Sisca y Zaca no han vuelto a tener unas sensaciones cómo en la tarde del picnic, pero no las han olvidado. Al contrario, las mantienen vívidas aunque no hablan de ellas. Una suerte de pudor y cierta vergüenza son las causas de que no lo hagan, pero a veces y en los momentos más inesperados, cuando sus miradas se cruzan, una suerte de corriente telepática fluye entre ambos y la tarde del picnic vuelve a sus mentes.
Más allá de las sensaciones de los adolescentes, la vida en el Canònge sigue su habitual desarrollo. Agosto se está revelando como un mes magnífico para los intereses del Mas y sus asociados. Las ventas en el mercat del dilluns, no solo se han consolidado, sino que se han incrementado significativamente. Además de la población capitalina, los masoveros han detectado que tienen nuevos clientes de populosas localidades contiguas a la ciudad, como Villarreal de los Infantes, Burriana, La Vall d'Uixó, Almazora, Onda o Nules. Incluso les llegan compradores que están veraneando en la vecina Villas de Benicásim. El boca-oído ha funcionado, así como la publicidad que sigue emitiendo Radio Castellón, y comprar los lunes en el puesto de Los Masos de la Plana Alta se ha puesto de moda. El público se ha convencido que los productos de las masías son más naturales, más sanos y de mayor calidad que los de los pueblos agrícolas que rodean Castellón y, encima, sus precios son razonablemente asequibles. Además, ahora venden más productos, entre otros, las cocas y el pa d´oli del Mas de Besana y las conservas caseras de las masías y de la madre de Zaca. Y se han sacado la licencia de carnicería y, además de pollos y conejos, venden carne de reses, especialmente de cabritos, lechales y cochinillos. La consecuencia de unas mayores ventas es que los ingresos se han multiplicado. Y como del dinero que entra en caja, una parte se queda en las arcas del Canònge, pero otra hay que distribuirlo entre los masos asociados, las cuentas se han complicado demasiado para los conocimientos de Julia. Para llevar la nueva y compleja contabilidad, a la abuela no le ha quedado otra que recurrir a quien tiene más a mano.
-Bachiller, tendrás que echarme una mano en la contabilidad de Los Masos de la Plana Alta.
-Lo que usted mande, señora Julia –aunque el tratamiento sigue sin gustarle, ante la tozudez del muchacho en mantenerlo, Julia ha terminado aceptándolo-. Sabe que me tiene a su disposición para lo que quiera.
Zaca ya conoce las cantidades de las ventas de cada lunes, pues realmente es él quien lleva esa cuenta, pero en cuanto Julia le pasa las cifras de lo que aportan los demás masos, Zaca se siente abrumado ante el cúmulo de guarismos, pues ha de valorar los gastos generales incluido transporte, retribución de las vendedoras, coste de permisos municipales, los ingresos brutos, el porcentaje que hay que reportar a los socios, el valor de los productos que no se han vendido y que hay que descontar de lo asignado a cada mas, y los gastos imprevistos. Se da cuenta que la nueva contabilidad le supera, que no tiene los conocimientos suficientes para lidiar con ella. Pero su orgullo le impide decírselo a Julia. Busca encontrar alguien que le dé un curso rápido de contabilidad, en quien primero piensa es en sus maestros del pueblo, pero duda que estén capacitados, pues ni don José ni don Domingo son buenos en matemáticas. Tras mucho cavilar, se le ocurre que, dado el aislamiento de la masía, la solución a sus limitaciones contables solo la encontrará en los libros. El siguiente lunes se acerca a la librería de Armengot y pide manuales sobre contabilidad. Le muestran los que hay, y los va hojeando hasta que encuentra uno que se adapta a sus conocimientos matemáticos. Aprende que las reglas básicas de la contabilidad incluyen la partida doble, la identificación de activos, pasivos y el patrimonio neto, y el registro de ingresos y gastos. Además de estas reglas, también estudia los principios de contabilidad, generalmente aceptados, que son un conjunto de normas generales que sirven de guía contable para formular criterios referidos a la medición del patrimonio y a la información de los elementos patrimoniales y económicos de un ente. Tras invertir muchas horas de estudio, a medida que va desentrañando los conocimientos contables, comienza a verse capacitado para sacar adelante la nueva contabilidad. La primera vez que presenta a Julia el balance provisional del último lunes de ventas, suspira aliviado al darse cuenta de que la abuela no entiende ni la mitad de las partidas que figuran en el cómputo general. Lo que significa que, aunque se equivoque en alguna partida, tendrá tiempo para solucionarlo, pues Julia no se va a enterar.
-Bachiller –como lo necesita, Julia no ha vuelto a llamarle por su gentilicio-, menos mal que estás tú. Si no te tuviéramos, tendría que haber contratado a un contable porque estas cuentas confieso que me sobrepasan. Y contratar un contable de fuera del Mas habría sido una gran complicación. Ah, y como el que trabaja más horas, ha de ganar más, a partir de ahora, y a cuenta de Los Masos de La Plana Alta, te vamos a dar otros veinte duros más a la semana por llevar la contabilidad.
El muchacho recibe la noticia del aumento de sueldo con evidente satisfacción y, como ha ganado en aplomo y audacia, plantea a Julia una duda que acaba de surgirle.
-Gracias, señora Julia. Una pregunta: ¿esos veinte duros son además de las veinticinco pesetas que me da por mi trabajo en el mercat del dilluns?
-Claro, claro. Ahora ganarás veinticinco duros por semana. No está nada mal para un chaval de trece años, eh.
Zaca, en un impulso repentino, decide ser más atrevido y vender mejor su papel de contable. Y lanza una pega a modo de contraoferta para ver cómo responde la abuela.
-Tiene razón, señora Julia. Aunque teniendo en cuenta que empleo como mínimo unas veinte horas semanales para cuadrar la contabilidad de los masos, cada hora me saldrá a poco más de seis pesetas. Tampoco es tanto.
-La leche que te dieron, Bachiller. ¿Me estás toreando? Mucho te has despabilado tú. Dejémoslo en total de treinta duros mes y no estires más la cuerda, no vaya a romperse –avisa Julia un tanto mosca.
Zaca decide mostrarse humilde, no sea que, por pasarse de listo, termine fastidiando lo que, para él, es un triunfo en toda regla.
-Ni en un millón de años, señora Julia, me atrevería a hacer o decir algo que pudiera molestarla. Si lo he hecho, ha sido sin darme cuenta, y le pido mil perdones por ello –Zaca está aprendiendo a ser hipócrita, pues lo de que lo ha hecho sin darse cuenta es una mentira como una catedral.
El torreblanquí ha encontrado en el Canònge una verdadera mina que le va a hacer de oro. Hace cuentas: “A este paso voy a terminar ganando más que padre, pues 150 pesetas semanales suponen unas 600 al mes, más las 360 que gano dando clase a los masoverets suponen novecientas sesenta pesetas mensuales. Unos ingresos de cerca de mil pesetas al mes, posiblemente no hay nadie en el pueblo que los gane, ni los médicos. Prácticamente, voy a ganar en un mes lo que padre necesita para pagar mis maestros el curso entero y, además, incrementaré el calcetín para poder comprar una casa o, al menos, un solar en el que construirla. Y lo voy a conseguir solito, sin ayuda de nadie. ¡Es la repera!”. De pronto, se da cuenta de algo que deshace su euforia. Acaba de darse cuenta que está haciendo las cuentas de la lechera de la fábula. Está calculando los ingresos sobre la base de un mes que será el primero y último en el que se dé esa abundancia de panes y peces, porque el uno de septiembre dejará el Canònge y los duros que le proporcionan Los Masos de la Plana Alta y los dineros de la escuela de los masoveros se acabarán. Y el sueño de hacerse de oro terminará siendo solo eso, un sueño. Ha anticipado los resultados de una situación que aún no se ha materializado, sin considerar que el cántaro puede romperse y perderlo todo. Esboza una sonrisa irónica dirigida a su fantasía. “¡Maldita sea mi estampa! ¿Por qué me tiene que pasar esto? Ahora que me iba tan bien”. Se queda desconsolado. Ha sido como soñar despierto, que es tanto como ser un iluso. “¡Qué cruel es la realidad!”, se dice. También podría haber echado mano del refranero y decir aquello de: Mi gozo en un pozo.
Agosto va discurriendo día a día con la calorina de costumbre. Ha entrado en su tercera semana y a Zaca el tiempo, como si en líquido se hubiese convertido, parece que se le escurra entre los dedos. Siente que, cuando llegue el inexorable momento de su partida, echará mucho de menos los maravillosos avatares que el negocio de Los Masos de la Plana Alta le ha proporcionado. Y no solo son las ganancias que le han reportado –que también-, sino las cavilaciones, las luchas, la superación de los obstáculos; en definitiva, todo lo que ha significado cimentar su talante y despojarle de algunos de sus muchos tabús y limitaciones. Todo eso no lo tendrá en Torreblanca y cada domingo que transcurra sin tener que prepararse para el mercat del dilluns le parecerá que es un día perdido. Podrá ir al cine, podrá jugar con sus amigos pero, entre estar sentado pasivamente en un banco del gallinero viendo una peli, o estar pelando la pava con Pifa, y recibir, almacenar y contabilizar los productos del Canònge y de los masos asociados no hay color. Y no digamos lo que es sentirse parte viva de la vorágine del mercat, al tiempo que estar pendiente de que no se escape ninguna clienta sin abonar la compra hecha. Aunque aún sentirá más tener que despedirse de sus alumnos veraniegos. Los masoverets le han mostrado tanto cariño como devoción, tanto respeto como entrega, tanta fidelidad como cercanía. Los va a añorar, a todos y a cada uno de ellos. Y, como en el caso del mercat, lo de menos será lamentarse de los ingresos que el papel de maestro le está proporcionando. Lo importante es el empujón que su ego ha recibido al constatar que vale para enseñar y que tiene la voluntad para ayudar a chicuelos que tienen la indispensable voluntad de aprender. Piensa en sus maestros del pueblo y considera que hay una distancia sideral entre sus métodos y los que él aplica. Aunque no tenga ni los estudios ni el título de magisterio, es mejor maestro que muchos de los que sí lo tienen. Toda esta panoplia de razones no logran que Zaca se engañe. En los momentos en que objetivamente bucea en su yo más íntimo, percibe que hay un tercer recuerdo, todavía más poderoso que el mercat y la escuela de los masoverets, que le perseguirá cada minuto del día: Sisca. Va a añorarla como jamás pensó que podría echar de menos a ¿una chiquilla o a una mujer? La muchacha se le ha metido en su corazón y en su cabeza y no es capaz de desahuciarla de ellos. Sus silencios, sus palabras, sus risas, el fruncimiento de sus labios, sus francas miradas, sus luminosas sonrisas, sus volubles enfados, lo que cuenta y lo que calla, lo que explicita y lo que sugiere, lo que parece ofrecer y lo que de verdad da… En una palabra, todo. Todo cuanto depara su compañía, su sola presencia es lo que va a rememorar cada segundo que marque el reloj. Esos sentimientos nunca los había sentido antaño hacia sus mujercitas de papel de las novelas. Pero ahora si los siente hacia una personilla de carne y hueso. Y eso, ni más ni menos, es lo que va a perder cuando se vuelva al pueblo. Por momentos piensa que daría gustosamente todo cuanto ha ganado en el Mas y todo lo que podría ganar con tal de retener a su lado a Sisca. “¿Será eso el amor del que hablan los poetas?”-se pregunta-. Le da igual cual sea la respuesta. Lo que vale es lo que siente y ello le lleva a recordar otra vez el aforismo de “El corazón tiene razones que la razón no comprende”, aunque no sabe que es Pascal quien lo formuló. El canijo, como le suele llamar su amigo Pifa, no solo va camino de hacerse un hombre, sino de experimentar sensaciones hasta ahora desconocidas. De tener más presente el mundo real que el imaginario. De valorar más a las personas que a los libros. De que ciertas sensaciones, más que explicarlas hay que sentirlas. Que no solo hay que escuchar lo que dice la cabeza, también hay que atender lo que dicta el corazón. De que hay que hacer menos cuentas de la lechera y atenerse más a la realidad del día a día y vivir con ello. No hay que soñar despierto, y termina aplicándose una tautología: la vida hay que vivirla, no soñarla. Pese a ello, piensa que se quedaría gustoso en el Mas si tuviese una razón para quedarse, pero no la encuentra. Sabe que el mercado de los lunes seguirá y que, cuando comience el nuevo curso, sus masoverets volverán a sus respectivas escuelas de los pueblos donde están escolarizados y se quedará sin alumnos. Por otra parte, ha de estudiar el cuarto de bachillerato y eso no puede hacerlo en el Canònge. En consecuencia, su cuento de la lechera acabará como en la fábula de Samaniego: la joven lechera, distraída por sus ambiciones, tropieza, derrama la leche y pierde todo, dejando la enseñanza de que no vale vivir de ilusiones y que hay que valorar lo que se tiene en el presente. Es lo que ha de hacer él: soñar menos y vivir la realidad más. ¡Pero es tan bonito soñar y la realidad puede ser tan cruel!
PD. El próximo martes publicaré el episodio 79 de la novela “El masover” titulado: Vísperas de que Zaca se vaya del Canònge
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