martes, 6 de enero de 2026

53. “El masover”. El Mas del Canònge

   El viaje al Mas del Canònge se le hace eterno a Zaca Clavijo. Aupado en la silla de montar de la mula le da la impresión de que la distancia al suelo es muy superior a la que le ha dicho el mayoral. Y teme que como se caiga se pueda romper la crisma. La mula va al paso que le marca Valerio que la lleva del ronzal pero, aun así al muchacho le parece que anda muy deprisa. Y mantenerse erguido no es tan sencillo como ha dicho el masovero. Encima, mucho antes de recorrer la mitad del camino, ya le duele la entrepierna por su roce con la silla, por lo que piensa que estará mejor yendo a pie que montado.

   -Señor mayoral, por favor –“Hay que cuidar los modales, que sepa que eres un chico bien educado” -se dice-, ¿podría parar un momento?

   -¿Qué te pasa, hijico? –es el primer aragonesismo que se le escapa a Valerio-.Y no me llames señor mayoral. Es ridículo. Llámame mayoral o Valerio, como prefieras.

  -Quiero bajar, si a usted no le importa. Me gustaría andar un rato. Y sepa que señor se lo digo a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno como es su caso.

   -¿Prefieres caminar? Bueno, tú verás, aunque llevas mal calzado para andar por estas trochas. Debías calzar botos o abarcas y no las alpargatas que llevas –y, deteniendo la mula, coge en volandas al chico y lo deposita en el suelo-. Y eres más redicho que un seminarista, chaval. ¿Todos los muchachos de tu pueblo son igual de relamidos que tú?

   -No sé qué ha querido decir con eso de relamido.

   -Pues algo así como demasiado finolis. ¿Y tú estás estudiando el bachillerato? ¿Pero que coño os enseñan a los bachilleres?

   -Es que emplea usted unas palabras que no son corrientes –En ese momento, Zaca tropieza con una piedra y se da de bruces en el suelo. Valerio lo coge del  cinturón y lo levanta como si fuera una pluma.

   -¿Te has hecho daño, mocete?

   -No, señor Valerio. Solo me he raspado un poco la espinilla –Miente el chico, pues si se ha hecho daño, pero en su amor propio por su desmañado tropiezo.

   -Espera, te echaré un poco de vino en el rasponazo, no sea que se te vaya a infectar. Y aprende que para ir por las veredas por las que vamos hay que levantar los pies, no debes arrastrarlos como si fueras por una calle del pueblo en la que el piso es llano como la mano. Y llevar un calzado fuerte como antes he comentado. Serás medio bachiller, pero para andar por el monte tienes mucho que aprender.

   -Gracias por los consejos, señor Valerio. Lo del calzado fuerte no lo sabía. Como dice padre, no te acostarás sin saber una cosa más.

   -En lo de finolis creo que me he quedado corto. ¿Pero sabes qué? Eres un chaval educado. En lo que llevamos de camino me has pedido las cosas por favor una docena de veces. Y gracias me lo has repetido otras tantas. Serás relamido, pero también bien educado, todo hay que decirlo para ser justos.

   -Madre suele decir que de bien nacido es ser agradecido.

   -¿Siempre eres tan refranero?

   -Solo cuando hace falta serlo, señor Valerio.

   -¿De verdad te parezco un señor?, chaval.

   -No es que me lo parezca, es que lo es. Y como así lo creo, por eso se lo llamo.

   -¡Vaya, hombre! No sabes andar por el monte, pero lo que son palabritas no te faltan. Algún día serás un buen abogado o un buen cura, te lo dice Valerio Ariza.

   -Cura, desde luego, no. Y abogado ya me gustaría, pero creo que tampoco. Si llego a maestro de escuela o a perito mercantil me daré con un canto en los dientes. Por cierto, ¿sabe lo que significa Valerio en latín?

   -Ni repajolera idea, mocete. No sé de latines, pues no estuve en un seminario. Lo más cerca que he estado de una sotana fue cuando hice de monaguillo y aquello duró poco, ya que el sacristán me echó de la escolanía cuando descubrió que me bebía el vino de consagrar.

   -Pues Valerio procede del latín valere y significa valer, ser fuerte o valiente.

   -¡La leche que te dieron, chaval! Se nota que estudias pa bachiller. Nadie me había explicado lo del nombre. ¿Sabes qué? Estás empezando a caerme bien. Serás relamido y más redicho que una vieja, pero sabes tratar a la gente con respeto y, para lo jovencico que eres, hablas como si ya hubieses hecho la mili. Creo que haremos buenas migas.

   -Otra pregunta, si no le molesta, señor Valerio. ¿Por qué se llama el Mas del Canónigo?

   -Eso mejor se lo preguntas a la señora Julia que te lo contará con pelos y señales. Lo que sé es que, al parecer, uno de sus antepasados, el que fundó el Mas, era canónigo.

   -Si era canónigo no puede ser un antepasado. Los curas no tienen descendencia.

   -¡Ay, hijico, qué poco sabes de la vida! Habrá que espabilarte. Los curas, aunque lleven sotana, no dejan de ser hombres y los canónigos no digamos.

   Antes de llegar a la masía, el mayoral y el estudiante han charlado de mil y un temas. La conversación ha servido para que Zaca descubra que Valerio no es un tipo cazurro e ignorante, como creía que lo son todos los masoveros. Al contrario, es hombre de palabra fácil y tiene conocimientos de multiplicidad de cuestiones de la vida real y de la naturaleza que, en buena parte de casos, superan con mucho a los del chaval. Y buena prueba de ello es que, en diversos momentos del viaje, le ha ido explicando la naturaleza de diversas plantas y bichos con los que se han cruzado. El diálogo ha servido, además de para conocerse mejor, para que el viaje se les haya hecho mucho menos fatigoso y en un tiempo que a ambos les ha parecido corto avistan el Mas.

   -Ahí lo tienes, el Mas del Canònge. Y como me caes bien, te diré algo que deberás tener muy en cuenta: a la primera que has de tener contenta es a la señora Julia, que así es como se llama la abuela. Los demás bailamos al son que ella toca. Si te la ganas, habrás logrado las dos orejas y el rabo, como los buenos toreros. Y para eso, di a todo lo que te indique que amén, pero luego haz lo que tengas que hacer. La Julia tiene más genio que un sargento de carabineros, por eso solo respeta a los que demuestran que los tienen bien puestos. Y cuentas con una ventaja: palabras no te faltan, solo tendrás que demostrar que además del palabrerío tienes lo que hay que tener. Cojones, vamos. Aunque no sé…, pareces demasiado remilgado –Zaca no sabe que significa remilgado y está en un tris de preguntárselo al mayoral, pero se contiene; “Mejor será -se dice- que busque esa voz en el diccionario de Sopena”.

   Cerca ya de la masía, Zaca ve lo que parece ser un horno de cal y, como hace rato que han dejado de charlar, pregunta:

   -Señor Valerio, eso es un horno de cal, ¿verdad?

   -Sí, señor. La mayoría de masías grandes como el Canònge, suelen tener cerca de casa un horno de cal. Sirve para calentar la piedra caliza y convertirla en cal que se usa para rebozar las paredes internas y también para encalar las paredes externas de la casa como medida higiénica y decorativa.

   -Y la masía, además de la casa, ¿tiene otras dependencias?

   -Naturalmente, hay corrales para las caballerías, las vacas, para la cría de conejos, gallinas, ocas y pocilgas para los cerdos. También existen espacios para guardar herramientas, pajares, lavaderos, almacén de leña… Y como en todas las masías, hay una era para trillar, un granero, un pajar, un estercolero. Y por haber, hasta hay un lagar y un espacio para guardar toneles y botas. El Canònge es más que una masía corriente, es muy grande y muy completo.

   Al poco, aparece un perro ladrando por todo lo alto que, en cuanto huele al mayoral, deja de ladrar y se le acerca moviendo el rabo.

   -Vaya recibimiento, Careto. Ven y olisquea al mocete. Chaval, para ganarte al Careto de vez en cuando has de guardarte un trozo de tocino o panceta para él. Verás que pronto se hace tu amigo. Eso que se dice de que el perro es el mejor amigo del hombre es una filfa, son amigos nuestros porque les llenamos la andorga.

   -Eso me recuerda lo que a veces dice madre: bocado comido no gana amigo.

   -¿Te sabes todo el refranero o solo lo haces para impresionarme?

   -Qué cosas dice, señor Valerio. Tengo una duda. Bueno, tengo muchas, pero esta es ahora el momento de dilucidarla.

   -¡Dilucidarla!, vaya palabro. Te aconsejo que con la gente del Mas no manejes esa clase de palabrerío porque no te va entender ni Dios. ¿Cuál es la duda?

   -A los señores Villalonga y a la abuela Julia, ¿les beso o les doy la mano?

   -Hombre, tú que eres tan refranero, ¿no te sabes aquel que dice: dónde fueres haz lo que vieres? Pues aplícate el cuento.

   La primera impresión que le produce al muchacho la masía es la de una fortaleza medieval, de las que aparecen en los libros de historia. No porque tenga fosos ni puentes levadizos ni almenas, sino por la sensación de reciedumbre que transmite su amazacotado contorno. Desde otra perspectiva también parece una señorial casa de campo, y su aire rural no impide vislumbrarla con una cierta aura de edificio residencial. Es una construcción robusta, con gruesos muros de piedra, techo a dos aguas cubierto con tejas y con canalizaciones para aprovechar el agua de lluvia que, como sabe Zaca, se guarda en cisternas, pues en la Fábrica ocurre lo mismo. Tiene muchas ventanas aunque pequeñas, y el portón de entrada, de madera y refuerzos de hierro, tiene más pinta de acceso a una fortaleza militar que a una casa de campo. La fachada principal está orientada al sur para aprovechar al máximo las horas de sol y evitar los fríos vientos del norte y el oeste.

   -Esas paredes –explica el mayoral- son las que mantienen el interior del caserón fresco, incluso durante los veranos más calurosos.

   Enfrente de la construcción principal hay dos casitas y a los lados se ven otras edificaciones que igual pueden ser establos que graneros o pajares. El Mas está rodeado de alargados bancales ocupados por diversos cultivos y, algo más alejado, se avista un bosquecillo en el que se mezclan pinos piñoneros, encinas y también se ven, aunque en menos cantidad, sabinas, madroños y quejigos. En los claros abundan las jaras, el romero, el tomillo y otras hierbas que el chico no conoce. El camino por el que han llegado termina formando una pequeña plazoleta ante la puerta principal.

   Los masoveros han debido de ser avisados de la llegada de los viajeros, pues están esperándoles a la puerta de la masía. El grupo está formado por el señor Manuel, sentado en una rústica silla de ruedas, a su lado la señora Paca y junto a ella Paquita.

   -Bienvenido, Zaca. ¿Qué tal el viaje, te has cansado mucho? –Es la señora Paca la que le saluda.

   -¡Que va! Hemos venido hablando todo el trayecto y el viaje se me ha hecho cortísimo. Mis padres les envían un saludo y antes que nada he de darles las gracias por su invitación. ¿Cómo está usted, señor Manuel, se encuentra mejor de lo suyo? Y tú, Paquita, te veo muy bien.

   -Ya lo comprobarán, señor Manuel y señora Paca, el mocete es más cumplido que un duelo. Y palabras tiene para dar y tomar. Se nota que es casi bachiller –afirma el mayoral.

   El señor Villalonga, carraspea y con voz un tanto ronca saluda al chico, al tiempo que le tiende la mano.

  -Benvingut al Mas, fill meu. Estoy contento de que estés entre nosotros. Espero que te lo pases bien –y ya no vuelve a decir ni pío. La señora Paca abraza al chico y le planta dos besos en las mejillas.

   -Las gracias te las damos a ti por venir. Como ha dicho Manuel, yo también espero que te lo pases bien. Tu familia está bien de salud, ¿verdad? Bueno, Paqui, ¿y no le dices nada a quien va a ser tu maestro?

   La muchacha musita algo ininteligible, se supone que como saludo. El arrebol de sus mejillas es de un rosado tan intenso que recuerda una amapola. Zaca opta por no preguntarle, pues es obvio el nerviosismo y la vergüenza de la chiquilla. Le da la mano que la masoverita estrecha con torpeza. “Tiempo habrá –piensa- de hablar con ella”.

   -Ven conmigo –le dice Paca-, que la abuela también quiere darte la bienvenida –la masovera lleva al chico a lo que parece un modesto cuarto de estar donde está la abuela anotando cifras en lo que puede ser un libro mayor. Hay otra mujer cosiendo, a quien Zaca no conoce. Julia, al verle, se levanta y abraza al muchacho.

   -Cuanto me alegro de verte, Sacarietes. ¿El viaje, bien? ¿Y tus padres? Esta es la señora Concha, la esposa del señor Valerio –y dirigiéndose a Concha añade-: Este muchacho, ahí donde lo ves, es medio bachiller y será quien le haga escuela a mi nieta –Y, volviéndose a Zaca, agrega-: Estás hecho un tirillas, tendremos que ponerle carne a esos huesos. De eso se va a encargar la señora Concha. Si cuando te vayas no pesas, al menos, media arroba más que ahora será señal de que no lo habremos hecho muy bien. Pero bueno, hija, tienes que enseñarle su habitación. Lo mismo quiere asearse un poco antes de cenar –Y otra vez, se vuelve al muchacho-. ¿Te gustan las codornices en escabeche? ¿Qué no las has probado nunca? Esta noche las vas a catar, verás cómo te gustarán. Hala, llévale a su cuarto y que descanse.

   El muchacho percibe desde ya lo que le ha explicado el mayoral: allí la que lleva los pantalones es la abuela Julia. Y parece ser de las de ordeno y mando. Tendrá que andar sobre aviso si quiere que su estancia sea lo más plácida posible, pues como diría padre recordando su mili en la Marina: donde hay patrón no manda marinero. Y aunque él no forme parte de la tripulación del Mas, pues es un invitado, tendrá que ir ojo avizor a lo que indique la patrona de aquel caserón. “Espero -se dice- no meter el remo demasiadas veces”. Y aunque su religiosidad es escasa, y por lo que pudiera pasar, se encomienda a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles. Quizá la santa le tenga que echar una mano, porque tanto el Mas del Canònge en sí, como sus moradores le parecen un desconocido y cerrado libro del que no sabe que encontrará en sus páginas a medida que lo vaya leyendo. “Será cuestión -se dice- de hacerlo poquito a poco, así podré rehacerme cuando meta la pata, y mejor si no la meto. Bueno –acaba pensando-, ya estoy aquí, ahora a esperar que los dos meses pasen pronto y pueda volver al pueblo y olvidarme del Mas del Canònge y de su gente”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 54 de la novela “El masover” titulado: Codornices en escabeche

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