viernes, 20 de noviembre de 2020

Libro II. Episodio 67. Julia cambia de estudios

 

   A la madre de Julia no le viene de cara que su hija pequeña estudie el segundo ciclo de bachillerato. Doña Pilar intenta convencerla espoleando la vanidad de la matriarca.

   -¿Se imagina lo que se diría en Malpartida si Julia llegase a ser universitaria? Ya estoy viendo a sus vecinas comentando: ¿sabéis que la pequeña de Soledad es médica o abogada? Seguro que eso no ha ocurrido nunca en el pueblo y con la inteligencia que tiene su hija, que ha debido de heredar de usted, podría ser lo que ella quisiera.

   -Ya se lo he dicho, ¿pa que quiero un médico o un abogao en casa? Lo que necesito es que aprenda bien de números pa llevar las cuentas de los negocios familiares, y de letras pa entender tos los papeles que nos envía el ayuntamiento, la deputación y qué se yo quien más. Y pa eso creo que debe estar prepará. Desde que se casó Consuelín, las cuentas de la casa andan manga por hombro y es hora de que Julina las coja por su cuenta.

   Visto que no consigue ablandar a la coriácea Soledad, Pilar se agarra a un clavo ardiendo, lo único que le queda para que la muchacha pueda continuar los estudios aunque sean de otra clase.

   -Siento decirle, señora Soledad, que para llevar cuentas tan complejas como las de las fincas, los ganados y los otros negocios, la niña todavía no está preparada.

   -¿Pero qué me dice? –Se escandaliza Soledad-, ¿qué entavía no está prepará? Entonces, ¿qué rediez ha estao haciendo la criatura estos tres años?

   -Pues estudiar, y aprobar con sobresaliente, los tres primeros cursos del bachillerato. Ahora solo le falta aprobar, que seguro que lo hará con nota, el examen de reválida del primer ciclo de estudios.

   -Pues si es medio bachillera, digo yo que sabrá lo suficiente de números, ¿no? –insiste Soledad.

   -Lamento llevarle la contraria, pero no es así. Tenga en cuenta que lo que se estudia en los cursos que ha aprobado es Gramática, Retórica y Poética. Los números solo se tocan de refilón.

   -¡Eso podría habérmelo dicho cuando le traje a la criatura! –Se queja, malhumorada, Soledad-. Pues de haberlo sabio no se la habría dejao. Al final, ha sio como echar margaritas a los guarros.

   -Ni mucho menos, señora Soledad –Pilar sabe que a la matriarca le encanta que la traten de señora, por eso no pierde ninguna oportunidad de hacerlo-. Si lo recuerda, la primera vez que habló conmigo me dijo que quería que la chica estudiara el bachillerato y eso es lo que ha hecho. En cuanto apruebe la reválida, Julia habrá terminado el bachillerato elemental, con ese título puede estudiar para maestra, enfermera, hacer oposiciones para…

   -Pare el carro, doña Pilar. Le repito lo mesmo: ¿pa que me sirve una maestra o una enfermera? Se lo diré: pa na. Lo que necesito es que sepa bien de números -Ahí es adonde Pilar quería llegar.

   -Si me lo hubiera explicado cuando trajo a la chiquilla, esta conversación no hubiera tenido lugar. Y reconozco que en parte ha sido culpa mía. Debería haberle preguntado para qué quería que la niña estudiara, y no lo hice. Al decirme que quería que hiciera el bachillerato, no pensé en otras posibilidades. Pero eso tiene solución, siempre que a usted le parezca bien, claro. En un par de cursos me comprometo a que su hija aprenda todos los números que pueda necesitar para llevar las cuentas de las cosechas, las montaneras y de todos los negocios de la familia. Se lo prometo.

   -Si me va a decir que pa eso hay que enviarla a Cáceres, olvídese.

   -No tiene que ir a ninguna parte, puede seguir en Plasencia viviendo en casa de su hermana Consuelo. Seré yo quien le enseñará las cuentas que le hagan falta.

   -Pero usté, solo es maestra de escuela, ¿y los maestros saben tanto de cuentas?

   -¿Que sí sé de cuentas? ¿Usted conoce al señor Dimas el Bronchales?

   -¿Y quién no conoce al Bronchales?, si es más conocio que lo era Cúchares.

   -Pues le diré un secreto que pocos saben y que le ruego que me guarde, soy yo quien le lleva las cuentas, que ya podrá imaginar lo complicadas que son. Y va para más de dos años.

   La referencia del Bronchales ha impactado a Soledad pues la fama del usurero se extiende por toda la provincia. Por lo que la matriarca se mete en terrenos más pragmáticos.

   -Y enseñarle tos los números y cuentas que hagan falta, ¿cuánto va a costarme?, porque si es mu caro…

   Pilar está en un tris de cantar ¡eureka, lo conseguí!, pero juiciosamente lo que hace es contestar al asunto de los dineros.

   -Ni un céntimo más de lo que le ha costado el bachillerato. Y eso es algo que no hago con todos, es una excepción que hago con su hija porque es muy buena estudiante; es más, le diré entre nosotras que es la alumna más lista que jamás he tenido. Puede estar orgullosa de ella. Ah, una última cuestión para que quede todo bien claro, las enseñanzas que le voy a dar no se refrendan con ningún título.

   -¿Y pa qué necesita Julina un título? Lo que quiero es que sepa llevar bien las cuentas  familiares. Na más.

   Y cierran el acuerdo. Los dos próximos cursos 97-98 y 98-99, Julia Manzano cursará estudios de cálculo y contabilidad elemental con doña Pilar. La aragonesa ya tiene en mente que la enseñanza de la contabilidad más avanzada se la dé su hijo, pero ha preferido no mencionar a Julio por si Soledad se echaba atrás al escuchar el nombre del que para ella fue una pesadilla. Como Pilar es adicta al proverbio lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana, esa misma noche después de cenar, que es cuando madre e hijo conversan sobre los avatares del día, le plantea a Julio lo que tiene pensado sobre las enseñanzas que va a impartir a Julia.

   -… y me he comprometido, con la que a Dios gracias no se convirtió en tu suegra, a enseñarle cálculo y contabilidad a la pequeña Julia. Y espero que cuando mis conocimientos contables no alcancen me ayudes a completar las enseñanzas a la chiquilla.

   -A ver, madre que, con lo bien que siempre te explicas, no te he acabado de entender o te he entendido mal. ¿Me estás diciendo que te ayude en las clases de contabilidad a la cría de los Manzano?

   -Eso es, pero no te preocupes, no va a ser ahora. Comenzaré por el cálculo más elemental y no será hasta el curso próximo cuando necesitaré tu ayuda para que le expliques algo más de lo que sé sobre contabilidad.

   -Perdóname que te lo diga, pero has hecho muy mal comprometiéndote a algo que no está en tu mano. Estoy todo el día liado en la tienda y cuando termino me tengo que dedicar a los otros negocios que llevo entre manos, ¿de dónde crees que voy a sacar tiempo para enseñarle a esa cría?

   -Primero, esa cría tiene nombre, se llama como tú pero en femenino. Segundo, lo que te pido es poca cosa, pues no te va a llevar mucho tiempo. Será suficiente con que le dediques unas pocas horas que las puedes sacar de tus fines de semana. En lugar de gastar tanto tiempo en tus amistades non sanctas, y no me tires de la lengua, podrías dedicar algunas horas a ocuparte de Julia, que para mí no es una alumna cualquiera. Tú estás todo el día fuera y los domingos y fiestas sales a tus correrías. No te lo reprocho, eres joven y debes divertirte. Yo me quedo aquí sola, ¿y quién es la única persona que me hace compañía y espanta mi soledad? Pues Julia, por eso he llegado a quererla como si fuera una hija. Ah y, por supuesto, las horas que emplees con ella se te retribuirán.

   Lo de las amistades non sanctas, unido a la aposición y no me tires de la lengua, dispara la alarma del joven. Su madre debe estar al tanto de sus aventuras amorosas o, al menos, debe sospecharlo. Pero eso no es algo que le preocupe, lo que le enoja es que está chantajeándole. Mucho debe querer a esa cría, se dice. Su orgullo le impulsa a echar un pulso a su madre, pero se lo piensa. La mujer que tiene delante, con los cincuenta a punto de cumplir, ha dado literalmente su vida por él. Le ha criado, le ha educado, le ha aconsejado, le ha protegido, le ha cuidado…, ¿y va a enfrentarse con ella por algo tan baladí como su petición de dedicar unas horas a enseñar a una chicuela que a él ni le va ni le viene, pero que para su madre sí cuenta, y al parecer mucho? Se traga el orgullo y su respuesta es otra.

   -Sigo creyendo que has hecho mal prometiendo algo que no está en tu mano, pero no quiero discutir contigo. Cuando llegue el momento estaré a tu disposición para ayudarte con esa cría. Y no voy a cobrar ni un real, el dinero de las clases te lo puedes quedar o lo empleas en obras de caridad, lo que prefieras. Y dicho esto, madre, ¿por qué no cambiamos de tema? He leído en el periódico una noticia que es de las que te chiflan. En Elche han descubierto por casualidad el busto de una mujer que se cree que data de la época de los íberos. Al parecer está perfectamente conservado. También se dice que un museo francés está haciendo gestiones para comprarlo.

   -Y nuestro gobierno sin mover un dedo para impedirlo. Panda de inútiles -Pilar acepta el envite de su hijo y rehúye seguir con el enfrentamiento.

   Tres días después del hallazgo de la que, con el paso de los años y tras sufrir un sinfín de avatares, será mundialmente conocida como la Dama de Elche, una noticia tan trágica como relevante conmociona al país: el magnicidio del presidente del gobierno, Cánovas del Castillo. La noticia cae como una bomba en la tertulia del casino.

   -¿Dónde ha sido asesinado, en Madrid? –pregunta uno.

   -No, estaba tomando las aguas en un balneario de Mondragón, en Guipúzcoa.

   -¿Y se sabe quién ha sido el asesino?

   -Un tal Michele Angiolillo, anarquista italiano. Según ha declarado lo ha hecho en venganza por las muertes de los anarquistas detenidos en Barcelona.

   -¡Qué horror, adónde vamos a parar, ni los presidentes de gobierno están seguros!

   -¿Y quién le sucederá? –pregunta otro mirando a Julio.

   -Supongo que alguien del Partido Conservador hasta que les toque gobernar a los liberales de Mateo Sagasta, de acuerdo con el Pacto de El Pardo –responde el mañego. Alguno se pregunta: ¿qué diablos es el Pacto del Pardo?, pero prefiere ocultar su ignorancia.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 68. Remember the Maine, to Hell with Spain

viernes, 13 de noviembre de 2020

Libro II. Episodio 66. Que retorcido que eres, jodío

 

   A doña Pilar no le ha gustado nada lo de que Julio alije medicinas más allá de la Raya, pero aún no ha oído la segunda parte.

   -Aún no he terminado, madre –Y Julio le cuenta el negocio del tabaco al que no se atreve a motejarlo como obra de caridad. Y termina aludiendo al Bisojo-. A partir de ahora no voy a volver a rebajarme pidiéndole que me aumente la comisión. Y hasta me estoy pensando en decirle que se busque a otro desgraciado a quien mal pagar.

   Doña Pilar se queda mirando a su hijo como si no terminase de entender lo que acaba de decir.

   -¿Qué no vas a volver…? -Hasta que parece comprender- ¿Dejar de trabajar para el Bisojo? ¡Ni se te ocurra!, y debes continuar pidiéndole que te aumente la comisión y el sueldo.

   -¿Y para qué?, si lo del tabaco sale tan bien como lo de los medicamentos, que creo que podrá salir, el Bisojo se puede meter las cuatro perras que me paga donde le quepan.

   -Hijico, esa forma de reaccionar no es la que yo te he enseñado. Hay un pasaje de la Biblia que dice: Yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Así has de ser, prudente y sencillo. Mientras lo de las medicinas y lo del tabaco no sea algo sólido y estable necesitas tener un trabajo conocido para que te sirva de tapadera. Y tu actual desempeño vendiendo productos de droguería por la provincia es una tapadera perfecta.

   -Bueno, pues no me despediré, pero desde luego no voy a volver a pedirle ni una peseta de más.

   -Que mal recuerdas mis enseñanzas, hijo –se lamenta Pilar.

   -¿Qué es lo que no recuerdo, madre?

   -Julito, Julito –A veces Pilar emplea el diminutivo cuando su hijo dice algo que le retrotrae a su etapa de niño-, ahora a quien cito no es la Biblia sino al anónimo autor de El Lazarillo de Tormes. ¿Recuerdas la escena en la que el ciego y Lázaro acuerdan comer uvas de un racimo de una en una, y cuando acaban el ciego acusa a Lázaro de haber cogido uvas de tres en tres? Lázaro responde que no es así y pregunta por qué lo sospecha. La respuesta del ciego es contundente: en que yo comía de dos en dos, y tú callabas. Pues bien, el señor Elías, que es casi tan astuto como el ciego de El Lazarillo, si no vuelves a pedirle un aumento de sueldo sospechará que estás ganando dinero por otros medios y puede descubrir el tinglado. Aplícate el cuento y compórtate con tu patrón como si todo siguiera igual.

   Puesto que en la droguería Julio ha logrado que se venda mucho más, el trabajo le desborda por lo que, tras mucho insistirle, el Bisojo ha accedido a contratar a dos dependientas para que le ayuden. Son dos chiquitas jóvenes, Lupe y Antonina, a las que el mañego va enseñando los rudimentos del negocio. El hecho de haberse convertido en encargado y ganar más, le induce a ir adquiriendo hábitos burgueses por lo que aspira a moverse en un estrato de la sociedad placentina superior al que frecuenta. A conseguir esa mejora de status le puede ayudar que le admitan como socio en el casino mercantil, un club restringido en el que no ingresa el que quiere, pues los socios son muy estrictos con los nuevos aspirantes. Los primeros tanteos que, de forma discreta, ha hecho el mañego con algún socio conocido han sido decepcionantes.

   -Ni lo intentes, no admiten empleados y más de una droguería.

   En esas conversaciones, Julio se entera de que don Cristóbal, el boticario, es el tesorero del club y persona decisiva en la cuestión de los ingresos. Dado que el farmacéutico es su socio piensa pedirle que ejerza su influencia para que lo admitan, hasta que se le ocurre que quizá sea más efectivo que quien se lo pida sea su esposa. El siguiente día que yace con la temperamental Isabelina se lo plantea.

   -Tesoro, quiero pedirte algo, una pequeñez -Y Julio le cuenta a la boticaria consorte su aspiración: ser socio del casino, y para ello necesita de la influencia de don Cristóbal. ¿Y quién mejor que ella para pedírselo?

   -Lo haría con mucho gusto, corazón, pero si se lo pido seguro que recelará de por qué me intereso por ti. Y de ahí a sospechar que estamos liaos no hay más que un paso. Cristóbal es viejo, pero no lerdo.

   -He pensado un plan para que eso no ocurra. Para empezar, se lo tienes que pedir después de hacerle una felación –Isabelina le ha contado que es la manera con la que se excita el boticario.

   -¿Una fequé?, nunca había oio esa palabreja.

   -Una mamada. Después de hacérsela, ese es el momento en que se lo pedirás. Verás…, mañana, cuando tu marido esté en el casino, iré a la farmacia con cara mustia. Me preguntarás qué me pasa, de forma que todos lo oigan. Te contestaré que estoy muy cabreado porque no me admiten en el casino. Eso se lo contarás a tu marido, y a continuación le dirás: he pensado que no es bueno para ti que tu socio, aunque lo sea de tapadillo, ande enfadado porque si se cabrea mucho igual en un momento de rabia cuenta lo de vuestro trato, y eso te perjudicaría. Y antes de que eso pueda pasar se me ha ocurrido como puedes evitarlo: no tienes más que forzar un poco la mano para que lo admitan. Y puedes añadir que el chico es persona instruida, pues casi es bachiller y sabe mucho de contabilidad, por lo que no apadrinarías a un palurdo sino a un hombre culto. Y puedes rematar tu explicación añadiendo: como ves, mi amor, hasta en las situaciones más simples no pienso más que en tu buen nombre. Y si además le haces unos cuantos arrumacos, no será capaz de negarse.

   -Que retorcido que eres, jodío.

   Julio no sabe si todo debió suceder como le explicó a Isabelina, pero sea como fuere el hecho es que la intervención de la adúltera funcionó. Don Cristóbal le avaló y, aunque con alguna reticencia, ha sido admitido en el casino, si bien no como socio de número sino como socio accidental. En el casino Julio hace nuevas amistades, aprende a jugar al tresillo, al billar y se integra en una tertulia en la que se habla de todo, especialmente de política y sucesos locales. Hoy el coloquio versa sobre la guerra contra los insurgentes cubanos. Desde el llamado Grito de Baire en el 95 del líder independentista cubano José Martí, grupos de rebeldes atacan a las tropas españolas, y el hecho marca el inicio de la guerra entre Cuba y España en la que, gracias al larvado apoyo estadounidense, los rebeldes plantan cara al desorganizado y mal equipado ejército español. Cuba no solo es una cuestión de prestigio para España, sino que se trata de uno de sus territorios más ricos y el tráfico comercial con la isla es importantísimo, sobre todo para la industria catalana y vasca. El conflicto se ve agravado por las limitaciones políticas y comerciales impuestas por España. La prohibición del libre intercambio de productos, fundamentalmente azúcar de caña, con Estados Unidos y otras potencias ha levantado contra la metrópoli a la burguesía industrial y comercial cubana, y también a buena parte de la población.

   -¿Cómo está lo de Cuba? – pregunta alguien de la tertulia en la que Julio es más oyente que participante.

   -Pues mal, como todo –responde el pesimista del grupo.

   -Yo creo que nuestro ejército acabará metiendo en cintura a los mambises –opina el optimista -, al menos eso es lo que trae el Heraldo de Cáceres.

   -¿Quiénes son los mambises? –pregunta un tercero al que los ha mencionado.

   -No sé, eso no lo dicen los papeles.

   -Perdón, pero el término mambises se utiliza para referirse a los guerrilleros independentistas cubanos, pero también a los dominicanos y filipinos –explica Julio. Intervenciones como esta hacen que el prestigio del mañego como persona instruida y documentada comience a crecer entre sus contertulios y empiecen a pedirle su opinión.

   -Se llama Carreño, ¿verdad?, ¿y qué opina de la guerra cubana?

   -No le podría decir, lo poco que sé es lo que leo en el Norte de Extremadura. Y lo último que he leído es que la situación militar española es complicada. Los mambises, dirigidos por un tal Maceo, parece que controlan el campo, quedando bajo dominio español solamente las zonas fortificadas y las principales poblaciones. El capitán general Weyler concentra a los campesinos en reservas vigiladas. Con esa política pretende aislar a los rebeldes y dejarles sin suministros. Pero está por ver que esa estrategia funcione.

   -¿El Norte de Extremadura qué orientación política tiene? –pregunta uno de los tertulianos.

   -Pues no lo sé, pero pertenece al partido liberal-democrático.

   -Ah, vamos, los liberales –El tertuliano lo ha dicho con su tono más despectivo.

   -Peor sería que leyera la Región Extremeña, que es republicano –comenta otro.

   Doña Pilar tiene otras preocupaciones muy distintas a las de su hijo. El curso 96-97, su alumna predilecta, Julia Manzano, terminó el primer ciclo de tres años de la enseñanza secundaria, que ha cursado por libre y bajo su guía. Como está previsto reglamentariamente, concluidos los estudios del primer ciclo, los alumnos han de sufrir un examen de reválida, cuya duración no bajará de una hora de las materias estudiadas: Gramática castellana y latina, con ejercicios de traducción y análisis, Retórica y Poética. Para los estudiantes de enseñanza libre el examen se realiza en el establecimiento donde el alumno vaya a matricularse para el segundo ciclo; en el caso de Julia será en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Cáceres. La señora Soledad se resiste a enviar a su hija a la capital de la provincia para completar el bachillerato, justificando que no puede ser bueno que la jovencita viva fuera de casa. Esa es la excusa que da, en el fondo lo que no quiere es gastarse un puñado de cuartos en la manutención y hospedaje de Julia. Doña Pilar trata por todos los medios de convencer a Soledad y le explica los beneficios que puede sacar Julia por ser bachiller.

   -¿Sabe usted, señora Soledad lo que puede suponer para la chiquilla que acabe el bachillerato? No solo por los saberes que atesorará, sino porque luego podría ingresar en la universidad y quizá llegar a ser abogado, médico, ingeniero…

   -¿Y pa que me va a servir que sea abogá?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, el episodio 67. La pequeña Julia cambia de estudios

viernes, 6 de noviembre de 2020

Libro II. Episodio 65. El tabaco de La Vera

 

   Julia se ha emocionado al recibir el albornoz que le ha ofrecido su maestra como regalo de Reyes. Para ayudarla a superar el momento, Julio dice en tono bromista:   

   -Que a buen seguro no será el último, lo único es que habrá que cambiar de talla porque igual tienes pensado seguir creciendo, ¿no?

   Lo que consigue Julio es lo contrario de lo que pretendía, la muchacha se pone todavía más colorada y nerviosa. Pilar, para que su alumna se tranquilice, cambia de conversación.

   -Y ese paquetito que has traído, ¿se puede saber qué es?

   -Es mi regalo de Reyes para usted.

   El regalo es un enmarcado mapa mudo de España en el que están señaladas varias  localidades, cada una con un monumento emblemático, enlazadas con una línea que se inicia en Teruel y acaba en Plasencia. El mapa tiene una leyenda a mano: El trayecto de la mejor maestra de España. La muchacha lo explica:   

   -Estos son los lugares en los que creo que ha vivido. No sé si están todos, pero son las localidades que recuerdo.

   Doña Pilar, que se ha emocionado, abraza con ternura a su alumna.

   -Gracias de corazón, Julia. Es el regalo más bonito que me han hecho nunca.

   Julio se despide de las mujeres alegando que ha quedado con sus amigos. En realidad, con quien está citado es con Mariví, que esta tarde libra. Cuando la muchacha también se marcha, Etelvina verbaliza su opinión sobre Julia.

   -Esa cría tiene que madurar, pero si no se tuerce promete ser una mujer espléndida.

   -No se torcerá a poco que pueda. Estoy empeñada en ello –asegura Pilar con tono resuelto, que añade-: Y eso que su madre es de las que no rebuzna porque Dios es misericordioso.

   El nuevo año de 1897 parece transcurrir para Julio Carreño sin mayores contratiempos. El negocio de la droguería lo tiene totalmente dominado, y el del contrabando de medicamentos prosigue sin más problemas que los habituales en esa clase de comercio, como el contratiempo que tienen ahora: los que cobran por mirar a otra parte cuando la gente del Hurón cruza la Raya quieren más dinero por su silencio. En cuanto a su vida amorosa, increíblemente el mañego sigue con sus dos aventuras. Algo realmente inaudito en una población que, aunque su denominación oficial es de ciudad, con sus poco más de ocho mil habitantes no deja de ser más que un pueblo donde cualquier comportamiento que salga de los cauces regulares es rápidamente advertido. Pero ahí sigue, con la pinturera Mariví y la fogosa Isabelina.

   El trabajo de Julio en la tienda se interrumpe cuando llega el buen tiempo y al Bisojo le remite su artritis. Como ha ocurrido en pasados años, debe volver a la venta ambulante. En esta ocasión, durante los tiempos muertos del tránsito entre pueblo y pueblo el joven droguero tiene mucho en qué pensar, pues se le ha despertado un desmedido afán de enriquecerse desde que se metió en el negocio del contrabando. Y una de sus ideas fijas es encontrar otras actividades con las que medrar. De hecho, al negocio de los medicamentos le ha dado un fuerte empujón cuando, aprovechando un corto viaje que hizo a Portugal, estableció contacto con uno de los compradores del Hurón quien a su vez le presentó a un tal Flavio Abreu con intereses en las colonias lusitanas. Abreu le propuso comprar mayores partidas de medicinas que, a su vez, quiere revender en Angola y Mozambique, colonias con las que mantiene relaciones comerciales. El acuerdo ha sido muy fructífero hasta la fecha, aunque un tanto irregular.

   Su empeño en incrementar los negocios se materializa al visitar una de sus comarcas predilectas pues en ella vende mucho, La Vera. A Julio se le ocurre que podría hacer negocio con el tabaco que los campesinos venden de matute, y que es una forma de escapar al rígido control que sobre las cosechas ejerce el gobierno, puesto que la venta del tabaco es un monopolio estatal. Sabe que en Portugal el tabaco se vende a un precio algo más caro que en los estancos españoles. Piensa que, contando con la ayuda del Hurón, podrían vender tabaco a los portugueses a precios más baratos del que lo compran en su país. Puesto que está viajando por el corazón de la comarca con la mayor producción tabaquera de la península, se dice que no pierde nada en establecer contacto con algún campesino que lo cultive, a ver si está dispuesto a venderle unas arrobas de matute. Tanto en Jaraíz como en Jarandilla, no consigue establecer contactos con agricultores que estén dispuestos a vender tabaco de tapadillo. La venta bajo mano está muy perseguida por la Guardia Civil, y los tabaqueros se cuidan muy mucho de negociar con gente que no conocen; de hecho, el mañego ni siquiera ha encontrado alguien que admita que se vende tabaco fuera de los cauces legales. De camino hacia el siguiente pueblo, reflexiona sobre qué debe estar haciendo mal para que nadie quiera venderle, hasta que se da cuenta de algo que habría tenido que pensar antes: debe buscar alguien que le avale. No deja de ser un desconocido por mucho que repita que trabaja para el Bisojo, el droguero de Plasencia, a quien sí conoce mucha gente, pero también podría ser un chivato de las fuerzas represoras del contrabando que intentara congraciarse con ellas o cobrar la recompensa que las autoridades ofrecen a quienes facilitan el nombre de infractores del monopolio. Piensa que ese obstáculo puede arreglarlo pidiendo a un posadero que le conozca o quizá a los alguaciles que publicitan su presencia que confirmen que es alguien de fiar. Hasta que recuerda que el dueño de la posada de Villanueva de la Vera, la siguiente localidad a la que se dirige, y en la que ha pernoctado y comido muchas veces, puede dar fe de que es persona de confianza. El posadero se aviene a presentarle a un cuñado suyo que cultiva tabaco y que hace cuánto puede para eludir al fisco. El tabaquero, un tal Fidel Bejarano, se presta a venderle tabaco, pero con dinero en mano. Al principio, Julio no cierra el trato por la falta de metálico, hasta que se da cuenta de que sí tiene dinero, el que ha de dar al Bisojo como producto de las ventas. Decide coger el efectivo y cuando llegue a Plasencia reponerlo del suyo. Tras cerrar el trato con Bejarano, Julio sale de Villanueva con el carro muy aligerado de artículos de droguería, pero con una buena carga de hoja seca de tabaco que piensa revender en Portugal. Solo será cuestión, de ponerse de acuerdo con el Hurón, que nunca pone mala cara a llevarse a la faltriquera un buen puñado de duros.

  A su vuelta, Julio aprovecha el fin de semana para coger su vieja bicicleta y pedalear hasta Valverde del Fresno para hablar sobre el tabaco de La Vera con el Hurón. Rápidamente se ponen de acuerdo: Julio le enviará el tabaco con los Piñana de Galisteo que han demostrado ser unos arrieros en los que se puede confiar, y el tío Lázaro se encargará de pasar la Raya y venderlo en Portugal. Irán a medias de los beneficios. Julio vuelve a Plasencia sintiendo que su vida como traficante ha dado otro paso que le puede llevar a que un día, quizá no tan lejano, pueda independizarse y montar su propio negocio.

   Cuando a la vuelta, su madre le pregunta a qué ha ido al Valle, Julio duda entre si contarle la verdad o mentirle. Ni siquiera le dijo en su momento lo del contrabando de medicamentos, ¿por qué decirle ahora lo del tabaco? Cree que su madre no aprobará lo que ha hecho. Tras mucho rumiarlo, decide explicarle lo de las medicinas y, ya puestos, también lo del tabaco de La Vera. Comienza hablando en pasado, explicándole que, cuando el tío Elías se negó en redondo a aumentarle el salario, pensó que debía buscar otros medios para incrementar sus ingresos, puesto que de no hacerlo nunca llegaría a tener dinero suficiente para poner montar un negocio por su cuenta. Eso es lo que le indujo al contrabando de los medicamentos. Doña Pilar, que le ha escuchado en atento silencio, cuando termina le pregunta:

   -Si te he entendido bien, te limitas a comprar las medicinas, traerlas a Plasencia, encargar que las acarren hasta Valverde y a partir de ahí es el tío Lázaro quien se responsabiliza de pasar la Raya y venderlas en Portugal, ¿es así?

   -Sí, pero antes de que me condenes por meterme en una actividad de la que siempre estuviste en contra, déjame decirte algo más. Lo de las medicinas es algo más que contrabando duro y puro, también es, de alguna manera, una obra de caridad; sí madre, no te rías, una obra de caridad. Piensa que en Portugal muchos de los medicamentos que allí vendemos no existen y que otros, que sí están en el mercado luso, los vendemos a precios más baratos del que los expenden en sus farmacias. Es decir, que estamos ayudando, si quieres indirectamente, a las clases sociales con menos recursos de Portugal.

   -Por favor, no me tomes el pelo, hijo. Si eso es una obra de caridad, yo soy la Virgen María –afirma Pilar irónicamente.

   -Pues déjame recordarte que no te importó nada regalarle a Julia un albornoz traído de contrabando desde Portugal –El puyazo de su hijo le ha dolido a Pilar, aunque reconoce que se lo ha ganado. Después de una pausa que dura unos minutos, la maestra reitera sus argumentos en contra de lo que está haciendo su hijo, aunque matizándolo.

   -Sabes que siempre me desagradó profundamente que alijaras en la Raya, pero entonces eras poco más que un adolescente y debías encontrar tu sitio en la vida y lo que querías ser de mayor. Cuando Consuelo te convenció de que debías buscarte un trabajo honrado me llevé un alegrón y nunca se lo agradeceré bastante, aunque luego te hiciera la marranada de dejarte por otro. Que ahora vuelvas a las andadas no me hace feliz precisamente, pero… ya eres un hombre y debes tomar tus propias decisiones, por lo que no te lo voy a reprochar. Ah, y otra cosa, el que muevas ese teatrillo que has organizado desde detrás de las bambalinas dice mucho de tu inteligencia y madurez. Y de esta cuestión preferiría que no volviéramos a hablar.

   A madre no le ha gustado un pelo que haya vuelto a las andadas, piensa Julio, ¡pues como se va a poner cuando le cuente lo del tabaco de La Vera!

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, el episodio 66. Que retorcido que eres, jodio

viernes, 30 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 64. Regalos para el día de Reyes

 

   El deseo de Isabelina de mantener la adúltera relación supone para Julio un auténtico quebradero de cabeza, pese a que no recuerda habérselo pasado tan bien con una mujer. Pero si continúa frecuentándola es muy posible que don Cristóbal acabará enterándose, lo que supondrá la pérdida de un proveedor y no será tan sencillo encontrar otro que se adecúe a su particular negocio. Aunque si se decanta por no continuar la aventura dejará de tener entre sus brazos a una hembra apasionada que promete ofrecerle placeres inimaginables, sin olvidar que una mujer despechada puede volverse sumamente peligrosa. Tras darle muchas vueltas, opta por proseguir la aventura y si el boticario la descubre ya se le ocurrirá algún modo para recomponer el descosido. Recuerda que, como dice Mariví, hay que divertirse mientras uno sea joven. Es pensar en Mariví y se plantea qué hacer con ella: ¿la dejo?, ¿continúo viéndola?, ¿sigo con las dos? La idea de tener dos amantes al mismo tiempo le suscita un sentimiento de orgullo y poderío como no lo había tenido hasta ahora. Nunca se había sentido tan viril y tan afortunado. ¡Lo que dirían sus amigos si lo contara! Pero de eso nada, es consciente de que, como no sea discreto, todo puede irse al carajo, sobre todo si se entera el boticario. Esto de los líos de faldas es acojonante, pero muy complicado, se dice.

   Resuelve dejar las cosas como estaban. Sigue amancebado con Mariví, con la que se encama una vez a la semana, y mantiene la relación adulterina con Isabelina. La aventura con la boticaria consorte es absolutamente irregular, de las de aquí te pillo, aquí te mato, puesto que han de aprovechar las ausencias del marido. El final de 1895 le coge al mañego metido de lleno en esa aventura a dos bandas. La situación le produce algún que otro dolor de cabeza, pues son muchos los factores que ha de conjugar, pero en contrapartida le ocasiona un placer, ya no solo sexual, sino también anímico pues piensa que pocos hombres de la ciudad, suponiendo que los haya, pueden alardear de traer al retortero a dos mujeres de bandera.

   Su intensa vida donjuanesca no le impide al mañego ocuparse a pleno rendimiento de sus dos negocios: el legal y público de la droguería y el ilegal y secreto del contrabando. La conjunción de tanto ajetreo amoroso y laboral acaba haciendo mella en su carácter. Se ha vuelto más extrovertido y parlanchín, ha ganado en aplomo y autoconfianza, se siente más hombre y mejor comerciante, y para poner la guinda al pastel está ganando más dinero que nunca. La droguería registra unas ventas magníficas y los alijos de medicamentos para os lusitanos funcionan con una regularidad de metrónomo. De ahí que se sienta generoso y está preparando regalos para la fiesta de los Reyes Magos, pues la tradición marca que ese día los monarcas orientales traen juguetes a los niños y, por extensión, regalos a los adultos. Para su madre le ha pedido al Hurón que le traiga de Portugal, donde son mejores y más baratos, unos juegos de sábanas de franela para que no pase frío en la cama pues en la casa no hay calefacción, solo un lar y unos braseros. También ha encargado para ella un albornoz de felpa y le ha preparado un lote de productos femeninos de belleza, aunque no está muy seguro de que su madre vaya a usarlos, pues no es muy partidaria de potingues y coloretes. Para la señora Etelvina, ha encargado un chal de seda. También tiene regalos para sus dos amantes y ciertamente no se ha excedido: un frasco de perfume francés para cada una, pero de diferentes marcas, no sea que puedan enterarse de que si comparten perfume es porque también comparten compañero de cama. Hasta ha tenido el detalle de pensar en un regalo para la mujer del Bisojo, una crema para las manos. Ultimando los regalos de Reyes le sorprende su madre con una petición inesperada.

   -Hijo, supongo que sigues teniendo amigos en el pueblo –Cuando doña Pilar habla del pueblo siempre se refiere a San Martín de Trevejo- que de vez en cuando pasan la Raya. Es que quiero que les pidas que me traigan un buen albornoz.

   Me ha chafado uno de los regalos, piensa Julio, pero improvisa una respuesta para que no se note su contrariedad.

   -Ya tienes uno, ¿necesitas otro?

   -No me vendría mal pues está viejito, pero no es para mí, es para regalárselo a Julina.

   -¿Para que Julina? –La petición ha pillado desprevenido a Julio.

   -Julia Manzano, mi alumna. No tiene albornoz; de hecho no lo ha tenido nunca.

   -Pues no será porque su familia ande mal de dinero, es una de las más ricas de Malpartida.

   -Ya lo sé, pero ya sabes cómo piensa la matriarca de los Manzano, si ella no necesitó nunca un albornoz, ¿para qué lo van a necesitar sus hijas? Son de esa clase de gente, rica en dineros, pero pobre de espíritu. Y me parece que a la muchacha le hará mucha ilusión.

   El haber citado su madre a los Manzano, lleva a Julio a pensar en Consuelo. Rememora el primer regalo que le envío por Reyes: un fino broche de bisutería cuyo motivo principal era una eme entrelazada con una ce, y el segundo año le envío una blusa con típicos bordados mallorquines confeccionada en la localidad de Sa Pobla. Por asociación, de Consuelo pasa a evocar a su buen amigo Chimo Puig. Lo que le hace preguntarse: ¿y por qué no le envío algo a Chimo? Seguro que le sorprenderá tanto como lo agradecerá, Chimo es de los que saben apreciar un detalle.

   Para Navidad, y como acostumbra, Pilar invita a su amiga Etelvina, pues solterona y sin familia la pasa sola. Ambas mujeres tienen pensado un menú especial para fiesta tan señalada. La comadrona llevará un cuarto de jabalí, que le han regalado de una reciente montería, que lo aprovecharán para cocinar una sabrosa caldereta extremeña. De entrante, la aragonesa piensa elaborar un pastel de berenjena con un toque de apio y Julio se encargará de comprar un surtido de turrones y mazapanes como exige la festividad, así como los vinos y la indispensable sidra para el brindis final.

   Días antes de Navidad, Pilar reúne en su casa a los que van a participar en la comida navideña. Ha preparado una merienda de lo más típico: chocolate con picatostes y perrunillas. Precisamente para que meriende con ellos, Pilar ha hecho una invitación especial.

   -Esperar que vamos a tener una invitada que merendará con nosotros.

   -¿A quién has invitado, madre?, a buen seguro que a una de esas mozas a la que debes haber echado el ojo como futura nuera –se burla, cariñosamente, Julio.

   -Bueno, ¿y qué si lo ha hecho? Tienes edad suficiente para sentar la cabeza y formar un hogar –opina Etelvina.

   -Que tampoco soy tan viejo, solo tengo veintiséis años –protesta Julio.

   -A tu edad la mayoría ya están casados y con críos –replica Etelvina.

   -No os enzarcéis, que no van por ahí los tiros. Mi invitada no tiene nada que ver con vuestra discusión.

   En eso, suena la aldaba y, sin solución de continuidad, alguien abre la puerta que, como de costumbre, no está cerrada con llave.

   -Soy yo, doña Pilar –grita una voz aniñada.

   Quien aparece es Julia Manzano que porta un paquete plano envuelto en papel de seda y rematado con un lazo azul.

   -Bu…, buenas tardes –saluda la mozuela que se ha ruborizado al ver que hay más gente de la que esperaba.

   -Buenas tardes, Julia, te estábamos esperando. Te acuerdas de la señora Etelvina, ¿verdad? A Julio ya le conoces –Pilar explica el motivo de la presencia de la muchacha-. He invitado a Julia a merendar como premio por el excelente trimestre que ha realizado. Si continúa así aprobará el curso con sobresaliente.

   Al oír el elogio de su profesora, la chicuela ha vuelto a ponerse colorada cual pimentón de La Vera.

   -Y además de la merienda y, como no vas a estar aquí por Reyes, tengo un regalito para ti. Después de merendar te lo daré –anuncia Pilar.

   -¿Qué curso estás haciendo? –pregunta Etelvina

   -Segundo, señora Etelvina, debería estar en tercero pero empecé tarde –la muchacha sigue estando retraída.

   -¿Y qué asignatura es la que más te gusta? –le pregunta Julio.

   -La historia y la geografía –responde la jovenzuela que va de rubor en rubor.

   -Eres de las mías –afirma Julio-, a mí también eran las materias que mejor se me daban. ¿Cómo vas con los mapas mudos, te incordia mucho mi madre con ellos? –repregunta Julio.

   -Dejad de interrogarla que bastante tiene con soportar diariamente mis preguntas. Julia, acompáñame a la cocina.

   A los pocos minutos, maestra y alumna están de vuelta portando dos bandejas: en una llevan la chocolatera y unas jícaras de cerámica de Talavera de la Reina y, en la otra, picatostes y perrunillas. Pilar ruega a su alumna que sirva el chocolate. Todo el nerviosismo y el apocamiento que ha mostrado la mozuela, desaparecen en cuanto comienza a servir el caliente brebaje. Lo hace con un aplomo y una desenvoltura como si lo tuviera por costumbre. Etelvina mira a la chicuela con ojos de buena conocedora y se dice para sí: esta chiquilla algún día se convertirá en una mujer espléndida siempre que no se tuerza. Al finalizar la merienda en la que anfitriona e invitados han charlado de todo un poco, salvo la adolescente que se ha limitado a contestar las preguntas que se le han dirigido, Pilar sale un momento del saloncillo y vuelve al instante con un paquete envuelto en papel de regalo.

   -Julia, este es el regalo que esperaba darte por Reyes. Como estarás en el pueblo con tu madre y tus hermanos te lo doy ahora. Puedes desenvolverlo, si quieres.

   La muchacha, que ha respondido con un emocionado agradecimiento, desenvuelve el paquete. Es el albornoz que Pilar encargó a su hijo que le trajera de Portugal. A la chicuela una sigilosa lágrima se le escapa, pero se esfuerza en contener su emoción.

   -Gracias, muchas gracias, doña Pilar. Mi primer albornoz… -dice Julia, emocionada, acariciando la rizosa tela de la prenda.

   A Julio la muchacha le retrotrae inevitablemente a pensar en Consuelo. Como esta chiquilla salga tan veleta como su hermana no le arriendo las ganancias al desgraciado que se enamore de ella, se dice.

  

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, el episodio 65. El tabaco de La Vera

viernes, 23 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 63. Las rechazas y se te echan encima

   Aunque a Julio le gusta mucho la descarada boticaria, que es un bombón de diecinueve años necesitado que unos brazos viriles la estrechen hasta hacerle perder el sentido, su rechazo a las atrevidas provocaciones de Isabelina es porque piensa que si don Cristóbal se entera de los devaneos de su esposa adiós al acuerdo que mantienen. Para evitar que la situación se descontrole, antes de visitar la botica lo que hace es asegurarse de que esté presente el farmacéutico, con lo que consigue que los escarceos de su mujer no sobrepasen un cierto límite.     

   El repudio a las insinuaciones de la boticaria provoca un efecto de rebote en quien menos podía esperar. Un tarde, poco antes de la hora del cierre, aparece en la tienda una de las mancebas de la botica de don Cristóbal con una nota en la que el farmacéutico le indica que ha llegado un nuevo lote de medicamentos. La moza, muy chulapona y desenvuelta, aguarda a que Julio lea el contenido de la nota.

   -¿Hay respuesta?

   -No; bueno, sí, dile a don Cristóbal que mañana pasaré por allí a recoger el pedido.

   -Con la de veces que paso por delante de la tienda y nunca había entrao. ¿Me la enseñas?

   -¿Por qué no?, pero antes he de echar el cierre que es la hora –aclara Julio que cree vislumbrar algo turbio en la mirada de la moza.

   Cuando le  enseña la trastienda ocurre lo que Julio medio intuía. Tras un devaneo plagado de algo más que insinuaciones, la joven se le entrega sin ninguna clase de pudor. Ni siquiera la turista belga, con la que intimó cuando estuvo de soldado en Palma de Mallorca, se le entregó a las primeras de cambio. Al irse la manceba, Julio no puede menos que decirse: joder con la moza, menuda calentorra.

   A Julio la audacia de Mariví -abreviatura de María Vicenta- no deja de asombrarle. En las relaciones que ha tenido hasta ahora, las jóvenes con las que coqueteó tenían un común denominador: todas consideraban el cortejo como preludio al noviazgo, primero, y al casamiento después. Mariví parece que es la excepción. Como lo que ocurrió en la trastienda se ha ido repitiendo, al menos una vez a la semana, han tenido ocasión de hacer algo más que fornicar, ahora tienen largas charlas cuando algunos domingos, no más de dos al mes, salen a bailar a alguno de los merenderos que rodean la ciudad. Mariví le ha explicado su particular filosofía de la vida: quiere divertirse todo lo que pueda mientras sea joven, pues sabe que cuando la tersura de su piel comience a tener menos finura tendrá tiempo más que suficiente para llevar una vida recatada y ajustada a la moral convencional. Ahora toca divertirse, y si ha escogido a Julio para desfogarse es porque, además de su buena planta, en la ciudad le han puesto fama de donjuán. Aunque su postura encierra una contradicción, pues la joven manceba también desea lo mismo que las demás: casarse, pero cuando ya no sea tan joven. De hecho, Mariví tiene un entregado pretendiente al que trae al retortero y con el que sale los domingos que no queda con el mañego. Se trata de un mozo que trabaja en una tahona de las que hay en la almendra de la ciudad y que bebe los vientos por ella. Si quisiera, según ha confesado la manceba, ya serían novios formales, pero no piensa darle el sí hasta que no se confirme si se va a quedar con la tahona, que es de su familia, o va a ser para un hermano más pequeño que también trabaja en la misma. La joven, una consumada calculadora, además de divertirse con Julio le usa para darle celos al panadero, treta que parece que le funciona estupendamente. Comportamiento que Julio ni aprueba ni censura, pero que le sirve para chancearse de la joven.

   -Así que el Eladio se sube por las paredes cada vez que te ve conmigo. Espero que no me coja mucha tirria.

   -No llegas a tiempo, ya te ha cogido una ojeriza que no se la salta un galgo.

   -Me alegro saberlo. Mi madre va a su tahona a comprar el pan, pero le voy a decir que cambie de panadería, no sea que un día me parta los dientes comiendo una hogaza en la que haya metido unos tornillos.

   -Pues no eres tú cachondo ni na, por eso me hiciste tilín en cuanto te vi. A mí es que me van los hombres que son capaces de guasearse hasta de su sombra.

   -¿Y no puede ocurrir que si estiras demasiado la cuerda con el Eladio, pueda romperse? Lo digo porque lo nuestro no va a pasar a mayores, yo no pienso casarme, al menos hasta los treinta bien cumplidos.

   -Eso lo supe desde el primer día. Y la cuerda del Eladio no se va a romper, de cuando en cuando le dejo sobarme un poco y se queda más suave que la seda. Y hablando de sobeteos, la que tiene tomada la Isabelina contigo pasa de castaño oscuro, cualquier día le da el calentón y se te echa encima. Es más puta que las gallinas, así fue como consiguió que don Cristóbal se prendara de ella. Pero has sido listo, ni le haces caso ni le das achares.

   -Es que si me lío con ella y se entera el boticario me quedo sin proveedor. Y ya sabes lo que se dice, aunque suene muy basto: donde tengas la olla no metas la polla.

   A Julio, haberse topado con una mujer como Mariví le ha resuelto el problema del sexo. Ya no tiene que irse de putas como hacía antes. Y encima tampoco tiene que hacerle falsas promesas como le ocurrió con Nico, la moza de Jarilla con la que coqueteó una temporada. Para tenerla contenta, de vez en cuando le regala alguno de los artículos de belleza que vende, siempre productos nacionales que son más baratos.

   A doña Pilar, una vecina de lengua larga le ha ido con el cuento de la última conquista de su hijo.

   -El pasado domingo vi a su chico mu arrejuntado con una moza que trabaja de manceba en la botica de don Cristóbal. Y le diré una cosa: pa gustos están los colores, pero pa mí que su hijo se merece algo mejor, aunque edad tiene pa saber lo que hace.

   La maestra no hace comentarios, conoce a la comadre y sabe que es una chismosa amiga de toda suerte de dimes y diretes. Pero se queda con la copla y en cuanto tiene oportunidad hace indagaciones sobre la manceba en cuestión. Como tantas veces, es su amiga Etelvina, que desde hace dos años también vive en Plasencia, la que le ofrece información más concreta.

   -He preguntado y al parecer la moza con la que ahora sale Julino es de las que, como dicen en La Sagra, se escurre sin haber barro. Aunque no estés preocupada, no debe ser algo serio porque solo salen uno o dos  domingos al mes como mucho. A la moza, Mariví se llama, se la ve con más frecuencia con un chico que trabaja en la tahona en la que sueles comprar el pan.

   -No me digas más, acabo de averiguar porque, cuando me despachan el pan, uno de los panaderos me pone una cara como si le debiera dinero y no le pagara. Debe de ser el otro pretendiente de la tal Mariví.

   -¿Y Julino no te ha contado na? –a Etelvina le puede la natural curiosidad.

   -Nada de nada. Desde que rompió con Consuelo se ha vuelto muy precavido en lo que respecta a hablar de mujeres. Para mí que la herida que le causó la chinata todavía sigue supurando.

   El diálogo es interrumpido por alguien que grita desde la puerta de entrada.

   -Doña Pilar, soy yo –La recién llegada es una chicuela delgada como una caña y con alguna que otra espinilla en la cara, indicador que revela la edad puberal de la muchacha.

   -He aquí mi alumna preferida. Julia, ¿te acuerdas de la señora Etelvina?

   -Sí, doña Pilar, es la señora partera –decir eso y ruborizarse ha sido todo uno-; mejor dicho, la señora comadrona.

   -Estás desconocida, chiquilla, ¿cuántos años tienes, catorce?

   -Trece, señora Etelvina. Doña Pilar venía a devolverle los últimos libros que me prestó.

   -¿Ya los leíste?, que barbaridad, lees con mucha rapidez. Mañana recuérdamelo y te dejaré otros.

   -¿Manda algo?, ¿no?, pues hasta mañana y queden con Dios –se despide la jovencita.

   -¿Esta niña es…? -Etelvina deja el final de la frase en al aire.

   -La hermana pequeña de la exnovia de Julio. Y, posiblemente, una de las mejores, sino la mejor alumna que he tenido. Es una maravilla de cría y, si continúa así, será una mujer excepcional, probablemente más en lo psíquico que en lo físico. Es la hija que me hubiese gustado tener, quizá por eso me ha robado el corazón. Casi seguro que será todo lo opuesto a la descarada moza con la que sale mi hijo.

   Julio sigue acumulando problemas pues la esposa de don Cristóbal no se da por vencida y, a espaldas de su marido, sigue flirteando con el mañego cada vez con más descaro. El joven droguero, como buen macho ibérico, lamenta no poder atender los cada vez menos sutiles requerimientos de la boticaria consorte, porque rica lo está y mucho. Hasta que una tarde ocurre lo que temía que pasara. Ha ido a ver al farmacéutico por mor de sus trapicheos pero no está. Isabelina le dice que se encuentra en el casino jugando al tresillo con sus amigachos, y tiene para rato, como unas dos horas al menos. La boticaria, con el pretexto de que tiene que enseñarle unos albaranes, le pide que le acompañe a su casa contigua a la farmacia. En cuanto entran, Isabelina no se anda con rodeos, se echa en sus brazos y se lo come a besos. El mañego, en cuanto ve lo que se le viene encima, piensa en rechazarla, pero la carne es débil y termina cediendo al apasionado abrazo con el que le atenaza la fogosa boticaria. Julio se encuentra con una mujer muy joven, muy pasional y muy insatisfecha. La infiel esposa le cuenta, sin ningún recato, que a su marido le pesan los años y los quilos y que es incapaz de satisfacerla, tanto que no ha tenido un orgasmo con él y, cuando yacen, después ha de masturbarse para llegar al clímax.

   -En cuanto me toca una teta ya se ha corrido y yo me quedo a verlas venir. No sabes las ganas que tenía de estar entre los brazos de un hombre de verdad. De un hombre que me hiciera gritar de gusto, de que se me erizara el vello con solo pensar en él. Y no creas que soy fácil, es la primera vez que engaño a Cristóbal, pero… si quieres no será la última.

   Julio piensa que a las mujeres no hay quien las entienda, las rechazas y se te echan encima.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 64. Regalos del día de Reyes