martes, 22 de julio de 2025

29. “El masover”. La abuela Julia

    

   Una tarde de junio, la señora Paca visita la Fábrica acompañada de alguien de quien los Clavijo han oído hablar mucho, pero que aún no conocen: su madre, la abuela Julia. La masovera hace las presentaciones formales.

   -Rosario –ambas amigas ya han llegado al tuteo-, te presento a mi madre. Y ésta es la señora Rosario, de quien tanto me ha oído hablar, y la persona del pueblo a la que más favores debemos.

   Ambas mujeres dudan un momento, parece que no saben si darse la mano o besarse. Es la abuela Julia quien se adelanta y le planta un par de besos a la llumera.

   -Es usted más joven de lo que me ha contado mi hija. Y, desde luego, mucho más guapa –la piropea la abuela.

   -Usted que me ve con buenos ojos. Y déjeme decirle que se conserva muy bien para sus años. Se llama Julia, ¿verdad?

   -Sí señora. Julia Arrufat, para servir a Dios y a usted. Arrufat es el apellido que tenía el propietario  que construyó el Mas del Canònge que, cuando se casó Paca, pasó también a ser llamado el Mas de Villalonga y en unos años, cuando se case mi nieta, Dios sabe a nombre de quien pasará.

   -Es ley de vida –asiente Rosario.

   -Y usted que lo diga.

   La anfitriona invita a sus visitantes al consabido café de puchero y sus galletas caseras. Con más calma, tiene tiempo para escudriñar mejor a Julia. Calcula que debe tener alrededor de sesenta años, es de carnes abundantes lo que provoca que se mueva con cierta torpeza, el semblante lo mantiene relativamente terso y lo que más destaca de su rostro es la viveza de sus ojos y su penetrante mirada detrás de unas gafas redondas de delgado metal. Debió ser una buena moza en su juventud, pues aún conserva cierta prestancia. Viste rigurosamente de negro, a la antigua usanza, con enagua y saya que le llegan más abajo de los tobillos. Sus únicas muestras de coquetería son un colgante del que pende un relojito, unos diminutos zarcillos y dos alianzas matrimoniales en el anular de la mano derecha –como es costumbre en la región valenciana- que pregonan su condición de viuda. Realmente, piensa Rosario, no da el tipo de masovera, más bien tiene el empaque de la matrona de una casa rica de pueblo. La llumera sabe, pues se lo contó Paca, que Julia es una mujer peculiar, bastante ilustrada para haberse criado en un mas, muy firme en sus convicciones que sostiene con denuedo y que, desde que el marido de Paca comenzó a sufrir graves problemas de salud, es la que dirige con mano firme la actividad de la masía, aunque a veces se mete en demasiados charcos por su afán de controlarlo todo. La charla entre las tres mujeres se generaliza y hablan de mil y un temas. Uno de ellos es cómo les va con la cabra murciana y si la cabritilla todavía mama. Rosario les cuenta que es su hijo mayor quien cuida de ella y los problemas que tienen en cuanto a la suficiente alimentación del animal para que dé la leche que precisan, pues además del pasto le dan alfalfa y, a veces, mondas de patatas y otros desperdicios de las comidas caseras.

   Al día siguiente vuelven Paca y su madre, pues han quedado que van a enseñarle a Julia el recinto de la Fábrica y, además, quieren que la abuela conozca al señor Zacarías que el día anterior no estaba. Julia se muestra interesada por cuanto hay en la Fábrica y plantea continúas preguntas, bastantes ciertamente indiscretas y algunas rayando en la impertinencia.

   -En los bancales, ¿qué es lo que suelen plantar?

   -Pues cosas muy variadas, sobre todo hortalizas, y en el más grande cereal.

   -Usted estará pensando: que abuela más preguntona y metomentodo, y tiene razón, pero… ¿qué sabe de la alfalfa? –la pregunta va dirigida al anfitrión, que también les acompaña.

   Al llumero le sorprende una pregunta tan directa, pero su esposa le ha puesto en guardia respecto a que la abuela es una mujer peculiar y muy suya, por lo que se limita a responder.

   -Algo sé, sobre todo que es una yerba que es un buen forraje para el ganado. Ah, y también para los conejos.

   -Pues podrían hacer una cosa: plantar alfalfa en vez de cereal. Una vez sembrada, la plantación dura entre cinco y doce años, y es especialmente resistente a la sequía. Se puede segar cada treinta días en primavera y verano, y cada cuarenta en otoño e invierno. En regadío, como es el caso de aquí, se pueden alcanzar hasta los siete cortes anuales. Con lo cual tendrán alfalfa asegurada para la cabra, al menos, para medio año. Vamos, es lo que opino –El señor Zacarías va a responder a la indiscreta masovera, cuando la vieja ya está formulando una nueva pregunta-: Y, perdonen si pregunto demasiado, ¿además de estos bancales tienen ustedes otras fincas?

   El llumero se apresta a contestar a la metomentodo de la  vieja y cortar de raíz sus impertinentes preguntas, cuando la cándida de su esposa se le adelanta.

   -Heredé de mis padres un huerto de naranjos, un pequeño campo de almendros y un marjal.

   -Pues si en el marjal siembran alfalfa un mes, más o menos, antes o después que en uno de estos bancales, pueden tener cosechas buena parte del año. Con lo cual habrán resuelto en gran medida el problema del forraje de la cabra.

   -Muchas gracias, señora Julia. Suele decirse que la experiencia es la madre de la ciencia. En su caso también es la madre de la sabiduría. Habla usted como uno de los siete sabios de… -Rosario no recuerda de donde eran los sabios de la conocida expresión popular por lo que dice lo primero que se le ocurre- París.

   Al llumero no le ha gustado un pelo la imprudente suficiencia de la vieja y no acepta tan pasivamente como su mujer la propuesta sobre la alfalfa. Por lo que le pone peros.

   -Lo de la alfalfa está bien traído, pero tiene algunas pegas. En primer lugar, los cortes de la yerba dependen de varios factores, algunos de los cuales no podemos controlar, como que haga mejor o peor tiempo. En cuanto al riego, en estos bancales no hay problema, el pozo de la antigua central tiene agua más que suficiente, pero en el marjal es otro cantar. ¿Cómo regamos, con un carabassí[CM1] ? No sé si sabe qué es.

   -Lo sé. Heredé dos marjales en la Sort de Monet de Baix que tenemos abandonados porque no podemos atenderlos. Y más de una vez he manejado el calabacín ahuecado atravesado en el borde superior por un palo y con el que se saca agua de las acequias. Y también sé que ahora se fabrican carabassís de hojalata que son más prácticos y eficaces que los antiguos.

   Zacarías, pese a sus reservas iniciales, se ha enredado con las formulaciones de la abuela, pues le parecen inteligentes, aunque siguen siendo indiscretas.

   -Me perdonará señora Julia, pero los problemas reales siguen persistiendo. Suponiendo que usemos un carabassí, sea el clásico o el de hojalata, yo no tengo tiempo para regar, tendría que contratar a un peón y no está el horno de mis dineros para eso.

   -Tienen un chico que es casi medio mozo, podría regar él.

   -Dudo mucho que tenga la fuerza necesaria para regar un marjal entero –el llumero no da su brazo a torcer, pero la abuela es terca.

   -Lo podría hacer en varios días y quizás usted podría ayudarle los domingos –insiste Julia, que agrega-: Y en todo caso, si lo de la alfalfa no les viene a mano hacerlo, tienen una partida en la que hay todo el año hierba en abundancia y es una propiedad comunal. Me refiero al Prat.

   -Supongamos que envío al chico a recoger yerba al Prat, ¿y cómo la transporta hasta aquí? Tenga en cuenta que no tenemos acémila ni carro –replica el llumero.

   -Me han dicho que es usted hombre de recursos, algo se le ocurriría.

   Cuando le enseñan el corral, la abuela vuelve a mostrar algunos de los rasgos de carácter que le atribuyen: el de ser una mujer peculiar y bastante metomentodo.

   -Tienen un corral magnífico, lástima que lo tengan tan desaprovechado.

   -Bueno, no tan desaprovechado –se apresura a replicarle el llumero, que no piensa pasarle una más a la deslenguada masovera-. Tenemos gallinas, un par de pavos y bastantes conejos que, cuando llegamos, los dejamos acampar en el suelo, pero hacían madrigueras por debajo del muro y escaparon casi todos. Ahora los tenemos en cuatro jaulas que yo mismo he construido con madera y malla de alambre.

   -Además de hombre de recursos es usted un manitas –le adula la vieja, que añade-: ¿Y por qué solo tienen cuatro jaulas?

   -No podemos tener más porque nos pasa como con la cabra, que hay que darles de comer todos los días y la yerba hay que buscarla.

   -Si hicieran lo que le he sugerido sobre la alfalfa y la siega de hierba en el Prat, en lugar de cuatro jaulas podrían tener cuarenta o más y tendrían un suministro asegurado de carne y hasta podrían vender algunos ejemplares o cambiarlos por otros alimentos.

   El llumero se ha cansado de que la abuela siga con sus impertinencias y, como parece que no vaya a remitir en su afán de indicarles lo que deberían hacer, da por terminada la charla y, alegando que tiene trabajo, deja a las mujeres. A pesar de un final más bien abrupto, el señor Zacarías no ha echado en saco roto algunas de las sugerencias de la masovera. Tendrá que echarles un pensament, como dicen en el pueblo, y ¡vaya si se lo ha echado! Dos de las propuestas: la de plantar alfalfa y criar conejos, son a las que más vueltas ha dado, y comienza a considerarlas factibles.

   Plantar alfalfa en uno de los bancales de la Fábrica y en el marjal podría ser posible, y probablemente resultaría más eficaz que los cultivos que ahora tienen. Además, la alfalfa es una planta que no requiere demasiados cuidados. Y piensa que al tener más forraje, su primogénito no tendría necesidad de sacar la cabra a pacer todos los días y le quedaría más tiempo para estudiar, que es lo primordial. De todas formas, como la agricultura no es su fuerte, antes de meterse en un tema del que no tiene grandes conocimientos, habla con uno de los primos de su mujer, Silvestret -pequeño propietario agrícola- para que le dé su opinión. Lo que le cuenta el primo es muy favorable al cultivo de la alfalfa.

   -Aunque no la utilices para la manutención de la cabra o de una supuesta camada de conejos, siempre podrías venderla, dado que la demanda, en un pueblo con incontables caballerías, está asegurada. Incluso, por unas pocas pesetas me puedo hacer cargo de todas las operaciones referentes al cultivo de la hierba, así no tendrás que preocuparte en buscar peones.

   Cauto como es, y antes de meterse en el asunto de la alfalfa, el señor Zacarías decide, que el primogénito vaya al Prat a segar yerba. Que padre quiera mandarlo a segar para la maldita cabra, a Zaca le ha sentado como un par de banderillas de fuego. Lo considera una humillación y una tarea impropia de un estudiante de bachillerato. Pese al enfado, sus protestas han sido débiles y poco consistentes, pues tiene un reverencial temor a padre. Aunque al principio tuvo la esperanza de que la resolución paterna no se llevaría a cabo porque enseguida surgió un problema: puesto que no tenían ni acémila ni carro, ¿cómo traer la hierba a la Fábrica?, dado que donde más abundancia de forraje hay es en la marjalería y el Prat, a algo más de dos kilómetros de casa y eso supone un largo camino. Ese es el resquicio por el que el muchacho piensa que puede[CM2]  escaquearse de la siega de la puñetera hierba. Como si no tuviera ya suficientes ocupaciones. ¡Maldita sea la cabra, la hierba y la vieja masovera que ha acabado de liarlo todo! Y yo que creía, se dice, que los masoveros eran más bien cautos, recelosos y que solo hablaban lo justo, y esta abuela cada vez que abre la boca es para organizar un tinglado de no te menees. ¿Por qué no se irá la puñetera de la abuela Julia a dónde crían los langostinos?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 30 de la novela “El masover”, titulado: ¿Te vale un tirachinas y un cencerro?

 [CM1]

 [CM2]

martes, 15 de julio de 2025

28. “El masover”. La cabra murciana

 

 

   El verano del 31 se presenta pleno de expectativas venturosas para el recién iniciado en el azaroso camino del bachillerato. Zaca se ha marcado una serie de metas que espera lograr antes de que comience el curso 31-32. Uno de sus objetivos es aprender a montar en bicicleta. Los velocípedos, como los llamaron al aparecer, al ser relativamente baratos, son uno de los medios individuales más populares en un pueblo en el que los desniveles, salvo la zona del Calvario, son prácticamente inexistentes. E igual ocurre en su término municipal. Aprender a manejar la bici marca uno de los hitos que todo niño torreblanquino ha de superar para pasar a otra etapa de su desarrollo. Y Zaca está dispuesto a conseguirlo.

   En casa solo hay una bici, la de padre; un armatoste de hierro que pesa un quintal y a la que no llega a los pedales si va sentado en el sillín, pero lo remedia como hacen los demás niños de su edad: pasando una pierna por debajo de la barra transversal para alcanzar el pedal del otro lado y correr con el cuerpo inclinado a la izquierda y la bici a la derecha. No es una forma cómoda de montar en bici, pero es como los chiquillos suelen comenzar en el pueblo, donde son contados los que poseen bicicletas infantiles, y Zaca no es uno de ellos. Una vez superó el aprendizaje, hasta se atrevió a subir a Pedrito, pero la experiencia fue un desastre, pues ambos hermanos dieron con sus huesos en el suelo; afortunadamente, el incidente se saldó con varias magulladuras y algún que otro moretón, pero no pasó a mayores. Eso sí, se ganaron una buena reprimenda de madre que, para que el castigo no fuera mayor, ocultó la caída a padre.

    Mientras el primogénito de los Clavijo, con su proverbial tenacidad, va logrando nuevas metas, en el tiempo que ha durado la construcción de la vivienda de los dueños del Mas del Canònge, la señora Paca y su hija Paquita han ido con frecuencia a la Fábrica, sobre todo a por agua para que los albañiles la mezclen con arena y cemento para la confección del mortero. Puesto que Paca ha vivido siempre en el Mas, está ayuna de los usos y costumbres de los pueblos. Cuando Rosario descubre esa carencia, y como la masovera le parece una buena persona, se impone introducirla en las prácticas y rutinas de la sociedad local para que pueda integrarse más fácilmente en ella. Paca, que no es culta pero sí intuitiva, se da cuenta del papel que ha tomado la llumera y no se lo comenta, pero se lo agradece de corazón. Hechos así generan que lo que comenzó siendo una relación amistosa entre ambas mujeres derive hacia una ligazón cada vez más estrecha. Incluso han llegado a la etapa del tuteo. Esa naciente amistad entre las dos matronas, así como la vecindad, dan pie a que los Clavijo hagan continuos favores a los Villalonga. Uno de los más significativos fue a raíz de la conjunción de dos factores: que la construcción avanzaba rápida, y que los días invernales eran cortos y los albañiles seguían trabajando tras la puesta del sol, por lo que empleaban quinqués en el interior de la vivienda que solucionaban parcialmente la falta de luz. Enterado de ello, el llumero dijo a la señora Paca que podía ofrecerles una solución mejor: tender un cable desde la Fábrica que, salvando el vano de la calle San Antonio, proporcionara, de forma provisional, electricidad a la vivienda, y que al ser una conexión pirata les saldría gratis. Pese a las reticencias iniciales, la señora Paca acabó aceptando la oferta. El propio llumero se encargó de hacer una instalación de fortuna en el interior de la vivienda para que unas desnudas bombillas iluminaran el trabajo de albañiles, carpinteros, fontaneros y demás oficios. Cuando los masoveros quisieron pagarle la esquemática instalación, el señor Zacarías sólo les cobró el coste del material y se negó en redondo a recibir una sola peseta por su trabajo.

   A estos favores de buenos vecinos y amigos, los masoveros han correspondido ofreciéndoles muestras de sus cosechas y ganados. Que si un capacho de patatas que este año la cosecha ha sido muy buena, que si una docena de huevos, que si una liebre cazada por los charnegos de la masía, que si un tarro de miel de romero, que si un par de botellas de aceite de algunos de sus olivos centenarios, que si unas codornices que han cazado en el parany, que si un queso de cabra de su ganado…, y cuando es la matanza de los tres cerdos que sacrifican a lo largo del año nunca falta una muestra de las longanizas, chorizos  morcillas, magro y tocino, así como alguna porción de lomo o de panceta. Rosario, en principio, se negó a recibir los regalos, más por el qué dirán que por convicción, pero acabó aceptándolos ante la insistencia de la masovera que reiteró que favor, con favor se paga.

   En esa hornada de mutuas dádivas nunca ha habido dinero por medio, ni siquiera se ha mencionado. Cada parte obsequi[CM1] a a la otra, gratis et amore, lo que está en su mano ofrecer, sin que ello suponga merma alguna de su modo de vida. Y al tiempo, ambas familias se benefician del trueque de donativos. Y así, la despensa de los Clavijo, que había mejorado notablemente gracias a las aportaciones en especies del escrivent, se colma aún más de alimentos que contribuyen de forma notable a la mejora de la dieta familiar[CM2] . Y, mira por donde, la vida de los Clavijo ha empezado a cambiar, se han puesto más recios, están mejor nutridos y sus semblantes han adquirido una tonalidad más risueña. Lo que es hacer tres comidas diarias abundantes y sabrosas.

  Hoy, en su casi diaria visita a la Fábrica, la masovera ha visto a Rosario irritada. El motivo es que se le ha retirado la leche antes de destetar a su último hijo y no tendrá más remedio que comprar diariamente dos litros del blanco líquido hasta que se produzca el destete total. Un gasto más que añadir a los cotidianos. Paca, que conoce bien las estrecheces económicas de los Clavijo, aparece unos días después con un inesperado presente. Arrastra tras ella una robusta cabra, con unas ubres tan llenas que casi rozan el suelo, y  tras la cual una asustadiza cabritilla no se separa de la madre. Lo de la cabra desconcierta a Rosario que mira, alternativa y perpleja, al animal y a la masovera sin saber qué pensar. Hasta que Paca se explica:

   -Os traigo esta cabra, de raza murciana, y que da una cantidad de leche increíble para un animal de este tamaño. Con ella, Chimet tendrá asegurada su ración de leche diaria y en cuanto la cabritilla deje de mamar y, si la alimentáis bien, hasta os sobrará leche para los demás niños o para hacer queso, manteca y cuajada.

   -Paca, una cosa es que nos regales una docena de huevos, un queso o una cesta de tomates, ¡pero una cabra! Eso no es un regalo, es… -Rosario no encuentra la palabra para calificar la dádiva, por lo que acaba la frase como puede-, es la de Dios.

   -No se trata de fardar, Rosario, pero la última vez que el encargado del ganado hizo el recuento del rebaño de cabras que tenemos, contó unas ciento cuarenta. Como comprenderás una más o menos no supone nada.

   A pesar de la explicación de la masovera, Rosario se resiste a aceptar el regalo pero, acaba asumiéndolo cuando  Paca insiste que lo hace para que al crío no le falte la leche, no sea que vaya a criarse raquítico o pueda enfermar.

   Sorprendentemente, lo de la cabra murciana acarrea más consecuencias de lo que parecía al principio, pues enseguida se plantea el problema de como alimentarla. Los Clavijo barajan tres posibles soluciones: la más barata, pero que exige más tiempo, es llevarla a pastar por los alrededores de la Fábrica; otra, es recolectar hierba o comprarla; la tercera es una combinación de las dos anteriores. Puesto que los ingresos familiares siguen siendo los justos, desde el primer momento se impone la primera opción: habrá que sacar a pacer al animal que eso no cuesta dinero. Lo que provoca otro problema: ¿quién lleva la cabra a los pastos? La composición familiar deja reducidos a dos los posibles candidatos: Zaca o Charito, Pedrito es muy chico. Cuando los padres cuentan a sus dos hijos mayores el dilema que se les presenta, el primogénito se pone como una hiena.

   -Yo no puedo sacarla, pues tengo que estudiar y encima mi labor de escrivent, al ser cada vez más solicitada, me da más trabajo aún. No tengo tiempo ni para rascarme.

   A su vez, Charito arguye que:

   -Pues yo, además de ayudar a madre en las tareas de casa, estoy aprendiendo corte y confección y a bordar a máquina con la señora Laura, la amiga de la tía Paca la Francesa y, además, lo de pastorear es trabajo de hombres.

   Curiosamente, la última razón es la que más pesa en la solución que adoptan los Clavijo: será el primogénito quien deberá encargarse de que el animal y su cría salgan todos los días a pacer, y complementarán su dieta comprando de vez en cuando alfalfa, cultivo muy extendido en el pueblo. Tras las consabidas protestas, más hechas en atención a su ego que pensando en que puedan servir de algo, a Zaca no le queda otra que apechugar con la nueva tarea. Al principio lo hace renegando y con malas caras, pero pronto se da cuenta que la ocupación le viene bien a su carácter: es un trabajo solitario, tranquilo y, al tiempo que los animales pastan sujetos a una larga cuerda, tiene tiempo para estudiar o leer una novela del Oeste, que tanto le gustan. Y hay otras consecuencias beneficiosas para el chico: la más importante es que descubre el valor de la organización, si uno organiza bien el factor temporal y su aplicación a las tareas a realizar resulta que hay tiempo para todo. Otra consecuencia es física: los diarios paseos tonifican sus piernas, las musculan -falta les hacía- y acaba teniendo un tren inferior que tiene poco que envidiar al de los chicos que antes se burlaban de él por lo patoso que era corriendo. Sus caminatas al aire libre y los tirones que ha de dar a la cabra para que le siga o no se meta en los campos cultivados inciden en su capacidad respiratoria, su caja torácica se ensancha y deja de ser el tipo enclenque y frágil que era. También descubre que en sus correrías puede hacer nuevos aportes a la despensa familiar: recolecta caracoles y cabrillas, busca espárragos silvestres, te de roca, brotes tiernos de verdolaga, cardillo o hinojo para preparar ensaladas, y cuando se desplaza a la marjalería caza ranas, tortugas y hasta anguilas. Además, en una tierra de regadío con abundancia de frutales siempre encuentra alguno cuyas frutas están en sazón. Zaca, al principio, recogía los frutos caídos que de otro modo se iban a pudrir, pero acabó cogiéndolos del árbol sin plantearse que técnicamente está robando. Finalmente, incluso acrece su léxico, vocablos que desconoce o que conoce, pero no sabía emplearlos, han dejado de ser algo ignoto: ribazo, tocón, injerto, caprino, ubres, forraje, campero y un largo rosario de nuevos vocablos. Hasta ha aprendido a ordeñar, mal que bien, la cabra y a veces se da sus buenos tragos de leche cruda antes de devolverla al corral. Lo que a sus padres ya no les viene tan a cuento es la compra de alfalfa para que el animal esté bien alimentado y proporcione la suficiente cantidad de leche.

   Sólo hay una cosa de su nueva ocupación que fastidia a Zaca: que sus amigos se burlan de él y a veces, para chincharlo, le llaman el cabrero, y cuando le dicen que está como una cabra acaban añadiendo como una cabra…murciana. Y el asunto no queda ahí, como se ha corrido la voz de lo de la cabra, algunas personas, que se aprovechan de su habilidad de escrivent, modifican este apelativo llamándole el escrivent de la cabreta. Con la de sobrenombres que ya tiene, lo que le faltaba, otro mote más. No hay nada que hacer, es mi sino, se dice. Y todo por llamarme como me llamo. ¡Padre!, ¿por qué te empeñaste en ponerme Zacarías? Con la de nombres que hay y tuviste que ponerme el tuyo.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 29, de la novela “El masover”, titulado: La abuela Julia

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martes, 8 de julio de 2025

27. “El masover”. La Panderola


   El 22 de junio, comienzan los exámenes libres en el Instituto de enseñanza media de Castellón, el único que hay en la provincia. El domingo, madre dejó en la habitación del primogénito  la muda de ropa interior, la camisa que va a estrenar, chaqueta y pantalón, así como los zapatos recién lustrados. El muchacho, al ver el pantalón que le ha preparado, protesta.

   -Madre, ¿por qué voy a ir en pantalón corto?, ¿no sería mejor el largo que me regalaron cuando cumplí los diez años?

   -Creo que no, si vas en pantalón corto pareces más niño y seguro que los profesores te tratarán con más indulgencia.

   -Los zapatos de Segarra siguen estando muy duros. Si no le importa, preferiría llevar los viejos que esos no me hacen daño.

   -Bueno, te los lustraré para que no se note que son viejos.

   -¿Y tengo que llevar corbata?, me aprieta el cuello

   -Hijo, te quejas de todo, póntela y no protestes más.

   El lunes, la señora Rosario y Zaca, a las 8:00, cogen el coche de línea de Autos Mediterráneo que cubre la línea Torreblanca-Castellón, que solo para en la Ribera de Cabanes y, de allí, va directo a la capital de La Plana, donde la primera parada es en el barrio llamado el Descarregador que está cerca del Instituto. Viaje que dura alrededor de una hora, pues las cuestas de Oropesa del Mar retardan la circulación y eso que las cogen en sentido descendente. El autobús va a tope, pues los lunes se celebra mercado en la ciudad que atrae a mucha gente de los pueblos. Antes de llegar a la Castellón, todos los pasajeros se han enterado de que la señora Rosario, la mujer del llumero, acompaña a su hijo que se examina de primero de bachillerato. Algo así es bueno que se sepa, pues es un motivo de orgullo para la familia, ya que es el único del pueblo que está estudiando bachiller por libre. Al chaval las explicaciones de madre le ponen todavía más nervioso y no hace más que retocarse el pelo y remangarse los puños de la camisa que parece que le quedan largos. Madre trata de tranquilizarlo, pero justo consigue lo contrario. 

   Los centros públicos de secundaria, que hasta 1901 se llamaban Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza, ahora tienen el altisonante nombre de Institutos Generales y Técnicos. El de Castellón está ubicado en el solar de la antigua plaza de toros y alberga tres centros: Instituto, Escuela Normal y Escuela de Trabajo y, en la parte posterior, cuenta con un Jardín botánico. El edificio del centro de enseñanza media les impone, pues es una construcción formidable que ocupa toda la manzana. Al llegar, preguntan al bedel donde son los exámenes de primero y el uniformado les indica el aula donde comenzarán, siendo primeros los de Geografía. El chaval suspira aliviado, pues esa materia es su predilecta y cree que va más que preparado, no solo para aprobarla sino para sacar buena nota. Después, se examina de Gramática y Caligrafía. Y del resto se examinará el martes.

   -¿Cómo te ha salido, hijo?

   -Lo que se dice bordado, no, pero bien, sí, madre, sobre todo la Geografía. El examen de Gramática ha sido un poco difícil, pero creo que lo pasaré, y el de Caligrafía ha estado chupado.

   -¿Ya se te han quitado los nervios?

   -Del todo, no, pero algo más tranquilo sí que estoy.

   Dado que las pruebas han durado toda la mañana, los Clavijo no pueden coger el coche de línea de las 13 horas, de regreso al pueblo, y han de quedarse en la ciudad, pues ya no hay autobús de vuelta hasta las 18. Madre, que había previsto tal contingencia, lleva en su bolsón una fiambrera con un almuerzo de fortuna: una tortilla de patata y un pequeño guiso de hígado encebollado que, como bien sabe, son dos de los pocos platos que su hijo se los come sin hacer demasiados dengues. Y, como postre, ha elaborado exprofeso unos almendrados que esos sí le gustan al chaval, que es inapetente pero algo goloso. Como no es cuestión de gastar demasiado yendo a un bar o una taberna, se van a comer al Parque Ribalta, el mejor parque público de la ciudad, al lado de la nueva plaza de toros y de la estación del ferrocarril. En el centro del paseo, se encuentra una gran plaza donde desembocan los diversos senderos del parque. En uno de los paseos laterales, junto a un pequeño lago, reducto de unos cuantos cisnes y varias familias de patos, buscan un banco a la sombra y dan buena cuenta de las viandas. Acompañan la comida con tragos de la gaseosa de bolita que madre ha comprado en un quiosco que hay a la entrada del parque, que un día es un día y no hay porqué escatimar gastos.  Cuando terminan con el almuerzo, mientras madre descabeza un sueñecillo, el chico se acerca al estanque a echar migas de pan a los cisnes y a los descarados patos que, como están habituados, no tienen ningún temor en formar un grupo junto a la barandilla donde está el muchacho. En cuanto despierta madre, la pareja se adentra en el centro de la ciudad, pues la señora Rosario ha de hacer algunas compras que les llevan por la calle de Enmedio hasta la Puerta del Sol –epicentro de la ciudad-, desde la que oyen un pitido.

   -¿Qué es ese pitido, madre?

   -Debe de ser La Panderola, el tren que va del Grao a Onda.

   -De ese tren me ha hablado Joaquinito Queralt. Dice que es chulísimo y no lo he visto nunca. ¿Podemos…?

   Madre, accede y lleva al muchacho a la cercana Plaza de la Paz, por donde transita el tren a vapor de vía estrecha que une El Grao con varios municipios contiguos. Han de esperar un buen rato hasta el paso del siguiente convoy. Al chico, que nunca ha visto un ferrocarril de vía estrecha, La Panderola le parece un tren de juguete, regalo que, por mucho que lo desea, sospecha que nunca le traerán los Reyes Magos. Zaca, debido a la influencia de su amigo Pifa, está acostumbrado a ver los trenes que circulan por la vía Valencia-Barcelona, por lo que al pasar la pequeña locomotora y los vagones que parecen para enanitos no puede reprimir una sonrisa burlona. En tanto, madre le explica que el trenecito, conocido popularmente como La Panderola, tiene una marcha tan lenta que hay pasajeros que lo cogen o se bajan de él estando en marcha. Y para completar la explicación le canta algunos compases de una cancioncilla popular:

De Castelló a Almassora,/ Xim pum tracatrac./

Va un tren que vola, leré./I per això li diuen/

Xim pum tracatrac/ La Panderola, leré 

   A todo eso, ya son cerca de las seis de la tarde y los Clavijo se apresuran a tomar el coche de línea que los devolverá al pueblo. Al día siguiente, martes, madre e hijo repiten la operación del día anterior. Hoy, el chico se examinará de Aritmética, Religión y Dibujo.

   -¿Qué tal te ha ido, hijo?

   -La Religión y el Dibujo, chupados. De Aritmética, ahí, ahí. Lo mismo puedo aprobar que suspender.

   -Bueno, si suspendes no pasa nada. El tío Paco dijo que puedes volver a examinarte en septiembre.

   A mediodía, la pareja vuelve al Ribalta a almorzar. El menú de hoy es una tortilla francesa y atún en escabeche, de postre los almendrados que sobraron del día anterior, y de beber la consabida gaseosa de bolita. Hoy no se mueven del parque, porque a madre le dijo su hermano Antonio, que trabaja en el ferrocarril, que hay un tren correo que para en Torreblanca y que pasa por Castellón a las 16:00, con lo que si lo cogen podrán llegar antes a casa. En cuanto terminan de almorzar se acercan a la contigua estación y se sientan en uno de los bancos que hay bajo la gran marquesina a esperar el tren. Es un convoy lento –al que se lo conoce como el borreguero- que para en todas las estaciones y apeaderos que hay entre la capital y el pueblo por lo que cuando llegan son las cinco y media pasadas.

   Una semana después salen las notas de primero de bachillerato libre. El tío Paco se ha encargado de recogerlas y se las manda a los Clavijo, dentro de un sobre, que entrega al cobrador del coche de línea que hace también de ordinario.

   -¡Qué nervios! –exclama el chaval al ver el sobre

   -Padre hace ademán de abrirlo, pero madre sugiere:

   -Creo que debería hacerlo el chico, al fin y al cabo son sus notas.

   El aludido coge el sobre con un temblorcillo de manos y con un cuchillo lo rasga. Dentro hay una cuartilla que hace de carpeta de las seis papeletas de cada una de las asignaturas de primero. Antes de mirarlas, el muchacho lee el contenido de la cuartilla que resulta ser una breve nota del tío Paco.

   Sobrinos: como ya os dije en su día, vuestro hijo vale, la prueba son las notas que ha sacado. Enhorabuena a todos, sobre todo al muchacho. Un abrazo. Tras lo cual, Zaca lee las notas: Geografía 9, Gramática 7, Caligrafía 7, Aritmética 5, Religión 8 y Dibujo 5.

   -¡He aprobado todas, las he aprobado!

   Los padres contemplan orgullosos la alegría de su primogénito. Ven recompensados todos los esfuerzos que han tenido que hacer para que el niño estudie. A madre, una furtiva lágrima se le desliza mejilla abajo. Padre está que revienta de satisfacción, aunque procura que no se le trasluzca, al tiempo que piensa que el chico acaba de dar su primer paso en el tedioso camino del mundo académico, ¿tendrá fuerza y, sobre todo, voluntad para recorrerlo hasta el final?, se pregunta.

   El verano de 1931 es uno de los más felices que recuerda Zaca. Está en camino de ser bachiller, algo que ni en el mejor de los casos pudo soñar ningún miembro de los Clavijo o de los Alsina, pues ninguno de ellos pasó de la enseñanza primaria, que muchos ni siquiera acabaron. Los que más se han acercado han sido sus tíos maternos, Joaquín y Antonio, y ambos se conformaron con completar la primera enseñanza para luego trabajar, el primero de chófer, y el segundo de peón de vías y obras en el ferrocarril, pero aun así han elevado el listón laboral de la familia que siempre se desempeñó en el trabajo agrícola.  El chico se permite estar todo el estío holgazaneando y leyendo cuanto le apetece, sobre todo tebeos y novelitas baratas, de las que ha encontrado un filón en una biblioteca que el padre de su amigo Joaquinito tiene en el desván. Aunque a él lo que más le gusta son las revistas infantiles y las historietas con viñetas, pero esas hay que comprarlas y, aunque no son excesivamente caras, el dinero brilla por su ausencia. Como madre está al tanto de sus preferencias, sugiere a padre que adelante el lance de llevar la hucha del muchacho al director del Banco de Vizcaya y boticario, don Eduardo Leuba, para que la vacíe, como suelen hacer todos los años a principios de julio. Hecho lo cual, las perras que le dan permiten al chaval comprarse algunos de los tebeos más populares. Y así se hace con tres ejemplares de la revista TBO, que es la más difundida del país; de dos ejemplares de Pulgarcito y de uno de Macaquete, cuyo humor absurdo y moderno no acaba de entender. Hasta estuvo ojeando una revista infantil americana, pero que desechó al estar en inglés, lengua de la que no sabe ni palote. La posesión de estos tebeos le permite ganar enteros ante sus amigos, a quienes gustosamente se los presta. A sugerencia de su amigo Pitarch, una vez leídos y releídos los tebeos que posee, se mete en la aventura del trueque con otros chicos que también poseen tebeos, con lo que aumenta exponencialmente su contingente de lectura. Piensa que va a ser el mejor verano de su vida: ha aprobado el primer curso, ha visto La Panderola y tiene un montón de tebeos nuevos. ¡Que más se puede pedir! A su manera, el muchacho es feliz, algo que, dada su innata tendencia al pesimismo, no le ocurre a menudo. Le pasa como a La Panderola, que va que vola.

 

  PD.- El próximo martes publicaré el episodio 28 de la novela “El masover”, titulado: La cabra murciana