El traqueteado Ford del tío Visènt el Tonellaes ha llegado puntual. Es una furgoneta de panel modelo A, conocida por su robustez, con un motor de cuatro cilindros de 40 CV, frenos en las cuatro ruedas y de fácil mantenimiento. En el Mas están esperando Paca, Pili, Anselmo, Sisca, Julita y… Zaca. La invitación para ir al mercado del lunes de Castellón se la hizo Paca el domingo:
-¿Te apetece acompañarnos mañana al mercat?
-Me gustaría, pero no se me ocurre en qué puedo echar una mano –Sisca le ha explicado que en el puesto que montan en el mercado trabajan de lo lindo, de ahí su respuesta.
-Ya te buscaremos algo que hacer, no te preocupes –le tranquiliza Paca. El muchacho aceptó encantado, pues tiene interés en conocer por dentro el funcionamiento del mercadillo al aire libre más grande e importante de la provincia, y al que acuden no solo los castellonenses, también gente del entorno de la capital.
El chico ha estado en un tris de perderse el viaje, pues se ha demorado vistiéndose, y cuando llega a la cocina ve que ha perdido el desayuno, y encima no se ha puesto la ropa adecuada, pues se siente ridículo con su traje dominguero y sus zapatos de Segarra, cuando los demás llevan atuendos sencillos; las mujeres delantal, manguitos y una especie de cofia, y Anselmo –el único varón-, un relavado mono azul. Pero no tiene tiempo para cambiarse ni para desayunar. Menos mal que la señora Concha, previsora ella, le ha preparado un tentempié para que no se quede en ayunas toda la mañana.
-Te lo comes en el viaje –sugiere la matrona.
Lo primero que cargan en el coche son los cajones, canastas, capazos y sacos en los que llevan hortalizas, legumbres, harina, patatas y otros productos agrícolas que se cultivan en el Mas. Luego, las cajas con los quesos, huevos, embutidos, tarros de miel y varias garrafas de aceite. Encima de todo, meten como pueden las jaulas de conejos y pollos. Paca y Pili se acomodan en la cabina. Los demás se sientan en la caja de carga dónde pueden. Desde la puerta del Mas, Concha y Valerio, que les han ayudado a cargar, los despiden voceando:
-Que tengáis buen mercado del lunes.
El Ford toma la carretera en dirección, primero a Benlloch, y luego a Castellón. La camioneta se detiene a la entrada de la Vall d´Alba, donde sube una mujer que saluda a los masoveros con un sonoro:
-Bon día. Al mercat del dillus, eh.
Durante el trayecto, Anselmo explica a Sacaríes que el mercadillo de Castellón de los lunes goza de gran prestigio en la venta ambulante, pues es con diferencia el más importante de la provincia y se vende de todo a precios relativamente más económicos que en las tiendas. Y que su origen es posible que proceda de algunos de los privilegios que concedían los reyes a las ciudades en siglos pasados.
-Es una de las instituciones más antiguas de Castellón -comenta Anselmo, que añade-: Aunque, según me contó Valerio, fue en tiempos del rey Amadeo I de Saboya cuando se dio el primer documento escrito sobre su celebración. El mercat se celebra en el Parque Ribalta. Es el mejor sitio de la ciudad para ello. Como está lleno de árboles corpulentos dan sombra a los puestos y son un respiro para vendedores y clientes, sobre todo en los días que Lorenzo aprieta.
-¿Y se vende mucho? –quiere saber Zaca.
-Pues depende de los días, pero nosotros tenemos una clientela que valora mucho los productos de las masías y vendemos bastante. Y hasta hay extranjeros que nos compran, y ahora también viene gente que veranea en Las Villas de Benicásim.
-¿Para poner un puesto hay que pedir alguna clase de permiso o se instala sin más?
-Para montarlo se ha de pedir una licencia al ayuntamiento, se paga un canon y ya está. Las autoridades nos dan bastantes facilidades porque el mercado es una importante fuente de ingresos para el municipio. Los únicos que incordian son los guardias municipales que siempre encuentran algún pero en la instalación de los puestos, pero en realidad lo que van buscando es que los unten.
-¿Que los unten? –Zaca, pardillo como es, desconoce la acepción de untar usada por Anselmo.
-Que les des bajo mano unas pesetillas y todavía ponen mejor cara si añades algo de lo que vendes. En cuanto lo haces te dejan en paz. Ya no vuelven a aparecer, salvo que se monte una trifulca entre las compradoras.
-¿La gente llega a pelearse?
-A veces, por aquello de que alguna arrabalera quiere saltarse la cola, se monta una bronca que suele saldarse con una traca de insultos y poco más, pero en otras ocasiones, pocas, dos compradoras llegan a pelearse como leonas y no te queda otra que llamar a los guardias para que la cosa no pase a mayores.
-¿Y por qué llaman a los guardias, no pueden arreglarlo ustedes?
-Lo intenté una vez hace tiempo, y una y no más Santo Tomás. No veas como pueden ponerse algunas mujeronas. Te agarran del pelo, te pegan patadas, te arañan, te muerden y que sé yo. Son capaces de sacarte los ojos. Es mejor llamar a los municipales que para eso les pagamos.
-Otra cosa, ¿cuatro personas no son muchas para lo que solo es un puesto de un mercadillo?
-Me había dicho mi tío que eres muy preguntón, pero veo que se ha quedado corto. Y no, no son muchas. La señora Paca se encarga de la venta de conejos, pollos y aceite. Mi mujer de las hortalizas, legumbres y frutas. Paquita de los embutidos, miel, huevos y artículos diversos. Y yo hago un poco de todo. Ayudo donde hay más clientela y mato los animales para quienes no los quieren vivos.
-¿Los mata en el mismo puesto?
-¿Y dónde si no? Ponemos una especie de cortina en un rincón detrás de los tableros, para que las clientas no vean como despacho a los bichos, y solucionado. Oficialmente, matar a los animales no está permitido en el mercat, pero para eso untamos a los guardias, para que hagan la vista gorda.
-¿Y a Julita para que la llevan? ¿No es muy pequeña para despachar?
-No despacha. Es la que hace los recados y lleva los pedidos a casa de las clientas conocidas. Y hay días que se saca sus buenas propinas. Ahí donde la ves, es una niña muy espabilada y más lista que los ratones colorados.
Charla, charlando han llegado a Castellón. Antes de llegar al mercat, paran en una casa de planta baja de El Descarregador, barrio al norte de la ciudad poblado de humildes casitas de una y dos plantas y vestigio del origen campesino de parte de la población capitalina. Paca y Anselmo se apean, entran en la casa y al instante salen portando unos tableros de madera y unos caballetes que formarán la estructura del puesto.
-Al mercat –ordena Paca al tío Visènt.
La camioneta los deja junto al Parque Ribalta. Lo primero que descargan, con la ayuda del tío Tonellaes, son los tableros y caballetes, los llevan al sitio que tienen asignado e instalan el puesto en un santiamén. Recubren las tablas con unas telas blancas y encima van poniendo las mercancías. Como le ha explicado Anselmo, Zaca comprueba que en el puesto hay zonas diferenciadas: una para los vegetales, otra para los animales y una tercera para productos varios. Y en una de las esquinas traseras han puesto la cortina –una simple tela vertical- que ocultará, parcialmente, el sacrificio de pollos y conejos en lo que viene a ser una suerte de matadero de fortuna. Antes de que el puesto esté totalmente dispuesto ya hay clientas que están haciendo cola. La mayoría porta cestas o bolsas para guardar las compras, cuyos tamaños se supone que están en consonancia con la cantidad de artículos que tienen planeado comprar. Y enseguida comienzan las ventas. Mientras tanto, Zaca, como un pasmarote, no sabe dónde meterse para no molestar, hasta que Paca recuerda que el chico les contó que, en su etapa de coniller, aprendió a despellejar conejos.
-Zaca, puedes ayudar a Anselmo a matar conejos. Así tienes algo que hacer.
Mientras espera la ocasión de desnucar a algún animal, el muchacho, observador como es, se pregunta: “¿Quién debe cobrar?” Con la primera venta llega la respuesta: cobran las tres mujeres, Paca, Sisca y Pili, aunque ésta en cuanto recibe el dinero lo entrega inmediatamente a la señora Paca que lo guarda en uno de los bolsillos que tiene el delantal que lleva puesto. El trato con las compradoras es franco y directo y con las clientas habituales, confianzudo. De vez en cuando, aparece un despistado cliente masculino, pero la inmensa mayoría de compradores son mujeres con pinta de amas de casa y, generalmente, de clase menestral. Las clientas ricas se identifican enseguida pues, además de ir mejor vestidas, suelen ir acompañadas de una criada que es la que porta la cesta con la compra. Otro detalle que llama la atención de Zaca es que las masoveras, al contrario que en la mayoría de puestos, no admiten el regateo. Los precios son fijos, lo que en un mercadillo es toda una rareza, pues el chalaneo forma parte consustancial de los mercados populares al aire libre. El muchacho pregunta a Anselmo el por qué.
-Porque en el regateo se pierde mucho tiempo y como vendemos productos tan distintos sería un lío tener precios al albur del chalaneo de cada momento. Y tener precios fijos es uno de los incentivos que explica el tirón que tiene nuestro puesto entre el público.
-Zaca, ¿cómo te va? –le pregunta Sisca aprovechando una pausa sin clientes que atender.
-Muy bien. Sin problemas. ¿Y qué tal las ventas?
-Más o menos como otros lunes. Cuando te canses o te aburras, date un paseo por el mercat y verás la de puestos que hay y la de mercancías tan distintas que se venden.
A medida que va discurriendo la mañana, el flujo de compradores va disminuyendo paulatinamente. Zaca aprovecha la disminución de público para, recordando la sugerencia de Sisca, darse un garbeo por el Parque. Comprueba que los puestos se extienden de este a oeste y de norte a sur ocupando buena parte del Ribalta. Los hay de todos los tipos, desde los más modestos que consisten en una tela en el suelo en la que se expone lo que se vende, hasta los más aparatosos con un tinglado de improvisados mostradores. También se ven algunos, no demasiados, que aprovechan la caja de carga de una furgoneta reconvertida para la ocasión en mostrador. El mercadillo se organiza por sectores, en cada uno de los cuales se agrupan los puestos que venden los mismos o parecidos productos: alimentos, ropa, zapatos y alpargatas, objetos de segunda mano, chucherías y baratijas, productos exóticos y extranjeros, artículos parafarmacéuticos, útiles caseros y para el campo… Hay puestos para todos los gustos y todos tienen su clientela, en mayor o menor número. El conjunto del mercadillo es una estampa polícroma y de una actividad incesante, pues el público, en función de lo que quiere comprar, va de un sector a otro, de un puesto al siguiente. Zaca detecta que el variopinto público está formado por, al menos, tres clases de personas: los que tienen una idea precisa de lo que quieren adquirir –el grupo más numeroso-, los que buscan ofertas a precios rebajados, gangas o productos poco habituales, y los mirones, que solo compran en ocasiones excepcionales. Asimismo, descubre que hay algunos vendedores que vociferan sus mercancías resaltando sus cualidades o lo barato de su precio.
Pasado el mediodía, el mercat se va quedando sin compradores. Hay algunos puestos, sobre todo los que venden productos perecederos que, a partir de las trece y pico, ofertan una suerte de saldo con la mercancía que no han vendido y que puede estropearse o que ya no tiene la frescura de las primeras horas. Y al calor de las rebajas, esos puestos vuelven a tener clientes que se disputan los saldos. Algo que también hacen las masoveras que en general mantienen los precios fijos, pero rebajan algunos productos a última hora. Como le explica Anselmo:
-Hay hortalizas y frutas que si las devolvemos al Mas, terminarán como pienso para los cerdos y las cabras. Es más rentable venderlas, aunque sea a bajo precio.
Zaca se ha estado fijando en Sisca y ha quedado gratamente sorprendido al ver cómo se desenvuelve la muchacha. Es una Sisca que desconocía: parlanchina, desenvuelta, aplomada, sonriente y con muestras de tener mano izquierda con las clientas quisquillosas. “Esta chicuela- se dice-, no deja de sorprenderme. Tiene más caras que el dios Jano. En verdad es poliédrica”. La chiquilla al ver que la está mirando se pone colorada, pero se repone al instante y le brinda una sonrisa que le alegra el rostro. Hacia las dos, comienzan a recoger el puesto. Van depositando los artículos que no han vendido en los sacos, cestos y capachos, los acarrean hasta la camioneta del tío Tonellaes, que ha vuelto a aparcar en un lateral del Ribalta. Finalmente, desmontan los tableros y los caballetes que también cargan en el Ford. Luego, se instalan en el carricoche. Zaca, que comienza a tener gazuza, está en un tris de preguntar cuando se come, pero no lo hace, no vaya a meter la pata. La camioneta les deja en la casita de El Descarregador, en la que se detuvieron por la mañana, y todos se apean, algunos llevando los tableros y caballetes que, por lo visto, los guardan en ese domicilio. El ama de la casa les está esperando. Paca se la presenta al muchacho.
-Maríantonia, este torreblanqui, tan majo, es quien le está dando escuela a Paquita durante el verano.
-Es muy jovencito para ser maestro. Mucho gusto. Voy a echar el arroz. En veinte minutos comemos.
-¿Vamos a comer aquí? -pregunta el chico.
-Sí –le informa Sisca-. La dueña es una prima lejana de mi padre. Comemos aquí y también dejamos los productos que no hemos vendido y que no se estropean. Ya verás lo rica que le sale la paella, Maríantonia tiene buena mano –“Menos mal que no pregunté dónde íbamos a comer”, piensa Zaca.
En el almuerzo la conversación versa sobre cómo han ido las ventas que, por lo que cuentan, han sido bastante buenas. Zaca no participa, pues no tiene nada que contar. Solo va a hablar para responder a una pregunta de Paca.
-¿Qué impresión has sacado del mercat?
No puede contestar porque a Paca se le ha acercado Mariantonia para preguntarle algo. “Que bien -piensa el chico-, porque no habría sabido qué decirle, aunque si me da tiempo a analizar todo lo que he visto igual se me ocurre algo”. De todas formas, el mercat le ha gustado, es una actividad muy alejada de sus intereses, pero su vitalidad, el nervioso trajín de las ventas, la heterogénea amalgama de productos que se ofrecen y el runrún de la gente yendo y viniendo forman un pintoresco y dinámico caleidoscopio que le recuerda la descripción de uno de esos mercadillos que leyó en una novela de Blasco Ibáñez, cuyo título se le ha olvidado. En definitiva, el mercat del dilluns ha sido una interesante experiencia. ¡Lástima que no va a repetirla!
PD. El próximo martes publicaré el episodio 60 de la novela “El masover” titulado: Una idea capaz de generar una reacción en cadena