martes, 13 de octubre de 2026

“El masover”. 92. ¿Celos?

    El episodio de la carbonera, que tanto le gustó a Zaca, acabó ya entrado diciembre, por lo que el fin de año está al caer. Ante ello, Zaca se plantea qué hacer: si ir a Torreblanca y pasar la Navidad y el inicio del nuevo año con su familia, o quedarse en el Mas. Al respecto, la abuela Julia le ha dicho que comprenden que quiera estar con los suyos en las fiestas navideñas y que escoja le opción que más le apetezca, que ellos no lo tomarán a mal si se marcha unos días. Algo que puede hacer sin menoscabar su trabajo, puesto que ha dado vacaciones a sus alumnos, desde la víspera de Navidad hasta después de Año Nuevo. Sisca le dice lo mismo que su abuela, pero es evidente que lo hace con la boca pequeña, pues lo que de verdad desea es que el muchacho se quede en el Canònge. Sin su compañía, la Navidad será una pesadez, ya que no tendrá con quien conversar, ni nadie con quien confesarse y hacer depositario de sus confidencias. A Zaca le ocurre lo mismo. Si pasa las Navidades en su casa, será como todos los años, más de lo mismo. Mientras se  plantea que opción elegir, una carta de padre despeja la incertidumbre sobre su dilema al desearle que pase una feliz Navidad y tenga un próspero Año Nuevo –frase arquetípica en esas fechas-, y por la que el novel maestro entiende que su progenitor da por sentado que se quedará en el Mas. Junto a la misiva, madre ha añadido una foto familiar, que se hicieron el pasado verano en Torrenostra, el día de la Virgen del Carmen, y que tiene como telón de fondo el Mediterráneo. El chico se apresta rápido a comunicar a Sisca la buena nueva: pasará la Navidad con ellos. Al enseñarle la fotografía, la muchacha comenta al desgaire.

   -Lo que darían nuestros alumnos por verlo.

   -¿Ver qué?

   -Que va a ser, el mar.

   -Ah, ¿pero es que no conocen el mar? Si en línea recta está a menos de veintitantos kilómetros.

   -Sí, pero esos veinte kilómetros para un masover es como si fueran veinte mil.

   -¿De verdad que no han visto nunca el mar? No me lo creo.

   -Puedes creerlo. Probablemente, de los veintitantos chicos que asisten a la escuela quizá uno o lo máximo dos habrán visto el mar.

   -Pues si es así, ya sé cuál va a ser la próxima lección ocasional que les vamos a impartir –cuando habla con Sisca de sus alumnos, Zaca siempre lo hace en plural, pues sabe que ello agrada a la muchacha-: como es el mar y, más concretamente, el Mediterráneo.

   -Será un acierto, les gustará. Digo más: les emocionará.

   Ese fin de año, Zaca prepara cuidadosamente dos temas para sus alumnos: lo qué significa la Navidad y, para después de las fiestas, una lección sobre el mar. De la Pascua se centra más que en su aspecto religioso que, como ha comprobado, es bastante conocido por sus alumnos, que en lo que podrían denominarse los aspectos civiles de la Navidad: la idea de paz, concordia, y armonía que encierra el espíritu navideño. Y también los elementos colaterales y festivos, tales como el montaje de un pequeño belén en el aula, el aprendizaje de  villancicos, la costumbre de hacerse regalos… Y va un paso más allá y prepara un pequeño muestrario de algunas de las costumbres navideñas más populares en varios países europeos. Se ha propuesto, como en su día hizo con Sisca, que los masoverets entiendan que hay más mundos y modos de vivir diferentes más allá de los agrestes parajes del interior de La Plana Alta.  En el desarrollo de sus proyectos, la primera piedra con que se tropieza es la confección del belén. Descubre que lo del portal con las distintas figuritas representadas en un nacimiento no se acostumbra a montar en los masos de la comarca, debido a lo cual a sus alumnos les parece una pérdida de tiempo armar un belén con la de figuritas que pueden tomar parte en el mismo. Sisca anima a Zaca, pero al mismo tiempo le induce a afrontar la realidad.

   -Lo del belén es una bonita idea, pero has de aceptar que en un ambiente como el de los masos resulta una obra bastante ficticia y carente de realismo. En el Canònge tampoco lo hemos montado nunca, por lo cual nos dice bien poco.

   -Posiblemente tienes razón, pero me hacía mucha ilusión montar un belén en el aula, aunque hubiese sido pequeñito. En casa, cuando se acerca la Navidad, lo primero que hacemos los hermanos es buscar el cajón en el que guardamos las figuritas, ver si están todas bien, reparar las que se hubiesen roto y, si tenemos dinero, comprar alguna nueva. Y luego, lo instalamos en una mesita que ponemos en el comedor, y a lo que nos ayuda padre que, como es muy mañoso, algún que otro año nos confecciona una pieza nueva; su especialidad son las chozas y edificios. Nos lleva dos o tres días colocar todos los elementos que componen el nacimiento y recuerdo que yo, al ser el mayor, soy el encargado de adelantar un poquito cada día la posición de los Reyes Magos en su ruta hacia el portal.

   Sisca, al comprender la carga sentimental que el belén tiene para su amigo, decide ayudarle en lo posible y sugiere una alternativa.

   -Se me ocurre que montar todo un belén quizá no sea posible este año, pero podríamos confeccionar un portal con las figuritas imprescindibles: el Niño, María y José, el buey, la mula y el pesebre.

     -Y coronándolo todo la Estrella de Oriente. Eso creo que podríamos hacerlo. Se lo comentamos a los chicos, a ver qué les parece.

   -Sabes perfectamente que todo lo que les sugieras les parecerá bien.

  Como había predicho Sisca, los alumnos aceptan como buena la sugerencia de su maestro aunque, en honor a la verdad, sin gran entusiasmo. A varios de los masoveritos de más edad y que parecen ser más habilidosos, Zaca encarga la confección de las figuras del portal y, para dar ejemplo, se auto asigna la elaboración de la estructura del portal. Craso error, pues aunque ahora tiene muchas habilidades que antes no tenía, lo del trabajo manual sigue resistiéndosele y la construcción del portal resulta un fiasco. Gracias a Lía puede remediarlo, pues le cuenta que su padre es habilidoso y que construir un portal lo puede hacer en ratos perdidos. Zaca le agradece la información y le pide que pregunte a Anselmo si podría hacerlo.

   -No me importa preguntárselo a padre, pero creo que a él le gustaría que se lo pidieras tú.

   -¿Por qué?

   -Porque dice que le tienes comida la sesera a la abuela y en cambio él no es santo de su devoción y bebe los vientos por agradarla. Y si tú le debes un favor le puedes hablar bien de padre a la abuela. Y eso lo necesita padre porque, como es un rojo, si algún día lo descubre la abuela lo podría echar. ¿Y de qué íbamos a vivir? Por tanto, sí haces lo que te propongo también nos haces un favorazo a mí y a mis hermanos.

   -Gracias por tu sinceridad, Lía. Se lo pediré a tu padre y, como venga a cuento, hablaré bien de él a la señora Julia.

   Anselmo acepta de mil amores la petición de Zaca y en unos ratos construye un portal que queda asaz aparente. Casi a la par, los masoveritos encargados de elaborar las figuritas las van trayendo. La mayoría ha utilizado como materia prima el barro, con la resultante de que las figuras son bastante rústicas y rollizas. Solo la mula, que ha sido hecha de corcho, parece de verdad una acémila. Hecho el portal, el siguiente paso es aprender algunos villancicos. Zaca, con la ayuda impagable de Sisca y de Lía, que se han revelado como unas sopranos con buena entonación, comienza enseñando a los masoveritos las canciones navideñas más populares. Y la primera que ensayan es “Noche de Paz”, como   un canto a la paz y la serenidad en la noche de Navidad, celebrando el nacimiento de Jesús. Al principio, armonizar las voces de chiquillos ayunos de lo que es la polifonía, resulta trabajoso, pero los esfuerzos y el empeño, sobre manera, de Lía consigue que las estrofas de  “Noche de paz, noche de amor…” suenen decorosamente. Sin embargo,  a los chavales les atraen más los villancicos más españoles y, populares como “Campana sobre campana” y “Mira como beben los peces en el río”. A sugerencia de Sisca, Zaca invita a la abuela Julia y a la señora Paca a que vayan a la escuela a ver el portal y, de paso, a oír un mini concierto de canciones navideñas interpretadas por los alumnos. Cantan las tres únicas piezas que conocen, “Noche de Paz” y los dos villancicos españoles citados. El coro suena razonablemente bien y las patronas del Mas salen encantadas de la audición. Zaca, al mostrarles el portal, no se olvida de algo que le ha pedido Lía.

   -Por cierto, el autor del portal ha sido Anselmo que se ofreció para construirlo. Y lo ha hecho muy decorosamente.

   -Pues a un rojo construir un belén le pega menos que a un masovero unos zapatos de charol –apunta la abuela que al parecer está al tanto de la ideología de su caporal.

   -No sé si es rojo, pero es hombre de bien y le agrada echar una mano en todo lo que haga falta –lo defiende Zaca.

   -Si tú lo dices, Bachiller… -la abuela no parece muy convencida.

   La explicación de Zaca sobre la idea de paz, concordia, y armonía que encierra el espíritu navideño es recibida por sus alumnos con alguna que otra reticencia porque como argumenta Manèl Sales que, al haberse producido la baja de Antoniet Prades, se ha convertido en el listo del grupo de masoverets:

   -Eso de que en Navidad tenemos que ser más pacíficos, más buenos y cariñosos que de costumbre no acabo de entenderlo. Pues me pregunto: ¿por qué en Navidad y no en el resto del año?

   -Por supuesto, hay que ser bondadosos siempre, pero lo que trato de inculcaros es que, además, hay que serlo especialmente en Navidad, para festejar el nacimiento del Niño Jesús.

   Manèl no se atreve a contradecir al maestro, pero su rostro indica patentemente que la explicación no acaba de convencerle. Otra idea navideña que no acaba de ser asumida por los alumnos es la costumbre de hacerse regalos. En los masos de La Plana Alta los regalos son escasos, pues los dineros también lo son, y dar cosas gratis por que sí no cuadra en absoluto con la mentalidad más bien espartana de los masoveros. Como mucho, se les da a los niños algún regalo en su cumpleaños, regalos que se generalizan el día de los Reyes Magos, pues esa costumbre si está arraigada en La Plana Alta, como ocurre en el resto del país. Generalmente, se suele regalar algo útil o que necesiten, como ropa, alpargatas, útiles escolares, un puñado de peladillas o caramelos… Pese a ello, Zaca ha aprovechado uno de los lunes de mercado para comprar algunos obsequios a sus más allegados. Para Julia tiene un juego oficial de pesos y una pañoleta ricamente bordada. Para Paca unas nuevas tijeras para coser y una blusa con encajes. Para Concha unos moldes para hornear y una toquilla. Para Valerio una brújula y un cuchillo albaceteño de monte. Para el matrimonio Ariza una docena de platos y tazas, pues andan mal de vajilla. Para los pequeños Ariza unos cuentos. Para Lía, un juego de peinetas. Y para Sisca, un bonito traje de punto; es con diferencia el regalo que más le ha costado, tanto elegirlo como pagarlo. También se ha acordado de enviar un giro postal a padre de doscientas cincuenta pesetas para que compre, de su parte, regalos para el resto de la familia. A su vez, y a Zaca no le sorprende, recibe varios regalos navideños: uno de Sisca, otro de la abuela, y un tercero, que sí le sorprende, de Lía. Julia le regala una edición barata de los “Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós, y un ábaco. Sisca le obsequia  con dos novelas bellamente encuadernadas, una de Emilio Salgari y otra de Julio Verne, y un reloj de pulsera, su primer reloj. Zaca se pregunta de donde habrá sacado el dinero para costear un regalo tan caro. Y Lía, la sorpresa navideña, le ha confeccionado unos guantes de ganchillo; en el derecho ha bordado una Z mayúscula y en el izquierdo una C. Cuando da las gracias a ambas chiquillas resulta que Sisca desconocía el regalo de Lía y no le ha sentado nada bien que la muchachita lo haya hecho. Se siente celosa y no lo oculta. Por eso, tras darle los regalos a Zaca y, en cuanto él se marcha, se revuelve como una pantera contra la que es su única amiga.

   -¿Y tú a santo de qué le regalas esa mierda de guantes a Zaca?

   -Los guantes no son de mierda, son de ganchillo y bastante me ha costado aprender. ¿Y por qué razón no puedo hacerle un regalo a Zaca?

   -Pues porque no es amigo tuyo, solo tu maestro.

   -Precisamente, por eso ha sido el regalo, porque es mi maestro, el que me ha enseñado a leer y escribir y, además, porque ha hecho a mi padre el favor de hablar bien de él a tu abuela. ¿Te parecen pocos motivos? –Lía no se ha arrugado frente a la pubilla que algún día será la patrona del Mas, se ha defendido sin perder la calma y con valentía. A la mayor de los Ariza lo que es agallas no le faltan.

   -Pues que sea la última vez que le regalas algo. Los regalos no se hacen a los maestros, sino a los amigos. Y Zaca ni ha sido ni es ni será nunca amigo tuyo. O sea, que ya lo sabes. Y mucho cuidadito que, al fin y al cabo, los Ariza no sois más que unos trabajadores del Canònge, y a los peones cuando resultan incómodos se les echa y aquí paz, y después gloria –concluye Sisca en tono amenazante.

   Las que han sido hasta ahora amigas inseparables, da la impresión que por el ataque de celos de Sisca -suponiendo que lo sean- pueden dejar de serlo. ¿Influirá de algún modo esa ruptura en la plácida vida de Zaca? Porque el chico sabe que los celos suelen ser malos consejeros y, asimismo, recuerda –no sabe si es un refrán, un dicho o un pensamiento de alguien- una expresión que dice: El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que se imagina basta. Y tanto Sisca como Lía han demostrado tener buena imaginación. No está tan seguro de que sean celos, pero si fuera así le preocupa, pues sabe que los celos son muy malos consejeros.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 93 de la novela “El masover” titulado: Y mientras, Zaca en el limbo

 

martes, 22 de septiembre de 2026

“El masover”. 91. La carbonera

   A Zaca, que a veces es de ideas fijas, se le ha metido entre ceja y ceja el asunto de la carbonera y no deja de preguntar a Valerio que cuando se pondrá en funcionamiento.

   -No tardaremos demasiado, pues contamos con la materia prima necesaria: la leña. En la última tormenta, un rayo hendió uno de los corpulentos robles del Camí de L´Atall, una partida en la que los Villalonga tienen una de sus muchas fincas. Ha habido que talarlo y en cuanto estime que la leña se haya secado lo suficiente, avisaré a los carboneros de la comarca de Els Ports para que lo corten. Y antes de que lo transformen en carbón vegetal  hemos de convertir el roble en madera de tamaño adecuado para la carbonera, pues los troncos y leños no han de ser ni excesivamente largos ni demasiado chicos.

   Pasan los días y el Mayoral no ha vuelto a mencionar lo de la carbonera, por lo que Zaca le sigue preguntando que cuando se hará. Un día que ha vuelto a insistirle respecto a la carbonera, Valerio se revuelve.

   -Que pesadito eres, mocete. No vuelvas a preguntarme por la dichosa carbonera. Cuando vayamos a ponerla en marcha te lo diré –Al chico la respuesta del Mayoral le ha sentado mal y se queja a su paño de lágrimas que, como no, es Sisca. Lo que le dice la pubilla aún le enfada más.

   -Zaquita, no debes sentirte molesto por la respuesta de Valerio. Es cierto que a veces te pasas con tus continuas preguntas. No debes de ser tan insistente. Si ha dicho que ya te dirá cuando comienzan a construir la carbonera, no debes volver a preguntarle –el muchacho sigue enfurruñado, pero acepta como buena la reconvención de Sisca.

   Hasta que por fin llegan los carboneros. Valerio les ha dicho a los muchachos que el siguiente domingo los llevará a ver como se forman las carboneras. La visita se convierte en la perfecta excusa para montar una merienda campestre en la que los partícipes principales son la gente menuda del Mas: Sisca, Lía, Juanito y Zaca. En el Camí de L´Atall les espera el Mayoral que ha ido de buena mañana para ayudar a los tres carboneros de Els Ports, encargados de la tarea. Cuando los chiquillos llegan, dos de los castellfortís –o naturales de Castellfort, pueblo del Alto Maestrazgo- están seleccionando la madera y la apilan en dos montones: en uno, los troncos que formarán el esqueleto de la carbonera y en otro los palos y tacos pequeños con los que rellenarán su interior. El tercer carbonero está despejando un trozo de terreno, donde no pegue demasiado el aire para que la carbonera no se queme excesivamente rápida, hasta dejarlo razonablemente plano y sin hierbajos. Seleccionada la leña, lo que es la construcción de la carbonera comienza cuando los peones ponen una rueda vieja de carro en el suelo que servirá de plataforma. Después, van colocando cuidadosamente la leña -algo más de tres mil kilos, según les comenta Valerio- encima de la rueda y en el centro dejan un hueco vertical formando una chimenea que servirá para encender la carbonera. Poco a poco, en círculos concéntricos cuidadosamente ordenados, el montón de leña va creciendo en altura y engordando en anchura, y va tomando la forma de un cono, pero Zaca lo encuentra más parecido a un iglú esquimal, aunque el  paralelismo no es el más afortunado, pues asemejar una carbonera –metáfora del fuego- con un iglú – metáfora del hielo- no deja de ser una forzada equiparación. El siguiente paso es poner paja encima de la capa de leña del exterior y finalmente echar un delgado manto de tierra para cubrir toda su superficie. Luego, ponen unas piedras medianas en el perímetro para que sujeten la tierra que han puesto encima de la paja que recubre la carbonera. Finalmente, alrededor de ésta, y a ras de suelo, ponen una corona de boj seco.

   A Zaca le ha llamado la atención un detalle de los carboneros: que no es que sean morenos, es que tienen la piel oscura, sin llegar a ser negra. Comparte su impresión con Sisca que le explica el motivo.

   -Estos hombres se dedican al carboneo la mayor parte del año y el polvillo que suelta el carbón acaba por metérseles en la piel, por eso dan la impresión de tenerla oscura.

  -No me gustaría tener un trabajo así.

  -Ni a mí. Es muy duro, solitario y hasta peligroso. Fíjate en el que lleva la boina que está a nuestra izquierda. Mírale los tobillos y los brazos.

   -Los tiene llenos de cicatrices –constata el muchacho -. ¿De qué son?

   -Es porque hace años se cayó dentro de una carbonera ardiendo y se quemó de cintura para abajo. Los brazos se los quemó al apoyarse para salir. Dicen las malas lenguas que también se quemó la pilila –es usar esa expresión infantil y Sisca se aturulla-. No murió por poco, pero estuvo muchos años sin poder trabajar.

   Valerio se ha acercado al grupo de muchachos, lo que aprovecha Juanito para preguntarle:

   -Tío, ¿la leña la colocan al buen tuntún? –Zaca le mira con gesto satisfecho, que el mediano de los Ariza haya utilizado tuntún significa que algo está aprendiendo en sus clases.

   -No, Juanito. En el centro de la carbonera colocarán  los mejores troncos, y en la parte más exterior la peor leña. De los primeros se obtiene el carbón más grande y grueso que es el que sirve mejor para las largas cocciones. De los segundos se extrae el llamado carbón de piconcillo que sirve, sobre todo, para los encendidos rápidos, como es el caso de los braseros.

   Como tiene Valerio a tiro, Zaca formula una de sus inevitables preguntas:

   -¿Cuál es la mejor madera para convertirla en carbón?

   -La de encina, sin duda alguna, pues pesa más y el carbón que se obtiene es de mejor calidad. Aunque la de roble también es buena. Y en última instancia de toda la madera puede hacerse carbón.

   Los materiales y herramientas que usan los carboneros son bastante más diversos de lo que pensaba Zaca, pues alrededor de la carbonera, esparcidos aquí y allá, se ven aperos y elementos tan distintos como palas, regaderas, rastrillos, azadas, hachas, paja, piedras y leña. También hay un palo de tamaño medio que mide poco menos de un metro y termina en punta. Como no sabe qué es, Zaca pregunta a Valerio.

   -¿Y ese palo para qué sirve?

   -Para hacer agujeros en la carbonera. Al parecer en Las Vascongadas, de donde proviene, lo llaman makila. Estos vascos usan unos palabros que no los entiende ni Dios.

   -O sea, ¿que la carbonera tiene agujeros?

   -Mocete, el día que después de una pregunta no hagas media docena más es que se habrá colgado algún santo en el cielo. Claro que tiene agujeros, ha de entrarle aire para que la leña pueda arder o es que no has estudiado que sin oxígeno no se produce ninguna combustión. ¿Pero que rediez estudias en el bachillerato? Las carboneras tienen un agujero principal en la parte superior por donde se meten las brasas y, cuando la carbonera coge fuerza, hay que taparlo para que no entre demasiado oxígeno y la combustión se acelere. También se hacen otros agujeros por todo el perímetro hasta casi llegar a ras de suelo para que respire. Precisamente, para eso se utiliza la makila.

   -La última pregunta, señor Valerio, se lo prometo. ¿Cuándo la encienden?

   -Eso de tu última pregunta no se lo cree ni el que invento la gaseosa de bolita. Pero bueno… Le prenderán fuego mañana.

   -¿Puedo venir a verlo?

   -Tendrás que madrugar. Comienzan en cuanto Lorenzo asome la gaita. Calcula que sobre las siete y algo.

   -Madrugaré –es la contundente respuesta de Zaca.

   -Entonces, mañana a las seis y media te espero en la cocina para desayunar. Si a las siete menos cuarto no estás, me iré sin ti.

   -Allí estaré, no se preocupe.

   Al día siguiente, con la primera luz de la aurora, Valerio y Zaca -en esta ocasión no le acompañan las chicas- parten hacia el Camí de L´Atall. Cuando llegan, los carboneros están terminando los últimos flecos del cono de leña. Antes de prenderle fuego han rezado una especie de oración a San Alejandro de Comana, patrón de los carboneros,  rogándole que todo vaya bien y que no haya ninguna desgracia. “Hasta los carboneros tienen su patrono, quien lo diría”, piensa Zaca. Y uno de ellos, el que se quemó, que parece ser el jefe, coge la makila y hace unos cuantos agujeros más alrededor de su base. Hecho lo cual, con una pequeña pala coge unas brasas de la fogata en la que han calentado su desayuno, mira al Mayoral que le hace un gesto de asentimiento, sube a la estructura cónica por una ligera escalerita adosada a la pared y, a través de la pequeña abertura en la cúspide, prende fuego a la carbonera. Luego, tapa el orificio, para que el fuego vaya penetrando cada vez más abajo.

   -Esa operación la repetirán muchas veces. Avivar la llama, y volver a taparla para que la leña se vaya quemando poquito a poco –comenta Valerio.

 -Y los agujeros laterales que ha hecho, ¿para que sirven?

   -Ya te lo dije ayer. Para conseguir que el fuego prenda por toda la pira, y no sólo en el centro. Cuando de la carbonera sale poco humo hay que hacer agujeros para que respire mejor. Cuando por los agujeros salga humo azul, significa que el carbón está hecho. Entonces, tapan los agujeros de la parte superior y los hacen más abajo hasta que llegan al suelo. Cuando se haya acabado la carbonización  saldrá una llamarada entre piedra y piedra, eso indicará que el carbón se ha hecho. Entonces, taparán todos los agujeros y la dejarán descansar dos o tres días para que lentamente se apaguen los fuegos del interior.

   Encendida la carbonera, Valerio mantiene un último intercambio verbal con los carboneros y se despiden de ellos. En el viaje de vuelta al Mas, donde le esperan sus alumnos, Zaca tiene ocasión de formular más preguntas sobre el tema de la carbonización al Mayoral.

   -¿Y cuántos días, aproximadamente, durará la operación de la carbonera?  

   -La cocción costará un par de semanas, día arriba, día abajo. Es un proceso  largo, peligroso y requiere cuidados constantes. Por eso, los carboneros duermen aquí y se van turnando para vigilar la carbonera las veinticuatro horas. Uno vigila y los otros dos duermen por turnos alternativos. Es un trabajo a tiempo completo.

   -¿Y rinde mucho una carbonera?

   -Depende de varias circunstancias, y una importante es la clase de leña empleada. Si es carrasca o roble, el rendimiento medio viene a ser de alrededor de un tercio de la leña. Es decir, por cada tres kilos de leña se obtiene uno de carbón.

   -¿Y todo el carbón que se saca es para el Mas o para los carboneros?

   -Una parte es para nosotros y otra para los carboneros. Y como sé que tu siguiente pregunta será como se dividen las partes, te la adelanto. Antes, cuando hacía los tratos el señor Villalonga, el Mas se quedaba con tres quintos y los carboneros con los otros dos. Cuando cogió el timón la abuela, concertó un nuevo trato, y ahora tres cuartos son para nosotros y uno para los carboneros.

   -Es un trato muy desigual,

   -Hasta cierto punto. Ten en cuenta que la leña es del Mas, y además un trato es un trato, si los dels Ports lo han aceptado será porque les sale a cuenta.

   -Buena es la señora Julia haciendo tratos.

   -Ni te lo puedes imaginar, hijico. Es más dura negociando que Isabel, la reina católica.

   -¿Me avisará del día que saquen el carbón?

   El aviso se lo dio Valerio unos quince días después. También tuvieron que madrugar, al parecer los carboneros son gente a la que no se les pegan las sábanas. Lo primero que hizo Pere el Castellfortí -así le dijo Valerio que se llamaba el cap de colla de los carboneros- para extraer el carbón fue subirse encima de la carbonera, usando la misma escalerita que empleó para encenderla, hacer un agujero con una azada y echarle agua con una regadera para enfriarla y después lo tapó con tierra y paja. Luego, los tres tipos de els Ports fueron abriendo la carbonera con un rastrillo separando el carbón de la tierra y esparciéndolo alrededor. Si al abrir la carbonera salía fuego o ardían trozos de carbón, los mojaban con la regadera. Una vez apagado todo el carbón los peones fueron metiéndolo en sacos de esparto. Zaca fue a coger un pedazo de carbón de un negro brillante, pero el más joven de los carboneros le gritó:

   -No lo cojas, chaval o te vas a quemar. Deja que se enfríe.

   Cuando pudo tocarlo, Zaca notó que el tacto del carbón era suave y relativamente blando, pues lo rayó con la uña y al tirarlo al suelo se rompió. El novel maestro pensó que la próxima lección ocasional que explicará a sus alumnos será la producción de carbón vegetal del que en las últimas semanas ha recibido una magistral lección práctica. Ahora se impone estudiar los aspectos que podrían denominarse científicos para que la lección que imparta sea completa. Para lo cual echa mano de su inseparable diccionario ilustrado Sopena. El primer concepto con el que se queda es el de carbonización, que implica quemar madera en condiciones de bajo oxígeno para producir un material combustible. Proceso también llamado pirolisis, voz que  desconocía. Otro dato nuevo que encuentra es que las temperaturas de la carbonera oscilan entre 400 y 700 grados. Finalmente, también anota que al arder el carbón vegetal no solo libera calor sino también dióxido de carbono, gas que si se respira en altas concentraciones y de manera prolongada puede producir desde dolores de cabeza a envenenamiento que en ocasiones puede llegar a ser letal.

   Al explicar en su día la lección ocasional a los masoveritos, Zaca descubrió que sobre carboneras todos sus alumnos sabían más que él, pues en la mayoría de masos se solía construir una casi todos los años para obtener combustible como alternativa a la leña que es el material más usado. Sus alumnos quizá no supieran que es la diéresis, pero de la vida del mundo masovero lo sabían todo. Por lo que desistió de explicar cómo se consigue el carbón vegetal. Se limitó a alertarles del peligro que encierra el dióxido de carbono. Y ahí terminó la historia de la carbonera. Otra lección más de la vida de las masías que Zaca guarda en su mochila mental. También piensa que esa lección no la hubiera aprendido en el pueblo, pues que él recuerde en Torreblanca no se montaban carboneras. Lo que le lleva a decirse que la vida en el Mas es más apegada a la realidad y a las vivencias rurales que la del pueblo. Con lo cual, el día que le toque regresar a casa tendrá un bagaje vivencial que de otro modo jamás hubiera poseído. La moraleja a la que llega es que cuando se cambia de lugar se pueden alcanzar otros conocimientos y vivencias que no se tenían. Vivir para ver, se dice.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 92 de la novela “El masover” titulado: ¿Celos?

martes, 15 de septiembre de 2026

“El masover”. 89. El veranillo de San Martín retrasa la matanza

    La hoja de noviembre ha aparecido en el calendario y en la primera quincena del mes, cuando suelen comenzar los primeros fríos en La Plana Alta, Valerio –el factótum del Canònge- había previsto la matanza de dos de los tres gorrinos que en el Mas se sacrifican anualmente. Pero un periodo de tiempo anormalmente cálido en mitad del otoño, le ha hecho cambiar de planes. En vez de realizar la matanza hacia el once de noviembre, como manda la tradición y el refranero: A cada cerdo le llega su San Martín, Por San Martín, se mata el gorrín o Por San Martino, prueba tu vino y mata tu cochino, la realizarán algo más tarde, cuando no haga tanto calor, que una matanza con el sol dándole de lo lindo no es de lo más aconsejable.

   -A ver si termina de una vez el veranillo de San Martín y podemos apiolar los cochinos –el deseo de Anselmo es compartido por otros muchos residentes del Mas, en especial por los masoverets de la escuela de Zaca, pues la matanza es una costumbre popular,

muy arraigada en innumerables lugares en los que por esas fechas es típico que se consuman productos recién cosechados y animales recién sacrificados. Como una tarde explicó el mayoral al Bachiller:

    -Antiguamente, la matanza era una actividad importante para la obtención de alimento durante el invierno, de manera especial en las masías, lugares donde no existe una carnicería o un supermercado al que acudir a comprar medio lechón o unas costillas de recental. La matanza, en las masías, también es una fiesta muy valorada, pues los festejos son un producto escaso en los masos. Lo que conlleva que las pocas fiestas que hay sean especialmente bienvenidas. Ese lado festivo y de celebración conlleva que la matanza se convierta en un motivo para reunir a parientes, vecinos y amigos. Comer hasta hartarse, algo que no ocurre todos los días, beber el mejor vino joven que han producido los lagares caseros y charlar, cantar y hasta bailar mientras el cuerpo aguante forman parte del programa de diversiones que acompañan al sacrificio de los puercos –concluye el mayoral. 

   Respecto al sacrificio de los gorrinos, Sisca le ha contado a Zaca que en los masos la matanza se realiza de forma artesanal y, habitualmente, se efectúa una vez al año, generalmente coincidiendo con el final del otoño o principios del invierno, ya que el frío ayuda a la conservación de la gran cantidad de arrobas de carne que genera un guarro que ha estado bien cebado durante un porrón de meses.

   Con las explicaciones de Valerio y de Sisca, y tras haberlas convertido en una unidad didáctica, Zaca ha dado a sus alumnos una lección ocasional sobre todo ello, explicándoles que la tradición de la matanza por las fechas otoñales  no solo es española sino que se extiende a otros muchos países europeos. Por ejemplo, en Alemania por San Martín no se matan cerdos, pero sí gansos. Uno de los alumnos del grupo de los mayores le pregunta:

   -Y el refrán de A cada cerdo le llega su San Martín, realmente, ¿qué quiere decir?

   -Ese refrán se usa para señalar que, así como los cerdos son sacrificados en esa época, cada persona recibirá su merecido tarde o temprano.

   -Entonces, ¿eso supone que cuando haces una barrabasada pronto o tarde recibirás tu castigo?

   -Pues, más o menos, así es.

   -Si eso es así –interviene un segundo alumno-, ¿el refrán también vale para cuando recibes “la castellana”? -Es un recurso didáctico que se ha sacado Zaca del magín para que los masoveritos, que andan a leches con la lengua castellana, tengan menos tropiezos con el diccionario. A Zaca, el problema que tienen  buena parte de sus alumnos se le quedó grabado de forma indeleble el día que en una de sus explicaciones utilizó el vocablo ombligo. Ante la pregunta de un masoveret sobre qué quería decir aquella palabra tan rara y contestar que era como en castellano se llama al melic –que así es como se dice en valenciano-, el asombro de algunos alumnos fue como para pintarlo. Y ahí fue cuando se hizo imprescindible el manejo de la “castellana”. El esquema del recurso didáctico es simple: cada día, al primer escolar que en lugar del castellano emplea el valenciano Zaca le entrega una vieja moneda de un franco, a la que, pese a ser gabacha, denominan “la castellana”. Su poseedor debe cedérsela al condiscípulo que cometa el mismo lapsus, y así la moneda va pasando de mano en mano hasta el final de la sesión. Aquel alumno que la tenga en ese momento es sancionado con una multa consistente en que ha de donar al fondo común de material escolar algún objeto personal o de su plumier: un lápiz de color, una goma, un sacapuntas, una pluma… El juego ha tenido una gran acogida entre los chavales y “la castellana” se ha convertido en otro más de los recursos didácticos que emplea Zaca para incentivar el mejor aprendizaje lingüístico de sus alumnos. También recuerda que una vez que “la castellana” le tocó a Lía al final de la clase, la chiquilla tuvo la desfachatez de dejar como multa en el fondo común una de sus horquillas. Cuando Zaca le requirió para que pagase la multa con otra prenda u objeto, la mayor de los hermanos Ariza contestó:

   -Amos, anda. ¿Hay algo más personal para una chica que una horquilla? –A Zaca lo que más le fastidió no fue la respuesta en sí, sino la chulería y la desvergüenza con la que se expresó la chicuela.

  El día de la matanza, el matarife, que no era otro sino Anselmo, despachó a los cochinos en un visto y no visto, los desmembró y extrajo la vejiga que rápidamente se convirtió en una pelota. Tras ser inflada, Zaca organizó un partido de fútbol con la mitad de sus alumnos atacando una portería –dos  piedras de mediano tamaño en el extremo de una era- y la otra mitad intentando meter gol en la otra portería. Y él se convirtió en el árbitro dispuesto a sacar tarjeta roja a todo aquel jugador que anduviese buscando más las espinillas de los adversarios que regatear a los rivales. Con la matanza de los cerdos, Anselmo no ha finiquitado su papel de carnicero, le falta degollar una vieja cabra y una oveja primala, cuyas carnes se usarán para complementar la de los guarros, y con ellas elaborar longanizas, chorizos y otros embutidos. Aunque en casa de Zaca se han realizado matanzas de cerdos, el muchacho escucha atentamente lo que Valerio está contando a un grupo de masoveritos.

   -Hay que entender la matanza como un periodo largo, que comprende varias fases: El engorde, desde la compra del cerdo y su cebado hasta el día de la matanza. La duración depende de cuando se compra el cochino, aunque lo más usual son diez meses para cebarlos. La matanza en sí, que suele durar uno o dos días. Y el curado, dependiendo del uso que se haga de los productos cárnicos, y que puede durar desde días hasta varios años. ¿Os ha quedado claro, hijicos?

   -¿Antes cuándo se compraban los cerditos para comenzar a engordarlos? –quiere saber uno de los masoverets.

   -Al llegar el mes de marzo ya se solía empezar la negociación en los mercados de ganado para la compra de uno o varios lechones para la matanza. El engorde se planificaba con antelación, se alimentaba al guarro con productos tales como berzas, calabazas, patatas, remolachas e hierbas diversas, como cardos tiernos u ortigas que se solían acompañar con salvado de centeno o de otros cereales. En el otoño se incluían en la dieta los restos inservibles de las cosechas de frutales: manzanas, peras, membrillos... También suponían una importante aportación los restos de las comidas caseras. Finalmente, en la última fase de la cría del cerdo el engorde se realizaba en lo que era conocido como la montanera. Es decir, cuando los cerdos se dejaban libres en las dehesas coincidiendo con la maduración y caída de la bellota, en los meses de octubre a diciembre. La bellota más apreciada era la de la encina, generalmente más dulce, más apetecida por los cochinos y de mayor valor nutritivo. El engorde con bellotas, pasto y hierbas aromáticas de las dehesas y el ejercicio físico del animal en régimen de libertad, no solo conseguía una carne con menos grasa superficial y más entreverada, sino de un sabor excepcional. Es así como se obtienen los tan valorados jamones ibéricos o de pata negra.

   -¿Y es verdad que a muchos de los cochinos se los capa? -pregunta otro.

   -No es raro que los cerdos se castren antes de la matanza por dos motivos: los animales capados engordan más y son más tranquilos y porque, tras la muerte, los testículos desprenden sustancias que empeoran el sabor de la carne del animal. ¿No hay más preguntas? Pues, hala, a pegar patadas al balón.

   El día de la matanza, a mediodía, entre Concha y Pili han preparado unos bocadillos de panceta para los chavales de la escuela de Zaca, que estos se han comido en un pispás. Y otros más se hubieran zampado si se les hubiese dado la oportunidad, pero la abuela, que ha sido de quien ha partido la iniciativa, opina que la generosidad ha de tener límites, si no se convierte en derroche y derrochando no se construye el  pequeño emporio económico que es el Canònge.

   Sisca y Zaca, que durante la comida han hecho un aparte, comentan los sucesos del día y lo bien que se lo están pasando sus alumnos, así como los recuerdos de otras matanzas.

   -En casa –explica el muchacho-, los años que hicimos la matanza, recuerdo que madre conservaba parte de la carne en una tinaja con aceite para poder disfrutar de ella durante todo el año.

   -Aquí también lo hacemos y además la conservamos en salazón, además de con el curado y el ahumado.

   -Esos métodos no los conozco. ¿Cómo se emplean?

   -En la salazón se aplica sal a la carne, a menudo con otras especias, para extraer la humedad y prevenir el crecimiento de bichos. En cuanto al proceso de curado puede llevarse a cabo con sal y azúcar, que ayuda a realzar el color y sabor de la carne y a dificultar el crecimiento de microbios. Luego, la carne salada y curada la colgamos para secarla al aire libre, lo que ayuda a eliminar más humedad y a preservar la carne de su posible descomposición. 

   -Te falta contarme lo del ahumado.

   -En el ahumado sometemos la carne al humo producido por la combustión de madera, lo que le confiere un sabor característico y ayuda a conservar la carne y protegerla de los bichos. Y también ayuda a secar la carne, eliminando la humedad y prolongando su empleo útil.  

   Al atardecer, y tras acabar los trabajos de la matanza, se ha organizado un baile en una de las eras. Forman la orquesta de cuerda algunos de los masoveros invitados: el tío Jaume el Golós, que toca la bandurria, Pere el del Más d´Enqueixa que pulsa la guitarra y Jordi el Surdo que maneja, mal que bien, el violín. La gente danza al compás de la música y casi todos se han emparejado excepto el Bachiller.

   -¿Bailamos, Zaquita? –le invita Sisca.

   -No quiero hacerte un feo, pero no. Bailando soy un pasmarote que no hace más que pisar los pies de su pareja.

   -Pues me haces un feo negándote. Imaginaba que te gustaría.

   -Tienes que perdonarme, Sisca. No hay nada que me gustaría más que bailar contigo, pero es que lo paso tan mal que se me llevan los demonios. Porque cuando bailo me pongo tan rígido que parezco un poste de telégrafo y no hay manera de llevar el compás. Y encima siempre tengo la impresión de que la gente me mira y se burla de mi mala sombra como bailarín.

   -Vamos a hacer una cosa. Nos iremos a un rincón donde la gente no se fije en nosotros y te enseñaré a perder ese agarrotamiento y a sentir la música. Tú me has inculcado que todo se puede aprender tirando de paciencia y persistencia. Veamos si ese principio también sirve para aprender a bailar.

   Sisca, echando mano de una generosa paciencia, va enseñando al muchacho los pasos más fáciles del baile, así como la manera de distender los músculos y de seguir el ritmo de la música. Poquito a poco, y siguiendo las instrucciones de su eventual instructora, Zaca se va soltando, va perdiendo rigidez y acaba siendo capaz, aunque de aquella manera, de seguir el ritmo de la improvisada orquesta. Pese a todo, el muchacho está persuadido de que nunca será un buen bailarín, pues su flexibilidad y su oído musical son bastante incompatibles con cualquier sonido armonioso. Como mucho saldrá del paso. Todo va razonablemente bien hasta que ocurre lo indeseado, -“Maldita pilila, ¿otra vez te has puesto en guardia?”- Se maldice el chico, cuando Sisca apoya el rostro contra su mejilla y al ceñirse, nota los senos de la muchacha pegados a su pecho. Una vez más, ha de echar mano de la tabla de multiplicar y comienza el recitado mental: tres por uno es tres, tres por dos…

   -¿Qué callado te has quedado, Zaquita? ¿Te pasa algo?

   -No, nada. Es que si hablo pierdo el compás –Se excusa el chico, que piensa que si la muchacha supiera lo que de verdad le está ocurriendo se moriría de vergüenza. Menos mal que el recitado de la tabla comienza a producir sus efectos casi taumatúrgicos.

   Y así, entre bromas y veras, termina la matanza en el Mas que retrasó el veranillo de San Martín, también llamado de San Miguel. Un día de jolgorio y divertimento, feliz para todos los moradores del Mas, menos para el cerdo, naturalmente.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 90 de la novela “El masover” titulado: Leña seca para quemar