viernes, 1 de abril de 2022

Libro III. Episodio 138. Pinkety

 

   El mediero de la finca, que los Carreño han comprado en San Martín, les enseña los conejos a los niños pues Pili le ha preguntado por qué están encerrados en jaulas.

   -Es que, si los dejo sueltos por el patio, excavan madrigueras y se escapan –les explica.

   -¿Señor Venancio, le importará regalarme uno cuando nos vayamos? Ese de color blanco y gris tan chiquito –pide Pili.

   -Hija, no es de buena crianza ir por ahí pidiendo cosas a la gente –le reconviene Julia-. A buen seguro que el señor Venancio ya tiene destino para el conejito.

   La pequeña no insiste, pero su carita lo dice todo, pese a sus casi nueve años sabe bien cuál es el destino del conejo, terminar en una cazuela o en un espetón pero, después de lo que ha dicho su madre, desiste. Los demás niños se lo pasan en grande persiguiendo a las asustadizas gallinas y el colofón lo viven cuándo Venancio los sube, uno a uno, a grupas de la pollina y les da un corto paseo.

   Explorando los alrededores del cortijo, los pequeños han descubierto una balsa mediada de agua. Buscan al mediero que continúa hablando con sus padres, tienen algo que preguntarle.

   -Señor Venancio, ¿podemos bañarnos en la balsa?

   -Si os dan permiso vuestros padres sí pero, no ahora, por las noches todavía refresca y el agua está fría. Cuando volváis en verano.

   -Papá, ¿nos dejarás bañarnos en verano? –pregunta Álvaro, que es el portavoz de la chiquillería.

   -No se preocupe, señor Julio, el agua no los cubre salvo a la chiquitaja –le tranquiliza Venancio.

   -Cuando llegue el verano, si os habéis portado bien, no habéis hecho ninguna trastada y habéis sacado buenas notas, igual os dejo –acepta Julio.

    Más tarde, los padres acompañados por el mediero y su esposa, que hasta el momento no había aparecido, les acompañan a visitar el cortijo. Es un edificio del siglo pasado, de feísimo aspecto exterior con altas paredes de ladrillos, rejas enmohecidas rematadas por pequeños círculos y un escudo de piedra, corroído por el tiempo, encima de la puerta, ventanas con cristales rotos y algunas con las fallebas desaparecidas. Por dentro está bastante mejor: patio con flores, habitaciones con zócalos de azulejos verdes y azules, puertas deslustradas de pino…, pero todo desprende una sensación de paz y de cierta armonía. Tras el recorrido, los Carreño comentan alguna de las particularidades del edificio.

   -A esta casa se le puede sacar mucho partido. De entrada, tiene muchos metros cuadrados y eso es fundamental. Me voy a traer un día a mis socios de Interplás a ver qué nos aconsejan para lavarle la cara a este caserón sin que nos cueste demasiado –sugiere Julia.

   -Por dinero no te preocupes, cariño –afirma Julio sacando pecho.

   De pronto aparecen los niños, capitaneados por los dos mayores, que se dirigen a su padre.

   -Papá, Pili dice que a la finca la podemos llamar la Pelona, como la mula que tenías. A mí me parece que es un nombre muy feo y que si le ponemos algún nombre debe de ser la finca de los Carreño –expone Álvaro.

   -O de los Julios, que es el nombre de los papás –apunta Julián.

   -Hablando de nombres, ¿cómo se llama la finca, señor Venancio? –pregunta Julio.

   -Tie un nombre mu raro porque los primeros dueños paece que eran ingleses. Le decían Pinkety.

   -¿Y eso qué quiere decir en cristiano? –pregunta Julia.

   -No sé dar fe, señora, ya he dicho que los amos que le pusieron el nombre eran extranjeros, y la gente de pai fuera ya se sabe, van a lo suyo y no dan explicaciones a naide.

   -¿Os gusta el nombre de Pinkety? –pregunta Julio.

   -A mí me suena a nombre de herbicida –opina su esposa-, pero a falta de otro nombre podríamos mantenerlo.

   -Chicos, este verano vais a pasar una quincena, al menos, en Pinkety –El aplauso de la chiquillería es general, aunque Pili levanta la mano.

   -A mí el nombre de la Pelona me gustaba más, pero si mamá lo dice…, pues Pinkety.

   El domingo de Pascua, los Carreño regresan a Plasencia. El viaje ha sido muy satisfactorio, especialmente para los niños que han encontrado un pequeño paraíso en la finca. Una vez en la ciudad, la familia se sumerge en el habitual convivir del día a día. Julio, cuando no está de viaje, retoma sus costumbres habituales: por la mañana trabaja en la droguería, almuerza, vuelve a la tienda y cuando cierra vuelve a casa para estar un ratito con la familia, cena y luego suele ir al casino.

   Hoy es uno de esos días en el que las noticias sobre Rusia, que al único tertuliano que parecen importarle es al doctor Lavilla, son un tanto confusas. Al parecer, un marxista llamado Lenin pretendió dar un golpe de estado contra el gobierno provisional, pero fracasó y tuvo que huir, aunque ha regresado a Rusia y ha iniciado otro golpe de estado al que califica de bolchevique. Como explica Lavilla, la insistencia del gobierno provisional en continuar la guerra impide la aplicación de las reformas que exige la población;​ la ausencia de estas provoca que el programa bolchevique, reflejado en sus consignas, Paz, pan y tierra y Todo el poder para los sóviets, gane partidarios rápidamente.

   El curso 1916-1917 ha terminado y Álvaro regresa a casa. Es recibido como un héroe victorioso pues ha aprobado todas las asignaturas de primero de bachillerato con excelentes notas. Para sus hermanos es más líder que nunca; hasta la siempre díscola Pili tiene que aceptar que su liderazgo no tiene punto de comparación del que dispensan al tato el resto de hermanos, entre los que Julián y Jesús son los que mejor aceptan la jefatura de Álvaro.

   Como les había prometido Julio, la familia se prepara para el veraneo que han decidido dividirlo en dos mitades: el mes de julio lo pasarán en la localidad onubense de Punta Umbría y agosto en la finca de San Martín. A primeros de mes, Julia, con la inestimable ayuda de Paca, se lleva a todos los niños a la playa. Los Carreño han alquilado un chalé en las proximidades de la Playa de la Bota que tiene arenas limpias, finas y doradas, y es muy apta para dar agradables paseos a cualquier hora del día. También es un buen sitio para los que buscan la bondad de un clima atemperado por el mar y la ría que circundan la bella población marinera.

   Una vez instalados, la familia Carreño se sumerge en la fácil vida del veraneante, solo salpicada por los pequeños problemas que comporta la vigilancia y cuidado de seis niños. Julia deja a las dos más pequeñas, Eloísa y Concha, en manos de Paca, y ella se encarga de los otros cuatro a los que da instrucciones precisas de cómo deben comportarse, sobre todo en el mar.

   -… y recordad, no debéis de entrar en el mar sin poneros los corchos, y nunca debéis de llegar adonde os cubra el agua más allá del pecho. Si no me veis, tenéis que seguir siempre las órdenes de vuestro hermano mayor, que es el que manda cuando no estoy yo ni Paca…

   -Y si Álvaro tampoco está, ¿quién es el que manda? –pregunta Pili.

   -Tú, naturalmente –Eso es lo que quería oír la chiquilla, a la que sin embargo no le gusta un pelo lo que añade su madre-, pero sin que se te ocurra hacer ninguna trastada.

   -Pero, mamá, Pili es una chica, ¿por qué tenemos que obedecerla? –protesta Julián.

   -Porque cuando no esté el tato es la mayor. Las chicas también tienen cabeza y saben usarla tan bien como los chicos.

   Pronto, la vida de los Carreño se hace rutinaria. Hacia las once se van andando a la playa, buscan un espacio en el que no haya gente cerca, instalan el parasol y dos sillas de tijera para Julia y Paca, extienden las esterillas de junco en la arena, se despojan de la ropa y se quedan con los bañadores que ya llevan debajo. Los chicos usan unos amplios calzones hasta las rodillas y las niñas maillots de lo más decoroso. Julia también luce un bañador de cuerpo entero y Paca, que de ninguna manera quiere ponerse el maillot que le ha comprado Julia, cuando se baña lo hace con la combinación que se le pega provocativamente al cuerpo como una lapa.

   Los niños han hecho amiguitos, lo que ha llevado a Julia a tener que entablar relaciones con sus padres. Se trata de un matrimonio sevillano que hace años veranea en Punta Umbría. El padre tiene una tienda de telas y la madre se dedica a las labores propias de su sexo, eufemismo usado para no decir ama de casa. Los González, así se apellida la familia sevillana, tienen tres críos que se han emparejado con los pequeños Carreño por rango de edades. La niña mayor es de la edad de Álvaro, el chico de la de Pili y el tercero, que tiene cuatro años, va siempre detrás de Julián y Jesús. Todos se llevan razonablemente bien, a excepción de la rebelde Pili que se empecina en ir con los dos mayores. Mientras los chiquillos juegan a construir castillos de arena o se hacen ahogadillas, las madres charlan distendidamente.

   -No sabes lo que te envidio, corasón, has pario seis churumbeles, tenemos casi la misma edá y a tu lao paresco tu mare. Mantienes un tipaso de quitar el hipo.

   -¡Qué manera de pasarse! Luego os quejáis los andaluces de que os ponen fama de exageraos.

   -De exagerá, na. La verdá y na más que la verdá. Y una curiosidá, tu marío te deja sola aquí un mes, ¿y no se pone seloso?

   -¿Por qué iba a ponerse celoso? ¿A dónde va a ir una madre con seis criaturas detrás?

   -Sí, sí, pero ¿t´as fijao en cómo te miran los gachós?, se te comen con los ojos.

   -Ya será menos, Rocío.

   En tanto Julia y los niños veranean en Punta Umbría, Julio sigue en Plasencia bregando con las tiendas. Al no estar su mujer, le presta más atención a Merche, la casquivana dependienta, aunque se ha dado cuenta de que ahora parece serlo menos. Es aún mayor su sorpresa cuando ante sus primeras insinuaciones la reacción de la joven no es la que esperaba.

    -Me disculpará, jefe, pero me he echao novio formal y no está bien que ande coqueteando y más con un hombre casao. Mi chico es muy celoso y si llega a enterarse de que no me porto como es debido puede pasar de to. No sabe cómo se las gasta mi Fernando.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 139. Mientras los Carreño veranean nace la URSS

viernes, 25 de marzo de 2022

Libro III. Episodio 137. ¿Los Reyes Magos existen?

 

   En septiembre, Álvaro se marcha a Cáceres para comenzar los estudios de bachillerato y Pili se queda de mandamás de la muchachada Carreño, aunque como es hembra tanto Julián como  Jesús no la obedecen con la misma docilidad como lo hacían con Álvaro.

   En la tertulia a la que asiste Carreño, preguntado el comandante Liaño por la oferta de paz hecha por Alemania su respuesta es contundente.

   -Quien pide primero árnica es el que ve peligrar su futuro.

   A Julio que la conflagración termine le viene francamente mal, consideraciones morales aparte. Desde que se metió en el mundo del chalaneo, nunca ganó tanto dinero como ahora con la compraventa de animales de tiro y carne para los ejércitos contendientes. Los que han sido capaces, como el droguero, de tener algo con lo que traficar se han hecho ricos, pero los que no han podido o querido lo están pasando mal porque, además de que hay carestía de muchos productos, la creciente inflación genera que, la capacidad adquisitiva de la mayoría de ciudadanos, se haya desplomado. La tertulia de hoy gira sobre ese tema: lo caro que está todo.

   -Mi mujer ha vuelto hoy del mercado indignada –comenta Galiana-; los precios se han puesto por las nubes.

   -¿Por las nubes? –repite don Raimundo-, eso es decir poco. Les traigo un recorte de La Ilustración Española que resume, mejor que cualquier explicación, lo que está pasando en España –El juez se pone las antiparras y lee-. Según los datos del Instituto de Reformas Sociales, en 1916 los precios de los productos básicos se han incrementado entre un 13,8 % la leche, hasta un 57,8 % el bacalao, pasando por un 24,3 % el pan, un 30,9 % los huevos y un 33,5 % la carne de vacuno. Con esas subidas ya me dirán qué podemos hacer los que vivimos de un sueldo fijo.

   Llegadas las vacaciones de Navidad, Álvaro ha vuelto de Cáceres hecho todo un señorito. El hecho de que la mayoría de sus compañeros de internado sean hijos de terratenientes y de familias acaudaladas le ha dado una pátina de burgués que antes no tenía. Sus hermanos le acosan para que les cuente como es la vida en la ciudad y en la residencia, están interesados porque, como les ha dicho Paca, en cuanto cumplan diez años todos seguirán el mismo camino que su tato. Álvaro se deja querer y les cuenta casi todo, aunque se guarda una noticia que no se atreve a desvelarla a los demás. Algunos de sus compañeros le han contado que los Reyes Magos no existen, que los juguetes y regalos del seis de enero son los padres quienes los dejan. Para el primogénito ha sido toda una revelación porque siempre había creído en los Reyes Magos a pies juntillas, y lo creía porque así se lo habían contado sus padres y ellos no mienten. Como le parece que es un descubrimiento demasiado importante para guardárselo, consulta con Paca si debería decírselo a sus hermanos.

   -Me lo han jurado y rejurado, Paca, los Reyes Magos no existen. Y lo que más vergüenza me dio es que parece que todos lo sabían menos yo.

   -Bueno, eso no tiene mayor importancia. Lo bonito es que el seis de enero, sean los Reyes o los padres, tendréis juguetes nuevos.

   -Pero no sé qué hacer, ¿se lo digo a mis hermanos?

   -Ni se te ocurra. Ya se harán mayores como tú y entonces será el momento de contárselo.

   Pese a la recomendación de Paca, a Álvaro le queda el gusanillo de si hará bien no compartiendo con sus hermanos tamaño descubrimiento. Para tantear el terreno, opta por contárselo primero a Pili, que es quien mejor puede comprenderlo. Ante su estupor, la respuesta de su hermana no es la que esperaba.

   -¿Pero tú eres tonto o qué? No sé si existen los Reyes Magos ni me importa, pero desde hace dos años sé que los juguetes los ponen los padres.

   -¿Y por qué no me lo contaste?

   -Porque Paca me dijo que si te lo decía no me traerían más regalos.

   -¿Y cómo te enteraste?

   -Una noche de Reyes me levanté a beber agua y vi como papá, mamá y Paca ponían los juguetes en los zapatos que habíamos dejado en el comedor. Y hasta se llevaron la alfalfa que habíamos dejado para los camellos de los Reyes para que pareciese que se la habían comido.

   Las preocupaciones del padre de los niños tienen otro cariz. Cuando Julio se entera de que los estadounidenses han entrado en la guerra se frota las manos pues, aunque la contienda es una inmensa tragedia, para algunos comerciantes como él es el cuerno de la abundancia. Con sus ganancias puede hacer realidad un sueño largamente acariciado: comprarse una finca en San Martín de Trevejo, su pueblo natal. Ha dado instrucciones a un corredor de bienes raíces que en cuanto haya una finca lo bastante grande, con casa incluida, se lo haga saber. Pronto recibe noticias.

   -Señor Carreño, acaba de ponerse a la venta una finca que es ni que pintada pa lo que usted anda buscando. Cuando le venga bien iremos a verla, pero no se demore mucho porque la han tasao a precio de mercao y se venderá en un abrir y cerrar de ojos.

   Julio aprovecha un fin de semana y se desplaza a San Martín para ver la finca. Desde el primer vistazo le entra por los ojos. Tiene, aproximadamente, las hectáreas que había calculado que puede permitirse, por una esquina pasa un arroyuelo de los que descienden del monte Jálama y además cuenta con un deteriorado caserón, pero que una vez reparado podrá servir. Tras los obligados regateos se hace con la propiedad.

   A mediados de marzo, Julio encuentra alborotada la tertulia del casino. Al parecer hay noticias importantes. Creyendo que son acciones bélicas, pregunta:

   -Esta vez, ¿quién ha ganado, los Aliados o los de la Entente?

   -Qué va, ahora el follón ha estallado en Rusia –le explica don Mauricio-. Ha abdicado el zar Nicolás II.

   -Bien, ¿y qué? –inquiere Julio, que de Rusia solo sabe dónde se encuentra y que hace mucho frío.

   -Tenga en cuenta, Carreño, que el zar pertenece a la dinastía Románov que llevan gobernando Rusia desde hace trescientos años –Ahora quien habla es el doctor Lavilla-. Y ha pasado algo más, que posiblemente termine siendo más importante, y es la creación del Sóviet de Petrogrado.

   -¿Y qué coño es eso del sóviet? –pregunta el droguero.

   -Una agrupación de los diputados de obreros y soldados que puede acabar en nada, pero que también puede ser la semilla de un movimiento revolucionario más importante. Está por ver cómo va a terminar, pero no habrá que perderlo de vista –comenta Lavilla.

   -Y entonces, si no está el zar ¿quién manda ahora en Rusia? –quiere saber Galiana.

   -Un gobierno provisional que no se sabe cuánto durará –informa el médico.

   La Semana Santa de este año comienza el domingo de Ramos, uno de abril. Aprovechando que durante las festividades religiosas las ventas decaen, los Carreño, por primera vez desde que tienen las tiendas, deciden echar el cierre de sus comercios desde el jueves al domingo y toda la familia se traslada a San Martín para conocer la finca recién comprada. Durante el viaje, el padre cuenta a los niños anécdotas de cuando transitaba por esos caminos con el carro de la droguería del Bisojo tirado por la Pelona.

   -¿Quién era la Pelona, papá? –pregunta Álvaro, interesado en el relato del padre.

   -La Pelona era la mula que tiraba del carro. Le puse ese nombre porque cuando el Bisojo la compró acababan de esquilarla y estaba pelada. Tenía un genio vivo, pero acabé cogiéndole cariño.

   -¿A los animales también se les puede coger cariño? –vuelve a preguntar Álvaro con cierto asombro.

   -Pues claro, tonto, ¿no te acuerdas de aquel pajarillo que cogiste en el huerto del tío Floriano y que no nos dejabas ni tocarlo porque le cogiste cariño? –La respuesta la ha dado Pili, que es la única que se atreve a meterse en un coloquio entre su padre y su tato.

   En San Martín, la familia Carreño se hospeda en la posada ocupando tres habitaciones: una para los padres, otra para Paca y las niñas y la tercera para los chicos. Por la tarde, Julio enseña a sus hijos el pueblo. Mientras recorren las empedradas calles, el padre les va explicando aspectos de la localidad y su comarca.

   -El pueblo pertenece a la comarca del Valle de Jálama, que es el monte más alto de estas tierras. El valle también es conocido como Os tres lugaris porque en él hay tres municipios: San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno. Estos pueblos se diferencian de los demás de la provincia por las lenguas que hablan sus habitantes: en Eljas se habla el lagarteiru, en San Martín el mañegu y en Valverde el valverdeiru Son dialectos mitad gallegos, mitad portugueses y aunque tienen sus diferencias todos se entienden entre sí.

   -¿Y tú hablabas cómo ellos? –indaga Álvaro.

   -Cuando era pequeño sí, hablaba el mañego con mis amiguitos, pero en cuanto entraba en casa o en la escuela lo hacía en castellano porque si no la abuela me regañaba. ¡Menudas broncas me he ganado!

   -¡¿Qué la abuela te regañaba?! –pregunta Pili con ojos como platos.

   -Claro, cuando me portaba mal me reñía. Tened en cuenta que he sido niño como vosotros y hacía travesuras como todos los niños.

   Los pequeños miran a su padre, por quien sienten veneración, con cara de no acabar de creérselo. ¿Será posible que haya alguien que se atreva a reñir a papá?, aunque saben por propia experiencia que la abuela Pilar es capaz de enmendarle la plana al más pintado. Al día siguiente la familia al completo se dirige a ver la nueva propiedad familiar. Allí les recibe el tío Venancio, el campesino que ha buscado Julio y que irá a medias con él en la explotación de la finca. De momento, Venancio solo cuenta con un mulo, una borrica, una cabra con unas ubres que casi se arrastran por el suelo de grandes que son, un par de guarros, un puñado de gallinas y conejos y un chucho; todos ellos andan sueltos por el corral anejo al cortijo a excepción del perro y los conejos, estos están encerrados en unas rústicas jaulas, hechas con listones de madera y malla de alambre.

   -¿Y estos conejos por qué están encerraos, han hecho alguna trastada? –pregunta Pili.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 138. Pinkety

viernes, 18 de marzo de 2022

Libro III. Episodio 136. Un problema de faldas

   Como Álvaro pronto cumplirá diez años, el matrimonio Carreño, por consejo de doña Pilar, ha resuelto internar al chico en una residencia de Cáceres para que curse el primero de bachillerato en el instituto de enseñanza media. Los preparativos comienzan semanas antes de que el muchacho tenga que irse. Hay que prepararle mudas nuevas, bordar sus iniciales en las camisas y coser etiquetas con las iniciales en toda la ropa interior para que en la lavandería no la confundan con la de otros internos. De todo ello se ocupa Paca puesto que Julia está demasiado enfrascada en las tiendas y en Interplás como para sacar tiempo de ocuparse de esas menudencias.

   -El tato se irá, ¿y ya no volverá a casa? –quiere saber Julián que, con sus seis años, ya comienza a plantearse preguntas de futuro.

   -Claro que volverá. Vendrá a pasar las Navidades y más tarde también vendrá por Semana Santa y luego estará todo el verano con nosotros –le explica Paca.

   -¿Qué es Semana Santa? –repregunta Julián.

   -Es cuando sacan a los cristos y las vírgenes de las iglesias y los mayores se disfrazan de mamarrachos –le aclara Pili que, con sus ocho años, se cree una sabihonda.

   -No se disfrazan de mamarrachos sino de nazarenos –la corrige Paca que agrega-. Y tú también irás a Cáceres pa hacerte bachillera.

   -Yo no quiero ser bachillera, quiero ser tendera como mamá –replica la niña.

   Ni durante la primavera ni el verano la guerra ha cambiado de rumbo. Victorias y derrotas siguen alternándose, pero en esos meses sí han ocurrido hechos que acabarán influyendo decisivamente en el desarrollo del conflicto. Los submarinos alemanes continúan hundiendo indiscriminadamente buques en el Atlántico, entre ellos algunos de bandera norteamericana cuyas autoridades exigen el fin de los ataques. La inteligencia estadounidense, además, ha descubierto que Alemania ha pedido a Méjico que se alíe con las potencias centroeuropeas prometiéndole la devolución de los territorios que les arrebataron los yanquis. Todo lo cual lleva al Congreso norteamericano a declarar la guerra a la Triple Alianza y reclutar rápidamente cerca de tres millones de soldados que comienzan a ser enviados a Europa. Con ellos van a llevar un virus letal que al siguiente año asolará al mundo.

   Al final del verano Julia rompe aguas. Como en anteriores ocasiones, el parto es relativamente sencillo y sin complicaciones. Etelvina, que ha ayudado a la madre en todos sus alumbramientos, es quien anuncia al padre que el nuevo vástago es hembra. Los niños, como estaban advertidos de que iban a tener un nuevo hermanito, reciben la noticia sin aspavientos. Cuando la abuela Pilar les preguntó que preferían: si hermanito o hermanita nadie fue capaz de dar razón, salvo Pili.

  -Pues, servidora –A veces Pili es muy redicha-, prefiere que sea hermanita, así las niñas estaremos empatadas con los chicos.

   -¿Y cómo se va a llamar? –pregunta Jesús.

   -Los papás me han dicho que le van a poner Concepción, pero que la llamaremos Concha –explica la abuela.

   -Concepción es un nombre muy feo, me gusta más Concha –proclama Pili.

   -Así se llamaba una tía de la mamá que murió. Justamente, su viudo; o sea, el que era su marido, que se llama el tío Luis, será su padrino –les explica Pilar.

   Luis Manzano, hermano menor del padre de Julia, ha sido el único miembro de la familia de los Manzano que estudió. Se licenció en Derecho e hizo oposiciones al Cuerpo de Jurídicos de la Armada que aprobó. Ahora ha venido para apadrinar a la que será su ahijada y de paso a ver al resto de la familia.

   Cuando Julia vuelve a la tienda, tras el tradicional puerperio de dos meses, Lupe le dice que tiene que contarle algo.

   -Tú dirás.

   -He estado dándole muchas vueltas de si debía contártelo, pero he pensado que con lo bien que siempre te has portado conmigo no sería leal por mi parte no decírtelo.

   -Huy, huy, huy, no sé qué vas a contarme, pero con ese principio puede ser cualquier cosa. No le des más vueltas y suéltalo de una vez.

   Lo que le cuenta Lupe es que Merche, la nueva dependienta, se está tomando demasiadas confianzas con el jefe, incluso le tutea y le llama Julio a secas; coquetea descaradamente con él y en cuanto le ve entrar en la tienda se desabrocha un botón de la blusa dejando que se le vea el inicio del canalillo entre los pechos. Y la desvergonzada va más lejos todavía, cuando en el mostrador pasa por detrás de Julio se roza con él sin ninguna clase de pudor… Julia escucha las confidencias que le está haciendo Lupe y su gesto se hace más preocupado con cada pasaje, hasta que estima que ya ha oído bastante.

   -Vale, Lupe, es suficiente. Una pregunta, ¿y mi marido qué hace cuándo esa descarada coquetea con él?

   -Que yo sepa, nada por el momento, solo la mira con ojos encandilados y sonríe como un bobo. Ah, y perdona todas las meteduras de pata de la moza que como novata las comete a porrillo.

   -Gracias, Lupe. Te has portado como lo que eres, una buena amiga, y has hecho bien contándomelo.

   -¿Quieres que ponga en su sitio a esa zorra para que se entere de lo que vale un peine?

   -No es necesario. Yo me encargo.

   De cuanto le ha contado Lupe, lo que más preocupa a Julia es que su marido, cuando la joven coquetea con él, no hace nada por el momento. Lo que supone que si opta por no darse por enterada puede llegar un momento en que Julio sí haga algo. Y aunque piensa que, a sus cuarenta y siete años, su marido comienza a entrar en una edad en la que la pérdida del vigor sexual empieza a ser un hecho, siempre puede caer en la tentación de echar una cana al aire, por lo que no está dispuesta a que lo que ahora no es más que un conato de fuego pueda convertirse en un incendio difícil de apagar. No se lo piensa demasiado, y decide cortar por lo sano; de ninguna manera va a consentir que una aprendiza de mujer fatal le amargue la vida y pueda romper su matrimonio. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Se plantea cómo resolver el problema de Merche y piensa que lo mejor es arreglarlo con discreción y sin que su marido se entere, pero tomando al toro por los cuernos como dicen los taurinos. En la primera ocasión que Julio sale de viaje, y después de cerrar, Julia llama a la coquetuela dependienta.

   -Merche, quédate un momento que me has de ayudar a catalogar la partida que acaba de llegar.

   En cuanto se quedan a solas, Julia no pierde el tiempo en digresiones y va directa al grano, y opta por utilizar un lenguaje arrabalero que es el que mejor entienden personajillos como la casquivana empleada.

   -¿Te gusta este trabajo, Merche?

   -Mucho, señora Julia. Cada día estoy más contenta de trabajar con ustedes. Todas las noches, cuando llego a casa, es lo que les cuento a mis padres.

   -Pues nadie lo diría porque te comportas como si quisieras que te echáramos a patadas.

   La muchacha no esperaba semejante respuesta y se sorprende. Su instinto le dice que la jefa está de mal humor, y cuando está así tiene fama de ser muy bronca, por lo que opta por mostrarse sumisa.

   -¿Es qué he hecho algo mal, señora Julia?, porque si es así, por favor, dígame qué es y lo corrijo enseguida.

   -Déjame que te lo explique, bonita. El señor Julio, mi marido, es el jefe para todo el mundo, salvo para mí, naturalmente. O sea, que nada de Julio esto o Julio lo otro, desde ahora sí jefe, no jefe, o sí señor, no señor; eso lo primero. Lo segundo, es bueno para el negocio que sonrías y hasta que coquetees discretamente con los clientes, pero no con el jefe, con él solo coqueteo yo. Tercero, se acabó lo de desabrocharte los botones de la blusa cuando aparece el jefe. Y, por último, ni se te ocurra volver a restregarte contra él como una gata en celo o de la patada que te voy a dar en tu lindo trasero vas a llegar al Jerte. Y no solo te voy a echar, sino que voy a contar a mis amistades que has intentado destrozar un matrimonio con seis hijos para que todo el mundo sepa que eres una mala pécora. Y tan cierto como que me llamo Julia Manzano que no volverás a trabajar ni en Plasencia ni en cien kilómetros a la redonda. ¿Te ha quedado claro, calientabraguetas? Pues ándate con ojo que no te lo volveré a repetir –Al ver que la muchacha va a decir algo Julia la corta-. No, mejor que no digas nada porque lo puedes poner peor. Mañana, al abrir la tienda, te quiero ver con un traje decente y poniendo buena cara a la clientela, pero lo que te he dicho grábatelo a fuego porque si no te enmiendas no habrá otra advertencia. Y deja de lloriqueos, límpiate los mocos y sal de aquí sin que se te note nada. Hasta mañana y, recuerda, no habrá otro aviso.

   Cuando Merche se va, Julia suelta un hondo suspiro y con él la rabia y la tensión contenidas, pero está satisfecha por su intervención. Cree que ha actuado como le aconsejó doña Pilar antes de casarse: que debería usar el sentido común, la astucia y el coraje para dejar las cosas bien claritas ante un caso como el de la dependienta. Y recuerda otra frase de la que ahora es su suegra: la mayoría de los hombres engañan a sus esposas porque ellas no les han puesto los puntos sobre las íes desde el primer día. Así lo ha hecho, aunque más que a su marido se los ha puesto a la provocadora Merche. Ahora, a esperar que la muchacha haya aprendido la lección y que no vuelvan a repetirse problemas de faldas.

   En cuanto a la guerra, el segundo semestre del año no parece deparar grandes cambios; tanto alemanes como austrohúngaros comienzan a dar señales de asfixia económica, no en vano están luchando contra algunos de los imperios más poderosos del mundo. Y quizá por esa asfixia, los franceses recuperan plazas ocupadas por los alemanes desde el principio de la contienda, tales como las fortificaciones de Verdún. Y finalizando el año ocurren dos hechos importantes: Alemania solicita una conferencia de paz, y el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, hace un llamamiento a las naciones europeas en conflicto para detener la guerra y dar paso a la reconstrucción de Europa.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 137. ¿Los Reyes Magos existen?