viernes, 1 de junio de 2018

55. Paquito el Chocolatero


   La patrona del hostal se para un momento para coger aire, está sofocada. Entre la calorina que hace en este día agosteño y el ir y venir de los clientes que abarrotan el establecimiento no tiene un segundo para descansar. Para consolarse piensa en el buen dinero que va a ingresar con el puente, pero le puede más el cansancio y se dice que ojalá pudiera hacer realidad aquello de perdono el huevo por el coscorrón. Tras el desahogo sonríe burlándose de sí misma y retoma la tarea de revisar el servicio. Se sorprende al encontrar a Anca, que debería estar preparando las mesas para la cena, inmóvil y con la mirada perdida en Dios sabe dónde. Le extraña porque la joven rumana es diligente y no le hace ascos al trabajo.
-Anca, ¿se puede saber qué te pasa?
   La camarera da un respingo como si despertara en ese momento.
-Nada, estaba pensando.
-Pues no te pago por pensar. Y esas mesas no se van a componer por sí solas. ¿Tienes la regla? –A la dueña le cae bien la joven, es trabajadora y su rotunda arquitectura alegra la vista a los clientes lo que siempre es bueno para el negocio.
-No… -La chica opta por sincerarse, sabe lo cotilla que es su jefa-. Es que tengo problemas con mi novio.
-Tranquila, eso pasa en todos los noviazgos, hay ratos buenos y otros que lo son menos. Al final, ya verás como todo acaba solucionándose. Y ahora, concéntrate en lo que haces. Hoy y mañana tenemos mucho tajo por delante, el martes podrás descansar.
   La joven retoma su tarea con diligencia, pero en cuanto la señora Eulalia desaparece de su vista sigue haciendo el trabajo pero mecánicamente, su cabeza está en otra parte. Hace días que no piensa en otra cosa: su relación con Vicentín. La historia viene de lejos, pero en los últimos tiempos el problema se ha acentuado de manera alarmante. Su novio siempre fue celoso y posesivo, pero lo de este verano supera todas las marcas, tanto que se ha vuelto insoportable. Últimamente está obsesionado con el pobre señor Martínez, precisamente ahora que el dolorido andaluz no está en condiciones de desnudarla como si hizo antes. Sea por su obsesión con Martínez o porque lo de que le puedan poner los cuernos es algo que le vuelve loco, está literalmente insufrible y ha hecho del noviazgo una bronca cotidiana, un continuo torrente de reproches y hasta de vejaciones. El tormento de los celos ha convertido a Vicentín en otra persona: la espía, la controla, la zahiere y en un par de ocasiones hasta le ha levantado la mano. La situación ha llegado a tal extremo que se ha planteado si no sería mejor dejarlo porque es un sinvivir. Hace unos días se lo insinuó a su madre. El resultado es que ahora los reproches se han duplicado: los de su novio y de su progenitora. Ésta no quiere oír hablar de que rompa con uno de los mejores partidos del pueblo. Le ha insistido hasta la saciedad que si quiere ser alguien en Torreblanca, si quiere que la traten como a una verdadera señora el único camino es casarse con el hereu de los Fabregat. Por lo que el último consejo materno ha sido rotundo:
-Hija, capea el temporal como puedas y espera tiempos mejores que seguro que llegarán.
   Pese a la postura de su madre, Anca sigue llena de dudas. Es más, piensa que si tuviera dinero ya lo habría dejado y posiblemente hasta se habría ido de allí porque está del pueblo y de los cotilleos de las chafarderas hasta la coronilla.  
   El otro polo de la pareja está apostado, como suele hacer los días festivos, en la terraza del hostal donde pasa las horas muertas dándole al coñac o a lo que se tercie y de vez en cuando jugándose los cuartos al guiñote, el guiñot en valenciano, un juego de cartas similar al tute y emparentado con otros como la brisca o el arrastrado. Cuando no ve a su novia sirviendo en el comedor o en la terraza, en su cabeza solo anida un pensamiento: “¿Qué estará haciendo esa mala puta? Seguro que está riéndole las gracias al mamón del andaluz. Como me ponga los cuernos, lo juro por…, por mis muertos que le parto la cara a hostias. Y al chulo ese me lo cargo. Vaya si me lo cargo, como me llamo Vicente”. Como todos los fanfarrones trata de armarse de un valor que es dudoso que posea. En esas está cuando alguien le posa una mano en el hombro.
-Vaya, Vicentín, que casualidad, tú por aquí –si el joven no estuviera tan ensimismado en sus obsesiones podría haberse dado cuenta del tonillo irónico de Pedro Ramo-. ¿Cómo están tus padres?
-Hola, Pedro. Bien, mi madre quejándose como siempre, pero bien.
-Ya sabes lo que se dice: mujer enferma, mujer eterna. Al final tu madre nos enterrará a todos. ¿Hoy no tienes partida de guiñot?
-Estoy esperando a mi amigo José Luis.
   El diálogo lo corta Ramo cuando ve llegar a sus amigos del dominó que ya le están llamando.
-Ahí están mis compañeros. Te dejo. Saluda a tus padres de mi parte.
   La partida de los jubilados transcurre como la mayor parte de los días, con las burlas de los ganadores y los mutuos reproches entre la pareja perdedora. La charla postpartida acaba centrándose en la gran cantidad de forasteros que hay en la playa en este puente de la Asunción.
-Pasa igual todos los veranos –comenta Álvarez-, al menos desde que recuerdo. Cómo el día de la Asunción caiga en lunes, martes, jueves o viernes se convierte en el puente con más millones de desplazamientos del año.
-O sea, que solo el miércoles libra que no haya puente –apunta Grandal.
-Y aun así. Ten en cuenta que agosto es el mes de vacaciones por excelencia y una fiesta que se celebra justo en su mitad es un señuelo irresistible para que el personal salga de las ciudades –precisa Álvarez.
-Y qué mejor lugar que irse unos días al mar –añade Ponte.
-Al quince aquí le llaman la Mare de Déu de Agost y era uno de los contados días en que la gente del pueblo bajábamos a bañarnos –rememora Ramo.
-¡No fastidies! ¿Tus paisanos no venían al mar los fines de semana teniéndolo tan cerquita? –pregunta sorprendido Grandal.
-¡Qué va! Cuando yo era un crío, estoy hablando de hace setenta años –recuerda Ramo- bajábamos solo a la playa en días contados: en San Juan, San Jaime, San Pedro, la Virgen del Carmen y la Virgen de Agosto. Lo cierto es que en el pueblo vivíamos de espalda al mar. Lo de veranear y bañarse era considerada una costumbre de señoritos y de gente de la ciudad.
-Oye, Pedro, ¿y este año también saldrá la fanfarria esa de otros años y los que tiran cohetes y petardos? –pregunta Álvarez.
-Supongo que sí. Lo del correfoc es una costumbre muy arraigada. Ya sabéis que a los valencianos lo de la pólvora nos gusta más que a un tonto un lápiz.
-Explícanos que es eso del correfoc -quiere saber Ponte.
-El correfoc, correfuegos en castellano, es una manifestación popular propia de los pueblos del arco mediterráneo en la que un grupo de personas disfrazadas de demonios, o sin disfrazar, desfilan por las calles corriendo, bailando y disparando fuegos artificiales. Hay años que también llevan el toro de fuego que es un armazón metálico, que imita la forma de un toro, sobre el cual se coloca un bastidor con cohetes y petardos. Es transportado por una persona que corre persiguiendo a la gente asustándola con las chispas y buscapiés que va soltando. A ello se une una charanga que alegra el festejo tocando pasodobles y canciones populares.
-Supongo que en el repertorio de la charanga no faltará Paquito el Chocolatero –apunta Álvarez.
   Para Grandal al que, como decían de Napoleón, la música le parece el menos molesto de los ruidos, lo de Paquito el Chocolatero le suena a broma, por eso pregunta:
-¿Qué coño es eso de Paquito el Chocolatero?
   Ramo ve ocasión de lucir su conocimiento de la cultura popular de su tierra y le explica que Paquito el Chocolatero es un pasodoble compuesto en 1937 en Cocentaina, un pueblo alicantino famoso por sus fiestas de Moros y Cristianos, por un músico local llamado Gustavo Pascual. Desde entonces no hay fiesta popular valenciana en que la composición no se toque. Y se ha popularizado de tal forma que según un informe de la Sociedad General de Autores fue la pieza musical más interpretada en vivo durante el año 2007 y la composición española más tocada en el mundo. Todo un fenómeno.
-Y a todo eso, ¿quién coño era el tal Paquito el Chocolatero? –quiere saber Grandal.
-Un cuñado del autor llamado Francisco y de profesión chocolatero al que el músico dedicó su pasodoble.
-O sea, que es más que posible que nadie recuerde quien fue el autor de la música, pero todos saben que existió un tal Paquito chocolatero. Así se escribe la historia -remacha Grandal.
-Eso ha pasado más veces –pontifica Ponte que a veces se pone en plan erudito-. Hay personajes que en su día fueron unos verdaderos quídams, personas absolutamente desconocidas y de poco valer, pero que por el hecho de ser referente de una obra de arte hoy todo el mundo las conoce. Por poner un ejemplo: posiblemente cuando Lisa Gherardini vivió fue conocida por muy poca gente, pero al pintarla Leonardo de Vinci como la Mona Lisa hoy es universalmente conocida.
-Oye, ¿y por qué el correfoc y las charangas no montan su juerga mañana que es el día de la fiesta? –pregunta Grandal.
-Porque en esta tierra decimos que de la festa la vespra –explica Ramo-. Literalmente: de la fiesta, la víspera. Porque es en la víspera cuando se puede celebrar que al día siguiente no hay que trabajar y en cambio habrá alegría, jolgorio y, como dice la gente joven, buen rollo.

PD.- Hasta el próximo viernes
Enlace para quien quiera oír Paquito el Chocolatero. Duración: 3,06 m.
https://www.youtube.com/watch?v=f7JzWQiBx5I

viernes, 25 de mayo de 2018

54. De mañana no pasa


   Rocío Molina está desesperada, se le está acabando el dinero y sigue sin poder hablar con Curro. Se dice que no puede seguir así y que ha de presionar a Anca para que cumpla lo que acordó con ella a cambio de una más que sustanciosa mordida, introducirla en la habitación de su antiguo amante. Se traslada a Torrenostra para lo que ha de coger un taxi pues entre esta población y Alcossebre no hay transporte público, lo que mengua aún más su magro monedero. Se aposta en las cercanías del hostal Los Prados. En una de las salidas de la rumana a la terraza le chista hasta que consigue atraer su atención.
-Anca, te recuerdo que tenemos un trato. Hoy sin falta he de hablar con Curro. ¿Podemos hacerlo ahora?
-¿Ahora?, ni soñarlo. Hemos tenido una baja de última hora y entre Nicoleta y yo hemos de arreglar todas las habitaciones, sin contar que tanto al mediodía como a la noche vamos a tener el comedor lleno.
-Entonces, ¿cuándo? –le urge Rocío.
-Quizá esta tarde a última hora, un poco antes de que empecemos a servir la cena, como entre
siete y ocho. A esas horas el trabajo afloja algo. Te sientas en El Muret, el bar de al lado, y esperas a que te llame.
   Tras aceptar la propuesta de la rumana puesto que no tiene otra alternativa, Rocío duda entre volver a Alcossebre o quedarse allí. Piensa que la espera se le va a hacer interminable, pero la otra opción que es volverse supone otro desembolso para taxi, la reflexión resuelve el dilema: se quedará y pasará las horas lo mejor que pueda. Como había supuesto, la tarde veraniega se le está haciendo desesperadamente larga y tediosa. El de ahora es el tercer bar en el que la andaluza asienta las posaderas. Ha estado en La Jijonenca donde se ha tomado un helado, en el Vintage ha pedido una tónica y a media tarde en C´al Pitu donde está comiéndose un bocadillo acompañado de una cerveza. Para matar el tiempo ha ido pergeñando una historia que ablande el rocoso corazón de su exnovio y le dé la guita que tanto necesita. En esos pensamientos está cuando alguien dueño de una ronca voz le saluda:
-Paizana, tú por aquí. Te hazía en Alcozebre. No zabes el guzto que me da verte –el Chato de Trebujena parece que es sincero y que de verdad se alegra encontrarla.
   A Rocío el encuentro con el Chato maldita la gracia que le hace, pero desarruga el entrecejo, pone su mejor cara y devuelve el saludo casi con idéntica efusividad.
-Hombre, Pepillo, que gusto verte. Te pregunto lo mismo, ¿qué hases por aquí?
-Me he dicho que era hora de hazer argo de turismo.
-Esto está hoy mu animao, me han dicho que porque es la víspera de la Virgen de Agosto que es como llaman aquí ar día de la Asensión.
   El paripé de charla que han iniciado ambos trebujeneros no tiene nada que ver con sus pensamientos. El Chato piensa que si su paisana está allí debe ser porque sigue cuidando al Curro, del que sabe la recaída en su problema pulmonar gracias a Nicoleta, la camarera rumana a la que ha sobornado para que le facilite el acceso a la habitación del exsindicalista. Los pensamientos de Rocío deambulan por otros vericuetos: vuelve a preguntarse si será el Chato quien le sacudió la paliza a Curro, aunque piensa que si hubiese sido él no habría vuelto porque podrían detenerlo, aunque es algo de lo que no está segura. La cavilación de la mujer se ve cortada cuando el expúgil pregunta:
-Por zierto, tu amigo Curro Zalazar, ¿ha mejorao?
   Rocío improvisa:
-No del tó, cuando ya estaba mucho mejor pilló una neumonía y sigue en cama. Presisamente, en poco más de un cuarto de hora tengo que ir a verle.
-O zea, que zigue pachucho.
-¿Pachucho?, lo que está es bardao de la palisa que le dieron.
-Hay mucho malaje zuerto por er mundo. Y ar que le zurró lo habrán detenío, ¿no?
-Los picoletos están en ello.
   Visto que no consigue sacar nada de su paisana, el Chato se despide. Rocío lo ve alejarse sin pena ni gloria. Mira el reloj, son cerca de las siete, es hora de acercarse al hostal a ver si de una puñetera vez Anca consigue meterla en la habitación de Curro sin que se entere la patrona. Son casi las siete y media cuando por fin aparece Anca.
-Creí que ya no venías –le reprocha Rocío sin disimular su enfado.
-Ya te dije que estamos a tope. Todos los años pasa lo mismo en este puente, que se pone hasta la bandera. Está el hostal abarrotado y por si faltaba poco la patrona ha alquilado varios apartamentos para meter más huéspedes a los que hay que atender, que es lo que voy a hacer ya mismo. Lo cual hace que me sea imposible meterte ahora en la habitación del señor Martínez.
   Rocío, que ya estaba enfadada, se coge un cabreo monumental.
-Mardita sea tu estampa. Me tienes aquí todita la tarde sin na que haser y muerta de aburrimiento y ahora me vienes con que no puedes ayudarme. Pues hasta aquí hemos llegao. Ahora mismo voy a ver a Curro contigo o sin ti.
  Y dicho esto, la andaluza se dirige con paso decidido hacia el hostal cuando la rumana la coge del brazo.
-Yo de ti no lo haría. No hace ni cinco minutos que he visto entrar en la habitación al hijo del señor Martínez. Tú verás.
   La andaluza duda. Su intención era hablar con Curro sin testigos y el primogénito de su exnovio es la persona menos indicada para estar presente en una conversación que Rocío presume que puede ser tensa.
-¿Sabes cuándo va a salir?
-Suele estarse un rato, pero a ciencia cierta no sé cuándo saldrá. Mira, cuanto más tarde más difícil será meterte en la habitación sin que te vean. Por tanto, lo más práctico será que te vuelvas a tu hotel y mañana te prometo que haré lo imposible para que puedas hablar con tu exnovio –lo del ex lo ha remarcado mucho.
   A Rocío la propuesta no le hace ninguna gracia, pero tiene que plegarse a la sugerencia de Anca. Se despide y se vuelve a Alcossebre diciéndose que de mañana no pasa.
   En la habitación de Curro se encuentra en efecto Francisco José. No es que lo de visitar a su padre, por muy fastidiado que este pueda estar, sea un plato de gusto para él, pero se encuentra en una situación similar a la de Rocío: se está quedando sin dinero, apenas tiene para poder pagarse unos días más de hotel, por lo que ha resuelto que ha de presionar a su padre para que le dé más pasta. También está cansado de estar en Torreblanca, más desde que el día anterior tuviera una llamada telefónica de uno de sus amigos que le contó que ha visto a Estrella, una trianera por la que bebe los vientos, parloteando con un tronco que se la comía con los ojos. Lo que le faltaba, él hecho un muermo y en Sevilla le están levantando a su chiquilla. Y toda la culpa la tiene el desgraciado de su padre que ni siquiera tiene ganas de conversar, solo se dedica a ver la tele y poco más. Se fija más atentamente en su progenitor y se da cuenta de algo que hasta ahora se le había pasado por alto: en los últimos días Curro ha envejecido de golpe. Tiene el rostro flácido y macilento, se le marcan unas arrugas en la frente que antes no tenía o, al menos, no tan nítidas como ahora y la mirada se la ve apagada y tristona. No, no es el mismo Curro el Conseguidor, el hombre con una vitalidad y una energía desbordantes que hacían de él un auténtico fuera de serie. El joven aparta de sí esos pensamientos, no le conducen a ninguna parte y no harán que el cabroncete de su padre le suelte la guita. Decide coger al toro por los cuernos como diría cualquier devoto del arte de la tauromaquia.
-Papa –le cuesta un imperio decir esa palabra que le amarguea la boca al pronunciarla-, he de vorver a Sevilla y estoy pelao. Me quedan veinte talegos y con eso no tengo ni pa er billete de vuerta –Miente, sacó billete de ida y vuelta, este último abierto-. Tienes que darme guita pa er hotel, er bus y pa llevar argo pa la mama y los hermanos chicos.
  Curro, absorto en lo que están poniendo en la pequeña pantalla, da la impresión de que no le ha oído. Francisco José no se lo piensa, coge el mando del aparato y lo apaga.
-¡Quillo!, ¿se puede saber que hases? –El contacto con su hijo hace que Salazar a menudo sesee cuando charla con él.
-Es la única manera de que me escuches. Te estoy disiendo que me tengo que vorver a Sevilla y nesesito parné pa er viaje y pa llevar argo pa los críos.
-¿Y cuándo te tienes que ir? –pregunta Curro con desgana.
-Mañana mejor que pasao.
   Por unos momentos Curro ha pensado en levantarse, abrir un maletín, la única de sus valijas que está cerrada con llave y en la que guarda el dinero, y darle unos cuantos billetes al chico más que nada para quitárselo de encima. Lo piensa, pero no lo hace, le echa para atrás otro pensamiento: no es bueno que el chaval sepa donde tiene la pasta. Desde que empezó su vida de prófugo ha hecho de la desconfianza hacia los que le rodean una de sus normas de conducta. El lugar donde guarda el dinero no se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a Anca. No es cuestión de romper ahora la regla aunque se trate de su propio hijo del que por otra parte es consciente de que no le tiene ningún cariño pues su mirada no sabe mentir, le mira cómo se hace con alguien a quien detestes con toda tu alma.
-No tengo ánimos para levantarme, me ha vuelto a dar la migraña. Ahora, hasme el puñetero favor de volver a poner la tele y de lo de darte la tela de mañana no pasa.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 18 de mayo de 2018

53. ¡Ojú con las tías, de lo que son capaces!


   El matrimonio Pacheco está de morros, tenían planeado visitar Peñíscola, pero a última hora Macarena ha dicho que si no van a Morella tampoco tienen porqué ir a la ciudad del Papa Luna. Resultado: una agria bronca entre marido y mujer en la que salen a relucir las desavenencias de la pareja que toda vida en común reporta casi inevitablemente. Discrepancias que en principio pueden ser minúsculos riachuelos, pero que si no se atajan a tiempo pueden convertirse en impetuosos torrentes con la fuerza suficiente como para dar al traste con las uniones mejor conservadas. Al final, como suele suceder, cede quien más quiere o quien más tiene que perder, que eso es algo que nunca queda del todo claro. Y en la pareja Pacheco-Hernández quien tiene más que perder es él, por una parte sigue enamorado de su mujer y por otra ella es la que aporta la mayor contribución a la economía doméstica pues su familia es dueña de una saneada fortuna. Tras la pelea, y una vez hechas las paces, resuelven que no irán a ninguna parte, pasarán su penúltimo día de unas inesperadas vacaciones en la playa, algo que no pueden hacer en Sevilla. Como colofón de la discusión Alfonso explica que le resta una obligación ineludible:
-De todas formas, cariño, tengo que hacer una última visita a Salazar para saber su respuesta a la propuesta de mi gente. O, si le parece mejor, a la oferta conjunta que le hicimos Jaime y yo.
-Eso lo puedes haser mañana en un periquete. Y hasta puede que te acompañe, tengo ganas de ver la jeta de ese engendro de Satanás. La verdad es que nunca lo he visto personalmente, solo le conosco de verlo en Canal Sur cuando salía en los informativos día sí, día no, la primera ves que lo detuvieron. A ver si lo gafo y la espachurra.
   Pacheco se dice una vez más que la inquina que le tiene su mujer a Salazar es como para hacérselo mirar. Y eso que, como acaba de confesar, únicamente lo ha visto en el plasma.
   Otro de los enviados para negociar con el exsindicalista, Jaime Sierra, está cansado de su inactividad: no conoce a nadie, ni siquiera ha intentado ligar, la playa le aburre y echa de menos a su Sevilla y a sus amigos. Le ha contado vía telefónica a Felipe Muñoz, el líder de su camarilla, el escaso eco que su propuesta ha encontrado en Curro. Asimismo, le ha explicado que la oferta común con Pacheco tampoco parece que haya corrido mejor fortuna. Muñoz le insta a que fuerce al exsindicalista a que dé una respuesta concreta cuánto antes.
-No puedes estar ahí indefinidamente, Jaime. Tienes que presionar a Salazar a que responda sí o no. Nuestra tesorería no es de goma, tiene límites.
-Todo eso ya lo he pensado, Felipe. Por eso había decidido darme de plazo hasta mediados de mes. Es decir, que mañana, día de la sevillana Virgen de los Reyes, es el último que pienso pasar aquí. Diga lo que diga el irresoluto de nuestro amigo Curro no aguanto ni un día más.
-¿Tienes algún pálpito de por dónde puede decantarse Salazar? –quiere saber Muñoz.
-Creo que lo que más le tienta es lo de marcharse al extranjero. Y hablando de ello, tú que tienes buenos contactos, ¿te ha llegado alguna onda de quién o quiénes pueden estar detrás de esa oferta? Porque el figurín que está aquí no es más que un mensajero, bien vestido, pero nada más.
-Me ha llegado el rumor de que puede tratarse de gente del mundo de los negocios que se generan en el entorno de la Junta y que uno de los que parece que más mueve el braserillo es Eduardo Gálvez.
-¡Ojú, Gálvez!, eso son palabras mayores. Con competidores como ese no vamos a rascar bola.
-Es lo que me temo, pero en todo caso la idea de plantearle un ultimátum a Curro me parece correcta. Se me ocurre que ¿por qué no vais Pacheco y tú a verle conjuntamente? Quizá entre los dos podríais presionarle más.
-Me parece buena idea. Ahora mismo llamo a Alfonso y se lo propondré. No creo que ponga ningún obstáculo.
   Pacheco contesta la llamada de Sierra. Está en la playa con su esposa.
-Como sé que no eres nada playero, ¿por qué no quedamos a mediodía y almorzamos juntos? Voy a preguntar dónde se come bien por aquí y si no te importa te vienes para acá. Invito yo. Ah, te prevengo que Macarena tiene uno de sus días malos, si en algún momento sale por peteneras no se lo tengas en cuenta. Ya sabes cómo son las mujeres.
-¿Por qué crees que a estas alturas no me he casado? –responde Sierra.
   Cuando apaga el móvil, Pacheco piensa que quizá tengan razón los que comentan que Sierra es de los que pierden aceite y que esa es la causa real por la que sigue célibe. Se encoge de hombros pues es de los que creen que en el mundo de los sentimientos cada uno es dueño de manifestarlos como le pete. Al volver al hotel pregunta dónde comer que no esté muy lejos de la playa. Le ofrecen varias opciones y al final se decanta por un restorán que ostenta un nombre muy madrileño: Puerta del Sol y que está en el Paseo Marítimo de la Concha con unas espléndidas vistas a la playa del mismo nombre.
   Tal y como le había prevenido Alfonso, Jaime encuentra a Macarena de mal humor, pero la mujer se contiene pues el sevillano le cae bien. Tiene algo de femenino que atrae a las mujeres. Sierra, que entiende al mal llamado sexo débil como nadie, acaba de ponerla de mejor temple al rogarle que escoja ella el menú, algo que suele ser prerrogativa de los varones. Macarena, con la interesada ayuda del maitre, escoge un menú que es una auténtica miscelánea. Como entrantes: sepia del Grao con alcachofa de Benicarló, burrata de búfala fresca con tomate valenciano, anchoas, pesto de albahaca y alcaparras, y unos buñuelos de bacalao y piñones que les llaman mandonguilles. Como menú principal un plato muy de la tierra: arroz meloso de marisco en caldera con langostinos de Vinaroz, cigalas y almejas.
   La comida parece que ha logrado poner de mejor humor a Macarena que ha estado dicharachera y en plan simpático. Uno de los temas que la mujer ha sacado a colación es su interés en conocer más a fondo lo que Jaime y su marido se traen entre manos en relación a Curro Salazar. Sierra, tras mirar a Pacheco y ver su muda invitación, le explica a Macarena la propuesta que le han hecho al gaditano y de la que todavía no han recibido respuesta.
-¿Os habéis planteao –pregunta la mujer- que el hecho de que no os haya contestao es una forma de respuesta?
-No entiendo eso. Explícalo, por favor –pide Sierra.
-Me has dicho que no sois los únicos venidos a haserle propuestas a Curro para que no hable o si lo hase que sea en determinao sentido. Pues bien, si su respuesta a vuestra oferta es que ni la asepta ni la rechasa debe ser porque alguna de las otras que le han hecho la considera mejor que la vuestra.
-Entra dentro de lo posible, pero en ese caso, ¿por qué no nos dice de una vez que no le interesa nuestra oferta y colorín, colorao? –apunta Sierra.
-Quisá por vuestra espesial relasión con él. Tú no eres amigo suyo, pero dises que hase mucho que os conoséis y os lleváis bien. En cuanto a Alfonso, tampoco es su amigo pero es paisano suyo y eso siempre pesa. Esa puede ser la rasón de que no sea claro en su respuesta, pero en mi opinión estáis perdiendo el tiempo con Curro. Dudo mucho que si declara ante la juesa lo haga en el sentido que vosotros queréis. Se lo he dicho a Alfonso más de una ves. La única solusión a todo este embrollo del caso ERE es haser lo que hasen los mafiosos con los testigos incómodos.
-¿Y qué es lo que hacen? –pregunta Sierra que conoce bien la respuesta, pero quiere averiguar hasta donde llega Macarena en su argumentación.
-Lo sabes igual que yo, los meten envueltos en hormigón en el subsuelo de un edifisio en construcsión y allí se acaba el problema.
-No le hagas caso, Jaime –interviene Pacheco-, los Hernández cuando se ponen en plan chulito tienden a desbarrar.
-Aquí los únicos chulitos sois vosotros. Los hombres mucho fanfarronear, mucho jactarse de lo machos que sois, pero a la hora de la verdad mostráis vuestro verdadero fuste: que estáis hechos de pasta de hojaldre, pura mantequilla, ea.
-Vamos a ver, Macarena. ¿Dónde están aquí los mafiosos? –pregunta Sierra-. Yo no veo ninguno. Seamos serios, Curro no ha cometido ningún crimen ni ha hecho una fechoría de tal calibre como para pensar en que la solución sea pasaportarlo.
-No habrá cometido ningún crimen como dises, pero puede amargaros la vida. Y a alguien que puede joderte lo más eficas es joderle tú antes. Esa es la única solusión al problema que representa Curro, darle matarile.
-¿Darle matarile? –inquiere un desconcertado Sierra mirando a Pacheco quien hace un gesto como diciendo: luego te lo explico.
   En el viaje de vuelta a Marina d´Or, Sierra no hace más que darle vueltas al argumento expuesto por Macarena. Al principio no se la tomó en serio hasta que se dio cuenta de que la mujer no hablaba en broma. “Menuda tiparraca está hecha la Macarena y parecía una mosquita muerta. Claro que en algo si lleva razón, si Curro por arte de birlibirloque desapareciera de un plumazo más de la mitad de nuestros problemas con la justicia también se esfumarían. ¡Ojú con las tías, de lo que son capaces!

PD.- Hasta el próximo viernes