martes, 2 de diciembre de 2025

48. “El masover”. ¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!

 

   El mitin de los partidos de derechas en el cine Novedades, aperitivo de las elecciones municipales de abril de 1933, lo cierra el forastero de más edad, que luce una oronda tripa y va muy peripuesto. Como el orador se ha acercado al borde del escenario, seguramente para que se le oiga mejor, Zaca se da cuenta que calza unos relucientes botines que parecen de charol. El chico piensa: “Esos botines seguro que no son de Segarra, y de mayor le gustaría tener unos iguales”. El orador de los botines cambia de registro  respecto a los que le han precedido y, en vez de poner verdes a sus adversarios políticos, explica al expectante auditorio la de bienes de toda clase que van a  proporcionar al pueblo si la gente de Torreblanca vota a la coalición de los partidos de derechas. El resultado será como un maná. La parte de su discurso que arranca más aplausos es cuando promete que, si ganan ellos y pese a tratarse de unos comicios municipales, llevarán a cabo una vieja aspiración de las comarcas norteñas castellonenses: traer un canal del Ebro para regar las sedientas tierras de La Plana Alta y del Bajo Maestrazgo. Eso le impacta al chaval tanto como ha parecido impactar a los asistentes, pues incluso hay gente que se pone de pie para aplaudir al autor de la promesa. Cuando el acto termina, los comentarios que más oye Zaca son los referidos a lo del canal del Ebro. Al llegar a casa, es lo primero que cuenta a padre. El señor Zacarías se ve que conoce bien el tema, pues su comentario no puede ser más clarificador.

   -Ya estamos en lo de siempre. Desde que llegué al pueblo, en cada elección que se lleva a cabo, sea nacional o municipal, siempre hay un interviniente, da lo mismo que sea de derechas o de izquierdas, que promete lo mismo: que, si ellos ganan, traerán el canal del Ebro. Algo que aquí esperan como el maná, pues supondría una inmensa riqueza para el pueblo poder regar todo el término municipal y dejar de depender de las ineficientes norias, pero hasta hoy ni las obras han empezado ni se sabe que haya un proyecto en marcha para construirlo. Es uno de los muchos motivos por los que tu padre no se fía ni un pelo de los políticos, prometen mucho, pero cumplen poco y, en la mayoría de ocasiones, nada. Y lo del canal del Ebro es uno de los ejemplos más relevantes. Es más, creo que el canal llegará cuando las ranas críen pelo -Lo de las ranas, el muchacho no lo ha entendido del todo, pero sigue preguntando.

   -¿Y cuándo un partido gana, la gente no reclama a esos políticos el cumplimiento de sus promesas?

   -La gente, como colectivo, tiene escasa memoria y olvida que se les ha engañado y vuelve a dejarse engañar. No aprendemos.

   -¿Qué olvidan lo prometido? –pregunta, extrañado, el muchacho.

   -O hacen como que lo olvidan, pero lo cierto es que las mentiras no son penalizadas. Tengo entendido que en buena parte de países democráticos, como Francia e Inglaterra, si los políticos no cumplen lo que prometen en las elecciones siguientes hay mucha gente que no les vuelve a votar, pero eso no ocurre aquí. Por ese motivo en España durante las campañas electorales se promete el oro y el moro pero, en cuanto pasan, si te he visto no me acuerdo. Y hasta la siguiente elección en la que unos y otros prometerán atar los perros con longanizas, pero luego los que ganan no cumplen lo que han prometido porque no pueden, no saben o no quieren. Y no sé quiénes son más culpables: si los que prometen el oro y el moro y después tararí que te vi, o los que son engañados y no castigan a los que han hecho las falsas promesas. Pero en este país de mierda no ocurre eso y así nos luce el pelo.

   -¿Qué tiene que ver el pelo con lo que estamos hablando?

   -Hijo, a veces pareces corto de entendederas. Es una frase coloquial para indicar que se está perdiendo el tiempo sin hacer nada, o que no se saca provecho de lo que se hace.

   -Entonces, ¿qué hay que tener en cuenta para votar?, me refiero para votar a unos u otros partidos.

   -No sabría decirte, porque la mayoría de partidos, sean de derechas o de izquierdas, entre lo que dicen y lo que hacen son tantas las diferencias existentes que uno no sabe a qué atenerse, por eso hay gente que no vota o que lo hace en blanco, que es una forma de mostrar el rechazo contra los politicastros que mienten más que respiran.

   -Entonces, ¿la solución es no votar o hacerlo en blanco? –insiste el muchacho aprovechando que padre tiene el día parlanchín y lo de no hablar de política en las comidas, hoy no cuenta.

   -No votar o hacerlo en blanco no soluciona nada, pues dejas de ejercer el arma más poderosa que tiene el ciudadano para cambiar el signo político del país. Creo que se debe votar, el problema es saber a quién hacerlo. Y acertar, con la panda de políticos corruptos que tenemos, es todo un problema.

   -¿Todos los políticos son ladrones?

   -Seguramente debe de haberlos honrados, pero yo no conozco a ninguno, aunque admito que no he tratado a muchos. Y lo peor no es que metan la mano en la caja común, sino que no miran por el bien de la nación y de la gente. Solo se preocupan por sus intereses y los de su familia y amigos.

   -Entonces, ¿no hay medio de cambiar y elegir unos políticos que cumplan lo que prometen? –el chaval no deja de roer el hueso de las elecciones.

   -La verdad es que no lo sé. Quizá un medio sería lo que he dicho antes: que no votáramos a los políticos que no cumplen sus promesas, pero eso nunca ha ocurrido, así que no sé si funcionaría.

   Las explicaciones de padre llevan al chico a desentenderse todavía más de la política, pues visto lo visto es una actividad en la que la palabra dada tiene escaso valor, y que al parecer quienes se dedican a ella mienten más que respiran. Como sus trabajos extra le ocupan cada vez menos tiempo, y la metodología del LESURE le funciona de maravilla, Zaca llena sus muchas horas libres con la que quizá es su mayor pasión: la lectura. En los últimos tiempos, gracias a la biblioteca del padre de Joaquinito Queralt ha descubierto dos autores que le han fascinado: Julio Verne y Emilio Salgari. Del primero le encantan sus novelas de aventuras y de ciencia ficción en las que desarrolla relatos, siempre bien documentados, ambientados en la segunda mitad del siglo XIX, y teniendo en cuenta los avances tecnológicos del momento. Del segundo, le gustan sus novelas de aventuras ambientadas generalmente en lugares exóticos como el océano Pacífico, el mar de las Antillas, la selva India, el desierto y la selva de África e incluso los mares árticos. Otra actividad cultural a la que dedica mucho tiempo es el estudio de un atlas que sus tías le regalaron en su último cumpleaños. El muchacho, cuando estudia los distintos mapas, viaja con la imaginación y sueña con periplos que le llevan a los cinco continentes. Y cuando lee una novela de Salgari o de Verne, suele tener el atlas a mano para situar en los mapas los países o ciudades en los que los novelistas sitúan la trama de la novela de turno.

   Zaca, además de estudiar, de sus actuaciones como escrivent y coniller y de sus intereses culturales, tiene otra actividad en la que emplea algún que otro rato libre, y en la que se alterna con Charito: el cuidado de su hermano Joaquinito. En el pueblo es habitual que, en las familias con varios hijos, los hermanos mayores cuiden de los pequeños. Por cierto: al benjamín de los Clavijo han acabado por llamarle Chimet, pues en la familia ya hay dos Joaquines –el abuelo materno y uno de los hermanos de madre- y Chimo es como llaman coloquialmente en valenciano a los Joaquines. Aunque Chimet hace más de un año que ya anda, cuando Zaca se va a jugar con sus amigos suele llevarlo en el carrito que antes fue de él, luego de Charo y después de Pedrito. Sobre todo, cuando el lugar del juego está a una cierta distancia del pueblo, como cuando van a les Coves d´Argila o a los alrededores de las eras.

   Como Zaca se ha quedado por el momento sin amigos, se plantea si sería oportuno unirse a otra pandilla. Lo intenta, sin poner toda la carne en el asador, pero que lo admitan en otra cuadrilla no parece fácil. Uno de los chicos con los que ha contactado para abrirse a nuevas amistades ha sido Agustín el Meme, que vive en su antigua calle del Horno, y que se sincera con él.

   -No pierdas el tiempo, Sacaríes, no creo que te quieran en otra pandilla. Por si no lo sabías, y te lo cuento sin intención de hacerte la puñeta, tienes fama de ser rarito y, además, ni corres ni saltas y tienes menos fuerza que una lagartija. Y lo de tener fama de empollón no es que te ayude. Quédate con los amigos que tienes, que no vas a encontrar otros.

   A Zaca la confesión de Agustín no le pilla de sorpresa. Sabía o, mejor dicho, intuía algo parecido. Lo de la fama de empollón lo sabe desde tercero de primaria y, aunque la chiquillería se lo echa en cara como si fuese algo penoso, a él no le molesta. “Más vale ser un empollón -se dice- que no un burro de dos patas”. De lo de rarito no tenía idea pero, como conoce la escala de valores del pueblo, tampoco le extraña demasiado, pues todo lo que no sean habilidades físicas tienen escaso o ningún aprecio en la sociedad torreblanquina. Todo lo cual, le lleva a plantearse una idea un tanto incómoda, pero que tendrá que ir asumiendo: un tipo como él no tiene futuro en el pueblo. En cuanto se haga mayor tendrá que buscarse los garbanzos en otros pagos, pues en Torreblanca está visto que no encaja. Y es una lástima, porque él quiere al pueblo –al fin y al cabo es el suyo- y le gustaría de mayor seguir viviendo allí, pero mucho se teme que no va a poder ser. Quizá los posibles estudios que haga al acabar el bachillerato elemental le ayuden a tener una nueva vida en Dios sabe que lugar, pero desde luego no en el pueblo. El hecho de pensar en otros estudios al terminar el bachillerato le lleva a replantearse cuales podrían ser en función de la carrera u oficio posterior que optase. A él lo que realmente le gustaría ser es abogado o militar profesional. Lo de abogado le gusta porque, aunque no conoce a nadie que lo sea –en el pueblo no hay ninguno-, ha visto muchas pelis en las que el protagonista es un letrado y le encantaría serlo en la vida real. Además, también sabe por las películas que ser buen orador es una de las facultades más destacadas de un abogado, y él tiene un extenso vocabulario y se la da bien manejar la sin hueso. Otrosí: alguien le comentó en una ocasión que para estudiar Derecho, imprescindible para ser abogado, se necesita una gran memoria, y de eso va bien servido. O sea, que las aptitudes para ser un buen jurista las tiene, otra cosa es que pueda estudiar Derecho, para ello tendría que ir a la universidad de Valencia –la más cercana al pueblo- y sabe que eso es una utopía, su familia no puede permitírselo. En cuanto a la carrera de militar profesional, el orden y la disciplina, base fundamental de todo ejército, encajan como un guante en su modo de ser y su temperamento. Añade siempre lo de profesional, pues es conocedor de que también se puede hacer carrera en las fuerzas armadas comenzando desde abajo, desde soldado voluntario. Pero el camino de los oficiales chusqueros no es de su agrado, dado que es muy lento y tiene un horizonte muy limitado, ya que los ascensos son muy laboriosos. Cuando deja de mezclar elucubraciones y sueños con los ojos abiertos, admite que, dada la condición de dos de sus tíos –la tía Emilia y el tío Paco- y la influencia que proyectan sobre sus padres, es probable que sus progenitores se inclinen porque estudie Magisterio en la Escuela Normal de Castellón. Pero en la ciudad hay otro centro académico: la Escuela de Comercio, donde se estudia para perito y profesor mercantil. Y aunque las matemáticas no son su fuerte, esa podía ser otra salida que en algún momento tendrá que plantearse. “¿Quién debe vivir mejor, un maestro o un perito mercantil?”, se pregunta. No sabe la respuesta, pues no conoce a nadie que haya hecho la carrera de comercio. De los maestros cree, por sus tíos, que no deben vivir mal, aunque le desasosiega el dicho popular de pasas más hambre que un maestro de escuela. Si la gente dice eso, por algo será. Tendrá que echarle un pensament, como dice madre. Quizá en el inmediato verano no se divierta mucho, pero tampoco se va a aburrir, pues tiene mucho en qué pensar y una de las metas inmediatas que se fija es conocer a alguien que sea perito o profesor mercantil o, en última instancia, que conozca cómo viven esos profesionales. Quizá don Eduardo Leuba o su adjunto, el señor Bernardo Simó, como son bancarios, puedan orientarle. Se dice que cuando a principios de julio, como hace todos los años, vaya al Banco de Vizcaya a vaciar su hucha puede preguntarles, pero tendrá que hacerlo a través de padre, a él no le van a tomar en serio. Lo que le lleva a desear hacerse mayor de una vez, porque a los chiquillos nadie les hace caso. “¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!”, piensa, y esa cifra no la ha pensado al azar, pues esos son los años, que en la España de 1933, se alcanza la mayoría de edad, según establece la Constitución de 1931. “Entonces -se dice-, podré hablar con voz propia y no por boca de otros. El problema puede ser: ¿Y si hablo, pero no me escuchan? ¿Y si cuando sea mayor no tengo nada que decir? ¿Y si hablo, de qué podré hablar?, porque de momento no se me ocurre nada. ¿Y si…?” Como le ocurre a menudo, muchas preguntas y poquísimas respuestas. “Bueno –piensa-, no me calentaré más el coco, vamos a dejarlo y cuando cumpla los veintitrés ya veré qué hago”. Es el epílogo con el que termina la mayoría de sus soliloquios: postergar la búsqueda de posibles soluciones a un futuro incierto. Lo que habitualmente hacen los miedosos, los cobardes y los comodones. ¿Así es Zaca?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 49 de la novela “El masover” titulado: ¿El principio de un posible cambio? 

martes, 25 de noviembre de 2025

47. “El masover”. ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!

 

   Pasada la Semana Santa del 33 y, tras el episodio de la mona de Pascua en la que, por primera vez, Zaca se ha relacionado directamente con chiquitas de carne y hueso, el muchacho entra en una etapa en la que por la influencia que, sin proponérselo, ejercen sobre él algunas de las personas de su entorno, comienza a tener lo que él cree que son opiniones propias, pero que realmente no es así. Y no lo es porque por distintos motivos, admira a personas –como mosén Florencio o el excapitán Lapica- que opinan que la mayoría de las reformas que está realizando la República son desmedidas, parciales y contrarias al bien común. Aún no tiene la capacidad de pensar por su cuenta, por lo que no llega a entender que buena parte de cambios que el gobierno republicano ha propiciado son los que el país necesitaba imperiosamente. Esos cambios están encontrando fuerte resistencia por parte de aquellos grupos sociales y corporativos que ven las reformas como armas poderosas que terminarán aniquilando sus privilegios y sus posiciones, adquiridas en unos casos y heredadas en los más. Esos grupos son, entre otros, los terratenientes, los grandes empresarios, la Iglesia católica, las órdenes religiosas, los monárquicos y el militarismo africanista. Grupos en ninguno de los cuales puede encuadrarse a la familia de Zaca, razón por la cual es todavía más sorprendente que el muchacho sea reticente con el devenir republicano. También existe, paradójicamente, una resistencia al reformismo republicano formado por los revolucionarios a ultranza, que encabezan el sindicato anarquista, Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y la Federación Anarquista Ibérica FAI) , formada por anarquistas radicales, y un sector del socialismo vinculado a la Unión General de Trabajadores (UGT). Para ellos la República representa el orden burgués al que hay que destruir para alcanzar el comunismo libertario.

   Frente a los que no son partidarios de las reformas republicanas, hay un sector de la sociedad civil, posiblemente mayoritario, que sí lo es. Son los que han estado deseando y esperando reformas liberales y sociales desde hace décadas, y que al no producirse han sido en buena medida las causantes de que la nación esté en la cola del desarrollo social y económico que sí han experimentado la mayoría de los demás países europeos. Ese sector está integrado por pequeños propietarios y empresarios, profesionales liberales, obreros y campesinos, buena parte del mundo laico y librepensador, núcleos universitarios y, en general, cuantos españoles desean que España se europeíce y entre, de una vez por todas, en el siglo XX. Y en alguno de esos grupos si estarían los Clavijo. Esta antinomia entre casi las dos mitades de la sociedad española no presagia nada bueno, pues cómo explica don Eulogio en el Pincho:

   -Esas dos Españas, tan antagónicas, más pronto que tarde tenderán a colisionar. En una sociedad más consolidada y democrática que la española, ambos sectores donde deberían enfrentarse es en las urnas, pero en una sociedad arcaica y caciquil, como la España de nuestros pecados, la confrontación puede ser de cualquier manera, como ya barruntó el gran Antonio Machado cuando, hace más de una década, escribió: "Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón".

   -¿Quién era Antonio Machado? –pregunta alguien.

   En el caldo de cultivo que presagian los versos del poeta, a finales de 1933 se produce un levantamiento anarquista en buena parte de la geografía española con el objetivo de instaurar el comunismo libertario. En principio, fue una huelga general revolucionaria acompañada de la actuación de milicias armadas que tuvo su epicentro en la ciudad de Zaragoza y que se extendió por puntos de Asturias, Extremadura, Andalucía, Cataluña,  Aragón,  La Rioja y la cuenca minera de León. Su objetivo era  implantar el comunismo libertario. Sus consecuencias las explica el maestro don Rogelio en la tertulia del Pincho:

   -En unos lugares se han incendiado los ayuntamientos, en otros el gobierno ha declarado el estado de guerra y ha clausurado los sindicatos obreros, y en algunos la violencia ha alcanzado cotas aún más sangrientas.

   La revolución fue breve, pues se inició el mismo día que se reunían las nuevas Cortes republicanas, tras la victoria electoral del centro-derecha del Partido Republicano Radical y de la derecha católica de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Una semana después la revolución había sido completamente dominada por las fuerzas de orden público y por la intervención del ejército. Pese a su brevedad hubo tiempo para sucesos lamentables. Quizá el más sangriento y mediático fue la masacre ocurrida en el gaditano pueblo de Casas Viejas. Así lo explicaba don Avelino en la terraza del Pincho:

   -Un grupo de campesinos, afiliados a la CNT, inició una revuelta y rodearon el cuartel de la Guardia Civil del pueblo produciéndose una lucha en la que dos civiles cayeron heridos. Tras dura refriega, los agentes, tras repeler la agresión, rodearon la choza de un viejo carbonero, apodado Seisdedos, y la quemaron con personas dentro. Se produjo una desaforada represión y las fuerzas de seguridad abandonaron el pueblo dejando varios muertos.

   -¡Qué barbaridad!

   -¿Y de quién fue la culpa, de los que se revolvieron o de los civiles? –la pregunta no tiene respuesta.

   Los hechos ocurridos en la población gaditana tardaron en conocerse, pero cuando se difundieron causaron un enorme escándalo social, mediático y político que conmocionó la sociedad española. El gobierno de Azaña actuó con torpeza al tratar de eludir sus responsabilidades. Y el atroz suceso se convierte en el tema estrella de la tertulia del Pincho. Los tertulianos de izquierdas defienden la actuación del gobierno para atajar la revolución; los liberales y los de derechas lo acusan de dictatorial y represivo.

   Un hecho partidista, que se produce en marzo, tiene una cierta resonancia en la tertulia, puesto que dos de sus miembros están incursos en el mismo de algún modo. A principios de mes un grupo de católicos moderados funda la CEDA, en la que, además de católicos y conservadores, también se inscriben los monárquicos, tanto los carlistas como los alfonsinos. En el pueblo, dos de los tertulianos han optado por enrolarse en la CEDA: don Avelino, el veterinario, y el tío Macario, el estanquero. El hecho se conoce rápidamente y Zaca, que lo ha oído contar en el Pincho, lo comenta en la cena.

   -Julio, el barbero, ha contado esta tarde que el menescal –así llaman a los veterinarios en el pueblo- y el estanquero se han apuntado a un nuevo partido político de derechas.

   -En esta casa no se habla de política en las comidas. ¡Cállate! –le reprende agriamente padre.

   Otro hecho destacado es que el 23 de abril se celebran nuevas elecciones municipales y, por primera vez en la historia de España, las mujeres pueden votar. La señora Rosario duda si debería ir a votar y pregunta a su marido para saber su opinión y obrar en consecuencia.

   -¿Crees que debería votar?

   -¿Te gustaría?

   -Por una parte, me pica la curiosidad y, por otra, creo que es una pérdida de tiempo, aunque la señora Sènta la Llansòla dice que ir a votar es un deber de todos, también de las mujeres. ¿Qué hago?

   -Haz lo que quieras –concede el hombre.

   Zaca, que ha sido testigo del diálogo, se atreve a sugerir:

   -Madre, según me ha dicho el señor vicario, lo de votar es un deber de todos los ciudadanos, por lo tanto deberías ir.

   -Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿Qué te importa que madre vaya o no a votar? –interroga padre en tono desabrido.

   -A mí nadie, padre, pero si la señora Sènta y mosén Florencio, dos personas que piensan tan diferente, coinciden en que hay que ir, por algo será, digo yo. Además, me gustaría acompañar a madre, como hice con usted en las anteriores elecciones, más que nada para ver si hay diferencias entre las mujeres y los hombres a la hora de votar.

    Los inmediatos comicios han propiciado algo poco frecuente en el pueblo: la realización de mítines. En esa campaña electoral se han organizado dos: uno, de los partidos de izquierdas y otro, de los de derechas. La existencia de los mítines ha provocado que el señor Zacarías se tope con una petición de su hijo, impropia en un chaval de doce años pero que, conociéndole, no le extraña demasiado.

   -Padre, ¿me da permiso para asistir al mitin que el partido del señor menescal va a dar en el Novedades?

   -Los mítines no son para niños, no te van a dejar entrar.

   -Pero Les Hostaleres, que al fin y al cabo son las dueñas del cine, me conocen y estoy seguro que me dejarán pasar. O mejor me lleva, por qué usted va a ir, ¿no?

   El señor Zacarías no asiste a los mítines, pues no quiere manifestarse políticamente. En su empresa aconsejan a los empleados que no se signifiquen políticamente, que se muestren neutrales, pues a buen seguro que entre los abonados hay gente de toda clase de pelaje. Por ello, se resiste a la petición de su hijo. Hasta que, vista la insistencia del chaval, la señora Rosario encuentra una solución alternativa. Le pide a su hermano Joaquín que asista porque, como no trabaja en la localidad, no le importa que le tomen por alguien de derechas. El día del mitin, el cine Novedades no ha llenado su aforo, solo está terciado de público. La primera sorpresa que se lleva el chico es que algún amigo de su tío lo ha embromado por llevarle.

   -Así que quieres que tu sobrino sea un meapilas.

¿No crees que es demasiado tierno para oír tanta trola?

   -Tío, ¿es que los que hablarán van a decir mentiras?

   -Mentiras no creo, pero exageraciones y promesas, que luego probablemente no van a cumplir, eso, seguro.

   El escenario está decorado con unas macetas con plantas y en el centro hay tres banderas: a ambos lados las de los partidos Agrario y de la CEDA, y en el centro la nacional. En el proscenio hay una mesa formada por unos caballetes y unos tableros guarnecidos por unos lienzos blancos –parecen sábanas-. Encima de la mesa solo se ven unas jarras de agua y vasos. No hay megafonía, por lo que los oradores tendrán que esforzarse en alzar la voz y el público tendrá que callarse, pues todo el mundo está hablando, y en un tono muy alto como se acostumbra en el pueblo. Otra cosa que Zaca no se esperaba es que la gente va vestida de diario, al contrario de lo que le pasa, pues madre le ha hecho ponerse la ropa de los domingos, aunque afortunadamente ya no tiene los ridículos pantalones de golf. De pronto, se oyen unos siseos y palmas procedentes del escenario donde han aparecido media docena de personas que, por lo que parece, intentan que los asistentes se sienten y, sobre todo, se callen. Solo lo hacen los que ocupan las primeras filas del patio de butacas, que no son tales sino sillas de enea unidas de seis en seis por un tablón clavado a su respaldo, pero a partir de la séptima u octava fila los espectadores siguen sin hacer caso a las llamadas al silencio. Así están unos minutos hasta que de repente se apagan las luces. Mano de santo, al momento se acallan las charlas y la gente se sienta. El foco del proyector de películas ilumina el escenario, en cuya mesa están sentadas cinco personas. Zaca conoce a tres de ellas, una es don Avelino, el veterinario; otra, Agustín Pitarch, de la prepotente familia de los Blascos y cabeza de la lista de derechas, y la tercera, y es una sorpresa para él, don Pascual Lapica, el capitán, ahora en la reserva por la ley Azaña. Las otras dos son forasteros. La primera intervención es la de Pitarch que se limita a leer una cuartilla pidiendo el voto a los asistentes, tras lo que presenta a los demás oradores. Le sigue don Pascual que dice hablar en nombre de la Comunión Tradicionalista Carlista y de cuya exposición el muchacho solo entiende que el lema por el que hay que votar es Dios, Patria y Rey. El excapitán le defrauda porque su discurso está lleno de muletillas y reiteraciones y es escasamente inteligible. El señor Lapica será una buena persona, pero queda claro que no es un orador que encandile a las masas. Luego toma la palabra don Avelino, que se presenta como miembro de la CEDA, y al que se le nota que ha trabajado el discurso, pues es más coherente y fácil de seguir que los de sus predecesores. Proclama la valía e importancia del individualismo frente al colectivismo, de la confesionalidad frente al laicismo, de la propiedad privada frente a la pública, del tradicionalismo frente al reformismo social y del régimen monárquico frente al republicano. El chico, que ha seguido con interés el relato del veterinario, se pregunta: “¿Y cuándo van a hablar del pueblo?, porque aquí nadie ha dicho una palabra de mejorarlo”. Terminada la perorata del veterinario, a don Avelino le sucede uno de los dos forasteros, de mediana edad y muy trajeado, que hace un discurso en el que retrata a los republicanos y, en general, a todos los partidarios de las ideas izquierdistas como si fuesen el mismo diablo y al que muchos asistentes aplauden con entusiasmo; hasta ahora parece ser quien mejor ha conectado con el público. En ese momento es cuando el chaval recuerda un comentario de mosén Florencio que parece tener muy mala opinión de sus conciudadanos:

   -En España hay más gente que vota contra alguien que a favor de. Y algún escritor de la generación del 98, a la que le dolía España, escribió que somos un país cainita, de ahí que hay muchos españolitos que no les importa quedarse tuertos, siempre que el adversario quede ciego.

   Si la sociedad española es como dice mosén Florencio, piensa el chaval: “Entiendo que en lugar de contar como mejorar el pueblo lo que hacen es poner a parir a los adversarios, así la gente tiene alguien contra quién votar”. Si Zaca hubiese leído la generación del 98, algo que no ha hecho pues sus lecturas son más superficiales, podría saber que un país y un paisanaje así conforman el paisaje español, tan distinto y distante del de la mayor parte de los demás países europeos, a los que desea imitar. Pero con esos mimbres tendrán que pechar los españoles para lograr que la nación se occidentalice y pase a formar parte, por derecho propio, de los países democráticos, desarrollados y socialmente justos. Lo contrario supondrá retrotraerse al siglo XIX, de tan mal recuerdo para la historia patria. Lo cual es bastante dudoso, pues la sociedad española ha dado abundantes muestras de que, como colectivo, tiene una memoria grupal muy mejorable. Lo que hace reconocible lo de la exclamación unamuniana: ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 48 de la novela “El masover” titulado: ¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!

martes, 18 de noviembre de 2025

46. “El masover”. La mona de Pascua

   La pandilla de Zaca y las cinco jovencitas que han elegido como partenaires van a celebrar la Pascua juntos. Para ir conociéndose mejor, antes del domingo de Resurrección, se han reunido varias veces. Reuniones que suelen realizarlas en el domicilio de Caridad, pues es la que tiene más espacio hábil en casa, siempre bajo la discreta tutela de su madre, la señora viuda de Tena. Tras las primeras uniones, los muchachos han acabado poniéndoles motes a sus compañeras para hablar de ellas delante de quien sea sin descubrir quiénes son. Y no han dado muestras de tener demasiado ingenio, han optado por lo fácil. A Caridad le han puesto el remoquete de la Nevera, por lo formal que es, su estricto comportamiento y su carácter seco y distante. A Carmina la apodan la Coloretes, pues suele írsele la mano en el incipiente maquillaje que utiliza para alegrar un rostro anodino. A Angelita, la bautizan la Potranca porque es, con diferencia, la más sexi y la que atesora más curvas y redondeces. Y a Visentica, la denominan la China, ya que el rasgo de su rostro que más llama la atención son sus rasgados ojos, como si hubiese tenido algún ancestro oriental.

   En esas reuniones, pronto van saliendo a la superficie las preferencias de los chicos pues, como varones, tienen el privilegio de dar el primer paso para elegir pareja. Ellas, aunque también tienen sus predilectos, están educadas en que no deben mostrar sus inclinaciones, pues así lo impone el recato femenino y las costumbres sociales. En las relaciones interparejas el rol de martillos lo tienen ellos; a las chicas les toca el pasivo papel de yunques. Y si bien se piensa, los yunques son más fuertes y resistentes que los martillos. Si se aplica esta metáfora a ambos sexos el resultado no hace más que evidenciar que las verdaderamente firmes son las féminas. La Nevera, pese a que no es fea, ni tiene ningún defecto físico, y además es pubilla, no suscita la apetencia de los mozuelos,  porque tiene fama –y así lo demuestra en su trato- de ser de una moralidad intransigente, y eso a unos adolescentes en los que la testosterona les nubla la razón es motivo más que suficiente para no elegirla como pareja. La Coloretes  es la más desenvuelta y simpática de todas y la que parece que puede ser más permisiva, dentro de la permisividad sexual de la época que es más bien pacata. La Potranca es, con diferencia, la más guapa y la que tiene el pecho más desarrollado, algo sumamente valorado por los adolescentes, por lo que suele ser la preferida como pareja. La China no está nada mal, es la más esbelta y buena moza, tiene el hándicap social de que su familia no posee fincas. Finalmente, la Masovereta –es decir, Paqui- es bastante agraciada, pero el que sea masovera y que, salvo Zaca, el resto de los chicos apenas la conoce, suscita más dudas que certezas, por lo que queda en una especie de limbo en cuanto a las preferencias para emparejarse.

   En las apetencias de los chicos, Joaquín Queralt duda entre la Coloretes  y la Potranca, puesto que lo que le atrae de las chicas son sus encantos físicos y la posibilidad –más bien remota- de satisfacer su creciente libido. Joaquín Pifarré, el más apuesto y desenvuelto de los chicos, vacila entre la Potranca y la China, y su razón es que le gustan las muchachas que sean como él, espigadas y, a poder ser, tener buen cuerpo. A Zaca Clavijo, tan acomplejado como siempre, le gusta la China, pues tiene el pálpito de que la chiquilla le mira con ojitos tiernos; lo único que le tira para atrás es que la jovencita es más alta que él, y eso su complejo de bajito lo lleva muy mal; otra opción que tiene –recomendada por madre- es la Masovereta, pero precisamente por ser la favorita de madre su elección se le hace cuesta arriba. A Manolo Pitarch, el más desangelado de los amigos, le gustaría elegir a la Potranca aunque, dado lo indeciso que es, posiblemente acabará quedándose con la que los demás no elijan, que es lo que suele ocurrir. La elección de la pareja no es un asunto baladí, puesto que un emparejamiento, aunque sea a tan temprana edad, en más de una ocasión ha terminado haciéndose estable hasta la boda diferida en el tiempo. Pues en el pueblo, como en la mayoría de las sociedades rurales, los noviazgos se inician en la primera etapa juvenil.

    La pandilla mixta, ahora integrada por nueve miembros, celebrará la mona –en la fraseología local la fiesta del domingo de Resurrección-, como marca la tradición, en una casa de campo, en este caso en la caseta de una de las fincas de la familia de la Coloretes. La pandilla se reparte la aportación de los componentes del piscolabis que tomarán la tarde del domingo de Pascua. Ellas se han encargado de los dulces –realmente, los elaborarán sus madres- y, además, han hecho a los chicos una petición poco habitual: que no traigan merienda, que de eso también se encargan ellas. Y así ha sido: han preparado unos cruasanes de jamón y queso, de atún con rodajas de tomate y de longanizas y, para acompañarlos, la clásica ensalada mediterránea de lechuga, tomate y cebolla más algunos ingredientes nuevos, tales como nueces y granada. Lo de que sean ellas las que lleven la merienda ha sido idea de la madre de Carmina; su finalidad: presentar a las chiquitas como unas mujercitas que en un futuro serán hacendosas amas de casa. Lo que también supone que los cuatro amigos son considerados socialmente como buenos partidos, pues tres de ellos son estudiantes y se les conjetura un futuro prometedor, y el que no estudia su familia tiene muchas fincas y, por tanto, también entra en la categoría de buen partido. A su vez, los chicos se han encargado de las bebidas: gaseosas, refrescos y, a escondidas de los padres, de dos botellas de sidra barata, pues, como repite Queralt como un mantra:

   -A una chica la emborrachas y entonces puedes hacer con ella lo que quieras –y en ese lo que quieras va encerrado todo un hipotético mundo de actos lujuriosos, que está muy lejos de la realidad, pero que a los adolescentes les suena como el culmen de sus sueños eróticos.

   El domingo de Resurrección todos llevan su mona de Pascua, un típico dulce que se suele comer en el final de la Semana Santa, bien para mojar en chocolate caliente en el desayuno o la merienda, bien como postre después del almuerzo y, en el caso de la Pascua, como vianda indispensable de la merienda de ese día. Sus ingredientes son: leche, levadura, huevos, aceite de oliva, agua de azahar, azúcar, ralladura de limón y naranja y harina de trigo. Para su elaboración, las madres han templado la leche en un cazo. Luego, han desliado la levadura en la leche, batido los huevos y los han incorporado, así como el aceite, el azúcar, las ralladuras y la harina mientras van removiendo la masa. Una vez incorporada toda la harina, amasan la pasta durante unos diez minutos hasta que queda elástica y lisa. Después, la han dejado fermentar durante una hora y media para que doble el volumen. Luego, han hecho bolas con la masa y les han dado la típica forma esférica. Como las monas se adornan con frutas escarchadas y uno o varios huevos duros, han lavado estos, los han secado y los han puesto en la masa. Luego, han pintado las monas con huevo batido y  espolvoreado con azúcar. Finalmente, las han horneado durante unos veinte minutos.

   Una de las picardías que los chicos suelen hacer con los huevos de la mona, y que ellas aceptan aunque siempre protestan por aquello de guardar las apariencias, es aplastarlos en la frente de la mozuela que secretamente han elegido. Para ello, antes pronuncian una peculiar oración, en la que se mezcla el castellano y el valenciano, y que dice: Por la señal de la canal, ací em pique, ací em cou i ací te trenque l'ou. Lo de la rotura se celebra entre las risotadas de los muchachos y las protestas, más aparentes que reales, de las chiquitas. El momento de la fiesta que los adolescentes esperan con más ansiedad, una vez superada la fase de la merienda, es la del bailoteo. Los padres de Queralt les han dejado una gramola de cuerda manual –de las contadas que hay en el pueblo- y una decena de discos de gran formato que va a proporcionarles la música, siempre que haya alguien que se encargue de darle al manubrio. Como las chicas son cinco, una se tendrá que encargar de ello para lo que se turnarán, pues todas quieren bailar, ya que a su edad no tienen muchas ocasiones de hacerlo. La primera que se ofrece a encargarse de la gramola es la Nevera, por lo que de momento queda excluida como pareja de baile. En cuanto suena la música –el pasodoble Suspiros de España- quien primero se lanza al ruedo es Pifarré que le pide el baile a la Potranca. Le sigue Queralt, que elige a la Coloretes. Clavijo opta por sacar a bailar a la China. Y a Pitarch no le queda otra opción que conformarse con la Masovereta. Al acabar el pasodoble suena una rumba, y Pifa y Queralt intercambian parejas, lo que también hacen Clavijo y Pitarch. Y así, a medida que suenan nuevas piezas, las parejas van intercambiándose. Se trata de que todos bailen con todas, pues así lo recomiendan las normas no escritas de los hábitos sociales del pueblo, y que se respetan escrupulosamente. En la primera mitad del baile suenan músicas alegres y movidas: pasodobles, rumbas, valses, polcas, foxtrots, tangos…, pero lo que todos esperan con ansia es la llegada de la música lenta, la que permite mayor sosiego para charlar y, sobre todo, para tener mayor intimidad con la pareja elegida –privilegio de ellos, pero que no siempre cuenta con el beneplácito de ellas-. En esa etapa, los cambios de pareja se ralentizan y una dupla puede bailar muchas piezas seguidas sin cambios. Cuando llega ese momento, las parejas se han definido: Pifarré se ha quedado con la Potranca, formando la dupla más resultona del grupo. Queralt ha optado por la Coloretes, la más lanzada de las mozuelas. Clavijo ha dudado de si optar por la China -la que más le gusta-, pero el hecho de que para charlar con ella tenga que mirar hacia arriba le chincha y, en última instancia, elige –quien lo iba a decir- a la Masovereta, pues no se siente a gusto con la Nevera, que es la otra opción que le queda. Esta última ha vuelto a encargarse del manubrio y Pitarch baila con la China.

   A Zaca le sorprende gratamente la que él definía como un cardo borriquero. Paqui tiene más conversación de la que creía y se comporta con muchas ganas de agradar. Baila con mayor desenvoltura de la que le suponía y no ha puesto ningún reparo en que el chico roce su cara con la suya y, al tiempo que las piezas musicales se van sucediendo, ha terminado poniendo su mano derecha en el cuello de Zaca y de cuando en cuando mueve un dedo en un ademán que podría entenderse como una suerte de caricia, algo que al chaval le hace sentirse en la gloria, hasta que nota, alarmado, que está teniendo una erección. Se pone rojo como un tomate, pero la muchacha parece no haberse dado cuenta, pues sigue charlando con toda naturalidad. El ligero pantalón de dril que lleva el muchacho no es lo suficientemente resistente para contener la tiesura y el bulto de la entrepierna es aparatoso por lo que, cuando acaba la pieza, Zaca se queda de pie charlando con Paqui, pues así la muchacha le sirve de pantalla para que los demás no se den cuenta de la situación. El chico intuye que ella ha percibido lo que le ocurre, pero está teniendo el tacto de aparentar que no lo ha notado y de ayudarle a no ser objeto de las burlas de sus amigos, algo que agradece en el alma y que le hace pensar que Paqui –ya no piensa en ella como la Masovereta- no es el cardo borriquero como la había bautizado. Incluso la encuentra mucho más atractiva de lo que creía y piensa que algún día no demasiado lejano puede llegar a ser una real moza pues, aunque solo tiene doce años dos sugestivos botones hinchan su blusa. “Lo que me he perdido”, se dice el muchacho. Es una frase hecha, porque en realidad no sabe lo que ha podido perderse al no haber frecuentado la compañía de la masovera. Pero Zaca es como es, vive más en su mundo imaginario que en el real.

   La experiencia de la mona de Pascua ha terminado siendo grata para Zaca que la recordará como un punto de inflexión en su madurez hacia la adolescencia. Es consciente de que todavía está muy verde y que del mundo femenino le queda mucho por aprender. Lo mismo le ocurre del universo del sexo que le atrae tanto como le atemoriza. Supone que con el discurrir del tiempo  acabará superando esas lagunas. Y le viene a la mente una máxima que ha leído en alguna parte: El tiempo vuela sin alas. “Que así sea”, se dice. Las alas aparecerán cuando tengan que hacerlo. Y mientras tanto, tendrá que ir haciendo acopio de descubrimientos, aunque sean insignificantes, sobre el misterio que para él representan las chicas de carne y hueso y que no tienen nada que ver con sus mujercitas de papel que son en las que hasta el momento ha centrado sus apetencias. Y la mona de Pascua ha supuesto un arranque prometedor y le ha abierto los ojos al mundo femenino real. Lo que es un paso importante para un tímido.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 47 de la novela “El masover” titulado: ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!