viernes, 6 de julio de 2018

60. … y al que se interponga lo mato!


   La mañana del día de la Asunción Sierra llama a Pacheco para ponerse de acuerdo sobre cuándo irán donde Curro a pedirle que conteste a la propuesta que le hicieron. El ingeniero le responde que de momento no puede concretarle la hora de la visita porque está a expensas de lo que decida su mujer que todavía no ha resuelto si les acompañará o preferirá quedarse en la playa. Ante tal respuesta, Sierra piensa: “Está claro quien lleva los pantalones en esa pareja. Alfonso es un calzonazos de manual y Macarena una marimandona de mucho cuidado. He hecho bien no casándome, te juntas con una tipa así y te puede joder la vida”. Como no tiene paciencia para esperar pues está del caso ERE y sus derivadas hasta el gorro, opta por irse a Torrenostra por su cuenta. A su vez, Pacheco le cuenta a su esposa la conversación mantenida con el sevillano.
-Acabo de hablar con Jaime, pregunta que cuando vamos a ver a Curro, si ahora o por la tarde.
¿Te viene bien que vaya ahora o mejor que lo haga después del almuerzo? Y otra cosa, ¿quieres venir con nosotros?
-No me voy a perder la última mañana de playa, ve tú si quieres así, además de ver a tu amiguito –lo de amiguito lo ha dicho con evidente mordacidad-, me dejas aquí más sola que la una y eso teniendo una mujer que, sin falsa modestia, está de buen ver es correr un peligro cierto.
   Pacheco toma buena nota del mensaje y como conoce bien a su parienta le propone un acuerdo transaccional.
-Lo que podemos hacer es compaginar ambas cosas. Esta mañana vamos a la playa y por la tarde voy a ver a Curro y, si te apetece, vienes conmigo.
   La mujer por toda respuesta se encoge de hombros como si todo le diera igual. Alfonso lo toma como un sí y llama a Jaime para contarle que verán a Curro por la tarde.
   Otra persona de las llegadas desde Sevilla que está apurando sus últimas horas en la Costa de Azahar es Rocío Molina. Se ha trasladado a Torrenostra en espera de que de una vez por todas Anca la introduzca en la habitación de Curro. La mañana es muy movida en el hostal, el establecimiento está a tope y el servicio anda de cabeza, por eso la camarera rumana no ha tenido ni un segundo de respiro para llevar a cabo el acuerdo al que llegó con la andaluza. De hecho ni siquiera se ha acordado, tiene problemas más acuciantes en los que pensar, Vicentín la controla de forma cada vez más agresiva y sus celos rayan en el paroxismo. Ya no sabe qué hacer para quitárselo de encima, se ha convertido en un verdadero agobio. Piensa que de seguir así tendrá que romper definitivamente con el hereu o irse del pueblo al menos una temporada en espera de que al joven se le apacigüen los malos humores.
   Nicoleta, la otra camarera rumana del hostal a la que ha sobornado el Chato de Trebujena, tiene el mismo problema que Anca, no ha tenido tiempo de encontrar un resquicio para colar al expúgil en la habitación de Salazar. Y eso que el antiguo boxeador, que ya se encuentra en Torrenostra, le ha insistido en que solo necesitará estar unos minutos con el exsindicalista, los suficientes para dejarle muy clarito que la paliza que le dio no es más que un aperitivo de lo que le puede hacer si habla más de la cuenta en el juzgado.
   A su vez, Francisco José también se encuentra en la playa. Está resuelto a apretarle las tuercas a su padre para que le dé el dinero que le había prometido y así poder volverse a Sevilla. Además, visitar a su padre le sale a cuenta porque las consumiciones que hace en el hostal le salen gratis pues la cuenta se la cargan a Curro. En cuanto llega sube a la habitación de su padre para conminarle que le suelte la tela. Lo encuentra, como de costumbre en los últimos días, viendo la televisión.
-Buenos días, he venío a…
-¡Calla, leche, que estoy viendo esto! –le reprende Curro que está contemplando el programa de una cadena regional.
   Aprovechando una pausa publicitaria, Curro, sin dar pie a que el chico pueda decir algo, le cuenta que lo que está viendo es una fiesta popular llamada de Moros y Cristianos típica de la Comunidad Valenciana y específicamente de la provincia de Alicante. Ya ha visto otras retransmisiones similares y le encantan. Le explica que, por lo que le ha contado la patrona, esas fiestas conmemoran las batallas que se libraron durante la Reconquista y también las que se llevaron a cabo a causa de las rebeliones sarracenas y los ataques de los piratas berberiscos contra las costas levantinas. Las fiestas de Moros y Cristianos, que en algunos casos datan del siglo XVII, enganchan pues son unas celebraciones de gran atractivo visual, ya que en ellas confluyen elementos tan peculiares de la idiosincrasia del pueblo levantino como el gusto por la farsa, los disfraces, la música y la pólvora. El inicio del festejo lo marca el hecho de que cada uno de los dos bandos toma simbólicamente la ciudad un día, es lo que se denomina Entrada Mora y Entrada Cristiana. Los momento álgidos de la fiesta son los desfiles de las peñas de moros y cristianos, llamadas comparsas o filaes, donde los participantes van lujosamente ataviados con trajes de época. Desfilan asimismo rondallas de dulzainas y bandas de percusión, y en los sitios de más tradición o en localidades grandes también participan carrozas y animales montados como caballos, elefantes y dromedarios. Los desfiles constan esencialmente de filas o escuadras de diez a catorce festeros dirigidos por un cabo de escuadra o bien por un bloque de varias escuadras con un cabo al frente. El ritmo del desfile y la forma de ejecutarlo varía según se haga al ritmo de un pasodoble ligero y alegre como el archipopular Paquito el Chocolatero, de una cadenciosa marcha mora alzando cada paso o de una contenida y vigorosa marcha cristiana. Se acaba la fiesta con la reconquista de la ciudad por parte de los cristianos. Esto sucede en la batalla final en la que se producen disparos con armas de avancarga como arcabuces, espingardas y trabucos. Antes de la última pelea el embajador cristiano intercambia unas palabras amenazantes con el defensor moro del castillo, tras lo cual se toma dicho castillo y si no lo hay, que es lo que suele suceder, se toma uno fabricado de cartón piedra.
   El joven Salazar escucha la explicación paterna tirando de paciencia a la par que piensa: “Quien iba a desirlo que er famoso Curro er Conseguidor terminaría así: viendo embobao, como si fuera un niño chico, una fiesta en la que los catetos der pueblo van vestios como payasos de sirco. Desde luego, rasón tiene la mama, vivir para ver”. Aprovecha un resquicio en la explicación de su padre para insistir en lo suyo.
-Quería que me dieras la guita prometía porque me tengo que vorver a Sevilla.
   La petición coincide con la finalización del espacio publicitario y la retransmisión de Moros y Cristianos torna a enseñorearse de la pantalla, por lo que Curro vuelve a hacer callar a su hijo. El joven, más cabreado que un novillero principiante al que no le embiste el morlaco de turno, sale de la habitación dando un portazo y jurando en arameo.
   El azar, los hados o vaya usted a saber qué ha ocasionado que en poco más de mil metros se hayan juntado casi todas las personas que por una u otra causa tienen cuentas pendientes con Curro Salazar: el georgiano Grigol Pakelia, el malagueño Carlos Espinosa, los sevillanos Jaime Sierra y Francisco José Salazar, los trebujeneros Rocío Espinosa y El Chato. Solo falta el zahareño Alfonso Pacheco y su sevillana esposa. Curiosamente, salvo Espinosa que a mediodía ha visto casualmente a Pakelia y a Francisco José, ninguno de los demás se ha percatado de la presencia del resto de interesados en la evolución de la salud del antiguo Conseguidor.
   Mientras en unos centenares de metros cuadrados se han congregado los emisarios de varios lobbies que presionan a Curro, sus transitorios amigos del dominó están almorzando en el hostal. Lo hacen por consejo de Anca que el día anterior les alertó de que seguramente el día de la Asunción no podrían echarse su cotidiana partida porque las mesas de la terraza iban a estar todas reservadas para comensales. Y que al ser comidas copiosas lo usual es que no se desocuparán hasta bien avanzada la tarde.
-Pues nos hacéis la santísima –se lamentó Álvarez.
-Bueno, podemos ir al Perero -propuso Ponte.
-Ni soñarlo. Los días festivos contrata a un cantante que monta unos bafles que hacen que retruene todo como si fuera una sala de fiestas y se monta tal follón que no hay quien se entienda –señaló Ramo.
   Anca les ofreció una solución: que hicieran una reserva para comer y que después de comer montasen la partida en la misma mesa en la que hubieran comido. La joven añadió que estaba todo reservado, pero ella les podía montar otra mesa en la parte de la terraza que da a una calle interior sin circulación. Y así lo han hecho, por eso son testigos de que Vicentín ha acorralado a Anca en una esquina de la terraza y mantiene con ella una tensa conversación. Los jubilados no oyen el diálogo entre los novios, pero a juzgar por la gesticulación debe de tratarse de una conversación nada agradable. A Vicentín se le ve agitado y nervioso y acompaña lo que dice con una gestualidad brusca y hasta un punto amenazante. La rumana no cesa de mover la cabeza en sentido negativo e intenta desesperadamente deshacerse del joven. Ante lo que parecen negativas de Anca, el hereu da media vuelta no sin antes proferir a voz en grito que se oye en toda la terraza lo que suena como una amenaza:
-¡Estás avisada, o eres mía o no lo serás de nadie… y al que se interponga lo mato!

PD.- Hasta el próximo viernes.

domingo, 1 de julio de 2018

Vista panorámica desde mi villa



   Este es el panorama que contemplo todas las mañanas desde la terraza de mi villa cuando desayuno o cuando escribo este blog en el que precisamente estoy publicando una novela cuyo escenario son estas playas. El Mediterráneo occidental como telón de fondo, tan azul que parece como si alguien lo hubierese pintado, limitado por un cordón dunar de guijarros que aquí les llaman cudols. Esos cantos rodados en su mayor parte provienen de una rambla que hay a unos tres mil metros al norte y que, pese a que oficialmente se denomina río Cuevas de San Miguel, no es más que una torrentera que únicamente lleva agua cuando de uvas a peras descarga en su cabecera el aguacero de una gota fría. Las palmeras son washingtonias porque las datileras que eran las que tenía antes fueron arrasadas por el picudo rojo, un coleóptero que se alimenta del interior de las palmeras y que es una auténtica plaga. De momento solo las washingtonias se le resisten. El verde del jardín es una planta salvaje llamada gram o grama que pertenece al género cynodon, que tiene como medio palmo de alzada y está provista de rizomas. Es muy resistente y soporta bien las sequías. A la izquierda se ven las ramas de un olivo centenario, quizá el árbol más genuinamente mediterráneo. La costa pertenece al término municipal de Torreblanca y cuya situación geográfica es ‎40°13′14″N 0°11′43″E / 40.2. Esta situación es la que propicia que no lleguen hasta aquí las pateras en las que infortunados hombres, mujeres y niños africanos o asiáticos se juegan la vida huyendo del hambre, de las tiranías y de la pobreza. Una tragedia que a todos nos conmueve y que más pronto que tarde tendrá que solucionarse.
   Este es uno de los pocos lugares del litoral mediterráneo en el que todavía hay playas que son, prácticamente, vírgenes. Por ejemplo, delante de mi casa uno puede bañarse y tener el vecino más próximo a más de medio kilómetro por el sur y a más de cuatro por el norte. Algo que no se paga con dinero. Si os gusta la paz este es el lugar indicado. Esta mañana solo ha interrumpido el silencio el paso de un par de parapentes motorizados y una avioneta publicitando la marca de una sandía sin pepitas. Como lo he visto os lo cuento.


viernes, 29 de junio de 2018

59. Que duro es ser duro


   La mañana del quince de agosto Carlos Espinosa ha estado muy atareado cavilando como desembarazarse de Salazar. Tras mucho reflexionar se ha decantado por envenenarle. Al pensar en venenos le vienen a la mente películas como Arsénico por compasión de Capra o Mar adentro de Amenabar en la que el protagonista se suicida con cianuro, pero ¿cómo hacerse con esos venenos? Después de mucho cavilar ha tenido que retrotraerse a su infancia y evocar cuando su madre mataba los ratones que pululaban por el sótano de la vivienda familiar esparciendo un matarratas. Puesto que solo guarda un borroso recuerdo de como manejaba la autora de sus días el raticida, entra en internet para documentarse. Descubre que los matarratas suelen estar compuestos por algún alimento base y un raticida. Que se deben colocar en pequeñas cantidades pues es más fácil que las ratas muerdan el cebo si es algo minúsculo y apetecible. Que los matarratas son productos tóxicos por lo que hay que usarlos con cuidado y pueden dar muchos problemas a la hora de manejarlos en casa. Y que suelen tardar en hacer efecto alrededor de seis o siete días lo que enfría su plan homicida, aunque se dice que le da igual el tiempo en que Salazar tarde en morirse, lo capital es que desaparezca. En otra web descubre que los matarratas pueden ser de diferentes formas como semillas, bloques o cilindros y de diversos tipos: de pasta, agudos, anticoagulantes, con vitamina D y de un sola ingesta, siendo estos últimos los más letales y de acción más rápida. Que se pueden elaborar de forma casera, siendo la receta más sencilla la mezcla de una taza de azúcar blanco, una taza de harina y otra de bicarbonato de sodio, pero que la mezcla más mortífera es la conformada mezclando mantequilla y ácido bórico en la proporción de un octavo de taza de ácido por cada 250 gramos de mantequilla. Igualmente descubre que los matarratas no solo se venden en droguerías, como creía, sino también en los supermercados y hasta encuentra una web que se titula Veneno para ratas Mercadona. En la misma web y para una acción rápida se recomiendan los venenos compuestos de brometalina que es un cianuro altamente pernicioso pues ataca el sistema nervioso central paralizando las ratas y causándoles la muerte. Incluso especifica el nombre de dos marcas comerciales que utilizan la brometalina, Fastrac y Talpirid. El primero viene en forma de cubos que pesan 128 gramos cada uno y que solo podría utilizarlo desmenuzándolo, lo que no le hace ninguna gracia ante el peligro de una posible intoxicación. El segundo se presenta en forma de lombriz y su principal obstáculo es que tiene un olor muy penetrante, pese a ello se decide por este último puesto que es más manejable, aunque se dice que tendrá que disolverlo en algún líquido que disimule el olor. Espinosa es consciente de que no es lo mismo el organismo humano que el de un roedor, pero es lo que tiene más a mano.
   Sin pensarlo más, busca el supermercado Mercadona más próximo y se acerca al mismo donde, además del raticida, compra varios productos caseros para despistar y una botella de coñac porque, según le contó el chico de Curro, es el licor que más le gusta a su padre y quizá disolviendo el veneno en la bebida se enmascare el olor. El malagueño ha pensado en llevar el coñac como regalo lo que propiciará la ocasión para probar el licor emponzoñado. Tras mezclar el raticida con el coñac se lava concienzudamente las manos, se cepilla las uñas y termina dándose una ducha para que no quede ni rastro de brometalina ni del fuerte olor.
   Como si invita a coñac y él no lo prueba canta mucho ha estado pensando en las maneras de escaquearse para no catar la bebida: hacer como que bebe pero sin llegar a trasegar el licor, derramarlo, decir que no puede probarlo porque está contraindicado para un medicamento que toma…Ninguna de esas excusas le convence demasiado, por lo que termina diciéndose que en su momento tendrá que improvisar. A lo que no le ha concedido mucho tiempo para pensarlo es a la forma de acceder a la habitación de Salazar, su llave para ello será Francisco José a quien tiene en el bolsillo desde que le prestó la Harley. Le llama, pero el móvil del chico no da señales de vida, como si estuviera apagado o sin batería. Es un contratiempo al que no da demasiada importancia.
   Debido al trajín con la cuestión de los venenos se le ha echado el mediodía encima. “¿Dónde almuerzo”?, se pregunta. Duda en si hacerlo en el hotel o irse directamente a Torreblanca para ver si localiza al joven Salazar. Piensa que lo más inteligente es lo último puesto que si no le echa el guante al chico puede tener problemas para poder ver personalmente al exsindicalista. Coge el coche y enfila la AP-7 en dirección norte. En el hotel Miramar, donde se aloja Francisco José, le informan que el joven no está en su habitación, tampoco saben decirle donde puede estar aunque le comentan que va casi todos los días a ver a su padre. Haciendo caso de la información se dirige a la playa, en el hostal Los Prados le indican que esa mañana no han visto al hijo del señor Martínez. Decide quedarse a comer, pero lamentablemente está todo reservado, salvo que espere hasta cerca de las cuatro. Desestima la propuesta y opta por darse un garbeo por el paseo marítimo y comer donde vea un hueco. Para su sorpresa, todo está lleno: restoranes, bares y chiringuitos están a tope. Esa playa que hasta ahora le había parecido un lugar paradisíaco por la ausencia de multitudes, parece que se ha transformado con el puente de la Asunción.
-¡Coño! – exclama Espinosa en voz alta-, ni que esto fuera Marbella. No cabe ni un alfiler más.
   Tras mucho buscar, en uno de los restoranes que no está en primera línea de playa encuentra una mesa libre. Mientras espera que el camarero le traiga la carta echa una mirada a la parte interior del local que también está abarrotada y se lleva la gran sorpresa cuando ve al que él conoce como Pako y con el que trabó una pasajera amistad en la travesía a las Islas Columbretes del día anterior. Está acompañado por una mujer, pero no es la misma que le acompañaba en el viaje al archipiélago. “¿Qué coño hace este fulano aquí?”, se pregunta. Cuando recuerda que puede ser el presunto ejecutor del plan B de sus patronos se le encoge el ánimo. “¿Estará aquí para cargarse a Salazar?, si fuera así, ¿qué debo hacer, adelantarme o dejarle el campo libre?”. Está en un tris de acercarse a saludarle y tirarle de la lengua, pero inmediatamente se da cuenta de lo disparatado de la idea. “¿Y qué le digo, piensas cepillarte a Salazar o me lo dejas a mí?”. No puede por menos que burlarse de sí mismo. “Este dichoso encargo me está sacando de mis casillas”. Hace todo lo contrario de su primer pensamiento y sin esperar a que llegue el camarero se levanta y discretamente abandona el local pues cree que el georgiano no se ha dado cuenta de su presencia dado que tiene puesta toda su atención en la joven que tiene a su vera. Marcha por el paseo marítimo en dirección norte a ver si encuentra donde almorzar. Pasa por delante de dos restoranes que también están hasta arriba de público, hasta que un par de manzanas más adelante se encuentra con uno en el que ve que en ese momento se levanta gente de una mesa, se acerca por si estuviera libre y una camarera contesta afirmativamente a su pregunta:
-Sí, la mesa está libre. Deme un minuto, cambio el mantel y pongo cubiertos limpios.
   Mientras aguarda se fija en el rótulo, está en un restorán que se llama La Gloria y que por lo que comen la mayoría de los comensales que hay a su alrededor debe ser una pizzería o un italiano. Cuando le traen la carta se confirma su suposición, lo que más abunda en ella son las pizzas aunque también hay otros apartados: de ensaladas, de crujientes, de embutidos y quesos tradicionales, de productos de la huerta y otro de carnes. Pide una ensalada de salmón con mango y un secreto ibérico. Está terminando el entrante cuándo el petardeo inconfundible de una Harley le hace levantarse para ver si es la que le prestó al chico de Salazar. Y en efecto así es. Y no va solo, lleva de paquete a una jovencita cubierta con el obligatorio casco de motorista, el resto de su atuendo es un sucinto biquini que apenas esconde nada. Le llama, pero el chico o no le ha oído o se ha hecho el sueco. El resto del almuerzo se lo pasa pensando en cómo podrá acceder a la habitación del exsindicalista sin la ayuda de su hijo. Sabe que las veintidós habitaciones del hostal están distribuidas entre la planta baja y el primer piso y que lo que ampulosamente llaman recepción se limita a un mueble que está en la propia cafetería-comedor en la planta baja. Todo lo cual presupone que colarse en cualquier habitación tiene que ser relativamente simple. Aun así, comienzan a invadirle las dudas y recelos. Envenenar a Salazar no va a ser tan fácil como se había planteado. Los problemas son varios: no parece que vaya a poder contar con el hijo para un acceso franco al cuarto, el tipo que puede tener un posible encargo de liquidar al exsindicalista está allí y el mismo efecto del veneno no está garantizado. “¿Y si Salazar no quiere probar el coñac que he manipulado?, ¿y si lo cata y el penetrante olor del raticida lo delata?, ¿y si…?”. De un imaginario palmetazo aparta esas ideas de su mente. No puede seguir así. Comienza a intuir que no tiene madera de sicario.
-¡Joder, que duro es ser duro! –dice en voz alta.
-¿Qué ha dicho el señor? –pregunta la camarera que le está presentando la cuenta.

PD.- Hasta el próximo viernes