martes, 11 de noviembre de 2025

45. “El masover”. Sisca, mujer

   Paquita lleva varios días con síntomas físicos nada habituales en una chicuela que tiene una saludde hierro. Ha perdido el apetito, tiene náuseas, sus incipientes mamas se le han puesto sensibles y le han salido unos granitos que afean su agraciado rostro. Hacia el quinto día, la muchacha se alarma porque ha ensuciado las bragas. No sabe si es sangre, pues solo es una mancha de color marrón. Su primera intención es contárselo a su madre, pero no lo hace, pues no es dada a las confidencias y su trato con ella es una mezcla de suspicacia y de vergüenza. Quizá sea mejor contarlo a alguna de sus amigas, pero tampoco tiene tanta confianza como para referir sus intimidades. A quien termina diciéndoselo es a Julia, pues tiene más confianza en su abuela que en cualquier otra persona.

   -Abuela, no sé si estaré enferma. Parece que he perdido un poco de sangre por ahí abajo. Ya sabes.

   -¿Cuándo lo has notado?

   -Esta mañana. Y además, no me encuentro muy bien. He estado a punto de devolver. Algo me ha debido de sentar mal.

   -¿Es la primera vez que te pasa?

   -Que recuerde, sí.

   -¿Tu madre te ha explicado que las mujeres tenemos unos días al mes que sangramos, sin que ello suponga que estemos enfermas?

   -No.

   -Esta hija mía… -da la impresión de que la abuela parece un tanto molesta. No está claro si es por lo que acaba de contarle su nieta o por la desidia de su hija en sus deberes como madre-. ¿Te has cambiado las bragas?

   -Claro, abuela, estaban sucias.

   -Busca en el arcón donde la ropa interior de tu madre, encontrarás unos pañitos rectangulares con unas cintas. Tráelos y te explicaré para que sirven y como debes ponértelos. Mejor que lo hagas cuando tu madre no te vea. Si vuelves a manchar dímelo enseguida. De todas formas, esta tarde, tú y yo, vamos a tener una charla. Y no será de abuela a nieta, sino de mujer a mujer.

   -Y eso de mujer a mujer, ¿qué quiere decir?

   -Esta tarde te lo cuento.

   -Otra cosa que no te he contado, abuela, porque me da vergüenza, es que parece que me han crecido los pechos. ¿Eso es bueno o malo?

   -Ni bueno ni malo. Es porque estás creciendo y cuando una niña crece hay partes de su cuerpo que se desarrollan mucho más. Y hablando de crecimiento, esta tarde otra cosa que vamos a hacer será comprobar si la raya que hice el pasado verano, en el cuarto de estar, para saber cuánto medías, sigue valiendo o ya la has sobrepasado.

   -A mí me gustaría ser más alta que madre –está a punto de añadir y que tú, pero no lo dice. Igual a la abuela no le gusta.

   -Lo serás, hija, lo serás. Tu padre de joven era un buen mozo. Ah, dile a tu madre que te compre sostenes, no es bueno ir con los pechos al aire, hay que sujetarlos.

   -Se lo diré, abuela. ¿Si tengo que llevar sostenes es que me he hecho mayor?

   -Claro que sí, hija. Has dejado de ser una niña y tendrás que ir acostumbrándote a pensar como una mujer; al menos como una mujer joven.

   Julia está casi segura que lo que le ocurre a su nieta es que, de golpe y porrazo, se ha hecho mujer.  Los indicios son evidentes: parece que ha sangrado, tiene la edad apropiada, le han crecido las mamas, tiene vello en las axilas y, posiblemente, también lo tenga en las partes pudendas. “Blanco y en botella,” se dice. Ha pasado lo que más pronto que tarde tenía que pasar, la aparición de la primera regla. Se pregunta cómo su hija no le ha contado a Paquita los cambios hormonales que su cuerpo iba a sufrir al llegar a la adolescencia, y se dice que algo hizo mal como madre al no formar mejor a su hija y que ahora repercute en su nieta. “Quizás –piensa- tendría que haber dedicado menos tiempo al Canònge y más a  mis deberes como madre. Pero eso ya no tiene remedio. De todas formas, y para confirmarlo, habrá que esperar el próximo mes a ver si vuelve a sangrar y la sangre tiene un color más rojo”.

   Esa tarde, después de terminada la clase, abuela y nieta mantienen una larga y distendida charla en la que Julia cuenta a Paquita lo que debe saber sobre la menstruación y los cambios por los que está pasando, al tiempo que le brinda su apoyo y consejo para afrontarlos de manera natural y sin sobresaltos. 

   -Es perfectamente normal que a algunas chicas la primera regla les dure solo dos o tres días. Muchas pierden muy poca sangre en sus primeras menstruaciones, mientras que otras la pierden en mayor cantidad. La menstruación suele ocurrir cada veinticuatro a treinta y ocho días, aunque un ciclo de veintiocho días es el más común.  

   -¿Y desde cuándo se cuenta la duración de un ciclo?

   -La que existe entre el primer día de menstruación y el primer día de la siguiente. Dados los antecedentes de tu madre, y de mí misma, lo normal es que seas regular. Aunque eso solo lo sabremos cuando lleves varios meses con la regla. Cuando empiece tu período tal vez tengas un poco de dolor de tripa y estés un poco irritable, pero eso es normal. Nos ha pasado a casi todas. Otra cosa que, posiblemente, te va a pasar es que crecerás algunos centímetros, lo que te vendrá bien, pues serás más esbelta. ¿Has entendido todo lo que te he explicado?, ¿tienes alguna duda? No tengas ninguna vergüenza en preguntar lo que quieras. Ya sabes cuánto te quiero y lo importante que eres para mí.

   -Abuela, ¿los chicos notan cuándo tienes el periodo?

   -No, necesariamente. Pero si tienes confianza en un chico, quizás lo mejor es que cuando tengas la regla se lo digas. En general, lo aceptan como algo normal, pues también les pasa o les ha pasado a sus madres y a sus hermanas, en el caso de tenerlas.  

   -Y a mis amigas, ¿se lo puedo contar?

   -Claro. Y hasta es bueno que se lo digas, pues posiblemente, a su vez, ellas te cuenten como llevan lo de la regla y de esa forma aumentará tu experiencia sobre ella. Y no hay nada que refuerce más los lazos amistosos que hacerse confidencias.

   -Entonces, cuando vuelva al Mas, ¿se lo podré contar a Julieta?

   -Por supuesto.

   -Y al perder sangre, ¿no olemos cómo sucias?

   -No tiene por qué, pero ya que hablas de olor, algo que se debe hace durante el periodo es extremar la higiene personal. Lavarse más a menudo. Cambiarse el pañito cuantas veces sea necesario y usar agua de colonia o algún perfume que no sea intenso. Pero lo más importante es, como dije, mantener una escrupulosa higiene personal.

   -¿Y los pechos me seguirán creciendo?

   -Sí, hasta un cierto punto.

   -Ojalá tenga unos pechos grandes. Me he dado cuenta de que los mozos es lo primero en que se fijan de las chicas, en la pechuga. Me gustaría tener buenas tetas.

   -Es un error, Paquita. Ser pechugona tiene más inconvenientes que ventajas. Tener un pecho grande puede generar diversos inconvenientes, tanto físicos como anímicos. Físicamente, puede causar dolor de espalda, cuello, hombros y problemas de postura. Anímicamente, puede generar inseguridad y algunos complejos. Hay una frase popular, y bastante vulgar, pero que lo describe: Pecho que mano no cubre no es teta, es ubre. Si te pareces a tu madre y tu abuela, lo más probable es que acabarás teniendo unos senos, digamos, de tamaño medio, no grandes ni chicos, que es lo mejor.

   -¿Y cada cuándo he de cambiar de sostén?

   -Los sostenes, también llamados sujetadores, deben cambiarse igual que las bragas. Diariamente, a ser posible. En cuanto a su tamaño, en la medida que te crezcan los pechos, tendrás que cambiarlos por otros más grandes.

   -Abuela, también me da vergüenza preguntarte esto, pero si no te lo pregunto, ¿a quién lo voy a hacer? ¿La regla que tiene que ver con lo de tener niños?

   -Mucho. Desde ahora ya puedes tenerlos. Por lo que deberás andar con mucho cuidado en tus relaciones con los chicos. No debes dejar que te manoseen como si fueras un objeto. Si alguno quiere propasarse debes ponerlo en su sitio y exigirle que te trate con respeto, como si fueras su madre o una hermana.

   -Y si un chico me besa, ¿ya quedo preñada?

   -No, criatura. ¿Tu madre tampoco te ha contado cómo nacen los niños?

   -Algo me dijo de una cigüeña, pero no le hice mucho caso. Sé cómo nacen los animales y que les hacen los toros a las vacas y los carneros a las ovejas. Entre las personas, ¿es parecido?

   -Hasta cierto punto –y Julia, tirando de paciencia, describe a su nieta el proceso de la fecundación humana y el nacimiento de los bebés. Se ratifica en la impresión de que su hija, como madre, es una calamidad y que ella, en su rol materno, tampoco hizo lo que debió hacer. Se consuela pensando que aún está a tiempo de que su nieta tenga las explicaciones necesarias y suficientes.

   -Abuela, volviendo a lo de los besos. Si un chico me gusta y dejo que me bese. ¿Qué pasa?

   -Si un chico te gusta y a él le gustas, tendrá que respetarte y comportarse correctamente. Un beso no hace daño a nadie, pero si se multiplican pueden ser un peligro. Deberás controlarte y controlarlo. Lo irás aprendiendo con la experiencia.

   -Y si además de besarme, ¿quiere tocarme?

   -Toqueteos, ninguno. Y en el mejor de los casos, debes seguir a rajatabla esta norma: ninguno de cintura hacia abajo. Y los menos posibles hacia arriba. ¿Es que hay algún chico que te gusta?

   Paquita no contesta la pregunta de su abuela, pero que se haya puesto colorada, como un pimiento de La Vera, es un incontestable indicio para Julia de que, por primera vez en la charla, su nieta le oculta la verdad. Tendrá que investigar, es mucho lo que se juega la familia con las futuras relaciones de Paquita. Y piensa que no le será difícil descubrirlo, dado que los chicos con los que se relaciona su nieta se pueden contar con los dedos de una mano y sobran. Como la conversación se ha alargado en el tiempo, Julia decide que vale por el momento, pero que habrá que seguir batiendo el hierro mientras esté caliente.

   -Bueno, cariño. Por hoy es suficiente. Te insisto en que cualquier duda o pregunta que tengas puedes contármela cuando quieras. Por muy atareada que me veas, siempre tengo tiempo para ti, pues eres lo más valioso del Canònge, y has de saber que estoy muy orgullosa de ti.

   -Una cosa, abuela, como ya soy mujer, ¿puedo pintarme los labios?

   -Aún eres demasiado joven para pintarte. Tienes una piel que parece de marfil y unos labios preciosos. Mejor que por ahora los dejes como están. Porque, ¿sabes por qué nos pintamos las mujeres? Más que nada para disimular nuestras imperfecciones y cuando nos hacemos mayores para encubrir las huellas de los años. Y tú, eres un pimpollo sin fallas, por lo que no tienes que disimular nada y faltan muchos años para hacerte mayor.

   -Gracias, abuela, por tus respuestas. También yo te quiero mucho y te tengo un gran respeto. Eso si me lo ha inculcado madre. Antes de irme, ¿puedo plantearte una última pregunta? Más que nada es una curiosidad.

   -Por supuesto. Dime.

   -¿Tú, te casaste por amor o por conveniencia? –La pregunta ha sorprendido a Julia. No la esperaba. Por un momento duda si dar una respuesta vaga o contarle le verdad. Opta por sincerarse.

   -Pues ni una cosa ni la otra. Mi matrimonio con tu abuelo José María, que Dios tenga en su gloria, fue arreglado entre mis padres y los de él. Era lo que se estilaba entonces. Yo era la pubilla del Canònge, y él era el segundo hijo del Mas de Cavanilles. Nos conocimos unos meses antes de la boda. Yo no estaba enamorada, pero tu abuelo me gustó desde nuestro primer encuentro. Era divertido y buena persona, aunque conocía pocos chicos para hacer comparaciones. Fue amable conmigo y nunca me puso la mano encima, algo que jamás debes consentir. Y fuimos felices hasta cierto punto.

   -Y esta sí que es la última. ¿El matrimonio de mis padres también fue un arreglo o estaban enamorados?

   -Tengo la obligación de contarte la verdad, aunque duela. Fue un arreglo, que yo impulsé en buena medida. Tu madre siempre fue blanda, le faltaba, y le sigue faltando, carácter. Por ese motivo, le busqué un novio que tuviera el genio que ella no tenía. Y ahí entró tu padre. Manuel, de joven, era hombre de talante consistente e ideas propias, hasta que enfermó. Ahora, ya lo ves, desgraciadamente ya no se puede contar con él, la enfermedad no solo le ha minado la salud sino también el temperamento.

   -Abuela, si alguna vez me caso, me gustaría hacerlo enamorada.

   -Es lo mejor, hija, pero solo Dios sabe lo que va a depararte el futuro. Pero recuerda lo que te he explicado: ya eres mujer y debes empezar a comportarte como tal. Y el amor es como los pimientos, nunca sabes cuándo te va a salir uno picante.

   -Eso de los pimientos no lo he entendido, abuela.

   -Lo que he querido decir es que nunca sabes cuándo vas a encontrar el amor. Puedes enamorarte de quien menos sospechas y hasta de no encontrar a quien amar. Ya sabes lo que dice el refrán: el casamiento y la mortaja del cielo baja.

   Tras la conversación con su abuela, la masoverita se pregunta si le debería contar a su amigo Zaca que ya es mujer, pero como no sabe de que manera hacerlo, opta por no decirle nada. Tiempo habrá, y Paquita, Paqui para sus amigas, y reconvertida en Sisca por el hijo del llumero de Torreblanca, piensa en si ser mujer le acarreará muchos problemas. “Bueno -se dice con una filosofía muy masovera-, lo que tenga que pasar, pasará. Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. ¡Ya soy mujer!, ¿y ahora qué?”

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 46 de la novela “El masover” titulado: La mona de Pascua

martes, 4 de noviembre de 2025

44. "El masover". La primera pandilla

    Al día siguiente del sacrificio del cerdo, Rosario va a visitar a los masoveros del Mas del Canònge llevándoles una muestra de la matanza.

   -Rosario, muchas gracias, pero te has pasado. No tenías que haber traído nada. De todas formas, te lo agradezco, es todo un detalle. Tengo café de puchero, ¿quieres una tacita? Lo que no tengo son galletas tan buenas como las que tú haces, tendrás que conformarte con unas María –dice Paca.

   La conversación se dilata y de las banalidades que se cuentan dos amas de casa pasan, sin darse cuenta, a la confesión de confidencias familiares que solo se refieren a amistades íntimas.

   -¿Qué tal va lo de los conejos? -Rosario se desahoga, algo que hace pocas veces, pues fuera del ámbito familiar no tiene tantas amigas como para contar sus cuitas.

   -Últimamente, han bajado las ventas. Mi marido opina que a la gente le ha podido pasar lo que nos ocurrió a nosotros: que de tanto comer conejo llegamos a aburrirlo. Y encima a mi Zaquita le han pasado algunos lances muy desagradables. Te cuento –Y Rosario le relata como una clienta, por la compra de un conejo dio al chico un saco con varios kilos de patatas que, al vaciarlo en casa, vieron que buena parte de los tubérculos estaban podridos-. No veas, el disgusto que se llevó mi hijo, con lo mirado que es. Su padre quería que devolviera las patatas y que afeara a la compradora su comportamiento. Me costó, pero pude convencerles de que lo mejor era no hacer ni decir nada. Que cosas así, si se propagan, dan mala fama a un negocio y pueden originar que otras personas hagan trueques parecidos.

   -Desde luego, hay gente que no tiene vergüenza. Mira que engañar a un chico tan majo y tan honrado como es tu hijo mayor.

   -Hay gente para todo. Escucha lo que le ocurrió con otra compradora, que fue todavía peor. Vendió un conejo a una clienta, con la que había tratado otras veces. Me disculparás que no te dé su nombre porque es de una familia muy conocida en el pueblo. La compradora le pagó con un pesetó de plata. Cuando el chico hizo la liquidación, a mi marido le pareció que la moneda no tenía buena pinta. La llevó al banco y don Eduardo le dijo que era más falsa que un duro sevillano. Lo de menos ha sido la pérdida de dos pesetas, lo desagradable ha sido el disgustazo que se ha llevado el muchacho por no haber notado la falsedad.

   -Lo que te he dicho, hay gente que no tiene vergüenza. Y lo siento por Sacarietes. Tú, anímale mucho que eso le puede pasar a cualquiera, no sea que el muchacho se te venga abajo.

   -La verdad es que los disgustos que se ha llevado algo sí le han afectado, pero se le pasará. Ahora se ha vuelto más desconfiado. Aunque todo hay que decirlo: los deshonrados son los menos, pero son los que más se hacen notar.

   -Pero, ¿seguís con el negocio?

   -Sí, claro. Todavía nos renta. Lo que hemos hecho es acortar el número de veces que el chico sale a vender. Ahora lo hace tres veces a la semana y tampoco se pasa por todas las calles, algunas ni siquiera las pisa, como las que están en el entorno del Calvario.

   -Por cierto, ya que hablas del Calvario, alguna vez me has comentado el fervor que le tienes al Santocristo que hay allí, y al que de vez en cuando te acercas para rezarle un rosario. Un día me tienes que llevar contigo porque no lo conozco.

   -Eso está hecho, Paca. Cuando quieras iremos a visitarlo. Te enseñaré la ermita del Cristo y la iglesia de San Francisco, que fue la primera iglesia del pueblo hace una montonera de siglos. Todo el Calvario es digno de verse: en los bancales están las  capillas que recrean momentos clave de la Pasión de Cristo, y entre ellas hay cipreses que parecen estar de guardia. Y como sé que tu marido anda pachucho de paso podemos rezarle un rosario al Cristo que es muy milagrero. Y hablando de Manuel, ¿cómo sigue?

   -No se encuentra nada bien. El médico de Benlloch nos dijo que tiene reúma, pero todo lo que le mandó tomar no ha servido para nada. Por eso fuimos a ver a un especialista de Castellón que nos dijo que lo que tiene es un proceso agudo llamado artrosis. Es una especie de reúma, pero más fuerte. Se le están deformando las manos, cada día que pasa anda peor y sufre fuertes dolores. En el último año ha envejecido una barbaridad. Últimamente no sale del Mas, se pasa el día sentado en una mecedora tomando el sol.

   -Sí que lo siento, Paca. Pero es un hombre todavía joven y puede curarse.

   -No tan joven. Cumplió los cincuenta. Y lo de curarse cada vez lo veo más negro. Le voy a llevar a un especialista de Valencia para pedir una segunda opinión. A ver qué nos dice. Ya te contaré.

   Semanas después, Paca cuenta a Rosario que ha llevado a su marido a una clínica de Valencia, donde le han hecho diversas pruebas y hasta le han echado los rayos X. Los médicos valencianos han confirmado el diagnóstico del especialista de Castellón: tiene una artrosis deformante cuyos síntomas son rigidez, contracciones musculares y debilidad que irá a más a medida que pase el tiempo. En una fase avanzada puede tener problemas de habla y de respiración. Y que la medicina no ha encontrado por ahora un remedio eficaz.

   -¡Qué desgracia, Dios bendito! Espero que se hayan equivocado y no te quedes sin marido.

   -Sin marido ya me he quedado –y, aunque están solas, Paca baja el tono para agregar-: Dormimos en habitaciones separadas desde hace más de dos años, no te digo más.

   -Bueno, eso no es lo peor que podía pasarte. A veces cumplir con el vínculo es una pesadez. Te lo digo por experiencia propia. ¿Y él como se lo ha tomado?

   -No hace nada, ni quiere hacerlo. Ni siquiera tiene ganas de comer, se está quedando en los huesos.

   -Pobre hombre. Habrá que confiar en Dios.

   Y ambas matronas siguen contándose intimidades a media voz como si alguien pudiese oírlas, aunque están solas en la cocina de la casa de los masoveros. Y si algo es capaz de convertirse en el cemento que fragua una amistad entre dos personas es conocer las intimidades más sensibles del interlocutor.

   El año 1933 comienza con algunos cambios en la vida de Zaca Clavijo. Uno de los más significativos es el bajón experimentado en algunas de sus actividades que más le han marcado en los dos últimos años: la de escrivent y la de coniller. En la de escritor de cartas le han surgido competidores que, aunque no tienen su caligrafía, ni sus conocimientos sintácticos, esgrimen una importante baza: son mucho más baratos y asequibles. El hecho de que tenga menos clientes que demanden sus habilidades de amanuense ha repercutido en la merma de suministros alimenticios a la despensa familiar. Algo parecido ha ocurrido con la actividad de coniller. La venta de conejos, que ha disminuido en los últimos tiempos, no remonta. El motivo de ese bajón es un misterio para la familia Clavijo. Lo cierto es que hay un deterioro general en la economía del pueblo. Los productos agrícolas –el bastión económico local- se pagan menos de lo que lo han hecho en los últimos años y eso redunda en que la gente gasta menos que antes. Y como en el caso de las cartas, la merma de las ventas repercute directamente en la despensa de la familia. Todo lo cual, supone que el nivel de vida de los Clavijo ha vuelto a caer en un bache. No están tan mal como en 1930, pero si han retrocedido respecto al nivel de vida que tuvieron en el bienio 1931-32. Al disminuir el tiempo que dedica a sus actividades de escrivent y coniller, Zaca tiene más tiempo para estudiar, pero se ha dado cuenta de que no lo necesita. Ahora tiene una metodología propia que ha ido afinando en los últimos años. Primero, lee de una tirada cada lección. Luego, subraya los conceptos más significativos del texto leído. Después, resume en una cartulina las ideas más importantes de entre las que ha subrayado. Finalmente, trata de memorizar las fichas. Método al que ha bautizado con el acrónimo de LESURE, iniciales de leer, subrayar y resumir. Esta metodología le llevó mucho tiempo al principio, pero en cuanto tiene confeccionadas las fichas de un manual, repasarlas es coser y cantar. Con lo cual, a partir aproximadamente de mediados del segundo trimestre del curso, puede permitirse el lujo de tener mucho más tiempo libre, tanto que si no fuera por su acrisolada afición a la lectura hasta se aburriría.

   Otro cambio que paulatinamente está afectando a Zaca es que comienza a desinteresarse por la política. Sus paradas en el café del Pincho han disminuido y cuando se queda está más atento a las partidas de ajedrez que a los comentarios de los integrantes de la tertulia. Y uno de los motivos de su creciente desapego a las cuestiones políticas es que sus intereses comienzan a ser otros, entre otros el descubrimiento del sexo. El chico está en plena  adolescencia, tiene un asomo de bozo, sus axilas se han poblado de pelo, el vello púbico se ha espesado, ha comenzado a tener erecciones y alguna que otra noche ha mojado la sábana por culpa de sus primeros sueños húmedos. Este conjunto de síntomas los condensa Rosario en un comentario a sus primas que no puede ser más explícito:

   -A Zaquita le empieza a disparar el cañoncito.

   De lo que está quejoso Zaca es de la cada vez más recurrente ausencia de sus amigos, aunque no les echa la culpa, ya que es consciente de que si no los tiene cuando los necesita es por mor, no de la voluntad de sus camaradas, sino de las circunstancias: los dos Joaquines estudian en Castellón, por lo que de lunes a viernes no se puede contar con ellos, y Manolo, entre que ayuda a su familia y la de veces que enferma, pocas veces se puede contar con él. La consecuencia es que los muchos ratos libres que tiene Zaca no cuenta con amigos con quienes jugar. Y aunque sigue leyendo con idéntica intensidad que siempre, el día da mucho de sí  y tiene tiempo de sobra hasta para aburrirse.

   En lo que queda de año, prevé que solo se va a juntar con todos sus amigos en las vacaciones de Semana Santa, que habrá que marcar con piedra blanca, pues este año, por primera vez en la rutinaria vida del grupo, van a festejar con chicas la mona de Pascua, a celebrar el domingo de Resurrección. Pifarré y Queralt, los más precoces sexualmente, se han encargado de buscar una panda de chiquillas con las que juntarse para festejar la mona. Acordaron que deberían elegir un grupo de cuatro chicas, que fueran más o menos de su edad y bien consideradas socialmente. La razón de esa condición es que una cuadrilla en la que tres de sus componentes estudian para bachilleres no puede juntarse con cualesquiera. Tras diversas idas y venidas, muchos cabildeos y hasta la discreta participación de doña Pilar –la madre de Queralt-, se juntan con un grupo de muchachas para formar su primera  pandilla mixta. Es toda una novedad, los cuatro amigos van a tener compañeras femeninas, lo que supone un avance en la inclusión de la camarilla en el mocerío local.

   El grupo femenino elegido está formado por cuatro chiquillas: Caridad: delgada, rubita, estilosa, con un rostro anodino y que mangonea a las demás, quizá porque, además de ser la mayor, tiene un comportamiento muy estricto y una moralidad intransigente; hija de una viuda que tiene la única tienda de ropa confeccionada del pueblo. Carmina: menuda, fibrosa, no es una belleza pero su natural alegre la hace simpática; hija de un exguardia civil reconvertido en agente de la propiedad, aunque de lo que viven es de las muchas fincas que heredó la madre. Angelita: la más agraciada de las cuatro y que, pese a ser la más joven, es la que tiene el busto más desarrollado, algo sumamente valorado por los adolescentes; su padre es el capataz de la cuadrilla de vías y obras del ferrocarril. Y Visentica: tiene los ojos rasgados como si fuese oriental, es la más esbelta, e hija del secretario de la cooperativa agrícola. Este año, circunstancialmente, hay una quinta muchacha, que los chicos no esperaban, pero a la que conocen, pues ha estado escolarizada en el pueblo: Paquita la Masovereta, bastante mona, pero el que sea masovera y que está de paso la convierten en poco más que un estorbo. Al ser vecina de Zaca, pues vive enfrente de la Fábrica, los amigos le preguntan por ella.

   -¿Es de las que se arriman? –indaga Queralt, que es con diferencia el más libidinoso de los cuatro.

   -¿Tiene conversación? –pregunta Pitarch.  

   -¿Está buena? –quiere saber Pifarré.

   -De arrimarse nada de nada. Es un cardo borriquero. Y no tiene conversación, es más tímida que un verderón y como asustadiza. Y ya que lo peguntas, Pifa, está bastante buena, y hasta podría parecer guapa si no fuera por las pecas que tiene y lo pacata que es.

   -O sea, que la conoces bien, eh. ¿No te la estarás beneficiando? –se burla Pifa, que conoce mejor que nadie que su amigo es más virgen que los arcángeles.

   -Pues a buena puerta has ido a tocar. Ya veréis cuando bailéis con ella, en cuanto queráis arrimaros pondrá el codo por delante y tendréis que bailar a medio metro.

   -Entonces, se la dejaremos a Manolo que a él le da lo mismo tocar carne que hueso –apunta Queralt, no se sabe si como burla o como constatación de un hecho.

   -En cualquier caso, os pido que no le hagáis ninguna marranada –demanda Clavijo-, pues su madre y su abuela vienen con frecuencia a casa y si mi madre se entera de que le habéis hecho alguna barrabasada me puede poner como al perejil, pero ya os digo que es la masovera más masovera que he conocido –Es una exageración, pues lo que no dice Zaca es que se trata de la primera masovera a la que conoce. Y lo que tampoco es capaz de confesar es que ya no la considera tan cardo borriquero como la ha definido. Es una más del millón de cosas que el muchacho no exterioriza. Hasta con sus amigos es, en buena medida, un libro cerrado, pues su intimidad la guarda celosamente. Y como sabe que tiene fama de que pasa de las muchachas de carne y hueso, pues le bastan sus mujercitas de papel, no va a contarles que la masovera le cae bien.  Genio y figura hasta…

   Y así comienza a fraguarse la relación de los cuatro muchachos con la cuadrilla de chicas elegidas para formar su primera pandilla mixta. ¿Cuál será el recorrido de esa amistad? Está por ver.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 45 de la novela “El masover” titulado: Sisca, mujer

martes, 28 de octubre de 2025

43. “El masover” La matanza

   Desde que el primogénito de los Clavijo se ha convertido en escrivent y coniller, los productos agrícolas que consigue con esas actividades enriquecen la despensa familiar. Uno de los resultados de esas aportaciones es que los Clavijo tienen una relativa abundancia de verduras de raíz, especialmente de remolachas y zanahorias. Al enterarse de esa plétora de vegetales la metomentodo de la señora Julia, la masovera, le ha sugerido a Rosario que podrían comprar un porcell –así llaman en el pueblo a un cochinillo- para engordarlo, pues los cerdos comen lo que les eches, y así podrían tener una alternativa a la recurrente carne de conejo. A Rosario le parece una buena idea y, como acostumbra, maquina como plantear la idea a su marido sin que parezca que sale de ella y sin aludir a la abuela, pues sabe que no es santo de devoción de su esposo. Esta vez a quien emplea de tapadera es a su amiga Paca, la hija de Julia.

  -Hoy, al ver la de remolachas y zanahorias que tenemos en el almacén, me ha comentado Paca que con todo ello podíamos criar un cerdo para que, cuando lo matáramos, tuviéramos recambio a la carne de conejo.

   La propuesta ha merecido el beneplácito de su marido que, a raíz de la sugerencia, cuenta a los chicos como era la matanza del cerdo que hacían en su casa turolense de Alcalá de la Selva entre noviembre y enero. Los Clavijo compran un cochinillo, ya castrado, y lo estabulan en uno de los establos del corral reconvertido en cochiquera. Y madre, con la ocasional ayuda de los niños, se encarga de engordarlo. El lechón devora cuanto le ponen en el comedero: remolachas, zanahorias, boniatos, salvado, hierba, patatas y hasta los restos de las comidas caseras. Zaca ha encontrado en el Diccionario Ilustrado Sopena la palabra que explica la voracidad del animal: es omnívoro. Y tan rápido como el animal come, engorda. Tan es así que a los cinco meses calculan que debe pesar algo más de cien kilos. Por lo cual se plantean que hay que ir pensando en poner fin a la crianza del gorrino. Y el final del otoño o principio del invierno es una buena época para la matanza, pues son tiempos más frescos.

   El señor Zacarías habla con Javier Segura, uno de los carniceros locales, para que se encargue del sacrificio del guarro. El día antes de la matanza preparan todo lo que Segura les ha dicho que hará falta: una robusta mesa de madera que llega a la altura de la cintura, un lebrillo de barro vidriado, una tina grande, un balde -ambos con agua-, unas matas de aliaga y diversos cachivaches. A su vez, el carnicero aporta, además de varios afilados cuchillos –alguno de más de quince centímetros-, una sierra de arco, la picadora de carne y el aparato de elaborar salchichas. En la mayoría de casas del pueblo se engorda, al menos, un cerdo cada año y las más pudientes dos. Y el día de la matanza –que se convierte en una auténtica fiesta- es costumbre invitar a algún que otro pariente y amigo y a sus chicos, si los tuviera. El maestro de Valdelinares, don Francisco Escartín –que es uno de los invitados junto con sus niños-, en la matanza que preparan los Clavijo, evoca sus recuerdos de matanzas de otras regiones.

   -En los pueblos de malvivir, como el mío, la matanza del cerdo es casi un rito festivo pues, al menos, ese día llenas la panza hasta decir basta. Y es costumbre llevarla a cabo alrededor del día de San Martín que es el once de noviembre. De ahí que haya un refrán que dice: A cada cerdo le llega… A ver, niños: ¿quién sabe cómo acaba el refrán? –don

Francisco no puede olvidar su condición de pedagogo.

   -Su San Martín –contesta Zaca.

   -¿Ya lo sabías?

   -No, lo he deducido por pura lógica.

   En cuanto llega Segura,  que es recibido con expectación, el anfitrión le acompaña a la pocilga a ver el protagonista indeseado de la fiesta.

   -Bonito marrano –opina el carnicero, mirando al cochino con ojo experto-. Los hay más gordos, pero por el tiempo que tiene se nota que lo habéis cebado bien. Vamos a sacar buenos jamones.

   Entre ambos hombres azuzan al cochino hasta la mesa de la matanza. Allí, el carnicero clava un gancho de hierro en la parte inferior de la cabeza del cerdo que, al sentirse herido, comienza a chillar y a resistirse. Entre cuatro hombres lo tumban en la mesa y, mientras lo inmovilizan, el carnicero le clava un cuchillo en la parte inferior de la garganta haciéndole una incisión por donde el animal comienza a sangrar profusamente. La sangre cae en el lebrillo que Rosario ha puesto bajo el borde de la mesa, al tiempo que bate el fluido para que no cuaje, pues lo necesitarán para la confección de las morcillas. Una vez muerto el guarro, el carnicero, tras palparse los bolsillos y no encontrar lo que busca, pide:

   -¿Alguien me deja un encendedor o una cerilla? -el llumero le alarga su chisquero de yesca. 

   -Esto no me va a servir. Mejor una cerilla –Rosario, que la tenía preparada, le da una caja de cerillas. Segura prende fuego a unas aliagas con las que brasea la piel del cochino para quemarle el pelo. Luego, rasca con un cuchillo la piel para quitarle los restos de cerdas y ceniza. Lo hace con cuidado porque quiere conservar la piel, de la que sacará el tocino, la grasa abdominal y los chicharrones. Después, echa unos baldes de agua a la mesa para que quede limpia, la seca con un trapo y a continuación procede a descuartizar al animal.

   -Vamos allá.

   Segura, con la ayuda de Clavijo padre, pone al puerco panza arriba, y comienza a cortar alrededor del ano, cercenando desde el esternón hasta la ingle. Cuando lo tiene abierto en canal, saca las vísceras que deposita en un balde. Guarda los órganos que se pueden comer y de uno que no es comestible, la vejiga, tras vaciarla y limpiarla, la da a la chiquillería. Un adulto la insufla de aire, lo que la convierte en una suerte de pelota con la que los chavales juegan un partido de fútbol, aunque procuran no patearla demasiado fuerte para no romperla. Zaca, por primera vez en su vida, se permite el lujo de autonombrarse capitán de uno de los dos incompletos equipos y así tener el privilegio de escoger a sus jugadores. “Ojalá pudiera hacer lo mismo en la escuela”, piensa.

   -Miren con que poco se divierten los chavales –comenta don Francisco.

   Mientras, Segura prosigue con el despiece. Guarda los intestinos para usarlos como envolturas de longanizas y chorizos. Abre el pecho del cerdo y separa las costillas para sacar el resto de órganos como el corazón y el hígado, que también guarda. Entre tanto, Rosario lava en agua fría los órganos y los envuelve en papel parafinado. El carnicero, antes de dejar que la carne repose por un día para después procesarla, la lava bien con agua limpia para luego colgarla y que se vaya secando. Al tiempo, aconseja al ama de casa.

   -Rosario, para que la carne esté seca debe macerar un día a temperatura fría, por eso las matanzas deben hacerse en otoño o invierno. Me han dicho que los americanos, que en esto están muy adelantados, lo que hacen es meterla en lo que llaman una cámara frigorífica, que es un cuarto en el que un motor produce temperaturas de bajo cero. Me vendría bien tener una cámara de esas en la carnicería.

   -Javier, ¿Cómo se conservará mejor la carne, salándola o en aceite?

   -Depende. Si es a largo plazo, es mejor salarla, ya que la sal la deshidrata e impide el crecimiento de bichos. Mientras que el aceite se utiliza más para la conservación a corto plazo o en conserva con procesos de cocción o curado previos.

   -¿Y dónde será mejor que la guarde para que se seque bien?

   -En el sitio más fresco de la casa, que suele ser el lado orientado al norte. También puedes hacer lo siguiente: llena una tina, del tamaño suficiente para el cerdo, con hielo y unos cuantos puñados de sal de mesa para conservar la temperatura baja, y pones la carne en la tina para enfriarla. Y ahora viene lo más esperado: voy a cortar los jamones. Has de tener en cuenta, Rosario, que después de haber sacado el jamón, la carne en forma de cuña cerca del espinazo es un corte especial perfecto para asados. También voy a cortar las paletillas.

   -¿Qué son las paletillas?, señor Javier –pregunta Zaca, que está siguiendo la matanza sin perderse un detalle y que va comparando el despiece con el que hacía cuando despellejaba los conejos.

   -Las paletillas son los hombros del cerdo. Y son como jamones pequeños. Tengo clientas que les gusta más el magro de la paletilla que el del propio jamón. Y no andan desencaminadas, para mí la paletilla es la mejor parte para cocciones lentas, pues es un corte grasoso. Y te aconsejo, Rosario, que cuando las cocines lo hagas despacio y a fuego lento, así obtendrás una carne muy suave. Y ahora, la otra joya de la corona: voy a sacar las chuletas y el solomillo.

   -¿Y qué vas a hacer con el tocino? –quiere saber Rosario.

    -El tocino lo dejo entero, ya que así se guarda mejor. Las salchichas las prepararemos mañana. Me habéis dicho que queréis hacer morcillas, longanizas y chorizos, ¿no es eso?, pero antes de irme voy a moler la carne para las salchichas. Rosario, ¿tienes lo que te encargué para las morcillas? –Tras oír la respuesta afirmativa de la matrona, el carnicero, en cuanto acaba la molienda, se despide-: Bien, pues hasta mañana por la tarde que vendré a hacer los embutidos.

   Mientras Segura ha estado despiezando el cochino, Rosario ha ido preparando la comida para los asistentes. En cuanto se marcha el carnicero, que se ha excusado por no poder quedarse a comer, el ama de casa improvisa una mesa al aire libre y en una fogata va asando una muestra de la matanza: algunas de las vísceras, magros, unas chuletas y torreznos. Para los que no les apetezca el cerdo ha preparado una paella. Y de postre ha elaborado sus conocidos pastissets de boniato.

Mientras comen, los dos asistentes más viejos –don Francisco y el señor Zacarías- confrontan como eran las matanzas que se hacían en sus pueblos de origen cuando eran niños. Algunas de las cosas que cuentan sorprenden a más de uno.

   Al día siguiente de la matanza, Segura vuelve a la Fábrica, donde le está esperando Rosario, los invitados y los chicos, que no quieren perderse la elaboración de las salchichas. La matrona enseña al carnicero los ingredientes que ha reunido, imprescindibles para la confección de las morcillas: un saquito de arroz, una fuente de cebolla picada, otra de manteca de cerdo, un salero, botes de pimentón dulce y picante, de pimienta en polvo y de orégano, parte de la tripa del cerdo, que previamente ha limpiado cuidadosamente y ha secado, y la sangre que recogió en el lebrillo el día anterior. Lo primero que hace Segura es mezclar la cebolla y parte de la manteca y la sangre en un amplio recipiente y mezclarlo. Luego, hace lo mismo con el arroz en otra vasija. Después, va añadiendo los demás ingredientes hasta formar una pasta que amasa para que sea uniforme. Rellena las tripas, que el día anterior se lavaron y secaron, hasta las tres cuartas partes de su capacidad, que luego ata en tramos de unos veinte centímetros. Cada tramo será una morcilla de arroz o de cebolla.

   -Hay que pinchar cada morcilla con un alfiler, de lo contrario se romperán al hervirlas –explica Segura.

   Luego, el carnicero hierve agua en una cacerola grande en la que sumerge las morcillas para que se cocinen a fuego bajo durante una hora y media. Tras retirarlas, las escurre y pide a Rosario que las lleve a la fresquera para que se vayan enfriando y se deseque su parte externa.

   -Y cuando estén secas, las cuelgas en un lugar seco y lo más fresco posible para que se conserven el mayor tiempo. Y, en todo caso, debéis consumirlas antes de que se pongan rancias -aconseja Segura.

   De pronto, Sacarietes, en un arranque inusual en él, comenta:

   -Me acuerdo que leí en un libro una poesía sobre las morcillas que comenzaba así -y con su vocecita fina y quebradiza declama-: La morcilla, ¡oh gran señora,/digna de veneración!/¡Qué oronda viene y qué bella! … y no recuerdo más.

   -Es una poesía de Baltasar del Alcázar –precisa don Francisco que hoy vuelve a estar invitado-, un poeta español del Siglo de Oro. Tienes una gran memoria, hijo. Y aunque se ha dicho que la memoria es la inteligencia de los tontos, no hagas caso, cultívala, te servirá con denuedo.

   -Ahora, vamos con las longanizas y luego haremos los chorizos. A ver, niños, ¿qué os gustan más, las longanizas o los chorizos? –pregunta el carnicero. Hay opiniones para todos los gustos. Charito y los hijos de don Francisco se decantan por los chorizos, mientras Zaca prefiere las longanizas. Pedrito ha esperado oír a su Tete para inclinarse por lo que él prefiera.

   Recuerdos de otra época aparte, las imágenes de la matanza del cerdo forman un caleidoscopio que Zaca recordará toda su vida como una imagen vívida de su niñez, y como un inolvidable día de fiesta y de llenarse la andorga hasta decir basta, aunque como antiguo fetiller no es de los que más come.Y así termina la matanza, una jornada de la que todos guardarán un recuerdo imborrable cual si de una divertida fiesta se tratase. Todos, menos el cerdo, claro.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 44 de la novela “El masover”, titulado: La primera pandilla   (