Zaca está colocando los libros que ha traído al Canònge en las estanterías de su habitación cuando llaman a la puerta. Es Paquita.
-Zaca, van a servir la cena.
-Estoy guardando mis cosas –el chico echa una ojeada al despertador que tiene encima de la mesita de noche-. Son las ocho, ¿no es muy pronto para cenar?
-En el Mas, cenamos pronto, pues nos levantamos muy pronto. Las horas de las comidas son diferentes de las del pueblo. Desayunamos, almorzamos y cenamos antes, ya que vamos con el sol. Enseguida te acostumbrarás. ¿Vamos? –es la parrafada más larga que le ha oído a la muchacha, que parece que ya no está tan cohibida al hablar con él.
La primera cena en el Mas ha sido pantagruélica, comparada con lo que se suele cenar en casa de los Clavijo. Zaca piensa que si habrá sido para impresionarle. Han comenzado con una sencilla sopa de ajo, a la que han acompañado boquerones en vinagre, tortilla de ajetes, codornices en escabeche con patatas panaderas y, para terminar, lo que se conoce como el postre del músic; que el chico no sabe qué es y cuando va a preguntarlo ya lo han servido, y resulta que son higos secos con almendras. El muchacho ha tenido que hacer de tripas corazón para comerse cuanto le han puesto en el plato. Y menos mal que Paca ha avisado a la señora Concha, que es la que sirve la comida:
-Concha, no le ponga el plato colmado a Zaca. Su madre me ha dicho que no suele cenar mucho. No sea que en su primera noche tenga una vomitona.
Y a todo eso, dos hogazas de pan candeal van y vienen de un extremo a otro de la mesa, y de las que cada comensal corta una gruesa rebanada con la navaja cabritera o de Albacete que todos parecen tener. Zaca sigue con la misma rebanada que la señora Concha puso junto a su plato al comienzo de la cena, y a la que de vez en cuando le trincha una miguita. “Como jalan –piensa el chico-. Más que comer, devoran. Y sin embargo, salvo la abuela, los demás son más bien enjutos. Deben de trabajar mucho. Si me pongo en plan fetiller voy a ser el hazmerreír”. Aunque es quien más tarda en rebañar su plato, nadie le ha dicho afanya´t, la odiosa expresión que le ha acompañado en su infancia, y es algo que agradece. Lo que sí han hecho los comensales ha sido coserle a preguntas. Tener que contestar le ha servido como excusa para no terminar alguno de los platos que le han servido. Las interpelaciones han sido de lo más variado. Unos interrogantes ha sabido contestarlos, otros no ha sido capaz y unos pocos se le han atragantado, como cuando la abuela Julia –la más incisiva- le ha preguntado:
-¿Y cómo andas de novietes?, porque supongo que los bachilleres debéis estar muy cotizados. Al menos, así lo recuerdo de cuando era moza. Entonces se decía: para hacerse con un bachiller has de ser toda una mujer -Todos se han reído ante la pregunta de la abuela, con la excepción de Paqui que, por primera vez, ha intervenido y lo ha hecho para reconvenir a Julia.
-Abuela, que cosas preguntas. ¿Cómo va a tener novia, si solo tiene meses más que yo? No le queda tiempo para esas bobadas, se dedica solo a estudiar, que es lo suyo. O sea, que de novietes, nada, supongo.
El chico agradece con una sonrisa la intervención de la muchacha y se dice “La abuela mandará mucho, pero al menos hay una persona que se atreve a llevarle la contraria. Bueno es saberlo”. Paqui no solo ha frenado a su abuela sino que, para cambiar el sentido de la charla, pregunta a Concha:
-Señora Concha, me ha dicho más de una vez que me explicaría como guisa las codornices en escabeche. Como las estamos cenando, creo que es buen momento para hacerlo.
La matrona duda unos segundos y antes de hablar mira de reojo a la abuela que le hace un encubierto gesto de asentimiento. Gesto que no pasa desapercibido a Zaca. “O sea, que la tal Concha -se dice- pide permiso a la abuela antes de hablar. Caray, como controla esta mujer la situación”. Una vez obtenido el plácet, Concha, se explaya:
-Utilizo los siguientes ingredientes y cantidades para las personas que comemos habitualmente en esta mesa. Aceite de oliva virgen, un buen chorro. Vino blanco, otro chorro hermoso. Vinagre que no falte. Unas pocas zanahorias. Algo de cebolla. Como cuatro dientes de ajo. Una o dos ramas de tomillo fresco. Lo mismo de perejil y de laurel. Pimienta negra en grano, sal al gusto. Y unas veinte codornices porque aquí, los caballeros, a veces con dos no tienen suficiente. En lo que es propiamente el guiso, comienzo limpiando los pájaros de grasilla y plumas. Luego, en una cazuela pongo aceite a calentar en el que las doro. Una vez doradas, las retiro y las reservo. Quito la mitad del aceite y pongo la cebolla picada en trozos grandes, las zanahorias peladas y en rodajas, el tomillo, el laurel, el perejil y los dientes de ajo. Añado también unos granos de pimienta y de nuevo las aves, rehogándolo todo junto durante un cuarto de hora a fuego medio. Después, añado vino blanco, vinagre y agua hasta cubrir las codornices y lo cuezo todo junto y tapado a fuego lento durante una hora. Y ya está.
-Concha, ¿y las sirve como hoy? –pregunta Paca.
-Sí. Las codornices en escabeche es mejor servirlas frías acompañadas por su propia salsa. Y si se conservan en un recipiente bien cerrado duran unos días retirando las verduras.
Zaca piensa que la descripción debe de ser buena, pues las aves están sabrosonas, pero en lo que se refiere a las cantidades de los ingredientes la receta es de lo más chapucero que ha oído. Ni siquiera madre, que no es gran cocinera, hubiese explicado una formulación como lo ha hecho la señora Concha, indicando las medidas a ojo de buen cubero. Después de una corta sobremesa, pues parece que en el Mas tienen la costumbre de acostarse pronto, y tras despedirse con un apagado buenas noches, el muchacho regresa a su habitación donde hace una recopilación de lo que ha deducido de su primera comida en la masía. Se confirma que la abuela Julia es la que lleva los pantalones en la familia y que solo su nieta se atreve, si no a enmendarle la plana, sí a plantearle algún pero. El señor Villalonga sigue siendo un enigma, porque solo ha abierto la boca para comer, debe ser que la enfermedad le tiene muy mermado; prueba de ello es que las dos codornices que le han servido las ha deshuesado su esposa y se las ha partido en pequeñas porciones. La señora Paca parece que es la que hace el papel de nexo de unión entre los miembros del clan y la que templa gaitas, aunque no participa mucho en la conversación. Los que más charlan son la abuela y el mayoral y, en muchos momentos de la noche, la conversación ha sido un coloquio entre ambos. Paquita apenas ha hablado, pero es la que más atención le ha prestado, aunque mirándole de reojo. La señora Concha, salvo la explicación de la receta, igualmente ha participado poco en el diálogo. Y un matrimonio, relativamente joven, que le han presentado como Anselmo y Pili, sobrinos del mayoral, no ha abierto la boca, al igual que sus tres hijos pequeños sentados muy modositos junto a sus padres. Aparte de la escasa información que ha obtenido de lo que se ha hablado en la cena –sobre todo cuestiones referidas a las actividades que se desarrollan en la masía-, el muchacho ha descubierto que Julia y el señor Manuel duermen en sendas habitaciones ubicadas en la planta baja. La señora Paca y Paquita lo hacen en la primera. El dormitorio en el que le han colocado está en la segunda planta. Al parecer, hay una tercera planta, una especie de desván, que todavía no conoce, y en la que cuelgan los embutidos de la matanza en cañas para secarlos, y guardan herramientas que no suelen utilizar con frecuencia, tales como almohadillas, horquillas, collares, reatas, cuñas, vertederas, trillos, acarreadores, banastos y un largo etcétera.
Lo que no ha descubierto es donde duermen el mayoral y su esposa y el matrimonio joven y sus hijos. Tampoco es que le interese demasiado. Lo que sí le ha sorprendido es que el matrimonio Villalonga duerma en habitaciones separadas. Creía que los esposos siempre dormían en la misma alcoba, aunque tras meditarlo cree que la separación puede ser debida a la enfermedad del marido, pues su movilidad es bastante reducida y no está como para subir escaleras. En cuanto a la habitación en la que le han acomodado no es muy grande, pero está aceptablemente amueblada. Como mueble principal tiene una cama de hierro estrecha, pero el colchón es blando y debajo del mismo hay un aparatoso orinal de loza. Al lado de la cabecera hay una estrecha mesilla de noche, encima se ve un candelero con una sola vela y al lado una cajita de cerillas. En una esquina hay una jofaina y un aguamanil de cerámica terciado de agua. Un espejo, más bien chico, está colgado en la pared. Otro mueble voluminoso es un viejo armario de nogal que hace el papel de ropero y donde ha encontrado un par de mantas y varias toallas. También hay una pequeña mesa de pino, barnizada, acompañada de una silla de enea. En dos de los laterales hay unas estanterías de obra, se supone que para guardar libros y cachivaches, donde se ven algunos libros, entre ellos identifica varias novelas de Emilio Salgari y un ejemplar de El libro de la selva. Debe de ser el que le contó madre que le regalarían. Además, el dormitorio cuenta con una ventana, más bien un ventanuco, que da a un lateral de la masía. Mientras recopila las imágenes y recuerdos de su primera moche en la masía, y aunque está cansado del viaje, piensa que le costará dormirse porque, como no está acostumbrado a las comidas copiosas, le cuesta digerir la cena, y las codornices escabechadas parece que se le han atragantado. Además, supone que extrañará la cama. Como acostumbra, tras acostarse lee un rato hasta que sienta sueño. Antes de abrir el libro de Kipling palpa con los dedos las tapas y el lomo, en un gesto que es una tierna caricia. Lo abre con sumo cuidado y va ojeando páginas, viendo para su deleite que el tomo tiene algunas ilustraciones, buena parte de las cuales son de Mowgli, el protagonista, y de su principal antagonista, el tigre Shere Khan. Lee sin prisas, saboreando la prosa del escritor angloindio, hasta que con las primeras luces del alba logra conciliar el sueño.
A pesar de que se ha acordado de poner el despertador, su sueño es tan profundo que no lo oye, hasta que la luz que se cuela por el ventanuco le despierta. Ha dormido a pierna suelta y se nota descansado. La única sensación que ahora siente es hambre, pese al atracón de la pasada noche. Al asomarse a la ventana ve que el sol está bastante alto. Mira el despertador: son las diez y media de la mañana. Se inquieta un tanto, pues el señor Valerio le contó durante el viaje que en el Mas se madruga mucho, porque antes de que desayunen las personas hay que dar de comer a los animales del corral y ordeñar las vacas o, en su caso, las ovejas y las cabras. Se lava cara y manos y se cepilla los dientes, pues anoche se le olvidó hacerlo. Se viste con premura y duda que calzado ponerse. Piensa que unos zapatos no deben de ser son los más adecuados para andar por la masía, así que se decide por las alpargatas con suela de esparto. Ni en la escalera ni en la planta baja se ha tropezado con nadie. Oye ruidos en la cocina y a ella se dirige. Allí encuentra a la señora Concha y a la mujer joven, que recuerda como Pili, que andan trajinando en los fogones.
-Buenos días, señora Concha y compaña. Creo que se me han pegado las sábanas.
-Buenos días, hijico –al oír el diminutivo, el muchacho piensa que Concha también debe ser aragonesa como su marido-. La señora Paca ha mandado que no te despertáramos. Que tendrías que estar cansado tras el viaje y que debías dormir lo que el cuerpo te pidiera. ¿Tienes hambre?
-Sí, señora. Para que voy a decirle lo contrario. Sospecho que la gente debe de haber desayunado.
-Natural, son casi las once –dice Concha, señalando un viejo reloj de pared adosado a uno de los laterales de la cocina-. ¿Qué sueles desayunar? Aunque te aconsejo que no hagas un desayuno fuerte, pues en poco más de una hora almorzaremos.
-Normalmente, desayuno una rebanada de pan con manteca y azúcar y un tazón de leche caliente.
-Te lo preparo al momento. Siéntate. ¿Quieres un poco de panceta que ha sobrado de nuestro desayuno? Pili te la calienta enseguida. –Y, dirigiéndose a la mujer agrega-: Este es el chico que le va a dar escuela a la Paquita. Ahora que lo tienes a tiro, pregúntale lo de tus chicos -Pili, tras secarse las manos en el delantal, le tiende la mano al muchacho que se la estrecha con torpeza y le comenta a qué se refería Concha con lo de los chicos.
-No sé si se lo ha dicho mi tía, pero soy su sobrina. Bueno, el sobrino carnal es mi marido. Verá, usted. Tengo tres críos, la mayor de doce años, el segundo de diez, y el más chico de cuatro. Lo que quiero lo tengo hablado con la señora Julia, que me ha dicho que con quien lo tengo que tratar es con usted.
-Al grano, Pili –le insta Concha.
-Pues que he pensado; bueno, mi marido también, que si no le importaría que, al tiempo que le da escuela a la Paquita, se la diera también a mis críos, sobre todo a los dos mayores que, pobrecicos, apenas han pisado una escuela. Yo le correspondería como se merece.
A Zaca le incomoda que la tal Pili le hable de usted, a la par que está perplejo, pues nadie le habló de tener que enseñar a otros alumnos. Y más a unos a los que adoctrinar en los rudimentos de la lectura y escritura. No sabe qué contestar, solo piensa que le están poniendo en un aprieto, pues no cree estar preparado para alfabetizar a unos críos, lo que acrece la inseguridad en su capacidad como docente. Una cosa es que sea bueno como estudiante, pero no sabe si lo será como maestro. “En buen berenjenal me he metido”, se dice. Comienza a arrepentirse de haber aceptado tan a la ligera la invitación para ir al Canònge. “Vaya veranito que me espera -piensa- si tengo que desasnar a unos críos. A ver cómo me quito este muerto de encima. Porque una cosa es redondear los conocimientos de Paqui y otra muy distinta repetir lo de la pe con la a se lee pa”. Y se da un tiempo para contestar, ya que en principio no sabe cómo salir del atolladero en el que, sin comerlo ni beberlo, le acaba de meter la sobrina de la señora Concha. La tal Pili, tras su petición, se le ha quedado mirando esperando su respuesta. Y el tímido e inseguro muchacho cuando le meten en un aprieto suele ponerse nervioso y le cuesta decidirse. “¿Qué le contesto”, se dice.
PD.- El próximo martes publicaré el episodio 55 de la novela “El masover” titulado: El Canònge no solo es un mas, es una empresa
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