La hoja de noviembre ha aparecido en el calendario y en la primera quincena del mes, cuando suelen comenzar los primeros fríos en La Plana Alta, Valerio –el factótum del Canònge- había previsto la matanza de dos de los tres gorrinos que en el Mas se sacrifican anualmente. Pero un periodo de tiempo anormalmente cálido en mitad del otoño, le ha hecho cambiar de planes. En vez de realizar la matanza hacia el once de noviembre, como manda la tradición y el refranero: A cada cerdo le llega su San Martín, Por San Martín, se mata el gorrín o Por San Martino, prueba tu vino y mata tu cochino, la realizarán algo más tarde, cuando no haga tanto calor, que una matanza con el sol dándole de lo lindo no es de lo más aconsejable.
-A ver si termina de una vez el veranillo de San Martín y podemos apiolar los cochinos –el deseo de Anselmo es compartido por otros muchos residentes del Mas, en especial por los masoverets de la escuela de Zaca, pues la matanza es una costumbre popular,
muy arraigada en innumerables lugares en los que por esas fechas es típico que se consuman productos recién cosechados y animales recién sacrificados. Como una tarde explicó el mayoral al Bachiller:
-Antiguamente, la matanza era una actividad importante para la obtención de alimento durante el invierno, de manera especial en las masías, lugares donde no existe una carnicería o un supermercado al que acudir a comprar medio lechón o unas costillas de recental. La matanza, en las masías, también es una fiesta muy valorada, pues los festejos son un producto escaso en los masos. Lo que conlleva que las pocas fiestas que hay sean especialmente bienvenidas. Ese lado festivo y de celebración conlleva que la matanza se convierta en un motivo para reunir a parientes, vecinos y amigos. Comer hasta hartarse, algo que no ocurre todos los días, beber el mejor vino joven que han producido los lagares caseros y charlar, cantar y hasta bailar mientras el cuerpo aguante forman parte del programa de diversiones que acompañan al sacrificio de los puercos –concluye el mayoral.
Respecto al sacrificio de los gorrinos, Sisca le ha contado a Zaca que en los masos la matanza se realiza de forma artesanal y, habitualmente, se efectúa una vez al año, generalmente coincidiendo con el final del otoño o principios del invierno, ya que el frío ayuda a la conservación de la gran cantidad de arrobas de carne que genera un guarro que ha estado bien cebado durante un porrón de meses.
Con las explicaciones de Valerio y de Sisca, y tras haberlas convertido en una unidad didáctica, Zaca ha dado a sus alumnos una lección ocasional sobre todo ello, explicándoles que la tradición de la matanza por las fechas otoñales no solo es española sino que se extiende a otros muchos países europeos. Por ejemplo, en Alemania por San Martín no se matan cerdos, pero sí gansos. Uno de los alumnos del grupo de los mayores le pregunta:
-Y el refrán de A cada cerdo le llega su San Martín, realmente, ¿qué quiere decir?
-Ese refrán se usa para señalar que, así como los cerdos son sacrificados en esa época, cada persona recibirá su merecido tarde o temprano.
-Entonces, ¿eso supone que cuando haces una barrabasada pronto o tarde recibirás tu castigo?
-Pues, más o menos, así es.
-Si eso es así –interviene un segundo alumno-, ¿el refrán también vale para cuando recibes “la castellana”? -Es un recurso didáctico que se ha sacado Zaca del magín para que los masoveritos, que andan a leches con la lengua castellana, tengan menos tropiezos con el diccionario. A Zaca, el problema que tienen buena parte de sus alumnos se le quedó grabado de forma indeleble el día que en una de sus explicaciones utilizó el vocablo ombligo. Ante la pregunta de un masoveret sobre qué quería decir aquella palabra tan rara y contestar que era como en castellano se llama al melic –que así es como se dice en valenciano-, el asombro de algunos alumnos fue como para pintarlo. Y ahí fue cuando se hizo imprescindible el manejo de la “castellana”. El esquema del recurso didáctico es simple: cada día, al primer escolar que en lugar del castellano emplea el valenciano Zaca le entrega una vieja moneda de un franco, a la que, pese a ser gabacha, denominan “la castellana”. Su poseedor debe cedérsela al condiscípulo que cometa el mismo lapsus, y así la moneda va pasando de mano en mano hasta el final de la sesión. Aquel alumno que la tenga en ese momento es sancionado con una multa consistente en que ha de donar al fondo común de material escolar algún objeto personal o de su plumier: un lápiz de color, una goma, un sacapuntas, una pluma… El juego ha tenido una gran acogida entre los chavales y “la castellana” se ha convertido en otro más de los recursos didácticos que emplea Zaca para incentivar el mejor aprendizaje lingüístico de sus alumnos. También recuerda que una vez que “la castellana” le tocó a Lía al final de la clase, la chiquilla tuvo la desfachatez de dejar como multa en el fondo común una de sus horquillas. Cuando Zaca le requirió para que pagase la multa con otra prenda u objeto, la mayor de los hermanos Ariza contestó:
-Amos, anda. ¿Hay algo más personal para una chica que una horquilla? –A Zaca lo que más le fastidió no fue la respuesta en sí, sino la chulería y la desvergüenza con la que se expresó la chicuela.
El día de la matanza, el matarife, que no era otro sino Anselmo, despachó a los cochinos en un visto y no visto, los desmembró y extrajo la vejiga que rápidamente se convirtió en una pelota. Tras ser inflada, Zaca organizó un partido de fútbol con la mitad de sus alumnos atacando una portería –dos piedras de mediano tamaño en el extremo de una era- y la otra mitad intentando meter gol en la otra portería. Y él se convirtió en el árbitro dispuesto a sacar tarjeta roja a todo aquel jugador que anduviese buscando más las espinillas de los adversarios que regatear a los rivales. Con la matanza de los cerdos, Anselmo no ha finiquitado su papel de carnicero, le falta degollar una vieja cabra y una oveja primala, cuyas carnes se usarán para complementar la de los guarros, y con ellas elaborar longanizas, chorizos y otros embutidos. Aunque en casa de Zaca se han realizado matanzas de cerdos, el muchacho escucha atentamente lo que Valerio está contando a un grupo de masoveritos.
-Hay que entender la matanza como un periodo largo, que comprende varias fases: El engorde, desde la compra del cerdo y su cebado hasta el día de la matanza. La duración depende de cuando se compra el cochino, aunque lo más usual son diez meses para cebarlos. La matanza en sí, que suele durar uno o dos días. Y el curado, dependiendo del uso que se haga de los productos cárnicos, y que puede durar desde días hasta varios años. ¿Os ha quedado claro, hijicos?
-¿Antes cuándo se compraban los cerditos para comenzar a engordarlos? –quiere saber uno de los masoverets.
-Al llegar el mes de marzo ya se solía empezar la negociación en los mercados de ganado para la compra de uno o varios lechones para la matanza. El engorde se planificaba con antelación, se alimentaba al guarro con productos tales como berzas, calabazas, patatas, remolachas e hierbas diversas, como cardos tiernos u ortigas que se solían acompañar con salvado de centeno o de otros cereales. En el otoño se incluían en la dieta los restos inservibles de las cosechas de frutales: manzanas, peras, membrillos... También suponían una importante aportación los restos de las comidas caseras. Finalmente, en la última fase de la cría del cerdo el engorde se realizaba en lo que era conocido como la montanera. Es decir, cuando los cerdos se dejaban libres en las dehesas coincidiendo con la maduración y caída de la bellota, en los meses de octubre a diciembre. La bellota más apreciada era la de la encina, generalmente más dulce, más apetecida por los cochinos y de mayor valor nutritivo. El engorde con bellotas, pasto y hierbas aromáticas de las dehesas y el ejercicio físico del animal en régimen de libertad, no solo conseguía una carne con menos grasa superficial y más entreverada, sino de un sabor excepcional. Es así como se obtienen los tan valorados jamones ibéricos o de pata negra.
-¿Y es verdad que a muchos de los cochinos se los capa? -pregunta otro.
-No es raro que los cerdos se castren antes de la matanza por dos motivos: los animales capados engordan más y son más tranquilos y porque, tras la muerte, los testículos desprenden sustancias que empeoran el sabor de la carne del animal. ¿No hay más preguntas? Pues, hala, a pegar patadas al balón.
El día de la matanza, a mediodía, entre Concha y Pili han preparado unos bocadillos de panceta para los chavales de la escuela de Zaca, que estos se han comido en un pispás. Y otros más se hubieran zampado si se les hubiese dado la oportunidad, pero la abuela, que ha sido de quien ha partido la iniciativa, opina que la generosidad ha de tener límites, si no se convierte en derroche y derrochando no se construye el pequeño emporio económico que es el Canònge.
Sisca y Zaca, que durante la comida han hecho un aparte, comentan los sucesos del día y lo bien que se lo están pasando sus alumnos, así como los recuerdos de otras matanzas.
-En casa –explica el muchacho-, los años que hicimos la matanza, recuerdo que madre conservaba parte de la carne en una tinaja con aceite para poder disfrutar de ella durante todo el año.
-Aquí también lo hacemos y además la conservamos en salazón, además de con el curado y el ahumado.
-Esos métodos no los conozco. ¿Cómo se emplean?
-En la salazón se aplica sal a la carne, a menudo con otras especias, para extraer la humedad y prevenir el crecimiento de bichos. En cuanto al proceso de curado puede llevarse a cabo con sal y azúcar, que ayuda a realzar el color y sabor de la carne y a dificultar el crecimiento de microbios. Luego, la carne salada y curada la colgamos para secarla al aire libre, lo que ayuda a eliminar más humedad y a preservar la carne de su posible descomposición.
-Te falta contarme lo del ahumado.
-En el ahumado sometemos la carne al humo producido por la combustión de madera, lo que le confiere un sabor característico y ayuda a conservar la carne y protegerla de los bichos. Y también ayuda a secar la carne, eliminando la humedad y prolongando su empleo útil.
Al atardecer, y tras acabar los trabajos de la matanza, se ha organizado un baile en una de las eras. Forman la orquesta de cuerda algunos de los masoveros invitados: el tío Jaume el Golós, que toca la bandurria, Pere el del Más d´Enqueixa que pulsa la guitarra y Jordi el Surdo que maneja, mal que bien, el violín. La gente danza al compás de la música y casi todos se han emparejado excepto el Bachiller.
-¿Bailamos, Zaquita? –le invita Sisca.
-No quiero hacerte un feo, pero no. Bailando soy un pasmarote que no hace más que pisar los pies de su pareja.
-Pues me haces un feo negándote. Imaginaba que te gustaría.
-Tienes que perdonarme, Sisca. No hay nada que me gustaría más que bailar contigo, pero es que lo paso tan mal que se me llevan los demonios. Porque cuando bailo me pongo tan rígido que parezco un poste de telégrafo y no hay manera de llevar el compás. Y encima siempre tengo la impresión de que la gente me mira y se burla de mi mala sombra como bailarín.
-Vamos a hacer una cosa. Nos iremos a un rincón donde la gente no se fije en nosotros y te enseñaré a perder ese agarrotamiento y a sentir la música. Tú me has inculcado que todo se puede aprender tirando de paciencia y persistencia. Veamos si ese principio también sirve para aprender a bailar.
Sisca, echando mano de una generosa paciencia, va enseñando al muchacho los pasos más fáciles del baile, así como la manera de distender los músculos y de seguir el ritmo de la música. Poquito a poco, y siguiendo las instrucciones de su eventual instructora, Zaca se va soltando, va perdiendo rigidez y acaba siendo capaz, aunque de aquella manera, de seguir el ritmo de la improvisada orquesta. Pese a todo, el muchacho está persuadido de que nunca será un buen bailarín, pues su flexibilidad y su oído musical son bastante incompatibles con cualquier sonido armonioso. Como mucho saldrá del paso. Todo va razonablemente bien hasta que ocurre lo indeseado, -“Maldita pilila, ¿otra vez te has puesto en guardia?”- Se maldice el chico, cuando Sisca apoya el rostro contra su mejilla y al ceñirse, nota los senos de la muchacha pegados a su pecho. Una vez más, ha de echar mano de la tabla de multiplicar y comienza el recitado mental: tres por uno es tres, tres por dos…
-¿Qué callado te has quedado, Zaquita? ¿Te pasa algo?
-No, nada. Es que si hablo pierdo el compás –Se excusa el chico, que piensa que si la muchacha supiera lo que de verdad le está ocurriendo se moriría de vergüenza. Menos mal que el recitado de la tabla comienza a producir sus efectos casi taumatúrgicos.
Y así, entre bromas y veras, termina la matanza en el Mas que retrasó el veranillo de San Martín, también llamado de San Miguel. Un día de jolgorio y divertimento, feliz para todos los moradores del Mas, menos para el cerdo, naturalmente.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 90 de la novela “El masover” titulado: Leña seca para quemar