martes, 3 de marzo de 2026

61. “El masover”. Seis servidores honestos me enseñaron cuanto sé

 

   Como si el sueño le hubiese inyectado una energía de la que habitualmente carece, Zaca se levanta con la idea que se le ocurrió el día anterior nítidamente perfilada: no le va a dar largas contar a Julia lo que se le ha ocurrido sobre qué más podrían vender en el mercat del dilluns. Se lo dirá ya y lo que tenga que pasar, que pase. “Al fin y al cabo -se dice-, las ideas mientras no se lleven a la realidad no suelen generar problemas, se quedan agazapadas en la mente en espera de convertirse en hechos efectivos”.

   A primera hora, al igual que desde hace unos días, ayuda a Sisca a dar de comer a los animales del corral y, como la muchacha se ha empeñado en enseñarle a ordeñar las vacas, sentado en una pequeña banqueta intenta exprimir las ubres del animal, pero sus torpes dedos se niegan. Aunque se trata de realizar la misma operación que cuando ordeñaba la cabra murciana, el resultado es distinto, no consigue extraer ni un dedal de leche.

   -Desde luego, Zaca, menos mal que eres muy inteligente, porque si tuvieras que vivir de tus manos pasarías más hambre que un gitano –ironiza la muchacha, que ha estado a punto de meter el pinrel, pues iba a decir que un maestro de escuela, que es la expresión que generalmente suele usarse para hablar del hambre.

   -No se puede ser bueno en todo y tengo asumido, hace mucho tiempo, que soy un desmañado como la copa de un pino. Lo siento, Sisca.

   -No pasa nada, Zaca. Como dices, no se puede ser bueno en todo y queda claro que lo de ordeñar no es lo tuyo. Pero tienes un montón de habilidades que valen más que el oro molido. Y ayer descubrí la última, que me maravilló: sabes decir unos piropos preciosos.

   El chaval se ha quedado mirando a Sisca para discernir si está hablando en serio o le está tomando el pelo, pero ni por su rostro, ni por cómo lo ha dicho vislumbra indicios de que la muchacha esté ironizando. Tras terminar el ordeño, se van a desayunar. Entre los sentados alrededor de la mesa está la abuela, que echa un vistazo a Zaca, pero no le dice nada. En cuanto termina el desayuno, tan contundente como siempre, el chico sube a su habitación y pergeña unas notas que le sirvan de guion para la conversación que va a tener con Julia. Mientras piensa lo que va a escribir, una duda vuelve a colarse en su mente: la de que su idea sobre el mercat es demasiado esquemática. Tal es así que en cuanto la abuela le plantee la más mínima dificultad no tendrá ningún argumento que oponerle. Deja de escribir. La propuesta está muy verde, concluye, hay que madurarla. Nada de hablar con la abuela por el momento. Pero una conversación que se desarrolla durante la cena de esa noche vuelve a hacerle cambiar de opinión. Por lo que parece, Julia y Paca han estado conversando durante la tarde sobre la conveniencia de volver el siguiente lunes al mercadillo del Ribalta y rematan su charla durante la sobremesa de la cena.

   -Madre. ¿Está segura de que es una buena idea volver el próximo lunes al mercat? Valerio, ¿cuánto aceite nos queda por vender?  

   -Unos ocho garrafones, aproximadamente unos ciento cincuenta litros –precisa el mayoral.

   -Madre, eso significa que si lo vendemos todo o la mayor parte el próximo lunes, en el resto de los mercados del verano no podremos vender mucho más aceite, que es uno de nuestro puntos fuertes de venta –puntualiza Paca.

   -Y que más da que lo vendamos ahora o en agosto –replica la abuela.

   -Julia, no quiero malmeter, pero creo que ambas tienen parte de razón –mete baza Valerio-. Si pensamos en las cuentas, vender aceite antes o después no es algo determinante, pero si pensamos en los clientes, que no podamos ofrecerles aceite en todo el resto del verano si puede tener su aquel. Ya que pueden irse a otro puesto y quizá podríamos perderlos. Yo me lo volvería a pensar antes de adoptar una u otra postura.

   -Eso está bien traído Valerio -admite la abuela que, ante la sorpresa general, pregunta-: Y tú, Paquita, ¿qué opinas?

   -Abuela, ya sabes que no suelo llevarte la contraria porque tienes más experiencia que nadie y lo del nuevo puesto del mercat del dilluns fue, al alimón con Zaca, idea tuya, pero en este caso creo que lo que dicen madre y Valerio tendrías que considerarlo.

   -Considerado está –la abuela ha sido rápida en su decisión-, el lunes vender solo dos garrafones y el resto los iremos poniendo a la venta lo que resta de verano. Anselmo, ¿y de pollos y conejos, cómo andamos?

   -Justitos, señora Julia. Si queremos ofrecerlos todas las veces que vayamos al mercat este verano, tendremos que recortar el número a vender en cada ocasión.

   -Bueno, que le vamos a hacer. Lo que es bueno por una parte, puede ser malo por otra. Es una lástima que no tengamos más mercancía porque las cifras de venta del pasado lunes apuntan a que este verano el mercat puede ser muy rentable. Y la prueba es que vendimos por más de trescientos  duros. Bachiller, ¿de cuánto fue exactamente la venta del lunes? –La abuela utiliza cada vez más el nuevo mote que le ha puesto a Zaca.

   -De mil seiscientas treinta y siete pesetas con ochenta y cinco céntimos, abuela -concreta Zaca, aunque lo que piensa es que, mira por donde, la abuela acabará por popularizar otro apelativo: Bachiller. Éramos pocos y…

   -Qué os dije –remacha Julia dando por concluida la conversación sobre el mercadillo. 

   Lo hablado en la cena da nuevos argumentos a Zaca para reafirmarse en que su idea es correcta. Ahora tiene dos nuevas razones en las que apoyarse: los casos del aceite y de los pollos. Lo que le lleva, una vez más, a cambiar de criterio: mañana mismo, sin más dilación, hablará con la abuela. Pues dado lo dicho en la cena es bastante posible que sea receptiva a su propuesta o, al menos, que la tenga en cuenta y la estudie. Todavía en la cama sigue pensando en lo del mercat, cuando otra luz se enciende en su mente: propaganda. “¿Los masoveros hacen propaganda de sus productos?”, se pregunta. No lo sabe, pero no encuentra ningún indicio de que la hagan. “¿Sería rentable hacer propaganda?”. “¿Cómo podría hacerse?”, vuelve a preguntarse. No conoce a nadie que sepa de propaganda. Consulta un pequeño diccionario de sinónimos que se ha traído a la masía y encuentra que algunas de las voces equivalentes a propaganda son publicidad, difusión, divulgación, anuncio, publicación,  información y comunicación. La enumeración no le aporta gran cosa. Busca en el Sopena la definición de publicidad y hay dos acepciones de las que al menos una de ellas sí que le aporta información sensible: b) Divulgación de noticias o anuncios de carácter comercial para atraer a posibles compradores, espectadores, usuarios, etc. O sea, se dice, “Que no basta, como hacen en el pueblo,  con poner un cartel diciendo lo buena que es tal cosa o que Paco el alguacil haga un pregón ensalzando algo que se vaya a vender. Hay que ir más allá y eso supone que han de entrar en juego medios de comunicación con más audiencia como periódicos y radios”. Y como sigue dándole vueltas a lo de la propaganda –el término publicidad no acaba de asumirlo-, se le ocurre investigar otra posible fuente de saberes sobre la propaganda, de la que no sabe demasiado. El próximo lunes, que piensa volver a acompañar a los masoveros al mercadillo, se acercará a una librería y comprará algún librillo sobre propaganda. Dándole vueltas a lo que se ha convertido en una obsesión, le cuesta dormirse. Cuando despierta, el sol entra a raudales por la entreabierta ventana.  “Maldita sea. Me he dormido. Se me olvidó poner el despertador”. Baja a la cocina y solo encuentra a la señora Concha.

   -Hijico, ¿se te han pegado las sábanas? Paquita ha preguntado por ti.

   -Estuve hasta las tantas leyendo y se me olvidó poner el despertador. Que le vamos a hacer. ¿Sabe dónde está la abuela?

   -Donde siempre a estas horas de la mañana, echando cuentas en el cuarto de estar. Y si no la encuentras allí, en su habitación.

   En cuanto desayuna escribe unas notas para que le sirvan de guion y va a ver a Julia.

   -Buenos días, abuela.

   -Buenos días, Bachiller. Se te ha echado de menos en el desayuno. ¿Quieres algo?

   -Me he dormido. Mea culpa. Ya he repensado lo que le dije sobre que otros productos podrían vender en el mercat del dilluns y vengo a contárselo, si le parece bien.

   -Siéntate. Soy toda oídos. Tú dirás –Julia parece interesada en lo que pueda contarle el muchacho.

   Zaca, escogiendo con cuidado sus palabras para ser lo más diáfano posible, cuenta a Julia algunos de los productos que el Mas también podría vender en el mercadillo del lunes y así aumentar sus ingresos. Comienza hablando de las hierbas aromáticas y de las conservas. La abuela le escucha atentamente y, cuando el chaval termina esa parte de su exposición, emite su parecer. De las hierbas no dice nada, pero si se explaya sobre las conservas caseras.

   -¿Y crees que la gente nos comprará conservas que no saben cómo están hechas ni cuándo se enlataron ni cuánto pueden durar?

   -Creo que sí. Mi madre hace algunas conservas y hay gente que viene a casa expresamente a comprarlas.

   -¿Y qué clase de conservas hace?

   -Entre otras, melocotón en almíbar, compota de manzana y pera, dulce de membrillo, y conserva de tomates, pimientos, guisantes y corazones de alcachofas.

   -¿Las envasa al baño maría?

   -Sí, señora.

   -Y, por término medio, ¿cuánto duran las conservas de tu madre?

   -Pueden durar hasta un año en buen estado, siempre y cuando los frascos permanezcan cerrados y se guarden en un lugar fresco y oscuro.

   -¿Utiliza frascos de vidrio o de otros materiales?

   -Siempre de vidrio.

   -Bien, lo pensaré. Algunas de las conservas que has mencionado también las hacemos nosotros, pero para el consumo interno, nunca las hemos vendido. ¿Algo más? –da la impresión de que la abuela esperaba otra clase de propuesta y se la ve decepcionada.

   -Sí, señora Julia. He pensado algo más que posiblemente supondría un salto cualitativo en las ventas del Mas. Se trataría de que vendieran no solo lo que ustedes cultivan o crían, sino también lo que cosechan o crían otros masos, más o menos cercanos. El Canònge es rico y produce gran cantidad de alimentos, pero tiene sus límites. La conversación de anoche en la cena me lo confirmó. Tienen muchos olivos, pero la cosecha de aceitunas y su conversión en aceite no es ilimitada. De hecho, en este momento solo les quedan unas cuantas garrafas para vender. Y por lo que parece, lo mismo ocurre con los animales de corral. Llega un momento en que se les acaban. Y de ahí mi pregunta: ¿Y por qué no vender el aceite o los animales de otros masos? Ganarían sus vecinos y, naturalmente, ustedes se llevarían una parte de esas ganancias. Sé que organizar algo así no es fácil y que surgirán problemas, pero casi todas las dificultades tienen algún tipo de solución. Solo es cuestión de encontrarlas.

   Terminada la parrafada, Zaca queda como desfondado. No ha dicho todo cuanto ha estado pensando, pero cree que sí lo principal. La abuela, que en ningún momento lo ha interrumpido, sigue silente, como rumiando lo que ha escuchado. El silencio dura un tiempo que al chico se le hace interminable, y en el que Julia está absorta reflexionando sobre lo que acaba de escuchar. Hasta que formula una pregunta que da la impresión de que la exposición del chico le ha hecho plantearse nuevos caminos.

   -¿Y has pensado de que masos podríamos vender sus cosechas en el supuesto de que llegáramos a algún tipo de acuerdo?

   -Al principio, en los del término municipal de Benlloch, como la  Masía del Botiguer, la de Planchadell o el Cuartico. Luego, los que están próximos al Canònge y que son de las localidades que limitan con Benlloch que, según he visto en el atlas de España, son Alcalá de Chivert, Cabanes, Sierra Engarcerán, Torreblanca, Vall d´Alba y Villanueva de Alcolea -La abuela vuelve a quedar callada. Parece que Zaca le ha dado mucho en qué pensar. Bisbisea algo como hablando para sí y que el chico solo entiende cuando su voz se hace audible:

   -Eso sería… comerciar. Convertirnos en comerciantes. Dejar de ser solo masoveros y convertirnos en comerciantes, algo que no somos ni lo henos sido nunca, pero si vendemos nuestras cosechas, ¿por qué no vender también las de los demás? Y bien que les vendría a mis vecinos… -Y dejando el soliloquio, vuelve a dirigirse al muchacho-. Bachiller, tengo que pensar en todo lo que has dicho. Y me alegro un montón que lo hayas hecho, pues eso significa, entre otras cosas, que mi nieta está en buenas manos. Vas a poder enseñarle mucho y no solo cultura general. Te voy a decir algo que te sonará sorprendente: para los pocos años que tienes, eres capaz de pensar más y mejor que la mayoría de adultos. Tienes la cabeza muy bien amueblada. Te doy las gracias. Seguiremos hablando cuando haya digerido todo lo que has contado. Dejar de ser solo masoveros y ser también comerciantes. Esa idea no es precisamente el parto de los montes, sino que tiene un potencial extraordinario -Y termina su parrafada como hablando otra vez consigo misma-. Vaya, por Dios. Quien me lo iba a decir a mis años, convertirme en comerciante, aunque sin dejar de ser masovera. Jamás se me hubiera ocurrido.

   Tras la conversación con Julia, Zaca queda satisfecho del encuentro. “No es una idea genial, pero o mucho me equivoco o a la abuela le ha gustado lo de comerciar con los productos de otros masos. Lo que es sorprendente es que no se les haya ocurrido antes. Y no le he hablado de la propaganda. Lo haré en otro momento”. Y llevado de su entusiasmo por el aparente éxito conseguido decide profundizar en el proyecto. En cuanto llega a su habitación abre uno de sus blocs, traza un cuadro de doble entrada y en la primera columna escribe parte del poema de Rudyard Kipling en Cuentos en el tintero: “Seis servidores honestos/me enseñaron cuanto sé/. Sus nombres son:/ Qué, Quién, Cuándo,/ Dónde, Cómo y Por qué”. Son las preguntas fundamentales para el aprendizaje y la investigación sobre qué (cosa o acción), quién (persona), cuándo (tiempo), dónde (lugar), cómo (modo o manera) y por qué (finalidad u objetivo). En otro de sus textos encuentra que esos interrogantes también son conocidos como las 5 W del periodismo, derivando su nombre de las voces inglesas (Who, What, When, Where, Why). A él le salen seis pero, entre lo que escribe Kipling y el aforismo periodístico, se queda con lo dicho por el escritor angloindio de quien es un rendido admirador.

   Sobre el Qué lo tiene claro: vender en el mercat del dilluns productos de otros masos en el punto de venta del Canònge. Sobre el Quién o personas que se encargarán de la operación ya no lo tiene tan claro. Lo lógico es que sea la misma gente que ahora vende en el puesto del mercadillo del Canònge, pero piensa que si se vende más, también habrá que incrementar los vendedores. Además, alguien –uno o varios- tendrá que dirigir el proyecto, y también será necesario que alguien trate con los masos que colaboren en el proyecto y…, los interrogantes se amontonan, lo que provoca que el muchacho deje en blanco la columna del Quién. Llegado a este punto, una estentórea llamada le vuelve a la realidad:

   -¡La comida está en la mesa!

   Los seis servidores honestos de Kipling tendrán que esperar.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 62 de la novela “El masover” titulado: El corazón del Mas

Error en el título del episodio 60

 El título del episodio 60 es erróneo, el verdadero es "Una idea capaz de generar una reacción en cadena". El texto que va después del título es correcto.