viernes, 4 de octubre de 2019

124. En una hora no se ganó Zamora


   En el relato que Jacinto Grandal está haciendo a sus amigos sobre cómo ha podido ser la vida de Curro Salazar en Torrenostra ha llegado a la etapa de la convalecencia del gaditano, cuando tuvo que guardar reposo para sanar las costillas que le fracturó el Chato de Trebujena.
-El día trece, según se desprende de las declaraciones de Pacheco y Sierra, los dos andaluces acordaron aunar sus respectivas propuestas para Curro como si fueran una sola, dado que ambas eran bastante similares y de esa forma también abaratarían los costes –cuenta Grandal.
-De lo cual se deduce que los lobbys que representaban ambos emisarios eran de una economía más bien modesta –deduce Ponte.
-Supongo que sí, Manolo, debían de ser más modestos que potentes porque sus emisarios no tiraron cohetes precisamente. Y añado algo más: el grupo que respaldaba a Pacheco, por lo que ha contado, debía de estar integrado por funcionarios de alto rango que en su momento tuvieron cargos políticos de niveles intermedios y que resultaron pringados en el caso ERE. En cambio, la gente que estaba detrás de Sierra debía de estar formada por integrantes más políticos que técnicos y que también estaban imputados. El pacto Pacheco-Sierra tuvo otra consecuencia, a partir de ese momento ambos intentan convencer a Curro al alimón.
-Pues poco tiempo tuvieron para persuadirle porque si eso ocurrió el día trece cuarenta y ocho horas más tarde alguien se cargó a Salazar –apunta irónicamente Álvarez.
-Ese trece, Pacheco y Sierra van a visitar a Curro –sigue explicando Grandal-. La patrona del hostal, que se ha convertido en una celosa guardiana de su apaleado huésped, no pone ningún impedimento en que ambos andaluces suban a ver al gaditano pues reconoce a Pacheco como la persona que impidió con su aviso que siguieran golpeando al exsindicalista. En esa entrevista, de acuerdo con las declaraciones de ambos, le propusieron a Curro que se entregase a la justicia después de que la gente a la que representaban hubiera pactado con la fiscalía una rebaja de la posible pena. Y además, le comunicaron que contratarían al mejor bufete para su defensa, que le facilitarían el dinero que necesitase cuando la justicia confiscara sus bienes, que ayudarían a su familia y buscarían un buen trabajo para su primogénito.
-Y todo eso, ¿a cambio de qué?, lo digo porque nadie va por ahí regalando euros a cincuenta céntimos –objeta Ballarín.
-De las contrapartidas, que evidentemente debieron pedirle, no dijeron ni pío. Si han declarado que Curro les contestó que en esos momentos no tenía ni fuerzas ni cabeza para decidir nada y les emplazó a que volvieran en un par de días, y así le daban tiempo para pensárselo. Ese mismo día ocurrió otro episodio que pone por primera vez en el tablero del caso Pradera al escurridizo guiri que los pichones sorprendieron en la habitación de Curro. Pasado el mediodía un extranjero se presentó en el hostal para alquilar un dormitorio por un rato. La patrona, que era quien le atendió, le contestó que no alquilaban habitaciones por horas. La reacción del guiri fue que la alquilaba para toda la jornada, a lo que la patrona objetó que estaba todo ocupado. El extranjero insistió, incluso puso dinero encima del mostrador, pero la patrona no cambió de criterio y le remitió a la nacional 340 pues allí encontraría paradores de carretera que sí alquilaban cuartos por horas para los conductores. Cuando el sargento Bellido le mostró una foto, la patrona lo reconoció inmediatamente, el guiri de ese suceso era Grigol Pakelia.
-¡Esa sí que es buena! –exclama Álvarez-. Eso quiere decir que el tal Pakelia ya rondaba por aquí.
-O sea que el georgiano sí estuvo dónde Salazar, ¿se sabe si habló con él o al menos le vio? –pregunta interesado Ponte.
-De acuerdo con la declaración de la patrona, Pakelia no habló con Curro y probablemente tampoco debió verle –aclara Grandal-. Este episodio es uno de los que más me ha confundido. Por lo que le contó la señora Eulalia al sargento parece que Pakelia, que estaba acompañado por una mujer también extranjera, solo quería una habitación para echar un polvo a su acompañante, pero lo extraño es que habiendo tantos hoteles y apartamentos de alquiler en la costa quisiera alquilar una habitación en el hostal donde se alojaba Curro. ¿Fue una casualidad o una acción premeditada? Ya sabéis que siempre repito que no creo en las casualidades por lo que infiero que la presencia de Pakelia fue algo planeado. De todas formas, o el georgiano es un genio de la mise en scène o en efecto fue un hecho fortuito. Puntualizo esto porque el andoba iba vestido con un bañador tipo tanga y apenas cubierto por una camisola veraniega. Este suceso quizá es el que más me ha desconcertado y todavía a estas alturas no acabo de explicármelo.
-Hablando del guiri, ¿hay alguna novedad sobre él? –pregunta Álvarez.
-No, siguen sin localizarle y la jueza del Valle continúa negándose a emitir una euroorden de busca y captura. A ese no le echa mano ni una rehala de podencos.
-¿Os acordáis cual fue el último día que visitamos a Salazar? –pregunta Álvarez sin venir a cuento.
-El día del que estamos hablando, el trece. Recuerdo que nos preguntó que cómo nos arreglaríamos para echar la partida cuando se fuese Amadeo –rememora Ponte-. Y también recuerdo que le conté que el cuarto jugador sería un vecino mío de Madrid que también veraneaba aquí, me refería a ti, Pedro.
-Y yo recuerdo que bromeé con él por la buena enfermera que se había echado con Anca –rememora Álvarez-, a lo que Salazar dijo que pocas bromas con la rumana porque tenía un novio que era más celoso que la leche.
-Hablando de celos. Anca me confesó –les cuenta Grandal- que uno de los días de la convalecencia, posiblemente el mismo en que le visitamos nosotros, subió su novio a la habitación y tuvo un agarrón con Curro por los celos enfermizos que le tenía. El chico se calentó y amenazó a la muchacha con sacarla de allí a guantazo limpio. Entonces Curro se interpuso entre la pareja y conminó a Vicentín con darle una mano de hostias si ponía un dedo encima de la joven. Al oír eso el chico le dio a Curro un empellón que le hizo caer hacia atrás chocando contra un sillón y que le dejó sin poder respirar por unos momentos. Anca se asustó tanto que pensó que habría que llamar a un médico y le pidió a Curro que no contara lo que había ocurrido porque la echarían, que dijera que había resbalado y se había caído. Más tarde llegó una doctora del Centro de Salud del pueblo que, tras descartar que Curro sufriera un neumotórax, diagnosticó que probablemente se había resentido de la fractura de costillas, que debería guardar un riguroso reposo durante al menos cuarenta y ocho horas y que el martes volvería a visitarle.
-Hablando de recuerdos –interviene Ramo-. La noche de ese mismo día recordaréis que jugamos una partida nocturna en la terraza de El Perero. Fue allí cuando os referí que una doctora había visitado a Salazar pues se encontraba mal, algo que en ese momento no sabíais que hubiera ocurrido.
-Lo recuerdo, así como también que cuando Luis te preguntó cómo te habías enterado nos soltaste un rollo sobre que en un sitio pequeño como este es raro que algo fuera de lo habitual pase inadvertido. Y que ese es uno de los rasgos que forman parte esencial de la vida de las comunidades pequeñas en las que lo que más importa son las noticias locales que se analizan del derecho y del revés y se diseccionan de arriba abajo –comenta Ponte.
-Hablando en plata, Pedro, lo que ocurre es que tus paisanos son una panda de cotillas –dice Álvarez tirando de ironía.
-Todas las sociedades cerradas lo son –Grandal sale en defensa de los paisanos de Ramo-, recordad que en el Centro de Moncloa una de las conversaciones preferidas de nuestros colegas es cotillear y contar rumores sobre lo que le ha ocurrido a fulano o a mengano. Bueno, creo que os he contado cuanto sabemos de lo que ocurrió el día trece en el entorno de Curro, es hora de centrarnos en el día siguiente, el catorce.
-La madrugada de ese día fue cuando me fui a Lérida –recuerda Ballarín.
-Ese día nosotros nos juntamos para echar la partida en la terraza del hostal después de comer –precisa Grandal.
-Sí, y recuerdo que después de la partida os conté como era la festividad del día siguiente – rememora Ramo-, a la que aquí se la llama la festa de la Mare de Deu d´Agost, y que era uno de los contados días en los que la gente del pueblo bajábamos a bañarnos, algo que como recordaréis os sorprendió muchísimo.
-¿Cómo no iba a sorprendernos que viviendo al ladito del mar solo vinierais a la playa media docena de días al año? –justifica Álvarez.
-Eso ha cambiado totalmente. Podríamos decir que mis paisanos han redescubierto el Mediterráneo, ahora ya no creen, como creían antaño, que lo de veranear y bañarse sea una costumbre de señoritos y de gente de la ciudad.
-El recuerdo más vívido que tengo de aquella charla fue lo que nos contaste del pasodoble de Paquito el Chocolatero –evoca Grandal-, que por cierto es la música que más tocan las charangas que animan las fiestas del pueblo. Hablando de fiestas, ¿cuándo acaban?
-Pasado mañana, domingo. Alrededor de las nueve y media de la noche dispararán un castillo de fuegos artificiales que supone el broche final de las fiestas.
-Hablando más de fiestas, ¿hoy que toca además de la fiesta de las paellas? –quiere saber Álvarez.
-Esta tarde se corren vaquillas con las puntas enfundadas y por la noche hay un espectáculo de variedades –cuenta Ramo.
-Dejaros de historias porque a este paso llegaremos al tercer milenio y Jacinto no habrá terminado de contarnos su hipótesis sobre cómo la palmó el pobre Salazar –exige Ballarín. 
-Amadeo, no te pongas pesado, en una hora no se ganó Zamora –reprocha Ponte al impaciente exferretero haciendo alusión al asedio de la ciudad española de Zamora en el siglo XI, que duró siete meses y encima sin éxito.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, en el capítulo 30, el episodio 125. Entonces, ¿queda alguien a quién culpar?

lunes, 30 de septiembre de 2019

*** Post info 11. Situación social, económica y cultural de la España de Los Carreño



   Los acontecimientos de la época en que se desarrolla la vida de los personajes de Los Carreño (1889-1949) se vieron marcados por las transformaciones aceleradas de la economía, la sociedad y la tecnología que dieron lugar a la revolución industrial. Al tiempo que se destruía la sociedad preindustrial y se construía una sociedad de clases encabezada por una burguesía que contempló el declive de su antagonista tradicional (la nobleza) y el nacimiento y desarrollo del movimiento obrero, en nombre del cual se plantearon distintas alternativas al capitalismo. Tan o más espectaculares fueron las transformaciones políticas e ideológicas (revolución liberal, nacionalismos, totalitarismos), así como las mutaciones del mapa político mundial.
   En lo político, las ideas de la revolución francesa se propagaron rápidamente por Europa y, pese a los movimientos restauradores tendentes a reponer los regímenes absolutistas, se hicieron fuertes en la mayoría de países europeos y en las recién independizadas repúblicas americanas.
   En el campo económico-social, la revolución industrial impone el nacimiento de grandes fábricas, de nuevas y eficientes máquinas y el florecimiento del comercio a escala mundial. El desarrollo de la economía produce un desequilibrio económico-social alarmante entre el patrono capitalista y el obrero carente de protección porque no hay legislación que reglamente la nueva situación industrial.
   En el área de lo cultural y de la ciencia se independizan diversas disciplinas que antes formaban parte del saber filosófico y toman carácter de ciencia, tales como la química, la física, la matemática, la biología, la sociología… Lo cual da como resultado un gran progreso científico-tecnológico.
   Mención aparte merecen las dos contiendas bélicas que se suceden en esta época y que han sido, hasta nuestros días, las guerras más sangrientas y catastróficas que ha conocido la humanidad: la I y la II Guerras Mundiales. Ligado a la última remarcar la aparición de la energía atómica que ha supuesto un antes y un después en la historia mundial.

viernes, 27 de septiembre de 2019

123. Los árboles no dejan ver el bosque


   Grandal prosigue contando a sus amigos su hipótesis de cómo pudo ser la vida que llevó en Torrenostra Curro, y lo que debió ocurrir el día de su fallecimiento.
-Y el hecho de que Curro no denunciara la agresión del Chato ¿por qué te hizo sospechar de él? –quiere saber Ramo.
-Hombre, Pedro, es de cajón. Si a un tipo le dan una paliza y no lo denuncia es o por miedo a que si lo hace el escarmiento que sufra sea mucho mayor, o porque no quiere saber nada de la policía porque tiene motivos para ello. Retomo el hilo sobre lo que veía contando. Cuando Salazar y Pacheco vuelven de la revisión médica en Castellón recogen en el camino a Francisco José y en el hostal les están esperando casi todos los emisarios pues se han enterado del viaje a la capital al llamar preguntando por el exsindicalista. Allí están Espinosa, Sierra y Rocío. Después de que el doliente Curro suba a su habitación para descansar como le han recomendado los galenos, los allí congregados se reúnen por primera y única vez que sepamos. A petición de Pacheco se presentan, aunque en realidad todos se conocían aunque fuera de oídas con la salvedad de Espinosa. Naturalmente, en ese cónclave no estuvieron ni el Chato ni Pakelia, los dos emisarios que no querían hablar con Curro sino que tenían intenciones algo más físicas. Pacheco contó a los demás que el traumatólogo había dicho que Curro necesitaría un mes y medio de reposo para curarse del todo, pero que en unos días estaría en condiciones de atender visitas. Aquí es cuando comienza otro capítulo de la breve historia de Curro en Torrenostra, la de su convalecencia.
-Creo recordar que a partir de ese día ya no volvió a jugar con nosotros –recuerda Ponte.
-En efecto, parece que se tomó lo del reposo muy en serio y pasaba más tiempo en su habitación que fuera de ella –confirma Grandal-. Por lo que me ha contado Anca, algo que parece que no hizo ante la Juez Instructora, al principio Rocío quiso quedarse a cuidar a Curro aduciendo que era su novia y por consiguiente la más indicada para hacerlo. Curro se negó y explicó a la joven rumana que es verdad que fueron novios en Sevilla, pero que dejaron de serlo hace tiempo. Ante la insistencia de la andaluza de quedarse a cuidar al enfermo, la camarera se lo cuenta a la patrona del hostal que tiene un enfrentamiento con Rocío y se niega a alquilarle una habitación como pretendía ésta y, es más, le prohíbe que suba a la habitación de Curro sin su previa autorización. La consecuencia fue que Rocío no volvió a ver a su exnovio hasta la fatídica tarde del día de la Asunción.
-Lo que en principio aleja de ella las sospechas sobre que tuviera algo que ver con el fallecimiento de Salazar, ¿no es así? –deduce Ponte.
-No hay una relación clara de causa-efecto entre que no le viera en las fechas previas al 15 y la muerte de Curro, pero admito que le ayuda a no estar entre los sospechosos –acepta Grandal-. Continúo. Por las declaraciones de Pacheco y Sierra sabemos que, en una reunión mano a mano, ambos se sinceran contándose que están en la Costa de Azahar por la misma causa: aconsejar a Curro que se entregue a la justicia y que le ayudarán para que su pena sea lo más reducida posible, siempre que no involucre en sus declaraciones a los amigos de ambos, cuyos nombres siguen sin revelar. Puestos en el camino de no ocultarse nada, Pacheco cuenta a Sierra la verdad sobre quien ha sido el agresor de Salazar, el Chato de Trebujena, algo que al sevillano no le sorprende pues sabe que el exboxeador, desde que se retiró del ring, se gana la vida con trabajitos como el que le hizo a Curro. Y hasta sospecha quién ha podido ser el individuo que le ha encargado el trabajo.
-Si es que en las ciudades pequeñas todo el mundo se conoce y todo acaba sabiéndose –arguye Álvarez.
-Pues si te refieres a Sevilla como ciudad pequeña yerras a fondo. Si no recuerdo mal, la capital andaluza tiene cerca de setecientos mil habitantes, siendo por población la cuarta de España​ después de Madrid, Barcelona y Valencia –replica Ballarín.
-Pues será como dices, pero por lo que sea en esas ciudades de provincias, de un modo u otro, todos terminan conociéndose –insiste Álvarez enemigo de dar su brazo a torcer.
-Bueno, no os peleéis por eso –Grandal intenta poner paz entre sus amigos-. Dejadme proseguir. Asimismo, en esa reunión de la que hablaba antes, Pacheco y Sierra comentan que no se fían ni un pelo de Carlos Espinosa, más aún después de que el propio Curro le contara a Pacheco que el zamorano le ofreció que huyera al extranjero y que la gente a la que representaba financiaría el viaje y la estancia en el país que eligiera. Lo que les lleva a deducir que los patrocinadores de Espinosa tenían que ser personas acaudaladas. Posiblemente,
empresarios y gente de negocios que todavía no habían aparecido en la instrucción del caso y que no parecían dispuestos a hacerlo.
-¿Os acordáis cuándo fuimos a visitar a Salazar mientras estuvo convaleciente?, ¿qué día fue? –pregunta Álvarez cortando el hilo de la exposición de Grandal.
-Creo que el once, fuimos después de echarnos la partida –responde Ponte-, ¿por qué lo preguntas?
-Porque fue la penúltima vez que le vimos vivo. ¡Quien nos lo iba a decir entonces!
-Lo recuerdo y la verdad es que estaba desmejorado y abatido, no era en absoluto el hombre vital, desenvuelto y dicharachero que conocimos –rememora Ponte.
-Y de esa visita lo que yo más recuerdo es que volví a insistirle en que debería denunciar la agresión sufrida, hasta me ofrecí a acompañarle al cuartelillo de la Guardia Civil para cuando estuviera en condiciones de ir –rememora Grandal.
-Sí y yo me acuerdo que te contestó que no valía la pena, que seguramente no iban a coger a quien le pegó y que además no le habían robado nada –recuerda a su vez Ponte que añade-. Y cuando comentamos su renuencia a denunciar yo opiné que quizá temía que si denunciaba la agresión podían volverle a zurrar la badana.
-Bueno, no nos desviemos del asunto principal, sigue con tu relato sobre los últimos días del difunto, Jacinto –Ballarín vuelve a poner orden en la conversación de la pandilla.
-Bien. Sierra también declaró, en su segunda comparecencia ante la jueza del Valle, que fue el hijo de Curro quien le contó la pretensión de Espinosa de que su padre huyera al extranjero y que el grupo que representaba le pagaría todos sus gastos. Algo que su prematura muerte le impidió llevar a cabo aunque si llegó a planteárselo como una opción a tener en cuenta. Asimismo, Sierra contó que convenció al chaval de que la mejor propuesta para su padre era la suya y de rebote también para él pues iban a buscarle un trabajo fácil y bien remunerado.
-¿Y se sabe qué contestó el hijo? –quiere saber Álvarez.
-Al parecer, el chaval le contestó que estaba de acuerdo y que trataría de convencer a su padre, su papa como le solía llamar –responde Grandal-. Ah, el chico también ha contado que Espinosa, antes de dejarle la Harley, le prestó una Suzuki 650 SX. No recuerda la fecha, pero debió ser el 11 o el 12.
-¿Eso tiene alguna importancia para el caso?, me refiero a lo de la Suzuki –inquiere Ponte un tanto desconcertado ante el aluvión de datos que está aportando Grandal y que le parece que no vienen al caso.
-En realidad no, solo es para constatar que los emisarios intentaron por los más variados medios conseguir que Curro aceptara sus propuestas. Y lo de las motos de Espinosa o la propuesta de Sierra de buscarle un trabajo al chico lo prueban –explica Grandal-. Por cierto, se me olvidó contaros que Rocío me refirió algo que no se había atrevido a declarar ante la jueza del Valle…
   El relato del expolicía es interrumpido por Álvarez.
-Eso que tantas veces hemos oído en las series americanas, cuando se le toma juramento a un testigo y se le pregunta: ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?, en este puñetero país se lo pasan por el arco del triunfo. Y prueba de eso es que los pichones le han contado una cosa a la juez y otra diferente a ti. Se ve que lo del perjurio no asusta a nadie.
-El perjurio no existe como término jurídico en España, nuestro Código Penal lo llama falso testimonio, pero en definitiva es lo mismo: la acción de jurar en falso. Y es cierto lo que dices, Luis, son muchos los testigos que no declaran la verdad o que la declaran a medias como en este caso han hecho casi todos los testigos, al menos en su primera declaración, y ello a pesar de que establece el Código que los perjuros pueden ser castigados con penas de prisión de seis meses a dos años y multa de tres a seis meses –reconoce Grandal.
-No volvamos a irnos por las ramas, ¿qué te confesó la Rocío si puede saberse? –Ballarín vuelve a reconducir la conversación.
-Pues que tres días antes de fallecer Curro, vio al Chato en Alcossebre, donde ambos estaban alojados, y se dio a conocer porque ella si le conocía pero él no. Resulta que ambos son de la misma localidad, Trebujena, un pueblo de la provincia de Cádiz. El Chato le preguntó cómo estaba de salud Curro, lo que la indujo a pensar que su paisano sabía dónde estaba su novio y que a lo peor era quien le había propinado la paliza, pero que como no estaba segura de ello no se lo contó a nadie. Añadió que desde entonces tiene remordimientos por no haber hablado y ha pensado muchas veces que si lo habría hecho quizá los acontecimientos se hubiesen desarrollado de otra manera –explica Grandal.
-A burro muerto, la cebada al rabo o a buenas horas, mangas verdes –sentencia Ponte-. Es lo que le podrías haber dicho a Rocío –y agrega-. Te repito lo de antes, ¿eso tiene alguna importancia para el caso?
-En principio, es irrelevante. Si os lo cuento es para que veáis la de acciones, datos y sucesos que se descubren en la investigación de un hecho delictivo y que pueden llevarte a seguir falsas pistas y alejarte de las verdaderas al prestar atención a los detalles y no al conjunto de la situación.
-¿Algo así como que los árboles no dejan ver el bosque? –pregunta Ramo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 124. En una hora no se ganó Zamora