martes, 6 de enero de 2026

53. “El masover”. El Mas del Canònge

   El viaje al Mas del Canònge se le hace eterno a Zaca Clavijo. Aupado en la silla de montar de la mula le da la impresión de que la distancia al suelo es muy superior a la que le ha dicho el mayoral. Y teme que como se caiga se pueda romper la crisma. La mula va al paso que le marca Valerio que la lleva del ronzal pero, aun así al muchacho le parece que anda muy deprisa. Y mantenerse erguido no es tan sencillo como ha dicho el masovero. Encima, mucho antes de recorrer la mitad del camino, ya le duele la entrepierna por su roce con la silla, por lo que piensa que estará mejor yendo a pie que montado.

   -Señor mayoral, por favor –“Hay que cuidar los modales, que sepa que eres un chico bien educado” -se dice-, ¿podría parar un momento?

   -¿Qué te pasa, hijico? –es el primer aragonesismo que se le escapa a Valerio-.Y no me llames señor mayoral. Es ridículo. Llámame mayoral o Valerio, como prefieras.

  -Quiero bajar, si a usted no le importa. Me gustaría andar un rato. Y sepa que señor se lo digo a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno como es su caso.

   -¿Prefieres caminar? Bueno, tú verás, aunque llevas mal calzado para andar por estas trochas. Debías calzar botos o abarcas y no las alpargatas que llevas –y, deteniendo la mula, coge en volandas al chico y lo deposita en el suelo-. Y eres más redicho que un seminarista, chaval. ¿Todos los muchachos de tu pueblo son igual de relamidos que tú?

   -No sé qué ha querido decir con eso de relamido.

   -Pues algo así como demasiado finolis. ¿Y tú estás estudiando el bachillerato? ¿Pero que coño os enseñan a los bachilleres?

   -Es que emplea usted unas palabras que no son corrientes –En ese momento, Zaca tropieza con una piedra y se da de bruces en el suelo. Valerio lo coge del  cinturón y lo levanta como si fuera una pluma.

   -¿Te has hecho daño, mocete?

   -No, señor Valerio. Solo me he raspado un poco la espinilla –Miente el chico, pues si se ha hecho daño, pero en su amor propio por su desmañado tropiezo.

   -Espera, te echaré un poco de vino en el rasponazo, no sea que se te vaya a infectar. Y aprende que para ir por las veredas por las que vamos hay que levantar los pies, no debes arrastrarlos como si fueras por una calle del pueblo en la que el piso es llano como la mano. Y llevar un calzado fuerte como antes he comentado. Serás medio bachiller, pero para andar por el monte tienes mucho que aprender.

   -Gracias por los consejos, señor Valerio. Lo del calzado fuerte no lo sabía. Como dice padre, no te acostarás sin saber una cosa más.

   -En lo de finolis creo que me he quedado corto. ¿Pero sabes qué? Eres un chaval educado. En lo que llevamos de camino me has pedido las cosas por favor una docena de veces. Y gracias me lo has repetido otras tantas. Serás relamido, pero también bien educado, todo hay que decirlo para ser justos.

   -Madre suele decir que de bien nacido es ser agradecido.

   -¿Siempre eres tan refranero?

   -Solo cuando hace falta serlo, señor Valerio.

   -¿De verdad te parezco un señor?, chaval.

   -No es que me lo parezca, es que lo es. Y como así lo creo, por eso se lo llamo.

   -¡Vaya, hombre! No sabes andar por el monte, pero lo que son palabritas no te faltan. Algún día serás un buen abogado o un buen cura, te lo dice Valerio Ariza.

   -Cura, desde luego, no. Y abogado ya me gustaría, pero creo que tampoco. Si llego a maestro de escuela o a perito mercantil me daré con un canto en los dientes. Por cierto, ¿sabe lo que significa Valerio en latín?

   -Ni repajolera idea, mocete. No sé de latines, pues no estuve en un seminario. Lo más cerca que he estado de una sotana fue cuando hice de monaguillo y aquello duró poco, ya que el sacristán me echó de la escolanía cuando descubrió que me bebía el vino de consagrar.

   -Pues Valerio procede del latín valere y significa valer, ser fuerte o valiente.

   -¡La leche que te dieron, chaval! Se nota que estudias pa bachiller. Nadie me había explicado lo del nombre. ¿Sabes qué? Estás empezando a caerme bien. Serás relamido y más redicho que una vieja, pero sabes tratar a la gente con respeto y, para lo jovencico que eres, hablas como si ya hubieses hecho la mili. Creo que haremos buenas migas.

   -Otra pregunta, si no le molesta, señor Valerio. ¿Por qué se llama el Mas del Canónigo?

   -Eso mejor se lo preguntas a la señora Julia que te lo contará con pelos y señales. Lo que sé es que, al parecer, uno de sus antepasados, el que fundó el Mas, era canónigo.

   -Si era canónigo no puede ser un antepasado. Los curas no tienen descendencia.

   -¡Ay, hijico, qué poco sabes de la vida! Habrá que espabilarte. Los curas, aunque lleven sotana, no dejan de ser hombres y los canónigos no digamos.

   Antes de llegar a la masía, el mayoral y el estudiante han charlado de mil y un temas. La conversación ha servido para que Zaca descubra que Valerio no es un tipo cazurro e ignorante, como creía que lo son todos los masoveros. Al contrario, es hombre de palabra fácil y tiene conocimientos de multiplicidad de cuestiones de la vida real y de la naturaleza que, en buena parte de casos, superan con mucho a los del chaval. Y buena prueba de ello es que, en diversos momentos del viaje, le ha ido explicando la naturaleza de diversas plantas y bichos con los que se han cruzado. El diálogo ha servido, además de para conocerse mejor, para que el viaje se les haya hecho mucho menos fatigoso y en un tiempo que a ambos les ha parecido corto avistan el Mas.

   -Ahí lo tienes, el Mas del Canònge. Y como me caes bien, te diré algo que deberás tener muy en cuenta: a la primera que has de tener contenta es a la señora Julia, que así es como se llama la abuela. Los demás bailamos al son que ella toca. Si te la ganas, habrás logrado las dos orejas y el rabo, como los buenos toreros. Y para eso, di a todo lo que te indique que amén, pero luego haz lo que tengas que hacer. La Julia tiene más genio que un sargento de carabineros, por eso solo respeta a los que demuestran que los tienen bien puestos. Y cuentas con una ventaja: palabras no te faltan, solo tendrás que demostrar que además del palabrerío tienes lo que hay que tener. Cojones, vamos. Aunque no sé…, pareces demasiado remilgado –Zaca no sabe que significa remilgado y está en un tris de preguntárselo al mayoral, pero se contiene; “Mejor será -se dice- que busque esa voz en el diccionario de Sopena”.

   Cerca ya de la masía, Zaca ve lo que parece ser un horno de cal y, como hace rato que han dejado de charlar, pregunta:

   -Señor Valerio, eso es un horno de cal, ¿verdad?

   -Sí, señor. La mayoría de masías grandes como el Canònge, suelen tener cerca de casa un horno de cal. Sirve para calentar la piedra caliza y convertirla en cal que se usa para rebozar las paredes internas y también para encalar las paredes externas de la casa como medida higiénica y decorativa.

   -Y la masía, además de la casa, ¿tiene otras dependencias?

   -Naturalmente, hay corrales para las caballerías, las vacas, para la cría de conejos, gallinas, ocas y pocilgas para los cerdos. También existen espacios para guardar herramientas, pajares, lavaderos, almacén de leña… Y como en todas las masías, hay una era para trillar, un granero, un pajar, un estercolero. Y por haber, hasta hay un lagar y un espacio para guardar toneles y botas. El Canònge es más que una masía corriente, es muy grande y muy completo.

   Al poco, aparece un perro ladrando por todo lo alto que, en cuanto huele al mayoral, deja de ladrar y se le acerca moviendo el rabo.

   -Vaya recibimiento, Careto. Ven y olisquea al mocete. Chaval, para ganarte al Careto de vez en cuando has de guardarte un trozo de tocino o panceta para él. Verás que pronto se hace tu amigo. Eso que se dice de que el perro es el mejor amigo del hombre es una filfa, son amigos nuestros porque les llenamos la andorga.

   -Eso me recuerda lo que a veces dice madre: bocado comido no gana amigo.

   -¿Te sabes todo el refranero o solo lo haces para impresionarme?

   -Qué cosas dice, señor Valerio. Tengo una duda. Bueno, tengo muchas, pero esta es ahora el momento de dilucidarla.

   -¡Dilucidarla!, vaya palabro. Te aconsejo que con la gente del Mas no manejes esa clase de palabrerío porque no te va entender ni Dios. ¿Cuál es la duda?

   -A los señores Villalonga y a la abuela Julia, ¿les beso o les doy la mano?

   -Hombre, tú que eres tan refranero, ¿no te sabes aquel que dice: dónde fueres haz lo que vieres? Pues aplícate el cuento.

   La primera impresión que le produce al muchacho la masía es la de una fortaleza medieval, de las que aparecen en los libros de historia. No porque tenga fosos ni puentes levadizos ni almenas, sino por la sensación de reciedumbre que transmite su amazacotado contorno. Desde otra perspectiva también parece una señorial casa de campo, y su aire rural no impide vislumbrarla con una cierta aura de edificio residencial. Es una construcción robusta, con gruesos muros de piedra, techo a dos aguas cubierto con tejas y con canalizaciones para aprovechar el agua de lluvia que, como sabe Zaca, se guarda en cisternas, pues en la Fábrica ocurre lo mismo. Tiene muchas ventanas aunque pequeñas, y el portón de entrada, de madera y refuerzos de hierro, tiene más pinta de acceso a una fortaleza militar que a una casa de campo. La fachada principal está orientada al sur para aprovechar al máximo las horas de sol y evitar los fríos vientos del norte y el oeste.

   -Esas paredes –explica el mayoral- son las que mantienen el interior del caserón fresco, incluso durante los veranos más calurosos.

   Enfrente de la construcción principal hay dos casitas y a los lados se ven otras edificaciones que igual pueden ser establos que graneros o pajares. El Mas está rodeado de alargados bancales ocupados por diversos cultivos y, algo más alejado, se avista un bosquecillo en el que se mezclan pinos piñoneros, encinas y también se ven, aunque en menos cantidad, sabinas, madroños y quejigos. En los claros abundan las jaras, el romero, el tomillo y otras hierbas que el chico no conoce. El camino por el que han llegado termina formando una pequeña plazoleta ante la puerta principal.

   Los masoveros han debido de ser avisados de la llegada de los viajeros, pues están esperándoles a la puerta de la masía. El grupo está formado por el señor Manuel, sentado en una rústica silla de ruedas, a su lado la señora Paca y junto a ella Paquita.

   -Bienvenido, Zaca. ¿Qué tal el viaje, te has cansado mucho? –Es la señora Paca la que le saluda.

   -¡Que va! Hemos venido hablando todo el trayecto y el viaje se me ha hecho cortísimo. Mis padres les envían un saludo y antes que nada he de darles las gracias por su invitación. ¿Cómo está usted, señor Manuel, se encuentra mejor de lo suyo? Y tú, Paquita, te veo muy bien.

   -Ya lo comprobarán, señor Manuel y señora Paca, el mocete es más cumplido que un duelo. Y palabras tiene para dar y tomar. Se nota que es casi bachiller –afirma el mayoral.

   El señor Villalonga, carraspea y con voz un tanto ronca saluda al chico, al tiempo que le tiende la mano.

  -Benvingut al Mas, fill meu. Estoy contento de que estés entre nosotros. Espero que te lo pases bien –y ya no vuelve a decir ni pío. La señora Paca abraza al chico y le planta dos besos en las mejillas.

   -Las gracias te las damos a ti por venir. Como ha dicho Manuel, yo también espero que te lo pases bien. Tu familia está bien de salud, ¿verdad? Bueno, Paqui, ¿y no le dices nada a quien va a ser tu maestro?

   La muchacha musita algo ininteligible, se supone que como saludo. El arrebol de sus mejillas es de un rosado tan intenso que recuerda una amapola. Zaca opta por no preguntarle, pues es obvio el nerviosismo y la vergüenza de la chiquilla. Le da la mano que la masoverita estrecha con torpeza. “Tiempo habrá –piensa- de hablar con ella”.

   -Ven conmigo –le dice Paca-, que la abuela también quiere darte la bienvenida –la masovera lleva al chico a lo que parece un modesto cuarto de estar donde está la abuela anotando cifras en lo que puede ser un libro mayor. Hay otra mujer cosiendo, a quien Zaca no conoce. Julia, al verle, se levanta y abraza al muchacho.

   -Cuanto me alegro de verte, Sacarietes. ¿El viaje, bien? ¿Y tus padres? Esta es la señora Concha, la esposa del señor Valerio –y dirigiéndose a Concha añade-: Este muchacho, ahí donde lo ves, es medio bachiller y será quien le haga escuela a mi nieta –Y, volviéndose a Zaca, agrega-: Estás hecho un tirillas, tendremos que ponerle carne a esos huesos. De eso se va a encargar la señora Concha. Si cuando te vayas no pesas, al menos, media arroba más que ahora será señal de que no lo habremos hecho muy bien. Pero bueno, hija, tienes que enseñarle su habitación. Lo mismo quiere asearse un poco antes de cenar –Y otra vez, se vuelve al muchacho-. ¿Te gustan las codornices en escabeche? ¿Qué no las has probado nunca? Esta noche las vas a catar, verás cómo te gustarán. Hala, llévale a su cuarto y que descanse.

   El muchacho percibe desde ya lo que le ha explicado el mayoral: allí la que lleva los pantalones es la abuela Julia. Y parece ser de las de ordeno y mando. Tendrá que andar sobre aviso si quiere que su estancia sea lo más plácida posible, pues como diría padre recordando su mili en la Marina: donde hay patrón no manda marinero. Y aunque él no forme parte de la tripulación del Mas, pues es un invitado, tendrá que ir ojo avizor a lo que indique la patrona de aquel caserón. “Espero -se dice- no meter el remo demasiadas veces”. Y aunque su religiosidad es escasa, y por lo que pudiera pasar, se encomienda a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles. Quizá la santa le tenga que echar una mano, porque tanto el Mas del Canònge en sí, como sus moradores le parecen un desconocido y cerrado libro del que no sabe que encontrará en sus páginas a medida que lo vaya leyendo. “Será cuestión -se dice- de hacerlo poquito a poco, así podré rehacerme cuando meta la pata, y mejor si no la meto. Bueno –acaba pensando-, ya estoy aquí, ahora a esperar que los dos meses pasen pronto y pueda volver al pueblo y olvidarme del Mas del Canònge y de su gente”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 54 de la novela “El masover” titulado: Codornices en escabeche

martes, 30 de diciembre de 2025

52. “El masover”. ¿Y ahora, qué?

   Con el comienzo de las vacaciones veraniegas, desde San Mateo en el Bajo Maestrazgo donde ejerce de maestra, llega a Torreblanca la tía Emilia. Una de sus primeras visitas es a casa de los Clavijo a ver a su prima Rosario y a los sobrinos.

   -Rosario, dile a tu marido que tenemos que hablar sobre el futuro de Zaquita para cuando el próximo año acabe cuarto. Lo habéis ido demorando, pero ya no debíais retrasarlo más.

   Al día siguiente, el matrimonio Clavijo se presenta en casa de Emilia para dialogar sobre los futuros estudios de su primogénito. Eso ocurrió antes de que Zaca se fuera al Canònge, incluso antes de que surgiera la idea de que pudiese dar clase en verano a la pubilla de los Villalonga. El objeto de la reunión fue importante, pues que el primogénito acabase cuarto de bachillerato le colocaba en una encrucijada clave para su futuro. Como Emilia era la que más sabía de la cuestión, fue quien llevó la voz cantante. La reunión se desarrolló tal que así.

   -Hay que tomar una resolución con los estudios de Zaquita –afirma Emilia-. El plan previsto de que, tras cursar los cuatro años de bachillerato, luego hiciera magisterio ya no es posible. Como os conté cuando comenzó el segundo curso, el mismo año de su proclamación la República cambió el plan de estudios de Magisterio con el objetivo de dignificar la formación inicial del maestro. Desde ese cambio, hay que hacer una prueba de ingreso en la Escuela Normal para el que es necesario tener el bachillerato superior. El nuevo plan consta de tres cursos y un cuarto año de prácticas de enseñanza, pero éstas han sufrido varios cambios. Para no alargarme más, lo que hemos de resolver; mejor dicho, lo que debéis decidir es que hará el chico en cuanto acabe cuarto. En otras palabras, hay que responder a la pregunta: ¿Y ahora, qué?

   -Vuelve a contarnos lo que podría estudiar –pide padre-. Olvidé parte de tu explicación.

   -Las opciones que hay son las siguientes: la primera es completar el bachillerato; es decir, hacer quinto y sexto curso, con lo cual será bachiller superior.

   -Uff, dos años más –exclama madre en lo que suena a lamento.

   -La segunda opción, aprobado el cuarto, es estudiar alguna carrera de grado medio en la que para cursarla sea suficiente tener el bachillerato elemental. Ese es el caso de la carrera de Perito Mercantil que podría hacer en la Escuela de Comercio de Castellón.

   -De esos estudios nunca nos hablaste, Emilia. Necesitamos sabe más de ellos para tomar una decisión –apunta el señor Zacarías.

   -Luego os cuento, primero acabemos con las opciones. Finalmente, otra salida es que estudiase una profesión en la Escuela de Artes y Oficios de Castellón, para lo que le valen los cuatro años de bachillerato.

   -Yo me he perdido –confiesa madre-. Emilia, y tú que eres mucho más lista que nosotros, si tuvieras que tomar la decisión, ¿cuál sería?

  -Conociendo a Zaquita, opino que lo mejor para su futuro es que completase el bachillerato y luego hiciera la prueba para el ingreso en la Escuela Normal. No os lo oculto, el examen de ingreso es duro, pues en definitiva es una oposición ya que las plazas son limitadas, pero creo sinceramente que el chico puede aprobarlo y siempre contaríamos con la ayuda de Paco, que le podría echar un capote.

   -Pero eso supone cinco o seis años más de estudios –puntualiza padre.

   -Así es, pero la recompensa vale la pena. Con el nuevo plan¸ cuando terminas los estudios en la Normal, a los futuros maestros los destinan a escuelas nacionales por un curso escolar con el título de Alumnos-Maestros y les pagan el sueldo de entrada, que son nada menos que cuatro mil pesetas. Y al curso siguiente ya entran de pleno derecho en el Cuerpo Nacional del Magisterio, y tienen la vida solucionada.

   -Pues si para estudiar lo del peritaje vale con los cuatro años de bachillerato habrá que estudiar a fondo esa opción. ¿Y se puede hacer por libre?

   -Creo que sí, pero en principio no creo que sea la salida que más le ilusione, porque al chico le van mejor las letras que las ciencias.

   -Sí, y de hecho las peores notas que saca son en las asignaturas de ciencias –reconoce padre, que añade- Una pregunta importante que vale para todas las opciones y para ir descartando algunas: ¿qué carreras se pueden estudiar por libre?

   -Para hacer magisterio, en el plan de la República se recomienda la asistencia regular a la Normal. El peritaje mercantil se puede hacer por libre. Y en las Escuelas de Artes y Oficios, por las características de lo que se enseña, hay que asistir; es decir, no se puede estudiar por libre.

   -Y en concreto, ¿qué es lo que se aprende en las Escuelas de Artes y Oficios? –quiere sabe padre.

   -Pues oficios prácticos tales como carpintería, herrería, mecánica, fundición, y otras artes aplicadas a la decoración y el trabajo manual. Y, además, Artes Aplicadas: dibujo, pintura, modelado, y técnicas que combinan el arte con la utilidad.

   -Huy, esas enseñanzas no sé si le valdrán a mi Zaquita, pues  todo lo listo que es de cabeza lo tiene de torpe con las manos –apunta madre.

   -Bueno, vosotros sois los que debéis tomar la decisión, pero os aconsejo que antes de tomarla habléis con Paco Roca y con vuestro hijo. Es importante que el chico estudie algo que le guste. Si le obligáis a estudiar algo que no sea de su agrado el resultado puede ser un desastre. Tenedlo en cuenta.

   Ajeno al cambio de impresiones entre sus padres y su tía Emilia, Zaca, tras haber aprobado el tercer curso del bachillerato, se las promete muy felices ante el verano que le espera. Como sus amigos también tienen el verano libre piensan pasárselo de rechupete, pues tienen muchos planes que desarrollar en las vacaciones. Planes que la pandilla suele debatir cuando se reúnen. Sus puntos de reunión más frecuentes son dos: una de las colinas al oeste del pueblo llamada la Pedra de la Lliura, desde la que se divisa la llanura torreblanquina hasta el mar, así como el tráfico de la carretera nacional de Valencia a Barcelona y el paso de los trenes que unen ambas ciudades. En otras ocasiones, donde se apostan es en un altozano denominado la Montañeta de Matagats, situado al norte del pueblo, donde se divisa el mismo panorama que desde la Pedra de la Lliura, aunque es la ubicación que menos utilizan, pues muy cerca está el cementerio, cuya vista no les es demasiado grata. En ambos lugares, además de la visión del tráfico, debaten, discuten y planean los proyectos que podrían realizar durante el verano. Unos son posibles, otros no pasan de ser ensoñaciones adolescentes, como alguno de los que esta tarde proyectan.

   -Podemos ir muchos días a la playa a bañarnos y a mirar las chicas que también lo hagan, entre ellas supongo que habrá algunas de nuestras amigas de la pandilla de la Nevera –propone Queralt, que siempre tiene en mente al sexo opuesto.

   -Y a lo mejor podría haber alguna forastera con la que ligar –es Pifarré quien apoya la propuesta.

   -Pues yo tengo un plan mucho mejor. Ir a la marjalería a coger ranas, tortugas y anguilas.

   .¿Y eso cómo se hace? –pregunta Joaquinito Queralt que es, posiblemente, el que menos sabe del mundo rural. 

   -Para coger ranas, haces una especie de pequeña caña de pescar y al final del hilo…

   -Se llama sedal, no hilo –le corta Zaca, tan pedante como suele.

   -Pues al final del sedal pones una bolita de algodón y a esperar que las ranas piquen. Y luego, las freímos y nos las comemos.

   -No digas majaderías, Manolo. ¿Cómo vamos a comer ranas? ¡Qué asco! –exclama Joaquinito.

   -Yo las he comido varias veces y están buenas. Y no dan ningún asco –les informa Zaca.

   -¿Y las tortugas cómo se cazan? –pregunta Pifa.

   -Metiéndote en cualquiera de las acequias que hay entre los marjales y, como son lentas, puedes cogerlas con las manos –explica Manolo, que añade-: Y se las vendemos a la tía Adelia que las emplea para hacer una sopa que, según cuentan los parroquianos de su bar, está buenísima.

   -¿Y las anguilas también se cogen con las manos? –dice Queralt.

   -Hay que meterse en cualquier acequia de la marjalería y con una especie de horca, pero con solo tres púas, en cuanto ves una le clavas el pincho –explica Manolo.

    -Yo tengo un plan mucho mejor que todas esas chorradas de Manolo –cuenta Pifa-. Cuando lleguen las fiestas de agosto, en la subasta que hace el ayuntamiento para el ruedo de toros, podíamos comprar una plaza, hacer un cadafal e invitar a nuestras amigas a ver los toros.

   -¿Y qué íbamos a sacar con eso? –Pregunta Zaca.

   -Durante los toros, les haríamos beber moscatel y otras bebidas para emborracharlas o al menos que perdieran la vergüenza, y luego montaríamos un guateque en alguna de nuestras casas, y estando medio borrachas no veas lo que les podríamos hacer.

   -¡Ese plan sí que es cojonudo! –exclama Joaquinito.

   -Muy cojonudo, pero ¿y de dónde sacamos el dinero para comprar la plaza del ruedo? –a Manolo le toca poner los pies en el suelo y ser realista.

   Y así pasan los integrantes de la pandilla los últimos días de junio, imaginando planes cuya mayoría es más que dudosa que lleven a la práctica porque, salvo Pifarré, no son proclives a la acción y todo se les va en salvas de vanos coloquios. Lo que menos podía esperar Zaca es que esos bosquejos de planes quedaran en nada, pues el destino o la divina providencia le depara una sorpresa que puede dar al traste con los proyectos de la pandilla. Y algo de esa falla comienza a barruntarse cuando Joaquinito Queralt les anuncia un buen día:

   -No sé si voy a poder estar todo el verano con vosotros. Papá –es el único que llama así a su padre- ha dicho que mis abuelos están muy viejos y que debíamos ir a su pueblo, uno llamado Berga en la provincia de Barcelona, a pasar unos días con ellos.

   Una vez acabados los exámenes de junio, fue cuando el matrimonio Clavijo habló con su primogénito sobre el asunto de qué fuera a hacer después de que el próximo año apruebe el bachillerato elemental. Los padres no se anduvieron con paños calientes y explicaron al chiquillo la realidad de la situación familiar y como ello condicionaba las posibilidades de que el chico pudiera estudiar o no ciertas carreras.

   -Hijo, ante todo, debes saber que estamos muy orgullosos de ti. Hemos estado hablando con la tía Emilia sobre qué podrías estudiar después de que el próximo año acabes el cuarto, y queremos saber qué es lo que te gustaría hacer –el señor Zacarías, como cabeza de familia es el que ha tomado el timón del coloquio.

   -Yo haré lo que quieran ustedes –responde el chiquillo en plan de hijo estrictamente obediente.

   -Eso lo damos por descontado, pero lo que queremos saber es lo que te gustaría a ti. Te explico lo que nos ha contado la tía Emilia.

   Y el padre describe al chaval las distintas opciones que va a tener en cuanto sea bachiller elemental. Para lo que hay un condicionante fundamental: que vaya a estudiar lo que sea deberá hacerlo en el pueblo, pues no tienen el dinero necesario para poder pagar su estancia fuera de casa. Y, claro, ese condicionante restringe los estudios que podrá cursar. La información entristeció al chico, pues uno de sus anhelos era el de poder estudiar en plan oficial, lo que suponía tener que ir todos los días a clase de un centro docente, tener compañeros de clase, recibir las enseñanzas de unos profesores que supieran de su materia; en definitiva, llevar la vida de un estudiante normal. Y ello, porque uno de los secretos que el muchacho guardaba en lo más hondo era que estaba cansado de estudiar por libre. Estaba cansado de tener que aprendérselo todo de memoria. Estaba cansado de no tener con quien hablar de las pequeñas incidencias del día a día. Estaba cansado de tener que jugarse el esfuerzo de todo un curso en un examen de unos cuantos minutos. Pero tenía una idea aproximada de cuál era la situación económica de la familia y era consciente de que pedirle peras al olmo era pedir un imposible. Así que se resignó, y centró su atención en las posibilidades que padre iba desgranando.

   -… y al final, los únicos estudios que podrías hacer sin irte de casa son los de Perito Mercantil, pues te valdría ser bachiller elemental para matricularte cómo alumno libre en la Escuela de Comercio de Castellón –El muchacho, que era la primera vez que oía hablar de tal carrera, formuló una pregunta cargada de lógica.

   -Y para ser Perito Mercantil, ¿qué hay que estudiar?

   -Las materias fundamentales son–y padre, desplegando la nota que le dio Emilia, lee-:Contabilidad y Teneduría de Libros, Derecho Mercantil, Correspondencia Comercial, Mecanografía y Taquigrafía, Cálculo Mercantil y Álgebra, Economía y Legislación, y Geografía Comercial, –el chico puso un gesto compungido al oír la retahíla de materias, de las que solo le sonaba la de contabilidad y el cálculo, las demás le eran totalmente desconocidas.

   -Debe de ser una carrera muy difícil. Y no creo que de todo eso sepan ni don José ni don Domingo –apuntó el chiquillo, que agregó-: Y tampoco estoy seguro de que yo solo pueda llegar a aprenderme esas asignaturas, pero…

   -¿Pero qué? –le apremia padre.

   -Que a mí me gusta estudiar, y me gustaría más estudiar una carrera, la que fuese, como estudiante oficial.

   -Lo comprendo, hijo, pero como te hemos explicado no nos es posible pagarte la estancia en una pensión, por eso si quieres seguir estudiando ha de ser sin salir de casa. Entiendo que no es lo ideal, pero con esos bueyes tendrás que arar. Es lo que hay.

   -Ya. Lo que no me ha quedado claro es porque no puedo estudiar para maestro como era el plan que tenían cuando comencé el bachillerato. Hacer hasta cuarto y luego estudiar los tres años de magisterio también como alumno libre.

   Padre repitió al chiquillo lo que les contó la tía Emilia sobre el nuevo plan de la República para los estudios de magisterio, lo que suponía tener que asistir a la Escuela Normal y, por tanto, no poder estudiar por libre. Además de que también suponía cursar el bachillerato superior. Lo que significaba estudiar hasta los veinte años al menos. Al chico estudiar hasta esa edad le pareció un sueño maravilloso, incluso aunque fueran más años, porque metido entre libros era como se sentía más feliz y realizado, pero como todos los sueños al fin quedaron en nada. Al final, Zaca pidió a sus padres si podía decidirse después de acabar cuarto, y así lo resolvieron. ¿Y ahora, qué? se quedó sin respuesta.

   Así es como se marchó Zaca al Mas del Canònge, sin saber qué podrá estudiar cuando acabe cuarto, aunque como suelen decir los mayores en un año pueden ocurrir mil y un hecho que te cambia la vida, tampoco se preocupa demasiado. Ser fatalista a veces genera paz.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 53 de la novela “El masover” titulado: El Mas del Canònge

martes, 23 de diciembre de 2025

51. “El masover”. El mayoral

    La decisión del primogénito de los Clavijo de aceptar impartir clases de cultura general a la pubilla de los Villalonga, en el Mas del Canònge durante el verano, coincide con el final de las clases del repaso de doña Carlota, al que asiste Paquita. Tras lo cual, la chiquilla y su madre regresan al Mas hacia el veintitrés de junio. Días después los Villalonga mandan recado que en unos días enviarán a su mayoral a recoger a Zaca. Y, en efecto, el veintisiete, cerca del mediodía, se oye en la puerta de los Clavijo una voz grave que pronuncia la fórmula tradicional de acceso a un hogar. Fórmula que las veleidades laicistas de la República ha arrinconado y ha cambiado por la expresión Salud y República que sirve, entre otras muchas situaciones, para anunciarse, pero que no es la que ha utilizado la desconocida voz, sino la que hasta ahora se ha empleado.

   -Ave María Purísima.

       -Sin pecado concebida -contesta Rosario, quesale presurosa, pues no ha reconocido la voz.

   El desconocido no ha pasado del pasillo que hace de recibidor. Debe rondar los cincuenta y tantos y es más bien bajo, aunque recio. Tiene un rostro de rasgos duros, pero su mirada es directa y franca. Su actitud es la de un hombre resuelto, pero al mismo tiempo tranquilo y sosegado. Lleva chaqueta y pantalón de pana, ambas prendas bastante gastadas pero limpias, y calza unos fuertes botos camperos. En cuanto aparece Rosario se ha quitado la pequeña boina negra con la que se cubre, lo que muestra que la alopecia le va a dejar sin pelo en pocos años. Tras saludar respetuosamente al ama de la casa, el visitante se identifica:

         -Buenos días tenga, señora. Soy Valerio, el mayoral de los señores Villalonga. He venido porque tengo el encargo de llevar al Mas del Canònge de Benlloch a un chico llamado Zacarías Clavijo. ¿Es usted su madre? –Ante el gesto afirmativo de Rosario, prosigue-: Mucho gusto, señora. Pues como le decía, vengo por su hijo para llevarlo al Mas. En cuanto esté preparado y tenga el equipaje hecho nos iremos, salvo que ustedes decidan otra cosa. Ese es el encargo que me han hecho los amos.

   -Le estábamos esperando, pero no se quede ahí. Pase, por favor –Rosario lo lleva al comedor-. Siéntese, tenga la bondad. ¿Quiere tomar algo? ¿Un café, una copita, unas galletas?

   -Gracias. Un café no estaría mal. Solo y sin azúcar -el hombre sigue mostrándose respetuoso, pero sin perder un ápice de aplomo.

   -Voy a llamar al chico. Está con su padre dando de comer a los animales –Rosario envía a Charito al corral con el recado y, volviéndose al visitante, le explica-: El café es de puchero, pero es auténtico, no achicoria. Y, por si le apetecen, estas son galletas de avena que horneé ayer. A la señora Paca le gustan mucho.

   -Gracias, señora, pero con el café me vale y, si es posible, también un vaso de agua.

   Al momento llegan padre e hijo, tras ellos Pedrito que lleva de la mano al pequeño Chimet y, cerrando la comitiva, Charo. Rosario hace las presentaciones y el señor Zacarías, tras estrechar la mano del mayoral, sugiere que, dado lo avanzado de la mañana, se quede a almorzar con ellos.

   -Se le agradece, señor Zacarías, me gustaría, pero no puedo. Una de las mulas que he traído perdió una herradura en el viaje. La he dejado en la herrería de Letancio para que la hierren y tengo que recogerla. Lo que sí les agradeceré es que no se demoren mucho en almorzar, pues nos espera una jornada larga hasta el Canònge ya que, además, hemos de pasar por el Mas de Tena y eso nos hará dar un rodeo –el hombre saca un reloj de bolsillo y comprueba la hora-. Son las doce menos cuarto. Sobre las dos y algo pasaré a recoger al… -vacila un instante, no sabe cómo llamar al chico- a su hijo. Salvo que dispongan otra cosa, pues la señora Paca me ha insistido en que me ponga a su disposición. Ustedes dirán.

   -Lo que usted quiera, Valerio –El señor Zacarías no resiste la curiosidad y pregunta-: Por su manera de hablar y su acento, juraría que es usted aragonés y más bien de la provincia de Teruel que de la de Zaragoza o de la de Huesca.

   -Buen oído tiene. Sí, señor. Soy maño y a mucha honra. En concreto de la comarca de Albarracín.

   -Buen pueblo y buena gente. Somos casi paisanos. Yo procedo de Alcalá de la Selva, de la comarca de la sierra de Gúdar.

  -También a los de esa zona hay que echarles de comer aparte. Bueno, me perdonarán, pero he de ir a ver si la gente de Letancio ha herrado la mula y puedo recogerla.

   -Perdone, señor Valerio… -el mayoral corta a Rosario.

   -El señor sobra si no le molesta. Valerio a secas o, si prefiere, mayoral.

   -Perdone, Valerio, quisiera enseñarle el equipaje del chico, no vaya a ser excesivo.

   -No es necesario, no pase cuidado por el número de bultos. He traído dos mulas, una aparejada con silla de montar, y otra con alforjas, y por mucho bagaje que lleve el mocete en los serones habrá espacio para todo. ¿Alguna otra pregunta antes de irme?

   -Si no le importa –es otra vez madre-, añadiré un saquito con unas cosillas para matar el gusanillo por si la noche se les echa encima y sienten gazuza.

   -Puede usted añadir lo que le parezca bien, pero antes de que el sol se ponga, Dios mediante, estaremos en el Mas y tendrán la cena preparada. Si ustedes no quieren nada más, me despido hasta dentro de dos horas y pico. Queden con Dios –dicho lo cual, el visitante abandona la casa.

   A Zaca le hubiese gustado preguntarle al mayoral varias dudas que tiene, pero no se ha atrevido a interrumpir la conversación entre mayores. Y el tal Valerio, no sabe por qué, le ha intimidado; da la impresión de ser hombre que va al grano y al que no le gusta perder el tiempo. “Si éste es el que me va a enseñar no sé cuántas cosas, estoy arreglado, no parece ser de los que tengan demasiada paciencia”, se dice. En el almuerzo, los Clavijo asaetean al hijo mayor con los postreros consejos antes de su marcha.

  -Vas como invitado de los Villalonga. Pórtate bien en todo momento, se educado y no faltes el respeto a los mayores. Ah, y trata con mucha cortesía a la abuela Julia, que creo que es la que maneja la vara de mando –aconseja padre.

   -Después de levantarte, orea unos diez o quince minutos la cama y luego la haces. Y en todo momento se muy limpio y ensucia lo menos que puedas –son los consejos típicos que pueden esperarse de una madre-. Y en la mesa pórtate con educación. Cuando te ofrezcan algo, por mucho que te apetezca, agradécelo pero contesta que no, y solo si insisten, acéptalo. Por la mañana o antes de acostarte, acuérdate de lavarte bien los dientes. He puesto tu cepillo y la pasta en el neceser que te compré anteayer en casa Ricardo.

  -Ah, Tete, y no te hurgues la nariz como hace Pedri, que madre dice que es muy feo –apostilla Charito que se suma al ruedo de las recomendaciones.

   El muchacho está un poco abrumado ante tanto consejo y tantas advertencias a sumar a las muchas dudas que ya tiene sobre como deberá comportarse en una familia a la que solo conoce por encima y en un entorno del que no sabe nada. No solo está abrumado, sino también temeroso de que su estancia en el Mas sea tan aburrida que los dos meses que ha de estar le puedan parecer dos años. Además, nunca ha montado en un mulo y le da vergüenza confesar que tiene miedo de caerse y de no saber conducir al cuadrúpedo. Pero, como acostumbra, se traga sus temores y lo que pregunta es una cuestión trivial.

   -¿Cada cuánto quieren que les escriba? Aunque no sé si en el Mas habrá buzón para echar las cartas.

   -Cuando quieras, pero no te preocupes por si hay o no buzón, que no creo. La señora Paca me dijo que una vez al mes, al menos, ha de venir al pueblo o mandará al mayoral para arreglar asuntos de las fincas que tienen aquí. Cuando vaya a venir, le das una nota para nosotros –explica madre.

   -Y si me aburro tantísimo que no puedo soportarlo, ¿qué hago?

   -Dudo mucho que llegues a ese extremo –afirma padre-. En un mas como el Canònge, no puedes imaginarte la de cosas que se pueden hacer y la de conocimientos que se pueden aprender. Estoy seguro de que no tendrás tiempo para aburrirte -Y madre, a lo dicho por padre, añade:

   -Ten en cuenta que, por lo que me ha contado la señora Paca el Mas tiene de todo: ovejas y cabras, vacas, cerdos, gallinas, conejos a mansalva y hasta ocas. Y el caserón de la masía es viejo, pero muy grande, y además hay establos, graneros, pajares, un horno de leña, un pequeño molino para prensar aceite y una gran alberca en la que hay patos. Como eres tan curioso, solo con explorar todas esas dependencias te va a llevar su tiempo. Como dice padre, puedes aprender muchas cosas que no sabes. Quizá en algún momento añores a tus amigos, pero de aburrirte nada. Y, además, te llevas muchos tebeos y libros, más los que te van a regalar los Villalonga como el Libro de la Selva –las buenas impresiones que los padres le pintan no acaban de convencer al muchacho que sigue con sus miedos y que, además, se va con la incógnita de qué va a poder estudiar cuando termine el cuarto curso.

   A las dos y pico de la tarde Zaca, que está  apostado en una de las ventanas del almacén, ve como el mayoral abre la puerta de la Fábrica que da a la calle y entra conduciendo dos mulas que le parecen altísimas. “Dios mío –se dice-, ¿y en esos animales tan grandes tendré que subirme? Como me caiga me voy a romper la crisma”. La valentía no es una de las virtudes del chico. La voz grave del mayoral vuelve a sonar en la entrada de casa.

   -Ave María, otra vez soy yo, el mayoral del Canònge -el señor Zacarías sale disparado a oír a su paisano.

   -Sin pecado concebida. Pase, pase, Valerio, le estábamos esperando.

   -Buenas tardes. Aquí me tienen. ¿Está preparado el mozo? ¿Ese es su equipaje? Chaval, que no te vas a las Américas –se chancea Valerio al ver la de bultos que hay en el recibidor: una maleta de cartón, dos envoltorios de tela, otros tantos fardos atados con cordeles y un saquito con viandas-, que estamos relativamente a poca distancia de aquí. Es un viaje de unas cuantas horas, no al fin del mundo.

   -Es que lleva muchos libros y cuentos –le disculpa madre.

   -Me parece bien, pero no sé si tendrá mucho tiempo para leer. En el Mas, los collados, los barrancos, las praderas, los cortados, los bosquecillos y las plantas y animales de roda clase te enseñarán más de la vida real que los libros. Pero no soy yo quien para aconsejarte que sea mala la lectura. Hay un tiempo para cada cosa –y en un cambio de tercio, agrega-: Si me disculpan, voy a acercar las mulas para cargar todos esos petates -Lo que parecía un excesivo bagaje, el mayoral, en un visto y no visto, lo acomoda en las alforjas de la mula roma que ha traído a la puerta de la casa.

   -Que apañado es usted, señor Valerio –le adula madre.

   -La práctica, señora, la práctica. Bueno, chaval, despídete de la familia que nos espera camino por delante.

   Zaca va besando a padres y hermanos como si partiera a tierras allende los mares. En puridad, salvo las temporadas pasadas en San Mateo con la tía Emilia, es la primera vez que va a estar tanto tiempo fuera de casa y un nudo se le ha hecho en la garganta, aunque procura aparentar un aplomo que no tiene. La tensión baja unos grados cuando Pedrito formula una última petición.

   -Tete, si allí hay, ¿te acordarás de lo que te pedí?

   -Pedrito, ¿qué le has pedido a tu hermano? –se interesa, curiosa, madre.

   -Una cría de perdiz. Quiere probar si se pueden criar en jaulas como los conejos –refiere Zaca. Al oírlo, Valerio suelta una carcajada y se encara con el pequeño.

   -Chavea, por perdices no quedará. En los cerros que rodean el Mas hay varias bandadas, aunque como mejor están las perdices es en la cazuela –Y dirigiéndose al primogénito pregunta-: Sabrás montar, ¿no? –Zaca duda, pero opta por decir la verdad.

   -No, señor mayoral. Será la primera vez que monto en una mula. Y no sé si sabré hacerlo.

   -Cabalgar no tiene demasiados secretos. Procura sentarte recto en la silla aunque sin ir envarado, tira de las riendas hacia tu derecha si quieres ir en esa dirección y hacia la izquierda si es en sentido contrario. Y si quieres parar la mula, tira más fuerte de un modo seco. Aunque no lo vas a necesitar, pues el ronzal voy a llevarlo yo. Y la Tusona, que ese es su nombre, se conoce el camino de memoria y es hembra de confianza. De todos modos, no te quitaré el ojo de encima. Y te prometo que, una vez que estemos en el Mas, en unos días haremos de ti un jinete que parecerá que hubieras hecho la mili en caballería. Hala, apoya el pie izquierdo en mis manos y pa arriba. El Canònge nos espera.

   Y yo, ¿qué espero del Mas?”, se pregunta el muchacho. No tiene respuesta. Lo que hace es agarrarse fuerte a la silla porque la Tusona al sentir el peso ha movido los cuartos y ha intentado echar a andar, pero un tirón del ronzal de Valerio la ha parado en seco. El chaval no pensaba que iba a estar tan arriba, por lo que le da un espasmo de miedo que trata de controlar para que la familia y, sobre todo el mayoral, no noten su tembleque. Bueno, se dice, “Lo que sea, sonará y bien pensado dos meses pasan en un pispás”. El muchacho desconoce que el tiempo no es inflexible, sino elástico. Y cierra los ojos en cuanto la mula –la Tusona la ha llamado el mayoral- echa a andar. Y antes de cruzar la puerta exterior de la Fábrica se acuerda de rezar a San Cristóbal, patrón de los viajeros: "San Cristóbal, tú que tuviste la gracia de llevar al niño Jesús sobre tus hombros, te ruego que guíes mi camino, me des fuerza y me protejas ante los peligros que pueda encontrar. Amén”. Y mayoral, muchacho y mulas parten para el Canònge. ¿Qué le espera al chico[?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 52, de la novela “El masover”, titulado: ¿Y ahora qué?

 [CM1]

viernes, 19 de diciembre de 2025

Post navideño 2025

   Siguiendo la tradición, deseo una feliz Navidad y un saludable nuevo año a los lectores del blog. Y confío en seguir escribiendo y vosotros leyéndome, si es que continúo siendo capaz de entreteneros con mis relatos. Por mi parte lo intentaré.

   Reconozco que cada vez me cuesta más y tengo motivos para ello. Hace dos meses cumplí noventa tacos, toda una taquería completa. Y como buena parte de los nonagenarios tengo una relación de patologías más largas que el brazo. Lo único que de momento queda a salvo –y toco madera- es la cabeza. A veces, pienso que si todavía soy capaz de usarla es gracias a mis hijos, a  mi ADN y a la industria farmacéutica. Gracias les sean dadas.

   Y continúo escribiendo, y continuaré mientras me queden fuerzas y vista. Lo necesito, es mi antídoto contra los demonios de la soledad. Por lo tanto, larga vida a El masover y demás protagonistas que le acompañan en su deambular por La Plana Alta de los años treinta del pasado siglo.

   La reitero: feliz Navidad.