viernes, 4 de diciembre de 2015

9.11. Los recurrentes sí, pero… de Lola



   Fernando Marín está recibiendo más información sobre el presunto contrabando en el nuevo coto arrocero de la vecina localidad de Benialcaide. Como alcalde del pueblo se cree obligado a realizar algo al respecto, lo que no sabe es qué: ¿denunciarlo?, ¿y a quién: al Gobierno Civil, a la Audiencia Provincial, a la Guardia Civil…? Como siempre que se encuentra ante un dilema, hace lo de costumbre: consultarlo con su mentor.
- José Vicente, no paran de llegarme rumores sobre lo del arrozal de Benialcaide? Si fuera cierto que ahí hay una operación de contrabando a gran escala, ¿no crees que deberíamos hacer algo?
   Gimeno, que tiene muy presente el consejo de su amigo Germán y, especialmente, la admonición de Lola sobre el tema, se muestra cauto en la respuesta:
- Lo que creo es que todo cuanto se dice sobre ese asunto lo has definido muy bien, rumores, solo son rumores. Y no podemos hacer caso de todas las habladurías que circulan por ahí. Además, hay que tener en cuenta una cuestión importante: lo que ocurra en el municipio de Benialcaide no es competencia tuya ni mía, en todo caso lo será de sus autoridades. A nosotros allí no se nos ha perdido nada.
- Lo que dices es cierto, pero también lo es que la mayoría de los peones que trabajan allí son de este pueblo. Y eso sí que es competencia nuestra – insiste Marín que se ha ido haciendo más responsable y legalista desde que se hizo cargo de la vara municipal de mando.
- Mira, Fernando, sí en Benialcaide se cometieran actos delictivos y nosotros, sabiéndolo, no lo pusiéramos en conocimiento del poder judicial estaríamos incurriendo en un delito, pero ¿qué es lo que sabemos?, nada, solo rumores, como muy bien has dicho.
- ¿Y por qué no volvemos a hablar con Ramón Ferrer?, el que trabaja allí de capataz. Si recuerdas la charla que mantuvimos con él parecía saber mucho.
   Gimeno decide seguir la corriente al alcalde como una manera de acallar sus inquietudes y citan al bracero. Éste vuelve a contarles las mismas sospechas que ya les había relatado.
- Ramón, a pesar de lo que cuentas sobre una posible trama de estraperlo o de contrabando no acabo de creérmelo. ¿Tú conoces a alguien que haya sido testigo de la descarga de algún alijo? – Gimeno sigue apretándole las tuercas al capataz.
- Si he de decir la verdad, no. Pero hay cosas que caen por su propio peso. ¿Por qué los caminos que conducen a las playas se mantienen en perfecto estado? Dicen que para que pasen los tractores sin problemas, pero hasta la campaña que viene no serán necesarios. Y luego está lo de los rebaños, uno de ovejas y otro de cabras, que se van a mantener en el coto, incluso en invierno.
- ¿Y qué tienen que ver ovejas y cabras con el contrabando? – pregunta un tanto desconcertado Marín.
- Pues está claro como el agua – el bracero mira a sus interlocutores con aire de superioridad -. Cuando se saca un alijo en la playa hay que cargarlo en camiones y sus rodadas quedan marcadas en los caminos de tierra. Si después pasa por ese mismo camino un rebaño, las huellas de los neumáticos desaparecen y solo quedan las pisadas de los animales.
   Como solo siguen siendo suposiciones, Gimeno lo tiene fácil para convencer al alcalde de que no hay pruebas firmes de un posible contrabando. Hasta que en una conversación con Manuel Caselles, el viejo industrial le ofrece una versión más verosímil sobre el posible negocio que puede haber en los nuevos arrozales del humedal de Benialcaide.
- Yo tampoco acabo de creerme lo del contrabando, José Vicente. Ahora, lo que sí puede ser es que lo del arroz no sea más que una tapadera.
- Y si no es contrabando, ¿qué negocio puede ser, señor Caselles?, ¿conseguir subvenciones del Instituto de Colonización?, ¿blanqueo de dinero del estraperlo?
- Cualquiera de ambas cosas, pero me inclino a creer que más bien se tratará del estraperlo del abono.
- Del cupo del abono, claro – Gimeno acaba de darse cuenta de por dónde van las sospechas de Caselles.
- En efecto. Tú sabes, mejor que nadie, lo buscado que va el guano, el nitrato, el amoniaco; en fin, todos los abonos, cuya venta a precios tasados está intervenida por el Gobierno. Como la naranja se exporta tan bien y es muy rentable, comienzan a proliferar nuevos huertos por lo que el abono está alcanzando en el mercado negro precios muy sustanciosos. Alguien me ha comentado que a la estación de Benialcaide llegan vagones y vagones de abono de cupo destinado a los arrozales de allí, pero que no se descargan y son reenviados a otros destinos. Ese abono, vendido de estraperlo, aumenta su valor en muchos miles de duros. Ahí es donde puede estar el verdadero negocio. Y te doy otro dato que no sabe nadie: fui a ver a Portolés para ofrecerle mis tractores y trilladoras a un precio realmente tirado. Estuvo muy amable, me lo agradeció y me dijo que ya se pondría en contacto. Bueno, pues hasta hoy.
- O sea, que se trata de estraperlo y no de contrabando. Lo que no encaja en todo eso es lo de los rebaños que nos ha contado Ferrer.
- Eso es cierto, puede ser que se dediquen al pelo y a la pluma. No serían los primeros.
   Gimeno le cuenta a su esposa las sospechas que se ciernen sobre los nuevos campos de arroz del vecino pueblo. Lola le escucha atentamente.
- Lo que dice ese capataz puede que sea así, al fin y al cabo trabaja en esos campos, pero para mí son más concluyentes las razones que te ha dado el señor Caselles. Siempre le oí decir a mamá que Caselles es más listo que el hambre y que tiene mucho pesquis. Y esa noticia que te dio de que el alicantino rechazó sus tractores da que pensar – opina Lola.
- Bueno, sea lo que sea, afortunadamente no es un problema que nos atañe. Allá se las apañen las autoridades de Benialcaide.
- Sí, pero… - Lola no termina la frase, como si no supiera como proseguir.
- Pero qué, Lola.
- Es que lo he pensado mejor, me parece que iba a decir una tontería.
- Las tonterías las dicen los tontos y tú de tonta tienes lo que mosén Batiste de anticlerical.
- Verás. He estado dándole vueltas a lo de los campos del humedal de Benialcaide y también he recabado más información. Y en efecto, hay algunos datos que parecen apuntar que en ese negocio hay gato encerrado. Algunos hechos parecen confirmarlo, por ejemplo: me han asegurado que varios de los arroceros del pueblo han pretendido comprar fincas en aquel coto y no les ha sido posible. Parece que el Ayuntamiento de Benialcaide ha firmado un contrato con el tal Portolés por el que le arriendan todo el humedal durante veinte años, siempre y cuando mantenga algún tipo de actividad en su entorno aunque no sea estrictamente agraria.
- Yo no veo en eso ninguna ilegalidad o algo que induzca a sospechas.
- Sí, supongo que el contrato será legal, pero… - Los recurrentes sí, pero de Lola – si lo piensas bien, la existencia de ese contrato supone que nadie que no sea la gente de Portolés puede transitar por esos campos. En otras palabras: que ahí nadie de fuera puede meter sus narices, por lo que pueden hacer cuanto quieran que nadie se va a enterar. Y hay otro dato que también tiene su aquel: Amparín, la hija de tu amigo Vives – esto lo ha dicho con sorna -, me contó que su padre le había ofrecido a Portolés su colaboración para comercializar la cosecha, así como la flota de camiones del pueblo para el transporte a unos precios muy competitivos. Le dio la misma respuesta que a Caselles: que ya le llamaría. Todavía está esperando esa llamada.
- Parece evidente que no quiere que nadie se meta en sus asuntos – admite Gimeno para añadir -, pero eso no prueba que ahí se cometa algo ilícito.
- Hay otro dato que, aunque pueda parecer anecdótico, para mí es más contundente. Como sabes, el marido de Fina es muy aficionado a la caza. Hace unos días fue con unos amigos a pegar unos tiros a los patos que invernan en la Marina. Sin darse cuenta entraron en el término municipal de Benicalcaide, hasta que se toparon con un guarda jurado que les conminó a que no siguieran pues aquello lo han convertido en coto privado de caza. Con lo que se tarda en conseguir una autorización de esa clase y, al parecer, el alicantino lo ha logrado en cuatro días. Si sumas todo cuanto acabo de contarte el total es más claro que el agua clara: si ahí no hay contrabando o estraperleo que venga Dios y lo vea.
- ¿Entonces, deberíamos hacer algo? – pregunta Gimeno sin saber a dónde quiere llegar su intrigante mujer.
- Sí, pero…

martes, 1 de diciembre de 2015

9.10. Quien se mete a redentor…



   Después de la tensa discusión con su esposa y haber pasado una noche en duermevela, Gimeno ha optado por no romper la baraja de su matrimonio y quedarse en Senillar. En los días siguientes al agrio diálogo entre la pareja la tensión es evidente, lo denuncian las malas caras y la ausencia de diálogo. Poco a poco, las aristas de la malquerencia se van suavizando y la relación de la pareja adopta aires más amables. El hombre no puede dejar de pensar qué puede haber detrás de la terca postura de su esposa de no querer abandonar el pueblo. El demonio de los celos le atormenta. Ella percibe el estado de ánimo de su marido e intenta congraciarse con él por todos los medios. Antes era el hombre quien iniciaba los escarceos que anteceden a la unión, ahora es ella la que, sin ninguna clase de pudor, se ofrece abiertamente.
   Entretanto el matrimonio Gimeno-Sales trata de recomponer su relación, el pueblo anda revolucionado. Hacía años, desde los tiempos dorados del boniato, que no había tanta demanda de mano de obra. El trabajo es duro, pero está bien pagado. La amplia oferta laboral no está exactamente en la localidad sino en el vecino municipio de Benialcaide. La historia se inició el día que apareció un tal Salvador Portolés, avispado hombre de negocios de Alicante, que arrendó los terrenos del humedal benialcaidés, que son prolongación del de Senillar. Su meta, según cuenta a todo el mundo, es convertir la turbera pantanosa en un gran coto arrocero al igual que se hizo antes en Senillar. A la gente la empresa le parece un puro disparate, el humedal de Benialcaide tiene una superficie más pequeña que el senillense, pero el problema no es su extensión sino el agua. En la zona también abundan los pequeños manantiales de agua dulce, pero no producen caudal suficiente para regar una extensión tan grande como la que el empresario alicantino pretende cultivar. A los braceros senillenses les trae sin cuidado cuanto afirma la gente del disparate que supone aquella empresa. Diariamente cogen sus bicicletas para recorrer los siete kilómetros que aproximadamente hay hasta la futura explotación, se calzan sus botas de agua y se dedican a arrancar carrizos, juncos, hierba salada y demás plantas salvajes que son las únicas capaces de medrar en aquel salobre pantano. Y cada sábado, religiosamente, reciben su semanada. Después de limpiar el terreno de malas hierbas habrá que allanarlo, remodelarlo en balsas, hacer los ribazos y márgenes, construir canales y acequias, trazar caminos… Lo que es trabajo no va a faltar antes de que allí se coseche un solo grano de arroz. Por eso el pueblo anda revolucionado, el mercado laboral ha sufrido un vuelco espectacular, hay mucha más demanda que oferta de mano de obra. El primer resultado es que los jornales han subido y, lo que es peor, no siempre se encuentran todos los jornaleros que se necesitan. Los propietarios locales, que ordinariamente tienen que contratar braceros, están que trinan y van con sus quejas a quien manda en el pueblo, que no pasa por su mejor momento desde que, vistas las reticencias de su mujer, ha optado por quedarse.
- Lo siento mucho, pero es un asunto en el que no puedo hacer nada. Si Portolés se lleva a la gente es porque paga mejor y contra eso, ¿qué queréis que haga? – Es la desabrida respuesta de Gimeno.
- Está claro, José Vicente, obligarle a que no ofrezca jornales tan elevados.
- No se le puede obligar, está en su derecho de pagar lo que estime conveniente. Además, según me han dicho los braceros cobran lo mismo que aquí, veinticinco pesetas por jornada. ¿De qué os quejáis?
- De que ofrece trabajo a destajo y si un hombre echa unas cuantas horas más puede sacarse hasta el doble que aquí. Y si hablamos de derechos, nosotros tenemos el derecho de que no nos roben nuestros peones.
- Ese derecho no existe. Desapareció con el fin de la esclavitud y de los siervos de a gleba – La sorna con la que responde Gimeno es evidente.
- No nos cuentes milongas, José Vicente. Con lo que tú mandas y la mano que tienes en Valencia seguro que puedes obligar a Portolés a que no se meta en las cosas de nuestro pueblo.
- No sé qué tengo que deciros para que lo comprendáis. El trabajo en el campo se rige por el principio de la oferta y la demanda. Si Portolés ofrece mejores condiciones que vosotros se llevará los braceros. Y no hay nadie que pueda impedirlo.
- Pero alguien tendría que hacerles ver a ese hatajo de desgraciados que algún día se acabará ese momio y tendrán que volver a nuestras manos y ya veremos quien les contrata entonces.
- Eso tampoco es materia que competa a las autoridades. Se lo debíais de decir vosotros que, en definitiva, sois los perjudicados.
- A más de uno ya se lo he dicho – afirma uno de los propietarios -, pero no me han hecho ni puñetero caso.
- Pues creedme que lo siento pero, como os digo, no puedo hacer nada.
- Seguro que si tuvieras fincas encontrarías alguna solución – apunta alguien maliciosamente.
- ¿Eso lo dices en serio, Segundo, o es una broma? – El tono de Gimeno corta como el filo de una navaja cabritera.
- No, hombre, es broma, ¿cómo iba a decirlo en serio? – el aludido repliega velas rápidamente.
   Terminados los trabajos de acondicionamiento del terreno en el humedal se procede a la plantación del arroz. Los vecinos siguen contemplando el desarrollo de los hechos con gran escepticismo, están convencidos de que va a resultar una tarea ímproba que en aquellas salobres tierras, y con tan pobre caudal de agua dulce, pueda medrar el gran número de hectáreas cultivadas. A ello se añade otro detalle que tiene mosca a los que entienden del cultivo, los campos han sido cicateramente abonados y en una tierra pobre, con agua semidulce y escasos nutrientes, lo más normal es lo que termina ocurriendo: las plantas crecen dificultosamente y sus tallos apenas si alcanzan la mitad de la altura que deberían tener. La cosecha es francamente pobre y no da la impresión de que pueda hacer rentable la enorme inversión realizada. Lo que vaticinaban los agoreros se ha cumplido. De golpe se desata un mar de rumores sobre la auténtica finalidad de aquella empresa. Que si lo del arroz no es más que una tapadera para justificar las millonarias subvenciones que el empresario alicantino ha conseguido del Instituto Nacional de Colonización. Que si es una manera de blanquear el dinero negro conseguido con el estraperlo. Que si… Corren muchos bulos, pero hay uno que termina borrando a los demás. La habladuría parece que ha surgido de los propios jornaleros que trabajan en el coto: lo del arroz no es más que una tapadera para ocultar el verdadero negocio que allí se ventila, el contrabando. El humedal limita a lo largo de unos cuantos kilómetros con el mar, lo que significa que hay una gran extensión de costa absolutamente desierta y, por tanto, un lugar idóneo para el desembarco de alijos. Dadas las precarias relaciones con el extranjero y el asfixiante sistema de controles y cupos existentes, el contrabando de cientos de productos continúa siendo un rentable negocio. Y, al parecer, esa es la finalidad de la creación del coto y no la del cultivo del arroz. Hay un puñado de datos que parecen avalar esa versión y Ramón Ferrer, uno de los capataces que trabaja en el recién creado arrozal, intenta explicárselo a Marín y Gimeno:
- Tiene que ser contrabando. Que allí no hay agua para tantas hectáreas de arroz lo sabíamos todos, y encima han abonado los campos poquísimo. El señor Portolés, que ha de ser muy listo porque para eso es millonario, también tenía que saberlo.
- Igual le engañaron. Es posible que Portolés no sepa nada del cultivo del arroz y alguien le vendió la burra – Marín sigue sin creerse lo del contrabando.
- Perdone, señor Fernando, pero eso no se lo cree nadie. Si yo, que solo soy un ignorante jornalero, ya imaginaba que pasaría lo que ha pasado, ¿cómo no iban a saberlo los ingenieros agrónomos que vinieron a examinar los campos? Claro que lo sabían, desde el primer día. Entonces, ¿por qué siguieron invirtiendo cientos de miles de duros, me lo quiere decir? Se lo diré yo, porque iban a sacar sus buenos réditos, pero no con el arroz sino con el contrabando.
- Sí, pero la costa está vigilada por la Guardia Civil – Gimeno es de los que tampoco acaba de creerse lo del contrabando, le parece una historia demasiado rocambolesca.
- Lo que yo le diga, señor Gimeno. Es cierto que hay una casilla de carabineros; bueno, ahora de guardias civiles, pero solo son cuatro para muchos kilómetros de costa y además el que más y el que menos sabe que el dinero todo lo puede.
   Los datos que aporta el capataz terminan medio convenciendo a Gimeno de que existe la posibilidad de estar ante un caso de contrabando a gran escala. Se pregunta si, como jefe local del Movimiento, no tendrá el deber de denunciarlo. Antes de oficializar la denuncia, decide consultarlo con su amigo German.
- … y eso es lo que hay. ¿No crees que debería ponerlo en conocimiento del Gobernador?
   La respuesta a su pregunta es el silencio. Tras un carraspeo, Germán contesta:
- Vamos a ver, José Vicente, ¿esa pregunta se la haces al Secretario Provincial del Movimiento o a tu amigo German?
- Hombre, antes que nada al amigo, naturalmente.
- Pues como amigo te contesto: yo, de ti, no me metería en camisa de once varas. Y a buen entendedor…
   El consejo de Germán ha dejado perplejo a Gimeno, tanto que se lo cuenta a su mujer, algo que no hacía desde la discusión sobre lo de Educación y Descanso.
- ¿Y a ti que te parece, Lola?
- Que Germán ha mostrado ser mucho más cauto que tú. En algunos aspectos sigues siendo un ingenuo, Gimeno – Lola sigue llamándole por el apellido, algo que al hombre le sienta a cuerno quemado.
- Pero como sea cierto que allí se contrabandea a todo tren, se está perjudicando a los intereses del país – acusa Gimeno.
- ¿Y a ti qué te va y qué te viene? Dios sabe quién puede haber detrás de Portolés, igual hay algún jerarca de los que predican justicia y mientras se forran. Por lo demás, desde que se mueve tanto dinero el número de ventas en la tienda ha subido espectacularmente. Por tanto, no seas pardillo y recuerda que quien se mete a redentor termina crucificado.

viernes, 27 de noviembre de 2015

9.9. ¿Y te costará mucho hacerte a la idea?



   La discusión entre Lola y José Vicente sobre si aceptar o rechazar la oferta de dirigir la Obra Sindical de Educación y Descanso, lo que supone el traslado familiar a Valencia, se encona.
- En Valencia no conozco a nadie – reitera Lola -. Voy a aburrirme como una ostra. Tú te vas a ir al trabajo y, como te conozco, sé que vas a estar la mayor parte del día fuera de casa. Ganarás con el cambio, pero nuestra vida familiar va a perder y mucho.
- No tiene por qué ser así. Te prometo que, salvo circunstancias excepcionales, comeré todos los días contigo y con la niña y no voy a estar fuera de casa más tiempo que ahora, porque si cuentas las horas que paso en la cooperativa y las que dedico al Ayuntamiento y a la jefatura no creo que Educación y Descanso me lleve más tiempo.
   A Lola se le acaban los argumentos y su mente se esfuerza en buscar el más pequeño resquicio por el que introducir en sus réplicas un leve tinte de racionalidad.
- Ese cargo es de designación directa, ¿no es eso? Lo que quiere decir que de la misma forma que te nombran pueden cesarte, ¿te paraste a pensar qué será de nosotros si mañana o dentro de unos meses te agradecen los servicios prestados? Te puedes encontrar sin trabajo, ¿de qué vamos a vivir entonces?
- Eso está solucionado, Lola. Si acepto el cargo, iré con la excedencia de mi puesto en el bolsillo. Si un día me cesan, algo que es verdad que puede ocurrir, tengo el trabajo asegurado. Por tanto, por ahí no hay ningún problema.
- ¿Y si no te gusta el nuevo trabajo?
- Estoy seguro de que me gustará, pero admito que hasta que no lo pruebe no sabré si me va a gustar. Pero esa es una actitud muy pesimista y que no conduce a nada; mejor dicho, presupone que nadie cambiaría de trabajo ante el temor de que otro nuevo no fuese a gustarle. Me extraña mucho esa predisposición negativa que pareces tener a que cambiemos de aires para mejorar. La verdad es que no te entiendo.
- Pues es fácil de entender, solo pienso en ti – Lola intenta desesperadamente retorcer los argumentos de su marido -. A mí me da igual vivir aquí que en la ciudad y la niña es demasiado pequeña para que se dé cuenta de nada, pero quien me preocupa eres tú. Estoy de acuerdo contigo en que el hecho de que te pueda gustar más o menos el nuevo trabajo no es razón suficiente para rechazarlo a priori, pero ¿y qué puede pasar si, por las causas que fuere, no eres capaz de sacarlo adelante? Has demostrado capacidad más que sobrada para la política local, pero allí vas a jugar en otra liga mucho más dura y competitiva. Sé que eres inteligente y hábil, ¿pero quién nos asegura que en el nuevo ámbito te vas a mover con la misma facilidad que lo haces ahora?
- Me sigues sorprendiendo, Lola, pero negativamente. Dices que me consideras inteligente y hábil para la política. Bueno, pues te confesaré que yo también creo que lo soy y sé que allí adonde no llegue cuento contigo para que me ayudes a superarme. Y te diré más, conozco a varios camaradas que están dirigiendo sindicatos y la mayor parte de ellos son bastante menos competentes que yo. Por eso estoy convencido de que seré más que capaz de sacar adelante la nueva tarea.
   Lola se siente acorralada. Por momentos se nota incapaz de contrarrestar las argumentaciones de su marido. Emplea su última baza: la emotividad.
- Si he de serte totalmente sincera debo añadir que mi renuencia a irme del pueblo también tiene motivos sentimentales. Toda mi vida ha transcurrido aquí, mis raíces, mis recuerdos, mis amigas… todo eso está aquí. Y los sentimientos también cuentan.
- Por supuesto que los sentimientos cuentan. Pero oyéndote, cualquiera creería que nos vamos a las antípodas, cuando nos desplazaremos ahí al lado; vamos, apenas una hora en coche de línea. Eso supone que podrás venir a ver a tu madre o a tus amigas cuando te pete. Vienes en el autobús de media mañana y antes de cenar puedes estar en casa. Y lo contrario vale para tu madre y también para tus amigas, podrán venir a vernos siempre que quieran.
- Sí…, sé que tienes razón, pero no acabo de verme viviendo en la ciudad. Debo de haberme hecho muy pueblerina. Se me ocurre que a lo mejor podría ir adaptándome poco a poco y entonces el cambio no me resultaría tan traumático – A Lola se le acaban las réplicas.
- Y eso de ir adaptándote poco a poco, ¿qué significa?
- Pues que podrías ir y venir todos los días hasta que me hiciese a la idea del cambio.
- Lola, esa no es solución. Sabes que es igual que vaya a Valencia en tren o en el coche de línea, ambos tardan una hora. Quizá podría ir y venir en uno de los vehículos de la Obra, pero no dejaría de perder diariamente mucho tiempo en los desplazamientos y, además, daría muy mala imagen el hecho de aprovechar los recursos oficiales para fines particulares. Esa solución es un disparate y no deja de sorprenderme que la proponga alguien tan inteligente como tú.
   No hay forma de que se pongan de acuerdo. Cada uno de los argumentos de Lola, por momentos más débiles y peregrinos, es reducido a polvo por José Vicente. Cuanto más discuten más se afianza él en su decisión de aceptar el cargo. En cambio, ella más se aferra a su, aparentemente, irracional postura de no marcharse del pueblo. Esa actitud es lo que tiene desconcertado a Gimeno: él argumenta siempre sobre las bondades del nuevo puesto, ella solo habla de lo duro que le va a resultar abandonar el pueblo. Hay algo que parece que no encaja en la discusión. Las tablas las deshace la mujer cuando lanza su definitivo órdago:
- Mira, José Vicente, no tiene sentido continuar la discusión. Tú quieres irte por encima de todo y yo no me encuentro preparada para hacerlo. La única salida que veo es que aceptes la propuesta, te vayas a Valencia y vuelvas al pueblo los fines de semana. Cuando me haya hecho a la idea iremos la niña y yo.
- ¿Y te costará mucho hacerte a la idea? Una semana, un mes, un año…
- La verdad es que no lo sé.
   La noche se le hace muy larga a José Vicente, no consigue dormir, no hace más que darle vueltas al ultimátum de su mujer. No ha habido manera de moverla de su posición: no quiere irse del pueblo por nada del mundo, aunque matiza que por el momento. Pero no se engaña, intuye que ese momento puede suponer un tiempo indefinido. Creía conocer a Lola, pero acaba de constatar que no es así. Su esposa tiene meandros desconocidos que todavía no ha sido capaz de descubrir. Y la solución que aporta es un puro disparate. ¿Qué va a hacer solo en la ciudad?, ¿qué dirá la gente?, ¿dará el sueldo para mantener dos casas? Está enamorado de Lola, ¿aguantará estar sin ella la mayor parte de la semana? También está muy encariñado con la niña, ¿soportará estar tantos días sin verla? Se descorazona más al pensar que el problema no tiene una solución intermedia, no hay terceras vías. En los platillos de la balanza están su mujer y el nuevo cargo. Hay que optar por uno o por el otro. Sabe que está ante la elección más crucial de su vida: o se queda con Lola o se queda con el cargo. Imposible conjugar ambos extremos. Casi está amaneciendo cuando consigue dormirse. Al despertar ya ha tomado una decisión.