martes, 27 de enero de 2026

56. “El masover”. Las dudas de un maestro primerizo

   El almuerzo de hoy no ha estado tan concurrido como la cena del día anterior. Han sido seis los comensales: los Villalonga, Concha y Zaca. Al parecer, Valerio está en los campos y los Ariza no siempre almuerzan con los masoveros. También ha sido una comida más frugal que la cena, no ha habido entrantes, el menú ha sido de dos platos y postre. Y también ha estado mucho menos animado que la cena. Han abundado más los silencios que los diálogos, aunque mediado el almuerzo la abuela ha preguntado al muchacho que les cuente cómo es lo de estudiar el bachillerato por libre.

   -Pues lo cierto es que resulta pesado, y arbitrario Te tiras todo el curso memorizando los manuales que recomiendan los profesores del instituto para jugártelo todo en un examen oral a fines de junio. Y además de pesado y arbitrario es aburrido, pues estás siempre solo y no tienes con quien charlar o comentar las dudas que te asaltan sobre las partes más oscuras y difíciles de cada asignatura o sobre las incidencias del día a día. Y los libros no lo explican todo con la suficiente claridad. Hay manuales que sí, pero otros muchos recogen la materia que sea de manera que no siempre la entiendes. Para estudiar por libre hay que tener mucha fuerza de voluntad, que no te importe la soledad y que te guste estudiar. Y aun así, como he dicho, resulta pesado, aburrido y arbitrario. No es lo más divertido del mundo pero, como dicen en el pueblo, quien no puede segar se ha de conformar con recoger las espigas caídas.

   -Entonces, ¿los libres no tienen exámenes parciales? –quiere saber la abuela.

   -No los tienen. Como he contado, haces un examen único con el profesor de la asignatura, que casi siempre es oral y más bien corto. Algunos profes hacen exámenes escritos, pero son los menos. Pero es lo que hay.

   Después de almorzar, Zaca se reúne en la sala de estar con Sisca y los tres chicos de Pili Anselmo a quienes la abuela ha explicado la decisión de acogerlos del novel maestro.    La sala, reconvertida ahora en aula, ha cambiado de mobiliario: la mesa camilla la han ubicado en un ángulo, y en el centro han puesto tres mesitas rectangulares, en una de ellas se ubican Sisca y Julia, en la otra los dos chicos Ariza y la tercera será la mesa del maestro. El mueble que servía de librería ha sido vaciado y servirá para guardar el material didáctico y los manuales. Solo falta la pizarra que, según  ha dicho la señora Paca, ya está encargada. Sisca se presenta sin que lleve el atuendo que usualmente gasta; viste una blusa blanca, una falda azulada y calza unas bonitas y cómodas sandalias. Se la ve tranquila y hasta levemente contenta. La hermana mayor de los Ariza –Juli o Julita la llaman los demás- es espigada para su edad, más bien fibrosa y posee unas largas piernas que parecen salirle de los hombros. Tiene unos rasgos  regulares, un rostro ovalado y armonioso en el que destacan unos ojos de un marrón oscuro, casi negro, con una mirada chispeante que le dan un aire de descaro, unos labios gordezuelos y  un mentón indicativo de un carácter voluntarioso; lleva un vestido modesto, pero limpio; calza alpargatas y lleva el pelo, más negro que la tinta del calamar, recogido en una gruesa trenza que le llega a mitad de la espalda. El segundo Ariza –de nombre Juanito- es bastante más bajito que su hermana, pese a que solo se llevan dos años; peina su renegrido pelo con una raya algo torcida y tiene un rostro anodino en el que no destaca ningún rasgo en especial, quizá los ojos que, por su negrura y su chispa, se parecen a los de su hermana. El pequeño –que se llama como su padre, Anselmo- da la impresión de tener menos años de los que tiene, cuatro. Y tiene un cierto parecido a su hermano Juanito. Los chiquillos no llevan ropa nueva, pero sí limpia y van aseados y repeinados, y miran a Zaca con una mezcla de temor y respeto, al tiempo que se les nota muy cortados, salvo la mayor que tiene un aire de cierto descaro y una soterrada expectación.

   -Hola a todos –los saluda Zaca que tiene muy preparada su primera intervención como maestro-. Sentaos, por favor. Como vamos a compartir el verano, lo primero que haremos será presentarnos. Empiezo yo. Me llamo Zacarías Clavijo, pero prefiero que me llaméis Zaca, y os voy a enseñar todo lo que pueda para lo que cuento con vuestra buena voluntad. Tengo trece años cumplidos, y estudio bachillerato. Os dirigiréis a mí llamándome maestro o Zaca. Y no me habléis de usted, tuteadme pero sin faltarme el respeto. Tu turno, Sisca.

   -Me llamo Paquita Villalonga, aunque aquí podéis llamarme Sisca. Cumpliré pronto trece años. Por lo demás, todos me conocéis. Y no sé qué más decir que no sepáis –y, para mostrar su mayor familiaridad con el maestro, le pregunta-: ¿Te parece suficiente presentación, Zaca, o debo añadir más detalles?

   -Es suficiente con lo dicho, Sisca. Gracias –y Zaca se dirige a la mayor de los hermanos Ariza y, aunque sabe su nombre, le pregunta-: ¿Cómo te llamas?

   -Julia, para servir a Dios y a usted. Aunque unos  me dicen Juli y los mayores Julita. A mí me da lo mismo como me llamen. Tengo doce años cumplidos en mayo. Y como Paqui, no sé qué más decir pero, si quiere saber más, pregunte y le contestaré –añade con desparpajo.

   -Ya he dicho que no me habléis de usted, no estoy acostumbrado y me hace sentirme incómodo. Os he dicho que me llaméis Zaca o maestro. Recordadlo.

Julita y ¿qué más?

   -Ariza. Y perdona, maestro, lo de hablar de usted es la costumbre.

   -Perdonada Julia Ariza -Zaca mira al chico mediano que, al sentirse concernido, carraspea y, visiblemente azorado, dice:

   -Me llamo Juanito.

   -¿Y cuántos años tienes?

   -Diez para once –y no añade más.

   -Y tú, pequeño, ¿cuál es tu nombre? –pregunta el novel maestro al benjamín de los Ariza. El crío no contesta, mira a su hermana como pidiéndole ayuda. Que es lo que hace Julita.

    -Se llama Anselmito, pero todo le decimos Mito. Y el mes pasado cumplió cuatro años.

   -¿Pero sabe hablar?

   -Sí, maestro. Lo que pasa es que es muy vergonzoso y como es la primera vez que te ve, pues… -La chicuela ya se ha aprendido lo del tuteo.

  -Vale, vale. Me dijo vuestra madre que no habéis ido nunca a la escuela, ¿es cierto?

   -Sí, maestro, pero yo sé poner mi nombre. Me enseñó mi tío Valerio –contesta, con desenvoltura, la muchacha.

   -Bien. Ya nos hemos presentado. Vosotros -dice dirigiéndose a los hermanos Ariza-, id mirando las estampas de estos libros mientras hablo con Sisca –y, volviéndose hacia la muchacha, agrega-: Vamos a ver como andas de aritmética. ¿Sabes las cuatro reglas?

   -Sí. Me las enseñó la abuela hace tiempo. Según ella, para llevar las cuentas del Mas hay que manejar el cálculo. Hasta sé sumar y restar de cabeza si no son cifras muy grandes. Lo que no me sé bien son algunas de las tablas de multiplicar y al dividir a veces me equivoco.

   La tarde se va con las primeras y torpes aproximaciones de Zaca de lo que recuerda sobre su aprendizaje de los rudimentos de la escritura para los hermanos Ariza, y de la lectura comprensiva y de alguna regla ortográfica para Sisca. El diseño del horario de clase es uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza producen al flamante maestro. Al principio piensa en un horario partido de mañana y tarde, como en la escuela del pueblo. Tres horas matinales y dos vespertinas. Cuando se lo dice a Paca, la masovera tuerce el gesto.

   -Haremos lo que quieras, Zaca, pero… ¿no sería mejor arrejuntar todas las horas por la tarde? Lo digo porque por la mañana Paquita me ayuda ocupándose de los animales del corral y aseando la casa y, entre unas cosas y otras, se le va más de media mañana. Y Julita también nos ayuda, con lo que igualmente está ocupada. En cuanto a los chicos, sacan a pastar dos cabras que tienen. En cambio, por la tarde están todos más libres.

   -Bueno, pues que sea por la tarde. ¿Y que horario sería el mejor?

   -El que tú fijes. Como comemos sobre las doce y media tendrías que comenzar la escuela a partir de las dos o las dos y media. Como prefieras.

   -La clase podría ser de dos y media a siete y media, con un parón de unos veinte minutos a mitad de la sesión. ¿Le parece? –Visto el mudo asentimiento de la masovera, Zaca, cambiando de tema, agrega-: Esta es la lista de material escolar que me pidió. He añadido cuadernos pautados y cartillas escolares para los niños de Pili. Ah, y necesitamos una quinta silla.

   Esa noche, Zaca, que siempre ha sido un dormilón, ha puesto el despertador a las ocho para poder desayunar al día siguiente con el resto de la familia. Pero cuando por la mañana baja a la cocina, allí solo está Concha.

   -Buenos días. ¿Dónde están los demás?

   Concha le cuenta que en la masía se madruga lo suyo, pues al alba hay que ordeñar las vacas y después se da de comer a los animales de corral. Solo cuando las bestias han recibido su ración matinal, desayunan los residentes –sobre las siete y media- .Tras lo cual, cada quien se entrega a las tareas que tiene asignadas. Pero que lo de madrugar no reza con él, pues con el horario que ha establecido no tiene nada que hacer por las mañanas. Por lo tanto, puede levantarse cuando quiera y desayunar cuando le apetezca.

   -¿Te pongo el mismo desayuno que ayer?

   -Vale. Por cierto, ¿qué es lo que ustedes suelen desayunar?

   -Aquí se trabaja duro, por eso el desayuno debe de ser fuerte -Y Concha le cuenta que en los desayunos se incluyen cereales, como el pan o galletas; lácteos, como la leche, la nata o el queso fresco; huevos fritos o revueltos, carne, fruta entera o, raramente, en zumos; muy de vez en cuando pescado, generalmente bacalao, y ensaladas con verduras de temporada, entre otros ingredientes. Y agrega-: Los desayunos cambian según lo que hay en la despensa y la fresquera y éstas suelen guardar lo que se cosecha en cada época. Por ejemplo, hoy hemos tenido revuelto con pimientos y salteado de conejo con patatas y espinacas.

   -¿Y son capaces de comerse todo eso recién levantados? – se maravilla Zaca que, como inapetente, le parece un desayuno pantagruélico.

   -Y todavía más, porque la gente no está recién levantada. Cuando el personal desayuna el que más y el que menos lleva una hora y media o más de trajín. Y no veas el saque que tienen, y cuando compruebes como trabajan encontrarás de lo más normal lo que comen.

   Tras zamparse su morigerado desayuno, el chaval se da un garbeo por los alrededores del caserón. Descubre que las dos casitas que hay frente a la masía son en las que viven, o al menos duermen, el mayoral y su mujer, y Anselmo y Pili y sus hijos. También descubre la existencia de tres pequeñas instalaciones industriales: una modesta almazara, un pequeño molino de trigo y una bodega con los cupos, prensa, botas y toneles que se usan para elaborar vino. Piensa que esos soportes son los que proporcionan autonomía de subsistencia a la masía y la convierten en una empresa agropecuaria. En la parte posterior de la casona hay una alberca bastante grande y un depósito de agua de forma circular coronado por un molino metálico de viento que seguramente es el que proporciona la energía para subir el agua. Los corrales –pues hay varios- son enormes y están llenos de gallinas, pollos, pavos, patos y una bandada de gansos. Uno de los corrales tiene el suelo de cemento sin pulir y está lleno de conejos y, adosadas a las paredes, hay jaulas en las que se ven conejas y gazapos. También hay pocilgas donde engordan varios puercos. Lo que no ve son las vacas de las que le han hablado, sospecha que han debido sacarlas a los pastos. Y, en efecto, en una pradera cercana ve varias vacas paciendo. En la zona de levante se encuentra con varios huertecillos abancalados, defendidos por terraplenes, con verduras y hortalizas. Y en la zona más meridional, y a bastante distancia de la casona, se ven casi una cuarentena de rústicas colmenas hechas con corcho y en las que le parece oír el zumbido de las abejas. A lo lejos se divisan bancales de dorado cereal en los que, además de trigo, crecen otras mieses que supone deben de ser centeno, cebada y avena. “Es la repera -piensa el chico-, este mas es completamente autónomo, tienen de todo. Claro -se dice-, por eso hay tanto trabajo, tienen mucho tajo al que atender”. Cuando se cansa de curiosear, se mete en la casona para preparar la clase de la tarde. De sus inéditos alumnos, quien más dudas le causa es el chiquitín de cuatro años, el llamado Mito. No sabe muy bien qué hacer con él. Piensa que es demasiado pequeño para enseñarle a leer y escribir, pero quizá pueda enseñarle buenos modales y algunos hábitos higiénicos, pues en el escaso tiempo que lleva en la masía ha podido darse cuenta que las buenas maneras y las prácticas saludables dejan que desear. Respecto a Julita y Juanito lo tiene claro: les enseñará a leer y escribir, aunque duda que en dos meses pueda lograr grandes resultados. En cuanto a Sisca, tendrá que reforzar su conocimiento de la lectura comprensiva, de la ortografía y lograr mayor fluidez en la operatividad aritmética. Y ya metido en harina, también buenos modales en la mesa y formas usuales en la relación social, de la que la muchacha flojea, sobre manera cuando saca a relucir su vena de pubilla caprichosa y consentida. Vuelve a la sala de estar -la que será su aula-, donde encuentra a la abuela Julia.  

   -Perdone, creía que estaba vacía y venía a preparar la clase de la tarde. Lo haré en mi habitación.

   -Estoy terminando unas cuentas, pero no me molestas, hay espacio para los dos. ¿Qué tal anda mi nieta de conocimientos? Está bastante verde, ¿verdad? Ponte serio con ella porque está muy mimada y, como te descuides, querrá torearte. No le dejes pasar ni una. Lo mejor para que los niños aprendan es mano dura. Y si en algún momento necesitas que intervenga no tienes más que decirlo. Que sepas que cuentas con mi total respaldo.

   -Muchas gracias, señora…, quiero decir abuela. Lo tendré en cuenta. Lo que no sé qué hacer es con Anselmito, es demasiado pequeño para que pueda enseñarle a leer y escribir.

   -No te preocupes. Supongo que lo que pretende Pili es quitárselo de en medio unas horas para que no le dé la tabarra. Y, aunque pienses que soy una pesada, te insisto en lo de Paquita. Como es hija y nieta única todos, comenzando por mí, la hemos mimado demasiado. El resultado es que obra como le da la gana y maldito el caso que nos hace. No dejes que te tome el pelo y mano dura con ella. Ya sabes, la letra con sangre entra.

   “Menuda mandona es esta mujer -piensa Zaca-. Habla como si fuera un sargento de la Guardia Civil. Aunque supongo que para gobernar un sitio como éste hay que tener mano dura. De todas formas, un poco de disciplina no le vendrá mal a Sisca para bajarla del pedestal en el que cree estar. Habrá que reconvertirla de pubilla a chica corriente. Supongo que no será fácil, pero al menos habrá que intentarlo. A ver cómo se lo toma”, concluye. Pese a todo, sigue teniendo muchas dudas de la eficiencia que pueda tener como maestro, pues enseñar no es lo mismo que aprender. Él ha sido, y es, un buen alumno. Ahora debe intentar ser un buen maestro. Se pregunta si lo conseguirá. “Bueno -se dice-, al menos lo intentaré, y a quien hace lo que puede no se le debe pedir más”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 57 de la novela “El masover” titulado: Sisca, poliédrica


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 20 de enero de 2026

55. “El masover”. El Canònge no solo es un mas, también es una empresa

   La respuesta de Zaca a la petición de la tal Pili de que si puede dar clase a sus niños es cauta. No vaya a decir algo de lo que luego tenga que arrepentirse, pues no esperaba tal demanda. Y todo lo que es imprevisto le resta capacidad de procesarlo de manera lógica, al tiempo que le suele producir nerviosismo e inseguridad.

   -Señora Pili, le ruego que no me hable de usted, solo tengo trece años. Y en cuanto a enseñar a sus hijos, no sé qué decirle. Nadie me había hablado de sus chicos y, antes de darle una respuesta, lo tengo que hablar con la señora Paca, es ella la que me ha traído para darle clase a Paqui y, por tanto, supongo que algo tendrá que decir al respecto. Después, ya le contaré lo que me haya dicho –Y cambiando de tema, pues éste le incomoda, pregunta-: A todo esto, ¿dónde anda la gente? No he visto a nadie.

   -La señora Julia y Paquita están vareando un colchón, precisamente el que estaba en tu cama. La señora Julia, en la sala de estar echando cuentas y el señor Manuel en su dormitorio –le informa Concha.

   -¿Y el señor Valerio?

   -Está en los bancales junto a la Barrancada del norte con los braceros. Creo que están reparando unos ribazos. ¿Quieres comer algo más?, has hecho un desayuno muy ligero y la experiencia me ha enseñado que para aguantar bien la jornada hay que comenzar el día con un desayuno recio. La francesa que me enseñó a guisar solía repetir un proverbio, creo que indio, que dice: “Hay que desayunar como un rey, almorzar como un burgués y cenar como un mendigo”. Aunque la verdad es que en el Mas no siempre seguimos esa regla, pero es que la vida de los masos tiene sus propias exigencias.

   -No, gracias, no quiero nada más. ¿Por dónde se va a la sala de estar? –La pregunta viene a cuento porque el chico ha pensado que si la señora Julia está echando cuentas o haciendo balances es una oportunidad pintiparada para comenzar a ganársela, pues de cuentas seguro que sabe más que ella. La encuentra sentada en la mesa camilla. Está apuntando algo en lo que parece ser un libro mayor.

   -Buenos días, señora Julia. Me tiene que perdonar, pero se me han pegado las sábanas. ¿Puedo ayudarla en algo?

   -Buenos días, mocete. Es natural que no hayas madrugado. El viaje hasta aquí es cansino. Y gracias, pero me apaño sola, aunque esto de las cuentas cada vez me resultan más latosas. Debe de ser que me pesan los años. ¿Por qué no buscas a mi nieta y que te enseñe el Mas?, así te vas haciendo una idea de cómo es. Está con su madre. Sales de la casa, tuerces a la derecha, al llegar a la esquina giras otra vez a la derecha y allí las encontrarás, en el que llamamos el patio pequeño de mediodía.

   En el patio, madre e hija están vareando un viejo colchón con largas y delgadas ramas de sauce con las que golpean el jergón para ahuecar la lana de su interior. Van vestidas con unas acampanadas sayas grisáceas que casi llegan al suelo, llevan sendos sombreros de paja para resguardarse del sol y se las ve sudorosas y acaloradas. Lo de protegerse del astro rey va con las modas. Ninguna mujer que se precie quiere estar morena, no vayan a tomarla por una campesina. E incluso las labradoras se cuidan muy mucho de que el sol no las broncee. Al verle, madre e hija dejan el vareo y le saludan.

   -Buenos días, Zaca –lo saluda la masovera. Paquita hace tiempo que le contó a su madre cual es, de sus muchos apelativos, el que menos disgusta al muchacho-. ¿Has dormido bien? ¿La cama te ha parecido blanda? ¿Has desayunado? ¿Sí? Paqui, ¿por qué no le enseñas a tu maestro el lugar donde te dará escuela? -La chicuela, obediente, deja la vara, se desprende del sombrero y, con un hilo de voz, dice.

   -Si quieres, vamos y te lo enseño.

   La estancia donde Zaca dará escuela a Paquita –expresión que al chico le hace gracia, piensa que resultaría más adecuado decir dar clase, enseñar o impartir conocimientos, pero es la frase que se usa habitualmente en la comarca- resulta ser la sala de estar, relativamente espaciosa, y donde la abuela continúa con sus anotaciones contables.  Cuando Julia ve a la pareja cierra el libro mayor y pregunta:

   -¿Ya vais a empezar la escuela?

   -No, abuela. Solo quiero enseñarle la sala a Zaca por si le parece bien.

   -Por mí, vale -dice el muchacho tras echar una ojeada valorativa al cuarto que está amueblado espartanamente: una mesa camilla –la que utiliza la abuela-, cuatro sillas, una especie de mueble-librería y varios armarios de obra. Tras la ojeada, Zaca concreta lo que considera que falta-.Quizá falte una pizarra y también nos vendría bien tener algunos libros, mapas, cuadernos, lápices y demás material escolar, pero por sus dimensiones puede servir. Y tiene buena luz.

   -Haz una cosa, Sacarietes –da la impresión que lo de Zaca aún no se lo ha aprendido la abuela-. Haz una lista con todo lo que estimes necesario para las clases –aquí Julia da un salto lingüístico y habla con más propiedad-, y el lunes, que Paca va al mercat a Castellón, te lo traerá. No peques por defecto, mejor que lo hagas por exceso, pues, ya sabes: es mejor tener que desear.

   -Cómo usted diga, señora Julia. Hoy mismo haré la lista, pero antes Paquita debe enseñarme los libros y cuadernos con los que le daba repaso doña Carlota. Para no pedir material del que ya dispone.

   -Ah, una cosa, muchacho. Como vas a estar con nosotros todo el verano, mejor que vayas acostumbrándote a llamarme abuela como hace todo el mundo, aunque no lo sea tuya. Lo de señora Julia arriba, señora Julia abajo resulta cansino y andar con cumplidos no viene a cuento. Por favor.

   -Le ruego que me perdone, abuela, pero es mi costumbre llamar señor y señora a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno, como dice el catecismo del padre Astete, y usted lo es en todos. Al menos, así lo creo.

   -Rediez, tiene razón Valerio cuando dice que eres más cumplido que un duelo. Aunque admito que en cuestión de modales más vale pasarse que no llegar. Os dejo solos para que habléis de lo vuestro. Ah, mocete, por si no te lo han dicho, comemos sobre mediodía. En la cocina.

   Paquita muestra a su maestro el material didáctico que usaba con doña Carlota. Zaca, sonríe al ver el manual principal de la chiquilla: es la enciclopedia de grado medio de Dalmau-Carles que él usó cuando hizo el ingreso del bachillerato y de la que antes le había examinado el tío Paco Roca. En cuanto a la escritura, el chico comprueba, por los cuadernos de clase, que la muchacha tiene una caligrafía muy mejorable y una ortografía que deja mucho que desear. Su sintaxis también es muy pobre. Tenía la esperanza de que la chica estuviera más formada, pero ve que tiene mucho trabajo por delante. Solo le quedan dos conocimientos que evaluar: la lectura y el cálculo.

   -¿Te importa leerme algo? Dame ese libro –Lo abre al buen tuntún-. Lee esta página.

  -¿Toda?

  -Hasta que yo te diga.

“También la lectura habrá que trabajarla”, piensa Zaca, tras oír la pobre expresión lectora de la muchacha y la facilidad con la que se atranca en las palabras polisílabas. “Esto es una sorpresa que no esperaba, esta chicuela está muy verde. Ponerla al día me va a llevar más tiempo del que esperaba”, se dice. Lo único que le resta por evaluar es la aritmética, pero lo deja para la tarde. Entonces recuerda la petición de la sobrina de la señora Cocha de si podría enseñar a sus chavales. Como es la que tiene a mano, interpela a Paquita:

   -La sobrina de la señora Concha, la llamada Pili, me ha pedido que si puedo dar clase a sus hijos. ¿Sabes algo de eso?

   Paquita le cuenta que Pili es la esposa de Anselmo, el segundo capataz y adjunto de Valerio, del que es sobrino carnal, y que también hace las veces de rabadán de los pastores del Mas. Al parecer, le pidió a su tío y éste a la abuela Julia si Zaca podría enseñar a sus chicos los rudimentos de la lectura y la escritura pues, prácticamente, nunca fueron a la escuela. La abuela ha descargado la decisión en su hija y ésta ha resuelto pasar la decisión a Zaca alegando que la última palabra la debe de tener el maestro. El muchacho piensa que han ido pasándose la pelota unos a otros y, a la postre, el marrón tendrá que comérselo él.

   -¿Y tendría que darles clase aparte o podría simultanearla con la tuya?

   -Que palabras tan difíciles sabes decir, simul… -y la muchacha es incapaz de completar el vocablo-. Mi madre me ha dicho que el cómo, el cuándo y todo lo demás sobre enseñarles deberá decidirlo el maestro; o sea, tú.

   -En confianza, Paqui, y aprovechando que estamos solos: ¿a la abuela qué le gustaría más, que los acogiera como alumnos o que no?

   -En confianza, Zaca. A ciencia cierta no lo sé pero, sí lo de los críos de Pili se lo ha pedido el Valerio a la abuela, has de saber que todo lo que sea tener contento a Valerio, a la abuela le viene de cara. Se lo estima mucho. Es que, ¿sabes?, la abuela es la que piensa y la que tiene la última palabra, pero el que dirige el trabajo y manda a gañanes y pastores y contrata a los braceros de fuera es Valerio. Sin él no habría Mas o seria uno del montón, y no el mejor de la contornada y, posiblemente, de la provincia. Y para serte del todo sincera, a mí me gustaría que, al menos, enseñaras a leer a Juli, la mayor de los hijos de Pili, que para mí es como una hermana y mi única amiga. Y otra cosa, ya que estamos hablando en confianza, te quiero pedir algo: cuando estemos a solas como ahora, ¿te importa llamarme Sisca, como me bautizaste, y no Paquita o Paqui? No me gusta nada mi nombre, en cambio el de Sisca me chifla. También se lo he pedido a Juli que, como te he dicho, es la hija mayor de Pili y Anselmo.

   Zaca no puede evitar una sonrisa de complicidad. “Mira por donde –se dice- no soy el único que está a disgusto con el nombre que le pusieron al cristianarlo”. Y siente nacer una corriente de simpatía hacia la muchacha. “Esta chica es mucho más maja de lo que pensé”, se dice. Otra cosa que le ha sorprendido es que Sisca es capaz de enhebrar más de dos frases seguidas, nunca le había oído unas parrafadas tan largas. Quizá es que, al sentirse más cómoda en el entorno del Mas, su proverbial timidez desaparece.

   -Si así está el panorama y la abuela quiere tener contento al mayoral, lo tengo claro. También yo la quiero tener contenta. Por tanto, dile a tu abuela que le diga a la Pili que esta tarde me envíe a sus hijos y hablaré con ellos. Y en lo que a ti respecta, desde ya, cuando estemos solos, te llamaré Sisca. A mí también me gusta más que Paquita, que no creo que sea un nombre tan feo como el mío, pero vulgar lo es un rato largo -En esas aparece Paca que pregunta:

   -Bueno, Zaca, ¿valdrá la sala de estar para dar escuela? Si no te parece bien, no te cortes y dilo con franqueza. Tenemos más cuartos donde aposentaros y haremos lo que tú digas, ya que eres el maestro.

   -Por espacio me parece bien, señora Paca. Y ya que la tengo a tiro, me ha dicho su madre que haga una lista con todo el material que necesitaré para la enseñanza. Esta tarde la haré y luego se la daré. En cuanto a los críos… -el muchacho no acaba la frase porque ha visto que Sisca le ha hecho un gesto negativo-. Ehhh, no sé qué iba a decir. Ah, sí, ya sé. Convendría que también pusieran un par de vasos y una jarra de agua. Cuando se habla mucho tiempo la garganta se te seca.

   -Así me gusta, que no te cortes y pidas lo que vayas a necesitar. En un cuarto de hora comemos. Paqui, enséñale donde puede lavarse las manos –dicho lo cual les deja.

   -¿Por qué me has hecho ese gesto cuando iba a mencionar a los críos de Pili? -pregunta el novel maestro.

   -Porque a la abuela le gusta ser la primera en dar las noticias cuando son buenas. Y la de los niños de Pili lo es. Ya irás descubriendo las manías de mi familia, no siempre salen por donde esperas.

   -Si es así, has hecho bien en avisarme. Y hasta que no conozca por donde respira cada uno y no meter la pata, necesitaré tu ayuda.

   -¿Cómo te la voy a negar si me has puesto un nombre tan precioso?

   -Tampoco es nada del otro mundo.

   -Quita, quita. Es un nombre de lo más bonito. Seguro que en toda la comarca y hasta en toda la provincia no hay una sola chica que se llame Sisca. En cambio, Paquitas las debe de haber a patadas.

   Zaca va tejiendo deducciones. Confirmado que la abuela es la que piensa y la que manda. Que se lleva muy bien con Valerio, que es el ejecutor. Y que a Sisca la tiene de su lado. Solo le falta saber los roles que juegan los esposos Villalonga y los Ariza. Y que papel desempeña la tal Pili y su marido. “Primer día, primeras sorpresas -se dice el chico-, aunque han sido sorpresas pequeñitas y no demasiado difíciles de superar”.

   Zaca creía que el Mas sería un lugar rústico, simple y sin sorpresas. “Y parece que, en efecto, –se dice-, el Canònge es rústico, pero no simple sino complejo y las sorpresas, aunque sean de medio pelo, te las encuentras a la vuelta de la esquina”. Con lo observador que es, le ha bastado poco más de veinticuatro horas para descubrir que el Canònge no solo es un mas, también es una empresa agropecuaria. Porque funciona como tal, está eficientemente organizado y todos sus integrantes saben cuál es su rol y como deben desempeñarlo. El chico no sabe mucho de empresas, solo las cuatro cosas que le contó su padre de la empresa para la que trabaja, Luz y Fuerza de Levante (LUTE). Amplía sus conocimientos leyendo lo que el diccionario enciclopédico Sopena dice sobre las empresas y sus consejos de administración y no puede, por menos, que hacer una comparación de cómo debe de ser el consejo directivo de la empresa que es el Canònge. La abuela sería la presidenta y, por tanto, la máxima responsable de dirigir el consejo, convocar y presidir sus reuniones, y actuar como enlace entre el consejo y la dirección ejecutiva, asegurando el buen funcionamiento del órgano y la correcta toma de decisiones. Su hija Paca sería la vicepresidenta no ejecutiva y, en consecuencia, un miembro de alto nivel en el consejo, pero que no estaría involucrada en la gestión diaria de la empresa, actuando como un contrapeso y garantizando el buen gobierno. Valerio tendría un doble papel: ser el consejero delegado o, por decirlo en lenguaje actual, el CEO -Chief Executive Officer-, responsable de la gestión estratégica y operativa de la empresa, actuando como el nexo entre la junta directiva y el resto del equipo. Y, al mismo tiempo, el director general del sector agrario de la empresa. Anselmo sería el director general del sector pecuario y adjunto al CEO. Y el señor Villalonga, ¿qué rol debería desempeñar? Dada su precaria salud, evidentemente su papel se reduciría a ser un retrato colgado en la galería de ilustres antepasados de la empresa. Ah, y Paquita o Sisca sería a quien están preparando para ser la futura presidenta cuando la abuela resigne el mando. “Y yo –se pregunta-, ¿qué papel representaría?”. Es obvio se responde: “el de un visitante que ve los toros desde la barrera”. Zaca todavía no ha descubierto que las obviedades no siempre tienen un desarrollo lineal. ¿Lo descubrirá?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 56 de la novela “El masover” titulado: Las dudas de un maestro primerizo

martes, 13 de enero de 2026

54. “El masover”. Codornices en escabeche


   Zaca está colocando los libros que ha traído al Canònge en las estanterías de su habitación cuando llaman a la puerta. Es Paquita.

   -Zaca, van a servir la cena.

   -Estoy guardando mis cosas –el chico echa una ojeada al despertador que tiene encima de la mesita de noche-. Son las ocho, ¿no es muy pronto para cenar?

   -En el Mas, cenamos pronto, pues nos levantamos muy pronto. Las horas de las comidas son diferentes de las del pueblo. Desayunamos, almorzamos y cenamos antes, ya que vamos con el sol. Enseguida te acostumbrarás. ¿Vamos? –es la parrafada más larga que le ha oído a la muchacha, que parece que ya no está tan cohibida al hablar con él.

   La primera cena en el Mas ha sido pantagruélica, comparada con lo que se suele cenar en casa de los Clavijo. Zaca piensa que si habrá sido para impresionarle. Han comenzado con una sencilla sopa de ajo, a la que han acompañado boquerones en vinagre, tortilla de ajetes, codornices en escabeche con patatas panaderas y, para terminar, lo que se conoce como el postre del músic; que el chico no sabe qué es y cuando va a preguntarlo ya lo han servido, y resulta que son higos secos con almendras. El muchacho ha tenido que hacer de tripas corazón para comerse cuanto le han puesto en el plato. Y menos mal que Paca ha avisado a la señora Concha, que es la que sirve la comida:

   -Concha, no le ponga el plato colmado a Zaca. Su madre me ha dicho que no suele cenar mucho. No sea que en su primera noche tenga una vomitona.

   Y a todo eso, dos hogazas de pan candeal van y vienen de un extremo a otro de la mesa, y de las que cada comensal corta una gruesa rebanada con la navaja cabritera o de Albacete que todos parecen tener. Zaca sigue con la misma rebanada que la señora Concha puso junto a su plato al comienzo de la cena, y a la que de vez en cuando le trincha una miguita. “Como jalan –piensa el chico-. Más que comer, devoran. Y sin embargo, salvo la abuela, los demás son más bien enjutos. Deben de trabajar mucho. Si me pongo en plan fetiller voy a ser el hazmerreír”. Aunque es quien más tarda en rebañar su plato, nadie le ha dicho afanya´t, la odiosa expresión que le ha acompañado en su infancia, y es algo que agradece. Lo que sí han hecho los comensales ha sido coserle a preguntas. Tener que contestar le ha servido como excusa para no terminar alguno de los platos que le han servido. Las interpelaciones han sido de lo más variado. Unos interrogantes ha sabido contestarlos, otros no ha sido capaz y unos pocos se le han atragantado, como cuando la abuela Julia –la más incisiva- le ha preguntado:

   -¿Y cómo andas de novietes?,  porque supongo que los bachilleres debéis estar muy cotizados. Al menos, así lo recuerdo de cuando era moza. Entonces se decía: para hacerse con un bachiller has de ser toda una mujer -Todos se han reído ante la pregunta de la abuela, con la excepción de Paqui que, por primera vez, ha intervenido y lo ha hecho para reconvenir a Julia.

   -Abuela, que cosas preguntas. ¿Cómo va a tener novia, si solo tiene meses más que yo? No le queda tiempo para esas bobadas, se dedica solo a estudiar, que es lo suyo. O sea, que de novietes, nada, supongo.

   El chico agradece con una sonrisa la intervención de la muchacha y se dice “La abuela mandará mucho, pero al menos hay una persona que se atreve a llevarle la contraria. Bueno es saberlo”. Paqui no solo ha frenado a su abuela sino que, para cambiar el sentido de la charla, pregunta a Concha:

   -Señora Concha, me ha dicho más de una vez que me explicaría como guisa las codornices en escabeche. Como las estamos cenando, creo que es buen momento para hacerlo.

   La matrona duda unos segundos y antes de hablar mira de reojo a la abuela que le hace un encubierto gesto de asentimiento. Gesto que no pasa desapercibido a Zaca. “O sea, que la tal Concha -se dice- pide permiso a la abuela antes de hablar. Caray, como controla esta mujer la situación”. Una vez obtenido el plácet, Concha, se explaya:

   -Utilizo los siguientes ingredientes y cantidades para las personas que comemos habitualmente en esta mesa. Aceite de oliva virgen, un buen chorro. Vino blanco, otro chorro hermoso. Vinagre que no falte. Unas pocas zanahorias. Algo de cebolla. Como cuatro dientes de ajo. Una o dos ramas de tomillo fresco. Lo mismo de perejil y de laurel. Pimienta negra en grano, sal al gusto. Y unas veinte codornices porque aquí, los caballeros, a veces con dos no tienen suficiente. En lo que es propiamente el guiso, comienzo limpiando los pájaros de grasilla y plumas. Luego, en una cazuela pongo aceite a calentar en el que las doro. Una vez doradas, las retiro y las reservo. Quito la mitad del aceite y pongo la cebolla picada en trozos grandes, las zanahorias peladas y en rodajas, el tomillo, el laurel, el perejil y los dientes de ajo. Añado también unos granos de pimienta y de nuevo las aves, rehogándolo todo junto durante un cuarto de hora a fuego medio. Después, añado vino blanco, vinagre y agua hasta cubrir las codornices y lo cuezo todo junto y tapado a fuego lento durante una hora. Y ya está.

    -Concha, ¿y las sirve como hoy? –pregunta Paca.

   -Sí. Las codornices en escabeche es mejor servirlas frías acompañadas por su propia salsa. Y si se conservan en un recipiente bien cerrado duran unos días retirando las verduras. 

   Zaca piensa que la descripción debe de ser buena, pues las aves están sabrosonas, pero en lo que se refiere a las cantidades de los ingredientes la receta es de lo más chapucero que ha oído. Ni siquiera madre, que no es gran cocinera, hubiese explicado una formulación como lo ha hecho la señora Concha, indicando las medidas a ojo de buen cubero. Después de una corta sobremesa, pues parece que en el Mas tienen la costumbre de acostarse pronto, y tras despedirse con un apagado buenas noches, el muchacho regresa a su habitación donde hace una recopilación de lo que ha deducido de su primera comida en la masía. Se confirma que la abuela Julia es la que lleva los pantalones en la familia y que solo su nieta se atreve, si no a enmendarle la plana, sí a plantearle algún pero. El señor Villalonga sigue siendo un enigma, porque solo ha abierto la boca para comer, debe ser que la enfermedad le tiene muy mermado; prueba de ello es que las dos codornices que le han servido las ha deshuesado su esposa y se las ha partido en pequeñas porciones. La señora Paca parece que es la que hace el papel de nexo de unión entre los miembros del clan y la que templa gaitas, aunque no participa mucho en la conversación. Los que más charlan son la abuela y el mayoral y, en muchos momentos de la noche, la conversación ha sido un coloquio entre ambos. Paquita apenas ha hablado, pero es la que más atención le ha prestado, aunque mirándole de reojo. La señora Concha, salvo la explicación de la receta, igualmente ha participado poco en el diálogo. Y un matrimonio, relativamente joven, que le han presentado como Anselmo y Pili, sobrinos del mayoral, no ha abierto la boca, al igual que sus tres hijos pequeños sentados muy modositos junto a sus padres. Aparte de la escasa información que ha obtenido de lo que se ha hablado en la cena –sobre todo cuestiones referidas a las actividades que se desarrollan en la masía-, el muchacho ha descubierto que Julia y el señor Manuel duermen en sendas habitaciones ubicadas en la planta baja. La señora Paca y Paquita lo hacen en la primera. El dormitorio en el que le han colocado está en la segunda planta. Al parecer, hay una tercera planta, una especie de desván, que todavía no conoce, y en la que cuelgan los embutidos de la matanza en cañas para secarlos, y guardan herramientas que no suelen utilizar con frecuencia, tales como almohadillas, horquillas, collares, reatas, cuñas, vertederas, trillos, acarreadores, banastos y un largo etcétera.

   Lo que no ha descubierto es donde duermen el mayoral y su esposa y el matrimonio joven y sus hijos. Tampoco es que le interese demasiado. Lo que sí le ha sorprendido es que el matrimonio Villalonga duerma en habitaciones separadas. Creía que los esposos siempre dormían en la misma alcoba, aunque tras meditarlo cree que la separación puede ser debida a la enfermedad del marido, pues su movilidad es bastante reducida y no está como para subir escaleras. En cuanto a la habitación en la que le han acomodado no es muy grande, pero está aceptablemente amueblada. Como mueble principal tiene una cama de hierro estrecha, pero el colchón es blando y debajo del mismo hay un aparatoso orinal de loza. Al lado de la cabecera hay una estrecha mesilla de noche, encima se ve un candelero con una sola vela y al lado una cajita de cerillas. En una esquina hay una jofaina y un aguamanil de cerámica terciado de agua. Un espejo, más bien chico, está colgado en la pared. Otro mueble voluminoso es un viejo armario de nogal que hace el papel de ropero y donde ha encontrado un par de mantas y varias toallas. También hay una pequeña mesa de pino, barnizada, acompañada de una silla de enea. En dos de los laterales hay unas estanterías de obra, se supone que para guardar libros y cachivaches, donde se ven algunos libros, entre ellos identifica varias novelas de Emilio Salgari y un ejemplar de El libro de la selva. Debe de ser el que le contó madre que le regalarían. Además, el dormitorio cuenta con una ventana, más bien un ventanuco, que da a un lateral de la masía. Mientras recopila las imágenes y recuerdos de su primera moche en la masía, y aunque está cansado del viaje, piensa que le costará dormirse porque, como no está acostumbrado a las comidas copiosas, le cuesta digerir la cena, y las codornices escabechadas parece que se le han atragantado. Además, supone que extrañará la cama. Como acostumbra, tras acostarse lee un rato hasta que sienta sueño. Antes de abrir el libro de Kipling palpa con los dedos las tapas y el lomo, en un gesto que es una tierna caricia. Lo abre con sumo cuidado y va ojeando páginas, viendo para su deleite que el tomo tiene algunas ilustraciones, buena parte de las cuales son de Mowgli, el protagonista, y de su principal antagonista, el tigre Shere Khan. Lee sin prisas, saboreando la prosa del escritor angloindio, hasta que con las primeras luces del alba logra conciliar el sueño.

   A pesar de que se ha acordado de poner el despertador, su sueño es tan profundo que no lo oye, hasta que la luz que se cuela por el ventanuco le despierta. Ha dormido a pierna suelta y se nota descansado. La única sensación que ahora siente es hambre, pese al atracón de la pasada noche. Al asomarse a la ventana ve que el sol está bastante alto. Mira el despertador: son las diez y media de la mañana. Se inquieta un tanto, pues el señor Valerio le contó durante el viaje que en el Mas se madruga mucho, porque antes de que desayunen las personas hay que dar de comer a los animales del corral y ordeñar las vacas o, en su caso, las ovejas y las cabras. Se lava cara y manos y se cepilla los dientes, pues anoche se le olvidó hacerlo. Se viste con premura y duda que calzado ponerse. Piensa que unos zapatos no deben de ser son los más adecuados para andar por la masía, así que se decide por las alpargatas con suela de esparto. Ni en la escalera ni en la planta baja se ha tropezado con nadie. Oye ruidos en la cocina y a ella se dirige. Allí encuentra a la señora Concha y a la mujer joven, que recuerda como Pili, que andan trajinando en los fogones.

   -Buenos días, señora Concha y compaña. Creo que se me han pegado las sábanas.

   -Buenos días, hijico –al oír el diminutivo, el muchacho piensa que Concha también debe ser aragonesa como su marido-. La señora Paca ha mandado que no te despertáramos. Que tendrías que estar cansado tras el viaje y que debías dormir lo que el cuerpo te pidiera. ¿Tienes hambre?

   -Sí, señora. Para que voy a decirle lo contrario. Sospecho que la gente debe de haber desayunado.

   -Natural, son casi las once –dice Concha, señalando un viejo reloj de pared adosado a uno de los laterales de la cocina-. ¿Qué sueles desayunar? Aunque te aconsejo que no hagas un desayuno fuerte, pues en poco más de una hora almorzaremos.

   -Normalmente, desayuno una rebanada de pan con manteca y azúcar y un tazón de leche caliente.

   -Te lo preparo al momento. Siéntate. ¿Quieres un poco de panceta que ha sobrado de nuestro desayuno? Pili te la calienta enseguida. –Y, dirigiéndose a la mujer agrega-: Este es el chico que le va a dar escuela a la Paquita. Ahora que lo tienes a tiro, pregúntale lo de tus chicos -Pili, tras secarse las manos en el delantal, le tiende la mano al muchacho que se la estrecha con torpeza y le comenta a qué se refería Concha con lo de los chicos.

   -No sé si se lo ha dicho mi tía, pero soy su sobrina. Bueno, el sobrino carnal es mi marido. Verá, usted. Tengo tres críos, la mayor de doce años, el segundo de diez, y el más chico de cuatro. Lo que quiero lo tengo hablado con la señora Julia, que me ha dicho que con quien lo tengo que tratar es con usted.

   -Al grano, Pili –le insta Concha.

   -Pues que he pensado; bueno, mi marido también, que si no le importaría que, al tiempo que le da escuela a la Paquita, se la diera también a mis críos, sobre todo a los dos mayores que, pobrecicos, apenas han pisado una escuela. Yo le correspondería como se merece.

   A Zaca le incomoda que la tal Pili le hable de usted, a la par que está perplejo, pues nadie le habló de tener que enseñar a otros alumnos. Y más a unos a los que adoctrinar en los rudimentos de la lectura y escritura. No sabe qué contestar, solo piensa que le están poniendo en un aprieto, pues no cree estar preparado para alfabetizar a unos críos, lo que acrece la inseguridad en su capacidad como docente. Una cosa es que sea bueno como estudiante, pero no sabe si lo será como maestro. “En buen berenjenal me he metido”, se dice. Comienza a arrepentirse de haber aceptado tan a la ligera la invitación para ir al Canònge. “Vaya veranito que me espera -piensa- si tengo que desasnar a unos críos. A ver cómo me quito este muerto de encima. Porque una cosa es redondear los conocimientos de Paqui y otra muy distinta repetir lo de la pe con la a se lee pa”. Y se da un tiempo para contestar, ya que en principio no sabe cómo salir del atolladero en el que, sin comerlo ni beberlo, le acaba de meter la sobrina de la señora Concha. La tal Pili, tras su petición, se le ha quedado mirando esperando su respuesta. Y el tímido e inseguro muchacho cuando le meten en un aprieto suele ponerse nervioso y le cuesta decidirse. “¿Qué le contesto”, se dice.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 55 de la novela “El masover” titulado: El Canònge no solo es un mas, es una empresa

martes, 6 de enero de 2026

53. “El masover”. El Mas del Canònge

   El viaje al Mas del Canònge se le hace eterno a Zaca Clavijo. Aupado en la silla de montar de la mula le da la impresión de que la distancia al suelo es muy superior a la que le ha dicho el mayoral. Y teme que como se caiga se pueda romper la crisma. La mula va al paso que le marca Valerio que la lleva del ronzal pero, aun así al muchacho le parece que anda muy deprisa. Y mantenerse erguido no es tan sencillo como ha dicho el masovero. Encima, mucho antes de recorrer la mitad del camino, ya le duele la entrepierna por su roce con la silla, por lo que piensa que estará mejor yendo a pie que montado.

   -Señor mayoral, por favor –“Hay que cuidar los modales, que sepa que eres un chico bien educado” -se dice-, ¿podría parar un momento?

   -¿Qué te pasa, hijico? –es el primer aragonesismo que se le escapa a Valerio-.Y no me llames señor mayoral. Es ridículo. Llámame mayoral o Valerio, como prefieras.

  -Quiero bajar, si a usted no le importa. Me gustaría andar un rato. Y sepa que señor se lo digo a todas las personas mayores en edad, dignidad y gobierno como es su caso.

   -¿Prefieres caminar? Bueno, tú verás, aunque llevas mal calzado para andar por estas trochas. Debías calzar botos o abarcas y no las alpargatas que llevas –y, deteniendo la mula, coge en volandas al chico y lo deposita en el suelo-. Y eres más redicho que un seminarista, chaval. ¿Todos los muchachos de tu pueblo son igual de relamidos que tú?

   -No sé qué ha querido decir con eso de relamido.

   -Pues algo así como demasiado finolis. ¿Y tú estás estudiando el bachillerato? ¿Pero que coño os enseñan a los bachilleres?

   -Es que emplea usted unas palabras que no son corrientes –En ese momento, Zaca tropieza con una piedra y se da de bruces en el suelo. Valerio lo coge del  cinturón y lo levanta como si fuera una pluma.

   -¿Te has hecho daño, mocete?

   -No, señor Valerio. Solo me he raspado un poco la espinilla –Miente el chico, pues si se ha hecho daño, pero en su amor propio por su desmañado tropiezo.

   -Espera, te echaré un poco de vino en el rasponazo, no sea que se te vaya a infectar. Y aprende que para ir por las veredas por las que vamos hay que levantar los pies, no debes arrastrarlos como si fueras por una calle del pueblo en la que el piso es llano como la mano. Y llevar un calzado fuerte como antes he comentado. Serás medio bachiller, pero para andar por el monte tienes mucho que aprender.

   -Gracias por los consejos, señor Valerio. Lo del calzado fuerte no lo sabía. Como dice padre, no te acostarás sin saber una cosa más.

   -En lo de finolis creo que me he quedado corto. ¿Pero sabes qué? Eres un chaval educado. En lo que llevamos de camino me has pedido las cosas por favor una docena de veces. Y gracias me lo has repetido otras tantas. Serás relamido, pero también bien educado, todo hay que decirlo para ser justos.

   -Madre suele decir que de bien nacido es ser agradecido.

   -¿Siempre eres tan refranero?

   -Solo cuando hace falta serlo, señor Valerio.

   -¿De verdad te parezco un señor?, chaval.

   -No es que me lo parezca, es que lo es. Y como así lo creo, por eso se lo llamo.

   -¡Vaya, hombre! No sabes andar por el monte, pero lo que son palabritas no te faltan. Algún día serás un buen abogado o un buen cura, te lo dice Valerio Ariza.

   -Cura, desde luego, no. Y abogado ya me gustaría, pero creo que tampoco. Si llego a maestro de escuela o a perito mercantil me daré con un canto en los dientes. Por cierto, ¿sabe lo que significa Valerio en latín?

   -Ni repajolera idea, mocete. No sé de latines, pues no estuve en un seminario. Lo más cerca que he estado de una sotana fue cuando hice de monaguillo y aquello duró poco, ya que el sacristán me echó de la escolanía cuando descubrió que me bebía el vino de consagrar.

   -Pues Valerio procede del latín valere y significa valer, ser fuerte o valiente.

   -¡La leche que te dieron, chaval! Se nota que estudias pa bachiller. Nadie me había explicado lo del nombre. ¿Sabes qué? Estás empezando a caerme bien. Serás relamido y más redicho que una vieja, pero sabes tratar a la gente con respeto y, para lo jovencico que eres, hablas como si ya hubieses hecho la mili. Creo que haremos buenas migas.

   -Otra pregunta, si no le molesta, señor Valerio. ¿Por qué se llama el Mas del Canónigo?

   -Eso mejor se lo preguntas a la señora Julia que te lo contará con pelos y señales. Lo que sé es que, al parecer, uno de sus antepasados, el que fundó el Mas, era canónigo.

   -Si era canónigo no puede ser un antepasado. Los curas no tienen descendencia.

   -¡Ay, hijico, qué poco sabes de la vida! Habrá que espabilarte. Los curas, aunque lleven sotana, no dejan de ser hombres y los canónigos no digamos.

   Antes de llegar a la masía, el mayoral y el estudiante han charlado de mil y un temas. La conversación ha servido para que Zaca descubra que Valerio no es un tipo cazurro e ignorante, como creía que lo son todos los masoveros. Al contrario, es hombre de palabra fácil y tiene conocimientos de multiplicidad de cuestiones de la vida real y de la naturaleza que, en buena parte de casos, superan con mucho a los del chaval. Y buena prueba de ello es que, en diversos momentos del viaje, le ha ido explicando la naturaleza de diversas plantas y bichos con los que se han cruzado. El diálogo ha servido, además de para conocerse mejor, para que el viaje se les haya hecho mucho menos fatigoso y en un tiempo que a ambos les ha parecido corto avistan el Mas.

   -Ahí lo tienes, el Mas del Canònge. Y como me caes bien, te diré algo que deberás tener muy en cuenta: a la primera que has de tener contenta es a la señora Julia, que así es como se llama la abuela. Los demás bailamos al son que ella toca. Si te la ganas, habrás logrado las dos orejas y el rabo, como los buenos toreros. Y para eso, di a todo lo que te indique que amén, pero luego haz lo que tengas que hacer. La Julia tiene más genio que un sargento de carabineros, por eso solo respeta a los que demuestran que los tienen bien puestos. Y cuentas con una ventaja: palabras no te faltan, solo tendrás que demostrar que además del palabrerío tienes lo que hay que tener. Cojones, vamos. Aunque no sé…, pareces demasiado remilgado –Zaca no sabe que significa remilgado y está en un tris de preguntárselo al mayoral, pero se contiene; “Mejor será -se dice- que busque esa voz en el diccionario de Sopena”.

   Cerca ya de la masía, Zaca ve lo que parece ser un horno de cal y, como hace rato que han dejado de charlar, pregunta:

   -Señor Valerio, eso es un horno de cal, ¿verdad?

   -Sí, señor. La mayoría de masías grandes como el Canònge, suelen tener cerca de casa un horno de cal. Sirve para calentar la piedra caliza y convertirla en cal que se usa para rebozar las paredes internas y también para encalar las paredes externas de la casa como medida higiénica y decorativa.

   -Y la masía, además de la casa, ¿tiene otras dependencias?

   -Naturalmente, hay corrales para las caballerías, las vacas, para la cría de conejos, gallinas, ocas y pocilgas para los cerdos. También existen espacios para guardar herramientas, pajares, lavaderos, almacén de leña… Y como en todas las masías, hay una era para trillar, un granero, un pajar, un estercolero. Y por haber, hasta hay un lagar y un espacio para guardar toneles y botas. El Canònge es más que una masía corriente, es muy grande y muy completo.

   Al poco, aparece un perro ladrando por todo lo alto que, en cuanto huele al mayoral, deja de ladrar y se le acerca moviendo el rabo.

   -Vaya recibimiento, Careto. Ven y olisquea al mocete. Chaval, para ganarte al Careto de vez en cuando has de guardarte un trozo de tocino o panceta para él. Verás que pronto se hace tu amigo. Eso que se dice de que el perro es el mejor amigo del hombre es una filfa, son amigos nuestros porque les llenamos la andorga.

   -Eso me recuerda lo que a veces dice madre: bocado comido no gana amigo.

   -¿Te sabes todo el refranero o solo lo haces para impresionarme?

   -Qué cosas dice, señor Valerio. Tengo una duda. Bueno, tengo muchas, pero esta es ahora el momento de dilucidarla.

   -¡Dilucidarla!, vaya palabro. Te aconsejo que con la gente del Mas no manejes esa clase de palabrerío porque no te va entender ni Dios. ¿Cuál es la duda?

   -A los señores Villalonga y a la abuela Julia, ¿les beso o les doy la mano?

   -Hombre, tú que eres tan refranero, ¿no te sabes aquel que dice: dónde fueres haz lo que vieres? Pues aplícate el cuento.

   La primera impresión que le produce al muchacho la masía es la de una fortaleza medieval, de las que aparecen en los libros de historia. No porque tenga fosos ni puentes levadizos ni almenas, sino por la sensación de reciedumbre que transmite su amazacotado contorno. Desde otra perspectiva también parece una señorial casa de campo, y su aire rural no impide vislumbrarla con una cierta aura de edificio residencial. Es una construcción robusta, con gruesos muros de piedra, techo a dos aguas cubierto con tejas y con canalizaciones para aprovechar el agua de lluvia que, como sabe Zaca, se guarda en cisternas, pues en la Fábrica ocurre lo mismo. Tiene muchas ventanas aunque pequeñas, y el portón de entrada, de madera y refuerzos de hierro, tiene más pinta de acceso a una fortaleza militar que a una casa de campo. La fachada principal está orientada al sur para aprovechar al máximo las horas de sol y evitar los fríos vientos del norte y el oeste.

   -Esas paredes –explica el mayoral- son las que mantienen el interior del caserón fresco, incluso durante los veranos más calurosos.

   Enfrente de la construcción principal hay dos casitas y a los lados se ven otras edificaciones que igual pueden ser establos que graneros o pajares. El Mas está rodeado de alargados bancales ocupados por diversos cultivos y, algo más alejado, se avista un bosquecillo en el que se mezclan pinos piñoneros, encinas y también se ven, aunque en menos cantidad, sabinas, madroños y quejigos. En los claros abundan las jaras, el romero, el tomillo y otras hierbas que el chico no conoce. El camino por el que han llegado termina formando una pequeña plazoleta ante la puerta principal.

   Los masoveros han debido de ser avisados de la llegada de los viajeros, pues están esperándoles a la puerta de la masía. El grupo está formado por el señor Manuel, sentado en una rústica silla de ruedas, a su lado la señora Paca y junto a ella Paquita.

   -Bienvenido, Zaca. ¿Qué tal el viaje, te has cansado mucho? –Es la señora Paca la que le saluda.

   -¡Que va! Hemos venido hablando todo el trayecto y el viaje se me ha hecho cortísimo. Mis padres les envían un saludo y antes que nada he de darles las gracias por su invitación. ¿Cómo está usted, señor Manuel, se encuentra mejor de lo suyo? Y tú, Paquita, te veo muy bien.

   -Ya lo comprobarán, señor Manuel y señora Paca, el mocete es más cumplido que un duelo. Y palabras tiene para dar y tomar. Se nota que es casi bachiller –afirma el mayoral.

   El señor Villalonga, carraspea y con voz un tanto ronca saluda al chico, al tiempo que le tiende la mano.

  -Benvingut al Mas, fill meu. Estoy contento de que estés entre nosotros. Espero que te lo pases bien –y ya no vuelve a decir ni pío. La señora Paca abraza al chico y le planta dos besos en las mejillas.

   -Las gracias te las damos a ti por venir. Como ha dicho Manuel, yo también espero que te lo pases bien. Tu familia está bien de salud, ¿verdad? Bueno, Paqui, ¿y no le dices nada a quien va a ser tu maestro?

   La muchacha musita algo ininteligible, se supone que como saludo. El arrebol de sus mejillas es de un rosado tan intenso que recuerda una amapola. Zaca opta por no preguntarle, pues es obvio el nerviosismo y la vergüenza de la chiquilla. Le da la mano que la masoverita estrecha con torpeza. “Tiempo habrá –piensa- de hablar con ella”.

   -Ven conmigo –le dice Paca-, que la abuela también quiere darte la bienvenida –la masovera lleva al chico a lo que parece un modesto cuarto de estar donde está la abuela anotando cifras en lo que puede ser un libro mayor. Hay otra mujer cosiendo, a quien Zaca no conoce. Julia, al verle, se levanta y abraza al muchacho.

   -Cuanto me alegro de verte, Sacarietes. ¿El viaje, bien? ¿Y tus padres? Esta es la señora Concha, la esposa del señor Valerio –y dirigiéndose a Concha añade-: Este muchacho, ahí donde lo ves, es medio bachiller y será quien le haga escuela a mi nieta –Y, volviéndose a Zaca, agrega-: Estás hecho un tirillas, tendremos que ponerle carne a esos huesos. De eso se va a encargar la señora Concha. Si cuando te vayas no pesas, al menos, media arroba más que ahora será señal de que no lo habremos hecho muy bien. Pero bueno, hija, tienes que enseñarle su habitación. Lo mismo quiere asearse un poco antes de cenar –Y otra vez, se vuelve al muchacho-. ¿Te gustan las codornices en escabeche? ¿Qué no las has probado nunca? Esta noche las vas a catar, verás cómo te gustarán. Hala, llévale a su cuarto y que descanse.

   El muchacho percibe desde ya lo que le ha explicado el mayoral: allí la que lleva los pantalones es la abuela Julia. Y parece ser de las de ordeno y mando. Tendrá que andar sobre aviso si quiere que su estancia sea lo más plácida posible, pues como diría padre recordando su mili en la Marina: donde hay patrón no manda marinero. Y aunque él no forme parte de la tripulación del Mas, pues es un invitado, tendrá que ir ojo avizor a lo que indique la patrona de aquel caserón. “Espero -se dice- no meter el remo demasiadas veces”. Y aunque su religiosidad es escasa, y por lo que pudiera pasar, se encomienda a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles. Quizá la santa le tenga que echar una mano, porque tanto el Mas del Canònge en sí, como sus moradores le parecen un desconocido y cerrado libro del que no sabe que encontrará en sus páginas a medida que lo vaya leyendo. “Será cuestión -se dice- de hacerlo poquito a poco, así podré rehacerme cuando meta la pata, y mejor si no la meto. Bueno –acaba pensando-, ya estoy aquí, ahora a esperar que los dos meses pasen pronto y pueda volver al pueblo y olvidarme del Mas del Canònge y de su gente”.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 54 de la novela “El masover” titulado: Codornices en escabeche