viernes, 18 de octubre de 2019

126. ¿A quién le amarga un dulce?


   El sargento Bellido y el excomisario Grandal están manteniendo la que parece va a ser su última charla sobre el misterio que se cierne sobre la muerte de Curro Salazar. El guardia civil le ha contado al expolicía las resoluciones que ha tomado la Jueza Instructora del caso antes de cerrar la fase de instrucción del sumario, luego ha preguntado a Grandal  si cree que la instrucción se ha cerrado en falso porque no hay nadie acusado de asesinato, solo Pacheco de homicidio no intencional. El excomisario ha ido desgranando, uno a uno, el comportamiento de cuantos pasaron por la habitación de Salazar la tarde de autos. Comportamiento que, como ha explicado, los exculpa de asesinato. De ahí, la pregunta del suboficial:
-Entonces, ¿hay alguien a quien culpar?
-Queda el hijo, que no ha sido imputado ni por la fiscalía ni por la Jueza Instructora, aunque se tiró más de una hora pensando en qué hacer con su padre y sesenta minutos dan para pensar mucho.
-Y si no se puede hablar de asesinato, ¿podría considerarse homicidio? –inquiere el sargento.
-Tengo que volver al Derecho Penal español y recordar que homicidio es cuando una persona causa la muerte de otra, pero sin ninguno de los tres supuestos que tipifican el asesinato. Es decir, sin alevosía y/o ensañamiento y/o concurrencia de precio. Y sigue siendo homicidio y no asesinato incluso cuando el que mata lo haga intencionadamente, pero no lo realiza alevosamente, ni se ensaña, ni lo hace bajo recompensa. Además del intencional, existen otros tipos de homicidio, por ejemplo el involuntario que lo son la mayoría de accidentes de tráfico, y el negligente, como un fallo médico en una operación.
-Eso también lo he estudiado, comisario, pero sigue sin contestar mi pregunta –Al sargento se le nota un tanto molesto porque el expolicía parece dar a entender que el guardia civil es un absoluto profano en materia penal.
   Grandal parece no darse cuenta de la incomodidad de su interlocutor y prosigue con su exposición.
-De entrada, te diré que en mi opinión en este caso podría hablarse mejor de homicidio que de asesinato por lo que he argumentado antes. Procedamos ahora como lo hice con el asesinato. A Pacheco, la Jueza Instructora le acusa de homicidio involuntario, pero es que detrás de él hubo más actores que intervinieron en el desenlace final, pero ¿podría ser calificado tajantemente de homicida involuntario? Ahí discrepo con la jueza porque lo veo muy dudoso, es más si cuenta con una buena defensa es bastante posible que esa acusación no se mantenga. Sierra, como vimos antes, está descartado que le hiciera algo a Salazar, lo único que se le puede achacar es que no le ayudó. En cuanto al Chato quizá pudiera imputársele homicidio involuntario, ¿también en grado de coautor? Repito lo que dije sobre Pacheco, es posible, pero dudoso. A la terna del maletín la descarté como presuntos asesinos, pese al empujón de Vicentín, y por las mismas razones los descarto como homicidas, aunque tampoco prestaron ayuda a Curro. Espinosa quizá podría ser acusado de homicidio voluntario pues en su acción hubo alevosía y, probablemente, concurrencia de precio, pero sabemos que el raticida que supuestamente le dio a Salazar, algo que no está probado, no fue un factor determinante en la muerte de Salazar. ¿Otro coautor de homicidio? Muy dudoso, aunque tampoco ayudó. En cuanto a Pakelia, para mí un candidato perfecto para ser el asesino, ya hemos visto que está fuera de la relación de posibles sospechosos y el hijo ha quedado totalmente exonerado…
   La pausa que hace Grandal al final de su exposición es aprovechada por Bellido para formular su enésima pregunta:
-Pues si no hoy asesinato ni homicidio, ¿solo resta afirmar que Salazar murió de muerte natural?
-Sí y no –es la ambigua contestación de Grandal.
-Su respuesta, comisario, me ha recordado una vieja copla que cantaba mi madre, que en paz descanse.
-¿La de La Parrala?
-¿Cómo lo ha adivinado? –pregunta sorprendido el suboficial.
-Un buen amigo mío, hace un par de días me cantó aquello de que unos decían que sí, otros decían que no, también como contrapunto a una respuesta ambigua por mi parte. A ver si soy capaz de explicártelo bien, Bellido. El Certificado Médico Legal, que recoge los resultados de la autopsia practicada a Curro Salazar, establece como causa última de su muerte una parada cardiorrespiratoria. También establece que el cadáver presentaba dos costillas fracturadas, una de las cuales por un traumatismo de origen desconocido perforó la pleura lo que provocó un neumotórax traumático que, al no ser tratado a tiempo, puede situarse como causa remota del cuadro clínico que finalizó en la muerte diferida de Salazar. Asimismo, detecta unos hematomas en el rostro del cadáver como consecuencia de una agresión hecha por persona o personas desconocidas el día de autos. Agresión que no está probada que pudiera coadyuvar a intensificar los problemas del neumotórax. No digo nada del raticida porque su influencia en el fallecimiento fue irrelevante. Dicho esto, podríamos afirmar sin faltar a la realidad que la causa última de su muerte fue una contracción miocárdica que supuso la detención de la circulación de la sangre y que implicó la detención del suministro de oxígeno al cerebro durante más de diez minutos con efectos irreversibles. O sea, que el fallecimiento fue por un proceso biológico natural, pero…
   La pausa de Grandal exaspera a Bellido que se ha ido poniendo de mal humor a medida que el excomisario se ha ido extendiendo en sus prolijas explicaciones, pero sin concretar nada a lo que se le pregunta.
-¿Pero qué?
-Pues que, como antes dije y repito, el Certificado Médico Legal establece que un traumatismo de origen desconocido perforó la pleura lo que provocó un neumotórax traumático que, al no ser tratado a tiempo, puede situarse como causa remota del cuadro clínico que finalizó en la muerte diferida de Salazar. Todo lo cual nos lleva a concluir que el fallecimiento fue debido a un proceso exógeno, es decir de origen externo. Y ello nos lleva al homicidio, sea voluntario o involuntario, pero homicidio al fin y al cabo. Como ves, Bellido, volvemos a estar como La Parrala, unos decían que sí, otros decían que no.
-Le confieso, comisario, que sus explicaciones, además de no entenderlas me producen dolor de cabeza. 
   Grandal mira al sargento casi con ternura y se apresura a ofrecerle una explicación que sea lo más didáctica posible y para ello recurre a una canción.
-No sé si recuerdas, Hernando –Otra vez le llama por su nombre de pila para hacerle sentir más próximo-, un corrido mejicano cuya letra dice: El día que la mataron, Lupita estaba de suerte, de seis tiros que la dieron, solo uno era de muerte. Pues a Curro le pasó igual. Fueron siete, las visitas que tuvo, de modo individual o grupal, y en todas y cada una de ellas sus visitantes, por acción u omisión, coadyuvaron a que muriera. Pacheco le empujó, sin querer, pero le empujó. Sierra no le socorrió. El Chato le pegó. Espinosa posiblemente quiso envenenarlo. Los pichones no le ayudaron. Pakelia posiblemente no lo remató porque no pudo. Y hasta el hijo, que se ha ido de rositas, estuvo más de una hora pensando qué hacer con su padre. Es como si a Curro le hubieran dado no seis sino siete tiros, y ninguno fue de muerte pero entre todos acabaron con él.
-O sea, ¿qué todos pueden ser calificados como homicidas?
-Si te contesto que sí, pero no, espero que no te dé más dolor de cabeza. En mi modesta opinión todos ellos, en mayor o menor medida, son los coautores del homicidio. Pese a lo que acabo de afirmar, y que no me atrevería a repetir en sede judicial, creo que la justicia los absolverá a todos ellos de ese delito. Como mucho serán acusados de la omisión del deber de socorro, un delito menor y, si no tienen antecedentes, no pisaran la cárcel. De ahí el sí, pero no.
¿Lo entiendes?
-Esta vez creo que sí, comisario. Desde Pacheco, que fue quien inició el proceso, hasta el hijo que fue quien lo concluyó, todos son coautores de un homicidio en mayor o menor grado. ¿Y eso como lo contempla la ley?
-Habrá que estudiar como cierra la fase procesal del sumario la jueza del Valle y luego ver cuál es el resultado del juicio oral, pero si echamos mano del insondable refranero español hay uno que viene al pelo: la justicia de enero es rigurosa, mas llegando febrero… es otra cosa.
-He de decirle algo, comisario, y si no lo hago reviento. He de rogarle que me disculpe por haber sido tan pesado con mis preguntas, pero es que este ha sido mi primer caso criminal de importancia y todavía tengo que hacerme a la idea de que, en cierto modo, he ayudado a resolverlo. Aunque ambos sabemos que quien ha llevado la batuta en este concierto ha sido usted. Yo únicamente he tenido el papel de ejecutar algunos solos, unos más afinados que otros, por lo que me siento muy gratificado.
-Ojalá te ayude esto en tu carrera y llegues lo más alto posible –le desea Grandal.
-Creo que me dará un buen empujón que falta me hacía pues ya me había resignado a jubilarme de brigada como mucho, y ahora, si no la cago en el futuro, puedo llegar a oficial, quizá hasta capitán. Cambiado de tercio, ¿va a volver el próximo verano?
-No lo sé, supongo que dependerá de que la amiga de Chelo nos vuelva a dejar su apartamento. Aunque para serte sincero, me ha encantado tanto este rincón de la Costa de Azahar que es muy posible que vuelva, antes a Torrenostra que a Marina d´Or, porque para los que buscamos paz y sosiego es un lugar ideal y además en cuanto a playas no hay color, las de Torrenostra son infinitamente mejores.
-¿Pero con o sin homicidios? –pregunta Bellido a quien parece que se le ha quitado el dolor de cabeza
-¡Hombre!, ¿a quién le amarga un dulce? –Al sargento no le queda muy claro a qué se refiere el excomisario.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 127. De hoy en un año

lunes, 14 de octubre de 2019

*** Post info 13. Una fecha señalada


   El pasado día 12, los españoles celebramos una triple conmemoración. El 12 es la Fiesta Nacional de España, también es la festividad de la Virgen del Pilar, posiblemente la virgen con más incondicionales dado que es la Patrona de España, y asimismo conmemoramos el Descubrimiento de América por Cristóbal Colón al mando de tres naos fletadas por la Corona española.
      En la historia de mi país no siempre se ha denominado al día 12 como en la actualidad. Sí se celebraba la festividad de la Virgen del Pilar, pero las otras conmemoraciones han cambiado de nombre. Antes de 1931 se le llamaba el Día de la Raza por lo del descubrimiento y no existía la llamada Fiesta Nacional que más bien era el 2 de mayo, cuando en dicha fecha de 1808 el pueblo de Madrid se levantó contra la invasión napoleónica. Hecho que inmortalizó Goya. En el 31, un pensador español, Ramiro de Maeztu, escribió un artículo que se iniciaba así: 'El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad'. Y así se le denominó en adelante hasta 1987 cuando se prescinde de dicha denominación. En la actualidad, cuando se llama a los descubridores genocidas como poco, lo de conmemorar el Descubrimiento también ha caído en el olvido. En el fondo todo es cuestión de palabras y a esas se las lleva el viento. En cambio, los hechos ahí quedan.
    Pues bien, en fecha tan señalada y hace ochenta y cuatro años (84, lo pongo también en números para destacar lo abultada de la cifra) mi madre me trajo al mundo. Gracias, padres, ¿qué hubiera sido de mí sin vosotros? Cumplir esa pila de años te hace forzosamente reflexionar, aunque sean reflexiones muy someras. Cuando nací, la II República Española estaba viviendo sus últimos meses, ¿pero quién lo podía pensar en aquel 12 de octubre de 1935? Nueve meses después de mi llegada al mundo, comenzaba la trágica Guerra Civil española que fue el suceso que supuso un antes y un después para millones de españoles. Entonces, yo era un bebé y no recuerdo nada de aquellos tormentosos años, pero supongo que, en alguna medida marcaron lo que sería mi futuro y el de los compatriotas de mi generación.
   Sí recuerdo perfectamente los treinta y seis años de la dictadura franquista porque en su contexto me hice un hombre. Algo que digo sin vanagloriarme ni cubrirme de cenizas porque los que vivimos aquella época en España no tuvimos otra opción que arar con esos bueyes. A partir de 1975, fecha en que cumplí los cuarenta, viví la llamada Transición –hacia la democracia- y luego el juego y la lucha por el poder de los distintos partidos que ocuparon los gobiernos del país; básicamente dos: el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular. Voté a unos y a otros y al final siempre tuve la sensación de que me había equivocado. La sigo teniendo. Algo sí he averiguado, que no hay que fiarse ni de unos ni de otros, todos son especialistas en prometer mucho y en no cumplir nada, lo que viendo la serie italiana 1992 he descubierto que eso no ocurre solo en España. Como dice el inabarcable refranero español: en todas partes cuecen habas.
   Los 84 no me han aportado más sabiduría, quizá a ser algo más tolerante con las faltas propias y ajenas y, sobre todo, dolencias con las que he de convivir, y recuerdos en los que pensar; unos gratos, otros amargos y supongo que la mayoría inocuos. A la postre, a eso se reduce cumplir años.

viernes, 11 de octubre de 2019

Capítulo 30. La teoría de Grandal sobre el caso Pradera. Episodio 125. Entonces, ¿hay alguien a quién culpar?


   La mañana del 29 de agosto ha pasado y Grandal no ha podido terminar de contar a los amigos su teoría sobre lo que pudo ocurrir en la habitación donde Curro Salazar reposaba de su fractura de costillas, empeorada tras la caída que tuvo al discutir con Vicentín. Y por la tarde tampoco podrá porque el excomisario le ha prometido a Chelo llevarla a conocer Peñíscola. Ha quedado citado con los amigos para el día siguiente y les ha asegurado que, si no siguen interrumpiéndole, acabará de contarles lo que supone que ocurrió en las últimas horas de vida del exsindicalista.
   Amanece el día 30 con un sol radiante. Grandal madruga porque tiene dos citas ineludibles: una con el sargento Bellido para mantener una última charla sobre el caso Pradera, y otra con sus jubilados amigos para terminar su relato sobre lo que cree que ocurrió en la tarde del día de autos. Una vez más, la cita con el suboficial de la Guardia Civil tiene lugar en la cafetería del hotel de Marina d´Or donde suelen reunirse.
-Buenos días, comisario, ¿qué tal?
-Pues preparando las maletas, Bellido. Todo se acaba, hasta el veraneo.
-No puede imaginarse cuanto voy a sentir su marcha. Y tampoco tengo palabras para agradecerle su inestimable ayuda. Sin usted la muerte de Salazar posiblemente hubiera acabado en el archivo de los casos sin resolver. En cambio, ahora en la comandancia de Castellón están muy satisfechos con el trabajo de mi gente como policía judicial y la juez del Valle también me ha felicitado. Todo eso y más se lo debo a usted.
-No es para tanto, Hernando –Es la primera vez que el excomisario llama por su nombre al sargento-. El agradecido soy yo porque gracias a ti he pasado un mes de agosto mucho más entretenido de lo que en principio suponía. Aunque voy a irme con la impresión de que, como diría mi amigo Luis que es muy taurino, me va a faltar el rabo, no del toro sino del caso por desollar.
-Hay que darle tiempo al tiempo, comisario. La instrucción está dando sus últimas boqueadas, pero falta rematarla. Usando el lenguaje de su amigo se podría decir que hasta el rabo todo es toro.
-Es cierto, y ya que nos hemos puestos en plan taurino, coge el estoque, remata la faena y cuéntame las últimas noticias.
   El sargento le cuenta las últimas noticias sobre la instrucción del caso que se circunscriben a las resoluciones tomadas por la juez del Valle sobre los imputados. A Carlos Espinosa le ha dejado en libertad con cargos, le imputa el delito de la omisión del deber de socorro al no ayudar a otra persona (Salazar) que se encontraba desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando podía hacerlo sin ningún riesgo ni para sí mismo ni para terceros. Se trata de una infracción leve pues se castiga con la pena de multa de 3 a 12 meses. Al parecer, la jueza ha estado valorando si imputarlo también por homicidio en grado de tentativa, pero no lo hace al no estar plenamente acreditado que intentara envenenar al gaditano, y además el examen post mortem del cadáver ha revelado que la cantidad de raticida ingerida, suponiendo que se lo hubiera dado Espinosa, en ningún caso puso en peligro la vida de Salazar.
   A José Jiménez, alias el Chato de Trebujena, también le ha dejado en libertad con cargos, le imputa los delitos de la omisión del deber de socorro y el delito de lesiones que, de acuerdo a lo que establece el Código Penal, es el que por cualquier medio o procedimiento causare a otro una lesión que menoscabe su integridad corporal o su salud física o mental y que es castigado con la pena de prisión de tres meses a tres años, o también puede ser una multa de seis a doce meses, siempre que la lesión necesite tratamiento médico o quirúrgico tras la primera asistencia médica.
   A Jaime Sierra, le ha dejado igualmente en libertad con cargos, y solo le imputa el delito de la omisión del deber de socorro. En cuanto a Alfonso Pacheco, le ha dejado asimismo en libertad con cargos, le imputa los delitos de homicidio no intencional que el Código tipifica como causar la muerte de una persona por imprudencia grave, y que está castigado con una pena de uno a cuatro años de prisión, según establece el artículo 142.1., y el de la omisión del deber de socorro. Y a su mujer le imputa el delito de la omisión del deber de socorro.
-O sea, que el Chato y Pacheco son los que peor han salido librados, aunque tengo mis dudas de que el cargo de homicidio no intencional contra Pacheco vaya a prosperar. Ligar su empujón con la muerte de Salazar es discutible. Si el zahareño cuenta con una buena defensa quizá pueda librarse de esa acusación aunque nunca puede saberse como termina un juicio de lo penal –explica Grandal que a continuación pregunta- ¿Y con Grigol Pakelia, qué medida ha tomado?
-En principio, ninguna porque al parecer está en el extranjero y la orden de detención europea funciona como un procedimiento judicial simplificado y transfronterizo de entrega a efectos de enjuiciamiento, de ejecución de una pena o de una medida de seguridad privativas de libertad. Y ninguno de esos supuestos parece que es aplicable a Pakelia.
-Pero la llamada euroorden emitida por la autoridad judicial de cualquier país de la Unión Europea, ¿acaso no es válida en todo el territorio de la UE? –pregunta Grandal.
-Sí, pero como he dicho se trata de que se detenga en otro país a Pakelia y se le entregue aquí para su procesamiento o para la ejecución de una pena o de una medida de seguridad privativas de libertad y la juez argumenta que, en principio, solo es un testigo más y que no hay ningún indicio de que causara ninguna violencia a Salazar –reitera el sargento.
-Es decir, que el guiri de esta historia se va a ir de rositas.
-No hay pruebas contra él, comisario, y sabe mejor que yo que sin pruebas o indicios racionales de alguna acción contra el fallecido su señoría tiene las manos atadas.
-Sí, claro –admite Grandal muy a su pesar-, ¿y a la postre los pichones del maletín como han quedado?
-Como estaban. En libertad, con los cargos de los delitos[ZR1]  de la omisión del deber de socorro y el de hurto. Poca cosa, no entrarán en prisión.
-¿Y Francisco José, el hijo?
-Es el único que sale bien parado. Ni la fiscalía ni la señora jueza han presentado cargos contra él. Ayer hablé con el chico y está esperando que le entreguen el cadáver de su padre para volverse a Sevilla. Su madre quería enterrarlo allí, pero el transporte es demasiado caro para la familia y al final han optado porque descanse aquí. Mañana a primera hora será inhumado en una ceremonia privada en el cementerio de Torreblanca. Voy a asistir, y si quiere venir será un honor estar a su lado.
-Gracias por la invitación, Bellido, pero tenemos pensado salir cuanto antes, a ver si así nos ahorramos los atascos de la operación regreso.
-¿Le puedo hacer una pregunta, comisario?
-Dispara, sargento.
-De la instrucción se desprende que no hay un asesino al que culpar de la muerte de Salazar, es como si hubiese fallecido de muerte natural. La pregunta es: ¿cree que la instrucción se ha cerrado en falso; es decir, que no hay un asesino y qué por tanto no fue un asesinato o al menos un homicidio?
   Grandal se toma su tiempo para contestar a la pregunta de Bellido y cuando lo hace su voz suena como insegura.
-Esa es la pregunta del millón, como suelen decir en la tele. ¿Fue un asesinato y por ende hubo un asesino o no? Para responderte  antes he de hacer alguna explicación previa. Si no recuerdo mal mis estudios de Derecho Penal, se considera asesinato cuando una persona causa la muerte de otra y lo lleva a cabo con alguno de estos tres supuestos, o de los tres juntos, y que son: el de alevosía, cuando se realiza a traición y/o cuando se sabe que la víctima no va a poder defenderse; el de ensañamiento que es cuando se aumenta deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima y el de la concurrencia de precio, cuando se comete el crimen a cambio de una retribución económica o material.
-También he estudiado algo de Derecho Penal, comisario, pero no responde a mi pregunta.
-Lo haré ahora. Vamos por partes o, mejor dicho, por posibles asesinos y lo hago en el orden cronológico de los que visitaron a Salazar en la tarde de autos. Comencemos con Alfonso Pacheco, su empujón que fue el origen del drama no parece que se hizo con alevosía, ni hubo ensañamiento, ni fue retribuido por ello. Por tanto, descartado como posible asesino, aunque la jueza lo acuse de homicidio no intencional. En cuanto a su mujer parece que no hizo más que acompañarle. Seguimos con Jaime Sierra que según su testimonio no tocó a Salazar para nada, se limitó a irse de allí sin socorrerle. También descartado. Continuamos con el Chato, que sí le dio unos puñetazos a Salazar en los que puede admitirse que hubo alevosía, quizá ensañamiento y probablemente lo hizo por una retribución; sería el mejor candidato para ser acusado de asesinato si no fuera porque sus golpes no fueron suficientes para causar la muerte de Salazar. En consecuencia, también descartado. Proseguimos con Carlos Espinosa, le dio a beber un coñac en el que posiblemente, aunque no lo sabemos con certeza, había diluido un raticida. Aquí también hay alevosía, el ensañamiento puede ser calificado como dudoso, pero casi seguro que sí hay concurrencia de precio. Otro buen candidato para colgarle un asesinato si no fuera porque la dosis de matarratas encontrada en el cuerpo de Salazar no hubiese acabado ni con un ratón doméstico. Por tanto, hemos de descartarlo. Continuamos con los pichones que lo único que le hicieron a Salazar fue abandonarle a su suerte. Por consiguiente, igualmente descartados. El siguiente es Grigol Pakelia. Estoy convencido, aunque no puedo probarlo, que el georgiano fue a la habitación para acabar con Salazar y que la almohada que manejaba cuando fue sorprendido por los pichones era para ahogarlo. Como no llegó a realizar ningún acto criminal no se le puede acusar de nada. Otro descartado.
-Entonces, ¿hay alguien a quien culpar? –pregunta el desconcertado sargento.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 126. ¿A quién le amarga un dulce?

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