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viernes, 21 de agosto de 2020

Libro II. Episodio 54. Tendrías que ir como un pincel

   Julio está aprendiendo a marchas forzadas cómo tratar a los clientes, para lo que recuerda las lecciones que le dio el brigada Carbonero. Con las mujeres charla, bromea y hasta les echa algún que otro piropo si viene al caso. Con los hombres es más parco en el decir, suele limitarse a alabar la calidad de la mercancía e indicar el precio. Tiene un problema con la inveterada costumbre del regateo pues le hace perder mucho tiempo. Ha optado que cuando hay un tropel de compradores que atender a la vez no regatea, se circunscribe a decir el precio y se mantiene en el mismo. Si los clientes son pocos se permite regatear. También está aprendiendo la técnica de las ofertas de tres por dos en determinados artículos, así como la venta de saldos o de ofertar un determinado producto a un precio concreto, generalmente rebajado, hasta el fin de las existencias, aunque dentro del carro tenga más mercancía. Todas esas artimañas de vendedor es lo que le está contando a su madre, además de otras cuestiones de las que no le había hablado como la de que hay noches que duerme en el carro, aunque no le ha dicho que al Bisojo le cobra la pernoctación.

   -Lo de dormir en el carro para ahorrarte unas pesetas no me parece mal, pero ahora que vamos de cara al invierno espero que no lo sigas haciendo, puedes pasar frío y si te acatarras vas a perder más que lo ahorrado.

   -Lo tengo previsto, madre. En cuanto caiga la primera escarcha se acabó lo de dormir en el carro. A lo que todavía no le encontré remedio es qué hacer cuando se me agolpan muchos clientes, hay veces que en cuanto llego ni tengo tiempo de exponer toda la mercancía.

   Doña Pilar se queda pensativa y al cabo de un breve lapso le cuenta lo que se le acaba de ocurrir.

   -Cuando se agolpen muchos compradores, sin que hayas podido exponer toda la mercancía,

lo que podrías hacer, antes de montar el chiringuito, es poner unos carteles en los que enumeres los principales artículos que llevas. Tendría que ser de lo primero que hicieras, así la gente tendrá la información que en esos momentos de tumulto tú no puedes ofrecerles de palabra.

   -Me parece una estupenda idea, y se me ocurre donde ponerlos, en los adrales del carro que así los verá todo el mundo. Aunque lo de los carteles tiene un pero: la mayoría de la gente es analfabeta, sobre todo las mujeres.

   -Es verdad, no había caído en eso… –y, tras una pequeña pausa, Pilar sugiere-. Podrías remediarlo en parte poniendo en cada cartel dibujos que representaran, más o menos, los artículos que enumeras en el anuncio. Por cierto, una curiosidad que nunca me acuerdo de preguntarte: teniendo en cuenta lo mal que habla el castellano la mayoría de la gente de pueblo, ¿no les debe parecer tu habla muy redicha?

   Julio suelta una carcajada como si acabaran de contarle un chiste de lo más gracioso.

   -Madre, si oyeras hablar a tu hijo con la gente de los pueblos te harías cruces. A la mayoría de los clientes, salvo excepciones, les hablo en lenguaje pueblerino: les llamo chacho o prenda cada dos por tres, digo lo de no hay na de na y pa que, suelto un mecagondié cuando se tercia, llamo cacharros a los envases y me como las des de los participios. O sea, que de redicho na.

   A principios de septiembre, vuelve a visitar a doña Pilar la señora viuda de Manzano y trae con ella a la menor de sus hijas, Julia, que cumplirá diez años a lo largo del curso 1892-93. Soledad vuelve a plantear a la maestra que quiere que su hija estudie el bachillerato, y que como en la ciudad vive su hermana mayor, Consuelo, podrá quedarse en su casa.

   -…. y me han asegurao que usté es la que mejor prepara a los chicos que estudian por libre. Y no sé si se acordará, pero la otra vez que estuve con usté me aseguró que la niña servía pa estudiar.

   Doña Pilar se acuerda de la niña que, pese a sus nueve años, apunta ya una precoz pubertad. La pequeña no ha abierto la boca, solo mira con curiosidad y algo de recelo a la maestra que termina aceptándola como alumna. Pilar le da a la madre una lista con los libros de texto que debe comprar, y se despiden sin que ninguna de ambas haga la menor alusión al hecho de que sus hijos mantuvieron una apasionada relación. En cuanto comienza el curso, rápidamente la maestra se da cuenta que Julia Manzano es especial por varios motivos: es la única chica entre sus alumnos, es hermana de la que fue el gran amor de su hijo y también la que le plantea mayores problemas como alumna. Esta chiquilla es un diamante en bruto, se dice, pero me va a costar pulirla, sí es que lo consigo. Cuando está enseñando a los futuros bachilleres, hay días que Pilar piensa que tres trabajos al tiempo son muchos, pero quiere comprarse una casa en la ciudad y para eso necesita sumar ingresos. Se ha prometido que en cuanto alcance la cifra necesaria, al menos uno de los quehaceres lo dejará.

   En noviembre ocurre algo imprevisto: al Bisojo se le ha agravado la artritis reumatoide que padece. Se le han inflamado las membranas sinoviales, especialmente de los dedos de las manos, y ha quedado imposibilitado para atender a los clientes. El tío Elías cuenta a Julio lo que le está pasando y que, como su mujer también está pachucha, el mañego tendrá que ponerse al frente de la tienda. Julio no pone ningún reparo, al contrario recibe complacido la nueva, pues así se ahorrará transitar por los embarrados caminos del norte cacereño. En cuanto llega a casa le cuenta a su madre el cambio y que, además, el Bisojo le subirá la comisión dos puntos.

   -Lo siento por el señor Elías, pero me alegro por ti. Ahora que ha empezado el mal tiempo estarás mejor detrás de un mostrador que en el pescante del carro –comenta doña Pilar-. ¿Y cuánto tiempo va a estar de baja?

   -El médico ha dicho que le ha dado un brote muy fuerte; calcula que tiene para varias semanas.

   -Si vas a estar en la tienda se me ocurre que igual tienes que comprarte una bata. El señor Elías lleva siempre una. Supongo que lo hace para no ensuciarse la ropa, pues en la tienda debe haber productos y líquidos con los que ha de ser fácil mancharse.

   -No pienso llevar ninguna bata, madre.

   -Lo que quieras, hijo, ya tienes edad más que suficiente para decidir por tu cuenta.

   Y así comienza una nueva etapa en la vida laboral de Julio Carreño. El cambio es más profundo de lo que esperaba. Ni vende los mismos artículos que antes, ni los compradores tienen el mismo talante, ni la mayoría de procedimientos que empleaba le sirven en el ambiente urbano en que ahora se desenvuelve. Uno de los primeros cambios que constata es que no puede vender medicamentos, solo productos herbarios, dietéticos y homeopáticos, pues en Plasencia hay varias boticas. También ha debido olvidarse de usar el dialecto extremeño, ya que generalmente en la ciudad la gente habla bien el castellano. Otro aspecto que ha tenido que modificar es su vestimenta, aunque la idea no ha sido suya. A los dos días de su estreno como tendero, al llegar a casa encuentra a su madre planchándole una camisa.

   -Hoy es jueves, madre, ¿por qué me planchas la camisa de los domingos?

   -Porque es la que deberías ponerte mañana, no tendrías que ir a la tienda llevando camisas con los puños deshilachados y esa vieja chaqueta de pana. Eso podía servir para ir por los pueblos, pero no vale para la ciudad.

   -Madre, no soy el señor juez, ni el notario, ni un médico, soy un simple tendero y no creo que la gente compre o deje de comprar porque vaya vestido de una u otra forma. Y tú que tan aficionada eres a citar refranes te recuerdo aquél que dice: el hábito no hace al monje.

   -Bien, hijico, pero ya que vamos de refranes te recuerdo otro: dime cómo vistes y te diré quién eres. Si vas a la tienda hecho un zarrapastroso, los clientes pensarán que no eres más que un pobre empleado que no gana ni para ir vestido decentemente. Y no te respetarán. En cambio, si vistes bien la gente pensará que eres algo más que un empleaducho y te tratará con mayor respeto. Puedes hacer lo que quieras que ya eres mayorcito, pero lo que yo haría a partir de mañana sería presentarme en la droguería hecho un pincel.

   -O sea, que hecho un pincel, eh. Madre, soy yo quien decide cómo ir vestido.

   -¡Por Dios, Julio!, no te pongas en plan de adolescente rebelde. Es cierto que tienes edad para decidir si ir vestido correctamente o como un gañán. Tú mismo.

   Al mañego lo del tú mismo le da que pensar. Es consciente de que a veces su madre se pasa un trecho dando consejos, pero recapacita pues sabe que sus recomendaciones suelen ser atinadas, por lo que agacha las orejas y da por concluido el diálogo. Sin embargo, al día siguiente se esmera en vestirse, se pone la camisa que su madre planchó el día anterior, cambia su raída chaqueta de pana por otra más presentable y hasta llega a abrillantarse los zapatos, aunque sigue irritado. Se distiende su ceño cuando ve que tiene carta de Chimo Puig. El morellano le cuenta una noticia inesperada: ha dejado de trabajar para Carbonero. Resulta que el brigada descubrió que, a sus espaldas, vendía más artículos que los de bisutería. Su reacción fue fulminante: le despidió al instante. Pero Chimo no se arredró, se puso en contacto con un mayorista de bisutería de Barcelona, alquiló un viejo chiscón y ahora lo está adecentando para abrir su propia tienda de bisutería y suvenires. Julio siente envidia por la capacidad de iniciativa que demuestra su amigo. Algún día debería hacer lo mismo.

   El mañego aprende rápido, y pronto se adapta al nuevo horario. Abre la droguería a las nueve de la mañana hasta las catorce en que vuelve a casa a almorzar, comida que prepara la criada que han tenido que buscar y que además les limpia la casa. A las cuatro de la tarde regresa a la tienda hasta las ocho, hora en que cierra, pero casi todos los días se queda más tiempo, pues hay que cuadrar caja y reponer los artículos que se han agotado. Y así, de lunes a sábado. Solo le quedan libres los domingos, en los que no sabe qué hacer.

   Tendré que buscarme algo para entretenerme los domingos, piensa.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 55. La revelación de los márgenes

jueves, 25 de junio de 2020

Libro I. Episodio 45. Una carta escueta, directa y diáfana


   Tras la petición de matrimonio de Luis que, tras unos fingidos melindres, Consuelo acepta, la joven escribe a Julio. El mañego ya estaba escamado pues las cartas de su novia han disminuido notablemente y, sobre todo, por la ausencia de un tono más cariñoso y apasionado, pero lo achacaba a que el paso del tiempo tenía que influir necesariamente en la relación. Pese a ello nunca le pasó por la mente que pudiera recibir una carta como aquella: escueta, directa y diáfana.
                                                                             -I-
   Malpartida, 20 de noviembre de 1890.
   Estimado Julio: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, la mía bien (a.D.g.)
   Me ha costado mucho decidirme a escribir estas letras porque tú siempre te has portado bien conmigo, pero he creído que era lo mejor para los dos. No puedo seguir guardando tu ausencia, lo de llevar una vida de monja de clausura no va conmigo y te lo tengo que hacer saber. Hasta ahora no te he faltado al respeto, pero no aguanto ni un día más, y cuando pienso que todavía te faltan dos años de mili me descompongo. Por eso lo mejor es que rompamos nuestra relación y cada cual que vaya por su lado y quede liberado de guardar la ausencia del otro.
   Te doy las gracias por los buenos momentos que me has hecho pasar y siento que acabemos así, pero la vida es muy corta y una espera tan larga se me hace insoportable.
   Tu amiga, que te sigue apreciando, y que lo es,
                                                                  Consuelo Manzano
   El breve texto es como un mazazo para Julio. Jamás pudo pensar que Consuelo, la mujer de su vida, le hiciera lo que acaba de leer: romper el noviazgo. Intenta buscar argumentos que justifiquen el escrito. Quizá su madre le ha vuelto a presionar para que se case con un pretendiente con posibles. Quizá ha escrito la carta en un momento en que se haya sentido deprimida. Quizá ha tenido un mal día, quizá… Los quizás se amontonan en su cabeza, pero el texto más diáfano no puede ser. Cuando se serena, vuelve a releer la carta, párrafo a párrafo, línea a línea. El encabezamiento ya es para ponerle en guardia, es la primera vez que le trata de estimado, y  así no se trata a un novio. Es positiva la declaración de que le ha costado mucho escribirla…; sí, pero al final la ha escrito, se dice. Lo de que es mejor para los dos, ¿cómo se explica?, porque él se ha quedado destrozado. ¿Será mejor para ella porque tiene otro pretendiente en cartera?, ¿pero quién?, porque a todos los mozos de casas ricas del pueblo ya los rechazó. Lo de que no puede guardar la ausencia lo entiende, tampoco él ha sido ejemplar en ese sentido. Lo de que hasta ahora no le ha faltado al respeto puede significar que hasta el momento no ha salido con otros…, pero lo de que no aguanta ni un día más tiene muy mala pinta; puede deducirse que a partir de ahora se comportará como cualquier moza en edad de merecer. Y lo de que rompamos la relación, y cada uno a su aire, no admite otra interpretación que la literal. El que le dé las gracias por los buenos momentos le hace remontar el ánimo. Es posible que no todo esté perdido, aunque la despedida no es propia de una novia…, pero si continúa considerándose amiga es posible que…
   El primer impulso de Julio es coger pluma y papel para contestar a su novia, pues la sigue considerando como tal, y pedirle explicaciones…, pero reflexiona y opta por no precipitarse. Lo deja para el día siguiente. No sabe qué hacer, ni siquiera si escribirle. Podría contárselo a alguien y que le aconsejara. Esa idea le hace descubrir que solo tiene un amigo con quien compartir sus cuitas, Chimo Puig. Se va a buscar al valenciano. En la estafeta le indican que está repartiendo y que posiblemente no vuelva hasta mediodía. Deja el recado de que le está buscando. Luego va a caballería porque es donde Chimo come habitualmente. Allí lo encuentra.
   -Carreño, me han dicho que me buscabas.
   -Tengo que hablar contigo, Chimo, pero aquí no. Al terminar te invito a café en la taberna del paseo y hablamos.
   En la tasca, Julio le cuenta a su amigo lo de la carta de Consuelo. Cuando le pregunta qué le aconseja, el morellano vacila.
   -Macho, no has buscado al mejor confesor. De asuntos de faldas estoy más verde que tú. No sé qué decirte.
   -¡Coño, Chimo, algo podrás aconsejarme! –exclama Julio con un punto de enfado.
   -No te enfades conmigo. Te he dicho la verdad, las mujeres son un misterio para mí…, pero puestos a decir algo… Veamos, lo que sabes es únicamente lo que te ha escrito tu chica, ¿no? Creo que lo primero que deberías hacer es informarte por otro conducto de la clase de vida que está llevando Consuelo en el pueblo. Alguien conocerás allí que te podrá informar.
   -Conocer a fondo solo conozco a Carolina y a su marido Argimiro, pero son más amigos de Consuelo que míos, y no estoy seguro de que vayan a contarme la verdad.  
   -¿Y no conoces a nadie más?, haz memoria.
   -Bueno…, aunque no vive en Malpartida, podría escribir a mi madre. Es posible que pueda enterarse de lo que ocurre y ella si me dirá la verdad, aunque me duela.
   -Pues ya estás tardando. Escribe a tu madre y pídele que se entere de lo que pasa con tu novia y que no te oculte nada, aunque no vaya a gustarte.
   El mañego escribe a su madre pidiéndole que pregunte qué pasa con Consuelo, incluso le adjunta una copia de la carta de la chinata que ha pasado a máquina. Le suplica que le responda por correo urgente porque está en un sinvivir. Y por consejo de Chimo decide no responder a Consuelo hasta que no llegue la carta de su madre.
   A todo eso, 1890 está dando sus últimos coletazos. Y dos semanas antes del fin de año ocurre un hecho que deja consternados al personal que trabaja en Capitanía. Una mañana, cerca del barrio de Es Terreno, unos chavales encuentran a una persona muerta. La policía pronto identifica el cadáver, se trata de un tal Francesc Colom que trabajaba como conductor de un carruaje de alquiler, un simón. Ha sido degollado. Hay un gran revuelo en la ciudad porque es el tercer cochero asaltado en los últimos meses. Como pasan varias jornadas sin que la policía palmesana pueda dar con el asesino, la prensa local redobla las acusaciones de que la inseguridad puede convertirse en el mayor enemigo del naciente turismo. Para calmar a la población el Ministerio de Gobernación envía a un famoso comisario de Madrid para que se ponga al frente de la investigación. Sea por eso o porque una vecina informa que el día de autos vio subir al simón a un militar, el presunto asesino es rápidamente arrestado, que resulta ser el soldado de segunda, José Marzá, más conocido en Capitanía como Pepe el Pelos pues trabaja allí de peluquero. Marzá confiesa a las primeras de cambio. Estaba saliendo con una extranjera y no tenía dinero para invitarla por lo que pensó en asaltar a uno de los conductores de simones que se alquilaban para pasear por la ciudad. Escogió uno al azar y le pidió que le llevara a un lugar apartado. Al llegar amenazó al cochero, con un cuchillo robado de la cocina del cuartel de caballería, para que le entregara la recaudación. No pretendía herirle y mucho menos matarle, pero el conductor se resistió y en el forcejeo le clavó el cuchillo en el cuello seccionándole la carótida con lo que la muerte fue casi instantánea. El homicida escapó del lugar llevándose el botín, diecisiete pesetas.
   La prensa exige un castigo ejemplar para que no se vuelvan a repetir casos así. Al tratarse de un soldado, la justicia militar toma cartas en el asunto y exige hacerse cargo del caso. Se origina una pugna entre el poder civil y el militar. El forcejeo dura algún tiempo hasta que interviene el gobierno de la nación. El Presidente del Consejo de Ministros, a la sazón don Antonio Cánovas del Castillo, resuelve que sean los militares los que juzguen a uno de los suyos.
   De pronto, aquel remanso de tranquilidad que era la Secretaría de Justicia se transforma en un lugar de nerviosa actividad puesto que el caso le compete de lleno. Ninguno de los soldados de la Secretaría interviene en los interrogatorios a que s sometido el presunto asesino, pero sí que tienen que pasar a máquina dichas declaraciones. En cuanto termina la instrucción se pasa a la fase oral con el nombramiento del tribunal militar que tendrá que juzgarle. Un teniente es designado acusador y otro teniente, también del cuerpo jurídico del ejército, es nombrado defensor del acusado. El tribunal lo componen el presidente, cuatro vocales y un secretario relator, el capitán Echevarría. El juicio es rápido, pues apenas si comparecen testigos: la vecindona que le vio subir al simón, los compañeros del fallecido que corroboran que el día de autos el cochero hizo un par de carreras, los chicos que encontraron el cadáver y los policías que le detuvieron. El defensor hace subir al estrado a algunos compañeros de destino de Marzá para que atestigüen que el presunto asesino es buena persona, al sargento de la compañía de destinos para que ratifica que el encausado no tiene ninguna falta en su expediente militar y poco más.
   Desde el primer momento todo el mundo tuvo la impresión de que el proceso pintaba mal para el pobre Marzá, pues la prensa local seguía exigiendo un castigo ejemplar. Entre los compañeros del reo la opinión generalizada es que el Pelos nunca tuvo intención de asesinar al cochero, pero ese parecer no contaba para el tribunal. El resultado es más duro de lo que sus compañeros esperaban. La corte encuentra al acusado culpable de asesinato en primer grado con las agravantes de nocturnidad y premeditación y, algo realmente esperpéntico, de robar propiedades del ejército, el arma del crimen. Cuando se hace pública la sentencia, los guripas de Capitanía quedan consternados pues su compañero ha sido condenado a ser pasado por las armas por diecisiete cochinas pesetas.
   Y con todo lo que está ocurriendo, Julio solo puede pensar en la carta escueta, directa y diáfana que le ha enviado Consuelo.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
46. Metáforas