viernes, 16 de noviembre de 2018

Capítulo 19. Prosiguen las declaraciones.- 78. No hablaré si no es en presencia de mi abogado


   Mientras el sargento Bellido y el excomisario Grandal conversan en un hotel de Marina d´Or, en Torreblanca los dos agentes de la UCO están interrogando a todos los que, de una manera u otra, tuvieron alguna relación con el fallecido Salazar o estaban en el hostal el día de autos. Siguiendo el peliculero sistema del poli bueno, que encarna la cabo primero Monterde, y el poli malo, a cargo del sargento Sales, los agentes están apretando las tuercas a todos los testigos. Se han centrado en las tres personas que tienen más a mano y que más contacto tuvieron con el exsindicalista: Anca, la señora Eulalia y, de rebote y por su participación en el episodio del maletín, Vicentín.
   A la patrona han terminado por marearla a base de continúas y en ocasiones impertinentes preguntas, hasta que la señora Eulalia se ha cansado y se ha puesto brava.
-Miren, serán ustedes guardias civiles, pero tienen poquísima educación. Lo que me están haciendo no lo haría ninguno de sus compañeros del pueblo porque todos me conocen y saben quién soy y como me porto con los que llevan tricornio. Ya no pienso contarles nada más porque todo lo que sabía ya se lo he dicho. Si quieren pueden llevarme presa al cuartel, pero ya no aguanto ni una sola pregunta más.
   Los dos investigadores se miran y se entienden sin decir palabra: probablemente se han pasado con la buena señora. Le dicen que puede marcharse, pero que no salga del pueblo sin avisar previamente.
   Con su respuesta la patrona demuestra que, además de mujer con temple, es asaz socarrona.
-Pues me han chafado el verano porque pensaba irme una temporadita a la Costa Azul.
   A continuación es el turno de Anca. Los agentes no se creen su relato de que en el maletín buscaban los papeles de la Seguridad Social de Salazar y centran sus preguntas en conseguir que la joven les diga el motivo real por el que se lo llevaron. Llega un momento en que la rumana se desfonda y tira la toalla. Cuando va a decirles que lo que buscaban era el dinero del difunto, un guardia entra en la salita de interrogatorios.
-Mi sargento, ahí fuera hay un señor que dice que es el abogado de esta joven.
   Los dos guardias se miran, no esperaban que en un pueblecito como aquél la gente tuviera abogado. Sales toma la iniciativa.
-Dile que espere.
   Para Anca la noticia ha sido una sorpresa, desconocía que tuviera abogado que la representara, pero como es intuitiva piensa que eso debe ser cosa de Vicentín. Se rearma y opta por no responder a más preguntas. Y dice lo que siempre se escucha en los seriales americanos de la tele cuando las fuerzas de la ley arrestan a un sospechoso ducho en detenciones:
-No hablaré si no es en presencia de mi abogado….
-Señorita usted está aquí como testigo y de momento no se le acusa de nada, por consiguiente no necesita ningún abogado.
   Pero Anca recuerda escenas televisivas en las que el detenido grita lo de: ¡no diré nada hasta que vea a mi abogado! No importa cuán insistentes puedan ser los policías, ni lo insidiosas de sus preguntas. Sea o no culpable, tenga mucho o poco que declarar el detenido no se derrumba ni dice una palabra. Calla y espera a su abogado. Y es lo que hace Anca:
 -Repito lo dicho: no hablaré si no es en presencia de mi abogado.
   Sales aprieta los dientes para no soltar un taco. Piensa lo que todo policía: que los abogados son peores que tener un grano en el culo. De mala gana le dice al guardia que puede pasar el letrado. La persona que entra, por su forma de vestir y comportarse, tanto podría ser un abogado como un tendero del pueblo, aunque lo que dice suena a jerga profesional.
-Soy el abogado de la señorita Dumitrescu, ella ya prestó declaración ante el comandante de este puesto. ¿Quiénes son ustedes y por qué la interrogan?
   Sales prefiere no identificarse, pero si responde al motivo del interrogatorio:
-La señorita Dumitrescu era la encargada de atender la habitación del hostal en la que el pasado día quince tuvo lugar un fallecimiento por causas todavía no explicadas. Es suficiente motivo para que la interroguemos las veces que sean necesarias.
-Ustedes no pertenecen a la dotación de este cuartel y por tanto no forman parte de la policía judicial del caso. No tienen ninguna jurisdicción para interrogar a mi cliente sin que esté presente alguno de los guardias de este puesto.
   “¡Coño con el rábula, nos ha salido peleón!” se dice Sales. Aunque piensa que lo malo es que, técnicamente, lo que afirma se acerca bastante a la verdad. Ellos están allí para coadyuvar. Y todavía se pone más nervioso cuando oye decir al letrado:
-Voy a presentar una queja formal ante la juez que instruye el caso por irregularidades en el proceso de instrucción, al menos por parte de ustedes, que no sé qué pintan aquí.
   Sales no quiere meterse en peleas jurisdiccionales en las que tiene más que perder que ganar y opta por dejar marchar a la muchacha. A la puerta del cuartel está esperándola Vicentín que alardea de que gracias al abogado de su padre ha conseguido que la dejaran libre. Anca le da las gracias y, recordando el consejo de sus padres, hasta le pone buena cara.
   En el entretanto en Marina d´Or, Bellido le cuenta a Grandal todo cuanto ha podido averiguar sobre las últimas horas en vida de Francisco Salazar. Primero le hace una sinopsis de quién es quién en el caso Pradera.
-Empecemos por el fallecido. Aquí nadie conocía su verdadero nombre ni que estaba en busca y captura. Lo más probable es que estuviera escondiéndose de la justicia. Ahora bien, recibía visitas de personas que presumiblemente sí sabían que era un prófugo. ¿Por qué le visitaban? La documentación que nos ha remitido la Juez Instructora, que por cierto es la titular del Juzgado de Instrucción número 4 de la Audiencia de Castellón y que se llama Isabel del Valle, tiene la respuesta pues de la misma se desprende que el finado era uno de los principales encausados en el famoso caso ERE de Andalucía y su declaración podría sentar las bases para la solución del proceso. Esa y no otra debe ser la causa del por qué recibía tantos visitantes, sobre todo andaluces.
-Lo que nos lleva a pensar que una de las patas del caso pasa por Sevilla –comenta Grandal.
-En efecto, comisario, el tal Salazar, al que apodaban el Conseguidor, se ve que era un punto filipino de mucho fuste. Y ahora vamos con los vivos. El primero, Rocío Molina que ha declarado ser novia del extinto, aunque según las declaraciones del hijo y de la Dumitrescu esa relación está periclitando –“Este hombre es un redicho, lo de periclitar ya no lo utilizan ni los académicos de la RAE” se dice Grandal-. Respecto a la Molina no está claro el motivo del por qué estaba alojada en un hotel de Alcossebre cuando su domicilio habitual está en Sevilla. Como tampoco lo está porqué motivo se encontraba en la habitación 16, ni porqué se llevó de la habitación del finado un maletín. Nos ha contado que buscaba la tarjeta sanitaria de Salazar por si había que ingresarlo en un hospital, pero esa historia no parece verosímil. Maletín que la Molina con la ayuda de la Dumitrescu y Fabregat intentaron abrir sin conseguirlo. Habría dado la paga de un mes por conocer el contenido del maletín, pero como dispone el ordenamiento jurídico lo tuve que enviar al juzgado para que un perito lo abra y tase los bienes u objetos que pudiera contener.
-¿Qué piensa que puede contener el maletín: dinero o documentos?
-O ambas cosas. Lo sabremos cuando me informe su señoría. Ah, la Molina es la única que de momento está detenida pues creemos que tiene información que se ha negado a facilitar, no solo de cuando estuvo en la habitación del muerto sino también sobre el maletín de marras. Por ahora es la sospechosa número uno aunque tengo mis dudas sobre su participación efectiva en el fallecimiento de Salazar. No sabría decirle por qué, pero eso creo.
   “Este sargento comienza a caerme simpático. Es de los míos, de los que cree en el olfato policial. Creo que haremos buenas migas” piensa Grandal.
-En segundo lugar tenemos a Anca Dumitrescu. Es de nacionalidad rumana y era la camarera que tenía asignada la atención y cuidado de la habitación 16, en la que falleció Salazar. Dice que estaba en la habitación porque la Molina se lo pidió. Al igual que la Molina no ha sabido explicar con claridad porque no se llamó a un médico estando el citado huésped tan enfermo como parecía. También es dudosa su explicación de porqué se fue con su novio y la Molina para encontrar un herrero que les abriera el maletín. Y a todo eso abandonando su trabajo en un día en el que el hostal estaba abarrotado de clientes. La Dumitrescu ha colaborado en todo momento con nosotros, pero como digo su relato tiene puntos oscuros que habrá que aclarar.
-Yo la conozco de servirnos en la terraza, pero no puedo decir nada de ella, ni bueno ni malo, aunque con nosotros, me refiero a la pandilla del dominó, siempre se portó correctamente y nos trató con amabilidad.
-En tercer lugar –prosigue el sargento- está Vicente Fabregat, más conocido por el diminutivo de Vicentín. Estoy convencido de que su participación fue ocasional y que si estuvo en la habitación del fallecido y luego en la aventura del maletín fue arrastrado por su novia. Una relación que, como he dicho y según se rumorea en el pueblo, estaba más en trance de romperse que de proseguir. El chico tiene fama de cantamañanas y hasta donde yo sé la tiene bien ganada. Es lo que ahora se conoce como un nini, ni trabaja ni estudia. Eso sí, pertenece a una familia que forma parte de uno de los clanes más poderosos del pueblo: los Fabregat y que si pueden pondrán todos los palos posibles en las ruedas de la investigación con tal de que su polluelo salga indemne.
-No te preocupes, Bellido, podremos con ellos –“Y con quien se ponga por delante” piensa Grandal, pero le parece excesiva chulería y se calla.

PD.- Hasta el próximo viernes

lunes, 12 de noviembre de 2018

*** Acordarse de los muertos solamente en ciertas fechas no basta


   Los días 1 y 2 de noviembre son fechas en que la gente se acuerda especialmente de sus muertos, pues el uno se celebra el Día de Todos los Santos y el dos la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Así es al menos en los países en los que predomina la religión católica de rito latino, como es el caso de España.
   La Iglesia Católica el Día de Todos los Santos celebra una fiesta solemne por todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado, han obtenido la visión beatífica y gozan de la vida eterna en presencia de Dios. De ahí que se le llame el “día de todos los santos”. Esta festividad no debe confundirse con la conmemoración de los Fieles Difuntos que se celebra el día dos. Dicha conmemoración, también llamada el Día de los Muertos o Día de los Difuntos en el mundo católico tiene por objetivo orar por aquellos fieles que han fallecido y, especialmente, por los que se encuentran en el Purgatorio.
   En España, como en otros muchos países, en esas fechas se continúa con la tradición de visitar los cementerios para orar por los seres queridos fallecidos, recordarles y llevarles flores que se depositan en sus tumbas. En los ambientes más rurales hay la costumbre de que en la noche del 1 al 2 de noviembre se reúnen familiares y amigos para velar y recordar a sus difuntos. Se cuentan historias y se recuerdan anécdotas de los finados mientras se comen frutos típicos de la época tales como castañas, nueces, manzanas y dulces acompañados con anís, ron con miel o en su defecto con otra bebida alcohólica. Con la acelerada reducción del mundo rural esta tradición acabara por desaparecer.
   En los ambientes urbanos se limitan a asistir a los cementerios. Es lo que hice con el más pequeño de mis hijos. Fuimos al cuidado camposanto de Majadahonda donde está enterrada mi mujer y madre de mis hijos. Rezamos unas oraciones, al menos yo lo hice de mi hijo no sabría decir, depositamos en su nicho un ramo de margaritas, flores que estaban entre sus predilectas por la coincidencia del nombre, y la recordamos. Aquí quería llegar. ¿Es que solamente hay que acordarse de los difuntos uno o dos días al año? Supongo que cada uno tendrá su propia respuesta a esa pregunta. Personalmente creo que uno se acuerda de los familiares, amigos o simples conocidos que ya no están con nosotros en la medida en que les echamos de menos no importa en qué momento del año sea.
   Lo del conocido refrán de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, es tan real como despiadado. Supongo que debe ser una carga insoportable recordar continuamente a un ser querido extinto, pues la vida sigue y te impone que sigas su curso, pero como en todo hay notables diferencias. Hay muertos de los que te acuerdas la mayoría de los días, bien porque les quisiste con toda el alma, bien porque formaban parte indisoluble de tu vida fuera familiar, profesional o simplemente social. Yo recuerdo a mi mujer con la frecuencia que impone el haber llevado más de treinta años de vida en común, con sus momentos buenos y malos, pero vividos a la par. Como evoco a un querido amigo de la infancia cada vez que mis recuerdos me retrotraen a mis tiempos mozos. Me ocurre lo mismo con un amigo de los tiempos maduros que acaba de fallecer y con el que convivía en mis veranos en Torrenostra. Nuestra amistad fue corta y se centró sobre todo alrededor de las partidas de dominó que jugábamos cotidianamente. No es que dejara una especial huella en mí, pero no sé por qué su recuerdo es más constante que el de otras personas desaparecidas con la que conviví mucho más tiempo. Como diría Einstein, todo es relativo.
   Dedicar solo unas fechas para acordarse de los muertos es poca cosa. Siempre he creído que uno no se muere del todo mientras haya un solo vivo que se acuerde de él. Y eso no necesita de unos días especiales, cualquier fecha del calendario sirve.
   Permítanme el consejo: acuérdense de sus seres queridos fallecidos, sean familiares, amigos o simples conocidos, al hacerlo les reviven…, al menos en sus mentes. Y eso es impagable. Habrán muerto, pero de alguna manera siguen con nosotros.

viernes, 9 de noviembre de 2018

77. Para ascender hay que tragarse algún que otro sapo


   Las dos personas relacionadas con el difunto Salazar que se han quedado en el pueblo llevan rumbos muy distintos. A Rocío Molina la han trasladado a Castellón para prestar declaración ante la juez que instruye el caso Pradera. De momento ocupa una celda en la Audiencia Provincial. Cada hora que pasa es una dentellada que la dura realidad le pega a su moral. Aunque todavía se guarda el comodín de una posible negociación con la fiscalía intercambiando la prisión por los secretos que sabe del día de autos, expresión que de tanto oírla se le ha hecho familiar. Pese a ello hay un hecho que la tiene muy preocupada y es que ella no le hizo nada a Curro, solo se llevó su maletín que para más inri no pudo abrirlo, entonces ¿por qué la han detenido y a sus dos compinches, Anca y Vicentín, los han soltado? Piensa que razón tenía aquel alcalde de Jerez al proclamar que la justicia es un cachondeo.
   El derrotero de Francisco José es diferente: está varado en el pueblo ocupando una habitación del hostal en el que falleció su padre gracias a una gestión del sargento y a la buena voluntad de la patrona. El joven sevillano se aburre más que una lapa y, aunque como urbanita es más de piscina que de mar, dedica la mayor parte de la jornada a deambular por las playas puesto que no hay mucho más que hacer. Dado que Torrenostra es un lugar pequeño rápidamente ha circulado la especie de que es el hijo del señor que murió en el hostal lo que le confiere un cierto halo de misterio. Será por eso, porque su habla les parece muy graciosa a los autóctonos o porque no es mal parecido la realidad es que está ligando con una facilidad que a él mismo le sorprende. El día que murió su padre ya se cameló a una veraneante y la paseó en la Harley. Algo que ya no podrá repetir porque el pasado día dieciséis vino un tipo de Castellón con los papeles de la moto y se la llevó por haber vencido el período de alquiler que no ha sido renovado. Su mayor problema es que hasta que Pepote el Salvaculos, el viejo amigo de su padre, no le envíe pasta está sin un euro, pero de momento se va bandeando en plan gorrón.
   La pareja que acompañó a Rocío en el affaire del maletín de Curro está en un impasse en lo que respecta a su relación. Vicentín sigue empeñado en reconquistar a Anca, que ha mantenido una larga conversación con sus padres en la que le han aconsejado que se piense muy mucho lo de romper definitivamente con el chico. Le han hecho ver que en el pueblo ellos siguen siendo uns forasters por mucho que haga más de quince años que viven allí y que la propia Anca hable el valenciano como si hubiese nacido en Torreblanca. Ello supone que si el asunto del muerto del hostal se complica nadie con poder en el pueblo romperá una lanza en su favor. En cambio, si continúa de novia con Vicentín la cosa cambia puesto que ello significa que algún día pueda emparentar con los Fabregat y ese apellido tiene mucho peso en el pueblo. La joven, pese a que se ha resistido, ha terminado siguiendo el consejo de sus padres y ha matizado su decisión de romper definitivamente con el que ella ya consideraba como exnovio.
- Mira, hija. Mientras no se resuelva el lío de la muerte no te vendrá mal que sigan considerando que eres la novia de Vicentín. Los Fabregat son una familia que cuenta mucho en el pueblo.
-Madre, es que no lo soporto.
-Pues te conviene soportarlo. No le digas que no lo  aguantas, dile que te lo estás pensando y de momento ponle buena cara. Cuando el lío del señor que murió haya terminado le das puerta y adiós muy buenas. Aunque sigo aconsejándote lo de siempre: si quieres ser alguien en el pueblo cásate con él. Dejarás de ser otra pobre rumana más para convertirte en la señora de Fabregat. Y eso aquí supone tanto como si te dieran el pasaporte español.
   En el plano de la investigación sobre la muerte de Salazar, los dos agentes que la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil ha mandado a Torreblanca están comenzando sus investigaciones y no dejan piedra sin remover. Lo primero que han hecho es una exploración a fondo del hostal y sus terrenos aledaños. Han confeccionado un plano a escala de la habitación en la que falleció Salazar y un croquis del lugar que ocupa la misma en el establecimiento. Luego han pedido al sargento la relación de todos los testigos que prestaron declaración y están sistemáticamente volviéndolos a interrogar. El sargento hace de poli malo y la cabo primero de poli buena. Antes de eso y por aquello de guardar las formas, el sargento Sales le ha dicho a su colega:
-Bellido, por supuesto, puedes estar presente en los interrogatorios –y después de una pausa agrega-,… si lo deseas.
   La primera reacción de Bellido ha sido dejarles claro que sigue siendo el comandante del puesto y mientras estén bajo su jurisdicción quien manda es él, pero hace un esfuerzo y se traga el sapo. Sabe que si quiere ascender no será el último que tendrá que engullir. Por lo que su respuesta es diplomática.
-Estáis en vuestra casa. Si necesitáis cualquier cosa no tenéis más que decirlo -y hace mutis, pero reafirmándose que es imprescindible hablar con el excomisario con el que se ha citado.
   Grandal siempre ha presumido de puntual, pero cuando llega al bar del hotel ya le está esperando el sargento que se levanta para saludarle y casi se cuadra ante el excomisario pese a que va vestido de paisano. “Este quiere pedirme algo, pero no quiere que le identifiquen, ni siquiera ha venido de uniforme”, piensa el policía.
-Ante todo, don Jacinto, gracias por su amabilidad a pesar de que, como le dije, esto más que una cita es un atraco.
-Tranquilo, Bellido. En la agenda de los jubilados hay muchos más espacios en blanco que escritos.
-Esta es una conversación que le ruego que mantenga en la más estricta privacidad. Acabamos de conocernos, pero un hombre con una trayectoria profesional como la suya sabe lo que es la confidencialidad y una conversación privada entre dos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado por mucho que esté jubilado.
   “Jacinto, creo que no has marrado el tiro, este tío te quiere contar algo relacionado con la muerte de Salazar…”, piensa Grandal.
-Sargento, tranquilo. Le doy mi palabra de que lo que aquí se hable, aquí se va a quedar.
   Bellido en pocas palabras le cuenta lo que está sucediendo: tiene el mandato oficial de la juez que instruye el fallecimiento de Francisco Salazar para actuar como cabeza de la policía judicial, pero la llegada de dos componentes de la UCO han hecho que en la práctica haya quedado relegado a un segundo plano. Y eso es algo que su orgullo profesional y, ¿por qué no decirlo?, su legítima ambición de ascender en el Cuerpo pueden quedar muy tocados si son los miembros de la Unidad Central Operativa los que se lleven el mérito de solucionar el caso. Ante tal tesitura solo conoce una persona que le puede ayudar, aunque sea extraoficialmente, y es don Jacinto Grandal, galardonado comisario de policía con notorios éxitos en el esclarecimiento de complicados casos criminales.
-Lo que le pido, don Jacinto, es que, de forma confidencial y sin que se entere nadie, me eche una mano y me ayude a descubrir quién mató al finado Salazar. Si esta petición le chafa sus vacaciones, olvídese de lo que acabo de pedirle y le pido mil disculpas, pero si me atrevo a plantearlas es porque he recordado sus palabras de que como no le gusta nada la playa tiene mucho tiempo libre.
-Vamos a ver Bellido –Grandal pasa al tuteo para dar más confianza al sargento-. Primero, no vuelvas a llamarme don Jacinto, por favor, me suena muy raro. Estoy acostumbrado a que me llamen por mi apellido o si lo prefieres trátame de comisario. Segundo, no me vas a chafar mis vacaciones, salvo la partida de dominó de las tardes el resto del día lo tengo más libre que los pájaros del cielo. Y tercero y último, estoy encantado de poder ayudarte, por supuesto dentro de la más estricta reserva. Por tanto, como diría un argentino dejémonos de pavadas y vamos al grano. ¿Por dónde empezamos?
   El sargento intuía que el excomisario le ayudaría, por lo que ha venido preparado. Saca de su cartera una copia del expediente que ha compilado hasta el momento sobre el caso Pradera.
-¿Es el nombre que le han puesto al caso?
-Sí, se lo puse yo.
   Grandal piensa lo mismo que pensó en su momento la juez del Valle, que el suboficial no se ha roto precisamente las meninges para encontrar un nombre al caso.
-Aquí están todas las actuaciones que mis hombres y yo hemos realizado hasta el día de hoy y que se centran fundamentalmente en los interrogatorios que hemos hecho a todos los testigos que, directa o indirectamente, tuvieron alguna relación con el fallecido Salazar, así como aquellas personas que estuvieron en el hostal el día de autos.
   Una rápida ojeada a los papeles le sirve a Grandal para preguntar algo y lo hace modulando la voz pues no pretende avergonzar al suboficial, pero al mismo tiempo quiere sentar desde el principio su saber hacer en una investigación criminal.
-De entrada, noto dos ausencias. El informe sobre el escenario de la muerte y que faltan algunas declaraciones de personas que estuvieron en el hostal el día de autos y que por otra parte tenían alguna relación con Salazar.
   El sargento se aturulla al oír las palabras de Grandal.
-Perdone, comisario. El informe es que se me ha olvidado incluirlo y sobre que faltan algunas declaraciones…, no sé a qué o a quién puede referirse.
-A mí y a mis amigos. Estuvimos en el hostal la tarde de autos jugando al dominó y tuvimos una relación cierta aunque corta con el difunto –dicho lo cual añade con tono festivo-, pero no se preocupe, le doy mi palabra de honor que ninguno de nosotros asesinó a Salazar.
   El suboficial enrojece como una novicia, acaba de tragarse otro sapo.

PD.- Hasta el próximo viernes