martes, 7 de abril de 2026

“El masover”. 67, Tormenta de ideas

 

   La clase del martes con los masoveros se desarrolla con la habitual normalidad. Sisca continúa siendo una alumna ejemplar: atenta, colaboradora e interesada en aprender. Lía y Juanito también han hecho notables progresos y están comenzando a silabear. El único que desentona es Mito, el crío solo piensa en jugar, dormitar y, como mucho, entretenerse mirando las estampas de algún libro. Pese a la actitud del pequeñajo, Zaca empieza a sentirse satisfecho con su trabajo de docente, se siente a gusto y está comprobando que, pese a que sus conocimientos son los de tercero de bachillerato, sabe lo suficiente como para enseñar a sus circunstanciales alumnos.

.   El miércoles, en el desayuno, la abuela manda recado a Zaca de que a las doce le espera en el cuarto de estar, que quiere hablar con él. El chico llega puntual a la cita y se encuentra que, acompañando a Julia, están Paca, Valerio y Sisca.

   -Siéntate, Bachiller. He querido que estén presentes mi hija, mi nieta y Valerio, por los motivos que te explico enseguida. Quiero que hablemos sobre tu sugerencia de que en el mercat del dilluns podríamos vender, además de nuestras cosechas, las de otros masos con los que estamos relacionados. Le he dado muchas vueltas a la idea y creo que es posible, aunque organizarlo no va a ser fácil. ¿Has seguido pensando en la cuestión? ¿Se te ha ocurrido algo más? –pregunta la abuela.

   -Sí, señora Julia –Zaca sabe que lo de señora repatea a la abuela, pero está tan acostumbrado a anteponer el término de respeto que es incapaz de no hacerlo-. He seguido pensando en ello y se me ha ocurrido algo más –y explica el análisis de los seis servidores sin citar a su autor, pues duda que los masoveros sepan quien fue Kipling- pero, como no he terminado dicho análisis, creo que es más prudente que lo cuente cuando lo haya finalizado. También he pensado lo referido a la propaganda que debería hacerse, pero eso es algo que, en principio, no afecta a la estructura de la idea, por lo que creo que de momento es mejor dejarlo apartado.

   -Me parece bien. Vayamos por partes. ¿Has pensado que productos de otros masos podríamos vender en el mercat? –pregunta Julia.

   -Sí y no, abuela. He pensado en el aceite, que es una mercancía de la que, dada su demanda, pueden vender más del que tienen y lo mismo puede decirse de pollos y conejos. Respecto a otros productos no he pensado nada en concreto. Creo que de eso saben más ustedes. Solo precisar que supongo que deberían ser las mercancías más demandadas por los clientes y de las que el Mas no tiene suficiente cantidad para abastecer la demanda.

   -Bien. Te informo que Valerio ha dado una vuelta por buen número de los masos de La Plana Alta y han sido bastantes los masoveros que el proyecto les ha interesado y se han ofrecido a colaborar en vender sus excedentes por medio de nuestro puesto en el mercat del dilluns. Siempre y cuando cerremos los correspondientes tratos. Unos nos venderían la mercancía y otros participarían con sus productos en la venta dándonos un porcentaje de la ganancia. Todo eso a expensas de negociarlo en detalle, claro está. Valerio, cuenta  tus gestiones al respecto –pide Julia.  

   -Poco tengo que añadir a lo que ha explicado Julia. En Sierra Engarcerán he visitado las masías de Perdigana, Montino, Vidal, Collet,  Vilarets, San Miguel y Cervelló. En Villanueva de Alcolea los masos de L'estela, de Calaf, Pascualets y de El Señor. En Las Cuevas de Vinromá:   La Bosseta, Torre Ebrí, La LLoma, Sierra Irta, La Solera, Les Casetes y Els Vilás. Me faltan por visitar masadas de Cabanes, Torreblanca y Vall d´Alba. De forma global, los resultados de esas visitas se contabilizan en loa siguientes  grupos: unos, casi la mitad con los que he hablado, no les interesa participar; en un segundo grupo, como la nitad del mismo nos venderán sus cosechas si llegamos a un acuerdo sobre precios y porcentajes; dentro de ese segundo grupo el resto, aproximadamente, están dispuestos a participar en el negocio siempre que  acepten el tanto por ciento que nos llevaremos por vender sus cosechas. Solo con ese cincuenta por ciento que parecen dispuestos a participar, el monto de la mercancía a vender aumenta considerablemente. Aunque para decirlo todo me pregunto si seremos capaces de vender tanto género –tras esa última reflexión, Valerio da por cerrada su intervención.

   -Gracias, Valerio. Otra cuestión relacionada con lo que acaba de contar Valerio es el transporte. He hablado con el tío Visènt el Tonellaes. Está dispuesto a encargarse de recoger la mercancía de los masos que participen en el negocio. A unas masías iría a recoger la mercancía y a las más alejadas convendríamos unos puntos de encuentro a medio camino para recoger sus productos. Y otra cuestión: la segunda vez que les  recojamos la mercancía se les pagaría lo vendido en la semana anterior. No hemos hablado de los saldos que hacemos al final de los lunes, pero si lo hemos hecho sobre los productos que no vendamos: nos los quedaríamos y asumiríamos las pérdidas en caso de haberlas –La abuela hace una pausa, bebe un buche de agua y prosigue-. Valerio ya ha apuntado un posible punto débil del negocio: ¿seremos capaces de vender tantas existencias? Por ahora no tengo respuesta. Tendremos que arriesgarnos. Y para aumentar la capacidad de venta una cuestión imprescindible es que habrá que incrementar el número de vendedores y el tamaño del puesto. Respecto a la gente que vaya a vender, pienso hablar con dos de mis sobrinas de Villanueva de Alcolea y con unas primas de Manuel que viven en Cabanes, para enrolarlas como vendedoras, si veo que tienen cualidades para ello. También es posible que alguna de las mujeres de los masos que irán a porcentaje quiera venir a vender. Todo esto habrá que concretarlo, pero en un segundo momento. ¿Alguna pregunta, alguna sugerencia?

   -Abuela, para lograr unas ventas mayores creo que sería pertinente hacer propaganda del puesto y de lo que vende. –Zaca ha encontrado un portillo para meter lo de la publicidad.  

   -Eso, Bachiller, es una pérdida de tiempo. ¿No conoces el refrán que dice que el buen paño en el arca se vende?

   -Perdone, abuela, pero ese refrán ha quedado obso…, viejo. Si usted oyera la radio, comprobaría que la mayoría de emisoras intercalan anuncios en sus programas. Si lo hacen es porque la gente escucha esos programas y los anunciantes pagan por ponerlos.

   -Abuela –tercia Paquita-, creo que Zaca lleva razón. Mira si no el Diario de Castellón, está lleno de anuncios. Y si lo está será por algo. 

   -¿Y vosotros creéis que si anunciamos nuestro puesto vamos a vender más? –La pregunta de Julia está cargada de reticencia, y agrega-: Tenemos una clientela muy leal que no necesita oír o leer un anuncio para saber dónde estamos y qué vendemos.

   -Pero de lo que se trata, Julia, -ahora quien habla es Valerio- es de encontrar clientes nuevos y esos posiblemente no saben ni que existimos. Por ejemplo, toda esa gente que nos compra y queveranea en Las Villas de Benicásim, y que son de Valencia y de más al sur, es más que posible que muchos de ellos nunca hayan oído hablar del Mas del Canònge. Y como son gente de dinero, seguro que todos tienen arradios y leen los diarios.

   -¡Vaya, hombre! ¿Tú, también, Valerio? Lo que me faltaba. Bueno, si estáis de acuerdo en lo de la propaganda, habrá que estudiarlo, porque lo de poner anuncios no lo he hecho nunca. ¿Tú sabes algo de eso, Bachiller?

   Zaca enrojece. Le acaban de pillar en un renuncio. Aparte de haberse leído el librito sobre publicidad, no sabe más sobre el tema y, por supuesto, nunca ha puesto un anuncio. Así lo reconoce.

   -O sea, Bachiller, que estás tocando de oído. Rediez, eres más atrevido que un sargento legionario. Dejemos aparte lo de la propaganda y centrémonos en como conseguiremos vender lo que los posibles socios vayan a aportar. Otra cosa, en lugar de ir al mercat un par de veces al mes tendríamos que ir todos los lunes. Esa será una forma segura de poder hacer más ventas. Y según como vaya, quizá tengamos que buscar nuevos mercados –Parece como si la abuela se hubiese adueñado de la idea de Zaca, pues va un paso por delante de todos.

   -Se me ocurre, madre, que si tenemos más mercancía y el número de vendedores aumenta, habrá que encargar nuevos tableros y caballetes para ensamblar un puesto de mayores dimensiones –sugiere Paca en la que es su primera intervención.

   -Yo conozco un carpintero en Torreblanca que lo podría hacer y no es caro –ofrece Zaca pensando en Vicente Llombart.

   -Muy bien, pero lo primero es amarrar las propuestas de los masoveros que han decidido colaborar. Mañana mismo, Valerio, te encargas de visitarlos y cerrar los acuerdos.

   -Julia, sin ánimo de llevarle la contraria –el mayoral siempre se anda con pies de plomo en su relación con la abuela-, creo que por ahora ese viaje es precipitado. Antes, hemos de tener clara la cuestión de la mercancía que les vamos a comprar o a tomar en fiado, los precios que vamos a pagarles y los porcentajes que nos vamos a llevar, en su caso. Y eso requiere pensarlo bien y hacer números, no sea que nos pillemos los dedos.

   -Tienes más razón que un santo, Valerio.  Quiero ir tan deprisa que se me pasan cuestiones que son elementales. Debo de estar haciéndome vieja -admite Julia.

   Zaca, que ha ido tomando notas de lo hablado hasta el momento, se da cuenta que el debate ha sido vivaz y fructífero, pero bastante caótico. Falta ordenarlo y sistematizarlo. Y aprovechando una pausa que el grupo ha hecho para tomar café escribe lo que podría ser una cronología ordenada de las cuestiones a especificar: Qué vender. A quien comprar. A quien asociar al nuevo puesto. Porcentajes sobre las ventas a dilucidar. Transporte de mercancías. Personal de ventas. Publicidad del nuevo puesto. Pagos y cobros. Otras cuestiones. Tendrán que repensarlo todo y analizar virtualidades y posibles fallos. Se dice que lo que está pensando no es el momento de hacerlo público, por lo que lo guarda en la recámara. Tras la pausa del café, Julia da por concluida la reunión.

   -Bueno, gracias a todos. Paquita y tú, Bachiller, podéis iros, y si se os ocurre algo sobre lo que hemos hablado no dudéis en hacérmelo saber. Valerio y Paca, quedaos, tenemos que echar cuentas y hacer un inventario de los excedentes que podemos vender.

   Al salir, Sisca cuchichea a Zaca:

   -¿Sabes por qué estaba en la reunión? -y sin esperar respuesta, explica-: La abuela me dijo que debía estar en una reunión en la que se podía ventilar el futuro del Mas. Y que, como pubilla que algún día tendré que gobernarlo, tenía que saber cómo se discutían los asuntos que le afectaban. 

   -O sea, que la abuela está preparando a la heredera. Lo que me ha extrañado es que tu madre apenas si ha intervenido.

   -Mi madre es así. La abuela dice que le falta carácter. Antes todo lo hacía mi padre, era el que discutía con la abuela y quien tomaba las decisiones hasta que se puso malo. Ahora, ya lo ves, es la abuela quien lleva el timón y al único que consulta es a Valerio. Hasta ahora, porque hoy también lo ha hecho contigo, a pesar de que solo tienes trece años. Yo creo que lo hace porque eres casi bachiller y eso le impone. Como ella no pudo serlo…

   -Entonces, ¿qué estudió en los años que estuvo interna con las monjas de la Consolación?

   -Cultura general y un curso de contabilidad. Ella hubiese preferido estudiar bachillerato, pero su padre, mi abuelo, se negó. Y la abuela siempre ha lamentado esa negativa. Y como tú si lo estudias, de ahí que te profese una especie de…, no sé cómo decirlo. Pero lo más importante es que, por primera vez desde que recuerdo, acepta una idea de alguien que no es del Mas. No sé cómo lo has hecho pero, como ayer dijo Valerio, te la has ganado. Bueno, tengo que dejarte, he de ayudar a madre a limpiar las habitaciones. Nos vemos en la comida.

   -Es más correcto llamarle almuerzo.

   -Pues almuerzo, señor maestro – se burla Lía que ha llegado en el último tramo de la charla.

   En su dormitorio, Zaca sigue repasando cuanto se ha dicho en la reunión. Está más que contento por cómo se ha desarrollado, y aún es más feliz puesto que, según dicen Valerio y Sisca, se ha ganado el respeto de la abuela. Piensa que ha de procurar esforzarse en aportar más ideas y sugerencias para que el nuevo planteamiento del mercat del dilluns salga lo mejor posible. Y dándole vueltas al magín se le ocurre algo: una forma simple y barata de propaganda sería poner una especie de cartel diciendo que el nuevo puesto del mercat es del Mas del Canònge. “Bueno -se rectifica-, y ahora de las otras masías que se van a asociar”. Piensa en un título: Puesto del Mas del Canònge. No, lo rechaza, es feo, no dice nada nuevo y además no habla de los otros masos. Masías del Maestrazgo, Eso sería una falsedad, el Canònge y los demás masos asociados son de la comarca de La Plana Alta. ¿Y por qué no Los Masos de La Plana Alta? “Tendré que pensarlo más detenidamente –se dice-.Y habría que añadir algún dibujo en colores. ¿Cuál? Ya está, un mas… o varios, con sus nombres. Y quizá una relación de los principales productos que venden”. La cabeza del muchacho es un hervidero, de ideas –unas prácticas, otras quiméricas-. Desconoce el concepto, pero lo que está llevando a cabo es una auténtica tormenta de ideas. Esas ocurrencias, se dice, ¿servirán de algo?, ¿podrán ponerse en práctica?, ¿sus resultados serán buenos? Desconoce las respuestas, pues está haciendo algo que nunca hizo: pasar de la teoría a la praxis. Y comienza a sospechar que convertir los pensamientos en hechos concretos y tangibles no va a ser fácil, porque como dice el refrán: una cosa es predicar y otra dar trigo. Evidentemente, resulta más fácil dar consejos que practicar lo que se aconseja. Y es consciente de que en el terreno de la praxis no se maneja con la misma soltura y eficacia que en el campo de la teoría. Pero será cuestión de probar y, en su caso, de rectificar si la teoría no funciona en la vida real. Como suele decir madre: “Por probar, nada se pierde. Bueno –piensa-, se pierde tiempo, pero por el momento el factor temporal no es acuciante. Veremos”. Nunca ha sido tan feliz.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 68 de la novela “El masover” titulado: Los Masos de La Plana Alta

martes, 31 de marzo de 2026

“El masover”. 66. De la publicidad

    A raíz del diálogo que Zaca tuvo en la cocina del Mas con la señora Concha, Valerio ha invitado a Zaca y Sisca a merendar la tarde del domingo. El matrimonio Ariza-Castán vive en una de las dos casitas que hay enfrente de la puerta principal de la masía. Es una vivienda modesta y chiquita, pero limpia y ordenada. Consta de una sola planta, con una cocina-comedor, un aseo, un dormitorio y un cuarto que es un poco de todo: trastero, despensa y cuarto de estar. Tiene un tejado a dos aguas en el que campea una chimenea. El mobiliario es parco y algunos de los muebles se nota que han sido construidos artesanalmente. En el recinto reina una sensación de orden y funcionalidad. La decoración también es escasa. Hay dos cuadros: uno con la imagen de la Virgen del Pilar y otro con una reproducción de la Última Cena. Un calendario con una pintura de Julio Romero y varias fotografías enmarcadas de diversos pasajes de la vida del matrimonio.

   A la hora de la merienda, la señora Concha saca una fuente de cerámica de Alcora con rajas de salchichón, lonchas de jamón, de lomo embuchado y cuñas de queso, amén de unas rosquillas de anís en otra fuente. El señor Valerio aporta una jarra de clarete que deposita en la mesa de la cocina, dependencia que ocupa la mayoría del espacio de la vivienda.

   -¿Te gusta el vino, mocete?

   -No me disgusta, pero bebo poco. Padre dice que el vino es para los hombres de pelo en pecho y yo todavía tengo poco.

   -Me parece natural, pero un dedito no puede hacerte daño. Y este clarete de Burgo de Osma es de los que entra sin pedir permiso.

   -¿Y ese tablero que hay pegado a la pared qué es?

   -¿Eso? La perezosa. Si la desengancho se convierte en una mesa. Así se puede comer al lado de la lumbre sin que haya que levantarse.

   -¿Dónde han comprado este queso?, está muy rico.

   -¿Dónde lo vamos a comprar? Lo ha hecho la señora Concha. Ahí tienes el entremijo donde lo hace –dice, señalando un rincón donde hay una mesita baja y larga, de tablero con ranuras, y cercada de listones.

   -¿Y por qué está inclinado?

   -Para que, al hacer el queso, escurra el suero que sale por una abertura que tiene en la parte más baja.

   -Nunca he visto como se hace el queso. Me lo quiere contar, señor Valerio, si no es molestia.

   -Eso quien mejor te lo puede contar es mi parienta, que es una artista manejando el entremijo.

   Concha asiente y cuenta al joven como fabrica el queso casero. Se hace principalmente mezclando la leche con cuajo, más limón o vinagre, y luego separando la cuajada del suero para prensarla y dejarla reposar. El proceso varía según el tipo de queso que se desea obtener, pues no son lo mismo los quesos blandos que se escurren en tela que los más duros que se prensan y secan al sol.

   -Si no le importa, señora Concha, ¿podría darnos más detalles? Porque así se lo podría referir a mi madre que es muy aficionada a hacer conservas.

   A la señora Concha no parece haberle molestado la insistencia del chico y retoma su explicación ahondando en los detalles de la elaboración quesera.

   -Lo primero es el cuajado. Se calienta la leche dos o tres veces para eliminar impurezas y se añade un coagulante como cuajo animal, zumo de limón o vinagre.

   -Perdone otra vez. ¿Qué es el cuajo animal?

   -El cuajo de origen animal es una sustancia que se extrae del cuarto estómago de crías rumiantes lactantes, como terneros, corderos y cabritos. Contiene una sustancia que es clave para la coagulación de la leche; es decir, para separar la cuajada, o parte sólida del suero, de la parte líquida, permitiendo la elaboración del queso. Acabado el cuajado, se deja reposar la mezcla durante una media hora para que la leche se solidifique y forme la cuajada. Luego, se la corta en trozos para formar el grano del queso y después se recoge la cuajada en un paño de lino o cáñamo. Una vez recogida la cuajada, se la coloca en un molde y se prensa, a veces usando un peso encima o con personas sentadas aplicando presión para extraer el suero restante. Finalmente, el queso se sala y luego se deja reposar en un lugar fresco y húmedo, como una bodega o una cueva, para que se seque y madure. Y fin de la explicación.

   -Gracias, señora Concha. Acaba de darnos una lección magistral sobre la elaboración del queso. Si no le importa, vendré un día con papel y lápiz para tomar nota del proceso y así se lo podré enviar por carta a madre.

   -Habrás visto, parienta, que el mocete, además de bien hablado es un pelota de mucho cuidado –proclama, socarrón, Valerio. Zaca no se inmuta por la pulla del mayoral y sigue con sus interminables preguntas.

   -Y el salchichón, supongo que también está hecho en el Mas.

   -Naturaca. Comprar, lo que se dice comprar, solo compramos las cosas que no podemos hacer. Las cosas de comer, salvo el pescado y alguna que otra chuminada, las hacemos en la masada –es Concha quien sigue respondiendo al joven.

   -¿Y aquí qué se hace en invierno? –Es la nueva pregunta de Zaca cambiando de tercio.

   -Un poco de todo. Labores no faltan –Valerio ha tomado el relevo de su esposa en las respuestas.

   -Y si se pone a nevar o a llover, ¿qué hacen?

   -Verlo caer. Me refiero a la nieve o la lluvia. Y a esperar que escampe, pero no estamos mano sobre mano, en una masía siempre hay labores que hacer bajo techado. De hecho, hay días lluviosos que trabajas más que algunos días soleados.

   -¿Puedo repetir de queso? –pregunta el muchacho, tan modoso como siempre.

   -Come, hijico, come. No te cortes. La abuela dice que hay que lograr que vuelvas al pueblo con una arroba de más -responde Concha.

   -Señor Valerio, creo que no ha terminado de contarme todo lo mucho que sabe de las masías. Al menos, hay cuestiones que sigo sin saberlas. Le cito una a modo de ejemplo: ¿el emplazamiento se hace al buen tuntún o responde a motivos lógicos?

   -Más bien lo último. Excepto las masadas que están en llanuras abiertas, la necesidad de encontrar un abrigo del viento dominante explica su ubicación. También la proximidad de agua, de bosque, si lo hubiera, y la calidad de las tierras, son factores determinantes de su situación. Generalmente, las masadas siempre están orientadas al sur, no sólo para aprovechar el sol en todas las estaciones, sino como protección contra los vientos procedentes del norte.

   -Al viento del norte en Torreblanca lo llaman tramontana.

   -También en esta zona. En Aragón lo llamamos cierzo, en Cataluña mistral, y viene del noroeste. Debido a esos vientos, que son fríos y secos, en el lado norte de los masos no hay ventanas y de haberlas son pequeñicas, mientras en el resto de fachadas las ventanas son estrechas, para protegerse del calor en verano y el frío en invierno. Otro viento dominante en estas comarcas es el levante o llevant, como lo llaman aquí, que es el procedente del este.

   -¿Cuál es el origen de las masías? –el guion de la charla vuelve a cambiar.

   -No tengo ni idea. Solo sé lo que me contó Julia. Me explicó que proceden de los romanos que construían villas en el campo donde podían desarrollar una vida saludable y tranquila, de acuerdo con la naturaleza. Y evolucionaron desde hace siglos como unidades autosuficientes que producían fruta, grano, leche, carne, vino, aceite, tejidos, y a menudo miel, gusanos de seda y un largo etcétera. En las masías no solían vivir los dueños, sino los masoveros, familias que explotaban la propiedad en régimen de usufructo y atendían a los propietarios en sus visitas. Era común que varias generaciones de la misma familia vivieran juntas en la misma masada, lo que reforzaba los lazos familiares y preservaba las tradiciones.

   -Y en cuanto a su construcción, además de lo que ha dicho sobre su orientación a mediodía, ¿hay otros rasgos que los caracterizan?

   -Pues sí. En las masadas más antiguas y de mayor porte, la puerta de la fachada principal suele tener un gran arco de medio punto formado por dovelas labradas en forma de cuña. Algunos masos de la costa, que se construyeron hace siglos y han aguantado hasta hoy, para defenderse de las incursiones de piratas y corsarios incorporaron torres de defensa y ventanales, especialmente pequeños y elevados. En cuanto a la distribución interior de las masías se suelen seguir estas pautas. En la entrada, suelen estar las herramientas, las cribas, los sacos y unos bancos para sentarse. A un lado del rectángulo central está la cocina que, como te contó Concha, concentra la vida de la masía, sobre todo durante los meses en que no se pueden realizar actividades en el exterior. Su posición varía: en las zonas ganaderas la cocina aparece en el primer piso, al lado de la sala; en las zonas de cultivo, se encuentra a menudo en la planta baja. De la entrada arranca una escalera que conduce a la primera planta, que incluye la sala, las cámaras y, en algunos, la cocina. En esa primera planta, el rectángulo del centro es la sala; al lado están los dormitorios. La sala está amueblada con las cajas, las cómodas, a veces un sofá de espadaña, un espejo, unas sillas y el reloj de caja. En el segundo piso suele estar el granero. El tejado, a dos aguas, suele tener pendiente suave. Delante de la casa, mirando al exterior, suele haber algún árbol frondoso para aprovechar su sombra en verano y poder echar una buena siesta.

   Aprovechando la pausa que ha hecho el mayoral para echarle un tiento a la bota de clarete colgada del respaldo de una silla, Zaca formula una observación.

   -Pero esa distribución de las masías que acaba de contar, señor Valerio, no es la del Canònge.

   -Es que el Canònge es una masada relativamente moderna. Según Julia, data de mediados de mil ochocientos y pico…

   -Después de la segunda guerra carlista –agrega Sisca, en la que es su primera intervención, pues hasta el presente ha permanecido silente.

   -En efecto –ratifica Valerio, que añade-, Paquita debe saber más que yo de la historia del Mas, pero termino: el Canònge se construyó con otros criterios que los de los masos más antiguos. Por cierto, ya que he citado a la abuela. Parece que te la has metido en el bolsillo. Dice que, a pesar de tus pocos años, tienes una buena cabeza y que está muy contenta de que seas el maestro de Paquita. Veo que has hecho caso de lo que te conté en nuestro viaje al Mas, que a quien había que ganarse era a la vieja y tú parece que has conseguido en una semana lo que a mí me costó un porrón de años. La leche que te dieron mocete. Eres la rehostia.

   Tras acabar la merienda y finiquitar el coloquio con los Ariza, los dos jovencitos abandonan la casa. Como queda tiempo para la cena, se dan un garbeo por los alrededores del caserón mientras comentan algunos extremos de lo que les ha contado el matrimonio Ariza-Castán.

   -Así que la señora Concha se apellida Castán.

   -Sí. Es muy maja. Cuando era niña me pasaba mucho tiempo con ella en la cocina. También es una de las personas más bondadosas que conozco, además de que guisa de maravilla.

   -¿Y no tienen hijos?

   -No, creo que ella estuvo encinta varias veces, pero ninguno llegó a término, abortó.

   Al día siguiente, lunes, Zaca se incorpora al grupo de masoveros que van al mercat del dilluns de Castellón. En esta ocasión, va tomando notas mentalmente para apuntalar los argumentos de su idea de que el Canònge venda productos de otras masías. La venta de este lunes ha sido razonablemente buena. Han vendido el contenido de los dos garrafones de aceite que tenían y hubieran vendido más, pues además de la clientela habitual se ha notado la asistencia de veraneantes de El Grao y, sobre todo, de Las Villas de Benicásim. Algo de lo que Zaca ha tomado buena nota.

   El muchacho recuerda que debe incrementar sus conocimientos sobre la propaganda, por lo que, tras pedir permiso a Paca, se acerca a la librería de Ballester a ver si tienen algún libro sobre publicidad. No encuentra ninguno. Visita la librería del otro hermano Ballester, la que está en la Placita de la Paz, donde tampoco encuentra lo que busca. En esta última, le sugieren que quizá en la librería de Armengot, en la calle de Enmedio, puedan tener algo. Así es, y adquiere un pequeño opúsculo, traducido del inglés, titulado Lo que debe saber sobre publicidad. Ahora, se dice, será cuestión de leerlo a ver si saco algo en limpio que me pueda servir para el Mas.

   Por la tarde, ya en el Mas, se entrega a la lectura del librito sobre publicidad[CM1]  de un autor norteamericano. No acaba de entenderlo todo, pues hay abundantes términos que desconoce y que ni siquiera encuentra en el diccionario ilustrado de Sopena, pero recopila algunas ideas básicas. Una es que para crear una publicidad efectiva se han de  considerar aspectos como: el público objetivo, el mensaje, el diseño, y los canales de difusión. Lo del público objetivo lo tiene claro: la gente que va a comprar al mercat del dilluns. Lo que no acaba de entender es que haya que investigar las necesidades y motivaciones de los clientes potenciales. En cuanto al mensaje, se queda con un principio: resaltar las principales características y beneficios del producto o servicio a vender. Respecto al diseño anota que hay que usar colores llamativos. Otro concepto que anota es la publicidad en periódicos, radios locales y vallas publicitarias. Finalmente, subraya otras ideas en forma de preguntas: ¿Qué me diferencia del resto de negocios? ¿Qué me hace especial? ¿A quién deseo llegar? Ahora es cuestión de pensar en todo ello y como aplicarlo a las ventas del Mas en el mercat del Ribalta.

   En la cena, nota la ausencia del mayoral y pregunta por él. Concha le dice que Valerio está de viaje sin aportar más datos. El martes madruga y acompaña a Sisca en el mantenimiento de los animales del corral. A lo que no le ayuda es a ordeñar las vacas, pues en esa tarea ha demostrado que es un incompetente. En el desayuno sigue notándose la ausencia del mayoral. Sisca le informa que, al parecer, Valerio está haciendo una ronda de visitas a algunas de las masías más importantes de las poblaciones vecinas de Benlloch. “¿Será que la abuela piensa poner en práctica la idea de vender productos de otros masos?”, se pregunta, pero no sabe la respuesta, pues Julia no ha vuelto a conversar con él desde que le contó lo de ampliar la venta en el mercat del dilluns. Aunque se inclina a pensar que lo más probable es que Julia no mueva un dedo porque lo de los cambios quizá no entre en su pensamiento. Sería mucho pedirle a una mujer tan mayor como ella. “¡Y a mí qué! -se dice-, al fin y al cabo cuando termine agosto me iré y, si te he visto, no me acuerdo. Y que espabilen los masoveros si también quieren convertirse en comerciantes. Aunque no sé si lo de la publicidad llegarán a entenderlo, es un concepto demasiado moderno para una gente como los masoveros que, en muchos aspectos, siguen viviendo en el siglo pasado”. Y con ese final da, por ahora, carpetazo a la cuestión publicitaria, en espera del momento en que tenga que sacarle el polvo, algo que puede ocurrir en cualquier instante.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 67 de la novela “El masover” titulado: Tormenta de ideas

 [CM1]

martes, 24 de marzo de 2026

“El masover”. 64. Lía

 

   Sisca y Zaca se han acercado a la cocina para que la muchacha, al tiempo que ayuda a la señora Concha, vaya aprendiendo el arte de guisar. Zaca ha aprovechado la ocasión y le ha pedido a la cocinera que si la puede echar una mano en algo, pues en casa ayuda a su madre. Cocha no ha mostrado ninguna sorpresa por la petición, ni ha puesto ningún impedimento de que el muchacho le pueda ayudar. Incluso le ha prestado un delantal y le ha contado a Sisca algo la que muchacha desconocía.

   -Mi marido, aunque lo hace pocas veces, también se maneja en la cocina. Cuando estuvimos de masoveros en el Mas de Abascal, en un par de ocasiones en que estuve enferma de cierta gravedad, fue el señor Valerio quien estuvo guisando. Y no se le daba nada mal, sobre todo los arroces y los guisos con caza.

   -Eso no me lo había contado, Concha –le reprocha Sisca.

   -Porque es un tema del que nunca hemos hablado. Estoy viendo que con tu maestro vas a aprender muchas más cosas que a leer y escribir. Y eso está muy bien porque el saber no ocupa lugar.

   -Bueno, señora Concha, ¿qué tenemos para cenar esta noche? –pregunta Zaca para cambiar de tema.

   - L´olla de cardets como la llaman aquí. ¿Sabes que plato es?

   -Naturalmente. La olla de cardos es uno de los platos recurrentes de madre, pero siempre la hace para comer, nunca para cenar.

   -Es que en el Mas, como te expliqué, la comida fuerte no es la de mediodía, sino la de la noche. Y tiene su razón de ser. La mayor parte de los mediodías la gente está en el campo y, generalmente, hacen comidas frías. En cambio, por la noche todo el mundo está en casa y por eso las cenas son las fuertes. Las únicas comidas como Dios manda de mediodía son las de los domingos y fiestas de guardar.

   -¿Puedo remover la olla? –pide el muchacho.

   -Faltaría más –responde Concha alargándole el cucharón-. Pero hazlo con cuidado, no te vayas a salpicar y te quemes.

   Zaca remueve el contenido de la olla y ve que, al contrario de la que prepara madre, en ésta hay casi tanta carne como verdura.

   -Esta es una olla potente. Madre apenas si le echa carne. Quizás un hueso, si tiene alguno.

   -Ya te conté el motivo por el que la cena es el plato fuerte en el Mas. La gente trabaja mucho y duro y ha de alimentarse en consonancia.

   -L´olla de cardets, ¿también se la enseñó la francesa de la que fue ayudante?

   -Al contrario, fui yo quien se la enseñó a ella.

   -¿Y la cocina francesa le gusta?

   -Mucho, aunque reconozco que quizá emplean demasiada mantequilla. Cuando cocino recetas francesas lo que hago es cambiar la mantequilla por el aceite de oliva. Virgen si puede ser.

   -Concha –dice Sisca-, Zaca me ha dicho que ayuda a su madre en la cocina. ¿No le parece raro que un hombre se meta entre los fogones?

   -En absoluto. Ya os conté que a mi marido se le da bien el guisoteo, y madama Clarelle me contó que en Francia los cocineros más famosos son hombres.

   -Pues madre dice que la cocina es cosa de mujeres y los hombres no han de meterse en lo que hacemos nosotras.

   -No me extraña que Paca diga eso. Nunca salió del Mas y solo conoce la vida que aquí se lleva. Pero el mundo es muy grande, hay costumbres muy diferentes y opiniones para todos los gustos. Eso es algo que le puedes enseñar a Paquita –agrega Concha dirigiéndose a Zaca-: que más allá del Mas existen muchos pueblos y países, y que hay mil formas de vivir, de ser y de comportarse. No todo gira alrededor del Canònge.

   -Bueno, señora Concha. Hasta dónde sé, en todas partes, hasta en las aldeas más pequeñajas, la gente presume de que como allí no se vive en ninguna parte. En Torreblanca en cuanto te descuidas te sueltan que allí viuen en el rovellet de l´ou, y lo afirman absolutamente convencidos de que viven en la yema del mundo, en el mejor lugar posible.

Y padre me contó que de donde es su familia, Alcalá de la Selva, sus paisanos presumen que tienen la mejor agua de todo Aragón. Resumiendo: que en todas partes cuecen habas y en la mía a calderadas.

Y volviendo a l´olla de cardets. ¿Usted que le pone?

   -Es un clásico plato de fortuna. Le pongo lo que tengo en la despensa y en la fresquera. Pero los ingredientes básicos son la carne de pollo, brazuelo de cordero, unas morcillas de cebolla y unos huesos. Naturalmente, cardos, y también garbanzos, patatas, zanahorias y nabos.

   -¡Vaya! Le debe de salir una olla como para revivir a un muerto. 

   -Ya está bien de cháchara. Como sigamos así, hoy no cenamos.

   -Perdone, señora Concha. Me voy. ¿Sisca te quedas?

   -¿Qué es eso de Sisca? ¿Desde cuándo te llamas así? –pregunta, sorprendida, Concha.

   -Es un nombre que me ha puesto él –responde la muchacha señalando a Zaca-. Es más bonito y suena mejor que Paquita o Paqui.

   -¡Ay la gente joven! Tenéis la cabeza a pájaros. Mejor será que no lo oiga Julia. Igual no le gusta y te monta un pollo.

   Ambos chavales abandonan la cocina, y a Zaca le falta tiempo para preguntar:

   -¿De verdad a tu abuela no le puede gustar que te llame Sisca?

    -La abuela es muy suya. Nadie sabe nunca por dónde puede salir. Pero no te preocupes, soy la niña de sus ojos y, si tiene que tragar con lo de Sisca, tragará, aunque se la lleven los demonios. De todos modos, mejor que no me llames así estando ella delante.

   -O sea, que más vale prevenir que curar.

   -Eso me suena a refrán. Se lo he oído a la abuela.

   Durante la cena Zaca comprueba que la olla de Concha se parece tanto a la de madre como una comadreja a un verderón. Repite de la olla, ante la mirada asombrada de Sisca y la complacida de la cocinera. Al día siguiente, Zaca madruga como nunca. Puso el despertador a las seis y cuando suena no se lo puede creer. No recuerda haberse levantado nunca tan temprano, pero enseguida le llegan sonidos que delatan que en la masía hay gente que ya está moviéndose. Se levanta de un salto, pues de no hacerlo sospecha que no saldrá de la cama. Se viste en un periquete. Se lava como los gatos y baja. La gente anda atareada y no le han hecho ningún caso. Llega a tiempo para ayudar a Sisca a dar de comer a los animales del corral. Cuando acaban, la chiquilla le pregunta:

   -Ahora tengo que ir donde Concha a poner la mesa para el desayuno. Si quieres ayudarme…

   La mesa la ponen entre ambos en un abrir y cerrar de ojos. Plato, cuchara y vaso por comensal. Ni tenedores ni cuchillos ni servilletas. Luego cortan gruesas rebanadas de una hogaza, las depositan en una panera y las ponen en el centro de la mesa, junto a un par de jarras de leche recién ordeñada que Anselmo ha traído del establo de las vacas. A su vez, Concha ha puesto en la mesa una fuente con un macizo queso de cabra y un requesón que ha sacado de la fresquera. A medida que van llegando los comensales, Concha va sirviendo platos de l´olla de cardets, que ha debido de sobrar anoche. Han aparecido dos cuchillos medianos con los que los comensales van cortando cuñas de queso a su antojo. Para trasegar un desayuno tan simple como contundente, la gente lo acompaña con toda la leche que pueden beber. Zaca se hace cruces de lo que llegan a deglutir los habitantes del Mas, sobre todo los varones. En cuanto van rematando el desayuno, los comensales se van levantando y, sin decir amén, salen de la cocina. Solo quedan las mujeres y no todas. Zaca es de los que no se va, pues ha quedado con el señor Valerio que le enseñará las huertas que hay en los alrededores del Mas y en las que siembran hortalizas.

   -¿Y qué es lo que cultivan en esas huertas? 

   -Ahora es la época de plantar berenjenas, espinacas, melones y sandías, calabazas, guisantes, repollos, lechugas, zanahorias y cebollas tempranas. Eso, entre otras hortalizas. Depende de lo que se vaya a necesitar en la cocina en los siguientes meses.

   -Plantan de todo –se admira el chaval.

   -Ten en cuenta, hijico, que un mas ha de ser autosuficiente. Aquí si te falta algo no hay un mercado o una tienda a la que puedas ir a comprarlo. O lo tienes almacenado o no hay tu tía.

   En esas que, a grandes trancos, llega Anselmo y cuenta a su tío que el zagal que pastorea uno de los rebaños de cabras se ha caído en la garganta del Pinar Chico y se ha quebrado una pierna. Valerio parte raudo con su sobrino y la visita a las tierras campas de las hortalizas queda para mejor ocasión.

   Como Sisca ha ido con su madre a remeter las camas y limpiar las habitaciones, Zaca duda entre quedarse en su cuarto y leer alguno de los tebeos que ha traído o darse un garbeo por los alrededores. Piensa que desperdiciar un día como el que hace es una lástima. Se pone el sombrero de paja, se calza las botas –recordando el consejo que en su día le dio el mayoral- y escoge uno de los senderos que, partiendo del Mas, vaya Dios a saber dónde le llevará. Al pie de la colina que la senda recorre en zigzag encuentra algo que no esperaba: una balsa, mediada de agua, que al parecer proporciona un viejo molino de viento adosado a la alberca. La puerta está abierta y el chaval lo aprovecha para curiosear. Supone que el viento debe mover la rueda de aspas, en cuyo eje horizontal hay colocada otra rueda de engranaje menor, a su vez unida a otra barra horizontal, que por su otro extremo se une a un eje vertical que mueve un pistón, que debe de ser el encargado de dar fuerza a las aspas. No está muy seguro que la máquina funcione así, pero es que nunca había visto por dentro un molino de viento tan antiguo. En Torreblanca no hay molinos, todo son norias que las mueven las acémilas de los labradores. Va a dar un sorbo de agua cuando oye croar una rana. Se abstiene de beber y se limita a limpiarse las manos y refrescarse la cara. Duda entre si seguir el sendero o volver al Mas, pero el calor está apretando lo que disipa sus dudas. Se vuelve.

   En la clase de la tarde se sorprende al ver que Sisca no está atenta a sus explicaciones. Anda como distraída y remolonea cuando le pide que vaya señalando las capitales de los países europeos que hay en el atlas.

   -Esto es Austria. ¿Capital?

   La chiquilla vacila, pero finalmente contesta.

   -Berlín.

   -Es Viena. Sisca no estás prestando atención.

   Sisca no se disculpa. Se limita a encogerse de hombros. Hoy tiene el día tonto, piensa Zaca. En el pueblo se suelen llamar tontos a los días en los que las mujeres tienen el período. El muchacho conoce la expresión popular, pero solo tiene una vaga y difusa idea de lo que se esconde tras ella. Así como también sabe que en esos días a las féminas se les perdonan muchas cosas. Por lo que no riñe a la chiquilla, pero sí a Julita que, imitando a su amiga, tampoco está por la labor de aprender.

   -Julita, haz el favor. Deja de cuchichear con Sisca y presta atención a lo que te estoy explicando.

   -Paqui también habla y no la riñes. ¿Por qué a mí sí y a ella no?

   -Eso no es cierto. Ya le he dicho a Sisca que no está prestando atención –Juli se marcha enfurruñada.

   Sisca hace un aparte con Zaca y le susurra:

   -Zaquita, tengo que pedirte algo en nombre de Lía.

   -¿Y por qué no me lo pide ella?

   -Dice que le da apuro. Te interesa, pues me ha dicho que si se lo concedes, se portará bien y dejará de chincharte y tomarte el pelo.

   -No caerá esa breva. A ver, dime qué quiere.

   -Que le pongas un sobrenombre como me lo pusiste bien. Está harta de lo de Juli y Julita. Quiere un nombre nuevo.

   -Estoy yo para bautizos, pero si de verdad va a dejar borde… A ver, Juli, ven aquí. Así que quieres un sobrenombre.

   -Quiero que me pongas un nombre bonito y exótico como has hecho con Paqui, que ahora quiere que la llamemos Sisca. Quiero tener otro nombre además de Julita. Si lo haces, te prometo que me portaré bien.

   -Vale. Te pondré un nuevo nombre, pero con la condición que has de prestar atención a mis explicaciones. ¿De acuerdo? Vamos a ver, te llamas Julia, pero todos te dicen Julita. Te podríamos llamar Julieta.

   -Ese nombre no vale. De pequeña ya me llamaban así.

   -A ver, déjame pensar… Julita… ¿Y Lita, te gusta Lita? –La respuesta es negativa.

   -Pues no se me ocurre nada… A ver, te llamas Julia, Ju… lia. ¿Y si te llamo Lía.

   La sonrisa que ilumina el rostro de la chicuela vale por la afirmación más contundente. Lía. Lo de Zaca de ir rebautizando a las muchachas que le rodean ¿debe de ser una manía, una forma de camelarlas o un simple divertimento? Primero fue Sisca, ahora Lía, ¿quién será la tercera?, se pregunta el hacedor de sobrenombres.


 [CM1]