lunes, 22 de octubre de 2018

*** La maldición bíblica de la gota fría



   Toda comarca, región, y hasta país sufre periódicamente uno o varios azotes naturales que vienen a ser como una suerte de maldición bíblica. Así, ciertos estados del medio oeste norteamericano sufren anualmente los tornados, algunos países de Sudamérica bañados por el Pacífico han de enfrentarse cada varios años a la maldición de el Niño, en el este de Asia han de soportar cíclicamente a los tifones y aquellos países ubicados en el anillo de fuego se ven castigados periódicamente por erupciones volcánicas y terremotos. Pues bien, los que vivimos, aunque sea parcialmente como es mi caso, en el Mediterráneo occidental, especialmente en el Golfo de Valencia, hemos de soportar varias veces en nuestras vidas la temible gota fría. Lo de llamarle gota es una suerte de humorada macabra porque lo que realmente parece es como si las compuertas de los cielos se abrieran de par en par y dejaran caer mares de agua que se abaten inmisericordes sobre las resecas tierras del levante español.
   Como saben, la gota fría o DANA (depresión aislada en niveles altos) es un fenómeno meteorológico que suele coincidir con el inicio del otoño en el Mediterráneo occidental. A grandes rasgos, es el resultado de una corriente en chorro de aire polar que avanza sobre Europa occidental a gran altura y que al chocar con el aire más cálido del Mediterráneo genera fuertes tormentas. Ocurre cíclicamente, pero en la mayoría de ocasiones no dejan de ser más que tempestades más o menos aparatosas sin mayores consecuencias. Pero entre cuatro y seis veces en un siglo la gota genera un tren de tormentas con torrenciales diluvios y cuyas consecuencias son desastrosas. Entonces, la gota fría se convierte en una locomotora sin ninguna clase de control que lo arrasa todo a su paso. Es lo que acaba de ocurrir en este octubre del 2018.
   Mi pueblo natal, Torreblanca, situado en la comarca de la Plana Alta, es por su ubicación y particular topografía un firme candidato a sufrir las consecuencias de las gotas frías con mayúsculas. Está emplazado en el centro de una pequeña llanura aluvial limitada al este por el Mediterráneo y circundada al oeste por un semicírculo de colinas que forman parte de las últimas estribaciones sudorientales del Maestrazgo. Naturalmente esa pequeña cordillera vierte las aguas hacia el mar y en su discurrir atraviesan necesariamente el pueblo y terminan igualmente afectando a los dos núcleos costeros existentes: Alcossebre y Torrenostra.
   Lo que ha pasado ahora es que en menos de doce horas en Torreblanca se han abatido más de 200 litros por metro cuadrado y ha seguido lloviendo hasta superar los 300 litros en poco más de un día. Teniendo en cuenta que la precipitación media anual en España ronda en torno a los 600 litros, lo ocurrido supone que en algo más de veinticuatro horas ha llovido lo que debía hacerlo durante medio año. Una auténtica barbaridad. Tal cantidad de agua en tan poco tiempo provoca que la tierra sea incapaz de absorber tanto líquido y los barrancos, ramblas y los escasos y secos ríos se convierten en un visto y no visto en impetuosos torrentes que transportan miles y miles de toneladas de agua en dirección al mar y que arrollan todo lo que se opone a su curso.
   Las consecuencias ya se las pueden imaginar: inundaciones de campos y casas, árboles arrancados de cuajo, carreteras y vías férreas cortadas, vehículos atrapados sin o con gente dentro, animales domésticos ahogados, puentes que no resisten el salvaje empuje de las aguas, actividades económicas y sociales interrumpidas, gente aterrada ante la inclemencia de la naturaleza…
   En la actualidad los avances en la predicción del clima han hecho que la gota fría de estos días octubreños haya generado menos desastres de los que provocaba antaño. En mi ya larga vida, esta es la tercera vez que sufro este fenómeno, aunque en esta última ocasión a distancia. Las dos anteriores las viví directamente. Una de ellas, especialmente, la recuerdo con absoluta nitidez, como se recuerdan los hechos que le cambian a uno la vida.

   Fue un 28 de septiembre del año en que cumplí los doce. A media tarde comenzó a llover copiosamente. "El típico temporal de otoño”, dijeron. Al anochecer los nimbocúmulos se fueron haciendo más grandes y negros y la lluvia se hizo torrencial. Mi padre tuvo que ir a echar una mano adónde mi tío Daniel cuya casa se había inundado hasta el punto que los muebles flotaban por las habitaciones como si fueran barquichuelos de papel. Cuando volvió estaba que no se tenía, empapado de agua y sucio de barro. “Tengo un mal presentimiento”, dijo, pensando en los campos de arroz de la familia con las gavillas puestas a secar antes de la trilla. En la madrugada del 29 cesó de llover. Mi padre y yo cogimos las bicicletas y fuimos a ver los arrozales. Nos encontramos que se habían convertido en una especie de laguna de agua sucia de la que solo sobresalían los plumeros de los senills o carrizos. Ni rastro de las gavillas que terminaron en el fondo del mar. Por muchos años que viva jamás olvidaré la mirada desolada de mi padre. En aquella cosecha había invertido hasta su última peseta. Nunca volvió a ser el mismo. Yo tampoco. La inundación se llevó el arroz, arruinó a mi familia y truncó mis sueños de cursar una carrera universitaria. Más de una década después, la caprichosa fortuna me depararía una nueva e inesperada oportunidad, pero en aquellos trágicos momentos no lo podía saber. Aquella gota fría me jodió la niñez; con mi padre fue más cruel, le jodió la vida.
   Los valencianos no tenemos tornados, ni tifones, ni erupciones volcánicas, ni sufrimos el Niño, en cambio tenemos la gota fría que cuando llega en plan desbocado provoca que el mal llamado Levante feliz deje de serlo cuando sobre su cada vez más desertizada capa de tierra vegetal se abaten inclementes océanos de agua. Es nuestra particular maldición bíblica.

viernes, 19 de octubre de 2018

Capítulo 18. La UCO entra en escena.- 74. Yo lo maté


   Nadie diría que aquella mujer, juntamente con su marido, sea dueña de una saneada fortuna en bienes raíces pues viste una bata de andar por casa, vieja y recosida, está desgreñada y su arrugada cara muestra que desconoce la existencia de cremas y potingues antienvejecimiento. Es algo que suele ocurrir en muchos pueblos de la vieja piel de toro, en los que pequeños propietarios agrícolas viven como pobres y cuando al fallecer se hace la testamentaría se descubre que tenían posesiones que valían millones. La buena mujer está zarandeando a su hijo que, metido en la cama, no hay manera de que despierte.
-Vicentín, levántate, tu padre quiere hablar urgentemente contigo.
   El joven Fabregat está estos días por darle gusto a su progenitor, le debe que apareciera en el cuartel de la Guardia Civil con un abogado y que saliera del mismo libre y sin cargos.
-Vicente –su padre debe ser de los pocos en el pueblo que le llama así-, coge el coche y te vas a ir a Valencia a quedarte una temporada en casa del tío Pascual, te está esperando, ya lo tengo hablado con él.
-¿Y por qué tengo que ir una temporada a Valencia?, allí no se me ha perdido nada.
-Debido al follón que se ha armado con lo del muerto del hostal lo mejor es que te quites de en medio. En Valencia nadie te molestará, te estás allí un par de meses y cuando vuelvas se habrá pasado el revuelo que hay en el pueblo –La intención del viejo es en realidad apartarle de Anca, pero lo disfraza con otro motivo.
   A Vicentín lo de irse a la ciudad del Turia no le hace ni puñetera gracia. Todavía está empeñado en reconquistar a su novia rumana y para eso necesita estar en el pueblo. Busca excusas.
-Te recuerdo, padre, que el sargento dijo que no debo salir del pueblo sin comunicarlo previamente y que me volverán a llamar cuando lo diga la juez.
-Por el sargento no te preocupes. Ya lo he hablado con Lola la alcaldesa y me ha dicho que estemos tranquilos, que el guardia civil le come de la mano, y que ya lo arregla ella.
   Vicentín responde a su padre que hará lo que él diga, pero sigue buscando una razón lo suficientemente poderosa para no tener que marcharse del pueblo. Se devana los sesos sin encontrarla hasta que se acuerda del abogado que le acompañó en su interrogatorio en el cuartel. Le llama.
-Ernesto, tengo que hacerte una consulta. Mi padre quiere que me vaya a Valencia para quitarme de en medio de todo el lío del muerto en el hostal. Le he recordado lo que dijo el sargento de que no debía salir del pueblo sin comunicarlo y me ha dicho que eso ya lo ha arreglado la alcaldesa que parece que se lleva muy bien con los de la Benemérita. ¿Qué me aconsejas que haga?
-Ni se te ocurra irte a Valencia ni a ninguna otra parte sin comunicarlo a la Guardia Civil. Lo más lejos que puedes ir es a la playa, al fin y al cabo está dentro del término municipal del pueblo. En cuanto a la alcaldesa, por muy bien que se lleve Lola con Bellido ten en cuenta que cuando se trata de asuntos del servicio los civiles no tienen amigos. ¿No has oído decir que tener un amigo guardia es como tener un duro sevillano? Por consiguiente, si quieres irte a Valencia que sea con la autorización del sargento. Si no lo haces así, la juez que instruye el caso dictará una orden de busca y captura y te harán volver pero engrilletado. Tú mismo.
   Vicentín le cuenta a su padre lo que le ha explicado el abogado en su versión más tajante: no puede irse del pueblo sin que lo autorice la Guardia Civil y la alcaldesa no pinta nada en esa cuestión.
-¿Qué no pinta nada Lola si es la que manda en el pueblo? Ahora mismo la llamó y verás cómo lo arregla.
   La alcaldesa le repite al viejo Fabregat que no se preocupe, que ahora mismo llama al sargento y que ella lo soluciona. Solo pasan unos minutos para que reciban la respuesta de la política local. Lo siente mucho, pero el sargento se ha escudado en la juez de instrucción para no dar permiso a Vicentín de que se marche a Valencia. El joven respira, se podrá quedar en el pueblo y tratará de hacerse el encontradizo con Anca para convencerla de que su noviazgo no puede romperse así como así.
   A la joven rumana, la suma del fallecimiento de Salazar, de haber abandonado su trabajo la tarde del quince y su participación en el oscuro asunto del maletín le está pasando factura. Cuando sale del cuartel de la Guardia Civil pasa por su casa para adecentarse y cambiarse de ropa, todavía lleva la del día anterior, y luego se dirige al hostal. La patrona la recibe con cara de pocos amigos.
-Anca, no lo esperaba de ti. Siempre creí que eras una chica responsable y ayer, con la casa hasta los topes de clientes y el comedor abarrotado, desapareces y abandonas tus deberes precisamente cuando uno de nuestros huéspedes más te necesitaba. Posiblemente si no te hubieras ido, el pobre señor Martínez –la patrona sigue llamando así a Salazar-, que en gloria esté, no se hubiese muerto porque podrías haber avisado a tiempo al médico. ¿Por qué te fuiste?, ¿qué se te pasó por la cabeza?
   La rumana está demasiado avergonzada por cuanto ha pasado. Atemperado el calentón que le dio la posibilidad de lograr un dineral en poco tiempo, tal y como le prometió Rocío, ha recapacitado y se ha dado cuenta de que su actuación ha sido disparatada. Trata de justificarse.
-Señora Eulalia, sabe que nunca he faltado al trabajo y que soy de las que arrimo el hombro siempre que hace falta, pero… se lo juro. Ayer no sé lo que me pasó. Cuando vi que el señor Martínez estaba tan mal solo pensé en que había que llevarlo al hospital, por eso me fui con la andaluza a ver si encontrábamos sus papeles de la Seguridad Social. Pero he recapacitado y sé que hice mal. Perdóneme, no volverá a suceder.
-A otro perro con ese hueso. No me tomes por tonta, es algo que no soporto. Y como veo que no voy a sacar verdad te diré que en algo sí que estoy de acuerdo contigo, que no volverá a suceder. Estás despedida. Te pagaré los días trabajados, pero no quiero volver a verte por el hostal.
   La chica va a replicar, pero la llegada del sargento la silencia. Da media vuelta y se vuelve por donde vino consolándose al pensar que mientras dure la temporada veraniega trabajo no le va a faltar.
   El sargento, en deferencia a la señora Eulalia que siempre ha colaborado de buena gana con las fuerzas del orden en vez de hacerla ir al cuartel se ha desplazado hasta la playa para tomarle declaración. Viene acompañado de un guardia que hará de secretario.
-Señora Eulalia, tengo que tomarle declaración, es la única de todos los que estuvieron en el hostal cuando el fallecimiento de Salazar que falta por declarar.
-Lo que usted mande, sargento.
-Cuénteme todo lo que recuerde de la tarde del día de autos –al ver un gesto de perplejidad en la hotelera, precisa-, me refiero a ayer por la tarde. Lo qué hizo, qué vio que le pareciera fuera de lugar, si alguien le preguntó por Salazar, si vio subir a alguien a la habitación de su huésped. Ese tipo de cosas. Comience desde el mediodía.
   La patrona se toma un tiempo para reordenar sus recuerdos.
-Verá…, ayer fue un día de locos, me refiero a la cantidad de personal que pasó por aquí. Todas las habitaciones estaban ocupadas y a mediodía el comedor estuvo hasta la bandera, en la mayoría de mesas doblamos y hasta triplicamos los servicios. Salvo la mucha faena no pasó nada de anormal que recuerde. Y con respecto al pobre señor Martínez, que Dios tenga en su gloria, que yo sepa todo discurrió como de costumbre, Anca le subió la comida en una bandeja, como hacía siempre desde la paliza, que luego retiró y no me dijo nada de que viera algo fuera de lo normal. Por la tarde, lo más fuera de lugar que ocurrió fue precisamente la desaparición de Anca. Todo lo demás transcurrió igualito que por la mañana.
-¿Tiene un huésped extranjero alto, fuerte y que habla muy mal el español?
-Solo tengo dos familias extranjeras, una francesa y otra inglesa. Y ninguno de sus miembros responde a las señas que ha citado. Y respondo por ellos, tanto la una como la otra llevan muchos años viniendo y nunca han causado ningún problema. Ah, se me olvidaba, una de las chicas del servicio me contó que a media tarde vio salir a Anca de la casa en compañía de una mujer y de Vicentín Fabregat, su novio, con el que estaba de morros.
-Bien, siga. ¿Qué pasó durante la cena?
-Pues que a eso de las ocho y media, cuando tenía el comedor lleno con la gente del primer turno, el chico de Martínez me dijo que su padre se encontraba chungo, no manifestó que estuviera grave ni nada por el estilo, dijo eso, que se encontraba chungo. Le pregunté qué era lo que le pasaba exactamente. Me dijo que no se movía y que no hablaba… -Inopinadamente la patrona comienza a llorar desconsoladamente. El sargento no sabe qué hacer porque el llanto de la señora Eulalia lo ha desconcertado. Lo único que se le ocurre es darle unas palmaditas en la espalda y pedirle cariñosamente que procure calmarse. Pide un vaso de agua a una camarera que se ha acercado al oír llorar a su jefa. Cuando después de varios minutos la patrona logra serenarse prosigue su declaración por donde menos podía esperarse.
-Perdone, sargento, pero es que desde ayer no he podido pegar ojo porque me remuerde la conciencia. No hago más que decirme que yo soy la culpable de la muerte de Martínez. Sí cuando el chico me avisó en lugar de estar tan cansada y tan atareada en la caja le hubiera hecho caso y hubiese llamado al médico a lo mejor el pobre Martínez seguiría vivo. Y no puedo remediarlo, me siento tan culpable de su muerte como si lo hubiese apuñalado, no puedo remediar pensar que yo lo maté –dice con voz compungida y con los ojos llorosos.

PD.- Hasta el próximo viernes.