viernes, 3 de mayo de 2019

102. Entre la espada y la pared


   Tras zamparse la paella, los jubilados se quedan El Perero para jugar unas partidas de dominó. Precavidamente, tanto Álvarez como Ballarín siempre llevan una caja del juego en el maletero de sus coches. Como al ser cinco hay uno que sobra, echan a suertes quien no va a jugar que luego se reenganchará en la siguiente partida; le toca a Ponte.
-Siempre me toca bailar con la más fea –se lamenta Ponte.
-Desgraciado en el juego, afortunado en amores –le consuela Álvarez.
-Sí, anda, como que estoy yo para muchos amores –se burla Ponte pensando en sus muchos años y achaques.
-Menos cháchara y más atención al juego que luego pasa lo que pasa –les reconviene Ballarín.
   Mediada la segunda partida, Grandal recibe una llamada del sargento Bellido. Le informa que la policía de Sevilla ha localizado el domicilio del Chato de Trebujena y ya se le ha remitido, por correo certificado urgente, una citación judicial emitida por el Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón para que se persone en dicho juzgado en el día y hora señalados en la precitada comunicación. El suboficial agrega que le gustaría hablar con él al atardecer en el sitio de costumbre.
   A Grandal le falta tiempo para comunicar a sus amigos la noticia sobre el Chato.
-¿Y qué pasa si el Chato se pasa la citación por el forro de los cojones? –pregunta Álvarez que a veces le gusta exhibir un lenguaje barriobajero.
-Las citaciones judiciales son órdenes de obligado cumplimiento para todo aquel que las recibe, ya sea como investigado, querellante o testigo, como es el caso del Chato, para que preste una primera declaración ante la Jueza Instructora –explica Grandal.
-Y en concreto, ¿qué es una citación, qué contiene? –quiere saber Ballarín tan amigo de los detalles como siempre.
   A Grandal de vez en cuando le gusta ponerse en modo didáctico.
-Contiene la expresión del juez o tribunal al que debemos acudir. También el número del procedimiento y la fecha y clase de resolución en la que se acuerda la citación. Asimismo, el nombre, apellidos y domicilio del citado. Igualmente, el motivo de la citación que consistirá en la necesidad de declarar, en este caso como testigo. Por supuesto, el lugar, día y hora en que se tenga que concurrir al juzgado. Y finalmente, la advertencia de la obligación de concurrir, así como las consecuencias de no hacerlo.
-¿Y cuáles son esas consecuencias? –vuelve a preguntar Ballarín.
-Amadeo, ¿no te cansas de preguntar tanto?, que pesadito te pones a veces –le afea Álvarez.
-Mira quien fue a hablar le dijo la sartén al cazo –protesta Ballarín que dirigiéndose a Grandal reitera-. Es mi última pregunta, Jacinto. ¿Cuáles son las consecuencias?
-Según la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el testigo que pudiendo acudir al primer llamamiento judicial no concurriese incurrirá en una multa de 200 a 5.000 euros, aunque en la práctica la mayoría de juzgados suelen limitarse a dar una advertencia. Si citado de nuevo el testigo no comparece, será conducido a presencia del juez por los agentes de la autoridad por el delito de obstrucción a la justicia. Si una vez ante el juez también se niega a declarar, se le imputará un delito de desobediencia grave a la autoridad que se castiga con penas de seis meses a un año de prisión. O sea, que pocas bromas con los de las togas.
   Después de la segunda partida, Grandal les deja para acudir a la cita con Bellido, y como siempre tiene que desplazarse al hotel Marina d´Or Gran Duque donde habitualmente se reúnen.
-Tengo dos noticias, una buena y otra mala –le dice el sargento de entrada-. ¿Cuál le cuento primero?
-La buena, por supuesto.
-Pues la buena ya se la he contado, la policía de Sevilla ha localizado a José Jiménez, o sea al Chato de Trebujena, y ha sido citado para que comparezca ante la juez del Valle. En cuanto a la mala es que su señoría considera que no hay suficientes elementos de prueba para citar como testigo a Grigol Pakelia. Hasta ahora solo tenemos las declaraciones de testigos que han visto yendo de camino a Torrenostra, e incluso comiendo allí, a una persona que tanto puede ser Pakelia como no. La señora juez me pide que aporte pruebas más fehacientes para citarle como testigo. Dice que tratándose de un extranjero hay que extremar las cautelas y cuidarse mucho de no traspasar ni un pelo lo que establecen la LEC y la legislación que la desarrolla –concluye el sargento con tono abatido.
-Me da la impresión de que su señoría pertenece a los jueces que se la cogen con papel de fumar. En mi carrera he tenido que lidiar con muchos de esa especie y desde luego son una pejiguera para los que nos pateamos las calles y a veces nos tenemos que jugar el tipo. Ellos, arrellenados en sus butacones, solo se atienen a la literalidad de las normas, pero…, tranquilo, Bellido, esa traba la solucionaremos en cuanto puedas conseguir la foto de Pakelia para mostrársela a las personas que vieron a un guiri que podría ser él –le anima Grandal.
-Ya he pedido a Dirección General de Tráfico que me remita la foto de su carné de conducir y al Ministerio del Interior la foto de la Tarjeta de Identidad de Extranjero.
-Pues en cuanto las tengamos podrás ponerle los puntos sobre las íes a su señoría, metafóricamente hablando claro. Otra cuestión, ¿ha mandado las citaciones a Pacheco y Sierra para que vuelvan a declarar?
-Sí, eso he conseguido arrancárselo y no puede imaginarse lo que me ha costado. Me da en la nariz que su señoría debe estar sufriendo presiones de alguna clase para dar carpetazo al caso.
-No me extrañaría. Por mucho que la Constitución diga que la justicia es independiente de los demás poderes del Estado, lo cierto es que el ejecutivo tiene una sombra muy alargada y los jueces suelen percibirla muy bien. Unos se resisten como jabatos y otros, más moldeables, se pliegan a lo que les llega desde arriba. Siempre ha sido así y siempre será. Es un problema que tendrás que aprender a lidiar, querido Bellido, pero también te digo que con el tiempo llegas a saber decir: a sus órdenes señoría, y en cuanto te das media vuelta hacer de tu capa un sayo –le ilustra Grandal.
-Ah, se me olvidaba. La señora juez también se niega en redondo a citar a la esposa de Alfonso Pacheco. Dice que no hay ni una sola prueba que le ligue a Salazar, ni siquiera que estuviera en Torrenostra el día de autos.
   En ese momento, Grandal tiene una idea que, en principio, le parece descabellada pero que a medida que la repiensa comienza a valorar el gran potencial que puede tener. No le da más vueltas y la verbaliza.
-Se me acaba de ocurrir algo, Bellido. Necesito que me avises cuando Pacheco y Sierra lleguen a Castellón para volver a declarar.
-¿Puedo preguntar para qué, comisario? –inquiere receloso el sargento.
-Para tener una pequeña y amistosa charla con ellos.
-¡Pero eso va contra el ordenamiento, comisario! Y si la juez llega a enterarse me puede costar un expediente y hasta la carrera –dice Bellido escandalizado y levantando la voz.
-Tranquilo, Bellido, que sé lo que me hago. Si tú no lo cuentas por mí nadie lo sabrá, por tanto la jueza no podrá enterarse. Tú quedas excluido de este affaire, si hay consecuencias las sufriré yo. Y a mi edad poco pueden hacerme. Como te digo, solo quiero hablar con ellos, mejor separados que juntos, aunque si no hay posibilidad de separarlos me enfrentaré a ambos. Y te prometo que, por la cuenta que les tiene, de lo que hablemos no dirán ni palabra. Es más, jurarán sobre los Evangelios que no me han visto en su vida. Admito que es una jugada un tanto arriesgada, una especie de tiro al aire pero me he jurado que no me voy de esta tierra sin que ambos consigamos resolver el caso Pradera. Y soy muy consecuente con mis juramentos.
   Pese a la explicación del excomisario, al sargento le sigue pareciendo una barbaridad lo que le pide. No solo es alegal sino que puede resultar sumamente peligroso porque hablar con dos testigos del caso antes de que declaren puede contaminar toda la instrucción del mismo y cualquier tribunal la declararía nula. Además, no está totalmente seguro de que, a pesar de sus cautelas, alguien haya podido verle entrevistándose con el expolicía y eso podría acarrearle la incoación de un expediente disciplinario que podría concluir con una sanción y hasta con su expulsión del Cuerpo.
-Perdone, comisario, pero no acabo de ver el porqué de su interés en hablar con los dos andaluces. Es algo muy arriesgado. Si no me lo razona mejor… -El sargento deja la frase sin terminar, piensa que a buen entendedor, pocas palabras bastan.
-Vamos a ver, Bellido, ¿qué nos falta para esclarecer la muerte de Salazar? Te lo diré: nos falta saber qué pasó en su habitación entre las 15,30 aproximadamente, en que Anca retiró la bandeja del almuerzo dejándole viendo la tele, y las 17.40, hora en que Rocío va a entrar en el cuarto y no lo hace al ver al Chato dentro. En esas dos horas está la clave de la muerte de Salazar. Y entre los que le visitaban asiduamente, ¿de quiénes no sabemos nada de lo que hicieron el día de autos? Pues de Pacheco y de Sierra. Me jugaría la paga extra de Navidad que esa pareja tiene mucho que contar sobre esas dos horas.
-Pero la jueza los va a volver a interrogar y lo primero que les preguntará será eso, porque negaron que estuvieron en Torrenostra el día 15 cuando hay testigos que los sitúan en dicho lugar el día de autos –argumenta el sargento.
-Ahí le duele, Bellido. La jueza les preguntará, pero permíteme que dude de la habilidad de su señoría para sacarles la verdad. Por lo que me has contado, la del Valle tiene buena voluntad y es muy trabajadora, pero está muy verde en interrogatorios y este es su primer caso penal de cierta importancia. En cambio, yo tengo el culo pelado de interrogar a toda clase de individuos y huelo enseguida cuando mienten.
   El sargento se limpia el sudor que le perla la frente. Está entre la espada de poder resolver el caso y la pared de que como salga mal lo que pretende el excomisario se puede ver fuera del Cuerpo. ¿Qué hacer?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 103. El Cristo del Calvario

viernes, 26 de abril de 2019

101. La paella como metáfora

 
   Grandal, tras la charla con Elvi, viaja en dirección a Marina d´Or cuando recuerda que Pedro Ramo ha invitado al grupo de jubilados a almorzar en un restorán de Torrenostra. Como se va a poner Chelo si le digo que hoy tampoco almorzaré con ella, piensa. Como le apetece más comer con los amigos que con su novia se decanta por una mentira defensiva. La llama.
-Chelo, la testigo que tenía que interrogar, como trabaja de camarera, no estará disponible hasta después del almuerzo, por lo que me quedo a comer aquí y luego iré a la partida de dominó. Me tendrás que perdonar, pero ya sabes cómo son estas cosas.
   La mujer refunfuña un poco, pero como conoce bien a su hombre no extrema su enfado, al contrario le quita importancia a la ausencia.
-Bueno, no hay mal que por bien no venga. Hoy voy a tener ración doble de bronceado. Espero que ganes, al dominó, claro.
   En cuanto termina con Chelo, llama a Álvarez.
-Luis, ¿dónde estáis, en el apartamento?
-Nos pillas saliendo. Te esperamos en El Perero, el restorán en el que almorzaremos.
-¿Dónde está?
-¿Recuerdas La Gloria, la pizzería a la que llevaste a Chelo a cenar?, pues pegadito a ella pero mirando al mar.
-¿Tendré problemas para aparcar?
-Hombre, Jacinto, en Torrenostra todavía no hay esos problemas. Si no encuentras sitio en el paseo marítimo lo encontrarás en las calles de atrás.
   En las calles de atrás no, pero encuentra sitio en un descampado que está a tiro de piedra del restorán. La terraza de El Perero, bastante amplia, está a rebosar. Al personal se le ve bullicioso y con ganas de jarana y hablan tan alto que Grandal piensa que será difícil entenderse con tanto ruido ambiental. En una esquina de la terraza ve a sus amigos que le están haciendo señas. Apenas se sienta, Álvarez ya le está preguntando:
-¿Qué tal la moza, la has hecho cantar a las primeras de cambio o has tenido que aplicarle el tercer grado?
   Grandal les hace una sucinta reseña de cómo ha ido su entrevista con Elvi y de que no tuvo que aplicarle ninguna presión, le bastó con un poco de maña.
-Entonces, la contradicción de que el guiri que la invitó hable bien el castellano y el que recuerdan los pichones no, ¿cómo lo ves? –inquiere Ballarín.
-Me apunto a la tesis que tan brillantemente dedujo Manolo. Es muy posible que el hecho de que el extranjero de la habitación 16 hablase mal nuestra lengua fuese un ardid para decir lo menos posible como forma de cometer el menor número de errores, y también como pretexto para decir que no entendía si le preguntaban algo incómodo. Pero lo importante es que todos los testigos coinciden en los rasgos que no pueden alterarse: era moreno, alto y fuerte. Estoy convencido de que el extranjero que invitó a Elvi es el mismo que vieron los pichones. Ahora solo falta por comprobar si se trata del tal Grigol Pakelia que la guardia civil multó cerca de Valencia en dirección norte.
   Las explicaciones de Grandal se ven interrumpidas al aparecer unas camareras llevando lo que parecen ser los entrantes del almuerzo. Son parecidos a los que el expolicía ha probado por la mañana en Benicàssim: gambas al ajillo y sepia a la placha, a lo que se suman unos crustáceos que Grandal reconoce como cañadillas y que, desde los ya lejanos años en que estuvo destinado en Cádiz, no había vuelto a probar.
-Hombre, cañadillas, la de tiempo que no las había catado.
-Es que en Madrid no suelen ponerlas, pero aquí las hay en abundancia, las llamamos caragols punxents, literalmente caracoles punzantes –aclara Ramo.
-¿Y de plato fuerte qué tenemos? ¿La clásica paella? –supone Ballarín.
-En efecto, comeremos la clásica paella con dos variantes propias de esta tierra entre las que se cuentan los caracoles –explica Ramo.
-¿Caracoles de mar o de tierra? –quiere saber Grandal.
-De tierra.
-Huy, que asco. Yo no pienso comerlos –dice Ballarín.
-¿Pero los has probado alguna vez?
-No, pero una cosa que va por el suelo, ¿qué quieres que te diga? A mí es que todo lo que se arrastra como los gusanos, las serpientes y los caracoles me dan repelús y no forman parte de mis gustos gastronómicos –se explica Ballarín.
-Yo tampoco los he comido, pero no me importa probarlos, aunque me tendréis que explicar cómo se les quita la concha a esos gasterópodos terrestres –confiesa Ponte.
-¿Qué quiere decir gasterópodo? –pregunta Ballarín.
-La clase a la que pertenecen los caracoles. Se nota que no eres crucigramista porque lo de gasterópodo terrestre comestible es una definición que suele aparecer en los crucigramas, por eso lo sé –explica Ponte.
-Manolo, lo que has dicho de cómo quitarle la concha a los caracoles es de lo más gracioso que he oído últimamente. No se les quita la concha, al contrario se les saca de la concha. Cuando sirvan la paella ya te enseñaré cómo –comenta Ramo.
-Oye, Pedro, así que hoy es el santo patrón de Torreblanca. ¿Supongo que será el día de la fiesta grande? –quiere saber Ballarín.
-Efectivamente, hoy es la festividad de San Bartolomé, patrono del pueblo, pero ya no es la fiesta grande. Antes, cuando yo era un chaval, si lo era, sobre todo fiesta religiosa. Por la mañana había misa solemne cantada, pronunciaba el sermón un predicador de renombre y por la tarde salía una procesión, llevando al santo, que era presidida por las autoridades locales, tras las cuales marchaba la banda municipal y los fieles. Era un día en el que se acostumbraba a estrenar traje, los que podían claro, y también era el comienzo de las fiestas. Ahora, como todo se ha secularizado se ha convertido en un día más dentro del programa de festejos –explica Ramo con cierto aire de añoranza.
-Bueno, ya se sabe, a tiempos nuevos, nuevas costumbres –sentencia Ponte.
   Una voz tronante proveniente del que parece ser el dueño del restorán les interrumpe.
-Señores, la paella –anuncia exhibiendo la paellera en la que curiosamente no puede verse el arroz con su tono dorado porque la superficie está cubierta con unos papeles de cocina, singularidad que el patrón se apresura a explicar-. El papel es para que acabe de cocerse delante de ustedes. Es algo que en esta casa no tenemos costumbre de hacer, pero en honor del señor Pedro que lo ha pedido la presentamos así. Denle tres o cuatro minutos y estará en su punto.
-¿Puedo hacer una foto? –pide Ballarín.
-Todas las que quiera, faltaría más, pero será mejor que espere a que se retire el papel. ¿Señor Pedro ya se encarga usted?
-Déjalo de mi mano y gracias, Juan Manuel.
   Pasado el tiempo que ha dicho el dueño, Ramo echándole una pizca de teatralidad quita el papel y coge la paleta para servir y para rascar el socarrat, que es el arroz tostado que se queda pegado en el fondo de la paellera sin llegar a quemarse.
-Pasadme los platos y cada uno que me diga lo que le apetece.
   Cada uno va pasando con su plato y especificando sus preferencias. Grandal pide que no le ponga mucho, Ballarín que nada de caracoles, Ponte que los probará y Álvarez que de todo un poco, que si le gusta igual repite. Tras los primeros tenedores de arroz Ponte se tropieza con el primer gasterópodo, como él mismo ha recordado que también se llaman.
-A ver, Pedro, necesito tu ayuda. ¿Cómo se comen estos bichos?
-Hay que sacarlos de la concha, para ello en los restoranes de postín usan unos tenedorcillos especiales, como aquí no es el caso en su lugar ponen mondadientes. Ensarta la cabeza del caracol con el palillo y saca el cuerpo con mucho tiento para que no se parta, quítale el final que es de color negruzco y el resto te lo comes.
   Así lo hace Ponte con el mismo cuidado que si fuera un cirujano practicando una operación a corazón abierto. Lo prueba, ante la mirada expectante del resto, y luego bebe un sorbo de vino.
-La verdad es que no sabe mal, pero tampoco demasiado bien. Tiene un sabor más bien inocuo. Oye, Pedro, ¿y esta especie de judiones qué diablos son?
-Aquí se les llama bajocons o garrofons, son bajocas grandes; es decir, judías verdes grandotas que son las que obligatoriamente ha de tener la paella.
-A ver, Pedro, cuéntanos en qué se diferencia esta paella de la clásica valenciana –pide Ballarín.
-Pues mira, los ingredientes de la paella de La Plana son estos: carnes de conejo, de pollo, costilla de cerdo y caracoles. De vegetales: garrofons, dientes de ajo, judías verdes, tomates maduros, pimiento rojo, alcachofas cuando es la temporada y naturalmente arroz, mejor si es del tipo bomba. De líquidos: aceite de oliva y agua. Y para el aliño: sal, azafrán o colorante, pimentón dulce y un aderezo muy de aquí: unas ramitas de romero fresco.
-Se me acaba de ocurrir que esta paella podría ser vista como una metáfora del caso Pradera –comenta Grandal.
-No hables del caso en voz alta que te van a oír –indica Ponte señalando a la mesa que está literalmente pegada a la suya y donde reina gran jolgorio.
-Manolo, dudo mucho que nuestros vecinos estén para escucharnos con la media cogorza que llevan. Bastante hacen con mantenerse en posición vertical –le tranquiliza Grandal, que sigue con su metáfora.
   El excomisario explica que la paella que tienen delante puede ser una metáfora del caso Pradera porque contiene unos ingredientes de todos sabidos, pero con excepciones tales como los caracoles, el pimentón dulce o el romero fresco. Pues bien sigue explicando, en el caso de la muerte de Salazar existen unos actores, vendrían a ser los ingredientes, que son conocidos, pero todavía quedan, al menos, tres que no forman parte de los componentes de la paella clásica. Uno es el caracol, que en la metáfora sería el guiri todavía no identificado; otro el pimentón dulce, que podría ser el Chato de Trebujena aún no localizado; y tercero sería el aderezo de las ramitas de romero que vendrían a ser Pacheco y Sierra de los que todavía no se sabe que papel jugaron el día de autos.
-¿Pues sabes que te digo, Jacinto?, que la metáfora viene al caso como un guante a la mano. Está muy bien traída –elogia Ponte.

PD.- Hasta el próximo viernes en el que publicaré el episodio 102. Estar entre la espada y la pared.

viernes, 19 de abril de 2019

100. De joven debió causar estragos


   El 24 de agosto se celebra la festividad del patrono de Torreblanca, San Bartolomé. Ramo ha contado a sus amigos madrileños que antaño esa fecha marcaba el inicio de las fiestas patronales que se esperaban con ansia, especialmente por la gente joven. Este año, según reza el programa de festejos, los actos más relevantes son la solemne misa en honor del santo, una ofrenda floral al Santísimo Cristo del Calvario, un campeonato de parchís, una gran gincana popular y rematando la jornada la indispensable verbena seguida de un disco-móvil.
   Ajeno a ello, Grandal ha madrugado pues ha quedado en ir a las once al apartamento del hijo de Álvarez para verse con sus amigos, y que le cuenten como han ido las investigaciones llevadas a cabo el día anterior. Antes les ha explicado lo que le contó la tarde anterior la amiga de Francisco José sobre un extranjero que podría ser el mismo que estuvo en la habitación de Salazar. Luego les hace un resumen de lo tratado con el sargento de la Guardia Civil de Torreblanca. Después, Álvarez y Ballarín cuentan que estuvieron en el restorán El Marítim donde la dueña les dio escasa información sobre la joven que acompañaba al guiri que estuvo comiendo el 15, por lo que no va a ser posible la elaboración de un retrato robot de la misma. En cuanto al dato que le interesa saber a Grandal de cómo se desenvolvía en español dicho extranjero, la respuesta fue tajante.
-Nos dijo que francamente bien. Hasta recordó que pidió vino y estuvo discutiendo sobre cuál acompañaría mejor a la mariscada, como si entendiera de caldos –cuenta Álvarez.
-Ese dato coincide con lo que me contó Vero –Al ver la cara de ignorancia de sus amigos, Grandal se apresura a explicarse-. Es la novieta del joven Salazar. Ella también dijo que el guiri que iba con su amiga hablaba bien el castellano.
-Lo que está en contradicción con lo que han declarado los pichones –afirma Álvarez que también se ha aprendido el mote que Grandal les ha puesto al trío del episodio del maletín.
-Efectivamente. Claro que… es posible que el extranjero de la habitación de Salazar falseara su conocimiento de nuestra lengua como forma de no hablar demasiado para no cometer errores –conjetura Grandal.
-Es posible y hasta probable –afirma Ponte-. El modo de hablar se puede modificar fácilmente, pero la talla, la corpulencia y el color de la piel no se cambian con tanta facilidad. Y esos tres últimos rasgos los tenía el extranjero descrito por los pichones, también los tenía el guiri que comió en El Marítim, así como el que describió la tal Vero.
-Manolo, chapó. En pocas palabras acabas de dar todo un curso de técnica investigadora. Estoy orgulloso de ti –le alaba Grandal, que a continuación pregunta dirigiéndose a Ramo y Ponte- ¿Y a vosotros cómo os ha ido la investigación sobre el Chato de Trebujena?
-Pues mejor de lo que esperábamos –contesta Ramo-. El dibujo que hizo mi hermano ha sido reconocido por dos personas: una camarera de un bar llamado Vintage y un camarero de un restorán, el Pica-Pica. La chica no estaba muy segura de que fuera el Chato, pero el camarero del restorán sí; hasta ha recordado que pidió una fritura doble lo que al parecer es una comanda poco corriente.
-Fenomenal. Esos testimonios confirman lo que ya sabíamos por los taxistas que le trajeron y le devolvieron a Alcossebre, que el Chato estuvo en Torrenostra el día de autos. Cuando se lo cuente a Bellido se va a poner como un crio con zapatos nuevos. Y no me salgas –añade Grandal mirando a Álvarez- con tu eterna cantinela de que unos cardan la lana y otros crían fama.
-Bien, ¿y ahora qué? –pregunta Ballarín que hoy está muy callado.
-Pues vosotros tenéis el día libre, al menos por ahora. Podéis ir a ver los toros pues creo que es lo más popular de las fiestas que deben estar en su apogeo.
-Los toros no empiezan hasta mañana –le corrige Ramo.
-Bueno, pues podéis pasaros el día en la playa o donde os pete. Yo me voy a ver que le saco a la chica que estuvo acompañando al extranjero del que me habló ayer la amiguita de Francisco José. A ver si es capaz de contarme algo más sobre él y de que tal hablaba nuestra lengua.
-¿Quieres que te acompañemos alguno? –ofrece Ponte.
-No, gracias. Igual si vamos dos se pone a la defensiva y no le sacamos palabra. Si os necesitase os llamaré.
   Grandal se pone en camino hacia Las Villas de Benicàssim donde con la ayuda del GPS que ha instalado en su viejo coche localiza fácilmente el bar en el que trabaja la tal Elvi. Durante el camino ha pensado en la forma de entrarle a la mujer, quizá presentándose como policía pero lo desecha, dejará que la propia charla marque el camino de cómo llevar el diálogo. Antes de sentarse en una de las mesas de la terraza, el excomisario observa a las dos camareras que atienden a la clientela. En seguida ve que cada una de las empleadas se encarga de una zona. Tras estudiarlas se decanta por la más aparente, que no guapa. Se sienta en una de sus mesas y no la llama, espera que se le acerque, algo que tarda unos minutos en hacer pues hay muchos clientes.
-¿Qué va a tomar?
-Un doble y algo para picar que no sean patatas fritas.
-Hoy tenemos gambas al ajillo, sepia en salsa verde, mejillones al vapor, patatas bravas, caragòls punxents  y lo habitual –recita de carrerilla la joven.
-¿Qué me recomiendas?
-Tanto las gambas como la sepia están buenísimas.
-Me voy a fiar de ti, tienes carita de no contar mentiras. Tráeme una ración de cada.
-No se fíe. A los tíos que se ponen pesados les suelto cada trola de a kilo, pero se nota que usted es un caballero. Atendiendo a tanto personal como pasa por aquí acabas aprendiendo a calar a la gente. Enseguida le traigo el doble, las raciones tardarán algo más.
   Como dijo la muchacha, en menos de un minuto volvía a estar allí con la cerveza, hecho que provoca el enfado de unos clientes, al parecer habituales, sentados en una mesa contigua y que gritan:
-¡Elvi!, ¿qué pasa?, ¿porque sirves a ese carroza primero cuándo nosotros hemos llegado antes?, ¿es qué ahora te van los vejestorios?
-Podrá ser mayor, pero podéis estar seguros que os da una y mil vueltas en cuanto a modales. Y no os pongáis bordes que ahora os atiendo –les responde la camarera, y dirigiéndose a Grandal disculpa el comportamiento del grupito-. No se lo tenga en cuenta, señor, son así de groseros porque no dan más de sí.
-No te preocupes, Elvi, por cierto si esa es tu gracia, como decían los antiguos, sepas que en mi opinión tienes un nombre precioso y para mí muy querido. Tengo una hija algo mayor que tú que también se llama Elvira –Grandal no tiene ninguna hija, pero suele utilizar esos trucos.
-Pues fíjese lo que son las cosas, a mí no me gusta, por eso prefiero que me llamen Elvi. Me parece que es un nombre que suena como antiguo.
-No estoy de acuerdo contigo, jovencita. Perdona que te llame así, pero es que podrías ser perfectamente otra de mis hijas. No sé si sabes que Elvira es un nombre de origen germánico que significa aquella que es una noble consejera, y en la antigüedad solo se lo ponían a las damas y a las mujeres de la nobleza.
-No solo es educado sino que tiene la labia de un donjuán, pero le tengo que dejar porque si no esos bordes pueden seguir dando la tabarra. Luego le traigo las tapas.
   Pasan unos minutos y Elvi está de vuelta portando la comanda de Grandal.
-Aquí tiene las gambas y la sepia. Cómase primero ésta porque si se enfría no vale ni la mitad, en cambio la cazuelita de gambas guarda mejor el calor.
-Gracias, Elvi. Ah, una cosa. Desde que me has atendido no hago más que preguntarme ¿dónde he visto esa cara?, y al final he encontrado la respuesta. Juraría que hace unos días te vi en Torrenostra. Si no eras tú, desde luego era tu doble.
-¡Vaya, el mundo es un pañuelo! Pues sí, estuve en Torrenostra justamente el día de la Virgen de Agosto; es decir, el quince.
-Te voy a ser sincero, posiblemente haya mujeres mucho más bonitas, pero tú tienes una cara que no se olvida fácilmente, tienes como una especie de toque, como una luz singular que te da un encanto especial.
-Huy, huy, huy, que peligro tiene usted. De joven debió hacer estragos. La gente mayor sabe decir cosas a una mujer que los jóvenes de ahora desconocen.
-Por cierto, y no me llames cotilla, pero tienes un novio que parece un levantador de pesas, ¡menudo tiarrón!
-¿Quién, Pako?, no es mi novio, por no ser ni es amigo mío, solo un cliente de la casa que ese día, que el jefe me dio fiesta, me invitó a pasarlo en Torrenostra.
-Tenía pinta de extranjero.
-Y lo es, no sé exactamente de dónde, yo creo que ruso o de por ahí.
-Pues para ser ruso o lo que sea, me pareció que hablaba el castellano bastante bien.
-Y así es, si no fuera por el acento podría pasar por alguien de aquí. ¿Y usted dónde estaba, cómo pudo darse cuenta de hasta cómo habla Pako?
-Muy cerquita de vosotros. Yo y tres amigos, tan carcamales como el que te habla, estábamos en la sombrilla de al lado donde os pusisteis vosotros en la arena, cerca de donde hay un recinto con palmeras. Lo que ocurre es que en la playa los viejos nos volvemos invisibles para la gente joven. Así que tu conocido se llama Paco.
-Eso dice él, que se llama Pako pero con ka, aunque me da que no debe ser su verdadero nombre.
-¿Veranea también aquí?
-Creo que estaba en un apartamento yendo hacia el Grao, pero se fue. Lo debió hacer el mismo día que estuvimos en Torrenostra porque ya no le he vuelto a ver.
-¡Elvi, mueve el culo que hay clientes esperando que les atiendas! –brama más que habla un tipo cetrino que ha aparecido en la puerta del bar.
   A Elvi todavía le da tiempo a contarle que Pako es un grosero pues en Torrenostra se fue a pasear y la dejó sola en la playa un buen rato, y que cree que vive por la Costa del Sol. Tras despedirse, Grandal deja una generosa propina y al irse, sin saber por qué, se le viene a la mente algo que le dijo la joven camarera: De joven debió hacer estragos. ¡Qué lástima que no fuera así!, se dice con melancolía.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 101. Una paella trastocada en metáfora.