El masover” titulado: En boca cerrada…