martes, 23 de junio de 2026

El masover”. 78. Las cuentas de la lechera

 


   Sisca y Zaca no han vuelto a tener unas sensaciones cómo en la tarde del picnic, pero no las han olvidado. Al contrario, las mantienen vívidas aunque no hablan de ellas. Una suerte de pudor y cierta vergüenza son las causas de que no lo hagan, pero a veces y en los momentos más inesperados, cuando sus miradas se cruzan, una suerte de corriente telepática fluye entre ambos y la tarde del picnic vuelve a sus mentes.

   Más allá de las sensaciones de los adolescentes, la vida en el Canònge sigue su habitual desarrollo. Agosto se está revelando como un mes magnífico para los intereses del Mas y sus asociados. Las ventas en el mercat del dilluns, no solo se han consolidado, sino que se han incrementado significativamente. Además de la población capitalina, los masoveros han detectado que tienen nuevos clientes de populosas localidades contiguas a la ciudad, como Villarreal de los Infantes, Burriana, La Vall d'Uixó,  Almazora, Onda o Nules. Incluso les llegan compradores que están veraneando en la vecina Villas de Benicásim. El boca-oído ha funcionado, así como la publicidad que sigue emitiendo Radio Castellón, y comprar los lunes en el puesto de Los Masos de la Plana Alta se ha puesto de moda. El público se ha convencido que los productos de las masías son más naturales, más sanos y de mayor calidad que los de los pueblos agrícolas que rodean Castellón y, encima, sus precios son razonablemente asequibles. Además, ahora venden más productos, entre otros, las cocas y el pa d´oli del Mas de Besana y las conservas caseras de las masías y de la madre de Zaca. Y se han sacado la licencia de carnicería y, además de pollos y conejos, venden carne de reses, especialmente de cabritos, lechales y cochinillos. La consecuencia de unas mayores ventas es que los ingresos se han multiplicado. Y como del dinero que entra en caja, una parte se queda en las arcas del Canònge, pero otra hay que distribuirlo entre los masos asociados, las cuentas se han complicado demasiado para los conocimientos de Julia. Para llevar la nueva y compleja contabilidad, a la abuela no le ha quedado otra que recurrir a quien tiene más a mano.

   -Bachiller, tendrás que echarme una mano en la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta.

   -Lo que usted mande, señora Julia –aunque el tratamiento sigue sin gustarle, ante la tozudez del muchacho en mantenerlo, Julia ha terminado aceptándolo-. Sabe que me tiene a su disposición para lo que quiera.

   Zaca ya conoce las cantidades de las ventas de cada lunes, pues realmente es él quien lleva esa cuenta, pero en cuanto Julia le pasa las cifras de lo que aportan los demás masos, Zaca se siente abrumado ante el cúmulo de guarismos, pues ha de valorar los gastos generales incluido transporte, retribución de las vendedoras, coste de permisos municipales, los ingresos brutos, el porcentaje que hay que reportar a los socios, el valor de los productos que no se han vendido y que hay que descontar de lo asignado a cada mas, y los gastos imprevistos. Se da cuenta que la nueva contabilidad le supera, que no tiene los conocimientos suficientes para lidiar con ella. Pero su orgullo le impide decírselo a Julia. Busca encontrar alguien que le dé un curso rápido de contabilidad, en quien primero piensa es en sus maestros del pueblo, pero duda que estén capacitados, pues ni don José ni don Domingo son buenos en matemáticas. Tras mucho cavilar, se le ocurre que, dado el aislamiento de la masía, la solución a sus limitaciones contables solo la encontrará en los libros. El siguiente lunes se acerca a la librería de Armengot y pide manuales sobre contabilidad. Le muestran los que hay, y los va hojeando hasta que encuentra uno que se adapta a sus conocimientos matemáticos. Aprende que las reglas básicas de la contabilidad incluyen la partida doble, la identificación de activos, pasivos y el patrimonio neto, y el registro de ingresos y gastos. Además de estas reglas, también estudia los principios de contabilidad, generalmente aceptados, que son un conjunto de normas generales que sirven de guía contable para formular criterios referidos a la medición del patrimonio y a la información de los elementos patrimoniales y económicos de un ente. Tras invertir muchas horas de estudio, a medida que va desentrañando los conocimientos contables, comienza a verse capacitado para sacar adelante la nueva contabilidad. La primera vez que presenta a Julia el balance provisional del último lunes de ventas, suspira  aliviado al darse cuenta de que la abuela no entiende ni la mitad de las partidas que figuran en el cómputo general. Lo que significa que, aunque se equivoque en alguna partida, tendrá tiempo para solucionarlo, pues Julia no se va a enterar.

   -Bachiller –como lo necesita, Julia no ha vuelto a llamarle por su gentilicio-, menos mal que estás tú. Si no te tuviéramos, tendría que haber contratado a un contable porque estas cuentas confieso que me sobrepasan. Y contratar un contable de fuera del Mas habría sido una gran complicación. Ah, y como el que trabaja más horas, ha de ganar más, a partir de ahora, y a cuenta de Los Masos de La Plana Alta, te vamos a dar otros veinte duros más a la semana por llevar la contabilidad.

   El muchacho recibe la noticia del aumento de sueldo con evidente satisfacción y, como ha ganado en aplomo y audacia, plantea a Julia una duda que acaba de surgirle.

   -Gracias, señora Julia. Una pregunta: ¿esos veinte duros son además de las veinticinco pesetas que me da por mi trabajo en el mercat del dilluns?

   -Claro, claro. Ahora ganarás veinticinco duros por semana. No está nada mal para un chaval de trece años, eh.

   Zaca, en un impulso repentino, decide ser más atrevido y vender mejor su papel de contable. Y lanza una pega a modo de contraoferta para ver cómo responde la abuela.

   -Tiene razón, señora Julia. Aunque teniendo en cuenta que empleo como mínimo unas veinte horas semanales para cuadrar la contabilidad de los masos, cada hora me saldrá a poco más de seis pesetas. Tampoco es tanto.

   -La leche que te dieron, Bachiller. ¿Me estás toreando? Mucho te has despabilado tú. Dejémoslo en total de treinta duros mes y no estires más la cuerda, no vaya a romperse –avisa Julia un tanto mosca.

   Zaca decide mostrarse humilde, no sea que, por pasarse de listo, termine fastidiando lo que, para él, es un triunfo en toda regla.

   -Ni en un millón de años, señora Julia, me atrevería a hacer o decir algo que pudiera molestarla. Si lo he hecho, ha sido sin darme cuenta, y le pido mil perdones por ello –Zaca está aprendiendo a ser hipócrita, pues lo de que lo ha hecho sin darse cuenta es una mentira como una catedral.

   El torreblanquí ha encontrado en el Canònge una verdadera mina que le va a hacer de oro. Hace cuentas: “A este paso voy a terminar ganando más que padre, pues 150 pesetas semanales suponen unas 600 al mes, más las 360 que gano dando clase a los masoverets suponen novecientas sesenta pesetas mensuales. Unos ingresos de cerca de mil pesetas al mes, posiblemente no hay nadie en el pueblo que los gane, ni los médicos. Prácticamente, voy a ganar en un mes lo que padre necesita para pagar mis maestros el curso entero y, además, incrementaré el calcetín para poder comprar una casa o, al menos, un solar en el que construirla.  Y lo  voy a conseguir solito, sin ayuda de nadie. ¡Es la repera!”. De pronto, se da cuenta de algo que deshace su euforia. Acaba de darse cuenta que está haciendo las cuentas de la lechera de la fábula. Está calculando los ingresos sobre la base de un mes que será el primero y último en el que se dé esa abundancia de panes y peces, porque el uno de septiembre dejará el Canònge y los duros que le proporcionan Los Masos de la Plana Alta y los dineros de la escuela de los masoveros se acabarán. Y el sueño de hacerse de oro terminará siendo solo eso, un sueño. Ha anticipado los resultados de una situación que aún no se ha materializado, sin considerar que el cántaro puede romperse y perderlo todo. Esboza una sonrisa irónica dirigida a su fantasía. “¡Maldita sea mi estampa! ¿Por qué me tiene que pasar esto? Ahora que me iba tan bien”. Se queda desconsolado. Ha sido como soñar despierto, que es tanto como ser un iluso. “¡Qué cruel es la realidad!”, se dice. También podría haber echado mano del refranero y decir aquello de: Mi gozo en un pozo.

   Agosto va discurriendo día a día con la calorina de costumbre. Ha entrado en su tercera semana y a Zaca el tiempo, como si en líquido se hubiese convertido, parece que se le escurra entre los dedos. Siente que, cuando llegue el inexorable momento de su partida, echará mucho de menos los maravillosos avatares que el negocio de Los Masos de la Plana Alta le ha proporcionado. Y no solo son las ganancias que le han reportado –que también-, sino las cavilaciones, las luchas, la superación de los obstáculos; en definitiva, todo lo que ha significado cimentar su talante y despojarle de algunos de sus muchos tabús y limitaciones. Todo eso no lo tendrá en Torreblanca y cada domingo que transcurra sin tener que prepararse para el mercat del dilluns le parecerá que es un día perdido. Podrá ir al cine, podrá jugar con sus amigos pero, entre estar sentado pasivamente en un banco del gallinero viendo una peli, o estar pelando la pava con Pifa, y recibir, almacenar y contabilizar los productos del Canònge y de los masos asociados no hay color. Y no digamos lo que es sentirse parte viva de la vorágine del mercat, al tiempo que estar pendiente de que no se escape ninguna clienta sin abonar la compra hecha. Aunque aún sentirá más tener que despedirse de sus alumnos veraniegos. Los masoverets le han mostrado tanto cariño como devoción, tanto respeto como entrega, tanta fidelidad como cercanía. Los va a añorar, a todos y a cada uno de ellos. Y, como en el caso del mercat, lo de menos será lamentarse de los ingresos que el papel de maestro le está proporcionando. Lo importante es el empujón que su ego ha recibido al constatar que vale para enseñar y que tiene la voluntad para ayudar a chicuelos que tienen la indispensable voluntad de aprender. Piensa en sus maestros del pueblo y considera que hay una distancia sideral entre sus métodos y los que él aplica. Aunque no tenga ni los estudios ni el título de magisterio, es mejor maestro que muchos de los que sí lo tienen. Toda esta panoplia de razones no logran que Zaca se engañe. En los momentos en que objetivamente bucea en su yo más íntimo, percibe que hay un tercer recuerdo, todavía más poderoso que el mercat y la escuela de los masoverets, que le perseguirá cada minuto del día: Sisca. Va a añorarla como jamás pensó que podría echar de menos a ¿una chiquilla o a una mujer? La muchacha se le ha metido en su corazón y en su cabeza y no es capaz de desahuciarla de ellos. Sus silencios, sus palabras, sus risas, el fruncimiento de sus labios, sus francas miradas, sus luminosas sonrisas, sus volubles enfados, lo que cuenta y lo que calla, lo que explicita y lo que sugiere, lo que parece ofrecer y lo que de verdad da… En una palabra, todo. Todo cuanto depara su compañía, su sola presencia es lo que va a rememorar cada segundo que marque el reloj. Esos sentimientos nunca los había sentido antaño hacia sus mujercitas de papel de las novelas. Pero ahora si los siente hacia una personilla de carne y hueso. Y eso, ni más ni menos, es lo que va a perder cuando se vuelva al pueblo. Por momentos piensa que daría gustosamente todo cuanto ha ganado en el Mas y todo lo que podría ganar con tal de retener a su lado a Sisca. “¿Será eso el amor del que hablan los poetas?”-se pregunta-. Le da igual cual sea la respuesta. Lo que vale es lo que siente y ello le lleva a recordar otra vez el aforismo de “El corazón tiene razones que la razón no comprende”, aunque no sabe que es Pascal quien lo formuló. El canijo, como le suele llamar su amigo Pifa, no solo va camino de hacerse un hombre, sino de experimentar sensaciones hasta ahora desconocidas. De tener más presente el mundo real que el imaginario. De valorar más a las personas que a los libros. De que ciertas sensaciones, más que explicarlas hay que sentirlas. Que no solo hay que escuchar lo que dice la cabeza, también hay que atender lo que dicta el corazón. De que hay que hacer menos cuentas de la lechera y atenerse más a la realidad del día a día y vivir con ello. No hay que soñar despierto, y termina aplicándose una tautología: la vida hay que vivirla, no soñarla. Pese a ello, piensa que se quedaría gustoso en el Mas si tuviese una razón para quedarse, pero no la encuentra. Sabe que el mercado de los lunes seguirá y que, cuando comience el nuevo curso, sus masoverets volverán a sus respectivas escuelas de los pueblos donde están escolarizados y se quedará sin alumnos. Por otra parte, ha de estudiar el cuarto de bachillerato y eso no puede hacerlo en el Canònge. En consecuencia, su cuento de la lechera acabará como en la fábula de Samaniego: la joven lechera, distraída por sus ambiciones, tropieza, derrama la leche y pierde todo, dejando la enseñanza de que no vale vivir de ilusiones y que hay que valorar lo que se tiene en el presente. Es lo que ha de hacer él: soñar menos y vivir la realidad más. ¡Pero es tan bonito soñar y la realidad puede ser tan cruel!

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 79 de la novela “El masover” titulado: Vísperas de que Zaca se vaya del Canònge

martes, 16 de junio de 2026

“El masover”. 77. De cirios y picnic

   Antes de que Julia mande llamar a Zaca para preguntarle porqué llama Sisca a su nieta, aparece la pubilla en el cuarto de estar.

   -Hola, abuela, ¿cómo estás?

   -Cabreada.

   -¿Por qué?

   -¿Me puedes explicar qué es eso de que el Bachiller te llame Sisca?

   -Dice que es más bonito que Francisca y me lo llama cuando estamos a solas. Y no sé porque te molesta, a mí me chifla.

   -Pues a mí, no. Y voy a pedirle que deje de ponerte sobrenombres que no vienen a cuento.

   -Hay que ver cómo eres, abuela. Le das importancia a algo que no la tiene. ¿Qué más te da que me llame de una u otra forma? ¿A quién hace daño que me llame Sisca? A nadie. Podría molestarme a mí, que soy a la       que concierne pero, como te he dicho, me encanta. Y te pido, te ruego, que no le digas nada sobre el particular. Zaca es muy sensible y, si le echas en cara lo de que me llame Sisca, se va a llevar un disgusto de muerte. Y de ninguna manera se lo merece. Con todo lo que ha hecho para ayudarnos en lo de Los Masos de la Plana Alta.

   -No mezcles el tocino con las berenjenas. Encima, defiendes a ese tontolaba.

   -Abuela, por favor, no llames así a Zaca. No es ningún tontolaba. No solo es el mejor maestro que he tenido, también es el chico más amable que he conocido. Si le riñes, y aunque te quiero mucho, me voy a enfadar contigo. Te lo pido por favor, abuela. No lo hagas.

   Julia, al ver la encendida defensa que hace su  nieta del deslenguado torreblanquí, comienza a replegar velas. Que recuerde, nunca ha visto a Paqui tomar partido por alguien de manera tan apasionada. Y empieza a sospechar que, detrás de la exculpación que hace su nieta del Bachiller, puede haber algo más que un cierto compañerismo entre chavales de la misma edad y que trabajan juntos en la enseñanza de los masoverets. Y ese algo, al que todavía no es capaz de ponerle nombre, puede ser más peligroso para el futuro de su nieta y, de rebote, para el porvenir del Canònge, que el hecho de llamar Sisca a Paqui. Por lo que opta por cambiar de táctica.

   -Bueno, hija. Tampoco es cuestión de hacer un drama de todo esto. No le voy a reñir, pero le vas a pedir al Bachiller que se olvide de lo de Sisca y que como mucho  solo te lo diga cuando estéis a solas. Y otra cosa. Creo que pasas demasiado tiempo enseñándoles costura a las masoveretas y has descuidado tus otras obligaciones. A partir de ahora, debes dedicar menos tiempo a dar escuela y más a ayudar a tu madre, que se me ha quejado de lo abandonada que la tienes.

   Sisca sabe muy bien que cuando su abuela se pone en modo de ordeno y mando lo más inteligente es no llevarle la contraria y decir amén, aunque luego se haga lo que uno crea que deba hacer. Esa es la táctica que emplea Valerio y que le suele dar buenos resultados. Y es lo que piensa hacer ella: decir que de acuerdo, pero luego hacer de su capa un sayo. Solo tiene una duda: de si contarle o no lo sucedido a Zaca. Mientras valora qué hace, resulta que el muchacho se ha enterado de que Julia está más que molesta con él por lo de llamar Sisca a su nieta. Se lo ha contado la señora Concha que todavía siente remordimientos por haberse ido de la lengua. Y que ha pedido al chico que no cuente que sabe el ridículo suceso para no dar más motivos a la abuela de que siga irritada. Zaca da las gracias a Concha y le promete que no dirá ni palabra, pero se queda preocupado. Es la primera ocasión en que ha hecho algo que ha molestado a la patrona del Canònge, y de la forma más pueril. Se plantea un dilema: “¿Cuento a Sisca lo de su abuela o no?” La cabeza le dice que no. El corazón le dice que sí. ¿A quién hace caso? Su forma de ser le insta a hacer caso de su mente. Su intuición le lleva a secundar sus sentimientos. Y en esa pelea se debate, cuando la muchacha se le acerca.

   -Zaca, tenemos que hablar. He de contarte lo que me acaba de pasar con la abuela.

   Al muchacho le da un vuelco el corazón. Presiente que de lo que quiere hablarle Sisca es, precisamente, del enfado de Julia por el nuevo mote que ha puesto a su nieta. Y decide abrirse a la muchacha.

   -Yo también tengo algo que contarte sobre la abuela pero, por favor, tú, primero. Cuéntame.

   Sisca le cuenta el diálogo mantenido con su abuela y como, al final, ha acabado dándole la razón para que no siguiera con su matraca, pero que no piensa hacerle caso y que puede seguir llamándola Sisca cuantas veces quiera, pues es un nombre que la chifla y que, además, solamente lo manejan los dos. Únicamente, deberán andarse con tiento cuando la abuela esté presente, entonces nada de Sisca, Paquita arriba, Paquita abajo, o Paqui si quiere, que el diminutivo lo acepta Julia, a quien quiere mucho, pero que siga con sus manías de cuando reinaba Carolo. Que ellos viven en el siglo veinte.

   -Sisca, carita de ángel, no sabes cuánto me emociona oírte. Justo de eso es de lo que quería hablarte. Me das un alegrón que pienses así, pues es lo mismo que pienso yo. Y he tomado buena nota, a partir de ahora nada de Sisca delante de Julia –Y Zaca le tiende la mano. El apretón sella el acuerdo entre los muchachos. Acuerdo que va más allá de haber solucionado el extraño rifirrafe con la abuela.

   Desde ese instante, la relación entre los adolescentes se estrecha más si cabe. Dan un salto cualitativo a su amistad que se traduce en diálogos en los que los sentimientos pesan más que las razones. Y urden planes, a espaldas de Julia, para reforzar sus contactos. Uno de ellos ha sido hablar con Hortensia la Beltrana, del Mas de Roures, para que se queje a la abuela de que las dos masoveretas, a las que Sisca daba clase de costura, se han lamentado de que ya no se la da, y la echan mucho de menos. La Beltrana, en un alarde de mano izquierda, además de contárselo a Julia, le pide que sí sería posible que su nieta retomara la enseñanza de la costura. Que ella y la madre de la otra muchacha se lo iban a agradecer eternamente. La primera reacción de Julia es negarse pero, tras pensarlo, valora que el Mas de Roures –que en realidad son tres masos juntos- es uno de los asociados que más aporta a Los Masos de la Plana Alta y que no le conviene enemistarse con ellos. Por lo que, aunque a regañadientes, accede a que su nieta vuelva a dar costura a las masoveretas. Está lejos de sospechar que la petición de Hortensia ha sido un montaje urdido al alimón por Sisca y Zaca. Si se hubiera tratado de un torneo de fútbol el resultado habría sido: Adolescentes 1. Abuela 0.

   Ambos muchachos celebran el éxito de su añagaza organizando, por primera vez, un picnic junto a la pequeña balsa que hay junto al viejo molino de viento que un día descubrió Zaca y que está a un trecho del Mas. En la merienda campera no falta detalle, Sisca se ha cuidado de ello. Ha desempolvado una antigua banasta de mimbre que contiene media vajilla y los correspondientes cubiertos. Y, bajo la supervisión de Concha, ha preparado una merienda realmente exquisita: combina una base de cereal con fruta fresca y frutos secos, y una pequeña cantidad de mantequilla para dar saciedad. La clave es el equilibrio entre texturas crujientes y suaves y sabores dulces y salados. Y para ello, el tentempié consta de requesón, unas lonchas de cecina, un puñado de frutos secos y dos huevos duros; más unas tortitas de arroz y tortillas de maíz.  Lo implementa con manzana en trozos, rodajas de pepino, zanahoria y tomatitos de penjar. Y Zaca ha puesto el toque romántico recolectando un ramillete de flores silvestres que, ceremoniosamente, ha ofrecido a la muchacha. Sorprendentemente, al recibir el ramo Sisca se emociona y le explica el por qué.

   -¿Te lo puedes creer? Me han regalado muchas cosas en la vida, pero es la primera vez que un chico me regala flores.

   -Me habría gustado ofrecerte unas rosas, pero no he encontrado.

   -Me chiflan estas flores. Secaré una de ellas y la guardaré como recuerdo de una de las mejores tardes de mi vida.

   Los adolescentes cruzan sus miradas y algo etéreo, y difícilmente calificable, fluye entre ambos. El silencio es atronador, tanto que se oye como el tic-tac de sus corazones se acelera por momentos. Con ese cúmulo de sentimientos encontrados se vuelven a la masía tras terminar el picnic. Cuando la pareja llega al Mas se encuentran con que hay un visitante con el que no contaban, aunque sí Concha que es quien le ha llamado. Sisca cuenta al novel maestro que el visitante es el cirerer o ciriero que surte de velas al Mas. Zaca es la primera vez que oye tal vocablo y, como suele, pregunta sobre él. Sisca le explica que el ciriero es el profesional que se ocupa de fabricar cirios o velas y que, generalmente, una vez al año se pasa por las masías para elaborar in situ los cirios, candelas, bujías, velas y hachas que los masoveros, ante la ausencia de luz eléctrica, utilizan para alumbrarse. Suscitada su infatigable curiosidad, el muchacho pide al ciriero si puede ver como realiza su trabajo, a lo que el profesional responde que faltaría más. El cirerer –como se les llama en valenciano-, comienza por hacerle una síntesis de su trabajo, y le cuenta que los cirios artesanales se elaboran mediante la técnica de inmersión, sumergiendo repetidamente un pabilo o mecha de algodón en cera de abeja fundida. Tras cada inmersión, la capa se enfría y solidifica, repitiendo el proceso muchas veces para aumentar el grosor. Finalmente, se pulen, se cortan a la medida deseada y se enderezan, logrando velas densas y de combustión lenta. A preguntas de Zaca, Carmelo –ese es su nombre- añade que él aporta las mechas y el trabajo, pero que la cera la proporciona cada masía.

    -¿Y qué pasa si el mas no tiene cera?

   -Eso es algo que ocurre raras veces porque todos los masos tienen colmenas.

   -¿Y cuáles son los pasos concretos para  la fabricación artesanal de los cirios?

   -Lo primero es la preparación de la mecha: se prepara, a menudo, con contrapesos de hierro en el fondo para mantenerla recta durante la inmersión. Luego se funde la cera de abeja, seleccionada por su calidad, que se limpia y se derrite en grandes tanques llamados "noques". Después, las mechas se sumergen consecutivamente en la cera caliente. Se necesitan múltiples inmersiones para lograr un determinado grosor. A lo que sigue su calibrado y enfriamiento, para lo que se utilizan plantillas que  aseguran que el grosor sea uniforme en toda la longitud del cirio. La cera se solidifica al aire entre inmersiones. Y por último, una vez alcanzado el tamaño deseado, los cirios se cortan, se cepillan o se pasan por una terraja para eliminar irregularidades y se les da el acabado final. Este proceso permite crear velas de alta calidad que pueden medir desde diez centímetros hasta dos metros.

   -¿Y cobra mucho por ese trabajo?

   -Cobro en función del volumen de velas que elaboro.

   -Como hay tantos masos no le faltará el trabajo.

   -De momento, no, pero a medida que la electricidad llegue a las masías, cada vez tendré menos tajo. De hecho, tenía un aprendiz y me deshice de él. Le dije que aprendiera otro oficio porque el mío tiene los días contados. Posiblemente, seré uno de los últimos cireros de la provincia.

    Zaca nunca se había encontrado ante un oficio que está en trance de extinguirse, lo que le hace plantearse que, afortunadamente, la profesión a la que parece abocado –la de maestro- no va a tener ese problema.  Mientras haya niños en la tierra alguien, aparte de los padres, tendrá que enseñarles. Como maestro ganará más o menos, pero trabajo nunca le va a faltar. No todo va a ser malo.

   Con la excusa de que el calor aprieta cada día más, Zaca vuelve a proponerle a Sisca ir a la balsa del molino de viento, quizá podrían bañarse.

   -¿Sabes que en la balsa hay ranas? El día que la descubrí no llegué a verlas, pero las oí croar.

   -Con la calorina que hace, debe de ser una gozada meterse en el agua para refrescarse. ¿Nos metemos? –Ha sido Sisca la que se ha atrevido a proponerlo.

   -No llevo traje de baño –es la púdica respuesta del muchacho.

   -Yo tampoco, pero llevo la combinación. Y tú, supongo que llevarás calzones. No necesitamos maillots. Anda, no me seas cobardica. Anímate.

     Y sin esperar respuesta, Sisca se despoja de blusa y falda, se queda con el viso y las braguitas y se zambulle en la balsa. La muchacha no sabe nadar, pero no lo necesita, pues el nivel del agua solo llega a la altura de algo más arriba de la cintura. Zaca se lo piensa pero, ante el ejemplo de Sisca, se siente obligado a quedarse en calzoncillos y meterse en el agua. La escena podría parecer un tanto concupiscente, pero nada más lejos de la realidad. Los dos semidesnudos adolescentes no se han rozado y ni siquiera se atreven a mirarse. La vez que Zaca ha lanzado una fugaz mirada a Sisca, su rostro se ha puesto de color bermellón al ver que la combinación se le ha pegado al cuerpo y sus redondos senos, ya no tan chiquitos, resaltan en demasía, y las areolas que rodea los oscuros pezones son descaradamente visibles a través del viso. Zaca no vuelve a mirarla, pues intuye que si lo hace tendrá una erección ya que su pilila –como la llaman los niños- está mostrando signos de que ha despertado. Y lo último que quisiera es montar un espectáculo bochornoso y malograr una tarde tan maravillosa como la que están pasando. Cuando salen de la balsa buscan, pudorosos, lugares distantes para vestirse y, sin mediar palabra, retornan al Mas. En la vuelta apenas si se miran hasta que, mediado el trayecto, Sisca tiende la mano que Zaca aprieta con la suya. Es la primera vez que van de la mano. ¿Será la primera y última? Ellos no lo saben, los lectores tampoco y el autor duda. Habrá que citar a Pascal: El corazón tiene razones que la razón no comprende. Hay momentos en los que la lógica sobra, son los sentimientos los que cuentan. Y eso es lo que parece que les está pasando a los adolescentes, que se han olvidado de la cabeza y han dado rienda suelta al corazón. El sentimiento que fluye entre ambas manos unidas es un cóctel en el que se mezclan la amistad, el cariño, la comprensión, la ternura y unas gotas de deseo. Un cóctel que, con el tiempo, quizá pueda convertirse en algo más apasionadamente intenso.

  

PD. El próximo martes publicaré el episodio 78 de la novela “El masover” titulado: Las cuentas de la lechera

martes, 9 de junio de 2026

“El masover”. 76. A Julia no le gusta lo de Sisca


    Julia está al tanto de cuanto acontece en el Canònge y su entorno. Lo que es natural, pues para mandar como es debido hay que estar al día de cuanto ocurre en tu territorio. Y, por tanto, sabe que su nieta y el novato maestro charlan con mucha frecuencia, lo que por otra parte es lógico, dado que pasan juntos buena parte de la jornada. También es conocedora que su nieta le tiene cariño y enorme respeto al novel maestro, pero de lo que son sus afectos y emociones más íntimas está ayuna, ya que la chiquilla es poco dada a explayarse sobre ellos. Desde que el viejo Mauro, el del Mas de Besana, le propuso un arreglo para unir en santo matrimonio a sus dos nietos, le ha dado muchas vueltas a los sentimientos que pueda tener Paquita y de los que no sabe nada. De ahí que piense que entre chavales de la misma edad, es posible que la muchacha se abra más, y cuente a Zaca interioridades que no desvelará a un adulto. Por eso, ha decidido sondear al muchacho, a ver que sabe sobre los sentimientos de su nieta. Aprovecha que están repasando las cuentas del último dilluns del mercat y, como el que no quiere la cosa, pregunta:

   -Por cierto, Bachiller, me dijo Paqui que anteayer le echaste una mano cuando una clienta se puso impertinente protestando porque no se la había atendido cuando le tocaba el turno.

   -Fue una menudencia, señora Julia. Unas palabritas, un poco de vaselina, repetir varias veces lo de doña Lola, una señora como usted… Y asunto zanjado. Cosillas así pasan la mayoría de los lunes. Y Sis…, perdón, y Paqui estuvo a la altura. Yo solo tuve que rematar lo que ella había iniciado.

   -A propósito, ya que hablas diariamente con Paqui, ¿te ha contado algo sobre si hay algún mozo que le haga tilín? Lo digo, porque igual cuando estuvo en tu pueblo conoció a alguien que le puso ojitos y a ella le pareció bien -El muchacho vacila. Se nota que la pregunta le incomoda.

   -Señora Julia, tendrá que perdonarme, pero hacer de chivato es un plato de mal gusto.

   -¡Oh!, no era mi intención ponerte en un aprieto. Solo quería saber si Paqui tiene algún admirador desconocido. Pura curiosidad de abuela. Y como habla tanto contigo…

   Al chico la pregunta de Julia sigue sin gustarle, pero no se atreve a no responder a la abuela.

   -Lo cierto es que charlamos diariamente de un millón de cosas, pero sobre temas de sentimientos personales no lo hacemos nunca. No por nada, sino porque ambos somos muy estrictos en lo referente a los afectos. Por lo que no sabría decirle si tiene algún admirador, algo que tampoco sería tan raro, pues cualidades sobran a Sis…, perdón, a Paqui para tener, no un admirador, sino a toda una legión.

   Pese a que la exposición del muchacho ha sido bastante ambigua, Julia se da por satisfecha con la respuesta, pero en lo que se queda pensando es que el Bachiller ha pronunciado dos veces la sílaba Sis y no ha completado la palabra. “¿Qué demontres querrá decir Sis…?”, se pregunta.

   A todo esto, agosto ha comenzado y Zaca tiene idénticas tareas een lo que respecta al mercat del dilluns, pero con un cambio sensible en su actividad docente. Como Sisca le ayuda cada vez más en la enseñanza de los masoveritos, algunas tardes falta a la clase mañanera, por lo que Zaca solo da escuela a Lía y Juanito, pues Mito no cuenta. El hecho de mantener dos diferentes periodos diarios de clase le está generando algún que otro problema, lo que le lleva a pensar que podría convertir sus dos grupos de alumnos en uno y pasar a un horario de mañana y tarde como el que tienen las escuelas públicas. Como la mayor parte de sus ideas, lo comenta con Sisca para que, al mismo tiempo que sigue profundizando en su aprendizaje, le continúe ayudando en la docencia, pues tiene un grado de conocimientos superior al de los masoveros, quizá con la excepción de Antoniet Prades. A Sisca, la idea le gusta, pero señala una falla.

   -Con el horario de mañana y tarde, ¿qué harán els masoverets con la comida de mediodía? Si fueran solo dos o tres podríamos darles de comer en el Mas, pero a tantos no es posible.

   -No había caído en eso. El almuerzo, claro. Podrían traérselo de sus casas. Podrían…

   -Lo mejor es que lo hablemos con la abuela. Quizá a ella se le ocurra la solución.

   Van a ver a Julia y le explican lo que han pensado. Usan el plural, como si la idea hubiese partido de ambos. Para unificar los dos grupos de alumnos, el argumento justificativo que manejan es que si los chicos de Pili se pasan al grupo de mañana y se integran con los masoveros estarán acompañados por chavales de su edad y, posiblemente, aprenderán más y, sobre todo, Mito no se aburriría tanto. Y al mismo tiempo, podrían aumentar el tiempo que dedican a los masoveros. Ahora bien, eso conllevaría otro problema: que los chavales de los masos tendrían que almorzar en el Canònge. Julia, que el cambio sea una idea conjunta de su nieta y el muchacho le agrada y, les contesta que por ella no hay problema; es más, le parece bien, pero que con quien tendrían que pactar el posible cambio de horario es con los padres de los masoverets, y como no podrán hacerlo con todos, se impone dialogar con Germán el Rizos, que hace el papel de portavoz de los padres de los masoveritos. Por medio de uno de los chicos del Mas de Planchadell, Zaca envía recado a Germán que debe de hablar con él a la mayor brevedad posible. Al día siguiente, martes, uno de agosto, el Rizos se presenta en el Canònge. Germán, sin preámbulos de ninguna clase, pregunta:

   -Maestro, tú dirás. ¿Ha surgido alguna pega? ¿Algún crío te ha faltado al respeto?

   El muchacho le explica lo que se les ha ocurrido para llevar parte del horario docente a la tarde. Así, los críos no tendrían que pegarse los madrugones que ahora se dan, tendrían horario de mañana y tarde, como lo tienen en las escuelas de los pueblos, irían más descansados y ello redundaría en que estarían en mejores condiciones de aprender más y mejor. Solo hay un problema: el almuerzo. Germán, parece comprender la propuesta y entender el obstáculo, pero no da una respuesta firme.

   -Lo tengo que hablar con los otros padres. Te daremos una respuesta en cuarenta y ocho horas. Dos preguntas: ¿ese cambio lo sabe Julia? Y otra, ¿Aumentar el horario, supondrá aumentar lo que te pagamos?

   Zaca, lo de los dineros ni se lo había planteado. Y ahora que lo menciona el Rizos piensa en ello. La duda le dura poco: no va a ponerse en plan pesetero y pedirles más perras. Con lo que gana se siente más que satisfecho. Y ya que la propuesta parte de él, debe mostrarse generoso.

   -A la señora Julia, a la que le he adelantado la propuesta, el cambio le parece bien. En cuanto a los dineros, no quiero ni una perra de más. Sigo estando conforme con lo que me dan.

   -Es todo un detalle de tu parte, maestro. Eres un chaval, pero tienes cosas de hombre. Pasado mañana te contaré. Y te adelanto que, por lo que a mí respecta, el cambio me parece bien. Hay críos que tienen que levantarse a las seis de la mañana para venir a la escuela. El cambio les va a parecer cojonudo.

   Como dijo, el Rizos se presenta el miércoles en el Canònge. Le acompaña Hortensia la Beltrana, una de las masoveras del Mas de Roures, a la que conoce Zaca y que en ocasiones ejerce el rol de vigilante en el mini bus que transporta a los masoveritos.

   -Maestro, te cuento. No todos los padres están de acuerdo con el cambio pero, como los que sí lo estamos somos mayoría, al final todos han aceptado el nuevo horario. Respecto a la comida no habrá poblema, cada chico se traerá un saquito o una fiambrera con las viandas de su casa. Están acostumbrados a las comidas frías. En el Canònge solo tendrán que darles agua. Y déjame decirte, otra vez, que eres el mejor maestro que han tenido los críos. Cuando te vayas, los chavales te van a echar mucho de menos. ¿Cuándo empieza el nuevo horario?

   -Cuando los chicos y sus familias estén preparados.

  -¿Te parece que el viernes?

   Y el viernes, 4 de agosto, comienza para Zaca una nueva etapa en su corta carrera de docente. El hecho de tener horario de mañana y tarde, le hace acordarse de sus maestros del pueblo y se siente como si también fuese un maestro de verdad, cuando no es más que un estudiante de bachillerato que ni siquiera ha completado el grado elemental. Precisamente, eso le recuerda Sisca.

   -Bueno, Zaquita, casi eres como tus maestros de Torreblanca. Solo falta que te llamen don Zacarías.

   -Quita, quita. Solo me faltaría eso, que me volvieran a llamar Zacarías. Ni por todo el oro del  mundo.

   -Es una broma, tonto. ¿Sabes una cosa? Tengo a la abuela y a madre medio convencidas de que, en aquellos días en los que en casa falta gente a la comida de mediodía, podemos invitar a un par de masoveritos a comer con nosotros.  Comerían de caliente y podrías, como hiciste con Lía, Juanito y conmigo, enseñarles modales en la mesa. ¿Qué te parece?

   -Una idea estupenda. Pero, ¿no será abusar de vuestra hospitalidad?

   -¡Que va! Casi todos los chicos de la escuela son de masos socios del puesto de La Plana Alta y nos interesa tenerles contentos.

   -Pero eso será darle más trabajo a la señora Concha.

   -A Concha, cuando se pone ante los fogones, le da lo mismo guisar para cinco que para cincuenta.

   El viernes, 4 de agosto,  comienza el horario partido en la “escuela” del Canònge. Todos los chavales, excepto uno que lleva una tartera, han traído un saquito casero de tela donde guardan su almuerzo. Zaca observa que hay diferencias entre ellos: el volumen de unos saquitos es sensiblemente más voluminoso que el de otros. Cuando se lo cuenta a Sisca, ésta le explica la posible causa.

   -Es natural. No todas las familias de nuestros alumnos –ya habla de ellos en plural- son igual de ricas. Es posible que acertara si te dijese que los saquitos más voluminosos pertenecen a chicos de familias que son propietarias de los masos en que viven. Los saquitos de menos volumen, y se supone que con menos comida, son de aquellos que solo son masoveros. Pero, quédate tranquilo. Ninguno de ellos pasará hambre. Primero, porque los masoveros, en general, somos frugales –hace tan solo unas semanas, Sisca desconocía este adjetivo- y segundo porque, con independencia de la cantidad, a buen seguro que todos llevan comida suficiente. Y se me ocurre otra cosa: fíjate en los que llevan los saquitos menos voluminosos y a esos serán los primeros que invitaremos a comer con nosotros.

   “Esta Sisca no da puntada sin hilo -piensa Zaca-. A mí eso no se me había ocurrido. Hay que ver lo que ha madurado esta cría”. La cría, que ya no es tal, se dice que el Bachiller, como le llama la abuela, es más bueno que el pan y más cándido que una novicia, pues no se entera de los mensajes subliminales que lleva tiempo mandándole. “Tendré que tener paciencia con él, pues como dice Valerio cada fruta tiene un tiempo de sazón y parece que el tiempo de maduración de Zaquita es moroso”.

   Mientras, Julia ha encontrado, no porque lo haya buscado sino por casualidad, quien le revele lo que hay detrás del Sis…, que a veces se le escapa al Bachiller y que le suscitó curiosidad. El descubrimiento se ha producido en una charla con Concha.

   -¿Has visto a Paquí? –pregunta Julia.

   -No, pero a esta hora debe estar con los chavales de la escuela del Bachiller –contesta Concha.

   -Esta cría, desde que se ha hecho medio maestra, ha descuidado por completo sus deberes con el Mas –se lamenta la abuela.

   -Es natural, Julia, entre enseñar a unos rapaces que la adoran y dar de comer a los guarros hay todo un mar de diferencias.

   -La culpa de eso la tiene el Bachiller.

   -No le eches la culpa al pobre chaval. Es otro de los que, como los masoverets, adora a tu nieta. Y encima, ya sabrás que la ha bautizado con un nuevo nombre –Nada más decir lo último, Concha se ha arrepentido, conoce lo suficiente a Julia para intuir que lo de Sisca no le va a gustar ni un pelo. Ha metido la pata, pero no ve cómo arreglarlo si Julia sigue preguntando. Y lo que se temía…

   -¿Qué quiere decir eso de que el Bachiller le ha puesto un nuevo nombre a Paqui? ¿Quién se cree que es ese chaval para andar bautizando a otra gente? ¡Y encima esa gente es mi nieta! ¡Qué ni se le ocurra ponerle apodos raros, que esas cosas empiezan como una broma y Dios sabe cómo terminan! ¡Paquita es Paquita y no hay más que hablar!

   Julia se ha cogido un enfado que no es proporcional a lo que le ha descubierto Concha, pero la abuela tiene su genio y no puede domeñarlo fácilmente. Ante la directa pregunta de Julia de qué quiere decir eso de que el Bachiller le haya puesto un nuevo nombre a Paqui, a Concha no le queda otra que cantar la gallina, pero trata de endulzar la respuesta en la medida de lo posible.

   -Pues que cuando están de broma, en vez de llamarla Paquita, el muchacho le dice Sisca. Pero solo es una especie de juego entre ellos.

   -¿Sisca? ¿Y qué clase de nombre es ese, si puede saberse?. No me suena a nombre cristiano.

   -Por lo que me ha contado el chico es una especie de abreviatura de Francisca, que es el nombre de bautismo de Paqui.

   -¡La leche que le dieron al torreblanquí! –Es la primera vez que Julia alude a Zaca por su gentilicio, señal de que está enfadada-. Y tú lo sabías, ¿y no me lo has dicho?

   -No me eches los perros, Julia.  Ya te he dicho que solo se trata de un juego entre chiquillos. No tiene la menor importancia.

   -Claro que la tiene. Mi nieta es Paquita porque así lo decidimos de pequeña para no confundirla con su madre. Y no va a venir ningún forastero, por muy bachiller que vaya a ser, a cambiarle el nombre. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

   -Perdona que te lo diga, Julia, pero estás haciendo una montaña de lo que no es más que un grano de arena. Una chiquillada, vamos.

   -No me vengas con monsergas, Concha. Estas cosas comienzan medio en broma y nunca sabes cómo pueden acabar. En cuanto me eche el torreblanquí a la cara se va a enterar de lo que vale un peine.

   “Buena la hice -se dice Concha- ¿Por qué no me habré callado? Tengo que avisar al muchacho de la que se le viene encima. Al menos, que esté prevenido. ¡Dios mío, Dios mío, qué forma de meter la pata!”. Da la impresión que Zaca, sin comerlo ni beberlo, se ha metido en un avispero. Y las avispas son tercas picando.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 77 de la novela “El masover” titulado: De cirios y picnic