martes, 16 de junio de 2026

“El masover”. 77. De cirios y picnic

   Antes de que Julia mande llamar a Zaca para preguntarle porqué llama Sisca a su nieta, aparece la pubilla en el cuarto de estar.

   -Hola, abuela, ¿cómo estás?

   -Cabreada.

   -¿Por qué?

   -¿Me puedes explicar qué es eso de que el Bachiller te llame Sisca?

   -Dice que es más bonito que Francisca y me lo llama cuando estamos a solas. Y no sé porque te molesta, a mí me chifla.

   -Pues a mí, no. Y voy a pedirle que deje de ponerte sobrenombres que no vienen a cuento.

   -Hay que ver cómo eres, abuela. Le das importancia a algo que no la tiene. ¿Qué más te da que me llame de una u otra forma? ¿A quién hace daño que me llame Sisca? A nadie. Podría molestarme a mí, que soy a la       que concierne pero, como te he dicho, me encanta. Y te pido, te ruego, que no le digas nada sobre el particular. Zaca es muy sensible y, si le echas en cara lo de que me llame Sisca, se va a llevar un disgusto de muerte. Y de ninguna manera se lo merece. Con todo lo que ha hecho para ayudarnos en lo de Los Masos de la Plana Alta.

   -No mezcles el tocino con las berenjenas. Encima, defiendes a ese tontolaba.

   -Abuela, por favor, no llames así a Zaca. No es ningún tontolaba. No solo es el mejor maestro que he tenido, también es el chico más amable que he conocido. Si le riñes, y aunque te quiero mucho, me voy a enfadar contigo. Te lo pido por favor, abuela. No lo hagas.

   Julia, al ver la encendida defensa que hace su  nieta del deslenguado torreblanquí, comienza a replegar velas. Que recuerde, nunca ha visto a Paqui tomar partido por alguien de manera tan apasionada. Y empieza a sospechar que, detrás de la exculpación que hace su nieta del Bachiller, puede haber algo más que un cierto compañerismo entre chavales de la misma edad y que trabajan juntos en la enseñanza de los masoverets. Y ese algo, al que todavía no es capaz de ponerle nombre, puede ser más peligroso para el futuro de su nieta y, de rebote, para el porvenir del Canònge, que el hecho de llamar Sisca a Paqui. Por lo que opta por cambiar de táctica.

   -Bueno, hija. Tampoco es cuestión de hacer un drama de todo esto. No le voy a reñir, pero le vas a pedir al Bachiller que se olvide de lo de Sisca y que como mucho  solo te lo diga cuando estéis a solas. Y otra cosa. Creo que pasas demasiado tiempo enseñándoles costura a las masoveretas y has descuidado tus otras obligaciones. A partir de ahora, debes dedicar menos tiempo a dar escuela y más a ayudar a tu madre, que se me ha quejado de lo abandonada que la tienes.

   Sisca sabe muy bien que cuando su abuela se pone en modo de ordeno y mando lo más inteligente es no llevarle la contraria y decir amén, aunque luego se haga lo que uno crea que deba hacer. Esa es la táctica que emplea Valerio y que le suele dar buenos resultados. Y es lo que piensa hacer ella: decir que de acuerdo, pero luego hacer de su capa un sayo. Solo tiene una duda: de si contarle o no lo sucedido a Zaca. Mientras valora qué hace, resulta que el muchacho se ha enterado de que Julia está más que molesta con él por lo de llamar Sisca a su nieta. Se lo ha contado la señora Concha que todavía siente remordimientos por haberse ido de la lengua. Y que ha pedido al chico que no cuente que sabe el ridículo suceso para no dar más motivos a la abuela de que siga irritada. Zaca da las gracias a Concha y le promete que no dirá ni palabra, pero se queda preocupado. Es la primera ocasión en que ha hecho algo que ha molestado a la patrona del Canònge, y de la forma más pueril. Se plantea un dilema: “¿Cuento a Sisca lo de su abuela o no?” La cabeza le dice que no. El corazón le dice que sí. ¿A quién hace caso? Su forma de ser le insta a hacer caso de su mente. Su intuición le lleva a secundar sus sentimientos. Y en esa pelea se debate, cuando la muchacha se le acerca.

   -Zaca, tenemos que hablar. He de contarte lo que me acaba de pasar con la abuela.

   Al muchacho le da un vuelco el corazón. Presiente que de lo que quiere hablarle Sisca es, precisamente, del enfado de Julia por el nuevo mote que ha puesto a su nieta. Y decide abrirse a la muchacha.

   -Yo también tengo algo que contarte sobre la abuela pero, por favor, tú, primero. Cuéntame.

   Sisca le cuenta el diálogo mantenido con su abuela y como, al final, ha acabado dándole la razón para que no siguiera con su matraca, pero que no piensa hacerle caso y que puede seguir llamándola Sisca cuantas veces quiera, pues es un nombre que la chifla y que, además, solamente lo manejan los dos. Únicamente, deberán andarse con tiento cuando la abuela esté presente, entonces nada de Sisca, Paquita arriba, Paquita abajo, o Paqui si quiere, que el diminutivo lo acepta Julia, a quien quiere mucho, pero que siga con sus manías de cuando reinaba Carolo. Que ellos viven en el siglo veinte.

   -Sisca, carita de ángel, no sabes cuánto me emociona oírte. Justo de eso es de lo que quería hablarte. Me das un alegrón que pienses así, pues es lo mismo que pienso yo. Y he tomado buena nota, a partir de ahora nada de Sisca delante de Julia –Y Zaca le tiende la mano. El apretón sella el acuerdo entre los muchachos. Acuerdo que va más allá de haber solucionado el extraño rifirrafe con la abuela.

   Desde ese instante, la relación entre los adolescentes se estrecha más si cabe. Dan un salto cualitativo a su amistad que se traduce en diálogos en los que los sentimientos pesan más que las razones. Y urden planes, a espaldas de Julia, para reforzar sus contactos. Uno de ellos ha sido hablar con Hortensia la Beltrana, del Mas de Roures, para que se queje a la abuela de que las dos masoveretas, a las que Sisca daba clase de costura, se han lamentado de que ya no se la da, y la echan mucho de menos. La Beltrana, en un alarde de mano izquierda, además de contárselo a Julia, le pide que sí sería posible que su nieta retomara la enseñanza de la costura. Que ella y la madre de la otra muchacha se lo iban a agradecer eternamente. La primera reacción de Julia es negarse pero, tras pensarlo, valora que el Mas de Roures –que en realidad son tres masos juntos- es uno de los asociados que más aporta a Los Masos de la Plana Alta y que no le conviene enemistarse con ellos. Por lo que, aunque a regañadientes, accede a que su nieta vuelva a dar costura a las masoveretas. Está lejos de sospechar que la petición de Hortensia ha sido un montaje urdido al alimón por Sisca y Zaca. Si se hubiera tratado de un torneo de fútbol el resultado habría sido: Adolescentes 1. Abuela 0.

   Ambos muchachos celebran el éxito de su añagaza organizando, por primera vez, un picnic junto a la pequeña balsa que hay junto al viejo molino de viento que un día descubrió Zaca y que está a un trecho del Mas. En la merienda campera no falta detalle, Sisca se ha cuidado de ello. Ha desempolvado una antigua banasta de mimbre que contiene media vajilla y los correspondientes cubiertos. Y, bajo la supervisión de Concha, ha preparado una merienda realmente exquisita: combina una base de cereal con fruta fresca y frutos secos, y una pequeña cantidad de mantequilla para dar saciedad. La clave es el equilibrio entre texturas crujientes y suaves y sabores dulces y salados. Y para ello, el tentempié consta de requesón, unas lonchas de cecina, un puñado de frutos secos y dos huevos duros; más unas tortitas de arroz y tortillas de maíz.  Lo implementa con manzana en trozos, rodajas de pepino, zanahoria y tomatitos de penjar. Y Zaca ha puesto el toque romántico recolectando un ramillete de flores silvestres que, ceremoniosamente, ha ofrecido a la muchacha. Sorprendentemente, al recibir el ramo Sisca se emociona y le explica el por qué.

   -¿Te lo puedes creer? Me han regalado muchas cosas en la vida, pero es la primera vez que un chico me regala flores.

   -Me habría gustado ofrecerte unas rosas, pero no he encontrado.

   -Me chiflan estas flores. Secaré una de ellas y la guardaré como recuerdo de una de las mejores tardes de mi vida.

   Los adolescentes cruzan sus miradas y algo etéreo, y difícilmente calificable, fluye entre ambos. El silencio es atronador, tanto que se oye como el tic-tac de sus corazones se acelera por momentos. Con ese cúmulo de sentimientos encontrados se vuelven a la masía tras terminar el picnic. Cuando la pareja llega al Mas se encuentran con que hay un visitante con el que no contaban, aunque sí Concha que es quien le ha llamado. Sisca cuenta al novel maestro que el visitante es el cirerer o ciriero que surte de velas al Mas. Zaca es la primera vez que oye tal vocablo y, como suele, pregunta sobre él. Sisca le explica que el ciriero es el profesional que se ocupa de fabricar cirios o velas y que, generalmente, una vez al año se pasa por las masías para elaborar in situ los cirios, candelas, bujías, velas y hachas que los masoveros, ante la ausencia de luz eléctrica, utilizan para alumbrarse. Suscitada su infatigable curiosidad, el muchacho pide al ciriero si puede ver como realiza su trabajo, a lo que el profesional responde que faltaría más. El cirerer –como se les llama en valenciano-, comienza por hacerle una síntesis de su trabajo, y le cuenta que los cirios artesanales se elaboran mediante la técnica de inmersión, sumergiendo repetidamente un pabilo o mecha de algodón en cera de abeja fundida. Tras cada inmersión, la capa se enfría y solidifica, repitiendo el proceso muchas veces para aumentar el grosor. Finalmente, se pulen, se cortan a la medida deseada y se enderezan, logrando velas densas y de combustión lenta. A preguntas de Zaca, Carmelo –ese es su nombre- añade que él aporta las mechas y el trabajo, pero que la cera la proporciona cada masía.

    -¿Y qué pasa si el mas no tiene cera?

   -Eso es algo que ocurre raras veces porque todos los masos tienen colmenas.

   -¿Y cuáles son los pasos concretos para  la fabricación artesanal de los cirios?

   -Lo primero es la preparación de la mecha: se prepara, a menudo, con contrapesos de hierro en el fondo para mantenerla recta durante la inmersión. Luego se funde la cera de abeja, seleccionada por su calidad, que se limpia y se derrite en grandes tanques llamados "noques". Después, las mechas se sumergen consecutivamente en la cera caliente. Se necesitan múltiples inmersiones para lograr un determinado grosor. A lo que sigue su calibrado y enfriamiento, para lo que se utilizan plantillas que  aseguran que el grosor sea uniforme en toda la longitud del cirio. La cera se solidifica al aire entre inmersiones. Y por último, una vez alcanzado el tamaño deseado, los cirios se cortan, se cepillan o se pasan por una terraja para eliminar irregularidades y se les da el acabado final. Este proceso permite crear velas de alta calidad que pueden medir desde diez centímetros hasta dos metros.

   -¿Y cobra mucho por ese trabajo?

   -Cobro en función del volumen de velas que elaboro.

   -Como hay tantos masos no le faltará el trabajo.

   -De momento, no, pero a medida que la electricidad llegue a las masías, cada vez tendré menos tajo. De hecho, tenía un aprendiz y me deshice de él. Le dije que aprendiera otro oficio porque el mío tiene los días contados. Posiblemente, seré uno de los últimos cireros de la provincia.

    Zaca nunca se había encontrado ante un oficio que está en trance de extinguirse, lo que le hace plantearse que, afortunadamente, la profesión a la que parece abocado –la de maestro- no va a tener ese problema.  Mientras haya niños en la tierra alguien, aparte de los padres, tendrá que enseñarles. Como maestro ganará más o menos, pero trabajo nunca le va a faltar. No todo va a ser malo.

   Con la excusa de que el calor aprieta cada día más, Zaca vuelve a proponerle a Sisca ir a la balsa del molino de viento, quizá podrían bañarse.

   -¿Sabes que en la balsa hay ranas? El día que la descubrí no llegué a verlas, pero las oí croar.

   -Con la calorina que hace, debe de ser una gozada meterse en el agua para refrescarse. ¿Nos metemos? –Ha sido Sisca la que se ha atrevido a proponerlo.

   -No llevo traje de baño –es la púdica respuesta del muchacho.

   -Yo tampoco, pero llevo la combinación. Y tú, supongo que llevarás calzones. No necesitamos maillots. Anda, no me seas cobardica. Anímate.

     Y sin esperar respuesta, Sisca se despoja de blusa y falda, se queda con el viso y las braguitas y se zambulle en la balsa. La muchacha no sabe nadar, pero no lo necesita, pues el nivel del agua solo llega a la altura de algo más arriba de la cintura. Zaca se lo piensa pero, ante el ejemplo de Sisca, se siente obligado a quedarse en calzoncillos y meterse en el agua. La escena podría parecer un tanto concupiscente, pero nada más lejos de la realidad. Los dos semidesnudos adolescentes no se han rozado y ni siquiera se atreven a mirarse. La vez que Zaca ha lanzado una fugaz mirada a Sisca, su rostro se ha puesto de color bermellón al ver que la combinación se le ha pegado al cuerpo y sus redondos senos, ya no tan chiquitos, resaltan en demasía, y las areolas que rodea los oscuros pezones son descaradamente visibles a través del viso. Zaca no vuelve a mirarla, pues intuye que si lo hace tendrá una erección ya que su pilila –como la llaman los niños- está mostrando signos de que ha despertado. Y lo último que quisiera es montar un espectáculo bochornoso y malograr una tarde tan maravillosa como la que están pasando. Cuando salen de la balsa buscan, pudorosos, lugares distantes para vestirse y, sin mediar palabra, retornan al Mas. En la vuelta apenas si se miran hasta que, mediado el trayecto, Sisca tiende la mano que Zaca aprieta con la suya. Es la primera vez que van de la mano. ¿Será la primera y última? Ellos no lo saben, los lectores tampoco y el autor duda. Habrá que citar a Pascal: El corazón tiene razones que la razón no comprende. Hay momentos en los que la lógica sobra, son los sentimientos los que cuentan. Y eso es lo que parece que les está pasando a los adolescentes, que se han olvidado de la cabeza y han dado rienda suelta al corazón. El sentimiento que fluye entre ambas manos unidas es un cóctel en el que se mezclan la amistad, el cariño, la comprensión, la ternura y unas gotas de deseo. Un cóctel que, con el tiempo, quizá pueda convertirse en algo más apasionadamente intenso.

  

PD. El próximo martes publicaré el episodio 78 de la novela “El masover” titulado: Las cuentas de la lechera

martes, 9 de junio de 2026

“El masover”. 76. A Julia no le gusta lo de Sisca


    Julia está al tanto de cuanto acontece en el Canònge y su entorno. Lo que es natural, pues para mandar como es debido hay que estar al día de cuanto ocurre en tu territorio. Y, por tanto, sabe que su nieta y el novato maestro charlan con mucha frecuencia, lo que por otra parte es lógico, dado que pasan juntos buena parte de la jornada. También es conocedora que su nieta le tiene cariño y enorme respeto al novel maestro, pero de lo que son sus afectos y emociones más íntimas está ayuna, ya que la chiquilla es poco dada a explayarse sobre ellos. Desde que el viejo Mauro, el del Mas de Besana, le propuso un arreglo para unir en santo matrimonio a sus dos nietos, le ha dado muchas vueltas a los sentimientos que pueda tener Paquita y de los que no sabe nada. De ahí que piense que entre chavales de la misma edad, es posible que la muchacha se abra más, y cuente a Zaca interioridades que no desvelará a un adulto. Por eso, ha decidido sondear al muchacho, a ver que sabe sobre los sentimientos de su nieta. Aprovecha que están repasando las cuentas del último dilluns del mercat y, como el que no quiere la cosa, pregunta:

   -Por cierto, Bachiller, me dijo Paqui que anteayer le echaste una mano cuando una clienta se puso impertinente protestando porque no se la había atendido cuando le tocaba el turno.

   -Fue una menudencia, señora Julia. Unas palabritas, un poco de vaselina, repetir varias veces lo de doña Lola, una señora como usted… Y asunto zanjado. Cosillas así pasan la mayoría de los lunes. Y Sis…, perdón, y Paqui estuvo a la altura. Yo solo tuve que rematar lo que ella había iniciado.

   -A propósito, ya que hablas diariamente con Paqui, ¿te ha contado algo sobre si hay algún mozo que le haga tilín? Lo digo, porque igual cuando estuvo en tu pueblo conoció a alguien que le puso ojitos y a ella le pareció bien -El muchacho vacila. Se nota que la pregunta le incomoda.

   -Señora Julia, tendrá que perdonarme, pero hacer de chivato es un plato de mal gusto.

   -¡Oh!, no era mi intención ponerte en un aprieto. Solo quería saber si Paqui tiene algún admirador desconocido. Pura curiosidad de abuela. Y como habla tanto contigo…

   Al chico la pregunta de Julia sigue sin gustarle, pero no se atreve a no responder a la abuela.

   -Lo cierto es que charlamos diariamente de un millón de cosas, pero sobre temas de sentimientos personales no lo hacemos nunca. No por nada, sino porque ambos somos muy estrictos en lo referente a los afectos. Por lo que no sabría decirle si tiene algún admirador, algo que tampoco sería tan raro, pues cualidades sobran a Sis…, perdón, a Paqui para tener, no un admirador, sino a toda una legión.

   Pese a que la exposición del muchacho ha sido bastante ambigua, Julia se da por satisfecha con la respuesta, pero en lo que se queda pensando es que el Bachiller ha pronunciado dos veces la sílaba Sis y no ha completado la palabra. “¿Qué demontres querrá decir Sis…?”, se pregunta.

   A todo esto, agosto ha comenzado y Zaca tiene idénticas tareas een lo que respecta al mercat del dilluns, pero con un cambio sensible en su actividad docente. Como Sisca le ayuda cada vez más en la enseñanza de los masoveritos, algunas tardes falta a la clase mañanera, por lo que Zaca solo da escuela a Lía y Juanito, pues Mito no cuenta. El hecho de mantener dos diferentes periodos diarios de clase le está generando algún que otro problema, lo que le lleva a pensar que podría convertir sus dos grupos de alumnos en uno y pasar a un horario de mañana y tarde como el que tienen las escuelas públicas. Como la mayor parte de sus ideas, lo comenta con Sisca para que, al mismo tiempo que sigue profundizando en su aprendizaje, le continúe ayudando en la docencia, pues tiene un grado de conocimientos superior al de los masoveros, quizá con la excepción de Antoniet Prades. A Sisca, la idea le gusta, pero señala una falla.

   -Con el horario de mañana y tarde, ¿qué harán els masoverets con la comida de mediodía? Si fueran solo dos o tres podríamos darles de comer en el Mas, pero a tantos no es posible.

   -No había caído en eso. El almuerzo, claro. Podrían traérselo de sus casas. Podrían…

   -Lo mejor es que lo hablemos con la abuela. Quizá a ella se le ocurra la solución.

   Van a ver a Julia y le explican lo que han pensado. Usan el plural, como si la idea hubiese partido de ambos. Para unificar los dos grupos de alumnos, el argumento justificativo que manejan es que si los chicos de Pili se pasan al grupo de mañana y se integran con los masoveros estarán acompañados por chavales de su edad y, posiblemente, aprenderán más y, sobre todo, Mito no se aburriría tanto. Y al mismo tiempo, podrían aumentar el tiempo que dedican a los masoveros. Ahora bien, eso conllevaría otro problema: que los chavales de los masos tendrían que almorzar en el Canònge. Julia, que el cambio sea una idea conjunta de su nieta y el muchacho le agrada y, les contesta que por ella no hay problema; es más, le parece bien, pero que con quien tendrían que pactar el posible cambio de horario es con los padres de los masoverets, y como no podrán hacerlo con todos, se impone dialogar con Germán el Rizos, que hace el papel de portavoz de los padres de los masoveritos. Por medio de uno de los chicos del Mas de Planchadell, Zaca envía recado a Germán que debe de hablar con él a la mayor brevedad posible. Al día siguiente, martes, uno de agosto, el Rizos se presenta en el Canònge. Germán, sin preámbulos de ninguna clase, pregunta:

   -Maestro, tú dirás. ¿Ha surgido alguna pega? ¿Algún crío te ha faltado al respeto?

   El muchacho le explica lo que se les ha ocurrido para llevar parte del horario docente a la tarde. Así, los críos no tendrían que pegarse los madrugones que ahora se dan, tendrían horario de mañana y tarde, como lo tienen en las escuelas de los pueblos, irían más descansados y ello redundaría en que estarían en mejores condiciones de aprender más y mejor. Solo hay un problema: el almuerzo. Germán, parece comprender la propuesta y entender el obstáculo, pero no da una respuesta firme.

   -Lo tengo que hablar con los otros padres. Te daremos una respuesta en cuarenta y ocho horas. Dos preguntas: ¿ese cambio lo sabe Julia? Y otra, ¿Aumentar el horario, supondrá aumentar lo que te pagamos?

   Zaca, lo de los dineros ni se lo había planteado. Y ahora que lo menciona el Rizos piensa en ello. La duda le dura poco: no va a ponerse en plan pesetero y pedirles más perras. Con lo que gana se siente más que satisfecho. Y ya que la propuesta parte de él, debe mostrarse generoso.

   -A la señora Julia, a la que le he adelantado la propuesta, el cambio le parece bien. En cuanto a los dineros, no quiero ni una perra de más. Sigo estando conforme con lo que me dan.

   -Es todo un detalle de tu parte, maestro. Eres un chaval, pero tienes cosas de hombre. Pasado mañana te contaré. Y te adelanto que, por lo que a mí respecta, el cambio me parece bien. Hay críos que tienen que levantarse a las seis de la mañana para venir a la escuela. El cambio les va a parecer cojonudo.

   Como dijo, el Rizos se presenta el miércoles en el Canònge. Le acompaña Hortensia la Beltrana, una de las masoveras del Mas de Roures, a la que conoce Zaca y que en ocasiones ejerce el rol de vigilante en el mini bus que transporta a los masoveritos.

   -Maestro, te cuento. No todos los padres están de acuerdo con el cambio pero, como los que sí lo estamos somos mayoría, al final todos han aceptado el nuevo horario. Respecto a la comida no habrá poblema, cada chico se traerá un saquito o una fiambrera con las viandas de su casa. Están acostumbrados a las comidas frías. En el Canònge solo tendrán que darles agua. Y déjame decirte, otra vez, que eres el mejor maestro que han tenido los críos. Cuando te vayas, los chavales te van a echar mucho de menos. ¿Cuándo empieza el nuevo horario?

   -Cuando los chicos y sus familias estén preparados.

  -¿Te parece que el viernes?

   Y el viernes, 4 de agosto, comienza para Zaca una nueva etapa en su corta carrera de docente. El hecho de tener horario de mañana y tarde, le hace acordarse de sus maestros del pueblo y se siente como si también fuese un maestro de verdad, cuando no es más que un estudiante de bachillerato que ni siquiera ha completado el grado elemental. Precisamente, eso le recuerda Sisca.

   -Bueno, Zaquita, casi eres como tus maestros de Torreblanca. Solo falta que te llamen don Zacarías.

   -Quita, quita. Solo me faltaría eso, que me volvieran a llamar Zacarías. Ni por todo el oro del  mundo.

   -Es una broma, tonto. ¿Sabes una cosa? Tengo a la abuela y a madre medio convencidas de que, en aquellos días en los que en casa falta gente a la comida de mediodía, podemos invitar a un par de masoveritos a comer con nosotros.  Comerían de caliente y podrías, como hiciste con Lía, Juanito y conmigo, enseñarles modales en la mesa. ¿Qué te parece?

   -Una idea estupenda. Pero, ¿no será abusar de vuestra hospitalidad?

   -¡Que va! Casi todos los chicos de la escuela son de masos socios del puesto de La Plana Alta y nos interesa tenerles contentos.

   -Pero eso será darle más trabajo a la señora Concha.

   -A Concha, cuando se pone ante los fogones, le da lo mismo guisar para cinco que para cincuenta.

   El viernes, 4 de agosto,  comienza el horario partido en la “escuela” del Canònge. Todos los chavales, excepto uno que lleva una tartera, han traído un saquito casero de tela donde guardan su almuerzo. Zaca observa que hay diferencias entre ellos: el volumen de unos saquitos es sensiblemente más voluminoso que el de otros. Cuando se lo cuenta a Sisca, ésta le explica la posible causa.

   -Es natural. No todas las familias de nuestros alumnos –ya habla de ellos en plural- son igual de ricas. Es posible que acertara si te dijese que los saquitos más voluminosos pertenecen a chicos de familias que son propietarias de los masos en que viven. Los saquitos de menos volumen, y se supone que con menos comida, son de aquellos que solo son masoveros. Pero, quédate tranquilo. Ninguno de ellos pasará hambre. Primero, porque los masoveros, en general, somos frugales –hace tan solo unas semanas, Sisca desconocía este adjetivo- y segundo porque, con independencia de la cantidad, a buen seguro que todos llevan comida suficiente. Y se me ocurre otra cosa: fíjate en los que llevan los saquitos menos voluminosos y a esos serán los primeros que invitaremos a comer con nosotros.

   “Esta Sisca no da puntada sin hilo -piensa Zaca-. A mí eso no se me había ocurrido. Hay que ver lo que ha madurado esta cría”. La cría, que ya no es tal, se dice que el Bachiller, como le llama la abuela, es más bueno que el pan y más cándido que una novicia, pues no se entera de los mensajes subliminales que lleva tiempo mandándole. “Tendré que tener paciencia con él, pues como dice Valerio cada fruta tiene un tiempo de sazón y parece que el tiempo de maduración de Zaquita es moroso”.

   Mientras, Julia ha encontrado, no porque lo haya buscado sino por casualidad, quien le revele lo que hay detrás del Sis…, que a veces se le escapa al Bachiller y que le suscitó curiosidad. El descubrimiento se ha producido en una charla con Concha.

   -¿Has visto a Paquí? –pregunta Julia.

   -No, pero a esta hora debe estar con los chavales de la escuela del Bachiller –contesta Concha.

   -Esta cría, desde que se ha hecho medio maestra, ha descuidado por completo sus deberes con el Mas –se lamenta la abuela.

   -Es natural, Julia, entre enseñar a unos rapaces que la adoran y dar de comer a los guarros hay todo un mar de diferencias.

   -La culpa de eso la tiene el Bachiller.

   -No le eches la culpa al pobre chaval. Es otro de los que, como los masoverets, adora a tu nieta. Y encima, ya sabrás que la ha bautizado con un nuevo nombre –Nada más decir lo último, Concha se ha arrepentido, conoce lo suficiente a Julia para intuir que lo de Sisca no le va a gustar ni un pelo. Ha metido la pata, pero no ve cómo arreglarlo si Julia sigue preguntando. Y lo que se temía…

   -¿Qué quiere decir eso de que el Bachiller le ha puesto un nuevo nombre a Paqui? ¿Quién se cree que es ese chaval para andar bautizando a otra gente? ¡Y encima esa gente es mi nieta! ¡Qué ni se le ocurra ponerle apodos raros, que esas cosas empiezan como una broma y Dios sabe cómo terminan! ¡Paquita es Paquita y no hay más que hablar!

   Julia se ha cogido un enfado que no es proporcional a lo que le ha descubierto Concha, pero la abuela tiene su genio y no puede domeñarlo fácilmente. Ante la directa pregunta de Julia de qué quiere decir eso de que el Bachiller le haya puesto un nuevo nombre a Paqui, a Concha no le queda otra que cantar la gallina, pero trata de endulzar la respuesta en la medida de lo posible.

   -Pues que cuando están de broma, en vez de llamarla Paquita, el muchacho le dice Sisca. Pero solo es una especie de juego entre ellos.

   -¿Sisca? ¿Y qué clase de nombre es ese, si puede saberse?. No me suena a nombre cristiano.

   -Por lo que me ha contado el chico es una especie de abreviatura de Francisca, que es el nombre de bautismo de Paqui.

   -¡La leche que le dieron al torreblanquí! –Es la primera vez que Julia alude a Zaca por su gentilicio, señal de que está enfadada-. Y tú lo sabías, ¿y no me lo has dicho?

   -No me eches los perros, Julia.  Ya te he dicho que solo se trata de un juego entre chiquillos. No tiene la menor importancia.

   -Claro que la tiene. Mi nieta es Paquita porque así lo decidimos de pequeña para no confundirla con su madre. Y no va a venir ningún forastero, por muy bachiller que vaya a ser, a cambiarle el nombre. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

   -Perdona que te lo diga, Julia, pero estás haciendo una montaña de lo que no es más que un grano de arena. Una chiquillada, vamos.

   -No me vengas con monsergas, Concha. Estas cosas comienzan medio en broma y nunca sabes cómo pueden acabar. En cuanto me eche el torreblanquí a la cara se va a enterar de lo que vale un peine.

   “Buena la hice -se dice Concha- ¿Por qué no me habré callado? Tengo que avisar al muchacho de la que se le viene encima. Al menos, que esté prevenido. ¡Dios mío, Dios mío, qué forma de meter la pata!”. Da la impresión que Zaca, sin comerlo ni beberlo, se ha metido en un avispero. Y las avispas son tercas picando.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 77 de la novela “El masover” titulado: De cirios y picnic

martes, 2 de junio de 2026

“El masover”. 75. Casamenteros

   El domingo, 30 de julio, Valerio había prometido a Zaca que se lo iba a llevar con él, a ver si podían cazar algún ejemplar de una manada de jabalíes que está devastando uno de los campos del Canònge en el que habían plantado remolachas. Cuando ya tenían dispuestos los pertrechos, el Mayoral ha tenido que suspender la cacería por la llegada de un visitante inesperado. Según le ha contado al muchacho, se trata del tío Mauro el Forner, dueño del Mas de Besana, masía sita a medio camino entre Cabanes y la Vall d Alba, y que es famosa y rica porque tiene un gran horno de leña en el que los Molins –apellido de la familia del tío Mauro-, desde hace décadas hornean toda clase de cocas, cocs i pastissos y, sobre todo, un pan denominado pa d´oli que se vende como rosquillas en toda la comarca. Y hasta hay gente de la capital que se desplaza adrede al Mas solo para comprar y degustar alguna de sus exquisiteces. Al parecer, el tío Mauro es viejo conocido y amigo de la abuela, y ha venido para tratar unos asuntos familiares con ella. El recién llegado, pese a que tiene sus años, continúa mostrando un aspecto vigoroso. De su cabeza destaca una cabellera abundante, aunque canosa, y un pronunciado mentón. Es de mediana estatura y más bien recio, aunque sigue moviéndose con soltura. Viste buena ropa, se nota que es un masovero pudiente.

   Durante el almuerzo, Mauro ha monopolizado la charla contando chascarrillos y sucedidos de cuando Julia y él eran mozos. El viejo tiene facundia y cae simpático, pues se nota que, además de mano izquierda y desparpajo, es buena gente. Eso es lo que piensa Zaca, pensamiento que parece ser compartido por los restantes comensales, pues le tratan con gran deferencia. Acabado el almuerzo, abuela y visitante se encierran en el cuarto de estar para hablar de lo que el propio Mauro ha calificado, vagamente, como asuntos familiares. Sisca ha contado a Zaca que de los Molins se dice que son tan o más ricos que los Villalonga, y que ambas familias tienen varias fincas con lindes comunes, que más de una vez han intentado comprarse mutuamente sin que hayan llegado a un acuerdo, pero que, a pesar de ello, las relaciones entre los dueños de ambos masos han sido y siguen siendo cordiales.

   -¿Y además del tío Mauro, hay más Molins? –quiere saber Zaca.

   -Que recuerde, está el hijo del tío Mauro, Pau, el Forner Jove, que debe ser, más o menos, de la edad de mi madre, y su hijo Pauet, el Forneret, que debe de tener un par de años más que nosotros. Son buenas personas, pero tienen fama de ser muy peseteros. Alguna vez le oí contar a mi padre que chavo que llega al Mas de Besana, chavo que no vuelve a ver la luz del sol porque de allí no sale –Todo esto lo refiere Sisca medio en broma, medio en serio. Posiblemente, el talante de la chiquilla sería otro si pudiese escuchar la conversación que mantienen ambos abuelos.

   -Mauro, si has venido, como otras veces, a tantear si te vendemos alguna de nuestras fincas que linda con una vuestra, la respuesta es no. Te lo digo de entrada para que no perdamos el tiempo.

   -Julia, cumples años, pero sigues siendo tan directa como siempre. Y no, no es ese el motivo de mi viaje. Y no va a ser el de esta charla, si me das un respiro para contarte el por qué he venido a veros.

   -Perdona, Mauro. A lo mejor me he pasado y no te he tratado como lo que eres: un viejo amigo y un buen vecino. Pero he creído que era mejor dejar las cosas bien sentadas desde el principio para evitar malos entendidos.

   -No hay nada que perdonar, Julia. Estoy de acuerdo contigo en que, como suele decirse, las cosas claras y el chocolate espeso, y así nos evitamos malentendidos –dicho que ha acompañado de una sonora carcajada. 

   -Pues bien, Mauro. Cuéntame a que has venido. Soy toda oídos.

   -El asunto por el que estoy aquí va de nuestros nietos, de tu Paquita y de mi Pauet –antes de proseguir, Mauro se ha echado al buche un sorbo del café que les ha traído Concha-. Oye, este café está buenísimo, veo que la Concha no ha perdido la mano.

   -Al grano, Mauro –le insta Julia, que se ha puesto en guardia al escuchar el nombre de su nieta. Algo que le ha sorprendido, pues era lo que menos podía esperar.

   -No voy a andarme por las ramas, Julia. Voy a ir al grano como pides. Tu nieta es pubilla y mi nieto hereu. Imagina el fortunón y la de propiedades que juntarían si un buen día llegaran a casarse. Serían los masoveros más ricos y poderosos de toda La Plana Alta; que digo de La Plana, de toda la provincia –al ver que la abuela va a hablar, se le adelanta-. Perdona, Julia, déjame contarte todo lo que quiero decirte y luego te cedo la palabra.

   -Estamos en mi Mas, por lo que deberé ser yo quien te ceda la palabra –objeta Julia, que no parece dispuesta a achantarse ante la verborrea del visitante.

   -Una vez más, he de reconocer que te sobra la razón y que me he pasado. Te pido que me disculpes. Me hago viejo, pero mi carácter me sigue gastando las mismas malas pasadas que de joven.

   -Si. Me recuerdas aquello de genio y figura hasta la sepultura. Pero, por favor, sigue con lo que decías.

   -Al grano. La pregunta que viene al caso es: ¿Habéis pensado en algún arreglo de futuro para Paquita? Yo si lo he hecho de mi nieto. Aunque ha llovido desde entonces, recordarás que hace una pila de años vine a proponerte arreglar la boda de tu hija con mi Pau, pero no llegamos a un acuerdo. Preferiste a Manuel, aunque los Villalonga no nos llegan ni a la suela del zapato, al menos, en cuanto a fortuna. No, no te lo reprocho. Hiciste lo que creíste mejor para tu Paca y para el Canònge, y además eso es agua pasada. No vengo a removerla, ni mucho menos. Lo que estoy haciendo es mirar al futuro y ahí están nuestros nietos para hacerlo no sé si mejor, pero sí más seguro. Eso es lo que he venido a proponerte: un arreglo de boda entre nuestros nietos, y vengo con las manos abiertas y sin planteamientos previos. Estoy abierto a cualquier clase de contrapropuesta que quieras hacerme. Solo me guía el futuro bienestar de nuestras familias. Y, si me permites, una última pregunta para terminar y te devuelvo la palabra: ¿Tenéis acordado algún arreglo de casamiento para Paquita? Porque si es así, solo me resta pedirte disculpas y retirar mi propuesta. Y es lo que quería decirte y dicho queda.

   La abuela se toma su tiempo para contestar. No quiere hacerlo a la ligera, pues el asunto que le plantea Mauro es de tal trascendencia para el futuro del Canònge, que debe de andar con tiento en su respuesta. Tal es así, que decide que lo mejor será dejar la contestación en suspenso hasta que la haya meditado a fondo y quizá hablarlo con Paquita, pues la chiquilla ya tiene edad para pensar por su cuenta. Y por supuesto, también lo tendrá que hablar con Paca y Manuel. Ahora de lo que se trata es de no cerrarse ninguna puerta, pues el mundo da muchas vueltas y el futuro no está escrito.

   -Mauro, te agradezco tu franqueza y, ¿por qué no?, tu propuesta. Me complace que lo hayas hecho en corto y por directo y no que lo hayas planteado con medias tintas y zorrerías por el estilo. Te pagaré con la misma moneda. La proposición no me la esperaba, por eso no estoy preparada para darte una respuesta concreta a un posible arreglo, que ni admito ni rechazo. Lo aplazo. Dame…, digamos hasta finales de agosto para que lo medite y lo hable con mi nieta y sus padres. Supongo que la chiquilla algo tendrá que decir al respecto. Aunque va a cumplir trece años es muy madura y hace tiempo que piensa por su cuenta.

   -Perdona, Julia. No quiero entrometerme en como manejas tu familia, pero he de decirte que a mi Pauet, que ya cumplió los quince, ni se me ha pasado por la imaginación pedirle su opinión sobre este asunto. A la gente joven hay que darles los asuntos importantes ya mascados, pues tienen la cabeza a pájaros. Y tu nieta, que aún no cumplió los trece, ni te digo…, pero repito que no pienso meterme en cómo mandas en tu casa. Respetaré lo que decidas, con o sin escuchar la opinión de tu nieta. Otra pregunta, si no te molesta: ¿De verdad necesitas tantos días para decidirte?

   -Mauro, buen amigo. Ya sabes lo que se dice: cada fruta requiere un tiempo para entrar en sazón. Y el mío es el que te he dado. Debe de ser que me estoy haciendo mayor.

   -De eso, nada. Te veo tan bien o mejor que la última vez que estuve en el Canònge. Que si no recuerdo mal hará unos tres años de eso. Ah, se me olvidaba la otra cuestión que me ha traído aquí. Me cuentan, y no paran, de lo bien que marcha el nuevo puesto de Los Masos de la Plana Alta en el mercat del dilluns. De lo que, como supondrás, me alegro infinito. Y de ahí, mi otra pregunta: ¿Has pensado si os interesaría vender en el mercat nuestros panes y cocas? Sabes que en Castellón nuestro Mas tiene un gran cartel y que hay caragoleros que se acercan aposta al Besana a comprar nuestros productos. Estoy abierto a negociar el tanto por ciento que os llevaríais. Por mi parte, creo que llegaremos a un acuerdo, no pienso discutir por un punto arriba o abajo. Lo que tú propongas.

   -Ves, Mauro, para contestar a esa oferta no necesito ni un día. Si te parece, la podemos dejar zanjada ahora mismo –Y tras un regateo, tan cortés como inmisericorde, propio de dos viejos zorros, llegan a un acuerdo y el mas de Besana venderá sus productos panaderos en el mercat del dilluns.

   El tío Mauro se despide de los Villalonga y de los demás residentes del Canònge con el mismo buen talante con el que llegó. Al menos, es lo que aparenta, aunque su embajada se haya saldado con un “lo estudiaremos” que le ha dejado un regusto agridulce.

    Tras su marcha, Julia queda pensando en la proposición que le ha hecho el Forner. Tiene mucho en qué cavilar. Antes de tomar una decisión, debe saber de que pasta está hecho el Forneret, pues no ha vuelto a verle desde que era un rapaz. Decide no aplazarlo –el hierro hay que forjarlo cuando está caliente, se dice- y esa misma tarde manda a Valerio que ensille uno de los caballos y parta a Cabanes para hablar con las primas de su yerno para enterarse qué se dice en el pueblo del Forneret, pues el chico frecuenta el pueblo; luego que vaya al Mas de Planchadell para entrevistarse con Germán el Rizos, de quien sabe que tiene frecuentes contactos con los Molins, y, finalmente, a la Vall d´Alba, que es la otra localidad que frecuentan los del Besana, y donde sabe que el Forneret tiene buenos amigos con los que se junta siempre que puede. La finalidad de los viajes del Mayoral es la misma: obtener la mayor información posible sobre la vida y andanzas del hereu del mas de Besana. El miércoles por la tarde, Valerio está de vuelta y trae un saco de noticias acerca de que pie cojea el Forneret. Las tres fuentes consultadas concuerdan que el muchacho es buena gente, pelín fanfarrón, pagado de sí, algo simple, no se le conocen grandes vicios y, según las malas lenguas, un poco blando de carácter. Estudió para bachiller en el internado que los Padres Escolapios tienen en Castellón, pero no llegó a cursar cuarto, porque según los calasancios ni valía para estudiar ni tenía excesivo interés por los libros. Y poco más. En definitiva, puede decirse de él que su historia está por escribir.

   -Por lo que han callado, más que por lo que han contado –opina Valerio-, me da la impresión de que el chico es un huevo a medio cocer y algo blando de remos, aunque no sé si se acuna en tablas -el Mayoral, como el padre de Zaca, también es dado al lenguaje de la tauromaquia.

   Julia tiene ahora los mimbres suficientes para hacerse una idea cabal del aspirante –por persona interpuesta- a la mano de su nieta. Y lo que en principio piensa es que un chico con poco carácter no es un aspirante que convenga ni a su nieta ni al Canònge. Tanto el Mas como Paquita necesitan a un hombre que los tenga bien puestos y no un alfeñique. Pero, como el posible pretendiente tampoco tiene un bagaje excesivamente negativo, opta por sondear a su nieta pero, por el momento, sin revelarle el porqué del interrogatorio.

   -Paquita, cariño, el amigo Mauro me contó el otro día lo majo que es su único nieto, el Forneret. Por un casual, ¿le conoces?

   -Sí, abuela, aunque no demasiado. El verano pasado, cuando estuve en las fiestas de la Asunción en Benlloch, me sacó a bailar un par de veces. Recuerdo que estuvo todo el rato hablando de que no iba a ir a la mili, pues su abuelo le había prometido que pagaría a otro chico de su quinta para que fuera por él.

   -¿Y es tan majo como dice el tío Mauro?

   -A mí más que majo me pareció bonachón, algo cantamañanas, un poco simplón y muy en plan hereu. Un pavo, vamos. ¿Por qué lo preguntas, abuela?

   -No es por nada, solo por curiosidad –Julia piensa que la opinión de su nieta concuerda de algún modo con la información sobre el joven Forneret que le ha proporcionado Valerio. En consecuencia, se impone lo de meter la petición de su amigo Mauro en la fresquera y dejar correr los días. Y esperar a ver.

   En un sitio tan reducido como el Mas, es casi imposible que los secretos tengan una larga vida y, pese a que la conversación entre Julia y Mauro no tuvo testigos, parte de la charla entre los dos viejos masoveros acaba filtrándose. ¿Cuál de los dos se fue de la boca? No se sabe, pero el presunto e hipotético arreglo matrimonial entre la pubilla del Canònge y el hereu del Besana se comenta en voz baja en la masía. La especie le llega a Zaca por quien menos podía suponer: por Lía.

   -¿Y por qué ha venido el abuelo del chico a pedir relaciones para su nieto y no lo ha hecho él?

   -Porque en la mayoría de ocasiones las bodas entre pubillas y hereus se realizan así: en un arreglo entre las familias y no por relación directa entre los protagonista. ¿Cómo crees que se casaron la señora Paca y el señor Manuel? Según me contó mi tío Valerio, ni se conocían. Arreglaron su casorio los padres de él y la abuela.

      Y ahí queda, de momento, el asunto del posible pretendiente de Paquita. Se supone que, dada que es una pubilla con el riñón forrado, no le faltarán pretendientes, y el Forneret puede ser el primero de una larga lista. Aunque el escribidor se planteauna pregunta inédita: “Y Sisca, ¿qué pensará al respecto? ¿Habrá madurado lo suficiente para pensar en posibles novios? ¿Su corazón todavía no se acelera cuando se le acerca un determinado muchacho?”. Una vez más, y van tropecientas mil, aparecen preguntas sin respuestas, incluso si son de casamenteros. Pero en esta ocasión, las preguntas pesan, pues de cual sea su respuesta dependerá el devenir de algunos de los protagonistas de esta historia.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 76 de la novela “El masover” titulado: A Julia no le gusta lo de Sisca