martes, 19 de mayo de 2026

“El masover”. 73. Señor maestro

   Zaca no ha tenido más remedio que aceptar los cuatro duros que Julia le ha dado como gratificación por su colaboración en el mercat del dilluns. Hecho que le lleva a hacerse esta reflexión: “Un peón especializado o un oficial de tercera ganan entre ocho y diez pesetas al día, si yo he ganado veinte en una mañana es que han valorado mi trabajo como si fuera un ingeniero, un médico o un abogado por lo menos”. Y una oleada de orgullo lo invade. “Cuando se lo cuente a los amigos ni se lo van a creer. ¡Veinte pesetas por una mañana, casi nada! Eso no lo gana en un día ni un médico”, se dice.

   Como ese lunes han llegado tarde de Castellón, ha decidido no darles clase a Sisca, Lía y Juanito. Y aprovecha ese tiempo libre para pasarse por la antesala de la almazara –la futura aula- para ver como la han dejado los masoveros. La sala está más limpia que una patena, han blanqueado con cal las paredes, han colgado un pizarrón, está al completo el mobiliario, viejo y remendado pero todavía útil, han traído un armario sin puertas que va a servir de biblioteca y en el que está apilado el material didáctico que les pidió. Y hasta han tenido el detalle de colgar en la pared frontal una copia litográfica de don Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la II República española. Al verla, le viene al pensamiento que: “Quizá fuera bueno que, antes de comenzar las clases, tararearan el himno nacional”, del que ni siquiera sabe si oficialmente tiene letra. Él solo conoce una versión oficiosa, bastante difundida, del himno de la monarquía que dice así: ¡Viva España!/Alzad los brazos/Hijos del pueblo español/Que vuelve a resurgir/Gloria a la Patria/Que supo seguir/Sobre el azul del mar/El caminar del sol”. Y que si no recuerda mal, lo escribió un poeta llamado José María Pemán, del que no sabe más. Más tarde ocurrió lo de la pareja de la Guardia Civil –que ya narramos en el anterior episodio- y una de cuyas consecuencias ha sido que, por primera vez en su corta existencia, comience a aceptar el nombre que figura en su partida de nacimiento.

   El martes, 26, pasadas las ocho y media llega un minibús de la compañía de transportes La Hispano de Fuente En Segures con su carga de masoveritos. Los chicuelos van vestidos modestamente, pero aseados y repeinados. La mayoría muestra en su rostro una mezcla de expectación y un cierto temor ante el inicio de lo que para ellos es una combinación de tarea escolar y aventura. Con los chavales ha viajado una desenvuelta masovera -todavía joven y que responde al nombre de Hortensia la Beltrana-, que se presenta a Zaca como la madre de una de las chiquillas del grupo y que se encargará los primeros días que los masoveritos se porten bien en el viaje de ida y vuelta a la escuela del  Mas del Canònge.

   -Aquí tienes a los chicos, son todos tuyos, señor maestro –dice la Beltrana y, dirigiéndose a los chicuelos, les anuncia-: Escuchad: este es vuestro maestro. Le tenéis que obedecer como si fuera vuestro padre y pobre del que no le haga caso. Lo que él diga es como si lo hiciese el Papa de Roma. Por lo tanto, nada de réplicas y malas respuestas. Está aquí para daros escuela, para enseñaros y para haceros mejores, y vosotros debéis corresponderle aprendiendo todo lo que os enseñe. ¿Os ha quedado claro? Pues ya lo sabéis: ojo al Cristo que es de plata –y dirigiéndose a Zaca pregunta-: ¿A qué hora vas a terminar la escuela? Es para decírselo al chófer que venga a recogerlos.

   -Sobre la una y media del mediodía.

   -Aquí estaremos a esa hora. Voy a ver a la señora Julia a que me cuente como fue el estreno del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Es que, ¿sabes?, los del Mas de Roures también participamos en el puesto, pues tenemos mucha fe en la buena vista para los negocios de Julia. Buen trabajo y buena mañana.

   Ida la Beltrana, y como hizo en su día con Sisca y con los chicos Ariza, lo primero que hace Zaca es presentarse.

   -Buenos días, chicos –a lo que todos contestan a coro-: Buenos días, señor maestro –se ve que vienen aleccionados-. Vamos a presentarnos para irnos conociendo. Me llamo Zacarías Clavijo, voy a estudiar cuarto de bachillerato y tengo trece años. Me podéis llamar Zaca o maestro, como prefiráis. Espero que nos llevaremos bien, al menos por mi parte la buena voluntad no va a faltar. Ahora, de uno en uno, iréis diciendo vuestro nombre, los años que tenéis y la masía de la que venís. ¿Entendido? Empieza tú –dice señalando al más cercano-.

   Los chavales van diciendo sus nombres y demás datos que les ha pedido. Y así descubre Zaca el mosaico de edades del grupo: hay un chico de 14 años, dos de 12, otros tantos de 10, tres de 9, dos de 8, uno de 7 y dos de 6. Una verdadera ensalada de edades que más heterogénea no puede ser. Una vez identificados, les somete a unas sencillas pruebas para ver la amplitud de sus conocimientos, salvo al que tiene siete años y a los dos de seis que no saben escribir. Mientras revisa las pruebas les deja salir afuera para que jueguen y se desahoguen. La verificación le permite conocer el diferente nivel instructivo de los chicos: los cinco mayores de diez años tienen resultados parejos, formarán el grupo A. Los comprendidos entre ocho y nueve años con pobres resultados, cinco, constituirán el grupo B. Y el de siete y los dos de seis años que son iletrados, el grupo C. Luego, organiza su trabajo con los tres conjuntos aplicando la metodología de la enseñanza cooperativa. Comenzará la clase haciendo que los alumnos del A redacten una composición sobre algo que cada uno haya hecho o que piensa hacer. Los del B harán unas divisiones, pues así tendrán que usar las demás operaciones. Mientras, él cogerá a los tres del C y comenzará a enseñarles los rudimentos de la lectura y escritura. En la segunda hora, los grupos rotarán y trabajarán en plan cooperativo: los del A enseñarán a leer y escribir a los del C, mientras él explicará a los del B una lección. Luego habrá un recreo de unos veinte minutos para que los chavales tomen el tentempié que han traído de casa a guisa de almuerzo. En la tercera hora, volverá la rotación y el trabajo cooperativo: los del B enseñarán la numeración a los del C, y él se reunirá con los del A. La cuarta hora será un diálogo global sobre lo que han aprendido durante la mañana. Sobre el papel, es una buena organización. La práctica dirá si es eficaz o no.

    Otra cuestión que tendrá que solucionar es el dominio del castellano de los masoveritos que es muy desigual: hay un grupito, procedente de la provincia de Teruel, que lo habla bien, pero algunos de los otros le pegan cada patada al diccionario que tiembla el misterio. Lo que sí parece es que no va a tener problemas de disciplina, vienen todos muy mentalizados de que tienen que respetar al maestro -los muchachos se empeñan en llamarle señor maestro- y seguir sus indicaciones. Y por si alguno lo olvidó la Beltrana se lo ha recordado.

   Al día siguiente, miércoles 27, la hora de llegada de los alumnos es, aproximadamente, la misma que el martes. Y el novato maestro, comienza a aplicar la metodología organizativa que ha elaborado, pero se topa con la inesperada sorpresa de que el chico de más edad, llamado Antoniet Prades del Mas de Villarcans, la cuestiona.

   -Señor maestro. Nuestros padres nos han enviado para que nos dé escuela, pero ¿cómo vamos a aprender si tenemos que enseñar a leer y escribir a los monicacos que no saben ni hacer la o con un canuto? No hemos venido para eso –El chico ha sido valiente, sincero y con el desparpajo suficiente para expresar su queja.

   Zaca, tirando de paciencia, les explica que se ha visto obligado a utilizar el método cooperativo por la diferencia de edad y conocimientos entre los miembros del grupo. Y que el aprendizaje cooperativo es una estrategia pedagógica donde los estudiantes trabajan en grupos pequeños para alcanzar un objetivo de aprendizaje común, permitiéndoles aprender de manera conjunta y desarrollar habilidades sociales. Antoniet no ha entendido la explicación y así se lo hace saber.

   -Señor maestro, como si hablara en chino, no he entendido ni palote.

   -Pongo un ejemplo para ver si así lo entiendes mejor. Si me dirijo a toda la clase pero, pensando en los que sabéis más, explico la regla de tres, ¿crees que los que están aprendiendo a dividir o los que ni siquiera saben leer, se enterarían de algo? No, ¿verdad? Y, si hablo para todos enseñando a dividir por dos o más cifras, los que ya sabéis, ¿no os aburriríais como mejillones? Y los que no saben leer todavía se aburrirían más. Y no digamos, si hablo para todo el grupo explicando que la a con la eme se lee ma. Sería el acabose. Pues para evitar eso, tengo que recurrir a la metodología cooperativa que no la he inventado yo, pero que es de las pocas formas que se puede enseñar a un grupo tan heterogéneo como este.

   -Señor maestro –interviene el de siete años-, hasta yo he entendido su explicación, pero no sé qué quiere decir esa palabra tan larga que ha dicho al final, hete… no sé qué.

   -Heterogéneo. Quiere decir algo compuesto de partes de diversa naturaleza. Aquí naturaleza debéis entenderla como saberes. La frase correcta sería: algo compuesto de alumnos de diversos grados de saber. ¿Alguna otra pregunta sobre el método cooperativo? ¿No? Entonces, vamos a proseguir. Y por favor, a la más mínima duda que tengáis sobre lo que diga, haced lo que ha hecho muy bien Antoniet –trata de ganarse al mayor y contestatario del grupo-, preguntadme. Preguntar lo que uno no sabe es una de las más eficaces formas de aprender. Por eso, ya te adelanto, Antoniet, que, si sigues así, vas a aprender mucho y muy aprisa. Sigamos.

   El resto de la mañana, la clase ha discurrido sin mayores contratiempos y  los masoveritos se han mostrado receptivos a las explicaciones de su novel maestro, aunque a veces se ha oído un rumor de fondo muestra de que están poco acostumbrados a permanecer tiempo sin realizar alguna actividad física. “Para ser el primer día efectivo de clase no ha estado ni medio mal”, se dice un contento Zaca.  

   Durante el recreo, uno de los chiquillos ha sacado una pelota de trapo y se han puesto a jugar a fútbol en la era, reconvertida en el campo de deportes de la novel escuela. Como todos corren detrás de la pelota, sin orden ni concierto, Zaca decide intervenir y los agrupa en dos equipos de cinco jugadores, uno, y seis el otro –las dos niñas se han negado a jugar- y él hace de árbitro. Ahí es donde comienza a ganarse a sus alumnos: jugando con ellos pues, al parecer, ninguno de sus maestros de las escuelas a las que van, son tan permisivos como para rebajarse a mezclarse en los juegos del alumnado. El resultado de la interacción en todos los planos entre maestro y alumnos lleva a que las clases sean activas, la enseñanza pragmática, autorregulada la disciplina y sereno el clima de la escuela. Los alumnos aprenden rápido y al maestro las casi cinco horas de clase se le van en un suspiro. Las únicas que le plantean algún problema en el grupo, no de actitud ni de comportamiento sino de integración, son las dos chiquillas que suelen hacer rancho aparte, pues nunca se mezclan con los chicos. Hasta que Zaca les pregunta:

   -¿Os gustaría jugar a fútbol? –una no contesta, pero la otra sí.

   -A mí, sí, pero los chicos no me dejan. Dicen que no es un juego de chicas.

   -Hablaré con ellos. ¿Y vosotras a qué jugáis?

   -Al sambori -vocablo valenciano que se refiere al juego infantil conocido en castellano como "rayuela".

   -¿Me dejáis jugar con vosotras? –el asombro y la sorpresa se refleja en el rostro de las chicuelas.

   -Ese no es un juego de chicos, señor maestro. Si juega al sambori con nosotras, los chicos se le  burlarán.

   -Si alguno se atreve a burlarse de su maestro tendré que decírselo a la señora Hortensia –el aviso es suficiente para que ningún masoveret se atreva a mofarse del señor maestro.

      Zaca piensa que tendrá que ir mentalizando a sus alumnos de que los patrones por sexo no deben de ser tan diferenciadores, aunque es consciente de que será una tarea ardua y lenta. La tradición y las costumbres pesan demasiado. Otro problema que plantean las dos alumnas, y que ha puesto al novel maestro en un brete, sale a la luz cuando no es capaz de responder a la pregunta de una de ellas.

   -Señor maestro, en la escuela del pueblo, por las tardes las chicas dábamos clase de costura, ¿aquí haremos lo mismo?

   Como no tiene respuesta, comenta la cuestión con Sisca; la pubilla le sugiere una posible solución.

   -También en la escuela de Torreblanca, por las tardes a las niñas nos daban clase de costura. Supongo que lo sabías, nos enseñaban a coser, remendar, bordar y demás tareas que luego nos podrían servir como amas de casa. ¿Por qué no haces lo mismo?

   -Lo haría, porque ese plan me parece que les gustaría. El problema es que no sé coser ni bordar ni planchar.

   -Pero en cambio sabes algo de guisar. Eres todo un misterio, señor maestro, pero te puedo ayudar. Le pediré a mi madre que me deje un par de horitas libres por la mañana y me acercaré al aula para hacerme cargo de las chicuelas.

   -¿Y a tu madre no le parecerá mal?

   -Después del éxito de Los Masos de la Plana Alta, lo que el Bachiller pida, el Canònge se lo dará envuelto en papel de celofán. Parece mentira que no lo sepas. ¡Buena se pondría la abuela como se enterara de que alguien del Mas te ha puesto la más mínima pega! ¿O todavía no te has enterado de que te has convertido en su ojito derecho?

   Esto último, Zaca lo intuía, pero oírselo decir a Sisca le levanta el ánimo. Casi sin enterarse, ha logrado conquistar el fuerte más rocoso e inaccesible del Canònge. Es como para lanzar el ¡eureka! tal cual hizo aquel sabio griego cuyo nombre no recuerda, pues además de haberse hecho con la vieja, ha pasado de ser estudiante a todo un señor maestro. Si eso no es todo un cambiazo que venga Dios y lo vea. Lo de señor maestro refuerza el ego del muchacho, algo que le viene como agua de mayo, pero al mismo tiempo le plantea la duda de si estará lo suficientemente capacitado para sacar adelante la proeza de enseñar a un grupo de alumnos tan variopinto y multiforme, “El tiempo dirá”, se dice.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 74 de la novela “El masover” titulado: Lo que está mal, está mal y no valen paños calientes

martes, 12 de mayo de 2026

El masover”. 72. Recordando a Calderón

    El lunes, 24 de julio, los masoveros del Canònge, más las nuevas vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta, parten hacia el mercat del dilluns de Castellón. Van todos con una mezcla de ilusión y temor, pues no saben cuál será el resultado del nuevo puesto. Esta vez la expedición cuenta con una presencia insólita: la abuela Julia, que quiere ver en vivo el proyecto en el que tantas esperanzas ha depositado. Dado su sobrepeso y los episodios de tromboflebitis que padece, lleva consigo una silla de tijera y un cojín para poder sentarse y así aguantar toda la mañana. Aunque trata de no mostrarlo, es la más nerviosa, quizá porque es la que mejor conoce cómo funciona el mercat. Su esperanza de que el negocio salga bien o, al menos, no demasiado mal, está depositada en el impacto sobre la población que haya podido causar Radio Castellón, emisora con la que ha contratado la publicidad del nuevo puesto. La emisora ha estado repitiendo todo el fin de semana la noticia publicitaria de la apertura del puesto de las masías y la buena calidad de los productos que vende. Así como la oferta de hasta cinco litros de aceite por persona a un precio sensiblemente inferior al del mercado. Para la oferta del aceite, Julia ha mandado fabricar unos envases de cerámica de uno, dos y cinco litros que se cierran con un tapón de corcho, por si los nuevos clientes no llevan recipientes. Zaca, que es de los que suele ver casi siempre la botella medio vacía, teme que el fracaso arruine el proyecto que siente como propio, aunque no haya invertido una sola peseta en el mismo. Esa sensación negativa le lleva a mal traer porque como padre –en buena medida- del proyecto está muy encariñado con el mismo.

   Cuando la camioneta del tío Tonellaes aparca en un lateral del Parque Ribalta, desde el centro del paseo les llega un runrún que no es habitual. Quien primero les avisa de la causa del rumor es uno de los guardias municipales al que tienen untado.

   -Ya era hora de que llegarais. Si tardáis más tendríamos que haber pedido refuerzos a la central. No podéis imaginaros la que habéis montado con tanta propaganda. La cola de gente, supongo que por lo del aceite, casi llega a la estación. Daos prisa en montar el chiringuito, no sea que el personal se canse de hacer cola y se monte un dos de mayo.

   El guardia no ha exagerado. Alrededor de donde se instala el puesto del Canònge hay un gentío que espera expectante a que se abra la venta. Los masoveros se apresuran a instalar los tableros y caballetes, así como el rótulo con la propaganda de Los Masos de la Plana Alta. Y, con la mayor rapidez posible, van depositando los productos a vender, dando prioridad a los garrafones de aceite, el producto estrella. Con la ayuda del municipal, que les ha advertido del gentío que les espera, y de Anselmo consiguen establecer un mínimo de orden en las colas, avisando a voces de en qué partes del puesto se venden las distintas mercancías. La venta del aceite se revela como un éxito desde el minuto uno. Tal es así que, tras la primera hora, Julia ordena vender solo un litro por cliente, pues al ritmo que lo expenden se van a quedar sin existencias. Lo más positivo del tirón del producto-cebo es que las demás mercancías del puesto se benefician del impulso del aceite y su venta marcha a buen ritmo. Todo va bien, hasta que, en un momento dado, ocurre lo que Zaca ya temió: Paca y Paquita no dan abasto al cobro y se está formando un cuello de botella que está ralentizando el ritmo de venta. Julia, que ha sido la primera en darse cuenta  –pues solo se dedica a observar- del tapón que se está formando, toma una solución sobre la marcha y llama al muchacho.

   -Bachiller, ponte un delantal de esos con bolsillos y ayuda a Paca y Paquita a cobrar. Y espabílate o se nos va a marchar la mitad de la clientela.

   El chico, aunque sorprendido, obedece la orden de la abuela, se enfunda el delantal y se pone junto al puesto de frutas y hortalizas, productos que también están muy demandados. Dada su habilidad en el cálculo mental es quien más rápidamente evalúa el precio de las compras, cobra y devuelve el cambio.  Lo que  le ha permitido, en momentos puntuales, echar una mano a Paca y a Sisca que con frecuencia se ven desbordadas. Pese a su timidez proverbial, se ha armado de valor y dialoga con las compradoras, a las que incluso llega a piropear en algún caso que ha venido hilado. En un receso de las compras, se da cuenta de que Julia lo está mirando al tiempo que le hace un gesto aprobatorio. La situación le recuerda cuando hacía de coniller o alquilaba y vendía tebeos, pero nada que ver con el torbellino en el que está metido.

   Hasta bien pasadas las doce de mediodía no comienza a disminuir el personal. A medida que la clientela va decreciendo, el muchacho tiene más tiempo para pensar y algo de lo que se da cuenta hace que se plantee una pregunta: “¿Por qué Julia me ha escogido para cobrar y no ha elegido a Pili o a Anselmo con quienes tiene mucha más confianza? Posiblemente -se contesta-, porque sé calcular mentalmente mucho mejor, pero… manejar dinero supone darme un margen de confianza que no me lo esperaba. Porque, vamos a ver: en este momento no hay nadie, ni siquiera yo, que sepa cuánto dinero guardo en los bolsillos del delantal. Podría meterme un fajo de billetes en el bolsillo y nadie se enteraría. Eso, ¿lo habrá pensado Julia o no se le ha ocurrido? Entonces, ¿es que tanto confía en mi honradez?” Y una oleada de orgullo le recorre el espinazo. “Creo que se fía de mí. Y si lo hace es porque le he demostrado que soy alguien en quien se puede confiar”. De pronto se le ocurre algo más, va a hacer la clásica prueba del nueve. Se acerca a dónde está sentada la abuela y la aborda.

   -Señora Julia, no lo he contado, pero tengo una montonera de dinero. ¿Se lo paso a Paca o se lo doy a usted?

   -Quédatelo y ya lo contarás cuando terminemos. Y que sepas que lo estás haciendo muy bien, como si nunca hubieras hecho otra cosa que cobrar en un mercado. Y esas palabritas que, de cuando en cuando, dices a las clientas, son mano de santo. Muchas de esas volverán el próximo lunes. Estás haciendo más clientes que las mozas de los masos. Algunas de ellas, como habías avisado, no dan la talla, tendremos que cambiarlas. Pero de todo eso ya hablaremos mañana que, por cierto estrenas tu nueva escuela. Si enseñar se te da tan bien como cobrar, ya te adelanto que será un éxito. Ahí hay una que quiere pagar, atiéndela. 

   La mañana termina y la satisfacción del trabajo bien hecho se refleja en los rostros de los integrantes del puesto de Los Masos de la Plana Alta. Hasta aquellas masoveras metidas a vendedoras, que han sido un fiasco como tales, se las ve contentas, pues todos han puesto su mejor voluntad para que el proyecto del muevo puesto sea un éxito. Julia así lo confirma cuando, antes de recoger el puesto, se dirige a su gente.

   -Enhorabuena a todos. Habéis trabajado de firme y bien. Podéis estar satisfechos del resultado. Creo que hoy, gracias a la colaboración de todos, hemos dado un paso de gigante para que nuestras cosechas y productos tengan mejor salida de la que tenían. En mi nombre y en el de todos los masos asociados, os doy las gracias por vuestra colaboración. Y quiero destacar el trabajo de una persona que, por sus pocos años y por no ser masover, no debería estar aquí y, sin embargo, ha trabajado como un león. Bachiller, hoy te has ganado, y muy bien, el pan y algo más. Mi enhorabuena más sincera. Y ahora, a recoger que Mariantonia nos debe estar esperando para echar el arroz. Todos nos hemos ganado una buena paella.

   Un inesperado y caluroso aplauso es la respuesta a las palabras de Julia, que no puede ocultar la satisfacción que la embarga. Zaca es uno de los que se siente más orgulloso, pero sigue estando un tanto preocupado porque no sabe qué hacer con el dinero recaudado. Aprovecha la comida para acercarse a la abuela y volver a preguntarle qué hace con la recaudación.

   -No te preocupes por eso. Está en buenas manos. Cuando lleguemos al Mas, me lo darás. Mientras tanto, guárdalo en esta bolsa y ya lo cuentas cuando tengas un hueco. Ah, luego o mañana quiero que me cuentes tus impresiones sobre lo ocurrido esta mañana. Yo he sacado las mías, pero cuatro ojos ven más que dos y dos molleras piensan más que una -En esas que llega Sisca y, dirigiéndose a Zaca, le espeta:

   .Zaquita, no sabía que eres tan buen cobrador. Tu ayuda nos ha venido a madre y a mí como agua de mayo. Aunque no debía de extrañarme, pues lo haces bien casi todo.

   -He aprendido de vosotras. Sois mejores maestras que yo.  
   En el viaje de vuelta, Zaca se olvida del mercat y se centra en el mañana. Si hoy ha sido un día de estreno, mañana será otro. Estrenará una nueva faceta como es la de docente. Sigue preocupado por cómo organizar una clase con alumnos tan dispares en edad y conocimientos, hasta que recuerda que cuando se le juntaron las tareas de estudiante, escrivent, conductor del triciclo y coniller se agobió muchísimo, hasta que descubrió que organizar el tiempo era un método pragmático para encajar diferentes tareas de manera razonable. Y el recuerdo le lleva a la conclusión de que tiene que hacer lo mismo con el nuevo grupo de alumnos. Antes de empezar a enseñarles tiene que organizar la distribución de los tiempos, tanto los del alumnado como el suyo. Y lo que de ninguna manera puede hacer es emplear una metodología tan arcaica como la que emplean con él sus maestros del pueblo. Y también se le ocurre que una de las cosas que debe llevar a cabo antes de comenzar las clases es hacerles unas pruebas a los masoveros para conocer cuál es su grado de conocimientos y así poder agruparlos, no por su edad, sino por su grado de instrucción. Dándole vueltas a esas reflexiones llega al Mas con más optimismo del que salió. A media tarde Julia le ha llamado al cuarto de estar para contar el dinero de los cobros que sigue guardando en una bolsa. Cuando llega ya están allí Paca y Sisca. La recaudación ha sido más abultada de lo que calculaban y, algo inesperado: Zaca ha sido quien más ha recaudado. Cuando termina el conteo, Julia vuelve a sorprender al muchacho.

   -Bachiller, toma cuatro duros para que te compres tebeos o lo que quieras. Te los has ganado con creces.

   -De ninguna manera, señora Julia. No puedo aceptarlos. Les he ayudado con mucho gusto y voluntariamente. Bastante hacen ustedes por mí, como para que tengan que pagarme. Si padre llega a enterarse de que he aceptado una sola peseta de ustedes la bronca que me podría caer sería de órdago. Gracias, pero no.

   -Vamos a ver, Bachiller. Quien trabaja debe ser retribuido por ello pues, si no, el trabajo se convierte en esclavitud. O sea, que olvídate de un orgullo mal entendido y acepta el jornal que te has ganado a pulso. Y no te preocupes por lo que pueda pensar tu padre. Ya le daré todas las explicaciones que hagan falta. No me hagas perder más tiempo. Ah, y además de las veinte pesetas, te vuelvo a dar las gracias. Te guste o no, ya formas parte de la gente del Mas del Canònge. Ya eres un masover com Déu mane. Y ni una palabra de más. Coge tus cuatro duros que te los has ganado uno encima del otro.

   Al muchacho no le queda otra que coger las veinte pesetas y volver a dar las gracias a la abuela. Por un momento se dice: “¿Y qué voy a hacer con tanto dinero? No sé qué le va a parecer a padre, pero… algo de lo que ha dicho la señora Julia creo que es cierto: me las he ganado a pulso”. Y un ramalazo de orgullo sacude su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica. ¡Ganar veinte pesetas en una mañana! Eso no lo hace ni Pepe el Randero, el comerciante de Torreblanca del que dicen que de les pedres fa pans. Él no saca panes de las piedras, pero sí veinte pesetas como veinte soles en una sola mañana. Lo que, una vez más, le lleva a colegir que, tal como van las cosas, al final del verano podrá reunir una cantidad de dinero con el que ni su familia ni él contaban. Lo menos serán cien duros, que son muchos duros. Y otro ramalazo de orgullo lo invade. Ni en el mejor de los sueños pudo entrever su capacidad para generar ingresos. Y eso, como otros muchos aspectos, ha sido posible por su estancia en el Canònge y quizá, como dijo la abuela, porque ya es un masover como Dios manda.

   Al atardecer, y es una sorpresa para Zaca pero no para los masoveros, aparece por el Mas una pareja de la Guardia Civil. Visten su característico uniforme de color gris-verde -fruto de la reforma de 1932 que cambió el tradicional de color azul-, y lucen la guerrera de cinco botones y pantalones rectos, amén del emblemático tricornio; solo les falta el capote de paño que emplean durante el invierno, mostrando una estética sobria y funcional, muy adecuada para el servicio. Van armados, uno con un fusil Mauser de 7 mm, y el otro con un subfusil MP-28/II. Y ambos portan pistolas semiautomáticas STAR modelo 1922 de 9 mm de largo. La pareja no puede ser más diferente, pues uno –un guardia primero que es el jefe de la pareja- es de corta estatura y rechoncho, y luce un mostacho que le cubre parcialmente la boca; el otro es larguirucho y delgado cual una caña y muestra un bigotillo tan fino que más parece como si una fila de hormigas se hubiese posado sobre su labio superior. Sisca cuenta al muchacho que la visita de la pareja, pertenecientes a la dotación de Benlloch, es relativamente habitual, pues al menos una vez al mes suelen pasarse por el Canònge. Cuando presentan la pareja al chico, resulta que el retaco guardia del mostacho conoce a su padre, ya que estuvo de puesto en Cabanes, localidad a la que el señor Zacarías visita alguna que otra vez por motivos profesionales.

   -¿Así que tú eres hijo del encargado de la luz de Torreblanca? Y lo mismo te llamas como él, Zacarías.

   -Sí, señor, pero prefiero que me llamen Zaca.

   -Conque Zaca, eh. Mira, hijo, cada quisque tiene que apechugar con el nombre que le pusieron al cristianarlo, y de eso sé un rato largo. A mí, como era costumbre en mi aldea, me endosaron el nombre del santo del día, por eso me llamo Genebrando. Por tanto, confórmate y, cuando te rayes por lo de Zacarías, acuérdate de aquel fragmento de la “Vida es sueño” que comienza con: Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de las hierbas que cogía ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.” Tú eres el sabio que cogía las hierbas, yo el que las recoge. Con Zacarías vas bien servido, hasta aparece en la Biblia.

   El mayor de los Clavijo acaba de recibir la lección más contundente sobre la relatividad de la antroponimia.  De ahí que lo de llamarse Zacarías comienza a no parecerle tan mal, pues como el guardia primero acaba de demostrarle podría ser peor. El que no se consuela es porque no quiere.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 73 de la novela “El masover” titulado: Señor maestro


martes, 5 de mayo de 2026

“El masover”. 71. En boca cerrada no…

    El lunes, 17 de julio, la camioneta del tío Tonellaes va sobrecargada de personal pues, además de las personas del Mas del Canònge que usualmente van al mercat del dilluns, también viajan las futuras vendedoras del que será el nuevo puesto de Los Masos de la Plana Alta. Durante el fin de semana, Paca, Pili y Sisca las han estado asesorando para que se vayan familiarizando con el ambiente del mercado del lunes y, sobre todo, enseñándoles las reglas más elementales acerca de cómo han de comportarse como vendedoras: poner siempre buena cara, no discutir con los compradores, ser diligentes en despachar, no equivocarse en las cuentas, tratar con amabilidad a los clientes y si se les presenta algún problema que no saben o no pueden resolver llamar a Paca o, en su defecto, a Paquita. Nada de teoría, ha sido como un mini curso práctico sobre la venta y la clientela.

   Una vez puesto en funcionamiento el nuevo puesto y comenzado a despachar, como Zaca se temía, cuatro de las masoveras no dan la talla como vendedoras. Son vergonzosas, no hablan con fluidez, y se hacen un lío con las cuentas. En más de una ocasión hasta Lía ha tenido que ayudar a más de una. Tampoco saben tratar a las clientes y si alguna compradora se ha puesto algo impertinente –siempre hay gente que mea fuera del tiesto- le han contestado de malas maneras. El muchacho piensa que los del Canònge van a necesitar tiempo y paciencia para sacar algún provecho de alguna de las masoveras-vendedoras. Una de las cuales, por cierto de las más agraciadas, da la impresión de haberse prendado del bueno de Anselmo y, cuando no despacha, coquetea con él de forma descarada, ante la contenida irritación de Pili que se ha apercibido de los tejemanejes de la joven. Zaca, que sigue estando muy verde en lo que atañe al conocimiento de las féminas, no se ha dado cuenta, pero Sisca sí y se lo comenta.

   -¿Te has fijado como la tal Etelvina mira al pobre Anselmo?, se lo come con los ojos y coquetea con él con un descaro que es una vergüenza. Parecía una mosquita muerta y está resultando ser una calienta braguetas. Y Pili tiene un cabreo morrocotudo.

   -Sisca, eres una cotilla. Igual la pobre chica no ha   salido nunca del mas y se comporta así con toda la gente.

   -Zaca, eres más ingenuo que una novicia. Te digo que si la Etelvina no se controla, antes de que acabe el día tendremos bronca. Pili tiene mucho genio y no se va a callar.

   Durante la mañana, Zaca ha estado tomando notas sobre los aspectos que deberían mejorar en el nuevo puesto, así como lo que habría que enseñarles a las nuevas vendedoras para que tengan menos problemas al atender a los clientes. Entre sus observaciones figura que quizá fuera eficaz que las vendedoras llevarán una especie de chapa en la que figurara su nombre, lo que podría facilitar el acercamiento entre vendedoras y compradores. También anota el posible problema de que se arremolinen los clientes para comprar el producto-cebo y surjan disputas sobre el orden de prelación, cuestión que no se le ocurre como resolver. Y lo que le sigue preocupando, en el supuesto de que tengan muchos clientes, es como solucionar el cuello de botella que probablemente se formará si solo cobran Paca y Sisca. No toma más notas porque buena parte de la mañana lo que ocupa su mente es el asunto de la clase que va a dar a los alumnos masoveros de su flamante escuela. Piensa que no es lo mismo enseñar a tres personas, como es su tarea actual –pues Mito no cuenta-, que adoctrinar a un grupo de doce o catorce alumnos y de diferentes edades. Quizá podría ayudarle preguntar a sus maestros del pueblo como hacerlo. Casi hacia el final de la mañana se le ocurre que posiblemente haya libros que traten la cuestión y, tras pedir permiso a Paca, se dirige a la librería de Ballester a ver si encuentra algún manual sobre ello. Descubre un librito titulado La organización de la escuela primaria de la editorial Escuela Española, y lo compra. En su búsqueda se topa con un texto cuyo título es Manual del buen vendedor, de un autor norteamericano, que también adquiere. Se dice que quizá en ambos textos encuentre las soluciones a sus dudas, en un caso de cómo organizar el grupo de nuevos alumnos, y en el otro de qué hacer en la publicidad del nuevo puesto. En los siguientes días se entrega al estudio de ambos manuales. El de la organización de la escuela primaria le ofrece una solución en la que ya pensó tiempo atrás: la de la enseñanza cooperativa. Le parece que puede ser una alternativa eficaz. En cuanto al manual del buen vendedor extrae una serie de ideas que parecen prácticas. Cree que es pertinente informar de ello a Julia y, sin  pensárselo dos veces, el  martes se planta en el cuarto de estar en el que habitualmente suele estar la abuela.

   -Señora Julia, ¿tiene unos minutos para que le cuente lo que he descubierto sobre el arte de vender?

   -Bachiller, para ti tengo todo el tiempo del mundo. Cuéntame.

   Zaca le refiere lo del manual y como prueba lee un retazo del contenido del libro. Y empieza por una parte negativa titulada “Los 7 errores de un vndedor”: La improvisación. No escuchar al cliente. El descontrol del tiempo. La arrogancia. No saber empezar, ni saber terminar. Descuidar la comunicación no verbal. Déficit o exceso de pasión.

   -¿Qué le parece?

   -En principio parecen buenos consejos, pero algunos de ellas no acabo de comprenderlos. Uno es el descontrol del tiempo.

   -Se refiere a que el tiempo es oro y que hay que controlar el que se gasta en cada comprador. Ni poco, que puede darle al cliente la impresión de que no se le presta la atención debida. Ni mucho, pues si se emplea demasiado tiempo en un cliente, se resentirá el que podamos prestar a otros.

   -¿Y qué significa lo del déficit o exceso de pasión?

   -Pues que para vender hay que ponerle una miaja de entusiasmo, pero que es tan malo mostrar poco como excederse. En el término medio está la virtud como decía un sabio griego hace muchos siglos.

  -Hay que ver, Bachiller, con los pocos años que tienes y las cosas que sabes, hasta de los griegos. Ahora confirmo la cagada que hizo mi padre cuando me prohibió que me hiciera bachillera. La misma estupidez, por cierto, que mi hija y yo hemos cometido con nuestra nieta. Lástima que te vas a quedar tan poco tiempo entre nosotros, pues podrías enseñar a Paquita algo de lo mucho que conoces.

   -Gracias por sus elogios, señora Julia. Pero no es cierto que sepa tanto, por cada cosa que conozco hay trillones que desconozco. Y volviendo al manual del buen vendedor, ¿qué hacemos con los consejos que da?, ¿se los damos a conocer a las masoveras o qué?

   -Déjame echarle un pensament y ya te diré si hacemos algo.

   Julia solo necesita veinticuatro horas para pensarse lo que Zaca le ha planteado sobre los consejos del buen vendedor. Decide que el próximo fin de semana organizarán una especie de breve curso para enseñar a las masoveras algunas de las reglas del manual encontrado por el Bachiller, como siempre le llama. De momento, las envía a sus masías de las que faltan hace demasiado tiempo.

   A todo esto, los padres masoveros de la nueva escuela no han perdido el tiempo. Han limpiado a fondo y encalado la estancia contigua a la almazara que será el emplazamiento de la escuela y han instalado el mobiliario escolar de la unitaria de La Vall d´Alba, pizarra incluida. Han preguntado a Zaca si le parece bien comenzar a dar escuela el martes, 25, del mes en curso. Y le han informado que, al final, los críos asistentes van a ser trece, incluidas dos chicuelas, y le recuerdan que tres parejas de ellos son hermanos, como le habían adelantado, a los que solo les cobrará cuatro duros. Y agregan algo que no esperaba: por los cinco días que va a dar escuela en julio cada alumno pagará un duro más. Zaca echa enseguida las cuentas: 13 duros de julio, más en agosto siete críos por 5 duros serán 35 duros, más 6 –las tres parejas de hermanos- por 4 duros son 24 machacantes. Hace el correspondiente sumatorio y la cifra resultante es ¡360 pesetas, todo un capitalazo! Padre podrá pagar casi un cuatrimestre a sus maestros del pueblo. Cuando recuerda que pensó que en el Mas se iba a aburrir no puede por menos que esbozar una sonrisa. De aburrirse nada, lo que le va a pasar es que le va a faltar tiempo para todo lo que tiene que llevar a cabo.

   El sábado, 22, llegan las masoveras para realizar el mini curso que entre Julia, Paca, Sisca y Zaca han preparado para enseñarles técnicas modernas de venta, que así las define el manual del buen vendedor. Y han incluido en el curso a Lía para que vaya formándose como futura vendedora, algo que para la chiquilla supone una promoción respecto al papel auxiliar que desempeñaba en el antiguo puesto. Zaca será quien les explicará la teoría del asunto y Paca, con la ayuda de Pili y Sisca, les enseñarán los aspectos prácticos del arte de vender. Julia ha mandado confeccionar unas chapitas con el nombre de cada una de las masoveras, que ha acortado, según le ha parecido, para que suenen mejor: Asun, Tensia, Geno, Lola, Casi, Beni y Etel. También les han confeccionado unos delantales de un azulado claro con peto y grandes bolsillos y les han comprado unas bonitas alpargatas blancas.

   -La verdad es que van hechas unos pimpollos –reconoce Paca.

   -La carcasa no está mal, habrá que ver cómo anda el motor –puntualiza, un tanto escéptico, Valerio.

   El sábado, Zaca se estrena en el mini curso, siendo presentado por Julia como técnico de ventas. El chico piensa que es una exageración, pues de teoría de ventas solo sabe lo que ha leído en el manual y en cuanto a práctica solo atesora la escasa que pudo adquirir en su etapa como coniller. En cualquier caso, haciendo de tripas corazón, les explica que el decálogo del buen vendedor, a grandes rasgos, se centra en la importancia de conocer el producto, planificar el trabajo, ser cortés y amable, identificar las necesidades del cliente, orientarlo, respetarlo y cumplir los compromisos adquiridos. A lo que añade la importancia de saber comunicarse de manera clara y concisa y de no mentir nunca. De aceptar las objeciones del cliente y aprender de ellas. De escucharlo y crear relaciones que perduren en el tiempo. Y termina su explicación enfatizando esto último:

   -Tened en cuenta que la venta no termina cuando el cliente sale del puesto con el producto adquirido. Si tiene algún problema debéis poner todos los medios para ayudarle, no hay mejor forma de fidelizar a un cliente. ¿Alguna pregunta?

   -¿Qué quiere decir fidelizar?

   - Conseguir, de diferentes modos, que los clientes del puesto permanezcan fieles al mismo. En otras palabras: que vuelvan a comprar. Si no vuelven es que el producto no les ha gustado o que la vendedora no les ha tratado como debía.

   -Yo no he entendido que es lo de aceptar las objeciones del cliente y aprender de ellas.

   -A veces ocurre que un cliente le pone pegas o indica detalles negativos del artículo que quiere comprar. Entonces tienes dos opciones: o no aceptas sus objeciones y discutes con él, con lo que lo más probable es que no te compre el producto; o aceptas sus pegas y tratas de minimizar su importancia y al tiempo aprendes para la próxima ocasión. En uno de los libros sobre ventas que he leído resumen esa cuestión en la siguiente frase: El cliente siempre tiene razón. Y añado: y aunque no la tenga, hay que dársela, pues de lo que se trata es de vender y, además, de que vuelva a venir. Y ahí termina el papel del chico como especialista en ventas. El cercano lunes, 24, se verá si sus explicaciones han sido provechosas o todo ha quedado en fuegos de artificio.

   Ese domingo, Zaca está dando un breve paseo para tranquilizarse, pues son muchas las expectativas que la gente del Canònge tiene puestas en el nuevo puesto del mercat. Y él, como inductor de alguna manera de la idea original, se siente corresponsable de lo que pueda pasar. Un fracaso sería algo terrible y del que sería difícil rehacerse. Recuerda y vuelve a rezar la jaculatoria que tanto bien le hacía de pequeño: Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nos que recurrimos a vos. Anda en esas reflexiones cuando sin buscarlo descubre algo que le pone de mal cuerpo. Medio escondidos, junto al viejo molino de viento, están Anselmo y Etelvina estrechamente abrazados. Ella tiene la falda arremolinada a la altura de la cintura y gime. Él, con los pantalones por los tobillos, se mueve compulsivamente y jadea. Zaca no sabe de lances amatorios, pero no es tan inocente como para ignorar lo que está haciendo la pareja. Y enrojece como un colegial, lo que en el fondo es. Sin hacer el menor ruido se vuelve por donde venía y se aleja de los amantes que, cegados por el torbellino de su pasión, no lo han visto. “Tenía razón Sisca -se dice-, estos se han amancebado”, concepto que desconocía hasta que casualmente lo descubrió en el Sopena. En la vuelta piensa qué será más correcto: si contarlo o callarse. Dado que es lo más fácil y cómodo opta por no decir nada. Como diría Julia, tan aficionada a los refranes: en boca cerrada no entran moscas. Pese a ello, la escena le ha hecho pensar en que esa relación adulterina puede afectar de alguna manera al normal desarrollo de la actividad de Los Masos de La Plana Alta, pues Anselmo es un elemento importante en el Mas y lo mismo Pili, su esposa. Y sabe, porque lo ha oído en casa muchas veces, que los líos de faldas suelen terminar como el rosario de la aurora. Lo que le lleva a plantearse si, en última instancia, será mejor callarse o contar lo que ha visto, pero ¿y a quién chivarse? Además, chivarse es algo indigno y feo. Pero, ¿y si por mantener la boca cerrada lo del nuevo puesto se escaralla? Llega al caserón y todavía no ha resuelto el dilema. ¿Callar o contarlo?

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 72 de la novela “El masover” titulado: Recordando a Calderón