martes, 23 de diciembre de 2025

51. “El masover”. El mayoral

    La decisión del primogénito de los Clavijo de aceptar impartir clases de cultura general a la pubilla de los Villalonga, en el Mas del Canònge durante el verano, coincide con el final de las clases del repaso de doña Carlota, al que asiste Paquita. Tras lo cual, la chiquilla y su madre regresan al Mas hacia el veintitrés de junio. Días después los Villalonga mandan recado que en unos días enviarán a su mayoral a recoger a Zaca. Y, en efecto, el veintisiete, cerca del mediodía, se oye en la puerta de los Clavijo una voz grave que pronuncia la fórmula tradicional de acceso a un hogar. Fórmula que las veleidades laicistas de la República ha arrinconado y ha cambiado por la expresión Salud y República que sirve, entre otras muchas situaciones, para anunciarse, pero que no es la que ha utilizado la desconocida voz, sino la que hasta ahora se ha empleado.

   -Ave María Purísima.

       -Sin pecado concebida -contesta Rosario, quesale presurosa, pues no ha reconocido la voz.

   El desconocido no ha pasado del pasillo que hace de recibidor. Debe rondar los cincuenta y tantos y es más bien bajo, aunque recio. Tiene un rostro de rasgos duros, pero su mirada es directa y franca. Su actitud es la de un hombre resuelto, pero al mismo tiempo tranquilo y sosegado. Lleva chaqueta y pantalón de pana, ambas prendas bastante gastadas pero limpias, y calza unos fuertes botos camperos. En cuanto aparece Rosario se ha quitado la pequeña boina negra con la que se cubre, lo que muestra que la alopecia le va a dejar sin pelo en pocos años. Tras saludar respetuosamente al ama de la casa, el visitante se identifica:

         -Buenos días tenga, señora. Soy Valerio, el mayoral de los señores Villalonga. He venido porque tengo el encargo de llevar al Mas del Canònge de Benlloch a un chico llamado Zacarías Clavijo. ¿Es usted su madre? –Ante el gesto afirmativo de Rosario, prosigue-: Mucho gusto, señora. Pues como le decía, vengo por su hijo para llevarlo al Mas. En cuanto esté preparado y tenga el equipaje hecho nos iremos, salvo que ustedes decidan otra cosa. Ese es el encargo que me han hecho los amos.

   -Le estábamos esperando, pero no se quede ahí. Pase, por favor –Rosario lo lleva al comedor-. Siéntese, tenga la bondad. ¿Quiere tomar algo? ¿Un café, una copita, unas galletas?

   -Gracias. Un café no estaría mal. Solo y sin azúcar -el hombre sigue mostrándose respetuoso, pero sin perder un ápice de aplomo.

   -Voy a llamar al chico. Está con su padre dando de comer a los animales –Rosario envía a Charito al corral con el recado y, volviéndose al visitante, le explica-: El café es de puchero, pero es auténtico, no achicoria. Y, por si le apetecen, estas son galletas de avena que horneé ayer. A la señora Paca le gustan mucho.

   -Gracias, señora, pero con el café me vale y, si es posible, también un vaso de agua.

   Al momento llegan padre e hijo, tras ellos Pedrito que lleva de la mano al pequeño Chimet y, cerrando la comitiva, Charo. Rosario hace las presentaciones y el señor Zacarías, tras estrechar la mano del mayoral, sugiere que, dado lo avanzado de la mañana, se quede a almorzar con ellos.

   -Se le agradece, señor Zacarías, me gustaría, pero no puedo. Una de las mulas que he traído perdió una herradura en el viaje. La he dejado en la herrería de Letancio para que la hierren y tengo que recogerla. Lo que sí les agradeceré es que no se demoren mucho en almorzar, pues nos espera una jornada larga hasta el Canònge ya que, además, hemos de pasar por el Mas de Tena y eso nos hará dar un rodeo –el hombre saca un reloj de bolsillo y comprueba la hora-. Son las doce menos cuarto. Sobre las dos y algo pasaré a recoger al… -vacila un instante, no sabe cómo llamar al chico- a su hijo. Salvo que dispongan otra cosa, pues la señora Paca me ha insistido en que me ponga a su disposición. Ustedes dirán.

   -Lo que usted quiera, Valerio –El señor Zacarías no resiste la curiosidad y pregunta-: Por su manera de hablar y su acento, juraría que es usted aragonés y más bien de la provincia de Teruel que de la de Zaragoza o de la de Huesca.

   -Buen oído tiene. Sí, señor. Soy maño y a mucha honra. En concreto de la comarca de Albarracín.

   -Buen pueblo y buena gente. Somos casi paisanos. Yo procedo de Alcalá de la Selva, de la comarca de la sierra de Gúdar.

  -También a los de esa zona hay que echarles de comer aparte. Bueno, me perdonarán, pero he de ir a ver si la gente de Letancio ha herrado la mula y puedo recogerla.

   -Perdone, señor Valerio… -el mayoral corta a Rosario.

   -El señor sobra si no le molesta. Valerio a secas o, si prefiere, mayoral.

   -Perdone, Valerio, quisiera enseñarle el equipaje del chico, no vaya a ser excesivo.

   -No es necesario, no pase cuidado por el número de bultos. He traído dos mulas, una aparejada con silla de montar, y otra con alforjas, y por mucho bagaje que lleve el mocete en los serones habrá espacio para todo. ¿Alguna otra pregunta antes de irme?

   -Si no le importa –es otra vez madre-, añadiré un saquito con unas cosillas para matar el gusanillo por si la noche se les echa encima y sienten gazuza.

   -Puede usted añadir lo que le parezca bien, pero antes de que el sol se ponga, Dios mediante, estaremos en el Mas y tendrán la cena preparada. Si ustedes no quieren nada más, me despido hasta dentro de dos horas y pico. Queden con Dios –dicho lo cual, el visitante abandona la casa.

   A Zaca le hubiese gustado preguntarle al mayoral varias dudas que tiene, pero no se ha atrevido a interrumpir la conversación entre mayores. Y el tal Valerio, no sabe por qué, le ha intimidado; da la impresión de ser hombre que va al grano y al que no le gusta perder el tiempo. “Si éste es el que me va a enseñar no sé cuántas cosas, estoy arreglado, no parece ser de los que tengan demasiada paciencia”, se dice. En el almuerzo, los Clavijo asaetean al hijo mayor con los postreros consejos antes de su marcha.

  -Vas como invitado de los Villalonga. Pórtate bien en todo momento, se educado y no faltes el respeto a los mayores. Ah, y trata con mucha cortesía a la abuela Julia, que creo que es la que maneja la vara de mando –aconseja padre.

   -Después de levantarte, orea unos diez o quince minutos la cama y luego la haces. Y en todo momento se muy limpio y ensucia lo menos que puedas –son los consejos típicos que pueden esperarse de una madre-. Y en la mesa pórtate con educación. Cuando te ofrezcan algo, por mucho que te apetezca, agradécelo pero contesta que no, y solo si insisten, acéptalo. Por la mañana o antes de acostarte, acuérdate de lavarte bien los dientes. He puesto tu cepillo y la pasta en el neceser que te compré anteayer en casa Ricardo.

  -Ah, Tete, y no te hurgues la nariz como hace Pedri, que madre dice que es muy feo –apostilla Charito que se suma al ruedo de las recomendaciones.

   El muchacho está un poco abrumado ante tanto consejo y tantas advertencias a sumar a las muchas dudas que ya tiene sobre como deberá comportarse en una familia a la que solo conoce por encima y en un entorno del que no sabe nada. No solo está abrumado, sino también temeroso de que su estancia en el Mas sea tan aburrida que los dos meses que ha de estar le puedan parecer dos años. Además, nunca ha montado en un mulo y le da vergüenza confesar que tiene miedo de caerse y de no saber conducir al cuadrúpedo. Pero, como acostumbra, se traga sus temores y lo que pregunta es una cuestión trivial.

   -¿Cada cuánto quieren que les escriba? Aunque no sé si en el Mas habrá buzón para echar las cartas.

   -Cuando quieras, pero no te preocupes por si hay o no buzón, que no creo. La señora Paca me dijo que una vez al mes, al menos, ha de venir al pueblo o mandará al mayoral para arreglar asuntos de las fincas que tienen aquí. Cuando vaya a venir, le das una nota para nosotros –explica madre.

   -Y si me aburro tantísimo que no puedo soportarlo, ¿qué hago?

   -Dudo mucho que llegues a ese extremo –afirma padre-. En un mas como el Canònge, no puedes imaginarte la de cosas que se pueden hacer y la de conocimientos que se pueden aprender. Estoy seguro de que no tendrás tiempo para aburrirte -Y madre, a lo dicho por padre, añade:

   -Ten en cuenta que, por lo que me ha contado la señora Paca el Mas tiene de todo: ovejas y cabras, vacas, cerdos, gallinas, conejos a mansalva y hasta ocas. Y el caserón de la masía es viejo, pero muy grande, y además hay establos, graneros, pajares, un horno de leña, un pequeño molino para prensar aceite y una gran alberca en la que hay patos. Como eres tan curioso, solo con explorar todas esas dependencias te va a llevar su tiempo. Como dice padre, puedes aprender muchas cosas que no sabes. Quizá en algún momento añores a tus amigos, pero de aburrirte nada. Y, además, te llevas muchos tebeos y libros, más los que te van a regalar los Villalonga como el Libro de la Selva –las buenas impresiones que los padres le pintan no acaban de convencer al muchacho que sigue con sus miedos y que, además, se va con la incógnita de qué va a poder estudiar cuando termine el cuarto curso.

   A las dos y pico de la tarde Zaca, que está  apostado en una de las ventanas del almacén, ve como el mayoral abre la puerta de la Fábrica que da a la calle y entra conduciendo dos mulas que le parecen altísimas. “Dios mío –se dice-, ¿y en esos animales tan grandes tendré que subirme? Como me caiga me voy a romper la crisma”. La valentía no es una de las virtudes del chico. La voz grave del mayoral vuelve a sonar en la entrada de casa.

   -Ave María, otra vez soy yo, el mayoral del Canònge -el señor Zacarías sale disparado a oír a su paisano.

   -Sin pecado concebida. Pase, pase, Valerio, le estábamos esperando.

   -Buenas tardes. Aquí me tienen. ¿Está preparado el mozo? ¿Ese es su equipaje? Chaval, que no te vas a las Américas –se chancea Valerio al ver la de bultos que hay en el recibidor: una maleta de cartón, dos envoltorios de tela, otros tantos fardos atados con cordeles y un saquito con viandas-, que estamos relativamente a poca distancia de aquí. Es un viaje de unas cuantas horas, no al fin del mundo.

   -Es que lleva muchos libros y cuentos –le disculpa madre.

   -Me parece bien, pero no sé si tendrá mucho tiempo para leer. En el Mas, los collados, los barrancos, las praderas, los cortados, los bosquecillos y las plantas y animales de roda clase te enseñarán más de la vida real que los libros. Pero no soy yo quien para aconsejarte que sea mala la lectura. Hay un tiempo para cada cosa –y en un cambio de tercio, agrega-: Si me disculpan, voy a acercar las mulas para cargar todos esos petates -Lo que parecía un excesivo bagaje, el mayoral, en un visto y no visto, lo acomoda en las alforjas de la mula roma que ha traído a la puerta de la casa.

   -Que apañado es usted, señor Valerio –le adula madre.

   -La práctica, señora, la práctica. Bueno, chaval, despídete de la familia que nos espera camino por delante.

   Zaca va besando a padres y hermanos como si partiera a tierras allende los mares. En puridad, salvo las temporadas pasadas en San Mateo con la tía Emilia, es la primera vez que va a estar tanto tiempo fuera de casa y un nudo se le ha hecho en la garganta, aunque procura aparentar un aplomo que no tiene. La tensión baja unos grados cuando Pedrito formula una última petición.

   -Tete, si allí hay, ¿te acordarás de lo que te pedí?

   -Pedrito, ¿qué le has pedido a tu hermano? –se interesa, curiosa, madre.

   -Una cría de perdiz. Quiere probar si se pueden criar en jaulas como los conejos –refiere Zaca. Al oírlo, Valerio suelta una carcajada y se encara con el pequeño.

   -Chavea, por perdices no quedará. En los cerros que rodean el Mas hay varias bandadas, aunque como mejor están las perdices es en la cazuela –Y dirigiéndose al primogénito pregunta-: Sabrás montar, ¿no? –Zaca duda, pero opta por decir la verdad.

   -No, señor mayoral. Será la primera vez que monto en una mula. Y no sé si sabré hacerlo.

   -Cabalgar no tiene demasiados secretos. Procura sentarte recto en la silla aunque sin ir envarado, tira de las riendas hacia tu derecha si quieres ir en esa dirección y hacia la izquierda si es en sentido contrario. Y si quieres parar la mula, tira más fuerte de un modo seco. Aunque no lo vas a necesitar, pues el ronzal voy a llevarlo yo. Y la Tusona, que ese es su nombre, se conoce el camino de memoria y es hembra de confianza. De todos modos, no te quitaré el ojo de encima. Y te prometo que, una vez que estemos en el Mas, en unos días haremos de ti un jinete que parecerá que hubieras hecho la mili en caballería. Hala, apoya el pie izquierdo en mis manos y pa arriba. El Canònge nos espera.

   Y yo, ¿qué espero del Mas?”, se pregunta el muchacho. No tiene respuesta. Lo que hace es agarrarse fuerte a la silla porque la Tusona al sentir el peso ha movido los cuartos y ha intentado echar a andar, pero un tirón del ronzal de Valerio la ha parado en seco. El chaval no pensaba que iba a estar tan arriba, por lo que le da un espasmo de miedo que trata de controlar para que la familia y, sobre todo el mayoral, no noten su tembleque. Bueno, se dice, “Lo que sea, sonará y bien pensado dos meses pasan en un pispás”. El muchacho desconoce que el tiempo no es inflexible, sino elástico. Y cierra los ojos en cuanto la mula –la Tusona la ha llamado el mayoral- echa a andar. Y antes de cruzar la puerta exterior de la Fábrica se acuerda de rezar a San Cristóbal, patrón de los viajeros: "San Cristóbal, tú que tuviste la gracia de llevar al niño Jesús sobre tus hombros, te ruego que guíes mi camino, me des fuerza y me protejas ante los peligros que pueda encontrar. Amén”. Y mayoral, muchacho y mulas parten para el Canònge. ¿Qué le espera al chico[?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 52, de la novela “El masover”, titulado: ¿Y ahora qué?

 [CM1]

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