viernes, 5 de julio de 2019

111. El Chato se suelta la lengua


   En Castellón, Grandal y Ponte han esperado pacientemente a que se hagan las seis para ver si el Chato de Trebujena despierta de su interminable siesta. Hasta que sobre las seis y media le ven salir del hotel. El excomisario le ha dicho a Ponte que no es prudente abordarlo mientras vaya por la calle, salvo que se dedique a pasear y la noche se les eche encima.
-… aunque no lo creo, porque un hombre como él no será de mucho paseo. Manolo, tú le vas a seguir por la acera distinta de la que vaya. Si se para, haz lo mismo y te pones a mirar un escaparate, observa a ver si en el reflejo del cristal puedes verle. Yo, que estoy más acostumbrado al seguimiento, iré tras él por su propia acera. Si en algún momento, alguno de los dos tenemos la sospecha de que nos ha detectado, cosa que no creo pero que puede ocurrir, nos cambiaremos de acera. Estás precauciones son muy elementales, lo reconozco, pero estoy improvisando.
   Las rudimentarias cautelas de los dos seguidores del Chato son innecesarias porque el antiguo exboxeador en ningún momento de su paseo muestra el menor indicio de que ha detectado a sus sombras. El deambular del trebujenero le ha llevado, y también a sus acechantes, a una recoleta placita que está casi toda ocupada por las carpas de varios bares. En una de ellas se sienta el Chato que, cuando le atiende una joven camarera, pide una manzanilla y unas aceitunas rellenas. Es el momento en que Grandal decide atacar. Como previamente han quedado, solo se acerca él, Ponte queda en retaguardia por si hubiese algún imprevisto o fuese necesaria su presencia.
-Pepillo Jiménez, ¿verdad?, más conocido como el Chato de Trebujena, antiguo campeón de Andalucía de los semipesados. Si no hubiera sido por aquella lesión que tuviste en tu mano izquierda habrías llegado a ser campeón de España y, ¿quién sabe?, quizá de Europa.
   El antiguo púgil no reacciona ante la primera parrafada de Grandal. Lo que menos podía esperar es que, a setecientos quilómetros de Sevilla y con los muchos años que lleva alejado del mundo del ring, alguien le reconociera y hasta supiera su historia. Cuando se repone, balbucea:
-No le conosco de ná, ¿quién es usté?
-Mi nombre no importa. Solo quiero tener una breve charla contigo, nada más –Grandal le tutea como una forma de acercamiento y al mismo tiempo de la superioridad de que suele hacer gala la policía.
-¿Y pa qué quiere hablar conmigo?
-Solamente quiero hacerte unas cuantas preguntas, luego me iré y dejaré que bebas tranquilamente tu manzanilla.
-Yo no hablo con desconosidos –Da la impresión de que el Chato se ha repuesto de su inicial sorpresa pues lo que a continuación agrega lo hace con aire amenazador-. O sea, que ya está ahuecando er ala o comprobará que la lesión de mi puño isquierdo es argo der pasao.
   Visto que el Chato se pone bravo, Grandal echa mano de su último recurso, saca el duplicado de su antigua placa de comisario y se la muestra en un visto y no visto al de Trebujena.
-Si no quieres hablar aquí tendrás que hacerlo en comisaria, ¿qué prefieres?
   Ver la ficticia placa y oír lo de la comisaria son suficientes para que la bravuconería del Chato se esfume como por encanto. Ni siquiera se le ocurre pensar el total contrasentido de que, a menos de veinticuatro horas de que tenga que declarar ante el Juzgado de Instrucción número 4 por la inexplicada muerte de Curro Salazar, un comisario de policía le esté interrogando.
-¿Qué…, qué quiere de mí? –pregunta visiblemente derrotado.
-Ya te lo he dicho, solo hacerte unas cuantas preguntas. Y para no perder el tiempo, la primera. Sobornaste a una camarera del hostal Los Prados de Torrenostra el 15 de agosto para que te introdujera a hurtadillas en la habitación de Curro Salazar, y allí le golpeaste en la cara, ¿qué más le hiciste?
   Lo que acaba de soltarle el presunto comisario ha sido como si le hubiesen cazado con un crochet en pleno mentón. De momento, el Chato es incapaz de reaccionar. Está perdido, si la policía sabe que estuvo en la habitación de Curro, el marrón que le puede caer puede ser de campeonato. No sabe cómo reaccionar, por lo que lo primero que se le ocurre es lo más fácil, negarlo.
-Yo…, yo no sé de qué me habla. No he estao nunca en ese pueblo que dise y no conosco a nadie que se llame Salasar.
-Mira, Pepillo, no me hagas perder el tiempo. Tienes tres opciones: o contestar a mis preguntas o seguir negándote o, lo que será peor, mentir. Si eliges la primera, charlaremos un ratito y esta noche podrás dormir en tu hotel; si eliges la segunda o la tercera esta noche dormirás en los calabozos de la comisaría como acusado del asesinato de Francisco Salazar, más conocido como Curro el Conseguidor en los ambientes sevillanos. Tú decides. Y resuélvelo pronto porque tengo que volver a comisaría.
   El Chato mira a su oponente con ojos turbios, su mente da mil vueltas, pero eso más que ayudarle todavía le confunde más. Nunca fue hombre de pensamiento, sino de acción. Lo que a continuación pregunta muestra que se ha puesto a la defensiva.
-Y si contesto a sus preguntas, luego ¿qué me pasará?
-Te lo repito: si tus respuestas me satisfacen, me iré por donde he venido, tú podrás acabar tranquilamente tu manzanilla, luego te irás donde te pete, esta noche dormirás tan ricamente en tu hotel y colorín, colorao esta historia se ha acabao. Eso es lo que te pasará. Nadie te va a ofrecer un mejor trato.
   El exboxeador vuelve a mirar al supuesto comisario, nunca fue un buen psicólogo pero aquellos ojos parecen decir la verdad y… ¿qué otras opciones tiene?
-¿Qué…, qué quiere saber?
    Grandal cambia el sentido de la primera pregunta que planteó al Chato.
-La tarde del 15 de agosto entraste en la habitación de Salazar, ¿cómo encontraste a Curro en ese momento?
-Ya lo sabe, le había dao unos eurillos a una camarera pa que…
-Sí, eso ya lo sé. Reformulo mi pregunta: ¿cómo estaba de salud Salazar cuándo entraste en la habitación?
   La pregunta parece tranquilizar al Chato que se apresura a contestar.
-Ah, eso. Pues estaba hecho unas bragas, quiero desir que estaba como sonao, como si le hubieran machacao y se hubiera quedao grogui, apenas si oía, no desía ni pío, vamos que estaba hecho una mierda.
   Pues el Chato tampoco ha sido el actor activo del fallecimiento de Curro, se dice Grandal que sigue preguntando, pero ya más para satisfacer su curiosidad de viejo policía.
-Y si estaba como sonado, ¿por qué le pegaste, para dejarlo nocaut?
   ¿Cómo coño sabe este pedaso de cabrón que le atisé? se pregunta el Chato. Va a negarlo pero se lo repiensa. Mejor será desirle la verdá, este hijo puta parese que lo sabe to.
-Es verdá que le di un par de tortas, pero fue más que na pa ver si lo sacaba del shock.
-¿Cuánto tiempo estuviste en la habitación?
-Como un cuarto de hora ma o meno.
-¿Y todo ese tiempo te llevó atizarle un par de mamporros a Curro?
-Bueno, es que hasta que no me hise a la idea de que er Curro estaba grogui debieron pasar unos cuantos minutos, luego… -El Chato duda en si meter o no en el ajo a su paisana, pero visto que el cabrón del comisario parece saberlo todo se decide a contar lo de Rocío-. Es que cuando estaba dentro vi que se asomaba a la puerta una que fue quería der Curro, Rosío Molina, y eso también se debió llevar unos minutillos. Ah –Puestos a confesar se lanza a contar todo lo que sabe; bueno, casi todo-, y pa que vea que se lo cuento to. Hise un primer intento de entrar donde er Curro sobre las sinco y cuarto, pero no entré porque había un tío parao en medio de la habitasión.
   Grandal despliega todavía más sus antenas. El dato que acaba de contar el Chato puede ser una perla.
-¿Sabes quién era el tipo?
-Pues de momento, no, pero con er correr de los días y luego de darle mil vuertas a la chola ar final me vino a la cabesa esa cara. Era un fulano de esos que van de señorito en la Feria de Abril sin serlo y que estuvo de arto cargo en la Junta. Lo que no m´acuerdo es de su nombre, pero fijo que era er que le digo.
-¿Y ese fulano le estaba haciendo algo a Curro, discutía con él, se pegaban o qué?
-¡Quia!, estaba en medio der cuarto mirando ar Curro como si fuera un ánima en pena. 
-¿Eso qué quiere decir, que Salazar ya estaba sonado?
-¡Equilicuá!, er Curro estaba grogui, igualico que endespué.
   En ese momento recuerda Grandal que lleva encima las fotos de Pacheco y Sierra. Echa mano de ellas y se las enseña al Chato.
-Ese fulano del que hablas, ¿es alguno de estos?
   El exboxeador no duda, en cuanto ve el retrato de Sierra lo señala sin dudar.
-Es este.
-¿Seguro?
-Le juro por mis muertos que es er mismo que estaba en er cuarto der Curro.
   Vaya, otro que también se descarta como actor activo de la muerte de Salazar, solo queda Pacheco, ¿quién lo iba a decir?, piensa Grandal.
-Solo me quedan un par de preguntas y termino. El nuevo de agosto le pegaste una paliza a Curro Salazar ¿quién te pagó?
   El Chato no se esperaba la pregunta, pero ya no se extraña de nada, seguro que el cabrón del comisario sabe hasta el día que se hizo la primera paja, pero aquí ha pinchado en hueso, él puede ser muchas cosas y malas, pero lo que nunca ha sido ni será es un chivato.
-Eso no se lo puedo desir. Antes voy a la trena.
-Vale. Entonces contéstame a esto: ¿quién te pagó para que fueras a la habitación de Salazar el 15 de agosto?
-Juré por mis muertos que no diría na. Ya lo dije, prefiero a que me enchironen antes que ser un soplón.
   Grandal sopesa las palabras del Chato, está hablando en serio. Antes irá a la cárcel que soltará prenda sobre quienes han sido los que han movido los hilos. El pozo ha dejado de dar agua. Afortunadamente la que ha dado ha sido suficiente.
-Bien, Pepillo, como te dije al principio me voy por donde vine, puedes terminar tu manzanilla y tus aceitunas con toda tranquilidad. Ah, sí por un casual me vieras mañana en el juzgado haz como si no me hubieses visto en tu vida. Yo haré lo mismo. Que tengas una buena tarde. Adiós. 
   Al fin, el Chato se ha soltado la lengua, piensa Grandal.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 112. He debido quedarme anósmico

viernes, 28 de junio de 2019

110. Bous, bous, bous


   Grandal y Ponte han ido entrando y saliendo por tascas, bares y cafeterías de la ciudad en los que encontrar al Chato con resultado negativo. Dada la hora que es en una de las tabernas se toman un montadito de lomo y sendas cazuelitas de gambas regados con unas cervezas lo que les sirve de almuerzo. Después regresan al hotel en el que está alojado el Chato de Cazalla y vuelven a preguntar por él. Un malhumorado recepcionista les indica que el señor Jiménez ha dicho que se va a echar la siesta y que hasta las seis no se le moleste.
-¿Y si llamamos a su puerta por las bravas? –sugiere Ponte.
-Es mala idea, Manolo. Despertar a alguien en lo mejor de una siesta es garantizarte que vas a toparte con un sujeto malhumorado y hasta posiblemente irritado. Es mejor dejarle dormir todo lo que le apetezca.
-Pero una siesta de casi tres horas, como va hacer ese fulano, es una pasada.
-Como decía El Gallo hay gente pa tó. Recuerdo que en un seminario que hice en la Academia de Policía de Ávila compartí habitación con un compañero malagueño que se pegaba unas siestas de campeonato, y cuando le tomaba el pelo por ello se justificaba diciendo que solo puede llamarse siesta a las que van de telediario a telediario.
-¡La siesta como deporte nacional! –ironiza Ponte.
-Ya no tanto, las nuevas generaciones han de currar un montón para llegar a fin de mes y lo de la siesta se está quedando anticuado a marchas forzadas. Lo que vamos a hacer es sentarnos en alguna cafetería, armarnos de paciencia y esperar a que el Chato despierte.
   Encuentran un bar casi pegado al hotel y desde el que pueden controlar el acceso al mismo, Ponte se pide un café y Grandal un carajillo de ron al estilo de la tierra.
-¿Es que aquí el carajillo lo hacen de manera diferente? –pregunta Ponte al oír lo de al estilo de la tierra.
-Pues sí, en la provincia de Castellón hacen el carajillo de manera diferente al resto de España-Y el excomisario le explica a su amigo que en las tierras castellonenses hacen el carajillo empleando como ingredientes un centímetro más o menos de azúcar, una cucharadita de miel, un trocito de canela en rama y una corteza de limón. Luego ponen la bebida alcohólica que puede ser coñac, ron, María Brizard u otro licor hasta cubrir el azúcar. Después lo meten en el microondas unos diez segundos para que se caliente. Tras sacarlo se le prende fuego y se van dando vueltas hasta que se queme un poco el alcohol y se disuelva el azúcar. Luego se pone el vaso en la cafetera y se deja que el café caiga sobre una cucharilla para que no penetre directamente en el alcohol-. Y ya tienes el carajillo hecho al estilo castellonense.
-¡Qué complicado!, no creo que lo hagan así en todos los bares porque terminarían perdiendo dinero por el tiempo empleado o deberían cobrarlo como si fuera güisqui de importación –comenta Ponte que cambia de conversación y vuelve al tema de fondo que les ha llevado hasta allí-. ¿Tú crees que si consigues hablar con el Chato, Pacheco y Sierra tendrás los suficientes elementos para descubrir el misterio de la muerte de Salazar?
-Estoy convencido. Ten en cuenta que, como solía repetir Sherlock Holmes, cuando eliminas lo imposible y lo improbable el resto es la verdad.
-Pues eso lo diría Sherlock, pero yo me he quedado a verlas venir. Me lo tendrás que explicar con bolas de colores.
   Grandal le explica que en el caso Pradera hay varios hechos imposibles o improbables. Lo es que Salazar enfermara repentinamente y de forma tan grave sin que intervinieran elementos exógenos. No es imposible pero si improbable que el gaditano, diagnosticado de dos costillas fracturadas desde el 9 de agosto, pero de lo que se estaba recuperando favorablemente, hiciese algo para que una de dichas costillas le perforara la pleura lo que provocó un neumotórax traumático que, al no ser tratado a tiempo, puede situarse como causa remota del cuadro clínico que finalizó con su muerte diferida. Asimismo, es improbable que la agresión en el rostro de Salazar se la hiciera él mismo. Lo que no es imposible, pero también muy improbable, es que un tipo tan vital como el andaluz se tomara un raticida u otra sustancia tóxica.- Si eliminas ese conjunto de hechos imposibles o, en el mejor de los casos, improbables, ¿qué es lo que queda?, pues que una o varias personas, actuando de manera aislada u organizada, intervinieron para que se produjera el neumotórax que fue el desencadenante que terminó con la vida de Salazar… y quien sea esa o esas personas es lo que pretendo descubrir hablando con el Chato, Pacheco y Sierra –concluye Grandal.
-¿Es que a los demás sospechosos los descartas? –inquiere Ponte que por momentos está más que interesado en las explicaciones de su amigo.
-En cierto modo sí, con la salvedad del extranjero, sea Grigol Pakelia o cualquier otro puesto que no sabemos nada de él. Al trio del maletín; es decir –El excomisario ya se ha puesto en modo didáctico-, a Rocío, Anca y Vicentín hace tiempo que les he descartado como actores activos en el óbito de Salazar. Quizá fueran actores pasivos porque estoy persuadido de que se dejaron llevar por la codicia pues creían que en el maletín guardaba Salazar su dinero, algo que posteriormente se ha comprobado que era así.
-Eso no nos lo habías contado, ¿cuándo te lo confesaron?
-No me lo han dicho, pero de todo cuanto me han contado he llegado a deducirlo y creo que no estoy muy equivocado. Cierto es que los pichones no hicieron nada para salvaguardar a Salazar, de eso se les puede acusar y quizá la jueza lo haga, pero como digo estoy convencido de que no fueron los causantes del neumotórax porque cuando entraron en la habitación 16 el gaditano ya estaba muy jodido. La declaración de Espinosa confirma ese extremo.
-Y el propio Espinosa, ¿qué?, desconocemos como se encontraba Salazar cuando entró en su habitación.
-Es cierto pero, según el testimonio de Rocío que le vio subir a la primera planta, el tiempo que estuvo solo en la habitación no fue suficiente para lograr que Salazar se pusiera en estado comatoso. Y no creo que los sorbos que le pudo dar del coñac, presuntamente manipulado, fueran los desencadenantes del neumotórax. Por eso también descarto a Espinosa, aunque no me sorprendería que se le pudiera acusar de intento de asesinato.
-¿Y al Chato dónde lo dejas?
-Pues al Chato le dejo donde está. Creo que es bastante probable que el día de autos golpeara a Salazar en el rostro. ¿Por qué lo creo? Porque ya lo hizo seis días antes cuando le pegó la paliza y porque un boxeador, aunque esté retirado como es el caso, tiene la irrefrenable tendencia de hacer lo que mejor sabe: golpear. Ahora bien, ¿esos golpes en la cara pudieron desencadenar el neumotórax?, aunque no soy médico lo dudo; diría más, lo descarto. Quizá pueda ser acusado de agresión y de omisión del deber de socorro, pero no de asesinato.
-Quedan Pacheco y Sierra –precisa Ponte.
-Y la mujer del primero que en esta historia juega el papel del Guadiana, tan pronto aparece como desaparece. Tengo gran curiosidad por saber si estuvo en la habitación de Salazar, supongo que en compañía de su marido, y qué papel desempeñó. En cuanto a Pacheco y Sierra juegan el rol del factor integrante solo en función de la equis que se busca en una ecuación diferencial.
-¡Cuántas matemáticas sabes! –se admira falsamente Ponte que realmente no ha entendido lo que Grandal ha querido decir.
-Ya sabes, aprendiz de mucho, maestro de nada.
-Si te he entendido bien, ¿tus sospechosos más cualificados son Pacheco y Sierra?
-Si has llegado a esa deducción es que me he explicado mal. No son mis principales sospechosos, no sin que haya hablado antes con ellos y, a ser posible, con la mujer de Pacheco. Aunque dudo de la culpabilidad del ingeniero. ¿Por qué?, porque fue quien salvó a Salazar de que el Chato siguiera arreándole cera y quien le llevó a la ciudad para que los médicos le exploraran y curaran. En fin, que la madeja continúa liada.
   Entretanto Grandal discursea sobre cómo encontrar a los autores materiales del fallecimiento de Salazar y Ponte le escucha cada vez más interesado, en Torreblanca el resto de la pandilla de jubilados ha decidido quedarse en el pueblo y ver en directo la embolà del bou cerril. Algo para lo que han de esperar a las 23,30, hora en que según reza el programa de fiestas tendrá lugar. Ballarín, que como buen ferretero es de acostarse pronto para despertarse a primeras horas, se queja de un horario así.
-Aquí los horarios son un tanto disparatados. ¿Cómo se hace lo del toro embolado tan tarde?
-Ten en cuenta –lo justifica Ramo- que para que el festejo sea más espectacular ha de hacerse de noche porque es cuando más destacan las bolas encendidas de los cuernos.
-Bueno, eso puede ser una explicación válida, pero que me dices lo de alargar hasta tres horas y media un festejo en que todo consiste en decir ¡eh, toro! y luego correr a ponerse a salvo. Y una y otra vez lo mismo. Para eso los toros podrían quedar reducidos a un par de horitas como mucho, si dura más tiempo termina aburriendo hasta las ovejas.
-Pues será así, pero la mayoría de los que acuden a la plaza aguantan impertérritos las tres horas y media y a muchos les deben parecer cortas y es que los toros aquí gustan mucho. Solo te diré que es una tradición que el último día de fiestas, después de enchiquerar al último animal la plaza se llena de gente, sobre todo jóvenes, que comienzan a gritar bous, bous, bous. Hay años que si a la corporación municipal le interesa ganarse el favor del público, o en algunos casos la reina de las fiestas se muestra generosa, se ha guardado en la manga del presupuesto el dinero suficiente para que haya ese otro día más de toros que pide el mocerío. Y tendrías que ver los aplausos que se lleva el concejal de fiestas cuando saca un pañuelo blanco que es la señal de que se concede la petición. Y al revés, los abucheos que tiene que aguantar cuando no lo saca –explica Ramo.
-Aunque parece obvio, supongo que bous quiere decir toros, ¿verdad? –pregunta Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 111. El Chato se suelta la lengua

viernes, 21 de junio de 2019

109. El que tuvo, retuvo y guardó para la vejez


    La cuadrilla de jubilados se ha aposentado en una carpa junto a la plaza de toros y, tras tomarse unas cañas, departen donde comer porque dada la hora que es, cerca de las dos y media, se impone almorzar. A la comida se ha apuntado Grandal que todavía sigue esperando la llamada de Bellido para que le cuente las declaraciones de Espinosa y el Chato. Álvarez se encarga de llamar para reservar mesa, a la tercera intentona encuentra sitio.
-Chicos, vamos a comer en Les Columbretes.
-¿Dónde está eso, aquí o en la playa? –quiere saber Ponte.
-En la Avenida de Benito Bayarri de la playa, exactamente en la manzana vecina donde están La Gloria y El Perero que son dos restoranes en los que ya hemos comido. Está muy bien, de hecho en cuanto a decoración, presentación de mesas y ubicación es de lo mejor que hay en el pueblo –explica Ramo.
-Lo que importa en un restorán es la cocina, ¿qué tal es? –inquiere Ballarín.
-Yo le pondría un notable sin más –quien contesta es Álvarez. Ramo discrepa, él le pondría un notable alto.
    En ese momento, el móvil de Grandal vibra, es la llamada que esperaba.
-Comisario, ¿puede hablar?
-Sí, cuéntame Bellido.
-Las declaraciones de Espinosa y Jiménez se han retrasado.
-¿Quién coño es Jiménez?
-El Chato.
-Ah, claro. Como siempre le llamamos por su mote se me había olvidado como se apellida.
-Como le decía, se han retrasado, el Chato debería haber declarado mañana a primera hora, pero ni siquiera es seguro que lo pueda hacer por la tarde. Parece que el juzgado está saturado de procesos y como es agosto y la mitad del personal está de vacaciones todos los asuntos van atrasados. Por cierto, el juzgado ha alojado al Chato en el hotel Bag que está relativamente cerca de la Audiencia. Espinosa no sé dónde para, posiblemente esté en el mismo hotel de El Grao en que estuvo la vez anterior.
   Vaya, este hombre tan pronto se hace el estrecho sobre la información que le llega del juzgado como te lo cuenta todo sin preguntarle nada, piensa Grandal que se despide del sargento agradeciéndole la confidencia.
-Compañeros, lo siento pero no voy a poder comer con vosotros. Tengo que irme a Castellón a ver si localizo a los tipos que podéis imaginaros. Quizá necesite que alguien venga conmigo para apoyarme. Uno que tenga una pinta respetable, rango en el que por supuesto estáis todos incluidos.
-Para aire respetable el más adecuado es Manolo, con esa perilla blanca que luce parece un ministro del siglo XIX –sugiere Álvarez medio en serio, medio en broma.
-¿Te viene mal, Manolo? –pregunta Grandal al aludido.
-En absoluto. Me da igual comer aquí que en Castellón.
   En el viaje hacia la capital de la provincia, Ponte le pregunta a su amigo algo que ha intuido, pero que no se ha atrevido a preguntárselo en público.
-¿Me da la impresión de que estás preocupado o son figuraciones mías?
-Cómo me conoces, zorrón, no se te escapa nada. Pues sí, lo estoy. Entre lo que he descubierto hasta ahora, y que le facilito al sargento para que a su vez lo transmita a la jueza, me he reservado un par de datos que pueden ser importantes para la instrucción. Y tengo mis dudas sobre si he obrado bien o he metido la pata.
-Bueno, depende del motivo por el que no lo hayas contado. Porque supongo que lo has hecho por alguna razón.
-Por supuesto, he pensado que podría utilizarlos para coaccionar al Chato y a Pacheco para que hablen conmigo, a ser posible antes de que lo hagan con la jueza.
-Eso no me suena que sea muy legal, pero supongo que ya lo habrás valorado.
-Por descontado. Quizá me caiga un marrón si se descubre el pastel, pero si todo saliera bien el misterio que rodea la muerte de Salazar dejaría de serlo. Intuyo que estoy a solo unos pasos de desentrañar este caso.
-Entonces, adelante. Y te doy una posible justificación a tus dudas: si ocultando esos hechos consigues descubrir quién o quiénes mataron o posibilitaron que Salazar muriera por falta de asistencia médica, lo que has hecho estaría más que justificado. Y en todo caso siempre puedes informar sobre lo que has ocultado como si acabases de descubrirlo.
-Manolo, eres mi paño de lágrimas –se congratula Grandal palmoteando la espalda de su amigo.
-¡Vaya, hombre! Me han llamado de todo en la vida, pero hasta ahora nadie me había tildado de paño de lágrimas. ¡Vivir para ver! ¿Qué tienes pensado para entrevistar a los tipos que van a declarar?
-Con Espinosa no pienso hablar. No tengo ningún arma para presionarle. Creo que lo más determinante sobre la actuación del malagueño lo revelará el laboratorio de toxicología cuando establezca si el exsindicalista fue o no envenenado con un raticida.
-¿Y con el exboxeador, qué piensas hacer?
-Al Chato pienso presionarle conque he descubierto que fue él quien le pegó la paliza a Salazar. Y hay otro hecho en el que posiblemente esté involucrado: la autopsia ha revelado que el cadáver del gaditano mostraba huellas de golpes en el rostro hechos el mismo día de su fallecimiento. Si el Chato le pegó antes, ¿por qué no pudo hacerlo también el día de autos? Aunque es impensable que unos golpes en la cara fueran causa de la muerte. Lo que más me interesa saber es cuál era el estado de Salazar cuando el Chato entró en su habitación. En cuanto a Pacheco y Sierra, al primero le puedo meter mucha presión puesto que tengo el testimonio de una testigo que la tarde del día de autos le vio bajar de la primera planta del hostal acompañado de una mujer que presumiblemente podría ser su esposa.
-¿Pero esa testigo te ha confirmado si Pacheco estuvo en la habitación de Salazar?
-No, solo que le vio bajar por la escalera que conduce a la primera planta. No puedo probar que estuviera en la habitación 16, ¿pero de dónde podía venir si no es de la habitación de Salazar? Y otro poderoso hecho para coaccionarle es que por primera vez aparece en el caso su mujer, algo que hasta ahora no había ocurrido.
-Y te queda Sierra, ¿cómo le vas a coaccionar?
-Es el más problemático porque contra él solo tengo que su coche fue visto la tarde de autos en las inmediaciones del hostal. Pero… como tengo la impresión de que Pacheco y Sierra han trabajado en cierto modo al alimón, si consigo hablar con el primero es bastante probable que también lo pueda hacer con el segundo.
-¿De dónde sacas que trabajan al alimón?
-Es más una corazonada que otra cosa, aunque hay hechos que de alguna manera la refuerzan. Tienen muchos nexos. Trabajan o han trabajado para la Junta de Andalucía, han ocupado puestos políticos de cierta importancia, son conmilitones y, sobre todo, cuando hicieron su primera declaración ante la juez del Valle vinieron juntos desde Sevilla y se hospedaron en el mismo hotel.
-Pues es cierto, son muchas casualidades juntas y te he oído decir más de una vez que no crees en las casualidades.
-Así es, Manolo, así es. Cuando hay muchas casualidades juntas desconfía de ello por principio.
   Cortan el diálogo porque han llegado a la salida de Castellón de la AP-7. Grandal enciende el GPS del coche e introduce los datos para que les conduzca al hotel Bag. Mientras sigue atento las indicaciones de la metálica voz del aparato, va pensando en cómo entrarle al antiguo boxeador. Posiblemente sea un tipo bronco y duro de pelar con lo que liarlo a base de palabras no va a resultar fácil. Por lo contrario, se dice que, como tantos pugilistas quizá no se distinga por su inteligencia… Están llegando al hotel cuando lo ha decidido: quizá lo más efectivo sea presentarse como lo que fue, un comisario de policía, pero sin usar el verbo en pasado. Es algo que no hace casi nunca puesto que sabe muy bien a lo que se arriesga, pero se dice aquello de que el que algo quiere, algo le cuesta. En recepción le informan, sin poner ninguna objeción, que el señor Jiménez no contesta, debe de haber salido. Se lo comenta a Ponte que espera en el coche en segunda fila. Mientras hacen tiempo deciden buscar un aparcamiento donde dejar el automóvil.
   En tanto, en Torreblanca, el resto de jubilados después de comer han subido al pueblo. Ramo les ha buscado unos huecos en el carro de la colla de unos sobrinos y, sentados en una sillas de enea, han visto una parte de la corrida de la tarde en la que, como el torreblanquí les había contado, el toreo consiste en azuzar al toro para que arranque y cuando eso ocurre los mozos se refugian en lo alto de los carros o se cuelan entre los soportes sobre los que pivota el techo de los carros. Lo más divertido de la tarde ha sido cuando han soltado una vaquilla y el mocerío se ha envalentonado al ver las escasas defensas del animal y se ha echado en masa a la arena para recoger las peladillas que arroja el concejal de fiestas a la par que esquivan las tarascadas del bicho. Antes de terminar la corrida se han desplazado a els Quatre Cantons para ocupar una mesa en uno de los bares y desde allí ver la eixida.
   Sin moverse del bar desde el que han visto la salida de los astados presencian el ball de plaça que, como les explica Ramo, es un ramillete de algunas de las danzas típicas del pueblo, no solo el baile sino también la música que ejecuta una rondalla de cuerda. Los danzantes, de ambos sexos aunque con predominio del femenino, van andando por parejas a lo largo del Raval y cada cincuenta o sesenta metros se detienen para ejecutar sus danzas entre los aplausos del público que copa ambas aceras de la calle. 
   En Castellón, Grandal y Ponte han encontrado donde aparcar el coche y van a meterse en una bar cuando a Ponte se le ocurre algo.
-Oye, Jacinto, y si en vez de esperar, ¿por qué no vamos a buscar al Chato? A buen seguro que un tipo como él no será de los de contemplar monumentos ni mirar escaparates, lo más probable es que se haya metido en una tasca o en cualquier bar donde ofrezcan vinos y tapas de su tierra. ¿Qué te parece?
-Pues que tendrás muchos años, Manolo, pero la cabeza la sigues teniendo como si estuvieras en la treintena. Y es que el que tuvo, retuvo.
-Sí, claro, y guardó para la vejez. ¡No te fastidia!

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 110. Bous, bous, bous