martes, 16 de septiembre de 2025

37. “El masover”. ¿Vamos al cine?

 

   En respuesta a la consternación de su vicario sobre el tratamiento que la Constitución republicana da a la Iglesia Católica, el párroco del pueblo es rotundo.

   -Yo lo tengo claro, Florencio, porque así como al problema de las regiones que aspiran a ser autónomas, como la mía –mosén Fumadó es del pueblo catalán de San Carlos de la Rápita-, lo han tratado con una política de comprensión y respeto, para la Iglesia han aplicado una fórmula de confrontación y una actitud beligerante contra su presencia en todos los ámbitos de la vida social.

   -¿Y ahora qué va a pasar?

   -No lo sé, pero esto no va a quedar así. Vamos a ver qué dice la jerarquía, pero de momento hemos de ir preparando el sermón del domingo, y se van a enterar esos hijos de Satanás que con la Iglesia no se juega. El eje de la prédica será el versículo 16:18 de Mateo, el que dice tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia. Ayúdame a prepararlo de forma que lo entiendan esos palurdos que tenemos de fieles.

   La conversación del párroco con su coadjutor sobre la neonata Constitución republicana es clave para que mosén Florencio, hombre pacífico, templado y con un espíritu liberal para un sacerdote, se convierta en un acérrimo antagonista del nuevo texto constitucional y, con él, muchos ciudadanos católicos que incluso habían votado a las candidaturas republicanas en 1931. Se sienten decepcionados por la falta de sensibilidad de los padres de la patria hacia sus creencias más íntimas. Por eso, cuando Zaca, plenamente recuperado de su neumonía, le preguntó al vicario:

   -Mosén, ¿ya se ha leído la Constitución de la que todo el mundo habla? ¿Qué puede contarme de ella?

   -¡Ay, hijo mío, qué te voy a decir, no contiene nada bueno!

   De todas formas, el vicario, puesto que se lo había prometido, cumple su palabra y explica al muchacho los aspectos que estima esenciales de la ley de leyes: España se define como una república de trabajadores de toda clase, que se organizan en régimen de libertad y de justicia. Que es obligatorio el estudio de la lengua castellana, y ésta se usará también como instrumento de enseñanza en todos los centros de instrucción primaria y secundaria de las regiones autónomas. Aquí, mosén Florencio hace un aparte.

   -Esto es importante en aquellas regiones, como la nuestra –el vicario es de Adzaneta, un pueblo castellonense, vivero de vocaciones religiosas-, en las que hablamos dos lenguas, el castellano y la lengua vernácula; en nuestro caso el valenciano. Sigo. Que la república constituye un estado integral, compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones autónomas -Aquí quien interrumpe la explicación es el chico.

   -Mosén, eso del estado integral no sé que significa.

   -Si te sirve de consuelo, yo tampoco. Supongo que con el paso del tiempo lo averiguaremos. Sigamos. En cuanto a los derechos y libertades individuales y colectivas, te cuento los más destacados, a mi juicio -El coadjutor desgrana algunos de los derechos con un lenguaje sencillo para que lo entienda el chaval.

   -Si le he de decir la verdad, no todo lo he entendido, pero de todos modos muchas gracias mosén Florencio. Si usted no me explica las cosas de los mayores, nadie lo hace. Por eso, y aunque me da apuro, quiero decirle que no solo es un buen profesor y un buen cura, sino también una buena persona. Y, en resumen, ¿es una Constitución buena, regular o mala? -El vicario duda pero, como es hombre sin doble fondo, se sincera.

   -En lo que podríamos llamar la parte civil, está por ver cómo podremos calificarla dentro de unos años. En lo que es el tratamiento que da a la religión y a la Iglesia Católica es, rotundamente, mala.

   La pésima impresión que mosén Florencio, y con él casi todo el clero español, tiene del texto constitucional está contrarrestada por la opinión que muchos ciudadanos tienen del mismo. Buen ejemplo de ello es el parecer de don Eulogio que, a fuer de liberal, cuenta a sus compañeros del café del Pincho su opinión sobre la ley de leyes:

   -La Constitución republicana ha supuesto un avance notable en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos y en la organización democrática del estado dentro del ordenamiento jurídico español. Recoge y protege los derechos y libertades individuales y sociales, amplía el derecho de sufragio de los ciudadanos de ambos sexos y deposita el poder legislativo en el pueblo que lo ejercerá a través de las Cortes, compuesta por los diputados elegidos en elecciones generales.

   -¿Y usted cree que la gente, en general, apoya la llegada de una república que realmente nació de unas elecciones municipales? –la pregunta de Julio el barbero va dirigida al médico, pero éste se encoge de hombros y no responde.

  -¿Y qué me dicen del cariz que está tomando la política republicana en contra de la Iglesia Católica? –pregunta Macario el estanquero cuyo catolicismo es notorio. Zaca, muy influenciado en este tema por el vicario, espera la posible respuesta con interés. Esta vez quien responde es don Rodolfo, cuyo agnosticismo es bien conocido.

   -La Iglesia está siendo objetivo frecuente de la izquierda revolucionaria porque los privilegios de que goza son una causa más del malestar social, lo cual, lamentablemente, se ha traducido en la quema y destrucción de templos y otros edificios religiosos.

   El chico está hecho un lío. No es especialmente religioso, pero sí amante del orden, del equilibrio y de la autoridad, por lo que las agresiones contra los edificios religiosos, y aún más contra los practicantes católicos, no acaba de entenderlas. ¿Por qué la República ataca las creencias de millones de españoles?, se pregunta. No lo entiende y no entender es algo que incomoda a su carácter analítico. Como otras tantas veces, al final termina echando la culpa a las estupideces de los adultos cuyo comportamiento es ilógico en tantísimas ocasiones. Sabe que no es una explicación muy coherente, pero de momento le sirve para no seguir dándole vueltas al anticlericalismo republicano.

   Zaca, olvidado el amargo trago de la neumonía que le tuvo al borde de la muerte, disfruta como nunca de la compañía de sus amigos. Esta tarde de domingo solo cuenta con la compañía de Pifarré; de Pitarch no saben nada y Queralt se ha quedado en su colegio de Castellón.

   -Tengo una buena noticia, la que menos podías esperar –le anuncia Pifarré-. El curso que viene la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España, en la que como sabes trabaja mi padre, me va a dar una beca para que pueda estudiar el bachillerato elemental en Castellón y luego iré a la Escuela de Artes y Oficios. Lo que aún no sé es que especialidad cogeré en la Escuela.

   -¡Qué suerte. Vas a hacer el bachillerato! ¡Cuánto me alegro, Pifa, de verdad! ¿Y vas a ir a alguna academia privada, a los Escolapios o al Instituto?

   -Creo que al Instituto.

   -¡Qué envidia! Vas a hacer los estudios oficiales, mientras yo voy a seguir por libre. Y lo de la beca, ¿cómo ha sido?

   -Dice mi padre que ha sido cosa de la República y de los sindicatos, que animan a que se den becas a los hijos de los trabajadores. Y como él, además de trabajar en el ferrocarril, está afiliado a la Unión General de Trabajadores, algo habrá influido.

   -Si te quedas toda la semana en Castellón, como hace Queralt, me voy a quedar sin amigos en el pueblo, porque Pitarch, entre la de veces que se pone malo y las que no le dejan salir, es como si no viviese aquí.

   -No me voy a quedar en Castellón, iré por la mañana en el ligero de Tortosa y regresaré por la tarde en el borreguero. Tengo que viajar en tren porque es una de las condiciones de la beca.

   -¡Lo que daría yo porque me pusieran una condición así! O sea, que te vas a librar de la americana –Zaca se refiere a una vara de bambú, que en el pueblo llaman caña americana, con la que don José castiga a los alumnos revoltosos pegándoles en la palma de la mano. Cuando la falta la considera grave, el varetazo es en la punta de los dedos, algo que duele de verdad.

   El muchacho se alegra de corazón de que su mejor amigo vaya a estudiar, pues ese puede ser su pasaporte para escapar de la prácticamente inexistente oferta de puestos de trabajo en el pueblo. Algo que también le atañe y de lo que espera escapar si continúa estudiando. Una vez más, piensa que en algún momento se tendrá que marchar del pueblo, lo que por un lado le entristece y por otro le anima. Una sensación agridulce.

   Hoy, como ocurre muchos domingos, la pandilla de Zaca está en cuadro, solo están Pifarré y él. Debaten sobre qué hacer. Una discusión más retórica que práctica porque las salidas que tienen para escapar del tedio son contadas.

   -¿Vamos al cine?

   -¿Qué echan en el Novedades?

   -Una de Charlot.

   -¿Y en el de Gilet?

   -El paraíso del mal. Una americanada de amor.

   -Si fuera del Oeste, aún, pero prefiero la de Charlot.

   -Te invito a cacaus i tramussos, que todavía me quedan dos reales. Vamos a comprarlos al puesto de la tía Camete que los vende más baratos que en el cine –propone Zaca, que entre sus virtudes la generosidad es una de ellas.

   Mientras Pifarré hace cola ante la taquilla del cinema, Clavijo, que tiene el acceso gratis, ha ido a ver como padre maneja el proyector. Cuando va al cine sin amigos suele ayudarle, no tanto en el manejo de la máquina, pero si rebobinando rollos de película y pegándolos para conseguir rollos más grandes. Lo que se hace para que solo haya una parada en la proyección para cambiarlos, pues si hay más de un receso el público protesta. Para pegar los distintos rollos, hay que cortar como un dedo o dos de la cinta a empalmar, raspar los bordes hasta que solo quede el celuloide virgen, solapar ambos extremos y pegarlos con acetona, que deja un olor característico en los dedos y que no desaparece hasta que te lavas con agua y jabón o los frotas con alcohol. Ayudar a padre en su trabajo le agrada al chicuelo, pues eso le da la impresión de sentirse mayor de lo que es. Hoy no es el caso, puesto que va acompañado. Se junta con Pifarré en el gallinero –que cuenta con duras bancadas de madera-, porque las entradas del piso superior son más baratas, y se disponen a ver a Charlot, que es uno de los actores preferidos por la mayoría de espectadores. El público de la época vive intensamente las películas y suele identificarse con los protagonistas, de tal manera que prorrumpe en gritos y lanza mensajes de advertencia cuando alguno de los malos de la peli acecha a los buenos para causarles algún daño o suelta suspiros de alivio cuando el bueno de la cinta logra zafarse del peligro. Y cuando el chico y la chica se besan en la escena final no es raro que suenen los aplausos entusiastas de los espectadores. Ambos amigos se unen a las exclamaciones del público, mientras van dando buena cuenta de los cacahuetes y altramuces que compraron. En el obligado intermedio se encienden las luces y comentan los lances del film y saludan a otros chicos que, como ellos, también están en el gallinero. El cine, en la década de los treinta, se ha convertido en una poderosa herramienta en la formación social y cultural de chicos como Clavijo y Pifa. Por otro lado, dada la rígida moral tradicional, que el Gobierno republicano está intentando cambiar, la oscuridad de las salas de cine es un escenario propicio para que las parejas tengan mayor intimidad. El público tiene catalogados de antemano los criterios sobre la filmografía. En general, las cintas españolas –las llamadas españoladas- no suelen ser las más apetecibles de ver, con la excepción de las pelis folklóricas en las que la presencia de estrellas de la copla como Concha Piquer, Imperio Argentina, Estrellita Castro o Miguel de Molina asegura la presencia en las salas de cine de legiones de sus admiradores. Los films que monopolizan los cines locales –y del resto del país- son los americanos. Cuando el público ve aparecer en la pantalla el rugiente león de la Metro-Goldwyn-Mayer, los haces de reflectores de la 20th Century Fox o la antena emitiendo rayos de la KKO Pictures –algunas de las principales "majors" de la edad dorada de Hollywood-, se arrellena en las butacas, pues cree de antemano que va a ver un peliculón, algo que no siempre es así. En la filmografía americana las llamadas cintas del Oeste o de vaqueros e indios tienen un gran tirón. Algo que ocurre igual con las pelis de actores cómicos tales como Buster Keaton, Stan Laurel y Oliver Hardy (El Gordo y el Flaco) y, como no, de las del gran Charles Chaplin, Charlot.

A la cinematografía, generaciones como las de Pifa y Clavijo serán deudoras el resto de su vida. Y el ¿Vamos al cine? es el preludio de una interesante tarde en la que revivir otras vidas plenas de emoción y de magia, muy distintas de la plana existencia a la que la mayor parte de la población está abocada, como es la de los protagonistas de esta historia. Por todo ello, el ¿Vamos al cine? se ha convertido en algo más que una simple invitación.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 38 de la novela “El masover”, titulado: La ley del divorcio enfada a Rosario

martes, 9 de septiembre de 2025

36. “El masover”. Tete, no te mueras

  

   Ante la pregunta del médico de cuantos días lleva Zaca malucho, Rosario ha de hacer memoria.

   -Cuatro o cinco, pero hasta ahora no le había dado importancia. Ya sabe que se acatarra con frecuencia. ¡Es tan poquita cosa! –Al chico que madre le califique así le repatea y, aunque sabe que la afirmación es cierta, no deja de mortificarle.

   -No me gustan un pelo esas décimas, de momento vamos a esperar, pero que siga en cama. Dale una aspirina cada ocho horas, que beba mucha agua, que tome también sorbos de líquidos calientes, prepárale leche con miel para aliviar el dolor de garganta y que descanse -Es oír lo que dice el galeno y el muchacho, pese a sus dolencias, salta como un gamo.

   -Don Eulogio, ¿podré seguir estudiando?

   -Nada de estudios, has de descansar –al ver la carita de desencanto del chico, el médico, que le conoce bien, pues es amigo de don José, añade-: Puedes leer algún tebeo, pero nada de libros de texto. Ah, y tómate todo lo que te dé tu madre sin rechistar. Mañana volveré.

   A pesar de los cuidados maternos, de la atención que le presta el resto de la familia y de los medicamentos recetados por el galeno, el estado del chico no mejora.

   -¿Será una bronquitis, Eulogio? –pregunta padre que, rompiendo los usos locales, tutea al médico, pues son viejos conocidos y compañeros en las partidas de chamelo que suelen jugar en el café de Les Catalanes.

   -Ya me gustaría, pero no. La bronquitis no suele dar fiebre y el chico tiene 38 y décimas. Temo que lo que empezó como un resfriado común ha pasado a ser una neumonía como un piano. Los síntomas son patentes: la fiebre ha aumentado, tose, generalmente con flemas, y en momentos puntuales siente náuseas –explica don Eulogio.

   Pese a los remedios que el médico prescribe y los cuidados familiares, el estado del chico va a peor. Ahora también siente dolor de pecho cuando respira o tose y ha tenido algún episodio de diarrea. Prueba de su postración es que ni siquiera le apetece leer, pese a que padre, buen conocedor de los gustos del chaval, le ha comprado el último ejemplar del TBO. Ni el médico ni los padres se han planteado ingresarlo en el hospital provincial de Castellón, dado que los ingresos solo se dan en los casos extremadamente graves o que requieren cirugía. Las demás enfermedades se pasan en casa. La noticia del empeoramiento del primogénito de los Clavijo pronto trasciende. Comienzan las visitas de los familiares más allegados, de los vecinos y hasta han preguntado por él sus maestros. Un lugar común que repiten muchos visitantes, sobre todo las mujeres mayores, es que dan a Rosario consejos sobre cómo sanar la dolencia del muchacho.

   -No hay nada tan eficaz como una buena cataplasma de mostaza. Haz una mezcla de harina de mostaza con agua caliente y la pasta resultante, que debes poner entre dos paños, se la aplicas en el pecho, le aliviará los dolores respiratorios. Es mano de santo.

   -Pon en su habitación una olla con agua y con un hornillo la calientas hasta que hierva. El vapor le ayudará a respirar mejor.

   Los remedios caseros tampoco funcionan y Zaca se va consumiendo día a día. Una mañana aparece en casa de los Clavijo, don Florencio. El vicario ha venido a verle y charla un momento con él, aunque el chico no está para mucho parloteo, ni tiene fuerzas ni ganas. Tras salir de la habitación, el sacerdote habla con madre.

   -Señora Rosario, sabe lo mucho que aprecio a su hijo, es mi mejor alumno y un buen chaval a quien aprecio de corazón. Voy a rezar para que se reponga pronto y en la misa de mañana pediré por él. Cualquier cosa que necesite, dígamelo. Si se agravase, el Señor no lo quiera, mándeme recado y le daría la extremaunción. Ah, mosén Fumadó me ha dicho que también rezará por él, ya sabe lo mucho que lo aprecia.

   Lo de la extremaunción, pone de los nervios a madre, pues sabe que solo se da a los enfermos terminales. Por lo que a partir de ese día, y pese a que no es muy dada a los rezos, decide que hay que rezar un rosario diario en familia por la pronta recuperación del mayor de los hermanos, práctica que lleva a cabo con sus demás hijos y que suele eludir su marido siempre que puede. Una tarde también pasan por la Fábrica Pifarré y Pitarch, los dos amigos de Zaca que están en el pueblo. A los chicos se les ve azarados, pues el motivo de la visita les resulta incómodo. Madre, al notar su nerviosismo, les allana el inicio de la conversación.

   -Muchas gracias por venir a preguntar por vuestro amigo. No podéis pasar a la habitación porque está durmiendo y, además os podríais contagiar, pero cuando despierte le diré que habéis venido a verle y seguro que se alegrará mucho. ¿Queréis unas galletas que acabo de hornear?

   La enfermedad no cede y el chico, cada día que discurre, tiene peor cara. Se le ve demacrado, apenas habla y pasa las horas en un duermevela intranquilo. La familia se turna para que, en los pocos momentos en que está lúcido, haya alguien a su lado para preguntarle si desea algo y darle alguna de las pócimas recetadas por don Eulogio.

Cuando todos, incluida la familia, temen lo peor pues la enfermedad no cede un ápice, una mañana Zaca despierta y le da la impresión que algo ha cambiado. Sigue demacrado, ojeroso y solo es piel y huesos, pero se siente mejor. Al lado de la cama está Pedrito que le mira con ojos lacrimosos y gesto compungido.

   -Hola, Pedri, ¿cómo no estás en la escuela?

   -Me toca cuidarte. Madre ha ido a comprar a la tienda de la tía Adelina y Charo está en la escuela. Tete, estás tan delgado que se te transparentan las orejas. ¿Quiero preguntarte algo?, ¿puedo?

   -Puedes.

   -¿Es verdad, como dice Charo, que te vas a morir?

   -Me parece que por ahora no. ¿Por qué lo quieres saber?

   -Si te mueres, ¿me dejarás tu chaqueta a cuadros y el libro de los mapas? Te juro que no lo rayaré ni pintaré monos, lo guardaré tan bien como tú.

   -Serán tuyos, Pedri. Pero tú, ¿qué prefieres, tener la chaqueta y el atlas o que el Tete siga vivo? -Unos lagrimones como perdigones resbalan por las mejillas del niño.

   -¡No quiero que te mueras, no quiero!, aunque no tenga tu chaqueta ni los mapas. ¡Quiero que sigas siendo mi hermano mayor! Si te mueres, Charo será mi Teta y no quiero que lo sea una chica. Mis amigos se burlarían.

   -Si así lo prefieres, te prometo que no me moriré y que seguiré siendo tu Tete. Y dame un poco de agua, tengo sed. Y no me hagas hablar mucho que me duele la garganta.

   En cuánto madre llega de la compra, encuentra a los dos hermanos sentados en la cama, con el atlas abierto, mientras el primogénito enseña a su hermano la posición de España en el continente europeo.

   -¿Pero qué es esto? Pedrito ya estás bajándote de la cama y dejando al Tete en paz. ¿No sabes que está malito?

   -No, madre, ya no se va a morir. Me lo ha prometido. Y si el Tete lo promete…

   En cuanto llega don Eulogio confirma que el muchacho ha pasado lo peor y que en unos días podrá darle de alta. Ha sido un mal trago, pero el peligro ha desaparecido. La alegría por la recuperación casi milagrosa de Zaca es general y hasta Charito, que es su competidora habitual, le confiesa que ha estado rezando a Santa María Goretti, su santa predilecta, para que sanara. Las consecuencias de haber superado la enfermedad han sido varias. Madre le trata con más mimo. Padre es menos riguroso, le perdona las faltas con generosidad y no le achucha tanto en las comidas. Los hermanos le miran con mayor respeto. Y como el muchacho se ha quedado en los huesos, madre ha preparado por su cuenta una dieta especial para que el chico rellene con algo de musculatura su endeble arquitectura ósea. Por eso o porque algo ha cambiado en la fisiología del primogénito, ante la sorpresa de la familia, sobre todo de madre, en la mesa de los Clavijo no vuelve a oírse el maldito afanya´t que acompañó a Zaca desde que dejó atrás la dieta de bebé hasta la fecha. El hecho no se celebra en la familia como debía, incluso el propio chaval no le concede demasiada importancia, pero es algo mucho más importante de lo que parece. Sacarietes está pasando a ser Sacaríes o Zacarías o Zaca, pues ha dejado de ser un fetiller. Y algo que quizás no sea consecuencia de la neumonía es que ha crecido; padre ha trazado una raya a la altura de la coronilla del chico y luego ha medido la altitud con la cinta métrica que utiliza en su trabajo; la medición arroja una altura de 1,63 centímetros.

   -Va a ser un buen mozo – se ufana padre. Los Clavijo son todos bajitos, no suelen pasar del 1,65. En cuanto a madre, aún tiene menor talla, aunque hay una rama de los Alsina que son bastante más espigados, es el caso de los tíos Joaquín y Antonio que sobrepasan el 1,70. El chaval llega a creer el vaticinio de padre, pero en cuanto se junta con Pifarré ve que la realidad no es tan generosa, su amigo sigue sacándole la cabeza. Bueno, se consuela, al menos no seré un enano.

   Coincidiendo con la mejoría de Zaca, ha llegado a la parroquia un ejemplar de la Constitución española. Como se temía mosén Fumadó el texto, desde un punto de vista clerical, es non sancto, pues la Iglesia católica, que tradicionalmente ha sido una privilegiada en la legislación española, no sale bien parada. El párroco, que ha sido el primero en leerse detenidamente el texto, comenta con su coadjutor el contenido de la ley en lo tocante a la religión, en general, y a la Iglesia católica en particular.

   -Es un escándalo Florencio, un escándalo y una vergüenza. La República se declara laica al establecer que no existe religión del estado. Y encima Azaña ha declarado muy orgulloso que España ha dejado de ser católica. Como si eso pudiese hacerse en unos días.

   -Eso no puede ser y, además, es imposible, don Francisco.

   -Sí, hijo, sí. La Iglesia católica será considerada como una corporación de derecho público. Es más, todas las confesiones religiosas serán consideradas como asociaciones sometidas a las leyes generales del país. Es decir, la Iglesia va a ser tratada como puede serlo la Cooperativa agrícola del pueblo.

   -¿Eso quiere decir que los protestantes y los judíos tendrán el mismo trato que los católicos?

   -­Eso parece, pero todavía no te he contado lo peor –y mosén Fumadó lee-: El estado no podrá, en ningún caso, sostener, favorecer, ni auxiliar económicamente a las Iglesias, Asociaciones e Instituciones religiosas. Es más, una ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de dos años, del presupuesto del clero.

   -Entonces, ¿de qué vamos a vivir? -Pregunta, consternado, el vicario.

   -Eso no es lo que más me preocupa. Dios proveerá. Peor lo van a tener nuestros hermanos frailes y monjas, porque el estado disolverá todas las órdenes religiosas y nacionalizará sus bienes.

   -¡Dios mío! –La tribulación del vicario aumenta por momentos-. ¿Y por qué han hecho eso? ¿Qué les ha hecho la Iglesia y el clero para que nos traten de esa forma?

   Parecidas preguntas se formulan cientos de miles de españoles que son católicos ejercientes y que al no encontrar respuesta a sus interrogantes comienzan a sentir una cierta inquina por la deriva anticlerical del régimen republicano. ¿Una torpeza?, ¿una provocación?, ¿deseo de marginar a una parte de la población?, ¿borrar la innegable ascendencia de la Iglesia sobre un amplio sector social?, ¿o un batiburrillo de todos esos interrogantes?, se preguntan las mentes más lúcidas. Zaca no llega a plantearse esos interrogantes, pues es algo que le supera, solo sabe lo que le cuenta el vicario y éste ha dejado de ser imparcial en todo lo tocante a la República. ¿Las opiniones de mosén Florencio qué efectos tendrán en el chaval? ¿Le influirá la opinión de alguien como el vicario por quien siente tanto afecto como respeto? Las consecuencias de todo ello pueden resultar imprevisibles en alguien tan analítico, pero al tiempo tan influenciable como el mayor de los Clavijo. Y pueden llevarle a tomar posiciones tendenciosas respecto a la nueva situación política del país. ¿Será así? ¿Zaca se convertirá en un republicano convencido, en un declarado enemigo de la República o en un pasota en lo que atañe a la situación política del país? Y por muy analítico y reflexivo que sea no es más que un preadolescente. Lo que supone que cualquier cosa puede pasar. En ese aspecto la futura actitud del muchacho es imprevisible.

 

PD. El próximo martes publicaré el episodio 37  de la novela “El masover” titulado: ¿Vamos al cine?

martes, 2 de septiembre de 2025

 

35. “El masover”. La noria  

   El señor Zacarías no ha tenido que pensarse lo de pedir la hipoteca para seguir ahondando el pozo, pues el día anterior a ir al banco aparece el pocero para dar la esperada noticia: ha aparecido el agua antes de llegar a los cinco metros. Una vez encontrada agua, el siguiente problema que se les plantea a los futuros regantes es que la profundidad a la que está el líquido exige una noria con muchos cangilones y que no sean pesados, pues de lo contrario la cenia tendría que moverla un animal de buen porte y las acémilas que tienen la mayoría de los labradores del grupo no pasan de medianejas. Que los vasos de la noria no sean pesados elimina los cangilones de barro que son los que tradicionalmente se usan en las viejas norias. Alguien habló a los socios de que comenzaban a fabricarse unos arcaduces de hojalata, que eran mucho más ligeros que los de arcilla, pero también más caros. El dilema implica una nueva reunión de los copropietarios de la senia. El señor Zacarías llega a la reunión con los deberes hechos, pues lleva el presupuesto comparado del coste de cangilones de barro y de hojalata, y las ventajas e inconvenientes de unos y otros. La superioridad de las vasijas de lata es significativa, tanto que, pese a su mayor precio, los futuros regantes han de inclinarse por ellas, por lo que al final los socios tienen que pedir un crédito al banco. En su entrevista con el farmacéutico-banquero, éste le pregunta cómo van los estudios de su hijo mayor.

   -Muy bien, don Eduardo. El chico es muy aplicado y hasta ahora lo ha aprobado todo sin mayores problemas.

   -Cuando haga el cuarto curso ven a hablar conmigo, pues es posible que pueda ofrecerle una salida –Y aunque el llumero trata de sonsacar al banquero de qué va esa posible salida, don Eduardo no le da más detalles.

   El chaval de los Clavijo, más por su innata curiosidad que por que le interesen los asuntos agrícolas, asiste al montaje de la maquinaria de la noria. Primero el mecánico, de la empresa de Alboraya que les ha vendido el artilugio, instala el eje central al que acopla dos ruedas: la horizontal, tipo engranaje de linterna, y la vertical con dientes que engranan con la primera. Esta última, con una hilera de cangilones que, con el movimiento de la rueda, se llenarán de agua del pozo, la elevarán y la depositarán en un contenedor para luego ser distribuida a los regueros que la conducirán a las distintas fincas. Estos regueros, más bien canalillos hechos de mampostería, están dotados de unas compuertas de cemento para detener y desviar el flujo del riego a uno u otro campo. Cuando el mulo, uncido al báculo-guía de la noria, comienza a dar vueltas al senderillo alrededor del pozo y el agua comienza a correr por el reguero, Zaca queda defraudado porque el volumen es muy pequeño, apenas si llena medio canalillo. Y piensa: “tantos trabajos y duros gastados para esto”. Al comentárselo a padre, la respuesta de éste es tajante.

   -Será poco caudal, pero la tierra sin agua es parda y con ella es verde. Y más vale poca que ninguna. Esperar mirando al cielo por ver si llueve es uno de los suplicios de los labradores y todo lo que sea eliminarlo no hay dinero que lo compense.

   Los copropietarios de la noria, como es tradición, han plantado en el círculo exterior del pozo tres esquejes de higuera que, cuando se conviertan en árboles frondosos, den sombra a las acémilas –generalmente mulos o asnos- que darán vueltas sin cesar para accionar la noria. Cada vez que el animal se pare –lo que indefectiblemente hará de vez en cuando- el regante lo advertirá al disminuir el volumen de agua, lo que le obligará a acercarse a la noria para azuzar al animal o, si lo tiene debidamente amaestrado, enviará a su perro para que ladre a la acémila o haga la intención de morderle. El llumero, como no tiene mulo, ha apalabrado que, cuando le toque regar, será el primo Silvestret quien se encargue de hacerlo. Y así acaba la historia de la noria que bien pronto olvida Zaca, pues la agricultura no se ha hecho para él. Lo suyo es el estudio y, como en ese apartado cumple, cuando llega junio y va a examinarse al instituto, aprueba todas las asignaturas de segundo de bachillerato. El chico no se siente ni medio bachiller, pero su ego se ha ido afianzando con lo que cada vez es más introvertido y menos sociable, cree más en el mundo de los libros que en el real, es más teórico que pragmático y, sin saberlo, quizá se prepara ¿para qué?, ¿para ser toda su vida un libro cerrado?    

   En diciembre las Cortes aprueban la Constitución de la II República española, de lo que el chico se entera, ¡cómo no!, en la tertulia del Pincho, en la que don José Gauchía completa la noticia.

   -Al día siguiente de aprobar la Constitución, las Cortes eligieron al primer presidente de la República en la persona de don Niceto Alcalá-Zamora. Un político y abogado que ocupó varios ministerios durante el reinado de Alfonso XIII, y que fue el primer presidente del Gobierno provisional. Fue siempre un liberal, pero ahora estaba con Maura en la Derecha Liberal Republicana.

   Como la curiosidad del chico permanece intacta, y no sabe qué es la tan comentada Constitución, para qué sirve, y de qué va, recurre a su particular mentor, mosén Florencio.

   -Mosén, me gustaría que me explicara algo de la Constitución que acaban de aprobar las Cortes. En la terraza del Pincho no se habla de otra cosa y hasta padre al que, como le conté, no le gusta hablar de política le he oído comentar algo.

   -Estaré encantado de explicártela, pero antes he de leérmela, cosa que todavía no he podido hacer.

   Puesto que pasan los días y el vicario no ha vuelto a mentar ni palabra sobre la Constitución, una tarde que la lección de religión se la ha ventilado el chaval en un abrir y cerrar de ojos, le recuerda al vicario que le prometió hablarle de la tan mentada ley.

   -Es que todavía no la he leído. La Secretaría del obispado nos prometió que enviaría a todas las parroquias un ejemplar, pero hasta el momento no ha llegado. De todas formas, lo que puedo hacer es explicarte alguna generalidad. Por ejemplo que es la ley fundamental del estado. En otras palabras, es la ley de leyes, pues todas derivan de ella.

   -¿Da lo mismo que sea un reino o una república?

   -Lo mismo.

   -¿Y todo el mundo ha de obedecerla, sea de derechas o de izquierdas?

   -Todos, sean de la ideología que sean, y da igual que sea el Rey, el Presidente de la república o el último de los ciudadanos.

   Zaca se conforma con la explicación del mosén y le parece que ya no necesita más aclaraciones, pues estas noticias no tienen interés para él que ya ha asumido que ahora vive en una república, aunque en el pueblo apenas se nota el cambio, pues todo sigue igual como cuando mandaba el Rey. O sea, piensa el chaval, “que el cambio ha consistido en cambiar de bandera y de himno, para eso podrían haberse evitado todo el follón que montaron.” Y una vez más, llega a la conclusión de que la gente mayor en ocasiones se comporta como si fueran críos.

   Para Zaca el nuevo año de 1932 ha tenido una  variación en su rutina cotidiana: ha comenzado a practicar deporte, algo que, dadas sus nulas aptitudes físicas no es que no lo haya hecho, es que ni siquiera lo ha intentado. A él le hubiese gustado jugar a fútbol en el equipo juvenil local, pero como es consciente de que no tiene ninguna posibilidad, elige el deporte que tiene más cerca y que es minoritario en el pueblo, la pelota a mano, que sí tiene un cierto auge en otras comarcas valencianas. En el pueblo se juega en el trinquete de la calle Sitchar, casi pegado al grupo escolar. Algunas tardes, después de cantar la diaria lección, se junta con otros chavales y juegan algunos partidos. Suele jugar con Manolo Mars, que también va a estudiar bachillerato por libre, y que es de los que ganan los partidos antes de jugarlos, pues sabe elegir a los mejores compañeros. Otro compañero de juego es Manolo Vinuesa, que es un as jugando de sobaquillo, técnica tan bonita como ineficaz. Y el tercero suele ser su amigo Joaquín Pifarré que, como ambidiestro, es de los que gana más veces que pierde. A pesar del interés que pone en el juego, Zaca es el que peor juega. Su falta de fondo y de habilidad corporal se traduce en muchas más derrotas que triunfos, a pesar de la voluntad que pone en las partidas. Por lo demás, su vida, tanto la académica como la social, no ha sufrido cambios: ha estudiado el segundo curso de bachillerato por libre, continúa con sus amigos de siempre y prosigue siendo tan retraído, tímido y falto de empuje como antes.

   Más allá de la monocorde vida del mayor de los Clavijo, en el plano sociopolítico el país sigue regido por el Gobierno de coalición de republicanos y socialistas, presidido por Azaña, que continúa profundizando las reformas iniciadas por el Gobierno provisional y cuyo propósito es modernizar la vida económica, social, política y cultural españolas. Aunque hay una parte de la población que parece oponerse a esa modernización, en contra de lo que desea la mayor fracción de la sociedad española.

   Tal como había pensado Zaca, la llegada de la república no ha alterado la vida de Torreblanca, aparte de que ahora en el ayuntamiento mandan los socialistas, pero por lo demás todo sigue igual, los nuevos regidores municipales son tan incompetentes como lo eran sus predecesores. Y la vida de los torreblanquinos discurre por las sendas de siempre. Los agricultores continúan con su rutinaria y penosa tarea diaria y siguen yendo del pueblo a sus campos y de estos al pueblo. La gente de los oficios abre sus talleres y obradores o se van a la obra que estén rematando ese día y, hacia las diez y media, se reúnen con sus compañeros de oficio para esmorzar, después del almuerzo prosiguen su laboreo hasta mediodía en que regresan a casa para comer, y luego seguirán trabajando por la tarde. Los empleados de las compañías foráneas realizan sus actividades habituales en sus centros de trabajo. En cuanto a los chiquillos tienen clases de mañana y tarde seis días a la semana, salvo la tarde de los jueves. Zaca también estudia seis días a la semana, mañana y tarde. Aun así se considera afortunado porque piensa que “si continúa estudiando y termina el bachillerato, aunque solo sea el elemental, lo lógico es que luego acabe realizando una de las carreras que se pueden cursar en Castellón: maestro de primeras letras, perito o profesor mercantil, o especialista de alguna de las profesiones que se enseñan en la Escuela de Artes y Oficios. Y posiblemente tendrá un porvenir mejor que si fuera labrador o desempeñara uno de los oficios o de los empleos de compañías foráneas que hay en el pueblo. Incluso tendrá mejor porvenir que si trabajara en un banco, como en algún momento pretendió padre, o terminase siendo cura, como intentó mosén Fumadó.

   El invierno está en su última etapa, cuando el muchacho pilla un resfriado común, los síntomas parecen evidentes: comienza con estornudos y congestión nasal, sigue con moqueo y dolor de garganta, luego con una tos cavernosa y lagrimeo, y acaba con décimas de fiebre, que pronto se convierten en algo más. La primera semana, madre no le ha dado mayor importancia al catarro, sabe mejor que nadie lo endeble que es la salud de su hijo mayor, cuya constitución es frágil y encima continúa siendo un fetiller al que para que coma hay que armarse de paciencia y soltar algún que otro reniego. Pese a que la congestión nasal y el dolor de garganta le dificultan estudiar, el chaval sigue haciéndolo y continúa yendo todas las tardes a clase. Hasta que uno de esos días, don Domingo le aconseja:

   -Dile a tus padres de mi parte que debes cuidarte ese resfriado. Lo mejor será que estés unos días en cama y que te den leche con miel y un chorrito de coñac, que eso es mano de santo para los catarros.

   Madre, de la receta del maestro solo tiene en cuenta lo de meterle en la cama y lo que hace es llamar al médico con el que tienen la iguala,  don Eulogio Ripollés, en quien tiene una fe ciega, pues tiene fama bien ganada de tener un agudo ojo clínico. Es más, algunas personas piensan que al galeno el pueblo le viene pequeño, pues en su juventud ejerció la medicina en un trasatlántico lo que le dio una pátina de savoir faire traducida en su facilidad y destreza para desenvolverse en los más variados ambientes. La gente dice de él que si se fuera a una ciudad llegaría fácilmente a ser famoso, dado que talento no le falta, pues es hombre polifacético: pinta –un cuadro suyo de “La última cena” decora la iglesia parroquial-, sabe idiomas, juega al ajedrez y es radiestesista –descubrió un potente manantial  en el Prat que luego hubo que taponar, pues el agua era salitrosa-. El galeno, tras hacer la ronda diaria de los pacientes encamados en sus domicilios, llega al atardecer a la Fábrica. Toma el pulso al chico, le pone el termómetro y le ausculta los pulmones. Mueve la cabeza y parece preocupado. Madre, que es quien le acompaña, intuye que el gesto no anuncia buenas noticias.

   -Rosario, ¿cuántos días lleva así el chico?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 36, de la novela “El masover”, titulado: Tete, no te mueras (1