viernes, 2 de marzo de 2018

42. Timeout



   La agresión sufrida por Salazar a manos de el Chato de Trebujena desbarata los planes de los distintos enviados a negociar con él, al menos en lo referente al factor tiempo. Los efectos de la paliza por un lado y los analgésicos por otro han dejado sumido al exsindicalista en un estado en el que no está en condiciones para negociar nada. Todos han admitido que tendrán que darle unos días de tregua hasta que esté en situación de valorar sus distintas propuestas. La pregunta que se hacen es: ¿hasta cuándo durará el paréntesis? Al mismo tiempo, el hecho de que sean varios los que quieren negociar con él hace que cunda el nerviosismo entre ellos pues todos son conscientes de que el tiempo discurre en su contra. Alguno va más allá y piensa que quizá lo que hagan durante ese tiempo muerto puede cambiar el curso de los futuros acontecimientos.
   Uno de ellos, Alfonso Pacheco, tras dejar Torrenostra, regresa al hotel de Orpesa donde le está esperando su esposa. El ingeniero no ha contado a su mujer el verdadero motivo del viaje. Macarena sigue creyendo que anda estudiando sobre el terreno como se lleva a cabo el Plan de Prevención y Extinción de Incendios Forestales, que fue el pretexto dado para el desplazamiento a la provincia levantina. Y no se lo ha contado porque tiene buenas razones para ello. Al hermano predilecto de su esposa el caso ERE le ha arruinado la vida y no porque esté imputado en el mismo. Alberto, así se llama, trabajaba en una empresa consultora en la que a sus veintitantos años ya era director de recursos humanos. La empresa, una de las confabuladas en el fraude de las subvenciones ilegales, tuvo que presentar concurso de acreedores al ser acusados sus administradores de malversación, asociación ilícita, falsedad documental y delito contra la Hacienda Pública. En veinticuatro horas Alberto pasó de tener un brillante porvenir a la cola de los que buscan empleo. A Macarena es mentarle el caso ERE y se la llevan los demonios. El paréntesis impuesto por el estado de Salazar induce a Pacheco a contarle a su esposa la verdad aunque disfrazada de puro azar.
-Cariño, tengo dos noticias, una buena y otra mala. ¿Cuál te cuento antes?
-La buena.
-Nos tendremos que quedar algunos días más de los planeados. Y la mala: ayer, por pura chiripa me tropecé con Curro Salazar. Fue él quien primero me vio por lo que no pude zafarme. Ya sabes que somos paisanos. Y no hay más, pero quería que lo supieras.
-¿Curro Salasar?, ese malnasido es uno de los culpables de que Alberto esté en la calle. Así le dé un mal aire y la palme.
   Pacheco opta por la callada como respuesta. Es mejor no echar leña al fuego, sabe lo resentida que está su esposa con todo lo que se relacione con el caso ERE.
   A Jaime Sierra, en cambio, el paréntesis en su misión no le da ni frío ni calor. Sin empleo y sin grandes esperanzas de encontrarlo, por el momento se limita a trabajar en el paro, curiosa expresión que solo puede darse en un país con millones de desempleados y una Seguridad Social que los cubre al menos temporalmente. Como buen aficionado al baloncesto le parece que la situación actual es lo que en el deporte del que es un fan sería un timeout. Ese tiempo muerto tendrá que llenarlo de algún modo. “Quizá pueda hacerme con el chico de Curro, podría ser una manera de acercarme más a su padre. Me da que le gustan los coches, por ahí podría engatusarle. También tengo que trabajarme más a Alfonso, a los aliados hay que cuidarlos”, se dice.
   El que precisamente ha dejado al chico de Curro es Carlos Espinosa que vuelve a su alojamiento en el Grao de Castellón. Pensaba acercarse al Club de Golf Costa de Azahar que está cerca del hotel. Su plan se va al traste cuando el recepcionista le da una nota a su nombre: “Llamó su amigo Pako. Pregunta si van a cenar esta noche. Volverá a llamar”. El mensaje le deja pensativo. Sus patrones le indicaron que alguien le llamaría diariamente a mediodía para preguntarle si cenaban juntos. Tiene que responder que no mientras mantenga la esperanza de convencer a Salazar y sí cuando considere que no puede persuadirle. A Espinosa no le dieron más datos pero, como hombre inteligente que es, ha ido deduciendo más información. Quien le llama es un extranjero, habla bastante bien el español pero su acento lo delata. ¿Y por qué le llama diariamente? La respuesta no puede ser otra: debe ser la persona encargada de un plan B si su gestión fracasa. ¿Y cuál puede ser ese hipotético plan B? Conociendo a sus promotores sabe que son capaces de todo. Desde luego no será un plan para seguir negociando con Salazar, para eso lo tienen a él, será un plan para otro objeto y… teme lo peor. No es algo que le quite el sueño, lo que le fastidia es que si el supuesto plan B se activa eso querrá decir que ha fracasado en su gestión y la palabra fracaso no figura en su vocabulario. Tiene que convencer a Salazar como sea y si no tendrá que pensar en otro, por ahora indeterminado, plan B pero por su cuenta. Lo tendrá que meditar.
   El hijo de Salazar ha proyectado ir mañana y tarde a visitar a su padre. Sigue sintiendo por su progenitor los mismos rencorosos sentimientos que tenía antes, pero trata de disimularlos. Tiene una razón poderosa para ello: Curro todavía no le ha dado un euro ni le ha dicho como realizará los envíos de dinero en el futuro. Por otra parte le preocupa que tantas personas hayan venido a interesarse por el autor de sus días. “Eso no puede ser bueno y además puede interferir en la predisposisión de mi padre a fasilitarnos el dinero que tanto nesesitamos”. Por si faltaba algo, ya se ha cruzado varias veces en el hostal con Rocío, pero ya no la insulta, se limita a ignorarla.
   La exnovia de Curro también acude al hostal a preguntar por él. Puesto que la patrona le prohibió que subiera a la habitación se limita a preguntar en recepción cómo va la recuperación del señor Martínez. Ha estado pensando de qué manera podría enviarle algún mensaje a su examante y solo ve una vía, aunque es algo que le repatea, hacerse amiga de la camarera que se encarga de la habitación de Curro. “A ver cómo me hago con ella, tendré que haserme la encontradisa…”.
   Los que no han tenido ningún inconveniente para subir a ver al gaditano han sido sus viejos compañeros de dominó. Lo encuentran desmejorado y abatido, no es el hombre vital y desenvuelto que conocieron.
-Bueno, Martínez, ¿cómo va esa salud? –pegunta Álvarez.
-Yo te veo bien, estás mejorando a ojos vista –afirma Ballarín con la intención de animarle.
-Te echamos de menos en la partida. A ver si te recuperas pronto –le desea Ponte.
   Pero lo que pone de malhumor a Curro es lo que le explica Grandal:
-Creo que sabes que fui policía. Pues bien, he estado hablando con el sargento del puesto de la Guardia Civil del pueblo sobre tu agresión. Me dice que no pueden abrir una investigación porque no hay ninguna denuncia interpuesta. Creo que deberías ponerla. Si quieres me ofrezco a acompañarte al cuartelillo para poner la denuncia, cuando te encuentres mejor, naturalmente.
-Gracias, Jacinto, pero creo que no lo voy a hacer. ¿Para qué? A estas horas el fulano que me golpeó vete a saber dónde estará. Por otra parte no me robó nada, como sabes la intervención de un amigo evitó que pudiera hacerlo –al ver el gesto de suspicacia de Grandal, matiza-. De todas formas, me lo pensaré.
   Cuando salen de visitar al baqueteado Curro, el excomisario verbaliza sus sospechas:
-Este fulano nunca me pareció trigo limpio y cuanto más le trato más me lo parece.
-Desde luego raro es, lo muelen a golpes y no quiere saber quién ni por qué –corrobora Álvarez.
-Quizá no ha denunciado la agresión porque sabe quién es el agresor y teme que si le denuncia le pueda volver a zurrar la badana –sugiere Ponte.
-Manolo, eso me recuerda lo del piensa mal y acertarás –sentencia Ballarín.
   La paliza sufrida por Curro y su posterior convalecencia han provocado la enésima pelotera entre Anca y Vicentín. El joven recrimina a su novia que se pasa demasiado tiempo en la habitación del convaleciente con el pretexto de que no tiene quien le cuide. Ella replica que al tener asignado su cuarto, tiene el compromiso laboral y hasta moral de atenderle. Al joven esos razonamientos le suenan más falsos que un billete de siete euros. Por mucho que Anca argumente su posición Vicentín no da su brazo a torcer.
-No me vengas con historias. Al final lo que cuenta es que pasáis mucho tiempo en la habitación los dos solos. ¿Qué crees que pensará la gente?, pues que me pones los cuernos. Y aunque no lo hagas, hay babosos que lo seguirán creyendo.
   Al infierno de los celos, Vicentín suma el surrealista mundo de las apariencias, del qué dirán,
cuestiones que tienen un sólido valor en las sociedades cerradas como la torreblanquina, donde lo que importa no es tanto lo que eres, sino lo que pareces ser. Y si se considera malo ser cornudo es mucho peor parecerlo.

PD.- Hasta el viernes próximo

viernes, 23 de febrero de 2018

41. Nunca terminas de conocer a las personas



   La inesperada irrupción de Rocío en la habitación de Curro, mientras Anca le ayuda a quitarse los pantalones, provoca que el exsindicalista reaccione como lo haría alguien pillado infraganti realizando una acción censurable. Se le ha borrado la sonrisa y se ha puesto nervioso.
-Rocío, ¿se puede saber qué haces aquí? –balbucea Curro con gesto enojado.
   Anca, en cambio, con toda naturalidad ha terminado de quitarle los pantalones, los pliega y los guarda en el pequeño armario ropero, luego se encara con la recién llegada.
-Señora, esta es la habitación del señor Martínez. Usted no puede estar aquí. O sea que puerta.
-Curro, miarma, ¿quién es esta descará que se atreve a echarme de la habitasión de mi novio?
-¿De verdad esta momia es su novia, señor Martínez? Creía que tenía mejor gusto –replica Anca insolentemente.
-Si me vuerves a llamar momia por mis muertos que te arranco los ojos, chochito de trementina. ¡Curro, échala!
   El gaditano hace un esfuerzo, se sobrepone al dolor y a los analgésicos que le tienen medio grogui e intenta concertar la paz entre ambas mujeres.
-Rocío, esta joven es la camarera de mi cuarto y me está ayudando a desvestirme –y dirigiéndose a Anca explica-. Rocío fue mi novia cuando estaba en Sevilla, pero ya no. Y ahora no me volváis loco, os lo pido por favor, dejarme solo que tengo que dormir un poco. Ya hablaremos en otro momento –y sin más, acaba de tenderse en la cama y cierra los ojos.
   Rocío y Anca se miran retadoramente, pero acatan el ruego del doliente Curro y abandonan la habitación. Bajan a recepción donde la sevillana pide por la dueña del hostal.
-Me llamo Rosío Molina y soy la novia del señor Salasar…                                      
   La patrona le corta.
-Perdone, pero aquí no tenemos a ningún huésped que se apellide Salasar.
   Ahora la que se queda cortada es Rocío, pero rápida de reflejos se defiende.
-Me refiero ar señor que han dao una palisa. Como le digo, soy su novia y he venio a cuidarle. De ahora en adelante no es nesesario que le hagan la habitasión ni na, ya me encargo yo.
   Anca, que sigue presente, interviene:
-Señora Eulalia, tiene que saber que esta mujer ha entrado sin llamar en la habitación del señor Martínez cuando estaba ayudándole a acostarse. Es verdad que ha dicho que era su novia, como también lo es que el señor Martínez ha dicho que fueron novios en Sevilla, pero que ya no lo son.
   La patrona a quien no le ha gustado ni el desparpajo ni la pinta de la sevillana tira por la calle de en medio.
-Señora, es posible que usted diga la verdad, pero el hecho de que ni siquiera sepa el apellido de quien dice ser su novia, me obliga a dudar de esa relación. En cualquier caso, usted no es huésped del hotel y esta es una casa seria. Si mañana viene, daré orden en recepción de que le informen como está el señor Martínez pero no puede subir a su habitación sin más, es cuanto puedo hacer por usted. Ahora le tengo que pedir que se marche.
-Quiero una habitasión –es la inesperada respuesta de Rocío a la petición de la patrona.
-Lo siento, no tenemos habitaciones libres, está todo ocupado hasta final de temporada.
   Rocío, mordiendo las palabras, contesta en tono retador:
-Vorveré.
   Acabada la reunión con los otros emisarios que han venido para hablar con Curro, Pacheco y Sierra se sientan en un bar. Puesto que son viejos conocidos, y aunque sin ser amigos se llevan bien, ambos se sinceran. Sierra cuenta el motivo de su estancia en la Costa de Azahar y Pacheco hace lo propio. Ambos coinciden en que las propuestas que han planteado a Salazar son bastante parecidas, por eso lo más eficaz sería aunar fuerzas y fusionarlas en una sola. Y puestos en el camino de no ocultar nada, el ingeniero cuenta a Sierra la verdad sobre quien ha sido el agresor de Salazar.
-¿Te acuerdas de el Chato de Trebujena, el que fue campeón de Andalucía de los semipesados?
Pues es quien le ha pegado la paliza a Curro. Y no sé hasta dónde podría haber llegado si no aparezco yo.
-Y tanto que me acuerdo. Cuando comenzaba a apuntarme la barba, me dio la venada del boxeo y estuve una temporada entrenándome con El Bigotes en el Club Boxeo Sevillano, que está en el Barrio de Rochelambert. Allí vi al Chato en bastantes ocasiones aunque ya no se calzaba los guantes. Y hablando del fulano, ¿sabes por qué le zurró a Curro? –pregunta Sierra.
-La verdad es que no tengo ni idea –Pacheco prefiere guardarse parte de lo que sabe-, pero… no me extrañaría que la agresión de ese descerebrado tuviera algo que ver con las declaraciones que puede hacer Curro si le llevan al juzgado de instrucción. Alguien se ha propuesto intimidar a nuestro amigo –sugiere.
-Ese alguien podría ser Juan Antonio Almagro –apunta Sierra, que le cuenta a Pacheco la formación de su grupo y como el exconsejero defendió en todo momento que la mejor táctica para que Salazar no hablara era pegarle una paliza y además amenazarle con que si se iba de la lengua podía terminar con una cadena de ancla en el fondo del Guadalquivir-. Lo que no sé –añade- es que pintan aquí el chico de Curro y la arrabalera de su exnovia.
-Esos dos están aquí para alertar a Curro de que su escondite ha dejado de ser un secreto. Esa es su versión, en realidad a lo que han venido es a pedirle dinero. Al menos, eso es lo que me ha contado mi paisano –explica Pacheco que agrega-. A mí quien me preocupa es el pisaverde del Espinosa, ¿qué impresión te ha causado?
-Más o menos la que a ti, que es un lobo con piel de cordero. Muy fino, muy buenas maneras, con una apariencia impecable, pero tiene más peligro que un morlaco placeado. En cuanto a los hipotéticos negocios que tiene con Curro no me los creo. Te apuesto un fino y tapa de jamón que está aquí por idéntica causa que nosotros, para convencer a Curro de algo relativo al caso ERE –afirma Sierra.
-No has perdido el olfato, Jaime. Me ha contado Curro que le ha ofrecido que huya al extranjero y que su gente le financiará el viaje y la estancia en el país que elija –relata Pacheco.
-¡Ojú!, eso puede suponer un pastón. Lo que significa que quienes están detrás del figurín es gente de mucha tela. ¿Quiénes podrían ser? –se pregunta Sierra.
-A ciencia cierta no lo sé. Nadie de los imputados hasta ahora en el caso tiene tanta guita como para permitirse ese gasto. Ni siquiera aunque se aliaran varios. Lo que me lleva a deducir que solo pueden ser empresarios, gente de negocios que todavía no ha aparecido en la instrucción del caso y que al parecer está dispuesta a no hacerlo –aventura Pacheco.
-¿Sabes qué? Empiezo a compadecer al pobre Curro –se apiada Sierra.
   A todo eso, el Chato de Trebujena está en su hotel dilucidando en si regresar o no a Sevilla. Por un lado, ha cumplido la primera parte del encargo que le dio Juan Antonio Almagro, darle una buena paliza a Salazar; por otro, la inesperada aparición de un desconocido le impidió cumplir con la segunda que era dejarle bien clarito al exsindicalista lo que le podía pasar si se iba de la lengua. Se dice que un encargo hecho a medias es algo propio de un aficionado y él se considera todo un profesional; por tanto, no puede volverse sin cumplir lo encargado al cien por cien. Piensa que ahora acercarse a Curro será más problemático, tendrá que esperar unos días hasta que las aguas hayan vuelto a su cauce.
   En el entretanto, el hijo de Salazar está en la parada del bus que hace el trayecto hasta Torreblanca. Espinosa que ha aparcado su coche cerca de allí piensa al verle que el joven puede ser un buen camino para llevarle hasta el padre. “¿Cómo coño se llama este chico? Ah, sí”. Acaba de recordar su nombre. Se detiene y le llama:
-Francisco José, ¿esperas el bus?, te llevo, ¿dónde vas?
   El primogénito de Curro no se lo piensa y monta en el coche.
-Un buen buga este.
   El ingenuo comentario le sugiere una idea a Espinosa.
-¿Te gustaría pilotarlo? Si tienes tiempo podemos buscar algún tramo de vial que tenga escaso tráfico y te dejo que lo lleves.
   La cara ilusionada del joven vale mil afirmaciones.
    Esa tarde, cuando van a jugar su cotidiana partida de dominó, el cuarteto de jubilados se entera por el camarero que les sirve de lo que le ha ocurrido al señor Martínez por quien se han interesado varias personas que han venido a verle.
-¿Y dices que le han dado una paliza? –pregunta Álvarez con cierto asombro-. Es la primera vez que oigo que ocurre aquí algo semejante. Si esta playa es de lo más tranquilo, una balsa de aceite, vamos.
-Hombre, Luis, gente con mala hostia la hay en todas partes, lo que resulta más raro es que no le robaran nada –comenta Grandal.
-Algo debió hacer o decir –apunta Ballarín-, a uno no le pegan porque sí.
-Pues lo que son las cosas, de todo lo que nos han contado, ¿sabéis que es lo que encuentro más chocante? –Ponte no espera respuesta-. Pues que haya venido gente a interesarse por su estado. Estaba convencido que aquí, salvo la gente del hostal y nosotros, no le conocía nadie. Con razón decía mi santa madre que nunca terminas de conocer a las personas.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 16 de febrero de 2018

40. Overbooking de visitantes



   Curro Salazar y Alfonso Pacheco regresan de Castellón adonde han ido a que le hagan un reconocimiento médico al primero para comprobar su estado tras la paliza que le dio el Chato de Trebujena. De camino a Torrenostra ven al hijo del exsindicalista que va andando por el arcén de la carretera. Paran el coche a la altura del joven.
-Francisco José, ¿dónde vas? –pregunta el padre.
-¿Adónde crees? A verte. Todavía estoy esperando a que me llames… ¡Joder, papa! –exclama el chico al ver el rostro de su padre-, si estás hecho un nasareno. ¿Qué coño te ha pasao?
-Sube y luego te cuento. No sé si conoces a Alfonso Pacheco, es un paisano de Zahara.
   En el hostal hay un auténtico overbooking de visitantes esperando a Curro. Sentada en una mesa de la cafetería está Rocío Molina. En la terraza ven a Carlos Espinosa paladeando un güisqui. Y en una esquina está Jaime Sierra tomándose un helado.
-¡Virgen de la Macarena!, ¿qué te ha pasao, mi arma? –pregunta Rocío al ver el rostro de Curro.
-¡Coño, Salazar!, si pareces el Cristo de la Buena Muerte, el que sacan en procesión los legionarios en Málaga –comenta Espinosa.
-¡Dios bendito, Curro!, pero si estás hecho un eccehomo –se lamenta Sierra.
   Alrededor del doliente exsindicalista, los visitantes han formado un corro al que se suman
algunas camareras, entre ellas Anca, y la patrona. Visto el estado de aturdimiento de su paisano y de que no parece capaz de manejar la situación, Pacheco decide tomar las riendas de la coyuntura y levantando la voz advierte:
-Señores, por favor, como ustedes vosotros podéis ver nuestro amigo el señor… -está a punto de llamarle Salazar, pero se contiene a tiempo- Martínez no está en condiciones de dar demasiadas explicaciones. Acabamos de llegar de Castellón donde le han hecho una exploración clínica. Tiene dos costillas fracturadas, magulladuras y algunas pequeñas heridas. Le han recetado analgésicos y, sobre todo, reposo. Por tanto, lo mejor es que os abstengáis de hacerle preguntas, vamos a dejarle en paz y que suba a su habitación a descansar. Yo me quedo con vosotros y gustosamente contestaré todas las preguntas en la medida que pueda.
   Salazar agradece con una mirada a Pacheco su intervención y sin decir ni media palabra y ayudado por Anca se encamina a su habitación. El ingeniero, autoerigido en cabecilla del informal grupo, sugiere:
-Si os parece, vamos a sentarnos en ese bar de ahí enfrente y hablamos.
   Así lo hacen. Pacheco y Sierra han hecho un pequeño aparte mientras cruzan la calle pues se conocen de los tiempos en que ambos ocupaban cargos públicos en el gobierno de la Junta de Andalucía.
-Coño, Alfonso, eres el último a quien esperaba ver. Supongo que también estás aquí para convencer a Curro de que mida sus palabras cuando le trinquen y tenga que declarar ante la jueza.
-Más o menos, Jaime. Luego echamos una parrafada. Ahora, a ver si nos quitamos de en medio a toda esa farfolla –dice señalando con un gesto al resto del grupo-. ¿Sabes quién es el petimetre? –pregunta refiriéndose a Espinosa-. Es el único que no conozco.
-Ni idea, es la primera vez que le veo.
   Una vez sentados, Pacheco retoma la palabra:
-Para los que no me conozcan, me llamo Alfonso Pacheco. Por causa de mi profesión, soy ingeniero forestal, estaba en Castellón y como sabía que mi paisano Curro, yo también soy de Zahara, se encontraba aquí, ayer decidí hacerle una visita pues hace tiempo que no nos veíamos. Llegué justo en el momento en el que un individuo, posiblemente un ladrón, –prefiere ocultar el nombre del Chato- le estaba golpeando. Mi intervención, que no fue nada heroica pues me limité a gritar que alguien llamara a la Guardia Civil, fue suficiente para que el maleante saliera por piernas. Esta mañana he llevado a Curro a un policlínico para que le hicieran una revisión pues él no está en condiciones de conducir. Y hasta aquí puedo contaros. Antes de contestar las preguntas que ustedes vosotros queráis hacerme  solo me resta una cuestión. Al joven Salazar lo acabo de conocer, a los demás os conozco a todos salvo a ti –dice dirigiéndose a Espinosa-. Te ruego que te presentes, pues me parece que el resto tampoco sabe quién eres.
-Of course –el CEO malagueño hace gala de su inglés-. Mi nombre es Carlos Espinosa y trabajo en el sector hotelero de la Costa del Sol. Estoy aquí para entrevistarme con el señor Salazar por negocios. Ya tuvimos una primera conversación hace dos días y nos habíamos dado un plazo de cuarenta y ocho horas para reflexionar sobre el asunto que estábamos tratando y del que, por el deber de confidencialidad con mi empresa, no puedo contar nada. En todo caso, estoy a vuestra disposición para responder a vuestras preguntas, pero como he dicho poco más puedo añadir. Ah, y lamento mucho lo que le ha pasado a nuestro amigo. Nunca pude imaginar que en un lugar tan pequeño y familiar como esta playa pudiese ocurrir algo así.
   Antes de que nadie pueda intervenir, es Rocío quien toma la palabra:
-Esto parese una sesión del parlamento andalú de lo redichos que sois. ¿No creéis que es mu raro que nos hayamos arrejuntao tantos en este lugar de mierda? ¿Y no es más raro todavía que tos nos encontremos aquí para ver a mi Curro?
   El joven Salazar interrumpe la exposición de la mujer con malos modos.
-Es la segunda ves en pocos minutos que oigo referirte a papa como mi Curro. Te prohíbo que lo vuelvas a haser. Ni es tuyo ni lo ha sio nunca, putana de mierda.
   Rocío se levanta como impulsada por un resorte y le da un bofetón al joven. La acción ha sido tan inesperada y rápida que nadie, ni siquiera el abofeteado, ha tenido los reflejos necesarios para detener la agresión. Es Sierra el primero que reacciona y atenaza a la mujer por detrás para que no siga pegando a Francisco José. A su vez Pacheco, que también se ha levantado, coge al chico, que se ha puesto de pie, y le conmina a sentarse al tiempo que amonesta a ambos contendientes.
-Rocío o te comportas como una señora o pensaré que el calificativo que, injusta y deplorablemente, te ha adjudicado Francisco José es el que mejor te sienta. Y tú, muchacho, compórtate como un hombre y no como un niñato. A ver si nos calmamos todos y no seguimos dando el espectáculo porque ya veis como nos está mirando la gente. Por favor.
   La intervención de Pacheco ha sido como un bálsamo y tanto la mujer como el chico se sientan sin decir nada, aunque sus rostros dejan ver que la procesión va por dentro.
-Pacheco, ya que parece que te has convertido en el lazarillo de Salazar, ¿podrías indicarnos cuando estará en condiciones de recibir visitas? Lo pregunto porque mi trabajo no me permite quedarme aquí muchos días –inquiere Espinosa.
-No lo sé, eso lo tendrán que decir los médicos. El traumatólogo habló de mes y medio de reposo, pero supongo que en unos días estará en condiciones de atender visitas y tratar de sus asuntos. Oye, y por pura curiosidad, ¿de qué negocios puedes tratar con alguien que está prácticamente prejubilado?
   Espinosa sonríe y mira burlonamente a Pacheco. Contesta pero dando una larga cambiada:
-Ya apunté cuando hice mi presentación que el principio de confidencialidad me prohíbe desvelar las conversaciones que tengo con mis clientes, incluso con los que aún lo son solo potenciales como es el caso del señor Salazar. Puedo añadir, para que todos os quedéis tranquilos, que le hice una propuesta absolutamente inocua y, por supuesto, legal. Propuesta que según me dijo estudiaría en los próximos días. Tan simple como eso.
   Pacheco, en vista de que del barbilindo no va a sacar nada en claro, opta por finiquitar la reunión.
-Dama y caballeros, por mi parte no tengo más que decir ni preguntar. Tengo que volver a Orpesa donde me espera mi esposa. He quedado con la patrona del hostal que les llamaré para que me tengan al día de la recuperación de nuestro amigo. Os sugiero que hagáis algo parecido, aunque en el caso de Francisco José –se dirige al primogénito de Curro-, por tratarse de tu padre, tendrás que ser tú quien decidas lo qué hacer.
   Antes de que el joven pueda contestar, interviene Rocío.
-Yo me voy a quedar porque alguien tendrá que cuidar a Curro. Al fin y al cabo es mi novio.
   Pacheco vuelve a intervenir presto para que no se enzarzen otra vez el hijo y la exnovia.
-Que se quede quien quiera, pero pido por favor que no se vuelva a repetir la agarrada de antes. Que cada uno haga lo que estime conveniente, pero sin dar tres cuartos al pregonero. Jaime, puedo acercarte a tu hotel si quieres.
    Rocío, sin encomendarse a nadie, sube decidida a la habitación de Curro y entra sin llamar. Su examante está medio echado en la cama y una chica joven le está quitando los pantalones mientras dice algo que hace asomar una sonrisa en el rostro del dolorido gaditano. La sevillana no sabe si lo que ve es lo que parece o lo que imagina. En cualquier caso, dice con tono festivo:
-Currito, miarma, aquí estoy pa cuidarte.

PD.- Hasta el próximo viernes