viernes, 5 de noviembre de 2021

Libro III. Episodio 117. Demasiados Julios


   Julio Carreño camina a grandes zancadas y si no corre como un chiquillo es por el qué dirán. Qué iba a decir la gente viendo correr desalado al propietario de la mejor droguería de la ciudad y dueño de la única camioneta que hay en Plasencia. Sin embargo, a medida que se va acercando a casa aumenta el ritmo de las zancadas, tanto que Paquita ha de correr para poder ir a su altura. Así que mi mujer me ha dado un crío, un nuevo Julio Carreño, piensa. La alegría le hace intentar una cabriola que al momento reprime pues un viandante le ha mirado con cara de extrañeza. Entra en casa como una exhalación, en el comedor le está esperando su madre que lo abraza con ternura.

   -Bueno, al fin me habéis hecho abuela. Tienes un hijo que es una preciosidad y, aunque todos los recién nacidos tienen el rostro arrugado como una pasa, juraría que es más Carreño que Manzano. Enhorabuena, hijo.

   -Y Julia, ¿cómo está? –pregunta el novel progenitor mientras sube la escalera camino del dormitorio conyugal.

   -Bien, aunque el parto ha sido laborioso. Etelvina dice que es normal en las primerizas, con los que vengan después todo será mucho más fácil.

   En la puerta de la habitación le está esperando su suegra que pone un dedo en sus labios y le habla con voz queda.

   -No hables alto, Julina acaba de dormirse. Entra sin hacer ruido, verás que hijo tan guapo tienes.

   Luisa, una de las hermanas de Julia, está acunando al crío para dormirlo. La señora Etelvina la comadrona, que está recogiendo su instrumental, se vuelve hacia el padre.

   -Felicidades, Julio. Tienes un heredero que ha bramado como un becerro, pero en cuanto su madre se lo ha puesto al pecho y le ha dado los primeros calostros se ha quedado frito.

   -¿Está… completo? –inquiere dirigiéndose a Etelvina y sintiéndose ridículo al formular tal pregunta.

   -Completísimo, dos manos, dos piernas, cinco dedos en cada una y el aparato de mear en su sitio. Julia ha hecho un buen trabajo y también algo habrás ayudado tú, digo yo.

   -¿Quieres cogerle? –pregunta la tía del recién nacido.

   Julio coge torpemente a su hijo en brazos y le mira atentamente buscando algún parecido familiar.

   -Que pequeñajo es y que poco pesa –se sorprende.

   -Bueno, no tan pequeño, el doctor Lavilla dice que mide casi cincuenta centímetros y ha pesado cerca de tres quilos. Será un buen bigardo, por eso a la pobre Julia le ha costado tanto traerlo al mundo –comenta Etelvina, momento en que entran las dos abuelas y Pilar, como acostumbra, comienza a dar órdenes.

   -Esto parece una romería, aquí hay demasiada gente y sobramos casi todos. Luisa, pon al niño en la cuna y sugiero que dejemos únicamente al padre para que cuando Julia despierte vea a su marido y no al familión al completo –Nadie se atreve a rechistar pues la maestra es de las que impone. 

   Julio se sienta al lado de la cama. Su mujer tiene un sueño irregular, como si tuviera pesadillas, pues no hace más que rebullirse. Pese al trance que acaba de pasar tiene cara de madona, se dice el hombre. Debe de ser verdad lo de que la maternidad embellece a las mujeres, nunca la vi tan hermosa, piensa. Y un ramalazo de orgullo y ternura le lleva a pasar el índice por el perfil del rostro femenino que al sentir el contacto abre los ojos.

   -¿Y el niño? –pide, sobresaltada.

   -Tranquila, cariño, está durmiendo en la cuna. ¿Cómo estás? –Nada más decirlo se arrepiente, si hay una pregunta estúpida que hacer a una parturienta es esa.

   -Cansada, pero feliz. ¿Has visto que guapo? Es tu vivo retrato.

   -Soy el hombre más feliz del mundo. Tengo una mujer maravillosa que me ha dado mi primer hijo, un nuevo Julio Carreño… y Manzano –añade.

   Julia sonríe, y pese a lo incómoda que se siente, comienza a tramar la forma de convencer a su marido de que ese no es el nombre más adecuado para el niño, serían demasiados Julios en la casa. Hay un obstáculo: acordaron que si el recién nacido era niño el nombre lo elegiría el  padre, y que si era niña el nombre correría por cuenta de la madre. Tendrá que convencerle, pero este no es el momento, tiempo habrá antes de bautizarlo, se dice. Instante en que su marido anuncia algo que la alerta, no queda tanto tiempo como creía.

   -Tengo que ir al juzgado antes de que lo cierren para inscribir al chico. ¿A quién te parece que lleve como testigos? Yo había pensado en el doctor Lavilla y mi amigo Pascual o quizá las dos abuelas.

   -Seguro que les hará mucha ilusión, ¿pero la inscripción es necesario hacerla hoy? El certificado del doctor Lavilla supongo que especificará la fecha y hora del nacimiento. Eso debe valerles a los del juzgado aunque lo hagas mañana. Lo que tienes que hacer es no separarte ni un segundo de tu mujercita que te ha echado mucho de menos. No sé porque se mantiene esa estúpida costumbre de que los hombres no deben estar presentes en el parto, como si no fuera asunto de ellos.

   -El niño se ha despertado. ¿Te lo llevo?

   La madre acoge en sus brazos a la criatura que sigue con los ojos cerrados.

   -Que mono es y cuanto le quiero. Amor mío, se me acaba de ocurrir que si le ponemos como tú, tal como quieres, ¿no serán muchos Julios en la familia? Tú, Julio, yo, Julia, el niño, Julio, van a acabar llamándonos los Julianos…; creo recordar que en Roma hubo una familia patricia que se llamaba así.

   Alguien llama suavemente a la puerta. Es la abuela paterna.

   -¿Todo bien, necesitáis algo?, ¿quieres comer Julia?, ¿cómo sigue mi nieto?

   -Gracias, me encuentro mejor y tu nieto está tranquilo. Pilar, ¿verdad que en la antigua Roma hubo una familia patricia llamada los Julianos?

   -Recuerdo que hubo un emperador llamado Juliano que renegó del cristianismo, pero no me acuerdo de una familia de Julianos. Quizá es que te confundes con la dinastía Julia de la que salieron emperadores como Julio César y Augusto. Sí que debes encontrarte bien para, recién parida, recordar al Imperio Romano.

   -Ha venido a cuento porque Julio quiere ponerle su nombre al niño, lo que creo que es ideal, pero ¿no serán muchos Julios en la casa? Ya lo estoy viendo, ¿a quién te refieres, al padre o al hijo?,… y la madre también se llama así.

   Pilar queda pensativa, pero reacciona enseguida.

   -Pues ya que lo dices, estoy de acuerdo, serían demasiados Julios. De todas formas no quiero meterme en eso, es algo que debéis dilucidar los padres. ¿Quieres comer algo sólido o mejor te traigo un vaso de leche y unas galletas?

   -Ay, sí, por favor. Tráeme un vaso de leche y un platito de perrunillas.

   -Cariño, confieso que me hacía ilusión lo de ponerle mi nombre –admite el hombre-, pero creo que tienes razón, serían demasiados Julios. Entonces, ¿cómo le ponemos? –La mujer tiene pensado el nombre, pero lo que responde es otra cosa.

   -El que tú quieras, amor mío.

   -¿Y si le ponemos el nombre del santo del día? –sugiere la abuela que ha vuelto con la leche.

   -¿El santo del día? –El hombre abre la puerta y grita-. ¿Alguien puede traerme el calendario zaragozano?

      Enseguida llega la tía Luisa con el calendario. Julio lo ojea.

   -Hoy es el día de Agustín de Hipona, conocido también como san Agustín, santo, padre y doctor de la iglesia católica.

   -Es un nombre bonito y no hay nadie en la familia que se llame así –comenta Pilar.

   -Sí, no está mal, pero… me recuerda a Agustín el de Montánchez, uno que sirvió conmigo en Palma, y que era un zoquete de cuidado –rememora Julio.

   Desechan Agustín y van descartando patronímicos hasta que…

   -Pienso que a mi padre le hubiese gustado conocer a su nieto. Sabes que murió siendo yo niña y siempre le eché de menos… -deja caer Julia.

   Julio coge al vuelo la sutil referencia de su esposa y se dice que ese puede ser su regalo del día.

   -Podríamos ponerle su nombre, Álvaro es un nombre que me cuadra.

   -¿Harías eso por mí, corazón?

   -Por ti haría lo que no está en los escritos. Si te gusta Álvaro, así se llamará.

   -Gracias, amor mío. ¿Estará todavía abierto el juzgado? Lo digo porque tendrías que ir a inscribirle, ¿no?

   Julio sale flechado hacia el registro civil pues si lo coge abierto será por los pelos. Cuando llega, el registro está cerrado pues son las catorce y dos minutos, y sabido es lo puntuales que son los funcionarios públicos cuando se trata de cerrar las ventanillas. El motivo de que no haya llegado a tiempo ha sido que en el trayecto ha tenido que detenerse tres veces para ser felicitado por su reciente paternidad. Dos clientes de su tienda y un amigo del casino han sido los que al cruzarse le han dado la enhorabuena. ¿Cómo demonios han podido enterarse tan pronto si hace menos de tres horas que ha nacido la criatura?, se pregunta. Misterios de las poblaciones que, a pesar de llamarse ciudades, en verdad no son más que patios de vecinos un tanto grandes, se dice. En ese momento recuerda algo: debería comprar unos puros pues existe la costumbre de que la gente de buena posición regale un puro a cada uno de los amigos y conocidos que les felicitan cuando sus esposas traen al mundo una criatura. El estanco, pese a que son las dos pasadas, sí está abierto.

   -Una caja de farias.

   -Si es para celebrar algo también debería llevarse otra de una marca de más enjundia. Le recomiendo Hoyo de Monterrey, uno de los mejores habanos que tengo, aunque son un poco caros.

   -Saque esos habanos que no todos los días tiene uno al primer hijo.

   -Que sea enhorabuena y que se crie con salud. Usted es el de la droguería nueva, ¿verdad?

   -Sí, señor, Julio Carreño para lo que guste.

   -Pues si me permite, señor Carreño, solo me va a quedar otra caja de Hoyo, y no va a encontrar esa marca en ningún otro estanco. Lo digo por si quiere que se la reserve un par de días por si no tiene suficiente con la que se lleva.

   Cuando sale del estanco con las dos cajas de puros, Julio no puede por menos que acordarse del brigada Carbonero que tanto le enseñó sobre el arte de vender. Este estanquero, no tiene nada que aprender del brigada, se dice, venía por una caja y salgo con dos.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 118. De bien nacidos…

viernes, 29 de octubre de 2021

Libro III. Episodio 116. … y es gurriato.

   El hombre mira por enésima vez el reloj, son las diez y veinte. A esta hora tendría que estar en el mercadillo de Coria donde, como todos los finales de agosto, la gente que ha vendido la cosecha de cereal tiene el bolsillo repleto y las ventas suben como la espuma. En cambio, está sentado en la terraza del casino tomando el tercer o cuarto café, ha perdido la cuenta. Por un instante piensa que quizá sería mejor irse a la tienda, al menos se distraería, pero es consciente de que está demasiado tenso como para atender adecuadamente a los clientes. El sol pega de lo lindo y se hace sentir, pese a la sombra de la carpa, lo que le hace recordar uno de los múltiples refranes que suele citar su madre: agosto, por el día fríe el rostro…. Va a pedir otro café, pero piensa que tomar otro más no le va a ayudar a calmar los nervios.

   -Frasquito, tráeme un agua de cebada.

   -Marchando don Julio…, aunque anoche hicimos horchata y debe estar en su punto.

   -Pues que sea una horchata doble.

   Piensa que no deberían llamarle don Julio pues no completó el bachiller, pero el camarero llama así a todos los socios del casino, es una forma de asegurarse mejores propinas. Señor Carreño o Carreño a secas, así es como casi todo el mundo le llama. Su apellido es único en la ciudad y, con la fuerza que le da la combinación de la erre y la eñe, es de los que no se olvidan fácilmente. Solo los más allegados le llaman por su nombre de pila, Julio, y en la tienda los empleados le llaman jefe. En esas que llega el camarero con la horchata.

   -Frasquito, tráeme el periódico.

   -El Nuevo Diario de Badajoz todavía no ha llegao, solo tenemos el Dardo de Plasencia de la semana pasá.

   -Pues que sea el Dardo.

   Carreño ojea el semanario placentino que, fuera de las informaciones puramente locales, la noticia más reciente que trae es la ocurrida a principios de mes: el naufragio del vapor Sirio, cerca del Cabo de Palos, y en el que murieron ahogadas más de doscientas personas. Sobre política nacional informa del último consejo de ministros del gobierno de López Domínguez, que ha sucedido al de Moret. En política internacional relata las represalias tomadas por Gran Bretaña en Egipto por los disturbios ocurridos tras la ejecución de los responsables de la muerte de un oficial británico. Deja al semanario y está apurando la horchata, cuando una chicuela llega corriendo.

   -¿Ya? –La voz del hombre ha sonado con una mezcla de temor e impaciencia.

   -Toavía no, señor Julio, pero parece que no pue tardar mucho. Me envía doña Pilar pa decirle que todo va bien y que no se preocupe, que la señora está mu bien atendia por el dotor Lavilla y la señora Etelvina –Dado el recado, la muchacha se vuelve por donde ha venido con paso ligero.

   El señor Julio, como le ha llamado la mozuela, no puede por menos que recordar los hechos que le han llevado a la espera de hoy: su esposa va a tener su primer hijo. ¿Será varón o hembra?, se pregunta. Le ha repetido muchas veces a su mujer que no le importa el sexo, lo que vale es que venga bien y rapidito. No ha sido del todo sincero, le haría ilusión que fuera un chico por aquello de continuar el apellido, pero que sea lo que Dios quiera, se dice. Si hace tan solo dos años le hubiesen dicho que hoy, veintiocho de agosto de 1906, iba a estar como un flan esperando que de un momento a otro le anuncien el nacimiento de su primer vástago, le habría parecido una tomadura de pelo.

   Entorna los ojos y recuerda cómo empezó la historia. Rememora la imagen de la que entonces solo era una amiga, aunque hacía mucho que estaba enamorado de ella, sentada en la manta, en la que habían merendado, en lo que entonces era un campo en barbecho, el Karrascal, su primera finca. Y como fue ella la que dio el decisivo paso al pedirle que la besara. Ese primer beso no lo olvidará aunque viva cien años y, por lo que sucedió después, su mujer tampoco. Todo eso ocurrió un domingo de mayo de hace poco más de dos años, y parece que fue anteayer pues lo recuerda con toda nitidez. Sigue viendo a Julia arrebolada cuando le pidió que fuera su prometida, la mujer de su vida y la madre de sus hijos. Quien podía pensar que ese momento llegaría tan pronto. Hace poco más de quince meses que se casaron en la capilla del convento de las Carmelitas Descalzas; él cogido del brazo de su madre, y ella llevada hasta el altar por uno de sus tíos. ¡Qué guapa estaba Julia con su traje blanco, qué guapa y que nerviosa! Sorprendentemente, él estuvo relativamente tranquilo, quizá por eso lo recuerda todo tan bien: la comida en el casino, el baile que iniciaron los recién casados, las lágrimas de la madre de la novia, y… la primera noche en el mejor hotel de la ciudad, donde la que ya era su esposa le confesó que tendría que ayudarla porque se sabía la teoría, pero estaba ayuna de práctica. Y como supo encontrar en su interior torrentes de ternura y delicadeza, que ni sabía que los tenía, para guiar a su joven e inexperta esposa en los primeros lances amorosos…

   -Coño, Carreño, ¿qué haces aquí a estas horas?, ¿estás haciendo novillos o te has escapado para matar el gusanillo? –Es un amiguete del casino el que le habla.

   -Pues más bien no. Lo que ocurre es que me han echado de casa. No te rías, como lo oyes. Resulta que mi mujer se ha puesto de parto y, como es primeriza, parece que la cosa llevará su tiempo y, como yo también soy primerizo y no hacía más que andar por medio, entre mi suegra y mi madre, tal para cual, me han pedido que saliera un rato a tomar el aire que allí no hacía más que estorbar.

   -Has hecho bien, lo de los críos es asunto de mujeres, los hombres no pintamos na. Recuerdo que cuando mi parienta tuvo el primer mamoncillo…

   Julio aparenta escuchar a su amigacho, pero su mente está en otra parte. Resuenan en su cabeza las interminables admoniciones de su madre cuando le contó que Julia le había aceptado y que desde ese momento se convirtió en la más celosa guardiana de la virtud de su futura nuera. No podían dar un solo paso sin que Pilar controlará adonde iban, con quién, qué iban a hacer y un largo etcétera. Julia no necesitó carabinas, allí estaba la aragonesa para velar por su virtud y verificar que el novio no se propasara ni una pizca. De pronto está en un tris de soltar una carcajada, no lo hace porque su amiguete continúa relatando los partos de su mujer, pero sonríe pues recuerda la cara de asombro y desconcierto cuando fue a Malpartida a pedir formalmente la mano de Julia. Por poco a su futura suegra le da un patatús. Diecisiete años después, el muerto de hambre del mañego, como siempre le llamó, volvía de nuevo a su casa, pero ahora convertido en un industrial respetado y respetable. ¡Vivir para ver!, seguramente pensó la buena mujer.

   -Bueno, te dejo, Carreño, porque me da la impresión de que no me estás escuchando. Y que sea enhorabuena. Cuando haya pasado todo tendremos que celebrarlo.

   -Gracias y, por supuesto, descorcharemos unas botellas.

   En esas que reaparece Frasquito portando un periódico.

   -Don Julio, acaba de llegar el Noticiero Extremeño, ¿le vale?

   -Gracias, Frasquito. Toma –y le la da una peseta de propina.

   -Muchas gracias, don Julio, y que Dios le dé salud y fortuna.

   Lo de la fortuna, no sabe por qué, le recuerda otro de los momentos chuscos de su noviazgo. Cuando, tras deliberarlo ampliamente con su novia, fue a hablar con el Bisojo -su directo competidor en el negocio de la droguería- para contarle que Julia iba a dejar de trabajar para él, pues no tenía sentido que la que iba a ser su esposa trabajara para la competencia, cuando en unos meses pasaría a ser copropietaria de la otra droguería de la ciudad. ¡Cómo se puso el viejo, le llamó de todo menos bonito! Por mucho que intentó razonar, que le explicó los pros y contras de que Julia continuará como encargada y factótum de su negocio, el Bisojo se negó de plano a admitirlo. Julia se llevó un tremendo disgusto pues le había cogido cariño al viejo y nunca olvidó que confió en ella cuando con poco más de dieciocho años le dio su primer trabajo, pero muy a su pesar comprendió las razones de quien iba a ser su marido y se despidió del Bisojo asegurándole que jamás le olvidaría. Él sabía de las cualidades como vendedora de Julia, pero nunca pudo imaginar a que cotas llegaba su eficacia y su saber estar detrás de un mostrador. En contadas semanas, la joven se puso al día en todo cuanto se refería a la tienda, por lo que al fin pudo llevar a la práctica uno de sus sueños más deseados, volver a la venta ambulante pues al frente de la tienda se quedaba alguien tan responsable y eficiente como su prometida. Y su regreso a la venta itinerante no fue como antaño con un carro y una mula, sino con una flamante camioneta italiana de la marca Fiat, con la que multiplicó su capacidad para llegar a más mercados. Los resultados fueron espectaculares, lo que se notó considerablemente en la cuenta de resultados. En más de una ocasión agradeció mentalmente al que fue su patrono en Palma, el brigada Carbonero, haber aprendido a conducir, pues fue el primero que le advirtió de lo importante que iban a ser los nuevos vehículos a motor y que por eso debería sacarse el carné, algo que había hecho justo el año en que se prometió con Julia…

   Su monólogo vuelve a cortarse cuando, encendida como una amapola, aparece Paquita, la chiquilla de San Martín de Trevejo que cogieron en los primeros meses del embarazo para ayudar a Julia en los quehaceres domésticos.

   -Señor Julio, que ya llegó… y es gurriato.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 117. Demasiados Julios

 

domingo, 24 de octubre de 2021

*** Post info 19. Fin del Libro II e inicio del Libro III de la novela Los Carreño


   Anteayer, 22 de octubre, publiqué en este blog el último episodio del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, en el que he novelado la adolescencia y juventud de Julia Manzano, desde que abandona su pueblo natal, Malpartida de Plasencia (de ahí que a veces la denomino chinata que es el gentilicio de los naturales de ese pueblo extremeño) hasta que con veintiún años acepta ser la esposa de Julio Carreño.

   A partir del próximo viernes, 29 de octubre, comenzaré a publicar el Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño. Durante 49 episodios narraré el nacimiento y desarrollo de los nueve hijos que tuvieron Julio y Julia. Así como en los Libros I y II, ha primado la imaginación del autor sobre la vida real de los padres de la saga por carecer de la necesaria documentación, en Los hijos ocurre lo contrario pues, como se dice en los títulos de crédito de algunas películas, está basado en hechos reales, aunque novelados; una de las contadas licencias que me he permitido ha sido cambiar los nombres de los miembros de esa segunda generación, y he de confesar que no sé muy bien por qué lo he hecho, puesto que desgraciadamente todos fallecieron.

   El marco del Libro III es, primero, la ciudad extremeña de Plasencia, y luego Madrid adonde se trasladan los Carreño en 1930 debido a motivos económicos. El Libro III termina cuando en 1936 sucede el hecho más determinante de la historia española del siglo XX, la guerra civil. El ominoso suceso cambia radicalmente la evolución de la sociedad española y por ende la vida de los Carreño. Y en esa fecha comienza el Libro IV (y último), titulado Las Guerras, en el que la segunda generación se ve inmersa, muy a su pesar, en la guerra civil, primero, y en la II Guerra Mundial después; con el final de la misma termina la novela Los Carreño.

   Nos vemos el próximo viernes y, una vez más, gracias por seguir abriendo el blog.

viernes, 22 de octubre de 2021

Libro II. Episodio 115. ¿Me los seguirás dando?

   Julia analiza concienzudamente el cuadro comparativo de los rasgos personales de Julio y Toni. La diferencia entre ambos es abrumadora a favor del mañego, ahora entiende porque Julio es un soltero tan codiciado; lástima, se dice, que sea tan viejo. Y es que los treinta y cuatro años de Julio le parecen muchísimos, sobre todo comparados con sus veintiuno.

   -¡Pero bueno! –exclama en voz alta-, ¿y qué me importan los años que tenga Julio?, como si fuera a casarme con él.

   Lo cierto es que Julia ve al mañego de otra manera a como lo veía antes. Ya no es solo su amigo, su colega y su compañero de salidas, comienza a ser algo más, aunque es incapaz de precisar qué es ese más. Y hace lo que solo hizo en otra ocasión, preguntar sobre Julio a las personas a las que tiene mayor confianza.

   -Lupe, hace mucho que no me cuentas trapisondas de nuestro amigo de la competencia, ¿es que no hay novedades?

   -Tú sabrás, si dicen que sois inseparables.

   -Bueno, no tan inseparables, se limita a acompañarme de aquí a casa y algunos domingos hemos salido, pero casi siempre en compañía de su madre y de la señora Etelvina. Y puedes imaginarte que no me cuenta nada de sus aventuras, sobre todo si son galantes.

   -Parece que esa clase de aventuras se han acabao pa el mañego. Lo único que se dice de él es que se ha vuelto un beato y eso bien lo sabrás tú que vais juntos a misa.

   A Pilar no se ha atrevido a preguntarle, pero si lo ha hecho a la comadrona.

   -Señora Etelvina, solo entro a saludarla y me voy, ¿qué me cuenta de nuevo? –La charla es corta y Julia la conduce en la dirección que le interesa.

   -¿… y usted cree que la diferencia de edad entre una pareja es un hecho que influye en una relación?

   -Como en tantas cuestiones, depende. Depende de lo enamorada que esté la pareja, de que además de amantes sean amigos, de que el que sea más joven no vea al otro como un viejo o una vieja…; en fin, que depende de muchos aspectos. Que se consolide la relación es cuestión de sentimientos, de voluntad y hasta del destino.

   -Acaba de decir algo que me llama la atención, lo de que además de amantes sean amigos. ¿Se puede ser ambas cosas a la vez?

   -Naturalmente que se puede, aunque no es frecuente. Lo más habitual es encontrar parejas de amantes, lo es menos encontrar parejas de amigos, y todavía son mucho más raras las parejas que son ambas cosas a la vez. Y por lo que sé, esas son las parejas que más suelen durar.

   -¿Y por qué duran más?

   -Porque cuando se apaga el fuego del amor, que en la mayoría de casos suele tener un acusado componente sexual, queda la ternura de la amistad que sirve de argamasa para mantener la relación.

   Lo de amantes y amigos le impacta a Julia. Nunca lo había pensado. Siempre creyó que el amor era un sentimiento excluyente, que cuando te enamoras se excluye cualquier otra clase de afecto. Y a sensu contrario, para ella la amistad no incluye de ninguna forma el amor. Tiene buena amistad con Julio, pero nada más. Y no tenía amistad con Toni ¿y le quiso? Después de lo ocurrido en casa de los Viqueira ya no está tan segura de haber estado enamorada del donjuán. No puede negar lo mucho que le atraía, lo mucho que la excitaba, pero ¿lo que sentía fue amor o algo inconfesable?, ¿fue amor o una suerte de pura atracción animal? En cambio, lo curioso es que no se siente atraída por Julio aunque sí valora, y mucho, a un hombre que tiene una personalidad y un carácter tan relevante como muestran las ordenadas.

   Mientras Julia sigue devanándose los sesos sobre sus sentimientos, el mañego no desfallece en su empeño de continuar haciendo un cadeau diario a la mujer de la que cada vez está más enamorado. De cuando en cuando tiene baches y se desmorona, pero se repone inmediatamente en cuanto Julia tiene un detalle cariñoso por nimio que sea. Como las salidas de la pareja son cada vez más numerosas, en la ciudad son muchos los que dan por consolidada la relación.

   -Chacho, no me habías contado que lo tuyo con la encargada de la droguería vieja va sobre ruedas. Que callado te lo tenías. ¡Menudo bombón te llevas! –comenta Pascual López, el amigo de Julio que trabaja en la Caja de Ahorros.

   -¿Y quién te ha dicho eso?

   -Ahora no recuerdo, pero es un rumor que corre por la ciudad. ¿Es que no es así?

   -Pues efectivamente, no es así. Solo somos amigos, lo que ocurre es que como vive con mi madre salir con ambas se ha hecho algo natural.

   -Vaya, que equivocada está la gente. Pues, como amigo tuyo, tengo que decirte que siento que el rumor no sea cierto porque quien se calce a esa muchacha se va a llevar, además de a una real hembra, a una moza que tiene la cabeza sobre los hombros. Mi mujer, que es clienta suya, dice que es capaz de venderle una sartén requemada a un chamarilero.

   -Hombre, tanto como real hembra…, aunque admito que en conjunto no está nada mal, en lo que si estoy de acuerdo es que como vendedora vale un Potosí.

   Los vientos marceños han barrido las recias tierras cacereñas y las lluvias abrileñas las han irrigado generosamente. Lo que ha hecho real el conocido refrán: marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso. Un domingo de esa primavera, Julio ha preparado una sorpresa a la joven chinata. Ha alquilado una calesa y la lleva a dar un paseo por los alrededores de la ciudad. Se detiene en un prado en la margen del Jerte y saca una gran cesta que lleva en la parte de atrás.

   -Hoy vamos de merienda campestre. Según me contó Chimo Puig, de quien tantas veces te he hablado, los americanos lo llaman hacer un picnic.

   -Me hace ilusión lo de merendar en el campo. Esperemos que no llegue el propietario de la finca y tengamos que recoger los cacharros.

   -Eso va a ser difícil porque el propietario lo tienes delante.

   -¡No me digas que esta finca es tuya!

   -Y pagada hasta la última peseta.

   -Vaya, te has convertido en un terrateniente. Que callado te lo tenías. Cuéntame cómo ha sido.

   Y Julio le cuenta que siempre fue uno de sus sueños poseer un trozo de tierra, y ha comprado algo más que un trozo pues la finca tiene cinco hectáreas. Como los negocios le van bien, ha ahorrado lo suficiente para devolver a su madre el dinero que le dejó para abrir la tienda, más una cantidad adicional por aquello del lucro cesante. Y le ha quedado suficiente para comprar la finca que ha podido adquirir a buen precio gracias a una gestión de su amigo Pascual, pues el terreno era propiedad de la Caja de Ahorros que se la había quedado por un préstamo impagado. Su antiguo dueño era el constructor que erigió el teatro Alkázar y que tenía la manía de que los nombres de sus posesiones llevaran alguna k…

   -… y por eso la finca se llama El Karrascal.

   -¿Y qué piensas hacer con ella?, además de servirte de merendero.

   -Todavía no lo sé, la compré hace solo unas semanas.

   Tras la merienda, siguen charlando sentados en la manta que ha servido de mantel. Julia se siente como si estuviese flotando en una nube rosa, se lo está pasando estupendamente, se siente feliz y serena y le encanta como se desvive Julio hasta en los detalles más baladís. En un momento en que se produce una pausa en el diálogo, Julia la rompe formulando una pregunta que deja perplejo al hombre.

   -¿Te gustaría tener hijos?

   Julio duda, no sabe realmente qué contestar. Es algo que hasta ahora no se ha planteado. Se piensa la respuesta porque desconoce la intencionalidad de la joven al formular la pregunta.

   -Me gustaría, pero… siempre y cuando la madre fuese la mujer de la que estoy enamorado hasta las trancas.

   Julia parece que va a hablar, pero de pronto se pone colorada como un pimiento de la Vera. Otra vez hay una pausa, hasta que la joven vuelve a preguntar.

   -¿Y cuántos hijos te gustaría tener?

   Ahí sí que no vacila Julio, sabe lo hondamente católica que es la joven. Por lo que la respuesta la tiene fácil.

  -Todos los que nos diera Dios, y me da igual que fuesen chicos que chicas, todos serían bienvenidos. ¿Y a ti te gustaría ser madre?

   -Sí, aunque lo del parto me da un poco de miedo –y vuelve a preguntar-. ¿Crees que serás un buen padre?

   -Si me caso con la mujer que quiero seré el mejor padre del mundo, y antes de eso intentaré con todas mis fuerzas ser el mejor marido posible.

   El diálogo está entrando en un terreno muy personal, quizá por eso Julia vuelve a callarse; lo que hace, ante la sorpresa de Julio, es recostarse y apoyar su cabeza en las piernas del hombre a la par que cierra los ojos. El leve peso de la cabeza de la joven provoca en el hombre un calambrazo que le obliga a morderse los labios; en cambio un amago de sonrisa recorre la boca de la muchacha.

   -Julio…

   -¿Qué? –El mañego no quiere hablar más de la cuenta para no romper la magia del momento.

   -No, nada…

   El silencio comienza a pesarle a Julio. No sabe cuál debe ser su comportamiento para no herir en lo más mínimo a la mujer que adora. Opta por seguir callado y que sea ella la que dé el siguiente paso. Y lo da.

   -¿Me das un beso?

    Julio cree estar viviendo un maravilloso sueño, pero lo que acaba de pedirle Julia es bien real. Se inclina sobre ella, su primera intención es darle un beso en la frente pero la joven le ofrece su boca entreabierta, aunque sigue con los ojos cerrados. Julio pone en el beso toda la pasión contenida en los últimos tiempos, a la par que hace esfuerzos titánicos para no propasarse, y cuando se despega para coger aire un dedo de Julia se pone ante su boca. La chinata abre los ojos, se sienta y en tono cariñoso le pregunta:

   -¿Sabías que las mujeres solteras somos de vidrio?

   El rostro de perplejidad del mañego es todo un poema.

   -No lo sabía –Y se ha de morder la lengua para no decir lo que piensa: ¿y a santo de qué esa pregunta?

   La muchacha, mirándole con ternura, le pide:

   -Ayúdame a levantarme y a recoger las cosas y en el viaje de regreso te cuento.

   El desconcierto de Julio se deshace como un azucarillo en una taza de café cuando la joven le susurra al oído como si temiera que alguien pudiese oírla:

  -Tus besos me han sabido a gloria, ¿me los seguirás dando cuándo sea tu mujer?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 116. Y es gurriato

 

PD.- Atención al post informativo que colgaré en el blog pasado mañana, 24.