martes, 27 de enero de 2026

56. “El masover”. Las dudas de un maestro primerizo

   El almuerzo de hoy no ha estado tan concurrido como la cena del día anterior. Han sido seis los comensales: los Villalonga, Concha y Zaca. Al parecer, Valerio está en los campos y los Ariza no siempre almuerzan con los masoveros. También ha sido una comida más frugal que la cena, no ha habido entrantes, el menú ha sido de dos platos y postre. Y también ha estado mucho menos animado que la cena. Han abundado más los silencios que los diálogos, aunque mediado el almuerzo la abuela ha preguntado al muchacho que les cuente cómo es lo de estudiar el bachillerato por libre.

   -Pues lo cierto es que resulta pesado, y arbitrario Te tiras todo el curso memorizando los manuales que recomiendan los profesores del instituto para jugártelo todo en un examen oral a fines de junio. Y además de pesado y arbitrario es aburrido, pues estás siempre solo y no tienes con quien charlar o comentar las dudas que te asaltan sobre las partes más oscuras y difíciles de cada asignatura o sobre las incidencias del día a día. Y los libros no lo explican todo con la suficiente claridad. Hay manuales que sí, pero otros muchos recogen la materia que sea de manera que no siempre la entiendes. Para estudiar por libre hay que tener mucha fuerza de voluntad, que no te importe la soledad y que te guste estudiar. Y aun así, como he dicho, resulta pesado, aburrido y arbitrario. No es lo más divertido del mundo pero, como dicen en el pueblo, quien no puede segar se ha de conformar con recoger las espigas caídas.

   -Entonces, ¿los libres no tienen exámenes parciales? –quiere saber la abuela.

   -No los tienen. Como he contado, haces un examen único con el profesor de la asignatura, que casi siempre es oral y más bien corto. Algunos profes hacen exámenes escritos, pero son los menos. Pero es lo que hay.

   Después de almorzar, Zaca se reúne en la sala de estar con Sisca y los tres chicos de Pili Anselmo a quienes la abuela ha explicado la decisión de acogerlos del novel maestro.    La sala, reconvertida ahora en aula, ha cambiado de mobiliario: la mesa camilla la han ubicado en un ángulo, y en el centro han puesto tres mesitas rectangulares, en una de ellas se ubican Sisca y Julia, en la otra los dos chicos Ariza y la tercera será la mesa del maestro. El mueble que servía de librería ha sido vaciado y servirá para guardar el material didáctico y los manuales. Solo falta la pizarra que, según  ha dicho la señora Paca, ya está encargada. Sisca se presenta sin que lleve el atuendo que usualmente gasta; viste una blusa blanca, una falda azulada y calza unas bonitas y cómodas sandalias. Se la ve tranquila y hasta levemente contenta. La hermana mayor de los Ariza –Juli o Julita la llaman los demás- es espigada para su edad, más bien fibrosa y posee unas largas piernas que parecen salirle de los hombros. Tiene unos rasgos  regulares, un rostro ovalado y armonioso en el que destacan unos ojos de un marrón oscuro, casi negro, con una mirada chispeante que le dan un aire de descaro, unos labios gordezuelos y  un mentón indicativo de un carácter voluntarioso; lleva un vestido modesto, pero limpio; calza alpargatas y lleva el pelo, más negro que la tinta del calamar, recogido en una gruesa trenza que le llega a mitad de la espalda. El segundo Ariza –de nombre Juanito- es bastante más bajito que su hermana, pese a que solo se llevan dos años; peina su renegrido pelo con una raya algo torcida y tiene un rostro anodino en el que no destaca ningún rasgo en especial, quizá los ojos que, por su negrura y su chispa, se parecen a los de su hermana. El pequeño –que se llama como su padre, Anselmo- da la impresión de tener menos años de los que tiene, cuatro. Y tiene un cierto parecido a su hermano Juanito. Los chiquillos no llevan ropa nueva, pero sí limpia y van aseados y repeinados, y miran a Zaca con una mezcla de temor y respeto, al tiempo que se les nota muy cortados, salvo la mayor que tiene un aire de cierto descaro y una soterrada expectación.

   -Hola a todos –los saluda Zaca que tiene muy preparada su primera intervención como maestro-. Sentaos, por favor. Como vamos a compartir el verano, lo primero que haremos será presentarnos. Empiezo yo. Me llamo Zacarías Clavijo, pero prefiero que me llaméis Zaca, y os voy a enseñar todo lo que pueda para lo que cuento con vuestra buena voluntad. Tengo trece años cumplidos, y estudio bachillerato. Os dirigiréis a mí llamándome maestro o Zaca. Y no me habléis de usted, tuteadme pero sin faltarme el respeto. Tu turno, Sisca.

   -Me llamo Paquita Villalonga, aunque aquí podéis llamarme Sisca. Cumpliré pronto trece años. Por lo demás, todos me conocéis. Y no sé qué más decir que no sepáis –y, para mostrar su mayor familiaridad con el maestro, le pregunta-: ¿Te parece suficiente presentación, Zaca, o debo añadir más detalles?

   -Es suficiente con lo dicho, Sisca. Gracias –y Zaca se dirige a la mayor de los hermanos Ariza y, aunque sabe su nombre, le pregunta-: ¿Cómo te llamas?

   -Julia, para servir a Dios y a usted. Aunque unos  me dicen Juli y los mayores Julita. A mí me da lo mismo como me llamen. Tengo doce años cumplidos en mayo. Y como Paqui, no sé qué más decir pero, si quiere saber más, pregunte y le contestaré –añade con desparpajo.

   -Ya he dicho que no me habléis de usted, no estoy acostumbrado y me hace sentirme incómodo. Os he dicho que me llaméis Zaca o maestro. Recordadlo.

Julita y ¿qué más?

   -Ariza. Y perdona, maestro, lo de hablar de usted es la costumbre.

   -Perdonada Julia Ariza -Zaca mira al chico mediano que, al sentirse concernido, carraspea y, visiblemente azorado, dice:

   -Me llamo Juanito.

   -¿Y cuántos años tienes?

   -Diez para once –y no añade más.

   -Y tú, pequeño, ¿cuál es tu nombre? –pregunta el novel maestro al benjamín de los Ariza. El crío no contesta, mira a su hermana como pidiéndole ayuda. Que es lo que hace Julita.

    -Se llama Anselmito, pero todo le decimos Mito. Y el mes pasado cumplió cuatro años.

   -¿Pero sabe hablar?

   -Sí, maestro. Lo que pasa es que es muy vergonzoso y como es la primera vez que te ve, pues… -La chicuela ya se ha aprendido lo del tuteo.

  -Vale, vale. Me dijo vuestra madre que no habéis ido nunca a la escuela, ¿es cierto?

   -Sí, maestro, pero yo sé poner mi nombre. Me enseñó mi tío Valerio –contesta, con desenvoltura, la muchacha.

   -Bien. Ya nos hemos presentado. Vosotros -dice dirigiéndose a los hermanos Ariza-, id mirando las estampas de estos libros mientras hablo con Sisca –y, volviéndose hacia la muchacha, agrega-: Vamos a ver como andas de aritmética. ¿Sabes las cuatro reglas?

   -Sí. Me las enseñó la abuela hace tiempo. Según ella, para llevar las cuentas del Mas hay que manejar el cálculo. Hasta sé sumar y restar de cabeza si no son cifras muy grandes. Lo que no me sé bien son algunas de las tablas de multiplicar y al dividir a veces me equivoco.

   La tarde se va con las primeras y torpes aproximaciones de Zaca de lo que recuerda sobre su aprendizaje de los rudimentos de la escritura para los hermanos Ariza, y de la lectura comprensiva y de alguna regla ortográfica para Sisca. El diseño del horario de clase es uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza producen al flamante maestro. Al principio piensa en un horario partido de mañana y tarde, como en la escuela del pueblo. Tres horas matinales y dos vespertinas. Cuando se lo dice a Paca, la masovera tuerce el gesto.

   -Haremos lo que quieras, Zaca, pero… ¿no sería mejor arrejuntar todas las horas por la tarde? Lo digo porque por la mañana Paquita me ayuda ocupándose de los animales del corral y aseando la casa y, entre unas cosas y otras, se le va más de media mañana. Y Julita también nos ayuda, con lo que igualmente está ocupada. En cuanto a los chicos, sacan a pastar dos cabras que tienen. En cambio, por la tarde están todos más libres.

   -Bueno, pues que sea por la tarde. ¿Y que horario sería el mejor?

   -El que tú fijes. Como comemos sobre las doce y media tendrías que comenzar la escuela a partir de las dos o las dos y media. Como prefieras.

   -La clase podría ser de dos y media a siete y media, con un parón de unos veinte minutos a mitad de la sesión. ¿Le parece? –Visto el mudo asentimiento de la masovera, Zaca, cambiando de tema, agrega-: Esta es la lista de material escolar que me pidió. He añadido cuadernos pautados y cartillas escolares para los niños de Pili. Ah, y necesitamos una quinta silla.

   Esa noche, Zaca, que siempre ha sido un dormilón, ha puesto el despertador a las ocho para poder desayunar al día siguiente con el resto de la familia. Pero cuando por la mañana baja a la cocina, allí solo está Concha.

   -Buenos días. ¿Dónde están los demás?

   Concha le cuenta que en la masía se madruga lo suyo, pues al alba hay que ordeñar las vacas y después se da de comer a los animales de corral. Solo cuando las bestias han recibido su ración matinal, desayunan los residentes –sobre las siete y media- .Tras lo cual, cada quien se entrega a las tareas que tiene asignadas. Pero que lo de madrugar no reza con él, pues con el horario que ha establecido no tiene nada que hacer por las mañanas. Por lo tanto, puede levantarse cuando quiera y desayunar cuando le apetezca.

   -¿Te pongo el mismo desayuno que ayer?

   -Vale. Por cierto, ¿qué es lo que ustedes suelen desayunar?

   -Aquí se trabaja duro, por eso el desayuno debe de ser fuerte -Y Concha le cuenta que en los desayunos se incluyen cereales, como el pan o galletas; lácteos, como la leche, la nata o el queso fresco; huevos fritos o revueltos, carne, fruta entera o, raramente, en zumos; muy de vez en cuando pescado, generalmente bacalao, y ensaladas con verduras de temporada, entre otros ingredientes. Y agrega-: Los desayunos cambian según lo que hay en la despensa y la fresquera y éstas suelen guardar lo que se cosecha en cada época. Por ejemplo, hoy hemos tenido revuelto con pimientos y salteado de conejo con patatas y espinacas.

   -¿Y son capaces de comerse todo eso recién levantados? – se maravilla Zaca que, como inapetente, le parece un desayuno pantagruélico.

   -Y todavía más, porque la gente no está recién levantada. Cuando el personal desayuna el que más y el que menos lleva una hora y media o más de trajín. Y no veas el saque que tienen, y cuando compruebes como trabajan encontrarás de lo más normal lo que comen.

   Tras zamparse su morigerado desayuno, el chaval se da un garbeo por los alrededores del caserón. Descubre que las dos casitas que hay frente a la masía son en las que viven, o al menos duermen, el mayoral y su mujer, y Anselmo y Pili y sus hijos. También descubre la existencia de tres pequeñas instalaciones industriales: una modesta almazara, un pequeño molino de trigo y una bodega con los cupos, prensa, botas y toneles que se usan para elaborar vino. Piensa que esos soportes son los que proporcionan autonomía de subsistencia a la masía y la convierten en una empresa agropecuaria. En la parte posterior de la casona hay una alberca bastante grande y un depósito de agua de forma circular coronado por un molino metálico de viento que seguramente es el que proporciona la energía para subir el agua. Los corrales –pues hay varios- son enormes y están llenos de gallinas, pollos, pavos, patos y una bandada de gansos. Uno de los corrales tiene el suelo de cemento sin pulir y está lleno de conejos y, adosadas a las paredes, hay jaulas en las que se ven conejas y gazapos. También hay pocilgas donde engordan varios puercos. Lo que no ve son las vacas de las que le han hablado, sospecha que han debido sacarlas a los pastos. Y, en efecto, en una pradera cercana ve varias vacas paciendo. En la zona de levante se encuentra con varios huertecillos abancalados, defendidos por terraplenes, con verduras y hortalizas. Y en la zona más meridional, y a bastante distancia de la casona, se ven casi una cuarentena de rústicas colmenas hechas con corcho y en las que le parece oír el zumbido de las abejas. A lo lejos se divisan bancales de dorado cereal en los que, además de trigo, crecen otras mieses que supone deben de ser centeno, cebada y avena. “Es la repera -piensa el chico-, este mas es completamente autónomo, tienen de todo. Claro -se dice-, por eso hay tanto trabajo, tienen mucho tajo al que atender”. Cuando se cansa de curiosear, se mete en la casona para preparar la clase de la tarde. De sus inéditos alumnos, quien más dudas le causa es el chiquitín de cuatro años, el llamado Mito. No sabe muy bien qué hacer con él. Piensa que es demasiado pequeño para enseñarle a leer y escribir, pero quizá pueda enseñarle buenos modales y algunos hábitos higiénicos, pues en el escaso tiempo que lleva en la masía ha podido darse cuenta que las buenas maneras y las prácticas saludables dejan que desear. Respecto a Julita y Juanito lo tiene claro: les enseñará a leer y escribir, aunque duda que en dos meses pueda lograr grandes resultados. En cuanto a Sisca, tendrá que reforzar su conocimiento de la lectura comprensiva, de la ortografía y lograr mayor fluidez en la operatividad aritmética. Y ya metido en harina, también buenos modales en la mesa y formas usuales en la relación social, de la que la muchacha flojea, sobre manera cuando saca a relucir su vena de pubilla caprichosa y consentida. Vuelve a la sala de estar -la que será su aula-, donde encuentra a la abuela Julia.  

   -Perdone, creía que estaba vacía y venía a preparar la clase de la tarde. Lo haré en mi habitación.

   -Estoy terminando unas cuentas, pero no me molestas, hay espacio para los dos. ¿Qué tal anda mi nieta de conocimientos? Está bastante verde, ¿verdad? Ponte serio con ella porque está muy mimada y, como te descuides, querrá torearte. No le dejes pasar ni una. Lo mejor para que los niños aprendan es mano dura. Y si en algún momento necesitas que intervenga no tienes más que decirlo. Que sepas que cuentas con mi total respaldo.

   -Muchas gracias, señora…, quiero decir abuela. Lo tendré en cuenta. Lo que no sé qué hacer es con Anselmito, es demasiado pequeño para que pueda enseñarle a leer y escribir.

   -No te preocupes. Supongo que lo que pretende Pili es quitárselo de en medio unas horas para que no le dé la tabarra. Y, aunque pienses que soy una pesada, te insisto en lo de Paquita. Como es hija y nieta única todos, comenzando por mí, la hemos mimado demasiado. El resultado es que obra como le da la gana y maldito el caso que nos hace. No dejes que te tome el pelo y mano dura con ella. Ya sabes, la letra con sangre entra.

   “Menuda mandona es esta mujer -piensa Zaca-. Habla como si fuera un sargento de la Guardia Civil. Aunque supongo que para gobernar un sitio como éste hay que tener mano dura. De todas formas, un poco de disciplina no le vendrá mal a Sisca para bajarla del pedestal en el que cree estar. Habrá que reconvertirla de pubilla a chica corriente. Supongo que no será fácil, pero al menos habrá que intentarlo. A ver cómo se lo toma”, concluye. Pese a todo, sigue teniendo muchas dudas de la eficiencia que pueda tener como maestro, pues enseñar no es lo mismo que aprender. Él ha sido, y es, un buen alumno. Ahora debe intentar ser un buen maestro. Se pregunta si lo conseguirá. “Bueno -se dice-, al menos lo intentaré, y a quien hace lo que puede no se le debe pedir más”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 57 de la novela “El masover” titulado: Sisca, poliédrica