viernes, 8 de enero de 2021

Libro II. Episodio 74. No estoy dispuesta a malgastar ni un día más


   Como suele decir su madre, Julio sigue igual que siempre: soltero y sin compromiso. En el terreno profesional está demostrando ser muy solvente, en cambio en el sentimental se ha convertido en un picaflor. A este paso, se dice la maestra, me voy a morir sin tener nietos. Por eso, haber conocido en los últimos meses a la familia de un nuevo médico que acaba de llegar a la ciudad le insufla esperanzas de que eso no ocurra. Don Enrique Lavilla tiene cuatro hijas a cual más encantadora, desde Maricarmen, que es la mayor, a Cristina que es la pequeña, todas están como Julio: solteras y sin compromiso. El hecho de que el médico sea aragonés y que como forastero todavía cuenta con escasos amigos en Plasencia han sido los nexos que han hecho que se relacione a menudo con la maestra.

   Pilar consigue que algunos domingos por la tarde, las muchachas Lavilla acepten su invitación para merendar y bailar al son del gramófono que su hijo, recordando un episodio de su vida en la mili, le ha comprado. Reuniones a las que también acude Julio que muestra sus excelentes dotes de bailarín. Pilar le tiene echado el ojo a la segunda de las hijas del médico, Amparo, que por edad y talante cree que es la mejor candidata para emparejarse con su hijo. La intención materna parece que va bien encaminada pues la muchacha no pone mala cara al joven droguero. En cambio, a la madre de Amparo, hija de una distinguida familia de Zaragoza venida al menos, da la impresión de que el chico de la maestra no le parece un buen partido.

   -Solo es un tendero, hija. Tú puedes aspirar a más, a un hombre de carrera como tu padre –le aconseja a Amparo. La muchacha tiene la respuesta pronta.

   -Un tendero, sí, ¿pero conoces a alguien que sea su propio jefe y que además esté soltero y sin compromiso?

   El negocio de la droguería va viento en popa. Además de la clientela de la ciudad, y tal como previó Pilar cuando se puso en contacto con el obispado para la bendición del local, Julio recibe muchos encargos de establecimientos religiosos de la provincia. El hecho le lleva a plantearse repetir el que fue su primer trabajo en el mundo de la droguería: la venta ambulante. Piensa que debería comprar un carro y una acémila, lo que no es ningún problema; lo que sí puede serlo es encontrar la persona idónea para realizar el papel que él desempeñó con el Bisojo. Debería de ser alguien de confianza, honrado, y que no me las metiera dobladas como acabé haciendo yo con el viejo, se dice. Va desechando nombres de posibles candidatos hasta que llega al final de la lista que ha confeccionado sin encontrar el perfil que busca. Al que no le falta alguna cualidad, le sobran rasgos no deseados. Aparca la idea hasta que encuentre al tipo adecuado.

   En su vida sentimental Julio tiene el enésimo fracaso. Como era de esperar, el marido de Lina ha terminado enterándose de la aventura que mantiene con su mujer. Aunque el ferroviario no es la primera vez que descubre las infidelidades conyugales, se lo toma a mal. Le da unos cuantos zurriagazos a su consorte, procurando no marcarle la cara, y se va en busca de quien le ha puesto los cuernos. En la trastienda, donde Julio lo ha metido previendo lo que podía pasar, tienen algo más que palabras y terminan a puñetazo limpio. El mañego sale del lance con un ojo amoratado, un corte en la barbilla y una solapa de la chaqueta desgarrada. Lo da todo por bien empleado porque ha conseguido que el incidente no se convierta en un escándalo público. El haberse quedado sin el descanso del guerrero que su cuerpo demanda hace que se tome en serio las insistentes sugerencias maternas de que debería dejarse de aventuras frívolas y poner los ojos en una mujer a la que llevar al altar. Y las niñas Lavilla las tiene en casa de su madre algún que otro domingo. Lo de la casa de su madre es literal, pues Julio se ha independizado, ha alquilado un pequeño piso en uno de los barrios antiguos de la ciudad al que se ha trasladado, aunque come a menudo con doña Pilar.

  Al tener un contacto más frecuente con las chicas Lavilla, Julio descubre una faceta de su carácter que desconocía: que le gustan más las jovencitas que las mujeres hechas y derechas. Por eso, aunque su madre no hace más que elogiar las cualidades y encantos de Amparo, quien le encandila es la pequeña de las hermanas, Cristina. Y a ella dedica sus mayores atenciones, es con la que más baila los domingos que hay sarao y con la que mantiene las charlas más distendidas. La muchacha, pizpireta y divertida, le sigue la corriente, pero no le deja ir más allá. Julio no siente por Cristina la pasión que sentía por Consuelo, sin embargo cree que con el tiempo podría enamorarse de la jovencita. Cuando el novel droguero se pone serio y habla de cortejarla, Cristina se sincera: está enamorada de un estudiante de Zaragoza al que le falta un curso para terminar la carrera de medicina. El futuro galeno le ha prometido que en cuanto acabe los estudios y obtenga su primer trabajo pedirá su mano. Por eso, una cosa es divertirse y otra permitir que la cortejen. Y, curiosamente, le sugiere que ponga sus ojos en Amparo, le confiesa que su hermana lo aceptará de inmediato. El problema es que, a Julio, Amparo le parece una excelente muchacha, pero no le dice nada.

   A mediados del verano, Julio recibe una visita inesperada, la de Argimiro, su amigo de los tiempos que vivió en Malpartida.

   -Hombre, Argimiro, cuanto me alegro, ¿cómo están Carolina y los niños?

   -Tos bien, gracias.

   -¿Qué te trae por Plasencia?

   -Chacho, hay que ver cómo te lo has montao. Vaya tienda chulísima y paece que ties clientela a mansalva. He venío a ver si me cogen en la empresa de aceites de la Sierra de Gata –y Argimiro le cuenta que el dueño de la almazara, en la que ha trabajado toda su vida, la vendió y el nuevo propietario despidió al personal antiguo para meter a parientes. Al quedarse sin trabajo, y no encontrarlo en el pueblo, ha venido a Plasencia a ver si tiene suerte.

    -Por un casual, tú no conocerás a nadie que necesite a un peón. Puedo faenar de lo que sea. Estoy hecho a to.

  -Pues sí que lo siento. Es una vergüenza que en este país no haya una puñetera ley que ampare a los trabajadores.

   En ese momento a Julio le viene a la mente su proyecto de venta ambulante. Y Argimiro tiene muchos de los rasgos que busca para ese puesto: es trabajador, honrado y le será leal. La contrapartida es que no tiene mucha labia ni demasiada iniciativa, pero eso se lo puede enseñar.

   -¿Sigue tu padre teniendo a la Culona? –Julio alude a la mula con la que Argimiro fue a recogerle a la estación de Malpartida cuando regresó de la mili.

   -Que va, se hizo vieja y la vendió a un carnicero de Mérida. ¿Por qué lo preguntas?

   -Porque igual tengo un trabajo para ti –Y Julio le explica lo de la venta ambulante.

   -Se te agradece, Julio, pero de asuntos de droguería no sé na.

   -Eso mismo le dije al Bisojo y ya me ves. No hay nada que no pueda aprenderse, todo es cuestión de arremangarse y ponerse al tajo. Lo demás viene rodado.

   -Sabes que el trabajo no me echa pa tras, llevo trabajando desde que tenía once años, pero no querría que te llevaras un chasco. Los vendedores son mu charlatanes y yo soy de poco palabreo.

   -Solo deberás tener paciencia, que yo te enseñaré lo que hay que saber. ¿Sabes dónde está la cuadra del tío Miguel Quelo? Pues acércate y echa un vistazo a los mulos que tiene en venta, a ver si encuentras uno que nos pueda valer. Y luego pásate por la carretería del tío Juan de Griñó y pregunta el precio de un buen carro. Cuando cierre hablaremos de lo que puedes ganar y de las condiciones del trabajo. Nos vemos luego.

   Julio se frota las manos. Acaba de poner un nuevo peldaño en la escalera que le debe conducir a convertirse en uno de los comerciantes más respetados de la ciudad, porque la gente respeta a los que triunfan y está en camino de ello. Solo hay un lunar en su vida: el de los sentimientos. Pese a un cierto éxito con las mujeres y haberse convertido en uno de los solteros codiciados de la ciudad, continúa sintiendo un gran vacío interior. Desde que le abandonó Consuelo, y a pesar de sus diversas aventuras, ninguna mujer ha sido capaz de llenar ese vacío, de conseguir que su corazón lata a ritmo desbocado. No sabe si es culpa de ellas o el culpable es él. Ha confundido en más de una ocasión amor con sexo y sabe que no es eso, a Consuelo nunca la tuvo y sin embargo estaba loco por ella. ¡Lo que daría por volver a sentir los mismos sentimientos que la chinata le causaba!

   Esta noche Julio está cenando con su madre, que se la ve muy parlanchina. 

   -¿Sabes quién me preguntó por ti anteayer?

   -No, madre.

   -Pues Amparo Lavilla, me la encontré en la mercería de la señora Paquita, estaba comprando un entredós –Al ver el gesto de ignorancia de su hijo, Pilar se explica-. Es una tira bordada o de encaje que se cose entre dos telas. La necesitaba porque está haciendo una blusa para una de sus hermanas. Esa chica vale un imperio, será un ama de casa de lo más completo, sabe coser, bordar, guisar y tocar el piano.

   Julio no dice nada. Sabe lo que su madre pretende con tantos elogios a la chica de los Lavilla, pero puesto que tener una aventura con ella está descartado, solo cabe una relación formal. Y, lamentablemente y reconociendo las virtudes de la joven, a él Amparo no le da ni frío ni calor, y la indiferencia no es lo más indicado para sacarle de su marasmo sentimental.

   Mientras Julio prosigue teniendo éxito en los negocios y fracasos en su vida amorosa, en Malpartida Julia Manzano se plantea un dilema que puede cambiar su vida. Desde que volvió al pueblo el discurrir de sus días se ha convertido en algo monótono y sin alicientes. Su estancia en Plasencia, y especialmente las enseñanzas de su maestra, le han mostrado que existe otra vida y otra forma de vivirla, y no quiere de ninguna manera renunciar a ello. Solo se vive una vez, se dice, y no estoy dispuesta a malgastar ni un día más.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 75. ¿Será posible un cambio de rumbo?

viernes, 1 de enero de 2021

Libro II. Episodio 73. Soltero y sin compromiso

 

   El profesor Hernández aconseja a Julio que soborne al funcionario municipal que concede los permisos de obras y licencias de apertura de comercios.

   -No se me había ocurrido, profesor. Lo que solicito es algo que está contemplado en la normativa municipal, por tanto no pueden negarse a concederlo.

   -A concederlo, no, pero a demorarlo sí. Lo que tienes que hacer es meter cincuenta duros en un sobre y se lo das al funcionario que lleva el departamento de licencias diciéndole que son los documentos que faltaban en tu solicitud de apertura. Yo creo que será suficiente para que se agilice el asunto. Y que te sirva de lección, así es como funciona la administración pública en este puñetero país, untándola.

   Julio hace lo que le aconsejó Hernández y mano de santo. En poco más de una semana el ayuntamiento expide el indispensable permiso de obras, al tiempo que le informan de que, en cuánto estén finalizadas y tras llevar a cabo la pertinente inspección, se procederá a expedir la licencia de apertura. Inmediatamente comienzan las obras de acondicionamiento del local que duran algo más de lo que en principio se preveía. A propósito de la iluminación, el mañego recuerda haber leído que la electricidad, el gran invento del siglo XIX, ya funciona en algunos locales de Madrid y Barcelona, y que incluso en Gerona han instalado una red de alumbrado público. Pregunta a un conocido del casino, que es ingeniero, si podría instalar la luz eléctrica en la tienda.

   -Tendrías que comprar una dinamo y el coste te resultaría prohibitivo. Cuando se pueda generar la corriente eléctrica alterna se podrá transportar a gran distancia y los costes se abaratarán. Y permíteme decirte que eres un adelantado, nadie me había preguntado sobre la luz eléctrica.

   A mediados de mayo, Julio puede inaugurar su flamante droguería. Se ha esforzado en diferenciarla todo lo posible de la del Bisojo. Ha mandado ampliar las dos ventanas que tiene el local y convertirlas en sendos escaparates que al mismo tiempo sirven para dar más luz al recinto. Ha encargado unas modernas estanterías para ubicar los artículos de más venta, y aquellos productos que se venden al por mayor en lugar de tenerlos apilados en un rincón del local, como en la vieja droguería, los ha almacenado en la trastienda. Una serie de carteles indican los artículos que hay en la tienda aunque no estén a la vista. Y ha mandado imprimir un catálogo con la relación de todos los productos existentes. Haciendo realidad lo que improvisó cuando quiso convencer a Lupe, ha abierto una sección de artículos para la mujer. Y ha procurado, hasta donde la normativa lo permite, tener una buena provisión de productos medicamentosos. Tal como le aconsejó su madre, se ha encargado de pregonar la apertura del establecimiento hasta el último barrio. Y ha hecho confeccionar un bonito vestido-uniforme para Antonina, su única empleada por ahora, que a la joven le ha encantado. Unos días antes de la apertura, se le ocurre otra idea: el día de la inauguración rebajará el quince por ciento media docena de artículos hasta el fin de las existencias. Cuando se lo cuenta a su madre, Pilar le sugiere algo en lo que no había caído.

   -¿En quién has pensado para que bendiga la tienda?

   -¿Bendecir la tienda? No se me había ocurrido.

   -¿Quieres que haga una gestión ante el obispado? –propone Pilar.

   -¿Crees que el señor obispo de Plasencia va a venir a bendecir una droguería? –pregunta, escéptico, Julio.

   -¿Y por qué no? Todo es cuestión de tocar la tecla oportuna. Deja que lo intente. Sería una buena propaganda. El acto saldría publicado en la prensa local y de entrada te ganarías el favor de la mitad de las beatas de la ciudad, amén de que pasarías a ser bien visto por la administración de la diócesis que, directa o indirectamente, gestiona templos, conventos, seminarios, ermitas, colegios y un sinfín de establecimientos religiosos. Tener como cliente al obispado no te reportará más que beneficios.

   -Me has convencido, madre. Haz la gestión. Y por curiosidad, ¿cómo piensas conseguirlo?

   -Cómo se consiguen la mayoría de las cosas, con dinero. Prometeré un generoso donativo a la diócesis para obras de caridad.

    Doña Pilar no logró que el señor obispo de Plasencia inaugurara la tienda de su hijo, pero sí que fuera el canónigo que preside el cabildo de la catedral quien bendijera el nuevo establecimiento. Y, como supuso la maestra, los periódicos placentinos publicaron la noticia dándole un realce que casi parecía propagandístico. Fuera por esa publicidad, por el boca a boca o porque en la ciudad la apertura de nuevos establecimientos no ocurre todos los días, desde el primer momento de la puesta en funcionamiento del comercio la afluencia de clientes ha sido numerosa. Y la idea de Julio de rebajar el quince por ciento algunos artículos hasta el fin de las existencias tiene tal éxito que ha decidido normalizar la oferta, y cada lunes cuelga en el exterior un anuncio enumerando los productos que estarán en oferta dicha semana hasta que se agoten. La añagaza comercial la ha ido puliendo con el tiempo: oferta productos de difícil venta y los más demandados, antes de anunciarlos, los aumenta de precio y pone en venta una limitada cantidad. Como le cuenta a su madre, el objetivo de esa estrategia comercial se resume en una frase:

   -Lo importante es que la gente entre, algo siempre se llevarán.

   -Hijo, me tenía por avispada, pero veo que me das ciento y raya. Si sigues así, terminarás haciéndote rico.

   Por todos esos factores, la competencia que le hace Julio al Bisojo provoca que la vieja droguería venda menos cada día que pasa. Y en parte se debe a algo que anticipó el mañego. Lupe, la chica que se ha quedado al frente de la tienda, ha demostrado ser una vendedora aceptable, pero una calamidad en cuanto a la administración del negocio. Simplemente, es que no está preparada para ello, le falta experiencia y sobre todo conocimientos. El resultado es que tan pronto escasean determinados artículos, como se amontonan otros que solo pueden venderse a largo plazo. Con lo que la disminución de la clientela acompaña al declinar de las ventas.

   Una tarde de principios de junio, aparece en la tienda de Julio doña Pilar, algo que no suele hacer muy a menudo pues no quiere interferir, acompañada de una muchacha que al principio Julio no reconoce hasta que se da cuenta de quién se trata: es la alumna predilecta de su madre, Julia Manzano. La otrora angulosa jovencita no parece ser la misma que recordaba. Se ha cortado las trenzas, le ha desaparecido el acné adolescente y su cuerpo muestra unas promesas de redondeces que revelan que la crisálida está dando paso a lo que promete ser una mujer de tronío. Esta cría, en cuanto pase un año, será un bombón, piensa Julio. Como el mañego acabó dándole algunas clases de contabilidad, la muchacha ha querido despedirse de él antes de volver a Malpartida, donde su madre la reclama para que la ayude en la administración de la hacienda familiar. A Julio el hecho le hace recordar la que fue su antigua novia, Consuelo, que también fue utilizada por su madre para llevar las cuentas de los Manzano-Barrado. La historia se repite, se dice Julio, y no puede evitar desear buena suerte a la chiquilla.

   -Que tengas más suerte de la que tuvo tu hermana, Julia.

   -¿A qué se refiere? –quiere saber la chiquita, que parece no haber entendido el mensaje implícito del deseo de Julio.

   Doña Pilar, que sí ha entendido perfectamente lo que ha querido expresar su hijo, interviene para evitar malos entendidos.

   -La suerte suele encontrarse cuando se busca. Y Julia es lo suficientemente inteligente para saber encontrarla. Y ahora, te dejamos, hijo, que veo que entran clientes.

   En el ámbito de su vida privada, Julio vuelve a tener otra aventura con una mujer casada. Es una clienta que se lo puso fácil desde el momento en que le echó unos requiebros, más por galantería de buen vendedor que porque tuviera intenciones non sanctas. El marido de Evangelina -ella prefiere que la llamen Lina- es factor de circulación del ferrocarril Cáceres-Madrid, por lo que está fuera de casa varios días a la semana. Y Lina, que no tiene hijos, lleva muy mal la soledad, tanto que le puso los cuernos al marido a los contados meses de casada. Ahora le ha tocado a Julio disfrutar de sus favores. Al joven droguero le gusta a rabiar Lina, pues a un busto provocador le suma un trasero rotundo y un rostro en el que destacan unos negros ojos almendrados y una boca de labios generosos. Pero lo que más le encanta es lo cariñosa que es y que siempre está dispuesta cuando la busca; ni siquiera cuando tiene sus días malos es capaz de negarse a que se meta en su cama. Porque ese es otro de los factores que tienen a Julio encandilado, en la ciudad tener una aventura fuera del matrimonio suele tropezarse con un problema de difícil arreglo, encontrar un lugar discreto donde yacer. En este caso, los encuentros de la pareja los llevan a cabo en el propio hogar de la adúltera. Julio es consciente de que, más pronto que tarde, el ferroviario acabará enterándose del desliz de su esposa y entonces el lío se acabará, pero que le quiten lo bailado, se dice.

   La señora Pilar, como casi siempre, ha acabado enterándose de la aventura de su hijo. Y la sufre en silencio, puesto que considera que a un hombre de treinta años no se le pueden dar consejos como si fuera un chaval. Lo que más le duele es que Julio no siente la cabeza en cuestión de sentimientos. Debería estar casado y tener más de un crío, pero ahí sigue, soltero y sin compromiso. La maestra a veces piensa que su hijo, pese a los años pasados, todavía no ha sido capaz de olvidarse de Consuelo y eso le lleva a que no ponga sus ojos en una mujer para tener una relación formal que termine en casamiento. Solo tiene aventuras pasajeras que no conducen a nada. Por eso cuando le preguntan por su hijo su respuesta suele ser la misma:

   -Sigue igual, soltero y sin compromiso.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 74. No estoy dispuesta a malgastar ni un día más

viernes, 25 de diciembre de 2020

Libro II. Episodio 72. ¿Has probado untar al de las licencias?

   Julio cuenta a su madre el fracaso de su gestión con el Bisojo.

   -… y lo que es peor, madre, me ha despedido. Mañana a primera hora tengo que ir a la tienda a traspasarle los libros y darle cuenta de las existencias. No me va a quedar más remedio que poner en marcha el farol que me he tirado de abrir una droguería por mi cuenta. Todo lo que habíamos planeado se ha ido a pique. Creo que no he sabido jugar mis cartas.

   -Y el Bisojo, ¿piensa volver a la tienda?

   -No está en condiciones, aunque supongo que irá para dar instrucciones a Lupe y Antonina y que serán ellas quienes se encarguen de la tienda.

   -He estado pensando… Creo que lo primero que debes hacer es pedirle al Bisojo más días para hacer el traspaso. Dile que cuadrar las cuentas y confeccionar el arqueo de las mercancías son procesos laboriosos. Y durante ese lapso tu meta solo ha de ser una: convencer a las dos chiquitas que trabajan contigo para llevártelas a tu droguería. Promételes que les darás el oro y el moro, pero quítaselas al Bisojo.

   -Ya lo había pensado, aunque la verdad es que no creo que sean capaces de desenvolverse solas. Todavía están muy verdes y no te digo nada de lo que es la administración del negocio, no tienen formación alguna para ello.

   -Si el Bisojo vuelve a la tienda las dirigirá y bien que mal se irán desenvolviendo, y entonces tendrás más problemas para que tu negocio comience con buen pie. Si consigues que no se queden con el Bisojo, creo que tienes la mitad de la batalla ganada para poder competir con él en igualdad de condiciones.

   -¿Y qué les puedo ofrecer?, ¿más sueldo del que ahora cobran?

   -Y algo más, algo que para ellas sea tan o más importante que el dinero. Has de usar la táctica del palo y la zanahoria, pero con tiento porque cuando tratas a las personas como asnos en eso se convierten.

  -¿El palo y la zanahoria?, ¿a qué te refieres? –pregunta Julio.

   -Ya sabes, la teoría del palo y la zanahoria explica que si deseas conseguir que un burro se mueva necesitas colgar una zanahoria delante del hocico y un palo golpeando su lomo por detrás, pero como te he dicho con tiento. A las dependientas les tienes que meter miedo, ese será el palo. Les cuentas que como vas a abrir una tienda más moderna y lujosa te vas a llevar la mayoría de la clientela, con lo cual a corto plazo se quedarán sin trabajo. También puedes añadir que el Bisojo tiene los días contados y Dios sabe que será de ellas cuando la tienda tenga otro dueño, lo más seguro es que las despida. Y cualquier otra cosa que se te ocurra para meterles miedo. La zanahoria será todo lo que pueda empujarles a irse contigo: más sueldo, estar mejor tratadas y cualquier otro incentivo que para ellas sea tan o más importante que el dinero.

   Se produce una pausa en el coloquio. Julio está cavilando qué podría ofrecer a las dos empleadas para que se vayan con él.

   -A Lupe le gusta mucho aconsejar sobre perfumes y productos de tocador a las clientes, y a ambas les repatea la bata gris que el Bisojo les hace llevar.

   -Ahí tienes el cebo. Dile a Lupe que vas a crear una sección especial de artículos femeninos y que ella será la encargada. Y también que estás pensando en unos bonitos y modernos vestidos para tus empleadas, nada de batas. Ah, y que mientras no abras tu droguería les seguirás pagando como si estuvieran trabajando.

   -¿No van a ser muchas promesas?

   -Por prometer que no quede, luego si no puedes cumplir con todo ya lo arreglarás de alguna manera. Piensa en el panorama con el que se puede encontrar el Bisojo sin las dos muchachas. No hay nadie más en el pueblo que entienda algo de droguería, y manejar un comercio en el que hay cientos de artículos diferentes no es algo que se aprenda en cuatro días. Tendría que traer de fuera a alguien que supiera y sabes mejor que yo como es la gente, no les gustan los forasteros y menos si tienen que fiarse de su consejo para adquirir algún producto. La clave de esta batalla está en las chicas, quien se quede con ellas será el vencedor.

   Julio no consigue que el Bisojo le conceda los cuatro días que pedía para poner en orden los papeles, pero sí le arranca dos. En esas cuarenta y ocho horas el mañego se vuelca con Lupe y Antonina. Juega con cierta ventaja: a ambas las escogió él, por lo que le están agradecidas y en la ciudad trabajos como el que tienen no abundan para las chicas jóvenes. Otro tanto a su favor es que siempre las trató con amabilidad y nunca intentó propasarse con ellas, algo que no es moneda corriente en un país en el que los patronos tratan a sus empleados como si fueran siervos de la gleba. En cambio, al tío Elías alguna que otra vez se le ha ido la mano, y el toqueteo como al desgaire del trasero de alguna de sus empleadas lo ha justificado con una risotada. Pese a todo, las jóvenes se muestran enormemente renuentes a dejar su empleo, no por miedo al Bisojo ni porque le tengan gran aprecio, sino porque lo que les ofrece Julio lo ven como una aventura de final incierto.

   -Julio, sabes que tanto Antonina como yo te apreciamos mucho y te estamos muy agradecidas, pero lo que nos pides es dejar un trabajo seguro por otro que no sabemos cómo ni cuándo se pondrá en marcha –se excusa Lupe.

   -Como dice mi madre: más vale pájaro en mano que ciento volando –secunda Antonina.

   -Además –insiste Lupe para remachar la negativa-, montar una tienda nueva no es algo que se haga en unos días, ¿qué haremos hasta que puedas abrirla?

   -Dos cosas que ya tenía pensadas. Una será que me ayudéis al montaje de la decoración. Vosotras tenéis mejor gusto que yo. La otra es que mientras no se abra la tienda pienso seguir pagándoos como si estuvierais trabajando. Serán las primeras vacaciones de vuestra vida, ¿no os hace ilusión?

   Tras mucho dialogar, las cosas no acaban saliendo como Julio deseaba. Pensaba que a Lupe, la más espabilada de las dos, lo de hacerse cargo de una nueva sección dedicada exclusivamente a la mujer le atraería lo suficiente para convencerla, pero no es así. Opta por quedarse con el Bisojo. Tiempo después, Julio se enterará del por qué: la muchacha le fue con el cuento al viejo droguero de lo que Julio pretendía, y el Bisojo le prometió que si se quedaba la haría la encargada de la tienda. En cambio, a Antonina si pudo convencerla de irse con él, por mucho que el Bisojo también intentó hacerse con ella. Amohinado, se lo cuenta a su madre. Pilar, tan positiva como siempre, valora la parte favorable de la intentona.

   -Bueno, no te amohínes, el cincuenta por ciento no es tan mal resultado. Ahora dedícate en cuerpo y alma al montaje de la nueva tienda. Y por descontado, dime en lo que pueda ayudarte. De momento he hecho una lista de las primeras actuaciones a realizar. Como de este negocio sabes mucho más que yo, complétala o elimina las acciones que sobren.  

   La lista que le ha dado su madre contiene un conjunto de actuaciones a emprender: buscar un local que sea céntrico, negociar el alquiler, ir al ayuntamiento a recabar los permisos necesarios para la apertura, contratar albañiles, carpinteros y demás oficios para la puesta a punto del local, ponerse en contacto con proveedores y mayoristas para recabar los primeros pedidos, negociar descuentos y formas de pago… y pensar en cómo hacer llegar a la clientela del Bisojo en particular, y a la gente de la ciudad en general, la apertura de una nueva droguería y de las novedades que van a encontrar en ella.

   -Faltan algunas operaciones, pero ya me encargo de completarlas. Por cierto, la última actuación no creo que sea necesaria. Por mucho que se tilde de ciudad, Plasencia no es más que un pueblo grande en el que todo el mundo se conoce. En menos de veinticuatro horas todo quisqui va a saber que el encargado de la tienda del Bisojo va a poner una nueva droguería. Y luego, pues atenerse al refrán: el buen paño en el arca se vende.

   -Creo, hijico, que ese refrán se ha quedado anticuado. Si piensas en tus viajes por la provincia, cuando hacías de vendedor ambulante, recordarás que los artículos que más vendías eran los que exponías a la atención de la clientela y los que anunciabas en los carteles que colgabas de los adrales. Por tanto, además del boca a boca, que mejor sería llamarlo de boca a oído, deberías pensar en algún medio para difundir por toda la ciudad el nuevo comercio. No estaría de más.

   En cuanto el Bisojo le da el finiquito, por cuyo monto vuelven a tener una buena agarrada, Julio se entrega de lleno al desarrollo del sueño que ha perseguido durante tantos años: la instalación de su primer comercio. Comienza por patearse el centro de la ciudad, viendo que locales se alquilan, y se pone en contacto con el tío Orlando, uno de los corredores de fincas más conocidos, con su ayuda encuentra un local idóneo y muy bien situado en la Glorieta de Bravo Murillo. Negociar el alquiler lo resuelve en cuestión de una hora tomando unos vinos con el propietario y con la eficaz intermediación del corredor de fincas. En cambio, lo de recabar los permisos necesarios para la apertura de la tienda se revela más farragoso. En el ayuntamiento todo son buenas palabras, pero le informan que tanto el permiso de obras como la licencia de apertura tardarán en gestionarse unas cuantas semanas.

   -No puedo esperar tanto tiempo –se queja Julio.

   -Es lo que hay, señor Carreño. Ya sabe que las cosas de palacio van despacio.

   Julio intenta convencer al empleado municipal encargado de las licencias de agilizar los trámites con nulo resultado. Pide hablar con el alcalde, pero este no puede recibirle. Piensa en quien podría tener alguna influencia en el ayuntamiento, hasta que se le ocurre un nombre: su antiguo profesor de contabilidad. Va a visitar a Hernández y le cuenta el problema.

   -Don José, ¿usted conoce a alguien del ayuntamiento, al alcalde o a algún concejal?

   -Conozco a alguno, pero de pasada. Y el problema que me acabas de contar es más asunto de funcionarios que de políticos. ¿Has probado untar al chupatintas que da las licencias?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 73. Soltero y sin compromiso

 

*** Post info 16. Una cena de Nochebuena absolutamente atípica

   Las cenas de Nochebuena son una tradición familiar, algo que es compartido por millones de familias, sean o no cristianas. Este año, con la tragedia del coronavirus acogotándonos, supongo que la mayoría de familias la habrán suspendido, como recomiendan las autoridades sanitarias. Pero estoy seguro que otras muchas familias, jugándose el tipo, las habrán llevado a cabo aunque tomando precauciones. MI núcleo familiar, en el más estricto sentido, ha sido de los últimos, tomando ciertas medidas preventivas. Nos hicimos antes las PCR, llevábamos mascarillas que solo nos quitamos para comery procuramos guardar la distancia social, a sabiendas de que la seguridad absoluta no existe con ese bastardo del covid-19.

   En primer lugar el número de comensales: solo seis, que es el máximo legal permitido. Mis dos hijos, mi yerno –que es como mi tercer hijo-, los dos nietos y yo. El segundo, el cenáculo: la terracita abierta del piso de mi hijo; es decir, al aire libre. En todos los pisos que teníamos a la vista las terrazas estaban cerradas a cal y canto. Todo lo demás ya fue bastante normal, si exceptuamos que hacía un frío serrano del carajo por lo que, en vez de ponernos de tiros largos, íbamos vestidos como si fuéramos esquimales. Yo lo llevaba todo a tríos y cuando me levantaba de la mesa parecía uno de aquellos primeros robots que se movían de manera mecánica.

   Pese a todas las singularidades, la cena discurrió casi casi como si los comensales fueran los de siempre, vestidos como habitualmente, y el emplazamiento un confortable comedor. No faltaron los aperitivos –en realidad fueron los más numerosos-, el faisán con uvas –uno de los platos que nunca faltan en esa cena-, los buenos vinos –que en esta tierra abundan-, los turrones y el cava. Y hasta pasamos menos frío del previsto, no sé si porque los dioses del tiempo fueron benévolos o porque los caldos trasegados hicieron su trabajo. Que recuerde, solamente eché en falta otra tradición familiar: que cantáramos unos cuantos villancicos. Creo que el olvido se debió a la excepcionalidad de la ubicación.

   Fue una cena de Nochebuena absolutamente atípica, pero durante unas horas nos olvidamos de la maldita pandemia que de manera tan drástica ha alterado la vida de la humanidad. Confiemos y deseamos que la próxima Nochebuena podamos celebrarla de forma absolutamente normalizada. Amén.

PD.- Me olvidaba de los mini aperitivos que sirvieron de entrantes: blinis co caviar, foie con tostas de pasas, cucharita de pulpo sobre crema de patata, tartar de ventresca de atún con huevo de codorniz, gambas al ajillo y carabineros a la plancha.