martes, 30 de junio de 2026

El masover”. 79. Vísperas que Zaca se vaya del Canònge


   El calendario marca el 24 de agosto, festividad de San Bartolomé, patrono de Torreblanca, y en el pueblo comienza el evento más anhelado por la juventud torreblanquina: las fiestas patronales. A Zaca no se le ha olvidado la fecha ni lo que supone, pero como, dado su carácter, no fue excesivamente festero, no lo echa de menos. Para el señor Zacarías el veinticuatro de agosto sí es importante porque, como suele hacer, es cuando se coge la única semana de vacaciones que la familia suele pasar en la playa, pero este año cambian el mar por la montaña. Las pasarán en el Mas del Canònge, donde han sido invitados por los Villalonga. Los Clavijo viajan hasta Castellón en el autobús de línea de la compañía Mediterráneo, en la ciudad cogen el bus de la Hispano de Fuente En Segures hasta Benlloch. Allí les espera Valerio que con sus mulas les lleva hasta el Canònge.

   Zaca recibe emocionado a su familia, emocionado y orgulloso de lo mucho y bueno que les puede contar sobre su estancia en la masía. Los Villalonga se esfuerzan en agasajar a los recién llegados y se desviven para que los Clavijo se encuentren en el Mas como en su propia casa. Les enseñan cada uno de los rincones del Canònge. Los llevan a Benlloch, pues son las fiestas de la Asunción y a los hermanos chicos de Zaca los invitan a la feria del pueblo para que disfruten de norias y carruseles feriales. La señora Concha se esmera preparando sus mejores platos. Valerio lleva al señor Zacarías a visitar el parany y le invita a un día de caza mayor, verán de abatir a algún jabalí. Paca tiene interminables tardes de charla con Rosario. Y hasta la abuela Julia se desvive para que los Clavijo sientan que son algo más que unos meros invitados. A su vez, los Clavijo descubren que su primogénito se ha convertido en un masovero más y que como tal es aceptado y valorado por los residentes del Mas. Lo que les llena de satisfacción y orgullo. Y perciben que su chico ha madurado, como si en vez de algo menos de dos meses llevase allí todo un año. Su satisfacción crece muchos enteros cuando Zaca, en la primera ocasión que la familia está a solas, les cuenta el dineral que está ganando con el negocio de Los Masos de la Plana Alta, amén de lo que ingresa como maestro.

Asimismo, les enseña, muy orgulloso, la seudo-escuelita de los masoverets. Y les hace una demostración de autoridad y de cómo sus alumnos le llaman señor maestro. Padre piensa que esa experiencia docente le servirá para cuando estudie magisterio, pues sigue creyendo que, dado el apoyo de los tíos Emilia y Paco Roca, ese es el camino que deberá tomar su primogénito en cuanto acabe el bachillerato. Al señor Zacarías el dinero que está ganando su hijo le ha impresionado. Echa cuentas rápidas y llega a la turbadora conclusión de que si el chico siguiera en la masía ganando lo que gana ahora, más lo poco que él ha ahorrado de su magro jornal, podría allegar en poco tiempo el suficiente dinero para cumplir uno de los sueños de los Clavijo: comprarse una casa. O, al menos, un piso, o, en el peor de los supuestos, adquirir un solar para construir una casita de nueva planta. Así, cuando se jubile, la familia tendrá un techo bajo el que cobijarse. ¡Lástima que el chico se tenga que volver al pueblo! Tras decirse esto, recapacita y piensa que es un egoísta y un pésimo padre, pues en lugar de concentrarse en el futuro de su hijo está primando su deseo de convertirse en propietario. Y el porvenir de su chico está en seguir estudiando. Debe aprobar el bachillerato elemental y luego hacerse maestro, y con esa carrera, y el apoyo del tío Paco Roca, conseguirá un puesto de maestro nacional, con lo que tendrá asegurado el pan para el resto de su vida. O sea, que nada de ensoñaciones, debe volver al pueblo y proseguir sus estudios. Es lo que explica a los Villalonga en una sobremesa ante una pregunta de Julia.

   -Señor Zacarías, ¿el hico va a continuar estudiando para bachiller? –quiere saber la abuela.

   Por supuesto, señora Julia. En el curso que comienza el próximo septiembre hará cuarto y, como espero que lo apruebe, el año que viene lo matricularemos en la Escuela Normal de Castellón para estudiar magisterio por enseñanza libre. Será el primero de la familia en tener una carrera. De lo que, como puede suponer, estamos muy orgullosos.

   -Es para estarlo –afirma Julia, que formula otra de sus indiscretas pregunta-: ¿Se han planteado de si en vez de maestro no tendría más futuro si estudiara para perito mercantil? Lo digo porque, desde que lleva la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta, nos ha demostrado que las matemáticas tampoco se le dan mal.

   -La verdad es que no nos lo hemos planteado. Nuestros dos parientes, que son maestros, nos han dicho que si estudia Magisterio pueden ayudarle a aprobar las oposiciones y en cuanto sea miembro del Magisterio Nacional pasará a ser funcionario público, lo que supone tener trabajo para toda la vida. En cambio, si se hiciese perito mercantil no conocemos a nadie que pudiera apadrinarlo. Y ya sabe lo que se dice: quien no tiene padrinos, no le bautizan. Aunque estamos hablando de algo que está por venir. De momento, que termine el bachillerato elemental y luego Dios dirá. De hecho, ya he comprado los libros de cuarto y su madre se los ha forrado, como hace todos los años.

   -Bueno, Zaquita –interviene Paca para que su madre no estropee la charla con otra pregunta indiscreta-, cuando estudies para maestro te vendrá como anillo al dedo la experiencia que has cogido con los masoverets. No sé si lo sabe, señor Zacarías y amiga Rosario, pero su chico se ha revelado como un maestro de categoría. Sus alumnos, y no digamos los padres, están más que satisfechos de lo que aprenden sus chicos.

   -No es pasión de madre, pero es que mi Zaquita vale mucho.

   -Y que lo digas, Rosario. Es más listo que un raposo. Y será un gran maestro. No tengo ninguna duda –afirma Paca.

   Zaca se siente un poco violento ante tantos elogios. Mira a Sisca y se sorprende al ver el gesto serio y un tanto tristón de la muchacha. “¿Por qué ese ceño fruncido y ese aire de abatimiento?”, se pregunta. Y la abuela Julia tampoco parece muy contenta con el sesgo de la conversación. “¿Por qué?”, vuelve a preguntarse el muchacho.

   -Aprovecho la ocasión –es el llumero quien toma de nuevo la palabra- para darles nuevamente las gracias por todo lo que han hecho para que Zacarías se sienta bien en el Mas. Y les anuncio que el uno de septiembre nos marcharemos, y Zaca volverá con nosotros.

   La noticia, aunque previsible, causa honda consternación, especialmente, en dos personas: una era de esperar, Sisca; la otra, quien lo diría, la abuela Julia, pues la partida del Bachiller supone que tendrá que buscar un contable. Y hasta hay un grupo de personas, que no viven en el Canònge, que se sienten frustradas ante la partida del maestro de sus hijos: los masoveros que han puesto en funcionamiento la escuelita del Mas. Terminado el almuerzo, Zaca busca a Sisca, quiere saber el porqué de su tristeza y abatimiento.

   -¿Qué por qué estoy triste? ¿No sabes la respuesta? Como no voy a estarlo, si te vas.

   -Sabes que solo he venido para estar el verano y que en septiembre tengo que volver al pueblo para terminar el bachillerato –se excusa el muchacho.

   -Lo sabía, sí, pero como en las últimas semanas nos hemos hecho tan amigos, tu partida me va a doler mucho. Te has convertido en mi mejor amigo; realmente, en mi único amigo. ¿A quién le voy a contar mis deseos, mis ilusiones, mis desencantos? ¿A quién se lo voy a contar? Antes se los contaba a Juli, ahora ni eso. Me voy a quedar más sola que la una. Como no voy a estar triste.

   -Sinceridad por sinceridad. Me quedaría de buen grado.  Y lo haría por no dejar a la abuela sin contable para el mercat del dilluns. Y lo haría por mis alumnos masoverets. Pero, sobre todo, lo haría por ti. Creo que no te lo he contado nunca, pero eres la primera chica a la que puedo llamar amiga. Amiga de corazón. Amiga, con la que comparto tantas cosas que mi vida va a ser muy plana y aburrida sin tenerte cerca. A mí también me duele marcharme, ¿pero qué voy a hacer? Mi vida está escrita en los próximos cuatro años. He de terminar el bachillerato elemental y he de cursar la carrera de maestro y luego ya veremos que hago. Quizá en ese momento pueda volver al Canònge. Y te prometo que volveré todos los veranos, y quizá también pueda hacerlo unos días en Navidad y en Semana Santa.

  -¿De verdad que soy tu única amiga? Sé que te gustaba la China. ¿No sigue siendo amiga tuya?

   -No te negaré que algo sí que me gustaba, pero la cosa no pasó de ahí. Nunca la consideré mi amiga ni le di a entender que pudiese serlo algún día. La única chica que me hace feliz solo con tenerla a mi lado eres tú. No hay otras.

   -Me alegro que me lo digas porque, dentro de la tristeza por tu marcha, oír eso me tranquiliza. ¿Me escribirás?

   -Todos los días. Lo tengo pensado. Todos los días cuando vuelva de cantar las lecciones, me encerraré en mi cuarto y te escribiré contándote lo que he hecho durante el día y cuanto te añoro. Porque, puedes estar segura de ello: te voy a añorar muchísimo. Voy a añorar lo que me cuentas, lo que no me dices, tus miradas, tus sonrisas, tus silencios, tus enfados…, tu sola presencia. No puedes imaginarte cuanto y como te voy a añorar, reina mora.

   Sisca escucha, arrobada, la apasionada parrafada de Zaca y se dice que como no va a sentir lo que cree sentir de su único y exclusivo amigo. ¿O es algo más que un amigo? Quizá por su corta edad aún no es capaz de darle nombre a sus afectos, a sus emociones, a su cariño. De lo que no tiene ninguna duda es que conversaciones como la que están manteniendo la hacen sentirse la mujer más feliz del mundo.

   Al margen de sus turbadoras y agridulces charlas con Sisca, Zaca tiene asuntos más objetivos que debe cerrar. El primero, y más acuciante, es la contabilidad del negocio de Los Masos de la Plana Alta. Y eso solo lo puede hacer con Julia. Busca a la abuela.

   -Señora Julia. Ya oyó a mi padre. El primero de septiembre nos vamos. ¿Qué piensa hacer con la contabilidad?

    -Pues buscar alguien que te reemplace porque a mí me supera. Y no va a ser fácil. Me han hablado que el secretario de la cooperativa agrícola de la Vall d´Alba maneja bien los números, pero no le conozco y no sé que pie calza. También tengo referencias de un maestro de Cabanes que da repasos después de las clases y está puesto en aritmética, pero tampoco lo conozco. Tendré que tantearlos, pero me llevará tiempo. Lo cierto es que me haces una jodida faena yéndote.

   -Abuela, sabía que me tenía que ir. Solo vine para el verano.

   -Por supuesto que lo sabía, lo que no pude imaginar es que se te ocurriría que el Canònge podía vender mucho más en el mercat del dilluns y todo lo que ha venido después. Porque lo de Los Masos de la Plana Alta lo hemos puesto en marcha un poco entre todos, pero tú, y solo tú, eres el padre de la criatura.   Y ahora te vas y nos dejas con el embolado.

   -Compréndalo, señora Julia. Con gusto me quedaría, pero no puedo defraudar a mis padres y al resto de la familia. Mi futuro está escrito.

   -No te culpo a ti, pero tus padres podrían comprender que ese futuro escrito es muy pobre, muy acomodaticio y muy mediocre. Ser maestro de primeras letras tiene un horizonte muy gris. Es de todo menos ilusionante.

   -Es posible, señora Julia, pero yo no puedo hacer nada. Solo tengo trece años y son mis padres los que deciden. Y ya lo han hecho. Volviendo a la contabilidad, si llego a conocer a alguien preparado y que sea de confianza, se lo recomendaré. Aunque de momento no conozco a nadie… Quizá el secretario de la Cooperativa San Isidro de Torreblanca podría valer, pero antes tengo que hablarlo con alguno de mis tíos que le conocen mejor. Le voy a dejar las cuentas hechas del último lunes y la distribución de beneficios. Y no se me ocurre qué más puedo hacer.

   -Tranquilo, Bachiller. Mi madre decía que no hay que llorar por la leche derramada. De algún modo, nos apañaremos.

   El otro asunto importante que debe cerrar es la escuela dels masoverets. Espera que esto no le cause problemas, aunque emocionalmente lo va a sentir tanto o más que lo del mercat del dilluns. El martes, 29, anuncia a sus alumnos que el 31 de agosto será la última clase. Los chicuelos lo sabían, pero el recordatorio les llena de melancolía. Van a volver a las escuelas del pueblo donde tienen maestros que los tratan como ignorantes por ser masoveros y que no juegan con ellos en los recreos por considerarse superiores. Y además de todo eso, van a aprender mucho menos y se van a aburrir mucho más. Zaca duda de si recordarles que el 31 sus padres deberán abonarle el mes de agosto, pero opta por no hacerlo. Está convencido de que los masoveros no han olvidado su compromiso.

   Parece que los dados del futuro están echados y la partida de Zaca es algo que no tiene vuelta atrás. Pero los hados, la divina providencia o ¡vaya usted a saber quién! han determinado que el curso de los acontecimientos relativos al primogénito de los Clavijo discurra por cauces insospechados. Una vez más, la vida de Zaca va a dar un giro de ciento ochenta grados y los causantes de ellos son unos actores con los que nadie, ni siquiera Zaca, contaba. ¿Quiénes serán?

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 80 de la novela “El masover” titulado: Giro copernicano

martes, 23 de junio de 2026

El masover”. 78. Las cuentas de la lechera

 


   Sisca y Zaca no han vuelto a tener unas sensaciones cómo en la tarde del picnic, pero no las han olvidado. Al contrario, las mantienen vívidas aunque no hablan de ellas. Una suerte de pudor y cierta vergüenza son las causas de que no lo hagan, pero a veces y en los momentos más inesperados, cuando sus miradas se cruzan, una suerte de corriente telepática fluye entre ambos y la tarde del picnic vuelve a sus mentes.

   Más allá de las sensaciones de los adolescentes, la vida en el Canònge sigue su habitual desarrollo. Agosto se está revelando como un mes magnífico para los intereses del Mas y sus asociados. Las ventas en el mercat del dilluns, no solo se han consolidado, sino que se han incrementado significativamente. Además de la población capitalina, los masoveros han detectado que tienen nuevos clientes de populosas localidades contiguas a la ciudad, como Villarreal de los Infantes, Burriana, La Vall d'Uixó,  Almazora, Onda o Nules. Incluso les llegan compradores que están veraneando en la vecina Villas de Benicásim. El boca-oído ha funcionado, así como la publicidad que sigue emitiendo Radio Castellón, y comprar los lunes en el puesto de Los Masos de la Plana Alta se ha puesto de moda. El público se ha convencido que los productos de las masías son más naturales, más sanos y de mayor calidad que los de los pueblos agrícolas que rodean Castellón y, encima, sus precios son razonablemente asequibles. Además, ahora venden más productos, entre otros, las cocas y el pa d´oli del Mas de Besana y las conservas caseras de las masías y de la madre de Zaca. Y se han sacado la licencia de carnicería y, además de pollos y conejos, venden carne de reses, especialmente de cabritos, lechales y cochinillos. La consecuencia de unas mayores ventas es que los ingresos se han multiplicado. Y como del dinero que entra en caja, una parte se queda en las arcas del Canònge, pero otra hay que distribuirlo entre los masos asociados, las cuentas se han complicado demasiado para los conocimientos de Julia. Para llevar la nueva y compleja contabilidad, a la abuela no le ha quedado otra que recurrir a quien tiene más a mano.

   -Bachiller, tendrás que echarme una mano en la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta.

   -Lo que usted mande, señora Julia –aunque el tratamiento sigue sin gustarle, ante la tozudez del muchacho en mantenerlo, Julia ha terminado aceptándolo-. Sabe que me tiene a su disposición para lo que quiera.

   Zaca ya conoce las cantidades de las ventas de cada lunes, pues realmente es él quien lleva esa cuenta, pero en cuanto Julia le pasa las cifras de lo que aportan los demás masos, Zaca se siente abrumado ante el cúmulo de guarismos, pues ha de valorar los gastos generales incluido transporte, retribución de las vendedoras, coste de permisos municipales, los ingresos brutos, el porcentaje que hay que reportar a los socios, el valor de los productos que no se han vendido y que hay que descontar de lo asignado a cada mas, y los gastos imprevistos. Se da cuenta que la nueva contabilidad le supera, que no tiene los conocimientos suficientes para lidiar con ella. Pero su orgullo le impide decírselo a Julia. Busca encontrar alguien que le dé un curso rápido de contabilidad, en quien primero piensa es en sus maestros del pueblo, pero duda que estén capacitados, pues ni don José ni don Domingo son buenos en matemáticas. Tras mucho cavilar, se le ocurre que, dado el aislamiento de la masía, la solución a sus limitaciones contables solo la encontrará en los libros. El siguiente lunes se acerca a la librería de Armengot y pide manuales sobre contabilidad. Le muestran los que hay, y los va hojeando hasta que encuentra uno que se adapta a sus conocimientos matemáticos. Aprende que las reglas básicas de la contabilidad incluyen la partida doble, la identificación de activos, pasivos y el patrimonio neto, y el registro de ingresos y gastos. Además de estas reglas, también estudia los principios de contabilidad, generalmente aceptados, que son un conjunto de normas generales que sirven de guía contable para formular criterios referidos a la medición del patrimonio y a la información de los elementos patrimoniales y económicos de un ente. Tras invertir muchas horas de estudio, a medida que va desentrañando los conocimientos contables, comienza a verse capacitado para sacar adelante la nueva contabilidad. La primera vez que presenta a Julia el balance provisional del último lunes de ventas, suspira  aliviado al darse cuenta de que la abuela no entiende ni la mitad de las partidas que figuran en el cómputo general. Lo que significa que, aunque se equivoque en alguna partida, tendrá tiempo para solucionarlo, pues Julia no se va a enterar.

   -Bachiller –como lo necesita, Julia no ha vuelto a llamarle por su gentilicio-, menos mal que estás tú. Si no te tuviéramos, tendría que haber contratado a un contable porque estas cuentas confieso que me sobrepasan. Y contratar un contable de fuera del Mas habría sido una gran complicación. Ah, y como el que trabaja más horas, ha de ganar más, a partir de ahora, y a cuenta de Los Masos de La Plana Alta, te vamos a dar otros veinte duros más a la semana por llevar la contabilidad.

   El muchacho recibe la noticia del aumento de sueldo con evidente satisfacción y, como ha ganado en aplomo y audacia, plantea a Julia una duda que acaba de surgirle.

   -Gracias, señora Julia. Una pregunta: ¿esos veinte duros son además de las veinticinco pesetas que me da por mi trabajo en el mercat del dilluns?

   -Claro, claro. Ahora ganarás veinticinco duros por semana. No está nada mal para un chaval de trece años, eh.

   Zaca, en un impulso repentino, decide ser más atrevido y vender mejor su papel de contable. Y lanza una pega a modo de contraoferta para ver cómo responde la abuela.

   -Tiene razón, señora Julia. Aunque teniendo en cuenta que empleo como mínimo unas veinte horas semanales para cuadrar la contabilidad de los masos, cada hora me saldrá a poco más de seis pesetas. Tampoco es tanto.

   -La leche que te dieron, Bachiller. ¿Me estás toreando? Mucho te has despabilado tú. Dejémoslo en total de treinta duros mes y no estires más la cuerda, no vaya a romperse –avisa Julia un tanto mosca.

   Zaca decide mostrarse humilde, no sea que, por pasarse de listo, termine fastidiando lo que, para él, es un triunfo en toda regla.

   -Ni en un millón de años, señora Julia, me atrevería a hacer o decir algo que pudiera molestarla. Si lo he hecho, ha sido sin darme cuenta, y le pido mil perdones por ello –Zaca está aprendiendo a ser hipócrita, pues lo de que lo ha hecho sin darse cuenta es una mentira como una catedral.

   El torreblanquí ha encontrado en el Canònge una verdadera mina que le va a hacer de oro. Hace cuentas: “A este paso voy a terminar ganando más que padre, pues 150 pesetas semanales suponen unas 600 al mes, más las 360 que gano dando clase a los masoverets suponen novecientas sesenta pesetas mensuales. Unos ingresos de cerca de mil pesetas al mes, posiblemente no hay nadie en el pueblo que los gane, ni los médicos. Prácticamente, voy a ganar en un mes lo que padre necesita para pagar mis maestros el curso entero y, además, incrementaré el calcetín para poder comprar una casa o, al menos, un solar en el que construirla.  Y lo  voy a conseguir solito, sin ayuda de nadie. ¡Es la repera!”. De pronto, se da cuenta de algo que deshace su euforia. Acaba de darse cuenta que está haciendo las cuentas de la lechera de la fábula. Está calculando los ingresos sobre la base de un mes que será el primero y último en el que se dé esa abundancia de panes y peces, porque el uno de septiembre dejará el Canònge y los duros que le proporcionan Los Masos de la Plana Alta y los dineros de la escuela de los masoveros se acabarán. Y el sueño de hacerse de oro terminará siendo solo eso, un sueño. Ha anticipado los resultados de una situación que aún no se ha materializado, sin considerar que el cántaro puede romperse y perderlo todo. Esboza una sonrisa irónica dirigida a su fantasía. “¡Maldita sea mi estampa! ¿Por qué me tiene que pasar esto? Ahora que me iba tan bien”. Se queda desconsolado. Ha sido como soñar despierto, que es tanto como ser un iluso. “¡Qué cruel es la realidad!”, se dice. También podría haber echado mano del refranero y decir aquello de: Mi gozo en un pozo.

   Agosto va discurriendo día a día con la calorina de costumbre. Ha entrado en su tercera semana y a Zaca el tiempo, como si en líquido se hubiese convertido, parece que se le escurra entre los dedos. Siente que, cuando llegue el inexorable momento de su partida, echará mucho de menos los maravillosos avatares que el negocio de Los Masos de la Plana Alta le ha proporcionado. Y no solo son las ganancias que le han reportado –que también-, sino las cavilaciones, las luchas, la superación de los obstáculos; en definitiva, todo lo que ha significado cimentar su talante y despojarle de algunos de sus muchos tabús y limitaciones. Todo eso no lo tendrá en Torreblanca y cada domingo que transcurra sin tener que prepararse para el mercat del dilluns le parecerá que es un día perdido. Podrá ir al cine, podrá jugar con sus amigos pero, entre estar sentado pasivamente en un banco del gallinero viendo una peli, o estar pelando la pava con Pifa, y recibir, almacenar y contabilizar los productos del Canònge y de los masos asociados no hay color. Y no digamos lo que es sentirse parte viva de la vorágine del mercat, al tiempo que estar pendiente de que no se escape ninguna clienta sin abonar la compra hecha. Aunque aún sentirá más tener que despedirse de sus alumnos veraniegos. Los masoverets le han mostrado tanto cariño como devoción, tanto respeto como entrega, tanta fidelidad como cercanía. Los va a añorar, a todos y a cada uno de ellos. Y, como en el caso del mercat, lo de menos será lamentarse de los ingresos que el papel de maestro le está proporcionando. Lo importante es el empujón que su ego ha recibido al constatar que vale para enseñar y que tiene la voluntad para ayudar a chicuelos que tienen la indispensable voluntad de aprender. Piensa en sus maestros del pueblo y considera que hay una distancia sideral entre sus métodos y los que él aplica. Aunque no tenga ni los estudios ni el título de magisterio, es mejor maestro que muchos de los que sí lo tienen. Toda esta panoplia de razones no logran que Zaca se engañe. En los momentos en que objetivamente bucea en su yo más íntimo, percibe que hay un tercer recuerdo, todavía más poderoso que el mercat y la escuela de los masoverets, que le perseguirá cada minuto del día: Sisca. Va a añorarla como jamás pensó que podría echar de menos a ¿una chiquilla o a una mujer? La muchacha se le ha metido en su corazón y en su cabeza y no es capaz de desahuciarla de ellos. Sus silencios, sus palabras, sus risas, el fruncimiento de sus labios, sus francas miradas, sus luminosas sonrisas, sus volubles enfados, lo que cuenta y lo que calla, lo que explicita y lo que sugiere, lo que parece ofrecer y lo que de verdad da… En una palabra, todo. Todo cuanto depara su compañía, su sola presencia es lo que va a rememorar cada segundo que marque el reloj. Esos sentimientos nunca los había sentido antaño hacia sus mujercitas de papel de las novelas. Pero ahora si los siente hacia una personilla de carne y hueso. Y eso, ni más ni menos, es lo que va a perder cuando se vuelva al pueblo. Por momentos piensa que daría gustosamente todo cuanto ha ganado en el Mas y todo lo que podría ganar con tal de retener a su lado a Sisca. “¿Será eso el amor del que hablan los poetas?”-se pregunta-. Le da igual cual sea la respuesta. Lo que vale es lo que siente y ello le lleva a recordar otra vez el aforismo de “El corazón tiene razones que la razón no comprende”, aunque no sabe que es Pascal quien lo formuló. El canijo, como le suele llamar su amigo Pifa, no solo va camino de hacerse un hombre, sino de experimentar sensaciones hasta ahora desconocidas. De tener más presente el mundo real que el imaginario. De valorar más a las personas que a los libros. De que ciertas sensaciones, más que explicarlas hay que sentirlas. Que no solo hay que escuchar lo que dice la cabeza, también hay que atender lo que dicta el corazón. De que hay que hacer menos cuentas de la lechera y atenerse más a la realidad del día a día y vivir con ello. No hay que soñar despierto, y termina aplicándose una tautología: la vida hay que vivirla, no soñarla. Pese a ello, piensa que se quedaría gustoso en el Mas si tuviese una razón para quedarse, pero no la encuentra. Sabe que el mercado de los lunes seguirá y que, cuando comience el nuevo curso, sus masoverets volverán a sus respectivas escuelas de los pueblos donde están escolarizados y se quedará sin alumnos. Por otra parte, ha de estudiar el cuarto de bachillerato y eso no puede hacerlo en el Canònge. En consecuencia, su cuento de la lechera acabará como en la fábula de Samaniego: la joven lechera, distraída por sus ambiciones, tropieza, derrama la leche y pierde todo, dejando la enseñanza de que no vale vivir de ilusiones y que hay que valorar lo que se tiene en el presente. Es lo que ha de hacer él: soñar menos y vivir la realidad más. ¡Pero es tan bonito soñar y la realidad puede ser tan cruel!

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 79 de la novela “El masover” titulado: Vísperas de que Zaca se vaya del Canònge