martes, 9 de diciembre de 2025

49. “El masover”. ¿El principio de un posible cambio?

    La Semana Santa de mil novecientos treinta y tres ha pasado y a Zaca, pese a su vivo deseo de tener veintitrés años, siguen faltándole diez para ser mayor de edad y adquirir la plena capacidad de obrar y poder hablar por sí mismo. Continúa siendo un adolescente que, como dice madre, se ha de conformar con lo que es: un huevo a medio cocer. Tras la celebración del domingo de Resurrección en la que, junto con sus amigos, se comió la mona de Pascua con el grupo de adolescentes que capitanea Caridad la Nevera, ha seguido atesorando experiencias sobre cómo son las jovencitas de carne y hueso, tan distintas y distantes de las mujercitas de papel que son las únicas que conoce a fondo. Está sirviéndose del hecho que su pandilla sigue reuniéndose esporádicamente con el grupo de la Nevera que se han convertido en sus amigas oficiales. Aunque tienen el mismo problema que el día de Pascua: sobra una chica o falta un chico, pues además de la China, la Potranca, la Coloretes y la Nevera, está la Masovereta, que rompe el juego de cuatro más cuatro. Paquita Villalonga sigue en Torreblanca con su madre porque continúa yendo al repaso de doña Carlota, que trata de rellenar las muchas lagunas formativas que tiene la chiquilla.

Su progreso no es muy afortunado, pues la masovera no es buena alumna, dado que asiste a las clases con escasa voluntad de aprender, y siempre que puede ni siquiera acude inventándose mil y una excusas: desde supuestos dolores de cabeza a alguna clase de indisposición o periodos especialmente dolorosos.

   En la pandilla mixta en la que milita Zaca, para solucionar la desigual paridad entre los dos sexos, los chicos han buscado un quinto amigo, pero no lo han encontrado, pues han puesto muy alto el listón de los rasgos que debería atesorar ese buscado quinto chico: ser un tío majo, tener un cierto poso cultural y, a ser posible, que no vaya a dedicarse a la agricultura. Por su parte, las chicas no han hecho nada al respecto, pues saben que la Masovereta es ave de paso y, más pronto que tarde, retornará al Mas y volverán a ser las cuatro de siempre, y cada una podrá tener su pareja masculina. La pandilla algunas veces se ha juntado en alguno de los domicilios de las chiquillas para entretenerse, donde se han enfrascado en juegos tan inocentes como el escondite, la gallinita ciega, el pañuelo o el juego de las sillas. Y en algunas ocasiones, Joaquinito Queralt ha llevado la gramola de sus padres y han organizado bailes, siempre bajo la supervisión de la madre en cuya casa se reúnen y que es la encargada de velar por la virtud de las adolescentes. En esas ocasiones, Zaca, que ha desechado definitivamente ligarse a la China por lo de la estatura de la muchacha, con quien más baila es con Paqui o Sisca, como un día la motejó, y que ha descubierto –pues la mozuela se lo contó- que es un nombre que le gusta, pues nadie más la llama así. En esos guateques caseros, chicos y chicas van conociéndose mejor y las relaciones van ahormándose, aunque por diferentes causas ninguna pareja llega a cuajar y pasar a la siguiente fase: la de salir juntos, etapa previa al noviazgo formal. Los motivos por los que el acoplamiento de las parejas no llega a consolidarse, unas veces proviene de ellas, pero en más ocasiones de las respectivas familias y las causas suelen tener un trasfondo mezquino. A Joaquín Pifarré, que con quien más baila es con Angelita, no le importaría que su relación con la resultona Potranca se formalizara, pero el padre de la muchacha –cabo de la brigada de vías y obras del ferrocarril- ha explicado a su hija que Pifa no le conviene, pues tiene un porvenir incierto y, además, no heredará ni fincas ni dinero. Algo similar ha ocurrido con la dupla Manolo-Visentica; en este caso quienes han puesto la proa a la China han sido los padres de Manolo, pues ellos tienen muchas fincas y los de la muchacha solo tienen un marjal y campos de secano que, además, en su día tendrán que repartirse ella y sus hermanos. Por eso, no le conviene. En el caso de Joaquinito Queralt, emparejado ocasionalmente con Carmina la Coloretes, el rechazo viene de sus padres -especialmente de su madre-, pues no la consideran, ni a ella ni a las demás, con la categoría social y el potencial económico suficiente para ser la pareja definitiva de su hijo. En cuanto a Zaca, sus padres no le han dicho nada sobre ennoviarse con una de sus ocasionales amigas, pero han sido sus lecturas, por un lado, y su falta de carácter por otro el motivo por el que no se ha emparejado. El chico sigue teniendo la cabeza llena de imágenes y relatos de las mujercitas de papel de novelas y revistas, y al lado de esas doncellas maravillosas en todos los sentidos las de carne y hueso desmerecen muchísimo. Y, desde luego, ni por asomo se le ocurre emparejarse con la chicuela con la que más baila, Paquita la Masovera, que está a años luz de las protagonistas de las novelas.

   A mediados de la primavera, Zaca enferma. Al principio, y vistos los síntomas: tiene tos persistente, fiebre, le duele el pecho y ha perdido peso y apetito, el médico se pone en lo peor y teme que pueda ser tisis. Es oírlo y a Rosario se le abren las carnes, ya que es una de las enfermedades que más bajas causa en la empobrecida España de los años treinta.

    -¡Qué Dios nos ampare. Mi Zaquita tísico! Si es que no puede ser sano estudiar tanto. Todo el santo día pegado a los libros no puede llevar más que a ponerse malo. ¿Se va a morir, don Eulogio?

   -No te pongas en lo peor, mujer. Es una primera impresión. Dejemos pasar unos días y a ver como evoluciona. Mientras tanto, le voy a recetar unas pastillas, aspirina para bajarle la fiebre y eliminar los dolores. Que coma carnes magras, pescado y que beba leche. Y varias veces al día le haces beber té.

   -Huy, don Eulogio, el té no puede ni verlo.

   -Si no lo traga, le das más leche. Toda la que pueda beber. Por si fuese tisis, mejor que no reciba visitas, ni siquiera de sus hermanos, es muy contagiosa -Poco más de cuarenta y ocho horas es lo que tarda el galeno en cambiar su diagnóstico inicial.

   -Rosario, creo que hemos tenido suerte. Afortunadamente, no es un principio de tuberculosis sino una recaída de la neumonía que tuvo el pasado marzo y la hemos cogido a tiempo. Que siga con las pastillas, las aspirinas y mantén la dieta que prescribí. Ah, nada de alcohol y, si ha comenzado a fumar, prohibido el tabaco.

   -¿Y podrá seguir estudiando, doctor?

   -En cuanto respire mejor por supuesto, pero hasta dentro de quince o veinte días de forma moderada, y en cuanto note el primer indicio de fatiga, descanso y a la cama.

    En junio Zaca ha mejorado lo suficiente para examinarse de tercero de bachillerato. Pese a sus problemas de salud, aprueba todas las asignaturas, ante la satisfacción y orgullo de su familia que ya le ven bachiller. Y cuando comienza a pensar en las vacaciones veraniegas y en los mil proyectos que tiene para pasárselo bien, ocurre algo que echa por tierra sus planes, y es el posible inicio de un cambio que, según cómo evolucione, podría suponer un giro radical en el rumbo de su vida. En la ecuación de ese “algo”, raíz del posible cambio sustancial en la biografía de Zaca,  juegan dos factores diferentes, pero que se retroalimentan. Uno viene del pasado reciente: sus problemas de salud, afortunadamente en vía de resolución, y sobre los que don Eulogio ha dicho que al chico le vendría bien pasar una temporada en un lugar con un clima  seco, pues el del pueblo, por su relativa cercanía al mar, suele tener un alto grado de humedad. Como ha ocurrido otras veces, el hecho de no estar bien repercute en su falta de apetito, lo que añade otro elemento de riesgo para su salud. El otro factor causante de ese “algo”, que puede cambiar la vida de Zaca, comienza a fraguarse en una charla trivial, como otras muchas, entre Rosario y Paca la masovera.

   -¿Cómo van las clases de Paquita con doña Carlota? –se interesa Rosario; pregunta por aquello de quedar bien, más que porque tenga gran interés en cómo va la formación de la chicuela.

   -Así, así. La niña no está por la labor de formarse y falta más de lo que debía. Y encima está teniendo las primeras reglas y las lleva de pena. A ello habrá que añadir que, con las vacaciones, doña Carlota se va a pasar el verano a su tierra y, hasta que vuelva en septiembre, la niña se queda sin maestra. Y tengo el temor que, en los casi tres meses que esté sin que nadie le enseñe, pierda el hilo de lo que estaba aprendiendo.

   -En el pueblo hay más maestros, ¿quieres que hable con don José por si sabe de algún colega que le pueda dar repaso este verano? A lo mejor, él mismo.

   -Gracias, Rosario, pero no hace falta. Vamos a irnos al Mas. Tenemos que ayudar a mi madre porque en verano es cuando más trabajo hay en la masía y la pobre está ya muy mayor para hacer frente a todas las tareas que hay que llevar a cabo. No es que las tenga que hacer ella, pero hay un sinfín de trabajos que se hacen en la temporada. Y Manuel sigue como estaba, con lo que no se puede contar con él. Y claro, no voy a dejar aquí sola a la chica, todavía no tiene edad para ello.

   -Si quieres, te ofrezco mi casa para que Paquita pase aquí el verano y así algún otro maestro del pueblo le puede dar repaso. La cuidaremos como si fuera nuestra hija.

   -Gracias por el ofrecimiento, Rosario, pero me la voy a llevar conmigo. Su padre y su abuela tienen muchas ganas de verla y, además, y perdona que te lo diga, vosotros tenéis el sitio justo y no estáis como para tener huéspedes.

  A Rosario, que tiene siempre muy presente el frágil estado de salud de su primogénito y su falta de apetito, de pronto se le ocurre algo con lo que piensa que podría matar dos pájaros de un tiro: hacerle un favor a su amiga y posibilitar que su primogénito pueda mejorar su precario estado pulmonar.

   -¿Sabes qué, Paca? Se me acaba de ocurrir algo. Mi Zaquita que, como te conté, acaba de aprobar el tercer curso y ya es casi medio bachiller, podía enseñar este verano a Paquita en el Mas. Me has contado que vuestra masía es muy grande y no tendríais problema para meterlo en algún cuarto. De esa forma, la niña no perdería el verano y cuando volviera al repaso de doña Carlota tendría los conocimientos frescos. Y al mismo tiempo, Zaquita pasaría el verano en un clima más seco que el que tenemos aquí. Y ambas familias nos haríamos un favor mutuo.

   -Gracias, Rosario, de corazón. Pero…, ¿crees que a tu chico le gustaría pasarse todo el verano en el Mas, sin sus amigos, sin poder ir al cine y sin tener con quien charlar, salvo nosotros? Por otra parte, tendría que dejar sus ocupaciones de escrivent y de coniller y vosotros notaríais su falta. La idea me parece estupenda, pero dudo mucho que esa propuesta haga feliz a tu hijo.

   -No habría problema que dejara ambas ocupaciones. Cada vez escribe menos cartas y en cuanto a la venta de conejos el descenso también ha sido considerable, hay salidas en las que no vende ninguno. En cuanto a si la propuesta le vaya a gustar, como te digo la idea se me acaba de ocurrir ahora mismo, y claro, no lo he hablado con él, pero si te parece bien, ¿qué perdemos con pedírselo? Posiblemente, no le guste y diga que no, pero por probar que no quede. Y como he dicho antes, también le vendría bien pasar una temporada en el Mas. Ya sabes que en los últimos meses anda algo pachucho, cosa de los bronquios. Don Eulogio nos ha recomendado que le sentaría de cine un clima seco y, por lo que me has contado, lo tendría en tu masía. Y el agua de allí seguro que es más fuerte que la del pueblo, que es muy blanda y con mucha cal, con lo cual posiblemente allí comería con más ganas, lo que le ayudaría a reponerse antes.

   Ante la insistencia de Rosario y las razones que esgrime, Paca comienza a dudar. Lo de la salud del chaval le ha tocado, pues hacerles un favor a los Clavijo le viene de cara pero, aun así, sigue reticente.

   -Y a todo esto, ¿qué dirá tu marido? Porque si se te acaba de ocurrir, quiere decir que no lo sabe. ¿Qué le parecerá? El señor Zacarías tiene mucho carácter y por nada del mundo quisiera que tuvierais un disgusto por mi culpa.

   -Déjalo de mi cuenta.

   La masovera comienza a valorar el ofrecimiento de su amiga y piensa que la propuesta podría ser un estupendo medio para solucionar, al menos este verano, los problemas formativos de su hija. Y le consta que la chiquilla no se opondría pues, como bien sabe, se lleva bien con el muchacho. Por lo que empieza a pensar en algunos incentivos que quizá podrían mover al chico a aceptar la propuesta de su madre.

   -Se me ocurre que una forma de que al chico le atraiga la idea es que le digas que vaya pensando cuanto quiere cobrar por dar clases a Paquita. Con un dinerito extra podría comprarse más tebeos y libros.

   -De cobrar, nada de nada. Los favores si se cobran dejan de serlo. Bastante estaría pagado con la cama y las comidas y el aire seco del Mas que le vendría de perlas.

   -Desde luego, por un clima seco no quedará. Y de comida sana y abundante tampoco. Y se me ocurre que el señor Valerio, nuestro mayoral, podría llevarle a cazar con él, y podría darse paseos con uno de nuestros caballos y, cuando le apetezca, bañarse en la balsa de riego que está a un tiro de piedra de nuestra casa y, ¡qué sé yo!, hacer mil cosas que en el pueblo no se pueden hacer. Creo que hasta  podría pasárselo bien.

   -Pues no le demos más vueltas. Si aceptas mi propuesta, esta misma noche intentaré convencer a mi Zaquita y luego lo hablaré con mi marido.

   -Me dirás que soy una pesada, pero insisto en que por nada del mundo quiero que te disgustes si el señor Zacarías dice que no. Sabes que a los hombres les gusta tener la última palabra.

   -No te preocupes. La última palabra la tendrá mi marido, pero ya me las apañaré. Sé cómo manejar a mi hombre. Llevo muchos años de práctica.

   Resulta casi inverosímil que, de una charla banal entre dos amas de casa, surja una idea con la suficiente fuerza para, quizá, cambiar radicalmente la vida de una tercera persona. Y eso es lo que podría estar a punto de ocurrir, pero los protagonistas de la novela aún no lo saben. Aunque sospecho que lo pueden intuir en cualquier momento. De momento, dejémoslo así y que los sucesos que tengan que ocurrir lo hagan a su debido tiempo. Zaca, sin que ni siquiera lo sospeche, está al borde de tener que elegir y tomar una decisión que podría resultar capital en su vida. Pues decidir supone también renunciar, ¿a qué? A todas aquellas opciones que no entran en el ámbito de la resolución tomada. En su caso, si resuelve ir al mas el verano, renuncia a quedarse en el pueblo y si se queda desiste de ir al mas. Y cualquiera de esas decisiones pueden tener consecuencias, ¿cuáles? El futuro no está escrito, pero ¿la decisión a tomar quizá sea el principio de un posible y capital cambio? Chi lo sa.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 50 de la novela “El masover” titulado: Dos meses pasan pronto

martes, 2 de diciembre de 2025

48. “El masover”. ¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!

 

   El mitin de los partidos de derechas en el cine Novedades, aperitivo de las elecciones municipales de abril de 1933, lo cierra el forastero de más edad, que luce una oronda tripa y va muy peripuesto. Como el orador se ha acercado al borde del escenario, seguramente para que se le oiga mejor, Zaca se da cuenta que calza unos relucientes botines que parecen de charol. El chico piensa: “Esos botines seguro que no son de Segarra, y de mayor le gustaría tener unos iguales”. El orador de los botines cambia de registro  respecto a los que le han precedido y, en vez de poner verdes a sus adversarios políticos, explica al expectante auditorio la de bienes de toda clase que van a  proporcionar al pueblo si la gente de Torreblanca vota a la coalición de los partidos de derechas. El resultado será como un maná. La parte de su discurso que arranca más aplausos es cuando promete que, si ganan ellos y pese a tratarse de unos comicios municipales, llevarán a cabo una vieja aspiración de las comarcas norteñas castellonenses: traer un canal del Ebro para regar las sedientas tierras de La Plana Alta y del Bajo Maestrazgo. Eso le impacta al chaval tanto como ha parecido impactar a los asistentes, pues incluso hay gente que se pone de pie para aplaudir al autor de la promesa. Cuando el acto termina, los comentarios que más oye Zaca son los referidos a lo del canal del Ebro. Al llegar a casa, es lo primero que cuenta a padre. El señor Zacarías se ve que conoce bien el tema, pues su comentario no puede ser más clarificador.

   -Ya estamos en lo de siempre. Desde que llegué al pueblo, en cada elección que se lleva a cabo, sea nacional o municipal, siempre hay un interviniente, da lo mismo que sea de derechas o de izquierdas, que promete lo mismo: que, si ellos ganan, traerán el canal del Ebro. Algo que aquí esperan como el maná, pues supondría una inmensa riqueza para el pueblo poder regar todo el término municipal y dejar de depender de las ineficientes norias, pero hasta hoy ni las obras han empezado ni se sabe que haya un proyecto en marcha para construirlo. Es uno de los muchos motivos por los que tu padre no se fía ni un pelo de los políticos, prometen mucho, pero cumplen poco y, en la mayoría de ocasiones, nada. Y lo del canal del Ebro es uno de los ejemplos más relevantes. Es más, creo que el canal llegará cuando las ranas críen pelo -Lo de las ranas, el muchacho no lo ha entendido del todo, pero sigue preguntando.

   -¿Y cuándo un partido gana, la gente no reclama a esos políticos el cumplimiento de sus promesas?

   -La gente, como colectivo, tiene escasa memoria y olvida que se les ha engañado y vuelve a dejarse engañar. No aprendemos.

   -¿Qué olvidan lo prometido? –pregunta, extrañado, el muchacho.

   -O hacen como que lo olvidan, pero lo cierto es que las mentiras no son penalizadas. Tengo entendido que en buena parte de países democráticos, como Francia e Inglaterra, si los políticos no cumplen lo que prometen en las elecciones siguientes hay mucha gente que no les vuelve a votar, pero eso no ocurre aquí. Por ese motivo en España durante las campañas electorales se promete el oro y el moro pero, en cuanto pasan, si te he visto no me acuerdo. Y hasta la siguiente elección en la que unos y otros prometerán atar los perros con longanizas, pero luego los que ganan no cumplen lo que han prometido porque no pueden, no saben o no quieren. Y no sé quiénes son más culpables: si los que prometen el oro y el moro y después tararí que te vi, o los que son engañados y no castigan a los que han hecho las falsas promesas. Pero en este país de mierda no ocurre eso y así nos luce el pelo.

   -¿Qué tiene que ver el pelo con lo que estamos hablando?

   -Hijo, a veces pareces corto de entendederas. Es una frase coloquial para indicar que se está perdiendo el tiempo sin hacer nada, o que no se saca provecho de lo que se hace.

   -Entonces, ¿qué hay que tener en cuenta para votar?, me refiero para votar a unos u otros partidos.

   -No sabría decirte, porque la mayoría de partidos, sean de derechas o de izquierdas, entre lo que dicen y lo que hacen son tantas las diferencias existentes que uno no sabe a qué atenerse, por eso hay gente que no vota o que lo hace en blanco, que es una forma de mostrar el rechazo contra los politicastros que mienten más que respiran.

   -Entonces, ¿la solución es no votar o hacerlo en blanco? –insiste el muchacho aprovechando que padre tiene el día parlanchín y lo de no hablar de política en las comidas, hoy no cuenta.

   -No votar o hacerlo en blanco no soluciona nada, pues dejas de ejercer el arma más poderosa que tiene el ciudadano para cambiar el signo político del país. Creo que se debe votar, el problema es saber a quién hacerlo. Y acertar, con la panda de políticos corruptos que tenemos, es todo un problema.

   -¿Todos los políticos son ladrones?

   -Seguramente debe de haberlos honrados, pero yo no conozco a ninguno, aunque admito que no he tratado a muchos. Y lo peor no es que metan la mano en la caja común, sino que no miran por el bien de la nación y de la gente. Solo se preocupan por sus intereses y los de su familia y amigos.

   -Entonces, ¿no hay medio de cambiar y elegir unos políticos que cumplan lo que prometen? –el chaval no deja de roer el hueso de las elecciones.

   -La verdad es que no lo sé. Quizá un medio sería lo que he dicho antes: que no votáramos a los políticos que no cumplen sus promesas, pero eso nunca ha ocurrido, así que no sé si funcionaría.

   Las explicaciones de padre llevan al chico a desentenderse todavía más de la política, pues visto lo visto es una actividad en la que la palabra dada tiene escaso valor, y que al parecer quienes se dedican a ella mienten más que respiran. Como sus trabajos extra le ocupan cada vez menos tiempo, y la metodología del LESURE le funciona de maravilla, Zaca llena sus muchas horas libres con la que quizá es su mayor pasión: la lectura. En los últimos tiempos, gracias a la biblioteca del padre de Joaquinito Queralt ha descubierto dos autores que le han fascinado: Julio Verne y Emilio Salgari. Del primero le encantan sus novelas de aventuras y de ciencia ficción en las que desarrolla relatos, siempre bien documentados, ambientados en la segunda mitad del siglo XIX, y teniendo en cuenta los avances tecnológicos del momento. Del segundo, le gustan sus novelas de aventuras ambientadas generalmente en lugares exóticos como el océano Pacífico, el mar de las Antillas, la selva India, el desierto y la selva de África e incluso los mares árticos. Otra actividad cultural a la que dedica mucho tiempo es el estudio de un atlas que sus tías le regalaron en su último cumpleaños. El muchacho, cuando estudia los distintos mapas, viaja con la imaginación y sueña con periplos que le llevan a los cinco continentes. Y cuando lee una novela de Salgari o de Verne, suele tener el atlas a mano para situar en los mapas los países o ciudades en los que los novelistas sitúan la trama de la novela de turno.

   Zaca, además de estudiar, de sus actuaciones como escrivent y coniller y de sus intereses culturales, tiene otra actividad en la que emplea algún que otro rato libre, y en la que se alterna con Charito: el cuidado de su hermano Joaquinito. En el pueblo es habitual que, en las familias con varios hijos, los hermanos mayores cuiden de los pequeños. Por cierto: al benjamín de los Clavijo han acabado por llamarle Chimet, pues en la familia ya hay dos Joaquines –el abuelo materno y uno de los hermanos de madre- y Chimo es como llaman coloquialmente en valenciano a los Joaquines. Aunque Chimet hace más de un año que ya anda, cuando Zaca se va a jugar con sus amigos suele llevarlo en el carrito que antes fue de él, luego de Charo y después de Pedrito. Sobre todo, cuando el lugar del juego está a una cierta distancia del pueblo, como cuando van a les Coves d´Argila o a los alrededores de las eras.

   Como Zaca se ha quedado por el momento sin amigos, se plantea si sería oportuno unirse a otra pandilla. Lo intenta, sin poner toda la carne en el asador, pero que lo admitan en otra cuadrilla no parece fácil. Uno de los chicos con los que ha contactado para abrirse a nuevas amistades ha sido Agustín el Meme, que vive en su antigua calle del Horno, y que se sincera con él.

   -No pierdas el tiempo, Sacaríes, no creo que te quieran en otra pandilla. Por si no lo sabías, y te lo cuento sin intención de hacerte la puñeta, tienes fama de ser rarito y, además, ni corres ni saltas y tienes menos fuerza que una lagartija. Y lo de tener fama de empollón no es que te ayude. Quédate con los amigos que tienes, que no vas a encontrar otros.

   A Zaca la confesión de Agustín no le pilla de sorpresa. Sabía o, mejor dicho, intuía algo parecido. Lo de la fama de empollón lo sabe desde tercero de primaria y, aunque la chiquillería se lo echa en cara como si fuese algo penoso, a él no le molesta. “Más vale ser un empollón -se dice- que no un burro de dos patas”. De lo de rarito no tenía idea pero, como conoce la escala de valores del pueblo, tampoco le extraña demasiado, pues todo lo que no sean habilidades físicas tienen escaso o ningún aprecio en la sociedad torreblanquina. Todo lo cual, le lleva a plantearse una idea un tanto incómoda, pero que tendrá que ir asumiendo: un tipo como él no tiene futuro en el pueblo. En cuanto se haga mayor tendrá que buscarse los garbanzos en otros pagos, pues en Torreblanca está visto que no encaja. Y es una lástima, porque él quiere al pueblo –al fin y al cabo es el suyo- y le gustaría de mayor seguir viviendo allí, pero mucho se teme que no va a poder ser. Quizá los posibles estudios que haga al acabar el bachillerato elemental le ayuden a tener una nueva vida en Dios sabe que lugar, pero desde luego no en el pueblo. El hecho de pensar en otros estudios al terminar el bachillerato le lleva a replantearse cuales podrían ser en función de la carrera u oficio posterior que optase. A él lo que realmente le gustaría ser es abogado o militar profesional. Lo de abogado le gusta porque, aunque no conoce a nadie que lo sea –en el pueblo no hay ninguno-, ha visto muchas pelis en las que el protagonista es un letrado y le encantaría serlo en la vida real. Además, también sabe por las películas que ser buen orador es una de las facultades más destacadas de un abogado, y él tiene un extenso vocabulario y se la da bien manejar la sin hueso. Otrosí: alguien le comentó en una ocasión que para estudiar Derecho, imprescindible para ser abogado, se necesita una gran memoria, y de eso va bien servido. O sea, que las aptitudes para ser un buen jurista las tiene, otra cosa es que pueda estudiar Derecho, para ello tendría que ir a la universidad de Valencia –la más cercana al pueblo- y sabe que eso es una utopía, su familia no puede permitírselo. En cuanto a la carrera de militar profesional, el orden y la disciplina, base fundamental de todo ejército, encajan como un guante en su modo de ser y su temperamento. Añade siempre lo de profesional, pues es conocedor de que también se puede hacer carrera en las fuerzas armadas comenzando desde abajo, desde soldado voluntario. Pero el camino de los oficiales chusqueros no es de su agrado, dado que es muy lento y tiene un horizonte muy limitado, ya que los ascensos son muy laboriosos. Cuando deja de mezclar elucubraciones y sueños con los ojos abiertos, admite que, dada la condición de dos de sus tíos –la tía Emilia y el tío Paco- y la influencia que proyectan sobre sus padres, es probable que sus progenitores se inclinen porque estudie Magisterio en la Escuela Normal de Castellón. Pero en la ciudad hay otro centro académico: la Escuela de Comercio, donde se estudia para perito y profesor mercantil. Y aunque las matemáticas no son su fuerte, esa podía ser otra salida que en algún momento tendrá que plantearse. “¿Quién debe vivir mejor, un maestro o un perito mercantil?”, se pregunta. No sabe la respuesta, pues no conoce a nadie que haya hecho la carrera de comercio. De los maestros cree, por sus tíos, que no deben vivir mal, aunque le desasosiega el dicho popular de pasas más hambre que un maestro de escuela. Si la gente dice eso, por algo será. Tendrá que echarle un pensament, como dice madre. Quizá en el inmediato verano no se divierta mucho, pero tampoco se va a aburrir, pues tiene mucho en qué pensar y una de las metas inmediatas que se fija es conocer a alguien que sea perito o profesor mercantil o, en última instancia, que conozca cómo viven esos profesionales. Quizá don Eduardo Leuba o su adjunto, el señor Bernardo Simó, como son bancarios, puedan orientarle. Se dice que cuando a principios de julio, como hace todos los años, vaya al Banco de Vizcaya a vaciar su hucha puede preguntarles, pero tendrá que hacerlo a través de padre, a él no le van a tomar en serio. Lo que le lleva a desear hacerse mayor de una vez, porque a los chiquillos nadie les hace caso. “¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!”, piensa, y esa cifra no la ha pensado al azar, pues esos son los años, que en la España de 1933, se alcanza la mayoría de edad, según establece la Constitución de 1931. “Entonces -se dice-, podré hablar con voz propia y no por boca de otros. El problema puede ser: ¿Y si hablo, pero no me escuchan? ¿Y si cuando sea mayor no tengo nada que decir? ¿Y si hablo, de qué podré hablar?, porque de momento no se me ocurre nada. ¿Y si…?” Como le ocurre a menudo, muchas preguntas y poquísimas respuestas. “Bueno –piensa-, no me calentaré más el coco, vamos a dejarlo y cuando cumpla los veintitrés ya veré qué hago”. Es el epílogo con el que termina la mayoría de sus soliloquios: postergar la búsqueda de posibles soluciones a un futuro incierto. Lo que habitualmente hacen los miedosos, los cobardes y los comodones. ¿Así es Zaca?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 49 de la novela “El masover” titulado: ¿El principio de un posible cambio? 

martes, 25 de noviembre de 2025

47. “El masover”. ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!

 

   Pasada la Semana Santa del 33 y, tras el episodio de la mona de Pascua en la que, por primera vez, Zaca se ha relacionado directamente con chiquitas de carne y hueso, el muchacho entra en una etapa en la que por la influencia que, sin proponérselo, ejercen sobre él algunas de las personas de su entorno, comienza a tener lo que él cree que son opiniones propias, pero que realmente no es así. Y no lo es porque por distintos motivos, admira a personas –como mosén Florencio o el excapitán Lapica- que opinan que la mayoría de las reformas que está realizando la República son desmedidas, parciales y contrarias al bien común. Aún no tiene la capacidad de pensar por su cuenta, por lo que no llega a entender que buena parte de cambios que el gobierno republicano ha propiciado son los que el país necesitaba imperiosamente. Esos cambios están encontrando fuerte resistencia por parte de aquellos grupos sociales y corporativos que ven las reformas como armas poderosas que terminarán aniquilando sus privilegios y sus posiciones, adquiridas en unos casos y heredadas en los más. Esos grupos son, entre otros, los terratenientes, los grandes empresarios, la Iglesia católica, las órdenes religiosas, los monárquicos y el militarismo africanista. Grupos en ninguno de los cuales puede encuadrarse a la familia de Zaca, razón por la cual es todavía más sorprendente que el muchacho sea reticente con el devenir republicano. También existe, paradójicamente, una resistencia al reformismo republicano formado por los revolucionarios a ultranza, que encabezan el sindicato anarquista, Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y la Federación Anarquista Ibérica FAI) , formada por anarquistas radicales, y un sector del socialismo vinculado a la Unión General de Trabajadores (UGT). Para ellos la República representa el orden burgués al que hay que destruir para alcanzar el comunismo libertario.

   Frente a los que no son partidarios de las reformas republicanas, hay un sector de la sociedad civil, posiblemente mayoritario, que sí lo es. Son los que han estado deseando y esperando reformas liberales y sociales desde hace décadas, y que al no producirse han sido en buena medida las causantes de que la nación esté en la cola del desarrollo social y económico que sí han experimentado la mayoría de los demás países europeos. Ese sector está integrado por pequeños propietarios y empresarios, profesionales liberales, obreros y campesinos, buena parte del mundo laico y librepensador, núcleos universitarios y, en general, cuantos españoles desean que España se europeíce y entre, de una vez por todas, en el siglo XX. Y en alguno de esos grupos si estarían los Clavijo. Esta antinomia entre casi las dos mitades de la sociedad española no presagia nada bueno, pues cómo explica don Eulogio en el Pincho:

   -Esas dos Españas, tan antagónicas, más pronto que tarde tenderán a colisionar. En una sociedad más consolidada y democrática que la española, ambos sectores donde deberían enfrentarse es en las urnas, pero en una sociedad arcaica y caciquil, como la España de nuestros pecados, la confrontación puede ser de cualquier manera, como ya barruntó el gran Antonio Machado cuando, hace más de una década, escribió: "Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón".

   -¿Quién era Antonio Machado? –pregunta alguien.

   En el caldo de cultivo que presagian los versos del poeta, a finales de 1933 se produce un levantamiento anarquista en buena parte de la geografía española con el objetivo de instaurar el comunismo libertario. En principio, fue una huelga general revolucionaria acompañada de la actuación de milicias armadas que tuvo su epicentro en la ciudad de Zaragoza y que se extendió por puntos de Asturias, Extremadura, Andalucía, Cataluña,  Aragón,  La Rioja y la cuenca minera de León. Su objetivo era  implantar el comunismo libertario. Sus consecuencias las explica el maestro don Rogelio en la tertulia del Pincho:

   -En unos lugares se han incendiado los ayuntamientos, en otros el gobierno ha declarado el estado de guerra y ha clausurado los sindicatos obreros, y en algunos la violencia ha alcanzado cotas aún más sangrientas.

   La revolución fue breve, pues se inició el mismo día que se reunían las nuevas Cortes republicanas, tras la victoria electoral del centro-derecha del Partido Republicano Radical y de la derecha católica de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Una semana después la revolución había sido completamente dominada por las fuerzas de orden público y por la intervención del ejército. Pese a su brevedad hubo tiempo para sucesos lamentables. Quizá el más sangriento y mediático fue la masacre ocurrida en el gaditano pueblo de Casas Viejas. Así lo explicaba don Avelino en la terraza del Pincho:

   -Un grupo de campesinos, afiliados a la CNT, inició una revuelta y rodearon el cuartel de la Guardia Civil del pueblo produciéndose una lucha en la que dos civiles cayeron heridos. Tras dura refriega, los agentes, tras repeler la agresión, rodearon la choza de un viejo carbonero, apodado Seisdedos, y la quemaron con personas dentro. Se produjo una desaforada represión y las fuerzas de seguridad abandonaron el pueblo dejando varios muertos.

   -¡Qué barbaridad!

   -¿Y de quién fue la culpa, de los que se revolvieron o de los civiles? –la pregunta no tiene respuesta.

   Los hechos ocurridos en la población gaditana tardaron en conocerse, pero cuando se difundieron causaron un enorme escándalo social, mediático y político que conmocionó la sociedad española. El gobierno de Azaña actuó con torpeza al tratar de eludir sus responsabilidades. Y el atroz suceso se convierte en el tema estrella de la tertulia del Pincho. Los tertulianos de izquierdas defienden la actuación del gobierno para atajar la revolución; los liberales y los de derechas lo acusan de dictatorial y represivo.

   Un hecho partidista, que se produce en marzo, tiene una cierta resonancia en la tertulia, puesto que dos de sus miembros están incursos en el mismo de algún modo. A principios de mes un grupo de católicos moderados funda la CEDA, en la que, además de católicos y conservadores, también se inscriben los monárquicos, tanto los carlistas como los alfonsinos. En el pueblo, dos de los tertulianos han optado por enrolarse en la CEDA: don Avelino, el veterinario, y el tío Macario, el estanquero. El hecho se conoce rápidamente y Zaca, que lo ha oído contar en el Pincho, lo comenta en la cena.

   -Julio, el barbero, ha contado esta tarde que el menescal –así llaman a los veterinarios en el pueblo- y el estanquero se han apuntado a un nuevo partido político de derechas.

   -En esta casa no se habla de política en las comidas. ¡Cállate! –le reprende agriamente padre.

   Otro hecho destacado es que el 23 de abril se celebran nuevas elecciones municipales y, por primera vez en la historia de España, las mujeres pueden votar. La señora Rosario duda si debería ir a votar y pregunta a su marido para saber su opinión y obrar en consecuencia.

   -¿Crees que debería votar?

   -¿Te gustaría?

   -Por una parte, me pica la curiosidad y, por otra, creo que es una pérdida de tiempo, aunque la señora Sènta la Llansòla dice que ir a votar es un deber de todos, también de las mujeres. ¿Qué hago?

   -Haz lo que quieras –concede el hombre.

   Zaca, que ha sido testigo del diálogo, se atreve a sugerir:

   -Madre, según me ha dicho el señor vicario, lo de votar es un deber de todos los ciudadanos, por lo tanto deberías ir.

   -Y a ti, ¿quién te ha dado vela en este entierro? ¿Qué te importa que madre vaya o no a votar? –interroga padre en tono desabrido.

   -A mí nadie, padre, pero si la señora Sènta y mosén Florencio, dos personas que piensan tan diferente, coinciden en que hay que ir, por algo será, digo yo. Además, me gustaría acompañar a madre, como hice con usted en las anteriores elecciones, más que nada para ver si hay diferencias entre las mujeres y los hombres a la hora de votar.

    Los inmediatos comicios han propiciado algo poco frecuente en el pueblo: la realización de mítines. En esa campaña electoral se han organizado dos: uno, de los partidos de izquierdas y otro, de los de derechas. La existencia de los mítines ha provocado que el señor Zacarías se tope con una petición de su hijo, impropia en un chaval de doce años pero que, conociéndole, no le extraña demasiado.

   -Padre, ¿me da permiso para asistir al mitin que el partido del señor menescal va a dar en el Novedades?

   -Los mítines no son para niños, no te van a dejar entrar.

   -Pero Les Hostaleres, que al fin y al cabo son las dueñas del cine, me conocen y estoy seguro que me dejarán pasar. O mejor me lleva, por qué usted va a ir, ¿no?

   El señor Zacarías no asiste a los mítines, pues no quiere manifestarse políticamente. En su empresa aconsejan a los empleados que no se signifiquen políticamente, que se muestren neutrales, pues a buen seguro que entre los abonados hay gente de toda clase de pelaje. Por ello, se resiste a la petición de su hijo. Hasta que, vista la insistencia del chaval, la señora Rosario encuentra una solución alternativa. Le pide a su hermano Joaquín que asista porque, como no trabaja en la localidad, no le importa que le tomen por alguien de derechas. El día del mitin, el cine Novedades no ha llenado su aforo, solo está terciado de público. La primera sorpresa que se lleva el chico es que algún amigo de su tío lo ha embromado por llevarle.

   -Así que quieres que tu sobrino sea un meapilas.

¿No crees que es demasiado tierno para oír tanta trola?

   -Tío, ¿es que los que hablarán van a decir mentiras?

   -Mentiras no creo, pero exageraciones y promesas, que luego probablemente no van a cumplir, eso, seguro.

   El escenario está decorado con unas macetas con plantas y en el centro hay tres banderas: a ambos lados las de los partidos Agrario y de la CEDA, y en el centro la nacional. En el proscenio hay una mesa formada por unos caballetes y unos tableros guarnecidos por unos lienzos blancos –parecen sábanas-. Encima de la mesa solo se ven unas jarras de agua y vasos. No hay megafonía, por lo que los oradores tendrán que esforzarse en alzar la voz y el público tendrá que callarse, pues todo el mundo está hablando, y en un tono muy alto como se acostumbra en el pueblo. Otra cosa que Zaca no se esperaba es que la gente va vestida de diario, al contrario de lo que le pasa, pues madre le ha hecho ponerse la ropa de los domingos, aunque afortunadamente ya no tiene los ridículos pantalones de golf. De pronto, se oyen unos siseos y palmas procedentes del escenario donde han aparecido media docena de personas que, por lo que parece, intentan que los asistentes se sienten y, sobre todo, se callen. Solo lo hacen los que ocupan las primeras filas del patio de butacas, que no son tales sino sillas de enea unidas de seis en seis por un tablón clavado a su respaldo, pero a partir de la séptima u octava fila los espectadores siguen sin hacer caso a las llamadas al silencio. Así están unos minutos hasta que de repente se apagan las luces. Mano de santo, al momento se acallan las charlas y la gente se sienta. El foco del proyector de películas ilumina el escenario, en cuya mesa están sentadas cinco personas. Zaca conoce a tres de ellas, una es don Avelino, el veterinario; otra, Agustín Pitarch, de la prepotente familia de los Blascos y cabeza de la lista de derechas, y la tercera, y es una sorpresa para él, don Pascual Lapica, el capitán, ahora en la reserva por la ley Azaña. Las otras dos son forasteros. La primera intervención es la de Pitarch que se limita a leer una cuartilla pidiendo el voto a los asistentes, tras lo que presenta a los demás oradores. Le sigue don Pascual que dice hablar en nombre de la Comunión Tradicionalista Carlista y de cuya exposición el muchacho solo entiende que el lema por el que hay que votar es Dios, Patria y Rey. El excapitán le defrauda porque su discurso está lleno de muletillas y reiteraciones y es escasamente inteligible. El señor Lapica será una buena persona, pero queda claro que no es un orador que encandile a las masas. Luego toma la palabra don Avelino, que se presenta como miembro de la CEDA, y al que se le nota que ha trabajado el discurso, pues es más coherente y fácil de seguir que los de sus predecesores. Proclama la valía e importancia del individualismo frente al colectivismo, de la confesionalidad frente al laicismo, de la propiedad privada frente a la pública, del tradicionalismo frente al reformismo social y del régimen monárquico frente al republicano. El chico, que ha seguido con interés el relato del veterinario, se pregunta: “¿Y cuándo van a hablar del pueblo?, porque aquí nadie ha dicho una palabra de mejorarlo”. Terminada la perorata del veterinario, a don Avelino le sucede uno de los dos forasteros, de mediana edad y muy trajeado, que hace un discurso en el que retrata a los republicanos y, en general, a todos los partidarios de las ideas izquierdistas como si fuesen el mismo diablo y al que muchos asistentes aplauden con entusiasmo; hasta ahora parece ser quien mejor ha conectado con el público. En ese momento es cuando el chaval recuerda un comentario de mosén Florencio que parece tener muy mala opinión de sus conciudadanos:

   -En España hay más gente que vota contra alguien que a favor de. Y algún escritor de la generación del 98, a la que le dolía España, escribió que somos un país cainita, de ahí que hay muchos españolitos que no les importa quedarse tuertos, siempre que el adversario quede ciego.

   Si la sociedad española es como dice mosén Florencio, piensa el chaval: “Entiendo que en lugar de contar como mejorar el pueblo lo que hacen es poner a parir a los adversarios, así la gente tiene alguien contra quién votar”. Si Zaca hubiese leído la generación del 98, algo que no ha hecho pues sus lecturas son más superficiales, podría saber que un país y un paisanaje así conforman el paisaje español, tan distinto y distante del de la mayor parte de los demás países europeos, a los que desea imitar. Pero con esos mimbres tendrán que pechar los españoles para lograr que la nación se occidentalice y pase a formar parte, por derecho propio, de los países democráticos, desarrollados y socialmente justos. Lo contrario supondrá retrotraerse al siglo XIX, de tan mal recuerdo para la historia patria. Lo cual es bastante dudoso, pues la sociedad española ha dado abundantes muestras de que, como colectivo, tiene una memoria grupal muy mejorable. Lo que hace reconocible lo de la exclamación unamuniana: ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 48 de la novela “El masover” titulado: ¡Ojalá tenga pronto veintitrés años!