martes, 26 de mayo de 2026

“El masover”. 74. Lo que está mal está mal y no valen paños calientes

   El miércoles, 26 de julio, la plana mayor del puesto de Los Masos de la Plana Alta, se ha reunido en el cuarto de estar para evaluar las ventas del pasado lunes. La noticia más sustancial de la reunión la proporciona Julia: se le ha ocurrido una nueva idea para incrementar las ventas.

   -Me ha llegado la onda que en algunos mercadillos ambulantes utilizan un sistema de venta que se llama dos por uno o tres por dos.  

   -¿Y eso en qué consiste, madre? –pregunta Paca.

   -Pues que por el precio que pagas por la unidad de un producto, que generalmente está de oferta, te llevas otras dos unidades. O por lo que pagas por dos te llevas tres.

   -O sea, que si compras un kilo de patatas te llevas dos. Dudo mucho que eso sea rentable, Julia –objeta Valerio.

  -Realmente no se busca la rentabilidad, sino que es otra forma de atraer a más clientes. En definitiva, un cebo como lo de rebajar el aceite. Solo se suele hacer con ciertas mercancías y, algo importante: mientras duren las existencias.

   -No sé, no sé… -a Valerio sigue sin convencerle el método.

  -Yo creo lo mismo que Valerio, madre –apunta Paca-. Dudo que eso funcione.

   -A ver, Bachiller, ¿tú que opinas? –quiere saber Julia.

   Que la abuela le pregunte, ha sorprendido a Zaca, por lo que se toma su tiempo para responder. Como tampoco lo ve claro, decide ser diplomático y propone una salida que contente a todos.

   -No sabría decirle, señora Julia, pero por probar poco se puede perder.

   Como nadie más pone pegas a la propuesta de la abuela, acuerdan ponerla en práctica y el próximo dilluns probarán el nuevo cebo a ver que resultado da. Otro asunto del que se trata en la reunión lo recuerda Valerio: tendrán que hablar con los de Radio Castellón para que incluyan la nueva oferta en la programación del próximo fin de semana para que la información llegue a los potenciales compradores. Terminada la reunión, Sisca ha esperado que su madre y el mayoral se fueran del cuarto y, sin importarle que esté delante Zaca, le espeta a Julia:

   -Abuela, tengo que contarte algo que no es precisamente un plato de gusto, pero que alguien tiene que afontarlo: no sé si te has dado cuenta, pero la sinvergüenza de la Etelvina[CM1]  no para de tontear con el Anselmo. Y no sé si lo de tontear se queda corto. En cualquier caso, Pili no se merece que le hagan ese feo. Tú verás.

   -Ya me di cuenta de lo que parece que llevan entre manos esa pareja de merluzos, Paquita, pero no te preocupes, hija, eso está solucionado.

   -¿Lo has hablado con Anselmo?

   -No ha hecho falta. La Etelvina, que ciertamente es de las que resbala sin haber barro, no volverá a vender ni vendrá más veces al Canònge. Esa muchacha, además de ligera de cascos, es más corta que la noche de San Juan. En cuanto al Anselmo, en pasando unos días, le voy a poner las peras a cuarto.

   -Que descanso, abuela. Estaba preocupada, sobre todo por Pili.

   “Que tenaz es Sisca -piensa Zaca-, cuando se le mete algo entre ceja y ceja no para hasta que consigue lo que se había propuesto. Si alguna vez pone sus ojos en un chico va apañado el pobre”. El muchacho es listo y sabe mucho para su edad, pero es un pardillo en lo referente a los sentimientos. Muchos libros, mucha enciclopedia Sopena, pero de las personas de carne y hueso -¡y no digamos de las mujeres!- no sabe de la misa la mitad. Toda la vida metido entre libros y la realidad es un coto cerrado para él.

   Los últimos cinco días de julio han discurrido para Zaca en una vorágine de actividad. Los domingos ayuda a recoger, almacenar y contabilizar los productos a vender en el mercat del dilluns, tanto los del Canònge como los de los masos asociados. Además, ya supone que el lunes va a tener otra tarea: visto el excelente resultado que dio como cobrador, la abuela lo ha confirmado como tal, junto a Paca y Sisca. El resto de la semana, da escuela a los masoveritos por la mañana y a Sisca, Lía y Juanito por la tarde. No tiene ni un minuto para el ocio, pero es algo que no le molesta. Sentirse ocupado y, sobre manera, comprobar que le necesitan es un sentimiento tan fuerte, y al que no está acostumbrado, que compensa con creces todo el trabajo que debe afrontar. Apenas si tiene tiempo para ojear los muchos tebeos, cuentos y novelas que se ha traído pero, impensablemente, ello no le reporta ninguna molestia. Los escasos huecos libres que tiene los suele emplear charlando con Sisca –y a veces también con Lía-, que se ha convertido en una colaboradora indispensable en la clase de los masoveritos, en la que da nociones de costura a las dos chiquillas del grupo.

   El último día de escuela de julio, cuando el minibús deja a los alumnos a la puerta de la circunstancial aula, la masovera del Mas de Roures que, alguna que otra vez, sigue acompañando a los masoveritos -Hortensia la Beltrana es su gracia-, hace solemne entrega a Zaca de trece duros, que es la compensación prometida por los cinco días de escuela en julio. ¡Nada menos que sesenta y cinco pesetas! Con los cuatro duros que le dio la abuela el pasado lunes son ochenta y cinco pesetas, “casi para un mes de pago a sus maestros”, se dice el muchacho. Que ya no se siente tan muchacho, sino más bien un adulto joven, porque alguien capaz de ganar tanto dinero ya no es un chaval, sino una persona mayor. En toda Torreblanca no conoce ni un solo chico de su edad, y hasta de bastantes más años, capaz de ganar una cantidad así. Ni siquiera Ismael Escoí, con fama bien ganada de ser el más despabilado joven –pues tiene dieciocho años cumplidos- del pueblo y del que cuentan que hay meses que llega a ganar más de treinta duros ayudando a compradores foráneos de cerdos.  

   En la escuela, los nuevos alumnos masoveros están respondiendo positivamente a los esfuerzos de su maestro. Zaca basa su metodología docente en hacer lo contrario de lo que hacen sus maestros del pueblo, que todo lo fían a la memoria del alumno. Por el contrario, el muchacho explica, aclara, razona, pone ejemplos y hace todo lo posible para que sus alumnos comprendan lo que estudian. Lo de menos es que lo memoricen, lo que importa es que lo entiendan. A los chicos de los grupos A y B les está enseñando su método de estudio LESURE para sacarle rentabilidad al tiempo que dedican al aprendizaje. Y ambos grupos están logrando resultados realmente magníficos. El grupo C, el de los pequeñajos, al tener el triple de docentes –Zaca y los chicos de los grupos A y B- encima de ellos son los que más rápido progresan en su alfabetización. Es algo que Zaca ha podido comprobar cuando, a finales de julio, realiza una serie de pruebas evaluadoras sobre el aprendizaje de los alumnos, con unos resultados espectaculares. Así se lo confirma también el tío Germán el Rizos que un día se deja caer por la escuela.

   -Maestro, los críos están más que contentos contigo. Dicen que nunca han tenido un maestro como tú. Que se divierten un montón y encima aprenden mucho. Lástima que tengas que volverte a Torreblanca. Contigo iban a aprender más en un mes que en las escuelas a las que van en un año.

   Su nueva experiencia como docente le lleva a Zaca a formarse la idea de que la educación solo se da, de manera efectiva, cuando se produce la interacción entre alguien –un maestro- que tiene voluntad de enseñar con alguien – un discípulo- que tiene la voluntad de aprender. Todo lo demás no cuenta. Por lo que se pregunta, si sus maestros del pueblo deben tener esa voluntad de enseñar, porque realmente no le enseñan nada, se limitan a constatar que se ha aprendido de memoria la lección del manual de turno. Ese descubrimiento le deja tocado. No le enseñan nada y cobran a padre veinte duros mes tras mes. Pues vaya.

   En cuanto al mercat del dilluns, marcha tan bien que Julia se está pensando en si montar el puesto de Los Masos de la Plana Alta en otras localidades.

Una de las que tiene en el punto de mira es Burriana, población situada en la comarca de La Plana Baja y que limita con poblaciones de gran densidad de habitantes como Villarreal, Almazora, Nules y las Alquerías del Niño Perdido. Cuenta con un puerto marítimo construido para la exportación de cítricos, pues la comarca también es un importante centro naranjero y, por consiguiente, con gente de alto poder adquisitivo. La otra localidad que está estudiando es el Puerto de Sagunto, al nordeste de Valencia, donde existe la única planta siderúrgica de la costa mediterránea, propiedad de Altos Hornos de Vizcaya, y que lleva funcionando desde comienzos del siglo XX, abasteciéndose del hierro de las minas turolenses de Ojos Negros, y que llega al Puerto a través de un ferrocarril de vía estrecha, algo más consistente que la Panderola. En ocasiones, los altos hornos también emplean mineral de hierro procedente de las marroquíes minas del Rif. Asimismo es un importante núcleo naranjero. Puesto que la localidad cuenta con una numerosa población de obreros industriales, se supone que su poder adquisitivo es alto.

   El cebo del sistema de ventas de dos por uno ha funcionado hasta cierto punto. El principal problema que han tenido que superar es que las cosechas veraniegas en La Plana Alta se centran en la fruta y ésta, dados los hábitos gastronómicos de la sociedad española, no forma parte esencial de los menús de la mayoría de las familias, por lo que pagar por medio kilo de manzanas, peras o albaricoques para llevarse un kilo, no es algo que tiente a demasiados compradores. A todos los ardides puestos en marcha para atraer a más clientes, han añadido una nueva muestra de regalo: son las hierbas aromáticas que, en el origen de la idea del nuevo puesto, Zaca sugirió a la abuela, Pero con un matiz importante: no las venden, las regalan a aquellos compradores que realizan compras voluminosas o que son clientes de los de siempre. Las dos hierbas que más valoradas están son el perejil y el orégano.

   Zaca los lunes se va con los vendedores del puesto a Castellón, donde su principal tarea es la de cobrar y echar una mano a Paca y a Sisca cuando se ven desbordadas por la clientela. Sigue siendo el que más recauda de los tres. Quizá por eso, Julia le ha subido la gratificación, y ahora le da cinco duros por día de mercado. El muchacho continúa pensando que ganar veinticinco pesetas por una mañana de trabajo, posiblemente no le ocurre a nadie en Torreblanca. Es un afortunado. Lástima que el treinta y uno de agosto se le acabará el momio.

   En sus escasos momentos de ocio, el mayor de los Clavijo suele dedicar su tiempo libre a charlar con Sisca y Lía. Cada día que pasa está más a gusto con las muchachas y sus conversaciones a veces toman giros insospechados. Hoy, aprovechando que no está Lía, Sisca y Zaca recuerdan el affaire que el Anselmo tuvo con la Etelvina, que hace semanas dejó de ir al Mas.

   -¿Tú crees que Pili llegó a enterarse de lo que había entre los dos? -pregunta Zaca, que sigue sin haber contado a nadie la escena que presenció junto  al molino de viento entre la Etelvina y el Anselmo.

   -Pili es lista, Supongo que debió enterarse porque esos días tenía muy mala cara. Y con razón. No es de hombres que se visten por los pies engañar a la mujer con la primera que le pone ojitos tiernos –responde, tajantemente, Sisca.

   -Bueno, pues tú no sabes lo peor –Y Zaca cuenta a su amiga la escena del molino de viento con Etelvina y Anselmo apareándose como chuchos en celo.

   -¡Qué asco! ¿Y por qué no me lo contaste antes?

   -Te lo cuento ahora. Que más da.

   -No hiciste bien, si me lo hubieses dicho antes podría habérselo contado mucho antes a la abuela. Desde luego, algunos hombres son unos cerdos. No creí que el Anselmo pudiera caer tan bajo. Liarse con una calentorra como la Etelvina.

   -No seas tan dura, Sisca. Todo el mundo dice que la carne es débil, hasta se lo oí decir al vicario de Torreblanca que es un santo.

   -Ni débil, ni niño muerto, ni siquiera santo. Lo que está mal, está mal y no valen paños calientes.

  “¡Joder!”, exclama, mentalmente, Zaca. “Pues no es intransigente ni nada la pubilla. ¡Cómo para engañarla!”. El muchacho no es tan tajante con el comportamiento de la pareja como lo es la pubilla. Piensa que las emociones y las pasiones pueden hacerte perder la cabeza y que, en definitiva, los sentimientos son los que son y no siempre puedes controlarlos. A raíz de lo cual le viene a la mente una cita de Pascal que le encanta: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Claro que, ¿acaso el lío entre la Etelvina y el Anselmo respondÍa a impulsos del corazón o del sexo? Importante dilema que le gustaría saber desentrañar.

   El 28, sábado, el Mas recibe una visita que, al parecer, se esperaba: Jaume el Fideuer. Su apodo responde a su actividad profesional: es quien viaja por los masos dedicándose a la elaboración de fideos. Sisca cuenta a Zaca cómo funciona el Fideuer. Los masoveros le proporcionan la harina, él la amasa y la prepara para meter bolas de pasta en una máquina manual de hacer fideos. Los hace de diferentes tamaños, pero siempre con la misma forma, redondos. Luego, los deja colgados de unas cañas al aire libre para que se vayan secando. Y por dicha tarea, que suele durar casi toda una jornada, recibe la retribución previamente pactada con los masoveros, que en algunas ocasiones en vez de pagarle con dinero lo hacen con el producto. En cuanto termina, el Fideuer recoge los bártulos, los carga en el borriquillo que le acompaña en sus viajes y marcha en busca de otra masía que haya requerido sus servicios. Zaca, curioso como acostumbra, pregunta a Jaume sobre su trabajo que, por otra parte, ya conocía, pues en su casa también iba un confeccionador de fideos una vez al año.

   -¿Y tienes trabajo todo el año o solo en verano?

   -Cuando más trabajo es algo después de la siega que es cuando los masos tienen más harina. Y también en el otoño, antes de que comiencen los fríos.

   -¿Y por qué solo haces fideos, aunque de diferentes grosores?, ¿por qué no haces algunos tipos italianos de pasta?

   -Pues porque no tienen salida. Al principio, cuando comencé a trabajar de fideuer, intenté vender en los masos el concepto de la pasta italiana elaborando fusilli, farfale, rigatoni, spaghetti, tagliatelle y demás. Fue un fracaso, solo salieron adelante los macarrones, quizá porque los consideraban unos fideos gordos. Y es lo que hago: fideos y macarrones.

   -Lo que he observado es que haces mucha cantidad.

   -Es natural. Hago para muchos meses, pues a la mayoría de masos solo voy una vez al año. Únicamente en los más grandes, como el Canònge, acudo dos veces.

  ­-¿Y dónde guardan los ftdeos?

   -Los meten  en tarros de cerámica o de cristal, los guardan en un lugar seco de la despensa y van sacando raciones a medida que los necesitan para espesar las ollas, los cocidos y las sopas.

   -¿Y a veces no comen pasta como plato único?

   -No, que yo sepa. Como te he dicho, la suelen comer acompañando a otros platos.

   -Que fideos tan finos estás haciendo ahora.

   -Sí, son los más finos que puede hacer la máquina. Los llamo cabello de ángel y los suelen comer casi siempre haciendo más densa cualquier clase de sopa. Señora Concha, estoy terminando, ¿dónde cuelgo la última tanda?

   “Curioso oficio el del fideuer, pero supongo que necesario, como el de los que hacen la matanza del cerdo” –piensa Zaca, recordando al tío Javier Segura que ayudaba a sus padres a sacrificar el gorrino que engordaban en los buenos tiempos. Lo que le hace preguntarse: “¿Cuándo llegue San Martín, aquí también contratarán a un matarife o lo harán ellos mismos?”.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 75 de la novela “El masover” titulado: Casamenteros

 [CM1]

martes, 19 de mayo de 2026

“El masover”. 73. Señor maestro

   Zaca no ha tenido más remedio que aceptar los cuatro duros que Julia le ha dado como gratificación por su colaboración en el mercat del dilluns. Hecho que le lleva a hacerse esta reflexión: “Un peón especializado o un oficial de tercera ganan entre ocho y diez pesetas al día, si yo he ganado veinte en una mañana es que han valorado mi trabajo como si fuera un ingeniero, un médico o un abogado por lo menos”. Y una oleada de orgullo lo invade. “Cuando se lo cuente a los amigos ni se lo van a creer. ¡Veinte pesetas por una mañana, casi nada! Eso no lo gana en un día ni un médico”, se dice.

   Como ese lunes han llegado tarde de Castellón, ha decidido no darles clase a Sisca, Lía y Juanito. Y aprovecha ese tiempo libre para pasarse por la antesala de la almazara –la futura aula- para ver como la han dejado los masoveros. La sala está más limpia que una patena, han blanqueado con cal las paredes, han colgado un pizarrón, está al completo el mobiliario, viejo y remendado pero todavía útil, han traído un armario sin puertas que va a servir de biblioteca y en el que está apilado el material didáctico que les pidió. Y hasta han tenido el detalle de colgar en la pared frontal una copia litográfica de don Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la II República española. Al verla, le viene al pensamiento que: “Quizá fuera bueno que, antes de comenzar las clases, tararearan el himno nacional”, del que ni siquiera sabe si oficialmente tiene letra. Él solo conoce una versión oficiosa, bastante difundida, del himno de la monarquía que dice así: ¡Viva España!/Alzad los brazos/Hijos del pueblo español/Que vuelve a resurgir/Gloria a la Patria/Que supo seguir/Sobre el azul del mar/El caminar del sol”. Y que si no recuerda mal, lo escribió un poeta llamado José María Pemán, del que no sabe más. Más tarde ocurrió lo de la pareja de la Guardia Civil –que ya narramos en el anterior episodio- y una de cuyas consecuencias ha sido que, por primera vez en su corta existencia, comience a aceptar el nombre que figura en su partida de nacimiento.

   El martes, 26, pasadas las ocho y media llega un minibús de la compañía de transportes La Hispano de Fuente En Segures con su carga de masoveritos. Los chicuelos van vestidos modestamente, pero aseados y repeinados. La mayoría muestra en su rostro una mezcla de expectación y un cierto temor ante el inicio de lo que para ellos es una combinación de tarea escolar y aventura. Con los chavales ha viajado una desenvuelta masovera -todavía joven y que responde al nombre de Hortensia la Beltrana-, que se presenta a Zaca como la madre de una de las chiquillas del grupo y que se encargará los primeros días que los masoveritos se porten bien en el viaje de ida y vuelta a la escuela del  Mas del Canònge.

   -Aquí tienes a los chicos, son todos tuyos, señor maestro –dice la Beltrana y, dirigiéndose a los chicuelos, les anuncia-: Escuchad: este es vuestro maestro. Le tenéis que obedecer como si fuera vuestro padre y pobre del que no le haga caso. Lo que él diga es como si lo hiciese el Papa de Roma. Por lo tanto, nada de réplicas y malas respuestas. Está aquí para daros escuela, para enseñaros y para haceros mejores, y vosotros debéis corresponderle aprendiendo todo lo que os enseñe. ¿Os ha quedado claro? Pues ya lo sabéis: ojo al Cristo que es de plata –y dirigiéndose a Zaca pregunta-: ¿A qué hora vas a terminar la escuela? Es para decírselo al chófer que venga a recogerlos.

   -Sobre la una y media del mediodía.

   -Aquí estaremos a esa hora. Voy a ver a la señora Julia a que me cuente como fue el estreno del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Es que, ¿sabes?, los del Mas de Roures también participamos en el puesto, pues tenemos mucha fe en la buena vista para los negocios de Julia. Buen trabajo y buena mañana.

   Ida la Beltrana, y como hizo en su día con Sisca y con los chicos Ariza, lo primero que hace Zaca es presentarse.

   -Buenos días, chicos –a lo que todos contestan a coro-: Buenos días, señor maestro –se ve que vienen aleccionados-. Vamos a presentarnos para irnos conociendo. Me llamo Zacarías Clavijo, voy a estudiar cuarto de bachillerato y tengo trece años. Me podéis llamar Zaca o maestro, como prefiráis. Espero que nos llevaremos bien, al menos por mi parte la buena voluntad no va a faltar. Ahora, de uno en uno, iréis diciendo vuestro nombre, los años que tenéis y la masía de la que venís. ¿Entendido? Empieza tú –dice señalando al más cercano-.

   Los chavales van diciendo sus nombres y demás datos que les ha pedido. Y así descubre Zaca el mosaico de edades del grupo: hay un chico de 14 años, dos de 12, otros tantos de 10, tres de 9, dos de 8, uno de 7 y dos de 6. Una verdadera ensalada de edades que más heterogénea no puede ser. Una vez identificados, les somete a unas sencillas pruebas para ver la amplitud de sus conocimientos, salvo al que tiene siete años y a los dos de seis que no saben escribir. Mientras revisa las pruebas les deja salir afuera para que jueguen y se desahoguen. La verificación le permite conocer el diferente nivel instructivo de los chicos: los cinco mayores de diez años tienen resultados parejos, formarán el grupo A. Los comprendidos entre ocho y nueve años con pobres resultados, cinco, constituirán el grupo B. Y el de siete y los dos de seis años que son iletrados, el grupo C. Luego, organiza su trabajo con los tres conjuntos aplicando la metodología de la enseñanza cooperativa. Comenzará la clase haciendo que los alumnos del A redacten una composición sobre algo que cada uno haya hecho o que piensa hacer. Los del B harán unas divisiones, pues así tendrán que usar las demás operaciones. Mientras, él cogerá a los tres del C y comenzará a enseñarles los rudimentos de la lectura y escritura. En la segunda hora, los grupos rotarán y trabajarán en plan cooperativo: los del A enseñarán a leer y escribir a los del C, mientras él explicará a los del B una lección. Luego habrá un recreo de unos veinte minutos para que los chavales tomen el tentempié que han traído de casa a guisa de almuerzo. En la tercera hora, volverá la rotación y el trabajo cooperativo: los del B enseñarán la numeración a los del C, y él se reunirá con los del A. La cuarta hora será un diálogo global sobre lo que han aprendido durante la mañana. Sobre el papel, es una buena organización. La práctica dirá si es eficaz o no.

    Otra cuestión que tendrá que solucionar es el dominio del castellano de los masoveritos que es muy desigual: hay un grupito, procedente de la provincia de Teruel, que lo habla bien, pero algunos de los otros le pegan cada patada al diccionario que tiembla el misterio. Lo que sí parece es que no va a tener problemas de disciplina, vienen todos muy mentalizados de que tienen que respetar al maestro -los muchachos se empeñan en llamarle señor maestro- y seguir sus indicaciones. Y por si alguno lo olvidó la Beltrana se lo ha recordado.

   Al día siguiente, miércoles 27, la hora de llegada de los alumnos es, aproximadamente, la misma que el martes. Y el novato maestro, comienza a aplicar la metodología organizativa que ha elaborado, pero se topa con la inesperada sorpresa de que el chico de más edad, llamado Antoniet Prades del Mas de Villarcans, la cuestiona.

   -Señor maestro. Nuestros padres nos han enviado para que nos dé escuela, pero ¿cómo vamos a aprender si tenemos que enseñar a leer y escribir a los monicacos que no saben ni hacer la o con un canuto? No hemos venido para eso –El chico ha sido valiente, sincero y con el desparpajo suficiente para expresar su queja.

   Zaca, tirando de paciencia, les explica que se ha visto obligado a utilizar el método cooperativo por la diferencia de edad y conocimientos entre los miembros del grupo. Y que el aprendizaje cooperativo es una estrategia pedagógica donde los estudiantes trabajan en grupos pequeños para alcanzar un objetivo de aprendizaje común, permitiéndoles aprender de manera conjunta y desarrollar habilidades sociales. Antoniet no ha entendido la explicación y así se lo hace saber.

   -Señor maestro, como si hablara en chino, no he entendido ni palote.

   -Pongo un ejemplo para ver si así lo entiendes mejor. Si me dirijo a toda la clase pero, pensando en los que sabéis más, explico la regla de tres, ¿crees que los que están aprendiendo a dividir o los que ni siquiera saben leer, se enterarían de algo? No, ¿verdad? Y, si hablo para todos enseñando a dividir por dos o más cifras, los que ya sabéis, ¿no os aburriríais como mejillones? Y los que no saben leer todavía se aburrirían más. Y no digamos, si hablo para todo el grupo explicando que la a con la eme se lee ma. Sería el acabose. Pues para evitar eso, tengo que recurrir a la metodología cooperativa que no la he inventado yo, pero que es de las pocas formas que se puede enseñar a un grupo tan heterogéneo como este.

   -Señor maestro –interviene el de siete años-, hasta yo he entendido su explicación, pero no sé qué quiere decir esa palabra tan larga que ha dicho al final, hete… no sé qué.

   -Heterogéneo. Quiere decir algo compuesto de partes de diversa naturaleza. Aquí naturaleza debéis entenderla como saberes. La frase correcta sería: algo compuesto de alumnos de diversos grados de saber. ¿Alguna otra pregunta sobre el método cooperativo? ¿No? Entonces, vamos a proseguir. Y por favor, a la más mínima duda que tengáis sobre lo que diga, haced lo que ha hecho muy bien Antoniet –trata de ganarse al mayor y contestatario del grupo-, preguntadme. Preguntar lo que uno no sabe es una de las más eficaces formas de aprender. Por eso, ya te adelanto, Antoniet, que, si sigues así, vas a aprender mucho y muy aprisa. Sigamos.

   El resto de la mañana, la clase ha discurrido sin mayores contratiempos y  los masoveritos se han mostrado receptivos a las explicaciones de su novel maestro, aunque a veces se ha oído un rumor de fondo muestra de que están poco acostumbrados a permanecer tiempo sin realizar alguna actividad física. “Para ser el primer día efectivo de clase no ha estado ni medio mal”, se dice un contento Zaca.  

   Durante el recreo, uno de los chiquillos ha sacado una pelota de trapo y se han puesto a jugar a fútbol en la era, reconvertida en el campo de deportes de la novel escuela. Como todos corren detrás de la pelota, sin orden ni concierto, Zaca decide intervenir y los agrupa en dos equipos de cinco jugadores, uno, y seis el otro –las dos niñas se han negado a jugar- y él hace de árbitro. Ahí es donde comienza a ganarse a sus alumnos: jugando con ellos pues, al parecer, ninguno de sus maestros de las escuelas a las que van, son tan permisivos como para rebajarse a mezclarse en los juegos del alumnado. El resultado de la interacción en todos los planos entre maestro y alumnos lleva a que las clases sean activas, la enseñanza pragmática, autorregulada la disciplina y sereno el clima de la escuela. Los alumnos aprenden rápido y al maestro las casi cinco horas de clase se le van en un suspiro. Las únicas que le plantean algún problema en el grupo, no de actitud ni de comportamiento sino de integración, son las dos chiquillas que suelen hacer rancho aparte, pues nunca se mezclan con los chicos. Hasta que Zaca les pregunta:

   -¿Os gustaría jugar a fútbol? –una no contesta, pero la otra sí.

   -A mí, sí, pero los chicos no me dejan. Dicen que no es un juego de chicas.

   -Hablaré con ellos. ¿Y vosotras a qué jugáis?

   -Al sambori -vocablo valenciano que se refiere al juego infantil conocido en castellano como "rayuela".

   -¿Me dejáis jugar con vosotras? –el asombro y la sorpresa se refleja en el rostro de las chicuelas.

   -Ese no es un juego de chicos, señor maestro. Si juega al sambori con nosotras, los chicos se le  burlarán.

   -Si alguno se atreve a burlarse de su maestro tendré que decírselo a la señora Hortensia –el aviso es suficiente para que ningún masoveret se atreva a mofarse del señor maestro.

      Zaca piensa que tendrá que ir mentalizando a sus alumnos de que los patrones por sexo no deben de ser tan diferenciadores, aunque es consciente de que será una tarea ardua y lenta. La tradición y las costumbres pesan demasiado. Otro problema que plantean las dos alumnas, y que ha puesto al novel maestro en un brete, sale a la luz cuando no es capaz de responder a la pregunta de una de ellas.

   -Señor maestro, en la escuela del pueblo, por las tardes las chicas dábamos clase de costura, ¿aquí haremos lo mismo?

   Como no tiene respuesta, comenta la cuestión con Sisca; la pubilla le sugiere una posible solución.

   -También en la escuela de Torreblanca, por las tardes a las niñas nos daban clase de costura. Supongo que lo sabías, nos enseñaban a coser, remendar, bordar y demás tareas que luego nos podrían servir como amas de casa. ¿Por qué no haces lo mismo?

   -Lo haría, porque ese plan me parece que les gustaría. El problema es que no sé coser ni bordar ni planchar.

   -Pero en cambio sabes algo de guisar. Eres todo un misterio, señor maestro, pero te puedo ayudar. Le pediré a mi madre que me deje un par de horitas libres por la mañana y me acercaré al aula para hacerme cargo de las chicuelas.

   -¿Y a tu madre no le parecerá mal?

   -Después del éxito de Los Masos de la Plana Alta, lo que el Bachiller pida, el Canònge se lo dará envuelto en papel de celofán. Parece mentira que no lo sepas. ¡Buena se pondría la abuela como se enterara de que alguien del Mas te ha puesto la más mínima pega! ¿O todavía no te has enterado de que te has convertido en su ojito derecho?

   Esto último, Zaca lo intuía, pero oírselo decir a Sisca le levanta el ánimo. Casi sin enterarse, ha logrado conquistar el fuerte más rocoso e inaccesible del Canònge. Es como para lanzar el ¡eureka! tal cual hizo aquel sabio griego cuyo nombre no recuerda, pues además de haberse hecho con la vieja, ha pasado de ser estudiante a todo un señor maestro. Si eso no es todo un cambiazo que venga Dios y lo vea. Lo de señor maestro refuerza el ego del muchacho, algo que le viene como agua de mayo, pero al mismo tiempo le plantea la duda de si estará lo suficientemente capacitado para sacar adelante la proeza de enseñar a un grupo de alumnos tan variopinto y multiforme, “El tiempo dirá”, se dice.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 74 de la novela “El masover” titulado: Lo que está mal, está mal y no valen paños calientes

martes, 12 de mayo de 2026

El masover”. 72. Recordando a Calderón

    El lunes, 24 de julio, los masoveros del Canònge, más las nuevas vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta, parten hacia el mercat del dilluns de Castellón. Van todos con una mezcla de ilusión y temor, pues no saben cuál será el resultado del nuevo puesto. Esta vez la expedición cuenta con una presencia insólita: la abuela Julia, que quiere ver en vivo el proyecto en el que tantas esperanzas ha depositado. Dado su sobrepeso y los episodios de tromboflebitis que padece, lleva consigo una silla de tijera y un cojín para poder sentarse y así aguantar toda la mañana. Aunque trata de no mostrarlo, es la más nerviosa, quizá porque es la que mejor conoce cómo funciona el mercat. Su esperanza de que el negocio salga bien o, al menos, no demasiado mal, está depositada en el impacto sobre la población que haya podido causar Radio Castellón, emisora con la que ha contratado la publicidad del nuevo puesto. La emisora ha estado repitiendo todo el fin de semana la noticia publicitaria de la apertura del puesto de las masías y la buena calidad de los productos que vende. Así como la oferta de hasta cinco litros de aceite por persona a un precio sensiblemente inferior al del mercado. Para la oferta del aceite, Julia ha mandado fabricar unos envases de cerámica de uno, dos y cinco litros que se cierran con un tapón de corcho, por si los nuevos clientes no llevan recipientes. Zaca, que es de los que suele ver casi siempre la botella medio vacía, teme que el fracaso arruine el proyecto que siente como propio, aunque no haya invertido una sola peseta en el mismo. Esa sensación negativa le lleva a mal traer porque como padre –en buena medida- del proyecto está muy encariñado con el mismo.

   Cuando la camioneta del tío Tonellaes aparca en un lateral del Parque Ribalta, desde el centro del paseo les llega un runrún que no es habitual. Quien primero les avisa de la causa del rumor es uno de los guardias municipales al que tienen untado.

   -Ya era hora de que llegarais. Si tardáis más tendríamos que haber pedido refuerzos a la central. No podéis imaginaros la que habéis montado con tanta propaganda. La cola de gente, supongo que por lo del aceite, casi llega a la estación. Daos prisa en montar el chiringuito, no sea que el personal se canse de hacer cola y se monte un dos de mayo.

   El guardia no ha exagerado. Alrededor de donde se instala el puesto del Canònge hay un gentío que espera expectante a que se abra la venta. Los masoveros se apresuran a instalar los tableros y caballetes, así como el rótulo con la propaganda de Los Masos de la Plana Alta. Y, con la mayor rapidez posible, van depositando los productos a vender, dando prioridad a los garrafones de aceite, el producto estrella. Con la ayuda del municipal, que les ha advertido del gentío que les espera, y de Anselmo consiguen establecer un mínimo de orden en las colas, avisando a voces de en qué partes del puesto se venden las distintas mercancías. La venta del aceite se revela como un éxito desde el minuto uno. Tal es así que, tras la primera hora, Julia ordena vender solo un litro por cliente, pues al ritmo que lo expenden se van a quedar sin existencias. Lo más positivo del tirón del producto-cebo es que las demás mercancías del puesto se benefician del impulso del aceite y su venta marcha a buen ritmo. Todo va bien, hasta que, en un momento dado, ocurre lo que Zaca ya temió: Paca y Paquita no dan abasto al cobro y se está formando un cuello de botella que está ralentizando el ritmo de venta. Julia, que ha sido la primera en darse cuenta  –pues solo se dedica a observar- del tapón que se está formando, toma una solución sobre la marcha y llama al muchacho.

   -Bachiller, ponte un delantal de esos con bolsillos y ayuda a Paca y Paquita a cobrar. Y espabílate o se nos va a marchar la mitad de la clientela.

   El chico, aunque sorprendido, obedece la orden de la abuela, se enfunda el delantal y se pone junto al puesto de frutas y hortalizas, productos que también están muy demandados. Dada su habilidad en el cálculo mental es quien más rápidamente evalúa el precio de las compras, cobra y devuelve el cambio.  Lo que  le ha permitido, en momentos puntuales, echar una mano a Paca y a Sisca que con frecuencia se ven desbordadas. Pese a su timidez proverbial, se ha armado de valor y dialoga con las compradoras, a las que incluso llega a piropear en algún caso que ha venido hilado. En un receso de las compras, se da cuenta de que Julia lo está mirando al tiempo que le hace un gesto aprobatorio. La situación le recuerda cuando hacía de coniller o alquilaba y vendía tebeos, pero nada que ver con el torbellino en el que está metido.

   Hasta bien pasadas las doce de mediodía no comienza a disminuir el personal. A medida que la clientela va decreciendo, el muchacho tiene más tiempo para pensar y algo de lo que se da cuenta hace que se plantee una pregunta: “¿Por qué Julia me ha escogido para cobrar y no ha elegido a Pili o a Anselmo con quienes tiene mucha más confianza? Posiblemente -se contesta-, porque sé calcular mentalmente mucho mejor, pero… manejar dinero supone darme un margen de confianza que no me lo esperaba. Porque, vamos a ver: en este momento no hay nadie, ni siquiera yo, que sepa cuánto dinero guardo en los bolsillos del delantal. Podría meterme un fajo de billetes en el bolsillo y nadie se enteraría. Eso, ¿lo habrá pensado Julia o no se le ha ocurrido? Entonces, ¿es que tanto confía en mi honradez?” Y una oleada de orgullo le recorre el espinazo. “Creo que se fía de mí. Y si lo hace es porque le he demostrado que soy alguien en quien se puede confiar”. De pronto se le ocurre algo más, va a hacer la clásica prueba del nueve. Se acerca a dónde está sentada la abuela y la aborda.

   -Señora Julia, no lo he contado, pero tengo una montonera de dinero. ¿Se lo paso a Paca o se lo doy a usted?

   -Quédatelo y ya lo contarás cuando terminemos. Y que sepas que lo estás haciendo muy bien, como si nunca hubieras hecho otra cosa que cobrar en un mercado. Y esas palabritas que, de cuando en cuando, dices a las clientas, son mano de santo. Muchas de esas volverán el próximo lunes. Estás haciendo más clientes que las mozas de los masos. Algunas de ellas, como habías avisado, no dan la talla, tendremos que cambiarlas. Pero de todo eso ya hablaremos mañana que, por cierto estrenas tu nueva escuela. Si enseñar se te da tan bien como cobrar, ya te adelanto que será un éxito. Ahí hay una que quiere pagar, atiéndela. 

   La mañana termina y la satisfacción del trabajo bien hecho se refleja en los rostros de los integrantes del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Hasta aquellas masoveras metidas a vendedoras, que han sido un fiasco como tales, se las ve contentas, pues todos han puesto su mejor voluntad para que el proyecto del muevo puesto sea un éxito. Julia así lo confirma cuando, antes de recoger el puesto, se dirige a su gente.

   -Enhorabuena a todos. Habéis trabajado de firme y bien. Podéis estar satisfechos del resultado. Creo que hoy, gracias a la colaboración de todos, hemos dado un paso de gigante para que nuestras cosechas y productos tengan mejor salida de la que tenían. En mi nombre y en el de todos los masos asociados, os doy las gracias por vuestra colaboración. Y quiero destacar el trabajo de una persona que, por sus pocos años y por no ser masover, no debería estar aquí y, sin embargo, ha trabajado como un león. Bachiller, hoy te has ganado, y muy bien, el pan y algo más. Mi enhorabuena más sincera. Y ahora, a recoger que Mariantonia nos debe estar esperando para echar el arroz. Todos nos hemos ganado una buena paella.

   Un inesperado y caluroso aplauso es la respuesta a las palabras de Julia, que no puede ocultar la satisfacción que la embarga. Zaca es uno de los que se siente más orgulloso, pero sigue estando un tanto preocupado porque no sabe qué hacer con el dinero recaudado. Aprovecha la comida para acercarse a la abuela y volver a preguntarle qué hace con la recaudación.

   -No te preocupes por eso. Está en buenas manos. Cuando lleguemos al Mas, me lo darás. Mientras tanto, guárdalo en esta bolsa y ya lo cuentas cuando tengas un hueco. Ah, luego o mañana quiero que me cuentes tus impresiones sobre lo ocurrido esta mañana. Yo he sacado las mías, pero cuatro ojos ven más que dos y dos molleras piensan más que una -En esas que llega Sisca y, dirigiéndose a Zaca, le espeta:

   .Zaquita, no sabía que eres tan buen cobrador. Tu ayuda nos ha venido a madre y a mí como agua de mayo. Aunque no debía de extrañarme, pues lo haces bien casi todo.

   -He aprendido de vosotras. Sois mejores maestras que yo.  
   En el viaje de vuelta, Zaca se olvida del mercat y se centra en el mañana. Si hoy ha sido un día de estreno, mañana será otro. Estrenará una nueva faceta como es la de docente. Sigue preocupado por cómo organizar una clase con alumnos tan dispares en edad y conocimientos, hasta que recuerda que cuando se le juntaron las tareas de estudiante, escrivent, conductor del triciclo y coniller se agobió muchísimo, hasta que descubrió que organizar el tiempo era un método pragmático para encajar diferentes tareas de manera razonable. Y el recuerdo le lleva a la conclusión de que tiene que hacer lo mismo con el nuevo grupo de alumnos. Antes de empezar a enseñarles tiene que organizar la distribución de los tiempos, tanto los del alumnado como el suyo. Y lo que de ninguna manera puede hacer es emplear una metodología tan arcaica como la que emplean con él sus maestros del pueblo. Y también se le ocurre que una de las cosas que debe llevar a cabo antes de comenzar las clases es hacerles unas pruebas a los masoveros para conocer cuál es su grado de conocimientos y así poder agruparlos, no por su edad, sino por su grado de instrucción. Dándole vueltas a esas reflexiones llega al Mas con más optimismo del que salió. A media tarde Julia le ha llamado al cuarto de estar para contar el dinero de los cobros que sigue guardando en una bolsa. Cuando llega ya están allí Paca y Sisca. La recaudación ha sido más abultada de lo que calculaban y, algo inesperado: Zaca ha sido quien más ha recaudado. Cuando termina el conteo, Julia vuelve a sorprender al muchacho.

   -Bachiller, toma cuatro duros para que te compres tebeos o lo que quieras. Te los has ganado con creces.

   -De ninguna manera, señora Julia. No puedo aceptarlos. Les he ayudado con mucho gusto y voluntariamente. Bastante hacen ustedes por mí, como para que tengan que pagarme. Si padre llega a enterarse de que he aceptado una sola peseta de ustedes la bronca que me podría caer sería de órdago. Gracias, pero no.

   -Vamos a ver, Bachiller. Quien trabaja debe ser retribuido por ello pues, si no, el trabajo se convierte en esclavitud. O sea, que olvídate de un orgullo mal entendido y acepta el jornal que te has ganado a pulso. Y no te preocupes por lo que pueda pensar tu padre. Ya le daré todas las explicaciones que hagan falta. No me hagas perder más tiempo. Ah, y además de las veinte pesetas, te vuelvo a dar las gracias. Te guste o no, ya formas parte de la gente del Mas del Canònge. Ya eres un masover com Déu mane. Y ni una palabra de más. Coge tus cuatro duros que te los has ganado uno encima del otro.

   Al muchacho no le queda otra que coger las veinte pesetas y volver a dar las gracias a la abuela. Por un momento se dice: “¿Y qué voy a hacer con tanto dinero? No sé qué le va a parecer a padre, pero… algo de lo que ha dicho la señora Julia creo que es cierto: me las he ganado a pulso”. Y un ramalazo de orgullo sacude su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica. ¡Ganar veinte pesetas en una mañana! Eso no lo hace ni Pepe el Randero, el comerciante de Torreblanca del que dicen que de les pedres fa pans. Él no saca panes de las piedras, pero sí veinte pesetas como veinte soles en una sola mañana. Lo que, una vez más, le lleva a colegir que, tal como van las cosas, al final del verano podrá reunir una cantidad de dinero con el que ni su familia ni él contaban. Lo menos serán cien duros, que son muchos duros. Y otro ramalazo de orgullo lo invade. Ni en el mejor de los sueños pudo entrever su capacidad para generar ingresos. Y eso, como otros muchos aspectos, ha sido posible por su estancia en el Canònge y quizá, como dijo la abuela, porque ya es un masover como Dios manda.

   Al atardecer, y es una sorpresa para Zaca pero no para los masoveros, aparece por el Mas una pareja de la Guardia Civil. Visten su característico uniforme de color gris-verde -fruto de la reforma de 1932 que cambió el tradicional de color azul-, y lucen la guerrera de cinco botones y pantalones rectos, amén del emblemático tricornio; solo les falta el capote de paño que emplean durante el invierno, mostrando una estética sobria y funcional, muy adecuada para el servicio. Van armados, uno con un fusil Mauser de 7 mm, y el otro con un subfusil MP-28/II. Y ambos portan pistolas semiautomáticas STAR modelo 1922 de 9 mm de largo. La pareja no puede ser más diferente, pues uno –un guardia primero que es el jefe de la pareja- es de corta estatura y rechoncho, y luce un mostacho que le cubre parcialmente la boca; el otro es larguirucho y delgado cual una caña y muestra un bigotillo tan fino que más parece como si una fila de hormigas se hubiese posado sobre su labio superior. Sisca cuenta al muchacho que la visita de la pareja, pertenecientes a la dotación de Benlloch, es relativamente habitual, pues al menos una vez al mes suelen pasarse por el Canònge. Cuando presentan la pareja al chico, resulta que el retaco guardia del mostacho conoce a su padre, ya que estuvo de puesto en Cabanes, localidad a la que el señor Zacarías visita alguna que otra vez por motivos profesionales.

   -¿Así que tú eres hijo del encargado de la luz de Torreblanca? Y lo mismo te llamas como él, Zacarías.

   -Sí, señor, pero prefiero que me llamen Zaca.

   -Conque Zaca, eh. Mira, hijo, cada quisque tiene que apechugar con el nombre que le pusieron al cristianarlo, y de eso sé un rato largo. A mí, como era costumbre en mi aldea, me endosaron el nombre del santo del día, por eso me llamo Genebrando. Por tanto, confórmate y, cuando te rayes por lo de Zacarías, acuérdate de aquel fragmento de la “Vida es sueño” que comienza con: Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de las hierbas que cogía ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.” Tú eres el sabio que cogía las hierbas, yo el que las recoge. Con Zacarías vas bien servido, hasta aparece en la Biblia.

   El mayor de los Clavijo acaba de recibir la lección más contundente sobre la relatividad de la antroponimia.  De ahí que lo de llamarse Zacarías comienza a no parecerle tan mal, pues como el guardia primero acaba de demostrarle podría ser peor. El que no se consuela es porque no quiere.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 73 de la novela “El masover” titulado: Señor maestro