martes, 13 de enero de 2026

54. “El masover”. Codornices en escabeche


   Zaca está colocando los libros que ha traído al Canònge en las estanterías de su habitación cuando llaman a la puerta. Es Paquita.

   -Zaca, van a servir la cena.

   -Estoy guardando mis cosas –el chico echa una ojeada al despertador que tiene encima de la mesita de noche-. Son las ocho, ¿no es muy pronto para cenar?

   -En el Mas, cenamos pronto, pues nos levantamos muy pronto. Las horas de las comidas son diferentes de las del pueblo. Desayunamos, almorzamos y cenamos antes, ya que vamos con el sol. Enseguida te acostumbrarás. ¿Vamos? –es la parrafada más larga que le ha oído a la muchacha, que parece que ya no está tan cohibida al hablar con él.

   La primera cena en el Mas ha sido pantagruélica, comparada con lo que se suele cenar en casa de los Clavijo. Zaca piensa que si habrá sido para impresionarle. Han comenzado con una sencilla sopa de ajo, a la que han acompañado boquerones en vinagre, tortilla de ajetes, codornices en escabeche con patatas panaderas y, para terminar, lo que se conoce como el postre del músic; que el chico no sabe qué es y cuando va a preguntarlo ya lo han servido, y resulta que son higos secos con almendras. El muchacho ha tenido que hacer de tripas corazón para comerse cuanto le han puesto en el plato. Y menos mal que Paca ha avisado a la señora Concha, que es la que sirve la comida:

   -Concha, no le ponga el plato colmado a Zaca. Su madre me ha dicho que no suele cenar mucho. No sea que en su primera noche tenga una vomitona.

   Y a todo eso, dos hogazas de pan candeal van y vienen de un extremo a otro de la mesa, y de las que cada comensal corta una gruesa rebanada con la navaja cabritera o de Albacete que todos parecen tener. Zaca sigue con la misma rebanada que la señora Concha puso junto a su plato al comienzo de la cena, y a la que de vez en cuando le trincha una miguita. “Como jalan –piensa el chico-. Más que comer, devoran. Y sin embargo, salvo la abuela, los demás son más bien enjutos. Deben de trabajar mucho. Si me pongo en plan fetiller voy a ser el hazmerreír”. Aunque es quien más tarda en rebañar su plato, nadie le ha dicho afanya´t, la odiosa expresión que le ha acompañado en su infancia, y es algo que agradece. Lo que sí han hecho los comensales ha sido coserle a preguntas. Tener que contestar le ha servido como excusa para no terminar alguno de los platos que le han servido. Las interpelaciones han sido de lo más variado. Unos interrogantes ha sabido contestarlos, otros no ha sido capaz y unos pocos se le han atragantado, como cuando la abuela Julia –la más incisiva- le ha preguntado:

   -¿Y cómo andas de novietes?,  porque supongo que los bachilleres debéis estar muy cotizados. Al menos, así lo recuerdo de cuando era moza. Entonces se decía: para hacerse con un bachiller has de ser toda una mujer -Todos se han reído ante la pregunta de la abuela, con la excepción de Paqui que, por primera vez, ha intervenido y lo ha hecho para reconvenir a Julia.

   -Abuela, que cosas preguntas. ¿Cómo va a tener novia, si solo tiene meses más que yo? No le queda tiempo para esas bobadas, se dedica solo a estudiar, que es lo suyo. O sea, que de novietes, nada, supongo.

   El chico agradece con una sonrisa la intervención de la muchacha y se dice “La abuela mandará mucho, pero al menos hay una persona que se atreve a llevarle la contraria. Bueno es saberlo”. Paqui no solo ha frenado a su abuela sino que, para cambiar el sentido de la charla, pregunta a Concha:

   -Señora Concha, me ha dicho más de una vez que me explicaría como guisa las codornices en escabeche. Como las estamos cenando, creo que es buen momento para hacerlo.

   La matrona duda unos segundos y antes de hablar mira de reojo a la abuela que le hace un encubierto gesto de asentimiento. Gesto que no pasa desapercibido a Zaca. “O sea, que la tal Concha -se dice- pide permiso a la abuela antes de hablar. Caray, como controla esta mujer la situación”. Una vez obtenido el plácet, Concha, se explaya:

   -Utilizo los siguientes ingredientes y cantidades para las personas que comemos habitualmente en esta mesa. Aceite de oliva virgen, un buen chorro. Vino blanco, otro chorro hermoso. Vinagre que no falte. Unas pocas zanahorias. Algo de cebolla. Como cuatro dientes de ajo. Una o dos ramas de tomillo fresco. Lo mismo de perejil y de laurel. Pimienta negra en grano, sal al gusto. Y unas veinte codornices porque aquí, los caballeros, a veces con dos no tienen suficiente. En lo que es propiamente el guiso, comienzo limpiando los pájaros de grasilla y plumas. Luego, en una cazuela pongo aceite a calentar en el que las doro. Una vez doradas, las retiro y las reservo. Quito la mitad del aceite y pongo la cebolla picada en trozos grandes, las zanahorias peladas y en rodajas, el tomillo, el laurel, el perejil y los dientes de ajo. Añado también unos granos de pimienta y de nuevo las aves, rehogándolo todo junto durante un cuarto de hora a fuego medio. Después, añado vino blanco, vinagre y agua hasta cubrir las codornices y lo cuezo todo junto y tapado a fuego lento durante una hora. Y ya está.

    -Concha, ¿y las sirve como hoy? –pregunta Paca.

   -Sí. Las codornices en escabeche es mejor servirlas frías acompañadas por su propia salsa. Y si se conservan en un recipiente bien cerrado duran unos días retirando las verduras. 

   Zaca piensa que la descripción debe de ser buena, pues las aves están sabrosonas, pero en lo que se refiere a las cantidades de los ingredientes la receta es de lo más chapucero que ha oído. Ni siquiera madre, que no es gran cocinera, hubiese explicado una formulación como lo ha hecho la señora Concha, indicando las medidas a ojo de buen cubero. Después de una corta sobremesa, pues parece que en el Mas tienen la costumbre de acostarse pronto, y tras despedirse con un apagado buenas noches, el muchacho regresa a su habitación donde hace una recopilación de lo que ha deducido de su primera comida en la masía. Se confirma que la abuela Julia es la que lleva los pantalones en la familia y que solo su nieta se atreve, si no a enmendarle la plana, sí a plantearle algún pero. El señor Villalonga sigue siendo un enigma, porque solo ha abierto la boca para comer, debe ser que la enfermedad le tiene muy mermado; prueba de ello es que las dos codornices que le han servido las ha deshuesado su esposa y se las ha partido en pequeñas porciones. La señora Paca parece que es la que hace el papel de nexo de unión entre los miembros del clan y la que templa gaitas, aunque no participa mucho en la conversación. Los que más charlan son la abuela y el mayoral y, en muchos momentos de la noche, la conversación ha sido un coloquio entre ambos. Paquita apenas ha hablado, pero es la que más atención le ha prestado, aunque mirándole de reojo. La señora Concha, salvo la explicación de la receta, igualmente ha participado poco en el diálogo. Y un matrimonio, relativamente joven, que le han presentado como Anselmo y Pili, sobrinos del mayoral, no ha abierto la boca, al igual que sus tres hijos pequeños sentados muy modositos junto a sus padres. Aparte de la escasa información que ha obtenido de lo que se ha hablado en la cena –sobre todo cuestiones referidas a las actividades que se desarrollan en la masía-, el muchacho ha descubierto que Julia y el señor Manuel duermen en sendas habitaciones ubicadas en la planta baja. La señora Paca y Paquita lo hacen en la primera. El dormitorio en el que le han colocado está en la segunda planta. Al parecer, hay una tercera planta, una especie de desván, que todavía no conoce, y en la que cuelgan los embutidos de la matanza en cañas para secarlos, y guardan herramientas que no suelen utilizar con frecuencia, tales como almohadillas, horquillas, collares, reatas, cuñas, vertederas, trillos, acarreadores, banastos y un largo etcétera.

   Lo que no ha descubierto es donde duermen el mayoral y su esposa y el matrimonio joven y sus hijos. Tampoco es que le interese demasiado. Lo que sí le ha sorprendido es que el matrimonio Villalonga duerma en habitaciones separadas. Creía que los esposos siempre dormían en la misma alcoba, aunque tras meditarlo cree que la separación puede ser debida a la enfermedad del marido, pues su movilidad es bastante reducida y no está como para subir escaleras. En cuanto a la habitación en la que le han acomodado no es muy grande, pero está aceptablemente amueblada. Como mueble principal tiene una cama de hierro estrecha, pero el colchón es blando y debajo del mismo hay un aparatoso orinal de loza. Al lado de la cabecera hay una estrecha mesilla de noche, encima se ve un candelero con una sola vela y al lado una cajita de cerillas. En una esquina hay una jofaina y un aguamanil de cerámica terciado de agua. Un espejo, más bien chico, está colgado en la pared. Otro mueble voluminoso es un viejo armario de nogal que hace el papel de ropero y donde ha encontrado un par de mantas y varias toallas. También hay una pequeña mesa de pino, barnizada, acompañada de una silla de enea. En dos de los laterales hay unas estanterías de obra, se supone que para guardar libros y cachivaches, donde se ven algunos libros, entre ellos identifica varias novelas de Emilio Salgari y un ejemplar de El libro de la selva. Debe de ser el que le contó madre que le regalarían. Además, el dormitorio cuenta con una ventana, más bien un ventanuco, que da a un lateral de la masía. Mientras recopila las imágenes y recuerdos de su primera moche en la masía, y aunque está cansado del viaje, piensa que le costará dormirse porque, como no está acostumbrado a las comidas copiosas, le cuesta digerir la cena, y las codornices escabechadas parece que se le han atragantado. Además, supone que extrañará la cama. Como acostumbra, tras acostarse lee un rato hasta que sienta sueño. Antes de abrir el libro de Kipling palpa con los dedos las tapas y el lomo, en un gesto que es una tierna caricia. Lo abre con sumo cuidado y va ojeando páginas, viendo para su deleite que el tomo tiene algunas ilustraciones, buena parte de las cuales son de Mowgli, el protagonista, y de su principal antagonista, el tigre Shere Khan. Lee sin prisas, saboreando la prosa del escritor angloindio, hasta que con las primeras luces del alba logra conciliar el sueño.

   A pesar de que se ha acordado de poner el despertador, su sueño es tan profundo que no lo oye, hasta que la luz que se cuela por el ventanuco le despierta. Ha dormido a pierna suelta y se nota descansado. La única sensación que ahora siente es hambre, pese al atracón de la pasada noche. Al asomarse a la ventana ve que el sol está bastante alto. Mira el despertador: son las diez y media de la mañana. Se inquieta un tanto, pues el señor Valerio le contó durante el viaje que en el Mas se madruga mucho, porque antes de que desayunen las personas hay que dar de comer a los animales del corral y ordeñar las vacas o, en su caso, las ovejas y las cabras. Se lava cara y manos y se cepilla los dientes, pues anoche se le olvidó hacerlo. Se viste con premura y duda que calzado ponerse. Piensa que unos zapatos no deben de ser son los más adecuados para andar por la masía, así que se decide por las alpargatas con suela de esparto. Ni en la escalera ni en la planta baja se ha tropezado con nadie. Oye ruidos en la cocina y a ella se dirige. Allí encuentra a la señora Concha y a la mujer joven, que recuerda como Pili, que andan trajinando en los fogones.

   -Buenos días, señora Concha y compaña. Creo que se me han pegado las sábanas.

   -Buenos días, hijico –al oír el diminutivo, el muchacho piensa que Concha también debe ser aragonesa como su marido-. La señora Paca ha mandado que no te despertáramos. Que tendrías que estar cansado tras el viaje y que debías dormir lo que el cuerpo te pidiera. ¿Tienes hambre?

   -Sí, señora. Para que voy a decirle lo contrario. Sospecho que la gente debe de haber desayunado.

   -Natural, son casi las once –dice Concha, señalando un viejo reloj de pared adosado a uno de los laterales de la cocina-. ¿Qué sueles desayunar? Aunque te aconsejo que no hagas un desayuno fuerte, pues en poco más de una hora almorzaremos.

   -Normalmente, desayuno una rebanada de pan con manteca y azúcar y un tazón de leche caliente.

   -Te lo preparo al momento. Siéntate. ¿Quieres un poco de panceta que ha sobrado de nuestro desayuno? Pili te la calienta enseguida. –Y, dirigiéndose a la mujer agrega-: Este es el chico que le va a dar escuela a la Paquita. Ahora que lo tienes a tiro, pregúntale lo de tus chicos -Pili, tras secarse las manos en el delantal, le tiende la mano al muchacho que se la estrecha con torpeza y le comenta a qué se refería Concha con lo de los chicos.

   -No sé si se lo ha dicho mi tía, pero soy su sobrina. Bueno, el sobrino carnal es mi marido. Verá, usted. Tengo tres críos, la mayor de doce años, el segundo de diez, y el más chico de cuatro. Lo que quiero lo tengo hablado con la señora Julia, que me ha dicho que con quien lo tengo que tratar es con usted.

   -Al grano, Pili –le insta Concha.

   -Pues que he pensado; bueno, mi marido también, que si no le importaría que, al tiempo que le da escuela a la Paquita, se la diera también a mis críos, sobre todo a los dos mayores que, pobrecicos, apenas han pisado una escuela. Yo le correspondería como se merece.

   A Zaca le incomoda que la tal Pili le hable de usted, a la par que está perplejo, pues nadie le habló de tener que enseñar a otros alumnos. Y más a unos a los que adoctrinar en los rudimentos de la lectura y escritura. No sabe qué contestar, solo piensa que le están poniendo en un aprieto, pues no cree estar preparado para alfabetizar a unos críos, lo que acrece la inseguridad en su capacidad como docente. Una cosa es que sea bueno como estudiante, pero no sabe si lo será como maestro. “En buen berenjenal me he metido”, se dice. Comienza a arrepentirse de haber aceptado tan a la ligera la invitación para ir al Canònge. “Vaya veranito que me espera -piensa- si tengo que desasnar a unos críos. A ver cómo me quito este muerto de encima. Porque una cosa es redondear los conocimientos de Paqui y otra muy distinta repetir lo de la pe con la a se lee pa”. Y se da un tiempo para contestar, ya que en principio no sabe cómo salir del atolladero en el que, sin comerlo ni beberlo, le acaba de meter la sobrina de la señora Concha. La tal Pili, tras su petición, se le ha quedado mirando esperando su respuesta. Y el tímido e inseguro muchacho cuando le meten en un aprieto suele ponerse nervioso y le cuesta decidirse. “¿Qué le contesto”, se dice.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 55 de la novela “El masover” titulado: El Canònge no solo es un mas, es una empresa

martes, 6 de enero de 2026

53. “El masover”. El Mas del Canònge

   El viaje al Mas del Canònge se le hace eterno a Zaca Clavijo. Aupado en la silla de montar de la mula le da la impresión de que la distancia al suelo es muy superior a la que le ha dicho el mayoral. Y teme que como se caiga se pueda romper la crisma. La mula va al paso que le marca Valerio que la lleva del ronzal pero, aun así al muchacho le parece que anda muy deprisa. Y mantenerse erguido no es tan sencillo como ha dicho el masovero. Encima, mucho antes de recorrer la mitad del camino, ya le duele la entrepierna por su roce con la silla, por lo que piensa que estará mejor yendo a pie que montado.

   -Señor mayoral, por favor –“Hay que cuidar los modales, que sepa que eres un chico bien educado” -se dice-, ¿podría parar un momento?

   -¿Qué te pasa, hijico? –es el primer aragonesismo que se le escapa a Valerio-.Y no me llames señor mayoral. Es ridículo. Llámame mayoral o Valerio, como prefieras.

  -Quiero bajar, si a usted no le importa. Me gustaría andar un rato. Y sepa que señor se lo digo a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno como es su caso.

   -¿Prefieres caminar? Bueno, tú verás, aunque llevas mal calzado para andar por estas trochas. Debías calzar botos o abarcas y no las alpargatas que llevas –y, deteniendo la mula, coge en volandas al chico y lo deposita en el suelo-. Y eres más redicho que un seminarista, chaval. ¿Todos los muchachos de tu pueblo son igual de relamidos que tú?

   -No sé qué ha querido decir con eso de relamido.

   -Pues algo así como demasiado finolis. ¿Y tú estás estudiando el bachillerato? ¿Pero que coño os enseñan a los bachilleres?

   -Es que emplea usted unas palabras que no son corrientes –En ese momento, Zaca tropieza con una piedra y se da de bruces en el suelo. Valerio lo coge del  cinturón y lo levanta como si fuera una pluma.

   -¿Te has hecho daño, mocete?

   -No, señor Valerio. Solo me he raspado un poco la espinilla –Miente el chico, pues si se ha hecho daño, pero en su amor propio por su desmañado tropiezo.

   -Espera, te echaré un poco de vino en el rasponazo, no sea que se te vaya a infectar. Y aprende que para ir por las veredas por las que vamos hay que levantar los pies, no debes arrastrarlos como si fueras por una calle del pueblo en la que el piso es llano como la mano. Y llevar un calzado fuerte como antes he comentado. Serás medio bachiller, pero para andar por el monte tienes mucho que aprender.

   -Gracias por los consejos, señor Valerio. Lo del calzado fuerte no lo sabía. Como dice padre, no te acostarás sin saber una cosa más.

   -En lo de finolis creo que me he quedado corto. ¿Pero sabes qué? Eres un chaval educado. En lo que llevamos de camino me has pedido las cosas por favor una docena de veces. Y gracias me lo has repetido otras tantas. Serás relamido, pero también bien educado, todo hay que decirlo para ser justos.

   -Madre suele decir que de bien nacido es ser agradecido.

   -¿Siempre eres tan refranero?

   -Solo cuando hace falta serlo, señor Valerio.

   -¿De verdad te parezco un señor?, chaval.

   -No es que me lo parezca, es que lo es. Y como así lo creo, por eso se lo llamo.

   -¡Vaya, hombre! No sabes andar por el monte, pero lo que son palabritas no te faltan. Algún día serás un buen abogado o un buen cura, te lo dice Valerio Ariza.

   -Cura, desde luego, no. Y abogado ya me gustaría, pero creo que tampoco. Si llego a maestro de escuela o a perito mercantil me daré con un canto en los dientes. Por cierto, ¿sabe lo que significa Valerio en latín?

   -Ni repajolera idea, mocete. No sé de latines, pues no estuve en un seminario. Lo más cerca que he estado de una sotana fue cuando hice de monaguillo y aquello duró poco, ya que el sacristán me echó de la escolanía cuando descubrió que me bebía el vino de consagrar.

   -Pues Valerio procede del latín valere y significa valer, ser fuerte o valiente.

   -¡La leche que te dieron, chaval! Se nota que estudias pa bachiller. Nadie me había explicado lo del nombre. ¿Sabes qué? Estás empezando a caerme bien. Serás relamido y más redicho que una vieja, pero sabes tratar a la gente con respeto y, para lo jovencico que eres, hablas como si ya hubieses hecho la mili. Creo que haremos buenas migas.

   -Otra pregunta, si no le molesta, señor Valerio. ¿Por qué se llama el Mas del Canónigo?

   -Eso mejor se lo preguntas a la señora Julia que te lo contará con pelos y señales. Lo que sé es que, al parecer, uno de sus antepasados, el que fundó el Mas, era canónigo.

   -Si era canónigo no puede ser un antepasado. Los curas no tienen descendencia.

   -¡Ay, hijico, qué poco sabes de la vida! Habrá que espabilarte. Los curas, aunque lleven sotana, no dejan de ser hombres y los canónigos no digamos.

   Antes de llegar a la masía, el mayoral y el estudiante han charlado de mil y un temas. La conversación ha servido para que Zaca descubra que Valerio no es un tipo cazurro e ignorante, como creía que lo son todos los masoveros. Al contrario, es hombre de palabra fácil y tiene conocimientos de multiplicidad de cuestiones de la vida real y de la naturaleza que, en buena parte de casos, superan con mucho a los del chaval. Y buena prueba de ello es que, en diversos momentos del viaje, le ha ido explicando la naturaleza de diversas plantas y bichos con los que se han cruzado. El diálogo ha servido, además de para conocerse mejor, para que el viaje se les haya hecho mucho menos fatigoso y en un tiempo que a ambos les ha parecido corto avistan el Mas.

   -Ahí lo tienes, el Mas del Canònge. Y como me caes bien, te diré algo que deberás tener muy en cuenta: a la primera que has de tener contenta es a la señora Julia, que así es como se llama la abuela. Los demás bailamos al son que ella toca. Si te la ganas, habrás logrado las dos orejas y el rabo, como los buenos toreros. Y para eso, di a todo lo que te indique que amén, pero luego haz lo que tengas que hacer. La Julia tiene más genio que un sargento de carabineros, por eso solo respeta a los que demuestran que los tienen bien puestos. Y cuentas con una ventaja: palabras no te faltan, solo tendrás que demostrar que además del palabrerío tienes lo que hay que tener. Cojones, vamos. Aunque no sé…, pareces demasiado remilgado –Zaca no sabe que significa remilgado y está en un tris de preguntárselo al mayoral, pero se contiene; “Mejor será -se dice- que busque esa voz en el diccionario de Sopena”.

   Cerca ya de la masía, Zaca ve lo que parece ser un horno de cal y, como hace rato que han dejado de charlar, pregunta:

   -Señor Valerio, eso es un horno de cal, ¿verdad?

   -Sí, señor. La mayoría de masías grandes como el Canònge, suelen tener cerca de casa un horno de cal. Sirve para calentar la piedra caliza y convertirla en cal que se usa para rebozar las paredes internas y también para encalar las paredes externas de la casa como medida higiénica y decorativa.

   -Y la masía, además de la casa, ¿tiene otras dependencias?

   -Naturalmente, hay corrales para las caballerías, las vacas, para la cría de conejos, gallinas, ocas y pocilgas para los cerdos. También existen espacios para guardar herramientas, pajares, lavaderos, almacén de leña… Y como en todas las masías, hay una era para trillar, un granero, un pajar, un estercolero. Y por haber, hasta hay un lagar y un espacio para guardar toneles y botas. El Canònge es más que una masía corriente, es muy grande y muy completo.

   Al poco, aparece un perro ladrando por todo lo alto que, en cuanto huele al mayoral, deja de ladrar y se le acerca moviendo el rabo.

   -Vaya recibimiento, Careto. Ven y olisquea al mocete. Chaval, para ganarte al Careto de vez en cuando has de guardarte un trozo de tocino o panceta para él. Verás que pronto se hace tu amigo. Eso que se dice de que el perro es el mejor amigo del hombre es una filfa, son amigos nuestros porque les llenamos la andorga.

   -Eso me recuerda lo que a veces dice madre: bocado comido no gana amigo.

   -¿Te sabes todo el refranero o solo lo haces para impresionarme?

   -Qué cosas dice, señor Valerio. Tengo una duda. Bueno, tengo muchas, pero esta es ahora el momento de dilucidarla.

   -¡Dilucidarla!, vaya palabro. Te aconsejo que con la gente del Mas no manejes esa clase de palabrerío porque no te va entender ni Dios. ¿Cuál es la duda?

   -A los señores Villalonga y a la abuela Julia, ¿les beso o les doy la mano?

   -Hombre, tú que eres tan refranero, ¿no te sabes aquel que dice: dónde fueres haz lo que vieres? Pues aplícate el cuento.

   La primera impresión que le produce al muchacho la masía es la de una fortaleza medieval, de las que aparecen en los libros de historia. No porque tenga fosos ni puentes levadizos ni almenas, sino por la sensación de reciedumbre que transmite su amazacotado contorno. Desde otra perspectiva también parece una señorial casa de campo, y su aire rural no impide vislumbrarla con una cierta aura de edificio residencial. Es una construcción robusta, con gruesos muros de piedra, techo a dos aguas cubierto con tejas y con canalizaciones para aprovechar el agua de lluvia que, como sabe Zaca, se guarda en cisternas, pues en la Fábrica ocurre lo mismo. Tiene muchas ventanas aunque pequeñas, y el portón de entrada, de madera y refuerzos de hierro, tiene más pinta de acceso a una fortaleza militar que a una casa de campo. La fachada principal está orientada al sur para aprovechar al máximo las horas de sol y evitar los fríos vientos del norte y el oeste.

   -Esas paredes –explica el mayoral- son las que mantienen el interior del caserón fresco, incluso durante los veranos más calurosos.

   Enfrente de la construcción principal hay dos casitas y a los lados se ven otras edificaciones que igual pueden ser establos que graneros o pajares. El Mas está rodeado de alargados bancales ocupados por diversos cultivos y, algo más alejado, se avista un bosquecillo en el que se mezclan pinos piñoneros, encinas y también se ven, aunque en menos cantidad, sabinas, madroños y quejigos. En los claros abundan las jaras, el romero, el tomillo y otras hierbas que el chico no conoce. El camino por el que han llegado termina formando una pequeña plazoleta ante la puerta principal.

   Los masoveros han debido de ser avisados de la llegada de los viajeros, pues están esperándoles a la puerta de la masía. El grupo está formado por el señor Manuel, sentado en una rústica silla de ruedas, a su lado la señora Paca y junto a ella Paquita.

   -Bienvenido, Zaca. ¿Qué tal el viaje, te has cansado mucho? –Es la señora Paca la que le saluda.

   -¡Que va! Hemos venido hablando todo el trayecto y el viaje se me ha hecho cortísimo. Mis padres les envían un saludo y antes que nada he de darles las gracias por su invitación. ¿Cómo está usted, señor Manuel, se encuentra mejor de lo suyo? Y tú, Paquita, te veo muy bien.

   -Ya lo comprobarán, señor Manuel y señora Paca, el mocete es más cumplido que un duelo. Y palabras tiene para dar y tomar. Se nota que es casi bachiller –afirma el mayoral.

   El señor Villalonga, carraspea y con voz un tanto ronca saluda al chico, al tiempo que le tiende la mano.

  -Benvingut al Mas, fill meu. Estoy contento de que estés entre nosotros. Espero que te lo pases bien –y ya no vuelve a decir ni pío. La señora Paca abraza al chico y le planta dos besos en las mejillas.

   -Las gracias te las damos a ti por venir. Como ha dicho Manuel, yo también espero que te lo pases bien. Tu familia está bien de salud, ¿verdad? Bueno, Paqui, ¿y no le dices nada a quien va a ser tu maestro?

   La muchacha musita algo ininteligible, se supone que como saludo. El arrebol de sus mejillas es de un rosado tan intenso que recuerda una amapola. Zaca opta por no preguntarle, pues es obvio el nerviosismo y la vergüenza de la chiquilla. Le da la mano que la masoverita estrecha con torpeza. “Tiempo habrá –piensa- de hablar con ella”.

   -Ven conmigo –le dice Paca-, que la abuela también quiere darte la bienvenida –la masovera lleva al chico a lo que parece un modesto cuarto de estar donde está la abuela anotando cifras en lo que puede ser un libro mayor. Hay otra mujer cosiendo, a quien Zaca no conoce. Julia, al verle, se levanta y abraza al muchacho.

   -Cuanto me alegro de verte, Sacarietes. ¿El viaje, bien? ¿Y tus padres? Esta es la señora Concha, la esposa del señor Valerio –y dirigiéndose a Concha añade-: Este muchacho, ahí donde lo ves, es medio bachiller y será quien le haga escuela a mi nieta –Y, volviéndose a Zaca, agrega-: Estás hecho un tirillas, tendremos que ponerle carne a esos huesos. De eso se va a encargar la señora Concha. Si cuando te vayas no pesas, al menos, media arroba más que ahora será señal de que no lo habremos hecho muy bien. Pero bueno, hija, tienes que enseñarle su habitación. Lo mismo quiere asearse un poco antes de cenar –Y otra vez, se vuelve al muchacho-. ¿Te gustan las codornices en escabeche? ¿Qué no las has probado nunca? Esta noche las vas a catar, verás cómo te gustarán. Hala, llévale a su cuarto y que descanse.

   El muchacho percibe desde ya lo que le ha explicado el mayoral: allí la que lleva los pantalones es la abuela Julia. Y parece ser de las de ordeno y mando. Tendrá que andar sobre aviso si quiere que su estancia sea lo más plácida posible, pues como diría padre recordando su mili en la Marina: donde hay patrón no manda marinero. Y aunque él no forme parte de la tripulación del Mas, pues es un invitado, tendrá que ir ojo avizor a lo que indique la patrona de aquel caserón. “Espero -se dice- no meter el remo demasiadas veces”. Y aunque su religiosidad es escasa, y por lo que pudiera pasar, se encomienda a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles. Quizá la santa le tenga que echar una mano, porque tanto el Mas del Canònge en sí, como sus moradores le parecen un desconocido y cerrado libro del que no sabe que encontrará en sus páginas a medida que lo vaya leyendo. “Será cuestión -se dice- de hacerlo poquito a poco, así podré rehacerme cuando meta la pata, y mejor si no la meto. Bueno –acaba pensando-, ya estoy aquí, ahora a esperar que los dos meses pasen pronto y pueda volver al pueblo y olvidarme del Mas del Canònge y de su gente”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 54 de la novela “El masover” titulado: Codornices en escabeche

martes, 30 de diciembre de 2025

52. “El masover”. ¿Y ahora, qué?

   Con el comienzo de las vacaciones veraniegas, desde San Mateo en el Bajo Maestrazgo donde ejerce de maestra, llega a Torreblanca la tía Emilia. Una de sus primeras visitas es a casa de los Clavijo a ver a su prima Rosario y a los sobrinos.

   -Rosario, dile a tu marido que tenemos que hablar sobre el futuro de Zaquita para cuando el próximo año acabe cuarto. Lo habéis ido demorando, pero ya no debíais retrasarlo más.

   Al día siguiente, el matrimonio Clavijo se presenta en casa de Emilia para dialogar sobre los futuros estudios de su primogénito. Eso ocurrió antes de que Zaca se fuera al Canònge, incluso antes de que surgiera la idea de que pudiese dar clase en verano a la pubilla de los Villalonga. El objeto de la reunión fue importante, pues que el primogénito acabase cuarto de bachillerato le colocaba en una encrucijada clave para su futuro. Como Emilia era la que más sabía de la cuestión, fue quien llevó la voz cantante. La reunión se desarrolló tal que así.

   -Hay que tomar una resolución con los estudios de Zaquita –afirma Emilia-. El plan previsto de que, tras cursar los cuatro años de bachillerato, luego hiciera magisterio ya no es posible. Como os conté cuando comenzó el segundo curso, el mismo año de su proclamación la República cambió el plan de estudios de Magisterio con el objetivo de dignificar la formación inicial del maestro. Desde ese cambio, hay que hacer una prueba de ingreso en la Escuela Normal para el que es necesario tener el bachillerato superior. El nuevo plan consta de tres cursos y un cuarto año de prácticas de enseñanza, pero éstas han sufrido varios cambios. Para no alargarme más, lo que hemos de resolver; mejor dicho, lo que debéis decidir es que hará el chico en cuanto acabe cuarto. En otras palabras, hay que responder a la pregunta: ¿Y ahora, qué?

   -Vuelve a contarnos lo que podría estudiar –pide padre-. Olvidé parte de tu explicación.

   -Las opciones que hay son las siguientes: la primera es completar el bachillerato; es decir, hacer quinto y sexto curso, con lo cual será bachiller superior.

   -Uff, dos años más –exclama madre en lo que suena a lamento.

   -La segunda opción, aprobado el cuarto, es estudiar alguna carrera de grado medio en la que para cursarla sea suficiente tener el bachillerato elemental. Ese es el caso de la carrera de Perito Mercantil que podría hacer en la Escuela de Comercio de Castellón.

   -De esos estudios nunca nos hablaste, Emilia. Necesitamos sabe más de ellos para tomar una decisión –apunta el señor Zacarías.

   -Luego os cuento, primero acabemos con las opciones. Finalmente, otra salida es que estudiase una profesión en la Escuela de Artes y Oficios de Castellón, para lo que le valen los cuatro años de bachillerato.

   -Yo me he perdido –confiesa madre-. Emilia, y tú que eres mucho más lista que nosotros, si tuvieras que tomar la decisión, ¿cuál sería?

  -Conociendo a Zaquita, opino que lo mejor para su futuro es que completase el bachillerato y luego hiciera la prueba para el ingreso en la Escuela Normal. No os lo oculto, el examen de ingreso es duro, pues en definitiva es una oposición ya que las plazas son limitadas, pero creo sinceramente que el chico puede aprobarlo y siempre contaríamos con la ayuda de Paco, que le podría echar un capote.

   -Pero eso supone cinco o seis años más de estudios –puntualiza padre.

   -Así es, pero la recompensa vale la pena. Con el nuevo plan¸ cuando terminas los estudios en la Normal, a los futuros maestros los destinan a escuelas nacionales por un curso escolar con el título de Alumnos-Maestros y les pagan el sueldo de entrada, que son nada menos que cuatro mil pesetas. Y al curso siguiente ya entran de pleno derecho en el Cuerpo Nacional del Magisterio, y tienen la vida solucionada.

   -Pues si para estudiar lo del peritaje vale con los cuatro años de bachillerato habrá que estudiar a fondo esa opción. ¿Y se puede hacer por libre?

   -Creo que sí, pero en principio no creo que sea la salida que más le ilusione, porque al chico le van mejor las letras que las ciencias.

   -Sí, y de hecho las peores notas que saca son en las asignaturas de ciencias –reconoce padre, que añade- Una pregunta importante que vale para todas las opciones y para ir descartando algunas: ¿qué carreras se pueden estudiar por libre?

   -Para hacer magisterio, en el plan de la República se recomienda la asistencia regular a la Normal. El peritaje mercantil se puede hacer por libre. Y en las Escuelas de Artes y Oficios, por las características de lo que se enseña, hay que asistir; es decir, no se puede estudiar por libre.

   -Y en concreto, ¿qué es lo que se aprende en las Escuelas de Artes y Oficios? –quiere sabe padre.

   -Pues oficios prácticos tales como carpintería, herrería, mecánica, fundición, y otras artes aplicadas a la decoración y el trabajo manual. Y, además, Artes Aplicadas: dibujo, pintura, modelado, y técnicas que combinan el arte con la utilidad.

   -Huy, esas enseñanzas no sé si le valdrán a mi Zaquita, pues  todo lo listo que es de cabeza lo tiene de torpe con las manos –apunta madre.

   -Bueno, vosotros sois los que debéis tomar la decisión, pero os aconsejo que antes de tomarla habléis con Paco Roca y con vuestro hijo. Es importante que el chico estudie algo que le guste. Si le obligáis a estudiar algo que no sea de su agrado el resultado puede ser un desastre. Tenedlo en cuenta.

   Ajeno al cambio de impresiones entre sus padres y su tía Emilia, Zaca, tras haber aprobado el tercer curso del bachillerato, se las promete muy felices ante el verano que le espera. Como sus amigos también tienen el verano libre piensan pasárselo de rechupete, pues tienen muchos planes que desarrollar en las vacaciones. Planes que la pandilla suele debatir cuando se reúnen. Sus puntos de reunión más frecuentes son dos: una de las colinas al oeste del pueblo llamada la Pedra de la Lliura, desde la que se divisa la llanura torreblanquina hasta el mar, así como el tráfico de la carretera nacional de Valencia a Barcelona y el paso de los trenes que unen ambas ciudades. En otras ocasiones, donde se apostan es en un altozano denominado la Montañeta de Matagats, situado al norte del pueblo, donde se divisa el mismo panorama que desde la Pedra de la Lliura, aunque es la ubicación que menos utilizan, pues muy cerca está el cementerio, cuya vista no les es demasiado grata. En ambos lugares, además de la visión del tráfico, debaten, discuten y planean los proyectos que podrían realizar durante el verano. Unos son posibles, otros no pasan de ser ensoñaciones adolescentes, como alguno de los que esta tarde proyectan.

   -Podemos ir muchos días a la playa a bañarnos y a mirar las chicas que también lo hagan, entre ellas supongo que habrá algunas de nuestras amigas de la pandilla de la Nevera –propone Queralt, que siempre tiene en mente al sexo opuesto.

   -Y a lo mejor podría haber alguna forastera con la que ligar –es Pifarré quien apoya la propuesta.

   -Pues yo tengo un plan mucho mejor. Ir a la marjalería a coger ranas, tortugas y anguilas.

   .¿Y eso cómo se hace? –pregunta Joaquinito Queralt que es, posiblemente, el que menos sabe del mundo rural. 

   -Para coger ranas, haces una especie de pequeña caña de pescar y al final del hilo…

   -Se llama sedal, no hilo –le corta Zaca, tan pedante como suele.

   -Pues al final del sedal pones una bolita de algodón y a esperar que las ranas piquen. Y luego, las freímos y nos las comemos.

   -No digas majaderías, Manolo. ¿Cómo vamos a comer ranas? ¡Qué asco! –exclama Joaquinito.

   -Yo las he comido varias veces y están buenas. Y no dan ningún asco –les informa Zaca.

   -¿Y las tortugas cómo se cazan? –pregunta Pifa.

   -Metiéndote en cualquiera de las acequias que hay entre los marjales y, como son lentas, puedes cogerlas con las manos –explica Manolo, que añade-: Y se las vendemos a la tía Adelia que las emplea para hacer una sopa que, según cuentan los parroquianos de su bar, está buenísima.

   -¿Y las anguilas también se cogen con las manos? –dice Queralt.

   -Hay que meterse en cualquier acequia de la marjalería y con una especie de horca, pero con solo tres púas, en cuanto ves una le clavas el pincho –explica Manolo.

    -Yo tengo un plan mucho mejor que todas esas chorradas de Manolo –cuenta Pifa-. Cuando lleguen las fiestas de agosto, en la subasta que hace el ayuntamiento para el ruedo de toros, podíamos comprar una plaza, hacer un cadafal e invitar a nuestras amigas a ver los toros.

   -¿Y qué íbamos a sacar con eso? –Pregunta Zaca.

   -Durante los toros, les haríamos beber moscatel y otras bebidas para emborracharlas o al menos que perdieran la vergüenza, y luego montaríamos un guateque en alguna de nuestras casas, y estando medio borrachas no veas lo que les podríamos hacer.

   -¡Ese plan sí que es cojonudo! –exclama Joaquinito.

   -Muy cojonudo, pero ¿y de dónde sacamos el dinero para comprar la plaza del ruedo? –a Manolo le toca poner los pies en el suelo y ser realista.

   Y así pasan los integrantes de la pandilla los últimos días de junio, imaginando planes cuya mayoría es más que dudosa que lleven a la práctica porque, salvo Pifarré, no son proclives a la acción y todo se les va en salvas de vanos coloquios. Lo que menos podía esperar Zaca es que esos bosquejos de planes quedaran en nada, pues el destino o la divina providencia le depara una sorpresa que puede dar al traste con los proyectos de la pandilla. Y algo de esa falla comienza a barruntarse cuando Joaquinito Queralt les anuncia un buen día:

   -No sé si voy a poder estar todo el verano con vosotros. Papá –es el único que llama así a su padre- ha dicho que mis abuelos están muy viejos y que debíamos ir a su pueblo, uno llamado Berga en la provincia de Barcelona, a pasar unos días con ellos.

   Una vez acabados los exámenes de junio, fue cuando el matrimonio Clavijo habló con su primogénito sobre el asunto de qué fuera a hacer después de que el próximo año apruebe el bachillerato elemental. Los padres no se anduvieron con paños calientes y explicaron al chiquillo la realidad de la situación familiar y como ello condicionaba las posibilidades de que el chico pudiera estudiar o no ciertas carreras.

   -Hijo, ante todo, debes saber que estamos muy orgullosos de ti. Hemos estado hablando con la tía Emilia sobre qué podrías estudiar después de que el próximo año acabes el cuarto, y queremos saber qué es lo que te gustaría hacer –el señor Zacarías, como cabeza de familia es el que ha tomado el timón del coloquio.

   -Yo haré lo que quieran ustedes –responde el chiquillo en plan de hijo estrictamente obediente.

   -Eso lo damos por descontado, pero lo que queremos saber es lo que te gustaría a ti. Te explico lo que nos ha contado la tía Emilia.

   Y el padre describe al chaval las distintas opciones que va a tener en cuanto sea bachiller elemental. Para lo que hay un condicionante fundamental: que vaya a estudiar lo que sea deberá hacerlo en el pueblo, pues no tienen el dinero necesario para poder pagar su estancia fuera de casa. Y, claro, ese condicionante restringe los estudios que podrá cursar. La información entristeció al chico, pues uno de sus anhelos era el de poder estudiar en plan oficial, lo que suponía tener que ir todos los días a clase de un centro docente, tener compañeros de clase, recibir las enseñanzas de unos profesores que supieran de su materia; en definitiva, llevar la vida de un estudiante normal. Y ello, porque uno de los secretos que el muchacho guardaba en lo más hondo era que estaba cansado de estudiar por libre. Estaba cansado de tener que aprendérselo todo de memoria. Estaba cansado de no tener con quien hablar de las pequeñas incidencias del día a día. Estaba cansado de tener que jugarse el esfuerzo de todo un curso en un examen de unos cuantos minutos. Pero tenía una idea aproximada de cuál era la situación económica de la familia y era consciente de que pedirle peras al olmo era pedir un imposible. Así que se resignó, y centró su atención en las posibilidades que padre iba desgranando.

   -… y al final, los únicos estudios que podrías hacer sin irte de casa son los de Perito Mercantil, pues te valdría ser bachiller elemental para matricularte cómo alumno libre en la Escuela de Comercio de Castellón –El muchacho, que era la primera vez que oía hablar de tal carrera, formuló una pregunta cargada de lógica.

   -Y para ser Perito Mercantil, ¿qué hay que estudiar?

   -Las materias fundamentales son–y padre, desplegando la nota que le dio Emilia, lee-:Contabilidad y Teneduría de Libros, Derecho Mercantil, Correspondencia Comercial, Mecanografía y Taquigrafía, Cálculo Mercantil y Álgebra, Economía y Legislación, y Geografía Comercial, –el chico puso un gesto compungido al oír la retahíla de materias, de las que solo le sonaba la de contabilidad y el cálculo, las demás le eran totalmente desconocidas.

   -Debe de ser una carrera muy difícil. Y no creo que de todo eso sepan ni don José ni don Domingo –apuntó el chiquillo, que agregó-: Y tampoco estoy seguro de que yo solo pueda llegar a aprenderme esas asignaturas, pero…

   -¿Pero qué? –le apremia padre.

   -Que a mí me gusta estudiar, y me gustaría más estudiar una carrera, la que fuese, como estudiante oficial.

   -Lo comprendo, hijo, pero como te hemos explicado no nos es posible pagarte la estancia en una pensión, por eso si quieres seguir estudiando ha de ser sin salir de casa. Entiendo que no es lo ideal, pero con esos bueyes tendrás que arar. Es lo que hay.

   -Ya. Lo que no me ha quedado claro es porque no puedo estudiar para maestro como era el plan que tenían cuando comencé el bachillerato. Hacer hasta cuarto y luego estudiar los tres años de magisterio también como alumno libre.

   Padre repitió al chiquillo lo que les contó la tía Emilia sobre el nuevo plan de la República para los estudios de magisterio, lo que suponía tener que asistir a la Escuela Normal y, por tanto, no poder estudiar por libre. Además de que también suponía cursar el bachillerato superior. Lo que significaba estudiar hasta los veinte años al menos. Al chico estudiar hasta esa edad le pareció un sueño maravilloso, incluso aunque fueran más años, porque metido entre libros era como se sentía más feliz y realizado, pero como todos los sueños al fin quedaron en nada. Al final, Zaca pidió a sus padres si podía decidirse después de acabar cuarto, y así lo resolvieron. ¿Y ahora, qué? se quedó sin respuesta.

   Así es como se marchó Zaca al Mas del Canònge, sin saber qué podrá estudiar cuando acabe cuarto, aunque como suelen decir los mayores en un año pueden ocurrir mil y un hecho que te cambia la vida, tampoco se preocupa demasiado. Ser fatalista a veces genera paz.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 53 de la novela “El masover” titulado: El Mas del Canònge