martes, 11 de agosto de 2026

“El masover”. 85. Una de Charlot

   El hecho de haber descubierto la existencia de alguien –Anselmo- que, ideológicamente, no piensa como la mayoría de los moradores del Canònge, ha supuesto que, de rechazo, Zaca ha vuelto a interesarse por los próximos comicios generales en los que por primera vez votarán las mujeres.Tras siglos  de postergación y de ser consideradas unos seres inferiores a los varones, la II República española da por primera vez a la mujer un trato igualitario respecto al hombre, al menos en lo que atañe a la capacidad de votar. Todo el mundo piensa que una masa electoral tan numerosa –pues hay censadas cerca de siete millones de féminas-  puede hacer variar los resultados electorales, aunque la influencia de dicho voto es visto de manera desigual, según la ideología de cada partido. Los de derechas creen que el voto femenino se decantará por los que defienden la familia, el orden y la patria, como hacen ellos. A su vez, los partidos republicanos están persuadidos de que las votantes femeninas no los apoyarán porque el clero les pedirá que respalden a las derechas. Sea por unas u otras razones, hay algo que ha cambiado y buena prueba de ello es que Julia ha tocado a rebato y ha ordenado que todos los que viven en el Mas y tienen edad para votar vayan a hacerlo. Y, por supuesto, deben votar a la coalición que encabezan la CEDA y el Partido Agrario.

   Zaca, llevado por su curiosidad, como es innato en él, hace una rápida encuesta oral entre los electores de la masía. Incluso va más allá y pregunta a los que no pueden votar por no tener edad: sus alumnos. Los masoverets le informan que la mayoría de sus padres no votarán. No van a perder, entre la ida y la vuelta a los pueblos en que están empadronados, una jornada de trabajo para ir a votar en unas elecciones de las que no saben nada y queiamportan un pepino. Y los contados que sí votarán serán por el Partido Agrario que, por lo que les han contado, defiende los intereses de los propietarios agrícolas y los labradores y tiene una estrecha relación con el catolicismo y sus valores tradicionales. Y los masoveros, en general, son personas muy apegadas a sus tierras y costumbres y más conservadores que revolucionarios. En cuanto a la gente del Mas, está diáfano lo que votarán: lo que indique Julia. Zaca sabe que, al menos, hay alguien que tratará de zafarse de las indicaciones de la abuela, Anselmo. De todas maneras, le pregunta:

   -Anselmo, ¿vas a votar a los tuyos o vas a hacerle caso a la abuela?

   -¿Tú que crees?, Bachiller. Aunque tendré que darme maña para pegar el cambiazo a la papeleta que ya me ha dado. Y si puedo, lo haré también con la de Pili.

   -¿Tu mujer te va a hacer caso?

   -Si no me lo hace, en cuanto lleguemos de las votaciones le voy a dar más palos que a una estera. Por lo que, por la cuenta que le trae, me lo hará. Y tú, si tuvieras la edad, ¿por quién votarías?

   -No lo sé. Me lo plantearía, pero posiblemente mi voto sería en blanco. Al igual que mi padre, tengo muy poca fe en los políticos. Creo que se aprovechan de los votantes y acaban siendo los chupasangres del pueblo.

   -¡Qué sorpresa! Eso me suena a Bakunin.

   -¿Quién es Bakunin?

   Julia le ha sugerido a su nieta que el día de la primera vuelta electoral debería ir con ella para ver en vivo el ambiente de la votación y como se desarrolla el voto femenino. La petición de la abuela lleva a la pubilla a invitar a su joven amigo a acompañarla.

   -Zaca, ¿por qué no te vienes conmigo a Benlloch a ver la votación? Será la primera vez que votan las mujeres en unas elecciones generales –le pide la jovencita.

   -Ya vi la votación de 1931. Fui con padre. Y me aburrí un montón.

   -Pero ahora no te aburrirás. Te lo prometo. Podemos escaparnos y ver una película. A ti, que tanto te gusta el cine, supongo que la idea te encantará.

   -Ah, ¿pero hay cine en Benlloch?

   -Solo de vez en cuando. Es un cine ambulante, de un catalán que tiene una furgoneta y que hace cine en un patio del pueblo que alquila. El mismo comenta las pelis mudas y es muy divertido.

   -¿Y la abuela nos dejará escapar? Lo dudo.

   -Se lo pediré como condición para acompañarla a la votación. Y como está por agradarme, seguro que me lo concederá. Anda, anímate -Ante la petición de su mejor amiga, Zaca accede a la invitación.

   El 19 de noviembre, domingo, a primera hora, los mulos ensillados esperan a la puerta del Mas. Todos los residentes del Canònge con capacidad electora, salvo el señor Manuel que sigue anclado en su silla de ruedas, están preparados para desplazarse a Benlloch a votar: Julia, Paca, Valerio, Anselmo y Pili. La señora Concha se queda para cuidar de sus sobrinos y del señor Villalonga. A la gente mayor se unen, como invitados, Sisca y Zaca y, a última hora, Lía. En cuanto el grupo de masoveros llega al pueblo lo primero que hacen es dirigirse al colegio electoral que está ubicado en la escuela nacional de la localidad. Se ve poca gente, parece que la llamada electoral no ha suscitado demasiado eco. Zaca esperaba ver muchas mujeres por aquello de ser la primera vez que van a votar en unas elecciones generales, pero se ven pocas, y entre las que votan, la mayoría van acompañadas por hombres, posiblemente sus maridos. De pronto, aparece un grupito de cinco viejas, capitaneadas por un ensotanado cura, y que dan la impresión de estar más perdidas que un esquimal en pleno Sahara. El grupo del Canònge, dirigido por Julia, espera a Valerio que ha ido a ver en que mesa electoral han de votar. Momento que aprovecha Anselmo para pegar el cambiazo a su papeleta y a la de su esposa. Tras depositar el voto, los masoveros se cruzan con la gente del Mas de Besana que han ido a lo mismo. Quedan en comer juntos en el hostal del pueblo, el único establecimiento que tiene el comedor abierto. Sisca, como tenía previsto, pide a su abuela que le deje ir a ver una peli en el cine ambulante con la compañía de Zaca. A lo que Julia accede, poniendo coto a la hora que deben volver y le sugiere a su nieta que se lleven con ellos a Julita.

   El cine itinerante está instalado en un patio al aire

libre en el que hay conejeras y un pequeño gallinero

con una docena de pollos. En la puerta un hombre

recio, con aire agitanado y un gran mostacho gris,

cobra la entrada: una peseta por espectador y, si

necesitas silla, dos reales más, aunque casi todos los

asistentes traen sus propias sillas y unos cuantos

hasta sillones de mimbre. Cuando la sala tiene su

aforo algo más que mediado y pese a que, aunque el

sol aún está ocultándose por lo que la luz del ocaso

dificultará la visión, el hombre del mostacho que

también hace de portero despliega un lienzo blanco

en la pared frontal y anuncia que en unos minutos

comenzará la proyección.

   La película del día es Luces de la ciudad, escrita,

dirigida e interpretada por Charlie Chaplin, más

conocido por Charlot. El personaje del film es un

vagabundo sin hogar que conoce a una florista ciega

y se enamora de ella. Poco después, el protagonista

evita el suicidio de un millonario borracho quien le

hace promesa de amistad por haberle salvado la

vida, promesa que no cumple. Charlot comienza un

romance con la florista, que lo toma por millonario.

Cuando Charlot se entera de que van a embargar la

casa de la chica, prueba suerte en diferentes trabajos

a fin de lograr el dinero suficiente para evitar el

embargo. Finalmente, el millonario le deja mil

dólares, pero luego niega conocer a Chaplin y hace

que le persiga la policía por haberle robado. Charlot

da el dinero que le ha dejado el millonario a la

florista, dinero con el que podrá someterse a una

operación que le devuelva la vista. El protagonista

es capturado por la policía y acusado del robo de los

mil dólares, y pasa una larga temporada en prisión.

Al salir, vuelve a encontrarse con la florista. La

película termina con la escena en la que la florista,

que ya ve, reconoce a Charlot como su benefactor.

La peli es muda y el portero, ahora convertido en

 proyeccionista, es quien pone voz a los intérpretes,

mezclando el valenciano y el castellano, y de vez en

cuando activa un gramófono que pone la música de

fondo de la cinta.

   En una de las escenas, en la que el protagonista es

perseguido por la policía, Sisca da un respingo y

apoya su cabeza en el hombro de Zaca que le pasa la

mano por la espalda para que se sienta más segura.

La muchacha no se despega y pasan así lo que queda

de peli hasta el The end. Todo eso ante la mirada, no

se sabe bien, entre envidiosa y escandalizada, de

Lía. Cuando se encienden las luces del rústico cine,

Sisca y Zaca se separan y no se atreven a mirarse

como si hubiesen  hecho algo indecoroso; ella

se ha puesto colorada como una amapola. El, peor

pues tiene una erección que no sabe cómo disimular

y que su ligero pantalón de dril no logra atajar. En los

últimos tiempos, que su miembro viril se espabile en

cuanto roza a la muchacha se ha convertido en una

constante que le reporta momentos de gran

incomodidad. Es algo que antes no le había ocurrido,

ni siquiera aquella vez que, durmiendo con Elvira, la

muchacha que ayudaba a madre cuando eran críos,

 le rozó un pecho. Se reprocha su excitación y se

pregunta porque le pasan cosas cuando está con

Sisca que jamás le habían ocurrido antes con ninguna

otra chica. Menos mal que, por lo que parece, Sisca

no se ha dado cuenta,al menos hasta ahora, de la

pertinaz tiesura de su diminuta colita. Se moriría de

vergüenza si lo descubriera. Y es vergüenza lo que

siente cuando descubre que Lía si se ha percatado de

su excitación.

   Cuando la pareja comenta la peli descubren que

parece que han visto una cinta diferente, pues ella

rememora escenas que él no recuerda haberlas visto

y viceversa. Eso ha sido así, pues ha habido

momentos en que ella o él miraban la pantalla, pero

estaban pensando en la persona que tenían al lado,

por lo que realmente no se han enterado de lo que

ocurría en ese momento en el film.

   Afortunadamente, cuando los chicos llegan al

hostal donde les esperan la gente del Canònge, a

Sisca se le ha diluido el arrebol de sus mejillas y a

Zaca la erección se le ha evaporado. Lía es la única

que retorna con el rostro enfurruñado. En cambio,

Sisca y Zaca vuelven a ser la pareja de chicuelos de

trece años, amigos y compañeros de docencia.

   El resultado de las elecciones de noviembre de 1933, según la información del Diario de Castellón, conlleva la derrota de los republicanos de izquierda y de los socialistas y el triunfo de la derecha y del centroderecha.

   -Como temían en el partido –comenta Anselmo al muchacho-, ahí se ve la mano del clero que ha llevado a votar a todas las beatas. Y en este país los meapilas abundan más que las malas hierbas.

   -Pues según el Diario de Castellón la causa fundamental del resultado ha sido porque los partidos de derechas se han presentado unidos formando coaliciones, mientras que la izquierda se ha presentado dividida –le rebate Zaca.

   Durante la sobremesa de la cena del martes, Julia lee a los comensales la información periodística de que la coalición de la derecha no republicana ha obtenido en torno a los doscientos diputados, y además el centro-derecha ha logrado unos ciento setenta. En cambio, la izquierda ha visto reducida su representación a apenas un centenar de parlamentarios.

   -O sea -comenta Valerio-, que se ha producido un vuelco espectacular respecto de las Cortes constituyentes, aunque el parlamento vuelve a estar muy atomizado y se harán necesarios pactos para asegurar la gobernabilidad.

   Zaca, explotando la intervención del mayoral, trata de introducir en la conversación el debate de si el triunfo de la derecha en las recientes elecciones se ha debido al voto de las mujeres, supuestamente muy influenciadas por la Iglesia Católica, o a la campaña abstencionista de la CNT que habría restado votos a los partidos de izquierda, pero su tentativa no pasa de mero conato. En el Canònge la política no interesa y las elecciones mucho menos.

   Poco antes de los comicios de noviembre, a finales de octubre, Zaca lee un suelto en el Diario, unas cuantas líneas de agencia, informando de la fundación de un nuevo partido en Madrid denominado Falange Española. La noticia no le llama la atención, pero sí su fundador, pues tiene un apellido conocido: Primo de Rivera. “Debe de ser algún hijo de don Miguel el de la dictablanda”, se dice.

   Entre los lunes de mercat, la contabilidad de Los Masos, las clases a los masoverets, las lecturas –que se han hecho diarias- del Diario de Castellón y las charlas, cada vez más íntimas, con Sisca, el otoño de 1933 ha llegado con su cosecha de hojas amarillentas y las primeras heladas, precursoras del invierno. El muchacho piensa que se debe estar perdiendo los debates, supone que intensos, de los asistentes al café del Pincho sobre el voto femenino. Daría cualquier cosa por conocer qué dicen los tertulianos de uno y otro bando. Pero no se puede tener de todo. Tendrá que conformarse con seguir hablando con Sisca, a la que, poquito a poco, va mentalizando que el mundo no acaba en el Canònge. De que vivir en una masía no supone desconocer que hay otros mundos y otras formas de vida y de cultura. Que la diversidad y la pluralidad son los factores más comunes y que la vida tiene millones de variantes inabarcables. Y que hay que estar abierto a todas las posibilidades. Sigue la misma línea de acción con sus alumnos, a los que trata de inculcar que más allá de sus masos existen otros mundos y otras formas de vida. Sabe que solo con su discurso no va a hacer cambiar su modo de pensar y de vivir y que la mejor manera de que sus alumnos salgan de sus prejuicios sería que pudiesen ver con sus propios ojos otras realidades, pero para eso deberían viajar, algo que dada su falta de recursos es prohibitivo. Tendrá que seguir insistiendo, no le queda otra opción.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 86 de la novela “El masover” titulado: Fiat lux

martes, 4 de agosto de 2026

“El masover”. 84. Un socialista en el Canònge


   El fiasco de la venta de ropa de Los Masos de La Plana Alta ha causado un bajón en la moral de la gente del Canònge. Julia es la que más lo ha acusado, es natural, ha sido la autora del desaguisado y lo gestó sin consultarlo con los demás. Quizá eso es lo que más ha molestado al resto de los masoveros socios: que no les pidiera su opinión y que hiciera de su capa un sayo. Cuando Zaca, como contable,  hace públicas las pérdidas del fallido negocio el descontento se convierte en indignación, pues que le toquen a uno el bolsillo es algo que a todo el mundo fastidia. La marejada sube y se convierte en tormenta cuando un grupo de masoveros descontentos piden –más bien exigen- una reunión de todos los socios para tratar sobre el malogrado negocio.

   La junta se celebra en el Mas de Roures y acuden buena parte de los socios de Los Masos de La Plana Alta, señal de que el asunto preocupa y mucho a la mayoría. Germán el Rizos ha enviado un recado a Zaca diciéndole que también debe acudir a la reunión, por si en su desarrollo alguien preguntase por las cuentas del negocio y él, como contable, es el más indicado para explicarlas. Lo de participar de algún modo en el cónclave no le hace ni pizca de gracia al joven maestro, pues supone que el ambiente será más bien tenso y que Julia será la diana de la mayor parte de las reconvenciones, pero no se atreve a enfrentarse con los masoveros de los que recibe buena parte de sus ingresos.

   Como presumía, el ambiente de la reunión es tirante y Julia es el blanco de todas las quejas de los asistentes. El único que intenta defenderla es Mauro el Forner, viejo amigo de la abuela y que no hace tanto le propuso casar a su nieto con Paquita, pero es una gota en un mar de recriminaciones. Tras la cascada de reprensiones, y más apaciguados los ánimos, un grupo de participantes presenta una moción de que en adelante todo cambio significativo que pretenda hacerse en el negocio de Los Masos de La Plana Alta requerirá la aprobación de, al menos, la mitad más uno de los socios del negocio. Con lo que se le quita a Julia la potestad de manejar el chiringuito de Los Masos como si fuera exclusivamente de su propiedad. Y aún le restan más capacidad de maniobra, pues también se presenta, y se aprueba, una segunda propuesta: que se nombren a tres socios que, en adelante, supervisarán todas las actividades de Los Masos, incluidas las cuentas, y que el contable –Zaca- las presentará a la terna antes que a nadie. Con Julia derrotada en parte y Zaca preocupado termina la reunión en la que definitivamente se entierra el fallido asunto de la venta de ropa femenina en el puesto del mercat del dilluns de la capital de la Plana.

   El fiasco de la venta de ropa, le lleva a Zaca a pensar la de cambios y giros inesperados que la vida puede depararte cuando menos lo esperas, y de retruque le hace recordar los esparcimientos de los que disfrutaba en el pueblo y que no tiene en el Canònge. Hay algunos a los que echa de menos más acusadamente que a otros. Uno de ellos es el cine. Añora las pelis, dado que proporcionaban  material nuevo a su ya rica imaginación. También recuerda a sus amigos, sobre todo a Pifa, y las interminables charlas que mantenían. Y, aunque en menor intensidad, echa asimismo de menos momentos como las paradas en el café del Pincho donde se enteraba de cómo iban los asuntos de la nación, algo que tampoco puede hacer en el Mas. Hasta que un día, se le ocurre que tiene una forma de suplir esa carencia de información: leer el Diario de Castellón que, aunque con 24 horas de retraso, se recibe en la masía pero que, salvo Julia, nadie se molesta en ojear.

   -Señora Julia, ¿dónde guarda el Diario de Castellón de hoy?

   -El de hoy llegará mañana. El que han traído es el de ayer y está donde los demás: en el armario bajo de la izquierda del cuarto de estar.

   A través del rotativo de Castellón se entera Zaca de que en ese mes de septiembre cae el gobierno Azaña, sustituido por el de Lerroux -nombre que le suena a extranjero- y, en octubre, por el de un tal Martínez Barrio que, nada más tomar posesión, propone al presidente de la República, Alcalá-Zamora, la disolución del parlamento y la convocatoria de elecciones generales para el día 19 de noviembre en primera vuelta y el 3 de diciembre en segunda. Asimismo, descubre que en julio se aprobó una nueva ley electoral que introdujo algunos cambios respecto a la que se aplicó en las anteriores elecciones de junio del 31. Dicha ley, conforma un sistema electoral mayoritario de listas abiertas que premia las candidaturas que obtengan más votos. Zaca se dice que no podrá ver la nueva elección, pues no cree que nadie del Canònge, con capacidad de voto, se avenga a llevarle el día de la votación, como antaño hizo padre. En alguna de las sobremesas, el muchacho ha sacado el tema de la próxima elección a las Cortes generales, pero el eco que ha tenido su intento ha sido muy escaso. Solo Julia y Valerio han mostrado un mínimo interés, pero la conversación sobre los comicios ha tenido escaso recorrido.

   -Lo de las elecciones sería positivo si luego los políticos cumpliesen aunque solo fuese la mitad de lo que prometen en las campañas electorales.  Mientras no sea así, votar es una pérdida de tiempo –sentencia la abuela que poco a poco se va recuperando del palo recibido en el asunto de la venta de ropa femenina.

   -Julia, por una vez estamos de acuerdo. Cuando tengamos unos políticos que cumplan lo que prometen será el día que me verán el poco pelo que me queda en un colegio electoral –remacha Valerio.

   -Pero si las personas sensatas como ustedes no votan, entonces ¿en qué manos queda la elección? –les interpela Zaca.

   -Yo te lo diré, mocete: en manos de los paniaguados, los estómagos agradecidos, los ingenuos y de los que no saben hacer ni la o con un canuto -explica el mayoral.

   -Y así nos luce el pelo –recalca Julia.

   -Y, por curiosidad, ¿alguna vez ha habido un partido o algún político que haya hecho alguna promesa referida a los masos? –pregunta Zaca.

   -Que yo sepa, partido, ninguno, y político, no recuerdo, pero creo que tampoco –responde la abuela.

   -A ti ¿es que te interesa la política?, mocete –quiere saber el mayoral.

   -Realmente, no, señor Valerio. Es simple curiosidad. Y les diré que en casa no se habla nunca de política, pues mi padre tiene a los políticos en tan mal concepto como ustedes.

   De todas formas, Zaca sigue el curso de los acontecimientos políticos de la nación leyendo el Diario, cuya información demuestra que mantiene una línea editorial cercana al periódico católico El Debate que apoya a la coalición conservadora de la Confederación Española de Derechas Autónomas, más conocida por su sigla CEDA. Tan es así que, hojeando números atrasados, descubre que el periódico llegó a sufrir una breve suspensión gubernamental en 1932 por sus informaciones y editoriales contrarios a la política de izquierdas. O sea, resume para sí Zaca, “que es un periódico de derechas. Y si la abuela es suscriptora es que también está de acuerdo con esa ideología. Bueno es saberlo”. Por eso no se extraña cuando Julia comenta a Valerio y a Zaca una noticia que se conoce a mediados de octubre.

   -Vosotros dos, que sois los únicos que sentís alguna curiosidad por la política, os diré que, de cara a las próximas elecciones, las derechas no republicanas han formado una coalición electoral con el nombre de Unión de Derechas y Agrarios, en la que se han integrado la CEDA, como partido más importante, y además el Partido Agrario, los monárquicos de Renovación Española y los carlistas de la Comunión Tradicionalista, amén de algunos independientes católicos.

   -¿Y gente de pelajes tan distintos van a ponerse de acuerdo en elaborar un programa común? –pregunta Valerio con aire escéptico.

   -Tendrán que hacerlo obligados o la coalición se vendrá abajo. No tienen otra opción.

   El tiempo da la razón a Julia. A pesar de sus diferencias ideológicas y tácticas, los partidos derechistas coaligados consiguen elaborar un programa mínimo que consta de tres puntos: revisión de la constitución de 1931 y de la legislación izquierdista del primer bienio republicano; abolir la Ley de Reforma Agraria, y declarar una amnistía por los delitos políticos. También en el Diario de Castellón, Zaca lee que el Partido Republicano Radical, de Lerroux, se presenta como una opción de centro, con su propuesta de “República, orden, libertad, justicia social”. En cambio, los republicanos de izquierda y los socialistas se presentan por separado. Y que la Central Nacional de Trabajadores, más conocida por su sigla de la CNT, de ideología anarquista, realiza una campaña sin precedentes a favor de la abstención y con descalificaciones a derecha e izquierda. No votar es su lema.

   Desde la posición en que se encuentra ahora, Zaca observa la vida política y las peleas entre partidos como algo de otro planeta. Aunque, dada su innata curiosidad, le gustaría escuchar alguno de los debates sobre las inmediatas elecciones generales que, a buen seguro, supone que mantendrán los integrantes de la tertulia del Pincho. La pluralidad ideológica de los tertulianos de su pueblo se contrapone a la de la gente del Mas que parecen interesarse algo por la vida política, pues estos se decantan ostensiblemente por las derechas. Por ello piensa que, si en el Mas hubiese un debate le tocaría desempeñar el papel de izquierdista y no está muy seguro de sentirse cómodo en ese rol. Pero por pura casualidad descubre que hay alguien más en el Canònge que siente la política con bastante más pasión que Julia, Valerio y él.

   -Bachiller –el remoquete que en su día le puso Julia se ha extendido a otros miembros de la masía-, me ha dicho Julita que necesitas cuadernos, lápices y tinta para la escuela. Si quieres, te los puedo traer de Benlloch –se ofrece Anselmo.

   -Gracias, Anselmo. Me haces un favor porque, sobre todo, los cuadernos los estoy necesitando ya.    ¿Cuándo vas al pueblo?

   -Cuando tú quieras.

   -¿Cómo que cuando yo quiera?

   -Natural. Tienes que decirle a la señora Julia o a mi tío Valerio que me manden al pueblo a por esos cuadernos.

   -No lo entiendo, Anselmo. ¿Es que no puedes ir por tu cuenta?

   -Pues no. No puedo dejar mis obligaciones sin permiso de la abuela o de mi tío. Y para que me lo den he de manifestar un motivo concreto para ir al pueblo.

   -Vamos a ver si lo he entendido bien. ¿Me estás contando que tengo que decir a la abuela o a tu tío que necesito un material escolar y así podrás ir al pueblo a por él? Pero que tú no se lo puedes pedir directamente. ¿Es así?

   -Equilicuá.

   -Y deduzco que si quieres ir al pueblo, no es tanto para traer ese material, sino que es por otro motivo.

   -Te ha costado entenderlo, Bachiller. Con la fama de listo que tienes y a veces eres lento en comprender.

   Zaca siente recelo ante la petición de Anselmo al recordar el affaire que tuvo con aquella masovera del primer grupo de vendedoras del puesto de Los Masos de la Plana Alta. “¿Tendrá Anselmo otro lío de faldas en Benlloch?”, se pregunta. Pregunta que le lleva a pedir más información al sobrino de Valerio.

   -¿Y se puede saber cuál es ese motivo para ir a Benlloch?

   -Es un asunto particular y no te lo puedo contar.

   -Me parece bien, Anselmo, pero si no me lo cuentas no haré esa petición. Porque podría meterme en un berenjenal de tres pares de narices sin comerlo ni beberlo.

   -Y a ti que más te da por lo qué quiero ir. Ni ganas ni pierdes nada.

   -Ganar, seguro que no, pero puedo perder la confianza de la abuela y de tu tío. Porque ¿quién me asegura que no me meteré en un embrollo si vas a por el material y aprovechas el viaje para hacer Dios sabe qué? Te lo repito: o me dices porqué tienes tanto interés en ir a Benlloch o no hago la petición. Tú mismo.

   Anselmo se muestra contrariado, aunque en el fondo reconoce que el muchacho algo de razón tiene. Como le da la impresión de que Zaca no va a ceder, se aviene a contarle su oculta razón, pero antes…

   -Bueno. Te lo voy a contar, pero me has de jurar que lo que te diga no lo vas a repetir a nadie. Y cuando digo nadie, es nadie. ¿De acuerdo?

   -Sí, pero no lo voy a jurar. Te lo voy a prometer que para mí es igual que si te lo jurase.

   -Eso de la promesa no me vale. Lo has de jurar.

   -Nanay. No haré ningún juramento. Tendrás que conformarte con la promesa formal o esta conversación se ha terminado.

   -¡Joder, macho, eres más duro que el granito del Canchal Rojizo! Bueno, pues que sea una promesa, pero formal, eh.

   -De acuerdo. Prometo que no se lo diré a nadie. Cuenta.

   Anselmo no tiene un lío de faldas en Benlloch. Lo que tiene es un encargo del responsable de la Casa del Pueblo para repartir por los masos, bajo mano, unos panfletos contra la coalición derechista, encabezada por la CEDA, que se presenta a las próximas elecciones. Porque resulta –y esto si que es una sorpresa para el chico- que el bueno de Anselmo es un sindicalista de la Unión General de Trabajadores –el sindicato socialista- y, además, está afiliado al PSOE, y no quiere que, por ningún concepto, se enteren en el Mas, pues lo más probable es que si llega a saberse le puede costar su puesto. Ya que tanto la abuela como su tío, aborrecen a los socialistas. Es lo que menos podía imaginar Zaca, que el padre de Lía, Juanito y Mito fuera un rojo. El descubrimiento aviva su curiosidad.

   -Y viviendo en el Mas y teniendo en cuenta lo conservadores que son los masoveros, ¿cómo te hiciste socialista?

   -Fue en la mili… La hice en Madrid, en un regimiento de caballería. Un día, un compañero que era de un pueblo manchego y minero llamado Almadén, me llevó a un mitin de Pablo Iglesias, que fue un gallego que fundó el PSOE y la UGT, y me gustó cantidad lo que allí se dijo. Era la primera vez que oía hablar de la igualdad, la equidad y la justicia social. Después de aquel mitin, asistí a más reuniones y cuanto más oía que los valores más importantes son la libertad, la igualdad y la solidaridad más me gustaba aquella doctrina. Por lo que acabé haciéndome del partido. Soy de los contados que en Benlloch tienen el carnet. Pero, como te he dicho, si llegan a enterarse la abuela y mi tío, dos carcas de mucho cuidado, voy a durar menos en el Mas que un grano de alpiste en la jaula de un canario. ¿Comprendes por qué no te lo podía contar y por qué no se lo debes decir a nadie?

   A Zaca le ha impresionado la confesión de Anselmo, pues es el primer socialista masovero que conoce personalmente. Y no es verdad que los rojos tengan cuernos y rabos como dice la gente de derechas. Anselmo es bastante normalito y más bien buena persona. Le queda claro que uno no puede fiarse de lo que dice la gente al buen tuntún. Anselmo, socialista. ¡Quién lo iba a decir! Pero representa una novedad en el monocolor ambiente político del Canònge. Al menos, y siempre que sean discretos, tendrá alguien con quien debatir los asuntos políticos de la nación, pues un socialista como Anselmo puede ser un buen yunque en el que martillear sobre la política republicana. Además, tiene otro motivo para alegrarse: al contrario de su pasivo papel de oyente en los debates de la terraza del Pincho, en el Mas al ser solo dos los polemistas, le tocará el rol activo de debatiente. Y en esta ocasión tendrá que representar a las derechas. Mira por dónde.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 85 de la novela “El masover” titulado: Una de Charlot