martes, 21 de octubre de 2025

42. “El masover”. El coniller

   El negocio de la venta de conejos que preparan los Clavijo no solo causa resquemor a Zaca e hiere su amor propio y su ego, sino que le suscita toda clase de dudas y no lo ve tan diáfano como parecen verlo sus padres. Aunque lo que más le atormenta es la vergüenza que va a pasar cuando sus amigos y conocidos le vean arrastrando el carricoche y pregonando la mercancía, él que es medio bachiller y que seguramente es la única persona del pueblo que conoce lo que significa lagomorfo. Pero todas sus protestas previas no han servido para doblegar a sus padres. No es cuestión de volver a replantearlas, por lo que, ante la pregunta de madre de si le queda alguna duda sobre la venta de conejos, dice lo primero que se le ocurre.

   -¿Los conejos los elijo yo o los elige el comprador?   –“Si es que hay compradores, piensa”, pues el muchacho tampoco está convencido de la viabilidad del negocio.

   -Cuando voy a la compra yo soy la que elijo lo que compro, por eso creo que es mejor que lo elija el comprador –afirma Rosario.

   -Mañana es el gran día, Zacarías –recuerda padre-. Y si no vendes, no será culpa tuya, será porque no hemos calibrado bien el negocio. Pero, salga como salga, la familia confía en ti y sabemos que lo harás lo mejor que sepas. Por eso estamos tan orgullosos de ti

   -¿Por qué calle comienzo, por el Raval?

  -Mejor que comiences por los últimos números de la calle Loreto y luego coges San Vicente, después bajas por San Cristóbal y terminas en la calle de L´Aljub. Ese recorrido calculo que te costará parte de la mañana. Luego te vuelves a casa. ¡Y qué Dios reparta suerte!, como dicen los toreros antes de pisar el albero –remacha el señor Zacarías, que no es que sea muy taurino, pero al que gusta emplear la rica fraseología del arte de Cúchares.

   Al día siguiente, el muchacho, con la ayuda de madre, prepara el carro con las jaulas de conejos y una cesta con huevos y, con más vergüenza que un novicio, se lanza a la calle con el deseo de no tener compradores, así no tendrá que volver a repetir la payasada que va a representar. Como le indicó padre, ha empezado la calle Loreto por el final y, en el primer tercio de la rúa, se para, agita la campanilla y, con voz un tanto aflautada y escasamente potente, grita:

   -¡Conejos, se venden conejos y huevos frescos! ¡También se cambian por frutos de las cosechas! –Lo ha dicho tan escasamente audible que tiene que repetirlo para hacerse oír.

    Su llamamiento no parece que haya tenido ningún éxito porque la calle sigue desierta. “Es lo que pensaba -se dice-, lo de los conejos va a ser un fracaso en toda regla”. En ese momento, no sabe bien por qué, se acuerda de la abuela Julia –pues sabe que la idea partió de ella- y se dice que espera que padres no vuelvan a hacer caso a la entrometida masovera que no debería meterse donde nadie la llama. “Podría haberse quedado en su mas y no fastidiar a los demás”, piensa. En el segundo tercio de la calle, vuelve a detenerse y realiza el llamamiento con idéntico resultado: nadie abre la puerta, ni siquiera por curiosidad. A estas alturas, ya no tiene vergüenza sino alegría, porque su barrunto de que el negocio es un disparate se confirma. Esta va a ser su primera y última salida. Mejor que mejor. Al principio de la calle, torna a pararse, vuelve a pregonar la mercancía, ahora con voz más potente y dicción más clara. Nadie aparece, pero cuando va a retomar el carro, un portón se abre y una mujerona se le acerca, la reconoce, es la tía Felisa la Cabañuda, a quien le ha escrito algunas cartas para uno de sus hijos que hace la mili en Mallorca.

   -Escrivent, ¿qué vendes?

   -Conejos y huevos frescos, señora Felisa. También los cambio por frutos de las cosechas.

   -Esos conejos, ¿los criais vosotros? –y, sin esperar respuesta, agrega-: ¿qué les dais de comer?

   -Sobre todo alfalfa y hierba del Prat.

   -¿Y dices que también los cambiáis? Uno, ¿cuántos kilos de boniatos me costaría?

   -Diez kilos –pide el chico al buen tuntún olvidándose del baremo de trueques que tanto les costó elaborar.

   -Si me lo dejas en ocho te compro uno.

   -Bueno –acepta Zaca que no está hecho al regateo y que ni siquiera sabe si el trueque que le propone la Cabañuda es rentable.

   El cambio se realiza en un visto y no visto. La tía Felisa entra en casa y al momento reaparece con un capacho terciado de boniatos que el muchacho ni siquiera pesa. La mujerona coge el conejo que le ofrece el muchacho y, sin pedir que lo despelleje, espera que el chico vierta los tubérculos en uno de los sacos, recoge el capazo y, sin mediar palabra, se vuelve a casa. La operación se ha desarrollado tan rápida que Zaca ni ha tenido tiempo de pesar el producto. “¡He vendido uno!”, se dice con cierto asombro. En cuanto se rehace, prosigue su marcha por la calle San Vicente donde, igualmente, solo ha tenido una posible clienta, pero que al oír el precio ha hecho una mueca negativa añadiendo:

   -Un pesetó es mucho dinero para un conejo –Y ahí ha acabado el intento de compra. Zaca piensa que “dos pesetas tampoco son tanto”, pero se calla. El diálogo no es lo suyo.

   Tras terminar San Vicente, baja por la calle San Cristóbal. Hacia algo más de la mitad, al oír el pregón sale una mujer de una tienda en la que venden alpargatas, zapatos y objetos de esparto y rafia. Zaca la conoce porque hace años fue vecina de los Clavijo en el Raval. La dueña de la tienda, Pilar la Catalana, se acerca y saluda al chico.

   -Bon día, Sacarietes. ¿Desde cuándo vendes conejos? ¿Y a cómo son?

   -Hoy es el primer día, señora Pilar. A dos pesetas. También los cambiamos por frutos de las cosechas.

   -Me quedaría uno, pero me da grima matarlo y tanto o más pelarlo.

   -Se lo puedo despellejar yo por el mismo precio.

   Zaca entra en la alpargatería, encima de la cual está la vivienda de la señora Pilar. En la cocina, lleva a cabo su primer despelleje. Le cuesta más tiempo del que emplea en casa, pero consigue dar el animal limpio a la alpargatera, y se queda con la piel, pues la mujer no la quiere. Al final de San Cristóbal enlaza con la calle de L´Aljub, donde no vende nada, aunque un par de vecindonas se le han acercado a curiosear. “Dos conejos -se dice- y ni un solo huevo. Y he perdido toda la mañana para volver a casa con dos pesetas y medio capazo de boniatos. ¡Menudo negocio! No entiendo de comercio –piensa- pero no creo que este negocio pueda ser productivo. A ver qué dice padre”. El señor Zacarías tampoco está satisfecho con el resultado de la experiencia, pero quiere ser positivo y sentencia:

   -Principio requieren las cosas. Y todo negocio comienza con un solo paso.

   -Muy bien, Zaquita, muy bien – le anima madre, aunque también cree que el resultado del primer ensayo no es nada esperanzador.

   Dos días después, el muchacho repite el proceso de venta, pero ahora el trayecto lo hace por la calle Moreres, la de San Jaime –también conocida como Camí d´Alcalá-, Sitchar y Santa Lucía. El resultado aún es peor que el día del estreno, solo vende un animal por el que le dan ocho kilos de patatas, y ha tenido que despellejarlo. Sin embargo, el chico vuelve a casa contento porque es consciente de que, si el ritmo de ventas sigue por el mismo camino, la experiencia no tendrá continuidad. Cuando llega a casa pone un gesto de abatimiento como si de verdad le pesara el fracaso. Peor cara pone padre cuando ve el magro resultado. “Así no vamos a ninguna parte”, piensa el señor Zacarías, pero se cuida de verbalizarlo, no quiere que el chico se desmorone. Madre trata de animar a sus hombres.

   -Cuando he ido a la compra, en la carnicería de Rita la de Vinuesa, varias vecinas me han preguntado por lo de los conejos, querían saber lo de los trueques, que días vamos a venderlos, si los damos con piel o sin ella y muchos más detalles. Me da la impresión de que la gente comienza a interesarse por el asunto. Eso es buena señal.

   La señora Rosario se ha quedado corta con el eco que la venta que patronea su primogénito ha causado en la población. La venta callejera de conejos es una de las noticias que está corriendo como la pólvora por los mentideros locales. En el pueblo ocurren pocas novedades y cuando surge una, por insignificante que sea, rápidamente es motivo de comentario, disección y análisis. Han bastado dos mañanas de salidas para que la mayoría de la población –especialmente las amas de casa- esté al cabo de la calle de la nueva actividad del fill major del llumero, también conocido como el escrivent y que ahora vende conejos por lo que es posible que le acaben llamando el coniller. Y, como suele suceder, a unos les parece bien y a otros mal, pero lo importante es que lo saben y más de una echa las cuentas de a cuanto le puede salir un animal teniendo en cuenta lo que puede ofrecer a cambio.

   La tercera salida la realiza el muchacho recorriendo la calle  del Mar –la vía más ancha del pueblo- y las callejas que se extienden a derecha e izquierda. De pronto, da la impresión de que la gente ha cambiado, porque solo en la calle que conduce al mar y en el llamado Camí de l´Estació, que lleva al apeadero del ferrocarril, son varias las vecinas que se arremolinan alrededor del carricoche de Zaca y algunas adquieren conejos y también huevos. Al final del recorrido el resultado del ingreso total se traduce en la recaudación de seis pesetas, y de cantidades varias de patatas, boniatos, almendras, tomates, algarrobas y dos litros de aceite. El muchacho ni se lo cree. Tiene una sensación agridulce: por un lado, está disgustado porque si las ventas continúan así, nadie le va a salvar de repetir las salidas; por otro, está emocionado al comprobar que la gente le trata como si fuera un adulto y no el niño que es. Quien más se alegra es el señor Zacarías que respira satisfecho: “De seguir con este ritmo de ventas – se dice- lo de los conejos puede ser el negocio que nos ayude a levantar la cabeza. No es que vayamos a salir de pobres, pero nos va ayudar a pagas facturas”. A su vez, la madre reza una jaculatoria: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío, para que las futuras ventas sigan por el mismo camino.

   En las siguientes semanas, la venta de conejos y huevos se estabiliza. El negocio es modesto, pero rentable para una economía tan endeble como la de los Clavijo. El éxito de ventas ha influido en Zaca que cambia de opinión sobre lo que ha dejado de ser una experiencia casi vergonzosa para convertirse en una actividad consolidada. Y también le influye en su talante: ha adquirido un cierto aplomo, es más desenvuelto, ha aprendido a regatear, se comporta como si fuera mayor de lo que es y no le importa en absoluto que muchas vecinas, en lugar de apelarle el escrivent, ahora le conocen como el coniller. Él, que tantos apelativos tiene, porque le llamen el conejero no se va a arrugar. Y, por curiosidad, cuenta todas las formas en que es o ha sido llamado: Zacarías, Sacaríes, Zaquita, Sacarietes, Zaca, Tete, escrivent, escrivent de la cabreta y, ahora, coniller. Total: nueve maneras de llamarle. No está nada mal para un chaval de doce años, que mide uno sesenta y poco, y es más bien canijo. El nuevo rol que ahora desempeña le está ayudando bastante más de lo que cree, pues le hace pisar el mundo real que poco tiene que ver con su universo literario e irreal. Está ganando aplomo, olvida falsas vergüenzas, aprende a ser menos hermético y más comunicativo y rebaja su grado de indecisión, pues el regateo le empuja a tener que decidir en escasos minutos. No lo percibe así, pero la experiencia le está ayudando a remodelar su talante y su personalidad. En definitiva, le ayuda a madurar. Y hasta ha aprendido a torear situaciones imprevistas como la que le ocurrió hace unos días. Estaba transitando por una calleja trasversal del Camí de l´Estació, cuando de una de las llamadas casas baratas salió una vecina a la que conocía de vista, la señora de Pla, que le hizo una peregrina propuesta.

   -Sacarietes, ¿si te compro un conejo me escribirás de balde una carta para mi Enriquito?

   -Perdone, señora Herminia, pero no es necesario que me compre nada para escribirle una carta. Lo puedo hacer esta misma noche, si le viene bien, pero le costará dos pesetas que es lo que cobro. Lo de comprar el conejo es aparte –una respuesta así habría sido impensable que la formulara el muchacho semanas atrás-. Entonces, ¿quiere el conejo?

   -No, gracias. Te espero sobre las ocho. Ah, no hace falta que traigas sobre y sello, tengo.

   A Zaca no le importa que le llamen coniller, sería mucho peor que le llamasen alfeñique, botarate, capullo, chiquilicuatre, gilipollas, mequetrefe, papanatas, soplagaitas, tocapelotas o zascandil. Y no te digo nada si le adjetivasen con alguno de los vituperios que coronan el muestrario del insultómetro de la lengua española: cabrón, mariconazo o hijoputa. Al lado de cualquiera de esos descalificativos, lo de coniller parece hasta respetable.

 

   PD.- El próximo martes publicaré el episodio 43 de la novela “El masover”, titulado: La matanza

 

 

  


martes, 14 de octubre de 2025

41. "El masover". Preparando la venta callejera

    Una vez tomada la decisión de vender por el pueblo los conejos que les sobran, los Clavijo comienzan a pensar en cómo llevar a cabo la operación. Lo primero en que reparan es en la probable competencia: el puñado de carnicerías en el plano público, y los corrales caseros en el particular. En las carnicerías del pueblo, la mayor oferta de carne es la del ganado lanar y porcino, aunque también venden conejos y pollos, pero en menor cantidad. En cuanto a los corrales caseros dónde muchos vecinos crían animales para el propio consumo y para vender los que les sobran, creen que serán su mayor competencia, pues quienes tengan conejos no se los van a comprar. Las medidas que toman para contrarrestar a los competidores son dos. Para las carnicerías, ofertarán un producto que, además de pagarse en metálico, también se podrá adquirir por trueque de productos de las cosechas. Como éstas son variadas y se producen en distintos momentos, los labradores suelen ser generosos en su administración. A los que tengan conejos en los patios caseros, les venderán los animales despellejados, además de que también podrán adquirirlos por trueque de productos de las cosechas. El ofrecimiento de venderlos sin piel, genera que una de las acciones a enseñar al primogénito será despellejarlos, actividad de la que ya tiene alguna noción pues, como a veces ayuda a madre en la cocina, se lo ha visto ejecutar muchas veces.

   La práctica de quitarle la piel al animal ha supuesto el sacrificio de cerca de una decena de ellos en los ensayos que ha realizado el chico. Y hoy es la prueba definitiva. Zaca, armado con un recio mazo de mortero, se dirige al corral, elige un conejo macho, lo trinca por las orejas y le da un golpe en la nuca. Muerto el animalillo, vuelve a la cocina donde madre le está esperando para valorar la operación. Tiene que quitarle la piel con cuidado porque ésta también la puede aprovechar madre que se atreve a confeccionar con ellas mitones y gorros o, en su caso, puede venderse a un forastero que una vez al mes se pasea por las calles del pueblo al grito de: Se compren pells de conills. Primero, cuelga el animal de una pata trasera y le hace un corte lateral en el cuello para el sangrado. Luego, corta la piel por debajo de la cuerda de la que cuelga y la estira hacia la cola. Después, realiza la misma operación en la otra pata hasta que llega a la separación de la pata y corta la piel. Sigue tirando hacia abajo, superando el tórax, hasta que separa las patas delanteras, que corta por su articulación. Prosigue, tirando la piel hacia la cabeza y corta la base de las orejas y, apoyando el filo del cuchillo, rodea los ojos, separa las mandíbulas y llega al morro, cortando la piel, que queda ya totalmente separada. Después, procede al eviscerado. Corta el hueso del puente, separa la vejiga y el recto y tira del aparato digestivo, corta y elimina el pene y separa el estómago. También elimina la vesícula. Finalmente, hace la presentación a madre de la canal que incluye cabeza, hígado, corazón, riñones y pulmones.

   -Muy bien, Zaquita, lo has hecho muy bien. Algo lento, pero con el tiempo ganarás en experiencia y rapidez. Creo que, en cuanto a ofrecer limpios los animales, estás preparado.

   -Sobre despellejarlos, hay varias cosas que no me han explicado. Una es si un conejo sin piel lo vendo por el mismo precio que con ella. Otra, ¿dónde los despellejo? Y otra, ¿qué hago con la piel?

   -La última pregunta no la entiendo.

   -Cuando me lo pidan limpio, ¿la piel me la quedo o se la doy a quien haya comprado el animal?

   -Buena pregunta, pues no había reparado en ello. Déjame pensar –tras unos minutos, madre tiene respuesta-: En principio, el conejo lo vendes entero, por lo cual debemos entender que la piel es propiedad del comprador. Debes ofrecérsela y solo si la rechaza te la quedas. En cuanto al precio, será el mismo con piel que sin ella, aunque pierdas un tiempo en quitársela. Y si algún comprador, después de dejar limpio el animal, te pregunta que cuánto vale el despellejo, contestarás que la voluntad. Si te dan algo, bien y si no, también. Sobre donde despellejarlos no puedes hacerlo en la calle, tendrás que entrar en la casa del comprador y el mejor sitio para hacerlo es la cocina. ¿Alguna otra pregunta?

   -Pues de momento no se me ocurren más.

   Respecto a la cuestión del precio al que vender los animalillos, los Clavijo tienen en cuenta que un conejo casero, criado de forma tradicional y con alimentación natural, tiene un peso medio aproximado de unos dos kilos, que una vez despellejado y limpio se reduce aproximadamente a casi la mitad. Es decir, que al final se trata de ponerle precio a un kilo y poco más de carne. Para fijar el precio, tienen dos referencias: lo que le suelen dar a Zaca por escribir una de sus cartas y el precio que cobran las carnicerías y a esas referencias se acogen. Por otra parte, teniendo en cuenta los precios de los alimentos, que se han encarecido mucho en la última década –la familia desconoce que los efectos del crac del 29​​ también llegaron a la economía española-, han concluido que un precio adecuado por animal sería de dos pesetas. Aunque en principio es una cifra provisional, deberá ser el propio mercado el que fije el precio definitivo. Lo que más les cuesta a los Clavijo es fijar las equivalencias de los productos a trocar por cada conejo. Preguntan a familiares y amigos y las opiniones son variopintas, así como las razones que las sustentan. Hasta que la abuela Julia, a quien  también han preguntado, les ofrece un argumento que parece cabal.

   -Si por escribir una carta le dan un pesetó –nombre local de la moneda de plata de dos pesetas, la cantidad del producto a cambiar por un conejo deberá valer, al menos, dos pesetas, y mejor si es más. Supongamos que os ofrecen arroz, como el kilo está a unos sesenta céntimos, tendrían que pedir unos cuatro kilos. Menos, perderían dinero. 

   El señor Zacarías da las ultimas instrucciones a su hijo mayor de cómo ha de proceder a la venta por el pueblo de conejos y huevos -han decidido incluirlos para hacer la oferta más variada-.

   -En el carrito – se refiere al carretón de la LUTE usado para llevar las escaleras cuando hacen las acometidas- portarás dos jaulas de conejos, la cesta con los huevos, un par de sacos para almacenar los productos del trueque, una garrafa para el aceite y una pequeña romana para los pesajes. Queda poco espacio, pero creo que suficiente para almacenar los productos que te ofrezcan a cambio de los conejos. A medida que recorras las calles agitas la campanilla y gritas: Se venden conejos y huevos y también se cambian por otros productos… -El chaval interrumpe al padre.

   -Perdone, padre. Precisamente, eso es en lo que puedo meter la pata. Si pagan con dinero, la venta no tiene problemas, pero si son trueques con productos de las cosechas no sé la equivalencia de lo que he de pedir por cada conejo. Las explicaciones que me han dado sobre cantidades no son demasiado precisas. Supongamos que me ofrecen patatas, ¿cuántos kilos o medidas he de pedir por un animal? ¿Y si me dan almendras o algarrobas? ¿Y si lo que ofrecen son boniatos o guisantes?

   -Estos primeros días son de prueba. Primero, vamos a ver si la gente se anima a comprar y cuánto. Luego, veremos qué es lo que ofrecen y en qué medida. Y, al final, comprobaremos si el negocio es rentable o no vale la pena.

   -Pero, padre, volvamos a las patatas o a las almendras. Lo natural es que me pregunten qué cuantos kilos por un conejo. ¿Qué les digo, la voluntad, lo que a usted le parezca bien o qué? Porque algo he de decirles.

   El llumero parece que no tiene respuestas para las inquisitivas, pero racionales, preguntas del chico. Comienza a darse cuenta de que no han preparado debidamente el negocio, hay muchos flecos sueltos.  Y es que no basta con dar un primer paso, se tiene que haber previsto parte del recorrido y mejor si se ha pensado en todo el trayecto.

   -Bueno. Hay que repensar algunas cosas. Esta tarde trataremos de resolver todas las dudas que tienes.

   Por la tarde, los Clavijo, con la colaboración como amanuense de su primogénito, elaboran una relación de los productos que más se cosechan en el pueblo y su equivalencia en el trueque por un conejo o una docena de huevos. Para fijar el patrón de los trueques, echan cuentas y, trabajosamente, logran resultados. Primero hacen una lista de los precios de los alimentos más comunes: un kilo de pan vale 0,70 pesetas; uno de garbanzos cuesta alrededor de 0,80; uno de arroz sobre 0,60; una docena de huevos 1,20 y un litro de aceite 1,30. También meten en la ecuación el salario medio de un bracero que oscila entre cinco y ocho pesetas al día, horquilla sujeta a la ley de la oferta y la demanda.    

   -Zaquita, hijo, ¿lo tienes todo claro?, ¿te queda alguna duda?

   Dudas el chaval tiene muchas, pero acepta que no todas pueden ser dilucidadas por padres en la fase previa en la que están. De momento, hay que dar el primera paso y luego Dios dirá o, quizá sería mejor decir que los futuros compradores dirán. La mayor reserva que tiene el muchacho sobre su nuevo trabajo no es tanto de si va a funcionar o no, sino como lo van a encajar sus amigos. ¿Les parecerá bien?, ¿se burlarán de él como hicieron cuando pastoreaba las cabras?, ¿le sacarán un nuevo apelativo como cuando empezó a escribir cartas? Como no tiene respuestas, se dice que lo que sea, sonará. Y más que dudas, lo que siente es vergüenza del nuevo papel que sus padres le obligan a representar. Está descontento con sus progenitores pues, desde que lo de la alfalfa les fue bien, parece que un ansia comercial se ha apoderado de ellos y solo piensan en enriquecerse. A él también le gustaría que en casa entrase más dinero, pero no a costa de que lo conviertan en un mercachifle. Porque ese es el papel que padres le están encomendado y, para alguien que vive en el mundo teórico y plácido de los libros, ese rol es algo denigrante, si no despreciable. ¡Vendedor de conejos, no se puede caer más bajo! Pero, como siempre, calla y traga. Se ve incapaz de contrariar a sus progenitores. Ni tiene la personalidad, ni el carácter resolutivo para ello. Algo ha mejorado, pero aún le falta mucho trecho para enfrentarse a sus mayores. Y el resultado de ello es que se va a convertir en un trujamán de tres al cuarto al que no solo sus amigos van a ridiculizar, sino que será medio pueblo el que piense: Pobrecito, de escrivent a coniller. De realizar una tarea culta y propia de una persona ilustrada a dedicarse a una actividad tan vulgar y grisácea como la de vender animales lagomorfos. Porque, a ver –se dice-,” ¿Cuántos de los posibles compradores saben qué significa lagomorfo? ¿Cuántos conocen que esa es una palabra de la zoología que se aplica a los mamíferos que son semejantes a los roedores, de los que se diferencian por poseer dos pares de incisivos superiores en lugar de uno; como por ejemplo, el conejo? ¿Cuántos lo sabrán? Lo más seguro es que nadie, quizá ni siquiera mis maestros. Y al único chico del pueblo que sí la conoce, lo meten a vender conejos. Es un sinsentido. De vender algo, debería vender libros, pero eso se ve que no tiene mercado en el pueblo”. Zaca es sabedor que en más del noventa por ciento de los domicilios locales no existe un solo libro –acaso un ejemplar del Calendario Zaragozano-, con la excepción de alguna enciclopedia escolar en aquellas familias que tienen críos en edad de ir a la escuela, por lo de que un torreblanquí compre un libro es tan raro como las auroras boreales. Pero Zaca va a convertirse en conejero ambulante e, igual que si fuera una marinera de Torrenostra, irá vendiendo por las calles del pueblo, solo que en vez de pescado, conejos. Más bajo no se puede caer.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 42, de la novela “El masover”, titulado: El coniller

martes, 7 de octubre de 2025

40. "El masover", Tácticas de mujer

   A los Clavijo les ha costado casi dos años madurar la sugerencia que en su día les hizo la abuela Julia sobre cultivar alfalfa y criar conejos. Tras unos comienzos un tanto inciertos, el señor Zacarías se ha decidido a cultivar alfalfa en el marjal de la Sort de Monet de d´Alt donde, con la inestimable ayuda del primo Silvestret, han logrado que se críe muy bien la hierba. Lo que hace  innecesario que Zaca saque a pacer las cabras –la cabritilla ha crecido- todos los días, basta con que las pastoree dos o tres veces a la semana. Visto el éxito del cultivo, los Clavijo se plantean extender la plantación de la alfalfa, pero ni el huerto de naranjos de la partida de la Capella, ni el almendral del Bordar son aptos para su cultivo. Especulan sobre la posibilidad de arrendar una finca para cultivar más alfalfa y están en ello cuando, a través de su conocida la Maicalles, Rosario se entera de que se arrienda un marjal en la Carrassa de les Piteres por un precio asequible. Se plantea si comentárselo a su marido pero, como le conoce, lo hace, aunque cambiando de fuente. Para ello se sirve de su primo y lo que cuenta a su esposo es que es Silvestret a quien se le ha ocurrido lo del arriendo del marjal de les Piteres.

   -Es una recomendación que, viniendo de quien viene, habrá que tenerla en cuenta –acepta el llumero.

   Con la abundancia de forraje que los Clavijo logran recolectar tampoco es necesario que el primogénito vaya a segar hierba al Prat, algo de lo que ahora también se encarga Silvestret. Otra consecuencia del incremento de heno es que la cría de conejos se ha multiplicado y los Clavijo se encuentran con una producción de animales que les sobrepasa. Su carne entra tantas veces en el menú familiar que todos están hartos de repetirla. Y eso que Rosario los guisa de todas las formas posibles: estofados, asados, fritos, al ajillo, en salmorejo, en salsa, al horno, confitados, a la cazadora, al vino… Pese a las habilidades culinarias de la matrona llega un momento en que toda la familia está de acuerdo que ha de poner coto a tanta reiteración. Llegados a ese extremo, el señor Zacarías se dice que es hora de volver a hablar con el tío de su mujer que tiene un conocido que es comerciante de conejos en el popular mercado de los lunes de Castellón. El tío Traver les informa que dicho individuo ya no se dedica a la venta de conejos y los Clavijo se encuentran con una plétora de animales a los que no saben dar salida. Durante un par de semanas discuten sobre qué hacer con el exceso de producción conejil. Hasta que el cabeza de familia adopta una medida.

   -Tras mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que lo más rentable será reducir la población y que no haya nuevas camadas durante unos meses, hasta que consigamos un número de conejos que podamos manejar.

   En el asunto de los roedores, Zaca ha hecho algunos descubrimientos, nuevos para él, tales como que las hembras procrean a lo largo del año, lo que puede producir camadas de entre cuatro y ocho crías en una misma anualidad. Ahora se explica la frase, tan vulgar como popular, –parece una coneja-, que a veces se aplica a las mujeres con muchos hijos. A veces observa a los gazapos recién paridos y descubre que nacen ciegos, sordos y sin pelo, pero que son cuidados y amamantados por su madre, quien los protege del frío con el pelaje que se arranca del propio cuerpo. Estas observaciones se las cuenta a madre que está departiendo con Paca la masovera y la abuela Julia. Tras irse el muchacho, siguen hablando de la cuestión de los conejos y la anfitriona cuenta a las masoveras el problema del superávit de animales y la determinación que han tomado. Es oír esto y la abuela, como acostumbra, mete baza.

   -Si me permite, señora Rosario –aunque ésta y Paca hace tiempo que se tutean, la abuela sigue guardando las formas-, creo que hay otra salida mejor. ¿Por qué no intentan venderlos? -Rosario responde que ya lo intentaron, pero que la gestión que hizo uno de sus tíos no tuvo éxito y no han sabido que otra solución tomar.

  -Podrían venderlos aquí y en los pueblos cercanos –sugiere la abuela.

  -Ya lo pensamos, pero ni aquí, ni en los pueblos próximos creemos que la gente vaya a gastarse un real en la compra de conejos. Hay mucha gente que tiene conejos en casa.

   -¿Y por qué no repiten lo que hace Sacarietes con las cartas que escribe?, que unas las cobra en metálico y otras en especies.

   -¿Y qué vamos a hacer con las patatas, boniatos, algarrobas y almendras que es lo que más nos darían?, de todo eso ya tenemos suficiente.

   -Menos las almendras con los otros productos se podría engordar uno o varios cerdos que son animales que tienen la venta asegurada y podrían ganar un buen dinero.

   -¿Y cómo informamos a la gente que tenemos conejos para vender o para cambiarlos por frutos de las cosechas? –la llumera solo ve problemas por todos lados. 

   -Pues la verdad, no lo sé, pero… -allí donde Rosario ve dificultades, Julia ve soluciones-. Podrían pedirle al alguacil que hiciera un bando… o, algo que posiblemente sea más eficaz: imiten a las marineras, cojan un carrito de mano, cárguenlo con dos o tres jaulas de conejos y recorran las calles pregonando que venden conejos o los cambian por productos de la tierra –a la abuela se le ha disparado la imaginación y adorna la hipotética venta con toda suerte de detalles-. En los trueques pidan primero dinero o, si los compradores no tienen, los cambian por lo que tiene mejor venta: harina, aceite…y ahora no se me ocurre que más productos aceptar.

   -Que fácil lo ve usted todo, señora Julia.

   -Pruébenlo. No tienen nada que perder y sí mucho que ganar.

   -Y suponiendo que lo intentemos, no sé quién de la familia podría hacerlo. Mi marido tiene su trabajo y yo con cuatro hijos ya puede suponerse lo aperreada que voy.

   -Eso es algo que tendrán que decidir ustedes. Si se lo plantean, seguro que encontrarán la solución. Insisto en que por intentarlo no perderán nada.

   -Bueno, se lo comentaré al marido.

   -Hágase un favor, Rosario. No le diga que es una sugerencia mía, tengo la impresión de que al señor Zacarías mis consejos no le hacen ninguna gracia. Es preferible que le diga que se le ha ocurrido a usted.

   -No se preocupe, así lo hare, pero que le quede claro que no es cierto que a mi marido le caiga mal, ni muchos menos. Sin ir más lejos, ayer me comentó lo maja que es usted y la buena cabeza que tiene.

   En cuanto se van las masoveras, Rosario piensa que la idea de Julia podría dar resultado y, en todo caso como ha dicho, poco tienen que perder, pero como no es lela y sabe que su marido –como la mayoría de hombres- está persuadido que el papel de las mujeres no es pensar, sino complacer a su hombre, ocuparse de la casa, criar a los hijos y poco más, decide contárselo como una ocurrencia de otra persona, varón por supuesto. Enseguida encuentra a quien otorgarle el papel de pensador, una vez más tendrá que pedirle a su primo Silvestret que le eche una mano.

   -Marido, el otro día hablando con Silvestret sobre cómo va la alfalfa en el marjal arrendado, ¿sabes qué me contó de paso? –Y punto por punto le cuenta la idea de la abuela Julia, pero puesta en la boca de su primo-. La verdad es que me pareció una idea muy complicada, pero también es cierto que las mujeres no entendemos de esos negocios. Seguro que allí donde yo solo veo dificultades, tú verás posibilidades que a mí se me escapan –Rosario sabe bien que su marido considera a su primo un hombre cabal y valora sus opiniones.

   -Tienes razón, la idea parece complicada, pero viniendo de Silvestret lo mismo hay que echarle un pensament. Tu primo es de los que no da puntada sin hilo -Y ahí queda el asunto, pero el llumero ha debido darle vueltas al proyecto porque días después comenta a su esposa:

   -Estoy dándole vueltas a la idea de tu primo y creo que podría resultar, pero hay un inconveniente, el mismo que tuvimos cuando lo de llevar a pastar las cabras. ¿Quién se encarga de recorrer el pueblo pregonando la venta de conejos, bien por dinero o por trueque de cosechas? Tendría que ser alguno de los chicos mayores y tanto Zacarías como Charito están muy sobrecargados de tareas.

   Rosario, que también ha cavilado sobre la idea de Julia, se ha planteado ese problema y tiene una solución, pero no quiere darla, prefiere deliberar la cuestión con su marido y que en el debate parezca que sea él quien encuentra la solución -una táctica que las mujeres llevan empleando desde Eva, con excelentes resultados-. Vista la experiencia de cuando discutieron el asunto del pastoreo de las cabras, los padres debaten entre ellos a quien encargar la venta de conejos. Hay un candidato claro: el primogénito, pero saben que está sobrecargado de faena y si le encargan otra tarea pueden resentirse sus estudios, empeño que consideran primordial. Y sobre esa base reflexiona el llumero.

   -Solo veo una salida: encargárselo al mayor, pero solo tiene doce años, todavía es pequeño para una tarea así.

   -Pero es muy listo y creo que si le explicamos bien lo que tiene que hacer podría llevarlo a cabo –rebate Rosario.

   -Por listo que sea, doce años son doce años. Es todavía muy niño para manejar un negocio que tendría que hacerlo un adulto.

   -Sí, tiene doce años, pero es muy maduro para su edad. Y hasta ahora ha dado la talla en todas las tareas que le hemos encomendado. Y tú sabes lo bien que cuenta. Lo que habría que hacer sería descargarle de alguna de las labores que lleva a cabo. El problema estará en ¿quién se encarga de sustituirle? -Parece que Rosario medio ha convencido a su marido, porque su respuesta es: 

   -Depende de la faena que le quitemos.

   -Pienso que debería ser el cuidado de las cabras.

   -De acuerdo, pero ¿qué hacemos con ellas?, porque alimentarlas solo con alfalfa no creo que sea lo más adecuado. ¿Quizá podría hacerlo Pedrito?, ya tiene ocho años –propone el hombre. Rosario está en un tris de mostrar su alegría, esa era la solución en la que había pensado pero, cauta, pone objeciones.

   -Es todavía muy pequeño para manejar dos cabras.

   -Pero está muy alto para su edad y es más fuerte de lo que parece. Además, lo de manejar las cabras se lo podemos poner más fácil. ¿Cómo? Primero, que las saque solo dos veces a la semana. Segundo, que las lleve a pastar solamente por los alrededores de la Fábrica. Tercero, que vayan atadas con una cuerda y que no las deje sueltas. Con esas medidas, considero que el niño puede sustituir a su hermano en la faena del pastoreo. Y además, el chaval siempre está dispuesto a ayudar. Recuerda cuando hicimos la distribución del trabajo de los conejos, se enfadó porque no habíamos contado con él.

   -Si tú lo dices, marido –Rosario declina sus aparentes objeciones y va más allá-. Yo me encargo de hablarlo con él.

   Con las decisiones tomadas sobre los conejos y la alfalfa, los Clavijo, casi sin darse cuente, están dando un salto cualitativo hacia adelante en su vida. Les podrá salir bien o mal, pero indudablemente están llevando a cabo un cambio actitudinal que puede marcar el devenir familiar. El interrogante es si ese cambio será percibido y asumido por su prole, especialmente por el primogénito poco dado a modificaciones en su reglada vida. Aunque en una familia tan unida como la de los Clavijo, si los padres adoptan nuevos principios lo más probable es que los hijos sigan por la misma senda. Y en ese sentido será importante que el mayor de los hijos imite a sus progenitores, ya que si lo hace los demás hermanos lo tendrán más fácil.

   Al final, la táctica femenina, de que sean los varones quienes parecen pensar y decidirlo todo, funciona, pese a que son ellas las que les han inducido a reflexionar sobre la cuestión que se debate. Argucia que acaba por triunfar en la mayor parte de las ocasiones. Y es que la maniobra de hacerse las tontas, aunque sean tan rabiosamente listas como Rosario, las mujeres llevan practicándola desde el jurásico. Y aunque no todas son tan sutiles, la inmensa mayoría hace de la necesidad virtud y compensan su menor potencia física en urdir artimañas ante las que los varones acaban rindiéndose con armas y bagajes. O sea, que de sexo débil, nada.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 41 de la novela “El Masover”. Preparando la venta callejera

martes, 30 de septiembre de 2025

39. “El masover”. La tierra para el que la trabaja

  Entre las reformas que ha hecho la II República una de las más valoradas es la educativa, reforma que levanta intensas controversias, tanto dentro del parlamento cómo en la opinión pública. Los diputados y votantes de las derechas por un lado y, por el otro, los diputados y votantes de las izquierdas se plantean la educación de forma antitética. Los principios educativos que los gobiernos republicanos propugnan son que la educación pública debe de ser laica, gratuita -especialmente en primaria-, tener un carácter activo, creador, permanente y social. Y, además, defienden que sea mixta, que niños y niñas deben formarse juntos conforme a un mismo programa. Los defensores del ideario conservador aspiran a que la educación tenga un fuerte componente religioso, valoran más la memoria que el espíritu creativo, el maestro es una figura de autoridad, los estudiantes suelen tener un papel pasivo, niños y niñas no deben mezclarse, y el aprendizaje se centra en la memorización y la repetición.

   En el aspecto material, una de las prioridades de los gobiernos republicanos ha sido la construcción de escuelas primarias públicas, para poner fin a una de las lacras de la sociedad española: el analfabetismo, que alcanza tasas entre el treinta y el cincuenta por ciento de la población, sobre todo en el sector femenino. De acuerdo con esa prioridad, en Torreblanca está proyectada la construcción de un nuevo grupo escolar que amplíe el actual, pero por el momento las inversiones del Ministerio de Instrucción no cubren todas las necesidades, ya que los ingresos de la Hacienda pública han disminuido considerablemente debido al bajón sufrido por la producción industrial y la depreciación de la peseta. Por el momento, la única novedad educativa que ha llegado al pueblo es la coeducación y la medida ha supuesto una revolución en el conservador ambiente local. Don José Persiva -uno de los maestros de Zaca- que ejerce de facto el papel de director escolar, ha recibido una circular de la Inspección Provincial de Enseñanza Primaria en la que se regula que, a partir del inicio del curso 1932-33, los niños de ambos sexos y del mismo curso compartirán la misma aula y maestro, sea del sexo que fuere. La medida supone una pequeña revolución en el seno del claustro torreblanquino. Al igual que ocurre en el resto del país, el profesorado se divide, la mayoría se posiciona en contra de la educación mixta, con la excepción de don Rodolfo, doña Mercedes y la ambigua posición del turolense don Francisco. Todos los demás, no solo se oponen, sino que inducen a la mayoría de padres, especialmente a los de las niñas, a que anuncien que si juntan a sus hijas con los chicos dejarán de enviarlas a la escuela. Esto último le parece muy bien a Zaca que, dada la educación recibida de la supremacía de los varones –y que es la mayoritaria de la sociedad española de la época-, es un convencido de la educación diferenciada por sexos. Las mujeres a sus labores, es lo que siempre pregona padre y si él lo dice es porque debe de ser así. La prueba la tiene en su propia casa: él estudia y ha oído comentar a padres que Pedrito y, en su momento, también Chimet seguirán el mismo camino; en cambio, Charito no lo hará, no porque sea menos inteligente que sus hermanos, sino porque es lo natural puesto que es mujer. Su futuro será casarse, ser madre y ama de casa.

   Ante la amenaza de los padres de las alumnas de que no llevarán sus hijas a la escuela, don José, que es contrario a la fusión pero, que como de costumbre chaquetea, no sabe cómo solucionar la controversia y recurre a la Inspección de Enseñanza Primaria. El inspector de la zona, don Ángel Pérez, para resolver el problema de la coeducación, organiza en el ayuntamiento una reunión a cuatro bandas: el alcalde, el director de la escuela, un representante de los padres y él mismo.

   -Les recuerdo que hay que llevar a cabo lo que manda la ley, puesto que, aunque no guste a los padres, eso es lo que hay que hacer en una sociedad democrática –resume el alcalde.

   -Apoyo decididamente la postura del regidor. Y, por el momento, me reservo el derecho de explicitar con más detalle la postura del Ministerio de Instrucción a quien tengo el honor de representar –explica el inspector.

   -Los maestros, como no puede ser de otra forma, haremos lo que diga la autoridad, pero habrá que tener en cuenta la opinión de los padres, pues al fin y al cabo son los mayores interesados en la educación de sus hijos -El director escolar, cogido entre dos fuegos, intenta quedar bien con todos.

   -Como representante de los padres insisto en que la mayoría de mis paisanos, sobre todo los que tienen hijas, no está por la labor de que se junten chicos y chicas, sino que cada sexo siga en aulas separadas. Además, debemos tener en cuenta que las niñas en la sesión vespertina solo realizan la actividad de costura, en la que se les enseña lo que toda mujer debe aprender: coser, remendar, tricotar  planchar…, etcétera. Y si se juntan niños y niñas, ¿qué pasará?, ¿qué también los chicos tendrán que aprender a coser y todo lo demás? ¿Y a quién se le ha ocurrido semejante majadería? –El representante de los padres es el más combativo de los cuatro y el único que se opone frontalmente a la educación mixta.

   Cómo no hay forma de que lleguen a un acuerdo, el alcalde propone cumplir la normativa de la coeducación, pero dando libertad a los padres de que envíen a sus hijos a un aula con coeducación o a otra sin ella. Esa solución de compromiso conlleva muchos problemas organizativos, pues en el pueblo hay ocho unidades escolares, cuatro de chicos y otras tantas de chicas, que en la práctica funcionan como ocho unitarias, y el colegio no tiene capacidad para desdoblar cursos con o sin régimen mixto. Tras mucho debatir y visto el escaso número de familias a las que no les importa que sus hijas se eduquen con chicos, se llega a una solución un tanto peregrina y que no deja contento a nadie: siete de las aulas tendrán alumnos de un solo sexo y la octava aula recogerá a siete niñas y dieciocho niños –aquellos cuyos padres aceptan la coeducación- que se educarán conjuntamente. De la reunión sale otro acuerdo de futuro, auspiciado por el inspector: que a partir del próximo año el primer curso de educación infantil será mixto, una forma de implantar la coeducación de forma gradual. Estas peripecias educativas y todo el barullo montado son seguidos por Zaca de primera mano, pues sigue yendo a la escuela diariamente a cantar sus lecciones. Del enfrentamiento, el chico saca la conclusión de que el diálogo es un instrumento esencial para afrontar dos posiciones contrapuestas.

   Otra reforma que España necesitaba con urgencia era la agraria, debido a la existencia de un sangrante problema histórico: la tremenda desigualdad social existente en la mitad sur del país, pues junto a los latifundios, propiedad de unos miles de familias que no cultivan sus fincas de manera directa, casi dos millones de jornaleros sin tierras viven en condiciones miserables. En la década de los treinta la población activa del sector primario representa cerca del cincuenta por ciento del total de la fuerza laboral del país, por lo que la tierra sigue siendo la fuente principal de la riqueza nacional. Para solucionar o, al menos, paliar la difícil situación de los jornaleros, el gobierno provisional de la República, ya en mayo del 31, tomó medidas en los llamados "Decretos agrarios" de Largo Caballero. Finalmente, en septiembre de 1932, el gobierno promulga la Ley de Reforma Agraria, que es uno de los proyectos republicanos más ambiciosos. El método que se escoge para resolver el problema es la expropiación con indemnización de una parte de los latifundios que serán troceados en pequeños lotes y entregados a los jornaleros. La medida es puesta en solfa por la mayoría de tertulianos del Pincho, algo realmente sorprendente, pero hay un motivo que fundamenta dicha posición y que lo explica el veterinario.

   -Puesto que en Torreblanca no hay latifundios, la reforma agraria no va a tener ningún impacto en el pueblo. Lo que aquí se necesita es lo contrario: un programa de concentración agraria, pues al estar la tierra repartida en miles de minifundios es prácticamente imposible conseguir una mínima rentabilidad de las fincas.

   -A lo que habría que añadir que un proceso de concentración parcelaria es algo que los labradores torreblanquinos son incapaces de asumir, ya que su modo de vida, sus costumbres y sus rutinas se centran en la cotidiana ida y vuelta a sus campos que, cuando tienen más de un jornal; es decir, cuando tienen una extensión de más de tres mil trescientos treinta y tres metros cuadrados son considerados unas fincas respetables –remacha don Rodolfo el maestro.

   Respecto al problema agrario, en Torreblanca en vez de parcelar lo que se debería hacer es agrupar, pero ello se topa con la tradición de los agricultores, el grupo de población más apegado a su patrimonio. Vender una finca, por muy pequeña que sea, es lo último que hace un labrador, cuya vida laboral, por lo demás, es enormemente repetitiva. La rutina de los labradores comienza por las mañanas cuando enganchan el mulo al carro y marchan a sus fincas a trabajarlas para ganarse un sustento que en la mayoría de ocasiones es de mera subsistencia. La mayor parte de las veces, les acompañan sus mujeres e hijos adultos y, en aquellas ocasiones que lo precisan, también los chiquillos. Muchos de los carros, llevan un perro atado, generalmente mestizo, en la parte posterior y que sirve de vigilante y para ladrar al mulo cuando se cansa de dar vueltas a la noria. La jornada laboral es de sol a sol. A mediodía, almorzarán de lo que hayan traído de casa o cocinarán algún guiso de fortuna hecho por la mujer en la misma finca, a menudo a la sombra de una de las frondosas higueras que circundan las norias. Los hombres visten pantalones remendados, casi siempre de pana, y, según el tiempo, blusas rayadas, chalecos o simplemente una camisa. Las mujeres llevan sayas negras o grises hasta los tobillos y se cubren la cabeza con un pañuelo o mejor un sombrero de paja para que no les dé el sol –lo de broncearse solo lo hacen las señoritingas de ciudad-. Los críos suelen llevar la ropa más vieja, a veces heredadas de sus mayores. Y lo habitual es que la familia no regrese a casa hasta cerca del ocaso, cuando en los caminos que confluyen en el pueblo se forman filas de carros que, a veces, se paran en los abrevaderos que hay en algunos de los accesos para que beban los mulos.

   Los Clavijo no son agricultores, pero la señora Rosario heredó de su fallecida madre tres minúsculas fincas: una de tierra campa en la partida de la Capella Vella, de tres cuartos de jornal; un campo de almendros en la partida del Bordar de menor extensión, y un marjal en la Sort de Monet de Dalt de medio jornal. Puesto que el señor Zacarías sabe poco de agricultura, ni tampoco tiene tiempo, las fincas no las laboran los Clavijo, sino que, cuando es necesario, contratan a uno o varios braceros para que realicen las pertinentes plantaciones, riegos, podas y recolecciones. Hay temporadas, la mayoría, en las que cuando el señor Zacarías echa cuentas de lo sacado por las cosechas obtenidas y resta los gastos de la mano de obra el resultado da pérdidas, por lo que más de una vez ha pensado que mejor sería arrendar las fincas o, al menos, alquilarlas a medias.

   Lo único que sabe Zaca de la práctica agrícola es lo que ha podido aprender en el laboreo de las fincas de su madre y piensa que es más que suficiente; solo le gusta la recolección de almendras, cuando con una caña, que al final tiene un trozo de su propia raíz, varea los árboles para hacer caer las almendras que, luego en casa, habrá que pelarlas antes de ensacarlas. El chico detesta el trabajo agrícola, pues exige un esfuerzo para el que no está preparado, más mental que físicamente, puesto que, desde que se encargó de llevar a pacer la cabra murciana, a lo que agregó el esfuerzo físico que supuso el manejo del triciclo se ha endurecido notablemente, ha ganado musculatura y se ha puesto relativamente fuerte. Pese a ello, cuando realiza algún trabajo en el campo se siente torpe, débil e incómodo. Lo suyo es el intelecto, no el músculo y, a poco que pueda, piensa seguir así en el futuro. Zaca no quiere tierras, ni para trabajarlas él ni para que se las trabajen personal contratado, piensa que con la que le toque en su día en el camposanto tendrá suficiente. Por eso está de acuerdo con la revolucionaria consigna de “la tierra para el que la trabaja”, que Emiliano Zapata utilizó como lema de la Revolución mexicana, y que los anarquistas ibéricos han hecho suyo. Pese a su índole conservadora y de aceptación del principio de la propiedad privada, el novicio estudiante de bachillerato, está de acuerdo que las tierras deberían estar en manos de los que las trabajan directamente y quienes no lo hacen no deberían tener derecho sobre ellas. Por lo que su amigo Pifa, que en ocasiones se gasta un humor negro, a veces le llama el republicano agrario.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 40 de la novela “El masover” titulado: Tacticas de mujer

martes, 23 de septiembre de 2025

38. “El masover”. El enfado de Rosario con la ley del divorcio


   Casi de puntillas ha llegado 1932, en cuyo transcurso Zacarías hijo se examinará de segundo de bachillerato y cumplirá doce años. Pese a que el chaval avanza hacia madurez puberal, su vida sigue igual que siempre: estudio, estudio y estudio. En cambio, en la tertulia del Pincho ha habido alguna novedad, pequeña, pero en una composición tan inamovible como la que tiene, cualquier cambio es un hecho a considerar. Se ha incorporado un nuevo contertulio, don Pascual Lapica, capitán de infantería del ejército, casado con doña Julita la Boticaria. Doña Julita no es que sea farmacéutica, el apodo de boticaria le viene porque su padre si fue farmacéutico y ella se benefició del nombre del oficio paterno. El capitán Lapica es un oficial que ha ascendido desde soldado raso -lo que se conoce como oficial chusquero-, y que se ha visto afectado por las leyes republicanas que, de la mano del jefe del gobierno, Manuel Azaña, intentan modernizar el ejército. Y una de las medidas ha sido reducir el número de oficiales. Para lograrlo, a aquellos oficiales que renuncien voluntariamente a seguir en servicio activo se les ofrece el retiro con la paga completa, situación a la que, aunque es vista como un soborno, se han acogido miles de oficiales, entre ellos el bueno de Lapica, que ahora está mano sobre mano. Don Pascual, pese a su profesión, es hombre pacífico y de talante sosegado, solo hay una cuestión que le saca de quicio: la referida a la reorganización del ejército que él sufre en carne  propia. Y ello se hace patente porque cuando algún tertuliano le pregunta su opinión sobre alguna medida del gobierno republicano, sus repuestas suelen ser moderadamente razonables, pero cuando le interrogan sobre la cuestión militar suelta chuzos y venablos. El mayor de los Clavijo le tiene especial consideración, no por su condición de militar retirado, sino por ser padre de un chaval que también cursará el bachillerato, aunque en su caso estudia interno en un colegio que los jesuitas tienen en Valencia. De Lapica, ha aprendido Zaca que Azaña y, por extensión, todos los partidarios de la República, son enemigos acérrimos de los militares, porque para los uniformados la unidad de la Patria es intocable, y los republicanos van del bracete con los independentistas vascos y catalanes que están empecinados en separarse de España.

   Zaca, Influido por dos personas a las que tiene en alta consideración –mosén Florencio y el capitán Lapica-, comienza a tener una visión sesgada del texto constitucional, especialmente en lo que se refiere al tratamiento que la II República confiere a la religión y al ejército, del que tenía una visión romántica, sobre todo por lo que de él contaba padre. El señor Zacarías, en su etapa del servicio  militar obligatorio, fue cuando ascendió social y laboralmente; ya que su futuro, al ser hijo de una familia de pequeños propietarios agrícolas de secano, apuntaba a un porvenir ligado al duro trabajo campesino. El sorteo de la mili le llevó a la base naval de Cartagena donde le enseñaron algunos rudimentos de electricidad y telegrafía y se convirtió en un chispas, como en la mili eran conocidos los que trataban con la electricidad; luego, en la comandancia naval del puerto de Vinaroz, aprendió a conducir automóviles. Al terminar la mili, vio que el oficio de chófer tenía más porvenir que el de campesino y, sobre todo, era un trabajo mucho menos sacrificado. No lo dudó y se empleó en una empresa de transporte que cubría la ruta Teruel-Valencia, vía Sagunto. Hasta que se cansó de la dureza de las cuestas de Rabudo, de las pésimas condiciones de las carreteras y de la endeblez de las cubiertas de los camiones que se pinchaban con gran facilidad, por lo que los trayectos podían ser interminables. El hecho que le llevó a cambiar el volante por los trepadores y los instrumentos aislantes de las  cuadrillas de los tendidos eléctricos fue que uno de sus hermanos, Julián, trabajara en una empresa eléctrica, Luz y Fuerza de Levante, Sociedad Anónima -y cuyo acrónimo era LUTE-, compañía que gestionaba pequeñas centrales hidroeléctricas de los cursos altos de los ríos Palancia y Mijares. Después pasó al departamento de encargados locales de la LUTE, siéndolo de poblaciones como Fanzara, Argelita o Artana, hasta que llegó  a Torreblanca, localidad en la que el amor hizo que recalase allí definitivamente. Lo que padre recordaba de sus plácidos días militares fue lo que hizo que Zaca mirase al ejército con simpatía y, en consecuencia, no podía ser de su agrado un régimen político que lo maltrataba. Por otra parte, la de militar es una de las profesiones que al muchacho no le disgustaría profesar. Piensa que, “en una institución como el ejército en la que el orden y la disciplina son elementos fundamentales de su esencia, se sentiría cómodo,” pues esos valores van como anillo al dedo a su carácter y modo de ser. Y dentro de las fuerzas armadas, preferiría la marina, quizás por el pasado naval de padre. Alguna que otra vez sueña despierto viéndose como oficial de la armada y es feliz con el sueño.

    Aunque el régimen republicano ha aportado al país un soplo de aire fresco y al mismo tiempo se ha llevado por delante al arcaico y corrupto régimen monárquico, debido a unas muy particulares influencias personales, el chico le está cogiendo manía al nuevo régimen. Por otra parte, el sistema caciquil, verdadero entramado de intereses creados, sigue detentando el poder de facto, sobre todo en las comunidades pequeñas, como es el caso de Torreblanca. En el pueblo sigue mandando el cacique de turno, en este caso, don José Persiva, el maestro que, por supuesto, cuenta, salvo contadas excepciones, con el apoyo encubierto de las familias con más posibles. El poder y el dinero casi siempre van de la mano, aunque el chaval todavía no lo ha descubierto. Y es que, aunque Zaca se considera a sí mismo como una enciclopedia viviente, en realidad sus conocimientos están limitados al contenido de un par de enciclopedias y los libros de texto de las asignaturas de bachillerato, y en cuanto a conocimientos de la vida social del país aún son más limitados. Pero eso también lo desconoce y, como es feliz así, sigue con su vida de siempre: estudiar, leer tebeos y novelas, ir al cine, juntarse con sus amigos y… soñar.

   En ese contexto, a mediados de marzo, un día llega a casa la señora Rosario muy enfadada. Acaba de enterarse que el gobierno ha aprobado una ley por la que se implanta en España el divorcio. El matrimonio deja de regularse por el Código Civil de fines del siglo XIX, que disponía que el matrimonio únicamente se disuelve por la muerte de uno de los cónyuges. Ahora pasa a estar sujeto a la libre voluntad de los consortes, por lo cual una pareja puede romper los votos que les unen, siempre que cumplan los requisitos establecidos por la ley.

   -¡Pero qué clase de gobierno tenemos que a partir de ahora uno puede descasarse cuando le salga de las narices! El matrimonio es para toda la vida y no para un rato o unos años. ¡A dónde vamos a llegar. Esto es un sindiós!

   -Eso debe de ser una patraña, Rosario. Ya sabes que hay mucha gente que la tiene tomada con la República y se inventa cada bulo que es la hostia –el señor Zacarías trata de tranquilizar a su consorte.

   -De bulo nada, me lo acaba de contar la señora de tu paisano, don Francisco Escartín, que lo ha leído en El Heraldo. Y me lo ha confirmado la señora Sènta la Llansòla, que debe de ser la única mujer del pueblo a la que el divorcio le viene de perillas, pues como está malcasada ahora podrá arreglar su situación. ¿A dónde vamos a llegar con este gobierno? Es que no hay palabras.

   Zaca, que sabe que madre no suele meterse en politiquerías, se extraña de que esté tan enfadada, pero cuando mosén Florencio le explica lo que conlleva la nueva ley comprende la indignación materna. Porque piensa que “si padre se divorcia, ¿se quedarán sin padre?, ¿y si no tienen padre de qué van a vivir entonces?, ¿y tendrán que irse de la Fábrica? Estas preguntas que nadie contesta le ponen de uñas contra la nueva ley. En contra de los temores de muchos vecinos de que el divorcio convierta al pueblo en una nueva Sodoma, pasados unos meses, la ley ha tenido pocas consecuencias en Torreblanca, pues, que se sepa, solo Pere Martínez, un fogonero del depósito del ferrocarril, ha pedido el divorcio de su mujer que le dejó por un viajante de comercio hace casi veinte años.

   A todo esto, ha llegado junio y con él los temidos exámenes libres de bachillerato. Como ocurrió en los cursos anteriores, Zaca aprueba el segundo holgadamente, solo en aritmética está a punto de pinchar, pues aprueba la asignatura con un cinco raspado. En la familia celebran el aprobado como si hubiese terminado una carrera universitaria, puesto que el objetivo de que un Clavijo se convierta en bachiller está cada vez más cerca. El chico recibe como regalos una nueva estilográfica que no se descarga como la primera que tuvo, un completo atlas de Europa y un billete de veinticinco pesetas de su tía Emilia para que se lo gaste en lo que quiera.

   El 1 de septiembre del 32 comienza oficialmente el curso 1932-33, en el que Zaca cursará tercero. A medida que pasan los meses de ese nuevo curso y Azaña sigue de presidente del gobierno, la gente comienza a identificarle con la República. La prensa satírica de derechas lo denigra constantemente y la oposición de las fuerzas conservadoras es cada vez más virulenta. Esa campaña, agravada por la reforma del ejército contribuye, además, a convertir la República en un régimen al que muchos detestan, aunque posiblemente no son mayoría. Uno de los efectos del cóctel resultante de la deriva izquierdista de la República se materializa en agosto con el golpe liderado por el general José Sanjurjo, golpe que es exponente del malestar de una parte del Ejército por causas no estrictamente políticas. En la intentona golpista, que se materializa únicamente en la ciudad de Sevilla,​ solo toma parte una pequeña fracción del ejército español, lo que supone su fracaso desde el comienzo de la asonada. Pese al breve lapso de tiempo que dura la sanjurjada, su impacto en la tertulia del Pincho es notable. Quién lo describe es el veterinario.

   -Es la primera vez que el ejército se alza contra la República. Hasta ahora, los militares no habían levantado la voz, a pesar de las leyes de Azaña contra las fuerzas armadas.

   -Lo que acabas de afirmar, Avelino, es inexacto por sesgado e incompleto –argumenta don Rodolfo en tono enérgico-. Las leyes de Azaña no van contra las fuerzas armadas, sino que tratan de reorganizarlas y modernizarlas, reduciendo su disparatado tamaño, más necesario cuando ya no tenemos colonias que defender.

   -Yo quiero hacer hincapié en un aspecto de la sanjurjada que nadie parece reparar –interviene el barbero-. Por lo que cuenta todo el mundo, la intentona de alzamiento del general Sanjurjo ha sido secundada por un escaso número de militares. Esa poca concurrencia ¿quiere decir que el peligro de las conspiraciones ha pasado y la aceptación de la República por el ejército es definitiva? –y agrega- : Y otra pregunta relacionada con la anterior, ¿los políticos republicanos están convencidos de que la lealtad de los militares a la República es definitiva o no? -Ninguna de las dos preguntas de Julio obtiene respuesta. Pero el barbero, que es terco como una mula, no se da por vencido y dirigiéndose a Pascual Lapica personaliza sus preguntas.

   -Don Pascual, si hay alguien aquí que está más que cualificado para responder a mis preguntas es usted, ¿qué nos dice? -El capitán, a quien parece no haberle gustado nada la interpelación del barbero, hace un mohín y su respuesta es todo un modelo de no decir nada.

   -Pues cualquiera sabe, mi querido Julio.

   A Zaca, que está oyendo la charla, la respuesta del militar le parece una tomadura de pelo, pero se queda sin saber a qué atenerse. “¿Será bueno o malo que haya menos ejército?”, se pregunta, pues a él los militares le caen bien, en general. La enésima pregunta que se plantea sin que tenga su correspondiente respuesta. Esto, al muchacho, cada vez le importa menos, porque ya se ha acostumbrado a vivir en una sociedad en que preguntas hay muchas, pero respuestas muy pocas.

   Y a todo eso, Rosario, que ni le gusta la política ni la entiende, acumula rencor contra el gobierno republicano por haber promulgado la ley del divorcio. Dada su escasa formación y las costumbres ancestrales en las que ha sido educada, no puede concebir que lo que propugna la ley puede llegar a ser una poderosa palanca para la emancipación femenina.

 

   PD.- El próximo martes publicaré el episodio 39, de la novela “El masover” titulado: La tierra para el que la trabaja