martes, 10 de febrero de 2026

58. “El masover”. A un panal de rica miel…

 

   Sisca y Julita llevan a Zaca adónde se está haciendo la castra de las colmenas. Caminan por la ladera oriental de una de las colinas que rodean el Mas con bosque bajo y algunos árboles. Al verse rodeado de naturaleza, el muchacho piensa que, pese a vivir en un pueblo agrícola, poco sabe de la flora y fauna de la comarca, como si en lugar de un pueblerino fuese un urbanita. Hasta que identifica algunos árboles que sí reconoce.

   -Veo que hay pinos y encinas a las que en mi pueblo llamamos carrascas –señala el chico.

   -Aquí también se les llama carrascas. En cuanto a los pinos, unos son carrascos, que son los más abundantes, y otros pinos piñoneros –explica Julita, que pregunta a su maestro-: ¿Conoces más clases de árboles?

   -La verdad es que no, salvo los frutales. Ah, y las moreras, porque de niño tenía gusanos de seda en una caja de zapatos e iba a recoger sus hojas para alimentarlos.

   -¿En una caja de zapatos? ¿Entonces qué hacías con los capullos? –pregunta, curiosa, Julita.

    -Nada, los tiraba.

    -¡Qué desperdicio! –exclama Julita-. En el Mas también tenemos gusanos de seda, pero sus capullos no los tiramos. Un día te contaré lo que hacemos con ellos.

   A Sisca no le ha gustado un pelo que su amiga haya puesto en evidencia la precariedad de los conocimientos sobre la flora de Zaca. Y suponiendo que sí las conocerá señala alguna de las plantas que tapizan el sotobosque.

   -De estas plantas también hay en Torreblanca, ¿verdad?

   Lo cierto es que Zaca solo conoce tres de las plantas salvajes que se crían en el pueblo: el romero, la aliaga y el palmito. Está en un tris de asentir, pero se traga el orgullo y admite que no lo sabe. Ante la ignorancia de quien es su maestro, Julita ve una puerta abierta y se lanza a describir los arbustos y matas que matizan la ladera.

   -En esta zona hay plantas aromáticas como el tomillo, la lavanda, el orégano y la salvia. Otras también son medicinales como el romero, que se usa contra la inflamación, la lavanda, o el cantueso que, tomado en infusión, es relajante.

   -Mi madre suele tomar periódicamente lo que llama te de roca, que se lo trae una vecina, pero nunca he visto la planta. ¿Por aquí hay?

   -Claro. Mira, ahí hay una mata –señala Sisca, que se ha cansado de que Julita monopolice la conversación y por eso se lanza a explicar los efectos medicinales del arbusto-. Alivia gases e hinchazones, y es útil para resfriados, toses y los días malos de las mujeres. Antes de irte cogeremos unos puñados para tu madre.

   Cuando se han dado cuenta, el trío ha llegado a la falda del altozano, donde hay alineadas una hilera de rústicas colmenas de corcho alrededor de las cuales se ven revolotear abejas. En medio de ellas, enfundados en sendos monos de trabajo, con las cabezas protegidas por un capuchón de fina tela metálica y las manos resguardadas por guantes, están Valerio y Anselmo realizando la castra de las colmenas. Cuando el mayoral los ve acercarse, les grita:

    -Poneos los monos y los capuchones que hay junto a esas cestas –y, mientras sigue con el laboreo, les explica-: Para conseguir que la miel sea de buena calidad debe cogerse cuando está madura.

   -¿Y cómo se sabe que está madura? –pregunta el muchacho que desconoce ese dato.

   -Cuando, al menos, dos tercios de las celdillas están cubiertas por una capa de cera. Eso supone que la miel ha alcanzado el grado óptimo de humedad, lo que se conoce como opérculo. Es el indicador de que la miel está lista para ser recolectada. Lo que suele ocurrir en verano y otoño, tras la floración.

   Como solo hay dos capuchones, Zaca, por aquello de la galantería, le pasa a Julita el que le ha dado Sisca, pero la muchacha lo rechaza.

   -Póntelo tú. A mí no me hace falta, las abejas no me pican.

   -¿Y cómo es que no te pican?

   -Porque me conocen –contesta, burlona, la chicuela. Zaca le está cogiendo manía a la mayor de los Ariza. Su desenvoltura, para ser una masovera, y su impertinente ironía le ponen de los nervios. “Algún día de estos tendré que ponerla en su sitio”, se dice.

   Cuando todavía faltan algunas colmenas por recolectar, aparece Juanito corriendo como si en vez de por una ladera montañosa lo estuviese haciendo sobre el tartán de una pista de atletismo.

   -¡Tío Valerio, padre!, he encontrado un enjambre salvaje en el avellano grande de la Cañada del Clot.

   -Buena vista, Juanito –le felicita el mayoral que, tras intercambiar unas palabras con Anselmo, deja la castra y dirigiéndose a los muchachos les pregunta:

   -¿Queréis ver como se apresa un enjambre salvaje? Seguidme, pero antes pasaremos por casa para recoger los trebejos que voy a necesitar. Anselmo, me llevo el humero y dame una pella de miel.

   -¿Nos llevamos los monos y los capuchones para resguardarnos? –pregunta Zaca.

   -No serán necesarios. Juanito, vamos a por ese enjambre.

   En la buhardilla de la tercera planta del Mas, donde se guardan las herramientas que solo se utilizan en contadas ocasiones, Valerio recoge una colmena de corcho vacía y busca lo que llama escriño.

-¿Qué es un escriño?, nunca había oído esa palabra –comenta Zaca.

   -Es una especie de cestón fabricado de paja y  cosido con mimbres.

   -¿Y para qué sirve? –Valerio sabe que Zaca las preguntas las encadena, por eso ya no le molestan tanto como al principio de conocerlo.

   -Cuando cojamos el enjambre, lo verás – responde el mayoral.

   El desván es un puro batiburrillo de enseres y trastos inusuales o que se emplean de pascuas a ramos. Está todo apilado a la buena de Dios y por mucho que el mayoral busca y rebusca no encuentra el escriño.

   -¿Dónde coño ha debido guardar el jodido Anselmo el puñetero escriño? –Zaca nunca había oído al mayoral encadenar tres tacos en la misma frase.

   Tras mucho buscar, es Julita la que encuentra el cestón tras quitar, de un montón en uno de los rincones, varias láminas curvadas de corcho con las que montan las colmenas.

   -Por fin, y ahora a la Cañada del Clot.

   Antes de llegar al avellano al que se refirió Juanito, Zaca ve abejas que bordonean por todos lados. El señor Valerio se aproxima al árbol y, resguardándose la vista del sol con la mano, ojea el avellano hasta que, señalando un lugar de la copa, exclama:

   -¡Coño, que grande es el enjambre! Hace más de diez años que no veía un tetón así. 

   Zaca, por mucho que mira, no ve nada en el árbol, ha de ser Juanito quien le indique donde debe mirar. Cuando consigue localizar el enjambre, ve una especie de saco negruzco, de forma ligeramente elíptica, en torno al cual revolotean decenas de abejas. Zaca sabe de la existencia de esos enjambres salvajes, pues su tío Daniel le contó hace tiempo como se forman, pero nunca había visto uno. Le impresiona ver como las abejas dan vueltas y vueltas alrededor del cónico panal produciendo un zumbido un punto amenazador. El mayoral coge el humero de lata, rellena con paja el depósito, y con el chisquero y soplando un par de veces le prende fuego. La paja comienza a arder sin llegar a hacer llama, pero sí humo.

    -Dentro del panal está la reina, ¿verdad? –pregunta el chaval.

   -Verdad. El enjambre se posa donde lo hace la reina, y todas van detrás de ella, tanto si se posa como si se larga.

   -Y si no las coge ahora, ¿qué harán?

   -Quedarse aquí hasta que las emisarias encuentren un lugar adecuado para construir el panal definitivo. Y yo voy a hacer lo mismo; es decir, haré el papel de emisario.

   Valerio se acerca al avellano, corta una rama baja y unta sus hojas con la pella de miel que ha traído, y se la da a Juanito. Luego, con una agilidad sorprendente para sus años, trepa al árbol. Una vez arriba, llama al niño.

   -Juanito, dame el escriño, el humero y la rama enmelada –El niño, que no lleva ningún tipo de protección y que parece no tener miedo a las posibles picaduras, le alarga a su tío el aparato del humo, el escriño y la rama con miel.

   Valerio, tras trepar hasta el lugar donde están las abejas, coloca el escriño boca abajo junto al enjambre y maneja la rama de avellano de manera que las hojas untadas de miel rocen el bolsón que hacen las abejas. Luego, acciona lentamente el fuelle del humero para que salga la mayor cantidad de humo. Poco a poco, la bolsa de abejas se va reduciendo porque éstas, trepando unas sobre otras, se van metiendo en el cestón. Cuando casi todas están dentro del escriño, el mayoral vuelve a llamar al niño.

    -Juanito, recoge el humero -El niño se pone de puntillas para coger el aparato que le alarga su tío, pero no llega, le falta estatura.

   -Estudiante, cógelo tú –lo de Estudiante es el remoquete con el que a veces lo llama la abuela y el apodo parece que ha tenido éxito, pues ya hay más residentes en el Mas que lo utilizan. Hoy ha sido Valerio. A Zaca no le parece mal, pero tampoco bien. “Es mi sino –piensa-. Si me llamase Pepe, Manolo o Paco no me sacarían tantos sobrenombres”. El chico duda un instante, tiene miedo de que le piquen las abejas, pues no todas se han metido en el escriño, pero piensa que las chicas puedan creer que es un cobardica, por lo que, haciendo de tripas corazón, se acerca al tronco y coge el humero. Entonces, Valerio,  con sumo cuidado y asiendo con fuerza el escriño, comienza a descender del avellano.

   En cuanto Valerio llega abajo, saca un trapo blanco de uno de los bolsillos del mono y lo extiende en el suelo haciendo coincidir el extremo abierto del escriño con la puertecilla de la colmena de corcho que ha traído consigo. Las abejas van entrando lentamente en la hendidura de la colmena. El mayoral, para inducirlas a que lo hagan más aprisa, agarra las puntas exteriores del trapo y, levantándolas, forma un plano inclinado empujando suavemente al enjambre hacia el vaso de corcho. Algunas abejas se posan en el cuerpo del mayoral que parece no darle importancia al hecho.

   -Señor Valerio, le van a picar –le avisa Zaca.

   -No lo creo, la abeja enjambrada no pica. Además, una picadura no mata a nadie. Y si te pica alguna, mea, haz un pegote con la tierra del meado y te lo pones encima de la picadura. Te escocerá unos segundos, pero no se te hinchará -Como cada vez son más las abejas que vuelan alrededor del avellano, Valerio vuelve a pedirle a Juanito.

   -Juanito, dale el humero a tu maestro. Estudiante, acerca el humero al trapo y da tres apretones al fuelle.

Molestas con el humo, las abejas que aún están en el trapo blanco comienzan a desplazarse hacia la colmena. Valerio recoge el trapo y lo guarda. Después, vuelca la paja del humero y aplasta la lumbre con el pie.

   -¿Ya está? –inquiere Zaca al ver lo rápido que se ha desarrollado la captura del enjambre-. Entonces, ya puedo recitar lo de: A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron, que por golosas murieron presas de patas en él…

   -Chicos, tenéis un maestro que de refranes, fábulas y cuentos sabe lo que no está en los libros. No estoy seguro de que sepa tanto de la vida real, pero como el saber no ocupa lugar es bueno que también aprendáis lo que os enseñe –recomienda el mayoral-. Con tanto ajetreo, se me ha abierto la gazuza. Vámonos a casa, a ver que ha preparado hoy la señora Concha.

   La vetusta mesa de la cocina está repleta de comensales para el almuerzo del domingo. Además de los masoveros y el mayoral y su mujer, también está la familia al completo de Anselmo. La primera sorpresa que se lleva Zaca es que la abuela Julia sacraliza el almuerzo con una bendición sui géneris: Señor, da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan. Amén. Si Zaca creía que las comidas en el Mas eran copiosas, tiene que desempolvar el adjetivo de pantagruélicas para calificar el almuerzo dominical. Una rebosante fuente de lonchas de jamón, rodajas de embutidos de toda clase y triángulos de queso, tanto fresco como curado, constituyen el entrante. A lo que le sigue una sopa de menudillos con fideos de cabello de ángel. Después, se sirve bacalao al ajoarriero. Tras lo cual, llega lo que parece ser el plato fuerte: pollo con guarnición de patatas panaderas, pimientos, cebollas y calabacines. Y la señora Concha, que como suele es la que sirve, da a elegir a cada comensal entre muslo o pechuga. Zaca, cree que después del bacalao ya no le va a quedar hueco para más pero, quizá debido a los paseos mañaneros que se ha dado, hasta se atreve con el pollo, aunque no consigue terminar el muslo que ha pedido. A pesar de ello, no se ha resistido a comerse de postre una pera de San Juan y un par de panecillos de boniato y miel que nunca ha probado y que le parecen exquisitos.

   -No sé quién ha guisado, pero sea quien fuere, le felicito. Estaba todo buenísimo –se atreve a decir.

   -La felicitación va para Concha y Pili. Y por cierto, me había dicho mi hija que eres un fetiller, pero de eso nada. Comes como un lobo, que es lo que deben hacer los hombres. Ya solo te falta oler como ellos: a sudor, tabaco y vino –Y la abuela, cambiando de tercio, se dirige al mayoral-: Valerio, cuéntanos como ha ido la castra. ¿Tendremos bastante miel hasta la floración de otoño?

   -Pues verá, Julia...

   Y mientras el mayoral desgrana su relato, al joven maestro el recuerdo del suceso del enjambre salvaje y del trabajo colectivo que realizan las abejas, le lleva al a recordar algo que leyó en un libro: el aprendizaje cooperativo. Recuerda que dicha metodología se basa en la interdependencia positiva, donde el éxito individual está ligado al del grupo, garantizando la responsabilidad compartida, la interacción cara a cara y el desarrollo de habilidades sociales. Y que sus claves esenciales son: la interdependencia positiva, pilar central del aprendizaje cooperativo, donde los alumnos perciben que el éxito individual está ligado al del grupo. Las habilidades sociales y de equipo. El procesamiento grupal. El trabajo individual, luego en parejas y finalmente en grupo. La formación de grupos heterogéneos: equipos pequeños de cuatro personas con capacidades diversas. Y la asignación de roles específicos para asegurar la participación de todos. En definitiva, se trata de una estrategia educativa que busca maximizar el aprendizaje de los estudiantes mediante la interacción entre ellos, y conseguir una responsabilidad compartida. Y una mayor responsabilidad supone una mayor motivación. Estos recuerdos le llevan a plantearse que quizá el aprendizaje cooperativo podría ser muy adecuado para la estructura de un grupo pequeño, pero tan heterogéneo como el que lidera. Tiene que probarlo a ver si funciona. “Mira por donde –se dice-, lo del panal de rica miel me ha llevado a pensar en la enseñanza cooperativa que quizá me pueda servir para, a pesar de mis pocos años y de no tener el título de maestro, llegue a ser un profesor más eficaz y, hasta es posible, que más eficiente”.

   Al terminar el almuerzo, se le acerca Julita que le pregunta:

   -Maestro, ¿un día me enseñarás esa poesía de “A un panal de rica miel…” que has recitado?

   -Lo haré encantado, pero antes tendré que volver a leerla porque solo me acuerdo de las estrofas que he recitado?

   -Lía, Concha te espera para que le ayudes a fregar los cacharros de la comida –Sisca se contiene, pero lo cierto es que se pone furiosa cada vez que la mayor de los Ariza intenta concitar la atención de Zaca. ¿Celos? Todo podría ser.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 59 de la novela “El masover” titulado: El mercat del dilluns.

martes, 3 de febrero de 2026

57. “El masover”. Sisca, poliédrica

   Zaca lleva algunos días ejerciendo de maestro primerizo. Las dudas que tenía antes demeterse en el rol de docente comienzan a disiparse. El alumno, por llamarle de algún modo, que más le incomoda es el pequeño Anselmito o Mito como le llaman los demás. Con sus cuatro años es demasiado pequeño para enseñarle los rudimentos de la lectura y la escritura, aunque Zaca recuerda que con poco más de esos años comenzó a trazar garabatos en sus cuadernos imitando la tipografía del periódico Las Provincias del que padre era suscriptor. Pero no parece que Mito tenga la misma capacidad o el mismo interés que tuvo él en alfabetizarse. Al final, lo que ha hecho es proveer al niño de un buen surtido de libros dotados de láminas, litografías y dibujos de toda laya para que se entretenga con ellos. A veces, el pequeño se duerme con la cabeza apoyada en la pequeña mesa individual que ha conseguido para él, entonces Zaca reclama a los demás que bajen el tono y dejen que Mito duerma. A su vez, Julita se ha revelado como una chica lista, intuitiva y dotada de gran potencial para el aprendizaje, aunque también es descarada, casi hasta rozar la insolencia y, en ocasiones, proclive a no tomarse en serio las exhortaciones de Zaca a comportarse correctamente. A veces, ha de llamarle la atención, pues cuchichea a menudo con Sisca a la que le hace perder demasiado tiempo. En cuanto a Juanito, se ha mostrado como un chico normalito, pero también con gran voluntad y deseo de aprender, por lo que su formación en las técnicas lectoras y escritoras también marcha a buen ritmo. Cuando Sisca está ocupada trabajando de forma autónoma, Zaca dedica sus esfuerzos a enseñarles a los hermanos Ariza lo de la eme con la a se lee ma y a que hagan prácticas de rudimentos de escritura trazando palotes y círculos y combinándolos para formar letras. Ambos chavales ya aprendieron a trazar las vocales y han comenzado con las consonantes. Sisca es el mayor logro de Zaca como maestro, ayudado porque la pubilla tiene una enorme voluntad de aprender y se muestra en todo momento receptiva a las indicaciones de su profesor. Su actitud tan positiva, su decidido afán de aprender y su disciplinado, aunque voluble comportamiento, hacen de la muchacha una alumna cuasi modelo. A Zaca la conducta de la chicuela al principio le sorprendió, pues no dejaba de recordar los comentarios de la señora Paca y, sobre todo, de la abuela Julia sobre la chiquilla: que si estaba muy mimada, que si era una respondona, que si hacía lo que le daba la gana, que si se negaba a aprender y un largo etcétera. Todo lo cual pintaba a una chicuela que no era, en absoluto, a la que él da escuela, por usar la curiosa expresión local. “¿Cuál es la auténtica Sisca -se pregunta Zaca-, la que describen su abuela y su madre o la que es mi alumna?”. Por otra parte, se ha dado cuenta que el comportamiento de la chica no es el mismo en función de quien sea la persona con la que trata. Con su abuela es sumisa y receptiva. Con su madre, condescendiente y a veces desdeñosa. Con su padre, compasiva, pero lejana. Con Valerio, respetuosa, pero marcando distancias. Con la señora Concha, amable, pero a veces imperativa. Y con el resto del personal, ejerciendo de pubilla; es decir, de futura ama y patrona del Canònge: autoritaria, caprichosa y voluble. Al llegar aquí se da cuenta que a él le trata diferente, pues casi siempre se comporta con espontaneidad, simpatía y ¿un cierto cariño?, aunque aún no son amigos… de momento. A propósito de la diversidad de facetas caracteriales de la muchacha, el primerizo maestro ha descubierto en el Sopena un adjetivo, que no conocía, y que le va a la pubilla como anillo al dedo: poliédrico. “El edificio es poliédrico”. Se dice que el adjetivo, aplicado a una persona, suena horroroso, pero resulta que Sisca es así, poliédrica. Piensa que sí debería contárselo a la chicuela, pero decide que mejor no. “Igual le sienta como un tiro”.

   Las diferentes facetas de la personalidad de la pubilla se ponen de manifiesto durante la cena, en la que se produce un desagradable incidente entre Julia y Sisca. A una mínima observación de la abuela de que la chica no debía hablar con la boca llena, la muchacha ha respondido con insolencia.

   -Hablo cuándo me parece, abuela, tenga la boca llena o vacía.

   -Esa no es manera de contestar a tu abuela –la reprende su madre.

   -Le contesto así porque no hace más que meterse conmigo, y estoy hasta el moño de sus reproches. Para ella todo lo hago mal.

   Contestación a la que ha seguido un áspero diálogo entre madre e hija, en la que ésta ha ido contestando cada vez con peores maneras, y el diálogo ha terminado cuando la chicuela, en un arranque de mal genio, se ha levantado de la mesa, dando un portazo al salir. Detrás de ella ha salido Julita, se supone que para consolarla. La abuela se ha callado y no ha intervenido, y a la madre se le han puesto los ojos vidriosos. El resto de comensales, que han sido testigos en silencio del desagradable incidente, no saben dónde mirar y han seguido cenando con evidente desgana. Valerio ha intentado en un par de ocasiones comenzar una conversación, pero su esfuerzo ha sido baldío, nadie de la familia le ha seguido. Zaca, ha tomado el relevo del mayoral, y ha pretendido comenzar una conversación, con idéntico resultado que Valerio: nadie le ha secundado. Visto lo cual, en cuanto ha terminado la cena y, previendo que esta noche no habrá la habitual sobremesa, el muchacho ha deseado las buenas noches y se ha ido a su habitación. Antes de dormirse, tras haber leído unas páginas de una novela de Emilio Salgari, se plantea si debería haber intervenido, pero razona que no es quien para meterse en un rifirrafe entre abuela, madre e hija. Sigue analizando lo ocurrido y acaba diciéndose que: “Como maestro de Sisca, aunque solo lo sea temporalmente, tiene el deber de hacerle comprender que su conducta no ha sido la más adecuada. Lo que le dijo la abuela de que no debía de hablar con la  boca llena es una elemental norma de buenos modales en la mesa”. Y llega a la conclusión de que se lo tiene que meter a Sisca en la cabeza, pues en casa sus padres no perdonaban ni una sola falta que atentara contra las buenas maneras. Siempre que venía a cuento el señor Zacarías o la señora Rosario repetían el refrán de "Buen porte y buenos modales abren puertas principales". Recordando que la educación y el buen comportamiento pueden abrir oportunidades impensables. Lo que no tiene tan claro es cómo hacerlo. Dándole vueltas al asunto, piensa que: “La forma que menos molestará a Sisca será dándole un curso de buenas maneras de conducta en la mesa y, quizá también, de fuera de ella, que tampoco le vendrá mal”. Al día siguiente, para que no parezca que lo de los buenos modales incumbe solo a la muchacha, y antes de finalizar la sesión, se dirige a sus alumnos de forma global.

   -Para ser una persona bien educada debéis tener en cuenta que no solamente hay que saber leer, escribir y hacer cuentas, también hay que saber comportarse correctamente, lo que suele llamarse tener buenos modales o buenas maneras. En definitiva, comportarse siempre de forma educada. Por eso, hoy vamos a comenzar una clase de buen comportamiento. Y como hay que empezar por alguna parte, comenzaré a recordaros la importancia de los saludos. Según la mayoría de sabios, las personas y los animales tenemos, físicamente, muchas cosas en común, pero también grandes diferencias. Una de ellas es el habla. De ahí la importancia de la palabra que, a su vez, nos conduce a la importancia de los saludos. Vayamos al terreno práctico. Cuando por la mañana os tropecéis con gente, sean o no de la familia, no tenéis que soltar un gruñido o pasar sin decir nada. Hay que saludarlos de buenas maneras diciéndoles buenos días. Se pueden añadir otras frases, tales como: ¿Ha dormido bien?, o Parece que hoy hará un buen día, o Tiene pinta de que va a llover.

   -Y si no va hacer un buen día o no tiene pinta de que vaya a llover, ¿qué es lo que hay que decir? – pregunta Julita con cierta retranca.

   -Basta con decir lo de buenos días. Añado otros saludos: a partir de mediodía y hasta la puesta del sol, hay que saludar diciendo buenas tardes. Y por las noches el saludo es buenas noches. Vamos a practicar esos saludos. Imaginad que os acabáis de levantar y me veis, ¿qué debéis decirme?

   -Hola maestro, ¿si falto esta tarde, me va a castigar? –es Julita la que ha formulado la pregunta hecha con toda la ironía que solo una deslenguada como ella puede emplear.

   -Julita, no tolero las burlas. O te portas bien o tendré que hablar con tu padre –La chiquilla pone cara de compungida, pero sus ojos la desmienten, pues todo lo que sea tomarle el pelo al incipiente maestro parece que la encandila. Zaca hace un esfuerzo para no perder el control y vuelve a intentarlo.

   -Probemos otra vez. Supongamos que me veis por primera vez durante la mañana, ¿qué tenéis que decirme? -Los alumnos responden al unísono lo de buenos días. Y siguen practicando durante unos minutos lo de buenas tardes y buenas noches.

   -Muy bien. Espero que así lo hagáis a partir de ahora. Mañana os enseñaré los buenos modales en la mesa, me refiero a cómo comportarse durante las comidas.

   -Señor maestro –se apresura a puntualizar Juanito-, mañana es domingo, ¿también nos darás escuela?

   -Vaya, no me acordaba que es domingo. Y ya que lo preguntas, y como no lo he pensado, no sé qué decirte. Lo consultaré con la señora Paca. Sisca, ¿tú qué opinas, os doy clase o no?

   -Por mí, estupendo que haya escuela.

   -Julita, ¿y tú que opinas?

   -¿Puedo decir de verdad lo que pienso o te hago la pelota como Sisca?

   -Juli, tienes la lengua más afilada que una navaja cabritera. Sisca no me ha hecho la pelota. Supongo que se ha limitado a decir lo que pensaba. Que es lo que debes hacer tú y no salirte por la tangente.

   -No sé que es tangente, pero pienso de que haya escuela los domingos es pasarse tres masos.

   -Muy bien. Pero has de aprender a hablar mejor: en ese pienso de que, sobra el vocablo de. Lo correcto es pienso que. ¿Y tú, Juanito, que opinas? -El chaval no contesta, pero su rostro le traiciona: prefiere que no haya clase.

   -Bueno, esta noche os diré lo que sea.

   Consultada sobre el particular, la señora Paca comenta lo que dice siempre sobre los asuntos que atañen la escuela: que se hará lo que él diga, que para eso es el maestro pero, que en su opinión, sería buena cosa tener el domingo libre, así tendrán más tiempo para preparar los productos que van a vender en el mercat del dilluns de Castellón.  A Zaca, lo de vender en el mercado del lunes, le suscita curiosidad y pregunta a Sisca. La muchacha se lo explica.

   -Dos lunes al mes, y en verano casi todos, vamos a Castellón, al mercat del dilluns, a vender lo que producimos en el Mas. Esas ventas son importantes para nosotros, pues representan unos dineros que complementan lo que sacamos de las cosechas y de las ventas de lechales y cabritos. Y es una manera de dar salida a productos que, de otro modo, no serían fácil venderlos, tales como quesos, manteca, huevos, miel y cosas así. Y de paso, compramos todo cuando nos hace falta y no criamos o cultivamos en el Mas. Lo de vender en el mercado de los lunes de Castellón se lo sacó de la manga la abuela hace unos años, y desde entonces se ha convertido en una forma de tener ingresos que la mayoría de masos no tienen. Y hablando del mercado, se me había olvidado decirte que el lunes no iré a clase, pues cuando vamos al mercat regresamos de Castellón mediada la tarde.

   -Conozco la existencia del mercat del dilluns. Recuerdo que siendo un crío me llevó madre, pero sé poco de él. Un día que no tengamos otra cosa de que hablar, te pediré que me cuentes cómo es y cómo funciona.

   Creyendo que los domingos la gente del Mas no madrugará tanto como en los días laborables, Zaca no pone el despertador la noche del sábado pero, como su cuerpo se ha hecho a madrugar, antes de las ocho ya se ha despertado. Tras arreglarse, baja a la cocina pensando que la va a encontrar llena, pero solo están la señora Concha y Pili.

   -Buenos días. ¿Dónde están los demás?

   -Apañando a los animales.

   -¿Los domingos también?

   -He oído comentar a la señora Paca que tu familia tiene o ha tenido muchos conejos, ¿los domingos les dabais de comer? Sí, ¿verdad?, pues las vacas, los pollos, las ovejas y demás animales también comen los domingos. Ya te conté que una de las normas no escritas del Mas es que primero los animales, luego las personas.

   -Ahora que lo dice, es lógico. Mi pregunta, más tonta no ha podido ser. Y los domingos, además de cuidar al ganado, ¿qué es lo que se suele hacer?

   -Pues aparte de aviar a los animales, se descansa. Lo que no quiere decir que algo no se trabaje, porque en una masada tan grande como ésta siempre hay cosas que hacer. Y hablando de hacer, me ha dicho mi marido que hoy van a castrar las colmenas, si te apetece te enseñará como se hace.

   En esas, aparece Sisca. La muchacha está desconocida: luce un vestido nuevo, calza unas cómodas sandalias y en lugar de sus habituales trenzas lleva el pelo suelto. También lleva pendientes: dos grandes aros que enmarcan el óvalo de su cara. Es la primera vez que Zaca la ve con zarcillos, y piensa que la favorecen, parece mayor de lo que es y está más guapa. Tras la masovera, aparece su inseparable Julita, que saluda a Zaca con un mohín burlón, pero quien habla es la pubilla.

   -Buenos días a todos. Zaca, veníamos a por ti. Si no tienes otros planes, te invito a ver la castra de las colmenas que están haciendo Valerio y Anselmo. Te gustará.

   El muchacho sabe -pues hubo una época en la que padre también tuvo colmenas a medias con su cuñado Daniel- que la castra es una etapa vital en la apicultura porque se trata de recolectar la miel de las colmenas, asegurándose de dejar suficientes reservas para que las abejas sobrevivan en los periodos de escasez de néctar. Pero se hace el ignorante.

   -Me encantará verlo… ¿y las abejas no nos picarán?

   -En absoluto. Y si nos pican se pone barro encima de la picadura y apenas la notarás.

   Zaca sale en pos de las chiquillas, a la par que piensa que Sisca tiene gran capacidad de transformarse.” Esta chica -se dice-, tiene más aristas de las que parece”, pero eso le gusta. La hace más compleja de lo que creía, y todo lo que es complejo, dada su mente analítica, le atrae más que lo simple. Entonces, se pregunta, “¿Hay una variante de Sisca que me atrae más que las otras?”. El interrogante le provoca una especie de cosquilleo que le incomoda, más que nada porque todo lo que no controla le pone nervioso, y es la primera vez que pensando en una chica ha sentido esas cosquillas. ¿”Por qué será?”, se pregunta. Buena pregunta, pero desconoce la respuesta.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 58 de la   novela “El masover” titulado: A un panal de rica miel…

martes, 27 de enero de 2026

56. “El masover”. Las dudas de un maestro primerizo

   El almuerzo de hoy no ha estado tan concurrido como la cena del día anterior. Han sido seis los comensales: los Villalonga, Concha y Zaca. Al parecer, Valerio está en los campos y los Ariza no siempre almuerzan con los masoveros. También ha sido una comida más frugal que la cena, no ha habido entrantes, el menú ha sido de dos platos y postre. Y también ha estado mucho menos animado que la cena. Han abundado más los silencios que los diálogos, aunque mediado el almuerzo la abuela ha preguntado al muchacho que les cuente cómo es lo de estudiar el bachillerato por libre.

   -Pues lo cierto es que resulta pesado, y arbitrario Te tiras todo el curso memorizando los manuales que recomiendan los profesores del instituto para jugártelo todo en un examen oral a fines de junio. Y además de pesado y arbitrario es aburrido, pues estás siempre solo y no tienes con quien charlar o comentar las dudas que te asaltan sobre las partes más oscuras y difíciles de cada asignatura o sobre las incidencias del día a día. Y los libros no lo explican todo con la suficiente claridad. Hay manuales que sí, pero otros muchos recogen la materia que sea de manera que no siempre la entiendes. Para estudiar por libre hay que tener mucha fuerza de voluntad, que no te importe la soledad y que te guste estudiar. Y aun así, como he dicho, resulta pesado, aburrido y arbitrario. No es lo más divertido del mundo pero, como dicen en el pueblo, quien no puede segar se ha de conformar con recoger las espigas caídas.

   -Entonces, ¿los libres no tienen exámenes parciales? –quiere saber la abuela.

   -No los tienen. Como he contado, haces un examen único con el profesor de la asignatura, que casi siempre es oral y más bien corto. Algunos profes hacen exámenes escritos, pero son los menos. Pero es lo que hay.

   Después de almorzar, Zaca se reúne en la sala de estar con Sisca y los tres chicos de Pili Anselmo a quienes la abuela ha explicado la decisión de acogerlos del novel maestro.    La sala, reconvertida ahora en aula, ha cambiado de mobiliario: la mesa camilla la han ubicado en un ángulo, y en el centro han puesto tres mesitas rectangulares, en una de ellas se ubican Sisca y Julia, en la otra los dos chicos Ariza y la tercera será la mesa del maestro. El mueble que servía de librería ha sido vaciado y servirá para guardar el material didáctico y los manuales. Solo falta la pizarra que, según  ha dicho la señora Paca, ya está encargada. Sisca se presenta sin que lleve el atuendo que usualmente gasta; viste una blusa blanca, una falda azulada y calza unas bonitas y cómodas sandalias. Se la ve tranquila y hasta levemente contenta. La hermana mayor de los Ariza –Juli o Julita la llaman los demás- es espigada para su edad, más bien fibrosa y posee unas largas piernas que parecen salirle de los hombros. Tiene unos rasgos  regulares, un rostro ovalado y armonioso en el que destacan unos ojos de un marrón oscuro, casi negro, con una mirada chispeante que le dan un aire de descaro, unos labios gordezuelos y  un mentón indicativo de un carácter voluntarioso; lleva un vestido modesto, pero limpio; calza alpargatas y lleva el pelo, más negro que la tinta del calamar, recogido en una gruesa trenza que le llega a mitad de la espalda. El segundo Ariza –de nombre Juanito- es bastante más bajito que su hermana, pese a que solo se llevan dos años; peina su renegrido pelo con una raya algo torcida y tiene un rostro anodino en el que no destaca ningún rasgo en especial, quizá los ojos que, por su negrura y su chispa, se parecen a los de su hermana. El pequeño –que se llama como su padre, Anselmo- da la impresión de tener menos años de los que tiene, cuatro. Y tiene un cierto parecido a su hermano Juanito. Los chiquillos no llevan ropa nueva, pero sí limpia y van aseados y repeinados, y miran a Zaca con una mezcla de temor y respeto, al tiempo que se les nota muy cortados, salvo la mayor que tiene un aire de cierto descaro y una soterrada expectación.

   -Hola a todos –los saluda Zaca que tiene muy preparada su primera intervención como maestro-. Sentaos, por favor. Como vamos a compartir el verano, lo primero que haremos será presentarnos. Empiezo yo. Me llamo Zacarías Clavijo, pero prefiero que me llaméis Zaca, y os voy a enseñar todo lo que pueda para lo que cuento con vuestra buena voluntad. Tengo trece años cumplidos, y estudio bachillerato. Os dirigiréis a mí llamándome maestro o Zaca. Y no me habléis de usted, tuteadme pero sin faltarme el respeto. Tu turno, Sisca.

   -Me llamo Paquita Villalonga, aunque aquí podéis llamarme Sisca. Cumpliré pronto trece años. Por lo demás, todos me conocéis. Y no sé qué más decir que no sepáis –y, para mostrar su mayor familiaridad con el maestro, le pregunta-: ¿Te parece suficiente presentación, Zaca, o debo añadir más detalles?

   -Es suficiente con lo dicho, Sisca. Gracias –y Zaca se dirige a la mayor de los hermanos Ariza y, aunque sabe su nombre, le pregunta-: ¿Cómo te llamas?

   -Julia, para servir a Dios y a usted. Aunque unos  me dicen Juli y los mayores Julita. A mí me da lo mismo como me llamen. Tengo doce años cumplidos en mayo. Y como Paqui, no sé qué más decir pero, si quiere saber más, pregunte y le contestaré –añade con desparpajo.

   -Ya he dicho que no me habléis de usted, no estoy acostumbrado y me hace sentirme incómodo. Os he dicho que me llaméis Zaca o maestro. Recordadlo.

Julita y ¿qué más?

   -Ariza. Y perdona, maestro, lo de hablar de usted es la costumbre.

   -Perdonada Julia Ariza -Zaca mira al chico mediano que, al sentirse concernido, carraspea y, visiblemente azorado, dice:

   -Me llamo Juanito.

   -¿Y cuántos años tienes?

   -Diez para once –y no añade más.

   -Y tú, pequeño, ¿cuál es tu nombre? –pregunta el novel maestro al benjamín de los Ariza. El crío no contesta, mira a su hermana como pidiéndole ayuda. Que es lo que hace Julita.

    -Se llama Anselmito, pero todo le decimos Mito. Y el mes pasado cumplió cuatro años.

   -¿Pero sabe hablar?

   -Sí, maestro. Lo que pasa es que es muy vergonzoso y como es la primera vez que te ve, pues… -La chicuela ya se ha aprendido lo del tuteo.

  -Vale, vale. Me dijo vuestra madre que no habéis ido nunca a la escuela, ¿es cierto?

   -Sí, maestro, pero yo sé poner mi nombre. Me enseñó mi tío Valerio –contesta, con desenvoltura, la muchacha.

   -Bien. Ya nos hemos presentado. Vosotros -dice dirigiéndose a los hermanos Ariza-, id mirando las estampas de estos libros mientras hablo con Sisca –y, volviéndose hacia la muchacha, agrega-: Vamos a ver como andas de aritmética. ¿Sabes las cuatro reglas?

   -Sí. Me las enseñó la abuela hace tiempo. Según ella, para llevar las cuentas del Mas hay que manejar el cálculo. Hasta sé sumar y restar de cabeza si no son cifras muy grandes. Lo que no me sé bien son algunas de las tablas de multiplicar y al dividir a veces me equivoco.

   La tarde se va con las primeras y torpes aproximaciones de Zaca de lo que recuerda sobre su aprendizaje de los rudimentos de la escritura para los hermanos Ariza, y de la lectura comprensiva y de alguna regla ortográfica para Sisca. El diseño del horario de clase es uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza producen al flamante maestro. Al principio piensa en un horario partido de mañana y tarde, como en la escuela del pueblo. Tres horas matinales y dos vespertinas. Cuando se lo dice a Paca, la masovera tuerce el gesto.

   -Haremos lo que quieras, Zaca, pero… ¿no sería mejor arrejuntar todas las horas por la tarde? Lo digo porque por la mañana Paquita me ayuda ocupándose de los animales del corral y aseando la casa y, entre unas cosas y otras, se le va más de media mañana. Y Julita también nos ayuda, con lo que igualmente está ocupada. En cuanto a los chicos, sacan a pastar dos cabras que tienen. En cambio, por la tarde están todos más libres.

   -Bueno, pues que sea por la tarde. ¿Y que horario sería el mejor?

   -El que tú fijes. Como comemos sobre las doce y media tendrías que comenzar la escuela a partir de las dos o las dos y media. Como prefieras.

   -La clase podría ser de dos y media a siete y media, con un parón de unos veinte minutos a mitad de la sesión. ¿Le parece? –Visto el mudo asentimiento de la masovera, Zaca, cambiando de tema, agrega-: Esta es la lista de material escolar que me pidió. He añadido cuadernos pautados y cartillas escolares para los niños de Pili. Ah, y necesitamos una quinta silla.

   Esa noche, Zaca, que siempre ha sido un dormilón, ha puesto el despertador a las ocho para poder desayunar al día siguiente con el resto de la familia. Pero cuando por la mañana baja a la cocina, allí solo está Concha.

   -Buenos días. ¿Dónde están los demás?

   Concha le cuenta que en la masía se madruga lo suyo, pues al alba hay que ordeñar las vacas y después se da de comer a los animales de corral. Solo cuando las bestias han recibido su ración matinal, desayunan los residentes –sobre las siete y media- .Tras lo cual, cada quien se entrega a las tareas que tiene asignadas. Pero que lo de madrugar no reza con él, pues con el horario que ha establecido no tiene nada que hacer por las mañanas. Por lo tanto, puede levantarse cuando quiera y desayunar cuando le apetezca.

   -¿Te pongo el mismo desayuno que ayer?

   -Vale. Por cierto, ¿qué es lo que ustedes suelen desayunar?

   -Aquí se trabaja duro, por eso el desayuno debe de ser fuerte -Y Concha le cuenta que en los desayunos se incluyen cereales, como el pan o galletas; lácteos, como la leche, la nata o el queso fresco; huevos fritos o revueltos, carne, fruta entera o, raramente, en zumos; muy de vez en cuando pescado, generalmente bacalao, y ensaladas con verduras de temporada, entre otros ingredientes. Y agrega-: Los desayunos cambian según lo que hay en la despensa y la fresquera y éstas suelen guardar lo que se cosecha en cada época. Por ejemplo, hoy hemos tenido revuelto con pimientos y salteado de conejo con patatas y espinacas.

   -¿Y son capaces de comerse todo eso recién levantados? – se maravilla Zaca que, como inapetente, le parece un desayuno pantagruélico.

   -Y todavía más, porque la gente no está recién levantada. Cuando el personal desayuna el que más y el que menos lleva una hora y media o más de trajín. Y no veas el saque que tienen, y cuando compruebes como trabajan encontrarás de lo más normal lo que comen.

   Tras zamparse su morigerado desayuno, el chaval se da un garbeo por los alrededores del caserón. Descubre que las dos casitas que hay frente a la masía son en las que viven, o al menos duermen, el mayoral y su mujer, y Anselmo y Pili y sus hijos. También descubre la existencia de tres pequeñas instalaciones industriales: una modesta almazara, un pequeño molino de trigo y una bodega con los cupos, prensa, botas y toneles que se usan para elaborar vino. Piensa que esos soportes son los que proporcionan autonomía de subsistencia a la masía y la convierten en una empresa agropecuaria. En la parte posterior de la casona hay una alberca bastante grande y un depósito de agua de forma circular coronado por un molino metálico de viento que seguramente es el que proporciona la energía para subir el agua. Los corrales –pues hay varios- son enormes y están llenos de gallinas, pollos, pavos, patos y una bandada de gansos. Uno de los corrales tiene el suelo de cemento sin pulir y está lleno de conejos y, adosadas a las paredes, hay jaulas en las que se ven conejas y gazapos. También hay pocilgas donde engordan varios puercos. Lo que no ve son las vacas de las que le han hablado, sospecha que han debido sacarlas a los pastos. Y, en efecto, en una pradera cercana ve varias vacas paciendo. En la zona de levante se encuentra con varios huertecillos abancalados, defendidos por terraplenes, con verduras y hortalizas. Y en la zona más meridional, y a bastante distancia de la casona, se ven casi una cuarentena de rústicas colmenas hechas con corcho y en las que le parece oír el zumbido de las abejas. A lo lejos se divisan bancales de dorado cereal en los que, además de trigo, crecen otras mieses que supone deben de ser centeno, cebada y avena. “Es la repera -piensa el chico-, este mas es completamente autónomo, tienen de todo. Claro -se dice-, por eso hay tanto trabajo, tienen mucho tajo al que atender”. Cuando se cansa de curiosear, se mete en la casona para preparar la clase de la tarde. De sus inéditos alumnos, quien más dudas le causa es el chiquitín de cuatro años, el llamado Mito. No sabe muy bien qué hacer con él. Piensa que es demasiado pequeño para enseñarle a leer y escribir, pero quizá pueda enseñarle buenos modales y algunos hábitos higiénicos, pues en el escaso tiempo que lleva en la masía ha podido darse cuenta que las buenas maneras y las prácticas saludables dejan que desear. Respecto a Julita y Juanito lo tiene claro: les enseñará a leer y escribir, aunque duda que en dos meses pueda lograr grandes resultados. En cuanto a Sisca, tendrá que reforzar su conocimiento de la lectura comprensiva, de la ortografía y lograr mayor fluidez en la operatividad aritmética. Y ya metido en harina, también buenos modales en la mesa y formas usuales en la relación social, de la que la muchacha flojea, sobre manera cuando saca a relucir su vena de pubilla caprichosa y consentida. Vuelve a la sala de estar -la que será su aula-, donde encuentra a la abuela Julia.  

   -Perdone, creía que estaba vacía y venía a preparar la clase de la tarde. Lo haré en mi habitación.

   -Estoy terminando unas cuentas, pero no me molestas, hay espacio para los dos. ¿Qué tal anda mi nieta de conocimientos? Está bastante verde, ¿verdad? Ponte serio con ella porque está muy mimada y, como te descuides, querrá torearte. No le dejes pasar ni una. Lo mejor para que los niños aprendan es mano dura. Y si en algún momento necesitas que intervenga no tienes más que decirlo. Que sepas que cuentas con mi total respaldo.

   -Muchas gracias, señora…, quiero decir abuela. Lo tendré en cuenta. Lo que no sé qué hacer es con Anselmito, es demasiado pequeño para que pueda enseñarle a leer y escribir.

   -No te preocupes. Supongo que lo que pretende Pili es quitárselo de en medio unas horas para que no le dé la tabarra. Y, aunque pienses que soy una pesada, te insisto en lo de Paquita. Como es hija y nieta única todos, comenzando por mí, la hemos mimado demasiado. El resultado es que obra como le da la gana y maldito el caso que nos hace. No dejes que te tome el pelo y mano dura con ella. Ya sabes, la letra con sangre entra.

   “Menuda mandona es esta mujer -piensa Zaca-. Habla como si fuera un sargento de la Guardia Civil. Aunque supongo que para gobernar un sitio como éste hay que tener mano dura. De todas formas, un poco de disciplina no le vendrá mal a Sisca para bajarla del pedestal en el que cree estar. Habrá que reconvertirla de pubilla a chica corriente. Supongo que no será fácil, pero al menos habrá que intentarlo. A ver cómo se lo toma”, concluye. Pese a todo, sigue teniendo muchas dudas de la eficiencia que pueda tener como maestro, pues enseñar no es lo mismo que aprender. Él ha sido, y es, un buen alumno. Ahora debe intentar ser un buen maestro. Se pregunta si lo conseguirá. “Bueno -se dice-, al menos lo intentaré, y a quien hace lo que puede no se le debe pedir más”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 57 de la novela “El masover” titulado: Sisca, poliédrica