El miércoles, 30 de agosto se presentan en el Canònge Germán el Rizos, del Mas de Planchadell, y Demetrio el Largo, del Mas de Roures, los dos padres que negociaron con Zaca la apertura de la escuelita dels masoverets. Les acompaña Hortensia la Beltrana, que en las últimas semanas se ha encargado de la relación de los masoveros con Zaca. Quieren hablar con la abuela Julia. Los cuatro se encierran en el cuarto de estar y el conciliábulo dura algo más de hora y media. Zaca y Sisca, enterados de la visita, especulan sobre lo que puedan querer los masoveros.
-Debe ser algo referente a lo de Los Masos de la Plana Alta, porque tanto el Planchadell como el Roures son dos de los masos asociados que más aportan al negocio de l mercat –especula Sisca.
En esas que llega Pili adonde los adolescentes con el recado que la abuela quiere hablar enseguida con el Bachiller. Cuando Zaca llega al cuarto de estar su primera impresión es que los reunidos están expectantes, pues le miran con una mezcla de sensaciones encontradas, pero lo que más le sorprende es que padre también está allí. “¿Qué hace padre aquí?”-se pregunta el muchacho-. Que se reúna con Julia es normal, ¿pero con los masoveros? ¿Qué tripa se les debe de haber roto”. La abuela es quien toma la palabra.
-Siéntate, Bachiller, que tenemos para rato –le avisa Julia, y sin más entra en faena-. Aquí, nuestros amigos, a quienes ya conoces, quieren proponerte algo. Escúchales con atención, como ha hecho tu padre –y, dirigiéndose a los masoveros les pregunta-: ¿Quién se lo va a contar?
Germán el Rizos es quien toma la palabra. Y, como es proverbial entre los masoveros, antes de entrar en faena da más bandazos que un Fórmula uno sin frenos.
-Lo primero, maestro, es volver a recordarte lo muy contentos que estamos los padres de los críos a los que das escuela por lo mucho que han aprendido en el mes y poco más que han estado contigo. Eso es lo que nos ha llevado a plantearnos la petición que te vamos a hacer y que te pedimos que la escuches de buenas porque está hecha con nuestra mejor voluntad ya que para nosotros es importante.
-Germán –le interrumpe la Beltrana-, antes de que le cuentes lo que queremos, déjame añadir un ejemplo para que comprenda nuestras razones: mi hija Fernandina, que con seis años no sabía ni palote, ha aprendido el alfabeto y ya lee silabeando. Y hace unos pespuntes que ni su abuela los mejora. Y, como bien has dicho, lo ha aprendido en poco más de un mes. Si eso no es ser un muy buen maestro que venga Dios y lo vea. De ahí nuestra petición.
-Que estamos muy contentos con tu desempeño, ea –reitera el Rizos-. Por eso, que te vayas, algo que ya sabíamos, nos ha llevado a pedirte una cosa que solo tú puedes dar.
-Antes de que Germán siga –ahora es Demetrio el Largo quien corta al Rizos-, tenemos que aclararte que la petición que te vamos a hacer la hemos hablado con tu padre. Y nos ha dicho que la respuesta a nuestra solicitud solo puede ser tuya y nada más que tuya. ¿No es así, señor Zacarías? –El llumero asiente.
A todo esto, Zaca está hecho un verdadero lío porque no tiene ni repajolera idea de qué es lo que quieren los masoveros y que, según acaba de decir Demetrio, padre dice que se hará lo que su hijo diga.
-A lo que iba –el Rizos retoma la palabra-. Lo hemos hablado los padres de los chavales y estamos de acuerdo. Solo tienes trece años, aún no eres bachiller y no tienes el título de maestro, pero estamos convencidos de que no vamos a encontrar otro maestro como tú. Por eso nos hemos acordado de lo que dice el dicho: lo que funciona lo mejor es no tocarlo.
Zaca siente que le va a dar un ataque de nervios si de una puñetera vez no le cuentan que es lo que pretenden de él. Y, visto que los masoveros no se arrancan, decide apremiarles.
-Perdone, señor Germán, pero todavía no me han contado qué es lo que quieren de mí.
-Al grano, Germán –insta Julia-. No des más rodeos -Y el Rizos toma carrerilla y suelta la bomba.
-Lo que te pedimos es que no te vuelvas a tu pueblo, que te quedes, y que sigas dando escuela a los críos por las mañanas, que sabemos que tienes libre. Varios padres lo tenemos hablado y lo hemos hecho con otros padres de masos más o menos cercanos. Y lo hablado es que queremos que sigas dando escuela todo el año, aquí en el Canònge. Para ello, hemos llegado a un acuerdo con la abuela Julia. Nos seguirá dejando el cuarto de la almazara como escuela. Solo ha puesto dos condiciones, que hemos aceptado de mil amores: que sigas enseñando a su nieta y a los críos del Anselmo y que els dilluns del mercat no darás escuela –Y dirigiéndose a Julia pregunta-: Señora Julia, ¿le cuenta ahora su parte o sigo?
-Sigue, sigue. Luego hablo yo.
-De momento, contamos con diecinueve críos seguros como alumnos. Y hay varios padres que se lo están pensando. Yo calculo que podemos arrejuntar, como poco, de veinte a veintitantos chavales. Te preguntarás: ¿Si accedes, qué ganarás? Te seguiríamos pagando al mes cinco duros por crío y las parejas de hermanos continuarían pagando cuatro cada uno. Te podrías sacar entre cien y ciento veinte duros al mes, lo que es mucho dinero, sobre todo para un chaval de trece años. Y hasta hemos pensado que, para cuando llegue el mal tiempo, pondríamos una estufa en la escuela, y todos los días cada chaval traería un tronquito para alimentarla y así no pasaríais frío. Hay una nueva condición: como algunos críos vendrán de masos bastante alejados, tendrías que comenzar la escuela algo más tarde para que no tengan que madrugar tanto. Digamos que entre nueve y media y diez. Podrías recuperar el tiempo alargando la sesión de la mañana aunque tuviesen menos tiempo para comer. A tu voluntad. Y eso es lo que te pedimos, que te quedes.
-Y más que un trato –agrega la Beltrana-, es un favor lo que te pedimos. Por lo que llevamos visto, los críos aprenderán contigo lo que no está en los escritos. Somos conscientes de que te ofrecemos poco para lo mucho que pedimos. Sabes que los masoveros no nadamos en la abundancia, pero llegamos hasta donde podemos. Y contarás con nuestra buena voluntad y nuestro agradecimiento. Y si Germán o Demetrio no tienen más que decir, creo, señora Julia, que ha llegado su turno porque su ofrecimiento complementa el nuestro y es de justicia que el maestro lo sepa para que se haga su composición de lugar.
-Me parece bien –acepta Julia-. Bachiller, has de saber que en el caso de que te quedes, después de que te lo pienses y lo hables con tus padres, por nuestra parte, me refiero al Canònge, se te trataría como hasta ahora. Más como alguien de la familia que como alguien que está de paso. Y debes saber, que creo que lo sabes, que todos nos llevaríamos un alegrón si aceptaras la oferta de nuestros amigos. Y no te cuento como se pondría Paqui, loca de contento. Y que además seguiría ayudándote, dando clase de costura a las chavalas de la escuela. Y yendo al asunto de lo que ganarías en el conjunto de tu trabajo en el Mas. En vez de los treinta duros al mes que te damos ahora por llevar la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta y estar en el mercat del dilluns, te pagaríamos cuarenta. Cifra que, sumada a los cien o ciento veinte machacantes que sacarás de la escuela, alcanza la cantidad de ciento cuarenta o ciento sesenta duros. Y eso, para cualquier trabajador cualificado sería un sueldazo. ¡Y no digamos para un muchacho de tu edad! Y te lo digo de corazón, más que de los dineros, que también, lo importante para nosotros, y hablo por todos los que vivimos en el Mas, sería tu presencia aquí. Te has hecho de querer y te estimamos como si fueras uno más de la familia. Y como creo que te hemos dicho lo que teníamos que contarte, es hora de que lo hables con tu padre y decidáis lo que sea. Pero, insisto, si decides quedarte nos darás, a ellos –señalando a los masoveros- y a nosotros una gran alegría. Señor Zacarías, como lo expuesto supongo que querrá hablarlo con su hijo sin testigos que los molesten, los demás nos retiramos y les dejamos el cuarto para que hablen lo que tengan que hablar, que hablando se entiende la gente.
Dicho lo cual, los masoveros y la abuela se retiran dejando solos a los Clavijo. Zaca se siente por momentos como si le hubieran metido en una olla a presión en la que el agua hierve a todo trapo. Es un mar de sensaciones las que siente. Está confuso, alegre, preocupado, asombrado, perplejo y hecho un lío. De pronto, sin saber muy bien por qué, se acuerda de la expresión giro copernicano, que encontró hace tiempo en el Sopena, y que es un cambio radical de perspectiva, ya sea en el pensamiento o en la vida, metafóricamente comparado con la revolución científica de Copérnico. Y vislumbra que es la situación en la que el destino acaba de meterle: la decisión que tome, sea la que fuere, supondrá un giro de ciento ochenta grados en su desempeño actual, en su futuro, en su vida. Aunque queda una persona que puede ser determinante y que, hasta el momento, no ha dicho ni palabra: su padre y, de rechazo, su familia. Pero es que el señor Zacarías está tan confuso, preocupado y hecho un caos como si hijo. Se debate entre dos alternativas. Por un lado, sigue creyendo que el futuro de su primogénito es el que tenían planificado: acabar el bachillerato elemental, luego cursar magisterio y después opositar al Cuerpo de Maestros. Ese es el camino seguro. Por otro, que su hijo pueda ganar ciento cuarenta o ciento sesenta duros al mes, supone que solo en un año ahorrarían lo suficiente para comprar una casa a la que llamar suya y en la que podrían asentar sus reales cuando se jubile. Que eso ocurra solo será posible si el chico dice sí a la oferta que acaban de hacerle. Dado que padre parece ensimismado en sus pensamientos, el chico le interpela:
-Padre, ¿qué hacemos?
El señor Zacarías sale de sus cavilaciones y mira a su hijo. A fuer de leal con el chico, tendrá que decirle la verdad sobre qué piensa del asunto y de sus derivadas. Y le cuenta el problema que tiene la familia de no tener casa propia. ¿Qué harán cuando se jubile? Porque piensa que tendrán que abandonar la Fábrica para que pueda ocuparla el encargado de la LUTE que le suceda. Entonces, como no tienen casa propia, ¿dónde vivirán? Tendrán que alquilar un piso, pero con lo que le quedará de jubilación, ¿qué clase de piso podrán alquilar? Y que, a corto y medio plazo, el único modo que considera factible para ahorrar el dinero necesario para comprar una vivienda es que acepte la oferta que acaban de hacerle. El gran pero es ¿y qué pasa con sus estudios? ¿Dejar de estudiar? ¿Echar por la borda el esfuerzo hecho por él y el resto de la familia en los tres últimos años? ¿Abandonar un proyecto en el que tanta ilusión han puesto, no solo los Clavijo, también el resto de la familia? Lo confiesa: está hecho un lío. Por primera vez se ve incapaz de aconsejar a su hijo. Porque elija la alternativa que tome, las consecuencias pueden ser determinantes para el resto de su vida. Y así lo resume:
-Hijo, sé que un padre debe, entre otras cuestiones, aconsejar a sus hijos cuando llegan a una encrucijada tan difícil como en la que ahora estás. Pero no puedo mentirte, he de decirte la verdad por mucho que me duela: no sé que aconsejarte. Y me parte el corazón no saberlo pero, como te he explicado, ambas alternativas tienen tanto de positivo como de negativo. Y no sé si una de las dos es mucho mejor que la otra. Si lo supiera, te lo diría, pero no es el caso. Por lo que me veo obligado a hacer algo que un buen padre nunca debería hacer: dejar que seas tú, a tus trece años, quien decida que opción escoger. Piénsatelo bien. Y te adelanto que escojas marcharte o quedarte respaldaré tu decisión. Quizá tú tengas razones, que yo desconozco, que te lleven a elegir una de las opciones por considerarla más positiva para tu futuro. Es cuanto puedo decirte.
Zaca, tras escuchar a padre, se siente aliviado, pues aunque sigue teniendo dudas sobre si marcharse o quedarse, un poderoso sentimiento se va abriendo paso en su mente: si se queda, dineros aparte, que también, supondrá que no perderá la compañía de Sisca y descubre que eso es algo mucho más importante para él que todas las demás razones. Aunque sigue habiendo un potente pero: le disgusta la posibilidad de dejar los estudios. Sigue siendo un chico pegado a los libros, abandonarlos será como convertirse en otra persona. Y ello no le gusta, es feliz siendo el que es. Aunque una idea va abriéndose paso en su mente: “¿Y por qué no quedarse y seguir estudiando por libre el cuarto curso? Si lo hace en Torreblanca, ¿qué le impide no hacerlo también en el Canònge? No tendrá a los maestros del pueblo, pero para que le escuchen cantar las lecciones no los necesita”. Y le cuenta a padre lo que acaba de pensar sobre cómo conjugar quedarse en el Canònge y seguir estudiando. El señor Zacarías suspira aliviado: su hijo acaba de encontrar un portillo por el que colarse para sortear el dilema en el que el destino lo ha metido.
-Hijo, si tú no dudas de que puedes hacerlo, no seré yo quien ponga impedimentos. Y puestos en esa coyuntura, pienso que, si te quedas, todavía ahorraremos más, puesto que nos libraremos de pagar a los maestros los veinte duros que les damos todos los meses. Albarda sobre albarda.
-¿Qué dirá madre? –pregunta el chico.
-Por tu madre no te preocupes. Déjalo de mi cuenta.
-¿Y qué pasará con las cartas que escribo, con la venta de los conejos y con todas las demás tareas que hago? –el chaval hace de su propio abogado del diablo.
-Olvídate de ello. En solo un mes ganarás más que en todo el año haciendo de escrivent y de coniller. Y de las otras tareas ya nos apañaremos. Conque tú decides si te vienes o te quedas.
El giro copernicano que ha recordado el muchacho vuelve a hacerse realidad. ¿Lo tomará Zaca o cogerá el camino cómodo de llevar a cabo el plan que su tío Paco Roca le trazó a los diez años? La respuesta, sea la que fuere, supondrá un cambio trascendental en la vida del jovencito y, en mayor o menor medida, también influirá en las personas de su entorno más cercano. Amén de que incidirá asimismo en el devenir de esta historia. Lector, ¿tú qué alternativa elegirías? Danos tu opinión. La tendremos en cuenta.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 81 de la novela “El masover” titulado: Adelante, pues.