martes, 9 de junio de 2026

“El masover”. 76. A Julia no le gusta lo de Sisca


    Julia está al tanto de cuanto acontece en el Canònge y su entorno. Lo que es natural, pues para mandar como es debido hay que estar al día de cuanto ocurre en tu territorio. Y, por tanto, sabe que su nieta y el novato maestro charlan con mucha frecuencia, lo que por otra parte es lógico, dado que pasan juntos buena parte de la jornada. También es conocedora que su nieta le tiene cariño y enorme respeto al novel maestro, pero de lo que son sus afectos y emociones más íntimas está ayuna, ya que la chiquilla es poco dada a explayarse sobre ellos. Desde que el viejo Mauro, el del Mas de Besana, le propuso un arreglo para unir en santo matrimonio a sus dos nietos, le ha dado muchas vueltas a los sentimientos que pueda tener Paquita y de los que no sabe nada. De ahí que piense que entre chavales de la misma edad, es posible que la muchacha se abra más, y cuente a Zaca interioridades que no desvelará a un adulto. Por eso, ha decidido sondear al muchacho, a ver que sabe sobre los sentimientos de su nieta. Aprovecha que están repasando las cuentas del último dilluns del mercat y, como el que no quiere la cosa, pregunta:

   -Por cierto, Bachiller, me dijo Paqui que anteayer le echaste una mano cuando una clienta se puso impertinente protestando porque no se la había atendido cuando le tocaba el turno.

   -Fue una menudencia, señora Julia. Unas palabritas, un poco de vaselina, repetir varias veces lo de doña Lola, una señora como usted… Y asunto zanjado. Cosillas así pasan la mayoría de los lunes. Y Sis…, perdón, y Paqui estuvo a la altura. Yo solo tuve que rematar lo que ella había iniciado.

   -A propósito, ya que hablas diariamente con Paqui, ¿te ha contado algo sobre si hay algún mozo que le haga tilín? Lo digo, porque igual cuando estuvo en tu pueblo conoció a alguien que le puso ojitos y a ella le pareció bien -El muchacho vacila. Se nota que la pregunta le incomoda.

   -Señora Julia, tendrá que perdonarme, pero hacer de chivato es un plato de mal gusto.

   -¡Oh!, no era mi intención ponerte en un aprieto. Solo quería saber si Paqui tiene algún admirador desconocido. Pura curiosidad de abuela. Y como habla tanto contigo…

   Al chico la pregunta de Julia sigue sin gustarle, pero no se atreve a no responder a la abuela.

   -Lo cierto es que charlamos diariamente de un millón de cosas, pero sobre temas de sentimientos personales no lo hacemos nunca. No por nada, sino porque ambos somos muy estrictos en lo referente a los afectos. Por lo que no sabría decirle si tiene algún admirador, algo que tampoco sería tan raro, pues cualidades sobran a Sis…, perdón, a Paqui para tener, no un admirador, sino a toda una legión.

   Pese a que la exposición del muchacho ha sido bastante ambigua, Julia se da por satisfecha con la respuesta, pero en lo que se queda pensando es que el Bachiller ha pronunciado dos veces la sílaba Sis y no ha completado la palabra. “¿Qué demontres querrá decir Sis…?”, se pregunta.

   A todo esto, agosto ha comenzado y Zaca tiene idénticas tareas een lo que respecta al mercat del dilluns, pero con un cambio sensible en su actividad docente. Como Sisca le ayuda cada vez más en la enseñanza de los masoveritos, algunas tardes falta a la clase mañanera, por lo que Zaca solo da escuela a Lía y Juanito, pues Mito no cuenta. El hecho de mantener dos diferentes periodos diarios de clase le está generando algún que otro problema, lo que le lleva a pensar que podría convertir sus dos grupos de alumnos en uno y pasar a un horario de mañana y tarde como el que tienen las escuelas públicas. Como la mayor parte de sus ideas, lo comenta con Sisca para que, al mismo tiempo que sigue profundizando en su aprendizaje, le continúe ayudando en la docencia, pues tiene un grado de conocimientos superior al de los masoveros, quizá con la excepción de Antoniet Prades. A Sisca, la idea le gusta, pero señala una falla.

   -Con el horario de mañana y tarde, ¿qué harán els masoverets con la comida de mediodía? Si fueran solo dos o tres podríamos darles de comer en el Mas, pero a tantos no es posible.

   -No había caído en eso. El almuerzo, claro. Podrían traérselo de sus casas. Podrían…

   -Lo mejor es que lo hablemos con la abuela. Quizá a ella se le ocurra la solución.

   Van a ver a Julia y le explican lo que han pensado. Usan el plural, como si la idea hubiese partido de ambos. Para unificar los dos grupos de alumnos, el argumento justificativo que manejan es que si los chicos de Pili se pasan al grupo de mañana y se integran con los masoveros estarán acompañados por chavales de su edad y, posiblemente, aprenderán más y, sobre todo, Mito no se aburriría tanto. Y al mismo tiempo, podrían aumentar el tiempo que dedican a los masoveros. Ahora bien, eso conllevaría otro problema: que los chavales de los masos tendrían que almorzar en el Canònge. Julia, que el cambio sea una idea conjunta de su nieta y el muchacho le agrada y, les contesta que por ella no hay problema; es más, le parece bien, pero que con quien tendrían que pactar el posible cambio de horario es con los padres de los masoverets, y como no podrán hacerlo con todos, se impone dialogar con Germán el Rizos, que hace el papel de portavoz de los padres de los masoveritos. Por medio de uno de los chicos del Mas de Planchadell, Zaca envía recado a Germán que debe de hablar con él a la mayor brevedad posible. Al día siguiente, martes, uno de agosto, el Rizos se presenta en el Canònge. Germán, sin preámbulos de ninguna clase, pregunta:

   -Maestro, tú dirás. ¿Ha surgido alguna pega? ¿Algún crío te ha faltado al respeto?

   El muchacho le explica lo que se les ha ocurrido para llevar parte del horario docente a la tarde. Así, los críos no tendrían que pegarse los madrugones que ahora se dan, tendrían horario de mañana y tarde, como lo tienen en las escuelas de los pueblos, irían más descansados y ello redundaría en que estarían en mejores condiciones de aprender más y mejor. Solo hay un problema: el almuerzo. Germán, parece comprender la propuesta y entender el obstáculo, pero no da una respuesta firme.

   -Lo tengo que hablar con los otros padres. Te daremos una respuesta en cuarenta y ocho horas. Dos preguntas: ¿ese cambio lo sabe Julia? Y otra, ¿Aumentar el horario, supondrá aumentar lo que te pagamos?

   Zaca, lo de los dineros ni se lo había planteado. Y ahora que lo menciona el Rizos piensa en ello. La duda le dura poco: no va a ponerse en plan pesetero y pedirles más perras. Con lo que gana se siente más que satisfecho. Y ya que la propuesta parte de él, debe mostrarse generoso.

   -A la señora Julia, a la que le he adelantado la propuesta, el cambio le parece bien. En cuanto a los dineros, no quiero ni una perra de más. Sigo estando conforme con lo que me dan.

   -Es todo un detalle de tu parte, maestro. Eres un chaval, pero tienes cosas de hombre. Pasado mañana te contaré. Y te adelanto que, por lo que a mí respecta, el cambio me parece bien. Hay críos que tienen que levantarse a las seis de la mañana para venir a la escuela. El cambio les va a parecer cojonudo.

   Como dijo, el Rizos se presenta el miércoles en el Canònge. Le acompaña Hortensia la Beltrana, una de las masoveras del Mas de Roures, a la que conoce Zaca y que en ocasiones ejerce el rol de vigilante en el mini bus que transporta a los masoveritos.

   -Maestro, te cuento. No todos los padres están de acuerdo con el cambio pero, como los que sí lo estamos somos mayoría, al final todos han aceptado el nuevo horario. Respecto a la comida no habrá poblema, cada chico se traerá un saquito o una fiambrera con las viandas de su casa. Están acostumbrados a las comidas frías. En el Canònge solo tendrán que darles agua. Y déjame decirte, otra vez, que eres el mejor maestro que han tenido los críos. Cuando te vayas, los chavales te van a echar mucho de menos. ¿Cuándo empieza el nuevo horario?

   -Cuando los chicos y sus familias estén preparados.

  -¿Te parece que el viernes?

   Y el viernes, 4 de agosto, comienza para Zaca una nueva etapa en su corta carrera de docente. El hecho de tener horario de mañana y tarde, le hace acordarse de sus maestros del pueblo y se siente como si también fuese un maestro de verdad, cuando no es más que un estudiante de bachillerato que ni siquiera ha completado el grado elemental. Precisamente, eso le recuerda Sisca.

   -Bueno, Zaquita, casi eres como tus maestros de Torreblanca. Solo falta que te llamen don Zacarías.

   -Quita, quita. Solo me faltaría eso, que me volvieran a llamar Zacarías. Ni por todo el oro del  mundo.

   -Es una broma, tonto. ¿Sabes una cosa? Tengo a la abuela y a madre medio convencidas de que, en aquellos días en los que en casa falta gente a la comida de mediodía, podemos invitar a un par de masoveritos a comer con nosotros.  Comerían de caliente y podrías, como hiciste con Lía, Juanito y conmigo, enseñarles modales en la mesa. ¿Qué te parece?

   -Una idea estupenda. Pero, ¿no será abusar de vuestra hospitalidad?

   -¡Que va! Casi todos los chicos de la escuela son de masos socios del puesto de La Plana Alta y nos interesa tenerles contentos.

   -Pero eso será darle más trabajo a la señora Concha.

   -A Concha, cuando se pone ante los fogones, le da lo mismo guisar para cinco que para cincuenta.

   El viernes, 4 de agosto,  comienza el horario partido en la “escuela” del Canònge. Todos los chavales, excepto uno que lleva una tartera, han traído un saquito casero de tela donde guardan su almuerzo. Zaca observa que hay diferencias entre ellos: el volumen de unos saquitos es sensiblemente más voluminoso que el de otros. Cuando se lo cuenta a Sisca, ésta le explica la posible causa.

   -Es natural. No todas las familias de nuestros alumnos –ya habla de ellos en plural- son igual de ricas. Es posible que acertara si te dijese que los saquitos más voluminosos pertenecen a chicos de familias que son propietarias de los masos en que viven. Los saquitos de menos volumen, y se supone que con menos comida, son de aquellos que solo son masoveros. Pero, quédate tranquilo. Ninguno de ellos pasará hambre. Primero, porque los masoveros, en general, somos frugales –hace tan solo unas semanas, Sisca desconocía este adjetivo- y segundo porque, con independencia de la cantidad, a buen seguro que todos llevan comida suficiente. Y se me ocurre otra cosa: fíjate en los que llevan los saquitos menos voluminosos y a esos serán los primeros que invitaremos a comer con nosotros.

   “Esta Sisca no da puntada sin hilo -piensa Zaca-. A mí eso no se me había ocurrido. Hay que ver lo que ha madurado esta cría”. La cría, que ya no es tal, se dice que el Bachiller, como le llama la abuela, es más bueno que el pan y más cándido que una novicia, pues no se entera de los mensajes subliminales que lleva tiempo mandándole. “Tendré que tener paciencia con él, pues como dice Valerio cada fruta tiene un tiempo de sazón y parece que el tiempo de maduración de Zaquita es moroso”.

   Mientras, Julia ha encontrado, no porque lo haya buscado sino por casualidad, quien le revele lo que hay detrás del Sis…, que a veces se le escapa al Bachiller y que le suscitó curiosidad. El descubrimiento se ha producido en una charla con Concha.

   -¿Has visto a Paquí? –pregunta Julia.

   -No, pero a esta hora debe estar con los chavales de la escuela del Bachiller –contesta Concha.

   -Esta cría, desde que se ha hecho medio maestra, ha descuidado por completo sus deberes con el Mas –se lamenta la abuela.

   -Es natural, Julia, entre enseñar a unos rapaces que la adoran y dar de comer a los guarros hay todo un mar de diferencias.

   -La culpa de eso la tiene el Bachiller.

   -No le eches la culpa al pobre chaval. Es otro de los que, como los masoverets, adora a tu nieta. Y encima, ya sabrás que la ha bautizado con un nuevo nombre –Nada más decir lo último, Concha se ha arrepentido, conoce lo suficiente a Julia para intuir que lo de Sisca no le va a gustar ni un pelo. Ha metido la pata, pero no ve cómo arreglarlo si Julia sigue preguntando. Y lo que se temía…

   -¿Qué quiere decir eso de que el Bachiller le ha puesto un nuevo nombre a Paqui? ¿Quién se cree que es ese chaval para andar bautizando a otra gente? ¡Y encima esa gente es mi nieta! ¡Qué ni se le ocurra ponerle apodos raros, que esas cosas empiezan como una broma y Dios sabe cómo terminan! ¡Paquita es Paquita y no hay más que hablar!

   Julia se ha cogido un enfado que no es proporcional a lo que le ha descubierto Concha, pero la abuela tiene su genio y no puede domeñarlo fácilmente. Ante la directa pregunta de Julia de qué quiere decir eso de que el Bachiller le haya puesto un nuevo nombre a Paqui, a Concha no le queda otra que cantar la gallina, pero trata de endulzar la respuesta en la medida de lo posible.

   -Pues que cuando están de broma, en vez de llamarla Paquita, el muchacho le dice Sisca. Pero solo es una especie de juego entre ellos.

   -¿Sisca? ¿Y qué clase de nombre es ese, si puede saberse?. No me suena a nombre cristiano.

   -Por lo que me ha contado el chico es una especie de abreviatura de Francisca, que es el nombre de bautismo de Paqui.

   -¡La leche que le dieron al torreblanquí! –Es la primera vez que Julia alude a Zaca por su gentilicio, señal de que está enfadada-. Y tú lo sabías, ¿y no me lo has dicho?

   -No me eches los perros, Julia.  Ya te he dicho que solo se trata de un juego entre chiquillos. No tiene la menor importancia.

   -Claro que la tiene. Mi nieta es Paquita porque así lo decidimos de pequeña para no confundirla con su madre. Y no va a venir ningún forastero, por muy bachiller que vaya a ser, a cambiarle el nombre. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

   -Perdona que te lo diga, Julia, pero estás haciendo una montaña de lo que no es más que un grano de arena. Una chiquillada, vamos.

   -No me vengas con monsergas, Concha. Estas cosas comienzan medio en broma y nunca sabes cómo pueden acabar. En cuanto me eche el torreblanquí a la cara se va a enterar de lo que vale un peine.

   “Buena la hice -se dice Concha- ¿Por qué no me habré callado? Tengo que avisar al muchacho de la que se le viene encima. Al menos, que esté prevenido. ¡Dios mío, Dios mío, qué forma de meter la pata!”. Da la impresión que Zaca, sin comerlo ni beberlo, se ha metido en un avispero. Y las avispas son tercas picando.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 77 de la novela “El masover” titulado: De cirios y picnic