Sisca y Julita llevan a Zaca adónde se está haciendo la castra de las colmenas. Caminan por la ladera oriental de una de las colinas que rodean el Mas con bosque bajo y algunos árboles. Al verse rodeado de naturaleza, el muchacho piensa que, pese a vivir en un pueblo agrícola, poco sabe de la flora y fauna de la comarca, como si en lugar de un pueblerino fuese un urbanita. Hasta que identifica algunos árboles que sí reconoce.
-Veo que hay pinos y encinas a las que en mi pueblo llamamos carrascas –señala el chico.
-Aquí también se les llama carrascas. En cuanto a los pinos, unos son carrascos, que son los más abundantes, y otros pinos piñoneros –explica Julita, que pregunta a su maestro-: ¿Conoces más clases de árboles?
-La verdad es que no, salvo los frutales. Ah, y las moreras, porque de niño tenía gusanos de seda en una caja de zapatos e iba a recoger sus hojas para alimentarlos.
-¿En una caja de zapatos? ¿Entonces qué hacías con los capullos? –pregunta, curiosa, Julita.
-Nada, los tiraba.
-¡Qué desperdicio! –exclama Julita-. En el Mas también tenemos gusanos de seda, pero sus capullos no los tiramos. Un día te contaré lo que hacemos con ellos.
A Sisca no le ha gustado un pelo que su amiga haya puesto en evidencia la precariedad de los conocimientos sobre la flora de Zaca. Y suponiendo que sí las conocerá señala alguna de las plantas que tapizan el sotobosque.
-De estas plantas también hay en Torreblanca, ¿verdad?
Lo cierto es que Zaca solo conoce tres de las plantas salvajes que se crían en el pueblo: el romero, la aliaga y el palmito. Está en un tris de asentir, pero se traga el orgullo y admite que no lo sabe. Ante la ignorancia de quien es su maestro, Julita ve una puerta abierta y se lanza a describir los arbustos y matas que matizan la ladera.
-En esta zona hay plantas aromáticas como el tomillo, la lavanda, el orégano y la salvia. Otras también son medicinales como el romero, que se usa contra la inflamación, la lavanda, o el cantueso que, tomado en infusión, es relajante.
-Mi madre suele tomar periódicamente lo que llama te de roca, que se lo trae una vecina, pero nunca he visto la planta. ¿Por aquí hay?
-Claro. Mira, ahí hay una mata –señala Sisca, que se ha cansado de que Julita monopolice la conversación y por eso se lanza a explicar los efectos medicinales del arbusto-. Alivia gases e hinchazones, y es útil para resfriados, toses y los días malos de las mujeres. Antes de irte cogeremos unos puñados para tu madre.
Cuando se han dado cuenta, el trío ha llegado a la falda del altozano, donde hay alineadas una hilera de rústicas colmenas de corcho alrededor de las cuales se ven revolotear abejas. En medio de ellas, enfundados en sendos monos de trabajo, con las cabezas protegidas por un capuchón de fina tela metálica y las manos resguardadas por guantes, están Valerio y Anselmo realizando la castra de las colmenas. Cuando el mayoral los ve acercarse, les grita:
-Poneos los monos y los capuchones que hay junto a esas cestas –y, mientras sigue con el laboreo, les explica-: Para conseguir que la miel sea de buena calidad debe cogerse cuando está madura.
-¿Y cómo se sabe que está madura? –pregunta el muchacho que desconoce ese dato.
-Cuando, al menos, dos tercios de las celdillas están cubiertas por una capa de cera. Eso supone que la miel ha alcanzado el grado óptimo de humedad, lo que se conoce como opérculo. Es el indicador de que la miel está lista para ser recolectada. Lo que suele ocurrir en verano y otoño, tras la floración.
Como solo hay dos capuchones, Zaca, por aquello de la galantería, le pasa a Julita el que le ha dado Sisca, pero la muchacha lo rechaza.
-Póntelo tú. A mí no me hace falta, las abejas no me pican.
-¿Y cómo es que no te pican?
-Porque me conocen –contesta, burlona, la chicuela. Zaca le está cogiendo manía a la mayor de los Ariza. Su desenvoltura, para ser una masovera, y su impertinente ironía le ponen de los nervios. “Algún día de estos tendré que ponerla en su sitio”, se dice.
Cuando todavía faltan algunas colmenas por recolectar, aparece Juanito corriendo como si en vez de por una ladera montañosa lo estuviese haciendo sobre el tartán de una pista de atletismo.
-¡Tío Valerio, padre!, he encontrado un enjambre salvaje en el avellano grande de la Cañada del Clot.
-Buena vista, Juanito –le felicita el mayoral que, tras intercambiar unas palabras con Anselmo, deja la castra y dirigiéndose a los muchachos les pregunta:
-¿Queréis ver como se apresa un enjambre salvaje? Seguidme, pero antes pasaremos por casa para recoger los trebejos que voy a necesitar. Anselmo, me llevo el humero y dame una pella de miel.
-¿Nos llevamos los monos y los capuchones para resguardarnos? –pregunta Zaca.
-No serán necesarios. Juanito, vamos a por ese enjambre.
En la buhardilla de la tercera planta del Mas, donde se guardan las herramientas que solo se utilizan en contadas ocasiones, Valerio recoge una colmena de corcho vacía y busca lo que llama escriño.
-¿Qué es un escriño?, nunca había oído esa palabra –comenta Zaca.
-Es una especie de cestón fabricado de paja y cosido con mimbres.
-¿Y para qué sirve? –Valerio sabe que Zaca las preguntas las encadena, por eso ya no le molestan tanto como al principio de conocerlo.
-Cuando cojamos el enjambre, lo verás – responde el mayoral.
El desván es un puro batiburrillo de enseres y trastos inusuales o que se emplean de pascuas a ramos. Está todo apilado a la buena de Dios y por mucho que el mayoral busca y rebusca no encuentra el escriño.
-¿Dónde coño ha debido guardar el jodido Anselmo el puñetero escriño? –Zaca nunca había oído al mayoral encadenar tres tacos en la misma frase.
Tras mucho buscar, es Julita la que encuentra el cestón tras quitar, de un montón en uno de los rincones, varias láminas curvadas de corcho con las que montan las colmenas.
-Por fin, y ahora a la Cañada del Clot.
Antes de llegar al avellano al que se refirió Juanito, Zaca ve abejas que bordonean por todos lados. El señor Valerio se aproxima al árbol y, resguardándose la vista del sol con la mano, ojea el avellano hasta que, señalando un lugar de la copa, exclama:
-¡Coño, que grande es el enjambre! Hace más de diez años que no veía un tetón así.
Zaca, por mucho que mira, no ve nada en el árbol, ha de ser Juanito quien le indique donde debe mirar. Cuando consigue localizar el enjambre, ve una especie de saco negruzco, de forma ligeramente elíptica, en torno al cual revolotean decenas de abejas. Zaca sabe de la existencia de esos enjambres salvajes, pues su tío Daniel le contó hace tiempo como se forman, pero nunca había visto uno. Le impresiona ver como las abejas dan vueltas y vueltas alrededor del cónico panal produciendo un zumbido un punto amenazador. El mayoral coge el humero de lata, rellena con paja el depósito, y con el chisquero y soplando un par de veces le prende fuego. La paja comienza a arder sin llegar a hacer llama, pero sí humo.
-Dentro del panal está la reina, ¿verdad? –pregunta el chaval.
-Verdad. El enjambre se posa donde lo hace la reina, y todas van detrás de ella, tanto si se posa como si se larga.
-Y si no las coge ahora, ¿qué harán?
-Quedarse aquí hasta que las emisarias encuentren un lugar adecuado para construir el panal definitivo. Y yo voy a hacer lo mismo; es decir, haré el papel de emisario.
Valerio se acerca al avellano, corta una rama baja y unta sus hojas con la pella de miel que ha traído, y se la da a Juanito. Luego, con una agilidad sorprendente para sus años, trepa al árbol. Una vez arriba, llama al niño.
-Juanito, dame el escriño, el humero y la rama enmelada –El niño, que no lleva ningún tipo de protección y que parece no tener miedo a las posibles picaduras, le alarga a su tío el aparato del humo, el escriño y la rama con miel.
Valerio, tras trepar hasta el lugar donde están las abejas, coloca el escriño boca abajo junto al enjambre y maneja la rama de avellano de manera que las hojas untadas de miel rocen el bolsón que hacen las abejas. Luego, acciona lentamente el fuelle del humero para que salga la mayor cantidad de humo. Poco a poco, la bolsa de abejas se va reduciendo porque éstas, trepando unas sobre otras, se van metiendo en el cestón. Cuando casi todas están dentro del escriño, el mayoral vuelve a llamar al niño.
-Juanito, recoge el humero -El niño se pone de puntillas para coger el aparato que le alarga su tío, pero no llega, le falta estatura.
-Estudiante, cógelo tú –lo de Estudiante es el remoquete con el que a veces lo llama la abuela y el apodo parece que ha tenido éxito, pues ya hay más residentes en el Mas que lo utilizan. Hoy ha sido Valerio. A Zaca no le parece mal, pero tampoco bien. “Es mi sino –piensa-. Si me llamase Pepe, Manolo o Paco no me sacarían tantos sobrenombres”. El chico duda un instante, tiene miedo de que le piquen las abejas, pues no todas se han metido en el escriño, pero piensa que las chicas puedan creer que es un cobardica, por lo que, haciendo de tripas corazón, se acerca al tronco y coge el humero. Entonces, Valerio, con sumo cuidado y asiendo con fuerza el escriño, comienza a descender del avellano.
En cuanto Valerio llega abajo, saca un trapo blanco de uno de los bolsillos del mono y lo extiende en el suelo haciendo coincidir el extremo abierto del escriño con la puertecilla de la colmena de corcho que ha traído consigo. Las abejas van entrando lentamente en la hendidura de la colmena. El mayoral, para inducirlas a que lo hagan más aprisa, agarra las puntas exteriores del trapo y, levantándolas, forma un plano inclinado empujando suavemente al enjambre hacia el vaso de corcho. Algunas abejas se posan en el cuerpo del mayoral que parece no darle importancia al hecho.
-Señor Valerio, le van a picar –le avisa Zaca.
-No lo creo, la abeja enjambrada no pica. Además, una picadura no mata a nadie. Y si te pica alguna, mea, haz un pegote con la tierra del meado y te lo pones encima de la picadura. Te escocerá unos segundos, pero no se te hinchará -Como cada vez son más las abejas que vuelan alrededor del avellano, Valerio vuelve a pedirle a Juanito.
-Juanito, dale el humero a tu maestro. Estudiante, acerca el humero al trapo y da tres apretones al fuelle.
Molestas con el humo, las abejas que aún están en el trapo blanco comienzan a desplazarse hacia la colmena. Valerio recoge el trapo y lo guarda. Después, vuelca la paja del humero y aplasta la lumbre con el pie.
-¿Ya está? –inquiere Zaca al ver lo rápido que se ha desarrollado la captura del enjambre-. Entonces, ya puedo recitar lo de: A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron, que por golosas murieron presas de patas en él…
-Chicos, tenéis un maestro que de refranes, fábulas y cuentos sabe lo que no está en los libros. No estoy seguro de que sepa tanto de la vida real, pero como el saber no ocupa lugar es bueno que también aprendáis lo que os enseñe –recomienda el mayoral-. Con tanto ajetreo, se me ha abierto la gazuza. Vámonos a casa, a ver que ha preparado hoy la señora Concha.
La vetusta mesa de la cocina está repleta de comensales para el almuerzo del domingo. Además de los masoveros y el mayoral y su mujer, también está la familia al completo de Anselmo. La primera sorpresa que se lleva Zaca es que la abuela Julia sacraliza el almuerzo con una bendición sui géneris: Señor, da pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan. Amén. Si Zaca creía que las comidas en el Mas eran copiosas, tiene que desempolvar el adjetivo de pantagruélicas para calificar el almuerzo dominical. Una rebosante fuente de lonchas de jamón, rodajas de embutidos de toda clase y triángulos de queso, tanto fresco como curado, constituyen el entrante. A lo que le sigue una sopa de menudillos con fideos de cabello de ángel. Después, se sirve bacalao al ajoarriero. Tras lo cual, llega lo que parece ser el plato fuerte: pollo con guarnición de patatas panaderas, pimientos, cebollas y calabacines. Y la señora Concha, que como suele es la que sirve, da a elegir a cada comensal entre muslo o pechuga. Zaca, cree que después del bacalao ya no le va a quedar hueco para más pero, quizá debido a los paseos mañaneros que se ha dado, hasta se atreve con el pollo, aunque no consigue terminar el muslo que ha pedido. A pesar de ello, no se ha resistido a comerse de postre una pera de San Juan y un par de panecillos de boniato y miel que nunca ha probado y que le parecen exquisitos.
-No sé quién ha guisado, pero sea quien fuere, le felicito. Estaba todo buenísimo –se atreve a decir.
-La felicitación va para Concha y Pili. Y por cierto, me había dicho mi hija que eres un fetiller, pero de eso nada. Comes como un lobo, que es lo que deben hacer los hombres. Ya solo te falta oler como ellos: a sudor, tabaco y vino –Y la abuela, cambiando de tercio, se dirige al mayoral-: Valerio, cuéntanos como ha ido la castra. ¿Tendremos bastante miel hasta la floración de otoño?
-Pues verá, Julia...
Y mientras el mayoral desgrana su relato, al joven maestro el recuerdo del suceso del enjambre salvaje y del trabajo colectivo que realizan las abejas, le lleva al a recordar algo que leyó en un libro: el aprendizaje cooperativo. Recuerda que dicha metodología se basa en la interdependencia positiva, donde el éxito individual está ligado al del grupo, garantizando la responsabilidad compartida, la interacción cara a cara y el desarrollo de habilidades sociales. Y que sus claves esenciales son: la interdependencia positiva, pilar central del aprendizaje cooperativo, donde los alumnos perciben que el éxito individual está ligado al del grupo. Las habilidades sociales y de equipo. El procesamiento grupal. El trabajo individual, luego en parejas y finalmente en grupo. La formación de grupos heterogéneos: equipos pequeños de cuatro personas con capacidades diversas. Y la asignación de roles específicos para asegurar la participación de todos. En definitiva, se trata de una estrategia educativa que busca maximizar el aprendizaje de los estudiantes mediante la interacción entre ellos, y conseguir una responsabilidad compartida. Y una mayor responsabilidad supone una mayor motivación. Estos recuerdos le llevan a plantearse que quizá el aprendizaje cooperativo podría ser muy adecuado para la estructura de un grupo pequeño, pero tan heterogéneo como el que lidera. Tiene que probarlo a ver si funciona. “Mira por donde –se dice-, lo del panal de rica miel me ha llevado a pensar en la enseñanza cooperativa que quizá me pueda servir para, a pesar de mis pocos años y de no tener el título de maestro, llegue a ser un profesor más eficaz y, hasta es posible, que más eficiente”.
Al terminar el almuerzo, se le acerca Julita que le pregunta:
-Maestro, ¿un día me enseñarás esa poesía de “A un panal de rica miel…” que has recitado?
-Lo haré encantado, pero antes tendré que volver a leerla porque solo me acuerdo de las estrofas que he recitado?
-Lía, Concha te espera para que le ayudes a fregar los cacharros de la comida –Sisca se contiene, pero lo cierto es que se pone furiosa cada vez que la mayor de los Ariza intenta concitar la atención de Zaca. ¿Celos? Todo podría ser.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 59 de la novela “El masover” titulado: El mercat del dilluns.