El hecho de haber descubierto la existencia de alguien –Anselmo- que, ideológicamente, no piensa como la mayoría de los moradores del Canònge, ha supuesto que, de rechazo, Zaca ha vuelto a interesarse por los próximos comicios generales en los que por primera vez votarán las mujeres.Tras siglos de postergación y de ser consideradas unos seres inferiores a los varones, la II República española da por primera vez a la mujer un trato igualitario respecto al hombre, al menos en lo que atañe a la capacidad de votar. Todo el mundo piensa que una masa electoral tan numerosa –pues hay censadas cerca de siete millones de féminas- puede hacer variar los resultados electorales, aunque la influencia de dicho voto es visto de manera desigual, según la ideología de cada partido. Los de derechas creen que el voto femenino se decantará por los que defienden la familia, el orden y la patria, como hacen ellos. A su vez, los partidos republicanos están persuadidos de que las votantes femeninas no los apoyarán porque el clero les pedirá que respalden a las derechas. Sea por unas u otras razones, hay algo que ha cambiado y buena prueba de ello es que Julia ha tocado a rebato y ha ordenado que todos los que viven en el Mas y tienen edad para votar vayan a hacerlo. Y, por supuesto, deben votar a la coalición que encabezan la CEDA y el Partido Agrario.
Zaca, llevado por su curiosidad, como es innato en él, hace una rápida encuesta oral entre los electores de la masía. Incluso va más allá y pregunta a los que no pueden votar por no tener edad: sus alumnos. Los masoverets le informan que la mayoría de sus padres no votarán. No van a perder, entre la ida y la vuelta a los pueblos en que están empadronados, una jornada de trabajo para ir a votar en unas elecciones de las que no saben nada y queiamportan un pepino. Y los contados que sí votarán serán por el Partido Agrario que, por lo que les han contado, defiende los intereses de los propietarios agrícolas y los labradores y tiene una estrecha relación con el catolicismo y sus valores tradicionales. Y los masoveros, en general, son personas muy apegadas a sus tierras y costumbres y más conservadores que revolucionarios. En cuanto a la gente del Mas, está diáfano lo que votarán: lo que indique Julia. Zaca sabe que, al menos, hay alguien que tratará de zafarse de las indicaciones de la abuela, Anselmo. De todas maneras, le pregunta:
-Anselmo, ¿vas a votar a los tuyos o vas a hacerle caso a la abuela?
-¿Tú que crees?, Bachiller. Aunque tendré que darme maña para pegar el cambiazo a la papeleta que ya me ha dado. Y si puedo, lo haré también con la de Pili.
-¿Tu mujer te va a hacer caso?
-Si no me lo hace, en cuanto lleguemos de las votaciones le voy a dar más palos que a una estera. Por lo que, por la cuenta que le trae, me lo hará. Y tú, si tuvieras la edad, ¿por quién votarías?
-No lo sé. Me lo plantearía, pero posiblemente mi voto sería en blanco. Al igual que mi padre, tengo muy poca fe en los políticos. Creo que se aprovechan de los votantes y acaban siendo los chupasangres del pueblo.
-¡Qué sorpresa! Eso me suena a Bakunin.
-¿Quién es Bakunin?
Julia le ha sugerido a su nieta que el día de la primera vuelta electoral debería ir con ella para ver en vivo el ambiente de la votación y como se desarrolla el voto femenino. La petición de la abuela lleva a la pubilla a invitar a su joven amigo a acompañarla.
-Zaca, ¿por qué no te vienes conmigo a Benlloch a ver la votación? Será la primera vez que votan las mujeres en unas elecciones generales –le pide la jovencita.
-Ya vi la votación de 1931. Fui con padre. Y me aburrí un montón.
-Pero ahora no te aburrirás. Te lo prometo. Podemos escaparnos y ver una película. A ti, que tanto te gusta el cine, supongo que la idea te encantará.
-Ah, ¿pero hay cine en Benlloch?
-Solo de vez en cuando. Es un cine ambulante, de un catalán que tiene una furgoneta y que hace cine en un patio del pueblo que alquila. El mismo comenta las pelis mudas y es muy divertido.
-¿Y la abuela nos dejará escapar? Lo dudo.
-Se lo pediré como condición para acompañarla a la votación. Y como está por agradarme, seguro que me lo concederá. Anda, anímate -Ante la petición de su mejor amiga, Zaca accede a la invitación.
El 19 de noviembre, domingo, a primera hora, los mulos ensillados esperan a la puerta del Mas. Todos los residentes del Canònge con capacidad electora, salvo el señor Manuel que sigue anclado en su silla de ruedas, están preparados para desplazarse a Benlloch a votar: Julia, Paca, Valerio, Anselmo y Pili. La señora Concha se queda para cuidar de sus sobrinos y del señor Villalonga. A la gente mayor se unen, como invitados, Sisca y Zaca y, a última hora, Lía. En cuanto el grupo de masoveros llega al pueblo lo primero que hacen es dirigirse al colegio electoral que está ubicado en la escuela nacional de la localidad. Se ve poca gente, parece que la llamada electoral no ha suscitado demasiado eco. Zaca esperaba ver muchas mujeres por aquello de ser la primera vez que van a votar en unas elecciones generales, pero se ven pocas, y entre las que votan, la mayoría van acompañadas por hombres, posiblemente sus maridos. De pronto, aparece un grupito de cinco viejas, capitaneadas por un ensotanado cura, y que dan la impresión de estar más perdidas que un esquimal en pleno Sahara. El grupo del Canònge, dirigido por Julia, espera a Valerio que ha ido a ver en que mesa electoral han de votar. Momento que aprovecha Anselmo para pegar el cambiazo a su papeleta y a la de su esposa. Tras depositar el voto, los masoveros se cruzan con la gente del Mas de Besana que han ido a lo mismo. Quedan en comer juntos en el hostal del pueblo, el único establecimiento que tiene el comedor abierto. Sisca, como tenía previsto, pide a su abuela que le deje ir a ver una peli en el cine ambulante con la compañía de Zaca. A lo que Julia accede, poniendo coto a la hora que deben volver y le sugiere a su nieta que se lleven con ellos a Julita.
El cine itinerante está instalado en un patio al aire
libre en el que hay conejeras y un pequeño gallinero
con una docena de pollos. En la puerta un hombre
recio, con aire agitanado y un gran mostacho gris,
cobra la entrada: una peseta por espectador y, si
necesitas silla, dos reales más, aunque casi todos los
asistentes traen sus propias sillas y unos cuantos
hasta sillones de mimbre. Cuando la sala tiene su
aforo algo más que mediado y pese a que, aunque el
sol aún está ocultándose por lo que la luz del ocaso
dificultará la visión, el hombre del mostacho que
también hace de portero despliega un lienzo blanco
en la pared frontal y anuncia que en unos minutos
comenzará la proyección.
La película del día es Luces de la ciudad, escrita,
dirigida e interpretada por Charlie Chaplin, más
conocido por Charlot. El personaje del film es un
vagabundo sin hogar que conoce a una florista ciega
y se enamora de ella. Poco después, el protagonista
evita el suicidio de un millonario borracho quien le
hace promesa de amistad por haberle salvado la
vida, promesa que no cumple. Charlot comienza un
romance con la florista, que lo toma por millonario.
Cuando Charlot se entera de que van a embargar la
casa de la chica, prueba suerte en diferentes trabajos
a fin de lograr el dinero suficiente para evitar el
embargo. Finalmente, el millonario le deja mil
dólares, pero luego niega conocer a Chaplin y hace
que le persiga la policía por haberle robado. Charlot
da el dinero que le ha dejado el millonario a la
florista, dinero con el que podrá someterse a una
operación que le devuelva la vista. El protagonista
es capturado por la policía y acusado del robo de los
mil dólares, y pasa una larga temporada en prisión.
Al salir, vuelve a encontrarse con la florista. La
película termina con la escena en la que la florista,
que ya ve, reconoce a Charlot como su benefactor.
La peli es muda y el portero, ahora convertido en
proyeccionista, es quien pone voz a los intérpretes,
mezclando el valenciano y el castellano, y de vez en
cuando activa un gramófono que pone la música de
fondo de la cinta.
En una de las escenas, en la que el protagonista es
perseguido por la policía, Sisca da un respingo y
apoya su cabeza en el hombro de Zaca que le pasa la
mano por la espalda para que se sienta más segura.
La muchacha no se despega y pasan así lo que queda
de peli hasta el The end. Todo eso ante la mirada, no
se sabe bien, entre envidiosa y escandalizada, de
Lía. Cuando se encienden las luces del rústico cine,
Sisca y Zaca se separan y no se atreven a mirarse
como si hubiesen hecho algo indecoroso; ella
se ha puesto colorada como una amapola. El, peor
pues tiene una erección que no sabe cómo disimular
y que su ligero pantalón de dril no logra atajar. En los
últimos tiempos, que su miembro viril se espabile en
cuanto roza a la muchacha se ha convertido en una
constante que le reporta momentos de gran
incomodidad. Es algo que antes no le había ocurrido,
ni siquiera aquella vez que, durmiendo con Elvira, la
muchacha que ayudaba a madre cuando eran críos,
le rozó un pecho. Se reprocha su excitación y se
pregunta porque le pasan cosas cuando está con
Sisca que jamás le habían ocurrido antes con ninguna
otra chica. Menos mal que, por lo que parece, Sisca
no se ha dado cuenta,al menos hasta ahora, de la
pertinaz tiesura de su diminuta colita. Se moriría de
vergüenza si lo descubriera. Y es vergüenza lo que
siente cuando descubre que Lía si se ha percatado de
su excitación.
Cuando la pareja comenta la peli descubren que
parece que han visto una cinta diferente, pues ella
rememora escenas que él no recuerda haberlas visto
y viceversa. Eso ha sido así, pues ha habido
momentos en que ella o él miraban la pantalla, pero
estaban pensando en la persona que tenían al lado,
por lo que realmente no se han enterado de lo que
ocurría en ese momento en el film.
Afortunadamente, cuando los chicos llegan al
hostal donde les esperan la gente del Canònge, a
Sisca se le ha diluido el arrebol de sus mejillas y a
Zaca la erección se le ha evaporado. Lía es la única
que retorna con el rostro enfurruñado. En cambio,
Sisca y Zaca vuelven a ser la pareja de chicuelos de
trece años, amigos y compañeros de docencia.
El resultado de las elecciones de noviembre de 1933, según la información del Diario de Castellón, conlleva la derrota de los republicanos de izquierda y de los socialistas y el triunfo de la derecha y del centroderecha.
-Como temían en el partido –comenta Anselmo al muchacho-, ahí se ve la mano del clero que ha llevado a votar a todas las beatas. Y en este país los meapilas abundan más que las malas hierbas.
-Pues según el Diario de Castellón la causa fundamental del resultado ha sido porque los partidos de derechas se han presentado unidos formando coaliciones, mientras que la izquierda se ha presentado dividida –le rebate Zaca.
Durante la sobremesa de la cena del martes, Julia lee a los comensales la información periodística de que la coalición de la derecha no republicana ha obtenido en torno a los doscientos diputados, y además el centro-derecha ha logrado unos ciento setenta. En cambio, la izquierda ha visto reducida su representación a apenas un centenar de parlamentarios.
-O sea -comenta Valerio-, que se ha producido un vuelco espectacular respecto de las Cortes constituyentes, aunque el parlamento vuelve a estar muy atomizado y se harán necesarios pactos para asegurar la gobernabilidad.
Zaca, explotando la intervención del mayoral, trata de introducir en la conversación el debate de si el triunfo de la derecha en las recientes elecciones se ha debido al voto de las mujeres, supuestamente muy influenciadas por la Iglesia Católica, o a la campaña abstencionista de la CNT que habría restado votos a los partidos de izquierda, pero su tentativa no pasa de mero conato. En el Canònge la política no interesa y las elecciones mucho menos.
Poco antes de los comicios de noviembre, a finales de octubre, Zaca lee un suelto en el Diario, unas cuantas líneas de agencia, informando de la fundación de un nuevo partido en Madrid denominado Falange Española. La noticia no le llama la atención, pero sí su fundador, pues tiene un apellido conocido: Primo de Rivera. “Debe de ser algún hijo de don Miguel el de la dictablanda”, se dice.
Entre los lunes de mercat, la contabilidad de Los Masos, las clases a los masoverets, las lecturas –que se han hecho diarias- del Diario de Castellón y las charlas, cada vez más íntimas, con Sisca, el otoño de 1933 ha llegado con su cosecha de hojas amarillentas y las primeras heladas, precursoras del invierno. El muchacho piensa que se debe estar perdiendo los debates, supone que intensos, de los asistentes al café del Pincho sobre el voto femenino. Daría cualquier cosa por conocer qué dicen los tertulianos de uno y otro bando. Pero no se puede tener de todo. Tendrá que conformarse con seguir hablando con Sisca, a la que, poquito a poco, va mentalizando que el mundo no acaba en el Canònge. De que vivir en una masía no supone desconocer que hay otros mundos y otras formas de vida y de cultura. Que la diversidad y la pluralidad son los factores más comunes y que la vida tiene millones de variantes inabarcables. Y que hay que estar abierto a todas las posibilidades. Sigue la misma línea de acción con sus alumnos, a los que trata de inculcar que más allá de sus masos existen otros mundos y otras formas de vida. Sabe que solo con su discurso no va a hacer cambiar su modo de pensar y de vivir y que la mejor manera de que sus alumnos salgan de sus prejuicios sería que pudiesen ver con sus propios ojos otras realidades, pero para eso deberían viajar, algo que dada su falta de recursos es prohibitivo. Tendrá que seguir insistiendo, no le queda otra opción.
PD. El próximo martes publicaré el episodio 86 de la novela “El masover” titulado: Fiat lux