viernes, 9 de agosto de 2019

116. Alguien ha de ser el chivo expiatorio


   La intentona de Grandal, para que Pacheco y Sierra cuenten lo que hicieron el día de la Asunción, ha resultado ser un éxito. El ingeniero se ha desmoralizado en cuanto ha oído que hay testigos que le vieron bajar de la habitación de Salazar en compañía de su mujer. En cuanto a Sierra, está confesando lo que hizo cuando fue a visitar al exsindicalista el día de autos.
-… ese algo que disipó mis dudas sobre qué hacer fue un individuo que abrió la puerta de la habitación y asomó la cara, pero que en cuanto me vio se largó. Tardé unos minutos en recordar donde había visto ese rostro hasta que lo identifiqué: era el Chato de Trebujena, el mismo que le había sacudido a Curro unos días antes. Aquello precipitó mi decisión. Mis dudas se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos y me largué de allí antes de verme involucrado en lo que podía ser un ajuste de cuentas. Y es todo cuanto hice. Sé que debería haber socorrido al pobre Curro, pero al ver al Chato me asusté…
   Grandal, que ha estado escuchando la inesperada confesión de Sierra con suma atención, piensa que de todas las piezas que le faltaban para completar el puzle de la muerte de Salazar ya solo resta una: la de Pacheco que forzosamente debió ser quien estuvo primero en la habitación 16, aunque seguía existiendo la posibilidad de que alguien se le hubiese adelantado. Además, todavía desconoce si cuando el ingeniero estuvo con el gaditano este ya había entrado en un estado semicomatoso o se encontraba bien. Se dice que lo mejor que puede hacer para presionarle y que cuente la verdad es insistir en los riesgos que puede correr su mujer.
-Bien, Pacheco, ya hemos oído la versión de Sierra de lo que hizo en su visita a Salazar la tarde de autos. Oigamos cual es la tuya, pero antes una advertencia. Mis empleadores no tienen ningún interés en que la hija de uno de los suyos, naturalmente me refiero a tu esposa, pase el vergonzante calvario de la condena del telediario. Más bien todo lo contrario. En atención a tu suegro preferirían que no se viese involucrada en este caso. Que ocurra eso o lo contrario lo han dejado en mi mano. Y estoy dispuesto a no mencionar a tu mujer en mi informe, pero para ello pongo una condición sine qua non: que cuentes toda la verdad de cuanto pasó en la habitación de Curro mientras estuvisteis allí –Grandal habla en plural dando por sentado, aunque sigue sin saberlo con certeza, que Macarena acompañó a Alfonso en su visita a Salazar. Y añade-. Si tengo la más mínima sospecha de que faltas a la verdad, por acción u omisión, el nombre de tu esposa aparecerá en el caso. Ahora la pelota está en tu tejado.
   Pacheco vuelve a cerrar los ojos y piensa…, sabe lo que para su esposa y su orgullosa familia supondrá estar en boca de los mentideros sevillanos por un asunto tan turbio como todo lo relacionado con Salazar e indirectamente con el caso ERE. Y se decide a contar lo que ocurrió, pero sin cargar las tintas en lo relativo a su mujer, y centrando cuanto pasó en su propia persona. Alguien ha de ser el chivo expiatorio, se dice, y mejor yo que Macarena.
-Verá…, ese día después de almorzar pensamos echarnos una siesta, pero hacía mucho calor y no pudimos dormir. Entonces, y para aprovechar el tiempo, pensé visitar a Curro, aunque había quedado con Jaime en ir juntos. Cando llegamos, mi paisano estaba viendo la televisión y nos recibió cordialmente. Le pregunté si había pensado en la propuesta sobre lo de entregarse a la justicia que Jaime y yo le presentamos. Su respuesta fue que todavía no lo tenía claro, que lo de volver a la cárcel se le hacía muy cuesta arriba. Entonces, Macarena, que no había abierto la boca, comentó como de pasada que posiblemente antes o después terminaría allí –Aquí Pacheco comienza a edulcorar lo ocurrido para exculpar a su esposa-. Aquel inofensivo comentario, no sé por qué, enfureció a Curro que insultó gravemente a Macarena como mujer y como esposa. Naturalmente, ella se ofendió, pero el que se sintió más herido fui yo porque puso en tela de juicio la integridad de mi mujer y a mí me llamó cornudo. Le pedí que retirara inmediatamente aquellos insultos a lo que Curro no solo se negó sino que intentó agredirme…
   En su aliñado relato, Pacheco obvia los denigrantes insultos que Macarena endilgó a Curro, así como el bofetón que le propinó. Convierte al exsindicalista en agresor y sigue contando que ante la agresión de Curro él trato de defenderse…
-… hubo un forcejeo entre ambos y al tropezar mi paisano con el sillón que tenía detrás se cayó dándose contra el canto superior del mueble con la mala fortuna que posiblemente le debió impactar contra las costillas fracturadas. Entonces, se dejó caer y comenzó a respirar con dificultad, al mismo tiempo que se puso lívido como un cadáver y empezó a toser y a echar sangre lo que le impedía hablar. Tanto Macarena como yo quedamos paralizados por la impresión que nos produjo… Recuerdo que ella fue quien primero reaccionó, dijo que tendríamos que llamar inmediatamente a un médico porque no había duda de que a Curro le había dado una especie de ataque. Íbamos a hacerlo cuando de pronto pensé en algo parecido a lo que ha explicado Jaime –A lo largo de la exposición de Sierra, Pacheco se ha dado cuenta de que puede aprovecharse de lo contado por su compañero para justificar porque se fue de la habitación sin llamar a la asistencia sanitaria-. Todos sabíamos que Salazar era hombre que, desde que se convirtió en el testigo clave del caso ERE, tenía muchos enemigos y algunos de ellos habían comentado públicamente que no les importaría pagar a un sicario para que se lo cargara. Entonces pensé que podrían acusarme de intentar matarle y que solo me salvaría si creían mi versión de los hechos, pero ¿y si no me creían? A ello se suma que, al igual que Jaime, estoy imputado en el caso ERE. Ese recordatorio hizo que mi pánico se disparara y por mucho que Macarena insistió en que había que llamar a un médico, decidí que nos fuéramos de allí pensando que en un hostal tan pequeño como aquel no tardaría mucho en llegar alguien y llamaría inmediatamente a los servicios médicos…
   Pacheco se calla como si hubiera acabado su relato. Está sudando y las manos le tiemblan. Grandal le observa atentamente mientras sopesa la confesión del ingeniero. Cree que la exposición suena a verosímil, aunque por experiencia es consciente que también es muy posible que el zahareño la haya adornado en su favor. Decide ponerle a prueba.
-¿Has terminado?, ¿sí? Pues no sé si creerte Pacheco. Lo has pintado como si se tratara de una riña de taberna en la que el agresor sale malparado de manera fortuita. Vamos, que lo que ocurrió fue un accidente y nada más. No sé si la señora jueza se lo va a creer.
-Le juro por mis hijos, que es lo que más quiero en el mundo, que acabo de contarle toda la verdad y nada más que la verdad.
-Vamos a ver, preguntas. Si Salazar discutió y hasta peleó contigo, ¿quiere eso decir que antes del encontronazo estaba bien de salud?
-Ya se lo he dicho, cuando entramos Curro estaba viendo la tele sentado en el maldito sillón y se encontraba como siempre, hecho un chavea.
-¿Y a qué hora entrasteis en su habitación?
-Sobre las cuatro y media, quizá algo menos.
-¿Y cuándo salisteis?
-Debimos estar unos veinte minutos aproximadamente.
-¿Qué hicisteis a continuación?
-Salimos, cogimos el coche y nos volvimos a nuestro hotel de Orpesa. Esa misma noche partimos hacia Sevilla pues a mí se me había acabado el permiso que tenía de mi director.
-¿Y tú, Sierra, a qué hora entraste en el cuarto de Curro?
-Serían las cinco, más o menos.
-¿Y no llegasteis a cruzaros?, lo pregunto porque los tiempos casi se superponen.
   Ambos hombres niegan rotundamente.
-Bien, pues hasta aquí hemos llegado. Una advertencia: esta charla nunca ha tenido lugar. Si le contáis a la juez del caso que hemos hablado os costará caro; primero, por el mero acto de haberlo hecho la jueza se pondrá de uñas contra vosotros y, segundo y más importante, a mis patrocinadores también les joderá y entonces irán a por vosotros y no precisamente por los cauces legales. Quedáis avisados, y suerte, la vais a necesitar –y sin más Grandal les deja, recoge a Ponte que sigue en la mesa donde desayunaron y se van a por el coche.
   La primera pregunta de Ponte es para saber por qué le señaló cuando hablaba con ambos andaluces. Al contarle Grandal la añagaza en la que lo utilizó como presunto testigo el decano de la cuadrilla suelta una carcajada.
-Ves como tenía razón cuando aventuré que como tienes muchas horas de vuelo saldrías airoso de este marrón. ¿Y Sierra se creyó que yo estaba en el hostal y que lo identifiqué?
-¿Y por qué no tenía que creérselo? No sabe quién eres y la historia que le he contado podría perfectamente haber ocurrido. Lo verdaderamente sorprendente es que tanto a Sierra como al matrimonio Pacheco no les hubiese visto más gente subiendo o bajando de la primera planta,
aunque al estar la escalera bastante alejada del comedor y del bar hace el hecho posible.
-¿Y ahora qué?
-Lo primero, devolverte a Torrenostra. Y lo segundo, aunque todo parece bastante claro después de las confesiones de ese par de membrillos, es que tengo que analizar detenidamente todos los datos que tenemos para que el puzle quede como si lo hubiese pintado Velázquez. Y por último, he de meditar qué pongo y qué omito en el informe que voy a redactar para el sargento Bellido que a su vez lo remitirá a la jueza del Valle.
-O sea, que esto es como el the end de las pelis de Holliwood, pero falta conocer un detalle capital: ¿quién asesinó a Curro Salazar?
-Todavía no estoy muy seguro si se puede hablar de asesinato… ¿Te acuerdas de aquella copla en que se cantaba que entre todos la mataron y ella sola se murió? Pues al final, quizá en este caso tengamos que decir lo mismo, cambiando el femenino por el masculino.
-Jacinto, nunca sé si hablas de coña o lo haces en serio.
-Pues unas veces sí y otras no. Recuerda que de todo hay en la viña del Señor.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Capítulo 28. Nada es lo que parece, publicaré el Episodio 117. ¿Quién asesinó a Curro?

lunes, 5 de agosto de 2019

*** Post info 3. Una novela cuya trama tengo pensada, pero que aún no tiene título


   La nueva novela, en cuyo guion estoy trabajando, la tengo de algún modo escrita en mi corazón más que en mi mente. Y eso es así porque la historia de la saga que voy a novelar me toca de manera directa pues se trata de la familia paterna de mi mujer. Si hubiese vivido mi esposa no sé si me hubiera atrevido a escribirla puesto que para ella su familia era intocable. Supongo que también en lo de airear sus andanzas, aunque de las historias que sus ancestros protagonizaron fueron más las que podríamos calificar como buenas, incluso extraordinarias, que como malas. Mas como ya no está para pedirle su opinión, quiero creer que, si estuviese entre nosotros, no le hubiera importado su publicación porque la vida de una familia tan única e irrepetible como la suya es casi un deber darla a conocer. Quizá al principio se hubiera resistido, pero estoy convencido de que al final hubiera cedido. Es lo que han hecho sus primos hermanos, la tercera generación de la familia de la novela, y cuya vida y circunstancias son ajenas a la narración en la que estoy trabajando.
   He dicho antes que la obra, al menos sus grandes trazos, la tengo escrita en el corazón. Es más, de las tres partes de que se compondrá la novela el guion de la primera lo tengo prácticamente terminado, incluso ya he encontrado el título que va a llevar dicha parte o Libro I. Sin embargo todavía no he encontrado como titular el conjunto de la narración; en definitiva, el título de la novela. Estoy barajando diversos encabezamientos, pero hasta ahora no he hallado ninguno que me convenza. Algunos por ser demasiado explicativos, otros pecan de excesivamente descriptivos, los hay que son excesivamente largos, otros por no hacer referencia directa ni indirecta a su contenido…; en fin, que no acabo de encontrar un título representativo de lo que pienso narrar. El tiempo espero que me eche un capote como a los malos toreros.

viernes, 2 de agosto de 2019

115. El que no se arriesga, no cruza el río


   Da la impresión de que tanto Pacheco como Sierra están dispuestos a prestar oídos a lo que pueda contarles el supuesto investigador, que como tal se ha presentado Grandal. Pese a ello los rostros contrariados y a la vez preocupados que muestran ambos es señal de que no todo va a ser coser y cantar. Antes de que se echen atrás, el excomisario se lanza a convencerlos con sus explicaciones.
-La situación es la siguiente. Comencemos por usted, Pacheco. En su primera deposición ante la jueza que instruye el caso Pradera, a la pregunta de sí estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15, contestó negativamente.
-Y así fue –confirma Pacheco con voz que pretende ser rotunda.
-Ahí te duele, Alfonso –De pronto Grandal ha decidido pasar al tuteo como una manera de rebajar el tono aséptico que hasta el momento ha tenido la conversación-, porque ambos sabemos que eso no es verdad. Tengo a dos personas dispuestas a declarar que el día de la Asunción por la tarde te vieron bajar, en compañía de una mujer, de la primera planta del hostal donde residía Curro. Una simple rueda de identificación demostraría que la mujer en cuestión era tu esposa, Macarena Hernández, hija por cierto de un conocido constructor sevillano.
   Es oír la afirmación de Grandal y el rostro del ingeniero cambia de color, de blanco se torna pálido y un gesto de angustia se le pinta en el mismo. El expolicía no prosigue su explicación, prefiere dar tiempo a que el zahareño asimile el estoconazo que le acaba de dar. Puesto que Pacheco no responde es Sierra quien sale en su defensa.
-¿Y qué si le vieron bajando con su mujer? Eso no incrimina en nada ni a Alfonso ni a su esposa en el desgraciado fallecimiento de Curro.
-Hasta ahora no he dicho una sola palabra de incriminar a nadie, pero vayamos por partes. Si a su señoría le llega la información de que el matrimonio Pacheco estaba la tarde de autos en el hostal donde falleció Salazar se va a poner de uñas al constatar que el testimonio que dio Alfonso en su primera deposición fue una mentira flagrante. Como sabes muy bien, Jaime, el testigo que miente en un juicio recae en una conducta tipificada en el Código Penal, dentro del capítulo dedicado a los delitos contra la Administración de Justicia. Y el artículo 458 de dicho código castiga ese delito con penas de prisión y multa, agravándose la condena si es en un juicio penal como puede terminar siendo el caso. En otras palabras, aunque Alfonso y Macarena no hubiesen realizado nada punible, el mero hecho del falso testimonio va a poner a tu amigo en el disparadero de que entre en el juzgado como testigo y salga como imputado.
   La última intervención de Grandal provoca que Pacheco hunda la cabeza entre sus manos mesándose los cabellos y lanzando un apagado gemido. Parece que el ingeniero está seriamente tocado. El expolicía se dice que es llegado el momento de acoquinarlo del todo.
-A todo ello habrá que sumar la más que probable condena del telediario, una condena a veces más pesada que la impuesta por los jueces. Y no me estoy refiriendo solo a Alfonso, sino también a Macarena. Habrá que ver la revolera que se va a armar en Sevilla cuando vean en los informativos de Canal Sur a la distinguida señora Pacheco, de la muy ilustre familia de los Hernández, entrar y salir por la puerta de la Audiencia de Castellón para prestar testimonio sobre la muerte de Curro el Conseguidor. Y no digamos nada si también es imputada. Durante muchos días no se va a hablar de otra historia en los corrillos de la calle Sierpes donde la van a despellejar.
   La alusión a lo que le puede pasar a su mujer hace reaccionar a Pacheco. Mira con rabia contenida a Grandal y con voz que quiere ser dura, pero que le sale un tanto atiplada, pregunta:  
-¿Y qué es lo que quiere?
-Querer, lo que se dice querer, yo no quiero nada, pero mis patrocinadores están muy interesados en saber qué ocurrió en la habitación de Curro mientras tú y Macarena estuvisteis allí –Grandal está jugando de farol pues a ciencia cierta todavía no sabe si la pareja estuvo en la habitación 16, pero tiene poco que perder.
   Sierra que se acaba de dar cuenta de que la situación se puede volver peligrosa para el futuro procesal de Pacheco, e indirectamente también para el suyo y viendo que su colega se ha derrumbado, vuelve a intervenir.
-Alfonso, no digas ni una palabra más. Todo lo que ha contado este fulano huele a encerrona –y dirigiéndose a Grandal le conmina-. Esta conversación ha terminado. Vuélvase por dónde ha venido –al tiempo que hace el ademán de levantarse.
-No tan deprisa, Sierra, todavía no te he contado el marrón que también te puede caer en un par de horas. El 458 del Código Penal te concierne igualmente. ¿O es qué creías que solo había tela que cortar para tu amigo? Si hago llegar al juzgado lo que he descubierto sobre ti también tú vas a entrar como testigo y vas a salir como imputado. Si quieres te lo explico para que prepares tu testimonio lo mejor que sepas, ahora bien si quieres largarte eso es problema tuyo.
-A ver qué tiene que explicarme –pregunta Sierra mordiendo las palabras.
-Te voy a ser sincero porque me has caído bien –Grandal piensa que va a acometer una jugada peligrosa, es un farol que tanto puede salir bien como mal, pero tal y como está la situación no tiene mejores cartas que jugar. El mayor peligro que corre es el del factor tiempo, aún no sabe quien estuvo antes en la habitación de Salazar, también desconoce si el antiguo director de IDEA estuvo o no con Curro, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el río-. Verás… hasta que no has entrado en el comedor prácticamente no sabía nada de ti que pudiera relacionarte con la muerte de Salazar, pero eso ya no es así. ¿Ves a aquel señor mayor de allí con el que estaba sentado? –dice señalando dónde está Ponte que ha girado la cabeza al ver que le miran-. Si, el del pelo blanco y la perilla. Pues bien el señor Manuel, que así se llama mi acompañante, estaba la tarde autos sentado en la terraza de Los Prados haciendo tiempo mientras dos de sus nietos se estaban bañando en la piscina del hostal. Como se aburría, estaba más atento a lo que ocurría a su alrededor que a los chapuzones de sus nietos y una de las cosas que vio fue a una persona salir por la puerta que da a la piscina y por la que se accede a las habitaciones del hostal… –Lo que está contando Grandal no es cierto, pero juega con la presunción de que Sierra lo crea-. El señor Manuel, que es viejo pero que tiene una excelente vista y mejor memoria, cuando has aparecido te ha identificado sin duda alguna como la persona que vio salir por la puerta en cuestión. Podrías venir de otra habitación, pero creo que en el hostal solo conocías a Salazar.
   Sierra encaja el golpe mejor que lo hizo Pacheco, sin embargo su autocontrol ha quedado seriamente tocado. Trata de asimilar lo que acaba de oír. ¡Me caguen la Macarena!, maldice, al final me vieron. Ya me temía que era demasiada suerte que ningún paleto me hubiese calado. El cabrón del Curro hasta después de muerto es capaz de joderme. A ver como manejo este marrón, piensa. Su confusión se disipa como por encanto cuando recapacita que, como mucho, se le podrá acusar de la omisión del deber de socorro puesto que no le hizo nada al exsindicalista. Su mejor defensa puede ser decir la verdad. Y sin darle más vueltas, decide confesar.
-Le voy a contar lo que realmente pasó…
   Y Sierra le cuenta a Grandal, y al mismo tiempo a Pacheco que le escucha entre atónito y desconcertado, que había quedado citado con el ingeniero en visitar conjuntamente a Curro para pedirle que respondiera a su propuesta de que lo mejor para él era que se entregara a la justicia y que ellos le ayudarían buscándole un buen abogado. Al ver que su colega no aparecía y dado que estaba en un chiringuito cercano al hostal optó por visitar al exsindicalista para conocer su decisión al plan que le habían planteado. Nunca pudo imaginar lo que iba a encontrarse, a Curro medio caído en un sillón, respirando a duras penas, con el rostro demudado y farfullando palabras ininteligibles  de las que solo pudo entender: Me… dado… golpes… Bebe un sorbo y sigue.
-Mi primer pensamiento, naturalmente, fue ayudarle. Le pregunté si quería agua o si prefería que le llevara a la cama, pero ni siquiera pudo contestarme. En aquel momento pensé que debía de haber sufrido algún tipo de síncope, quizá un infarto de miocardio o un ictus por lo que le dije que iba a bajar a recepción para que llamasen urgentemente a un médico y a una ambulancia y que volvería a subir. Hasta di un paso hacia la puerta cuando de pronto algo me hizo detenerme… Lo que me hizo mudar de opinión fue el recuerdo de las únicas palabras que había podido balbucir Curro: me… dado… golpes. Entonces no supe, y sigo sin saberlo, si se refería a que si se había dado un golpe o sí le habían dado golpes. El plural me indujo a deducir que lo que había ocurrido era lo último, que alguien le había golpeado…
   Sierra sigue contando a sus atentos oyentes que esa deducción provocó que las dudas se disparasen y pensase: si está así porque le han golpeado quizá puedan creer que he sido yo y solo será mi palabra de que no le he hecho nada contra… Vuelve a beber.
-Esa idea me llevó a dudar entre pedir ayuda o largarme de allí antes de que apareciera alguien y pudiera convertirme en sospechoso de agresión. Conocía, como media Sevilla, que entre la caterva de enemigos que tenía el Curro era muy posible que hubiera más de uno que no dudaría en llevárselo por delante… Estaba hecho un lío y cada vez más confuso. Mientras me debatía entre si ayudar a Curro, como había sido mi primera intención, o largarme de allí antes de que algún mal pensado pudiera achacarme ser el autor del estado del gaditano, ocurrió algo que disipó mis dudas.
   Sierra bebe otro sorbo, mira a sus interlocutores y se dice que debe rematar su confesión. Mientras Grandal piensa que es cierto el dicho popular: el que no se arriesga, no cruza el río.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 116. Alguien debe ser el chivo expiatorio