El calendario marca el 24 de agosto, festividad de San Bartolomé, patrono de Torreblanca, y en el pueblo comienza el evento más anhelado por la juventud torreblanquina: las fiestas patronales. A Zaca no se le ha olvidado la fecha ni lo que supone, pero como, dado su carácter, no fue excesivamente festero, no lo echa de menos. Para el señor Zacarías el veinticuatro de agosto sí es importante porque, como suele hacer, es cuando se coge la única semana de vacaciones que la familia suele pasar en la playa, pero este año cambian el mar por la montaña. Las pasarán en el Mas del Canònge, donde han sido invitados por los Villalonga. Los Clavijo viajan hasta Castellón en el autobús de línea de la compañía Mediterráneo, en la ciudad cogen el bus de la Hispano de Fuente En Segures hasta Benlloch. Allí les espera Valerio que con sus mulas les lleva hasta el Canònge.
Zaca recibe emocionado a su familia, emocionado y orgulloso de lo mucho y bueno que les puede contar sobre su estancia en la masía. Los Villalonga se esfuerzan en agasajar a los recién llegados y se desviven para que los Clavijo se encuentren en el Mas como en su propia casa. Les enseñan cada uno de los rincones del Canònge. Los llevan a Benlloch, pues son las fiestas de la Asunción y a los hermanos chicos de Zaca los invitan a la feria del pueblo para que disfruten de norias y carruseles feriales. La señora Concha se esmera preparando sus mejores platos. Valerio lleva al señor Zacarías a visitar el parany y le invita a un día de caza mayor, verán de abatir a algún jabalí. Paca tiene interminables tardes de charla con Rosario. Y hasta la abuela Julia se desvive para que los Clavijo sientan que son algo más que unos meros invitados. A su vez, los Clavijo descubren que su primogénito se ha convertido en un masovero más y que como tal es aceptado y valorado por los residentes del Mas. Lo que les llena de satisfacción y orgullo. Y perciben que su chico ha madurado, como si en vez de algo menos de dos meses llevase allí todo un año. Su satisfacción crece muchos enteros cuando Zaca, en la primera ocasión que la familia está a solas, les cuenta el dineral que está ganando con el negocio de Los Masos de la Plana Alta, amén de lo que ingresa como maestro.
Asimismo, les enseña, muy orgulloso, la seudo-escuelita de los masoverets. Y les hace una demostración de autoridad y de cómo sus alumnos le llaman señor maestro. Padre piensa que esa experiencia docente le servirá para cuando estudie magisterio, pues sigue creyendo que, dado el apoyo de los tíos Emilia y Paco Roca, ese es el camino que deberá tomar su primogénito en cuanto acabe el bachillerato. Al señor Zacarías el dinero que está ganando su hijo le ha impresionado. Echa cuentas rápidas y llega a la turbadora conclusión de que si el chico siguiera en la masía ganando lo que gana ahora, más lo poco que él ha ahorrado de su magro jornal, podría allegar en poco tiempo el suficiente dinero para cumplir uno de los sueños de los Clavijo: comprarse una casa. O, al menos, un piso, o, en el peor de los supuestos, adquirir un solar para construir una casita de nueva planta. Así, cuando se jubile, la familia tendrá un techo bajo el que cobijarse. ¡Lástima que el chico se tenga que volver al pueblo! Tras decirse esto, recapacita y piensa que es un egoísta y un pésimo padre, pues en lugar de concentrarse en el futuro de su hijo está primando su deseo de convertirse en propietario. Y el porvenir de su chico está en seguir estudiando. Debe aprobar el bachillerato elemental y luego hacerse maestro, y con esa carrera, y el apoyo del tío Paco Roca, conseguirá un puesto de maestro nacional, con lo que tendrá asegurado el pan para el resto de su vida. O sea, que nada de ensoñaciones, debe volver al pueblo y proseguir sus estudios. Es lo que explica a los Villalonga en una sobremesa ante una pregunta de Julia.
-Señor Zacarías, ¿el hico va a continuar estudiando para bachiller? –quiere saber la abuela.
Por supuesto, señora Julia. En el curso que comienza el próximo septiembre hará cuarto y, como espero que lo apruebe, el año que viene lo matricularemos en la Escuela Normal de Castellón para estudiar magisterio por enseñanza libre. Será el primero de la familia en tener una carrera. De lo que, como puede suponer, estamos muy orgullosos.
-Es para estarlo –afirma Julia, que formula otra de sus indiscretas pregunta-: ¿Se han planteado de si en vez de maestro no tendría más futuro si estudiara para perito mercantil? Lo digo porque, desde que lleva la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta, nos ha demostrado que las matemáticas tampoco se le dan mal.
-La verdad es que no nos lo hemos planteado. Nuestros dos parientes, que son maestros, nos han dicho que si estudia Magisterio pueden ayudarle a aprobar las oposiciones y en cuanto sea miembro del Magisterio Nacional pasará a ser funcionario público, lo que supone tener trabajo para toda la vida. En cambio, si se hiciese perito mercantil no conocemos a nadie que pudiera apadrinarlo. Y ya sabe lo que se dice: quien no tiene padrinos, no le bautizan. Aunque estamos hablando de algo que está por venir. De momento, que termine el bachillerato elemental y luego Dios dirá. De hecho, ya he comprado los libros de cuarto y su madre se los ha forrado, como hace todos los años.
-Bueno, Zaquita –interviene Paca para que su madre no estropee la charla con otra pregunta indiscreta-, cuando estudies para maestro te vendrá como anillo al dedo la experiencia que has cogido con los masoverets. No sé si lo sabe, señor Zacarías y amiga Rosario, pero su chico se ha revelado como un maestro de categoría. Sus alumnos, y no digamos los padres, están más que satisfechos de lo que aprenden sus chicos.
-No es pasión de madre, pero es que mi Zaquita vale mucho.
-Y que lo digas, Rosario. Es más listo que un raposo. Y será un gran maestro. No tengo ninguna duda –afirma Paca.
Zaca se siente un poco violento ante tantos elogios. Mira a Sisca y se sorprende al ver el gesto serio y un tanto tristón de la muchacha. “¿Por qué ese ceño fruncido y ese aire de abatimiento?”, se pregunta. Y la abuela Julia tampoco parece muy contenta con el sesgo de la conversación. “¿Por qué?”, vuelve a preguntarse el muchacho.
-Aprovecho la ocasión –es el llumero quien toma de nuevo la palabra- para darles nuevamente las gracias por todo lo que han hecho para que Zacarías se sienta bien en el Mas. Y les anuncio que el uno de septiembre nos marcharemos, y Zaca volverá con nosotros.
La noticia, aunque previsible, causa honda consternación, especialmente, en dos personas: una era de esperar, Sisca; la otra, quien lo diría, la abuela Julia, pues la partida del Bachiller supone que tendrá que buscar un contable. Y hasta hay un grupo de personas, que no viven en el Canònge, que se sienten frustradas ante la partida del maestro de sus hijos: los masoveros que han puesto en funcionamiento la escuelita del Mas. Terminado el almuerzo, Zaca busca a Sisca, quiere saber el porqué de su tristeza y abatimiento.
-¿Qué por qué estoy triste? ¿No sabes la respuesta? Como no voy a estarlo, si te vas.
-Sabes que solo he venido para estar el verano y que en septiembre tengo que volver al pueblo para terminar el bachillerato –se excusa el muchacho.
-Lo sabía, sí, pero como en las últimas semanas nos hemos hecho tan amigos, tu partida me va a doler mucho. Te has convertido en mi mejor amigo; realmente, en mi único amigo. ¿A quién le voy a contar mis deseos, mis ilusiones, mis desencantos? ¿A quién se lo voy a contar? Antes se los contaba a Juli, ahora ni eso. Me voy a quedar más sola que la una. Como no voy a estar triste.
-Sinceridad por sinceridad. Me quedaría de buen grado. Y lo haría por no dejar a la abuela sin contable para el mercat del dilluns. Y lo haría por mis alumnos masoverets. Pero, sobre todo, lo haría por ti. Creo que no te lo he contado nunca, pero eres la primera chica a la que puedo llamar amiga. Amiga de corazón. Amiga, con la que comparto tantas cosas que mi vida va a ser muy plana y aburrida sin tenerte cerca. A mí también me duele marcharme, ¿pero qué voy a hacer? Mi vida está escrita en los próximos cuatro años. He de terminar el bachillerato elemental y he de cursar la carrera de maestro y luego ya veremos que hago. Quizá en ese momento pueda volver al Canònge. Y te prometo que volveré todos los veranos, y quizá también pueda hacerlo unos días en Navidad y en Semana Santa.
-¿De verdad que soy tu única amiga? Sé que te gustaba la China. ¿No sigue siendo amiga tuya?
-No te negaré que algo sí que me gustaba, pero la cosa no pasó de ahí. Nunca la consideré mi amiga ni le di a entender que pudiese serlo algún día. La única chica que me hace feliz solo con tenerla a mi lado eres tú. No hay otras.
-Me alegro que me lo digas porque, dentro de la tristeza por tu marcha, oír eso me tranquiliza. ¿Me escribirás?
-Todos los días. Lo tengo pensado. Todos los días cuando vuelva de cantar las lecciones, me encerraré en mi cuarto y te escribiré contándote lo que he hecho durante el día y cuanto te añoro. Porque, puedes estar segura de ello: te voy a añorar muchísimo. Voy a añorar lo que me cuentas, lo que no me dices, tus miradas, tus sonrisas, tus silencios, tus enfados…, tu sola presencia. No puedes imaginarte cuanto y como te voy a añorar, reina mora.
Sisca escucha, arrobada, la apasionada parrafada de Zaca y se dice que como no va a sentir lo que cree sentir de su único y exclusivo amigo. ¿O es algo más que un amigo? Quizá por su corta edad aún no es capaz de darle nombre a sus afectos, a sus emociones, a su cariño. De lo que no tiene ninguna duda es que conversaciones como la que están manteniendo la hacen sentirse la mujer más feliz del mundo.
Al margen de sus turbadoras y agridulces charlas con Sisca, Zaca tiene asuntos más objetivos que debe cerrar. El primero, y más acuciante, es la contabilidad del negocio de Los Masos de la Plana Alta. Y eso solo lo puede hacer con Julia. Busca a la abuela.
-Señora Julia. Ya oyó a mi padre. El primero de septiembre nos vamos. ¿Qué piensa hacer con la contabilidad?
-Pues buscar alguien que te reemplace porque a mí me supera. Y no va a ser fácil. Me han hablado que el secretario de la cooperativa agrícola de la Vall d´Alba maneja bien los números, pero no le conozco y no sé que pie calza. También tengo referencias de un maestro de Cabanes que da repasos después de las clases y está puesto en aritmética, pero tampoco lo conozco. Tendré que tantearlos, pero me llevará tiempo. Lo cierto es que me haces una jodida faena yéndote.
-Abuela, sabía que me tenía que ir. Solo vine para el verano.
-Por supuesto que lo sabía, lo que no pude imaginar es que se te ocurriría que el Canònge podía vender mucho más en el mercat del dilluns y todo lo que ha venido después. Porque lo de Los Masos de la Plana Alta lo hemos puesto en marcha un poco entre todos, pero tú, y solo tú, eres el padre de la criatura. Y ahora te vas y nos dejas con el embolado.
-Compréndalo, señora Julia. Con gusto me quedaría, pero no puedo defraudar a mis padres y al resto de la familia. Mi futuro está escrito.
-No te culpo a ti, pero tus padres podrían comprender que ese futuro escrito es muy pobre, muy acomodaticio y muy mediocre. Ser maestro de primeras letras tiene un horizonte muy gris. Es de todo menos ilusionante.
-Es posible, señora Julia, pero yo no puedo hacer nada. Solo tengo trece años y son mis padres los que deciden. Y ya lo han hecho. Volviendo a la contabilidad, si llego a conocer a alguien preparado y que sea de confianza, se lo recomendaré. Aunque de momento no conozco a nadie… Quizá el secretario de la Cooperativa San Isidro de Torreblanca podría valer, pero antes tengo que hablarlo con alguno de mis tíos que le conocen mejor. Le voy a dejar las cuentas hechas del último lunes y la distribución de beneficios. Y no se me ocurre qué más puedo hacer.
-Tranquilo, Bachiller. Mi madre decía que no hay que llorar por la leche derramada. De algún modo, nos apañaremos.
El otro asunto importante que debe cerrar es la escuela dels masoverets. Espera que esto no le cause problemas, aunque emocionalmente lo va a sentir tanto o más que lo del mercat del dilluns. El martes, 29, anuncia a sus alumnos que el 31 de agosto será la última clase. Los chicuelos lo sabían, pero el recordatorio les llena de melancolía. Van a volver a las escuelas del pueblo donde tienen maestros que los tratan como ignorantes por ser masoveros y que no juegan con ellos en los recreos por considerarse superiores. Y además de todo eso, van a aprender mucho menos y se van a aburrir mucho más. Zaca duda de si recordarles que el 31 sus padres deberán abonarle el mes de agosto, pero opta por no hacerlo. Está convencido de que los masoveros no han olvidado su compromiso.
Parece que los dados del futuro están echados y la partida de Zaca es algo que no tiene vuelta atrás. Pero los hados, la divina providencia o ¡vaya usted a saber quién! han determinado que el curso de los acontecimientos relativos al primogénito de los Clavijo discurra por cauces insospechados. Una vez más, la vida de Zaca va a dar un giro de ciento ochenta grados y los causantes de ellos son unos actores con los que nadie, ni siquiera Zaca, contaba. ¿Quiénes serán?
PD. El próximo martes publicaré el episodio 80 de la novela “El masover” titulado: Giro copernicano