martes, 23 de diciembre de 2025

51. “El masover”. El mayoral

    La decisión del primogénito de los Clavijo de aceptar impartir clases de cultura general a la pubilla de los Villalonga, en el Mas del Canònge durante el verano, coincide con el final de las clases del repaso de doña Carlota, al que asiste Paquita. Tras lo cual, la chiquilla y su madre regresan al Mas hacia el veintitrés de junio. Días después los Villalonga mandan recado que en unos días enviarán a su mayoral a recoger a Zaca. Y, en efecto, el veintisiete, cerca del mediodía, se oye en la puerta de los Clavijo una voz grave que pronuncia la fórmula tradicional de acceso a un hogar. Fórmula que las veleidades laicistas de la República ha arrinconado y ha cambiado por la expresión Salud y República que sirve, entre otras muchas situaciones, para anunciarse, pero que no es la que ha utilizado la desconocida voz, sino la que hasta ahora se ha empleado.

   -Ave María Purísima.

       -Sin pecado concebida -contesta Rosario, quesale presurosa, pues no ha reconocido la voz.

   El desconocido no ha pasado del pasillo que hace de recibidor. Debe rondar los cincuenta y tantos y es más bien bajo, aunque recio. Tiene un rostro de rasgos duros, pero su mirada es directa y franca. Su actitud es la de un hombre resuelto, pero al mismo tiempo tranquilo y sosegado. Lleva chaqueta y pantalón de pana, ambas prendas bastante gastadas pero limpias, y calza unos fuertes botos camperos. En cuanto aparece Rosario se ha quitado la pequeña boina negra con la que se cubre, lo que muestra que la alopecia le va a dejar sin pelo en pocos años. Tras saludar respetuosamente al ama de la casa, el visitante se identifica:

         -Buenos días tenga, señora. Soy Valerio, el mayoral de los señores Villalonga. He venido porque tengo el encargo de llevar al Mas del Canònge de Benlloch a un chico llamado Zacarías Clavijo. ¿Es usted su madre? –Ante el gesto afirmativo de Rosario, prosigue-: Mucho gusto, señora. Pues como le decía, vengo por su hijo para llevarlo al Mas. En cuanto esté preparado y tenga el equipaje hecho nos iremos, salvo que ustedes decidan otra cosa. Ese es el encargo que me han hecho los amos.

   -Le estábamos esperando, pero no se quede ahí. Pase, por favor –Rosario lo lleva al comedor-. Siéntese, tenga la bondad. ¿Quiere tomar algo? ¿Un café, una copita, unas galletas?

   -Gracias. Un café no estaría mal. Solo y sin azúcar -el hombre sigue mostrándose respetuoso, pero sin perder un ápice de aplomo.

   -Voy a llamar al chico. Está con su padre dando de comer a los animales –Rosario envía a Charito al corral con el recado y, volviéndose al visitante, le explica-: El café es de puchero, pero es auténtico, no achicoria. Y, por si le apetecen, estas son galletas de avena que horneé ayer. A la señora Paca le gustan mucho.

   -Gracias, señora, pero con el café me vale y, si es posible, también un vaso de agua.

   Al momento llegan padre e hijo, tras ellos Pedrito que lleva de la mano al pequeño Chimet y, cerrando la comitiva, Charo. Rosario hace las presentaciones y el señor Zacarías, tras estrechar la mano del mayoral, sugiere que, dado lo avanzado de la mañana, se quede a almorzar con ellos.

   -Se le agradece, señor Zacarías, me gustaría, pero no puedo. Una de las mulas que he traído perdió una herradura en el viaje. La he dejado en la herrería de Letancio para que la hierren y tengo que recogerla. Lo que sí les agradeceré es que no se demoren mucho en almorzar, pues nos espera una jornada larga hasta el Canònge ya que, además, hemos de pasar por el Mas de Tena y eso nos hará dar un rodeo –el hombre saca un reloj de bolsillo y comprueba la hora-. Son las doce menos cuarto. Sobre las dos y algo pasaré a recoger al… -vacila un instante, no sabe cómo llamar al chico- a su hijo. Salvo que dispongan otra cosa, pues la señora Paca me ha insistido en que me ponga a su disposición. Ustedes dirán.

   -Lo que usted quiera, Valerio –El señor Zacarías no resiste la curiosidad y pregunta-: Por su manera de hablar y su acento, juraría que es usted aragonés y más bien de la provincia de Teruel que de la de Zaragoza o de la de Huesca.

   -Buen oído tiene. Sí, señor. Soy maño y a mucha honra. En concreto de la comarca de Albarracín.

   -Buen pueblo y buena gente. Somos casi paisanos. Yo procedo de Alcalá de la Selva, de la comarca de la sierra de Gúdar.

  -También a los de esa zona hay que echarles de comer aparte. Bueno, me perdonarán, pero he de ir a ver si la gente de Letancio ha herrado la mula y puedo recogerla.

   -Perdone, señor Valerio… -el mayoral corta a Rosario.

   -El señor sobra si no le molesta. Valerio a secas o, si prefiere, mayoral.

   -Perdone, Valerio, quisiera enseñarle el equipaje del chico, no vaya a ser excesivo.

   -No es necesario, no pase cuidado por el número de bultos. He traído dos mulas, una aparejada con silla de montar, y otra con alforjas, y por mucho bagaje que lleve el mocete en los serones habrá espacio para todo. ¿Alguna otra pregunta antes de irme?

   -Si no le importa –es otra vez madre-, añadiré un saquito con unas cosillas para matar el gusanillo por si la noche se les echa encima y sienten gazuza.

   -Puede usted añadir lo que le parezca bien, pero antes de que el sol se ponga, Dios mediante, estaremos en el Mas y tendrán la cena preparada. Si ustedes no quieren nada más, me despido hasta dentro de dos horas y pico. Queden con Dios –dicho lo cual, el visitante abandona la casa.

   A Zaca le hubiese gustado preguntarle al mayoral varias dudas que tiene, pero no se ha atrevido a interrumpir la conversación entre mayores. Y el tal Valerio, no sabe por qué, le ha intimidado; da la impresión de ser hombre que va al grano y al que no le gusta perder el tiempo. “Si éste es el que me va a enseñar no sé cuántas cosas, estoy arreglado, no parece ser de los que tengan demasiada paciencia”, se dice. En el almuerzo, los Clavijo asaetean al hijo mayor con los postreros consejos antes de su marcha.

  -Vas como invitado de los Villalonga. Pórtate bien en todo momento, se educado y no faltes el respeto a los mayores. Ah, y trata con mucha cortesía a la abuela Julia, que creo que es la que maneja la vara de mando –aconseja padre.

   -Después de levantarte, orea unos diez o quince minutos la cama y luego la haces. Y en todo momento se muy limpio y ensucia lo menos que puedas –son los consejos típicos que pueden esperarse de una madre-. Y en la mesa pórtate con educación. Cuando te ofrezcan algo, por mucho que te apetezca, agradécelo pero contesta que no, y solo si insisten, acéptalo. Por la mañana o antes de acostarte, acuérdate de lavarte bien los dientes. He puesto tu cepillo y la pasta en el neceser que te compré anteayer en casa Ricardo.

  -Ah, Tete, y no te hurgues la nariz como hace Pedri, que madre dice que es muy feo –apostilla Charito que se suma al ruedo de las recomendaciones.

   El muchacho está un poco abrumado ante tanto consejo y tantas advertencias a sumar a las muchas dudas que ya tiene sobre como deberá comportarse en una familia a la que solo conoce por encima y en un entorno del que no sabe nada. No solo está abrumado, sino también temeroso de que su estancia en el Mas sea tan aburrida que los dos meses que ha de estar le puedan parecer dos años. Además, nunca ha montado en un mulo y le da vergüenza confesar que tiene miedo de caerse y de no saber conducir al cuadrúpedo. Pero, como acostumbra, se traga sus temores y lo que pregunta es una cuestión trivial.

   -¿Cada cuánto quieren que les escriba? Aunque no sé si en el Mas habrá buzón para echar las cartas.

   -Cuando quieras, pero no te preocupes por si hay o no buzón, que no creo. La señora Paca me dijo que una vez al mes, al menos, ha de venir al pueblo o mandará al mayoral para arreglar asuntos de las fincas que tienen aquí. Cuando vaya a venir, le das una nota para nosotros –explica madre.

   -Y si me aburro tantísimo que no puedo soportarlo, ¿qué hago?

   -Dudo mucho que llegues a ese extremo –afirma padre-. En un mas como el Canònge, no puedes imaginarte la de cosas que se pueden hacer y la de conocimientos que se pueden aprender. Estoy seguro de que no tendrás tiempo para aburrirte -Y madre, a lo dicho por padre, añade:

   -Ten en cuenta que, por lo que me ha contado la señora Paca el Mas tiene de todo: ovejas y cabras, vacas, cerdos, gallinas, conejos a mansalva y hasta ocas. Y el caserón de la masía es viejo, pero muy grande, y además hay establos, graneros, pajares, un horno de leña, un pequeño molino para prensar aceite y una gran alberca en la que hay patos. Como eres tan curioso, solo con explorar todas esas dependencias te va a llevar su tiempo. Como dice padre, puedes aprender muchas cosas que no sabes. Quizá en algún momento añores a tus amigos, pero de aburrirte nada. Y, además, te llevas muchos tebeos y libros, más los que te van a regalar los Villalonga como el Libro de la Selva –las buenas impresiones que los padres le pintan no acaban de convencer al muchacho que sigue con sus miedos y que, además, se va con la incógnita de qué va a poder estudiar cuando termine el cuarto curso.

   A las dos y pico de la tarde Zaca, que está  apostado en una de las ventanas del almacén, ve como el mayoral abre la puerta de la Fábrica que da a la calle y entra conduciendo dos mulas que le parecen altísimas. “Dios mío –se dice-, ¿y en esos animales tan grandes tendré que subirme? Como me caiga me voy a romper la crisma”. La valentía no es una de las virtudes del chico. La voz grave del mayoral vuelve a sonar en la entrada de casa.

   -Ave María, otra vez soy yo, el mayoral del Canònge -el señor Zacarías sale disparado a oír a su paisano.

   -Sin pecado concebida. Pase, pase, Valerio, le estábamos esperando.

   -Buenas tardes. Aquí me tienen. ¿Está preparado el mozo? ¿Ese es su equipaje? Chaval, que no te vas a las Américas –se chancea Valerio al ver la de bultos que hay en el recibidor: una maleta de cartón, dos envoltorios de tela, otros tantos fardos atados con cordeles y un saquito con viandas-, que estamos relativamente a poca distancia de aquí. Es un viaje de unas cuantas horas, no al fin del mundo.

   -Es que lleva muchos libros y cuentos –le disculpa madre.

   -Me parece bien, pero no sé si tendrá mucho tiempo para leer. En el Mas, los collados, los barrancos, las praderas, los cortados, los bosquecillos y las plantas y animales de roda clase te enseñarán más de la vida real que los libros. Pero no soy yo quien para aconsejarte que sea mala la lectura. Hay un tiempo para cada cosa –y en un cambio de tercio, agrega-: Si me disculpan, voy a acercar las mulas para cargar todos esos petates -Lo que parecía un excesivo bagaje, el mayoral, en un visto y no visto, lo acomoda en las alforjas de la mula roma que ha traído a la puerta de la casa.

   -Que apañado es usted, señor Valerio –le adula madre.

   -La práctica, señora, la práctica. Bueno, chaval, despídete de la familia que nos espera camino por delante.

   Zaca va besando a padres y hermanos como si partiera a tierras allende los mares. En puridad, salvo las temporadas pasadas en San Mateo con la tía Emilia, es la primera vez que va a estar tanto tiempo fuera de casa y un nudo se le ha hecho en la garganta, aunque procura aparentar un aplomo que no tiene. La tensión baja unos grados cuando Pedrito formula una última petición.

   -Tete, si allí hay, ¿te acordarás de lo que te pedí?

   -Pedrito, ¿qué le has pedido a tu hermano? –se interesa, curiosa, madre.

   -Una cría de perdiz. Quiere probar si se pueden criar en jaulas como los conejos –refiere Zaca. Al oírlo, Valerio suelta una carcajada y se encara con el pequeño.

   -Chavea, por perdices no quedará. En los cerros que rodean el Mas hay varias bandadas, aunque como mejor están las perdices es en la cazuela –Y dirigiéndose al primogénito pregunta-: Sabrás montar, ¿no? –Zaca duda, pero opta por decir la verdad.

   -No, señor mayoral. Será la primera vez que monto en una mula. Y no sé si sabré hacerlo.

   -Cabalgar no tiene demasiados secretos. Procura sentarte recto en la silla aunque sin ir envarado, tira de las riendas hacia tu derecha si quieres ir en esa dirección y hacia la izquierda si es en sentido contrario. Y si quieres parar la mula, tira más fuerte de un modo seco. Aunque no lo vas a necesitar, pues el ronzal voy a llevarlo yo. Y la Tusona, que ese es su nombre, se conoce el camino de memoria y es hembra de confianza. De todos modos, no te quitaré el ojo de encima. Y te prometo que, una vez que estemos en el Mas, en unos días haremos de ti un jinete que parecerá que hubieras hecho la mili en caballería. Hala, apoya el pie izquierdo en mis manos y pa arriba. El Canònge nos espera.

   Y yo, ¿qué espero del Mas?”, se pregunta el muchacho. No tiene respuesta. Lo que hace es agarrarse fuerte a la silla porque la Tusona al sentir el peso ha movido los cuartos y ha intentado echar a andar, pero un tirón del ronzal de Valerio la ha parado en seco. El chaval no pensaba que iba a estar tan arriba, por lo que le da un espasmo de miedo que trata de controlar para que la familia y, sobre todo el mayoral, no noten su tembleque. Bueno, se dice, “Lo que sea, sonará y bien pensado dos meses pasan en un pispás”. El muchacho desconoce que el tiempo no es inflexible, sino elástico. Y cierra los ojos en cuanto la mula –la Tusona la ha llamado el mayoral- echa a andar. Y antes de cruzar la puerta exterior de la Fábrica se acuerda de rezar a San Cristóbal, patrón de los viajeros: "San Cristóbal, tú que tuviste la gracia de llevar al niño Jesús sobre tus hombros, te ruego que guíes mi camino, me des fuerza y me protejas ante los peligros que pueda encontrar. Amén”. Y mayoral, muchacho y mulas parten para el Canònge. ¿Qué le espera al chico[?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 52, de la novela “El masover”, titulado: ¿Y ahora qué?

 [CM1]

viernes, 19 de diciembre de 2025

Post navideño 2025

   Siguiendo la tradición, deseo una feliz Navidad y un saludable nuevo año a los lectores del blog. Y confío en seguir escribiendo y vosotros leyéndome, si es que continúo siendo capaz de entreteneros con mis relatos. Por mi parte lo intentaré.

   Reconozco que cada vez me cuesta más y tengo motivos para ello. Hace dos meses cumplí noventa tacos, toda una taquería completa. Y como buena parte de los nonagenarios tengo una relación de patologías más largas que el brazo. Lo único que de momento queda a salvo –y toco madera- es la cabeza. A veces, pienso que si todavía soy capaz de usarla es gracias a mis hijos, a  mi ADN y a la industria farmacéutica. Gracias les sean dadas.

   Y continúo escribiendo, y continuaré mientras me queden fuerzas y vista. Lo necesito, es mi antídoto contra los demonios de la soledad. Por lo tanto, larga vida a El masover y demás protagonistas que le acompañan en su deambular por La Plana Alta de los años treinta del pasado siglo.

   La reitero: feliz Navidad.  

martes, 16 de diciembre de 2025

50. “El masover”. Dos meses pasan pronto

   Rosario medita cómo venderle a su hijo mayor pasarse el verano en el Mas del Canònge, dando clase de cultura general a la pubilla de los Villalonga. Es consciente de que la empresa no será fácil, pues ha sido testigo de algunas charlas entre él y sus amigos haciendo planes para el inminente estío. Es consciente que los masos tienen fama de ser lugares apartados y solitarios en los que pocas diversiones se pueden encontrar. Tampoco desconoce que, a su vez, los masoveros cargan con la dudosa reputación de ser gente que solo piensa en su trabajo y que no pierden el tiempo en jolgorios y divertimentos. El azar, factor siempre imprevisible, viene en su ayuda. Al mejor amigo de Zaca, Joaquín Pifarré, le ha surgido una posibilidad difícil de rechazar: uno de los hermanos de su padre, que tiene una pequeña empresa de montajes eléctricos en un pueblo de Tarragona -Vilaseca –, le ha propuesto irse con él durante el verano para que inicie el aprendizaje de lo referente a su negocio que quizá algún día pueda dirigir, pues no tiene hijos. Vivirá en su casa y el trabajo no será duro, pues de lo que se trata no es tanto que aprenda lo referente a los montajes eléctricos, sino que se vaya familiarizando con la empresa y sus actividades. Pifarré, cuya aspiración es titularse algún día como perito eléctrico, no se lo piensa dos veces y, alentado por su familia, acepta la oferta. El hecho de que Zaca se quede todo el verano sin su más leal amigo, provoca que cuando madre le plantea la propuesta de irse al Mas del Canònge su predisposición es otra muy distinta a la que hubiese tenido si su amigo hubiera permanecido en el pueblo durante el verano. Madre se esfuerza para hacerle atractiva la propuesta, explicándole todo cuanto se va a encontrar en el Mas.

-… y me ha dicho la señora Paca que más que el maestro de Paquita serás el invitado de la familia. Tendrás todo el tiempo libre que quieras. Su mayoral te llevará a cazar, te mostrará cómo funciona el parany para coger tordos y te enseñará a construir trampas para cazar conejos. Podrás montar en alguno de sus caballos y te llevarán a la feria de Benlloch y a las de otros pueblos de las cercanías. Creo que te lo puedes pasar chachi y que no te aburrirás ni un segundo. Y no te digo nada de cómo se come. La ventaja de ser ricos: tienen de todo y en cantidad, y al haber comidas tan variadas encontrarás platos que te puedan apetecer probarlos. Y lo último, pero no menos importante: en el Mas, al estar en plena montaña, no hay ni pizca de humedad, es más bien  un ambiente seco, lo que te vendrá fenomenal para los pulmones. Y, según me ha contado la señora Paca, tienen un agua muy fuerte, lo que te abrirá el apetito que te servirá para ponerte como un toro.

   A pesar de los denodados esfuerzos de Rosario de pintarle la vida en el Mas como si fuera el lugar más apetecible del mundo, Zaca no encuentra atractiva la propuesta. Piensa que es cierto que Paqui la Masovera ya no le parece un cardo borriquero y que sabe que a la familia Villalonga le cae bien –salvo a la abuela Julia de la que no está seguro como lo recibiría-, pero de eso a pasarse dos meses en un lugar que desconoce y en un entorno del que no sabe nada, pues nunca ha pisado una masía, media un abismo. Conoce la mala fama de solitarios que tienen los masos y la estereotipada estampa que tiene de los masoveros no puede ser más negativa: unos garrulos vestidos de pana, calzados con rusticas abarcas o botos camperos y con las boinas encasquetadas hasta las orejas, poco sociables, ladinos, desconfiados y con escasas letras, si es que no son analfabetos. De hecho, en el pueblo cuando te acusan de semblar ser un masover, es como decirte que eres un patán, ignorante e insociable. Un defecto muy español es despreciar lo que se ignora, y masos y masoveros lo que realmente son es unos grandes ignorados. Pero el muchacho eso no lo sabe, ni siquiera lo intuye y piensa que se va a topar con una gente con la que no podrá conversar del mundo de papel en el que vive. ¿Qué diablos pueden saber los masoveros de tebeos, novelas y revistas? ¿Qué pueden saber de sus autores preferidos? Nada. ¿Qué puede hacer en semejante lugar? Lo más probable será que aburrirse como una ostra y tratar con gente ordinaria y burda que poco o nada podrán enseñarle. Más como se percata del entusiasmo que pone madre en la propuesta y el calor con que la defiende, no quiere defraudarla y da una respuesta ambigua, pero esperanzadora en el sentido de que puede cambiar de opinión.

   -Bueno, madre, me lo puedo pensar, ¿verdad? ¿O es un trágala como cuando querían enviarme al seminario tortosino?

   -De ninguna manera, Zaquita. Solo vas a ir si te gusta la idea de cambiar de aires un par de meses. Y hablando de aires, has de saber, porque así me lo ha confirmado don Eulogio que, como te dije, el clima seco del Mas sería mano de santo para tus bronquios. Eso es lo que dice don Eulogio y si lo dice es porque será así. Y quizá sea lo más positivo de esta oferta: la mejoría de tu salud. Solo por eso, en tu lugar yo diría que sí con los ojos cerrados. No lo dudes. Al menos, échale un pensament.

   -¿Y padre qué piensa de esa invitación?

   -Creo que, por primera vez en mi vida, he hablado antes contigo que con tu padre. Eso quiero decir que te estás haciendo mayor y, como ya piensas por tu cuenta, de ahí que te lo he contado antes que a él. Pero por padre no te preocupes. Cuando le refiera lo que ha dicho el médico sobre lo bien que te iría estar dos meses en un clima seco, no pondrá ningún impedimento. Más bien al contrario, será el más firme defensor de que te vayas al Mas. Sabes que está muy preocupado por tu recaída.

   -Bueno, me lo pensaré. Aunque si le soy sincero es una propuesta bastante rara y poco apetecible. Porque eso de estar dos meses en un mas…, la verdad es que alicientes tiene pocos. Y no sé, no sé qué decirle. Se me hace cuesta arriba…, y para todo el verano… Eso es mucho tiempo –al ver la cara de desilusión que pone madre le vuelve a dar falsas esperanzas al añadir-: Y de aceptar, ¿cuándo me tendría que ir?

   -No hemos hablado de fechas. Puede ser enseguida o con el verano más adelantado.    -Supongo que cuando tú decidas, pero pienso que lo mejor sería que te fueras lo más pronto posible, el tiempo pasa muy rápido.

   -Bueno, le prometo que me lo pensaré.

Al muchacho, que es más bien de ritmo lento, que le metan prisas no va con él y que lo haga su madre le pone de mal humor. Pero ha prometido a madre que lo meditará. Esa noche, Rosario cuenta a su marido una versión cocinada de la posible ida del primogénito al Mas del Canònge.

   -Hablando con la señora Paca la Masovera surgió lo de los problemas pulmonares del mayor y de la recomendación de don Eulogio de que le vendría bien cambiar de aires una temporada. A la señora Paca se le ocurrió que al chico le podría ir de cine pasarse un tiempo en un clima seco como el de su masía. Además, me ha contado que tienen un agua muy fuerte y que le abriría el apetito, que es el otro punto débil que tiene. A ella, llevarse a Zaquita al Mas le encantaría, pero no se ha atrevido a decírselo al chico, hasta que decidas sobre su invitación. No lo he hablado con don Eulogio, pero seguro que le parecerá una buena medida. Y a ti, ¿qué te parece? –El llumero responde a la pregunta con otra.

   -¿Y el chico que ha dicho?

  -El chico hará lo que tú digas, sea lo que fuere. Ya sabes que es un buen hijo y muy bien mandado. Una sugerencia tuya para él será un mandamiento.

   -¿Y se lo van a llevar así por las buenas, sin más? –se extraña el señor Zacarías, sorprendido por la invitación.

   -Bueno, Paca ha dejado caer que, para justificarse ante Zaquita y ante la gente que pregunte, la excusa será que el chico dará clases a su hija.

   -¿Clases de qué?

   -Un poco de todo. Mejorar su letra, aprender a leer con fluidez y, especialmente, manejar las cuatro reglas con mayor fiabilidad conque lo hace. Y así, cuando comience el curso y vuelva doña Carlota a dar repaso a la muchacha no habrá perdido el hábito de estudiar y tendrá los conocimientos frescos.

   -Si es así no me parece mal. Y en el supuesto de que dejemos ir el chico al Mas, ¿has pensado en cómo podríamos agradecer a los Villalonga la invitación? Porque tener al muchacho dos meses a mesa puesta puede resultarles gravoso. Y un favor debe ser correspondido.

   -De gravoso, nada. Ten en cuenta que esos masoveros son muy ricos y, según tengo entendido, en la masía vive más gente, pues además de los Villalonga están los trabajadores que conviven con ellos.

   -Insisto. Y de aceptar la propuesta, ¿cómo podríamos corresponderles? –padre conceptúa la propuesta de los Villalonga como un favor que les hacen y se centra en como corresponder.

   -Déjame pensarlo, algo se me ocurrirá -Al día siguiente, Rosario cuenta a su hijo que a padre le parece bien lo de la estancia en el Mas. Y le pregunta si se lo ha pensado.

   -Sigo dándole vueltas porque no estoy seguro de que lo vaya a pasar tan bien como dice. Me parece que me puedo aburrir más que un mejillón. Porque Paqui es buena chiquita, pero no es que sea precisamente la alegría de la huerta –como otra vez madre pone cara de desencanto al oírle, agrega unas palabras esperanzadoras-: Una cosa, madre: ¿si decido ir, podré llevarme tebeos y algunas novelas?, pues me temo que pueda aburrirme.

   -Podrás llevarte todos los que quieras. No solo tebeos y novelas, también manuales de tus estudios y cuántos libros te vayan a hacer falta. Y te adelanto un secreto, pero no se lo has de contar a los Villalonga. Por si decides ir, te han comprado un libro que me has dicho más de una vez que tienes muchas ganas de leer: El libro de la selva, de ese autor del que no recuerdo el nombre.

   -Rudyard Kipling. Eso sería una pasada. Y las ediciones con grabados valen un pastón, por eso siempre me decís que me lo regalaréis el año que viene.

    -Pues hay más. Me ha dicho Paca que van a comprar unos cuantos libros de un tal Emilio no sé qué. Tiene un apellido como italiano. Que aguardan a ver si te decides ir y les das los títulos de los libros para encargarlos -A Zaca la mención de Emilio no sé qué, le lleva de inmediato a pensar en el italiano Salgari, del que es un fan. Ha leído varias de sus novelas y le chiflan personajes como el pirata Sandokán y el Corsario Negro.

   -Solo por leer El libro de la selva, vale la pena estar dos meses en un mas –admite el muchacho.

   -Pues tú mismo.

   Veinticuatro horas después del último diálogo, Joaquinito Queralt da la puntilla a lo que restaba de los planes de Zaca para el verano en el pueblo. Va a irse, con su madre y su hermano Pepe, a Berga, pueblo natal de su padre. Se van de quince de julio a quince de agosto. La noticia junto al paraíso lector que parece esperarlo en el Mas son las últimas gotas que hacen rebosar el vaso de sus dudas. Piensa, además, que si se queda solo va a tener como compañero a Manolo Pitarch, tan buena persona como sosaina, y lo que pueda divertirse en su compañía podrá caber en un dedal. Tras darle infinidad de vueltas a la propuesta, se decide: irá al Mas del Canònge y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. La decisión de Zaca desata un revuelo familiar, pues hay determinadas tareas que gestiona el muchacho que han de quedar cerradas antes de irse. La actividad de escrivent no tiene recambio posible. La solución que adoptan es hacer correr la especie de que el chico estará fuera todo el verano por recomendación médica y, por consiguiente, no podrá reanudar su ocupación de escribidor hasta septiembre. No dan muchos más detalles, aunque son conscientes de que la ida del muchacho a la masía más pronto que tarde se conocerá con todo tipo de pormenores. En un pueblo los secretos tienen las horas contadas. En cuanto al trabajo de coniller, optan por una variante en la que han pensado alguna vez. Encargan al alguacil un bando cuyo contenido dice: Todos los que este verano quieran comprar conejos y huevos frescos que vayan a la Fábrica. Y para terminar de cubrir las tareas que le corresponden a Zaca, Pedrito, que ya cumplió los ocho, se ocupará del pastoreo de las cabras.

   Madre es la que prepara el equipaje que se llevará el muchacho: mudas limpias, ropa de verano, calzado cómodo y hasta un bañador por si se da un chapuzón en una de las balsas del Mas. Amén de las cosas de aseo y los medicamentos que ha de seguir tomando. Y padre, le regala una navaja suiza que incluye un cuchillo y varias herramientas como destornillador, tijera, lima, punzón y abrebotellas. El regalo colma de felicidad al chiquillo, pues hacía tiempo que suspiraba con tener una. La guinda del equipaje la pone el propio Zaca que selecciona los tebeos y novelas que se va a llevar, y con los que confía no aburrirse en la masía, pues por mucho que madre le ha dorado la píldora está convencido de que va a tener mucho tiempo en el que no tendrá nada que hacer y la lectura será su válvula de escape.

   Sacarietea solo se despide de sus amigos y sus tías. Tampoco es que tenga muchas más personas que estén en su círculo íntimo. Sus padres le han prometido que, coincidiendo con las fiestas patronales del pueblo de agosto, en las que el señor Zacarías se coge una semana de vacaciones, irán a verle. Y se escribirán a lo largo del verano contándose su vida. Bueno, piensa el chico, “Vamos pa allá y que sea lo que Dios quiera”, aunque sigue sin estar convencido de que su estancia en la masía vaya a ser una fiesta. Al final, se consuela: “A mal que vaya, dos meses pasan pronto”. El muchacho aún no ha descubierto que el tiempo de los humanos, al menos en el plano psicológico, no es tan lineal como parece, sino que puede contraerse o dilatarse en función de las circunstancias y del estado anímico de una persona, y dos meses pueden hacerse muy cortos o muy largos, dependiendo de factores imprevisibles. En cualquier caso, la laxitud o celeridad temporal en que discurrirán los próximos dos meses pronto la descubrirá.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 51 de la novela “El masover” titulado: El mayoral

martes, 9 de diciembre de 2025

49. “El masover”. ¿El principio de un posible cambio?

    La Semana Santa de mil novecientos treinta y tres ha pasado y a Zaca, pese a su vivo deseo de tener veintitrés años, siguen faltándole diez para ser mayor de edad y adquirir la plena capacidad de obrar y poder hablar por sí mismo. Continúa siendo un adolescente que, como dice madre, se ha de conformar con lo que es: un huevo a medio cocer. Tras la celebración del domingo de Resurrección en la que, junto con sus amigos, se comió la mona de Pascua con el grupo de adolescentes que capitanea Caridad la Nevera, ha seguido atesorando experiencias sobre cómo son las jovencitas de carne y hueso, tan distintas y distantes de las mujercitas de papel que son las únicas que conoce a fondo. Está sirviéndose del hecho que su pandilla sigue reuniéndose esporádicamente con el grupo de la Nevera que se han convertido en sus amigas oficiales. Aunque tienen el mismo problema que el día de Pascua: sobra una chica o falta un chico, pues además de la China, la Potranca, la Coloretes y la Nevera, está la Masovereta, que rompe el juego de cuatro más cuatro. Paquita Villalonga sigue en Torreblanca con su madre porque continúa yendo al repaso de doña Carlota, que trata de rellenar las muchas lagunas formativas que tiene la chiquilla.

Su progreso no es muy afortunado, pues la masovera no es buena alumna, dado que asiste a las clases con escasa voluntad de aprender, y siempre que puede ni siquiera acude inventándose mil y una excusas: desde supuestos dolores de cabeza a alguna clase de indisposición o periodos especialmente dolorosos.

   En la pandilla mixta en la que milita Zaca, para solucionar la desigual paridad entre los dos sexos, los chicos han buscado un quinto amigo, pero no lo han encontrado, pues han puesto muy alto el listón de los rasgos que debería atesorar ese buscado quinto chico: ser un tío majo, tener un cierto poso cultural y, a ser posible, que no vaya a dedicarse a la agricultura. Por su parte, las chicas no han hecho nada al respecto, pues saben que la Masovereta es ave de paso y, más pronto que tarde, retornará al Mas y volverán a ser las cuatro de siempre, y cada una podrá tener su pareja masculina. La pandilla algunas veces se ha juntado en alguno de los domicilios de las chiquillas para entretenerse, donde se han enfrascado en juegos tan inocentes como el escondite, la gallinita ciega, el pañuelo o el juego de las sillas. Y en algunas ocasiones, Joaquinito Queralt ha llevado la gramola de sus padres y han organizado bailes, siempre bajo la supervisión de la madre en cuya casa se reúnen y que es la encargada de velar por la virtud de las adolescentes. En esas ocasiones, Zaca, que ha desechado definitivamente ligarse a la China por lo de la estatura de la muchacha, con quien más baila es con Paqui o Sisca, como un día la motejó, y que ha descubierto –pues la mozuela se lo contó- que es un nombre que le gusta, pues nadie más la llama así. En esos guateques caseros, chicos y chicas van conociéndose mejor y las relaciones van ahormándose, aunque por diferentes causas ninguna pareja llega a cuajar y pasar a la siguiente fase: la de salir juntos, etapa previa al noviazgo formal. Los motivos por los que el acoplamiento de las parejas no llega a consolidarse, unas veces proviene de ellas, pero en más ocasiones de las respectivas familias y las causas suelen tener un trasfondo mezquino. A Joaquín Pifarré, que con quien más baila es con Angelita, no le importaría que su relación con la resultona Potranca se formalizara, pero el padre de la muchacha –cabo de la brigada de vías y obras del ferrocarril- ha explicado a su hija que Pifa no le conviene, pues tiene un porvenir incierto y, además, no heredará ni fincas ni dinero. Algo similar ha ocurrido con la dupla Manolo-Visentica; en este caso quienes han puesto la proa a la China han sido los padres de Manolo, pues ellos tienen muchas fincas y los de la muchacha solo tienen un marjal y campos de secano que, además, en su día tendrán que repartirse ella y sus hermanos. Por eso, no le conviene. En el caso de Joaquinito Queralt, emparejado ocasionalmente con Carmina la Coloretes, el rechazo viene de sus padres -especialmente de su madre-, pues no la consideran, ni a ella ni a las demás, con la categoría social y el potencial económico suficiente para ser la pareja definitiva de su hijo. En cuanto a Zaca, sus padres no le han dicho nada sobre ennoviarse con una de sus ocasionales amigas, pero han sido sus lecturas, por un lado, y su falta de carácter por otro el motivo por el que no se ha emparejado. El chico sigue teniendo la cabeza llena de imágenes y relatos de las mujercitas de papel de novelas y revistas, y al lado de esas doncellas maravillosas en todos los sentidos las de carne y hueso desmerecen muchísimo. Y, desde luego, ni por asomo se le ocurre emparejarse con la chicuela con la que más baila, Paquita la Masovera, que está a años luz de las protagonistas de las novelas.

   A mediados de la primavera, Zaca enferma. Al principio, y vistos los síntomas: tiene tos persistente, fiebre, le duele el pecho y ha perdido peso y apetito, el médico se pone en lo peor y teme que pueda ser tisis. Es oírlo y a Rosario se le abren las carnes, ya que es una de las enfermedades que más bajas causa en la empobrecida España de los años treinta.

    -¡Qué Dios nos ampare. Mi Zaquita tísico! Si es que no puede ser sano estudiar tanto. Todo el santo día pegado a los libros no puede llevar más que a ponerse malo. ¿Se va a morir, don Eulogio?

   -No te pongas en lo peor, mujer. Es una primera impresión. Dejemos pasar unos días y a ver como evoluciona. Mientras tanto, le voy a recetar unas pastillas, aspirina para bajarle la fiebre y eliminar los dolores. Que coma carnes magras, pescado y que beba leche. Y varias veces al día le haces beber té.

   -Huy, don Eulogio, el té no puede ni verlo.

   -Si no lo traga, le das más leche. Toda la que pueda beber. Por si fuese tisis, mejor que no reciba visitas, ni siquiera de sus hermanos, es muy contagiosa -Poco más de cuarenta y ocho horas es lo que tarda el galeno en cambiar su diagnóstico inicial.

   -Rosario, creo que hemos tenido suerte. Afortunadamente, no es un principio de tuberculosis sino una recaída de la neumonía que tuvo el pasado marzo y la hemos cogido a tiempo. Que siga con las pastillas, las aspirinas y mantén la dieta que prescribí. Ah, nada de alcohol y, si ha comenzado a fumar, prohibido el tabaco.

   -¿Y podrá seguir estudiando, doctor?

   -En cuanto respire mejor por supuesto, pero hasta dentro de quince o veinte días de forma moderada, y en cuanto note el primer indicio de fatiga, descanso y a la cama.

    En junio Zaca ha mejorado lo suficiente para examinarse de tercero de bachillerato. Pese a sus problemas de salud, aprueba todas las asignaturas, ante la satisfacción y orgullo de su familia que ya le ven bachiller. Y cuando comienza a pensar en las vacaciones veraniegas y en los mil proyectos que tiene para pasárselo bien, ocurre algo que echa por tierra sus planes, y es el posible inicio de un cambio que, según cómo evolucione, podría suponer un giro radical en el rumbo de su vida. En la ecuación de ese “algo”, raíz del posible cambio sustancial en la biografía de Zaca,  juegan dos factores diferentes, pero que se retroalimentan. Uno viene del pasado reciente: sus problemas de salud, afortunadamente en vía de resolución, y sobre los que don Eulogio ha dicho que al chico le vendría bien pasar una temporada en un lugar con un clima  seco, pues el del pueblo, por su relativa cercanía al mar, suele tener un alto grado de humedad. Como ha ocurrido otras veces, el hecho de no estar bien repercute en su falta de apetito, lo que añade otro elemento de riesgo para su salud. El otro factor causante de ese “algo”, que puede cambiar la vida de Zaca, comienza a fraguarse en una charla trivial, como otras muchas, entre Rosario y Paca la masovera.

   -¿Cómo van las clases de Paquita con doña Carlota? –se interesa Rosario; pregunta por aquello de quedar bien, más que porque tenga gran interés en cómo va la formación de la chicuela.

   -Así, así. La niña no está por la labor de formarse y falta más de lo que debía. Y encima está teniendo las primeras reglas y las lleva de pena. A ello habrá que añadir que, con las vacaciones, doña Carlota se va a pasar el verano a su tierra y, hasta que vuelva en septiembre, la niña se queda sin maestra. Y tengo el temor que, en los casi tres meses que esté sin que nadie le enseñe, pierda el hilo de lo que estaba aprendiendo.

   -En el pueblo hay más maestros, ¿quieres que hable con don José por si sabe de algún colega que le pueda dar repaso este verano? A lo mejor, él mismo.

   -Gracias, Rosario, pero no hace falta. Vamos a irnos al Mas. Tenemos que ayudar a mi madre porque en verano es cuando más trabajo hay en la masía y la pobre está ya muy mayor para hacer frente a todas las tareas que hay que llevar a cabo. No es que las tenga que hacer ella, pero hay un sinfín de trabajos que se hacen en la temporada. Y Manuel sigue como estaba, con lo que no se puede contar con él. Y claro, no voy a dejar aquí sola a la chica, todavía no tiene edad para ello.

   -Si quieres, te ofrezco mi casa para que Paquita pase aquí el verano y así algún otro maestro del pueblo le puede dar repaso. La cuidaremos como si fuera nuestra hija.

   -Gracias por el ofrecimiento, Rosario, pero me la voy a llevar conmigo. Su padre y su abuela tienen muchas ganas de verla y, además, y perdona que te lo diga, vosotros tenéis el sitio justo y no estáis como para tener huéspedes.

  A Rosario, que tiene siempre muy presente el frágil estado de salud de su primogénito y su falta de apetito, de pronto se le ocurre algo con lo que piensa que podría matar dos pájaros de un tiro: hacerle un favor a su amiga y posibilitar que su primogénito pueda mejorar su precario estado pulmonar.

   -¿Sabes qué, Paca? Se me acaba de ocurrir algo. Mi Zaquita que, como te conté, acaba de aprobar el tercer curso y ya es casi medio bachiller, podía enseñar este verano a Paquita en el Mas. Me has contado que vuestra masía es muy grande y no tendríais problema para meterlo en algún cuarto. De esa forma, la niña no perdería el verano y cuando volviera al repaso de doña Carlota tendría los conocimientos frescos. Y al mismo tiempo, Zaquita pasaría el verano en un clima más seco que el que tenemos aquí. Y ambas familias nos haríamos un favor mutuo.

   -Gracias, Rosario, de corazón. Pero…, ¿crees que a tu chico le gustaría pasarse todo el verano en el Mas, sin sus amigos, sin poder ir al cine y sin tener con quien charlar, salvo nosotros? Por otra parte, tendría que dejar sus ocupaciones de escrivent y de coniller y vosotros notaríais su falta. La idea me parece estupenda, pero dudo mucho que esa propuesta haga feliz a tu hijo.

   -No habría problema que dejara ambas ocupaciones. Cada vez escribe menos cartas y en cuanto a la venta de conejos el descenso también ha sido considerable, hay salidas en las que no vende ninguno. En cuanto a si la propuesta le vaya a gustar, como te digo la idea se me acaba de ocurrir ahora mismo, y claro, no lo he hablado con él, pero si te parece bien, ¿qué perdemos con pedírselo? Posiblemente, no le guste y diga que no, pero por probar que no quede. Y como he dicho antes, también le vendría bien pasar una temporada en el Mas. Ya sabes que en los últimos meses anda algo pachucho, cosa de los bronquios. Don Eulogio nos ha recomendado que le sentaría de cine un clima seco y, por lo que me has contado, lo tendría en tu masía. Y el agua de allí seguro que es más fuerte que la del pueblo, que es muy blanda y con mucha cal, con lo cual posiblemente allí comería con más ganas, lo que le ayudaría a reponerse antes.

   Ante la insistencia de Rosario y las razones que esgrime, Paca comienza a dudar. Lo de la salud del chaval le ha tocado, pues hacerles un favor a los Clavijo le viene de cara pero, aun así, sigue reticente.

   -Y a todo esto, ¿qué dirá tu marido? Porque si se te acaba de ocurrir, quiere decir que no lo sabe. ¿Qué le parecerá? El señor Zacarías tiene mucho carácter y por nada del mundo quisiera que tuvierais un disgusto por mi culpa.

   -Déjalo de mi cuenta.

   La masovera comienza a valorar el ofrecimiento de su amiga y piensa que la propuesta podría ser un estupendo medio para solucionar, al menos este verano, los problemas formativos de su hija. Y le consta que la chiquilla no se opondría pues, como bien sabe, se lleva bien con el muchacho. Por lo que empieza a pensar en algunos incentivos que quizá podrían mover al chico a aceptar la propuesta de su madre.

   -Se me ocurre que una forma de que al chico le atraiga la idea es que le digas que vaya pensando cuanto quiere cobrar por dar clases a Paquita. Con un dinerito extra podría comprarse más tebeos y libros.

   -De cobrar, nada de nada. Los favores si se cobran dejan de serlo. Bastante estaría pagado con la cama y las comidas y el aire seco del Mas que le vendría de perlas.

   -Desde luego, por un clima seco no quedará. Y de comida sana y abundante tampoco. Y se me ocurre que el señor Valerio, nuestro mayoral, podría llevarle a cazar con él, y podría darse paseos con uno de nuestros caballos y, cuando le apetezca, bañarse en la balsa de riego que está a un tiro de piedra de nuestra casa y, ¡qué sé yo!, hacer mil cosas que en el pueblo no se pueden hacer. Creo que hasta  podría pasárselo bien.

   -Pues no le demos más vueltas. Si aceptas mi propuesta, esta misma noche intentaré convencer a mi Zaquita y luego lo hablaré con mi marido.

   -Me dirás que soy una pesada, pero insisto en que por nada del mundo quiero que te disgustes si el señor Zacarías dice que no. Sabes que a los hombres les gusta tener la última palabra.

   -No te preocupes. La última palabra la tendrá mi marido, pero ya me las apañaré. Sé cómo manejar a mi hombre. Llevo muchos años de práctica.

   Resulta casi inverosímil que, de una charla banal entre dos amas de casa, surja una idea con la suficiente fuerza para, quizá, cambiar radicalmente la vida de una tercera persona. Y eso es lo que podría estar a punto de ocurrir, pero los protagonistas de la novela aún no lo saben. Aunque sospecho que lo pueden intuir en cualquier momento. De momento, dejémoslo así y que los sucesos que tengan que ocurrir lo hagan a su debido tiempo. Zaca, sin que ni siquiera lo sospeche, está al borde de tener que elegir y tomar una decisión que podría resultar capital en su vida. Pues decidir supone también renunciar, ¿a qué? A todas aquellas opciones que no entran en el ámbito de la resolución tomada. En su caso, si resuelve ir al mas el verano, renuncia a quedarse en el pueblo y si se queda desiste de ir al mas. Y cualquiera de esas decisiones pueden tener consecuencias, ¿cuáles? El futuro no está escrito, pero ¿la decisión a tomar quizá sea el principio de un posible y capital cambio? Chi lo sa.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 50 de la novela “El masover” titulado: Dos meses pasan pronto

martes, 2 de diciembre de 2025

48. “El masover”. ¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!

 

   El mitin de los partidos de derechas en el cine Novedades, aperitivo de las elecciones municipales de abril de 1933, lo cierra el forastero de más edad, que luce una oronda tripa y va muy peripuesto. Como el orador se ha acercado al borde del escenario, seguramente para que se le oiga mejor, Zaca se da cuenta que calza unos relucientes botines que parecen de charol. El chico piensa: “Esos botines seguro que no son de Segarra, y de mayor le gustaría tener unos iguales”. El orador de los botines cambia de registro  respecto a los que le han precedido y, en vez de poner verdes a sus adversarios políticos, explica al expectante auditorio la de bienes de toda clase que van a  proporcionar al pueblo si la gente de Torreblanca vota a la coalición de los partidos de derechas. El resultado será como un maná. La parte de su discurso que arranca más aplausos es cuando promete que, si ganan ellos y pese a tratarse de unos comicios municipales, llevarán a cabo una vieja aspiración de las comarcas norteñas castellonenses: traer un canal del Ebro para regar las sedientas tierras de La Plana Alta y del Bajo Maestrazgo. Eso le impacta al chaval tanto como ha parecido impactar a los asistentes, pues incluso hay gente que se pone de pie para aplaudir al autor de la promesa. Cuando el acto termina, los comentarios que más oye Zaca son los referidos a lo del canal del Ebro. Al llegar a casa, es lo primero que cuenta a padre. El señor Zacarías se ve que conoce bien el tema, pues su comentario no puede ser más clarificador.

   -Ya estamos en lo de siempre. Desde que llegué al pueblo, en cada elección que se lleva a cabo, sea nacional o municipal, siempre hay un interviniente, da lo mismo que sea de derechas o de izquierdas, que promete lo mismo: que, si ellos ganan, traerán el canal del Ebro. Algo que aquí esperan como el maná, pues supondría una inmensa riqueza para el pueblo poder regar todo el término municipal y dejar de depender de las ineficientes norias, pero hasta hoy ni las obras han empezado ni se sabe que haya un proyecto en marcha para construirlo. Es uno de los muchos motivos por los que tu padre no se fía ni un pelo de los políticos, prometen mucho, pero cumplen poco y, en la mayoría de ocasiones, nada. Y lo del canal del Ebro es uno de los ejemplos más relevantes. Es más, creo que el canal llegará cuando las ranas críen pelo -Lo de las ranas, el muchacho no lo ha entendido del todo, pero sigue preguntando.

   -¿Y cuándo un partido gana, la gente no reclama a esos políticos el cumplimiento de sus promesas?

   -La gente, como colectivo, tiene escasa memoria y olvida que se les ha engañado y vuelve a dejarse engañar. No aprendemos.

   -¿Qué olvidan lo prometido? –pregunta, extrañado, el muchacho.

   -O hacen como que lo olvidan, pero lo cierto es que las mentiras no son penalizadas. Tengo entendido que en buena parte de países democráticos, como Francia e Inglaterra, si los políticos no cumplen lo que prometen en las elecciones siguientes hay mucha gente que no les vuelve a votar, pero eso no ocurre aquí. Por ese motivo en España durante las campañas electorales se promete el oro y el moro pero, en cuanto pasan, si te he visto no me acuerdo. Y hasta la siguiente elección en la que unos y otros prometerán atar los perros con longanizas, pero luego los que ganan no cumplen lo que han prometido porque no pueden, no saben o no quieren. Y no sé quiénes son más culpables: si los que prometen el oro y el moro y después tararí que te vi, o los que son engañados y no castigan a los que han hecho las falsas promesas. Pero en este país de mierda no ocurre eso y así nos luce el pelo.

   -¿Qué tiene que ver el pelo con lo que estamos hablando?

   -Hijo, a veces pareces corto de entendederas. Es una frase coloquial para indicar que se está perdiendo el tiempo sin hacer nada, o que no se saca provecho de lo que se hace.

   -Entonces, ¿qué hay que tener en cuenta para votar?, me refiero para votar a unos u otros partidos.

   -No sabría decirte, porque la mayoría de partidos, sean de derechas o de izquierdas, entre lo que dicen y lo que hacen son tantas las diferencias existentes que uno no sabe a qué atenerse, por eso hay gente que no vota o que lo hace en blanco, que es una forma de mostrar el rechazo contra los politicastros que mienten más que respiran.

   -Entonces, ¿la solución es no votar o hacerlo en blanco? –insiste el muchacho aprovechando que padre tiene el día parlanchín y lo de no hablar de política en las comidas, hoy no cuenta.

   -No votar o hacerlo en blanco no soluciona nada, pues dejas de ejercer el arma más poderosa que tiene el ciudadano para cambiar el signo político del país. Creo que se debe votar, el problema es saber a quién hacerlo. Y acertar, con la panda de políticos corruptos que tenemos, es todo un problema.

   -¿Todos los políticos son ladrones?

   -Seguramente debe de haberlos honrados, pero yo no conozco a ninguno, aunque admito que no he tratado a muchos. Y lo peor no es que metan la mano en la caja común, sino que no miran por el bien de la nación y de la gente. Solo se preocupan por sus intereses y los de su familia y amigos.

   -Entonces, ¿no hay medio de cambiar y elegir unos políticos que cumplan lo que prometen? –el chaval no deja de roer el hueso de las elecciones.

   -La verdad es que no lo sé. Quizá un medio sería lo que he dicho antes: que no votáramos a los políticos que no cumplen sus promesas, pero eso nunca ha ocurrido, así que no sé si funcionaría.

   Las explicaciones de padre llevan al chico a desentenderse todavía más de la política, pues visto lo visto es una actividad en la que la palabra dada tiene escaso valor, y que al parecer quienes se dedican a ella mienten más que respiran. Como sus trabajos extra le ocupan cada vez menos tiempo, y la metodología del LESURE le funciona de maravilla, Zaca llena sus muchas horas libres con la que quizá es su mayor pasión: la lectura. En los últimos tiempos, gracias a la biblioteca del padre de Joaquinito Queralt ha descubierto dos autores que le han fascinado: Julio Verne y Emilio Salgari. Del primero le encantan sus novelas de aventuras y de ciencia ficción en las que desarrolla relatos, siempre bien documentados, ambientados en la segunda mitad del siglo XIX, y teniendo en cuenta los avances tecnológicos del momento. Del segundo, le gustan sus novelas de aventuras ambientadas generalmente en lugares exóticos como el océano Pacífico, el mar de las Antillas, la selva India, el desierto y la selva de África e incluso los mares árticos. Otra actividad cultural a la que dedica mucho tiempo es el estudio de un atlas que sus tías le regalaron en su último cumpleaños. El muchacho, cuando estudia los distintos mapas, viaja con la imaginación y sueña con periplos que le llevan a los cinco continentes. Y cuando lee una novela de Salgari o de Verne, suele tener el atlas a mano para situar en los mapas los países o ciudades en los que los novelistas sitúan la trama de la novela de turno.

   Zaca, además de estudiar, de sus actuaciones como escrivent y coniller y de sus intereses culturales, tiene otra actividad en la que emplea algún que otro rato libre, y en la que se alterna con Charito: el cuidado de su hermano Joaquinito. En el pueblo es habitual que, en las familias con varios hijos, los hermanos mayores cuiden de los pequeños. Por cierto: al benjamín de los Clavijo han acabado por llamarle Chimet, pues en la familia ya hay dos Joaquines –el abuelo materno y uno de los hermanos de madre- y Chimo es como llaman coloquialmente en valenciano a los Joaquines. Aunque Chimet hace más de un año que ya anda, cuando Zaca se va a jugar con sus amigos suele llevarlo en el carrito que antes fue de él, luego de Charo y después de Pedrito. Sobre todo, cuando el lugar del juego está a una cierta distancia del pueblo, como cuando van a les Coves d´Argila o a los alrededores de las eras.

   Como Zaca se ha quedado por el momento sin amigos, se plantea si sería oportuno unirse a otra pandilla. Lo intenta, sin poner toda la carne en el asador, pero que lo admitan en otra cuadrilla no parece fácil. Uno de los chicos con los que ha contactado para abrirse a nuevas amistades ha sido Agustín el Meme, que vive en su antigua calle del Horno, y que se sincera con él.

   -No pierdas el tiempo, Sacaríes, no creo que te quieran en otra pandilla. Por si no lo sabías, y te lo cuento sin intención de hacerte la puñeta, tienes fama de ser rarito y, además, ni corres ni saltas y tienes menos fuerza que una lagartija. Y lo de tener fama de empollón no es que te ayude. Quédate con los amigos que tienes, que no vas a encontrar otros.

   A Zaca la confesión de Agustín no le pilla de sorpresa. Sabía o, mejor dicho, intuía algo parecido. Lo de la fama de empollón lo sabe desde tercero de primaria y, aunque la chiquillería se lo echa en cara como si fuese algo penoso, a él no le molesta. “Más vale ser un empollón -se dice- que no un burro de dos patas”. De lo de rarito no tenía idea pero, como conoce la escala de valores del pueblo, tampoco le extraña demasiado, pues todo lo que no sean habilidades físicas tienen escaso o ningún aprecio en la sociedad torreblanquina. Todo lo cual, le lleva a plantearse una idea un tanto incómoda, pero que tendrá que ir asumiendo: un tipo como él no tiene futuro en el pueblo. En cuanto se haga mayor tendrá que buscarse los garbanzos en otros pagos, pues en Torreblanca está visto que no encaja. Y es una lástima, porque él quiere al pueblo –al fin y al cabo es el suyo- y le gustaría de mayor seguir viviendo allí, pero mucho se teme que no va a poder ser. Quizá los posibles estudios que haga al acabar el bachillerato elemental le ayuden a tener una nueva vida en Dios sabe que lugar, pero desde luego no en el pueblo. El hecho de pensar en otros estudios al terminar el bachillerato le lleva a replantearse cuales podrían ser en función de la carrera u oficio posterior que optase. A él lo que realmente le gustaría ser es abogado o militar profesional. Lo de abogado le gusta porque, aunque no conoce a nadie que lo sea –en el pueblo no hay ninguno-, ha visto muchas pelis en las que el protagonista es un letrado y le encantaría serlo en la vida real. Además, también sabe por las películas que ser buen orador es una de las facultades más destacadas de un abogado, y él tiene un extenso vocabulario y se la da bien manejar la sin hueso. Otrosí: alguien le comentó en una ocasión que para estudiar Derecho, imprescindible para ser abogado, se necesita una gran memoria, y de eso va bien servido. O sea, que las aptitudes para ser un buen jurista las tiene, otra cosa es que pueda estudiar Derecho, para ello tendría que ir a la universidad de Valencia –la más cercana al pueblo- y sabe que eso es una utopía, su familia no puede permitírselo. En cuanto a la carrera de militar profesional, el orden y la disciplina, base fundamental de todo ejército, encajan como un guante en su modo de ser y su temperamento. Añade siempre lo de profesional, pues es conocedor de que también se puede hacer carrera en las fuerzas armadas comenzando desde abajo, desde soldado voluntario. Pero el camino de los oficiales chusqueros no es de su agrado, dado que es muy lento y tiene un horizonte muy limitado, ya que los ascensos son muy laboriosos. Cuando deja de mezclar elucubraciones y sueños con los ojos abiertos, admite que, dada la condición de dos de sus tíos –la tía Emilia y el tío Paco- y la influencia que proyectan sobre sus padres, es probable que sus progenitores se inclinen porque estudie Magisterio en la Escuela Normal de Castellón. Pero en la ciudad hay otro centro académico: la Escuela de Comercio, donde se estudia para perito y profesor mercantil. Y aunque las matemáticas no son su fuerte, esa podía ser otra salida que en algún momento tendrá que plantearse. “¿Quién debe vivir mejor, un maestro o un perito mercantil?”, se pregunta. No sabe la respuesta, pues no conoce a nadie que haya hecho la carrera de comercio. De los maestros cree, por sus tíos, que no deben vivir mal, aunque le desasosiega el dicho popular de pasas más hambre que un maestro de escuela. Si la gente dice eso, por algo será. Tendrá que echarle un pensament, como dice madre. Quizá en el inmediato verano no se divierta mucho, pero tampoco se va a aburrir, pues tiene mucho en qué pensar y una de las metas inmediatas que se fija es conocer a alguien que sea perito o profesor mercantil o, en última instancia, que conozca cómo viven esos profesionales. Quizá don Eduardo Leuba o su adjunto, el señor Bernardo Simó, como son bancarios, puedan orientarle. Se dice que cuando a principios de julio, como hace todos los años, vaya al Banco de Vizcaya a vaciar su hucha puede preguntarles, pero tendrá que hacerlo a través de padre, a él no le van a tomar en serio. Lo que le lleva a desear hacerse mayor de una vez, porque a los chiquillos nadie les hace caso. “¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!”, piensa, y esa cifra no la ha pensado al azar, pues esos son los años, que en la España de 1933, se alcanza la mayoría de edad, según establece la Constitución de 1931. “Entonces -se dice-, podré hablar con voz propia y no por boca de otros. El problema puede ser: ¿Y si hablo, pero no me escuchan? ¿Y si cuando sea mayor no tengo nada que decir? ¿Y si hablo, de qué podré hablar?, porque de momento no se me ocurre nada. ¿Y si…?” Como le ocurre a menudo, muchas preguntas y poquísimas respuestas. “Bueno –piensa-, no me calentaré más el coco, vamos a dejarlo y cuando cumpla los veintitrés ya veré qué hago”. Es el epílogo con el que termina la mayoría de sus soliloquios: postergar la búsqueda de posibles soluciones a un futuro incierto. Lo que habitualmente hacen los miedosos, los cobardes y los comodones. ¿Así es Zaca?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 49 de la novela “El masover” titulado: ¿El principio de un posible cambio?